El Sastre - Ted Baeza - E-Book

El Sastre E-Book

Ted Baeza

0,0

Beschreibung

Bajo largos abrigos que ocultan sus inhumanas formas, pasando desapercibidos por los transeúntes que los ven como simples transeúntes, misteriosas criaturas deambulan por las noches santiaguinas. Sus ropajes son obra de Aníbal Cristos, "El Sastre", un hombre que vive solo y deprimido tras haber causado el accidente en que perdió a su familia. Este nuevo oficio le dará sentido a su vida y su curiosidad lo llevará a acercarse a los crípticos seres que ahora son sus mejores clientes, descubriendo en el proceso que hay un grupo de humanos que se dedican a cazarlos en busca del peligroso secreto que oculta esta raza inteligente no humana. Adéntrate bajo tu propio riesgo tras las bambalinas de la realidad y descubre lo que se esconde tras el velo de lo cotidiano. Una vez abras este libro, no hay vuelta atrás.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 710

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



© Sastre.

Colección: Terror chileno

Sello: Abysal

Primera edición: Noviembre 2023

© Ted Baeza

Edición general: Martín Muñoz Kaiser

Ilustración de portada: Cristian Ossandon

Corrección de textos: Felipe Uribe Armijo

Diagramación: Martín Muñoz Kaiser

© Manticora Ediciones

www.manticora.cl

@manticoraediciones

[email protected]

Esmeralda 957of 502. Valparaíso

ISBN: 978-956-6228-20-2

ISBN digital: 978-956-6228-21-9

Registro de Propiedad Intelectual N°: 2023-A-8210

Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del autor.

Todos los derechos reservados.

Diagramación digital: ebooks Patagonia

www.ebookspatagonia.com

[email protected]

Para Claudia

Que siempre creyó en esto,

incluso más que yo.

EL MUNDO SIN TIEMPO

Presiono una vez el botón junto a la puerta del ascensor y el pequeño triángulo se enciende de color verde. Un minuto después, la puerta se abre y entro a duras penas mientras los ocupantes que vienen desde los estacionamientos en los pisos inferiores se mueven de mala gana para darme espacio. Mi mano serpentea entre los otros brazos hasta que logro llegar al tablero y veo con desilusión que casi todos los números están marcados: será un largo viaje hasta el décimo piso de la compañía de luz de Santiago, donde trabajo monitoreando la red eléctrica subterránea.

En momentos como este es cuando experimento lo que llamo «el mundo sin tiempo». Una especie de pausa asfixiante entre mis actividades rutinarias, donde no tengo el control, sino que quedo a merced de un desesperante estado de presente infinito. Me ocurre cuando no puedo dormir y estoy tendido en la cama con una sensación de asfixia que va en aumento a medida que lo que parecen horas de inactividad avanza hasta que no me queda más que consultar la hora en el teléfono y me doy cuenta de que solo han pasado minutos. También me pasa cuando soy el primero en llegar a una reunión en el trabajo y debo esperar a que lleguen los demás participantes, sin saber cuánto se van a tardar. O, en este caso, cuando nos detenemos en cada piso y nadie sube ni baja y solamente me resta esperar a que se reanude el ascenso. Para esos casos debo tener a la mano algo que me indique el tiempo, y creo que esa es la razón por la que no paro de escuchar música. Al no ser un contador tan preciso, evita que los que me rodean se vuelvan locos. Puedo usar una canción que dura tres minutos para filtrar el café, o una de diez o bien dos de cinco minutos para saber cuándo dar vuelta la carne de un asado. Así no tengo que estar mirando la hora a cada rato o poner una alarma que resulte desagradable para el resto. El tiempo contado en canciones me evita inquietudes.

La puerta del ascensor se abre por fin en el piso diez y salgo al angosto pasillo que lleva a la sala de monitoreo. Deslizo mi tarjeta por el lector y entro a la pequeña sala. Somos cuatro los «observadores», como nos conocen todos, y nos han asignado a cada uno un punto cardinal de la ciudad para monitorear.

Los cuatro computadores están en el centro de esta sala sin ventanas, sobre un gran mesón cuadrado, y ubicados de la misma forma que una veleta. Mi área es la parte sur, y mi computador está frente al del área norte; a mi derecha, el del este y a mi izquierda, el del oeste, en tanto que en el centro del mesón los cables de nuestros equipos suben hasta el techo y se pierden en un grueso tubo.

Está claro que no es el mejor empleo al que podría optar, considerando mis estudios de electrónica, pero, aunque parezca imposible de creer, el bajo sueldo que recibo es mejor que el de mis trabajos anteriores, relacionados con mi profesión. Después de todo, tomando en cuenta que tengo treinta y seis, no me puedo dar el lujo de estar sin trabajo.

Además, si no tengo algún propósito, el que sea, comienzo a experimentar el mundo sin tiempo, y trato de evitarlo cada vez que puedo. De esa forma encontré este puesto, pensando que sería una transición pasajera hacia algo mejor.

Después de haber estado buscando trabajo como loco durante cinco meses, cualquier oferta me parecía interesante. Al ver el anuncio, creí que mis conocimientos sobre electrónica me darían ventaja sobre los otros postulantes, pero resultó que fui el único en presentarse a la entrevista. Ahí supe de inmediato que mis preciados conocimientos no eran realmente lo que les interesaba, sino que lo era mi disponibilidad, ya que buscaban a una persona que aprendiera rápido a usar el programa que permite monitorear los cortes eléctricos, y lo necesitaban lo antes posible. Me explicaron en cinco minutos lo que tendría que hacer y no me quedó más que aceptar todas las condiciones sin regatear, al fin y al cabo, revisar alteraciones en los datos y llamar a un supervisor para que envíe a alguien no es algo demasiado científico.

Como de costumbre, de los cuatro observadores que trabajamos aquí, soy el primero en llegar. Enciendo las luces, mi computador y la cafetera. Mis compañeros van a empezar a aparecer en la próxima media hora y es posible que vea entrar corriendo a mi supervisor, como siempre, un poco antes de que yo salga a almorzar, para cuando el trabajo esté hecho. El trabajo es relativamente sencillo: consiste en crear un mapa de la zona con luces verdes y rojas, tan simple como eso. La única preocupación extra que podría tener un lunes como hoy, o cualquier otro, es que debo revisar los datos recogidos el fin de semana, retrasando mi trabajo diario si algo acontece.

El programa monitor de luces rojas parpadeantes se empieza a ejecutar lentamente, dándome tiempo para tomar desayuno. Cuando termino mi pan con queso y mantequilla, y voy a la mitad del primer café de la mañana, se despliega la pantalla de inicio. Escribo mi nombre, Aníbal Cristos, en la casilla «usuario», y más abajo, la contraseña: una serie de números y letras que ingreso de forma mecánica, sin poner atención. Finalizo mi introducción habitual presionando el botón «conectar» y el mapa de la zona sur de la ciudad se empieza a llenar de líneas negras que representan las calles, y de otras verdes para los cables. El resto de la ciudad permanece apagada, a la espera de que lleguen sus observadores y se conecten. A un costado del mapa se abre una ventana y empieza a ejecutarse la revisión de conexiones. Cada vez que termina una línea, se enciende la luz verde en el mapa y pasa a la siguiente. En esta etapa mi participación es casi innecesaria, así que dejo de lado la búsqueda de luces rojas para iniciar otro tipo de pesquisa: aquella relacionada con la compra de vinilos de segunda mano.

Tomo mi teléfono y recorro larguísimas listas de discos que llegan a mi correo desde distintas compañías importadoras, a cuyo servicio estoy suscrito con el fin de recibir hasta las más insignificantes noticias. En esta oportunidad son muchos los que llaman mi atención, especialmente por la calificación «EX» que va después del título y de la procedencia del disco. Este indicador de dos letras es el estado del disco, y EX significa: «Excelente estado».

Estoy en pleno éxtasis musical cuando le doy una mirada rápida a la pantalla y descubro que no será un lunes tranquilo como hubiese querido. La luz roja que parpadea en mi sector no es como las normales, que indican un apagón. La selecciono para ver los detalles y se dispara una fuerte alarma.

Apago los parlantes que tengo conectados al computador. Acto seguido veo en la pantalla que una ventana negra se abre junto al círculo rojo y que comienzan a aparecer datos como si una mano invisible estuviera escribiendo un mensaje en clave, a toda velocidad. De todo lo que dice, sólo logro descifrar que se repiten unas coordenadas, fechas y horas. El mensaje se borra al instante luego de que presiono «imprimir», y en su lugar aparece una sola palabra. Una del ancho de la pantalla, con letras parpadeantes y rojas, en mayúsculas:

L A N G O S T A

Lo que dice el procedimiento de la empresa en caso de una falla en la red eléctrica es que hay que reportar el hecho al supervisor y esperar que llamen de vuelta para darle la ubicación al técnico. Eso en un caso normal, pero este mensaje y la alarma no creo que califiquen. En el año que llevo aquí, nunca había visto algo así. Sobre todo porque no bien la pantalla negra de programación dio paso a la extraña y solitaria palabra Langosta, los teléfonos empezaron a sonar todos al unísono, igual que en El hombre del jardín, lo que significa que la alarma está llamando la atención de mucha gente.

No va a haber señales del supervisor hasta dentro de unas horas, por lo que, antes de que todos entren en pánico, me voy a saltar la primera regla del procedimiento en caso de fallo: «No actúe por su cuenta». Tomo de la impresora la página con el código impreso y encierro en un círculo las coordenadas para ingresarlas en el GPS. Me llevo la llave de la camioneta de la empresa y dejo una nota al supervisor, explicándole mis planes. He acompañado a los técnicos en varias ocasiones a hacer reparaciones cuando necesitaban ayuda y estoy convencido de que puedo resolver esto «por mi cuenta», después de todo, un poquito de trabajo me vendría bien. Y como recompensa por salvar a la zona sur del aburrimiento de no tener electricidad, cuando regrese me compraré un café decente y una medialuna en la cafetería de enfrente.

La dirección que ingresé en el GPS me trae hasta una población en el lado sur. Las casas están tan juntas que parecen una sola que cambia de color a medida que avanza la cuadra. Los muros de hormigón que sirven de reja protectora a estos hogares están del todo cubiertos de grafitis, algunos tan detallados que parecen fotografías. Frente a algunas de estas casas, autos desmantelados ofrecen cobijo a unos perros callejeros que comienzan a despertar. La copa de agua en desuso que está en una isla entre las calles también se halla adornada con letras gigantes y de colores brillantes en la parte inferior, contrastando con el gris de su parte alta. Algunos autos pasan muy acelerados, levantando los papeles y la basura que se han ido amontonando en la esquina del bandejón central, para atravesar antes de que cambie la luz del semáforo.

Estaciono en la acera, tras pasar la copa de agua, para ubicar el lugar exacto y el GPS indica que he llegado a mi destino: la intersección de Yungay con Las Industrias. Miro a mi alrededor y no parece que estoy en «mi destino».

A mi derecha hay un negocio pequeño, de esos que ofrecen desayuno al paso y más tarde se convierten en comedores para los trabajadores de las pequeñas empresas cercanas, sobre todo del rubro metalúrgico. Un hombre de avanzada edad firma el recibo de las bebidas que descargan del camión y aprovecha de desahogarse con el repartidor, contándole malhumorado que llevan dos días sin luz y sin respuesta de la compañía. Estoy en el lugar correcto.

Un poco más adelante de donde he estacionado hay varios portones negros y de latón, que se hallan herméticamente cerrados. Busco el logo de la compañía de luz en alguno de ellos, pero ninguno tiene nada. Parecen talleres mecánicos o bodegas en desuso más que una estación de distribución eléctrica. Uno de los portones se abre y un guardia, al ver la camioneta de la compañía, me hace una señal con la mano para que ingrese. Al pasar por la reja abierta, me saluda con cordialidad y, sin pedirme ninguna orden de trabajo ni papeles ni identificaciones, me indica el estacionamiento y un viejo edificio de dos pisos donde debe de estar el panel eléctrico. Concluye sugiriéndome que me apresure en hacer mi trabajo, aunque esto último no me lo dice de manera muy afable.

Estaciono donde me indica y me echo al hombro una mochila con las herramientas que saqué del taller. Mientras camino, trato de acordarme de cómo suelen los técnicos empezar a analizar las posibles causas de los apagones, y me pregunto si llegado el momento podré arreglar esto. Entro al viejo edificio y me encuentro en una completa oscuridad. Las ventanas bloqueadas no permiten la entrada a ningún rayo del sol y la puerta abierta sólo me permite ver unos pocos metros hacia el frente. Saco de la mochila la linterna y reviso los muros en busca del panel, pero no encuentro nada. Tropiezo con una silla metálica, que hace un ruido estridente, al avanzar por el piso y pierdo el equilibrio por un segundo.

―El tablero está en el subterráneo.

La voz grave y monótona del guardia a mis espaldas me eriza los pelos. Me volteo y veo su silueta en la puerta apuntando hacia el fondo de la habitación. Le doy las gracias sin mucho entusiasmo y desciendo por la escalera con lentitud, guiado por la luz de la linterna.

En el subterráneo el entorno es aún más espeluznante que arriba. Los muros de ladrillo se iluminan en hipnóticos intervalos de un segundo cada vez que una ampolleta roja se enciende y vuelve a oscurecerse todo a mi alrededor cuando se apaga. ¿Será el tablero eléctrico? Me parece extraño que esté aquí abajo. Pero, pensándolo bien, todo esto ha sido raro desde que apareció la alarma en mi pantalla. Así que decido no darle más vueltas al asunto y limitarme a terminar lo antes posible lo que vine a hacer.

El tablero es más pequeño y simple que los otros que he visto con los técnicos: se trata de una caja metálica de menos de un metro de alto y que se encuentra empotrada a la pared con luces indicadoras que, en este momento, permanecen apagadas, excepto la molesta ampolleta roja intermitente que está junto a una palanca, al costado derecho. Abro la puerta del tablero y reviso con la linterna el interior. Todos los interruptores están encendidos, lo que me indica que la causa de que se haya cortado la luz no ha sido una sobrecarga. Lo que sea que está originando la falla está más adelante. Sigo los cables que salen del tablero y se adentran en un pequeño pasillo de ladrillo con forma de arco en la parte superior, como una catacumba.

―¿Está bien allá abajo, amigo? ―dice el guardia de repente, causándome otra vez ese sobresalto que ya comienza a fastidiarme―. Llamaron de la compañía y quieren que usted espere arriba hasta que lleguen.

―En un segundo subo, quiero mirar hacia dónde va este... ―No alcanzo a terminar cuando un lejano destello ilumina el interior de la catacumba―. ¿Vio eso? ―le pregunto, pero el guardia no parece interesado. Baja la escalera y se para junto al tablero, iluminándome con su linterna.

―Señor, ¡debe subir ahora! ―insiste, mientras los destellos provenientes de la profundidad del túnel continúan y al mismo tiempo el tablero empieza a lanzar chispazos y la palanca del costado sube y baja, como si hubiese cobrado vida de repente, emitiendo fuertes sonidos mecánicos que asustan al guardia, quien va directo a detenerla.

―¡Espere! ―le grito, con mi mano estirada para evitar que toque la palanca, pero soy yo el que termina haciendo contacto con el tablero y todo a mi alrededor se vuelve de un blanco brillante, igual que en el concierto Pulse, de Pink Floyd, cuando las luces del escenario iluminan la tele.

Lo que viene justo a continuación es una oscuridad total.

Aunque veo borroso al abrir los ojos, estoy seguro de que son tubos de luz. Estoy acostado. El golpe me debe de haber lanzado al suelo del subterráneo. Trato de ponerme de pie a fin de comprobar si habré alejado a tiempo al guardia del tablero, pero estoy muy mareado como para hacerlo. Me llevo la mano a la cabeza, como intentando calmar el mareo, pero no alcanzo a llegar, porque tengo algo clavado en algún lugar de la mano que no me deja moverla. Algo más tarde, mis ojos enfocan un poco mejor y me doy cuenta de que no estoy en el mismo lugar en que estaba hace un segundo. Acabo de despertar en una sala de recuperación de un hospital.

La sala está iluminada por los tubos de luz, pero tengo la certeza de que es de noche. No hay ruidos, excepto el de una máquina de apoyo vital que resopla a intervalos regulares, no muy lejos. La habitación es para dos pacientes y se halla dividida por una cortina que no me permite ver si tengo un vecino o si estoy solo. En cualquier caso, prefiero no averiguarlo, pues no tengo intención de hablar con nadie: la cabeza me da vueltas y no podría poner atención a nada que me preguntaran. Hago lo posible por volver a dormir, pero el molesto ruido de la máquina me mantiene despierto, así como los recuerdos de los eventos ocurridos en el subterráneo se proyectan frente a mi cabeza, aunque con cambios, como si pudiera elegir uno de los distintos finales creados por mi cerebro y alterar lo que pasó en realidad.

Cuando despierto al día siguiente, una enfermera me trae un liviano desayuno y me deja solo por quién sabe cuánto tiempo; horas, quizás, hasta que vuelve a aparecer, esta vez con unas pastillas. Pasa otro lapso similar al primero y me trae el almuerzo. Por la tarde, un joven doctor me hace unos exámenes que, según su explicación, miden el daño causado por la descarga eléctrica. Y, para terminar el día, otra enfermera me entrega la cena, además de unas pastillas, y a dormir.

Los siguientes días pasan de forma análoga al primero, volviéndome loco: desayuno, mundo sin tiempo, exámenes o pastillas, más mundo sin tiempo; almuerzo, una tarde completa de mundo sin tiempo; cena, pastillas y a dormir. Y, para hacerlo aún más desesperante, todo lo que me rodea, incluyendo los insumos, las pastillas y los utensilios, tiene el desaliñado logo del Hospital Central: una letra H y una C entrelazadas dentro de un círculo, igual que en el episodio de Hammer House. Por un momento se me pasa por la mente que a lo mejor yo también tengo ese logo tatuado.

No sé cuántos días estuve así, hasta que Rebeca, mi hija de catorce años, me salvó de este mundo sin tiempo supremo al traerme mi viejo walkman. Esta reliquia tiene más de veinte años y sigue funcionando. Yo no lo uso desde hace mucho, pero Rebeca sí. Lo desenterró de alguna caja con cosas viejas hace un año, le compró unos audífonos nuevos y comenzó a usarlo para sus viajes en micro al colegio.

Dentro del bolso que me trajo, también viene un montón de cassettes. Cuando Rebeca descubrió el walkman traté de buscarle algunos, pero como todos estaban muy usados para escucharlos, le di la idea de copiarlos ella misma de los discos de vinilo. Esta es su colección de favoritos. Reconozco las cintas por el inconfundible rótulo de sus compilaciones: BEKA, escrito con gruesas letras hechas con lápiz pasta, seguido por un número romano que indica el volumen. Cuando veo que vienen sus doce volúmenes, me percato de que, aunque está de vacaciones de verano, salir sin música todo este tiempo debe de haber sido un sacrificio para ella, que sabía que escuchar sus cassettes iba a contribuir a mantener mi cordura a un nivel aceptable el tiempo que durara mi confinamiento hospitalario.

Tres semanas después, el joven doctor me da de alta sin ninguna secuela a pesar del golpe eléctrico, según su informe.

Regreso a casa con una bolsa llena de pastillas y el consejo de «tomármelo con calma» de parte de todas las enfermeras que tuvieron algo que ver con mis cuidados durante mi estadía en el hospital.

Al bajar del taxi, me recibe Rebeca con un abrazo que casi me bota.

―¿Trajiste mis cassettes?

―Beka, deja que por lo menos lleguemos a la casa ―le dice Nadia, mi esposa, sonriendo mientras me toma del brazo para ayudarme a caminar. La verdad es que no necesito que me ayude, pero la dejo hacerlo.

―OK, mamá ―responde Beka desganada.

―Toma ―digo, pasándole el bolso con los cassettes y el walkman―. Esto me salvó del aburrimiento máximo.

Entro a la casa y me siento en el sillón donde Rebeca está sacando sus cassettes del bolso para devolverlos a su pieza.

―Ahora que volviste y que estás bien, papá, quería invitarte a la laguna.

Casi un mes encerrado en esa sala de recuperación con aire acondicionado me había hecho olvidar que estamos en pleno verano; dar una vuelta en kayak por la laguna de Las Vizcachas es el panorama favorito de Rebeca para capear el calor. Su «invitación», como la llama ella, me recuerda cuando era pequeña y me «invitaba» a tomar un helado, claro que mi labor era ir con ella, comprarle uno y acompañarla con otro para mí en una plaza con juegos donde podía pasarse horas.

―Mejor esperemos un poco ―le dice Nadia, poniéndo su largo pelo liso detrás de las orejas para asegurarse de que Rebeca vea su cara de seriedad al respecto, y concluye con la sentencia―: Hasta que tu papá este por completo bien.

Rebeca toma sus cosas y se va a su pieza con un largo y monótono: «OK». La mirada de seriedad de Nadia siempre la ha hecho obedecer, pero a mí me resulta dulce, incluso sexy. Esa fue la razón por la que me enamoré de ella en un principio, y con el paso del tiempo me he dado cuenta de que su seriedad es relativa, sobre todo cuando necesita darle una pizca de disciplina a Rebeca, pues cuando ya ha cumplido su propósito vuelve a ser la misma mujer divertida de siempre. Esa es la razón por la cual seguimos juntos, creo.

Nadia se sienta a mi lado en el sillón y apoya su cabeza en mi hombro.

―Beka preguntaba todos los días cuándo ibas a salir del hospital.

―Fue una locura.

―Deberías tomártelo con calma. En serio.

Sé que tiene razón, pero pasar la mitad del verano encerrado en un hospital ha creado una nube de depresión encima de mí y la invitación de Rebeca es como un rayo de luz que destruye esa nube.

―No creo que una vuelta en kayak por la laguna me haga daño ―replico.

―¡No tienes remedio! ―me dice entre risas, dándome un codazo.

―¡Auch! Acuérdate de que estoy convaleciente.

Nadia se levanta del sillón y se para frente a mí. La miro hacia arriba y es la mejor vista que puedo pedir. Luego de su habitual gesto para ordenar su cabello detrás de las orejas, pone sus manos en mis piernas y su cara muy cerca de la mía.

―OK, señor convaleciente, vas a esperar que te vea el doctor el próximo mes y ahí vemos, ¿de acuerdo?

Asiento, embelesado, y Nadia me da un dulce beso.

―Primero, empieza por cosas fáciles.

Vuelvo a asentir, perdido en sus grandes ojos cafés.

―Como coser la mochila de Beka, se le volvió a abrir abajo.

―Muy graciosa.

Nadia ríe y me vuelve a besar, luego camina hacia la cocina y se detiene antes de entrar.

―La mochila está sobre la mesa, suerte.

Nadia me tira un beso y se va cantando “El amor está bien esta noche”, de Rick Springfield y moviendo las caderas, muy pícara. Espero que sea una señal de que no sólo voy a coser bolsos este mes.

El sábado siguiente a mi alta médica, y a pesar de que Nadia seguía con la idea de esperar más tiempo, partimos igual a la laguna. No puedo evitarlo: hasta justo antes de estar hospitalizado, cada fin de semana estábamos fuera de casa toda la tarde. No importaba si solo íbamos a dar una vuelta o a hacer un picnic, siempre nos la arreglábamos para divertirnos. Y cuando se hacía de noche, manejaba tranquilamente de vuelta escuchando música a un volumen mínimo mientras Nadia y Rebeca dormían hasta llegar a casa.

Rebeca y yo cantamos nuestras favoritas todo el camino de ida y bromeamos acerca de mis días en el hospital. Al llegar a Las Vizcachas cerca del mediodía, la laguna ya se encuentra repleta de visitantes. Recogemos nuestro número para el kayak y al calcular el tiempo a partir de cada número anterior al nuestro, me hago la idea de que la espera será larga. Las llevo a almorzar empanadas al quiosco del parque y, después de una larga sobremesa, nos dirigimos a los puestos de artesanía, donde las chicas compran aros y collares bastante hippies.

De repente, escuchamos a lo lejos nuestro número. Rebeca y yo salimos corriendo y llegamos justo cuando la encargada de los kayaks iba a llamar al siguiente número, como pasa cuando la gente se aburre de esperar y se va. Al ver que llegamos corriendo, sonríe y nos entrega nuestros salvavidas, luego nos da las instrucciones que ya nos sabemos de memoria y nos ayuda a entrar en el kayak.

Como la mayoría de la gente se ha ido, disfrutamos de toda la laguna para nosotros solos. La mayor parte del trabajo la hago yo, excepto cambiar de dirección de vez en cuando, que es el momento en que la «capitana» toma el remo. Desde la orilla, Nadia se ríe de esto y saca una que otra foto. Cuando quedan cinco minutos para regresar, me detengo al medio de la laguna. Rebeca se da vuelta y me mira extrañada.

―¿Estás bien, papá?

―Sí ―le digo, tratando de respirar con normalidad―. Sólo quiero disfrutar del paisaje un ratito más antes de volver ―miento para no preocuparla: la verdad es que no puedo remar más. Odio admitirlo, pero creo que el joven doctor, las enfermeras y Nadia tenían razón: debí tomármelo con calma.

Rebeca no parece convencida, ya que yo nunca he necesitado descansar, pero accede a que nos detengamos. Después de todo, la suave brisa y la hermosa luz naranja del atardecer hacen que este lugar se vea increíble, y no es una pérdida de tiempo disfrutarlo un poco más.

―Si quieres descansar, puedo remar yo ―me dice con una dulce sonrisa y después explota en sus carcajadas gritonas, que la hacen parecer una niña chica. Me contagio de su risa al imaginarla remando, ya que nunca ha hecho más que doblar desde la primera vez que vinimos.

Me toma unos minutos recobrarme y, con lentitud, regresamos al muelle. Sin decir nada para no revelarle a Rebeca que me cuesta respirar, me saco el chaleco y entrego los remos. Este ha sido un día perfecto y no quiero arruinarlo preocupándolas por mi salud. Sólo debo aguantar hasta llegar a casa y ahí podré dormir todo lo que quiera; al fin y al cabo, estoy convaleciente.

Regresamos de noche con una música casi inaudible, como en los viejos tiempos, y ellas durmiendo. Las calles están vacías y me puedo dar el lujo de acelerar un poco, aunque no debería hacerlo, ya que siento que mis reflejos están lentos como para reaccionar ante alguna eventualidad a alta velocidad, pero quiero llegar pronto a casa, pues el cansancio es insoportable y parece que en cualquier momento me quedaré dormido.

Oscuridad total.

El miedo de lo que voy a encontrar al abrir los ojos me corta la respiración. Espero y espero, tratando de demorar lo inevitable, pero sé que tengo que enfrentarlo. Si estamos en una situación de peligro y la vida de una de ellas depende de mí, debo reaccionar. Abro los ojos y me encuentro con la misma iluminación de los tubos de luz de la sala de recuperación. Hace un segundo iba manejando y ahora... Ahora no está Nadia ni tampoco está Rebeca.

La mesita plegable está vacía. ¿Qué esperaba encontrar? Acaso cassettes que me dijeran que habían venido a verme. Eso quisiera: saber que están bien, pero si lo último que recuerdo es ir manejando y ahora despierto solo otra vez en la sala de recuperación con el horrible logo del Hospital Central en todo lo que miro, ¿quiere decir que lo otro fue un sueño? ¿Acaso nunca salí de aquí?

La puerta se abre y entra una enfermera con una bolsa de suero.

―¿Qué pasó? ―le trato de decir, pero escucho que apenas me sale la voz. Tengo la boca seca y la garganta como trapo, cual si me hubiera tragado una bola de pelo―. ¿Qué pasó? ¡Dígame! ―insisto, aun cuando mi voz sigue pareciendo la de algún pobre diablo abandonado en el desierto y que suplica por agua, más que una que exija una respuesta.

Trato de sentarme en la cama y veo que mi pierna y mi brazo izquierdo están enyesados. Me toco varios vendajes en la cabeza y noto el origen de mi horrible voz: un cuello ortopédico me envuelve la garganta. No siento dolor al moverme, así que debo de estar lleno de analgésicos suministrados por la sonda que tengo clavada en el dorso de la mano derecha. No es un sueño.

―Señor Cristos ―me dice, sosteniendo mis hombros para mantenerme acostado―. Por favor, no se mueva. Debe permanecer acostado y tranquilo.

―¿Dónde está mi esposa? ¿Dónde está mi hija?

La enfermera saca su mano izquierda de mi hombro y la pone en el centro de mi pecho. Luego levanta su mano derecha para usar su teléfono. Creo que su maniobra quiere evitar que yo siga insistiendo en sentarme. Cuando escucho que llama a un doctor, dejo de moverme y ella me suelta.

Unos minutos después, entra un doctor muy serio y le dice a la enfermera que salga. Antes de poder preguntarle cualquier cosa, el doctor se acomoda en una silla junto a mi cama para quedar a mi altura y, con toda tranquilidad, me cuenta los hechos.

El esfuerzo que realicé en la laguna y los medicamentos hicieron que perdiera el conocimiento mientras conducía y nos volcamos. Acentúa el hecho de que fui irresponsable y que el accidente podría haberse evitado, entonces dejo de escucharlo. Estoy viendo que me habla, pero no estoy poniendo atención a lo que sigue diciendo: sólo tengo la imagen de Rebeca riendo en el bote, con el sol en su espalda y nuestra canción favorita, Hotel California, sonando en mi cabeza. Claro que no fue un sueño.

El doctor termina su sermón y le ruego que me permita ver a Rebeca. No sé qué cara le habré puesto, pero, a regañadientes, accede, y con ayuda de la enfermera y una muleta me dirijo a la sala contigua.

Al entrar con dificultad, a causa de que tengo mi lado izquierdo enyesado y de la bolsa de suero colgada del atril, la veo tendida en la cama, vestida con una bata verde y un tubo delgado en su nariz. Rebeca está en coma inducido.

Cuando nos volcamos, Nadia y yo, que íbamos adelante, solo recibimos golpes y cortes, debido a que los airbags nos mantuvieron cubiertos, pero Rebeca, que iba en el asiento trasero, no estaba tan protegida. El impacto más fuerte lo recibió en la base de la cabeza y el cuello, lo que significa, según su doctor, que cuando su cerebro se recupere y la despierten, es posible que le quede algo de movilidad en sus brazos, pero no volverá a caminar. Junto a ella, en una silla, esta Nadia. Cuando se voltea y me ve entrar, inmediatamente desvía su mirada llena de tristeza y enojo hacia otro lado, dejando que su largo pelo lacio oculte sus lágrimas.

Luego de unos eternos segundos de incomodidad, se levanta y sale muy rápido, dejándome solo en la habitación. Camino con dificultad hasta quedar frente a Rebeca y quedo paralizado. Hasta hace poco mi mente negaba todo lo que estaba pasando, pero, al verla así, asumo que esto es real. Dejo la molesta muleta en el suelo y me siento en la misma silla en que estaba Nadia. Rebeca parece como si estuviera profundamente dormida, como las princesas de los cuentos a la espera de que se rompa el hechizo. Pero ningún tipo de magia va a hacerla despertar, sino que lo harán los médicos, y cuando lo hagan no puedo ni comenzar a imaginar qué sentirá al no poder moverse.

No existe la magia, sino solo la esperanza.

Y al tomarle su mano inerte, se me acaba la poca que podía tener.

Pasa un mes. Prácticamente vivo en la sala de recuperación junto a mi hija. Escuchamos música, compartiendo un audífono cada uno, le leo libros y trato de hacerle compañía, pero más que todo, lloro. Nadia está cansada de mi presencia y tiene razón. Si hablamos de energías, las mías no son las más positivas para transmitirle a Rebeca mientras duerme. Además, no soy de verdad un apoyo para ninguna de las dos, ya que cuando Nadia intenta decirme algo, no le respondo nada o me voy, para evitar discutir.

Pero hoy parece que mi plan de evadirla no servirá. Antes de cruzar la puerta, con mi ya normal aspecto de vagabundo y un triste ramo de flores comprado el día anterior, Nadia me empuja hacia el pasillo y sin ningún preámbulo me manda a volar. Me dice que no quiere verme en el hospital, ni tampoco en la casa cuando vaya a buscar sus cosas. No soy capaz de rebatirle nada porque todo lo que dice es tristemente cierto: desde lo estúpido que fui al ocultarles que no podía manejar hasta mis precarias visitas al hospital. Escucho cada palabra apoyado en la pared del pasillo, con el ramo de flores boca abajo y a punto de soltarse de mi mano, dejándola descargar todo lo que siente. Espero a que termine de hablar y me voy del hospital, poniendo fin a una relación de diecisiete años.

Dos semanas después, llega una carta de la compañía de luz. Me toma unos días salir a la puerta a recogerla y otros más para leerla. Dice, en palabras técnicas de abogado, que ellos asumirían la responsabilidad del accidente del subterráneo siempre y cuando yo aceptara la indemnización y mantuviera la boca cerrada. Este tipo de jugadas las hacen cuando saben que podrían ser demandados. Podría hacerlo, es más, si tengo la paciencia suficiente para llegar al final del juicio, podría sacarles mucho más de lo que ofrecen, pero como yo no seguí el procedimiento, ellos podrían atraparme por ahí. Por donde lo vea, va a ser una pelea larga y agresiva, que no estoy en condiciones de resistir, así que, después de pensarlo por unas horas en la soledad de mi casa, acepto el trato.

La depresión parece aumentar a medida que se acerca el invierno y, como atraído por la oscuridad, el deseo de vagar por la noche después de que el comercio cierra se convierte en rutina. Los pensamientos mientras recorro las oscuras y vacías calles giran en torno a la posibilidad de cruzarme con algún asaltante, intentar defenderme y que termine con mi vida.

Después de un tiempo, ya no sólo camino por ahí, al azar, sino que me dedico a buscar los lugares del centro de Santiago que se consideran peligrosos para los incautos.

En busca de mi verdugo, encuentro a un grupo de ancianos que viven en la calle. Cada noche se reúnen alrededor de un tambor de aluminio con fuego que les sirve de estufa y comen lo que desechan los restaurantes cercanos. Me acostumbro a visitarlos cada noche y siempre les llevo algo de comer que compro por ahí, diciéndoles que lo he encontrado. No sé por qué lo hago, quizás para sentirme parte de ellos y que me acepten.

Cada noche escucho la historia de sus vidas antes de terminar viviendo aquí, detrás del banco, y también de lo que pasa en la noche, cuando todos los demás están en sus casas durmiendo. A veces repiten sus historias y bromas como si fuera la primera vez que me las cuentan, y yo los vuelvo a escuchar, tratando de poner cara de sorpresa para no arruinarles el final.

Mi estadía junto al tambor de aluminio se prolonga hasta que, sin darme cuenta, termino pasando toda la noche detrás del banco, lo que me hace pensar que les agrado a los viejos, que incluso bromean sobre mis supuestos hallazgos en la basura. Debo suponer que pueden diferenciar entre algo que viene saliendo del horno y otra cosa encontrada en el basurero.

Mis nuevos camaradas no tienen horarios ni agendas establecidas. No están regidos por las horas y minutos que comandan mis acciones, pues viven en un eterno tiempo presente. Cuando les dije qué es «el mundo sin tiempo» se rieron, ya que vivir así es su vida normal y no tiene un nombre inventado para justificarlo. Cada momento que paso con ellos intento adaptarme, vivir el mundo sin tiempo, pero no lo consigo. La angustia de no tener un propósito me impide concentrarme en el presente.

Pasan los meses y las noches empiezan a parecerme más cortas y el frío, menos intenso. Las tiendas sacan los adornos navideños y los reemplazan de inmediato por coloridos trajes de baño y carteles deseándonos un «refrescante verano 2017».

Me paso los días calurosos del verano durmiendo y las noches junto al tambor de aluminio, sin saber de días ni de meses, hasta que veo un cartel sobre la oscura vitrina de la tienda del frente que indica que hoy, 27 de febrero, termina la promoción de uniformes escolares.

El fin del verano significaba para mí el término de las vacaciones y el regreso a clases de Rebeca. Hubiésemos ido a comprarle su uniforme y sus cuadernos en medio de una selva de gente que, como nosotros, dejamos eso para último minuto. Me enojaba estar en medio de ese choclón de personas y hubiese preferido hallarme solo en la tienda, pero ahora que me encuentro en soledad, de madrugada, mirando el cartel, extraño hasta las horribles colas para pagar.

Hoy es 27 de febrero, ha pasado exactamente un año desde que fuimos a la laguna.

Un año desde el día en que arruiné la vida de Rebeca y Nadia, y en que la mía comenzó el descenso hasta hacerme existir en la oscuridad de la noche. Está por amanecer y me dispongo a volver a casa a dormir todo el día para dejar atrás este triste aniversario.

Mis camaradas se han quedado dormidos hace rato en sus chozas de cartón y plástico ubicadas a los pies del muro trasero del banco. La gente nocturna sale de la escena y los «ejecutivos», como llaman ellos a cualquiera que use traje, comienzan a bajarse de las micros en dirección a sus trabajos.

Antes de partir, le echo el último tronco al tambor y, a través de las llamas, veo a una mujer que me observa desde el otro lado de la calle. Usa un chaquetón largo y negro. Además, sobre su pelo lacio, que le cae por los lados de la cara, lleva un sombrero también negro, de estilo ruso. ¿Es Nadia?

Parece increíble que en esta gran ciudad nos encontremos precisamente en esta calle y a esta hora. No puedo evitar sorprenderme, y cuando voy a hacerle una señal con la mano para que me espere, ella voltea y se aleja. Cruzo la calle por entre los apurados «ejecutivos» y la sigo por dos cuadras hacia el norte, hasta que la pierdo de vista entre la gente. Me detengo desilusionado por no haberla alcanzado: era la oportunidad para pedirle ver a Rebeca. Ha pasado un año y tal vez después de todo este tiempo podamos arreglarnos. Aunque, por su reacción, lo veo difícil, pero ¿escapar? Si no quiere hablarme, bastaba con que me hubiese ignorado, como lo hacía en el hospital.

La única razón que se me ocurre es que no era ella, sino alguien con un increíble parecido y que, desde luego, huiría de un vago que la persigue. Vuelvo a mirar y distingo el sombrero ruso a lo lejos entrando a un callejón.

Llego a la esquina y veo que el callejón está vacío. No pudo haber llegado al otro lado tan rápido: es como si hubiese desaparecido. Camino por el callejón con la esperanza de verla al otro lado, pero, cuando salgo a un vacío paseo peatonal débilmente iluminado por un solitario poste de alumbrado público, no es a ella a quien encuentro.

Un hombre encorvado y cubierto por una gruesa y sucia tela oscura, parecida a una vieja cortina, avanza por la vereda. Tiene cuidado de ocultarse en las sombras que se proyectan entre la calle y las cortinas metálicas cerradas de las tiendas, evitando toparse con cualquier transeúnte que camine en su dirección. Cuando pasa por áreas iluminadas, veo que la tela toma una extraña forma sobre su cuerpo, como si su espalda fuera un bulto de un metro de alto sobre unas piernas de no más de cincuenta centímetros. No puedo imaginar cómo es esta persona debajo de su mortaja, pero de seguro su joroba no se parece a ninguna que haya visto antes.

Los ejecutivos que pasan por su lado, apurados por llegar a tiempo a donde sea que vayan, no le prestan atención y se limitan a esquivarlo. ¿Para qué molestarse con otro vago que busca comida? Los he visto hacerlo cada noche desde que me quedo con los ancianos detrás del banco, pero a diferencia del resto de los que pasan junto a él, este personaje me resulta demasiado interesante como para dejarlo ir.

Lo sigo por varias cuadras, manteniendo una distancia prudente, pero sin quitarle la vista. No parece interesado en nada en especial, aun cuando a veces se queda mirando algún edificio por unos minutos y después continúa su camino.

Cuando llega a la Plaza de Armas, dobla a la izquierda y se mete por un angosto pasaje. Corro para no perderlo y, sin darme cuenta, tropiezo con un basurero, alertando de mi presencia al hombre encorvado, que se da vuelta en el acto. Esperaba ver su rostro, pero la tela lo cubre por completo, a excepción de unos espacios entre los pliegues por donde debe mirar, si bien son demasiado oscuros como para saber quién está detrás.

Por desgracia, él no es el único que escucha mi poco sigiloso acercamiento, por lo que dos tipos aparecen de la nada desde detrás de mí y sacan sus cuchillas. El primero es muy joven, yo diría de unos quince años, y tiene la cara llena de espinillas y el pelo muy rubio, en tanto que el otro, unos años mayor que su compañero, lleva la cabeza rapada en los costados, en estilo «sopaipilla», y tiene la tez morena. Ambos se me acercan con mirada desafiante.

Sin querer, me encuentro frente a frente con lo que estaba buscando. El momento que había imaginado para poner fin a mi sufrimiento ha llegado, pero, paradójicamente, ya no siento el deseo de morir. Quiero saber quién es este hombre misterioso.

El rubio de espinillas, con el exceso de confianza que le dan asaltos anteriores exitosos, comienza a registrarme con una mano mientras que con la otra presiona la navaja contra mi cuello. Me insiste en que le entregue todo lo que traigo encima, pero por más que le digo que no tengo nada, él parece no creerme. Quiere mi reloj, mi teléfono, mi billetera y mis joyas, pero se llevará una gran desilusión al ver que ni siquiera me quedan monedas del dinero que traje para comprarle algo a los ancianos. La imagen que tenía de este momento era muy distinta. Pensaba que iba a forcejear o discutir con ellos, sin embargo, en ningún caso se me pasó por la mente que iba a estar congelado de miedo, como estoy ahora.

Cuando sólo quiero que esto acabe pronto y ojalá sin que el de las espinillas me haga algún corte, el hombre encorvado se acerca a nosotros. Se mueve de lado a lado con suavidad, como si arrastrara mucho los pies. El de las espinillas se pone nervioso con el avance del jorobado, deja de poner presión a la cuchilla que está en mi cuello y le toca el hombro al del corte de sopaipilla para alertarlo de la presencia del extraño. Este se da vuelta y empieza a amenazar al jorobado con su cuchilla, pero, como el hombre encorvado no parece intimidado por ellos y sigue acercándose con decisión, el del corte de sopaipilla se adelanta, le clava la cuchilla a la altura del estómago y luego lo empuja hacia atrás con su mano libre.

El “sopaipilla” lo espera en guardia, en caso de que venga por segunda vez, pero el hombre encorvado parece no tener intención de acercarse de nuevo ni tampoco de huir de ahí, ya que sólo se queda parado en medio del pasaje. Mientras tanto, el de las espinillas se queja porque no tengo nada y decide quitarme el abrigo para no irse con las manos vacías. Al tiempo que el de las espinillas enrolla mi abrigo como un saco de dormir, veo que el “sopaipilla” sale volando y aterriza en medio de los basureros como si lo hubiese chocado un auto. Es imposible que haya recibido ese tipo de golpe en este pequeño pasaje y, además, solo estamos nosotros tres más el jorobado. El de las espinillas y yo nos miramos; al parecer pensamos lo mismo: “¿Habrá sido él?”.

Observamos a la vez en dirección al hombre encorvado y alcanzamos a divisar lo que parece ser una especie de tentáculo que se repliega dentro de su mortaja. El ladrón queda paralizado por el pánico y le arrebato el abrigo enrollado de sus manos antes de que salga corriendo seguido de su compañero, el cual se incorpora con dificultad desde detrás de los basureros y me deja solo frente a este extraño ser.

¿Debería salir corriendo como los ladrones? No lo creo. No tiene intención de atacarme, al contrario, lo que hizo fue ayudarme.

Me acerco con cuidado para no alterarlo y observo que, donde recibió la cuchillada, la tela está mojada con un aceitoso líquido dorado alrededor del agujero. ¿Será su sangre? Seguro que sí, qué otra cosa puede ser.

El hombre encorvado siente la necesidad de regresar a la oscuridad del pasaje antes de que amanezca.

―¡Espera! ―le grito y pongo mi mano, que no para de temblar, suavemente sobre su herida. Si está herido, debo ayudarlo: después de todo, fue mi culpa que lo atacaran―. Déjame arreglar eso ―le digo y me quedo esperando alguna respuesta de parte del ser, aunque me pregunto si entiende mis palabras―. Ven a mi casa, queda por acá cerca ―prosigo lentamente, acompañando mi invitación con unas absurdas señas con las manos que, la verdad, no sé si tienen algún sentido para él.

El jorobado me deja en suspenso por unos segundos mientras intento mirar por entre sus ropajes, movido por la curiosidad de saber qué hay debajo, hasta que el ser se me acerca. ¿Me habrá entendido? Creo que sí, aun cuando ahora viene lo importante: ¿cómo se supone que voy a curarlo? Debí haberlo pensado antes de ofrecerle mi ayuda, pero parece que es demasiado tarde, ya que el jorobado me sigue mientras salgo del pasaje.

EL ABRIGO

Enfilamos hacia el norte por las calles del centro hasta llegar al Parque Forestal y luego cruzamos el río por la concurrida calle Recoleta. Al igual que en el centro, los transeúntes no nos prestan atención: cada uno va en lo suyo, pero una vez que cruzamos, rápidamente me desvío hacia el este para evitar pasar por entre el comercio. Por lo que vi anoche, a mi compañero le gusta moverse por donde no hay gente, y si seguíamos derecho, lo habría llevado directo al tumulto máximo.

El ser me sigue con su tranquilo vaivén mientras avanzamos por las calles de Patronato hasta llegar a mi casa en Hanga Roa. Lo hago pasar y voy de inmediato a la cocina a buscar una venda. No sé si puede hablar, o si entiende lo que le digo, pero si es así, no ha sido muy comunicativo, al menos durante el regreso hasta acá.

Al volver a la sala, veo que el hombre encorvado se ha despojado de su prenda y me quedo paralizado al encontrar que está muy lejos de ser un «hombre». Pensándolo mejor, ni siquiera es un ser humano, sino que es más bien como una raíz tuberosa redonda de unos setenta centímetros de diámetro y de un color marrón oscuro con toques verdosos, como musgo. Desde la parte superior de su «cuerpo» emergen cinco tentáculos perfectamente distribuidos, como si fueran las puntas de una estrella, y que se alzan de manera vertical hasta cerca de los dos metros. Estas extremidades son más gruesas que un muslo humano en la base y terminan en una fina punta. Fue con uno de esos que lanzó lejos al “sopaipilla”.

El movimiento serpenteante de sus extremidades me marea al seguirlo mientras recorre mi living y se acerca a algunos objetos como si estuviera analizando todo lo que hay. Cuando algo le llama la atención, despliega siete finos bigotes de la punta del tentáculo más cercano y con ellos toma aquellos objetos. Al acercarme, dirige los bigotes hacia mí. No parece tener ojos por ningún lado y creo que usa esos bigotes para percibir las vibraciones.

Me acerco con la venda y él extiende el tentáculo herido hacia mí. Su piel, si se puede llamar así, es rugosa y áspera, como la corteza de un álamo. Si bien su apariencia la hace parecer rígida, he evidenciado su asombrosa flexibilidad. Noto que la herida ya no sangra, pero tampoco parece estar cicatrizando como lo haría una herida en mi piel. Es como si se hubiese secado tal como quedó después del ataque. Parece una grieta en un mueble viejo.

Sin saber si se va a cicatrizar o no, le pongo el vendaje lo mejor que puedo y le hago una señal con el pulgar en alto a fin de decirle que está listo. El ser vuelve a usar sus bigotes para analizar el vendaje y me parece entender que esos sensores cumplen la función del tacto, el oído y el olfato de esta criatura, igual que las antenas de los insectos.

La criatura, al haber terminado de analizar el vendaje, dirige uno de sus tentáculos hacia mi cabeza y pone sus sensores muy cerca de mi sien. El sonido que emiten al moverse con rapidez parece un ejército de abejas que se acerca de forma peligrosa a mi oído. En las películas clásicas de terror, algo como esto siempre termina con la víctima en una vaina, siendo absorbido o cortado en pedacitos y, después, devorado. Aguanto la respiración en tanto que las más horribles imágenes pasan por mi mente en el momento en que sus sensores recorren mi aterrorizado rostro, al parecer, «escaneándolo». Luego, sin hacer nada de lo que aparece en mi enciclopedia mental de monstruos, lo retira y se va directo al sillón.

Su base repta como una oruga, provocando ese movimiento de lado a lado que hacía en la calle para pasar por humano. No creo que ninguno de los que lo vieron anoche se pueda imaginar lo que había debajo de la tela.

Al llegar al lado del sillón, pone sus extremidades en el suelo y eleva la base, quedando como una excéntrica mesa de cinco patas. Entonces se desliza sobre el sillón, que cruje por el peso de la criatura. Los tentáculos, al haber terminado su trabajo, vuelven a su acostumbrada posición vertical antes de depositarse desparramados por todos lados. Lo miro con fijeza en cada movimiento que hace y, aunque está ahí en el sillón, me parece imposible que algo así exista. Es un ser fascinante de sólo verlo, y mientras pasan los minutos, mi mente se va llenando de millones de preguntas como un aguacero que desborda mi comprensión.

Lo primero que deduzco es que posee inteligencia. Su capacidad de observación del entorno mediante sus sensores no puede ser simple instinto, y su razonamiento en el callejón, donde atacó solamente a quien lo agredió, me hace pensar que no es salvaje. Trato de recordar si he visto algún reportaje o documental donde hayan encontrado evidencia de algo parecido, pero lo único que se me viene a la mente son películas donde abundan los tentáculos que se asemejan a carne o piel gelatinosa y húmeda, diferente a la textura de este ser. Algunos libros también narran historias de monstruos marinos en las cuales mi invitado, si fuera del tamaño de una casa, habría sido el protagonista perfecto de la destrucción de montones de barcos.

Si sus extremidades me parecen intrigantes, su base lo es aún más. Se hincha y contrae a un ritmo continuo, lo que parece ser su respiración. Como cualquier ser vivo, debe tener órganos que le permitan respirar. Y si respira, también debe comer: puedo empezar por ahí.

―¿Tienes hambre? ―le pregunto―. O... ¿sed? Eso, ¿agua?

Sin esperar algún tipo de respuesta, corro a la cocina y vuelvo con un vaso lleno hasta arriba de agua y otro vacío. Le acerco el vaso con agua y la criatura lo toma con sus sensores suavemente. El otro vaso es para mí, pero no voy a tomar agua, sino que, ante este increíble descubrimiento, voy a celebrar con lo que sea que haya por aquí. No he tomado alcohol desde hace varios años, pero creo que deben de quedar botellas a medio vaciar de cuando me juntaba con mis amigos a escuchar vinilos.

Una botella de ron casi vacía es lo que encuentro en el mueble del tocadiscos, lo que era nuestro «bar» en aquellos tiempos. Me siento en el sillón frente a él, destapo la botella y me sirvo medio vaso.

Mientras el licor cae, sus sensores se activan de nuevo. Uno de sus tentáculos se acerca y envuelve la botella para después llevársela. Cuando la tiene cerca, la voltea sobre el centro de su base y el licor cae dentro de un agujero que se abre como una horrenda boca redonda en el centro de su base, entre sus tentáculos. Aunque derrama un poco hacia los lados, se asegura de que la mayor parte del licor entre por ahí, así que sé que lo ha hecho antes.

―¡Y los simios heredarán la Tierra! ―le digo. En los carretes, cuando era adolescente y alguien salía con un pensamiento que ameritara beber, decíamos esa línea de Rush, imitando la voz de Geddy Lee, con los vasos en alto antes de empinárnoslos.

Levanto mi mano con el vaso hacia él y luego me tomo el vaso de ron al seco.

―¡Salud!

Hace tiempo que no estaba tan animado como esta mañana. El encuentro con la criatura me emociona. Dejo el vaso en la mesita de centro y me dirijo al mueble de los discos. Quiero ver su reacción ante un poco de música.

El último disco que escuché sigue en el tocadiscos: Amor al primer pinchazo, de Scorpions, será una buena introducción para él. Presiono play y la bandeja comienza a girar. Cuando la aguja cae de forma ruidosa en el comienzo del lado B, sus sensores giran hacia los parlantes, curiosos. Y cuando empieza la música, se vuelven locos.

―Rock clásico ―le digo, sosteniendo con ambas manos la portada del disco con la fotografía del «amor al primer pinchazo» del tatuador y su chica.

La criatura no hace ningún movimiento y entonces recuerdo que no puede ver lo que le estoy enseñando.

―Es la carátula ―le digo―. Además del arte, tiene los temas...

Cuando doy vuelta la portada para continuar mi exposición, la criatura la toma con sus sensores y la sostiene, enseñándome la contracara, donde están los nombres de los temas.

―¿«Noches de la gran ciudad»? ―leo el nombre de la primera canción del lado B―. Es el título de la canción que está sonando.

La criatura deja caer la portada en mis manos abiertas y toma su ropaje.

―¿Eso me estás diciendo? ¿Usas eso para ir a la ciudad?

Un sonido suave, como cuando el viento mueve los árboles, sale de su interior, y estoy seguro de que significa aprobación. Le gusta ir a la ciudad, pero sabe que las personas reaccionarían con miedo y, lo más probable, hasta con violencia si lo ven. Necesita pasar desapercibido.

Las siguientes horas puse varios discos para preguntarle si tenía nombre. Luego de varios intentos fallidos, encontré algunos como El jardín del pulpo de The Beatles, por si su nombre tenía que ver con ¿pulpos? Claro que no. Subterránea de IQ, pensando que, si no tiene ojos, debe de ser subterráneo, lo que explicaría su muy desarrollada habilidad sensitiva, al punto de que cuando hago algún movimiento, él puede percibirlo aunque no haga ruido. Quizás usa las vibraciones, como la aguja sobre los surcos.

Cuando he perdido ya la esperanza y estoy a punto de bautizarlo yo mismo, nos topamos con Queen y la criatura me hace ponerle especial atención a la canción “Amante anticuado”... Anticuado... Antiguo.

―¿Antiguo? ―le pregunto sin mucha esperanza de acertar, pero, para mi sorpresa, la criatura suelta otro sonido de esos que significan aprobación.

Algún humano lo ha llamado «Antiguo», estoy seguro, y me lo está haciendo saber guiado por el coro de la canción. Esto significa que tiene o ha tenido contacto con más personas, pero ¿«Antiguo»? ¿Acaso significa que la persona que lo haya nombrado así supo que este ser ha vivido mucho y de ahí ese nombre?

Si de alguna forma se lo hizo saber, debo suponer que distingue al menos el español y el inglés, porque no tiene problemas en entender lo que le digo y también la letra de Scorpions, pero no parece tener cuerdas vocales o ya me hubiese dicho algo. Creo que su único repertorio son esos sonidos guturales que lo he escuchado emitir.

―Señor antiguo ―le digo con solemnidad―. Lo siguiente que necesitamos es una clave más precisa. Cuando estemos de acuerdo en algo, haremos lo siguiente. ―Le doy tres golpecitos con mis nudillos a la mesa. Él acerca uno de sus tentáculos a mi pecho y me da tres golpecitos, aunque un poco más fuerte que lo que había anticipado.

Ahora que ya contamos con nuestra clave, estoy listo para explicarle lo que tengo en mente para sus salidas a las «noches de la gran ciudad».

Le pido que se pare, o «ubique», ya que no tiene pies, en el centro del living. Tomo mi abrigo, lo pongo sobre él y le digo que lo sostenga como lo hacía con la cortina. La caída del abrigo sobre la criatura es irregular y no cubre gran parte de su base, pero la idea es buena y el antiguo también lo cree.

La clave para fabricar este abrigo no es concentrarse en el exterior (como he visto, una cortina haría el mismo trabajo), sino que en el interior. Lo que quiero hacer no es solo cubrirlo, pues debe pasar desapercibido entre nosotros. Debe parecer un humano caminando como humano, y para eso tengo que rellenar los espacios interiores donde no hay formas. En pocas palabras, preciso moldearlo.

Traigo toda la ropa negra que puedo encontrar y la tiro al piso. Durante varias horas voy combinando trajes y chalecos, como un puzle interminable, para dar forma a un tronco humano y voy uniéndolo con pasadores de cuero que saco de varias chaquetas.

Después de trabajar toda la mañana, veo lo que llevo hecho y me doy cuenta de que no he avanzado mucho. Pensé que sería igual que arreglar el uniforme de Rebeca cuando llegaba sin un botón o con alguna basta descocida, pero esto es infinitamente más complicado. Siento el cansancio en mis ojos y me quedo dormido en el sillón mientras estoy cosiendo.

Despierto sin saber qué hora es. Miro por la ventana y el naranjo atardecer me indica que he dormido todo el día. El antiguo sigue en el sillón frente a mí, en la misma posición en que estaba antes de quedarme dormido. Tomo la tela y pienso que no puedo dejar este proyecto a medias. Si el antiguo está aquí esperando, lo debe considerar importante.