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En un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires, donde todos se conocen, Carlo, el conductor del micro escolar, es acusado de abuso por uno de los niños que utiliza el transporte. Este es el punto de partida de un intenso tejido narrativo en el que intervienen valores e instituciones —prejuicios, familia, desconfianza, acusaciones, justicia, amistad— que raramente se verbalizan pero que los personajes articulan y expresan en su accionar. ¿Cuáles son las formas y las implicancias del silencio? Habrá que abrir este libro para conocerlas.
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Seitenzahl: 102
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Juan José Burzi
Burzi, Juan José
El silencio / Juan José Burzi. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Galerna, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-950-556-882-6
1. Literatura Argentina. 2. Narrativa Argentina. I. Título.
CDD A863
©2022, RCP S.A.
©2022, Juan José Burzi
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna, ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopias, sin permiso previo del editor y/o autor.
ISBN 978-950-556-882-6
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
Diseño y diagramación del interior y de tapa: Pablo Alarcón | Cerúleo
Primera edición en formato digital: junio de 2022
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto 451
Para Julieta, mi amor,
fuego de mis entrañas.
Cuadra veinticinco. Dos kilómetros y medio. Dos mil quinientos metros.
Muchas veces Alicia Andreani hacía esas cuentas mentales a la ida o a la vuelta del supermercado. Cada esquina que dejaba atrás funcionaba como un número de un marcador mental que crecía. A veces se entretenía controlando las fachadas de las casas y las veredas irregulares que transitaba. No encontraba cambios, y tampoco los buscaba. De hecho, cada cosa en su lugar, una puerta, una baldosa rota, una pared pintada, era una pieza de un rompecabezas enorme que encajaba a la perfección. La hubiera alarmado terriblemente encontrar una casa cambiada, una baldosa lisa en una vereda de baldosas acanaladas, o cosas por el estilo. Esos detalles, así como la distancia que recorría y contaba, eran formas de asirse a una realidad y de confirmar que en el mundo seguía habiendo un lugar seguro al que remitirse.
Esa tarde lo hizo al ir y al volver. Era un día apagado, que amenazaba con llover desde la mañana, y contar la distancia que iba recorriendo también funcionaba como un conjuro contra la lluvia. Las dos bolsas de compras estaban repletas de cosas, la idea era no tener que regresar al supermercado por unos días. El recorrido la dejaba exhausta.
Ya en la esquina de su casa, vio a la viuda Ferreyra que venía caminando de frente. Estaban a varios metros de distancia, pero Alicia no tenía dudas de que invariablemente la otra mujer caminaría en la misma línea que ella, para provocar un encontronazo. La viuda guiaba con sus dos manos un carrito de compras, preparada para el impacto. Por experiencia propia, Alicia sabía que, a pesar de sus casi ochenta años, la viuda Ferreyra era maciza y fuerte. Nada recomendable tener un choque, y mucho menos si llevaba el carrito de caño y alambre como un paragolpes, o, en este caso, más bien como una barrera. Por eso, a último momento dio un paso a un costado.
—Hija de puta —le dijo la viuda cuando pasó por su lado, apenas desviando la mirada del frente, imperturbable. Alicia esperaba el insulto, y agachó la cabeza. Con el correr del tiempo se había acostumbrado. Así llegó finalmente a su casa.
Pasó por alto las acusaciones e insultos escritos en las paredes del frente de la casa. No se molestó en constatar si había alguna leyenda nueva. Ganaba poco con estar al día en caso de haber alguna novedad. Lo que sí miró con atención fue que ni el picaporte ni la cerradura estuvieran untados con mierda o alguna otra sustancia.
Luego abrió la puerta. Ya adentro de la casa, la cerró con un empujón de la cadera. La alivió el click de la traba al correrse. Salir era como una pequeña excursión de batalla, donde morir no era una opción, pero sí volver malherida. Caminó derecho a la cocina y abrió la heladera semivacía, guardó las dos bolsas del supermercado sin separar las cosas que había comprado. Lo haría más tarde. Fue hasta el living y lo encontró oscuro. El día nublado no ayudaba. Encendió la luz y bajó del todo la persiana de la ventana que daba a la calle. Se dejó caer con pesadez en el sillón que estaba frente al televisor. En veinte minutos empezaba la novela de la tarde.
Ese domingo a la tarde los Andreani habían decidido preparar una picada para cenar mientras miraban una película. Eran las siete y el sol no caería hasta pasadas las ocho, y si bien Carlo encontraba algo antinatural cenar con la luz del día, siempre habían sido de comer temprano. Alicia estaba ordenando el living, ya que cuando se trataba de cortar quesos y fiambre, Carlo era el encargado.
No recordaría qué fue lo que primero le llamo la atención, si ver la figura de Julia Coria en el medio de la calle frente a su casa, o los gritos que profería. Alicia corrió la cortina de la ventana con el fin de apreciar mejor lo que estaba pasando. No necesitó terminar de oír las acusaciones para entender de qué se trataba.
Llamó a su marido de manera firme y urgente. Al instante Carlo estuvo a su lado, mirando por la ventana, con el cuchillo de la picada aún en la mano. Decidieron salir a enfrentar a Julia Coria.
Cuando estuvieron en la puerta, al contrario a lo que esperaba Alicia, Julia no se acercó, aunque tampoco dejó de gritar. Alicia se vio como en un escenario, oficiando de personaje principal, rodeada por la mirada de todos los vecinos. Presenciaban la escena sin disimulo, algunos asomados a las ventanas, otros parados en la puerta de sus casas. Al escándalo que estaba haciendo Julia, se sumaba el hecho de que la temperatura estival alentaba a los vecinos a tener las ventanas abiertas, y algunos incluso estaban sentados en la vereda. Los gritos de Julia llegaban a todos los hogares, nadie era ajeno a lo que sucedía.
En esos segundos, Alicia deseó estar en la cómoda y disfrutable posición de ellos, observando y comentando. Pero no era esa su situación, y tenía que actuar. Esa mujer estaba acusando a Carlo de abusar de su hijo, y ella no podía permitirlo. Por eso, dejó la posición estática en la que se encontraba y se acercó hasta Julia Coria, que seguía ubicada en la mitad de la calle. Carlo se quedó en el umbral de la casa.
Julia dirigió sus gritos a la cara de Alicia. No esperaba la reacción de ella, que a pesar de tener cincuenta y cinco años contra sus treinta y tres, sin duda le pegó una cachetada con toda su fuerza. Julia quedó tirada en el asfalto, ahora en silencio, atontada por el sorpresivo golpe. Alicia se inclinó un poco y le ordenó, en voz alta para ser oída por sus vecinos, que se fuera a su casa y no se le ocurriera volver.
Ahí pareció que iba a quedar todo, como también dirían los vecinos más tarde. Primó la noción de que el escándalo se debía a un exceso de alcohol o de alguna sustancia. Algunos se acercaron a expresar su apoyo a Carlo, que había presenciado todo en silencio, estupefacto, todavía con el cuchillo de la picada en la mano. Nadie se acercó a ayudar a la mujer tirada ni a oír lo que tenía para decir. Julia se levantó algo mareada y se fue llorando a su casa, que quedaba a varias cuadras de ahí, donde empezaba el asentamiento Los Patos.
Una vez que Julia se retiró, los vecinos se acercaron y la acusaron de estar borracha o drogada. Coincidían, también, en que no era conveniente tener problemas con los Coria. Todos recordaban el incidente de años atrás, entre Daniel Coria y la policía.
Alicia y Carlo repetían que la acusación era una locura. ¿Carlo abusador? ¿Alicia cómplice? Su conducta estaba respaldada por más de veinte años transportando a los hijos de todos a la escuela.
—Seguro estaba borracha… se notaba por cómo gritaba —dijo uno de los vecinos, que era parte del semicírculo que se formó frente a la puerta de los Andreani.
—Claro, tenés razón. Cuando la tuve cerca largaba mucho olor a vino —mintió Alicia.
—Si te denuncia por pegarle, todos seremos testigo de que te defendiste —dijo otra vecina, mirando a ambos lados, como buscando complicidad. Más de uno pensó que no llegaría ninguna denuncia, ni por el golpe ni por la acusación de abuso. ¿Quién podría tomar en serio al matrimonio Coria, y a su hijo Axel, que siempre estaba metido en problemas, en la escuela, en el barrio, dónde sea? Ya lo habían descubierto en varias ocasiones robando cosas de los negocios. Imposible tratar con ellos. Esa era la idea que predominaba en la improvisada reunión.
—Bueno, volvemos a preparar la comida —dijo de pronto Carlo—; gracias por acercarse. Esta gente está mal, ya sabemos cómo son.
Los vecinos se despidieron y algunos quedaron en pequeños grupos comentando lo que habían visto.
Todos sabían que se iba a hablar de ese incidente hasta agotar el tema, durante un largo tiempo. En ese pueblo nunca pasaba nada, la vida era bastante tediosa.
Los Andeani, por su lado, terminaron de preparar la picada y cenaron en silencio, mirando la tele, cada uno abismado en sus propios pensamientos. Hablaron de lo sucedido desde que terminaron de cenar, hasta la madrugada.
Entre las cosas que acordaron, una de las primeras fue la de no pasar a buscar a Axel al día siguiente. Si existía una posibilidad de que toda esa cuestión muriera en ese escandalete, lo mejor era evitar más encontronazos con la familia Coria; y también mantenerse alejados de Axel.
Carlo sostuvo que Daniel Coria jamás acudiría a la policía, tenía demasiadas cuestiones con la ley, algunas aún sin cerrar. Alicia apoyó esa noción, pero no estaba tan segura de que Julia Coria se abstuviera de denunciarlos. Nunca la había visto así.
Hijo de Ismael Coria y Nilda Matas, Daniel Coria nació en la provincia de Chaco. Su padre era un alcohólico violento. Desde pequeño Daniel supo del rigor de su padre en momentos de borrachera.
Cada vez que Ismael bebía, el resultado era desastroso. Cosas que se rompían, golpes, agresiones verbales. Pero eso no era lo peor: desde pequeño Daniel aceptó que un varón no lloraba ni se quejaba por esas cosas, y asumía su calvario como una prueba a su visibilidad. Lo peor era cuando los golpes iban destinados a su madre.
A los catorce años comprendió que lo que pasaba en el cuarto de sus padres no era solo una golpiza, sino también una violación sistemática. Entonces decidió poner un punto final a esa situación. Planificó todo en secreto, sin hablarlo con su madre. Dejó el hacha escondida entre la pared y la heladera.
Cuando su padre volvió a golpear a su madre, Daniel sacó el hacha y lo atacó. No lo mató, aunque esa fue su intención. Le abrió un tajo enorme en el cuero cabelludo que lo hizo sangrar copiosamente, y con otro golpe le fracturó un brazo.
Su madre lo detuvo y llamó a la ambulancia. Ante la policía asumió la culpa del ataque. Su padre fue internado y antes de que la situación empeorara, Daniel fue enviado a la casa de su tía materna, en la Ciudad de Buenos Aires.
A sus padres no los vio nunca más. Su madre murió al poco tiempo, por un cáncer tan veloz como piadoso. Su padre no hizo ningún intento por encontrar a su hijo y él tampoco quiso volver a verlo.
En Buenos Aires conoció una vida totalmente diferente a la que tenía en ese pueblo de Chaco. Drogas, salidas nocturnas, recitales. Aprendió a tocar la batería y entró en una banda de rock. No le interesaba la música, pero sí las mujeres y la vida, ficticia y temporal, de ese mundo: cocaína, alcohol, excesos…
Su tía apenas podía controlarlo, y se interesaba poco en hacerlo. A los diecisiete años Daniel Coria era incontrolable. Con varias entradas en la policía por disturbios y tenencia de drogas, llegó un momento en que tuvo que dejar ese estilo de vida para trabajar. O irse de donde estaba viviendo. Esas fueron sus opciones.
