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Dos mujeres se embarcan en una búsqueda inolvidable que las llevará a un mundo de dioses oscuros y magia antigua en un soberbio debut de literatura fantástica que bebe de la historia y leyendas de Sudamérica. Gabriela Romero Lacruz nos trae una abrumadora fantasía de colonialismo y magia antigua. Reina está desesperada. Atrapada en una vida en los márgenes de la sociedad, su única salvación reside en la invitación que le ha enviado la abuela a la que nunca conoció. Sin embargo, el viaje es peligroso y las oraciones no siempre protegen contra el desastre. Tras sufrir un ataque por parte de las criaturas que asolan la región, Reina queda al borde de la muerte. La salvará la intervención su abuela, una hechicera oscura. Ahora, la vida de Reina depende de la magia de la doña, así que tendrá que hacer todo lo necesario para ganarse su favor y mantenerlo... incluso aceptar la llamada de un antiguo dios que le susurra por las noches. Eva Kesaré se siente rechazada. Hija ilegítima y mestiza, Eva es la vergüenza de su familia. Se esfuerza al máximo por ser perfecta y ocultar todas sus rarezas. Pero Eva esconde un secreto: siente la llamada de la magia. Eva sabe que debería resistirse a la tentación. La magia es la marca del dios oscuro, y emplearla se castiga con la muerte. Aun así resulta difícil rechazar el poder que siempre te ha sido negado. Eva, sumida en una senda peligrosa que poco a poco se volverá más extraña, acabará por convertirse en algo que jamás habría imaginado.
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Seitenzahl: 947
Veröffentlichungsjahr: 2023
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GABRIELA ROMERO LACRUZ
EL SOLY EL VACÍO
Dioses en guerra: volumen 1
Traducido del inglés por Jesús Jiménez Cañada
Para Lisbeth y Pedro
1 D. R.: Los colonos de Segol llegan por primera vez a las tierras que acabarán por convertirse en el virreinato de Venazia, colonia de Segol.
326 D. R.: Aparece la Garra de Rahmagut.
344 D. R.: Declaración de independencia de Samón y Feleva.
344 D. R.: Fundación de los países soberanos de Venazia y Fedria.
348 D. R.: Caída del virreinato de Venazia y derrota de Segol.
368 D. R.: Aparece la Garra de Rahmagut.
Familia Silva
Sede: Puerto Carcosa, en la costa del mar Vacuno.
Estandarte: cocodrilo de ónice sobre fondo escarlata, por la sangre roja de las armadas caídas en una costa llena de cocodrilos.
Miembros destacados:
•Don Rodrigo Agustín Silva Zamorano, rey de Venazia, nombrado por la Junta de Puerto Carcosa.
•Doña Orsalide Belén Zamorano de Silva, reina madre.
•Marcelino Carlos Silva Pérez.
Familia Águila
Sede: aledaños de Sadul Fuerte, en las montañas Páramo.
Estandarte: águila dorada con las alas extendidas sobre fondo de marfil, por las riquezas que hay acumuladas bajo los picos de las Páramo.
Miembros destacados:
•Doña Feleva Lucero Águila Cárdenas, valco purasangre, caudilla fallecida de Sadul Fuerte.
•Don Enrique Gavriel Águila de Herrón, mitad humano y mitad valco, nacido el año 328 D. R., caudillo de Sadul Fuerte.
•Doña Laurel Divina Herrón de Águila, nacida el año 328 D. R.
•Celeste Valentina Águila Herrón, tres cuartas partes humana y una cuarta parte valco, nacida el año 346 D. R.
•Javier Armando Águila, mitad humano y mitad valco, nacido el año 344 D. R.
Familia Serrano
Sede: Galeno, en Los Llanos.
Estandarte: tres franjas, marrón, azul y amarilla; por la riqueza del terreno de Galeno, los ríos caudalosos y el sol fortalecedor.
Miembros destacados:
•Don Mateo Luis Serrano de Monteverde, gobernador de Galeno.
•Doña Antonia Josefa Monteverde de Serrano.
•Doña Dulce Concepción Serrano de Jáuregui, nacida el año 326 D. R.
•Doña Pura Maria Jáuregui de Valderrama.
•Décima Lucía Serrano Montilla.
•Eva Kesaré de Galeno, tres cuartas partes humana, una cuarta parte valco. Nacida el año 348 D. R.
Familia Duvianos
Sede: Sadul Fuerte, en las Páramo.
Estandarte: flor naranja con un sol naciente sobre fondo malva, por los campos de flores al alba en las Páramo.
Miembros destacados:
•Doña Ursulina Salma Duvianos Palacios, nacida el año 305 D. R.
•Don Juan Vicente Duvianos, nacido el año 328 D. R.
•Reina Alejandra Duvianos Torondoy, mitad humana, mitad nozariel. Nacida el año 347 D. R.
Familia Contador
Sede: Galeno, en Los Llanos.
Estandarte: partición en diagonal de blanco y negro con una llave dorada atravesada, por la instauración del orden en las colonias.
Miembros destacados:
•Don Jerónimo Rangel Contador Miarmal.
•Doña Rosa de El Carmín.
Familia Villarreal
Sede: Galeno, en Los Llanos.
Miembros destacados:
•Don Alberto Ferrán Villarreal Pescador.
Familia Castañeda
Sede: Los Morichales, en Los Llanos.
Familia Bravo
Sede: Tierra’e Sol, en la costa del mar Vacuno.
Estandarte: dos laureles enfrentados sobre una partición en diagonal de azul marino y amarillo, por la abundancia de Fedria y de su mar.
Miembros destacados:
•Don Samón Antonio Bravo Días, mitad humano y mitad valco, nacido el año 326 D. R., antiguo canciller de Fedria, el Libertador.
•Ludivina Gracia Bravo Céspedes, tres cuartas partes humana y una cuarta parte valco.
Cada persona recibe un nombre de pila y un segundo nombre, así como un único apellido por cada uno de sus progenitores. Al casarse, cada persona puede añadir el nombre de la familia de su pareja a su propio apellido y eliminar uno de los suyos. Padres y madres que no tienen pareja solo pueden legar un único apellido a sus descendientes. En caso de que ninguno de los progenitores pueda legar un apellido cuando nace su descendencia, esta recibe como apellido el nombre de la ciudad o asentamiento donde ha nacido. Rara vez se usa el nombre completo de una persona en el trato diario. «Don» y «doña» se usan como trato de respeto. Este tratamiento se les da a las personas casadas, a los herederos, a los terratenientes y a las personas mayores. No emplearlo se considera una falta de respeto.
Sobre las montañas Páramo corrían muchas advertencias, historias de fantasmas y espectros que habían quedado ligados a la tierra tras una muerte trágica. Sin embargo, nadie había advertido del frío a Reina. Nadie le había dicho que el aire se le colaría por las insuficientes capas de la camisa y la chaqueta, ni que habría de dar inspiraciones mínimas, apenas resquicios del aliento necesario para mantenerse con vida que la dejarían con más ansias de saciarse de aire. No le habían dicho que cruzar las Páramo se le antojaría un viaje sin final.
Las montañas se alzaban frente a ella, con los picos cubiertos de polvo de azúcar bañados por las tonalidades violáceas del crepúsculo inminente. Se abrían tras ella como interminables colinas ondulantes cubiertas de arbustos quemados por el frío y frailejones protuberantes que se alzaban solitarios en un territorio que quizá era demasiado frío o alto para acoger cualquier otro tipo de vida.
Un viento helado la impulsó hacia delante con una sacudida. Reina cayó de rodillas como si de una niña asustada se tratase. Se le agrietaron las costras y su sangre pintó líneas rojas en la roca escarpada sobre la que había caído. Aun así, su cola prensil se enrolló alrededor de la roca y la ayudó a recobrar el equilibrio. Tras reunir el coraje necesario para proseguir el ascenso, divisó una neblina gris de humo en la lejanía. La esperanza la embargó. Donde había fuego habría una hoguera, lo cual significaba que la civilización no quedaba muy lejos.
El camino frente a ella era traicionero, aunque igual que el que ya había recorrido. Reina estaba segura de que bastaría un día más de caminata para llegar a los valles inferiores. Se consolaba en su soledad imaginando la cama cálida de alguna posada. Se entretenía con ensoñaciones en las que alcanzaba las granjas que circundaban Sadul Fuerte, en las que llegaba por fin a la ciudad y podía confiarle el motivo de aquel viaje al primer desconocido que se lo preguntase. Se imaginaba sacando la invitación con el sello de cera malva de la familia Duvianos, los elegantes bucles cursivos de la letra de doña Ursulina Duvianos, que la invitaba a ir a visitar a aquella abuela a quien no había llegado a conocer por culpa del corazón roto de su propio padre. Sacaría del bolsillito del pecho la insignia dorada que le habían entregado junto con aquella misiva, la cual demostraba que la carta era legítima.
El medallón grabado era una representación en metal del emblema de los Duvianos: una flor de azahar coronada por un sol rojo que se alzaba en un cielo malva. Reina reconocía el emblema porque lo había visto en las chaquetas y en la correspondencia que su padre conservaba de sus días como revolucionario, antes de haber renunciado a su antigua vida. Juan Vicente Duvianos jamás había hablado mucho de su madre, su abuela, y en las ocasiones en que había soltado la lengua se había referido a ella con un rencor y una decepción propios de un cisma. Incluso tras la muerte de su padre, había dejado por imposible la perspectiva de encontrar una familia junto a su abuela. Sin embargo, al leer las palabras que la invitaban a acudir a la lejana mansión de los Águila, donde trabajaba doña Ursulina, empezó a dudar de quién habría repudiado a quién en realidad.
El frío le dolía en los huesos y la montaña se rebelaba contra ella, pero Reina se aferró a su objetivo y se recordó el motivo por el que se había decidido en un principio a huir hasta Sadul Fuerte. En Segolita no era más que unanozariel desempleada que subsistía gracias a la caridad de los humanos. Las leyes que permitían que los humanos tomasen como esclavos a los nozarieles habían cambiado, pero las viejas costumbres permanecían. Con sus casitas medio derruidas de fachadas barrocas descascarilladas y aquellas calles embarradas de mierda y de las lluvias más recientes, Segolita había sido tanto su hogar como su infierno personal. Pero ya era mayor de edad, demasiado mayor para la familia para la que había trabajado como criada en la recocina cuando, por casualidad, el primogénito de la familia se había fijado en ella. Demasiado indeseable como para que cualquier otra familia o jefe humano accediese a darle un trabajo. Aquella invitación había supuesto una oportunidad, una esperanza.
El camino llegó a una encrucijada en la que un nudoso árbol pelado sostenía dos maderos que señalaban sendas direcciones: Apartaderos, al norte, de donde venía Reina; y Sadul Fuerte, al oeste. La recorrió un escalofrío; el aire soplaba más frío y las sombras se alargaban. Del cielo habían desaparecido ya aquellas franjas de malva que, imaginaba, debían de haber inspirado el emblema de los Duvianos. El ocaso empezaba a extenderse por las montañas y con él venían el aullido del viento y unos ladridos lejanos que la inquietaron.
—En las Páramo no hay nada aparte de frailejones y demonios —le había advertido el dueño de la posada que había a los pies de la montaña, mientras negaba con la cabeza en gesto de desaprobación.
De buena gana cambiaría los diablos de Segolita por los fantasmas de las Páramo.
Lo último que quería hacer era acampar allí a pasar la noche, pero el camino que se abría ante ella era largo y aún más traicionero de noche. Reina se desvío del gastado sendero y siguió el curso de un pequeño arroyo en busca de alguna oquedad o refugio donde guarecerse. El arroyo se internaba entre una espesura de frailejones. Cada árbol se alzaba hacia el cielo entre racimos de hojas suculentas y velludas. Siguió el curso del arroyo y arrancó algunas hojas marcescentes de los troncos de los frailejones para hacer una hoguera. La noche estaba muy silenciosa. Las bocanadas de aliento condensado y algún que otro paso que quebraba la maleza eran lo único que perturbaba aquella quietud mortal, lo cual resultaba extraño. Hacía apenas unos instantes, había percibido la cacofonía creciente de la noche: grillos y croares de anfibios, así como el ululato ocasional de algún ave. La luna se alzaba y su luz creaba estrambóticas formas bípedas con las sombras de los árboles al pasar.
Se oyó el chasquido de una rama. Se detuvo, pensando que debía de haber sido el viento. Sin embargo, un nuevo crujido le erizó el pelo de la nuca. Giró sobre sus talones. No había nada aparte de la luna y de las sombras que esta creaba. El miedo la embargó. Las sombras respiraban. Como si pretendiesen darle caza.
El silencio se rompió al quebrarse una segunda rama. Reina echó a correr.
Tras ella se oyeron gruñidos guturales acompañados de fuertes pisadas. Con la sangre galopándole en los oídos y pánico en el corazón, avanzó tan rápido como pudo entre la maleza. ¿Habría osos en las Páramo o quizá leones? Aquellos sonidos eran húmedos; la criatura que la perseguía sonaba como si fuera voluminosa. Reina miró por encima del hombro y soltó una maldición porque había tenido que aminorar la marcha para mirar. Vio una sombra coronada por una profusión de cuernos. Soltó un chillido y, en ese instante, tropezó con una raíz que sobresalía del suelo.
Un dolor punzante le recorrió el tobillo, pero no tenía tiempo para recomponerse. Se obligó a levantarse en el mismo momento en que varios pares de fuertes pisadas se unían a la persecución. Los árboles pelados se cernían sobre ella, aquellas hojas marcescentes se alargaban como garras en un intento por tironearle de las ropas. Arbustos espinosos le abrieron tajos en gemelos y tobillos. La niebla cubría la montaña. Incapaz de ver nada, Reina tropezó con una zanja. Les lanzó otra mirada a sus perseguidores mientras volvía a ponerse en pie a duras penas. Tenían forma humana, eran bípedos, con largas extremidades desnudas y cubiertas de la mugre de la espesura. Tenían orejas bovinas y cuernos curvos de cabra. La luz de la luna iluminó varios ojillos que reflejaban una resolución inequívoca: el deseo por devorar. Sin embargo, lo peor de todo, lo que consiguió que Reina comprendiese que aquel sería el brutal y sangriento final de su viaje, eran las fauces sonrientes. Tenían unos dientes romos, como los de un humano, pero la mandíbula colgante de cada monstruo albergaba el doble de dientes de lo normal.
El primero de ellos la agarró tirándole de la cola. Aquel tacto frío y pegajoso le drenó todo el calor del cuerpo. La criatura la lanzó contra un arbusto; las espinas se le clavaron en el costado y le rajaron las mejillas.
Reina enarboló su cuchillo, que en realidad era un juguetito oxidado y poco fiable que había traído consigo para despellejar a algún animal que cazase, no para luchar. Con un grito intentó lanzar un tajo a las extremidades de sus atacantes, sin éxito alguno. Estos la contemplaron y soltaron un gruñido en forma de risotada, un sonido retorcido que parecía provenir de su propia imaginación. Era como si aquellos seres tuvieran un pie en este mundo y otro en el Vacío. Las lágrimas le rebasaron los párpados y emborronaron aquella noche que ya era negra de por sí. Le arrebataron el cuchillo de un manotazo y sus garras le rasgaron las ropas y la piel.
Desesperada, le lanzó una patada con todas sus fuerzas a uno de ellos, que cayó hacia atrás. Reina se puso a cuatro patas y dio un salto en busca de un modo de escapar. Uno la aferró de la trenza para luego agarrarla de la cola, otro la sujetó de la muñeca, mientras que un tercero echaba mano del cuello de la chaqueta y la rasgaba de un tirón.
—¡Dejadme! —chilló con impotencia, pues sabía en lo más profundo de su ser que no habría modo de que parasen hasta que se hubiesen saciado por completo con ella.
Una de las criaturas le clavó los dientes en la carne y Reina soltó un chillido. En un instante, su rostro estaba cerca de ella, con unos ojos vacíos que no reflejaban más que un instinto primario; y al siguiente le rasgaba la piel, el músculo y los tendones del antebrazo.
Un dolor lacerante la recorrió y sus gritos reverberaron por toda la montaña. El otro monstruo le rasgó la camisola de algodón. La insignia de su abuela salió volando por los aires, y Reina la atrapó al vuelo, ya fuese por instinto o por puro milagro. Notó el peso en la mano. Golpeó con todas sus fuerzas a la criatura que le mordía el antebrazo y le plantó el emblema de su familia en la frente enfermiza.
Al impactar, un resplandor se derramó de la insignia. Una burbuja de luz amarilla cubrió a la joven y a las criaturas que la devoraban. Quedaron revelados sus cuerpos lampiños, cubiertos de ronchas y forúnculos negros. La luz brotó de la insignia como las aguas de un manantial. Allá donde iluminaba, aquellas repugnantes pieles crepitaban y humeaban, y las criaturas se deshacían en siseos húmedos y agónicos.
Aquellos seres eran implacables. Sus garras intentaron hendirle el pecho como si buscasen algún tesoro en su interior; le arañaron las costillas, la última línea de defensa que le quedaba. Reina apartó aquellos brazos mucosos con la insignia brillante. La movió a la izquierda y luego a la derecha para que la luz los repeliese. Ensangrentada y magullada, se puso en pie como pudo y retrocedió a duras penas. Los monstruos permanecieron justo en el borde de la luz que emitía la insignia, aunque sus gruñidos la seguían. Ansiaban la carne, pero había algo en la luz que les impedía acercarse.
Los frailejones se abrieron hasta formar un claro bañado en luz de luna. Reina entró cojeando en el claro, mientras presionaba los restos desgarrados de la camisola y la chaqueta con el brazo maltrecho contra la herida ensangrentada que tenía en el pecho. Con el otro brazo movía a un lado y a otro la insignia, como si de la luz de un faro se tratase. No estaba segura de si los monstruos la seguían.
A trompicones, delirante, pisó un trozo de terreno montañoso más suelto y las piedras cedieron bajo su pie. Resbaló. La cabeza y las articulaciones chocaron contra rocas y zarzas, y acto seguido empezó a rodar entre derrubios ladera abajo. Cuando consiguió detener la caída, dio una bocanada desesperada en busca de aliento y se dobló sobre sí misma en posición fetal. De puro milagro no se había roto ni la columna vertebral ni el cráneo. Había sobrevivido, de alguna manera. Sin embargo, le dolía hasta el último centímetro del cuerpo. Quizá, solo quizá, habría sido preferible morir.
—¿Otra más?
—No… Es una persona.
Las voces reverberaron en el enorme vacío de la oscuridad en la que se encontraba Reina y la sacudieron. Dio una gran bocanada de aire helado del páramo y la garganta se le llenó de mugre. La claridad del cielo nublado la cegó al girar la cabeza, movimiento que la recompensó con una punzada de dolor. Descubrió que descansaba sobre un lecho musgoso. Un escarabajo correteaba peligrosamente cerca de sus pestañas. Se enderezó y un dolor agudísimo le atravesó el brazo. Tenía un mordisco ensangrentado y enorme en el antebrazo.
Por poco no se la habían comido.
Las lágrimas le nublaron la vista. Sintió un renovado impulso de sobrevivir. Soltó un gimoteo como respuesta a aquellas voces, que se aproximaron tras unos cuantos pasos que sonaron más bien a chapoteos. El esfuerzo de emitir aquel sonido vino acompañado de un dolor atronador en el pecho, que estaba cubierto de sangre seca y colgajos de piel que apenas se mantenían en su sitio. Se llevó una mano a la herida temblando. Aquella piel maltrecha le escocía, pero el dolor provenía de dentro. Era un dolor lacerante. Incluso el simple movimiento de acurrucarse hasta formar una bola con su propio cuerpo para que no se le saliera el alma por la herida le supuso una tortura. Volvió a proferir un gemido. Jamás conseguiría llegar a Sadul Fuerte.
Los pasos llegaron hasta ella. Alguien la agarró del hombro y la giró para echarle un vistazo.
De su pecho quiso brotar un «¡No!», pero no le quedaban fuerzas para resistirse.
—Esta está casi muerta —dijo un hombre.
—Pero no del todo —repuso la segunda voz, que pertenecía a una mujer que se agachó junto a ella.
Unos guantes de cuero le limpiaron a Reina la mugre de las mejillas. Un arrullo susurrante intentó calmar sus sollozos.
Un par de ojos azules la contemplaron. Eran brillantes como los cielos soleados de Segolita en los días en que no había ni una sola nube que los mancillase. La mujer tenía la piel pálida y nariz afilada. Un flequillo negro le cubría la frente y llevaba el resto del cabello sedoso sujeto en una coleta en la coronilla. De la parte superior de su cabeza brotaban un par de astas cortas, suaves y del color del alabastro.
Aquella joven era una valco.
Reina no se lo creía… Poder ver una valco en carne y hueso, por más que fuera cuando estaba a punto de morir.
La mujer le pasó la mano por encima del pecho sin llegar a tocar la herida.
—Te han atacado unas tinieblas, pero has sobrevivido. ¿Cómo lo has conseguido?
—Yo no diría tanto como sobrevivir —indicó el hombre a su espalda, al tiempo que se cubría la nariz con el antebrazo embutido en una chaqueta.
Él también tenía un par de astas, pero las suyas eran más altas, mejor desarrolladas, con bordes afilados que sin la menor duda servirían a la perfección para empalar a cualquiera. Tenía el pelo del tono argénteo de un cielo nublado. Llevaba una armadura de cuero hervido que asomaba por debajo de su ruana, un manto negro de forma triangular que lo cubría del cuello a la cintura.
—Este despojo es una nozariel —añadió el hombre tras fijarse en la cola de Reina. Esbozó una mueca; la típica reacción de los humanos al darse cuenta de que sus padres no se la habían cortado al nacer para adaptarse mejor. Quizá los valcos pensaban igual.
Aquella pareja tenía otros compañeros, que se mantenían algo más alejados, a la espera de órdenes, o bien vigilando.
—La podredumbre la matará de un modo u otro. Déjala donde la has encontrado —dijo el hombre.
Reina alargó la mano y agarró sin permiso la de la mujer.
—Ayuda —suplicó—. Por favor.
—¡Suéltale la mano!
—Ay, cállate ya, Javier —rezongó la joven.
No podía ser mucho mayor que ella, pero era hermosa, tenía el porte regio con el que imaginaba que criaban a las princesas del Imperio segolano. Al igual que el tal Javier, ella también llevaba una ruana de lana, tejida en colores azules y blancos, con flecos que decoraban los bajos. En aquel momento se desprendió de ella y envolvió a Reina en su calor, su aroma.
—¿Acaso no te interesa saber cómo ha sobrevivido a las tinieblas? Intentaron arrancarle el corazón.
—Pues la verdad es que no, no me interesa. Las hemos espantado. No tenemos nada más que hacer aquí.
El pánico borboteó en el vientre de Reina. Sabía lo que implicaba la mirada de aquel hombre. Había recibido miradas como esa una y otra vez en Segolita. Era el modo en que la gente solía mirar a los nozarieles heridos o hambrientos en las calles. Iban a dejarla morir allí porque parte de ella no era humana.
Le palpitó el corazón de pura impotencia. Los espasmos volvieron a adueñarse de su pecho y le arrebataron las palabras con las que podría haber suplicado piedad. Las lágrimas le corrieron por las mejillas al tiempo que alzaba la insignia grabada con la mano mordida. Aquella alhaja estaba medio cubierta de sangre seca, de su propia sangre, pero la suave luz que emitía era inconfundible. Una magia cálida latía desde el interior del metal.
La mujer compuso una expresión inquisitiva que le dio un aspecto aún más hermoso. Tomó la insignia, a pesar de la sangre seca.
—Es el escudo de armas de los Duvianos —dijo.
Se puso en pie y se llevó la insignia consigo para enseñársela a sus compañeros.
—No…, por favor —imploró Reina, desesperada, para que no la abandonasen. Volvió a sentir aquel dolor ardiente en el pecho, como un castigo. Gimoteó y se retorció de pura agonía como se retuerce un gusano bajo el sol.
—¡Javier, tienes que sanarla! —Las palabras de la mujer sonaron débiles, lejanas—. Hazle un sortilegio de galio.
La nozariel no fue capaz de mantener los ojos abiertos más tiempo. Sabía que se iba, se iba.
—¿Te parece que tengo aspecto de enfermera?
En cierto modo, Reina agradeció que todo se apagase.
—Por favor, haz como si tuvieras aunque sea una gota de sangre humana, solo por una vez en la vida. Es una orden.
Reina había fracasado en su viaje justo cuando iba a llegar a Sadul Fuerte. Había sido una idiota por pensar que podía escapar a su destino.
—Haz el favor de no hacerle caso a sus desvaríos, Celeste. Este despojo no es más que una ladrona nozariel. ¿Cómo si no iba a acabar con un objeto así?
Los dedos temblorosos de Reina fueron a su chaqueta desgarrada y sacaron la carta. Le quedaban fuerzas para pronunciar unas últimas palabras. Si aquello iba a ser el fin, más le valía que las dijese:
—No soy ninguna ladrona. He venido en busca de mi abuela, Ursulina Duvianos.
La cabeza de Reina se golpeó contra una superficie dura. El porrazo la devolvió a la realidad; cada uno de sus nervios se crispó de dolor como si le clavasen puñales. La habían arrojado a una estancia sombría. El olor del polvo y del estiércol impregnaba el aire estancado. Al menos hacía más calor y la cama era más blanda que el suelo rocoso de la montaña. Se oyeron unas voces que se aproximaban y alguien entró.
Reprimió el dolor y se enderezó hasta quedar sentada. Estudió el entorno. El dormitorio era pequeño, con paredes desnudas y un rosario de madera colgando de un clavo en la pared de enfrente. Aquella joven valco llamada Celeste se encontraba bajo el dintel. Jugueteaba con la insignia, que suponía la única fuente de luz en aquel momento, cuando el crepúsculo cubría el mundo en el exterior.
Como si hubiese estado esperando a que despertase, dijo:
—Te vas a quedar aquí. No vas a ir a ninguna parte.
—Aunque quisiera, no podría moverme. —El corazón le galopaba enloquecido en una carrera contra el dolor. Una pugna en la que no podía vencer—. Devuélveme mi insignia, por favor.
—Si eres quien dices ser, he de llevármela conmigo.
Celeste no le dio la oportunidad de discutírselo. La dejó allí y se marchó con la insignia. De no haber estado tan débil, Reina podría haber aullado de rabia.
Ojalá el sueño se la llevase consigo una vez más. ¿Iba a morir? El recuerdo de aquellos diablos sombríos de dientes oscuros regresó a ella en cuanto cerró los ojos, así que se obligó a contemplar el techo.
Pronto, el murmullo de una discusión entre susurros llegó hasta ella desde el pasillo que se encontraba al otro lado de la puerta. La discusión concluyó en cuanto las recién llegadas alcanzaron la habitación. Celeste traía refuerzos: una mujer de media edad que captó toda la atención de Reina en cuanto entró en la estancia. Llevaba un ondulante vestido azul de manga larga con elegantes bordados en oro. Tenía una media melena de color negro y una piel pálida. Se parecía muchísimo a Celeste. Su madre, una humana carente de aquellas astas propias de los valco.
Se acercó con cautela a la cama y se sentó en un taburete que había al lado. También entró otra mujer, que llegó precedida del repiqueteo de unas botas negras de tacón sobre el suelo de piedra.
—¿Doña Laurel? —quiso saber—. ¿Qué significa todo esto?
La segunda mujer era la más alta de la estancia. Tenía una piel lustrosa y lisa de un tono ocre. Llevaba pantalones negros y una chaqueta de cuello alto con mangas de seda roja, así como un corpiño de seda negra con laureles bordados en oro en el medio.
—Doña Ursulina —dijo doña Laurel a modo de bienvenida—. Eso es justo lo que intento averiguar.
Aturdida, Reina contempló a aquella mujer tan alta. Se le volvió a desbocar el corazón. De pronto, sus facciones se le antojaron familiares. Los pómulos altos, los labios carnosos. Y, sin embargo, había otros rasgos que jamás había visto en sí misma: la seguridad, la presencia autoritaria. La opulencia de los ropajes.
—Ha sido víctima de una manada de tinieblas. La encontramos de camino mientras regresábamos del páramo —explicó Celeste.
—¿Hay tinieblas en mis tierras? —doña Laurel alzó la voz, preñada de un tono acusador—. ¿Has sido tú quien la ha encontrado?
—Sí, mamá.
—¿Cuántas veces te he dicho que no quiero que vayas a cazar tinieblas? —preguntó doña Laurel.
La decepción y la preocupación asomaron a su tono de voz. Sus palabras devolvieron a la nozariel a lo que había pasado con aquellas criaturas, le recordaron el hambre resuelta de aquellos ojos, el modo en que aquellos dientes romos le arrancaron trozos de carne. ¿Qué madre no se preocuparía?
—Fue idea de Javier —añadió Celeste, rápida como quien suelta una mentirijilla.
Doña Laurel apretó los labios y centró su atención en Reina, a quien le costaba mucho no retorcerse de dolor frente a aquellas mujeres. Con cautela, la señora alzó las mantas que le cubrían el pecho y le echó un vistazo a la herida. Un hedor metálico impregnó la habitación.
—La podredumbre de las tinieblas —dijo doña Ursulina.
Doña Laurel chasqueó la lengua, aunque no alteró el semblante lo más mínimo. Alargó la mano y le apartó el flequillo pegajoso de la sien, con una franca compasión en la mirada.
—¿Has sobrevivido al ataque de una manada de tinieblas? ¿Sin que te arranquen el corazón? —Se giró hacia doña Ursulina y preguntó—: ¿Cómo es posible?
—Mi insignia —graznó Reina.
Celeste le enseñó la alhaja a doña Ursulina y, a continuación, la carta. Los ojos de la mujer se desorbitaron y arrugó el rostro en una expresión ceñuda al reconocer el medallón. Vaciló antes de aceptar la carta con unos dedos repletos de gruesos anillos con gemas incrustadas.
—¿Cómo te llamas? —preguntó sin alzar la mirada.
Reina se ahogó con su propia saliva, pero contestó.
Doña Ursulina abrió la carta manchada y leyó, con un leve espasmo en la mandíbula, sus propias palabras, las que la invitaban a venir a aquellas frías tierras al otro lado de las montañas.
Reina la miró a aquellos ojos negros y un escalofrío la recorrió de la cabeza a los pies. Aquel era el momento con el que había soñado durante los días solitarios en los que había cruzado Los Llanos y las montañas Páramo. Aquel reencuentro con su abuela. Qué seco y qué decepcionante había resultado ser.
Doña Laurel las contempló.
—¿Conoce usted a esta mujer?
—Esta insignia me pertenece a mí, del mismo modo que perteneció en su día a mi padre y a su padre antes que a él —explicó doña Ursulina mientras la giraba despacio entre las manos—. Yo misma le coloqué un poderoso sortilegio de protección de litio y bismuto, tan potente que permite a quien la lleve ver a las tinieblas y ahuyentarlas. Sabía que el camino hasta aquí tendría ciertos peligros…, aunque no esperaba tener tanta razón.
Atravesó la distancia que las separaba y le alzó la barbilla para verla mejor.
—Eres nozariel, como tu madre, ¿verdad? —dijo, mientras contemplaba las manchitas negras en el iris que le daban a las pupilas de Reina un aspecto oblongo, casi como las de un gato; las escamas de cocodrilo que tenía sobre el puente de la nariz; las orejas puntiagudas. Todos esos rasgos eran las marcas de la sangre nozariel. Aunque fueran indistinguibles desde lejos, siempre se granjeaban algún ceño fruncido o una mueca por parte de la mayoría de los humanos—. Así que al final has venido.
—Explíquese, doña Ursulina —exigió doña Laurel.
—Mandé la insignia a Segolita junto con esta carta. Iban destinadas a mi nieta.
Doña Laurel se quedó boquiabierta.
—Es decir, ¿la hija de Juan Vicente? ¿Juan Vicente tiene una hija?
El modo en que pronunció el nombre de su padre, con una familiaridad que sugería un pasado del que Reina no sabía nada, reavivó el dolor en su pecho. Se mordió el interior de las mejillas y saboreó su propia sangre. A pesar del dolor, se obligó a pronunciar las siguientes palabras:
—He venido a reunirme con usted.
Intentó enderezarse de nuevo, pero se derrumbó con un gemido. La recorrió un violento espasmo que le dio ganas de gritar.
—Necesita un médico —barboteó Celeste junto a la puerta, de donde no se había movido.
—Las tinieblas intentaron arrancarle el corazón y lo han infectado —explicó doña Ursulina—. Estamos ante magia oscura; ningún doctor va a curarla, si es que puede curarse.
Fue todo un golpe que volvió a dar vía libre a los miedos de Reina. Dejó escapar un tembloroso suspiro. Con un siseo enojado y las últimas fuerzas que le quedaban, dijo:
—He venido desde Segolita… He viajado hasta aquí… para ser parte de su familia, abuela, ¡no para morir!
Y la bruja que tenía su misma sangre sonrió.
—En ese caso, el destino debe de querer que vivas, mi niña, porque si hay una persona capaz de salvarte de la podredumbre de una tiniebla, esa persona soy yo.
No había ni un solo momento en el que Eva disfrutase de la compañía de don Alberto. Las dos décadas que se llevaban eran demasiado; los intereses de ambos eran incompatibles. En aquel momento, en el despacho de don Alberto, aguantando aquel discurso repleto de paparruchas que le estaba soltando sobre su profesión, se arrepintió de haber venido a visitarlo.
Don Alberto era el guardián de los nombres de Galeno, un aburrido puesto burocrático que él se tomaba demasiado en serio y que en realidad era lo único que le apasionaba. En aquel momento, lo que despertaba el interés de la muchacha era la proximidad que tenía con sus registros familiares oficiales, nada más. Eva se tironeó del encaje del vestido; el sudor le corría por la espalda debido a que no soplaba ni una gota de aire por aquel despacho atestado. El poco espacio que había se veía monopolizado por escritorios desordenados y estanterías abarrotadas. La única fuente de luz natural provenía de dos ventanitas ubicadas cerca del techo. A pesar de lo breve de la visita, Eva empezó a sentirse ahogada; estaba ansiosa por marcharse. Esbozó una sonrisa falsa y habló:
—Solo quería ver qué es lo que hay en los registros de mi familia…, el formato y los detalles… La verdad es que yo nunca los he podido estudiar en condiciones.
Él la contempló con atención, como si fuese un colibrí capaz de esfumarse en apenas un parpadeo. Quizá Eva podría haber apreciado aquella atención de haber venido de otra persona, pero al tratarse de don Alberto, le resultaba molesta.
—Estoy seguro de que es una historia que conoce usted bien —dijo él.
Eva asintió.
—¿El libro de los Serrano?
La sonrisa de Eva se desvaneció. Los Serrano eran su familia materna. Y dado que ella no tenía apellido paterno, como tampoco tenía familia paterna, la pregunta le escoció bastante. A fin de cuentas, su nombre era Eva Kesaré de Galeno. Era una «de Galeno», de la ciudad. Una bastarda. Y don Alberto lo sabía.
—Sí —dijo.
Don Alberto no se percató del malestar de su acompañante, se limitó a hacerle un gesto para que se acercase a él junto a una hilera de estanterías. Localizó el pesado volumen que contenía todos los nombres, semblanzas e historias registradas de todos los Serrano nacidos en Galeno. El tomo era muy pesado; don Alberto lo sacó del lugar que ocupaba, el más accesible y centrado de la estantería. Eva se percató de que no tenía polvo. Aquel volumen se consultaba mucho, porque los Serrano eran una familia abundante, descendientes todos de don Mateo Serrano, el gobernador. Junto con su esposa, doña Antonia, había tenido tantos descendientes como dedos de la mano tenía Eva, descendientes que a su vez habían engendrado a un número parejo de hijos. A las hembras se las enviaba con familias de toda Venazia, o bien de la propia Galeno, para propagar la estirpe; mientras que a los varones se les asignaban puestos en el edificio del capitolio. Pronto Eva iba a cumplir diecinueve años, hacía tiempo que le había llegado el turno. Don Alberto Villarreal era el mejor premio de consolación que había podido conseguirle su abuela a, según sus propias palabras, «una niña valco, sin padre y con tendencia a la locura».
Con don Alberto detrás de ella, muy pegado, Eva hojeó el volumen hasta los registros más recientes, donde estaba inscrito el nombre de su madre. La proximidad de don Alberto la irritaba, al igual que su aliento, que solía arrastrar un insidioso olor a cebolla por culpa de las cantidades ingentes de carne mechada que solía prepararle su madre para comer.
Uno de los pocos aspectos positivos de la corte que le hacía don Alberto era que Eva podía echar algún que otro vistazo a los registros gubernamentales que tenían información sobre su padre. Quería… no, necesitaba saber quién era. Sin aquel dato, una parte de sí misma siempre sería un misterio.
—Sería interesante ver la historia de su familia, don Alberto —mintió—. Supongo que me intriga el modo en que uniremos ambas familias.
Don Alberto pareció entusiasmarse ante la sugerencia y se alejó con andares de pato en busca de su propio registro familiar. Eva soltó un suspiro agradecido y buscó la entrada que correspondía a su madre, en busca de alguna pista que le indicase qué era lo que tanto le apenaba a su abuela.
Dulce Concepción Serrano Monteverde, hija segunda de don Mateo Luis Serrano de Monteverde y doña Antonia Josefa Monteverde de Serrano. Nacida el año 326 del Descubrimiento del Rey, el día de Santa Dulce de los Provinciales. Humana purasangre. Casada con don Federico Daniel Jáuregui Rangel. Madre de Pura Maria Jáuregui Serrano. Madre de Eva Kesaré de Galeno. Viuda. Fallecida en el año 357 del Descubrimiento del Rey. Causa de la muerte: litio.
Eva se mordió el labio, molesta. No había nada que no supiera ya. En la siguiente página estaba el registro correspondiente a sí misma, bastante escueto:
Eva Kesaré de Galeno, segunda hija de doña Dulce Concepción Serrano de Jáuregui. Nacida el año 348 del Descubrimiento del Rey, la víspera de la ascensión de la Virgen. Tres cuartas partes humana, una cuarta parte valco.
Se le descolgó la boca de pura incredulidad. Eso era todo. En el registro no había nada sobre su padre. Pasó a la página siguiente y solo vio los registros de sus primos menores.
Don Alberto regresó y dejó los registros de su familia sobre el escritorio, levantando una nube de polvo. Aquel volumen no tenía el lomo bañado en oro ni pastas de cuero elegantemente teñido.
Eva cerró de golpe el tomo de los Serrano antes de que don Alberto viese lo que había estado buscando. Dos voces masculinas llegaron desde el exterior del despacho de registros, la señal de que se le había acabado el tiempo, del mismo modo que se le había acabado cualquier interés que pudiera tener por don Alberto.
—Oh, me había olvidado por completo de Néstor —dijo. Don Alberto le dedicó una mirada de ojos redondos y decepcionados—. Hemos venido juntos… Mi abuela nos puso un carruaje. Pero Néstor no quería quedarse mucho tiempo, tenemos que hacer recados en la ciudad.
Eva se abrió paso entre el laberinto de estanterías, con don Alberto pisándole los talones. Abrió la puerta de golpe al tiempo que se oían las voces en el pasillo. Estaba de suerte. Era verdad, Néstor venía a buscarla junto con otro joven de su misma edad.
—¡Hola, Eva! —llamó.
Era un chico desgarbado, de piel marrón oscuro, y vestía una chaqueta de terciopelo, sus mejores ropas para pasear por el centro de la ciudad. Aquel tipo de prenda hacía furor en Galeno, si bien era más práctica para los imperialistas segolanos, atrincherados en sus frías fortalezas, que para pasear por aquella ciudad plantada en el centro de Los Llanos. Como hijo de doña Antonia que era, el benjamín, el bebé de la familia, Néstor tenía los mismos ojos de tono marrón rojizo que Eva.
Acompañaba a Néstor don Jerónimo Contador. Era el nieto menor del patriarca de los Contador. Tenía una piel aceitunada que tendía a broncearse hasta adquirir un tono lustroso cada vez que se ofrecía a ayudar a los rancheros que trabajaban para su padre. Su nariz puntiaguda le daba el aspecto de una de esas estatuas segolanas de santos que había en la catedral. Sus ojos, que Néstor no se cansaba de elogiar, eran amables, del color del chocolate.
Con grandes aspavientos, agarró a Néstor de la mano y le mostró a don Alberto una sonrisa agradecida que no se reflejó en sus ojos. El entusiasmo de este último por pasar tiempo con ella casi, casi, le encogió el corazón. Tras décadas de arrastrar el lastre de su propia introversión, don Alberto ansiaba con desesperación una compañera, o al menos eso se cuchicheaba por la ciudad. Eva lo había conocido gracias a su abuelo, pero ni siquiera podía imaginar que algún día le emocionase la perspectiva de pasar el resto de su vida con alguien que le doblaba la edad, por más que comprendiese lo mucho que don Alberto necesitaba algo de compañía.
Néstor, don Alberto y don Jerónimo intercambiaron un rápido e incómodo saludo. Acto seguido, Néstor se giró hacia Eva y habló:
—Nos vamos ya. —Néstor estaba al tanto del plan de Eva y no pensaba marcharse sin ella—. El carruaje de Jerónimo está listo, nos espera fuera.
Eva abrió el abanico bordado que llevaba y se dio aire con gesto teatral el pecho, donde el encaje que le cubría el escote se le pegaba a la piel a causa del sudor.
—Gracias por la visita, don Alberto, aunque me temo que no estoy muy acostumbrada a los rigores del trabajo administrativo. Me resulta muy impresionante lo que hace usted —dijo, imitando el tono que sabía que sus primas empleaban a placer, para dar la impresión de que eran menos capaces y esconderse tras las expectativas que tenían los hombres de lo que se suponía que tenían que hacer las mujeres.
Néstor y don Jerónimo vieron enseguida el engaño y le sonrieron a Eva. Don Alberto, en cambio, se tragó la pose.
—No es molestia alguna, señorita Eva —dijo, y acercó la mano de Eva a sus labios carnosos—. Le agradezco que se interese por mi trabajo y que pueda pasar algo de tiempo conmigo.
La sonrisa de Eva casi se resquebrajó ante aquella sinceridad. Estaba podrida por dentro…, tal y como había dicho su abuela.
Don Jerónimo abrió la marcha pasillo abajo. El corredor abalconado del segundo piso del edificio del capitolio daba a un patio en el que un grupo de administrativos recibían clase sobre los más recientes procedimientos de sus puestos. Setos bien cuidados repletos de hibiscos creaban senderitos a lo largo del gran patio y formaban huecos más privados en los que los dignatarios gubernamentales podían reunirse para negociar en secreto. La brisa mecía la coleta baja con la que se recogía el pelo don Jerónimo, que caminaba delante de Eva. Ella cerró los ojos y respiró aliviada por la libertad de haber dejado atrás el despacho de don Alberto.
—¿Has encontrado información sobre tu padre? —preguntó Néstor con voz suave, al tiempo que le engarzaba el brazo por el codo.
La mano libre de Eva ascendió hacia su flequillo rizado para recolocárselo después de que una ráfaga de viento lo descompusiera. Sus dedos se detuvieron y tocaron el par de astas atrofiadas que ocultaba entre la melena de tono castaño claro. La mayoría de la gente fingía que Eva no tenía aquellas astas y no les costaba trabajo, pues ella se ahuecaba el flequillo para esconderlas. Sin embargo, aquel recuerdo físico siempre estaba ahí.
—No había nada. Ni siquiera aparece bajo la entrada de mi madre —replicó en tono amargo.
Por otro lado, los registros señalaban con toda certeza la composición de su sangre. Una cuarta parte de valco. Eva no conocía a ningún otro valco en persona. Eran una especie poco común, casi al borde de la extinción, según sus abuelos. Con esas astas que coronaban sus cabezas y esos iris rojos. La sangre de Eva estaba demasiado diluida como para haber heredado el color de ojos de su padre, pero sus astas atrofiadas eran la prueba palpable de que no era igual que su medio hermana ni que ningún otro miembro de los Serrano de Galeno. En la actualidad no había más valcos que vivieran en Galeno. El padre de Eva debía de haber pasado por allí al menos una vez, aunque aquella idea también había acabado en un callejón sin salida. Néstor la contempló, curioso, mientras descendían los escalones hasta la planta baja. Antes de que pudiera preguntar qué estaba pensando Eva, doña Antonia les salió al paso desde un pasillo adyacente. La colosal abuela de Eva caminaba junto con el arzobispo. Llevaba un vestido azul oscuro que bien podría pasar por negro, incluyendo el sombrero y las solapas que le cubrían la nuca y el pelo trenzado. Aquel azul iba a juego con su tono de piel ocre, y el pintalabios color ciruela había sido escogido con toda modestia, pues no era mucho más oscuro que su color natural.
Los pasos del séquito de Eva atrajeron la atención del arzobispo.
—Doña Antonia, no sabía que había venido usted con compañía —declaró de buen humor al cruzarse con ellos en el pasillo. La melodía de un turpial cercano flotaba en la brisa.
—Mi querido Néstor se está planteando por fin ocupar un puesto en política —anunció doña Antonia con una ceja alzada que venía a indicarle a Néstor que ni se le ocurriese llevarle la contraria.
—Una familia de políticos. No esperaría menos —dijo el arzobispo. Acto seguido se giró hacia Eva con un desagrado apenas velado.
Doña Antonia no perdió pie e intervino:
—Y Eva Kesaré ha venido porque se iba a encontrar con don Alberto.
Eva explicó:
—Me está haciendo la corte. Pero Néstor y yo nos marchábamos ya.
Y así, Néstor y don Jerónimo abrieron la marcha hacia los establos, aunque casi la dejaron atrás, absorbida por el paso del arzobispo y doña Antonia. Los muy traidores… Eva no tenía ni pizca de ganas de que aquel hombre santo la enmarañase en una conversación. Casi como respuesta a aquella idea, el arzobispo empezó a interesarse mucho por ella. La contempló con aquella sonrisa melosa suya y dijo:
—Me he fijado en que sueles esfumarte después de misa, señorita Eva.
La aludida carraspeó, contando los pasos hasta la arcada que daba a los establos, donde un grupo de albañiles había levantado un andamio para reparar las tejas de arcilla roja del techo. ¿Por qué tenían que ir en la misma dirección?
—Eva Kesaré es una de las más calladitas de mis nietos —la rescató doña Antonia, seguramente porque cada pensamiento y juicio que se formulaba sobre sus hijos y nietos no era sino un reflejo de ella misma como matriarca—. Se esfuma de la mayoría de los eventos sociales.
El calor floreció en las mejillas de Eva, pero mantuvo la mirada fija en los establos. La verdad era que, si tuviera opción, preferiría no ir a la catedral. Aunque, por supuesto, no la tenía. En cambio, lo que hacía era tragarse las náuseas amargas que se le subían a la garganta cada vez que iba a misa.
Cuando estaba dentro de los muros de la catedral, siempre sentía una pesadez asfixiante. Una rigidez que se multiplicaba por culpa de una congregación de gente vestida de la cabeza a los pies con sus mejores galas. La ahogaba el deseo de huir por las puertas de madera de la catedral y no regresar jamás, porque temía que la Virgen descubriese la verdad que había dentro de ella. Veía las efigies de los santos enhiestos como centinelas a cada flanco de la entrada y el altar, y no podía evitar sentir que aquellos ojos prejuiciosos veían lo que era en realidad.
—Mi experiencia me indica que los nozarieles y los valcos suelen ser los más reticentes a aceptar a la Virgen en sus vidas, debido a sus peligrosas tendencias a creer en eso de la geomancia. Sin embargo, la Virgen es buena y las respuestas que da a este mundo tan caótico son más que suficientes. —Le lanzó una mirada de soslayo a aquello que escondía el flequillo rizado de Eva—. Espero que esas ganas de marcharte no tengan nada que ver con tu herencia, señorita Eva, porque eres más que bienvenida en la casa de la Virgen.
—No tengo nada que ver con la geomancia. —La mentira de Eva brotó de sus labios a toda velocidad, bien ensayada.
—Ah, ¿no?
—Sabe usted cómo son las mujeres hoy en día: se preocupan más por sus vestidos y sus chismes que por la devoción. Pero ya cambiará —añadió doña Antonia en defensa de Eva. Sin embargo, a sus ojos asomaba algo bien diferente, algo que decía que más le valía a Eva prepararse para una rápida y más que merecida reprimenda en cuanto estuvieran en casa, solo por haber despertado las dudas del arzobispo—. Mi familia y yo estamos muy entregados a la iglesia. Me encanta el trabajo que hace usted.
Tan entregados, de hecho, que Eva sentía que debía llevar un disfraz puesto en su propia casa. Se veía obligada a apartar la vista de las grietas de luz que pululaban por entre los árboles o por ciertos objetos antiguos, como si fueran un espejismo causado por el calor. Tenía que ignorar el modo en que chispeaba el aire cuando llegaban las lluvias. Por el bien de su familia, Eva tenía que convencerse a sí misma todo el rato de que los lamentos que oía por la noche, llamándola, no eran más que fragmentos de pesadillas y en ningún caso algo que debiera denominarse magia.
Eva vivía con el dolor constante de todo lo que no veían los humanos. Sobrevivía a bocaditos, con intentos a escondidas de practicar geomancia, buscando información sobre sus progenitores en los registros de la ciudad, por más que supiera que lo que encontrase solo le acarrearía más preguntas. A fin de cuentas, doña Antonia mantenía en secreto la identidad del padre de Eva, pero no el modo en que su madre, la amable doña Dulce, la había tenido. No, doña Antonia y los más cotillas de Galeno no se guardaban ni un detalle sobre el rapto que había sufrido doña Dulce: la magia oscura del padre de Eva había engatusado a la devota Dulce con un falso amor, la había apartado del buen camino y había hecho pedazos su cordura. No solo le había arrebatado la dignidad, sino que, como doña Antonia expresaba sin el menor tapujo, había plantado en ella la semilla de un demonio.
Por fin llegaron a la sombra bajo el andamio, donde los albañiles cambiaban las tejas. Una madreselva de los bosques colgaba de la arcada de piedra y endulzaba el aire.
—Puede que su familia necesite a la iglesia más que ninguna otra —dijo el arzobispo—. No es ningún secreto que los valcos suelen sufrir cierta inclinación…
Dejó la frase en el aire, pero Eva comprendió que quería dar a entender que los valcos eran monstruos que se veían atraídos hacia la oscuridad. Era la misma opinión que tenían casi todos los humanos de Galeno.
—Solo la Virgen la puede proteger de semejantes pensamientos.
Aquella tarde hacía bochorno, pero Eva se sentía aún más acalorada. El arzobispo pensaba que estaba siendo magnánimo cuando, en realidad, le estaba dando náuseas.
Doña Antonia compuso una mirada nerviosa al ver el aire de insolencia con el que Eva miró al arzobispo a los ojos. La mandíbula de Eva temblaba de indignación.
—Si acepta por completo a la Virgen, no dejará espacio en su mente para la oscuridad que consume a su pueblo sin poder evitarlo… Para su gente, señorita Eva, es solo cuestión de tiempo. Tiene que rezar mucho aún para expiar las acciones del monstruo que la engendró.
—¡Eso no tiene el menor sentido! —gruñó Eva. El aire alrededor de sus mejillas crepitó y chisporroteó—. No soy responsable de lo que hizo mi padre.
Con un sonoro crujido, el andamio cedió bajo el peso combinado de todos los albañiles. La madera soltó un quejido y se volcó enseguida. Eva, con los ojos desorbitados, vio como los albañiles, con un grito, se lanzaban al balcón adyacente para salvarse del derrumbe. Néstor reaccionó sin ni siquiera pensarlo y, tirándoles de los vestidos, apartó Eva y a doña Antonia de los maderos y astillas que cayeron sobre los adoquines. El estruendo del accidente resonó por todo el patio. Eva sintió el sabor de los escombros en el aire.
Una vez que el polvo se asentó y los gritos de preocupación se calmaron, el arzobispo y doña Antonia contemplaron a Eva con sendas expresiones conmocionadas. Eva también estaba estupefacta, el corazón le galopaba a un ritmo disonante. Vio en los ojos de ambos que querían acusarla de haber tumbado el andamio con su ira. Por más ridículo que sonase, Eva no estaba del todo segura de que no estuvieran en lo cierto.
El resto sucedió muy rápido. Néstor se deshizo en disculpas en nombre de Eva y la llevó a tirones hasta el carruaje de don Jerónimo, que la contemplaba boquiabierto. Néstor casi la metió de un empujón en el asiento de cojines de terciopelo y le ladró al cochero para que se pusiera en marcha y los sacase de allí. Y por ello, Eva le estuvo eternamente agradecida.
El silencio reinaba entre Eva, Néstor y don Jerónimo. El carruaje pasó por la plaza mayor de Galeno, en cuyo centro se alzaba la estatua de un hombre con uniforme militar subido a un caballo al galope. La gente deambulaba por las calles adoquinadas, esquivando los pocos carruajes que las recorrían y protegiéndose del sol con sombrillas bordadas. El carruaje pasó junto a casas pintadas de tono alabastro, ocre, cerúleo y cualquier otro color lo bastante brillante como para reflejar aquella ardiente e implacable luz del sol que era la marca distintiva de Los Llanos.
Fue Néstor quien rompió el silencio al decir en tono quedo:
—No ha sido culpa tuya.
Eva apartó los ojos de la hilera de casias en flor que bordeaban la plaza de tonos amarillos. Tras ellos se alzaba la catedral, el edificio más alto de la ciudad.
Don Jerónimo la miró con las cejas levantadas. Tenía las manos apoyadas sobre el regazo de Néstor, los dedos de ambos entrelazados.
—Si pensáis lo contrario, es que estáis locos —les dijo Néstor a Eva y a don Jerónimo.
—Entonces, ¿qué ha sido?, ¿una coincidencia? —replicó Eva, y se le quebró la voz.
No estaba segura de creerlo. No era la primera vez que sucedía algo inexplicable por su culpa. Aquella solo había sido la más… catastrófica.
Néstor compuso la cara larga que los padres presentaban ante sus hijos con la esperanza de evitar un berrinche de emociones descontroladas.
—Eva, por favor.
Ella se pasó las manos por la cara y se enjugó el sudor que se le acumulaba en las sienes.
—Sea lo que sea lo que ha pasado ahí… no hace sino darles la razón.
Néstor se contempló los pies.
—No deberías haberle respondido así al obispo.
—¿Cuánto tiempo tengo que aguantar a todos los que dicen que llevo la oscuridad dentro? ¡Dijo que era mi deber expiar los pecados de mi padre!
—A la gente le encanta hablar, pero en realidad nadie se lo cree de corazón. Todos estos cotilleos no son más que una forma de entretenimiento. —Néstor se encogió de hombros—. De lo contrario, lo que te preocuparía no serían los chismes, sino un juicio.
Eva hizo una mueca.
—¿Estás intentando consolarme? Con eso no me siento mucho mejor. ¿Y si algún día… me enjuician de verdad?
—Eres la nieta del gobernador. Nadie va a acusarte directamente de hacer magia negra. —Néstor hizo un ligero ademán con la mano libre.
La mirada de don Jerónimo revoloteó hasta posarse en el flequillo de Eva. Ella se preguntó si la veía del mismo modo que todos los demás habitantes de Galeno, si no se mostraría educado hacia ella por Néstor.
—Fuera de Galeno, hay lugares donde la geomancia se ve con otros ojos —repuso don Jerónimo.
Eva asintió. En las montañas meridionales, por ejemplo, el lugar que solían habitar los valcos antes de que los humanos llegasen al continente. Los fragmentos de historia del pueblo valco que Eva conocía los había ido recomponiendo a partir de lo que contaba la gente. Jamás había tenido formación alguna en la materia. Una vez más el ansia de juguetear con la geomancia la embargó.
—No quiero irme a casa. Llevadme con doña Rosa —balbuceó.
Doña Rosa era una hija bastarda del patriarca de los Contador, una nozariel mestiza a la que la gente de bien denominaba «curandera». Recibía este apodo desde que se granjease una dudosa fama por devolverle la vida con magia a un aguacatero que había en el patio de la familia Contador, y por curar a un bebé de los Contador de la enfermedad del mal de ojo.
—¿Otra vez? ¿Acaso estás empeñada en empeorar tu situación? —dijo Néstor, al tiempo que alargaba una mano hacia ella.
Eva se apartó de su contacto. Sí, doña Rosa era una paria que mantenían escondida en la residencia de los Contador mientras los habitantes de Galeno se inventaban todo tipo de historias horribles sobre sus orígenes y su tendencia a la geomancia. Eva comprendía que a Néstor le daba miedo que los chismes sobre doña Rosa acabasen por salpicarla. Sin embargo, estaba desesperada por cambiar de rumbo de alguna manera.
—No eres quién para hablar de situaciones —recriminó, mirando las manos entrelazadas de Néstor y don Jerónimo. La relación entre ambos era un secreto que todos sabían y nadie reconocía, mucho menos la madre de don Jerónimo y doña Antonia, pues ambas estaban obcecadas en la idea de que los dos les dieran nietos algún día. En lo tocante a las visitas clandestinas a la residencia de los Contador, Eva y Néstor serían coconspiradores.
Don Jerónimo esbozó una mueca y Néstor dejó escapar un suspiro de derrota.
—Doña Rosa me comprende —añadió Eva.
—Yo sí que te comprendo.
—No, Néstor. En esto, no. No tienes sangre de monstruo en las venas.
Se hizo el silencio en el carruaje. Don Jerónimo fingió mirar por la ventana mientras chocaban las miradas de Néstor y Eva, enfrentados. En su día, Néstor la habría reprendido por hablar de sí misma de ese modo. Sin embargo, todos los que la conocían en Galeno pensaban de igual modo de puertas para adentro. Por una vez en su vida, Eva quería dejar de fingir.
A diferencia de los Serrano, que vivían en una hacienda, los Contador tenían una casa en pleno centro. Unas puertas de hierro forjado protegían un cuidado jardín ornamental de trinitarias rojas que serpenteaba alrededor de las majestuosas puertas dobles de la casa. La mansión de dos plantas tenía una fachada de estuco de tonos blancos y ocres, con marcos de ventanas y balconadas de hierro negro forjado hasta formar filigranas y hojas de parra, todo ello en un estilo barroco heredado de Segol. El interior de la casa estaba tan atestado como el edificio del capitolio, con pulidos suelos embaldosados y paredes decoradas con todo tipo de obras religiosas en honor al Pentimiento: rosarios y efigies tanto de los santos como de la Virgen.
El corredor principal desembocaba en una cocina exterior, un patio y otra arcada que daba a una amplia extensión de terreno en la que se alzaba el famoso aguacatero. El patio era tan grande que había espacio para la casa del servicio, para unos establos a los que se podía acceder desde otra calle y para la casa de la curandera.
Hacia aquella casa se dirigió Eva, sin nadie que la acompañara. Era una construcción de arcilla roja, sin pintar, a la sombra de una enorme huaya. Una cortina de mimbre con semillas de moriche engarzadas hacía las veces de puerta.
El aroma a tabaco flotaba pesado en aquella casa de una sola estancia. Se alargaban las sombras de canastos, cómodas y una cocinilla con una encimera repleta de hierba y utensilios. Del techo colgaban ristras de ajos y carnes saladas. Al otro lado de una mesa, estaba sentada una mujer, de cara a la puerta. Tenía la piel del mismo tono bronceado y arenoso que don Jerónimo. Llevaba un vestido de algodón sin teñir que le cubría un hombro y el otro dejaba al aire las escamas de la piel que la identificaban como nozariel. El pelo, anudado en largas trenzas, era abundante y rizado.
