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"El talón de hierro" está llamada a ser la primera novela distópica de carácter político de la literatura en lengua inglesa y, posiblemente, una de las primeras distopías literarias contemporáneas de la literatura universal. Tiene todos los ingredientes de la distopía moderna que será continuada por autores como Zamiátin, Huxley, Sinclair Lewis, Orwell, Bradbury o Burguess.
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Seitenzahl: 669
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Jack London
El talón de hierro
Edición, traducción, introducción y notas de Jesús Isaías Gómez López
Introducción
Esta edición
Bibliografía
EL TALÓN DE HIERRO
Prefacio
Capítulo 1. Mi Águila
Capítulo 2. Los desafíos
Capítulo 3. El brazo de Jackson
Capítulo 4. Esclavos de la máquina
Capítulo 5. Los filómatas
Capítulo 6. Presagios
Capítulo 7. La visión del obispo
Capítulo 8. Los destructores de máquinas
Capítulo 9. Las matemáticas de un sueño
Capítulo 10. El vórtice
Capítulo 11. La gran aventura
Capítulo 12. El obispo
Capítulo 13. La huelga general
Capítulo 14. El principio del fin
Capítulo 15. Los últimos días
Capítulo 16. El final
Capítulo 17. La librea escarlata
Capítulo 18. A la sombra de Sonoma
Capítulo 19. Transformación
Capítulo 20. Un oligarca perdido
Capítulo 21. El rugido de la Bestia del Abismo
Capítulo 22. La Comuna de Chicago
Capítulo 23. La Gente del Abismo
Capítulo 24. Pesadilla
Capítulo 25. Los terroristas
Créditos
Jack London
«El socialista, con dulce acento / en el acto le contó un cuento»1.
Cuando Jack London publica El talón de hierro en 1908, ya haalcanzado la celebridad literaria con sus novelas La llamada de lo salvaje, publicada en 1903, y Colmillo blanco, en 1906. Atento al éxito de ambos títulos, London envía ese mismo año de 1906 el manuscrito de El talón de hierro a su editor, George P. Brett, con la esperanza de aprovechar su reciente popularidad y la convulsa situación geopolítica occidental de principios de siglo como importantes reclamos para el lector de la época. London es consciente del oportunismo de la obra en cuanto augura un escenario futuro posible desde la perspectiva de un novedoso ideal político, el socialista; pero también tiene en cuenta los favorables resultados económicos que podría generar dicha publicación:
Personalmente, creo, desde un punto de vista seudocientífico, que el asunto planteado en El talón de hierro es bastante plausible. En la práctica, desde un punto de vista comercial, considerando el interés general que hay en el socialismo en nuestros días, creo que El talón de hierro tiene muchas posibilidades de ser todo un éxito2.
Es cierto que uno de los personajes centrales de la novela, Ernest Everhard, vaticina con inusitada precisión algunos de los escenarios y acontecimientos que sucederán pocos años después de la publicación de la novela, con el advenimiento de la Primera Guerra Mundial, la Revolución Bolchevique en Rusia, el fascismo en Europa y la Segunda Guerra Mundial con la consiguiente fragmentación de Occidente en dos grandes bloques políticos y económicos; pero basta también echar una mirada a la situación geopolítica de nuestro primer cuarto de siglo para comprobar que, para nuestra desgracia, parecidos escenarios y situaciones planteados en la novela de London siguen siendo comunes en nuestro tiempo. Hoy día nuestro modelo de sociedad occidental también sufre la pisada firme de otro «Talón de hierro», empujado por una especie de élite global dirigida por todopoderosas empresas multinacionales cuyas marcas tienen la capacidad de influir en nuestra sociedad hasta el punto de convertir a sus habitantes en esclavos inconscientes de un feroz sistema capitalista, que se sustenta en la manipulación de los medios de comunicación y de producción con el objetivo de controlar a una masa social cada vez más empobrecida, y así fácilmente supeditada a sus líderes y poderes fácticos; en definitiva, una oligarquía muy similar a la que en el prefacio de la novela explica y anticipa Anthony Meredith, el imaginario personaje que London utiliza como metanarrador y que, con sus abundantes notas a pie de página, presenta la novela como el valioso documento histórico denominado «Manuscrito Everhard»: «Del capitalismo, como un fruto pasado y podrido con el tiempo, brotó un monstruoso capullo, la Oligarquía, horrorizando tanto a quienes miramos al pasado como a quienes la vivieron en su tiempo»3.
London hace un retrato político-social de los Estados Unidos desde una era futura alejada setecientos años del tiempo de la composición y publicación de la obra. Por tanto, nuestro autor no solo vaticina el escenario distópico de la novela, sino que además lo da por hecho como un relevante dato histórico de un pasado superado por la nueva humanidad de un lejano y utópico futuro.
London muere solo ocho años después de la publicación de esta obra, sin la posibilidad de haber presenciado la mayoría de los acontecimientos descritos en ella, aunque buena parte de los mismos tuviera tiempo de vivirlos en primera persona: la demonización del socialismo en Estados Unidos, las distintas caras del terrorismo moderno, el control de los medios de comunicación por parte del capitalismo y, sobre todo, las paranoicas revoluciones o rebeliones callejeras desatadas a principios del siglo XX a lo largo y ancho de la gran mayoría de urbes industriales de su país y de las que, paradójicamente, siempre terminaría beneficiándose el capitalismo: «Los periódicos incidían en los relatos de violencia y sangre […] El disturbio callejero, el incendio premeditado y el destrozo gratuito de la propiedad privada eran sus objetivos»4. En la novela de London, todas estas rebeliones están orquestadas en la oscuridad por poderes fácticos comandados por una irreductible y casi invisible oligarquía, hecho que, de algún modo, arroja la duda de si ciertas revueltas sociales de nuestro más reciente y familiar presente, protagonizadas por agrupaciones sociales o instituciones políticas a nivel global, podrían también estar siendo teledirigidas por una poderosa oligarquía con similares intereses, por lo que la victoria final tampoco caerá del lado de quienes las pelean en la calle, sino de la casta dirigente en aras de perpetuarse en un poder cada vez más invisible y, por ende, infranqueable.
En el capítulo quinto de la novela, «Los filómatas», Ernest Everhard, alter ego socialista del propio London, afirma a su atenta audiencia compuesta de oligarcas: «En los Estados Unidos, a día de hoy hay quince millones de personas viviendo bajo el umbral de la pobreza […] a pesar de todo eso que ustedes llaman legislación laboral, hay tres millones de niños obreros»5. Seguramente London sea uno de los autores del pasado siglo con mayor autoridad moral para denunciar una grave injusticia social que él mismo padecería durante su infancia, al verse obligado a dejar el colegio y trabajar como obrero, desde los catorce hasta los quince años, en una fábrica de conservas donde, como era norma habitual en todos los Estados Unidos, las condiciones laborales contaban con una ridícula y exigua legislación en materia de derechos laborales, por lo que niños y mujeres eran explotados en ininterrumpidas y agotadoras jornadas laborales6.
London nace en San Francisco un 12 de enero de 1876. Su madre, Flora Wellman (1843-1922), procede de una familia acomodada, originaria de Masillon, Ohio. Flora es una joven de treinta y dos años de salud frágil e inestable mentalmente que hasta el 5 de junio del año anterior ha convivido con William Henry Chaney (1822-1903), un astrólogo, conocido como el Profesor, de cincuenta y cuatro años. Durante su año y medio de convivencia, ambos comparten un gabinete astrológico en el que Chaney hace cartas astrales para sus clientes, escribe para la revista Common Sense y confecciona sus conferencias para la Philomathean Society7, mientras que Flora imparte clases de piano y dirige sesiones de espiritismo para una escasa cartera de clientes. Para la pareja, sus respectivos oficios, la astrología y el espiritismo, son dos verdaderas ciencias, que sin embargo no les conceden la ansiada salud económica que les pueda liberar de las deudas cada vez más acuciantes. Para colmo de males, Chaney, su compañero sentimental y profesional, abandona a Flora a principios de junio de 1875, cuando esta le comunica su embarazo de dos meses. Flora intentará suicidarse como última válvula de escape; pero ni una sobredosis de láudano ni un tiro en la sien logran arrancarle la vida8. Al año siguiente, Flora da a luz y decide inscribir al bebé con el nombre de John Griffith Chaney, el apellido de quien considera su verdadero padre. El bebé llevará este nombre durante sus primeros ocho meses de vida, hasta que el 7 de septiembre del mismo año, 1876, Flora se une, en matrimonio de conveniencia, con John London, un veterano de guerra de mediana edad, originario de Iowa y padre enviudado de once hijos, que busca madre para sus dos hijas pequeñas, Eliza e Ida, y que de paso se ofrece como padre putativo del pequeño Jackie9, de ocho meses, quien desde su nacimiento es amamantado por Jennie Prentiss, una joven afroamericana que años atrás ha conocido la esclavitud y que, por desgracia, acaba de perder a su tercer hijo durante el parto. Jennie será el ama de leche de Jackie hasta que este cumpla los tres años. Esta joven afroamericana será también quien le cambiará su nombre, John, por el de Jackie, al acoger al bebé como un auténtico regalo del cielo, su particular «Jack-in-a-box»10. London mantendrá un fuerte vínculo familiar con Jennie Prentiss de por vida, al igual que con su hermanastra Eliza (1867-1939).
Curiosamente, London pasa toda su infancia con la creencia de que John London es su padre biológico, hasta que en su adolescencia encuentra de casualidad el certificado de matrimonio de sus padres, donde su madre aparece con el nombre de casada en su relación anterior, Flora Wellman Chaney11. London mantendrá este hallazgo en secreto, al igual que la duda surgida sobre su paternidad, y será, años después, durante sus escasos meses de estudiante universitario en Berkeley, cuando realice una ardua labor de investigación de su año de nacimiento por todos los ejemplares del San Francisco Chronicle para acabar descubriendo dos importantes artículos: uno del 13 de enero de 1876 donde, en la sección de nacimientos, aparece el suyo, con su madre como esposa de un hasta entonces desconocido W. H. Chaney; y un segundo, fechado el 4 de junio de 1875 donde lee un artículo titulado: «Una esposa despechada»12, que recoge el segundo intento de suicidio de su madre embarazada, tras ser abandonada por su esposo y supuesto padre del futuro bebé, el señor Chaney. London entonces tiene veintiún años y su interés por conocer a Chaney se convierte en una prioridad en su vida; aunque desafortunadamente Chaney rechazará cualquier encuentro personal con su hijo biológico. La breve comunicación entre ambos será epistolar, y según las dos únicas cartas que London recibe de Chaney, fechadas el 4 y el 14 de junio de 1897, este niega en todo momento su paternidad, bajo la excusa de considerarse impotente en la época que conviviera con su madre. De paso, atribuye el embarazo de su madre a una serie de aventuras amorosas de esta, a la que le confiesa haber abandonado por adúltera, acusación que prestigiosos biógrafos como Labor desmontan o ponen seriamente en tela de juicio13. Earle Labor —seguramente la biógrafa y estudiosa más fiable de London— no duda en ofrecer una imagen díscola de Chaney, al que presenta como una especie de charlatán con delirios de grandeza, que ya había abandonado a tres esposas antes de conocer a Flora. De ella, en cambio, la inmensa mayoría de estudios suelen presentar una imagen de mujer ingenua y desequilibrada mentalmente como consecuencia de haber padecido de fiebre tifoidea en la infancia, y, sin duda, una víctima más, de entre la larga lista de mujeres, de un desalmado charlatán que morirá solo y en el más absoluto olvido en 1903, cuando su hijo biológico ya es un reputado escritor literario.
El pequeño London tendrá una infancia difícil, provocada por las excentricidades de su madre y las condiciones de extrema pobreza en que parece vivir la familia, que con grandes esfuerzos intentará evitar que sus hijos pasen hambre: «Nunca tomábamos postre […] y éramos demasiado pobres como para comprar un mantel de cocina, así que teníamos que utilizar periódicos»14. El propio London lo confiesa en John Barleycorn (1913) —después de Martin Eden (1909)su segunda novela más autobiográfica—, donde refleja sus primeros recuerdos de infancia, con la frustración de aquel niño atrapado en la más absoluta miseria:
Yo había nacido pobre y como pobre viví. A veces llegué a pasar hambre. Nunca tuve juguetes ni artilugios infantiles como otros niños. Mis primeros recuerdos de infancia están rodeados de pobreza. Los efectos de la pobreza fueron crónicos. Tenía ocho años cuando me puse mi primera camiseta interior, en realidad vendida en el mostrador de la tienda, una simple camisita. Cuando se ensuciaba tenía que realizar la horrible tarea doméstica de lavarla. Estaba tan orgulloso de ella que me empeñaba en llevarla puesta sin nada más encima […]. Solo un niño, con la imaginación de un niño, puede llegar a conocer el valor de las cosas que le han sido negadas. Muy pronto descubrí que las únicas cosas que podría tener serían las que consiguiera por mí mismo. En mi miserable infancia se engendró la avaricia15.
London utiliza el término ‘meagerness’ para cerrar el recuerdo, que suele traducirse como ‘escasez’; pero que en la escena y contexto de la memoria del protagonista narrador de la novela conlleva, más bien, el matiz de ‘miseria’ o ‘avaricia’, que preferimos para su traducción. Sabemos que la vinculación de Jack London con el ideal socialista es, además de política, profundamente pasional, paradójicamente con la misma carga emocional que durante toda su vida también sentiría por la fama, la popularidad y, sobre todo, por el dinero. London es un socialista convencido y vocacional en la misma medida y con la misma intensidad que un materialista que no repara lo más mínimo en reconocer abiertamente su aceptación del capitalismo, como se desprende de sus novelas, conversaciones y correspondencia epistolar con su editores, familiares y amigos:
Si quieren comprarme, en cuerpo y alma, son bienvenidos, siempre que paguen el precio. Yo escribo por dinero; si puedo procurarme la fama, eso significará más dinero. Más dinero significa más vida para mí. Siempre detestaré la tarea de tener que ganar dinero; por eso cada vez que me siento a escribir lo hago con enorme disgusto […]. El hábito de obtener dinero no será nunca uno de mis vicios; pero el hábito de gastar dinero, ¡Cielo santo!, de este siempre seré una víctima16.
Declaraciones como esta de nuestro autor indican que su pasión por el dinero no lo es tanto por el hecho de poseerlo, sino más bien por el de disfrutar de todo cuanto le fuera privado durante su miserable infancia y juventud. Siguiendo esta interpretación, no se debería intrepretar la obsesión de London por el dinero como un vehículo para conseguir la distinción social que precisamente denuncia en sus novelas, sino, tal y como afirma Earle Labor, seguramente como «el medio para obtener un fin, pero nunca un fin en sí mismo»17.
Estas aparentes contradicciones de London, como hombre, reflejan su carácter multifacético, como puede advertirse en la larga lista de alter egos que va creando en forma de protagonistas de sus relatos cortos y novelas, todos ellos construidos desde los más dispares puntos de vista y enfoques sociales, aunque compartiendo una idéntica misión: la de reformistas sociales desde las disciplinas más variadas, exploradas y vividas, en algún u otro momento, por el propio autor. Con la construcción de buena parte de estos alter egos, London explica, a través de su propia experiencia vital, su visión del mundo y su intención de reformarlo desde una nueva visión política, la socialista, entendida y explicada desde profesiones y ocupaciones como la de boxeador, buscador de oro, recolector de ostras clandestino, fogonero de un barco de vapor, viajero empedernido, granjero, joven poeta que hace de mendigo y friegaplatos a tiempo parcial, periodista y reportero de guerra, todas estas ocupaciones en las que se ha forjado como persona y que acabarán siendo recogidas, escrupulosa y progresivamente, en el transcurso de su vasta producción literaria.
London no es un escritor formado como otros muchos de su tiempo en una prestigiosa universidad, estamos ante un escritor hecho a sí mismo, tal y como él mismo reconoce a la prestigiosa editorial Mifflin and Company cuando esta le solicita datos biográficos adicionales para la publicación de su primer libro, El hijo del lobo, una selección de sus mejores relatos cortos escritos hasta el año 1900: «Por lo general, soy autodidacta; yo he sido mi propio mentor»18. En esta carta de tres páginas que London escribe con un tono marcadamente formal, también se advierte un registro sentimental que recoge, con sinceridad y humildad, datos relativos a su familia, sus viajes, su pasión por el mar y por los libros. London sabe que del contenido de esta carta dependerá su futura carrera literaria, de ahí que recurra a su ingenio narrativo para crear en pocas palabras un personaje literario de sí mismo:
Desde los nueve años, a excepción de las horas que pasaba en la escuela (que me las ganaba con muchos esfuerzos), mi vida ha sido muy sacrificada. No viene al caso ofrecer una larga y miserable lista de todas mis ocupaciones, que nada tienen que ver con los negocios o el comercio, sino con la mano de obra pura y dura. Aun así, he seguido leyendo. Nunca he estado sin un libro. Mi educación ha sido de lo más corriente; me gradué en la escuela primaria a los catorce años. Le cogí el gusto al mar y a los quince me fui de casa para zarpar a la vida de la Bahía. La Bahía de San Francisco no es precisamente un estanque. Así es como he sido pescador de salmón, pirata de ostras, marinero de velero, guarda de pesca, estibador, y una especie de aventurero de la bahía, un muchacho por la edad, pero un hombre entre los hombres19.
Sin embargo, en la carta London se olvida de mencionar a quien fuera su primera y tal vez única mentora literaria, Ina Coolbrith20, bibliotecaria de su escuela de primaria, su particular cicerone por la Oakland Public Library, siempre presta a guiarlo por los autores y los textos que muy probablemente le marcarán en su futura carrera literaria. Por otra parte, como reconoce en la carta, aquellas aventuras de recolector de ostras clandestino le hacen ganarse el sobrenombre de «oyster pirate» (‘pirata de ostras’) allá por los años 1891 y 1892 por la bahía de San Francisco, a la vez que le suministran un buen caudal de temas para muchos de sus primeros relatos. Y por supuesto, también le dotarán de la experiencia y el valor necesarios para poco después aventurarse como marinero de la goleta Sophie Sutherland por las costas del Japón y del estrecho de Bering, para cazar focas, entre enero y agosto de 1893. Esta será su primer gran aventura marítima, llena de experiencias que serán plasmadas en su primera publicación, el ensayo «Story of a Typhoon off the Coast of Japan»21 que, tras la insistencia de su madre, presenta al concurso de ensayo descriptivo de jóvenes autores organizado por el San Francisco Morning Call. El ensayo consigue el primer premio del certamen y será publicado por este diario el 11 de noviembre de 1893. Como advierte Alex Kershaw, «mientras que el primer premio, galardonado con 25 dólares, va a parar a un joven de diecisiete años que lleva tres años sin pisar la escuela, el segundo y tercer premios recaerán en brillantes estudiantes de la Universidad de California y de la Universidad de Stanford respectivamente»22.
Pero London sigue convencido de que la mejor formación, inspiración y escuela para su inminente carrera literaria no se encuentra en las instituciones académicas, sino en el mundo que le rodea, en la realidad social de la que él mismo es un eslabón más, o mejor dicho, un esclavo más tras haber sentido y sufrido en sus propias carnes la dureza extrema como empleado de un molino de yute23 donde trabajaría, durante cinco meses, diez horas diarias a diez céntimos la hora24. De ahí que el 6 de abril de 1894 decida abandonar su hogar en Oakland para unirse a la Kelly’s Army25, que parte en tren desde su ciudad hacia Washington D.C.; aunque, a mitad de camino, London cambia de parecer y, de repente, abandona el ejército de desempleados en la ciudad de Hannibal (Misuri). Tal y como el propio London afirma en The Road, la constante hambruna y la extrema dureza del viaje —acosados los miles de viajeros constantemente por la policía— le hicieron, junto a otro joven compañero de viaje, desertar: «El calderero y yo desertamos en secreto […] el viernes 25 de mayo, el calderero y yo abandonamos el campamento»26. Su corta pero intensa experiencia junto al ejército de desempleados-vagabundos le aporta sin duda las escenas, situaciones y vivencias que años después retratará —como veremos en adelante— en algunos de los capítulos de El talón de hierro, en especial, en el capítulo 21, «El rugido de la Bestia del Abismo». London deserta de la Kelly’s Army y cambia su rumbo, en solitario, hacia Chicago, donde pasará casi un mes hospedado en casa de su tía materna, Mary Wellman Everhard, en junio de 1894. Allí conoce a su primo Ernest Everhard, un joven de diecinueve años, ferviente socialista, que le inspirará el nombre y la construcción del personaje central de El talón de hierro. A finales de junio, abandona Chicago para dirigirse hacia Nueva York, ya no como desempleado, sino como un vagabundo en su particular peregrinación política27.
London cruza los Estados Unidos de oeste a este sin pagar un solo billete de tren ni de buque de vapor, unas veces introduciéndose en vagones de mercancías y otras llegando incluso a esconderse bajo los mismos vagones, asido al fuselaje y prácticamente rozando con su cuerpo los raíles. Cuando al fin llega a Nueva York, su condición de vagabundo, especialmente mal vista y perseguida en las grandes urbes, le lleva a ser arrestado en Búfalo, bajo la acusación de vago y maleante, y pasa un mes, desde el 29 de junio hasta el 29 de julio de 1894, en el Eric County Penitentiary, donde descubre el infierno de nuestra sociedad: «Aquella prisión era un infierno, y dependía de nosotros trece gobernarla. Era imposible, teniendo en cuenta la naturaleza de aquellas bestias, imponer la ley de la amabilidad; solo valía la ley del miedo».28 Tras su salida de la cárcel, decide recorrer parte de la costa atlántica de los Estados Unidos hasta que el 15 de octubre de 1894 cruza el Canadá en tren, de este a oeste, desde Montreal hasta Vancouver, donde consigue un pasaje, como fogonero de las calderas de carbón del buque SS Umatilla, en su itinerario de vuelta hacia San Francisco29.
London decide retomar los estudios de secundaria —que en su adolescencia no pudiera abordar— en el Oakland High School (California) en 1895, y es en sus años de estudiante de instituto donde inicia su primera etapa de rebeldía contra el orden establecido en los periódicos locales. Años después, en 1899, London se ve obligado a reconsiderar su pasado rebelde como un «periodo revolucionario» de juventud ante el editor jefe de Mifflin cuando este se interesa por su libro El hijo del lobo: «Por supuesto que durante mi periodo revolucionario perpetré mis opiniones sobre las gentes en los periódicos locales, siempre gratuitas. Pero eso fue hace mucho, en mis años de instituto, donde era más notorio que estimado»30. Es en este mismo año cuando conoce a la hermana de su íntimo amigo Ted Applegarth, Mabel Applegarth (1873-1915)31, joven de origen británico, procedente de una acomodada familia, de la que se enamora perdidamente en una relación que durará tres años, entre 1895 y 1898. Mabel se convertirá en una figura relevante de su primera etapa literaria,especialmente en su etapa poética: «De igual modo que Ruth sirve de inspiración a Martin para leer poetas como Browning y Swinburne, Mabel sirvió para alentar una sensibilidad estética más refinada en Jack»32.
1896 será un año importante en el curso de las ideas de nuestro autor, cuando el 20 de abril ingresa oficialmente en el Socialist Labor Party de Oakland. Ya en agosto de este mismo año aprueba los exámenes de ingreso para la University of California at Berkeley; aunque su paso por la prestigiosa institución académica será efímero, pues únicamente asistirá el primer semestre. Decepcionado con una universidad que considera anclada en el pasado y «sin vida»33, en febrero de 1897 abandona sus estudios universitarios y pocos meses después se adentra en su particular y mucho más enriquecedora universidad de la vida, donde los viajes se convierten en las materias con las que explorará y estudiará la condición humana y su propia individualidad. Solo cinco meses después de abandonar sus estudios universitarios, el 25 de julio de 1897, London parte para Alaska como uno más de los miles de soñadores expedicionarios atraídos por la fiebre del oro de los yacimientos recientemente descubiertos en la remota región de Klondike34, en el territorio del Yukón, al noroeste de Canadá. Con apenas veinte años, London sucumbe a la fiebre del oro encontrado en los yacimientos del río Klondike, afluente del Yukón, que atraviesa toda Alaska, y emprende así su viaje hacia «la caza del oro», pasando a ser uno más de los buscadores que, como recoge con nostálgica acritud en su poema «Nunca más lo intentó»: «Enloquecen con la caza del oro»35. Este joven London de veintidós años, desafortunadamente, y como nos recuerda en el mencionado poema, regresará al año siguiente, como la inmensa mayoría de los buscadores, con las manos vacías: «Hambriento y congelado regresó, / cantando un triste estribillo»36. El sufrido año de cazador de oro por la lejana y gélida región del Yukón le valdrá para descubrirse a sí mismo y, de paso, para dar caza a sus más íntimos demonios: «Fue en el Klondike donde me encontré a mí mismo. Allí nadie habla. Todos piensan. Sacas tus propias conclusiones. Yo saqué las mías». Estas duras vivencias quedarán reflejadas con todo detalle en su primera novela de éxito, La llamada de lo salvaje (1903), que le procura la celebridad literaria y brinda la oportunidad de poderse dedicar por completo a su sueño de escritor. London inaugura el siglo XX como uno de los autores más populares y mejor pagados del momento. La editorial Macmillan se hace con los derechos de La llamada de lo salvaje por 2000 dólares, en agosto de 1903 en una tirada de 10000 copias.
Este mismo año de 1903, London publica otro de sus grandes proyectos, en esta ocasión de marcado carácter sociopolítico, La gente del abismo, obra basada en sus vivencias por el barrio de los muelles de Londres, en el extremo oriental de la ciudad, en un viaje que realiza entre los meses de agosto y septiembre del año anterior. Londres es entonces posiblemente la ciudad más rica y portentosa del mundo, pero, como advierte London, con las mayores injusticias sociales: «No ha habido ningún otro libro al que le haya dado tanto de mi joven corazón ni dedicado tantas lágrimas como a este estudio de la degradación económica de los pobres». London vive durante siete semanas como uno más de entre los más pobres de la ciudad de Londres, de modo que el autor es también a su vez el protagonista de este ensayo-reportaje, donde se ve obligado a adoptar e ir intercambiando los más diversos papeles, como el de aventurero, criminal, vagabundo y hasta el de marinero en tierra. Pero como advierte Sara Hodson, «London experimentó una gran presión entre su empatía y afinidad por las clases bajas del East End londinense y su recién adquirido estatus burgués como escritor de éxito y padre de familia»37. Este ensayo sociopolítico tiene a su vez un cariz visionario en cuanto presagia, seguramente sin la intención del propio London, las recurrentes enfermedades sociales de su futuro más inmediato y de nuestro mundo actual:
Hubo un tiempo en que las naciones de Europa encerraban a los indeseables judíos en ciudades-gueto; pero hoy día la clase económica dominante, con métodos menos arbitrarios, pero sin embargo mucho más rigurosos, ha encerrado a los indeseables, aunque necesarios obreros en guetos de asombrosa ruindad y magnitud38.
Esta obra marca el compromiso político y social del joven London, que cinco años después, en 1908 publica El talón de hierro donde esa misma «Gente del Abismo» será convertida en una masa humana protagonista de capítulos como el 21, «El rugido de la Bestia del Abismo» y el 23, «La Bestia del Abismo». En el prólogo a La gente del abismo, London plantea las claves que describe en la obra para explicar el declive moral y sociopolítico en que se encuentra Londres como centro de la civilización occidental: «Antes valoro al ser humano como individuo que por su afiliación política. La sociedad crece mientras la maquinaria política se derrumba y se convierte en escombros». El prefacio lo concluye con una reflexión que anticipa el mensaje e intención final de su posterior novela-ensayo La gente del abismo: «A los ingleses, en lo que respecta a la salud y la felicidad de sus hombres y mujeres, les espera un futuro despejado y prometedor; pero a la maquinaria política, que hoy día realiza una pésima gestión, la veo hecha escombros»39.
Durante los pocos años que preceden a la publicación de El talón de hierro, London sigue publicando sin cesar relato corto, novela y ensayo. Un nuevo título de este último género, War of the Classes, publicado en abril de 1905, recoge los ensayos más revolucionarios e incendiarios de nuestro entonces aún joven autor. En estos, London explica su conversión al socialismo, el nuevo y revolucionario ideal político de la época, no sin antes, como una especie de San Pablo cristiano, haberlo combatido: «Me hice socialista de un modo bastante similar al de la conversión de los paganos teutones al cristianismo […] me entró a martillazos. Cuando me convertí al socialismo no lo estaba buscando, lo estaba combatiendo»40. London reconoce haberlo incluso combatido durante su juventud, como consecuencia sobre todo de su excesivo individualismo; pero será ese carácter y actitud individualista el motor que le llevará de aventuras por medio mundo, viéndose obligado a ejercer duros trabajos que le brindan la oportunidad de conocer los sacrificios del obrero por los distintos parajes que visita. Es ahí, mediante sus propias experiencias, como ser individualista, donde se reconoce a sí mismo dentro del ideal socialista, al identificarse con toda la masa social de trabajadores explotados dentro y fuera de su país: «La vendedora ambulante y el obrero de la canaleta del tejado estaban dentro de mí. Vi la imagen del Abismo Social tan lúcidamente que me parecía algo concreto. Y al fondo del Abismo los vi a todos ellos, a mí por encima de ellos, pero no muy lejos, aferrado al resbaladizo muro por el esfuerzo y el sudor»41. La conversión de London al socialismo es epifánica y espiritual: «Yo ahora era un Socialista sin saberlo, y además acientífico. Había vuelto a nacer, pero sin ser rebautizado, y corría de aquí para allá para averiguar qué clase de persona era yo»42.
Entre constantes publicaciones, frecuentes viajes, y una convulsa situación familiar, London lleva una vida ciertamente frenética, a principios de 1903 se separa de su primera esposa, Bessie, y el 19 de noviembre de 1905 se casa con la mejor amiga y confidente del matrimonio, Charmian Kittredge (1871-1955), en Chicago. Charmian es una joven sufragista que London ya conocía como secretaria de la Overland Monthly, la más prestigiosa revista literaria de California, donde London ya ha publicado sus primeros relatos cortos con un generoso contrato económico que le ofrece la posibilidad de poderse dedicar a escribir. London elige como segunda esposa a una joven feminista de elevada formación literaria y adelantada a la todavía estricta moral imperante de su época. Esta joven que podía debatir con London sobre cualquier obra literaria censurada y que, como afirma Kershaw, era la heroína de su anterior novela, A Daughter of the Snows, de 1902, «rompe con los convencionalismos sobre el sexo y el matrimonio, puede llevar mini-falda, fumar y tener relaciones prematrimoniales»43, es la elegida por nuestro autor como compañera definitiva.
En septiembre de 1905, London, animado por Charmian, compra una hermosa propiedad en Glen Ellen, en el Valle de Sonoma (California), el Hill Ranch, de 52 hectáreas, que con los años va expandiendo con nuevas adquisiciones de tierras y acabará bautizando como su «Beauty Ranch»44. Este proyecto inicial de su ‘lindo rancho’ supera el presupuesto estimado por la pareja, de modo que London se ve obligado a publicar una nueva novela, Colmillo blanco,a modo de secuela y antítesis de su primer éxito literario, La llamada de lo salvaje. Si con la anterior novelaLondon ya ha adquirido el estatus de escritor bien pagado, con Colmillo blanco, publicada en mayo de 1906, consigue un segundo gran éxito de ventas, que le consagra como el autor más célebre de su época en Estados Unidos. Hacia el verano de este mismo año, London se plantea la posibilidad de escribir una novela futurista, que él mismo considera «al estilo de Wells», aunque urgido por sus experiencias como explotado obrero adolescente en el molino de yute, en la fábrica de conservas y como mozo de lavandería, pero que, según Labor45, posiblemente estaba inspirada en la novela La jungla, de su compatriota el periodista y novelista Upton Sinclair (1878-1968), publicada ese mismo año. London escribe El talón de hierro durante el verano de 1906 y envía el manuscrito a Macmillan el 13 de diciembre del mismo año, pero la novela no verá la luz hasta febrero de 1908, contra todo pronóstico sin ser bien acogida por la crítica. La más política de sus novelas solo logra impresionar a la crítica marxista de entonces, pese a vender más de cincuenta mil copias en solo un año. La crítica especializada del momento denuncia numerosos errores estilísticos en la prosa de la novela, que, sin embargo, son compensados ampliamente por la fuerza profética y visionaria de la misma, como el propio Leon Trotsky constatará casi treinta años después de su publicación:
En 1907, Jack London ya vaticinó y describió el régimen fascista como el resultado inevitable de la derrota de la revolución proletaria. Sean cuales sean los «errores» de la novela —que existen— tenemos que reconocer la poderosa intuición de este artista revolucionario46.
Este «artista revolucionario», como así lo describe Trotsky, ya está totalmente entregado a su ideario socialista como compromiso político. Pero 1908 marcará un antes y un después en la carrera literaria de London, provocado por el notable deterioro de su salud física. Con todo, los problemas de salud, que en varias ocasiones le obligan a ingresar en diversos hospitales, no limitan sus continuos viajes por el mundo, como reportero de guerra, como viajero o tripulante de numerosas embarcaciones o tripulando su yate Snark. Ya en septiembre de 1909 publica una nueva novela, Martin Eden,nombre inspirado por un leñador que conociera en su adolescencia —seguramente su obra más autobiográfica— en la que su alter ego, el protagonista que da título a la misma, es confundido por la crítica como un London fuera de su elemento, al que acusan de haber abandonado el socialismo.47 Si bien, como afirma Philip Foner, estamos ante la novela que el propio London, en sus últimos días, insistirá en dar a conocer que había sido la peor interpretada de todas por parte de la crítica:
Es una obra que malinterpretaron casi todos los críticos. Fue escrita con la intención de condenar el individualismo, y fue recibida como una condena del socialismo; escrita para demostrar que el hombre no puede vivir por sí solo, se aceptó como una demostración de que el individualismo lleva a la muerte. Si Martin Eden hubiera sido socialista, no habría muerto48.
En efecto, su otro yo, Martin Eden, muere físicamente; pero también espiritualmente, y London se refiere a ambos tipos de muerte, sabedor de que esa otra parte de su ser, la espiritual, también le ha abandonado para siempre, y ya solo queda el London socialista, que aún vivirá unos años más para lograr la inmortalidad espiritual que le suministran sus ideas y compromiso con la humanidad.A diferencia de Martin Eden, que sucumbe ahogado en una abundancia económica que le arranca de sus raíces en las clases sociales más desfavorecidas y le lleva a la muerte física y espiritual, London es hasta el final fiel a su compromiso político y a sus humildes orígenes, labrándose así una inmortalidad que ni persigue ni necesita, pero que abraza a lo largo y ancho de toda su agitada vida y frenética carrera literaria, como reconoce, tres años antes de su fallecimiento, en su segunda novela autobiográfica, John Barleycorn, aquellas «memorias alcohólicas» de donde salen todos sus dioses y demonios por los cielos y los infiernos de una vida con sueños de inmortalidad:
Él baraja átomos y chorros de luz, las más remotas nebulosas, gotas de agua, escalofríos, barros y masa cósmica, todo mezclado con perlas de fe, con el amor de la mujer, con las dignidades imaginadas, con las temidas conjeturas y con la pomposa soberbia, y con todo esto se construye una inmortalidad para congoja de los cielos y confusión del infinito49.
London en sus últimos días sufre el desencanto con la marcha de la revolución socialista, que dejará patente en un abierto distanciamiento no del ideal socialista, sino de sus antiguos camaradas: «He hecho lo que he podido. El socialismo me ha costado cientos de miles de dólares. Cuando llegue el momento, estaré aquí en mi rancho dejando que la revolución se vaya al infierno»50. Pero no nos equivoquemos, que London rompa definitivamente con sus antiguos camaradas socialistas no significa que vuelva a abrazar los principios y fundamentos del sueño americano nacido de la revolución industrial que él mismo demoniza en la novela. London pasa a ser, no un terrateniente, pero sí algo muy parecido, el propietario de un gran rancho que le proporciona un statu quo radicalmente opuesto al de sus verdaderos ideales. Es, por consiguiente, en su Beauty Ranch donde se siente decepcionado con esa clase obrera que tanto ha venido defendiendo, cuando descubre que sus trabajadores dejan sus labores en cuanto lo pierden de vista y que los granjeros, los campesinos, los proveedores y tenderos locales le exigen salarios y precios abusivos, debido a su condición de celebridad.
Como advierte Kershaw, la actitud desleal de estos gremios sociales con los que ahora él ejerce una función parecida a la de una especie de edulcorado oligarca, provocan su total desencanto con la humanidad51. La decepción de London no es con el ideal socialista, sino con una clase obrera que no cree capacitada para llevar adelante la revolución socialista. En una carta a los camaradas socialistas enviada el 7 de marzo de 1916, London exige su baja del Socialist Labor Party debido al giro conservador y burgués que habían adoptado los camaradas americanos: «Queridos camaradas: Renuncio al Partido Socialista debido a su ausencia de ardor guerrero y su nulo énfasis en la lucha de clases»52. Según Kershaw, el propio London, en la recta final de su corta vida, también abandona ese «ardor guerrero» cuando en realidad «cierra el libro del marxismo porque ya ha abierto otro, el de La psicología del inconsciente, de Jung»53.
London fallece ocho meses después, el 22 de noviembre de 1916, joven, a los cuarenta años, con sus tres últimos años de vida adicto a la morfina para intentar mitigar la tortura de unos dolores físicos que a finales de 1915 truncan su producción literaria. En su novela El vagabundo de las estrellas, publicada el año antes de su muerte, encontramos a un London que abraza la creencia de la reencarnación y se siente victorioso por estar a punto de abandonar una existencia que considera miserable. London ha llegado al destino en que el intelectivo vagabundo de otrora abandona los caminos de la política y el compromiso social para vagabundear por las autopistas de las estrellas, como una especie de Dios inmortal: «Y aquí lo dejo. No puedo más que repetir lo mismo. La muerte no existe. La vida es espíritu y el espíritu no puede morir»54. London muere como un socialista místico y, sobre todo, como el perdido romántico que se anticipaba en sus comienzos literarios como poeta, convencido de que «la Muerte es el regalo de Dios»55.
El talón de hierro es fruto de las extremas condiciones laborales que London sufre durante su juventud. Pero para llegar a la articulación de las ideas que London plantea y desarrolla en la novela, este cuenta con un soporte literario de primer nivel en los orígenes de la ficción utópica y política, partiendo de los fundamentos que nacen de un nuevo y promisorio ideal político en la época, el socialista. En 1898, poco después de su frustrada búsqueda de oro en Klondike, London esboza en su bloc de notas la génesis de esta novela, que a su entender deberá llevar por título el nombre del brazo armado de la clase social que oprime y esclaviza al obrero y que se erige en uno de los asuntos centrales de la misma:
Tal vez escriba una novela al estilo de Wells, en reconocimiento a los obreros que, controlados por los oligarcas de la industria, al final dejan de producir. Ya sea imaginándome una nueva forma de adentrarme en el futuro o de empezar la historia en un tiempo muy posterior al nuestro, el manuscrito será desenterrado por la gente de una nueva e inmadura civilización. Comienza: «No tengo sitio en este presente, escribo esto para el futuro, si es que hay futuro» […] La novela, Capitanes de la industria56. Los oligarcas de la industria controlan el mundo, terribles luchas obreras; de escenario, el centro de alguna gran ciudad como la Comuna de París. Documentarme57.
En estas notas, London menciona a uno de los padres de la ciencia ficción moderna, H. G. Wells. El autor inglés ya había publicado en 1895 su célebre novela La máquina del tiempo, en la que utiliza el término «el mundo del abismo» en referencia a las dos castas de degenerados seres humanos que lo habitan, los infrahumanos Morlocks y los libertinos Eloi; pero aunque London ya ha leído la novela de Wells, no se refiere a esta influencia sino a la de un relato corto del autor inglés, publicado al año siguiente de la novela, «En el abismo», donde esos seres del abismo wellsiano sirven en bandeja la metáfora del terror y la degeneración del ser humano («permaneció en la oscuridad y recorrió con la vista la infinita noche del abismo, y entonces avistó, muy alejadas y apenas visibles, otras formas fosforescentes casi humanas corriendo hacia él»)58 a la novela de London, que dedica incluso un capítulo entero a describir el inframundo en que la clase obrera se encuentra sumida y al borde de la aniquilación:
No era precisamente una columna, sino una marabunta, una espantosa vorágine desbordada que invadía la calle, era la Gente del Abismo, enloquecidos por la bebida y enfurecidos por la injusticia, desde el primero hasta el último rugiendo por la sangre de sus amos […] Surgían ante mí en auténticas oleadas de cólera, rugiendo y gruñendo como fieras carnívoras, borrachos del whisky que habían saqueado en los almacenes, borrachos de odio, borrachos de sed de sangre […] la basura y la escoria de la vida: una furiosa y rugiente horda diabólica59.
Como ya hemos advertido, London adopta el término de Wells como título y metáfora de uno de los temas centrales de su novela. Pero London ya había recurrido al término para describir el abismo social en que se encuentra la esclavizada clase obrera de la zona industrializada de Londres, en su viaje de siete semanas, entre julio y septiembre de 1902, plasmado en dicha novela-ensayo de viajes del mismo título, mencionada en el apartado anterior.
A La máquina del tiempo se suman otras novelas que acabarán decidiendo más notablemente el curso y el destino de las ideas que London trata de encauzar para la suya. Una de las influencias más manifiestas es la novela Looking Backward: 2000-188760, publicada en 1888 por el novelista y socialista americano Edward Bellamy (1850-1898), cuyas tesis futuristas impresionan sobremanera a London. Julian West, el protagonista de la novela de Bellamy, salta en un viaje en el tiempo desde la ciudad de Boston del año 1887, acosada por la miseria y las cronificadas revueltas callejeras, a un Boston del año 2000, rebosante de paz, abundancia y justicia social. Bellamy retoma la vieja idea de Rip Van Winkle61 para plantear un futuro utópico donde este nuevo ideal político y humanista, el socialista, ha logrado crear un mundo perfecto, un verdadero mundo feliz de principio a fin. La humanidad de esta civilización futura que Bellamy reconstruye mira al pasado con la misma perplejidad, sorpresa y autocrítica que la voz representativa de un futuro también socialista y utópico, el historiador Anthony Meredith, autor de la Introducción y las notas del Manuscrito Everhard en la novela de London.
Por tanto, podemos afirmar que la novela de Bellamy, con su «cooperative commonwealth» (‘comunidad cooperativa’) establecida en la América del año 2000, anticipa un principio esencial, el de la aspiración y creación de esa especie de comunidad socialista que persiguen sin descanso los revolucionarios protagonistas de la novela de London. Pero no deberíamos pasar por alto que tanto Bellamy como el propio London basan sus respectivos proyectos de ficción en la influyente filosofía socialista que en el último tramo del siglo XIX ha introducido en Norteamérica Laurence Gronlund, especialmente tras la publicación de su tratado de corte marxista, The Cooperative Commonwealth in its Outlines: An Exposition of Modern Socialism, donde el activista político y escritor de origen danés sienta las bases de un movimiento social llamado a crear, por decreto, una «Sociedad Socialista» que parece abanderar la noble misión de erradicar por completo la hasta entonces monolítica estructura capitalista de la sociedad americana: «En lo que nos afecta, estimamos que en cuanto podamos vamos a convertir esta nación en una “Sociedad Socialista” mediante una enmienda de la Constitución, aprobada de conformidad con la Constitución»62. La violencia, la injusticia social y la pobreza son lacras erradicadasy, por consiguiente, son las miserias del pasado en el tratado de Gronlund y en la novela de Bellamy. Gronlund modifica la semántica misma del término ‘revolución’, que pasa, de ser un tipo de degradación o involución, a convertirse en una especie de evolución de la sociedad:
Hoy día el término ‘revolución’ no sugiere otra cosa que sangre, destrucción y violencia, cuando no significa nada de eso. Sencillamente implica un cambio completo, la adaptación poderosa de los viejos elementos sociales a unas nuevas condiciones, más ordenadas […] Eso es lo que todos los filósofos socialistas entendemos por revolución63.
Bellamy también comparte esa misma visión pacifista y utópica de la futura sociedad socialista, basando el progresode esta sociedad futura no en una nueva revolución industrial, sino en una evolución industrial: «No hubo violencia alguna. El cambio ya hacía tiempo que se veía venir […] hacia una fase de transición, hacia la evolución del sistema industrial»64. London se adhiere al postulado de estos dos visionarios utopistas, y socialistas, pero desde una óptica radicalmente opuesta, en vez de presentar al lector un tercer modelo de una sociedad ideal basada en dichos principios, decide sumergirse en los abismos de la naturaleza humana para explicar un detalle a su entender esencial que, paradójicamente, estos predecesores suyos han ignorado: el largo camino de siglos de sufrimiento, violencia e injusticia que atraviesa la clase obrera para conseguir implantar, no de otra manera que por la fuerza, esa «sociedad comunitaria», perfecta y, por ende, socialista y utópica, planteada por sus predecesores. La novela de London, por consiguiente, sigue esa misma utopía de Bellamy y Gronlund, pero al revés.
En este sentido, El talón de hierro está llamada a ser la primera novela distópica de carácter político de la literatura en lengua inglesa, y posiblemente una de las primeras distopías literarias contemporáneas de la literatura universal. London escoge la fórmula temporal de Bellamy en Looking Backward, con la descripción de un pasado distópico desde un futuro utópico. Si en la novela de Bellamy, Julian West es, además del protagonista, el narrador del argumento central de la misma, en la novela de London asistimos a dos voces: la narradora Avis Everhard que escribe el Manuscrito Everhard en un tiempo futuro, localizado en el año 1932, respecto al año de la publicación de la novela (1908), pero desde un tiempo pasado respecto a la argumentación del metanarrador Anthony Meredith, el historiador que escribe el prefacio y las notas de dicho manuscrito en un futuro alejado unos setecientos años de la época de los acontecimientos descritos en el referido documento, acaecidos entre 1912 y 1932. London en este sentido crea una nueva fórmula temporal inédita hasta entonces para su distopía, la del tiempo de un futuro-pasado distópico, formado por los acontecimientos recogidos entre los años 1912 y 1932 en el Manuscrito Everhard y de otra, el siglo XXVII que es el tiempo utópico desde el que Meredith explica, con fundamento científico, dichos sucesos e intenta descifrar muchos de los enigmas del cruento pasado que siete siglos después aún siguen sin ser desvelados. El Manuscrito Everhard esgrime los asuntos y describe los personajes que viven esos sangrientos episodios que London vaticina para su inminente futuro. La novela de London tiene todos los ingredientes de la distopía moderna que será continuada por autores como Zamiátin, Huxley, Sinclair Lewis, Orwell, Bradbury y Burguess por citar, cronológicamente, los nombres más destacados en la culminación del género durante el pasado siglo.
Pero volviendo al concepto mismo de ‘distopía’, conviene hacerse la pregunta ¿qué es una distopía? El origen del concepto distópico, como género literario per se, tiene sus raíces en la década de los 60 en Estados Unidos, donde estudiosos como Mark Hillegas65 comienzan a utilizar el término anti-utopian (‘antiutópico’) para referirse a autores como Evgueni Zamiátin, Aldous Huxley o George Orwell, entre otros del género. En la misma década, la profesora norteamericana Alexandra Aldridge (1940-), realiza estudios mucho más concienzudos sobre el género y logra definir y diferenciar los límites entre utopía, sátira utópica y distopía66. Aldridge con muy buen criterio establece una lógica y necesaria distinción entre utopía y pensamiento utópico que otros estudiosos obvian y enmarcan dentro de la distopía. Para Aldridge, la utopía se basa en el modelo de Tomás Moro, en tanto que ofrece un retrato descriptivo y una narrativa muy dramática, mientras que el pensamiento utópico se basa en el planteamiento platónico, al ser más racional y argumentativo67. En aras de evitar cualquier posible ambigüedad sobre el verdadero sentido del término ‘distópico’, Aldridge ofrece una de las mejores definiciones del género hasta nuestros días: «La distopía no es simplemente “una utopía al revés”, como a menudo se ha dicho, sino una categoría genérica singular que mana de un cambio de actitud hacia la utopía típico del siglo XX»68.
Siguiendo esta línea interpretativa, podemos afirmar que H. G. Wells (1866-1946), junto a Julio Verne uno de los precursores del género de ciencia ficción, es quien sienta las bases de la narrativa distópica del siglo XX con sus novelas La máquina del tiempo (1895) y Cuando el durmiente despierta (1899)69. La novela de London será la siguiente del género distópico, y por tanto la tercera en lengua inglesa; pero conviene hacer una aclaración, las mencionadas novelas de Wells tienen muchos más ingredientes de ciencia ficción que de distopía, mientras que la novela de London es, sobre todo, una distopía política con un armazón y escenario de ciencia ficción gracias a la voz del futuro plasmada por el historiador Meredith. Para acabar de delimitar estas diferencias, conviene recordar el estudio que al respecto realiza en el año 1961 Mark Hillegas, cuando plantea la existencia de un nuevo género: la novela de ciencia ficción distópica70. Al hilo de esta argumentación, El talón de hierro sería la primera novela de este nuevo género en la que su autor construye una estructura sociopolítica alternativa y opresiva que somete sus bases y fundamentos a la tiranía del capitalismo mediante el gobierno de la clase social y política dominante, la Oligarquía71. El talón de hierro, por tanto, y sus herederas más directas conciben una estructura económica colectivista, dirigida y controlada por un reducido y exclusivo grupo de líderes políticos que constituyen una clara y poderosa estructura o casta jerárquica; en el caso de El talón de hierro, mediante la Oligarquía que dirige, controla y oprime a la clase obrera; en el de Un mundo feliz, con el omnipresente Estado Mundial, que controla el nacimiento, la vida y hasta la muerte de toda una civilización; en No puede pasar aquí, de Sinclair Lewis, mediante el reinado del fascismo en los Estados Unidos; y en 1984, con un Gran Hermano que instila un terror sádico sobre todo su pueblo. Todas ellas se valen de la idea de la felicidad como sentido final de la utopía que plantean, cuando, en verdad, lo que ofrecen es una felicidad opresiva y controlada, sin libertad y deshumanizada.
En el apartado anterior, hemos advertido las principales fuentes de inspiración de El talón de hierro como fundamento distópico, llamado a su vez a ser el referente de los títulos del género que acabamos de mencionar arriba y de otros tantos que destacaremos en adelante. Ya en el presente apartado, donde abordamos el ideal socialista como eje central de la novela, hemos de recordar una novela especialmente decisiva e influyente en el curso de este ideal socialista que London trasladará a la suya, La jungla, de Upton Sinclair, publicada en octubre de 1905, tan solo tres años antes que El talón de hierro. En una carta a sus camaradas socialistas —solo dos meses después de la publicación de La jungla— London celebra la reciente publicación de la obra de Sinclair, a la que dedica todo tipo de elogios y considera más actualizada que la anteriormente referida obra de Bellamy que tanto exaltara en su momento: «Es esencialmente un libro muy actual. Las hermosas teorías de Mirando atrás, de Bellamy son muy buenas. Tenían su propósito y lo cumplieron. Mirando atrás ha sido un gran libro, pero me atrevería a afirmar que La jungla, sin hermosas teorías, es incluso mejor»72. London encuentra en la novela de Sinclair el motivo central y el propósito que desarrollará en la suya, que no es otro que la toma de conciencia del proletariado como clase social marginada y oprimida, pero consciente de sus derechos y fuerza social como futura organización capaz de acabar con la grave enfermedad social creada por el capitalismo:
Y ahí encontramos la verdadera esencia del libro de Upton Sinclair, ¡La jungla! Así la ha titulado. Este libro tiene que circular. Y vosotros, camaradas, tenéis que darlo a conocer. El autor lo ha escrito por amor al arte. Y ahora os corresponde a vosotros hacerlo circular por amor al arte […] Lo ha escrito un intelectual proletario. Lo ha escrito para el proletariado. Lo ha publicado una editorial proletaria. Tiene que ser leído por el proletariado73.
Para London la novela de Sinclair es sin duda una magnífica fórmula literaria de propaganda socialista de la que hay que extraer el máximo rendimiento: «Será leída por cada obrero. Abrirá todos los oídos que han permanecido sordos ante el socialismo. Abonará la tierra con la semilla de nuestra propaganda. Atraerá a millares hacia nuestra Causa»74.
No cabe duda de que el entusiasmo que despierta esta novela en London, como muestrario de la esclavitud de la clase obrera, en especial de la mano de obra barata de los inmigrantes condenados a interminables jornadas laborales en los mataderos del Chicago de finales del siglo XIX y principios del XX, inspira en London el interés por esta y otras muchas injusticias sociales de su época, que acabarán escenificadas y denunciadas también en la suya: «Mientras el capitalismo metía a la nación en esos mataderos, la Iglesia estuvo callada»75.
En una carta de felicitación y ánimo dirigida a los obreros de Alameda (California), London utiliza las expresiones «hermandad del hombre» y «hermandad del espíritu», ya anunciadas por anteriores estudiosos e ideólogos del socialismo americano, como el espíritu que guiará a la clase obrera en su lucha contra la tiranía del capitalismo: «No tengo palabras para expresar cuánto siento no poder estar con vosotros en este día. Pero creedme, estoy con vosotros en la hermandad del espíritu, lo mismo que todos vosotros estáis, en similar hermandad del espíritu, con nuestras chicas lavanderas de Troy, en Nueva York»76.
Antes de adentrarnos con más detenimiento en la argumentación socialista de la novela, viene bien recordar los orígenes del socialismo en los Estados Unidos. Como advierte Morris Hillquit en su obra History of Socialism in the United States,77 publicada en 1903, el socialismo hace su aparición en los Estados Unidos mediante el Socialist Labor Party (SLP), que es fundado el 15 de julio de 1876. Tras veinte años de luchas internas acerca del tipo de estrategia política a seguir, acaba fundiéndose con el Social Democratic Party of America, de cuya unión surge el 29 de julio de 1901 el Socialist Party of America, que acabaría engullendo también a otras destacadas asociaciones socialistas de orientación cristiana, muy extendidas por los estados más industrializados del país, como la Society of Christian Socialists, fundada en Boston en 1889, cuyo primer decreto de su constitución afirma:
Sostenemos que Dios es la fuente y la guía de todo progreso humano, y creemos que todas las relaciones sociales, políticas e industriales deberían basarse en la hermandad de Dios y en la hermandad del hombre, en el espíritu que sigue las enseñanzas de Jesucristo78.
De este movimiento cristiano-socialista el partido socialista toma el concepto de ‘hermandad’ como espíritu de solidaridad entre los futuros seguidores del novedoso ideal político, aunque ni London en su novela ni tampoco los numerosos socialistas obreros subyugados por el espíritu de la Comuna de París de 1871 seguirán ingrediente cristiano alguno.
La adhesión de Jack London al socialismo es temprana, cuando siendo un joven aventurero con vocación poética y sueños de novelista se afilia al Socialist Labor Party de Oakland (California) el 20 de abril de 1896. Una década después, London es sin duda uno de los conferenciantes más solicitados por las más prestigiosas universidades americanas, donde llena auditorios ante los cuales exhibe con orgullo su fe en el ideal socialista desde un enfoque radical y revolucionario, del que hace alarde durante la conferencia impartida en la Universidad de Harvard79 en diciembre de 1905 ante más de dos mil asistentes, entre alumnos y profesores. London aprovecha el escenario de la prestigiosa institución para hacer una defensa de los rebeldes de la Revolución rusa que seguía muy activa durante casi todo ese mismo año:
Me refiero y considero a estos «asesinos» de Rusia como mis camaradas. Y así también a todos los camaradas de América y a los siete millones de camaradas de todo el mundo. Esto lo evidencia el apoyo que nosotros ofrecemos a los camaradas de Rusia. No son discípulos de Tolstoi, como tampoco nosotros. Somos revolucionarios80.
Estos mismos rebeldes camaradas serán los llamados a habitar, agitar y alterar los cimientos capitalistas de los Estados Unidos que London está a punto de plasmar en El talón de hierro, su particular revolución socialista promovida por la rebelión organizada de las masas en suelo americano. London escribe el que puede ser interpretado como el primer relato de base y fundamento socialista que cuenta el nacimiento y la historia de una lucha obrera sin precedentes contra el orden tiránico, fascista, decadente y burgués del modelo capitalista americano. La respuesta del Estado a esta insurrección obrera será mediante la creación de la Oligarquía, una unión de todos los empresarios y poderosos capitalistas, que se encargará de establecer el Talón de Hierro, la imagen militarizada, reaccionaria, fascista y opresora del Estado, que, de paso, da nombre a la novela. London establece estos dos movimientos y fuerzas sociales enfrentadas para articular con buen criterio muchas de las clásicas teorías marxistas enfrentadas a los históricos abusos del capitalismo, como la abolición de la política parlamentaria para favorecer el control y gobierno enmascarado de los oligarcas; la división de la clase obrera mediante el trato de favor a ciertos obreros destacados en estratégicos sectores industriales; y la utilización de mecanismos perversos, de dudosa o nula legalidad, para terminar de socavar los ya escasos valores democráticos. Todos estos ingredientes que presenta London en su novela vaticinan la aparición del fascismo, a través del capitalismo más voraz y violento, en Italia, Alemania y España dos décadas después. London es un atinado visionario que, además de presagiar la Primera Guerra Mundial y el surgimiento del fascismo, como hemos advertido, intuye el año 1917 como una fecha destinada a marcar cierto hito histórico de su inmediato futuro. En la novela esta fecha es la elegida por los agentes secretos del movimiento obrero para organizar los preparativos de la Primera Rebelión que tendrá lugar en 1917: «No abandonamos el refugio hasta enero de 1917. Todo estaba preparado. Ocupamos nuestro puesto de agentes provocadores a las órdenes del Talón de Hierro»81. London, sin saberlo, aunque seguramente esperándolo, vaticina la Segunda Revolución rusa de 1917.
En el prefacio de El talón de hierro, Anthony Meredith, el imaginario historiador que descubre y estudia el Manuscrito Everhard, ofrece una brillante sinopsis del curso de los acontecimientos recogidos y descritos durante la época del terror impuesta por el yugo del Talón de Hierro, así como del devenir de los personajes centrales, en especial, de la escritora de dicho documento, Avis Everhard. Meredith, como ciudadano de un futuro utópico que interpreta el referido manuscrito con la objetividad avalada por la historia de la humanidad, ofrece una pista clave para el lector, reveladora también de la visión pesimista que el propio London tiene de su tiempo y momento histórico: «Ya era demasiado tarde cuando el movimiento socialista de principios del siglo XX presagió el advenimiento de la Oligarquía. Incluso presagiándola, la Oligarquía ya estaba allí»82. El propio London durante los años anteriores a la publicación de la novela sigue impartiendo numerosas conferencias en distintas universidades norteamericanas y asociaciones culturales del país. El tono y el asunto de sus charlas, principalmente sobre su carrera literaria, empiezan a derivar en auténticas soflamas contra el capitalismo y en discursos de defensa del socialismo.
