9,99 €
Un asesino en serie en Baltimore y la implacable lógica de Sherlock Holmes Cuando Holmes y su joven asistente Harry Taxon se disponen a regresar a Inglaterra, un cartel de recompensa cambia sus planes: Charles Danforth, un niño, ha sido brutalmente asesinado. Pronto descubren que no es un caso aislado, sino el quinto crimen en tres meses con el mismo modus operandi. La investigación lleva a Holmes a seguir pistas inquietantes, interrogar testigos y enfrentarse a una verdad aterradora: un asesino en serie conocido como Dagger Bill acecha la ciudad. Tras una persecución frenética, Holmes captura al criminal y revela la inocencia del tío de la víctima, cerrando el caso con pruebas irrefutables. Una historia llena de suspense, tensión y el ingenio del detective más famoso del mundo. Esta edición incluye también otro relato apasionante.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 180
Veröffentlichungsjahr: 2025
Índice
El terror de Baltimore
Una expedición accidentada
El terror de Baltimore
Títulos originales: Der Schrecken von Baltimore, 1908; Auf der Fahrt nach Norden, 1909.
© 2021, RBA Coleccionables, S.A.U.
Diseño de cubierta: Tenllado Studio
Diseño interior: tactilestudio
Realización: EDITEC EDICIONES
© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S. L. U., 2025
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
Primera edición en libro electrónico: enero de 2026
REF.: OBDO533
ISBN: 978-84-1098-395-3
Composición digital: www.acatia.es
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.
“SIN HACER CASO DE LA DESHECHA TEMPESTAD, SHERLOCK HOLMES SE DESLIZÓ POR EL TUBO DE DESAGÜE”.
SEPTIEMBRE DE 1908
CAPÍTULO I
EL VIAJE INTERRUMPIDO
NTRE LOS VIAJEROS que regresaban a Baltimore, la populosa y bella ciudad de la bahía de Chesapeake, se encontraban Sherlock Holmes, el gran detective, y su fiel ayudante, Harry Taxon. Acababan de visitar la pintoresca región de los Grandes Lagos, en el nordeste de Estados Unidos.
Los dos detectives no pensaban detenerse mucho tiempo en Baltimore, donde habían ya pasado varias jornadas antes de su excursión por los lagos; así es que se proponían partir directamente para Locust Point, el puerto de la ciudad y escala de término de los transatlánticos para emprender, el mismo día, el viaje de regreso a Liverpool, a bordo del Sniveller.
Se disponían ya a tomar un coche cuando les llamó la atención un compacto grupo de gente reunido en una esquina, cerca de la estación. Pronto observaron que el motivo de la curiosidad que allí reunía ese gentío era un gran cartel que en aquel momento estaban fijando y que decía lo siguiente:
«Se ofrece una recompensa de tres mil dólares al que revele a la policía el o los asesinos del muchacho que el día 26 del corriente fue encontrado horriblemente destrozado en una avenida de Druid Hill Park.
»La víctima contaba catorce o quince años de edad y, según las averiguaciones practicadas por las autoridades, era discípulo en un liceo superior de esta capital. Era de figura esbelta, alto, rubio, ojos azules, de cutis sano y nariz de forma griega.
»Vestía traje gris rayado, llevaba gorra de colegial de color azul y, según las indicaciones facilitadas por sus parientes, un reloj muy antiguo y conocido de toda la familia.
»Se ruega a cuantas personas le hayan visto desde el día 24 del corriente a las 21:30 horas, momento en el que salió por última vez de su casa, situada en Harrison Avenue, n.º 10, hasta el día 25 por la noche, cuando seguramente se cometió el asesinato, se sirvan personarse en la central de policía en Washington Street».
Holmes leyó el cartel con el más vivo interés.
Se habría dicho que quería grabarse en la memoria una a una las palabras del escrito.
Entretanto, Harry Taxon, su ayudante, observaba con gran atención las facciones de su maestro, como si quisiera leer en ellas.
No se ocultaba al experto joven que su amigo pensaba ocuparse de aquel asunto.
Sobradamente sabía que cuando el gran Sherlock Holmes se decidía a trabajar en algún asunto, no descansaba hasta haberlo puesto en claro.
Seguramente no fuera la recompensa ofrecida lo que excitaba su celo, sino simplemente el ejercicio de su peligrosa profesión.
Así pues, no quedó Harry sorprendido al ver que el detective se volvía de repente diciendo:
—No nos embarcamos hoy. Antes de volver a Inglaterra, participaremos un tanto de los sinsabores de los policías al practicar investigaciones sobre este horrendo crimen. Desde luego, vamos a Washington Street en busca de detalles. Supongo que el jefe superior de policía no pondrá ninguna objeción a nuestra colaboración en este asunto.
Ambos detectives subieron a un coche que acertó a pasar y pocos minutos después se encontraban en presencia del jefe superior de policía de Baltimore, Mike Harcourth, quien se mostró muy satisfecho de conocer al célebre detective y a su ayudante.
—Me alegro sobremanera —les dijo al saber el objeto de su visita— de que se decida usted a poner su inteligencia y su precioso tiempo al esclarecimiento del caso Danforth. Estos asesinatos de niños se suceden últimamente con harta frecuencia en la ciudad.
»Este es el quinto caso que se registra en el término de tres meses, y lo peor es que hasta ahora no se ha conseguido poner nada en claro.
»Como es natural, esto tiene a los habitantes de Baltimore en continua alarma y, por otra parte, la prensa arrecia en sus duros ataques contra las autoridades, a las que deja en ridículo por su impericia en el descubrimiento de estos crímenes tan horrendos como misteriosos.
»Por todo ello, aprecio mucho su valiosa cooperación, señor Holmes, y si está en realidad decidido a ocuparse seriamente del hecho, les facilitaré a usted y a su ayudante toda clase de pasaportes y documentos para que nadie pueda oponerles dificultades en el ejercicio de su profesión. Además, les entregaré una autorización escrita para que también puedan prender a quienes ustedes crean conveniente.
—Señor Harcourth —contestó el detective—, le doy las gracias más expresivas por su complacencia y le suplico que se sirva proporcionarme esos pasaportes y documentos cuanto antes.
—Voy a dar a mi secretario las órdenes oportunas para que los extienda seguidamente —repuso Harcourth acercándose a la estancia vecina.
Al encontrarse otra vez enfrente de sus visitantes, prosiguió:
—Ahora voy a explicarles lo que hemos podido averiguar en el caso Danforth.
Lo que el jefe superior de policía les relató entonces no era mucho más de lo que decían los carteles.
Nuevas eran solamente los indicadores que el señor Harcourth hizo sobre las personas que habían encontrado el cadáver descuartizado en el parque.
Pero aquellas personas no podían estar en relación alguna con los criminales autores del inicuo hecho, ya que se trataba de los respetables guardias del parque, incapaces de tal acción.
Interesante fue para los detectives la noticia de que solamente se había podido identificar el muerto por una hernia que tenía en la ingle derecha, de tan mutilado como estaba el cuerpo.
También se había conseguido conocer la identidad del practicante que había verificado la cura al muchacho.
Tanto el enfermero como el médico del hospital israelita, llamado Barry, habían reconocido en el cadáver, con toda certeza, a su paciente.
Se había sometido a un interrogatorio a los parientes de la víctima que vivían en Washington Street, y también ellos habían reconocido a su sobrino y pupilo Charles Danforth.
—¿Y los cadáveres de los otros cuatro chicos también estaban destrozados, como el de Danforth? —preguntó Holmes.
—Sí, señor —repuso Harcourth—, con la sola diferencia de que a los demás no les faltaban los brazos, como en el caso que tratamos.
—¿Se sospecha de alguien?
—De nadie absolutamente, señor. Solo suponemos fundadamente que todos esos crímenes han sido cometidos por la misma mano, ya que no solamente el procedimiento empleado ha sido el mismo, sino que también concurren las circunstancias de haberse encontrado los cadáveres en sitios públicos y en las afueras de la población; esto parece corroborar nuestra hipótesis.
—Dígame, ¿pertenecía el joven Danforth a una buena familia? ¿Disfrutan sus padres de una posición acomodada?
—Puede decirse que son ricos; constituyen una de las familias más respetadas de Maryland. James Danforth, el padre del desgraciado muchacho, es propietario de una gran fábrica de cerveza y vive en Rockville, pequeña población cerca de Baltimore. Como allí no hay buenos colegios, se vio obligado a traer a la ciudad a su único hijo y heredero, que vivía con sus parientes.
—Ha dicho usted que el muchacho vivía en casa de unos familiares. ¿No podrían tener estos algún interés en la muerte de aquel? ¿No les impediría el muchacho heredar algún día la fortuna de los Danforth?
—Esta suposición no es desacertada, pues, como he dicho ya, el muerto era hijo único de un padre rico, y claro es que, al fallecimiento de ambos, su cuantiosa fortuna había de pasar a manos de un simple empleado de la compañía de ferrocarriles, hermano del rico Danforth, en cuya casa vivía el interfecto.
—¿Había relaciones o parentesco semejante en los casos registrados anteriormente?
—Todo lo contrario, los demás chicos pertenecían a linajes pobres.
—En tal caso, hay que suponer que el móvil ha sido otro.
—Es posible, señor.
En aquel momento, entró un agente en el despacho, anunciando la visita de un caballero que deseaba hablar con el jefe superior sobre el caso Danforth. El señor Harcourth le hizo pasar.
El visitante era un hombre corpulento, con colores muy vivos en el rostro, probablemente a consecuencia de su abundante consumo de cerveza.
En todos sus ademanes demostraba el hombre estar muy emocionado y sentir vivo dolor.
Los ojos hundidos y húmedos evidenciaban claramente que había llorado.
—Mi nombre es James Danforth —dijo inclinándose torpemente ante el jefe de policía—. Soy el padre del infeliz muchacho al que han encontrado destrozado en el parque. Inmediatamente después de recibir la horrible noticia he venido a Baltimore, personándome en casa de mi hermano, el cajero de la compañía de ferrocarriles, para que él, o su esposa, me dijeran si habían podido deducir, por alguna palabra de mi hijo, adónde se había dirigido la noche del 24 o con quién había de encontrarse. Al mismo tiempo, quería que me revelaran quiénes eran los compañeros de Charles, pues las malas amistades son muy perniciosas y mi hijo tenía un carácter tan bondadoso y humilde que se fiaba de todo el mundo.
—¿Y qué le ha contado su hermano? —preguntó el jefe de policía.
—Que Charles no frecuentaba más que a jóvenes de su edad y pertenecientes a las mejores familias.
»Además, nunca se había ausentado de la casa por mucho tiempo, y mi cuñada me ha dicho también que mi hijo salía casi siempre con ella o con su marido.
»Pero la noche del 24 partió solo pretextando tener que ir a casa de un amigo para que le dijera cuáles eran los temas que tenían que estudiar al día siguiente.
»Mis parientes creyeron que no podían prohibirle salir, ya que la casa del amigo en cuestión estaba muy cerca y Charles no tenía que pasar más que por calles céntricas y animadas.
—Estas mismas declaraciones ha dado el matrimonio Danforth a nuestro primer criminalista, el señor Willis Cordurroy —dijo el jefe de policía—. Han afirmado también haberse alarmado sobremanera cuando vieron que el muchacho no volvía a casa ni durante aquella noche ni durante todo el día siguiente, y han añadido que, al saber que Charles no había estado en la casa del amigo, habrían dado inmediatamente aviso a la policía de su desaparición si no hubieran dado por supuesto que el muchacho había tomado el tren de las nueve para ir a darle una sorpresa a usted en Rockville.
»Dicen que sentía nostalgia y que muchas veces había manifestado deseos de visitar a sus padres pronto.
—Esto sí que es verdad —exclamó James Danforth llorando—. El muchacho idolatraba a su madre. ¡Ay! Y ella nunca había querido que le dejara en Baltimore. ¡Ojalá hubiera escuchado sus consejos! Pero pretendía darle a mi hijo una educación esmerada, y esto no era posible en el pequeño Rockville.
»¡Ah! —los ojos del afligido padre brillaron y su voz temblaba de emoción—, el monstruo que ha destrozado a lo que más amaba en el mundo ha de pagarme su crimen. No descansaré hasta encontrar al miserable, aunque para ello tenga que sacrificar toda mi fortuna; quiero entregarle yo mismo al verdugo. ¡Aunque fuera mi propio hermano!
El jefe de policía se quedó sorprendido.
—Estas palabras me producen una impresión extraña —dijo—. ¿Es que sospecha usted de una manera u otra de su señor hermano, Bill Danforth?
Al preguntar esto, el policía se fijó mucho en las facciones del fabricante de cerveza. Este parecía sostener una fuerte lucha interior.
Movió varias veces los labios para contestar, pero no habló, como si no pudiera articular las palabras o no se atreviese a hablar mal del que tenía su misma sangre.
Por fin hizo un gran esfuerzo y dijo en voz baja:
—No puedo negar, señor Harcourth, que no me fío mucho de Bill. No le he encontrado en casa y, al preguntar a su mujer adónde había ido, me ha causado una impresión de inseguridad que ha hecho nacer en mí ideas extrañas y horribles.
»Mi cuñada no pudo ocultar cierto miedo; su voz era temblorosa y después de unos momentos de meditación me dijo, confundida, que no sabía dónde se encontraba su marido y que tal vez se hubiera suicidado por el disgusto ocasionado a consecuencia de la muerte de mi hijo.
—¿Y le parece esto muy inverosímil? —preguntó Holmes, interviniendo en la conversación—. No puede suponerse más que las relaciones entre tío y sobrino habían sido siempre las más armoniosas, ya que de otro modo no habría usted confiado a su hermano el cuidado de su único hijo.
—Efectivamente —repuso el fabricante de cerveza—. Siempre creí que Bill quería a mi hijo como si fuera suyo propio.
—¿Qué es, pues, lo que le ha inducido a cambiar tan radicalmente su creencia?
—Un descubrimiento extraño que hice en el despacho de mi hermano pocos momentos antes de abandonar la casa del mismo.
»Según los carteles que se han fijado en las esquinas, cuando Charles salió por última vez de casa de mi hermano, llevaba un reloj, recuerdo de la familia; este es un objeto que durante varias generaciones ha venido pasando del padre al hijo mayor. He preguntado a mi cuñada y también ella me ha afirmado que Charles llevaba el reloj al salir de casa la noche fatal.
»Pues bien, figúrense ustedes mi sorpresa, o, mejor dicho, mi estupor, cuando por casualidad he visto el reloj en una vasija sobre la chimenea.
»Estuve a punto de mostrar mi asombro, pero haciendo un gran esfuerzo pude dominarme y reprimir mi primer impulso de sacar la joya de la vasija y llevármela.
»La circunstancia de ver escondido el reloj en un sitio donde nadie lo buscaría hizo nacer en mi alma una horrible sospecha.
»Por mucho que me resisto, no puedo ya desterrar la duda, la sospecha. Mi descubrimiento es el motivo de mi visita: he venido, señores, para decirles esto y para que tengan también en cuenta la ausencia de mi hermano, circunstancia que no deja de ser significativa.
»A mi juicio, existe alguna relación entre mi hermano y el crimen, y no podrán ustedes por menos de convenir en que el hallazgo del reloj lo pone en una situación seriamente comprometedora.
—Tenga la seguridad, señor Danforth —dijo el jefe superior de policía—, de que las autoridades harán todos los esfuerzos imaginables para descubrir y castigar a los culpables de un crimen tan abominable.
Dicho esto, se acercó al escritorio, encima del cual el secretario acababa de dejar los documentos destinados a Holmes, y, después de firmarlos, se los entregó al gran detective. Este se los guardó en el bolsillo, agradeciendo la extraordinaria diligencia, pero antes de despedirse del señor Harcourth y del afligido señor Danforth, se acercó al fabricante de cerveza y, poniéndole la mano en el hombro, le dijo:
—Creo que está usted equivocado respecto a su hermano. En verdad que el hallazgo del reloj en su casa le hace parecer sospechoso, pero, por otro lado, no se puede suponer que un hombre de la posición del señor Bill Danforth haya cometido también los crímenes anteriores, que, a mi juicio, han sido ejecutados por la misma mano.
—Opino lo mismo —dijo el jefe de policía—. El destino le ha proporcionado una prueba bien difícil, ciertamente, pero no creo que su hermano esté implicado. Tengo la plena convicción de que este caballero —señalando a Holmes— conseguirá dentro de poco demostrar la inocencia de su hermano y descubrir al verdadero asesino.
—Yo también espero obtener pronto un resultado positivo —repuso Holmes—, pero ha de ser a condición de que me prometa usted, señor director, no intervenir en mis gestiones ni en las de mi ayudante. Preferimos siempre trabajar con total independencia.
»Por lo mismo, señor Danforth, le ruego que no se ocupe más del asunto y nos lo confíe a nosotros. En lo que sí podrá servirme es proporcionándome cuanto antes una fotografía de su hijo. Esto me prestará buenos servicios en mis averiguaciones.
»El señor jefe de policía le confirmará que puede usted fiarse de mí.
—¡Oh! No me hace falta —exclamó el señor Danforth, que estaba meditando para recordar dónde había visto al gran detective—. Mucho me equivoco si no es usted el tan celebrado detective Sherlock Holmes de Londres, cuyo retrato he visto hace poco en las revistas y periódicos norteamericanos.
—En efecto, señor Danforth; me llamo Sherlock Holmes y le doy las gracias por su información; procuraré tomar las medidas oportunas para que no me conozcan otras personas en Baltimore.
»¿Puede usted facilitarme la fotografía de su hijo Charles?
El señor Danforth se llevó una mano al bolsillo.
—Aquí tiene usted lo que desea —dijo sacando de la cartera una fotografía envuelta en papel de seda—, pero —añadió temblando— espero y le suplico que me la devuelva, pues es la única que poseo de mi pobre hijo.
»Señor Holmes, le ruego que haga todos los esfuerzos posibles para encontrar al infame asesino; para vengar, cuando menos, su sangre inocente.
Sin contestar, le estrechó el detective la mano: luego él y Harry Taxon se inclinaron ante los dos caballeros y abandonaron el despacho de la primera autoridad policíaca.
CAPÍTULO II
LA PRIMERA PISTA
HORA VAYAMOS al hotel —dijo Sherlock Holmes a su ayudante apenas llegaron a la calle—. Afortunadamente tenemos aún allí nuestro equipaje. Necesitamos un cambio de aspecto. La celebridad es peligrosa para un detective y hemos de procurar que ningún periodista nos conozca.
Transcurrida una hora, dos caballeros salían del hotel de Londres, en Baltimore. Tenían el aspecto de comerciantes y tomaron la dirección de Harrison Avenue.
—También nosotros visitaremos a la señora Danforth —dijo el de más edad—; tal vez haya vuelto su marido y pueda explicarnos satisfactoriamente el motivo de su ausencia.
El señor Bill Danforth vivía en el cuadragésimo piso de una de las últimas casas de Harrison Avenue, muy cercana al Druid Hill Park, donde se había perpetrado el crimen.
Todo el barrio producía buena impresión y parecía estar habitado solamente por familias de cierta distinción.
Muy cerca de allí estaba el barrio de los estudiantes, donde había numerosas casas de comidas: desde precios medios hasta la peor taberna.
Llegados ante la puerta del piso número cuarenta de la casa del edificio número 10, llamaron a la puerta, pero nadie acudió a abrirla.
Llamaron repetidas veces, pero siempre obtuvieron el mismo resultado; la residencia parecía estar vacía.
Se disponían ya a marcharse cuando se abrió la puerta del piso de enfrente y apareció la cabeza de una señora de cierta edad. Con curiosidad, preguntó la vecina por los deseos de los visitantes.
—¿No están en casa el señor Danforth ni su esposa? —preguntó Holmes.
—Están ausentes —contestó la vecina.
—Pero la señora debe de haber estado en casa hace una hora.
—Sí, señor, pero ha salido de repente. ¡Ay! La pobre mujer parece estar loca desde la muerte de su pariente.
—¿Acaso podría usted facilitarnos algunos detalles sobre lo ocurrido? —preguntó Holmes.
—Con mucho gusto les pondré al corriente de lo que sé. Hagan el favor de pasar.
Los dos detectives accedieron a la invitación de la dama.
No bien se hubieron sentado, la dueña de la casa les empezó a formular mil preguntas sobre el objeto de su visita a casa de los Danforth.
—Los caballeros pertenecen seguramente a la policía, ¿verdad? —añadió luego—. ¿Acaso vienen ustedes en busca de detalles sobre el crimen que tiene agitada a la población entera? Yo tengo la sospecha de que los Danforth están implicados en el asunto. ¿Por qué desapareció el señor Danforth en cuanto se encontró el cadáver? Nadie sabe adónde ha ido, ni tampoco su esposa.
»¿Por qué ella se ha mostrado tan tímida y reservada? ¿Y por qué se ha acabado marchando también? No puedo pensar que sea solamente debido al dolor ocasionado por la desgracia.
»La esposa de Danforth ha dicho que temía que su esposo se hubiera suicidado para no oír los reproches que seguramente le dirigiría su hermano por no haber cuidado del chico, y cuando hoy la ha visitado su cuñado, el padre del infeliz muchacho, parecía entregarse a la desesperación. Mas, aun suponiendo que el inesperado visitante le hubiera dirigido algunos reproches, entiendo que esto no es motivo para pensar en quitarse la vida.
—No creo que ni el uno ni la otra hayan tenido la intención de atentar contra su existencia —contestó Holmes— y supongo que su emoción será debida a algo más que a la muerte del sobrino. El señor Danforth es empleado del ferrocarril y seguramente disfruta de un sueldo muy reducido. Es posible que el matrimonio tuviera deudas y los acreedores les molestaran.
