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Abril de 2016. La Europa futbolística se prepara para cerrar los campeonatos de clubes antes de la Eurocopa de Francia. En Zagreb, un mendigo aparece asesinado tras un partido. Parece una acción aislada, pero la reivindicación de sus autores deja claro que empiezan tres días de muerte. George Mitchell, un agente británico trasladado a la sede central de la Interpol de Lyon y con un pasado marcado por el fracaso en la lucha contra las apuestas en el fútbol, se hallará inmerso en una investigación que discurrirá por once ciudades europeas donde un grupo terrorista amenaza con atentar. El último defensa recorre los momentos cumbre de la historia de la Eurocopa como pretexto para resolver un caso que no solo afecta al fútbol internacional, sinó que desenterrará los fantasmas del protagonista.
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Seitenzahl: 461
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Sinopsis
Abril de 2016. La Europa futbolística se prepara para cerrar los campeonatos de clubes antes de la Eurocopa de Francia. En Zagreb, un mendigo aparece asesinado tras un partido. Parece una acción aislada, pero la reivindicación de sus autores deja claro que empiezan tres días de muerte. George Mitchell, un agente británico trasladado a la sede central de la Interpol de Lyon y con un pasado marcado por el fracaso en la lucha contra las apuestas en el fútbol, se hallará inmerso en una investigación que discurrirá por once ciudades europeas donde un grupo terrorista amenaza con atentar. El último defensa recorre los momentos cumbre de la historia de la Eurocopa como pretexto para resolver un caso que no solo afecta al fútbol internacional, sino que desenterrará los fantasmas del protagonista.
Biografía
Jordi Agut Parres (Valls de Torroella, 1975) es originario de una antigua colonia textil conocida por haber sido, con la denominación de Colònia Valls, el pueblo del legendario extremo del FC Barcelona Estanislao Basora. Es licenciado en Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona. Desde 1997 trabaja en el diario Regió7 de Manresa. Fue colaborador durante dos años, estuvo dos años más en Información general y dos más en Economía. Desde 2003 forma parte de la sección de Deportes de la publicación, en la que ha escrito algunos artículos sobre eurocopas y mundiales. También ha colaborado de manera esporádica con otros diarios y revistas. El último defensa significa su debut en ficción.
Portada
Jordi Agut
Créditos
Proyecto financiado por la Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura, Ministerio de Cultura y Deporte
Financiado por la Unión Europea-Next Generation EU
espai
es una colección de libros digitales de Editorial Milenio
© del texto: Jordi Agut Parres, 2018
© de la edición impresa: Milenio Publicaciones, SL, 2018
© de la edición digital: Milenio Publicaciones, S L, 2023
C/ Sant Salvador, 8 - 25005 Lleida
www.edmilenio.com
Primera edición impresa: mayo de 2018
Primera edición digital: marzo de 2023
DL: L 358-2023
ISBN: 978-84-19884-18-3
Conversión digital: Arts Gràfiques Bobalà, S L
www.bobala.cat
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Dedicatoria
A los de casa,
los más importantes, siempre.
Y a las abuelas, estéis donde estéis,
quedáos con la buena voluntad.
Nota del autor
Según el diccionario, la acepción primigenia de “carrusel”, palabra de origen francés, es la de un conjunto de ejercicios de habilidad y de lucimiento ejecutados por caballeros agrupados en cuadrillas, realizados en fiestas cortesanas o en paradas y celebraciones militares. Pero la palabra se ve que viene de Nápoles, del italiano “carrusiello”, proveniente de “caruso”, que quiere decir “calvo”, y se refiere a un juego de caballeros en que los participantes se lanzaban bolas. La similitud de estas con las cabezas calvas derivó en la denominación final.
Pero en términos modernos, cuando se habla de un carrusel se hace referencia a una atracción, de feria o estable, en que una serie de elementos van dando vueltas sobre un mismo eje. Los más emblemáticos son los caballitos, pero hay vehículos y animales de todo tipo que los más pequeños, y los no tanto, disfrutan durante un rato como si estuvieran conduciendo un medio de transporte de verdad.
Si hablamos de fútbol, el término carrusel también es muy conocido. Por analogía, es el programa, habitualmente de radio, en que se conecta con todos los estadios en que se están jugando partidos y se va informando del resultado, del juego, de las incidencias y de todos los hechos que acontecen. El hecho de ir cambiando de campo, que todos los escenarios vayan pasando por delante de los ojos del espectador mientras este permanece quieto y no hace nada, provoca un parecido con los carruseles de feria, aquellos en que los padres están quietos y ven pasar todos los elementos que van girando con los hijos dentro.
Los carruseles futbolísticos, por lo menos en España, van perdiendo peso en los últimos años. La tendencia de las competiciones a ocupar todo el espacio horario del fin de semana, incluso de los viernes y los lunes, provoca que casi no se jueguen partidos a la misma hora. Esto hace inviable ir cambiando de campo para saber cómo está el resultado en cada lugar. La televisión y los nuevos tiempos rompen una tradición que yo, en primera persona, viví durante muchos años. Mi afición por este deporte arranca, cuando solo tenía siete u ocho años, de las largas tardes del sábado y del domingo y de las noches de los miércoles, cuando se juntaban partidos de las tres competiciones europeas. Cuando conectaba el viejo transistor de mi padre y la imaginación me llevaba a aquellos sitios donde no había estado nunca. Ocho o nueve partidos a la vez de Primera División y otros de Segunda, o conexiones con diferentes países europeos, en estadios que iban desde el Comunale de Turín o el viejo Das Antas al campo del Dukla de Praga o del Flamurtari de Vlora albanés. Un ritmo trepidante e la entrada de conexiones, aquella emoción cuando uno de los locutores gritaba “goooooooool” hasta que no aclaraba dónde era y quien había marcado. Los carruseles, cuando te explicaban como había ido todo porque no podías ver los resúmenes de los partidos hasta avanzada la noche, eran fantásticos.
Unos años más tarde empecé a cultivar otra afición. Los libros de suspense, de misterio y de asesinatos por resolver. El interés se inició en Calella, la villa costera en que pasaba mis vacaciones de infancia, y me la inculcó mi cuñada Montse, que entonces leía libros de la inigualable Agatha Christie. Historias cerradas, perfectas, en que no se escapa ningún detalle y con giros finales extraordinarios, donde el asesino es siempre quien menos esperas.
De mi afición lejana por el fútbol y por las historias de misterio con zarandeo final arranca la necesidad de escribir este libro. En el transcurso de sus capítulos, mi interés es que os sintáis como yo cuando era pequeño, delante de la radio esperando que en el Camp Nou, en el Bernabéu, en Balaídos o las míticas Las Gaunas pasara algún hecho importante. En este caso sucederán en ciudades europeas. Deseo también, con toda la modestia, que paséis ratos agradables con la trama y que os conduzca a un final sorprendente, al final del carrusel.
LA PREVIA DEL PARTIDO
Los partidos de fútbol se juegan en dos partes que suman un total de noventa minutos pero que pueden ser más por los descuentos decretados por los árbitros o las prórrogas y las tandas de penaltis, en caso de eliminatorias. Pese a ello, antes del pitido inicial ya se empieza a jugar. Son las previas, todo lo que los protagonistas y los medios de comunicación dicen del enfrentamiento en los días anteriores. Con frecuencia estas condicionan lo que pasará después en el terreno de juego.
1
Pensaba que en aquel momento se acabaría su vida. No la suya, físicamente, pero sí interiormente. Dicen que la muerte de un hijo es el peor trance que puede afectar a una persona. Él se enfrentaba a que esta posibilidad se cumpliera en breves segundos. Sería como si dejara de respirar.
El Chico permanecía sentado en una silla y con un guardia a cada lado. Cada uno de ellos llevaba un fusil colgado de las espaldas. Sin duda, excesivo para acabar con una persona de quince años. Pero era lo que había. En ese momento, el Hombre se preguntaba cómo había podido llegar a esa situación. Cómo sus jefes le habían engañado para aceptar el caso y cómo se había creído que se trataba de un asunto de poca importancia, que resolvería pronto. En los últimos años su carrera había sido meteórica. Su nivel de acierto y de casos resueltos, espectacular. Había ascendido más rápido que ningún otro agente de la historia del cuerpo y esto había provocado que se revistiera de esa pátina de invulnerabilidad. Ahora sabía que esto le había hecho bajar la guardia y cometer errores, unas equivocaciones que le habían conducido hasta este momento.
El chico hacía dos días que había sido raptado de su casa. Justo después de que su padre hubiera encontrado el hilo de dónde tirar. Un caso de apuestas en el mundo del fútbol. Unos cuantos dirigentes y jugadores corrompidos, unos pronósticos con dinero por Internet sospechosos y después fraudulentos, un grupo de detenidos, habitualmente los últimos desgraciados de la cadena, y expediente archivado.
Pero el Hombre no tenía bastante con un tramo del hilo. Quería todo el ovillo, quería llegar arriba, a saber quién era el responsable máximo de una organización que había sido la causante de millares de fraudes a gran escala en todo el mundo. Sedes en el Extremo Oriente, sobretodo en Singapur, y predilección por la liga inglesa, la más popular y rica. Y no solo en partidos de renombre, con el Arsenal, el Chelsea, los dos equipos de Manchester o el Tottenham, Un Tamworth-Harrogate, un Colwyn Bay-Solihull Moors o un Fanborough-Maidenhead United de cuarta o quinta división podían ser susceptibles de generar mucho dinero a través de la red. Llegar al responsable máximo sería un punto más en su brillante carrera.
Sus jefes le habían avisado. Tan solo una semana antes, el teniente Frank Grey le había parado en medio del pasillo y le había explicado su experiencia.
—Esto no es ninguna broma. Esta gente tiene muy mala leche. Ve hasta donde debas, hasta donde puedas investigar y detén a quien haga falta detener, pero hasta un límite. A partir de aquí, es territorio de minas y todavía más para un solo hombre. No muevas el avispero o te vas a arrepentir.
Pese a esta advertencia, la situación era demasiado tentadora. Uno de los detenidos fue extraordinariamente explícito desvelando detalles. Condujo al Hombre a un piso franco situado al norte de la ciudad. Fue un éxito. Un comando de agentes entró de madrugada, sobre las cinco. No todo el mundo dormía. Alguien controlaba los partidos que en ese momento se jugaban en Australia. Alguien que iba armado y que fue reducido cuando quiso plantar cara. Seis personas más, de procedencia asiática, dormían allí. Tres chinos de Hong Kong, dos hombres de Singapur y un sexto de Tailandia. Todos con los papeles en regla en el Reino Unido.
El interrogatorio fue, por decirlo corto y mal, intenso y particularmente irresistible para uno de los dos de Singapur. Resultó ser un primo de un hermano de un pariente del hijo del tío del abuelo del jefe. Del jefe de la zona se entiende, que tenía acceso directo al número 1 de la organización.
—¿Quién es? ¿Quién diantre es? —preguntó el Hombre cuando se cumplía la cuarta hora de preguntas en una de las salas del MI6.
—¡No te conviene saberlo! —respondió el detenido, visiblemente agotado—. A mí me matará, pero a ti te puede hacer algo peor si vas a por él.
—Te matará igualmente, desgraciado. O irá a por tu familia. Sabemos que la tienes aquí en Londres. Y sabemos también que los papeles de Fátima… se llama Fátima, ¿verdad? Los suyos y los de tus dos hijos pueden ser revocados antes de que finalice la semana. Aquí son blanco fácil, pero si los hacemos volver a casa no durarán ni dos minutos. Y sabes que no nos cuesta demasiado decir por ahí quien ha cantado ante la policía en los interrogatorios. Ya podrás decir lo que quieras, serás conocido como delator en el futuro.
El asiático no tenía escapatoria y dos horas más fueron suficientes para que desvelara detalles cruciales. Nombres de dirigentes implicados, de futbolistas corruptos, y que se conocieran algunas de las manos derechas del número 1 de la banda. Un escándalo que hizo zozobrar al país cuando The Guardian lo publicó en su portada a la mañana siguiente.
Hacía una semana que esto había ocurrido. Solo habían necesitado cinco días para saber quién había sido el policía responsable de la filtración a la prensa y de donde la habían sacado. Mientras tanto, habían conseguido introducir una píldora con cianuro en la cárcel donde el delator permanecía encerrado. Este, cuando la vio, supo lo que tenía que hacer. Murió en cuestión de minutos. Con ese acto salvaba a su familia de la venganza.
Dos días después, el Chico vio como en el trayecto entre el instituto y su casa era asaltado, a plena luz del día, por dos hombres que, ante tres de sus mejores amigos, lo metían en una furgoneta y se lo llevaban.
La reivindicación no tardó en llegar y las condiciones eran claras. Intercambiarían al hijo por su padre, y nada de agentes de apoyo. Ahora llegaba el momento de la operación. Pero el Hombre no había sido tan pardillo de entrar solo en la jaula. Tenía policías en el exterior de la nave del este de la ciudad donde había sido citado y una unidad móvil a medio kilómetro.
2
El Hombre entró en la sala y mostró que iba desarmado. Los dos guardias lo cachearon. El Chico estaba delante, con los ojos tapados y atado a una silla. Uno de los dos encargados de su seguridad le quitó la venda de los ojos.
—¡Papá! —exclamó el Chico al verle la cara.
—¡Hijo! No te pasará nada, ya verás. Pórtate bien y haz lo que te digan.
—¡Pero yo no te quiero dejar aquí! ¡Quiero que vengas conmigo!
—Está todo controlado, hijo, ve con ellos y regresarás a casa. Todo se habrá acabado.
—¿Y a ti? ¿Qué te pasará?
—Nada, ya verás. Haz lo que te digan.
El Chico fue conducido fuera de la sala mientras su padre era atado a la misma silla. Su respiración se tornó más profunda. Allí hacía un calor de mil demonios, no había ninguna ventilación. Pensó en cómo tenía que haber sufrido el Chico durante dos días en estas condiciones. Uno de los dos guardianes, el más alto, tapó con una venda los ojos del Hombre. Cuando apenas habían transcurrido unos segundos se oyó una voz.
—¿Así que usted es el policía que pensó que podía acabar con nosotros? Vaya, vaya.
No había posibilidad de respuesta. El Hombre estaba amordazado.
—No creo que me haya hecho caso en el tema de venir sin policías. Da igual, mis hombres se habrán encargado de esto. Tiene un hijo muy bien educado, se ha portado muy bien durante estos dos días. Espero que su padre sea igual.
Silencio y continuación.
—Esto es un aviso, inspector. Ha llegado usted demasiado lejos en esta investigación. No ha sobrepasado la última línea roja y no quiero que la sobrepase. Ha sido un aviso. Somos capaces de secuestrar a su hijo y las próximas pueden ser su hija o su esposa, o sus padres. Deje el caso. Es mayor de lo que usted cree y la próxima vez no dudaré en matarlo. Ahora no me conviene esta publicidad. Somos gente de paz que llevamos a cabo nuestras… actividades sin que nadie salga dañado. Pero solo si no nos molestan. Espero que lo haya entendido.
Y entonces ninguna palabra más. El Hombre permaneció sentado en la silla, en ese ambiente sofocante, un periodo de tiempo que no supo calcular, posiblemente una hora. Entonces escuchó un sonido, alguien que abría la puerta y le quitaba la venda de los ojos. Era un agente de policía. También le arrancó el pañuelo de la boca.
—¿Dónde está mi hijo? ¿Qué ha pasado?
—Su hijo se encuentra en casa y perfectamente, inspector —respondió el agente.
—¿Y la operación, cómo ha ido?
El policía tardó unos segundos en responder.
—¡Que cómo ha ido, joder!
El teniente Grey hizo su entrada en la sala y se dirigió al Hombre.
—No muy bien. Por este motivo hemos tardado en entrar desde la unidad de apoyo. Cuando hemos llegado a las puertas de la nave hemos encontrado a los cuatro agentes que te acompañaban muertos, algunos estrangulados, otros con tiros por la espalda. No podíamos contactar con ellos y hemos iniciado el asalto desde lejos, pero aquí dentro ya no había nadie.
El Hombre cambió la cara. Por primera vez en muchos años fue auténtico miedo, no tanto por lo que había sucedido, que era trágico, sino por lo que podía pasar.
—Tenían razón —dijo en voz baja—. Esto es mayor de lo que pensábamos.
PRIMERA PARTE
Comienza el partido en Zagreb
Los partidos de fútbol empiezan con el saque desde el centro del terreno de juego, en que el balón debe rodar hacia adelante. El gran círculo que rodea este punto sirve exclusivamente para este momento, para que los jugadores del equipo rival se mantengan a una distancia de 9,15 metros de quien la pone en movimiento.
Era la primera vez que Dragan iba al estadio a ver un partido de fútbol. Un partido de los buenos, se entiende, no como los que estaba habituado a seguir en los campos de al lado de casa, donde lo máximo que se veía era el balón volar de un lado a otro sin ton ni son. Hoy iría a ver un partido de Primera División croata, entraría en el estadio Maksimir, aquel que había visto de lejos pasando con el coche de su padre o por televisión, sobre todo cuando jugaba la selección. Dragan Mršić tenía diez años. Los había cumplido el día antes, un aburrido viernes de colegio del mes de abril que él deseaba que pasara rápido. El buen tiempo había llegado y nadie quería estar encerrado entre cuatro paredes durante tantas horas. Y esta semana tenía aquel gran incentivo. Tenía que llegar el sábado, el día en que, como regalo, iría al campo grande.
Desde hacía tiempo el fútbol era casi una obsesión para Dragan. Desde que había empezado a jugar con el equipo de la escuela lo intentaba seguir todo. Con sus compañeros de clase inventaba situaciones, durante el recreo, en que imaginaba que sonaba el himno de la Liga de Campeones y él era uno de los protagonistas. En casa, sus padres habían sido del Dinamo de Zagreb desde siempre. Incluso en los años posteriores a la independencia del país en que había adoptado nombres tan postizos como Gradanski o Croatia Zagreb. Pese a que Dragan también era fan del equipo, tenía que ver cada año como llegaba a duras penas a la fase de grupos y era goleado con frecuencia. Por eso, como sus amigos, había decidido hacerse aficionado de un equipo extranjero. Y él era del Real Madrid. Su padre, Ivan, un hombre alto, enjuto y en la cuarentena entrada de años, le había dicho que ese club había sido el mejor de la historia y que fichaba a los jugadores que quería para ganar títulos y más títulos. Pero a Dragan lo que más le fascinaba era el uniforme blanco. Daba la sensación de que convertía a aquel equipo en el bueno de la película, delante de los otros, de múltiples colores, que eran los malos. ¡Cuántas disputas le había valido esto, en clase, con su amigo Sasha! Él era del FC Barcelona, el rival más encarnizado de los blancos y que tenía muchos simpatizantes en su colegio. Pese a ello, a Dragan le gustaba llevar la contraria y sentirse diferente.
Pese a que la liga local croata era una competición que no se podía comparar ni con la Liga de Campeones, ni tan siquiera con la inglesa, la italiana, la alemana o la española, que seguía por televisión, Dragan quería ir al Maksimir a ver un partido importante. La federación de fútbol había decidido que, contra lo que solía suceder, aquel sábado se jugaría a mediodía, justo antes de comer. La competición del país perdía interés por momentos. Hacía falta que la gente volviera a los estadios para conseguirlo, no se podía luchar contra el fútbol televisado de competiciones más potentes u otros entretenimientos bastante más atractivos.
El Dinamo-Rijeka de aquel 9 de abril tenía que comenzar a las 11.30 horas. Seguramente por ello, los alrededores del estadio estaban más llenos de gente que de costumbre. El club, con buen criterio, había decidido establecer precios infantiles simbólicos para que las familias fueran juntas al campo. Era cuestión de pasar una mañana divertida rematada por un partido que jugaban los dos primeros clasificados de la liga, un duelo del que podía salir el campeón.
—Faltan diez minutos para empezar y aún tenemos que pasar por los tornos y el control de entrada, nos vamos a retrasar —decía Ivan a su hijo y a su esposa Jelena.
—No te apures —replicó ella—. El partido dura noventa minutos, tendrás tiempo de estar sentado en unas localidades muy cómodas. Y yo tendré tiempo de leer mientras me da el solecito en la cara.
A Jelena Mršić no le gustaba el fútbol. Amaba a su marido y a su único hijo, pero la sacaba de sus casillas que pudieran pasar tantas horas ante el televisor viendo la pelota yendo arriba y abajo. Cuando conoció a Ivan ya conocía su afición por el deporte. Ambos habían hecho grandes excursiones por el país, muchas salidas por parajes no solo de Croacia, sino también de los países que habían conformado la extinta Yugoslavia. Además, ella lo había acompañado en los partidos de baloncesto, otro de los entretenimientos nacionales, que su marido había practicado de joven. Incluso Jelena llegó a jugar alguna temporada. Lo que se hace cuando se tontea, que se quiere practicar la misma actividad que la persona amada. Pero sentarse y no hacer nada no iba con ella. Por eso ya pensaba en cómo podía pasar el rato dentro del estadio durante el partido, aparte de leer la novela que, de manera previsora, se había traído de casa. Lamentablemente, los estadios croatas aún no están adaptados al entretenimiento para aquel a quien no interesa lo que sucede en el terreno de juego.
La mañana, hasta ese instante, no había estado mal. La familia se había levantado temprano. Había salido de su casa de las afueras de la ciudad y había tomado un buen desayuno en el parque de al lado del estadio. Allí, Dragan pudo correr un rato tranquilo y jugar con su padre con el balón que siempre llevaba en el coche. Mientras, Jelena leía al lado de un árbol. Un momento de tranquilidad después del trabajo de toda la semana. La mujer era administrativa en una empresa de material de construcción. Horas y horas sentada delante del ordenador y después todas las tareas de la casa. Aunque no se podía quejar. Ivan asumía la parte que le correspondía, pese a que su trabajo le exigía viajar mucho y estar días y hasta semanas en el extranjero. Urgía aprovechar el tiempo que quedaba para hacer actividades en común.
En un momento del improvisado partido que jugaban padre e hijo, el balón impulsado por Ivan fue lejos. Dragan fue a por él, pero no hizo falta. Estaba en las manos de un hombre extraño, como salido de un cuento infantil, de esos que a primera vista no sabes si es de los buenos o de los malos. Debería tener unos cincuenta años e iba hecho un harapiento, con una gabardina de color gris, zapatos con algún agujero y una especie de sombrero.
—¿Es tuya? —dijo a Dragan con una sonrisa en la boca.
—Sí, mi padre la ha chutado y no la he podido agarrar —respondió el chico con miedo a que el hombre le hiciera algo.
—Pues ya te la puedes llevar, no está lo bastante buena para comérmela —exclamó este con una risotada—. ¿Cómo te llamas?
—Soy Dragan.
—Yo me llamo Milan y este parque es como mi casa —se notó un aire de resignación en aquella frase—. ¿Qué haces aquí?
—He venido a jugar un rato con mis padres antes de ir al fútbol. A ver el partido del Dínamo, ¿sabes?
—Sí, sé que el Dinamo juega ahí, en el campo grande este de aquí al lado. Y la selección. Pero no he entrado nunca. A gente como yo no la dejan entrar a estos lugares.
—¿Por qué?
—Pues…
Milan se disponía a hablar, pero un grito les interrumpió.
—¡Dragan, vuelve ya con el balón, que se hace tarde! —era la voz del padre.
—Lo siento, me tengo que ir. Gracias por devolverme el balón —dijo el chico dirigiéndose a la persona que acababa de conocer.
—De nada —respondió Milan—. Si regresas para ver algún partido del Dinamo, ya sabes dónde encontrarme. Quizás hagamos unos toques. Cuando era joven había sido futbolista.
—¿Ah sí? —repuso Dragan con curiosidad—. ¿Y de los buenos?
—Bastante bueno —respondió el otro enorgullecido—. Pero no en Zagreb. Jugaba en Mostar, en Bosnia. Eran otros tiempos.
El encuentro con Milan había sucedido hacía cincuenta minutos y ahora estaba a punto de iniciarse el partido. El personaje ya casi no estaba en el recuerdo de Dragan, que no había contado nada a sus padres por miedo a que le recordaran aquello de que no se tenía que hablar con extraños y le pegaran una bronca. Ahora importaba entrar en el campo en seguida.
—Muestra la entrada a este señor, Dragan —decía Ivan mirando el reloj.
—¿Y cuando hayamos atravesado esta puerta ya estaremos dentro? —preguntó el chaval.
—Casi, no te pongas nervioso.
—¿Y escucharé el himno del equipo y lo podremos cantar?
—Pues sí, pero si no te das prisa ya habrán comenzado cuando lleguemos.
Las entradas de la familia Mršić no eran de las caras ni de las baratas. Estaban bien situadas y, pese al aumento de público respecto a los dos mil espectadores habituales en un estadio para cuarenta mil personas, observaron que se podían cambiar de zona sin demasiados problemas. Había muchos asientos vacíos.
Justo cuando se acomodaban, sonó el himno del Dínamo y ambos equipos saltaron al terreno de juego. A Dragan ya le pareció que aquello no era como en la Champions. El sonido de la megafonía no era tan potente como el que se intuía en los partidos de la tele y los jugadores no tenían la misma calidad que los de los grandes equipos europeos. Pese a estas diferencias sustanciales, le gustaba estar allí para contarlo el lunes en la escuela.
El Dínamo vestía su indumentaria habitual, completamente azul. Dragan sabía que tenía cuatro puntos de ventaja sobre el Rijeka, el visitante de hoy. Recordaba el nombre de esta ciudad porque una vez había ido con sus padres. Fue una calurosa jornada de agosto en que Jelena había pedido a Ivan pasar unos días en la playa, y Rijeka estaba al lado del mar. Pese a tener solamente seis años, Dragan recordaba haber alucinado con el estadio situado al lado del agua, un hecho que convertía el lugar en casi mágico. Su padre le había contado que era el estadio Kantrida, uno de los más bonitos de Europa por el paraje donde estaba situado. Hacía unos meses le había sabido mal cuando había conocido por la televisión que el Rijeka había construido un nuevo estadio y ya no jugaría más en el Kantrida. Le hubiera gustado volver para ver un partido de fútbol por una parte y la costa del mar Adriático por otra. Sentía simpatía por el Rijeka y, además, como Dragan era del Madrid, se puede decir que no sabía demasiado si animar al Dínamo, que se suponía que era lo que tenía que hacer, o a aquel equipo, también vestido de blanco y que venía de un lugar tan fantástico.
Casi dos horas después, el partido había finalizado. El Dínamo se había impuesto por 2-1. Había sido un partido animado en que los locales habían tenido que remontar un gol inicial del conjunto costero. Dragan casi se duerme a mediados de la segunda mitad porque ya se sabe que cuesta que un niño de diez años mantenga mucho rato la concentración. Pero al final disfrutó mucho, con el gol del equipo de casa faltando cinco minutos para el final y el griterío de los aficionados. Parecía la Champions, aunque fuese de día y el sol luciera, no como en los partidos nocturnos de la competición europea.
—¿Te ha gustado el partido? —le preguntó su padre bajando las escaleras de salida.
—Sí, sobre todo cuando han celebrado el segundo gol y todo el mundo se ha alegrado. Me han dado un poco de lástima los del Rijeka, pero alguien tiene que ganar, ¿verdad mamá?
—No sé —respondió Jelena— ya sabes que no entiendo demasiado este deporte. Pero si tanta gente ha gritado debe ser porque el gol era importante.
—¡Claro que lo es! ¡El Dínamo casi ha ganado la liga! —respondió el chico ofendido.
En ese momento, Ivan se paró.
—¿Qué pasa por allí, por qué hay tanta gente reunida?
—Tras una de las gradas de detrás de la portería del campo, la que daba al parque Maksimir, un gentío se agolpaba detrás de una cinta de color amarillo amarrada a un par de farolas y a la pared del estadio. Parecía que el espectáculo que se veía era interesante, ya que todo el mundo se acercaba a mirar, pero la policía intentaba alejar a los que se aproximaban.
—¡No se detengan, dejen que la policía haga su trabajo!
Se oían gritos de sorpresa y también algunos chillidos cuando los que llegaban veían lo que las autoridades querían ocultar. Dragan no se pudo resistir y, tirando de la mano a su padre, hizo que se acercara al grupo. Como no veía, ya que todos eran más altos, en un momento en que Ivan se despistó se soltó de su mano y se metió entre las piernas de todos.
—¡Dragan, no hagas esto, ven aquí! —fue lo último que oyó decir a Jelena.
Cuando llegó a la altura de la cinta miró en medio de las piernas de los policías. Vio una imagen que no olvidaría nunca. Un hombre, con una indumentaria que le era familiar, estaba como sentado en el suelo, apoyado en la pared. Parecía que durmiera, pero Dragan supo pronto que no era así por dos detalles: el primero era que no se movía, pese al ruido que le rodeaba y que hacía inviable cualquier modalidad de siesta. Y, sobre todo, por el chuchillo que tenía clavado a la altura del corazón. El chico levantó la mirada y, mientras un policía lo retiraba de la zona, vio la cara del hombre. Un escalofrío le invadió y sintió como si oscuros nubarrones taparan el sol en un día tan brillante. La imagen que tenía delante era la de Milan, aquel extraño personaje con quien había hablado solamente tres horas antes. El futbolista de Mostar. Y estaba muerto.
Minutos de tanteo en Lyon
Los primeros minutos del partido suelen servir, en muchas ocasiones, para que los dos equipos vean cómo jugará el adversario y decidir qué táctica utilizará para vencer su resistencia. Suele ser una especie de tregua inicial que se irá rompiendo a medida que transcurran los minutos.
Una pereza descomunal. Levantarse un sábado por la mañana para ir a trabajar debería de estar prohibido. Era primavera, pese a que hacía pocos días que se había entrado en esta estación de manera oficial y en el centro de Europa el calor no se manifestaba hasta bien avanzado mayo. De todas formas, empezaba a hacer buen tiempo y por la ventana veía que no era uno de esos días nubosos que había estado invadiendo el sureste de Francia las últimas semanas. A pesar de este escenario prácticamente idílico, él tenía que ir a pasar el día en una especie de búnker. De lujo, pero un búnker, al fin y al cabo. Hubiera querido quedarse en la cama media hora más, levantarse con tranquilidad e ir a desayunar leyendo el periódico, pillar a Doris y a los niños e ir a pasar el día a cualquier lugar donde le diera el sol y empezar a cambiar el color de piel, tan blanquecino. Pero no podía ser. Era el precio que tenía que pagar por una tranquilidad que en este momento de su vida le era imprescindible. A veces, trabajar en fin de semana. Y este, tocaba.
—¡Llegarás tarde, querrás entrar a ducharte y se te habrá avanzado Josh, como cada día! —dijo ella con gesto de madre de familia profesional y concienzuda.
—¡Aaaaaaaggghhhhhhhhhh!!!! —respondió él bostezando ruidosamente al estilo oso en plena finalización del periodo de hibernación—. Deberían de prohibir que existieran estos días, tendría que estar penado y castigado con la cárcel.
—Pues solicita que hagan una ley al respecto. Si recoges firmas, me apunto —respondió Doris iniciando una sonrisa burlona—. Además, tú tienes influencia con las autoridades, si lo propones seguro que te hacen caso.
—Eres mala y lo sabes —volvió a refunfuñar George mientras se pasaba la mano por su frondosa mata de cabello castaño, ahora desordenado.
La casa unifamiliar de los Mitchell, situada en la zona más adinerada de una ciudad de nivel de vida bastante alto, se empezaba a despertar poco a poco. Portazo. En el cuarto de baño. Y unos quejidos de fondo. Los mismos de cada mañana.
—¡Mamááá, he perdido a Jack, no está!
—¿Lo ves? Josh ya ha entrado a ducharse. Ahora te hará esperar y llegarás tarde —reprochó Doris a su marido, que ya volvía a estar en posición durmiente—. ¡Ya vengo, cariño, seguro que te ha caído debajo de la cama! —gritó multiplicándose hacia su hija, que hacía pucheros en la habitación de al lado por la pérdida circunstancial de su juguete preferido.
Los Mitchell eran una familia típica británica. Bien, si consideramos típica al marido, a la esposa y a dos hijos, uno adolescente y una niña. George y Doris se habían conocido en la universidad y desde entonces habían querido estar juntos. Cuando eran muy jóvenes, seguramente demasiado, con la perspectiva que dan los años, se quedaron embarazados. Josh, el primogénito, se presentó sin avisar y condicionó su vida, que ya nunca más sería la misma. Sobre todo la de ella. Doris decidió aparcar, quien sabe si definitivamente, sus sueños profesionales y dedicarse a cuidar de la familia. Pero desde la retaguardia también se ganan batallas, y eso lo sabía George. Porque George no era general del ejército en tiempo de guerra, pero sí que había hecho una meteórica carrera como policía. Y brillante.
—¡Venga, Josh, acaba! —empezó a chillar con su buen humor matinal habitual el patriarca—. No sé qué hace este chico en el cuarto de baño todas las mañanas. ¡Está más rato que tú!
—Ya lo sabes, lo que hace. Algún día se llevará dentro la enciclopedia británica —se burló Doris—. ¡Hijo, venga, sal, que papá tiene que ir a trabajar!
Así, a los 22 años recién cumplidos los dos, George y Doris tuvieron a Josh y se independizaron de la protección de los respectivos padres. Una independencia con matices. La ayuda de la familia, económicamente hablando, de ambos lados permitió que él pudiera ahorrar dinero de los primeros trabajos y que ella cuidara del pequeño. Los Mitchell, de la generación superior, se entiende, y los Cullen, los padres de ella, no se puede decir que fueran gente de la que pasa hambre. Vivían todos cerca de Piccadilly, en Londres, en casas que no se consiguen con poco patrimonio.
—¿Ves cómo Jack está aquí? Ya te decía que no tenías que llorar, vida —dijo Doris a su hija, que había dejado de gritar.
—He soñado que venían unos cazadores y que se lo llevaban y él no paraba de pedirme ayuda y yo no me podía mover —respondió la pequeña Jessica, que se encontraba en esa fase de la infancia en que la imaginación lo es todo.
La carrera de George en la policía de Londres fue vertiginosa. Intervino en investigaciones a todos los niveles. Destacaba por su gran capacidad analítica, un hecho del que se dieron cuenta pronto sus jefes, y que le distinguía de ser el simple agente de calle. Ayudó a resolver casos de gran complejidad y fue ascendiendo hasta llegar a ser inspector de la policía secreta, el MI6.
Paralelamente a su agitada vida policial se desarrollaba la familiar. Era complicado. Cada vez el trabajo le exigía más horas y podía pasar pocas con Josh, que ya había crecido mucho. Su matrimonio atravesó por momentos de todo. Doris tuvo con frecuencia aquella sensación de haber sacrificado su vida, su progresión profesional, que hubiera sido igualmente brillante, para favorecer a su marido, que muchas veces no estaba en casa los días señalados, por el aniversario de Josh o cuando supo que Jessica venía en camino. Por eso, y por lo que sucedió después, ver a su marido levantarse un sábado por la mañana para ir a trabajar a la oficina era gloria para ella. Era lo que más se aproximaba a la familia ideal que siempre había soñado. Ni que fuera en una ciudad extranjera.
—¿Ya te has duchado? Sí que te has apresurado.
—Por fuerza. Tengo que estar en la central a las nueve y mira qué hora es. Afortunadamente el tráfico no es el de Londres. Alguna ventaja tenía que tener esto de vivir en Lyon —dejó ir mientras arrancaba el cuerno de un genuino croissant francés—. ¿Qué tienes pensado para hoy?
—Hemos quedado con Rachel a media mañana. Iremos al parque con los chicos un rato y a dar una vuelta por la ciudad. Andrew no está, se fue de viaje el miércoles, así que nos haremos compañía mutuamente.
—Ha sido realmente una suerte que encontráramos a los Sinclair y que nos hayamos hecho tan amigos. Hubiera sido complicado empezar a hablar con Pierres y Jacquelines de buenas a primeras. Mejor un poco de adaptación previa —dijo él mientras se tomaba el zumo de naranja.
—¿Y qué tal tú? ¿Acabarás temprano? —preguntó esperanzada.
—Lo espero. Estando de guardia un fin de semana no se sabe nunca, pero no hay demasiados temas colgando. Será cuestión de que no aprovechen este día de abril para llevar a cabo una operación súper secreta en cualquier lugar del mundo y tengamos trabajo extra, nunca se sabe.
—A ver si puedes llegar para la cena, como mínimo —deseó Doris.
George se levantó de la silla rápidamente, se puso la americana y fue a buscar la cartera. Una cartera que no era poca cosa. Forrada de cuero de calidad y con un asa con buenos acabados y unas letras en medio: “Interpol”.
—¡Adiós niños! ¡Papá se va! —gritó hacia arriba de las escaleras para que lo oyeran.
—¡Adiós papá, atrapa a muchos malos! —exclamó Jess, que ja estaba despierta
—¡Adiós Josh! —dijo él esperando la respuesta de su hijo.
—Hasta luego —se oyó lacónicamente desde arriba en un tono que, no por habitual, no dejaba de molestar al cabeza de familia.
—¡Déjalo! Debe volver a estar leyendo —lo disculpó Doris.
—Tendría que leer menos y hacer más deporte y actividades, este chico. ¡Con quince años no se tendría que estar tanto en casa! —repuso afectado.
—Para él no es fácil. Ponte en su piel, tantos cambios, tanto estrés como vivimos el año pasado y ahora un cambio de país. Déjale tiempo.
—Por lo menos de esto sí que tenemos, ahora. Tiempo y tranquilidad —dijo George Mitchell, dando un beso a su esposa y abriendo la puerta para irse al trabajo.
Dominio del balón del equipo local en Zagreb
Pasados los minutos de tanteo, que suelen ser pocos, uno de los dos equipos suele asumir el control de la situación. En la mayoría de ocasiones, si no hay mucha diferencia de nivel entre ellos, suele ser el local el que toma la iniciativa por la mayor necesidad de vencer o sumar los puntos.
—Así, ¿no has visto más a este hombre desde esta mañana hasta que ahora ha aparecido aquí muerto?
El agente de la policía criminalista de Zagreb Ivo Brozić era el encargado de interrogar a las personas que acababan de presenciar el partido y que, viendo lo que sucedía en el exterior del campo, se habían ofrecido a colaborar con las autoridades. Tras aclarar la zona de curiosos, histéricos y autores de selfies macabras con el cuerpo inerte como fondo de pantalla, los agentes habían solicitado la colaboración ciudadana. Media hora después de la aparición, mientras los investigadores intentaban encontrar pistas, ellos eran los encargados de separar el grano de la paja, por lo que respecta a testigos del incidente. Y había mucha paja por separar.
En casos como este, la aparición de un muerto en un lugar público, son muchas las personas con ganas de protagonismo que desean que se les haga caso. Otras deben haber visto cosas extrañas, sospechosas, cuando realmente no ha pasado nada. También es cierto que las novelas de vísceras, suspense y asesinatos han hecho mucho daño. De entre todos los que parecían más creíbles, la familia Mršić cumplía con todos los parámetros. Y de ellos, el pequeño Dragan se había mantenido firme en su primera versión de los hechos.
—No he visto nada, ya lo he dicho. Esta mañana hemos venido con mis padres al parque y me he fijado en él cuando se me ha escapado el balón. Me lo ha devuelto y ha sido muy amable conmigo. Era un hombre extraño. Primero me ha causado un poco de respeto, pero después me ha parecido que no me haría daño.
—¿Usted ha visto algo? —dijo el agente dirigiéndose a Ivan, el padre de Dragan.
—Casi nada. El balón se ha ido lejos, y sí que he visto que mi hijo hablaba con alguien, pero no le he dado importancia porque ha venido enseguida. Mi mujer tampoco se ha dado cuenta de ninguna situación extraña. Ella estaba en otra parte, leyendo. ¿Era alguien peligroso? —preguntó con curiosidad comprensible.
—No lo sabemos aún —respondió Brozić—, todavía están investigando las causas de la muerte. En todo caso, muchas gracias por su ayuda, nos podrá ser valiosa para determinar una línea temporal de hechos. Y gracias a ti, Dragan —dijo girándose hacia el chico—. Nos has sido muy útil.
—De nada. Casi ha sido más emocionante que el partido, lo que ha pasado después —respondió chocando la mano con el agente.
Mientras esta conversación tenía lugar, los investigadores ya habían empezado su trabajo con el cuerpo. Le habían tomado las huellas dactilares y las marcas dentales para buscar en las bases de datos quien podía ser el muerto. Como era de esperar, visto cómo iba disfrazado y su aspecto, no llevaba documentación.
—¿Qué tenemos aquí? —preguntó el teniente Košić, un hombre que habría podido pasar por ala-pivot de la Cibona de Zagreb, el equipo de baloncesto de la ciudad, dada su envergadura.
—Una herida de arma blanca, un cuchillo clavado en el abdomen, pero podría ser que no fuera la causa de la muerte —respondió Ana Matošević, una de sus agentes.
—¿Ah no? ¿Y cómo es eso? —preguntó Košić con los ojos abiertos
—Pues porque la herida es post mortem y, seguramente, la sangre que había en el lugar donde ha sido encontrado no es suya. El forense ha hecho un primer examen de los ojos y las uñas y muestra claros síntomas de hipoxia, de asfixia. Además, cuando le hemos retirado toda la ropa que le tapaba el cuello hemos descubierto unas marcas seguramente pertenecientes a una cuerda grande. Supongo que hace falta terminar la autopsia para determinarlo completamente, pero parece que ha ido así. A este hombre lo han estrangulado.
El teniente quería determinar inmediatamente la secuencia de los hechos.
—¿Así, es posible que este lugar no sea donde lo han matado?
—Pues probablemente no —respondió la policía.
—Teniente Košić, venga a ver esto —gritó uno de los agentes que intentaban encontrar restos alrededor del muerto—. Mire las marcas que hay en el suelo.
Cuando se acercó lo vio a la primera. Unos cinco metros detrás del cuerpo, que aún estaba medio apoyado en la fachada del estadio donde había sido encontrado, se veían restos de sangre. No demasiados, parecían gotitas pequeñas que hubieran podido ser tomadas por pintura, pero después de las conclusiones a las que parecía que se llegaba, era necesario averiguar de donde venía el rastro.
—Vamos a ver a donde van a parar. ¡Seguidme!
Košić, acompañado de tres agentes, fue a buscar más sangre y descubrió que había más gotas en dirección al parque. Una vez llegados a la zona de césped, el rastro se perdía porque era más difícil de encontrar encima de esta superficie que no del hormigón que rodeaba el estadio.
—Hará falta que peinemos este tramo para encontrar el lugar exacto donde ha podido suceder el asesinato. Quizás allí hallemos pisadas u otros indicios que nos ayuden. Empiecen inmediatamente —dijo a sus acompañantes—. Será un asesinato extraño, entre asfixia y apuñalamiento, tendremos que descubrir más tarde que ha sucedido exactamente.
Cuando regresaron al lado del cuerpo de la víctima, la multitud y los testigos casi se habían dispersado. El cuchillo no había sido retirado porque el protocolo decía que no se podía hacer hasta el inicio del examen forense en condiciones e instalaciones adecuadas. Pero de lejos Košić vio algo que le extrañó. Una especie de cartulina que medio salía de uno de los bolsillos de los pantalones del malogrado.
—¡Matošević! ¿Puede acercarse un momento? —dijo a su ayudante—. ¿Qué es eso que le sale del bolsillo a la víctima?
Ella se acercó poco a poco y, provista de guantes y con unas pinzas, extrajo la cartulina del bolsillo. Cuando la giró, vio que se trataba de una foto, de una imagen de un partido de fútbol.
—¿Qué significa esto? —dijo dirigiéndose a su jefe.
—No tengo ni puñetera idea. ¿Qué representa que es?
La foto era, como mínimo, curiosa. Aparecían dos jugadores en lo que se semejaba al sorteo inicial de campos de un partido de fútbol. El de la izquierda llevaba un uniforme totalmente blanco, era un jugador alto, con cabellos oscuros y aspecto serio. Delante, otro con camiseta naranja y pantalones negros. El teniente Košić, pese a su físico, no era un entusiasta del deporte. Le sonaba la segunda cara, pero no recordaba qué jugador era. Seguro que era muy famoso. En la foto se veía claramente como llovía y detrás estaban los tres árbitros, el colegiado principal y los dos jueces de línea, y uno sostenía un paraguas para que el primero no se mojara. Tenía que ser una foto antigua porque no le sonaba haber visto en los últimos años una estampa tan cómica y pensaba que no era habitual, ni que no fuera un fanático de los partidos por televisión.
—¿Usted sabe quiénes son estos jugadores? —dijo al agente
—El de la izquierda no lo sé, no tengo tanta culturilla futbolística, pero sí el de la derecha. Es Johan Cruyff, el jugador holandés, y esto debe ser antes de un partido de selecciones, ya que lleva la camiseta naranja del equipo nacional de su país. La foto será de mediados de los años setenta, ya que aquí se ve que tiene cerca de treinta años y entonces tenía esta edad —respondió con claridad.
—¡Caray, Matošević! —profirió el jefe—. ¡Suerte que no tenía culturilla futbolística!
—Teniente, cuando se crece con un padre fanático del fútbol y tres hermanos que juegan, te queda la información ni que no lo desees. Además yo también había estado en un equipo cuando era más joven. Estamos en los Balcanes, todo el mundo entiende de deportes, aquí —exclamó sabiendo perfectamente que su jefe no era de este conjunto llamado “todo el mundo”.
—Pues hará falta discernir de cuando es esta foto y guardarla bien guardada —repuso Kostic aguantando el ataque frontal a su poca capacidad de tener aficiones comunes—. Y también saber si tiene que ver con el caso. Busque alguno de estos especialistas en el mundo del balón, de estos que saben tanto de fútbol, y que nos diga de cuando es este partido y quienes son los que aparecen en la foto.
La gran cantidad de trabajo que suponía investigar las inmediaciones del lugar de la muerte ya se acababa. Entonces, Kostic recibió una llamada. Respondió al teléfono, colgó al minuto de estar hablando y se dirigió de nuevo a sus colaboradores.
—Nos han confirmado la identidad del muerto. Se trata de Milan Jurić, un ex trabajador de un taller cercano a esta zona. Parece que la empresa cerró hace cinco años y Jurić se quedó en la calle. Hemos descubierto quien era porque teníamos sus huellas de un par de hurtos que ha cometido en supermercados de los alrededores hará poco. Parece que no era peligroso, pero su situación económica no era positiva, como se puede observar a simple vista, y ya se había visto empujado a robar para sobrevivir. No se le conoce familia, o por lo menos él dijo esto cuando fue detenido.
—Algunos de los testigos que vienen al parque nos han dicho que le solían ver deambular por aquí —repuso el abnegado agente Brozić—. Parece que es uno de los pobres de los que casi siempre viven en el parque e intentan aprovechar los días de partido para vagabundear algo o recoger restos de comida que la gente tira. Un pobre desgraciado, no sé quién querría matar a alguien así.
—Pues vamos bien —respondió Kostic— entre el muerto, que no es nadie, y la foto, de la que no sabemos quién aparece, hará falta encontrar una aguja en un pajar.
—¿Qué foto, teniente? —preguntó Brozić.
—Esta —respondió su jefe, mostrándole la instantánea a través de la bolsa de plástico de pruebas en que había sido introducida.
Brozić se la miró y remiró dos veces y al final dijo:
—¡Yo sé de qué partido es esta foto!
—¿Ah sí? —dijo Kostic—. ¡Caramba, cuanta lumbrera futbolística que corre por aquí hoy! ¿Y de qué partido es, si se puede saber? —preguntó a modo de burla.
—Mire qué casualidad. Este partido se jugó en este mismo estadio, el Maksimir, cuando entonces formábamos parte de Yugoslavia. Esto es la semifinal de la Eurocopa 1976 entre Checoslovaquia y Holanda. Lo sé porque mi padre la vino a ver y, de pequeño, siempre me contaba que no se había mojado nunca tanto como esa noche. Se ve que hacía un tiempo de mil demonios. Pero él quería ver jugar a los holandeses, que habían estado a punto de quedar campeones del mundo dos años antes. Y sobre todo a Johan Cruyff, que es el de la derecha.
—Sí, este dato ya lo teníamos. La agente Matošević también es futbolera y me lo ha dicho —respondió—. ¿Y no sabrá, por casualidad, quien es la otra gente que aparece en la foto? —bramó, en tono de broma, queriéndole poner a prueba.
—Casi a todos. De los jueces de línea no tengo ni idea, pero mi padre me había mostrado la foto muchas veces, la había encontrado en un libro o una revista tiempo después y la guardaba para contar a los amigos que había estado allí. El árbitro era un galés que se llamaba Clive Thomas. Y el jugador checoslovaco, el de la izquierda, era un central cuyo apellido era Ondruš. Ahora no recuerdo el nombre de pila. Incluso diría que metió un gol en esta partido o en la final. ¡La final del torneo es esa en la que un tal Panenka metió un gol en la tanda de penaltis dando un efecto extraño al balón y dejando fastidiados a los alemanes! —dijo con entusiasmo, sin ver que el teniente Kostic ya no prestaba atención desde hacía un rato.
—Pues todo esto lo retiene y lo escribe en el informe —dijo, aburrido—. Puede que esta erudición que usted y la agente Matošević poseen nos pueda ser de utilidad algún día u otro.
Primeras combinaciones en el centro del campo en Lyon
La salida natural del balón para intentar una jugada de ataque es el centro. Allí es donde se acumulan más jugadores y puede haber más pases. El problema es que el otro equipo también tiene muchos elementos allí y, por lo tanto, poder pasar por esta zona, considerada ancha, suele ser complicado.
La mañana se había hecho bastante pesada para George. Había llegado pasadas las nueve a la sede de la Interpol de Lyon, una ingente construcción situada al lado mismo del río Ródano, la vía fluvial que marcaba el ritmo de la ciudad. Al lado hay un parque, el de la Tête d’Or (cabeza de oro), cuyo nombre no se podía haber escogido mejor a causa de los centenares de personas que trabajan en el enorme edificio cuadrado y de cristal que centraliza la lucha contra el terrorismo mundial. La Interpol, que tiene los orígenes en 1914 pero que fue fundada oficialmente en 1923, está formada por 190 países y su papel tiene que ser el de enlace de las relaciones entre las policías de todo el mundo. Sus agentes no intervienen habitualmente en acciones sobe el terreno, solo si es en forma de apoyo, sobre todo en el intercambio de datos entre sus asociados. No puede interferir en temas políticos, religiosos, militares o raciales, pero sí tiene un papel capital en la persecución de terroristas, pederastas, traficantes corruptos o criminales económicos de alcance internacional. Con todas estas atribuciones, es normal pensar que la actividad es constante, los siete días de la semana.
Hacía tres meses que George y su familia habían llegado a la ciudad. Después del estrés vivido en los últimos años, de las pruebas a que se había sometido en su antiguo trabajo en el MI6, sus jefes pensaron que le iría bien un poco de “tranquilidad”. A los treinta y ocho años había vivido más que muchos otros policías a su edad. Había ascendido más rápidamente que nadie como consecuencia del ritmo de trabajo que él mismo se imponía para llevar a cabo una ocupación que llevaba en las venas. Pero había aceptado con corrección la decisión de un traslado, de un cambio de aires. Y para Doris y los niños, sobre todo para Josh, también sería una liberación, aquel pequeño exilio. Todos estarían más tranquilos.
Era fácil adaptarse a un lugar como Lyon, una de las ciudades con un nivel de vida más alto de Europa. Una ciudad bonita, tranquila, al lado de un gran río, como Londres, pero totalmente diferente en su funcionamiento. El ritmo de trabajo, además, permitía respirar, no ir siempre tan atareado, y estaba empezando a acostumbrarse. La familia aún no tenía muchos amigos, pero en el trabajo había logrado formar un grupo bastante sólido y amable con tres personas más que formaban su equipo de seguridad.
—¿Esto es lo que llaman la mejor cocina del mundo? Después nos critican a nosotros por la comida basura. ¡Pero si esto no sabe a nada!
