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Un apasionante thriller sobre el mundo de la Fórmula 1. Olivia, hija del difunto piloto Nigel Stewart y Silvia Díaz, ingeniera y jefa de la escudería Astorian, siempre ha querido formar parte del mundo de la Fórmula 1, pero sin estar debajo de los focos. Es por eso que se encuentra en el avión privado del equipo como miembro del cátering cuando Óscar Campbell, uno de los mejores ingenieros de la escudería, fallece por lo que parecen ser causas naturales. Pero algo llama la atención de Olivia: la muerte de Óscar ha llegado en un momento demasiado conveniente para la competencia. El primer thriller ambientado en Fórmula 1, donde nada es lo que parece, cada piloto tiene sus secretos y las escuderías sus propias motivaciones. Te sumergirás en un entramado por conseguir el poder en la categoría reina del motor. La moral y la lealtad están en juego. Cada movimiento estratégico para controlar la carrera pone en peligro la vida de los que van a participar en ella. ¿Lograrán salvarse?¿Logrará Olivia encontrar al asesino de Óscar y salir indemne?
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Seitenzahl: 453
Veröffentlichungsjahr: 2024
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PAOLABOUTELLIER
El último giro
A los amantes de la Fórmula 1 que nunca tuvieronuna novela de ficción donde perderse para disfrutar del paddock.
A Pancho, por la emoción en tus ojos en cada carrera,la misma que cuando me subiste a un kart junto a ti.
A Enrique, por compartir la pasión por este deportetanto como para animarme a escribir sobre él. Te quiero
«Muchos creen que saber pilotar es saber volantear. Saber pilotar es mucho más: es saber frenar. Frenar, hijo, es todo un arte.»
Juan Manuel Fangio, cinco veces campeón del mundo de Fórmula 1
La sed de adrenalina.
La necesidad de reaccionar de manera inminente a las situaciones que nos suponen un riesgo. De donde yo vengo, una condición completamente voluntaria.
Vivo rodeada de adictos al subidón que supone poner su vida en peligro constante.
Nunca olvidaré la primera vez que lo experimenté. El corazón aporreaba mi pecho con ferocidad y, a pesar de ello, no me importaba en absoluto.
En su momento, hubiese dado cualquier cosa por repetirlo durante el resto de mi vida. Por eso no podía culparles. Tampoco se me había pasado por la cabeza hacerlo. Aun así, cada vez que uno de los monoplazas se salía lo más mínimo del trazado, la nuca se me erizaba advirtiéndome de que algo terrible podría ocurrir.
Siempre volvía a pasar.
En eso precisamente consistían las reglas de este implacable deporte. Cuanto más te acercabas al muro, a otro monoplaza o ponías tu vida al filo de la muerte, más gritaban todos de emoción. Durante esos frenéticos segundos, todos los ojos estaban puestos en ti. Algo parecido a hienas carroñeras a la espera de un buen drama.
Quien ha estado dentro de un paddock sabe lo que realmente acontece dentro. Las miradas de rencor entre compañeros, los tejemanejes dentro de cada equipo, la prensa hambrienta de noticias jugosas con las que regalar a los espectadores una gota más de agua, esa que lleva años intentando mantener dentro para que el vaso no rebose y acabe en desastre.
Pero la catástrofe es inminente. Los naipes que han ido formando una voluminosa torre con una baraja ya dañada y vieja están a punto de precipitarse al vacío. Lo veo en sus sonrisas forzadas, en su lenguaje no verbal, en mi madre mientras se enfrenta a la peor entrevista de su vida cuando le preguntan por su mejor amigo muerto.
¿Asesinado?
Aún no nos ha quedado del todo claro. Nadie nos dice nada, por el bien del espectáculo. Sin embargo, en mi fuero interno, lo sé. Es entonces cuando rememoro el momento. Las risas nerviosas por creer que lo que sucede es solo una broma, el instante en que todos en el avión nos percatamos que algo no va bien. Y sus ojos, cerrados con la paz que solo la muerte sabe ofrecer. Inmóviles. La vida se había escapado de su cuerpo para corromperlo con una imagen atroz en su semblante.
Suspiro en cuanto el escalofrío termina de recorrerme la nuca. Ahora nadie saluda sin pensar previamente con descaro si está junto a un traidor; o peor, junto a un asesino. Intento pasear por el paddock mientras mi pelo suelto se enreda a causa del viento que hoy atiza con más fuerza atrayendo a unos nubarrones temibles. Me concentro en analizar a cada persona que, para mi desgracia, creía que era como de mi propia familia. Y, sin embargo, me es fácil, porque se me da fenomenal pasar desapercibida para todos. No soy piloto ni ingeniera ni mecánica. Ni siquiera pertenezco a la prensa. Y eso es lo que más me tranquiliza.
Solo soy una más del catering que intenta no tropezar al mismo tiempo que hace su trabajo de la forma más discreta posible.
Comienzo a comprender que mis amigos no están a salvo, que cada equipo sacará sus mejores armas, sus peores decisiones y su mediocre inteligencia.
Me paro en mitad del cartel de la escudería verde y suspiro. Me digo a mí misma por enésima vez que esto es lo que a todos les excita.
La adrenalina.
¿Y qué mejor que un asesinato para acrecentarla? La prensa se frota las manos con un nuevo fin de semana lleno de desgracia.
Niego con la cabeza. No estoy dispuesta a que mi madre y mis amigos corran con un mayor riesgo del que ya lo hacen. No me importa lo mucho que les fascine el drama, lo relevante que es para este circo el subidón de la tragedia.
Así que después de ver como mi progenitora esquiva con elegancia las preguntas más escabrosas de un periodista, sonrío con un tic nervioso. Después de tanto tiempo negándomelo a mí misma, si pretendo arreglar esto de alguna forma y llegar hasta las profundidades y entrañas de este asesinato, es momento de entrar en escena.
Bienvenidos a mi mundo. Esto es la Fórmula 1.
Hay algunos fenómenos ocurridos en la Fórmula 1 que no mucha gente conoce. La historia favorita de Olivia es la de Armando Sánchez, un piloto que actualmente sigue compitiendo en parrilla. Encontrándose Sánchez en sus inicios en uno de los muchos Grandes Premios que disputaba a lo largo del año, iba comunicando de forma acertada los tiempos en los que se diferenciaba con su contrincante, que le perseguía insistente para conseguir arrancarle la posición. Su ingeniero no comprendía cómo conocía a la perfección los tiempos, dando con exactitud las décimas de segundos. Al principio, este desde el box pensó que había sido pura casualidad o que él mismo se lo habría comentado durante la conversación, y no se acordaba. Hasta que el piloto le confesó que lo veía por la televisión del circuito.
No le bastaba con conducir a una media de doscientos kilómetros hora, cuidar neumáticos, pensar en la estrategia y hablar por la radio, sino que, además, tenía tiempo de ver las pantallas de la propia pista mientras hacía todo lo anterior.
Una circunstancia peculiar algo más vigente fue cuando una vez un ingeniero de la escudería más famosa de todos los tiempos, Stallaro (ya sabéis, esa italiana del caballo), fue llevado al hospital después de haberse negado durante horas, a pesar de estar encogiéndose de un dolor de estómago que no cesaba. Cuando vieron que no podía aguantar más y le obligaron a ir al centro sanitario, aun en el camino iba dando instrucciones a sus pilotos para que estos pudieran mejorar sus marcas. Al final, resultó que era el apéndice, que le había explotado. Después de una operación más larga de lo habitual, el técnico, cabezón como muchos otros en este deporte, decidió que era mejor montar un box alrededor de él en su habitación de la planta de cirugía conforme se recuperaba.
Así que pidieron mesas y sillas extras, no solo para su familia de sangre, sino para la que trabajaba con él día tras día.
¿Resultado? Funcionó: sus pilotos terminaron la carrera en mejor posición que la esperada, restando incluso algunas décimas.
Sabía que la profesión en la que trabajaba no era la más corriente, ni la más fácil; y, por supuesto, tampoco la más segura. Ella no era piloto, su misión era proporcionar la comida a la gente del paddock, pero, aun así, sabía de lo que hablaba. Por eso era incomprensible el hecho de que el ajetreo del aeropuerto a menudo pusiera de los nervios a Olivia. Era algo irremediable por mucho que luchara contra el ardor que le producía su estómago. Puede que fuese por las innumerables películas de aviones estrellados o secuestrados que había visto en su vida o, simple y llanamente, que no comprendía bien los ruidos que hacía un avión cuando estaba en pleno vuelo. Y, ante todo, el miedo irracional que le causaba. Igual le pasaba con la muerte. El temor por no saber qué hay después es lo que le hacía temblar al pensarlo.
Que una máquina de tal tamaño no tocara el suelo le daba la sensación de estar en el límite de lo mágico. Que algo tan pesado pudiera volar, ¿no era ya de por sí sorprendente?
Lo irónico era lo impactante que le resultaba aquello habiendo estudiado ingeniería y comprendiendo el funcionamiento del dichoso avión, pero no era capaz de controlar su terror.
Descartando los propios miedos y traumas, estaba el hecho de lo difícil que las aerolíneas ponían el paso hacia la puerta de embarque. Le resultaba ridículo y con frecuencia cómico. Hasta que recordaba que, gracias a esas medidas exhaustivas de seguridad, iba mucho más relajada en el avión, pero solo cuando se paraba a pensarlo con detenimiento mientras respiraba profundamente para relajarse. Parecía imposible que alguien pudiera meter algo de riesgo en el avión, incluyendo un gel de cuerpo que sobrepasara los cien mililitros. La breve sensación de seguridad se asemejaba a la que había tenido de pequeña desde que se encontraba en cualquiera de los circuitos de carreras. Hasta que ocurrió aquello. La calamidad convirtió su certidumbre en una pantomima, recreando así un espejismo del que no había sido consciente hasta aquel entonces. Solo tenía trece años. Así que su confianza plena en la pista concluyó mucho antes de lo previsto.
El aeropuerto estaba hasta arriba, así que poco le extrañó su torpeza al tropezarse con un hombre y golpearle el hombro derecho. Intentó por todos los medios que una de las mochilas que cargaba en el otro brazo no cayera de manera estrepitosa, ya que provocaría un efecto dominó con el resto del equipaje.
—Lo siento muchísimo —se disculpó en un inglés marcado.
El hombre apenas la miró y sacudió una mano para quitarle importancia. A Olivia le pareció le que le resultaba familiar; sin embargo, no tuvo mucho tiempo de pensarlo. El hombre desapareció corriendo por uno de los pasillos. Ella suspiró y volvió a retomar su camino con hastío.
De cualquier manera, volviendo a su inexplicable sensación con los aeropuertos y la aviación, aquel viaje no iba a ser como cualquier otro. No iba a ir en un avión comercial como era costumbre, sino en uno privado y mucho más exclusivo, solo al alcance de unos pocos privilegiados. A pesar de que, en lo que ya le parecía otra vida, los había frecuentado a menudo, nunca llegaron a gustarle. En el presente no era distinto. Aunque había estado negándose a ello durante años, estirando todo lo posible el momento hasta que se olvidara por completo, Olivia había llegado al límite de su resistencia.
La ingeniera y jefa del equipo Astorian le había pedido que se uniera —por enésima vez— a su catering privado durante el transcurso entre carreras. La realidad era que la Fórmula 1 era un deporte extraordinario. Uno de esos que no te deja tener un sitio al que llamar hogar y, a la vez, de los que parece que el mundo entero te pertenece. Pasas cerca de trescientos días al año fuera del sitio al que llamas casa, pero también podías cruzar el mundo en tan solo una semana, y eso lo convertía en algo absolutamente fascinante y difícil de superar.
Olivia llevaba toda la vida así, entre aviones, hoteles, coches y más pastillas para relajarse en el avión de lo que le gustaría confesar. Y no, a pesar de todo no se había acostumbrado a los dichosos pájaros de metal. Lo suyo era la carretera. El suelo. Todo lo que pudiera controlar y manejar con cierta estabilidad. Y sí, ella ya sabía con certeza que los coches tenían más probabilidades de accidentes que los aviones, una estadística abrumadora en comparación. Si a eso le sumaba que su deporte favorito era de los más peligrosos que existían en la actualidad, el cálculo daba como resultado una fobia totalmente carente de sentido. Irracional.
Terminó de pasar el control y se dirigió hacia la puerta de embarque del avión privado. Tomó su móvil y ojeó el apartado de noticias rápidamente. Un titular le llamó la atención. Era bastante suculento, así que tenía la esperanza de que fuera más bien un clickbait que otra cosa. Pero al desplegarlo y comenzar a leer, la cosa se ponía peor.
El asesor de la escudería de la bebida energética, Zed Rush, tacha de «sudamericano» a su nuevo piloto y critica su manera de conducir
El asesor de la escudería, Elías Huber, lanzaba un ataque racista hacia su nuevo piloto, Michel Mendoza, al comparar su manera de pilotar con la de su compañero, el tres veces campeón del mundo Mark Peeters, con las siguientes declaraciones a los medios: «Es sudamericano y por eso su cabeza no está tan enfocada como la de Mark».
El comentario ha dado de qué hablar en un fin de semana en el que Armando Sánchez le ha robado la victoria a los de Zed Rush.
Ya en alguna ocasión se han escuchado este tipo de comentarios en labios de Barnett Wilkinson y otras figuras importantes de este deporte.
Desde aquí, esperamos que la Federación y el propio equipo del mexicano emitan un comunicado o den alguna declaración sobre estos comentarios completamente fuera de lugar.
Olivia suspiró y guardó el móvil. Lo que acababa de leer le había traspasado el alma y le había revuelto las tripas. Tomó su botella de agua del bolso de viaje y su cajita con las pastillas de clonazepam que reservaba para antes de subir al avión e ingirió una. Sabía que más tarde, en pleno vuelo, agradecería la leve ensoñación que la medicación le provocaba.
La jefa de la escudería Astorian la había obligado a permanecer a su lado; Olivia no entendía la insistencia, pero decidió acatar la orden por una vez en años. Al subir las pequeñas escaleras del avión y saludar al equipo de a bordo, suspiró profundamente en un intento de reducir su ansiedad. Se repitió muchas veces que aquellos pequeños jets eran mucho más seguros, que allí todos se conocían y que el personal era más cercano. Se sintió como toda una celebridad, aunque sabía bien que las verdaderas estrellas estaban al llegar. Dejó su maleta de mano en el compartimento de arriba y se sentó en uno de los enormes sillones. Tomó su móvil en las manos y empezó a deslizar la pantalla sin ninguna pretensión más que no analizar mucho lo que estaba viendo. Mientras tanto, escuchaba al equipo de a bordo, que iba de una punta a otra preparando el habitáculo. Estaban tranquilos e intercambiaban pequeñas conversaciones entre ellos.
Todo iba bien. Todo estaba en orden.
Una frase que se iría repitiendo a lo largo del vuelo.
—Perdone, señorita, ¿quiere algo mientras espera al resto de los pasajeros? —le preguntó una de las azafatas en un inglés perfecto.
Olivia negó con la cabeza y sonrió a la mujer con agradecimiento.
—Ya creía que no llegaba —sonó de repente una voz entrando al avión. La conocía demasiado bien.
—Silvia, no iban a irse sin nosotros —le reprochó una voz masculina.
Entraron así la jefa de equipo y su segundo al mando. Silvia era una mujer jovial, con apariencia de una deportista de élite a pesar de no serlo en absoluto. A su vez, Óscar era un hombre delgaducho con un aspecto genuino que denotaba más seriedad de la que realmente tenía.
Silvia puso los ojos en blanco al escucharlo y saludó a las azafatas. Mientras se iban acomodando, empezaron a entrar otros miembros del equipo: la responsable de comunicación y el responsable de estrategia.
—Perdona, ¿tú eres…? —preguntó el director de estrategia, que hasta entonces no había reparado en su presencia. Las gafas rectangulares y pequeñas le daban un aire jovial, a pesar de que empezaban a asomarle algunas canas y de que Olivia conocía su edad. Podía pasar por alguien que tuviera recién cumplidos los cuarenta cuando en realidad se acercaba más a los cincuenta.
—Es mi ayudante —repuso Óscar de inmediato—. Quiero que sea mi sombra. La chica tiene madera, Andy.
Olivia no abrió la boca y se limitó a asentir. Andy le regaló una sonrisa amable —puede que incluso por solidaridad al ver donde se metía— y continuó su charla con los otros miembros del equipo. Óscar también le sonrió mientras le daba un apretón en el brazo en señal de confianza. Gracias al cielo, ese hombre era un ángel. No quería tener que explicar el motivo de su presencia en ese avión privado.
Buscó con la mirada a Silvia y la encontró observándola por encima del hombro. Mientras tanto, el equipo comenzó a pedir champán para celebrar el nuevo éxito. Ganar la última carrera significó sacar unos pocos puntos de ventaja al que había sido el equipo campeón hasta entonces. Así que, aunque aún tenían mucho en lo que trabajar, aquello ya era una pequeña victoria. Los cinco se acomodaron en los asientos de cuero, cuatro de ellos alrededor de una mesa que los separaba en parejas, y Óscar decidió sentarse junto a Olivia, dejando los demás asientos vacíos a sus espaldas. Los dos pilotos de la escudería en ese momento no iban junto a ellos. La decisión de quedarse un par de días más era del departamento de comunicación, precisamente de una de la mujer que se había sentado junto a su madre en el avión, ya que tenían que grabar un par de anuncios de la marca de relojes que patrocinaba a la escudería. Era algo que ya se había vuelto rutinario para cualquier piloto. Intercalar las carreras con su trabajo de publicidad. Era como ser pluriempleado en un mismo lugar. Algunos pilotos amigos de Olivia parecían haber nacido para ser estrellas de la televisión, y otros sentían la imperiosa necesidad de insultar a cada una de las personas que decidían ponerlos delante de una cámara.
Sonrió ante este recuerdo. Echaba terriblemente de menos a sus amigos en aquel avión. Seguramente se le hubiese hecho todo más ameno. Siempre sabían qué decir o hacer en esas circunstancias. En ellos podía ver a verdaderos deportistas de élite: maduros a pesar de su corta edad y preparados desde pequeños para tener la templanza necesaria en cualquier situación. Sobre todo, bajo presión. Llegar ahí suponía pasar por innumerables envites. Ser piloto de prueba, suplente, ganar en cada una de las categorías correspondientes a su edad… y, a veces, ni siquiera eso era suficiente para ser uno de los veinte afortunados que llegaban a ser profesionales en la Fórmula 1.
Pero este trabajo no dejaba mucho resquicio al ocio. Entre tanto pensamiento nostálgico, se reencontró con la mirada de Silvia. Olivia volvió a suspirar y decidió ir al pequeño baño de a bordo antes de que el avión encendiera motores. Entró en el cubículo, cerró la puerta y optó por tomarse otro clonazepam. Pensó que dos pastillas no iban a hacerle daño y le ayudarían a relajarse un poco. No deseaba que nadie la viera tomándoselas así que se la metió en la boca e intentó tragarla sin líquido alguno inclinando su cabeza hacia atrás todo lo posible. Al conseguirlo sintió cierto alivio y se topó con unos ojos que le devolvían la mirada desde el pequeño espejo del habitáculo.
La imagen que se reflejaba era la de una mujer desorientada. El pelo castaño claro con reflejos dorados le caía sobre sus hombros algo despeinado y decidió recogérselo en una coleta. Sus ojos se veían de un verde muy oscuro, prácticamente marrones. El rostro de tez oscura que contemplaba se asemejaba al de una ayudante algo estresada que no había descansado mucho la noche anterior. Era un punto a favor de Óscar; hacía aún más creíble su historia. Reflexionó por unos segundos si quedarse allí todo el viaje, hasta que recordó que no podrían despegar si no posaba su culo en el asiento y se ponía el cinturón de seguridad. «Aunque, ¿para qué diantres serviría en caso de emergencia?» Tampoco quería pensar ello.
Se decidió a salir del baño y, al hacerlo, se encontró con la cara de pocos amigos de Silvia. Al menos, esta vez no estaba cruzada de brazos mientras se encaraba a ella.
—¿No crees que es hora de dejarnos de chiquilladas? —le reprochó con severidad.
—¿A qué te refieres? —repuso Olivia, notablemente molesta pero sin perder la compostura.
—Estoy algo cansada de aparentar delante de mis compañeros. También son mis amigos, Olivia. No puedo estar toda la vida así porque a ti se te antoje.
—No entiendo porque sacas otra vez el tema. Es mi decisión, y prometiste respetarla. Papá lo entendería…
Silvia la miró con crudeza cortándola de inmediato. Sabía bien lo que su padre hubiese opinado. Tiempo atrás, cuando aún seguía con vida, él mismo había decidido que Olivia no saliera en los medios de comunicación. Había exigido que siempre la emborronaran y que no la enfocaran las cámaras. Él era la estrella, su hija no tenía por qué pasar por ello.
—¡No seas estúpida! No sabía que duraría tanto esta tontería. Nunca te crié como una niña vaga y sin propósitos. Si tu padre supiera a lo que te dedicas serías toda una vergüenza…
La mirada de Silvia echaba fuego. De nuevo, la misma conversación de siempre. Ya ni siquiera le ofendía. La jefa de equipo había desaparecido para dejar paso a otro ser. Uno más terrorífico que la implacable dirigente de la escudería.
Una madre.
El camino por el que había optado era el de hacerla sentir como una desgraciada.
—Olivia… Te he traído aquí para que de primera mano veas en qué consiste este trabajo cada fin de semana. Estás más que cualificada para esto y estoy completamente segura de que disfrutarías mucho más que repartiendo comida —le soltó, visiblemente frustrada. Se avergonzaba de su trabajo. Silvia se frotó el entrecejo con un dedo dando la sensación de que, como siempre, Olivia era su eterno dolor de cabeza.
—Parece que no me conoces. No sigas forzándolo.
—Precisamente porque te conozco… —comenzó a decir con tono amenazante.
Alguien carraspeó a espaldas de Silvia.
—Ah, Óscar. Perdona, ¿quieres entrar? —preguntó esta señalando en dirección al cubículo del baño.
—No —respondió él con tranquilidad y casi en un susurro—. Vengo a pediros que os sentéis, será mejor que esta conversación la tengáis en tierra y sin nadie delante. Empieza a resultar incómodo.
Olivia asintió en señal de acuerdo y agradeciendo que aquello terminara. Por ahora. El siguiente asalto sería pronto, seguramente en cuanto el avión aterrizara. Se sentó en el mismo asiento y Óscar lo hizo también junto a ella. La miró con cara apenada y se aproximó hacia su oído susurrándole:
—Ya sabes que solo quiere lo mejor para ti. —Al terminar, se despegó de su oreja y le sonrió con dulzura.
Claro que lo sabía. Silvia no solo era el cerebro que había conseguido arrebatar el primer puesto al equipo que llevaba años siendo dominante, sino que, además, y para su desgracia, también era su madre. Según su visión, el parentesco no era en absoluto una ventaja.
A pesar de estar acercándose a los treinta, se sentía con ella en un bucle adolescente, con discusiones constantes que la disociaban de su edad y la hacían parecer menos profesional. Y lo peor es que ambas odiaban esta situación.
El único que conocía la verdad era el bueno de Óscar, que sin éxito intentaba siempre mediar entre ambas. No solo era el segundo ingeniero, sino que se había convertido en el mejor amigo de su madre durante aquellos años. Era familia. Olivia estaba eternamente agradecida por el trato que tenía con ambas. Para él, sin embargo, debía de resultar un poco frustrante que sus esfuerzos cayesen en saco roto...
En medio de esta cavilación, las azafatas habían comenzado con el protocolo de seguridad. Óscar sonrió a Olivia con afecto como si le leyera el pensamiento.
—Este fin de semana será una auténtica locura —le dijo él. Ella se quedó en silencio sin saber muy bien qué contestarle—. Espero que desde Zed Rush estén preparados… porque entre que ya no son tan competitivos y las gilipolleces que sueltan en las entrevistas… —Dejó suspendidas las palabras en al aire.
—Si lo dices por lo de Michel, en realidad eso ha ocurrido durante… —Olivia hizo una pausa para teatralizar una pose de pensar—. Siempre, ¿tal vez? No progresamos tanto como creemos y mucho menos ellos. Ese equipo tiene integrantes que… en fin. —Suspiró como si estuviera cansada de hablar siempre del mismo tema.
—No creo que alguien que se autoconvence de que lo que dice es correcto crea que debe avanzar. En todo caso, a nosotros nos beneficia de cara a la afición.
Ella no veía ningún beneficio en ello. Pero agradeció que Óscar la hiciera olvidar por unos instantes el avión. Conocía bien lo poco que le gustaba volar y le regaló un par de toquecitos discretos en la mano haciéndole notar que estaba junto a ella. Por suerte, comenzó a notar como le llegaba el sueño y su cuerpo comenzaba a sentirse pesado.
Lo que no imaginaba es que, a partir de aquel día, su miedo iba a convertirse en su peor pesadilla, una que volvería una y otra vez, a todas horas, de noche y de día, cobrándose la macabra imagen que estaba a punto de vivir. Pronto, recordaría con angustia que en esos momentos previos se había comportado como una chica caprichosa y no había valorado lo que tenía. El privilegio del que estaba rodeada.
Después de aquel día, solo le quedaría abrazarse a la familia que le quedaba y comprender que su madre no era el mayor de sus problemas. Ni por asomo.
Aquella misma tarde se originarían sus mayores terrores y, cuando mirara al pasado, no podría hacerlo sin revivir los últimos momentos que pasó junto a Óscar.
Miércoles, 24 horas después
Era junio, pero llovía torrencialmente sobre el Circuit de Catalunya. Las gotas de lluvia disimulaban las lágrimas que caían por las mejillas de Olivia, que apenas se daba cuenta de que lloraba mientras escuchaba a su madre en la rueda de prensa que la escudería había decidido ofrecer a los medios.
Todo el que se dedicaba a cubrir el motor se encontraba allí. Muchas de las caras que iba observando Olivia le eran conocidas, y no era de extrañar. Temporada tras temporada, los medios especializados de cada país mandaban a los mismos reporteros a cubrir cada gran premio y, al final, se conocían entre todos. Por un lado, eso era de agradecer. Se terminaba formando una pequeña comunidad —había tanta gente que podía considerarse una aldea, y no era un chiste—, pero esta vecindad también podía ser una oportunidad para lanzarse dardos, extender rumores y complicarle la vida al contrincante.
No obstante, ese día fue una verdadera excepción. Se permitió no solo acceso a los de siempre, sino también a un grupo reducido de medios de comunicación externos que nada tenían que ver con la Fórmula 1. Y entre todos ellos, Olivia veía a su madre, completamente rodeada. Las ojeras que ahora reflejaba su rostro eran oscuras y profundas. Eso era mucho decir de alguien que se había pasado noches en vela mirando telemetrías de coches. Olivia se quedó de brazos cruzados apoyada en la cornisa de la puerta, desde donde tenía una perspectiva amplia de todo el camión. Quizá era una sala extraña para una rueda de prensa, pero un entorno habitual para los equipos. Una especie de casa con ruedas.
En la primera línea tras los micrófonos y las cámaras se encontraba parte del equipo Astorian. Dos de los integrantes que habían estado en el avión junto a ella, Silvia y otro hombre más que Olivia reconocía vagamente de algo, pero aún no podía recordar de qué. La consternación no dejaba paso a la lucidez.
—Gracias por asistir —comenzó a decir Silvia en inglés con una voz ronca y que luchaba por salir de lo más profundo de sus entrañas—. Ante todo, os pedimos comprensión y paciencia. Óscar Campbell era un ser muy querido en todo el paddock, especialmente para mí. No solo lo consideraba un amigo, sino también mi familia.
Los asistentes, que anteriormente habían estado murmurando, permanecían en absoluto silencio, escuchando y grabando. Expectantes, esperando que dijera de una vez por todas la causa de la muerte. Olivia se tomó un momento para observar las caras de cada una de las personas que se encontraban allí: había expresiones de consternación y tristeza palpables, muchas que conocían bien a Óscar, y otras que simplemente empatizaban con la situación.
—Desde la Federación se ha decidido que el fin de semana seguirá adelante, no sin hacer un tributo y correr por nuestro compañero. No hace falta decir que para nuestra escudería era alguien irremplazable y que correremos esta temporada y todas las venideras atesorando la sabiduría que nos regaló.
Olivia notó cómo las lágrimas recorrían sus mejillas. Aún le costaba mantener la compostura y no entendía cómo Silvia podía enlazar más de dos palabras con toda esa gente observando. A decir verdad, lo único que quería era ir a abrazarla. Sabía lo rota que estaba por dentro.
—Si os parece bien, pasamos a las preguntas —cortó Mila, la chica de comunicación que había viajado con ella en el avión.
Fue entonces cuando toda la sala levantó la mano. Comenzó la pequeña histeria colectiva que había estado fraguándose desde que habían entrado por la puerta. Una chica de pelo negro azabache y largo fue la elegida por Mila. Era Miriam, una periodista española.
—Sentimos mucho la pérdida del señor Campbell, y creo que todos estamos de acuerdo en que era alguien muy querido y admirado en el sector. Apreciamos mucho que pueda comparecer junto a nosotros de manera tan reciente, pero nos preguntamos todos lo mismo: ¿se sabe ya la causa de la muerte?
—Estaba claro —susurró Olivia con un resoplido bastante sonoro en la sala.
Algunas cabezas se giraron hacia dónde se encontraba Olivia. No lo había dicho tan internamente como ella creía.
Silvia negó con la cabeza e intentó dirigir de nuevo la atención hacia el frente.
—Sería una estupidez por mi parte adelantarme a la autopsia, que se está realizando con la mayor rapidez posible y de la que esperamos obtener pronto los resultados. —El rostro de la jefa se hizo más duro y, sin titubear, miró fijamente a la periodista—. Solo puedo adelantar que ha sido traumático para los integrantes del avión. Se subió completamente sano, o eso creíamos. Estaba feliz y hacía chistes. Y, de un momento a otro, se nos fue. No nos dimos cuenta, creíamos que estaba dormido. Así que, al menos, puedo asegurarle que fue apacible.
Intentó observar la sala conforme Silvia iba hablando. Se limpiaba las lágrimas para disimular su desazón y escudriñó al jefe de equipo de Zed Rush en la otra esquina con uno de sus ingenieros. Cuchicheaban en voz baja tapándose la boca con la mano y agachando sus cabezas. Eso lo hacía de todo menos discreto. Olivia se sintió más ofendida de lo que le hubiese gustado reconocer y les echó una mirada asesina. Johnson, el jefe de equipo, no era precisamente del agrado de la mayoría del paddock. Era un hombre difícil, y se le reconocía por su arrogancia.
Olivia volvió a mirar hacia el frente para intentar concentrarse en lo que ocurría en la rueda de prensa. Mila y Andy, que estaba al otro lado de Silvia, tragaron saliva preocupados por el comentario que había hecho su jefa. Ya había hablado demasiado, pero no había dicho ninguna mentira. Cuando Óscar cerró los ojos, no imaginaron que nunca más volvería abrirlos. No cambió de color, ni siquiera fue una muerta aparatosa. A simple vista, parecía una muerte súbita, como la de los recién nacidos. Y eso era lo que realmente los había aterrorizado. Olivia fue consciente de lo que significaba estar viva en aquel mismo instante. No había ningún motivo más que estar vivo para morir.
Levantaron de nuevo las manos otra docena de personas. Mila volvió a dar paso al que parecía alguien de la prensa italiana. Fue cuando se percató de que la jefa de prensa estaba eligiendo a las personas que sabía que eran más benevolentes a la hora de hacer sus preguntas. No iba a pasar desapercibido para el resto, pero mientras tanto daría algo de tranquilidad al equipo.
—Mi más sentido pésame a sus familiares y amigos. Todos teníamos un gran aprecio a Campbell —comenzó a decir con voz apenada—. ¿Cómo harán este fin de semana sin su segundo ingeniero? ¿Se verá mermada la confianza en el monoplaza?
Silvia volvió a menear la cabeza a modo de negación como había hecho con la pregunta anterior. Parecía ya un efecto reflejo de contestación.
—Tenemos ingenieros de sobra capacitados. Todos tenemos un sustituto en nuestro puesto por si alguno estuviera indispuesto u ocurriera alguna emergencia por la que no pudiéramos trabajar, como bien sabéis…
Por supuesto, esa emergencia no significaba una muerte, pero había que adaptarse a las circunstancias.
—Nuestro compañero Karl Jackson será el encargado de sustituirlo. Es nuestro tercero y está en todas las reuniones y briefings de equipo —aclaró Silvia, y señaló con el dedo al hombre que a Olivia le resultaba vagamente familiar. Este se incorporó un poco más en su asiento al escuchar su nombre.
—Pero Jackson acaba de llegar de Zed Rush hace tan solo dos fines de semana. ¿Se ha adaptado adecuadamente?
La pregunta vino de un periodista holandés al que no se le había dado la vez para hablar. Mila puso cara de pocos amigos, pero viendo que toda la sala lo había escuchado, Silvia respiró hondo y decidió encarar el comentario. Olivia sabía que a veces era mejor contestar de manera directa que dejarlo estar, porque sería así como comenzarían rumores no deseados.
—Por supuesto; si no, no habría sido elegido sustituto. Confiamos plenamente en sus capacidades. Son muchos años de recorrido en este deporte para Jackson.
Su mirada había pasado de la tristeza a la rabia en tan solo unas milésimas de segundos. Ahora era dura y desafiante. Jackson asintió agradeciendo las palabras de Silvia al pequeño ataque del periodista.
—Gracias por la confianza en mí, Silvia —contestó por primera vez Jackson. La voz de este despertó aún más la curiosidad de Olivia. Sabía que lo conocía y comenzaba a desesperarle no saber de qué—. Intentaré estar a la altura del equipo. Estoy aquí para trabajar al máximo, creo en el proyecto de Astorian y por eso estoy hoy frente a ustedes. Es una auténtica desgracia que tenga que ser a consecuencia del fallecimiento de alguien tan talentoso y querido como Óscar.
Mila miró a Karl Jackson y asintió orgullosa de cómo había salido del mal trago. Eso seguramente le ahorraría trabajo a ella para limpiar de algún modo lo dañada que podría estar la imagen del nuevo integrante por llegar de una manera tan rápida e inusual a su puesto.
Inmediatamente después, un trueno se hizo eco en todo el circuito, haciendo que algunos de los presentes dieran un pequeño salto en su asiento. Las luces comenzaron a parpadear y todos se miraban con sobresaltos.
Mila aprovechó el momento de confusión y tomó el micrófono para dar por terminada la rueda de prensa e invitando a todos a marcharse con la excusa de la tormenta que se cernía y prometiendo que cuando tuvieran nueva información se la harían llegar lo más rápido posible.
Olivia se echó a un lado para dejar paso, observando así a cada integrante de la sala salir y escuchando las conversaciones que entre unos y otros iban entablando.
Buscó a su madre entre el gentío y se percató de que mantenía una charla intensa con Mila. Así que tomó su teléfono móvil y mandó un mensaje a uno de los mejores pilotos que había conocido.
Michel la esperaba en la puerta de su habitación del hotel. Había escogido una algo alejada a la de sus compañeros del catering y eso le otorgaba cierto margen y tranquilidad. Sin decirle una palabra, abrió la puerta con el móvil y ambos entraron. Fue entonces cuando el chico la abrazó.
—Estas hecha un flan.
—Y tú unos zorros, ¿te has duchado? —le respondió haciendo caso omiso a su saludo.
—Extrañaba tu amabilidad —espetó Michel con ironía.
Olivia no creía capaz que nadie en la faz de la tierra no supiera de la existencia de Michel Mendoza, una estrella mexicana que se alzaba en el mundo de las carreras. Su nueva escudería, la vigente ganadora hasta que Astorian le quitó el puesto el pasado fin de semana, había apostado por él en el último momento, cuando todos pensaban que no quedaría un hueco para él en la parrilla para ese año.
Por suerte para ella, su mejor amigo había podido quedarse. Conocía a Michel desde que tenía recuerdos. Habían pilotado juntos en los karts años atrás y se habían encontrado por diversos países. Él había sido su primer amigo, su confidente y quería pensar que ella también significaba lo mismo para él. Era ese tipo de persona que, a pesar de la distancia, está siempre para ella. Es cierto que ayudaba que, conforme pasaban los años, Michel tuviera una independencia económica para poder coger un avión y plantarse donde quisiera en cuestión de horas.
—¿Dónde estabas? —preguntó ella dejando la chaqueta encima de la cama estirada y perfectamente hecha del hotel.
Michel se encogió de hombros y luego se sentó en el sillón que estaba en la esquina de la habitación. Olivia se acercó a la ventana que enseñaba cómo desde fuera llovía torrencialmente. Cerró la cortina para dar intimidad mientras su amigo seguía hablando.
—Órale, ¿te soy sincero? —No dejó que ella respondiera afirmativamente—. Mirando la aplicación de X. Se dividen en gente que odia el mundo y gente a la que el mundo odia.
—No sé por qué te metes ahí. No es sano.
—Mientras no me afecte —respondió él, tocándose la sien—, no hay problema. ¿Cómo está la jefa?
Así se refería su amigo a Silvia desde que le habían ofrecido el puesto en el equipo. Esta solo era su segunda temporada, y la anterior la comenzó a la mitad. Así que la gente no había podido atar cabos aún.
—No muy bien, aunque lo disimula de escándalo.
—¿Y tú?
Olivia miró a su amigo a los ojos y por un momento pensó que volvería a echarse a llorar. ¿Cómo no hacerlo? Se sentía terriblemente desconsolada.
—He tenido días mejores. Habrá que adaptarse.
—Este fin de semana será demasiado agotador. Mentalmente estamos pinches jodidos y la prensa nos va a asfixiar.
—La prensa a ti te adora. Además —añadió ella—, tú solo tienes que concentrarte en pilotar; lo demás es cosa de vuestros jefes de prensa.
—Qué fácil lo dice la cocinera —bufó él de manera despectiva. A Olivia le molestó el comentario y le miró contrariada—. Ya me entiendes. Qué bueno que al menos nos han cancelado todas las tonterías de patrocinadores y publicidad. Una chiquita cosa que respetan.
—Aun así, las ruedas de prensa seguirán.
No era una pregunta, lo afirmaba. A pesar de ello, él asintió y Olivia suspiró. Michel odiaba todo lo que no significaba pilotar un coche. La parafernalia que envolvía toda su profesión le causaba náuseas. Y le comprendía a la perfección. Ella tampoco estaba hecha para aquello.
—Si te sirve de consuelo, yo tengo que aguantar en catering las tonterías de más de un ricachón de turno al que se le ha subido la fama a la cabeza.
—Eso te pasa por no mencionar de quién eres hija —le recordó—. Y eres la más inteligente de todos, porque si no también estarían siguiéndote un par de cámaras a cada sitio que vayas. O algún paparazzi te seguiría a cualquier reunión con amigos.
—Tú eres mi amigo.
Hizo una expresión de fastidio al escucharla. Olivia lo ignoró.
—Sí y aquí estamos, platicando en habitaciones de hoteles porque desde que entré al equipo grande eres la única que me quiere bien lejos —respondió.
¿Estaba dolido? Olivia intentó sonreír quitándole importancia. Michel solía ser así. Sarcástico, a veces un poco malhumorado, pero siempre muy humilde. Era algo que a día de hoy seguía sorprendiéndole, que a su edad y con todo lo que había logrado tuviera los pies en la tierra. Podía contar con los dedos de las manos a los corredores profesionales que se comportaban como él. Y en esa mano no estaría su compañero de equipo, al que tanto Michel como Olivia tenían cruzado.
En ese momento, toda aquella conversación le parecía absurda. Había muerto alguien a quien consideraba de su propia familia. Y delante suya tenía a otra persona a la que no quería perder por nada en el mundo.
Al instante alguien golpeó a la puerta y Olivia miró a Michel confundida. Este se levantó y fue a abrir.
—¿Os divertís sin mí? —preguntó el recién llegado.
Ella observó a ambos y puso los brazos en jarra.
—Estoy rodeada de críos.
Robert lució una plena sonrisa de galán y cerró la puerta tras de sí. Fue hacia Olivia y la abrazó con fuerza.
Esa era una de las grandes diferencias entre sus dos amigos. A Robert lo conocía de hacía menos años, aunque había llegado a su vida para quedarse y conquistar su amistad —y nada más que su amistad, por mucho que Silvia no parara de recordarle lo mucho que él hacía por ella en un intento de transmitir algo más—. La relación que tenía con este era completamente diferente a la de Michel: todo era más fácil, era cariñoso y espontáneo. Y no le habían hecho falta años de confidencias para ese tipo de lealtad que se tenían.
Robert tenía un cabello castaño por el que las grandes marcas de champú peleaban por que fuera su imagen —Olivia esperaba que su amigo jamás se quedara calvo, pues imaginaba que se quedaría traumatizado—, muy alto y con labios carnosos. Cualquiera con dos ojos podía apreciar el atractivo del chico. Por donde él pasaba todo el mundo lo veneraba. Era el piloto de moda de su generación, a pesar de no ser campeón del mundo —aún— y estaba en la escudería por excelencia de la Fórmula 1: Stallaro. Por si eso fuera poco, su padre había sido el mejor de todos. Una leyenda. Una sombra muy larga que tenía que soportar cada día que le recordaran, haciendo que su carácter, aunque afable, se volviera un tanto prepotente.
—De críos que se preocupan por ti —le reprendió al separase de ella—. ¿Qué me he perdido?
Michel volvió a sentarse en el sillón mientras contestaba a su pregunta.
—La vida de cocinera es demasiado dura —respondió burlándose.
—He visto a tu madre abajo en el vestíbulodel hotel rodeada de un grupito de policías —soltó Robert sin miramientos—. Creo que hay noticias sobre… Óscar.
A Olivia le dio un escalofrío al escuchar el nombre. Este se sentó en la cama y dio varias palmadas al colchón pidiéndole así que se sentara a su lado para proseguir con la charla. Ella obedeció y Robert le tomó la mano.
—Me he acercado disimuladamente…
—Tú no sabes lo que es eso —cortó Olivia—. Se te ve a más de tres metros de distancia.
Robert sonrió y se llevó la mano al pelo despeinándolo hacia atrás. Michel soltó una carcajada al escucharla. Al trío no le había costado mucho tener su propia dinámica, una en la que incluso Michel sentía que podía relajar los hombros y apaciguar su mirada, algo difícil en él, que siempre estaba alerta.
—Bueno, yo creo que no se han dado cuenta, si no se hubiesen callado al acercarme —prosiguió él—. Uno de ellos le decía a tu madre que tenían que hacerle preguntas rutinarias a todos lo que estabais en el avión, pero Silvia ha pedido que, por favor, no molesten a nadie si no es estrictamente necesario… Creo que han pedido comenzar con ella y se han marchado juntos.
—Vaya, parece muy interesante…
—En serio, Olivia, escúchame —ordenó Robert. Le había cambiado el semblante.
Fue entonces cuando ella se asustó. Miró a Michel sin comprender nada y este se inclinó hacia delante para prestar atención.
—Al negarse tu madre a que hablara con el resto de los pasajeros, el que parecía el inspector le ha indicado con, déjame decirte, poca amabilidad que esa no es su decisión, precisamente. Ella, como civil, no puede determinar qué caminos sigue la investigación. Por muy jefa que sea.
—¿Otra vez van a interrogarnos? —preguntó Olivia intentando mantener la compostura.
—Eso fue justo lo que preguntó tu madre —respondió satisfecho—. No llegué a escucharlo bien, pero en la cara de Silvia hubo un convencimiento inmediato. Se la veía… preocupada.
—No manches, no entendí nada —intervino Michel.
Olivia tampoco comprendía bien hasta dónde quería llegar Robert con aquello. El silencio incómodo del muchacho solo la hizo desesperarse.
—Don Roberto de Castro —esta mención de su nombre completo la dejaba para casos en los que estaba enfadada o la sacaba de sus casillas—, ¿puede usted explicar exactamente qué es lo que quiere decir con todo esto? Y dese prisa, que no me apetece que se pongan a buscar a dos de los pilotos más famosos y los encuentren en la habitación de una de las chicas del catering: creo que hablarían de más.
—Y con razón —añadió Michel con aire socarrón.
—No lo entendéis —suspiró Robert, exasperado—. Silvia estaba aterrorizada… nunca la había visto así…
Olivia abrió mucho los ojos y se levantó de un salto de la cama ante la mirada sorprendida de sus amigos. Los chicos se incorporaron de inmediato también al ver su reacción.
—Dios mío… creen que ha sido asesinado. De verdad lo creen.
¿Podía ser posible? Ella era la compañera de viaje de Óscar en el vuelo fatídico ¿Sería la potencial sospechosa? O peor, podría ser su propia madre. Todo por lo que había luchado en su equipo se iría al traste.
Lo que al principio parecía una pesadilla para Olivia había acabado convirtiéndose en una realidad terrorífica.
Nadie tenía motivos para matar a Óscar y, a su vez, cualquiera podría haberlo hecho. Un escalofrío recorrió su cuerpo. E involuntariamente su mente se puso frenética al pensar que no podía fiarse de nadie.
¿Era real?
Por un momento, había pensado que las últimas veinticuatro horas habían sido un espejismo. España la había recibido con un cielo negro desolador que había podido observar con detalle desde la ventanilla del avión. Suspiró y su cuerpo se relajó de inmediato en cuanto las ruedas del pájaro de metal tocaron el suelo. Aun así, el descanso duró muy poco. Los gritos, sin embargo, estuvieron mucho más presentes en su cabeza después de aquello.
Olivia negó con la cabeza intentando desterrar el momento que se repetía en su mente una y otra vez mientras le ofrecía a Mila una bandeja con la comida del día.
—¿Te encuentras bien? No tienes muy buena cara… —preguntó con preocupación la muchacha.
Olivia afirmó con la cabeza mecánicamente y la responsable de prensa salió de allí conformándose con su respuesta. Todos habían estado en ese maldito avión. Nadie estaba bien en esos momentos. Así que la chica prefirió convencerse con la respuesta plácida que le había regalado.
Sin embargo, no pudo evitar la mirada recelosa que le echó a la chica antes de marcharse con su bandeja: ¿podría haber sido ella? Que alguien había podido matar a Óscar, a pesar de que nada ni nadie había dado por concluida la autopsia, seguía dándole vueltas a la cabeza. Pero lo que Robert le había revelado la había dejado paranoica.
Y es que tampoco tuvo mucho tiempo de pensar después de aquella revelación. Miró su reloj y se dio cuenta de que llegaba tarde a su puesto. El tiempo le comenzaba a parecer una extraña variable que iba cambiando según su antojo entre estático y vertiginoso.
Así que volvió sobre sus propios pasos, se cambió con rapidez y bajó hacia cocinas. Poco después se encontraba repartiendo los menús, como un fin de semana corriente de trabajo. Se movía de forma automática, esperando que, en algún momento, apareciese su madre por algún lado. No lo hizo. Su ausencia se hizo notar durante el transcurso de las horas.
Algo llamó la atención de Olivia y la sacó de su ensoñación. Los jefes de las escuderías se habían sentado juntos para comer en los que parecía una reunión improvisada en medio de todo el mundo, y eso sí que era inusual.
—Cuando sucede eso parece que el mundo va a echar a arder —repuso Robert, que se había plantado delante de ella sin haberse dado cuenta, lo que la sorprendió y le hizo dar un pequeño sobresalto.
—Joder, qué susto. No te había visto.
—Lo que me sorprende es que me hayas escuchado.
Olivia hizo una mueca con la boca replicando la respuesta de Robert.
—Dame de comer, que estoy hambriento.
Esta se cruzó de brazos y negó con la cabeza.
—De eso nada, tú tienes tu entrenador y cocinero personal. No pienso darte nada que la bronca va para mí.
—Venga vamos, son circunstancias especiales —le reprochó, poniendo ojitos de carnero.
Olivia volvió a negarse. Ya se conocía las triquiñuelas de su amigo y no funcionaban con ella. Además, no podía apartar la mirada de la pequeña reunión improvisada que se había formado frente a ella con los jefes de equipo.
—¿Qué crees que están hablando? —le preguntó al piloto.
Este se encogió de hombros.
—Están en medio de todos. Dudo que sea un secreto. Estarán compartiendo opiniones respecto al fin de semana, eso es lo que tengo entendido.
Olivia vio como Johnson —el jefe de escudería de su amigo Michel— estaba algo enzarzado.
—¿Qué le pasa a don Simpatía?
—Ah, eso también lo sé. —Aunque la manera repelente en la que Robert hablaba normalmente hacía divertirse a Olivia, en ese momento empezaba a sacarla de sus casillas—. Me lo ha mencionado Michel antes. Al parecer, todos los jefes de equipo quieren cancelar el gran premio. Lo ven irrespetuoso y desconsiderado. Pero adivina quién no está dispuesto.
—Johnson… —respondió esta, y después siguió pensando en voz alta— y mi madre.
—Voilà. Son los dos equipos que más tienen que perder.
Olivia miró hacia su izquierda y comprobó que no hubiera nadie más detrás de Robert para ser atendido. Una vez chequeado, se quitó el delantal y salió del mostrador.
—Para mi madre es al revés: sería irrespetuoso no competir. Óscar hubiese querido que se corriera en su honor.
—Bueno, eso se llama disparidad de opiniones, las cuales todos tenemos derecho a manifestar, pero ninguno deberíamos llevarlas a cabo hasta no saber la voluntad de su familia.
Olivia lo miró con cara de pocos amigos.
—No te hagas el políticamente correcto conmigo, Robert. —La o retumbó en sus labios—. Nosotras éramos su familia, lo sabes. Tiene una hermana que no ve desde hace décadas y sus padres murieron. No tiene pareja ni hijos. ¿Quién va a pronunciarse si no somos nosotras?
—Bueno, en ese caso tu madre.
Ella chasqueó la lengua irritada y puso los ojos en blanco. Robert llevaba razón. O dejaba de ser una chica anónima o tendría que seguir en las sombras. De todas formas, eso era algo que ya se le había pasado por su cabeza. Si de verdad Óscar había muerto por causas… no naturales, entonces sería interrogada por la policía y tendría que declarar con su verdadera identidad.
—Voy a acercarme a la testosterona —anunció a su compañero señalando la mesa de los jefes de equipo.
Tomó entre las manos un trapo limpio, su delantal y se lo fue poniendo conforme se acercaba a la mesa. La de al lado acababa de ser dejada por un par de integrantes del equipo de Michel, así que aprovechó para limpiar y atinar con su oído.
—… no es normal —empezó a escuchar de uno de ellos.
—Claro que no lo es, pero en este deporte nada lo es —repuso Johnson—. Seguro que tenía callada algún tipo de enfermedad.
—A mi parecer, estaba completamente sano —intervino el jefe de la escudería roja, la de Robert, con un marcado acento italiano.
Johnson contuvo una risita sarcástica.
—Vamos, Andrea. Aquí todos guardamos cosas. Con tal de que nos dejen hacer nuestro trabajo, escondemos cualquier inconveniente entre las piedras.
Ahí Olivia tuvo que darle la razón a Johnson. Era un hombre sumamente inteligente, pero no lo soportaba ni un instante. Era un tipo arrogante, lo cual es fácil cuando tienes todo a tu favor. Desde pequeño, había sido un prodigio en el automovilismo y había conseguido elevar a su equipo a lo más alto, por encima del equipo rojo de Andrea y Robert. Los últimos años, Johnson había tenido la Fórmula 1 justo donde quería. Se decía que todos bailaban a su ritmo, que las reglas se cambiaban a su beneficio. Al menos en los últimos años.
En opinión de Olivia, aquello eran habladurías. Este deporte era demasiado grande para bailar alrededor de un hombre. Todos eran sustituibles, a veces incluso los propios pilotos. Sin embargo, el halo de grandeza y superioridad de Johnson era tan palpable que se volvía real.
—Ha sido una gran pérdida para todos. Era un hombre grande, lleno de amabilidad y, ante todo, un genio.
—Sí, supongo que sí —concluyó Johnson, con cierto hastío—. De todas formas, la afición estaría muy desilusionada si cancelamos el gran premio. No digamos de las pérdidas desorbitadas que todos obtendríamos…
¿Estaba quitándole importancia a la muerte de Óscar? Olivia apretó el trapo que sujetaba en su mano con fuerza y notó las uñas clavándosele en la mano al otro lado de la tela.
—Seguiremos hacia delante. Pero no por tu negativa a parar, Johnson.
Una voz grave se alzó entre el ruido. Al jefe de la escudería alemana se le escuchaba perfectamente desde cualquier zona. Müller imponía más que su contrincante. Él no tenía florituras. No existía el sarcasmo en su mirada ni había resquicio para el humor. El trabajo duro, la constancia y la serenidad eran lo que le caracterizaba. Le había salido bien en años anteriores, pero Johnson le quitó el campeonato hacía ya casi cuatro años consiguiendo una nueva edad dorada para la escudería y desde ahí no consiguió cambiar las tornas de nuevo. Había sido un duro golpe para Müller, pero lo sobrellevaba cada año mejor.
—Continuaremos porque Silvia así lo ha querido y confío en su palabra. Necesitará distracción para el calvario que va a pasar. Y, por supuesto, la Federación se ha pronunciado y ha dado luz verde.
—Pues eso decía —reafirmó Johnson entre dientes—. Ya lo he comentado con Barnett Wilkinson.
