Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
En un mundo donde el juego y la realidad se entremezclan, el verdadero desafío está en nuestras decisiones. Gaia está a la espera de que sus jugadores se reconecten, sus brillantes luces ansían saludar de nuevo a aquellas personas que le dan vida a sus calles. Dentro se encuentran misiones secretas y terrores insospechados, incluyendo a Celeste, la temible Game Master que también espera en Insomnia. Atrévete a probar esta actualización, pero recuerda que muchas balas ya han surcado el cielo, y Rena no está dispuesta a dejar que ninguna más lo haga. Acompaña a nuestra heroína en su carrera contra el tiempo, donde cada recompensa involucra un peligro. Si ves a un jugador con mascarilla de demonio, mejor mantén tu distancia… o únete a la resistencia. Bienvenido al segundo libro de la Saga de los N.N, bienvenido a una épica aventura, bienvenido al último Reckoning. Juega para sobrevivir. Juega para ganar. ¡Engage!
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 258
Veröffentlichungsjahr: 2024
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
El último Reckoning © 2023, F. Ignacio Quevedo F. ISBN Impreso: 9789564063478 ISBN Digital: 9789564063737 Primera edición: Enero 2024 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en parte, tampoco registrada o trasmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mediante mecanismo fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo escrito por el autor.
Trayecto Editorial Editor: Aldo Berríos Ilustración portada: Luis Naranjo Montaje portada y diagramación: David Cabrera Corrales Dr. Sótero del Río 326 of 1003, Santiago de Chilewww.trayecto.cl +56 2 2929 4925
Ilustración interior: Braulio Carrasco Santibañez “BAX” Imprenta: Donnebaum Impreso en Chile/Printed in Chile
Con esta entrega, espero honrar a la mayor cantidad de N.Ns del mundo real que pueda. Desde los que nos inspiran, como Tomiii11, hasta aquellas valientes personas que nos ayudaron en alguna ocasión y cuyos nombres nunca sabremos.
La Crow Family había quedado en el pasado, Mark ya no estaba. Rena era una N.N. y gran parte de los jugadores ya conocía el nombre de la enemiga de Insomnia: Celeste. Todo estaba pasando tan rápido, que el grupo de jóvenes sentía que ni siquiera podían pestañear para cuando las cosas volvían a cambiar.
Henry y Lily, los abuelos de la jugadora, seguían igual que siempre: aún les gustaban las tostadas y el té con canela. Los Keres habían acabado con la vida de Hernán hace tiempo y los flashbacks que azotaron la memoria de los sobrevivientes del desastre de la isla Aifor otorgaban más preguntas que respuestas.
Lo único que Rena tenía claro es que debía enfrentar el peligro. Atalaya, Richard, Sarah e incluso su fiel arma Hen la esperaban.
Era momento de afrontar la realidad.
A Rena se le apretaron los pulmones apenas entró al juego. Justo frente a ella se encontraba la silueta de la misma muchacha albina que la había desconectado a la fuerza hace unas semanas. Tenía las mismas alas repletas de ojos, el mismo pelo liso, la misma aura de violencia. No había dudas: era la GM.1
Intentó observar con mayor detalle, sin embargo, una molesta y brillante luz de fondo no le permitía enfocar la mirada. Pero tan pronto como sus ojos volvieron a funcionar como debían, Rena quedó paralizada. Celeste tenía puesta la misma maquiavélica sonrisa que tantas veces le había quitado el sueño, y entre sus delgados dedos sostenía un arma que le estaba apuntando a la cabeza. Quiso llevar sus manos hacia el bolso en busca de Hen, pero antes de que intentara mover el brazo, Celeste le dejó salir una fría frase:
—¡Te atreviste a volver, niña! —Negó con la cabeza—. Ojalá que esta vez llegues a tiempo y no como con tu amigo Mark. —Soltó una risotada y luego señaló hacia el oeste de Insomnia, hacia el exterritorio de los FrontLiners, como si estuviera desafiándola a mirar hacia esa dirección—. Eso sí… déjame decirte que ya es tarde para muchos… —sentenció antes de jalar del gatillo y desaparecer.
Rena palpó todo su cuerpo en busca de alguna herida a causa del disparo, pero no pudo encontrar nada: estaba ilesa, aunque no logró entender cómo. Se tomó el pulso para ver si seguía con vida y notó que así era. Se le aceleró la respiración y se obligó a mirar hacia donde Celeste había señalado. El panorama era desesperanzador: los edificios que anteriormente se erguían de forma orgullosa, llamando la atención debido a sus letreros y juegos de luces, ahora habían sido reducidos a cenizas o estaban todos rotos y cubiertos de vegetación. Casi todas las construcciones del sector se habían convertido en nada más que ruinas de edificios modernos bañados de tierra y musgo. Se acercó a la ventana de su habitación y poco a poco fue examinando la ciudad. No pasó mucho para que llegara a la conclusión de que las calles ahora estaban repletas de crímenes y que todos velaban por nadie más que por sí mismos. Insomnia era un caos total, los bancos habían sido asaltados hace varios días y los callejones tenían a más jugadores que roedores hurgando entre la basura. Se cuestionó si estaba en el mismo juego y solo pudo confirmarlo al revisar la decena de mensajes que, tanto Richard como Sarah, le habían dejado en su bandeja de entrada. Debía estar en el mismo juego: sus ítems seguían allí, Hen seguía allí, su mascarilla seguía allí, pero algo había ocurrido, algo catastrófico. Estiró su cuerpo un par de veces, siguiendo la rutina de su antigua maestra, Julliet, y decidió descubrir qué era eso que no pudo presenciar. Revisó su menú de amistades y vio que sus viejos compañeros de armas estaban online. Quizás ellos sabían algo, quizás ellos podrían ayudarla a comprender cómo la enorme ciudad tecnológica en donde nadie quería cerrar sus ojos, tenía ahora una cuarta parte de su territorio desolado, con nada más que algunas piedras y polvo repartidos por aquí y por allá. Tenía que hablar con ellos cuanto antes, al parecer se había perdido de mucho. Había que ponerse al día.
No perdió el tiempo y se dirigió al sector este de la ciudad, más específicamente al “Nido de cuervos”, donde recordaba que le gustaba matar el tiempo a Sarah, pero el edificio que encontró al llegar no se parecía en nada al que su memoria le ofrecía. El mural con el diseño característico del restaurante había sido reemplazado por un logo de una manzana a medio comer, y por más que lo intentó, no pudo notar la presencia de ningún miembro de la Crow Family por los alrededores. Súbitamente recordó el enfrentamiento de la isla Aifor y se reprochó a sí misma por un instante. Se le había olvidado el pequeño gran detalle de que todos se habían sacrificado para que Sarah tuviera una oportunidad de luchar por su vida.
No tuvo más opción que abrir su lista de amistades para llamarla por teléfono. Suspiró. Menos mal que se habían agregado aquella ocasión que estuvieron cara a cara. Esa noche de luto. Deslizó sus dedos hasta llegar al nombre de la muchacha e hizo aparecer su gaia-phone2. Intentó una vez, y nada, luego otra y la mandó directamente al buzón de voz. Se atrevió a intentarlo una tercera y por fin alguien levantó su llamada, pero los parlantes del teléfono se mantuvieron en silencio. Nada pasaba, hasta que desde el otro lado una voz ronca y desgastada le contestó. Era una voz rasposa que incluso llegaba a ser desagradable, sonaba como si le perteneciera a alguien que fumaba cigarrillos en cadena todos los días. A Rena no le gustaba, pero aun así tuvo que escuchar:
—Finalmente te dignas a volver, N.N. basura —le pronunció la voz, e inmediatamente Rena supo que el sujeto tenía intenciones turbias. Era una voz oscura, violenta, una que calzaba perfectamente con el perfil de un criminal.
La muchacha tragó saliva y le contestó, tratando de disimular el miedo que sintió casi por reflejo:
—¿Quién eres y por qué tienes el teléfono de Sarah?
El tipo no se apresuró a responder, pero tras unos momentos le soltó una soberbia pregunta:
—¿Por qué no le consultas tú? —Rena no entendió el mensaje de forma inmediata, pero los lejanos gritos de su amiga le entregaron la información que le faltaba: Sarah estaba siendo víctima de un secuestro, la tenían de rehén.
¿Cómo? ¿Secuestrada? ¿A esa Sarah?
Los pelos se le pusieron de punta y deseó ser capaz de teletransportarse para ir en ayuda de su compañera. Pero sabía muy bien que Gaia no era ese tipo de juegos. Respiró profundamente y abrazó las opciones que tenía frente a ella, sabía bien que solo le quedaba negociar con el criminal y esperar lo mejor. Debía jugar bien sus cartas y elegir aún mejor sus palabras:
—¿Qué es lo que buscan? —preguntó a regañadientes.
Un fuerte disparo casi hizo estallar el parlante del dispositivo. El tipo que tenía a Sarah en la palma de su mano tomó la palabra:
—Verás, N.N., muchas cosas ocurrieron mientras ustedes no estaban. La caída de la Crow Family, dentro de ellas. Déjame preguntarte algo… ¿Existe un mejor momento para tomar el control que cuando todos creen tenerlo? ¡Diablos! Incluso algunos clanes pequeños nos ayudaron a llegar a la cima, y hasta el día de hoy nos dan reckons a cambio de protección. Esto de la anarquía no pinta tan mal como decían los expertos en historia.
Rena mordió el anzuelo y se impacientó:
—Te hice una pregunta. ¿Qué es lo que quieren? —Se mordió la lengua. Había dejado que la sensación de pánico se apoderara de ella y se descuidó por un segundo.
El tipo creía saber que Sarah representaba un alto valor para los N.N., pero la presura de Rena terminó por confirmar que quizás era incluso más valiosa de lo que esperaba. El sujeto soltó un suspiro y ahora que tenía una clara ventaja en la negociación, decidió aprovecharla:
—Tengo a tu amiga, eso es un hecho, y de la misma forma en que atropellamos animales en la carretera, no me costaría nada acabar con ella. —Tomó una pausa y soltó una pequeña pero retorcida carcajada a medias—. Eso, si es que ya no lo hice con la bala de recién. ¡Ja, ja! Quiero que hagas lo siguiente, escucha con atención, Rena… —La joven sacó un plumón para escribir las instrucciones, pero por más que miró a su alrededor, no pudo encontrar algo en lo que anotar, así que decidió hacerlo en la palma de su mano—. Deberás venir al corazón de Insomnia, quiero que mañana vengas al memorial de la guerra de los cien cartuchos, y quiero que lo hagas antes de que el sol salga por completo. Está de más decirte que vengas sola.
Rena anotó diligentemente los datos entregados; debía estar a primera hora, sola, en el memorial. Memorial… Por más que intentó recordar, no tenía idea de cómo dar con esa dirección. No recordaba haber visto ese lugar. Todo indicaba que iba a tener que hacer lo mismo que hacen los turistas cuando viajan: tragarse el orgullo y pedir ayuda.
—Memorial, mañana a primera hora —repitió suavemente la muchacha y el jugador le confirmó la información. Pero Rena dejó salir, de la forma más sutil que pudo, una última solicitud antes de colgar—: ¿Puedes demostrarme que Sarah sigue con vida? —Tragó saliva—. Necesito evidencia de que esa bala no le dio…
En un principio el sujeto se resistió a la idea y señaló que iba a tener que confiar en él, que no era su primera vez negociando con la vida de los demás, pero Rena insistió tanto, que terminó por ceder. El secuestrador acercó el gaia-phone al oído de Sarah y la voz de su amiga se alcanzó a escuchar:
—Voy por ti. Tranquila, cuerva —alcanzó a decir Rena, pero lo que recibió a cambio no fue un gracias, sino que una palabra que no le hizo nada de sentido. Tratando de no ahogarse por la cinta adhesiva que le cubría la boca, Sarah intentó entregarle un nombre, algo de información, cualquier cosa que le ayudara a descubrir qué diablos estaba ocurriendo, y solo alcanzó a decir una palabra antes de que la golpearan con la culata de un arma y convirtieran su día en noche. La llamada se cortó bruscamente, pero Rena tenía un valioso punto de partida gracias a las acciones de su compañera. Destapó otra vez el plumón y escribió la misteriosa palabra que los labios de Sarah le alcanzaron a entregar antes de que quedara inconsciente: “Rotten”.
Aún quedaban varias horas para que la reunión tomara lugar, por lo que comenzó a repasar sus opciones. Le habían pedido ir sola, y si bien ella sabía que seguir al pie de la letra las demandas de los secuestradores es casi lo último que tienes que hacer en estos casos, también había visto una cantidad suficiente de películas de acción como para conocer lo que pasaba cuando las víctimas no cumplían con su parte del trato. Debía analizarlo bien, no quería que nada malo le pasara a Sarah.
La muchacha se sentó en la acera y comenzó a hilar una serie de planes en su cabeza. Las ideas comenzaron a chocar como asteroides dentro de su cerebro, pero antes de decidirse por uno en específico, tuvo que salir corriendo del lugar: una turba de siete jugadores se había formado a su alrededor y todos tenían los ojos clavados en ella. Sus miradas estaban fijas, pero no eran de admiración, ni de curiosidad o intriga, eran miradas cargadas de odio, cada una transmitía un alto grado de rechazo, como si ella hubiese comprado una entrada a un partido de football y se hubiera sentado en la galería del público del equipo rival. Poco a poco los jugadores se fueron acercando y Rena se puso de pie para comenzar a caminar en cualquier dirección.
Quiso confirmar sus sospechas, por lo que fue acelerando, pero los sujetos caminaron a su ritmo, luego trotaron, hasta que finalmente se plantaron en carrera para atraparla. Eran muchos y Rena no sabía si iba a lograr despistarlos a todos. Corrió por unos callejones, se escondió detrás de algunos basureros y también, gracias a una amable señora, se refugió en una tienda de frutas extrañas por un par de minutos. Pero sus perseguidores no quisieron permitirle escapar y no se rindieron hasta volver a dar con ella un par de calles más allá.
La muchacha saltó entre algunas azoteas y la turba saltó justo detrás. Parecía como si hubiesen estado jugando al pillarse, de no ser, por supuesto, por los disparos que tenía que esquivar a cada tanto. Cayó en la realidad de los hechos: estaba claro que no se trataba de ningún juego, querían hacerle daño.
Dio lo mejor de sí, pero no pudo seguirles el ritmo a tantos y tras un par de despistes quedó sin escape y de espaldas contra una pared; era un gato acorralado, le iba a tocar arañar. No tenía escapatoria y puso todas sus fichas en que Hen acabara con sus enemigos antes de que sus enemigos acabaran con ella, hasta que pudo identificar los brillantes ojos celestes de Atalaya junto a su mascarilla. La francotiradora descendió bruscamente desde lo más alto de un edificio gracias a una cuerda que tenía amarrada a una de sus piernas, y comenzó a disparar a todo aquel que se moviera.
A simple vista, era como ver a una araña deslizarse hacia el suelo; una araña que acabó con todas sus presas en menos de cinco segundos. El hilo de su arpón había jugado el papel de telaraña y sus hábiles manos fueron los colmillos que necesitaba.
La muchacha peliceleste se acomodó la mascarilla, retrajo su arpón y le dirigió una seria mirada. La señaló con uno de los dedos de su mano derecha:
—Tú y yo tenemos que hablar con urgencia. —Rena no dudó y saltó a abrazarla, pero aún no podían relajarse. Era muy pronto. Un par de chiflidos cómplices les advirtió que seguían en peligro. Ya no había un lugar seguro para ellas.
Atalaya tomó la mano de Rena y la arrastró fuera de las calles. Doblaron en varios callejones e incluso se tuvieron que meter al sistema de alcantarillados para que nadie las pudiera ver. Al parecer, ambas N.N ya no eran jugadoras admirables, mucho menos héroes de la ciudad. Había un resentimiento indescriptible con ellas, ya no eran bienvenidas.
Atalaya intentó resumir los hechos mientras escapaban y mencionó varias veces algo llamado la guerra de los cien cartuchos. Era la misma guerra de la cual había hablado el secuestrador de Sarah, pero lamentablemente no pudo entregar muchos detalles, ya que ella misma no se había podido conectar por un par de días cuando ocurrió.
Se mantuvieron en las alcantarillas, dirigiéndose a un refugio que la muchacha peliceleste había construido, y con el pasar del tiempo el olor ya estaba dándole un poco de asco a Rena. Tras unos minutos, se encontraron con una familia de ratas que decidió salir de su escondite en el momento en que ellas pasaron, pero eso no fue lo que le puso los pelos de punta a la francotiradora, sino la frase que Rena le soltó sin previo aviso:
—Creo que tienen a Sarah. —Ambas se detuvieron en seco y Atalaya se comenzó a comer las uñas en señal de nerviosismo.
—¿Qué tan segura estás? —preguntó.
—Tuve una llamada telefónica con un tipo y ella me alcanzó a decir algo relacionado con Rotten… Creo que es bastante serio.
La N.N. veterana se quedó mirando a la recién llegada por unos instantes y confirmó en el brillo de sus ojos que no le estaba jugando ninguna broma. Al parecer, la situación en la que se encontraban había tomado un giro gracias a la nueva información. Atalaya reordenó las prioridades y modificó la ruta. Se devolvieron un par de túneles, hasta encontrar uno en particular que era de color verde y que tenía símbolos de lobos pintados en las paredes. Al instante, Rena supo hacia dónde se dirigían. Ya no iban hacia el refugio, iban a ver a los lobos de chaqueta. “Ojalá Richard me siguiera debiendo un favor”,pensó al instante.
Con cada paso que dieron, se fueron dando cuenta de que el volumen de una música ochentera iba subiendo cada vez más, hasta el punto en que creyeron estar en un concierto en vivo; oían todo, el bajo, la guitarra e incluso las botellas quebrándose contra el suelo. Tan pronto como arribaron a su destino, Atalaya registró el antro con la mirada de forma casi inconsciente, pero Rena soltó una sorpresiva carcajada al ver a un par de tipos que simulaban ser toros y hacían chocar sus cabezas, una y otra vez, mientras sostenían una olla con ambas manos. Ambas se pararon en el centro de la multitud y todos permanecieron en silencio. Hasta la música se detuvo.
La francotiradora se levantó una manga y enseñó su marca de N.N. a los presentes, esperando que aún existieran aliados, pero parecía que allí no los iba a encontrar, ya que todos sacaron sus armas y apuntaron al par de jugadoras casi al instante.
El aire se volvió pesado y el único que se atrevió a mover fue un perro callejero que se acercó a la muchacha y le lamió la palma de una de sus manos en señal de amistad. Un fuerte y agudo silbido retumbó en las paredes subterráneas y el amistoso can se fue corriendo hacia otro oscuro túnel que quedaba justo detrás de la pista de baile. Unos lentos, pero marcados pasos anunciaron la llegada de un ajeno a la fiesta. Su silueta era gruesa y llevaba puesta una capucha, pero no demoró mucho en mostrar su rostro, dejando ver sus diversas cicatrices al mismo tiempo. Rena sonrió de oreja a oreja.
—¡Richard! ¡Qué bueno que sigues bien!
Pero el muchacho no le entregó la cálida bienvenida que ella esperaba. Tan solo se limitó a acariciar a su compañero de cuatro patas y a suspirar gravemente por unos momentos. El recién llegado movió los hombros y se dirigió hacia el acolchado sillón que estaba en el fondo del lugar, apoyando su respaldo contra una pared.
Los segundos pasaron y la manada ya estaba lista para abrir fuego, pero Richard levantó una de sus manos justo antes de la ejecución y todos se quedaron expectantes a su orden. Iba a tener que pensar rápido si quería salvar a sus excolegas de una muerte segura.
El fornido muchacho se agachó y volvió a acariciar a su can, para luego verbalizar su decisión:
—Fenrir, huélelas, a ver si son nuestras enemigas. —Y el perro así lo hizo. Se acercó a un ritmo apresurado y comenzó a olerlas una a una, y justo cuando Rena creyó que iba a comenzar a ladrar, el cachorro lengüeteó varias veces las palmas de sus manos, obligándola a contener sus cosquillas.
Solo después de esto, el líder de la manada suavizó su mirada y por fin tomó la palabra:
—¡Howlers! Como pueden ver, Fenrir las ha reconocido como parte de la manada, así que les pediré que no se dirijan a ellas de forma hostil. ¿Podrían ser tan amables? —Uno de los presentes estuvo a punto de dejar salir una queja, pero Richard lo fulminó con la mirada.
Guardaron sus armas. El muchacho había podido manejar la situación, ahora solo quedaba saber qué era lo que las únicas N.N. con vida podrían llegar a necesitar de él y su clan. Así que no demoró en consultarles.
Rena se sintió ofendida por la frialdad de la pregunta:
—¿Crees que esas son maneras de recibir a tus viejas amigas?
Richard no contestó de forma inmediata. Al parecer, muchas cosas habían cambiado en el último tiempo, y todo indicaba que lo habían hecho más para mal que para bien.
El líder de los lobos se quedó mirando con extrañeza a la muchacha mientras levantaba una de sus cejas. No comprendía su actitud tan relajada. Atalaya notó el gesto de incomprensión:
—No la culpes, no sabe nada, se acaba de reconectar hoy.
Richard asintió al mismo tiempo que murmuraba el sonido de la letra M de una forma exageradamente larga, casi como si le acabaran de decir algo que era demasiado obvio. Pero Atalaya no se detuvo allí y aprovechó, ahora que tenía la atención de todos los presentes, para cambiar las cosas a su favor con una sola frase, la misma que le había cambiado los planes a ella minutos atrás. Clavó sus ojos en los de Richard, quien seguía acariciando a su mascota:
—Tienen a Sarah.
El muchacho se detuvo en seco, ahora sí tenía toda su atención. El jugador veterano se acercó un poco a ambas y despejó su garganta:
—Es una broma, ¿verdad? ¿Me estás queriendo decir que Sarah, la líder de la Crow Family, la que sobrevivió a Aifor, esa Sarah, se dejó capturar? Disculpa si me cuesta trabajo creerlo.
Pero la muchacha peliceleste tenía una puntería prodigiosa, y dejó salir sus palabras en donde más le podría llegar a doler a Richard. En sus arrepentimientos:
—¿Debo recordarte que la Crow Family ya no existe gracias a que todos ustedes decidieron huir con la cola entre las piernas en vez de unirse a la pelea? No me digas que se te olvidó ese detalle. —La muchacha miró a su alrededor con un amargo rencor en sus ojos y elevó su tono de voz—: Se llaman Howlers, y qué buena justicia le hacen a su nombre. Aúllan, solo eso. Ladran mucho, muerden poco.
Una gota de sudor pasó por la frente de Rena, la muchacha no sabía qué tan buena idea era provocar a un grupo de más de quince jugadores expertos en su propio territorio, y mucho menos teniendo en cuenta que Gaia tenía el sistema de P.K. activo las veinticuatro horas del día. Un par de tipos estuvieron a punto de volver a apuntarles, pero Richard sacó una pistola de uno de los bolsillos de su abrigo y se sobrepuso a la situación una vez más.
Todos los Howlers se quedaron mirando a su líder, a la espera de que algo ocurriera, y claro que ocurrió. Para la sorpresa de todos, Richard botó el aire de sus pulmones y se disparó en uno de sus propios muslos:
—¿Realmente piensas que, de haber sabido que las cosas iban a terminar así, nos hubiéramos ido de Aifor, abandonando a los demás? —preguntó casi gritando.
Atalaya conocía la respuesta a esa pregunta. Sabía que no era el caso, sabía que los Howlers se hubiesen quedado a luchar y vencer o morir con los cuervos, pero mantuvo la calma e intentó hacer una jugada inteligente:
—Bueno, lo que hoy venimos a entregar es algo que muchos buscan, pero que pocos encuentran. Llegamos ante ustedes con una oportunidad de redimirse, justo aquí, justo ahora. Creemos que Rotten la tiene —sentenció.
Tan pronto como la palabra “Rotten” salió de la boca de la N.N., todos los jugadores comenzaron a aullar fuertemente y a golpear el piso, incluso uno de ellos arrojó hacia el suelo el vaso de whisky que se acababa de servir. Parecía que tenían cuentas que saldar con ese clan, porque hasta Richard golpeaba el suelo con una de sus botas. El muchacho escupió al suelo y levantó su mirada.
—Conque Rotten, ¿eh? Estaremos más que dispuestos a ayudar si nos permiten darles caza a esos malditos.
—Son unos malditos —agregó Atalaya.
—Sí, de verdad, unos malditos.
La esperanza de recuperar el tiempo perdido volvía a emerger entre todo el caos, pero Richard se negó a la idea de hacer borrón y cuenta nueva. No podía, no sin antes poner a Rena al tanto de todo lo que había ocurrido en su ausencia.
Se sentó de pies cruzados y, poco a poco, todos fueron imitándolo mientras se hacían callar los unos a los otros:
—Se viene una buena historia, escuchen —se decían entre ellos.
Ya estando prácticamente en círculo indio, el joven reclamó la atención para sí mismo y le contó a Rena hasta el más ínfimo detalle de lo que había ocurrido. Le comentó acerca de cómo los Keres de Aifor acabaron con todo el territorio de los FrontLiners. Le dijo que una legión de jugadores intentó hacerles frente, pero que cada uno de ellos había muerto en vano. Luego relató una tragedia tras otra, hasta que llegó el momento que Rena había estado esperando: la guerra de los cien cartuchos.
—Esos malnacidos de los Keres son mucho más inteligentes de lo que creíamos. Los desgraciados supieron exactamente dónde atacar e hicieron estallar todas las tiendas de municiones, junto con las barracas y los arsenales. Fue un caos total, la gente tenía armas de sobra, pero no había balas por ninguna parte. Nadie supo qué hacer. Algunos decidieron desconectarse inmediatamente, pero otros pocos se quedaron para repeler el ataque. La desesperación de ver morir a tus amigos, de no poder salvar a alguien, aun teniéndolo en frente, es algo que no se lo doy a nadie. Te hace cuestionar todo en lo que crees. ¿Qué tan sádico tiene que ser el creador de un juego, como para condenar a los NPC a no poder salir de sus edificios predeterminados? Todos ellos fueron masacrados por la legión de soldados de los Keres. En un momento llegué a pensar que eran miles y nosotros unos cuantos… Y justo cuando todos creíamos que Insomnia ya iba a pasar a la historia, los malnacidos se devolvieron. Fue como si nos hubieran golpeado y escupido en la cara, queriendo demostrar que pueden aniquilarnos cuando ellos quieran y que solo estamos viviendo gracias a un tiempo prestado, como si ellos fueran los que permiten nuestra existencia. Yo creo que todo fue obra de la GM, esa NPC con alas gigantes fue la causa de todo.
Rena empuñó sus manos lo más fuerte que pudo y se obligó a seguir escuchando el resto de la historia:
—Perdimos a muchos ese día: padres, madres, hermanos, hermanas, hijos, hijas, tíos, sobrinas… los gigantes no discriminaron en la matanza y en honor a todos los que lucharon, hoy se encuentra el memorial en el centro de Insomnia, cerca de la barricada de escombros.
Los pensamientos de Rena se inundaron de rabia, su mente no podía dejar de imaginar a la muchacha albina riéndose mientras les arrebataba la vida a las decenas de jugadores que habían luchado por Gaia. Era algo grotesco, algo enfermizo, algo que ella no iba a permitir nunca más. Celeste había cruzado la línea, debía responderle de la misma manera.
En el público, uno de los miembros del clan de los lobos que tenía un gran afro dejó salir un brindis, al mismo tiempo que levantó su botella de cerveza barata:
—Por los héroes de los cien cartuchos —y todos le contestaron casi al unísono—: ¡Por aquellos que no despertarán!
Atalaya suspiró de la culpa. Sabía que lo que acababan de hacerle a Rena era casi como una terapia de shock, pero también sabía que se necesitaba una bestia para acabar con otra. Necesitaba que Rena madurara de una vez por todas, era necesario que su compañera de equipo se convirtiera en una N.N. de tomo y lomo, que dejara ir esa inocente idea de que todo se iba a arreglar como por arte de magia. El mundo no funcionaba así. La realidad estaba superando a la ficción una vez más. Quisiéranlo o no, la guerra ya había comenzado y aunque les costara aceptarlo, la estaban perdiendo.
Otro miembro de los Howlers, que estaba más al fondo, se puso de pie y pidió la palabra:
—¿Quieren saber la razón por la que seguimos a Richard? —preguntó al aire, sin esperar que nadie contestara. El líder se sonrojó por unos instantes, sabía en lo que terminaba esa frase, pero no tuvo tiempo para esconderse antes de que el jugador tomara a Fenrir con ambas manos y lo alzara como a un león recién nacido que es mostrado a su clan—: En medio de la sangre y las balas, mientras la desesperanza nos invitaba a bajar los brazos y cerrar los ojos, cuando la anarquía era la reina de Insomnia, justo cuando esos bastardos de Rotten se aprovecharon del caos para llegar al poder y asesinar a muchos, nuestro líder recibió a Fenrir en la familia. Y ahora yo les pregunto, Howlers: ¿No es eso lo que hace un verdadero alpha?
Todos le gritaron en respuesta un fuerte:
—¡Claro que sí!
Y el muchacho tomó asiento, como si nada hubiese ocurrido.
Richard intentó intercambiar el sabor de la vergüenza por el del tabaco. Sacó un grueso cigarrillo de su cartuchera. Lo prendió y botó un par de bocanadas de humo antes de dirigirse a la recién conectada:
—Rena, ahora que sabes lo que ocurre cuando miras hacia otra parte, ¿volverías a hacerlo?
Ella tenía muy claro que no. Sus manos lo sentían, su mente no paraba de trabajar y su corazón grabó el dolor que sintió en ese momento, para que nunca más volviera a dudar en acabar con la vida de alguien si llegaba a ser necesario. Estaba harta de que le arrebataran cosas. Primero le habían arrebatado a su amigo robot Arthur, luego a Hernán, luego a Mark y ahora a Sarah. Claro que no, nunca más en su vida iba a mirar hacia otra parte.
Richard preparó las tropas y Atalaya le solicitó una reunión privada por un par de minutos antes de salir en busca de la jugadora que les faltaba. Pero Rena tenía puesta su cara de gato curioso, y eso solo podía significar una cosa. Ella también quería escuchar lo que estaban por decir, así que los siguió a escondidas.
Entre lo mucho que conversaron, lo que más le llamó la atención a la muchacha fue una frase que a Atalaya le costó demasiado trabajo pronunciar:
—En el Inframundo está corriendo un rumor acerca de que hay un candidato a N.N. con vida. —Las pupilas se le dilataron a la muchacha. Un nuevo N.N. Eso era justo lo que necesitaban, eso les podía dar una oportunidad de pelear a los jugadores. Se guardó el secreto, era mejor así. Al parecer era solo un rumor, pero ya había tomado la determinación de aferrarse a él.
Ambos jóvenes se reintegraron al grupo y Rena notó que Richard ya tenía un segundo cigarro en la boca. El objetivo era claro: había que rescatar a Sarah. El sol estaba por salir y todos sabían el rol que debían cumplir. Pero su enemigo no era un clan ordinario, era Rotten, y si bien Rena no los conocía, las expresiones que los Howlers pusieron tan pronto como escucharon su nombre fue motivo más que suficiente para saber que debían ir con extremo cuidado.
Se dirigieron a una de las salidas del sistema de alcantarillado, y justo antes de volver a la superficie, la muchacha le dejó salir una queja recurrente al líder de la manada:
—Deberías dejar de fumar.
El solo le contestó con una sonrisa.
1 GM: Acrónimo de Game Master, corresponde al título máximo que se le otorga a un moderador de juego. En otras palabras, es aquel jugador que posee todos los privilegios de administrador dentro de un servidor.
2 Gaia-phone: Dispositivo digital compuesto por hologramas, cuya función es comunicar a los jugadores dentro de Gaia.
