Balas de medianoche - Ignacio Quevedo - E-Book

Balas de medianoche E-Book

Ignacio Quevedo

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Beschreibung

Dependiendo de a quién le preguntes, un juego puede llegar a ser mucho más que eso… Rena es una muchacha que ama los videojuegos y ahora tiene dos vidas: la de Gaia y la del mundo real. De un lado se encuentra con balas, adrenalina, amigos y secretos, mientras que del otro están sus cariñosos abuelos y un misterio que intentará descubrir por su cuenta. Gaia es un juego de disparos de inmersión completa en donde hay lugar para todo: colisiones de clanes, diversas misiones, amistad a toda prueba, incluso transformación de dinero digital a real y asesinatos. Pero lo que más cautiva a las personas que lo juegan es su historia, una historia en la que están directamente involucrados los N. N., jugadores anónimos con mascarilla y pinta de demonios que no nacen ni mueren. Déjate sorprender por las balas de medianoche. Ingresa a este mundo repleto de acción, sentimientos y emociones a flor de piel. Viaja por ciudades cubiertas de luz y peligro. Y, ante todo, pronuncia aquella misteriosa palabra que te conecta a una realidad paralela: ¡Engage!

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Seitenzahl: 426

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Balas de medianoche © 2022, F. Ignacio Quevedo F. ISBN: 978-956-406-045-3 eISBN: 978-956-406-250-1 Primera edición: Junio 2022 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en parte, tampoco registrada o trasmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mediante mecanismo fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo escrito por el autor.

Trayecto Editorial Editor: Aldo Berríos Ilustración portada: Luis Naranjo Diseño portada y diagramación: David Cabrera Corrales Dr. Sótero del Río 326 of 1003, Santiago de Chilewww.trayecto.cl +56 2 2929 4925

Imprenta: Donnebaum Impreso en Chile/Printed in Chile

Para aquellos que no forman parte de la historia en sí, pero que forman parte importante de la de muchos. Para todos los que sienten que aprovechan su vida y para los que no: dedicado a los que nos sensibilizan y unen: para Tomiii11, un gamer ejemplar, y también para los N. N. del mundo real.

Índice

Glosario de Gaia’s bullet

Beta

Tutorial

El último desafío

Colisión

Un hombre rudo entra a un bar…

Genética

Evento: el último deseo

Rumores

Operación Liebre

El acertijo de un gato

Blackbirds

Si te dijera, no me creerías

Una cita improvisada

Dónde queda el paraíso

Bug

N. N.

Cachetada

La mordedura de una viuda

Nido de cuervos

Cuento de niños

¿De avellana o de avena?

Midnight Madness

Lo que te convierte en líder

Voluntad

Encargo

El primer disparo

Agradecimientos

Glosario de Gaia’s bullet

Beta

Todos han escuchado rumores a lo largo de su vida, algunos están repletos de misterios y otros de chistes que no supieron cómo rematar, pero este en particular se origina dentro del juego más popular jamás creado: “Gaia’s bullet”.

Muchos países y comunidades se dedican profesionalmente a jugarlo veinticuatro horas al día, siete días a la semana, y la razón detrás de que todos quieran estar online es el famoso sistema de conversión que permite transformar la divisa digital “reckon” del juego en dinero del mundo real.

En una ciudad dentro del país más largo del mundo, una joven se moría de ganas por comenzar su aventura. Había ahorrado mes a mes, aceptando un montón de trabajos aburridos y un sinfín de quehaceres hogareños a cambio de pequeñas sumas de dinero, y todo para poder comprarse la costosa consola que era compatible con Gaia’s bullet. Ella quería sumergirse en los datos del juego y comenzar lo más pronto posible. Quería descubrir sus límites y comprobar por sí misma de qué estaba hecha. Para Rena, cada minuto de su vida en el que no estaba jugando, era un minuto casi desperdiciado.

Un día por fin pudo conseguir el dinero suficiente. Al fin iba a poder jugar al título que no paraba de salir en las noticias. Era esa tentadora mezcla que resulta al fusionar la adrenalina, los disparos y la estrategia, la que siempre le había llamado la atención con respecto al nuevo juego, juego que para ese entonces ya era mundialmente conocido y tenía cientos de millones de jugadores. Tenía de todo: desafíos, puzles, amenazas y recompensas, justo lo que buscaba.

La consola que la joven tanto anhelaba consistía en tres partes: unos guantes de sensor de movimientos que tenían unos cables de lo más inusuales, un casco negro cuidadosamente diseñado que dejaba espacio suficiente para un par de audífonos y, por último, el extraño monitor cardíaco que había que colocarse en el pecho antes de encender la consola para conectarse al mundo digital. Hasta el día de hoy, muchos dicen que su funcionamiento continúa siendo un misterio no resuelto, pero la teoría que más se sostiene es que la gente es capaz de mover su personaje dentro del juego gracias a las señales neuronales que su cerebro envía y que el casco percibe. A Rena no podía importarle menos cómo funcionaba, solo quería comenzar a disparar lo antes posible.

La joven no perdió el tiempo y quiso bajar corriendo las escaleras para contarle las buenas noticias a sus queridos abuelos, pero antes de hacerlo, fue al baño y se enjuagó rápidamente la cara para quitarse las legañas que evidenciaban que se había vuelto a desvelar. Si hablamos de trasnochar, ella tenía un magíster y su abuela la pasaba retando por eso. Rena terminó de enjuagarse la boca y comenzó a correr descuidadamente en dirección a las escaleras. Casi tropieza con un peluche que ella misma había dejado en el piso el día anterior, pero sus rápidos reflejos le ayudaron a sostenerse a último momento. Es bien sabido que unos cuantos peldaños no son dignos oponentes para un adolescente ansioso, y esta no fue la excepción. En cuestión de segundos se reunió en la cocina del primer piso con sus abuelos, allí era donde siempre estaban a esa hora del día. Se asomó por la entrada y los vio haciendo lo que acostumbraban: la abuela preparaba el desayuno mientras se reía de vez en cuando y su abuelo tenía sus ojos puestos en un libro.

No había sábado en el que sus abuelos no le prepararan dos rebanadas de pan de molde tostadas con una paila de huevos y un té caliente con algunos trozos de canela flotando por aquí y por allá. Su paladar ya se conocía el menú de memoria.

La joven se sentó a la mesa y saludó a su abuelo, quien ni siquiera alejó el libro que sostenía frente a sus narices; de hecho, Rena ya había sido testigo de que no los soltaba ni siquiera cuando ocurría un terremoto. Muchas veces le había dicho que para él la lectura era la culpable de mantenerlo con vida, que el mundo era demasiado irreal y monótono como para ser cierto y que la verdad se ocultaba en las páginas de lo que la gente llama fantasía. Y muy en lo profundo, Rena había comenzado a convencerse de ese hecho. Pasaba tardes enteras reflexionando en cómo los seres humanos podían mentirse, dañarse y traicionarse los unos a los otros de forma tan natural. Para ella todo parecía sacado de un cuento de hadas, eso sin mencionar “El gran glitch”, fenómeno que sus padres le habían descrito como uno de los desastres más grandes de la humanidad moderna en su historia. Cuando ella era más pequeña, le habían contado que la humanidad formó parte de un proceso decisivo en donde se tuvieron que cuestionar las diversas sociedades hasta sus cimientos. Que la gente no podía ponerse de acuerdo y el caos estuvo a punto de reinar, a eso le llamaron el gran glitch. El fenómeno había marcado un antes y un después en la historia, y siempre que ella preguntaba, la detenían con la misma frase: “A duras penas habíamos logrado sostener los esquemas de organización social, la falta de voluntad casi nos aniquila”. Pero Rena súbitamente sacudió la cabeza, volvió en sí y nadó lejos de esos recuerdos. Tenía que volver al tema principal: su desayuno y Gaia.

Su abuela le estaba terminando de cocer los huevos revueltos y sus ojos se encontraron. Al instante comenzaron a competir a quién pestañeaba primero, como siempre lo hacían, pero el duelo se vio interrumpido cuando la paila comenzó a oler a quemado. Su abuela tuvo que ceder, dejó salir una sonrisa y pestañeó antes que su nieta:

—¡No fue una pelea justa! —Había perdido el duelo, pero al menos había rescatado los huevos.

La joven se indignó por un momento, pero luego le respondió con la misma frase que su abuela le soltaba cuando era ella la ganadora:

—Es cosa de estrategia, jovencita, ya aprenderás.

Ambas soltaron una risotada e incluso el abuelo de Rena se quitó el libro de encima por unos instantes. Estaba todo listo, el estado de ánimo y la comida, era hora de averiguar el motivo por el cual la más joven del hogar estaba más animada que de costumbre.

Rena tragó un par de sorbos de té y masticó una de las rebanadas de pan tras haberle puesto huevos encima, pero entonces pudo notar que ambos no dejaban de mirarla.

—¿Y bien? ¿Qué ocurrió? —preguntó su abuelo al notar que la muchacha no devoraba su desayuno como de costumbre. Su nieta estaba tomándoselo con calma, esa era señal más que suficiente para saber que algo había pasado.

La muchacha se limpió la boca con una servilleta, se armó de valor y sintió que era mejor decirles más temprano que tarde:

—Al fin conseguí el dinero, abuelos. ¡Ya puedo comprarme la consola! —tan pronto como lo dijo, observó el rostro de ambos para ver cómo reaccionaban y notó que su abuelo sonrió con orgullo de forma casi inmediata, pero también alcanzó a notar cómo su abuela hizo un gesto de sincera preocupación. Había durado sólo una fracción de segundo, pero eso fue suficiente tiempo para que Rena lo notara.

La curiosidad la venció y tuvo que preguntar:

—¿Todo bien, abue? —No podía quedarse con la duda, es decir, nunca antes había visto esa expresión en el rostro amable de su abuela.

La señora dejó a un lado el té que se había preparado, le dirigió una comprensiva mirada y negó moviendo la cabeza de un lado a otro mientras agitaba suavemente su mano. Era como si hubiera querido restarle importancia al asunto, y en verdad, fuese cual fuese su intención, se negó a hablar y Rena se tuvo que quedar con la duda de todas formas. La muchacha suspiró y continuó contando los pasos necesarios para tener la consola en sus manos; uno de los requisitos era ser mayor de edad para poder comprarla, y eso iba a representar un problema ya que ella aún tenía diecisiete.

Cuando terminó de entregar todos los argumentos con los que justificaba la compra, desde el cómo el hecho de que ella jugara iba a tener un impacto positivo en la vida de todos, hasta lo feliz que sería, su abuela se paró de la silla y tomó de un hombro a su esposo en completo silencio. Él la miró por unos instantes y con gran pesar tuvo que bajarle los humos a su pequeña en solo tres palabras. Fijó sus ojos en su nieta, tosió un par de veces y luego las dejó salir, así sin más:

—Tendremos que pensarlo —es justo esa combinación de palabras, una de las peores que se le pueden decir a alguien que añora tener algo hace mucho tiempo y que por fin lo tiene a su alcance.

Rena no pudo contener su molestia, el brillo que sus ojos tenían al comienzo de la comida se apagó rápidamente y tragó lo que le quedaba de desayuno casi sin tomarle el sabor. Pero ella no iba a permitir que su sueño de convertirse en una jugadora oficial se viera opacado por el solo hecho de no haber nacido un año antes. Ella sentía que había nacido para los videojuegos. Además, sus abuelos la conocían bien, ellos sabían que amaba el riesgo. Por más que le dio vueltas al asunto, no pudo entender por qué le estaban negando la oportunidad, pero tuvo que aceptarlo. Suspiró, y una vez lista, se paró de la mesa, dejó la loza y la taza sucia en el lavaplatos y se fue directo a su habitación. Fue lo más parecido a un berrinche de su parte; si su intención era demostrar que ya era lo suficientemente madura como para tomar decisiones por su cuenta, había fallado de manera rotunda.

Los minutos pasaron y Rena comenzó a ordenar su habitación, luego hizo un poco de ejercicio y finalmente se sentó a dar vueltas en su silla de escritorio mientras miraba los pósteres de videojuegos que estaban pegados en las paredes. Sus ojos fueron a dar con sus audífonos de color negro con verde. De todos los que tenía, esos eran sus favoritos ya que se los había regalado su madre, y si bien le quedaban un poco ajustados, no dudó en ponérselos.

Esos audífonos le entregaban una tranquilidad impagable, la aislaban del ruido, pero más importante, del mundo. Su madre le había heredado una técnica de reflexión, y ella había logrado arreglar varias situaciones gracias a la concentración que alcanzaba cuando los llevaba puestos. Por ejemplo, el problema que tenía con los pájaros que la despertaban temprano en las mañanas de fin de semana que solucionó gracias a un simple plan: Creó un sencillo sistema compuesto por un tarro con piedras y una cuerda que daba a su habitación; así, cada vez que quisiera mandar a volar lejos a las aves, ella sólo debía jalar de la cuerdita y hacerlo sonar. Sus abuelos incluso decían que esos audífonos le otorgaban magia e inspiración, y que debía saber aprovecharla.

Rena dejó pasar las horas mientras jugaba en su computadora, como de costumbre. Luego se recostó sobre el teclado por unos instantes y recordó cómo su padre siempre le recalcaba lo primordial que era la postura a la hora de jugar. Ella debía tener la espalda recta y la pantalla a la altura de los ojos, sólo así podría tener ventaja sobre sus enemigos y cuidarse la columna al mismo tiempo. Ese sencillo acto le permitía matar dos pájaros de un tiro, aunque en su caso, como a ella no le gustaba matar animales, modificó el refrán a “darle al blanco dos veces con la misma flecha”. En su mente ese refrán sonaba mucho mejor, así nadie inocente tenía que morir… aunque quizás esos pájaros que la despertaban a las ocho de la mañana los domingos eran los candidatos perfectos para ejecutar el refrán de su padre al pie de la letra.

El tiempo pasó desapercibido hasta que sintió un aroma que subió desde la cocina y le bailó en la punta de la nariz. Su olfato no demoró mucho en reconocer su comida favorita: papas fritas con seitán.

El aroma era demasiado tentador. Bajó por las escaleras a escondidas y quiso echar un vistazo. Tan pronto como lo hizo, notó que sólo estaba su abuela preparando las cosas y que su abuelo no se dejaba ver por ningún lado. Se asomó lentamente y consultó nerviosa:

—¿Y el abuelo Henry?

Su abuela terminó de sacar de la freidora algunas papas que ya estaban listas y le contestó entre el sonido del aceite hirviendo:

—Salió hace unos minutos, quizás no te diste cuenta por estar jugando tus jueguitos de guerra.

Efectivamente, ese había sido el caso, pero no era del todo su culpa: es muy difícil escuchar qué ocurre a tu alrededor cuando tienes puestos un par de audífonos, y si a eso le sumas el hecho de estar jugando a algo con explosiones y balas por doquier, es incluso peor.

Ya eran casi las tres de la tarde y el estómago de Rena dejó salir una queja por la falta de comida.

—¿Cuándo almorzamos? —consultó, escondiendo su vergüenza.

—Tan pronto como vuelva Henry, querida —le contestó su abuela sin despegarle los ojos de encima a sus sartenes y ollas.

Tenía la información que necesitaba, ya no faltaba mucho para el almuerzo. Quiso volver a encerrarse en su habitación, pero sintió que antes debía hacer las paces.

—Abue… perdón por lo de antes… es que de verdad tengo muchas ganas de jugar a Gaia. Es como si yo no te dejara comprar ese recetario de cocina típica chilena que tanto te gusta, sólo porque a mí no me agraden los libros amarillos. —Había dado un golpe bajo, ella sabía cuánto le fascinaba la cocina a su abuela.

La abuela sacó los bistecs de seitán del fuego y reflexionó en lo certero que había sido el comentario de su nieta. Tomó aire y le contestó con un tono de voz juguetón:

—Veo que te hemos criado bien…

Rena se quedó a la espera de alguna otra palabra que continuara la frase de su abuela, algo así como: “y por eso te permitiremos tener la consola que quieres”, pero dichas palabras nunca llegaron.

La joven se resignó, giró sobre sus talones y se dispuso a volver a su habitación usando la capa de la derrota, hasta que, como un niño regresando a casa luego de haber visto a su superhéroe favorito, desde el antejardín escuchó a su abuelo tocar la bocina del antiguo auto de la familia. Rena sabía lo que eso significaba. Cada vez que escuchaba esa melodía en la bocina del auto del abuelo, algo bueno debía ocurrir; una vez le trajo un gatito rescatado, otra un pequeño hámster y otra, un helado gigante para subirle el ánimo. Ella sabía que ese sonido significaba sólo una cosa: buenas noticias.

Ni siquiera se fijó en si llevaba puestas sus pantuflas y salió corriendo en busca de su abuelo. Henry la estaba esperando con los brazos abiertos y algo detrás de él. La muchacha no lo dudo y saltó a sus brazos, pero el abrazo duró nada más un par de segundos. Henry no alcanzó ni a darse cuenta cuándo Rena ya no estaba abrazándolo, sino que había comenzado a abrazar a la consola y al juego que tanto esperó. Por fin los tenía en sus manos, el destino los había hecho coincidir. La joven no se pudo controlar y le dijo a la consola las primeras palabras que se le vinieron a la mente:

—¡Mi bebé! —Luego tomó un poco de aire y puso sus ojos en el juego sellado que no dejaba de brillar—. ¡Tú y yo seremos inseparables! —Lo besó.

Todo era júbilo en el antejardín, el abuelo sonrió e incluso dejó salir una que otra lágrima de felicidad, mientras que Rena no paraba de saltar de la emoción. Pero, en la cocina, ni siquiera el mejor comediante le podría haber sacado una sonrisa a la dueña de casa.

La abuela de Rena se asomó desde la entrada y soltó un grito que se escuchó en todo el barrio:

—¡Henry! ¡Vamos a tener que hablar seriamente! —El abuelo tenía certeza de que su plan iba a traerle consecuencias, pero nunca esperó que estas fueran una emergencia nuclear de semejante magnitud. Abrazados, ambos entraron de vuelta a la casa, en donde la chef estrella del hogar los estaba esperando con una cuchara de palo en las manos, sin dejarla de agitar. Primero se dirigió a su esposo—: ¡Tú! ¿En que habíamos quedado con este tema? —El abuelo sólo agachó la mirada. Mientras era sermoneado, Rena trató de escabullirse hacia el segundo piso, pero los ojos de su abuela funcionaban a la perfección a pesar de su edad y la sorprendió de un salto, justo detrás del sillón—. ¡Y tú! —Contuvo el enojo lo más que pudo y recordó a su propia hija, cuando por primera vez había comprado una consola. Inmediatamente algo en ella se suavizó con ese recuerdo—. ¡Sí, tú! ¿Crees que los calcetines se lavan solos acaso? —Rena observó cómo sus pies estaban cubiertos de tierra. Estaba en problemas, había salido sin pantuflas. Cuando la abuela tuvo a ambos a su merced, respiró y pensó en la felicidad de su familia… Debía ser más flexible… Terminó por ceder y suavizó su mirada y se dirigió a su nieta—. Debes prepararte mejor, jovencita. ¡De lo contrario, no durarás ni un día viva en ese jueguito de guerra!

Los ojos de Rena se abrieron de par en par. La joven saltó a abrazarla con todas sus fuerzas, el abuelo se unió y los tres se sintieron agradecidos por tenerse. Ese día, el almuerzo no pudo ser mejor para Rena, estaba con quienes amaba, comiendo su comida favorita y al fin tenía en su poder la consola y el juego que tanto había esperado.

Llegó la noche y la joven se despidió de sus abuelos, cerró la puerta de su habitación, se puso los audífonos que su madre le había regalado y se puso a leer cuidadosamente el manual de uso. Estaba ansiosa, pero ella sabía que en los videojuegos los impacientes eran los primeros en ser eliminados, aunque más de una vez se había dejado llevar. Luego de un par de minutos de lectura, encendió la consola con el botón azul que esta tenía y las luces del aparato comenzaron a brillar en múltiples colores. La joven no perdió el tiempo y se puso los guantes, el casco negro y finalmente el sensor del pecho. Cerró los ojos y dio el comando que, de acuerdo a lo que acababa de leer, debía decir en voz alta:

—Engage!

El aparato comenzó a sonar como si unas turbinas estuvieran a punto de explotar y, en cuestión de segundos, Rena ya estaba siendo transportada al mundo virtual de Gaia.

Al principio todo era de un profundo color negro, igual que la vida. Estaba tan oscuro que no podía ver casi nada. El tiempo seguía transcurriendo y Rena comenzó a pensar que quizás su juego venía con una falla de fábrica que le impedía arrancar como era debido. Pero, luego de unos segundos, algunos colores y luces comenzaron a aparecer de la nada, y Rena tuvo la sensación de que estaba llegando al final del túnel, que por fin el regalo de sus abuelos se estaba terminando de configurar.

Una robótica y femenina voz le comenzó a hacer preguntas, y Rena las contestó tan rápido como pudo. Iban desde el país de origen y los idiomas que ella manejaba, hasta una confirmación de su estatura y peso con un sistema de chequeo corporal usando los guantes. Tras haber terminado de contestar la última pregunta, un holograma de una chica pálida como la nieve que llevaba puesta una armadura ligera entre negra y violeta, y que dejaba parte de su abdomen descubierto, se acercó a ella al punto que Rena pudo notar cómo su peinado, que tenía dos largas coletas, no estaba conformado precisamente por pelo, sino que por cables que tenían una entrada tipo jack en las puntas.

El ser de inteligencia artificial pestañeó un par de veces e inclinó su cabeza para un lado, luego para el otro y comenzó a explicarle las reglas a la joven. Rena asumió que se trataba del NPC que debía darles la bienvenida a los jugadores primerizos. Se miró las manos y comenzó a notar cómo todo se percibía igual que en el mundo real. Sus dedos tenían tacto, podía oler el caucho de la habitación en donde había ido a parar, e incluso sentía la temperatura del aire al entrar y salir de sus pulmones en cada bocanada. Si hubiese tenido que describir esa sensación en solo una frase, ella hubiese elegido la misma que tanto le gustaba a su abuelo: era irreal, pero cierto.

La muchacha cibernética siguió con los protocolos explicativos y, al ritmo de una música techno, una serie de hologramas relacionados con lo que ella estaba diciendo comenzaron a enumerar lo que hacía a Gaia’s bullet tan único y distinto de los demás juegos del mercado. Rena la escuchó atenta:

La NPC pasó un dedo por su garganta de forma horizontal y luego tronó el cuello hacia un lado en señal de muerte:

—Si tu voluntad llega a cero, es game over. Eso significa que no podrás conectarte más en tu cuenta.

La NPC ahora hizo una equis con ambos brazos:

—El P. K. está permitido en todo momento, así que cuídate de los demás y evalúa bien en quién confiar.

Hizo una pausa y retomó:

—El sistema de conversión de la divisa digital reckon a dinero del mundo real sólo puede realizarse en las máquinas establecidas y la comisión es del 50 %, es decir, la mitad de lo que quieras convertir es lo que llegará a tu cuenta en un plazo de veinticuatro horas hábiles. La otra mitad se considerará parte de los gastos operacionales.

Esta vez, mucho dinero comenzó a llover desde el cielo alrededor de la joven de armadura y ojos violeta.

El holograma se guardó un poco de dinero en los bolsillos y continuó:

—A diferencia de otros juegos, acá las habilidades que desbloquees dependerán de las experiencias que vayas teniendo. Los logros se marcarán en tu piel, ya sea como un tatuaje o una cicatriz. Puedes consultar la sección de simbología en tu menú para saber qué significa cada uno.

Varias máquinas de tatuaje comenzaron a rodearla mientras emitían el particular sonido que hacen cuando están encendidas y funcionando. Para Rena fue como escuchar a varias abejas bebé aprendiendo a volar al mismo tiempo.

Pero faltaba algo más.

—¡Por último! Cualquier arma está permitida, al igual que cualquier método para alcanzar la victoria, por eso siempre le aconsejo a la gente nueva buscar un gremio o un clan para unir fuerzas con otros jugadores. En estos momentos, los cuatro clanes principales son: La Crow Family, Los Howlers, Los Frontliners y las Lightblue Widows. ¡Te deseo éxito en lo que te propongas, bienvenida a Gaia’s bullet! Aparecerás en la ciudad principal en diez segundos. ¡Suerte, jugadora y recuerda no convertirte en una bala más en el cielo!

Como por arte de magia, la pálida joven se esfumó y Rena apenas tuvo tiempo para inspeccionar su cuerpo antes de que todo se fuera a negro una vez más. Notó cómo al costado superior izquierdo de su campo de visión estaba la barra de voluntad de color verde, y no tardó mucho en notar que su nombre estaba escrito con letras blancas sobre la misma, pero le pareció de lo más extraño. De entre todas las preguntas que le había hecho, ella no recordaba haberle entregado esa información al holograma. El tiempo límite se cumplió y una luz cegadora se posó frente a sus ojos, obligándola a cubrírselos con ambas manos, y para cuando los pudo volver a abrir, sus pies ya se encontraban pisando el cemento de la ciudad principal.

Un nombre apareció escrito en letras blancas, justo entre los edificios más altos y los luminosos carteles: “Insomnia”. Su aventura había comenzado, debía ser cautelosa y astuta, pero también fuerte y valiente para poder triunfar. Se golpeó el rostro con ambas manos y sintió un poco de dolor. Dirigió su mirada hacia la esquina superior izquierda y vio cómo su barra de voluntad bajó levemente. Dejó salir un comentario:

—Estos tipos no se andan con juegos. —Luego reunió coraje y se propuso seguir la dirección que una flecha de color naranja en el piso no paraba de señalarle.

Rena caminó por algunos minutos, perdiendo de vez en cuando su mirada entre las oscuras calles de la ciudad y el contraste que estas hacían con los animados y luminosos carteles que ocupaban casi todo el espacio visual. También comenzó a recitarse a sí misma de forma burlesca la frase que no paraba de rebotar por los recovecos de la metrópolis, cada vez que los altoparlantes se abrían:

—“Bienvenidos a Insomnia, la ciudad en donde no querrás cerrar los ojos”.

Y vaya que era cierto. Había tantas cosas ocurriendo al mismo tiempo, que ni siquiera quería pestañear para no perderse algún detalle.

La joven se propuso disfrutar cada segundo de su estadía, y su ambición ya había comenzado a meterle una idea en la cabeza: ser la mejor del servidor. Ella sabía que tenía aptitudes, todos esos años de jugar cosas bélicas en la computadora debían servirle para algo, así que se atrevió a soñar. Al fin estaba dentro. Ahora ya no solo era Rena, nieta del amoroso Henry, a quien nadie conocía, sino que tenía la oportunidad de ser quien se propusiera. Podía ser una asesina a sueldo, una aventurera o una consejera, pero, incluso más importante para ella, tenía la oportunidad de cumplir uno de sus objetivos principales: demostrarse a sí misma y a los demás que los juegos no eran una pérdida de tiempo, sino una oportunidad para descubrir mundos hermosos que están esperando ser encontrados. Suspiró. La moneda ya estaba dando vueltas en el aire, era tiempo de elegir una de sus caras.

Tutorial

Lo que encontró al final del recorrido que la flecha le marcaba fue un edificio de cuatro pisos de altura. Se notaba que tenía fuertes cimientos, como si se hubiese construido para resistir explosiones. Además, tenía unas ventanas ennegrecidas que dificultaban la visión hacia dentro y la entrada parecía un banco europeo antiguo con columnas romanas y todo. La primera sensación que invadió a Rena al verlo fue una gran confusión, ella se encontraba en un mundo lleno de tecnología y cosas futuristas, pero ese edificio en particular se erguía orgullosamente y destacaba del resto con voz propia; era como si todo lo demás fuera un correo electrónico y él fuese una carta antigua escrita a mano. Volvió en sí. No podía perder el tiempo, estiró ambos brazos y luego abrió la puerta principal.

Una luz de color azul invadió sus pupilas apenas entró al lugar. A su izquierda había un mesón con armas, granadas y municiones que eran gestionadas por un robot de traje que medía casi dos metros. A su derecha había un pequeño invernadero con plantas de todos los colores en su interior, algunas eran de color amarillo, otras rojas e incluso unas pocas de color morado; lo primero que se le cruzó por la mente fue que cada una debía tener un efecto distinto, pero no pudo reflexionar tanto en relación a ellas, ya que el robot sirviente del mesón se le acercó a paso apresurado tan pronto como terminó de cerrar la puerta.

—Bienvenida, jugadora, mi nombre es P. T. ¿Es su primera vez en el mundo de Gaia’s bullet?

Rena no supo qué contestarle, estaba sorprendida por lo real que todo se veía y no dejaba de preguntarse cómo habían logrado programar a ese robot sirviente para que identificara su género con tanta facilidad. Observó sus propias prendas de ropa y rectificó lo que ya creía: nada en ellas daba pista alguna para asumir que era una mujer. Llevaba puesto un polerón deportivo con capucha, unas botas de guerra con dibujos que brillaban en la oscuridad y un collar negro con verde, sumado a sus audífonos que colgaban del cuello. ¿Cómo diablos P. T. se había dado cuenta de que era una mujer? No le gustaba que la gente descubriera su identidad, ya había tenido un sinnúmero de experiencias negativas al respecto, desde jugadores que le querían regalar objetos, hasta imbéciles que no dejaban de coquetearle, por lo que agregó la primera cosa a su lista de tareas pendientes: tener un aspecto neutro. Quería que la reconocieran por sus habilidades in-game, no por su género.

—Estás en lo correcto —contestó la muchacha, tratando de rescatar algunas palabras.

El robot P. T. mostró una sonrisa digital formada por unas luces de color amarillo que prácticamente abarcaron desde una de sus orejas de acero hasta la otra.

—¡Perfecto! El día de hoy, yo seré tú guía tutorial para que te familiarices con los sistemas de combate y supervivencia de Gaia, pero antes de comenzar necesito saber si tu barra de voluntad se encuentra en sus niveles máximos.

Rena desvió la mirada hacia la esquina superior izquierda de su campo de visión y notó que no era el caso, no estaba llena. Hizo unos cálculos rápidos y se avergonzó de aquel bofetón que se había dado a sí misma. Estaba recién empezando y ni siquiera estaba en condiciones de rendir el tutorial. Por un instante creyó que ni siquiera merecía el título de jugadora. Se había puesto en desventaja desde el minuto uno, estaba empezando con el pie izquierdo.

P. T. vio cómo Rena intentaba encontrar palabras de excusa, pero la tranquilizó, explicándole que era muy común que las personas se dañaran en el camino. Le señaló que recibía anécdotas de todo tipo, algunas con perros, otras con comida en mal estado, algunos descuidos de jugadores o la simple curiosidad de comprobar qué tan real era el mundo de Gaia. Aunque también le llegaban historias en relación a uno de los mayores peligros existentes: los jugadores y clanes P. K. Y por último le dijo que el invernadero con plantas medicinales estaba allí para curar a todos los jugadores novatos, independiente de lo que les hubiera ocurrido en el trayecto.

El robot sacó unas hojas de una de las plantas de color verde, le explicó que eso la iba a ayudar a estar full hp una vez más y luego las pulverizó. Inmediatamente después hizo aparecer una probeta y fusionó ambos elementos. Y así de fácil tuvo en su poder una poción menor. Rena la bebió como si hubiese sido la mejor bebida del mundo, al principio pensó que iba a ser amarga, pero terminó siendo una exquisita mezcla entre dulce y ácido.

Una vez que ya tenía su barra de voluntad a tope, Rena estuvo lista para comenzar su entrenamiento y P. T. dejó salir una instrucción mientras caminaba hacia la mesa de recepción:

—No se separe de mí, jugadora.

Una vez ahí, P. T. le ofreció a Rena una gran variedad de armas. Había de todo tipo y de todo alcance, en la pared no eran más que hologramas y siluetas compuestas por cuadritos de color azul, pero al momento de ser tocadas por P. T., estas se materializaban y se dejaban caer sobre sus manos como una hoja en otoño. El robot dejó salir una sonrisa.

—Este sistema es sólo por precaución, ya sabes, por si alguien se quiere pasar de listo y venir a robarnos.

Una de las luces de su rostro se prendió y se apagó en un corto intervalo, al parecer ese había sido su intento por guiñar un ojo, pero no le había resultado como esperaba, ya que Rena le preguntó si es que se encontraba bien en vez de entender el mensaje.

La muchacha miró y analizó cada una de sus opciones y, de entre todas ellas, un rifle de francotirador despertó su interés de forma casi inmediata. Era un arma hermosa, tenía un acabado de color platino y una mira telescópica que se parecía mucho a la que usaba habitualmente en sus otros juegos.

P. T. lo notó:

—¡Oh! ¿Le interesa ser una francotiradora? Pero piénselo bien, debería saber que cada vez que se dispare un arma de este tipo, el jugador debe recargar. Es una medida de compensación por la ventaja de rango que otorga.

El arma era tentadora, pero tener que recargar después de cada disparo no sonaba mucho a su estilo de juego, por lo que desvió la mirada en busca de una mejor opción.

P. T. le señaló las ventajas y desventajas de cada una de las armas que estaban disponibles para canjear como regalo de bienvenida, y Rena por fin tomó una decisión: Quería el rifle automático de asalto que contaba con treinta municiones por ronda, eso le iba a dar un buen poder de fuego y un tiempo de respuesta decente. Además, P. T. le señaló que podía ponerle la mira telescópica que ella quisiera a su primera arma, por lo que no lo pensó dos veces y la modificó, poniéndole la mira del rifle que había visto al principio. Su arma estaba lista para el combate. Se quedó mirándola por unos instantes y la acarició varias veces, como si hubiese adoptado a un perrito callejero. Era su nueva mejor amiga, así que debía tener un nombre y no halló nada mejor que ponerle Hen, en honor a quien hizo posible su estadía en Gaia: su querido abuelo.

Ya con Hen lista para disparar, el robot guio a Rena hacia el campo principal de práctica, y una vez allí le explicó rápidamente las reglas para comenzar lo antes posible. Rena estaba ansiosa, sus ojos no paraban de decir “disparos, disparos, disparos”.

—¡Primera prueba! —gritó P. T.—. Debe dispararle a los blancos móviles que aparecerán por la habitación. Le deseo éxito. —El robot la dejó sola y, tal como dijo, muchos blancos comenzaron a emerger desde todas las murallas y recovecos del lugar.

Rena estaba en un trance, no dejaba de asestar cada uno de sus disparos. Salió uno a su derecha, le dio en la cabeza, salieron dos a la izquierda y los tumbó en un segundo con balazos en el pecho, luego salieron tres más al fondo de la línea de tiro y ella saltó el mesón con una sonrisa pintada en la cara, y los hizo sucumbir con dos balas a cada uno. Sin previo aviso, la puerta de la habitación se abrió de par en par, y Rena ya estaba apretando el gatillo para cuándo se dio cuenta de que se trataba de P. T. Se intentó detener en seco, pero era demasiado tarde, por lo que sólo alcanzó a desviar la boca del arma hacia el techo y precisamente allí, en el techo, fue donde quedó incrustada la bala de Hen, pero eso era mucho mejor a que quedara en la cabeza de P. T. Se felicitó a sí misma por su rápida reacción, lo había hecho bien. P. T. nunca sabría que estuvo a punto de recibir un balazo entre ceja y ceja. La prueba había terminado y un mensaje de alerta apareció frente a los ojos de la joven: Nueva habilidad: Artillero,al mismo tiempo que un tatuaje de un fusil comenzó a aparecer en uno de sus brazos.

Ingenuamente, el robot sirviente se acercó y le tocó el hombro en señal de felicitación mientras mencionaba el recuento de muertes:

—¡Vaya! De acuerdo a los resultados, tiene una puntería muy por sobre el promedio. —Hizo como que tosía y retomó la palabra—: ¡Siguiente prueba! ¡Supervivencia y camuflaje! —Ahora hizo una señal con la mano para que Rena lo siguiera y ambos abandonaron la habitación de blancos móviles. La joven se preguntó si es que su bala iba a quedar incrustada allí para siempre, pero levantó los hombros, le restó importancia al asunto y siguió a su nuevo amigo P. T. El agujero en el techo ya era problema de otro.

La nueva habitación era enorme, tenía unos sillones de color negro y unos invernaderos a los que les faltaba el techo o alguna que otra plancha de las paredes, e incluso contaba con una pequeña piscina en el centro. La joven supo al instante lo que le tocaba hacer. Todo le indicaba que debía jugar a las escondidas.

P. T. recitó las reglas con una naturalidad enorme:

—¡Cacería de sesenta segundos! No se deje atrapar por los sabuesos mecánicos, cada mordida le restará un 25 % de voluntad y es mi deber informar que hay jugadores que sólo llegan hasta esta etapa del juego, ya que, si su barra de voluntad llega a cero, eso significará su muerte —era como si las hubiese repetido unos cuantos cientos de millones de veces. De hecho, creyó que ese era el caso.

Al instante, Rena hizo un pequeño cálculo mental: “a la cuarta mordida estoy fuera”.

Tres grandes perros mecánicos con una armadura de colores rojo y negro hicieron su entrada desde una de las esquinas de la habitación. Cada una de sus patas de metal tenía unas enormes garras de acero inoxidable, y en la punta de la cola había un aguijón de color morado que Rena asoció al instante con la armadura de la NPC que le había dado la bienvenida.

Aguijones y garras, P. T. no le había mencionado nada de eso, pero el robot anfitrión ya no se veía por ningún lado como para protestar en su contra.

Desde dentro de la habitación sonó un comando en forma de grito:

—Hunt! —Y un enorme reloj digital que marcaba sesenta segundos descendió desde el techo. La cacería había comenzado y los sabuesos de metal se pusieron a perseguir a su presa.

De forma inmediata Rena fue corriendo hacia detrás de los sillones, pero uno de los sabuesos le alcanzó a morder la punta de una de sus botas de guerra y tuvo que darle una patada en el hocico para zafarse. La joven sacó un cojín de uno de los sofás y lo utilizó para interceptar una mordida de otro sabueso que iba a darle justo en el brazo. Suspiró y observó su barra de voluntad. Seguía intacta, menos mal, pero no podía regocijarse de su pequeña victoria: los perros aún la querían ver muerta y la cacería había recién comenzado.

La carrera retomó curso y un sabueso calculó con gran exactitud hacia dónde iba a saltar su presa y la siguió volando por los aires. Estuvo a un par de centímetros de alcanzar una de sus piernas, pero en el último segundo Rena la contrajo y lo golpeó. El animal de metal había buscado morderla, pero una patada en el hocico fue todo lo que terminó por encontrar.

La jugadora novata reflexionó por un instante, aunque sin dejar de correr. En campo abierto era presa fácil, ellos tenían ventaja numérica, perdía tanto en número de oponentes como en la cantidad de patas disponibles.

—¡Es injusto! —reclamó al aire, pero no ganaba nada con gritar, así que decidió irse hacia los invernaderos. Por algo estaban allí, quizás eso inclinaría las cosas a su favor.

En plena carrera, un perro le alcanzó a morder la parte del talón de una de sus botas, y Rena tuvo que desabrochársela para que no la detuviera; si bien su brillante calzado le gustaba bastante, en ese momento era un sacrificio que estaba más que dispuesta a hacer. Dejó ir su botín sin pensarlo dos veces, justo antes de hacer una acrobacia en el aire para entrar por una de las ventanas rotas de los invernaderos. Aterrizó con un pie descalzo y trató de controlar su agitada respiración mientras intentaba mimetizarse en la parte que tenía más plantas y maceteros repartidos.

Los tres animales con armadura no demoraron en llegar al invernadero, pero su frustración se hizo evidente al no poder encontrar a su objetivo entre la densa vegetación. Rena al fin estaba teniendo un merecido descanso, un descanso que no le duró muchos segundos, ya que los tres perros aullaron hacia el techo al mismo tiempo y sus cuerpos comenzaron a modificarse sobre la marcha con un sonido ensordecedor.

De entre la armadura de los canes comenzaron a salir unas mangueras que tenían un líquido fluorescente de color naranjo dentro, ahora parecían chitas y Rena no supo de qué se trataba, hasta que uno de los animales comenzó a usar su nariz para olfatear. Algo le hizo click, una vez más estaba en aprietos.

—Cheaters! —gritó la muchacha justo antes de dejar salir una risita. Si hubiese tenido público, no todos hubiesen entendido el ingenioso juego de palabras que había hecho al mezclar al veloz animal de África con la palabra tramposo en inglés, pero no pudo celebrar antes de que tuviera que salir corriendo a toda marcha desde su escondite.

Los sabuesos comenzaron a perseguirla de una forma incluso más veloz que antes, y Rena pensó que esas mangueras tenían algo que ver con el aumento de sus aptitudes físicas. Miró como pudo el reloj y se dijo para sí misma: “aguanta diez segundos más, Rena, solo diez”, pero lo que no sabía es que aún debía superar una última prueba de valor.

Como buenos cazadores, los sabuesos estaban programados para evolucionar con el pasar del tiempo, y al llegar al rango crítico de la prueba, los tres cuadrúpedos cibernéticos se fusionaron en un solo gigantesco depredador.

—Menos olfato, más velocidad —gruñó el robot asesino con una voz áspera. Al parecer eran las variantes necesarias que el sistema había determinado aplicar para cumplir llevar a Rena a la tumba.

Los canes asesinos parecían ahora un gigantesco lobo, uno que corría muchísimo más rápido que Rena, y la muchacha no alcanzó a hacer nada más que escabullirse detrás de una triste palmera. El alpha gigante comenzó a mover la cabeza de un lado a otro en busca de la delgada muchacha, pero esta no se veía por ninguna parte. Hasta que desde una de las plantas cercanas se alcanzó a escuchar como si alguien hubiese arrastrado un macetero. El animal no lo dudó y saltó violentamente hacia esa dirección, haciendo añicos todo en menos de un segundo.

Pero esa no era la planta en la que Rena se encontraba. De forma muy astuta, la joven había tirado uno de los cargadores de su arma hacia ese sector para distraer al gigante, y mientras el lobo estaba mordiendo su señuelo, ella se había sumergido en la piscina del centro. Sólo faltaban unos cuantos segundos, su estrategia era impecable: él no la podría oler bajo el agua. Había vencido, estaba segura. Hasta que al lobo le quedó sólo un segundo en el cronómetro y ganó visión térmica.

Inmediatamente supo dónde Rena se escondía y pegó un enorme salto para caer en el centro de la habitación. La muchacha vio pasar su vida frente a sus ojos, y vio su reflejo en cada uno de los afilados dientes de acero del grotesco animal. Allí estaba, era su hora, sus días habían llegado a su fin antes de empezar. Pero, justo cuando las fauces del sabueso estaban a centímetros de su cuello, el tiempo se acabó y unas serpentinas salieron disparadas desde varios puntos de la habitación, sumado a otro mensaje de alerta que apareció en el campo de visión de la joven: Nueva habilidad: Superviviente. Un nuevo tatuaje se plasmó en su piel, sólo que esta vez fue en una de sus piernas y todo indicaba que iba a vivir un día más.

P. T. ingresó rápidamente a asistir a Rena en caso de que esta necesitara alguna sanación o poción, pero lo que encontró fue muy distinto a lo que esperaba. Vio a la muchacha tendida sobre su espalda, exhausta y respirando con fuerza, pero sin dejar de reír.

P. T. supo que la novata lo había conseguido.

—¡Querida jugadora, felicidades por sobrevivir!

Rena notó un poco de alivio en las palabras del robot, sonaba casi como si estuviese feliz por ella.

El robot se tendió a un costado de la joven por unos segundos y luego la miró fijamente, queriendo ver cómo iba a evolucionar y qué tenía Gaia preparado para ella.

—¿Estás lista para el último desafío? —La muchacha quedó descolocada por un momento, ya que se había acostumbrado a que P. T. la tratara de usted y no de tú.

La joven asintió un par de veces y le contestó con una honestidad abrumadora, sintiendo la adrenalina en todo su cuerpo:

—Lo que sea, P. T. ¡Hace mucho que no me divertía así!

P. T. se puso de pie y supo que era la hora de la verdad.

—¡Sígueme a la recepción! —le dijo a la muchacha, y Rena así lo hizo. Estaba lista para lo que fuera, al fin había llegado el momento de convertirse en una jugadora oficial de Gaia’s bullet. Sólo restaba una prueba más.

El último desafío

Ya en el mostrador, P. T. comenzó a apretar algunos botones para dar inicio a la prueba final. La secuencia fue tan extensa y él la ejecutó con tal fluidez que Rena llegó a la conclusión de que sólo un robot podría hacerlo. Se quedó perpleja y observó en silencio cómo algunos paneles subían y bajaban en el mueble. Luego analizó con cautela cómo cada una de las imágenes de armas que colgaban de la pared se materializaban y volvían a su forma azul de cuadritos, siguiendo un patrón específico. Era un detalle, pero Rena disfrutaba mucho que incluso los detalles estuvieran bien pensados.

Un par de arreglos por acá y otro par de artefactos que botaban luz por allá, y P. T. se detuvo en seco. Los ojos de ambos se encontraron y el robot tomó la palabra:

—Es momento de tu última prueba, muchacha.

Rena estaba preparada. Acercó a Hen (su arma) a su pecho, botó el aire que tenía en sus pulmones y asintió con la cabeza.

P. T. no esperó ni un segundo más. El casi nuevo amigo de Rena apretó un botón que estaba cerca de su mano derecha, y tan pronto como lo hizo, varios hologramas con forma de siluetas de robots comenzaron a emerger desde una de las paredes que estaba a sus espaldas. Al principio la joven no supo cómo reaccionar y mucho menos cómo superar el último desafío, pero P. T. no tardó en darle las instrucciones pertinentes:

—¡Bienvenida al último desafío! Objetivo: Sobrevivir. Repito, sobrevivir.

Si antes estaba confundida, ahora no lograba entender nada. Los seres que salían de la muralla eran hologramas, por lo que la muchacha concluyó que sus balas no iban a ser efectivas, que los atravesarían. ¿Qué sentido tenía gastar sus municiones, si nunca iba a poder dar en el blanco? Pero se le estaba escapando un pequeño detalle.

Justo después de que un robot arremetiera en su contra con un cuchillo balístico y estuviera lo suficientemente cerca como para mirarlo en detalle, creyó notar algo, pero era iba a tener que comprobarlo en un combate cuerpo a cuerpo.

Otro robot intentó atacarla y Rena lo esquivó como pudo. Sus ojos se clavaron en un pequeño punto rojo que el holograma tenía en la frente y luego se enfocaron en otro de color amarillo que estaba alojado cerca de donde debería estar el corazón. Velozmente se fijó en los demás hologramas e identificó que todos tenían los mismos puntos. No obstante, no pudo profundizar mucho en su análisis, ya que un segundo ataque hizo que el cuchillo de su agresor pasara a centímetros de su tórax. De nada servía conocer la debilidad de su enemigo si la mataban antes de poder hacer algo.

La joven recobró el equilibrio y puso su teoría a prueba. Quizás se veían como hologramas, pero vaya que sí los podía tocar. Llevó su mano a la muñeca de su oponente y le arrebató el cuchillo con una técnica de judo que ni ella supo de dónde sacó. Suspiró, y tras un forcejeo, terminó por clavárselo en el pecho al robot, justo en el punto de color amarillo: era irónico, estaba arrebatándole la vida al holograma con la misma arma con la que había intentado darle fin a la suya. Vio cómo el robot fantasmal se desintegró en miles de pedazos, y para ella fue como si una estatua de cristal hubiese sido arrojada desde la azotea de un edificio. El holograma del robot se hizo añicos, esparciendo miles de diminutos fragmentos por los aires, los cuales desaparecieron en menos de un segundo. Una maquiavélica sonrisa se posó en sus labios: ya sabía cómo emparejar las cosas.