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El último verano No podía decirle que estaba embarazada hasta que él no dijera que la amaba... Starr Bravo no encontraba el modo de decir que estaba embarazada. Seguramente porque, aunque llevaba enamorada de Beau Tisdale desde los dieciséis años, los dos habían estado de acuerdo en que lo suyo no había sido más que un romance de verano; cuando llegara septiembre, cada uno seguiría su camino... ella volvería a su sofisticado empleo en Nueva York y él a la vida en el rancho. Pero cuando ya era demasiado tarde, Starr se dio cuenta de que la vida que ella deseaba estaba allí, junto a Beau y el hijo que esperaban. Tenía que encontrar las palabras para comunicárselo antes de que el bebé lo hiciera por ella. Sonrisa de amor Vuelta a la… ¿normalidad? A Jodie Palmer le hubiera gustado saber qué era la normalidad. Porque la mayor parte del año anterior, tras un terrible accidente de coche, había estado en coma. Hasta que despertó, encontrándose entre los brazos en exceso protectores de su familia. Y también en los brazos del espectacular abogado Devlin Browne, con quien había empezado a salir justo antes del accidente. Pero, ¿qué quería Devlin de ella? ¿Por qué su familia no la dejaba a solas con él? Decidida a obtener respuestas, Jodie llamó a la puerta de la casa de Devlin. Pero lo que obtuvo fue una pregunta más. ¿Quién era ese bebé recién nacido que tenía en sus brazos?
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Seitenzahl: 451
Veröffentlichungsjahr: 2026
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© 2026 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
N.º 485 - abril 2026
© 2004 Christine Rimmer
El último verano
Título original: Fifty Ways To Say I’m Pregnant
© 2011 Lilian Darcy
Sonrisa de amor
Título original: The Mommy Miracle
Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2012
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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STARR Bravo, que había vuelto a casa a pasar el verano después de terminar el primer curso en la universidad, estaba pelando zanahorias para el guiso que ya hervía en el fogón.
—Estrellita brillarás… —canturreaba una vocecita a sus pies.
La noche anterior, Starr había intentado enseñar la canción infantil a Ethan, su hermanastro de dos años. Algo con ruedas le rodó por la pierna desnuda.
—¡Eh! —dijo con una zanahoria en la mano, mientras volvía la cabeza fingiendo estar enfadada.
El niño sonrió y continuó rodándole el camión de juguete por la pantorrilla.
—Brrrmm, brrmm…
—Déjalo ya —le dijo Starr con firmeza, pero no podía evitar sonreír con afecto.
—Brrmm, brrmm… —Ethan rodó el pequeño camión por el suelo, avanzando a gatas a toda velocidad con sus piernas regordetas.
La madrastra de Starr, Tess, estaba sentada a una larga mesa de pino abriendo vainas de habas con Edna Heller a su lado. Edna había sido el ama de llaves del rancho Sol Naciente, pero hacía unos años que la delgada mujer de unos cincuenta años ya era parte de la familia. Y Ethan, entusiasmado con su camión, lo dirigía directamente al pie izquierdo de la mujer.
Edna cruzó los tobillos y los escondió debajo de la silla.
—Ni lo intentes, jovencito.
—Brrmm, brrmm, brrmm…
Starr terminó de pelar la zanahoria con rapidez y la dejó sobre la encimera, sonriéndose para sus adentros mientras pensaba lo bien que se estaba en casa. Por la ventana, más allá de los pastos y de los tejados del cobertizo, vio las cumbres nevadas de las Montañas Bighorn envueltas en unos retazos de nubes blancas. Las verdes y ondulantes praderas, moteadas de grupos de álamos de Virginia, se extendían a los pies de las montañas, formando ondulaciones superpuestas de sol y sombra. Más cerca, en el pasto que había detrás del cobertizo, las aspas de un molino giraban con la brisa del atardecer, doradas bajo el resplandor del sol.
Mientras tomaba otra zanahoria, una camioneta verde manchada de barro entró en el patio. Starr se fijó en el conductor y se olvidó de la zanahoria.
Beau Tisdale.
Dejó caer el pelador en el fregadero. En ese momento él abrió la puerta y bajó del vehículo. Llevaba unos vaqueros cubiertos de polvo, unas botas todavía más polvorientas y una camisa de algodón desteñida, manchada de sudor en las axilas y por el pecho. Su ajado sombrero daba sombra a sus facciones; pero daba lo mismo, porque de todos modos, ella las conocía muy bien. Conocía sus hombros anchos, su cintura estrecha, sus piernas largas y musculosas… Sí, lo conocía muy bien; aunque hubiera preferido no haberlo conocido.
Al final de la mesa, Ethan avanzaba con su camión en miniatura entre las patas de las sillas.
—Brrmm, brrmm, brrmm…
En el patio, otro peón que Starr no reconoció salió del asiento del copiloto y fue hacia la parte de atrás de la camioneta. Beau se unió a él. Los hombres se pusieron unos guantes de trabajo y empezaron a sacar la alambrada y los postes para levantar las vallas nuevas.
Con movimientos rápidos y metódicos, colocaron el material contra una pared del cobertizo.
Starr los observó un momento, mientras en su interior sentía una gran agitación. A pesar de ser un cretino y un mentiroso, Beau trabajaba bien, era fuerte y no se distraía en su trabajo.
—Beau Tisdale está aquí —se limpió las manos en un paño de cocina mientras se volvía hacia las mujeres, intentando por encima de todo que no le temblara la voz—. Ha traído un cargamento de postes y tela metálica que está descargando en este momento.
Tess y Edna se miraron y continuaron abriendo vainas.
—Oh, sí —dijo Tess sin apartar los ojos de las habas y hablando con la misma naturalidad que Starr había intentado darle a su tono de voz—. Daniel hizo una especie de trato con los proveedores de las vallas. Es más cara que la alambrada, pero más segura para el ganado. Además, según dicen, dura mucho. Daniel y Beau convencieron a tu padre para que la probara. Así que imagino que Beau ha querido traer una parte.
Daniel Hart, un hombre mayor que no tenía familia, era el dueño de un rancho cercano. Hacía un par de años, cuando Beau acababa de salir de chirona, había sido contratado por el señor Hart. El trabajo, evidentemente, los había beneficiado a los dos.
—Bueno, pero qué amable por parte de Beau —había dicho Starr mientras añadía sacarina.
Ladeó la cabeza con cierto aire desafiante. Sí, cuando se trataba de Beau tenía su opinión propia, y le daba lo mismo quién lo supiera o no.
—Sí, es cierto —dijo su madrastra mientras inclinaba su melena rizada sobre las habas—. Muy amable.
Starr dejó el paño a un lado y se volvió hacia la ventana mientras tomaba de nuevo el pelador. Chirona. Pensó de nuevo en la palabra con delicia mientras agarraba otra zanahoria y empezaba a pelarla. Recién salido de chirona…
En pocos minutos había pelado todas las zanahorias y empezó a pelar una patata grande. Fuera, en el patio, Beau y el otro vaquero desconocido descargaban en ese momento los últimos postes para la valla.
De acuerdo, si quería ceñirse a los hechos, Beau había cumplido condena en una granja estatal y no en la penitenciaría. Se lo habían concedido porque tanto Tess como Zach, el padre de Starr, habían hablado en su favor durante el proceso. Starr sólo decía que había ido a chirona para sus adentros. Sí, era malvado por su parte, pero se daba cuenta de que tenía derecho a ser un poco mala en lo que se refería a Beau Tisdale.
Su padre había hecho mucho por Beau, defendiéndolo así ante el tribunal, después de lo que Beau había hecho. Y entonces, cuando Beau había salido, su padre había sido el primero en ponerle en contacto con el empleo en el rancho de Hart.
Starr continuó pelando las patatas con diligencia.
Esa no era la primera vez en los últimos años que había visto a Beau por el Sol Naciente. Ay, no. En varias ocasiones los había visto juntos, a su padre y a él, apoyados en la valla que rodeaba el corralón de los caballos, charlando codo con codo. Y más de una vez había visto a Beau cabalgando junto a los peones después de una larga jornada de trabajo matando malas hierbas, cuidando de los toros o haciendo sabía Dios el qué.
Sí, de acuerdo, el rancho era un esfuerzo común. Hombres de distintos ranchos trabajaban juntos para sacar adelante el trabajo más duro. Pero aquello iba más allá. Cuando había estado en casa en Semana Santa, incluso había visto a su padre dándole unas palmadas en la espalda a Beau. Un gesto amigable; como si fueran buenos camaradas o algo…
Tess y su padre eran buena gente. Siempre harían lo posible para ayudar a los necesitados. Starr estaba orgullosa de ellos por eso, y no tenía problema con que ayudaran a Beau para que éste no tuviera que sufrir. Incluso aceptaba que su padre le hubiera encontrado un empleo, que lo hubiera ayudado a empezar de nuevo.
¿Pero hacerse amigo de él? Eso era llegar demasiado lejos.
—Vas a destrozar esa pobre patata si sigues quitándole mataduras.
Starr se quedó helada. Había estado tan absorta en su furia hacia Beau, que ni siquiera se había dado cuenta de que su madrastra se acercaba.
—Starr… —la voz suave de Tess la calmaba y reprochaba al mismo tiempo.
Starr apretó los dientes y continuó, hasta que la mano delgada y trabajada de Tess le cubrió la suya.
—Vamos, dame la patata…
En el patio, Beau y el otro peón se montaban en la camioneta. Primero se oyó una puerta que se cerraba y luego la otra.
—Starr…
—Vale, toma —le plantó la patata a Tess en la mano y tiró el pelador en el fregadero—. De todos modos, no me vendría mal un descanso.
La camioneta verde se alejó mientras Starr se enjuagaba las manos en el fregadero. Tiró el paño en la encimera y salió de la cocina, ignorando a Ethan que se había metido el camión de juguete en la boca y la miraba con los ojos muy abiertos, y a Edna que fruncía la boca y negaba con la cabeza, mientras que Tess estaba allí con la patata en la mano, contemplándola con preocupación.
Unos cinco minutos después, Starr oyó unos suaves golpes a la puerta de su cuarto.
—¿Starr? —se oyó la voz de Tess.
Para entonces Starr empezaba a sentirse algo avergonzada. Por mucha rabia que le diera ver a Beau Tisdale en el Sol Naciente no debería haber reaccionado de ese modo.
—¿Puedo pasar? —le preguntó Tess.
—Sí —respondió Starr de mala gana. Tess entró y cerró la puerta mientras se apoyaba sobre ella.
—¿Estás bien? —le preguntó Tess.
Starr dejó pasar unos treinta segundos antes de contestar. Se tiraba del dobladillo de los pantalones y hacía como si estuviera muy interesada en los dibujos de la colcha azul y blanca de su cama. Tess le había hecho esa colcha, además de las cortinas azul marino, cuando Starr tenía dieciséis años y había vuelto a vivir en el Sol Naciente.
—Sí —Starr concedió por fin—. Estoy bien.
Tess se acercó a la cama con cautela. Starr le señaló que estaba dispuesta a hablar cuando se corrió un poco para dejarle sitio en la cama. Tess se sentó con tanta suavidad que el colchón apenas se movió. Después de eso, las dos permanecieron así un par de minutos, sin saber por dónde empezar.
Tess rompió el silencio.
—Esas cortinas… —le dio un codazo a Starr y señaló las cortinas que había hecho unos años antes—. Las estaba colgando cuando me asomé al patio trasero y os vi a ti y a Beau entrando en el cobertizo…
—Dios —Starr echó la cabeza hacia atrás y miró al techo—. ¿Tienes que recordarme ese día, o a ese hombre?
Tess le echó el brazo por los hombros y le dio un apretón para darle ánimos.
—Bueno, sí, creo que sí. Creo que a lo mejor hemos esperado demasiado para hablar de ello.
Dolida, con la garganta atenazada, se apartó del reconfortante abrazo de Tess y se volvió a mirar de frente a su madrastra.
—No lo entiendo, ¿sabes? Papá… Es como si fuera su amigo. ¿Cómo puede hacer eso papá después de lo que me hizo Beau Tisdale?
—Oh, cariño —Tess fue a echarle de nuevo el brazo.
Starr lo evitó.
—No. No intentes mejorarlo así. No es mejor. Tú estabas allí. Tú fuiste la que nos pillaste juntos. Y fuiste tú la que estuviste allí conmigo en el patio, después de que papá le dijera que se marchara. Fuiste testigo de cómo me tiró al suelo el corazón y me lo pisoteó con su bota ajada y polvorienta.
—Starr…
Starr levantó las dos manos.
—No… no lo excuses.
—Pero yo…
—Esto. No —se miraron y entonces Starr le contestó—. De acuerdo. Sé que en realidad no fue culpa de Beau que los asquerosos de sus hermanos lo obligaran a vigilar mientras nos robaban el ganado. Sé que al final se puso en contra de ellos y os ayudó a meterlo otra vez en el rancho. De verdad os entiendo a papá y a ti, y por qué sacasteis la cara por él en el juicio. Y por qué papá lo recomendó para que lo contratara el viejo Hart. Pero lo otro… Lo que ocurrió entre Beau y yo…
El viejo dolor regresó con tanta fuerza que le atenazó la garganta y le dejó sin habla. Echó la cabeza hacia atrás y se aguantó las ganas de llorar; las ganas de derramar unas lágrimas sin sentido, por un hombre que no las merecía.
Ligera como una brisa templada, la mano de Tess le acarició el cabello. Starr levantó la cabeza y la miró.
—Tess, confiaba en él; y hace tres años ya sabes cómo era yo. Entonces no me fiaba de nadie. Pero confiaba en Beau. Y él ofendió mi confianza.
—Cariño, creo que hay más que eso —le dijo Tess con seguridad—. Creo que es hora de que empieces a ver lo que ocurrió a través de los ojos de una mujer, porque ahora ya no eres una niña; eres una mujer. Ya no eres la misma chiquilla dolida y confundida que eras entonces.
—¿De qué me estás hablando? Tú estuviste allí, Tess. Tú lo viste. Lo hizo en medio del patio, contigo y con papá y seguramente con Edna y cualquier peón del rancho que se molestara en mirar por la ventanilla de su vehículo.
—Starr…
—¡No! —negó con la cabeza con verdadero empeño—. ¿Cómo puedes excusarlo? Ya sabes lo que hizo.
Desde luego, Starr lo recordaba como si hubiera sido ayer. Era un día caluroso de junio, muy parecido a ese día…
Con el pulso latiéndole con fuerza en los oídos, Starr bajó las escaleras corriendo, seguida de Tess. Cruzó el salón a toda prisa hasta el vestíbulo, donde abrió la puerta de entrada y salió corriendo al porche.
Al otro lado del patio, se abrió la puerta del trailer de Beau. Su padre salió del vehículo. Avanzó por el camino y se dirigió hacia la parte de atrás de la casa. Pero cuando la vio en el porche, cambió de rumbo y fue directamente a las escaleras de entrada.
—¿Qué ocurre?
Starr se asomó por la balaustrada del porche, tratando de ahogar el llanto.
—¿Papá, qué ha pasado? ¿Has hablado con él? ¿Te ha dicho…?
—Starr —su padre parecía cansado—. Pensé que habías dicho que te quedarías en tu dormitorio.
—No he podido —gritó ella—. Tenía que saberlo. ¿Te lo ha contado, que entre nosotros hay algo especial? ¿Entiendes ahora que nunca fue su intención que pasara nada malo, que él…?
—Starr. Beau se marcha. Voy a por su jornal, y después se marchará.
Starr no podía dar crédito a lo que estaba oyendo. Se quedó mirando a su padre con la boca abierta.
—¿Cómo? No. No puedes hacer eso. No está bien, no es justo…
Se apartó de la barandilla y corrió hacia las escaleras. Pero su padre le impidió el paso.
—Vuelve a tu cuarto.
¿Por qué no quería entender? ¿Por qué no veía lo que pasaba?
—Tengo que hablar con él.
—No, no tienes que hablar nada con él. Deja que ese imbécil se largue.
Una rabia ciega la invadió al oírle hablar así de Beau.
—¡No es un imbécil! Él… Se preocupa por mí, eso es todo. Sólo quería estar conmigo, como yo quiero estar con él.
Todo estaba allí en los ojos tristes de su padre: que tenía dieciséis años y Beau veintiuno, que ella era una Bravo y Beau uno de esos Tisdale haraganes…
Injusto. Era tan injusto. Ella le había dicho que jamás se había acostado con ningún hombre, a pesar de lo que todo el mundo pudiera pensar de ella; que ella y Beau no habían hecho nada salvo besarse en el granero, y que, sí, Beau le había desabotonado la camisa. Pero eso era todo. La cosa no había ido más allá.
—Starr —le había dicho su padre—. Ve a tu cuarto.
Ni hablar. Se agachó para deslizarse junto a él, pero él se le adelantó y se plantó de nuevo delante de ella. Starr se chocó con él mientras su padre le agarraba de ambos brazos.
—¡No! —gritó; tenía que salvar el obstáculo y llegar hasta Beau—. ¡Déjame ir! —chilló—. ¡Deja que hable con él!
—Starr, escúchame —las manos grandes de su padre la agarraban con fuerza, aunque ella se retorcía, le pegaba con los puños en el pecho y le daba patadas—. Starr. Tranquilízate.
Entonces ella ya estaba como una loca, agitándose y moviendo los brazos.
—¡No! ¡No voy a hacerlo! ¡No! ¡Suéltame!
A sus espaldas oyó a Tess que decía:
—Viene para acá.
Su padre maldijo entre dientes. Starr se quedó helada y estiró el cuello para verlo. Beau salía en ese momento de su caravana, que estaba al otro lado del patio.
—¡Beau! —lo llamó ella con todo su anhelo y desesperación—. ¡Beau, no me deja hablar contigo!
Intentó de nuevo librarse de su padre, y como lo pilló desprevenido a punto estuvo de deslizarse por un lateral. Pero él le agarró de un brazo al pasar, tiró de ella y la abrazó por la espalda. Entonces le agarró del otro brazo y la inmovilizó, colocándole los dos brazos a la espalda, mientras ella pegaba tirones y se revolvía para librarse de su padre y correr hasta Beau.
Beau se acercaba a ellos avanzando a grandes zancadas, levantando el polvo del suelo con sus botas. Se detuvo a unos metros de donde Starr forcejeaba con su padre, intentando librarse para ir junto a él.
Entonces vio el cardenal; un cardenal enorme que Beau tenía en el mentón.
—¡Beau! ¡Te ha pegado! —exclamó ella llena de rabia mientras se volvía a mirar a su padre.
—Olvídalo —dijo Beau en tono neutral, en absoluto ofendido—. No es nada.
Ella se volvió a mirarlo de nuevo y empezó a echar sapos por la boca.
—¡No! ¡No tenía derecho a golpearte! No has hecho nada malo. Él no puede…
—Starr —la miraba con frialdad—. Tenía todo el derecho a hacerlo.
—¡No! —su respuesta fue un grito desgarrado de amargura.
Había dejado de forcejear, y en ese momento lo único que hacía era quedarse quieta y mirar a Beau; mirar sus ojos apagados y su rostro sin expresión. ¿Dónde estaba su amor? ¿Dónde se había marchado? ¿Qué era lo que le estaba diciendo?
Beau sonrió despacio. Era una sonrisa de complicidad, una sonrisa atroz. Y entonces, muy suavemente, se echó a reír. Fue un sonido sucio, insultante.
—Tisdale —le advirtió su padre con un rugido.
—Zach —le dijo Tess desde el porche—. Deja que él se lo diga.
Por un momento no pasó nada; y entonces, sin previo aviso, su padre la soltó. Ella se tambaleó un poco y se precipitó hacia delante, hacia Beau.
—Beau, por favor…
Pero él la cortó de manera desagradable.
—Pensaste que te las sabías todas, ¿verdad, chica de la gran ciudad? Que te las sabías todas y que nunca te dejarías engañar. Pero el rollo del vaquero solitario te convenció, ¿no?
Aquello no podía estar ocurriendo.
—¿Qué… estás diciendo?
Él emitió un sonido leve y lleno de arrogancia.
—Sabes muy bien lo que estoy diciendo.
Ella sacudió la cabeza con empeño, como si quisiera olvidarse de sus crueles palabras.
—No…
—Sí —Beau bajó la voz, como si estuviera compartiendo con ella un sucio secreto—. Vamos, ya sabes cómo somos los hombres.
Starr no dejaba de negar con la cabeza.
—¡No! Tú no lo harías. No podrías hacerlo. Todas esas cosas que me dijiste…
Él se encogió de hombros.
—No querían decir nada de nada. Yo iba detrás de una cosa. Y los dos sabemos lo que era.
—No… —susurró esa vez, pues no le salía la voz.
Beau continuó esbozando esa sonrisa perversa y dañina.
—Sí…
Entonces intervino su padre.
—De acuerdo, basta. Vamos, Tisdale. Por la puerta trasera. Iré a por tu dinero.
Y sin decir ni una palabra más, Beau se dio la vuelta y se marchó.
—Me dolió, Tess —le decía Starr en tono suave, con la cabeza agachada de nuevo y los hombros caídos—. No creo que sepas cuánto me dolió…
Tess no discutió. Sólo le pasó la mano suavemente por el brazo, un gesto más elocuente que cualquier palabra de consuelo o comprensión.
Starr miró a su madrastra.
—Y eso… Me dio tanta vergüenza que me dijera esas cosas tan horribles; sobre todo delante de todo el mundo.
—Lo sé —susurró Tess—. Y yo… lo siento tanto.
—No lo sientas. No fue culpa tuya.
Tess apretó los labios y entonces suspiró.
—En eso te equivocas. Fue culpa mía. Por lo menos un poco.
—¿Pero cómo? —le preguntó Starr sin pestañear—. No. No entiendo por qué dices eso.
Tess se sentó un poco más derecha.
—Lo digo porque es verdad. Zach le habría impedido a Beau que dijera esas cosas. Pero yo le pedí a tu padre que dejara continuar a Beau —hizo una pausa y miró a Starr a los ojos—. ¿No lo recuerdas?
Starr apartó la mirada. Con el pensamiento regresó de nuevo al patio trasero, aquel día tres años atrás, mientras le partían su pobre corazón.
—Zach —había dicho Tess—. Deja que se lo diga…
—Sí —Starr se volvió de nuevo hacia Tess—. Lo recuerdo. Pero eso no te hace culpable.
Tess alzó una mano.
—Sí, en parte sí, porque sabía lo que diría Beau. Sabía lo que estaba intentando hacer. Y pensé que sería lo mejor para ti, que sería preferible dejar que lo hiciera. Dejarle que te hiciera daño y te avergonzara tanto que tu fuerte sentimiento hacia él se emponzoñara y se convirtiera en odio, para que no quisieras volver a hablar con él nunca más, y sobre todo para que no terminaras arruinándote la vida yendo detrás de él…
—Tenías razón. Necesitaba oírle decir lo que me dijo. Necesitaba escuchar de sus propios labios el gusano que es. Tú no te equivocabas, y ya está. Si no hubiera dicho esas cosas, tal vez hubiera arruinado mi vida yendo tras de él.
—Pero no saliste corriendo detrás de él —le dijo Tess con una sonrisa de pesar en los labios—. Y desde entonces tu vida ha dado un giro espectacular, ¿no es así?
—Bueno, sí —resopló.
Sí que había hecho pellas en el instituto el año anterior, saliendo mucho de juerga por el centro de San Diego, con el dinero que su madre le daba para quitársela de encima, y sin supervisión alguna.
—De acuerdo —reconoció—. Supongo que de un modo algo extraño, Beau me hizo un favor. Esas cosas tan horribles que me dijo me ayudaron a no querer volver a tener nada que ver con él. Y como acabó en la cárcel poco después, era lo mejor que podría haberme ocurrido. Me centré en hacer de mi vida algo mejor de lo que era entonces. Si lo miras de ese modo, me hizo un favor enorme.
Tess sonrió un poco más.
—Es verdad, ¿no?
—Pero no por eso es menos repelente. Sí, él me ayudó de un modo raro. Pero no dijo esas cosas por mi bien, ni nada de eso.
Tess ya no sonreía.
—¿Y si eso es exactamente lo que hizo? ¿Y si te hizo daño precisamente porque sabía que eso te haría libre?
Starr pestañeó y se echó un poco para atrás. Sintió un escalofrío por dentro, una especie de sensación nerviosa en el estómago.
—No. No pensarás de verdad que…
—Sí que lo pienso. Lo sospechaba entonces. Pero ahora, después de ver su modo de buscarse la vida en contra de todo pronóstico, estoy bastante segura de que dijo lo que dijo por tu bien. Sabía que estaba metido en un buen lío, Starr. Sus hermanos no estaban haciendo nada bueno, y llevaban tanto tiempo apaleándolo e insultándolo que le había costado muchísimo resistirse a ellos. Iba derecho a meterse en líos con la justicia, y lo sabía. Por eso no quería arrastrarte a ti también.
El dolor, el frío que encerraba en su corazón le pareció un poco menos frío.
—¿Tú crees?
—Lo creo —Tess le acarició la mejilla con cariño—. Así que tal vez puedas perdonarlo un poco.
Starr tomó la mano de Tess y le dio un apretón antes de soltársela.
—Sabes, eres una verdadera madre para mí.
A Tess le tembló el labio ligeramente.
—Vaya, cariño, qué palabras más bonitas.
—Sólo es la verdad, y sé cómo eres. Tan respetuosa del lugar que ha ocupado mi madre en mi vida. Así que quiero que sepas que no es nada en contra de la memoria de mi madre, te lo prometo.
La madre biológica de Starr había vivido en San Diego con su segundo marido, un hombre muy rico y mucho mayor que ella, hasta que había fallecido en un accidente en la autopista hacía dos años. Cuando Starr pensaba en Leila Wickerston Bravo Marks, siempre era con una sensación de tristeza y pesar, como si jamás hubiera compartido ningún tipo de complicidad con ella. Nunca habían estado tan unidas como Starr lo estaba con Tess; su madre jamás la había entendido y jamás había tenido mucho tiempo para ella. Leila se había gastado mucho dinero en Starr, pero el amor y la atención siempre habían sido escasos.
—Mi madre era mi madre —dijo Starr, intentando no mostrarse tan apagada como en realidad se sentía cada vez que hablaba de ello—. Lo sé… Y en cuanto a Beau…
—¿Sí?
—Pensaré en lo que has dicho. Creo que veo la lógica. Y sé que Beau ha trabajado con empeño para labrarse un futuro. Supongo que no necesita que yo esté encima de él apuñalándolo por la espalda cada vez que aparece por aquí.
Tess se acercó lo suficiente para darle un beso a Starr en el entrecejo. Cuando se retiró, una lágrima le rodaba por la mejilla, y Tess se la limpió con el revés de la mano.
—Estoy tan orgullosa de ti,; y tu padre también —estiró un brazo y le acarició el cabello, colocándoselo detrás de la oreja—. Pero tengo que decir que echo de menos ese brillante que solías llevar en la nariz.
Starr la miró de reojo.
—Eh, aún sigo teniendo el anillo en el ombligo, y una mariquita diminuta justo en el…
—Calla… —Tess levantó una mano—. Eso no se lo digas a tu padre.
Starr meneó las cejas.
—Él no me va a preguntar, y no pienso decírselo…
Tess se echó a reír con un sonido alegre y cantarín. Starr pensó en la suerte que tenía de conocerla, y que Tess no sólo era la madre que siempre había necesitado, sino que era una verdadera amiga.
—Vamos —le dio una palmada en una pierna—. ¡Hay que pelar patatas, desvainar habas…! Y esta noche, si tienes suerte, Jobeth, Edna, tú y yo nos retaremos a muerte jugando al Scrabble.
Jobeth era la hija que Tess había tenido con su primer marido. Tenía once años, y estaba en ese momento donde más le gustaba estar, en el campo con Zach, que la había adoptado el primer año que Tess y él se habían juntado. Jobeth adoraba el rancho, desde marcar el ganado hasta la recolección.
Starr gimió.
—Pero qué divertido es estar aquí.
Tess ya estaba a la puerta.
—¿Te vienes?
Starr sonrió entonces.
—¿Sabes qué? Es estupendo estar en casa.
Tres años después
Tal vez tuviera la culpa esa luna fina y plateada que parecía colgar de una estrella en el cielo estival; tal vez las dos cervezas que se había tomado; tal vez fuera por haberla visto, con su mata de pelo brillante y negra como el azabache, esos inolvidables ojos azul amatista. Tal vez debería echarle la culpa a aquel deseo que llevaba dentro; el deseo que, después de tantos años, aún permanecía en su interior, tierno como una vieja herida que nunca hubiera terminado de cerrar.
Tal vez tuviera la culpa…
Maldita sea. Que la tuviera lo que fuera. Daba lo mismo en realidad. En el baile del Día de Independencia de la Sociedad Mercantil de Medicine Creek, en el Parque del Patriota, después de seis años interminables apartado de ella, Beau Tisdale decidió que sacaría a bailar a Starr Bravo.
No era ninguna tontería armarse de valor para ello. Permaneció un rato bajo las ramas de los álamos de Virginia a una distancia prudencial de la pista de baile, estirando el cuello y observándola mientras hacía acopio del valor necesario para acercarse a ella.
En dos ocasiones había bailado con Barnaby Cotes, la astuta rata que regentaba Confecciones y Regalos Cotes en la calle Mayor y que le doblaba la edad a Starr. Entonces Tim Cally, un peón que llevaba más de veinte años trabajando en el Sol Naciente, la sacó a la pista. Tim tenía casi sesenta años y las articulaciones algo torpes, pero aún bailaba más o menos bien. Agarraba a Starr con delicadeza y sin apretarla demasiado. A Beau no le importaba ver eso, claro que tampoco tenía derecho alguno a que le importara o no la vida de Starr.
Levantó un poco el vaso y dio un trago mientras se decía que sólo le pediría un baile. ¿Qué daño le podía hacer?
Una pregunta estúpida. Le haría mucho daño si esos ojos color violeta lo miraran con frialdad, si lo rechazaran de plano. Después de todo un hombre también tenía su orgullo. Aunque estaba seguro de que ella no le rechazaría un baile. En los últimos años le había parecido lo suficientemente cívica. Cuando se había cruzado con ella por la calle, o la había visto en el rancho, ella le había sonreído con frialdad, o había asentido con la cabeza. Si tenía suerte incluso tal vez conseguía un conciso y cortés «hola, Beau».
Nunca parecía demasiado contenta de verlo, pero tampoco había vuelto a ser tan horrible como los primeros años después de salir de la granja de detención. En esos años, cuando ella lo miraba, Beau se sentía como una mofeta, el doble de maloliente, además. Entonces ella lo había odiado, simple y llanamente, por las cosas tan duras y sin corazón que le había dicho aquel día en el patio del Sol Naciente.
Pero ella ya no parecía odiarlo. Tal vez hubiera adivinado un par de cosas. O tal vez lo que aquel solitario vaquero le había dicho hacía seis años, cuando ella era aún una niña, ya no significara nada para ella.
Beau fue paseando hasta las mesas del merendero, cerca de donde tocaba la banda, donde estaban Zach, Tess y Jobeth. El primo de Zach, Nate Bravo, estaba sentado con ellos junto con su esposa Meggie May, que estaba tan redonda como una gallina alimentada con maíz con su tercer embarazo. Zach le había dicho hacía unos días que su esposa Tess también estaba embarazada.
—De tres meses —había dicho Zach con la mirada cargada de orgullo y felicidad.
Jobeth se inclinaba hacia delante con evidente interés, y Starr, sentada a su lado, echó hacia atrás su melena negra y brillante y se echó a reír.
Beau se quedó petrificado al oír ese sonido libre y jubiloso. El grupo siguió tocando, una canción muy alegre esa vez, pero la risa de Starr Bravo era una música totalmente distinta, la música más dulce del mundo. Jobeth le dio un codazo a su hermanastra en el costado y Starr fingió como si quisiera recuperar la compostura. Jobeth se puso derecha. A la luz de los farolillos rojos, azules y blancos parecía como si estuviera sofocada. Le dijo algo a Starr en tono irascible, y ésta se inclinó lo suficiente hacia un lado para golpearla en el hombro de aquella manera cariñosa típica entre dos hermanas. De todos modos, Jobeth seguía con aquella expresión testaruda, pero Beau percibió la sonrisa reacia que asomaba a la comisura de sus labios.
En ese momento, Beau vio a Nick Collerby que empezaba a acechar la mesa de los Bravo. El chico de cabello oscuro tenía más o menos la misma edad que Jobeth y había atormentada a la hermana de Starr desde que iban juntos a la escuela primaria. Tal vez a Jobeth le preocupara que él pudiera sacarla a bailar.
La canción animada estaba terminando. Si no iba para allá enseguida algún otro peón con suerte conseguiría sacar a Starr a bailar. Beau se bebió lo que le quedaba de la cerveza y tiró el vaso de plástico en un contenedor al pasar. Caminaba rápidamente, esperando que la velocidad lo llevara donde tenía la intención de ir antes de perder el coraje. Así, enseguida se plantó delante de aquella mesa llena de Bravos.
Tess y Meggie le sonrieron.
—Hola, Beau.
—¿Cómo estás?
Tenía la garganta como si le hubieran clavado un poste de una valla. Se aclaró la voz y levantó el sombrero como saludo.
—Bueno, estoy bien —contestó Beau.
—Bonita noche —comentó Zach.
—Sí, maravillosa.
Fue en ese momento cuando Jobeth se tapó la boca con la mano para ahogar una risilla nerviosa. Al mirar de soslayo vio que en esa ocasión era Starr la que le estaba dando un codazo.
—¿Dónde está Daniel? —le preguntó Tess—. A él le encantan las celebraciones.
Para no mirar demasiado a Starr. Beau se fijó en la bonita esposa de Zach.
—Daniel está un poco pachucho hoy.
Beau había dejado al hombre en su vieja mecedora, leyendo una novela del oeste. A Beau le había parecido que estaba bastante pálido, pero Daniel le había asegurado que no le ocurría nada que unas cuantas tabletas de antiácido y una noche de sueño reparador no pudiera curar.
Tess frunció el ceño con preocupación.
—Espero que no sea nada serio.
—Él dice que está cansado. Pero yo le estoy vigilando.
Tess sonrió.
—Bien. Necesita que alguien lo cuide un poco. A veces trabaja demasiado.
—Eso es cierto…
En ese momento el grupo empezó a tocar una pieza lenta.
—Esto… —empezó con vacilación—. Starr, me preguntaba si querrías concederme este baile.
Nada más decirlo se arrepintió, sobre todo por el modo acartonado de decírselo. Su intención había sido ser informal y natural, y decir algo como «¿Qué te parece si bailamos?» o «Venga, bailemos».
Jobeth soltó otra risilla. De haber llevado una pistola encima, habría disparado por encima de su cabeza para callar a esa niña. Y entonces la risilla terminó con un asombrado «¡Ah!». Al ver que Jobeth miraba ceñuda a su hermana, Beau entendió lo que había pasado. Starr debía de haberle pegado un pisotón por debajo de la mesa.
Y Starr se estaba… levantando. ¿Sería posible que existiera una mujer tan endiabladamente bella? Se había dejado crecer aquel cabello negro como la tinta, antes corto y de punta. Cuando lo llevaba suelto le caía por los hombros, pero esa noche lo llevaba sujeto con un moño, y tan sólo unos mechones finos besaban sus mejillas de terciopelo. Y esos ojos… Eran los que veía en sus sueños; unos ojos del mismo azul que el de los lobos. De tanta emoción como sentía le pareció que el corazón se le paraba unos segundos.
Ella dio la vuelta a la mesa hacia él, y aunque no sonreía precisamente, su expresión no era desagradable. El ceñido top rojo de un solo tirante le dejaba el otro al descubierto, revelando una piel tan sedosa que parecía brillar a la luz del farolillo.
Ella le tendió la mano y el corazón se le aceleró, como una manada de caballos salvajes coceando y resoplando.
Starr tenía la mano menuda y fresca al tacto; él la tenía caliente y callosa. Pero eso no pareció importarle a ella.
—Vamos, entonces —le dijo Starr.
Él se dejó llevar a través del claro cubierto de césped hasta los escalones que accedían a la pista. Entonces se agarró a él como si perteneciera a aquel lugar. Entre el top ceñido y los vaqueros de talle bajo, una estrecha sección de cintura al aire lo tentaba. Ella jamás sabría lo mucho que quería meter los dedos por debajo de aquella tela ceñida y abrazar la curva interior de…
No, no. Le agarró suavemente de la cintura, pero sus dedos no tomaron un camino que no tenían ningún derecho a tomar. Aspiró su aroma, a alguna maravillosa y exótica flor que despertó los recuerdos…
Jazmín. Olía a jazmín. Muchos años antes, cuando él tenía seis o tal vez siete, su madre había intentado abandonar a su padre. Se lo había llevado con ella, a casa de su familia que vivía en Arkansas. En la valla que rodeaba el patio de la casa de su abuela había un lozano y verde jazmín con pequeñas campanillas blancas; el aroma era tan intenso que Beau no había hecho caso de las abejas que zumbaban alrededor y se había acercado a él para aspirar su perfume embriagador.
—Eso es jazmín, Beau, cariño —le había dicho su madre una vez, inclinándose hacia delante, con aquel colgante de oro en forma de corazón brillando al sol que siempre llevaba al cuello.
Su padre había ido a los pocos días para llevárselos de vuelta a casa. Y Beau no había vuelto a oler el jazmín hasta que había conocido a Starr.
Se dijo que debía tener cuidado y no agarrarla demasiado fuerte. Pasaron unos minutos bailando sin más, ella con la cabeza apoyada en el hombro de él, incitándolo y aturdiéndolo con su aroma.
Entonces, ella levantó la cabeza y lo miró a los ojos.
—¿Y… qué tal te ha ido?
Era una pregunta neutra, totalmente segura, y Beau pensó que le agradecía que se la hubiera hecho. Hablar estaba bien. Así no terminaría perdiéndose en el torbellino de sensaciones que le provocaba su aroma o el roce de su piel.
—Trabajando —contestó él—. Y no metiéndome en ningún lío.
Ella ladeó la cabeza. Los pelillos le rozaban las mejillas.
—¿Y estás contento?
Por alguna razón la pregunta le pareció demasiado personal, íntima incluso. Como si ella le hubiera pedido que le revelara los secretos que guardaba en lo más profundo de su corazón. Sintió un tirón en las entrañas, un extraño anhelo que a punto estuvo de hacerle perder el paso. Pero se recuperó. La estrechó un poco más entre sus brazos y sintió sus pechos turgentes rozándole el suyo. Notó que los pantalones le quedaban más estrechos.
—Estoy bien —le dijo en un tono que intentó fuera natural.
Al menos sintió cierto alivio al notar que no le había temblado la voz y se relajó de nuevo.
—¿Y tú?
Ella encogió un hombro, el que llevaba al aire.
—Yo estoy contenta —sonrió, como si la idea la complaciera.
—He oído que el mes pasado terminaste la carrera en la universidad.
—Sí, me he licenciado en periodismo con matrícula de honor —se echó a reír—. Y sí, estoy presumiendo.
—Tienes derecho a hacerlo. Es un gran logro.
Unos años antes, animado por Daniel, él había conseguido el graduado escolar. Pero no dijo nada en ese momento. Sí, había sido un paso importante para él. Al menos un diploma de graduado escolar se acercaba un poco más a una licenciatura.
—Creo que Zach dijo que te ibas a Nueva York en otoño…
—Eso es. La abuela Elaine me ha enchufado un poco —respondió ella.
Los padres de Zach vivían en Nueva York.
—Revista CityWide —le informó Starr—. Es un semanario. Empezaré como ayudante de editorial justo después del Día del Trabajador.
—Vaya… —respondió él, intentando buscar sin éxito alguna frase genial y llena de significado—. Me parece estupendo.
—Y durante el verano, como de costumbre, estaré a las órdenes de Jerry Esponda.
Jerry era el dueño, el reportero y el editor de la publicación local semanal del Medicine Creek Clarion. Starr sabía que el hombre agradecía la ayuda que ella le prestaba cada verano.
—A Jerry le va a dar mucha pena que te marches.
—Bueno —respondió Starr—. Aún no me he marchado.
—Pero te marcharás pronto.
—Sí, muy pronto —ella volvió a apoyar la cabeza en el hombro de Beau y bailaron el resto de la canción sin hablar.
Mientras se balanceaban al son de la música, Beau pensaba en lo mucho que habían cambiado las cosas desde la última vez que la había abrazado. Starr se marcharía a la gran ciudad. Mientras que él…
Bueno, él estaba ya totalmente libre de las equivocaciones que había cometido en el pasado. Había pagado su deuda con la sociedad y llevaba ya cinco años viviendo en paz con la ley, con sus vecinos y consigo mismo.
La música terminó, y también su baile.
Levantó la cabeza de su hombro, y él la soltó. Era mejor soltarla lo antes posible. Jamás podría ser suya…
—Beau —dijo ella en tono pensativo—, hay que ver qué cara más rara estás poniendo…
A su alrededor las parejas empezaban a separarse, algunas de ellas salieron de la pista y otras se quedaron esperando a que empezara la canción siguiente.
—Es que estaba pensando que nos ha ido bastante bien, a ti y a mí…
Ella lo miró muy seria unos segundos, y entonces esbozó aquella pausada y deslumbrante sonrisa suya.
—Sí, quién lo habría dicho, verdad.
Él se echó a reír y se tocó el sombrero. En ese momento el grupo empezó a tocar otra canción y, muy a pesar suyo, Beau sintió la tentación de estrecharla entre sus brazos para seguir bailando. Pero otro vaquero se metió entre los dos y Beau no se enfrentó a él.
Starr daba vueltas entre los brazos de otro hombre. Beau abandonó la pista de baile y se quedó un rato mirándolos, antes de darse la vuelta e ir a buscar su camioneta.
Una media hora después, Beau llegaba al patio del Rancho Hart. Las luces de la cocina y del salón de la casa estaban encendidas.
Beau comprobó la hora en el reloj de números fluorescentes y vio que faltaba un poco para las once. No era demasiado tarde, pero más tarde de lo que Daniel le había dicho que pensaba quedarse levantado. Beau decidió entrar a ver cómo estaba antes de dirigirse a la caravana que para él era su casa.
El perro de Daniel, Whirlyboy, salió al porche delantero con un lastimero gemido de pesar, meneando el rabo con esperanza de un lado al otro.
—Eh, chico. ¿Qué tal te va?
Beau acarició la suave cabeza del perro, y Whirlyboy se pegó a sus piernas cariñosamente mientras Beau subía las escaleras de madera del porche de entrada de Daniel.
Beau iba pensando que si Daniel estaba despierto tal vez pudieran charlar un rato sobre el trabajo que Beau tenía planeado para el día siguiente. Quería sacar varias cabezas de ganado de un pasto donde ya se habían comido la hierba y trasladarlas a otro donde el forraje todavía era abundante y jugoso. Y, como siempre, estaban las vallas que tenía que comprobar.
Cierto, no necesitaban hablar mucho de ese tema que ya estaba decidido. Pero a Beau le gustaba sentarse un rato en la cocina de Daniel para tomarse algo fresco o una taza de café y discutir el trabajo que tenían por delante, o sus planes para el ganado. Daniel parecía también disfrutar de ello.
Beau llamó a la puerta. Cuando no recibió respuesta, volvió a llamar mientras Whirlyboy meneaba la cola contra su pierna con expectación.
De nuevo no obtuvo respuesta, tan solo el ruido de la respiración impaciente del perro o el ulular de un búho. Del interior pareció llegar el ruido de voces bajas. ¿Sería tal vez la televisión del salón?
Beau giró el pomo y empujó la puerta.
—¿Daniel?
Entró en el pequeño vestíbulo. Whirlyboy se deslizó entre sus piernas y corrió en dirección al salón que estaba a la izquierda. La luz de la sala estaba encendida, y Beau oyó las voces de la tele.
—¿Daniel?
No obtuvo respuesta, tan sólo una risotada de algún programa televisivo; y los gemidos frustrados del perro.
—¿Daniel? —dijo Beau en voz algo más alta.
—Aquí… —la voz de Daniel era forzada y baja, sus palabras más bien un gemido.
Beau entró a la sala y se quedó paralizado con lo que vio.
El animal gemía mientras el hombre grandote se retorcía en la mecedora.
Daniel tenía la cara gris y sudorosa, y con la mano izquierda a modo de garra se agarraba el pecho.
—Creo… un ataque al corazón… —consiguió decir con un hilo de voz.
«¡No!», gritaba una voz frenética en la mente de Beau. «No, Daniel, no».
Había visto morir a su madre, y al miserable de su padre. Uno de sus hermanos había fallecido también: Lyle se había metido en una pelea en el patio de la cárcel. Ya era suficiente, pensaba Beau.
No, Daniel. Ni hablar. No pensaba dejarle morir…
—Espera un momento —le dijo a Daniel con voz sorprendentemente serena—. Iré a buscar ayuda.
Beau se volvió y fue a por el teléfono que estaba en el vestíbulo.
Del Medicine Creek Clarion, semana del 10 al 16 de julio.
Daniel Hart, dueño del rancho Hart, sufrió un ataque cardiaco la noche del viernes 4 de julio. El señor Hart se había sentido mal durante el día, y fue descubierto por el capataz del rancho, Beau Tisdale, cuando estaba sufriendo el infarto.
Después de un rápido trayecto en helicóptero a Sheridan, un competente equipo de cirujanos determinaron la necesidad de realizar una operación a corazón abierto. Según declaraciones de su capataz «ha estado a punto de fallecer, pero le ha plantado cara a la muerte y se va a recuperar».
El señor Hart permanecerá recuperándose en el Hospital Memorial de Sheridan «todo el tiempo que tenga que quedarse», ha dicho el capataz. «Aunque quiere volver a casa en cuanto le dejen».
—Beau se va a mudar a un dormitorio de la casa —dijo Tess—. Así que estará aquí ya esta noche. Y han contratado una enfermera para que cuide de Daniel durante la primera semana que pase en casa.
Tess estaba en el mostrador estirando una masa con el rodillo.
Edna, que estaba junto a la cocina, metió un cacharro de barro con judías en el horno y cerró la puerta.
—No estoy segura de que debieran enviarlo a casa. Tan sólo ha pasado una semana desde que le dio el infarto. ¿Y qué ha sido esa operación que le han hecho? ¿Un bypass triple?
—No, quíntuple —le corrigió Tess.
—¿Ves a lo que me refiero? Cuando tuve ese problema coronario hace siete años, me dejaron allí en el hospital del Sheridan los mismos días que van a dejar a Daniel, y eso que ni siquiera fue un verdadero ataque cardiaco, y ni me operaron.
Starr, que estaba fregando los cacharros del desayuno, vio una leve sonrisa en los labios de Tess.
—Bueno, Edna. Cada caso es distinto. Y me imagino que se habrán producido avances médicos en estos últimos siete años. Creo que tendremos que confiar en que los médicos saben lo que hacen.
—Mmm —dijo Edna mientras se perdía en la despensa.
—Brrmm, Brrmm…
Ethan apareció por el corto pasillo que llevaba a las escaleras y al salón. Estaba haciendo que volaba su avión de plástico favorito.
—Ethan —dijo Tess—. Pusiste esos bloques en el cubo, como te dije.
—Brrmm, Brrmm… —continuó Ethan con el avión.
—Ethan Jon —dijo su madre, deteniéndose en el proceso de espolvorear harina sobre la bola de masa medio aplastada—. Deja de volar ese avión y contéstame.
Ethan dejó caer las manos a los costados y fingió que encogía exageradamente sus hombros de niño de cuatro años.
Edna salió de la despensa. Llevaba dos tarros, uno en cada mano. ¿Qué te parecen esta zarzamora, y esta mantequilla de manzana que preparé el otoño pasado?
—Perfecto —contestó Tess.
Edna llevó los tarros a la mesa.
—Bien. Entonces llevamos las tres empanadas, las alubias y la mermelada. ¿Qué más? Tenemos algunos tomates del año pasado…
Mientras las dos mujeres discutían sobre lo que deberían llevar al rancho Hart para darle la bienvenida a Daniel, Starr limpió el fregadero y colgó los cazos y las sartenes del desayuno de sus enganches. Se sirvió otra taza de café más o menos al mismo tiempo que Tess y Edna decidían que los tomates del año anterior estarían muy bien; además de un par de panes recién hechos. Edna empezaría enseguida con el pan.
—¿Quién va a llevar todas estas cosas hasta allí? —preguntó Starr.
Tess colocó con cuidado la fina masa sobre una empanada.
—Vamos a llevarlo Edna y yo.
Starr sopló con naturalidad sobre la superficie del café humeante.
—¿Y por qué no me dejáis a mí?
Dio un sorbo del café caliente mientras Edna y Tess intercambiaban una mirada de fastidio.
Starr sabía que tanto la una como la otra estaban pensando en el lío que había tenido con Beau en el pasado. Pero ya era una mujer hecha y derecha, y en lo tocante a los hombres tenía todo el derecho a tomar sus propias decisiones; aunque no tuviera ninguna que tomar sobre Beau. Entre ellos ya no había nada.
Sí, había bailado con él el 4 de julio. Un baile. Y después se había sentido muy bien por dentro. Habían charlado como viejos amigos y se habían reído juntos. Cuando ahora pensaba en Beau, no había amargura. Ese baile, para Starr, había sido la verdadera señal de paz entre ellos. Y por eso mismo se sentía bien.
Pero la paz entre Beau y ella no quería decir que fuera a tirarse encima de él o nada por el estilo. El llevarle la comida no era más que un detalle de buenos vecinos, y quería hacerlo. ¿Además, quién le decía que Beau fuera a estar allí cuando llevara las cosas?
—¿No tienes que trabajar? —le preguntó Edna.
Starr dio otro sorbo de café.
—No necesito ir hoy.
Al igual que su jefe, Starr hacía de todo en el Clarion, incluso un poco de corresponsal de las noticias locales.
—Tengo que escribir un artículo sobre cómo van los preparativos para la Feria del Condado. Eso lo voy a hacer en el ordenador y lo voy a enviar por correo electrónico. Y ya que voy a casa de Hart aprovecharé la oportunidad para hacer un seguimiento sobre el estado de salud del señor Hart —Jerry había escrito una crónica sobre el asunto, y Starr estaba segura de que se alegraría de saber las últimas noticias—. Y, además —añadió—, vosotras habéis hecho la empanada y las judías. Me gustaría también hacer algo para ayudaros.
—Bueno —dijo Edna, que seguía a la mesa junto a los tarros de conserva.
Tess le dedicó a Starr una leve sonrisa.
—¿Por qué no, si te apetece? Sería estupendo.
Las judías de Edna eran de las que se cocinaban despacio. No salieron del horno hasta las cuatro. Para entonces, las empanadas se habían enfriado y el pan ya estaba envuelto y listo para que se lo llevara al rancho. Colocaron todo en el viejo Suburban que Zach le había comprado a Tess cuando se habían casado. Starr había heredado el vehículo el año anterior, cuando Zach le había regalado uno nuevo a su esposa.
Starr tomó una serie de caminos vecinales que habían sido abiertos sobre todo por compañías petroleras que hacían agujeros para buscar petróleo. A lo largo del trayecto fue consciente de una creciente sensación de anticipación.
De acuerdo, era una tontería. No significaba nada, pero esperaba que Beau estuviera en casa. Tal vez pudieran charlar un poco.
Starr se pasó la lengua por los labios resecos. Le pediría un vaso de té con hielo. Si Beau estaba allí, le haría compañía en el porche delantero del señor Hart mientras se lo tomaba. Como dos buenos vecinos, claro estaba.
Además sería un encuentro profesional. Entrevistaría a Beau sobre la convalecencia del señor Hart mientras se tomaba un refrescante vaso de té.
Beau estaba de pie en el porche mirando el horizonte, intentando asimilar la enormidad de lo que Daniel acababa de decirle, cuando vio el viejo Suburban de Tess avanzando por el camino.
Por un momento se quedó mirándolo sin ver, con la mente en el dormitorio, donde Daniel le había dicho cosas que apenas se atrevía a creer. Y entonces, a medida que el vehículo se iba acercando, frunció el ceño. No había visto a Tess conduciéndolo desde que Zach le había regalado el nuevo…
¿Y no había dicho Zach que le habían regalado el Suburban a Starr para cuando estuviera en casa?
Se puso derecho. Los caballos salvajes volvieron a trotar en su pecho mientras se metía las manos en los bolsillos y esperaba a que el Suburban se detuviera, que lo hizo a unos metros de las escaleras que subían al porche.
—Hola, Beau.
Aturdido, Beau tragó saliva para relajarse.
—Hola.
—¿Cómo está el señor Hart?
—Muy bien; verdaderamente bien. Deseoso de poder volver al trabajo.
—He oído que le has buscado una enfermera.
—Sí. Ya está volviendo loca a la pobre mujer con sus exigencias y sus ganas de levantarse.
—Espero que sea lo suficientemente fuerte para conseguir que se quede en cama hasta que esté bien del todo.
—¿Conoces a Althea Hecht?
La enfermera, una mujer de la zona, medía casi un metro ochenta y pesaba unos noventa kilos, de los que pocos eran grasa.
Starr asintió.
