El viaje de Israel - Dr. Brian J. Bailey - E-Book

El viaje de Israel E-Book

Dr. Brian J. Bailey

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Beschreibung

El estudio del viaje de Israel de Egipto a la Tierra Prometida es en realidad un retrato de la progresión espiritual de un creyente, de ser bebés recién nacidos en Cristo hasta convertirse en padres y madres maduros en la fe. El Dr. Bailey lo llevará en un viaje, en el cuál se le darán claves para obtener una mayor estatura en su relación con Cristo, hasta que usted llegue al Monte Sion espiritual, y pueda decir junto con el apóstol Pablo: “Prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.”

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Veröffentlichungsjahr: 2017

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EL VIAJE DE ISRAEL

Un estudio del viaje espiritual de los creyentes desde la salvación hasta la madurez y la gloria en Cristo

Título original: “The Journey of Israel”

© 1993 Brian J. Bailey

Versión 3.1 en inglés, revisada en abril 2020.

Título en español: “El viaje de Israel”

Tercera Edición, abril 2020. (Versión 3.1)

Publicado por Zion Christian Publishers.

Libro de texto de Zion Christian University.

Usado con permiso. Todos los derechos reservados.

Diseño de portada:

© 2003 Zion Fellowship, Inc.

Todos los derechos reservados.

Traducción: Marian Belmonte, Belmonte Traductores. España.

Editor de la 1ra edición en español: Raimundo J. Ericson, octubre 2002

Revisión de la segunda edición: Ana Karen Poza, febrero 2011

Revisión de la tercera edición: Luisa Baldwin, marzo de 2020

Todas las citas de la Escritura usadas en este libro están tomadas de la versión Reina-Valera 1960 a menos que se indique lo contrario.

Publicado por Zion Christian Publishers.

E-book ISBN 1-59665-624-7

Para más información, favor de contactar a:

Zion Christian Publishers

Un ministerio de Zion Fellowship ®

P.O. Box 70

Waverly, New York 14892

Teléfono: 607-565-2801

Toll Free: 1-877-768-7466

Fax: 607-565-3329

www.zcpublishers.com

www.zionfellowship.org

Dedicatoria

A nuestro amado Señor Jesucristo,

quien, como columna de fuego en la noche

 y nube en el día,

saca a su pueblo de Egipto

hacia la Tierra Prometida.

Y a mi querida esposa, Audrey,

que fue una fiel compañera de peregrinaje

para mí a lo largo de nuestro particular

viaje espiritual a Sion.

Agradecimientos

A Marian Belmonte de Belmonte Traductores, quien realizó la traducción de este libro al español.

A Raimundo Ericson, editor de la primera edición en español, por su arduo trabajo en la revisión del texto de la versión en español

A Ana Karen Poza por su valiosa ayuda en la revisión final de la segunda edición del libro en español.

Al Ministerio para la edificación, El Salvador, por su excelente trabajo en el diseño de la portada.

Al equipo Editorial de ZCP: Carla Borges, Michael Derrick, David Kropf, Ana Karen Poza, Suzanne Ying.

A Luisa Baldwin por la revisión de la tercera edición del libro en español.

A Hannah Schrock y Abigail Erb por su trabajo en el formato del libro y su publicación web.

Deseamos extender nuestro agradecimiento a todas estas personas queridas, pues sin sus muchas horas de inestimable ayuda este libro no hubiera sido posible. Estamos verdaderamente agradecidos por su diligencia, creatividad y excelencia en la compilación de este libro para la gloria de Dios.

Prefacio

Visión, dirección, guía y un buen liderazgo siempre han sido necesarios para una iglesia sana. Esto es especialmente cierto en la actualidad, a medida que la dispensación de la Era de la Iglesia se acerca a su término. En El viaje de Israel, el autor ofrece todo lo anterior al descubrirnos de una manera novedosa el plan de Dios para la Iglesia en estos últimos tiempos.

El viaje de los hijos de Israel fue un acontecimiento literal e histórico. Los descendientes de Abraham, Isaac y Jacob salieron de la tierra de Egipto en la que habían estado cautivos durante 430 años. Dios los liberó por medio del profeta Moisés, quien los guiaría bajo la protección del Señor desde Egipto hasta las llanuras de Moab, durante un periodo de tiempo que duraría más de 40 años.

Tras la muerte de Moisés, les fue dado un nuevo líder: Josué, quien los llevó desde el río Jordán hasta la Tierra Prometida. Sin embargo, no conquistaron la totalidad de la tierra ni entraron en reposo sino hasta muchos años después, cuando Dios levantó al rey David. David subyugó a todos los enemigos en la tierra, y guió a los hijos de Israel a su lugar final de reposo: Sion, el santo monte del Señor.

Este viaje realizado hace miles de años es un prototipo de nuestro viaje espiritual como creyentes desde la tierra hasta el cielo, y de bebés recién nacidos en Cristo a padres y madres maduros en la fe. Al revelar los secretos del viaje de los hijos de Israel desde Egipto hasta Sion, el autor muestra al lector una hoja de ruta para su propia vida. Nos muestra de dónde hemos venido, dónde estamos ahora y hacia dónde vamos.

En El viaje de Israel consideraremos tres temas principales:

 (1) El relato paso a paso del viaje de los hijos de Israel;

 (2) La preparación de la vida del líder usado por Dios para guiar a Su pueblo en su viaje (visto a través de la vida de Moisés);

 (3) y, finalmente, las siete fiestas del Señor que están entrelazadas en el viaje y su relevancia para la Iglesia de Jesucristo en la actualidad.

Este libro es presentado con la oración de que el mismo Señor que llevó a los hijos de Israel desde la tierra de Egipto hasta Sion, le lleve igualmente a usted, querido lector, desde el Egipto espiritual hasta Sion, el monte de Su presencia permanente.

Dr. Brian J. Bailey

Introducción

El viaje de los hijos de Israel (que llevó a los israelitas desde Egipto hasta su destino final, el monte Sion) fue escrito, en las palabras del apóstol Pablo, “para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos” (1 Co. 10:11).

Podríamos afirmar confiadamente que este viaje histórico es una alegoría que describe el viaje espiritual del alma desde la salvación hasta la madurez; hasta ser “un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Ef. 4:13).

Para que una persona llegue al monte Sion espiritual, primero debe pasar por muchas otras experiencias. Después de salir de Egipto (experiencia de salvación), debe atravesar el mar Rojo (bautismo en agua). Después debe seguir hasta el monte Sinaí, que tipifica el bautismo del Espíritu Santo. Tras eso, debe soportar la experiencia grande y terrible del desierto, cruzar el río Jordán (experimentar la circuncisión del corazón) y entrar en la Tierra Prometida. Finalmente, a medida que va conquistando enemigos tanto dentro como fuera, entrará en el verdadero descanso de Dios que en las Escrituras es equiparable a la ascensión espiritual al monte Sion. Dios dice de Sion en el Salmo 132:14: “Este es para siempre el lugar de mi reposo; aquí habitaré”.

Para nosotros es eternamente satisfactorio contemplar el viaje de los hijos de Israel tanto desde una perspectiva histórica como eterna. Ciertamente, el viaje había sido concebido (y no solamente conocido) en la mente y el corazón de Dios antes de la fundación del mundo. Hebreos 4:3 dice claramente que “las obras suyas estaban acabadas desde la fundación del mundo”.

Así, para entender el viaje de los hijos de Israel, es importante que consideremos el contexto del plan de Dios para la humanidad desde Adán hasta Abraham. Abraham es el padre no sólo de los hijos de Israel, sino también de todos aquellos que invocan el nombre del Señor Jesucristo como su Salvador (Ro. 4:12, 16).

Las primeras diez generaciones

La primera dispensación de diez generaciones, que cubre el periodo de tiempo desde Adán hasta Noé y el Diluvio, tuvo una duración aproximada de 1 656 años; sin embargo, sólo nueve capítulos del Génesis son dedicados a este periodo. Fue un periodo de longevidad de vida, y durante este periodo de la historia de la humanidad hubo un tremendo fluir profético y fueron reveladas casi todas las verdades futuras.

Este periodo de tiempo contiene la historia de la creación, la caída del hombre, la promesa de salvación, el primer asesinato, la introducción de la poligamia y la división de la humanidad en dos líneas: los hijos de Dios y los hijos del hombre (el bien y el mal). Enoc, un hombre que caminó con Dios, profetizó acerca de la Segunda Venida de Cristo y sus juicios resultantes (Jud. 1:14-15). El primer rapto ocurrió cuando Enoc fue llevado al cielo.

Luego, como consecuencia de los matrimonios, llegó el cruce de las líneas buenas e impías y produjeron una descendencia malvada y opresiones. Estas produjeron a su vez el primer juicio mundial en forma de un diluvio. El Diluvio fue una nota solemne de aviso para los redimidos que no vivían en la luz; sin embargo, Dios también proveyó el Arca para preservar a los justos (1 P. 3:19-20).

Las diez generaciones siguientes

La segunda dispensación, desde Noé hasta Abraham, también de diez generaciones de duración, abarca unos 300 años. Este periodo estuvo marcado por la división de las naciones en tres ramas. De Noé vinieron: Sem, la semilla prometida; Cam, la semilla maldita, y Jafet, a quien se le dio la promesa de que moraría bajo la protección de Sem. De estos tres hombres provinieron todas las razas del mundo.

Sin embargo, incluso después de que Dios destruyó a todos los primeros habitantes de la tierra por su rebelión y preservó sólo a Noé, su esposa, sus tres hijos y sus esposas, la nueva generación, descendientes del justo Noé, se volvió a degenerar rápidamente. Cam produjo una semilla malvada; su nieto, Nimrod, fue el fundador de Babel (Gn. 10:6-10). La maldad en esta ciudad llegó hasta la cúspide y esta ciudad se convirtió en la fuente de todas las falsas religiones. Los habitantes de Babel se levantaron en contra del Señor y construyeron una torre para magnificar y glorificar a la humanidad. Como resultado de esta descarada rebelión contra el Señor, vino una vez más el juicio de Dios sobre la tierra. Entonces Dios separó a las naciones y confundió sus idiomas.

Desde ese estado de caos, mezcla y maldad, Dios llamó a Abraham a salir de Ur de los caldeos. El Señor habló a Abraham y le dijo que dejara su tierra natal y se fuera a una tierra que Él le mostraría: la tierra de Canaán, que más tarde se convertiría en su herencia y en la herencia de su descendencia.

El pacto de Abraha

Dios hizo un pacto con Abraham (Gn. 15) y le prometió que su descendencia (por medio de su hijo Isaac) heredaría la tierra de Canaán desde el río de Egipto hasta el gran río Éufrates; esta tierra estaba habitada por las diez naciones de Cus. La tierra de Canaán se refiere a lo que hoy conocemos como Palestina. Palestina es tierra de Dios, y Él se la ha dado a Israel, no a los palestinos (o como se les conoce bíblicamente, los filisteos).

Para hacer un pacto, normalmente hay condiciones que cada parte implicada debe cumplir. Era costumbre en aquellos tiempos sellar los pactos dividiendo un animal y después caminando entre las partes divididas del animal. Sin embargo, este pacto se selló de la manera menos común. En lugar de ser los dos participantes (Dios y Abraham) los que caminaron por en medio de los animales divididos, fueron otros los que pasaron a través de ellos.

Leemos en Génesis 15:12: “Mas a la caída del sol sobrecogió el sueño a Abram, y he aquí que el temor de una grande oscuridad cayó sobre él”. Cuando yo experimenté este fenómeno, tuve el sentimiento de estar profundamente indefenso, con una total y desesperada incapacidad de llevar algo a cabo. Esto es exactamente lo que Dios desea que experimentemos antes de que Él nos haga una promesa muy significativa o antes de que entremos en una nueva etapa de nuestra vida cristiana.

Así sucedió con Abraham, que estaba sobre el umbral de una nueva experiencia que impactaría la vida de innumerables personas. Dios le estaba haciendo una promesa que iba a afectar no sólo el futuro de millones de su propia descendencia, sino a toda la humanidad. De hecho, la promesa de la tierra de Canaán no dependía de manera alguna de Abraham o su descendencia, porque fueron el Padre y el Hijo los que acordaron darles la tierra de Canaán como su posesión eterna.

Abraham dormía profundamente cuando un temor de gran oscuridad cayó sobre él. Mientras dormía, otras dos partes pasaron entre los animales divididos. “Y sucedió que puesto el sol, y ya oscurecido, se veía un horno humeando, y una antorcha de fuego que pasaba por entre los animales divididos. En aquel día hizo Jehová un pacto con Abram, diciendo: A tu descendencia daré esta tierra, desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Éufrates” (Gn. 15:17-18).

El horno de fuego es un símbolo de Dios Padre, de quien se ha dicho: “Nuestro Dios es fuego consumidor” (He. 12:29). La antorcha o lámpara de fuego no es otro sino el Señor Jesucristo, quien declaró: “Yo soy la luz del mundo” (Jn. 8:12; 9:5). Abraham nunca pasó entre los animales divididos; por tanto, el pacto es inmutable y no puede ser quebrantado, porque fue establecido entre el Padre y el Hijo.

Muchos años antes de que Abraham tuviera un hijo, Dios predijo la estancia de los hijos de Israel en Egipto diciendo que serían extranjeros en una tierra que no les había sido prometida, y estarían sometidos en esclavitud y servidumbre mientras permanecieran allí (Gn. 15:13). Sin embargo, esta estancia en Egipto no era el plan final de Dios para ellos. Ellos sólo estarían allí unos 400 años, porque Dios prometió que saldrían de Egipto.

El Señor también habló de las diez plagas que Moisés ejecutaría sobre los egipcios, como juicio sobre la nación que los mantuvo en esclavitud. El Señor entonces habló del futuro viaje fuera de Egipto que los descendientes del nieto de Abraham, Jacob (Israel), harían (Gn. 15:14). Por tanto, vemos que Dios orquestó el viaje de Israel desde Egipto hasta Sion antes de la fundación del mundo (He. 4:3). De hecho, Él planeó todo el destino de Israel.

Desde Abraham hasta Moisés

Después de la muerte de Abraham, su hijo Isaac vivió en la tierra de Canaán con su hijo Jacob. Jacob, cuyo nombre fue cambiado después por el de “Israel”, tuvo doce hijos, de los que provienen las doce tribus de Israel. El hijo favorito de Jacob, José, fue vendido como esclavo por sus hermanos y, después, encarcelado en Egipto. Pero desde la desesperación en la celda de una cárcel egipcia, Dios levantó a José de manera triunfante y lo puso como primer ministro de Egipto, segundo después de Faraón.

Para cumplir la palabra que le había dado a Abraham, el Señor envió a José a Egipto para preparar un lugar para sus hermanos y traer liberación (Gn. 45:5-8). Después de establecer a José en Egipto, Dios envió una hambruna para hacer que los hijos de Jacob descendieran a Egipto, donde fueron reunidos con José. En el tiempo perfecto de Dios, Jacob y toda su casa, que sumaban setenta personas, se fueron a vivir a Egipto.

Hay una ley en la interpretación bíblica llamada la ley de la primera mención; la primera vez que la Biblia menciona algo, muy a menudo también contiene la clave para su interpretación espiritual. En Génesis 46:27, donde por primera vez se menciona el número 70 con relación a un grupo de gente, leemos que 70 personas acompañaban a Jacob y son los padres y las madres de la multitud de israelitas que nació en Egipto. En otras partes de las Escrituras, el número setenta representa el liderazgo de los ancianos, porque había 70 ancianos de los hijos de Israel (Nm. 11:16, 24-25). Lo que es importante mencionar aquí es que había tanto hombres como mujeres dentro de los setenta que estaban con Jacob. Con este y otros pasajes (como Jueces 4:4 y Romanos 16:3) vemos que la Escrituras validan claramente a las mujeres en su papel de líderes y ministros.

Continuando con nuestro repaso de los tratos de Dios desde los días de Abraham hasta los días de Moisés, vemos que Dios había preparado el camino para que Jacob fuera a Egipto. El Salmo 105:17-24 dice: “Envió un varón delante de ellos; a José, que fue vendido por siervo. Afligieron sus pies con grillos; en cárcel fue puesta su persona. Hasta la hora que se cumplió su palabra, el dicho de Jehová le probó. Envió el rey, y le soltó; el señor de los pueblos, y le dejó ir libre. Lo puso por señor de su casa, y por gobernador de todas sus posesiones, para que reprimiera a sus grandes como él quisiese, y a sus ancianos enseñara sabiduría. Después entró Israel en Egipto, y Jacob moró en la tierra de Cam. Y multiplicó su pueblo en gran manera, y lo hizo más fuerte que sus enemigos”.

Hay una progresión definida en el plan de Dios. Después de que Dios hablara a Abraham de que Él enviaría a su descendencia a Egipto, José fue llevado a Egipto como esclavo. Más tarde, Dios elevó a José hasta ser el gobernante más grande de Egipto bajo Faraón, lo cual permitió que Jacob y sus hijos fueran a vivir a Egipto, donde José cuidó de ellos.

Los hijos de Israel se multiplicaron y florecieron en Egipto, situación que produjo celos en los corazones de los egipcios. Posteriormente, se levantó otro Faraón que no conocía a José e hizo esclavos a los israelitas. Dios cambió el corazón de los egipcios “para que aborreciesen a su pueblo, para que contra sus siervos pensasen mal” (Sal. 105:25). Recuerde que Dios nunca endurece los corazones que son buenos; Él solamente endurece los corazones que son malvados (Ex. 9:34, 10:1).

Requisitos para los líderes escogidos por Dios

Dios puso todas las cosas en su lugar para hacer que Su perfecto plan se realizara. Los israelitas necesitaban desesperadamente un redentor y eso preparó el camino para que Moisés llegara como su libertador (Sal. 105:26). El Señor escogió a Moisés para liberar a Su pueblo de la opresión y la esclavitud de Egipto.

Para cada fase de Su plan de redención, Dios escogió a ciertos vasos a quienes les concedió gran gracia y sabiduría. Esos líderes designados de forma divina aparecieron en épocas específicas de la Historia para llevar a cabo los propósitos ordenados por Dios y llevar a Su pueblo a la etapa específica de la herencia que había sido determinada para su generación. Adán, Noé, Abraham, Moisés, Josué, David, Salomón, los profetas y el Señor Jesucristo aparecieron en el momento designado por Dios en el lienzo de la Historia para cumplir el gran plan de Dios para los tiempos.

En la era del Nuevo Testamento, Dios usó a los apóstoles para poner el fundamento de la Iglesia. El apóstol Pablo fue específicamente ungido y comisionado para predicar a los gentiles (Hch. 9:15). Fue él quien estableció las principales doctrinas y principios de nuestra fe, sobre los cuales está fundada la Iglesia. Más adelante en la historia de la Iglesia, hombres de Dios como Wycliff, Lutero y Wesley fueron usados para sacar a la Iglesia de la época oscura y de la decadencia abismal en la que había caído. Sin embargo, en este libro nos concentramos principalmente en la vida de Moisés.

Para poder ver algunas verdades muy importantes, debemos estudiar la vida de Moisés a detalle, porque él es el libertador, el hombre a quien Dios levantó para sacar a su generación de la esclavitud egipcia. La vida de Moisés se divide en tres periodos distintos:

1.   Llamado: desde su nacimiento hasta que huyó de Egipto (40 años)

2.   Escogido: en el desierto de Arabia (40 años)

3.   Fiel: al ministerio que le había sido encomendado (40 años)

La razón por la que hemos usado estos tres títulos es que Moisés, como líder fiel, es un ejemplo para que nosotros lo sigamos. Muchos de los que leen estas palabras han sido llamados a ser líderes en varios niveles. Apocalipsis 17:14 dice: “Los que están con él [el Cordero] son llamados y elegidos y fieles”.

Dios ha puesto un llamado y ministerio concretos sobre cada uno de nosotros, pero no es suficiente con haber sido llamados por Dios, sino que también debemos ser escogidos por Dios. Jesús declaró claramente en Mateo 22:14: “Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos”.

Al considerar la diferencia entre ser llamado y ser escogido, sería muy beneficioso considerar la vida de David, cuya vida refleja claramente estas tres etapas. El llamado de Dios le fue dado a David cuando tenía unos 17 años. El profeta Samuel, nativo de Belén, llegó y ungió a David con aceite. Esta fue la primera de las tres unciones de David. En esta unción, él fue llamado a ser el rey de Israel. Recibió su segunda unción en Hebrón, cuando fue escogido como rey de Judá a la edad de 30 años. Cuando David recibió la segunda unción, fue colocado en su ministerio. Ser escogido por Dios es el acto de ser colocado o situado por Dios en nuestro llamado o ministerio.

El tercer paso en nuestra vida cristiana es ser hallados fieles en el ministerio o posición que Dios nos dé. Moisés no fue solamente llamado y escogido, sino que también fue hallado fiel, tal como leemos en Hebreos 3:5: “Y Moisés a la verdad fue fiel en toda la casa de Dios, como siervo, para testimonio de lo que se iba a decir”. Para que nosotros seamos también hallados fieles, debemos hacer exactamente lo que Dios nos haya pedido que hagamos, sin salirnos del camino que Él tenga para nuestras vidas.

Otro aspecto importante de esta verdad es que es progresiva. Hay pasos progresivos en el ministerio, lo cual vemos perfectamente ilustrado en la vida de David. A la edad de 17 años, David fue llamado y ungido en Belén. Después fue escogido por Dios y puesto como rey de Judá durante siete años y medio (2 S. 5:5). Sin embargo, el llamado original de David era ser rey de todo Israel, no sólo rey de Judá. Dios nos pone primero en un nivel de ministerio y nos prueba ahí. Cuando David demostró ser fiel como rey de Judá, fue ungido por tercera vez y entró en la plenitud de su ministerio como rey de todo Israel.

A menudo, transcurre un largo periodo de tiempo entre ser llamado por Dios y ser escogido por Dios, tal como vemos en el relato de la vida de David. Cuando Dios inicialmente nos sitúa en nuestro llamado, o ministerio, Él generalmente nos pone en un nivel más bajo de ministerio. Después de haber demostrado nuestra fidelidad en ese nivel, entramos en la plenitud de lo que Él ha ordenado para nosotros. Por lo tanto, vemos que hay niveles de ministerio. Puede que en su vida Dios le sitúe como pastor asistente, y luego como pastor quizá de una iglesia pequeña, pero una vez que haya demostrado su fidelidad en estos lugares, Él le ascenderá a la plenitud de lo que Él haya planeado para su vida.

Visión general del viaje

Este viaje comenzó en la tierra de Egipto.

Las tres divisiones principales del viaje

1.  Desde Egipto hasta el río Jordán (bajo Moisés).

2.  La travesía hasta Canaán (bajo Josué).

3.  Plena posesión de Canaán y el monte Sion (bajo David).

Los tres líderes principales del viaje

1.  Moisés guió a Israel desde Egipto hasta el río Jordán.

2.  Josué guió a Israel desde el río Jordán hasta la Tierra Prometida.

3.  David guió a Israel a su herencia completa, hasta el monte Sion.

Moisés sacó de Egipto a los hijos de Israel y les guió al río Jordán, hasta la frontera de su herencia; Josué guió a los hijos de Israel a la Tierra Prometida, pero no los llevó al reposo pleno (He. 4:8). El pueblo fue negligente y dejó a muchos enemigos en la tierra (Jos. 13:1; 18:2-3).

Varias generaciones después, David capturó la fortaleza de Sion, que se convirtió en el lugar de reposo de Dios (Sal. 132:13-18). Israel no terminó su viaje desde Egipto hasta Sion hasta el año séptimo del reinado de David (2 S. 5:1-7). Después de que David fue ungido por tercera vez, a la edad de treinta y siete años, conquistó Sion y colocó ahí el Arca del Pacto que representa la presencia manifiesta de Dios. Jerusalén y el monte Sion fueron las últimas fortalezas en Israel. Así, David alcanzó la herencia completa que Dios tenía para Israel.

El viaje les tomó un total de 443 años hasta alcanzar la meta final del monte Sion; había comenzado 480 años antes de la construcción del Templo de Salomón (1 R. 6:1), que comenzó en el cuarto año del reinado de Salomón. El monte Sion fue conquistado en el año séptimo del reinado de David cuando él fue ungido como rey de Israel. David reinó un total de 40 años (2 S. 5:4).

Para llegar a esta conclusión de forma matemática, debemos ver lo siguiente: 480 años menos los primeros 4 años del reinado de Salomón son 476 años; 476 menos los 33 años del reinado de David después de haber conquistado el monte Sion son 443 años. Por lo tanto, el viaje completo de Israel desde el éxodo hasta que alcanzaron el monte Sion tomó aproximadamente 443 años (vea el gráfico de la siguiente página). En la actualidad, el Espíritu de Dios capacitará a Su Iglesia para completar este viaje dentro de nuestra generación.

Las siete fiestas de Israel

Hay siete fiestas o festivales judíos ordenados por Dios en Levítico 23 que Israel debe guardar en honor a Su nombre. Estas fiestas contienen verdades espirituales que son importantes no solo para la nación de Israel, sino también para la Iglesia: el Israel espiritual (Gálatas 6:16). Las fiestas simbolizan diferentes etapas de nuestra caminata con el Señor que, a su vez, se correlacionan con los eventos registrados en el Viaje de Israel desde Egipto hasta el Monte Sión.

La importancia de las fiestas

1.   Pascua: representa la salvación. Israel fue salvado por la sangre del cordero en Egipto; de la misma manera, nosotros somos salvados por la sangre del Cordero de Dios.

2. Panes sin levadura: representa alimentarse de la Palabra pura de Dios. Israel comenzó a comer panes sin levadura tan pronto como fueron redimidos por la sangre del cordero pascual. Después de haber sido salvos por nuestro Señor, nosotros debemos deleitarnos continuamente con la Palabra pura de Dios.

3.   Primicias: representa el bautismo en agua y la vida resucitada. Cuando Israel cruzó el mar Rojo, eso cortó su pasado y destruyó las potestades de maldad que estaban intentando atraerlos de regreso a Egipto. Cuando somos bautizados en agua, muchas ataduras se rompen en nuestras vidas.

4.   Pentecostés: representa el bautismo en el Espíritu Santo. Israel llegó al monte Sinaí en el mes tercero, que es el mes de la fiesta de Pentecostés. En Sinaí ocurrieron muchas de las señales que acompañan el bautismo en el Espíritu Santo. Los israelitas vieron el fuego de Dios, escucharon la voz de Dios, tuvieron provisión, milagros, sanidad y fueron conscientes de la presencia de Dios.

5.   Trompetas: representa un nuevo llamado a avanzar. Dios estaba diciendo a Su pueblo que saliera del desierto para entrar en la Tierra Prometida y en Sion.

6.  Expiación: representa la aflicción del alma, la limpieza profunda y la circuncisión del corazón. Después de que Israel hubo cruzado el río Jordán, fueron circuncidados en Gilgal, y entonces comenzaron a tratar con todos los enemigos en la tierra, incluyendo los 31 reyes.

7.   Tabernáculos: representa la gloria y el poder de Dios. Años después, el rey David conquistó el monte Sion, la última fortaleza en la tierra, y situó el Arca del Pacto en la cumbre del monte Sion en la tienda que él había preparado para ella. Sion era el lugar especial de la morada de Dios. Salomón, el hijo de David, tomó entonces el Arca del Pacto de la cumbre de Sion y la situó en el Templo, y la gloria de Dios se extendió a las naciones del mundo.

Pascua – comenzó la Era de la Ley, desde Moisés hasta Cristo (Ex. 12).

Pentecostés – comenzó la Era de la Iglesia, terminando con la Segunda Venida de Cristo  (Hch. 2).

Tabernáculos  – comienza la era del Milenio, cuando Jesucristo vuelva otra vez (Zac.    14:16).

Las siete fiestas de Israel se realizaron durante el viaje de Israel desde Egipto hasta Sion, ya sea de forma literal o tipificada. La Iglesia, el Israel de Dios (Gá. 6:16), también experimentará, de manera espiritual, las siete fiestas.

1.Moisés

(1) Fiesta de la Pascua (en Egipto)

(2) Fiesta de los Panes sin Levadura (en Egipto)

(3) Fiesta de las Primicias (tipificada a través del mar Rojo)

(4) Fiesta de Pentecostés (en Sinaí)

(5) Fiesta de las Trompetas (tipificada en las llanuras de Moab)

2.Josué

(6) Fiesta de la Expiación (tipificada al otro lado del río Jordán en Gilgal)

3.David

(7) Fiesta de los Tabernáculos (en Jerusalén bajo Salomón, después de que David conquistara Sion)

Resumen del viaje de Israel

GÉNESIS: El viaje de Israel fue concebido por Dios antes de que el mundo comenzara (He. 4:3). No mucho después del Diluvio, Dios hizo un pacto con Abraham y su descendencia, prometiéndoles toda la tierra de Canaán (Gn. 15:18-21). En Canaán estaba el monte Sion, el lugar de la morada de Dios. El Señor también dejó muy claro a Abraham que antes de que su descendencia heredara la tierra, ellos debían ser primero extranjeros en un país extraño (Egipto) y ser afligidos durante 400 años; después, Dios juzgaría a aquella nación y sacaría a Israel con gran riqueza (Gn.15:13-14).

Claramente, Dios había diseñado el viaje completo mucho antes de que se llevara a cabo. El Señor envió a José a Egipto, y después vino una gran hambruna que obligó a Jacob y a su familia a reubicarse en Egipto. Ellos permanecieron en Egipto durante varios cientos de años, creciendo hasta convertirse en una nación de cerca de tres millones de personas. Después de la vida de José, otro Faraón ascendió al trono e impuso la esclavitud a los descendientes de Abraham.

DE ÉXODO A DEUTERONOMIO: A su debido tiempo nació Moisés, siete generaciones después de Abraham. El Señor instituyó la Pascua y ofreció salvación de la muerte por la sangre de un cordero sacrificado. Moisés ejecutó los juicios de Dios sobre Faraón y Egipto, y después sacó a los hijos de Israel de su esclavitud y los dirigió hacia la Tierra Prometida. Así, comenzó el viaje.

Su destino no era solamente la Tierra Prometida, sino el monte Sion que estaba en la Tierra Prometida. El monte Sion es el lugar de la morada de Dios (Ex. 15:17). El llamado de Dios nunca es simplemente a un ministerio o a una herencia, sino a una Persona: el Señor Jesucristo. Desde Egipto, ellos cruzaron el mar Rojo y después llegaron al monte Sinaí en el tercer mes, el tiempo de la fiesta de Pentecostés. Sin embargo, el llamado final no era a acampar alrededor de este monte que estaba en el desierto, sino que fueron llamados a un monte de mayor importancia: el monte Sion.

Cuando los israelitas fallaron en las diez pruebas en el desierto, Dios les dijo en Cades-barnea que esa generación nunca entraría en Su reposo. El reposo estaba al otro lado del Jordán en la Tierra Prometida, y por último en el monte Sion. Así, los hijos de Israel vagaron sin ninguna meta por el desierto durante otros 38 años hasta que aquella generación murió.

JOSUÉ: Josué guió a los hijos de aquella generación juzgada a través del río Jordán hasta la tierra de la promesa. El cruce del río Jordán representa “estar muerto al pecado”. Fue al cruzar el río Jordán que sus corazones fueron cambiados: Israel ya no deseaba volver a Egipto. Enseguida, en Gilgal, ellos fueron circuncidados y su naturaleza carnal fue tratada (Jos. 5:9, Col. 2:11). Josué procedió a guiarles en la batalla contra los 31 reyes, que representan los señores que gobiernan la vida interior. Cada área de la vida egocéntrica debe ser disecada pedazo a pedazo por la Palabra de Dios.

JUECES: Josué había declarado a los hijos de Israel: “¿Hasta cuándo seréis negligentes para venir a poseer la tierra que os ha dado Jehová el Dios de vuestros padres?” (Jos. 18:3). Vemos que Dios le había hablado a Josué diciendo: “Queda aún mucha tierra por poseer” (Jos. 13:1). Josué nunca llevó a los hijos de Israel al reposo completo (He. 4:8). El libro de Jueces registra cómo Israel hizo compromisos y coexistió con sus enemigos después de la muerte de Josué. Ellos pasaron por alto y evitaron áreas que deberían haber sido tratadas con la espada. Muchos territorios seguían siendo controlados por sus enemigos, incluyendo Sion, que fue tomada por los jebuseos.

1-2 SAMUEL: Varias generaciones después, David, un hombre conforme al corazón de Dios, se convirtió en rey. A la edad de 37 años conquistó la fortaleza de Sion y situó el Arca del Pacto en una tienda en la cumbre del monte Sion. Sion se hizo conocido como el monte santo, y la gloria, el poder, la adoración y la intimidad en Sion fueron mucho más grandes que en ningún otro lugar a lo largo del viaje. Finalmente, 443 años después de que Israel comenzara su viaje desde Egipto, alcanzaron su destino: Sion.

1-2 REYES y 1-2 CRÓNICAS: El hijo de David, Salomón, construyó el Templo y llevó el Arca del Pacto de donde estaba en Sion al Templo. La gloria de Dios era tan grande en el Templo de Salomón que los sacerdotes no podían ni siquiera permanecer de pie (1 R. 8:1-11). Las naciones llegaban para escuchar la sabiduría de Dios y para ver Su gloria manifiesta en este Templo (1 R. 4:34). De igual manera, la meta de todo creyente es finalizar su propio viaje espiritual desde Egipto hasta Sion; es llegar a la gloria y, después, llevar esta gloria a las naciones.

 Primera parte

La vida de Moisés

Desde Egipto hasta el río Jordán

Capítulo 1

Sus primeros años

Consideraremos los primeros años del profeta Moisés. Este periodo cubre los primeros cuarenta años de su vida. En Éxodo 2:1-2 conocemos a los padres de Moisés: “Un varón de la familia de Leví fue y tomó por mujer a una hija de Leví, la que concibió, y dio a luz un hijo; y viéndole que era hermoso, le tuvo escondido tres meses”. Vemos entonces que el padre de Moisés, Amram, era de la tribu de Leví. Éxodo 6:20 nos revela los nombres de los padres de Moisés: “Y Amram tomó por mujer a Jocabed su tía, la cual dio a luz a Aarón y a Moisés. Y los años de la vida de Amram fueron ciento treinta y siete años”.

1. Su genealogía

La genealogía es muy importante en el sentido de que somos el producto de nuestros abuelos y padres. Por tanto, para poder apreciar verdaderamente a Moisés, necesitamos conocer los antecedentes y los rasgos de carácter de su familia.

La tribu de Leví

Es importante que entendamos nuestra genealogía personal para conocer las características que nos han sido transmitidas por nuestros antepasados. Moisés era de la tribu de Leví, y sobre esta tribu leemos el testimonio de Dios en Malaquías 2:4-7: “Y sabréis que yo os envié este mandamiento, para que fuese mi pacto con Leví, ha dicho Jehová de los ejércitos. Mi pacto con él fue de vida y de paz, las cuales cosas yo le di para que me temiera; y tuvo temor de mí, y delante de mi nombre estuvo humillado. La ley de verdad estuvo en su boca, e iniquidad no fue hallada en sus labios; en paz y en justicia anduvo conmigo, y a muchos hizo apartar de la iniquidad. Porque los labios del sacerdote han de guardar la sabiduría, y de su boca el pueblo buscará la ley; porque mensajero es de Jehová de los ejércitos”. El Señor hizo un pacto de vida y paz con Leví porque él y sus descendientes temieron al Señor. Dios hace pactos con aquellos que le temen (Sal. 25:14).

Desarrollo espiritual

Quiero considerar por un momento las vidas de los padres de Moisés: Amram y Jocabed. Éxodo 6:16-18 nos dice que Amram era descendiente de Leví a través de Coat. Por lo tanto, Amram era el nieto de Leví, lo cual convierte a Moisés en el biznieto de Leví.

Leemos en Éxodo 6:20: “Y Amram tomó por mujer a Jocabed su tía, la cual dio a luz a Aarón y a Moisés. Y los años de la vida de Amram fueron ciento treinta y siete años”. Amram se casó con su tía Jocabed, y tuvieron tres hijos: María [Miriam], Aarón y Moisés (Nm. 26:59).

Hay un pasaje en Malaquías que debemos leer para entender mejor la importancia que Dios da al matrimonio: “¿No hizo él uno [en el matrimonio], habiendo en él abundancia de espíritu? ¿Y por qué uno? Porque buscaba una descendencia para Dios. Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales para con la mujer de vuestra juventud. Porque Jehová Dios de Israel ha dicho que él aborrece el repudio” (Mal. 2:15-16). El propósito está claramente revelado: Porque buscaba una descendencia para Dios. El Señor desea matrimonios santos que tengan hijos santos. Los hogares rotos y las casas donde hay riñas producen problemas tremendos en los hijos.

Los hijos de Amram y Jocabed ilustran el desarrollo espiritual, porque hubo una progresión evidente en la unción y bendición que había sobre ellos. María y Aarón nacieron antes que Moisés. María era profetisa; Aarón era profeta y sumo sacerdote; Moisés quien nació por último, fue el más grande de todos. Fue “en Dios” para Faraón, porque habló de parte de Dios (Ex. 7:1).

El principio que quiero resaltar aquí es que el estado espiritual de los padres en el momento de la concepción del hijo determina la condición espiritual del hijo. A medida que los padres progresan y maduran en sus vidas espirituales, sus hijos se benefician. Podemos ver que al igual que Amram y Jocabed progresaron en sus vidas espirituales, sus hijos también progresaron.

Dar fruto de la misma clase

Todo en la naturaleza y en la creación de Dios produce fruto según su clase o especie. Génesis 1:12 dice claramente: “Produjo, pues, la tierra hierba verde, hierba que da semilla según su naturaleza, y árbol que da fruto, cuya semilla está en él, según su género. Y vio Dios que era bueno”.

Un manzano sólo produce manzanas. Aun con todas las mejores intenciones del mundo, un manzano nunca producirá peras, pues es una ley irrevocable de la creación. Asimismo, los manzanos también producen diferentes tipos de manzanas, según su variedad.

Hace muchos años, mi esposa y yo vivimos en el estado de Washington, donde se producían las deliciosas manzanas Golden Delicious. A los científicos les tomó muchos años desarrollar y perfeccionar las manzanas Golden Delicious que ahora se producen en todo el mundo. El fruto depende de su género. Esto es cierto no sólo de los reinos vegetal y animal, sino también de los seres humanos. Reproducimos en nuestros hijos lo que somos.

Es un hecho por todos sabido que los hijos reciben la naturaleza de sus padres. Recuerdo bien la historia de un ministro que se quejó amargamente al Señor por la naturaleza de sus hijos. El Señor le respondió: “Ellos recibieron tu naturaleza cuando los concebiste”. Eso produjo arrepentimiento.

Este principio de recibir la naturaleza de nuestros padres se aplica de manera positiva a Moisés, pero para otros tiene connotaciones negativas. Sin embargo, no hay ningún pecado o atadura heredada que no podamos vencer por la gracia de Dios a través de la oración. Pablo dijo en Romanos 5:20-21: “…mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro”. Donde abunda el pecado en nuestra vida o genealogía, ¡La gracia puede sobreabundar mucho más! La gracia puede reinar en nuestras vidas cuando caminamos en justicia.

Muchas personas tienen todo tipo de problemas como consecuencia de las vidas de sus antepasados. Esos pecados y ataduras heredados no se pueden ignorar. Cuando aconsejemos a otros, nunca debemos olvidar que hay una razón por cual la gente actúa como lo hace. A menudo, su conducta puede remontarse hasta sus padres y su línea familiar. Las vidas de los padres y abuelos no sólo determinan la naturaleza de los hijos, sino también sus problemas o bendiciones espirituales.

Hay un manto que se transmite de una generación a otra. Hay un pacto que Dios puede hacer con un padre, y debido a ese pacto, se transmite el manto.

Se pueden transmitir tanto bendiciones como maldiciones de una generación a la siguiente. Hace años conocí a un ministro que tenía cáncer. El Espíritu Santo me movió a preguntarle: “¿Tuvieron sus padres y abuelos este problema?” Él respondió: “Sí, durante muchas generaciones todos en mi familia han muerto de cáncer bastante jóvenes”. El espíritu de cáncer había sido transmitido de una generación a otra. Oramos para que el espíritu de cáncer fuera atado y roto para que no fuese transmitido a sus hijos.

Es esencial darse cuenta de que no sólo se transmite una naturaleza de padres y abuelos, sino también bendiciones y maldiciones. Las bendiciones y maldiciones continúan en una línea familiar hasta que son detenidas. Conocer la genealogía de las personas es muy importante cuando se les aconseja porque eso puede dar pistas de sus problemas. Esto también se aplica a nosotros.

El Señor me dio una visión cuando estaba hablando en una reunión de mujeres de Aglow, en Nueva Zelanda hace algunos años. Toda la audiencia era femenina, salvo los consejeros que eran pastores. En esta visión, vi los corazones de tres generaciones: una abuela, una madre y una hija. La abuela tenía una pequeña mala hierba en su corazón, la cual el Señor me dijo que representaba una atadura específica en su vida. Ella transmitió esa mala hierba a su hija, y en su hija se convirtió en un arbusto fuerte. Su hija, a su vez, transmitió esa atadura a su propia hija. Sin embargo, esta vez ya no era una mala hierba o un arbusto, sino un árbol maduro en el corazón de su hija. Por lo tanto, el problema que la abuela tenía pasó a su hija y de su hija a su nieta, todo porque ni la abuela ni la madre permitieron que Dios lo tratara. Esto queda ilustrado en el dibujo de abajo:INSERTAR DIBUJO

Hemos de darnos cuenta de que a menos que tratemos los problemas de nuestro corazón, los transmitiremos a nuestros hijos y esos problemas se harán aún más poderosos en sus vidas.

Los padres tienen una responsabilidad asombrosa de permitir que Dios purifique sus corazones y trate las áreas de pecado para que no transmitan nada malo a sus hijos. Nos reproduciremos en otros para bien o para mal. Oremos para que sólo transmitamos las bendiciones y naturaleza de Dios a nuestros hijos naturales y espirituales.