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¡Finalista en Reader’s Crown! Una heroína atrevida y agresiva con una vulnerabilidad oculta y un rey arrogante obligado a ser un esclavo…
Riley St. Clare siempre ha seguido sus propias normas, pero cuando descubre el secreto de su jefe, se ve obligada a abandonar su pueblo a toda prisa o acabar enterrada con el tipo muerto que se ha encontrado. ¡Pero, tras ser recogida por un mercader de otro planeta que estaba de paso, acaba algo más lejos de lo previsto!
Cuando el rey de Sarafin, Vox d’Rojah, fue capturado y vendido a una operación minera, lo último que esperaba era encontrar a su compañera esposa. Vox no está seguro de qué sería más sencillo, ¡si librar otra guerra contra los valdier o aferrarse a la humana que será su reina! Ahora tiene que luchar contra piratas, mercaderes y hasta con Riley; ¡esto va a ser toda una huida!
La internacionalmente aclamada S.E. Smith presenta una nueva historia llena de acción, aventuras y romance. Rebosante de su humor característico, vívidos paisajes y personajes encantadores, ¡te aseguramos que este libro se convertirá en otro de los favoritos de sus fans!
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Seitenzahl: 466
Veröffentlichungsjahr: 2021
Me gustaría darle las gracias a mi marido, Steve, por creer en mí y estar lo bastante orgulloso como para darme la valentía necesaria para seguir mi sueño. También me gustaría darle las gracias especialmente a mi hermana y mejor amiga, Linda, que no solo me animó a escribir, sino que también leyó el manuscrito. Y a mis otras amigas que creyeron en mí: Jennifer, Jasmin, Maria, Rebecca, Gaelle, Angelique, Charlotte, Rocío, Aileen, Julie, Jackie, Lisa, Sally, Elizabeth (Beth), Laurelle y Narelle. ¡Son las chicas que me han mantenido en pie!
Y un agradecimiento especial a Paul Heitsch, David Brenin, Samantha Cook, Suzanne Elise Freeman, Laura Sophie, Vincent Fallow, Amandine Vincent, y PJ Ochlan, ¡las fantásticas voces detrás de mis audiolibros!
—S.E. Smith
Eligiendo a Riley
Guerreros Sarafin, Libro 1
Copyright © 2021 de Susan E. Smith
Primera edición digital en inglés – Marzo 2013
Primera edición digital en español – Junio de 2021
Diseño de portada por: Melody Simmons y Montana Publishing
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS: Queda prohibida la reproducción o transmisión de esta obra literaria bajo cualquier forma o medio, incluyendo reproducción electrónica o fotográfica, parcial o completa, sin el consentimiento expreso del autor.
Todos los personajes y eventos descritos en esta novela son ficticios o se utilizan de manera ficticia, y no deben interpretarse como reales. Cualquier parecido con una persona real, viva o muerta, hechos u organizaciones es pura coincidencia y no un acto consciente del autor.
Resumen: Una astuta fiadora judicial y un rey alienígena chocan en una hilarante batalla de sexos en plena huida. ¡Todo está permitido cuando se trata del amor!
ISBN: 9781955158596 (Edición en papel)
ISBN: 9781955158589 (Edición digital)
Romántica (amor con contexto explícito) | Ciencia ficción | Sobrenatural | Fantasía
Publicado por Montana Publishing
y S.E. Smith de Florida www.sesmithfl.com
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Epílogo
Libros e información extra
Sobre la autora
¡Finalista en Reader’s Crown! Una heroína atrevida y agresiva con una vulnerabilidad oculta y un rey arrogante obligado a ser un esclavo…
Riley St. Clare siempre ha seguido sus propias normas, pero cuando descubre el secreto de su jefe, se ve obligada a abandonar su pueblo a toda prisa o acabar enterrada con el tipo muerto que se ha encontrado. ¡Pero, tras ser recogida por un mercader de otro planeta que estaba de paso, acaba algo más lejos de lo previsto!
Cuando el rey de Sarafin, Vox d’Rojah, fue capturado y vendido a una operación minera, lo último que esperaba era encontrar a su compañera esposa. Vox no está seguro de qué sería más sencillo, ¡si librar otra guerra contra los valdier o aferrarse a la humana que será su reina! Ahora tiene que luchar contra piratas, mercaderes y hasta con Riley; ¡esto va a ser toda una huida!
La internacionalmente aclamada S.E. Smith presenta una nueva historia llena de acción, aventuras y romance. Rebosante de su humor característico, vívidos paisajes y personajes encantadores, ¡te aseguramos que este libro se convertirá en otro de los favoritos de sus fans!
―Elige ―dijo la voz incorpórea.
«¿Elegir? ¿Elegir qué?», pensó Riley, examinando las paredes de roca que la rodeaban con incredulidad. «¿Elegir salir de esta puta locura de pesadilla? Joder, sí. ¿Elegir matar a los capullos que me han puesto en este asco de situación? Oh, joder que sí. ¿Elegir…?».
Dio un salto al sentir la garra fría como el hielo pinchándole en la espalda por tercera vez y miró a su alrededor, siguiendo con la vista el brazo de la criatura que estaba a su lado cuando esta señaló por encima de una pequeña plataforma. Riley estaba luchando por entrar en un agradable estado de desconexión con todo, pero aquellas malditas criaturas que la habían secuestrado hacía veinte días tenían la mala costumbre de volver a hacerla consciente de la desafortunada situación en la que se encontraba.
―Elige ―repitió la figura delgada como un palo y de dos metros y medio de altura, perdiendo ligeramente ese tono de voz incorpórea.
Riley no logró contener la pequeña sonrisa que le curvó la comisura de los labios. De verdad que no lo logró. Tras la primera semana de cautiverio, había pasado de estar aterrada y paralizada a, sencillamente, estar cabreada con la vida. Había decidido que, si iba a morir, bien podía hacer lo que mejor se le daba: cabrear a todos los que la rodeaban. Aquello era precisamente lo que le había hecho acabar en aquella situación; su bocaza y su actitud de listilla.
Vale, quizás no debería haber cabreado a su jefe diciéndole por dónde podía meterse las manos cuando le tocó el culo por tercera vez aquel día. O todavía mejor, no debería haberle roto la nariz, la mano y probablemente los testículos, a juzgar por cómo había gritado una octava o dos más agudo que cualquier soprano. Sí, seguramente no hubiese sido demasiado inteligente, especialmente teniendo en cuenta que el papi del susodicho era el sheriff del pueblo. Riley era fiadora judicial, por amor de Dios, hasta un idiota debería haber sido consciente de lo mala idea que era meterse con ella. Su trabajo exigía que tuviese ciertos conocimientos de autodefensa.
«Dios», pensó. «Nunca debería haber aceptado ese trabajo».
Cuando su jefe le juró que nunca saldría viva del pueblo después de la paliza que le había metido, Riley había decidido que era hora de salir pitando de Righteous, en Nuevo México. Cierto, el hecho de que su jefe fuese el dueño de la empresa de fianzas judiciales local y que tuviese un negocio bastante lucrativo con su padre debería haber sido su primer aviso de que algo no era trigo limpio, había pensado mientras recogía su bolso y un gran sobre lleno de pruebas incriminatorias contra los dos. Averiguar que tanto el padre como el hijo también vendían drogas y armas ilegales había sido, definitivamente, su segundo y tercer aviso.
Aunque, claro, el último retazo de información que había encontrado aquella mañana sobre el muerto enterrado bajo el almacén había sido la verdadera razón que le había hecho comprender el error que había cometido. Aquella información había estado bien guardada en el sobre que había metido en el bolso, y se había marchado con ella cuando había abandonado el pequeño pueblo en el que había vivido los últimos seis meses, conduciendo todo lo rápido que su viejo Ford podía soportar.
Quizás hasta hubiese tenido la oportunidad de vivir un poco más de no ser por la serie de pequeñas sorpresas con las que la vida la había bendecido. Otra vez. Si el coche hubiese estado a más de un paso del desguace, sus planes inexistentes de huida se habrían visto reforzados, y habría sido todavía mejor si el jodido coche no se hubiese averiado nada más cruzar la línea estatal, a las afueras del desierto. Riley sabía que debería haberse comprado uno nuevo el mes anterior, pero era tan agarrada que había querido exprimirle hasta el último kilómetro. ¡Y vaya si lo había hecho!
Oh, y no podía olvidarse de su mejor idea entre todas: meterse en una camioneta con un tipo que tenía más piercings y tatuajes que un modelo de Revista de Capullos en lugar de caminar los cinco kilómetros hasta el bar que había visto anunciado en un cartel junto a la carretera.
«Pero no, tuve que meter mi enorme…». Riley suspiró. «No, mi culo cincelado por la madurez en la camioneta de ese pedazo de mierda».
Volvió a suspirar.
«Debería haber ido de verdad a esas clases de control de la ira tal y como Tina, mi santa hermana, dijo que me hacía falta».
Incapaz de borrar la sonrisa de sus labios, Riley volvió a pensar en la expresión de aquel tipo con tatuajes y piercings cuando ella le dedicó un dedo corazón bien erguido mientras este se alejaba, dejándola tirada en una playa en mitad de la nada justo cuando caía la noche.
«Que le tenía que hacer una mamada si quería que me sacase del desierto», pensó con ira. «Y un cuerno».
¡Y vaya si le había dado una lección! En cuanto el tío se había detenido a un lado de la calzada, Riley había saltado de la camioneta mientras lo maldecía como toda una profesional. Su abuela Pearl se habría sentido orgullosa de ella; se acordaba de todas y cada una de las maldiciones que su abuela había dicho a lo largo de su vida, y algunas extras que seguramente su abuela no conocía. Así que, por supuesto, aquel tipo la había dejado en mitad de la nada.
Riley había creído que todo se había acabado hasta que había visto cómo se acercaban unas lucecitas. ¿Cómo demonios iba a saber ella que los putos alienígenas se habían equivocado con la ubicación del Área 51 y habían acabado en Mitad de Ninguna Parte, en Arizona? Había creído que estaba a punto de ser rescatada por una banda de motoristas de motocross enanos, no una nave alienígena que había salido en una noche de lunes en busca de mujeres bien dotadas.
―¡Elige! ―gruñó la criatura en voz alta.
Riley se aclaró la garganta antes de girarse hacia el alienígena con aspecto de palo, mucho más alto que ella.
―¿Elegir el qué? ―preguntó, incapaz de contener la risita algo enloquecida que había estado amenazando con escapársele.
Volvió a soltar una risita cuando por fin logró que el rostro inexpresivo de la criatura se torciese en un ceño frustrado. Esta cerró lentamente las garras hasta formar sendos puños antes de dejar caer los hombros.
―Elige a un macho ―dijo Antrox 785, agotado.
Riley alzó una ceja perfectamente arqueada en dirección a la criatura antes de girarse hacia la selección de hombres que habían sido llevados frente a ella, mientras reflexionaba en cómo quizás su actitud había jugado cierto papel en su situación actual. Durante ese tiempo había observado sin prestar mucha atención como otra hembra (o al menos creía que había sido una hembra) había sido llevada hasta la posición que ocupaba ahora ella.
Le habían dicho, de manera bastante maleducada a su parecer, que era la última en elegir por culpa de lo desagradable, peleona y directamente fea que era. Y Riley, por supuesto, se lo había tomado todo con filosofía hasta aquel último comentario, y habían tenido que volver a inmovilizarla después de que le diese un puñetazo en lo que esperaba que fuesen las pelotas al guardia con forma de palo que la había estado vigilando. Fuese lo que fuese lo que tuviesen aquellas criaturas bajo sus túnicas, el tipo había caído redondo al suelo.
Y ahora lo que tenía delante era un montón de moco verde y lleno de babas de dos metros y medio, algo que se parecía a un lagarto a dos patas y con dos cabezas, y a otros tres fortachones guapísimos de metro noventa o más. Abrió mucho los ojos. De no ser por el hecho de que estaba muerta de sed y no podía producir la saliva suficiente, en aquel instante se le habría estado cayendo la baba.
Sabía por su constitución, los ojos y quizás por las marcas que tenían en brazos, pecho y hombros, y eso sin mencionar lo afilados que tenían los dientes cuando le gruñeron al alienígena palo, que no eran humanos, ¡pero vaya si estaban para chuparse los dedos!, pensó Riley con aire soñador por un instante antes de volver a espabilarse.
―¿Qué les pasa a los machos que no son elegidos? ―preguntó con curiosidad, sin quitarle los ojos de encima en ningún momentos a aquellos tres.
―Serán usados como comida ―dijo Antrox con el ceño fruncido―. ¡Elige! Todos los machos emparejados se mantendrán con vida para trabajar en las minas. Los machos emparejados son más fáciles de controlar por lo protectores que son con sus hembras. ¡Ahora elige a tu macho!
―¿Y si no quiero elegir a un macho? ―preguntó Riley con sarcasmo, girándose para hacer frente a la alta criatura que tenía al lado―. ¿Y si no me apetece elegir a un macho? ¿Y si ni siquiera me gustan los machos? ―añadió.
¡En aquel instante, creía sinceramente que quizás no volviese a gustarle jamás ningún macho! Después de todo, eran los hombres los que habían iniciado aquella odiosa serie de eventos, empezando por el idiota bueno para nada que había sido su jefe. ¿Y ahora aquel palillo tamaño gigante esperaba que escogiese sin más a alguno de aquellos capullos y se emparejase con él?
«En serio, eso no va a pasar. Con o sin ataduras, le daré una paliza a cualquiera que intente emparejarse conmigo», pensó con fiereza.
No iba a emparejarse con ningún alienígena, no importaba lo monos que fueran. ¡Había visto suficientes películas de ciencia ficción como para ser inmune al deseo hacia cualquier culito del espacio exterior! ¿Y si aquellas cosas decidían robarle el cuerpo y salir de su interior con una explosión? Un escalofrío la estremeció al pensarlo.
Con expresión confundida, Antrox 785 desvió la mirada de Riley a los hombres que había en la plataforma que tenían debajo.
―¿Por qué no ibas a querer escoger a un macho? ¡Eres una hembra! Toda nuestra información señala que sois las débiles de vuestra especie y que necesitáis a un macho que os proteja. ―Volvió a mirar a Riley―. ¿Por qué iban a no gustarte los machos?
Riley soltó una risita algo histérica. Vale, quizás todavía estuviese ligeramente aterrorizada.
―¿Que por qué no me gustan los machos? Bueno, es la pregunta del siglo, ¿verdad? ¡Qué te parece si vamos a por una o dos botellas del alcohol más fuerte que tengáis, nos emborrachamos como es debido, y te cuento por qué ya no me gustan los machos! ―Fue alzando el volumen con cada palabra que decía―. ¡Empecemos contigo!
Vox alzó la vista, sorprendido al oír una voz ronca y femenina gritando, y gruñó en voz baja al ver por primera vez a la mujer entrada en carnes que se había girado hacia el macho Antrox. La deseaba. No comprendía por qué, pero la deseaba… y la deseaba ya. Su cuerpo reaccionó al instante a su voz. Sentía una necesidad primitiva de aparearse, de poseer.
Cuando vio el rostro y el cuerpo que acompañaban a aquella voz, tuvo que recurrir a todas sus fuerzas para no luchar contra las ataduras que lo mantenían cautivo. La mujer tenía curvas, pechos generosos, cintura estrecha y unas caderas que le hicieron la boca agua al pensar en sostenerlas entre sus manos. Su cabello tenía el color del sol y le caía ondulado por la espalda hasta las nalgas exuberantes y redondeadas.
«La han creado para amar», pensó maravillado mientras la observaba.
La mujer iba vestida con un top rosa claro que se ajustaba a sus magníficas curvas y, aunque Vox no podía saber qué aspecto tenía de cintura para abajo, se lo podía imaginar. Quería verle los ojos. Sabía que le destellarían llenos de fuego, y quería que todas aquellas llamas se concentrasen en él. Gruñó cuando otro de los guardias se sumó en usar los bastones eléctricos para obligarlo a apartarse del borde de la plataforma.
Dio un salto de sorpresa, y abrió mucho los ojos cuando la mujer, que era pequeña en comparación con el enorme macho Antrox que tenía al lado, empezó a clavarle a este un dedo en el pecho y a gritarle. Vox volvió a gruñir cuando uno de los guardias lo empujó hacia atrás con más fuerza con uno de los bastones, pero ignoró el ardor de la descarga y se concentró en las manos de la mujer. Se las habían encadenado delante del cuerpo.
¿Por qué iban los Antrox a ponerle grilletes a una hembra? Las hembras eran débiles y debían ser protegidas; no había oído nunca que un Antrox macho encadenase a una hembra. Escuchó incrédulo cómo aquella especie normalmente impasible le rugía a la mujer con voz alta y ofendida.
―¡ELIGE! ¡Ahora, hembra, o elegiré yo por ti! ―rugió Antros 785.
No sabía qué otra cosa hacer. Estaba al mando de aquella instalación minera, y su trabajo no incluía cuestionar a los seres que traían a las minas. No, su trabajo era emparejar a las hembras con los machos para asegurarse de que estos últimos fuesen más dóciles. Nunca antes se había encontrado una hembra hostil, y no sabía cómo manejar a una como la que en aquel momento le estaba clavando las afiladas uñas en el pecho.
Riley miró al bicho palo que tenía delante y resopló con indignación.
―¡Vale! ¡No hay por qué ponerse tan tenso! ―comentó, dándole la espalda y echándose la melena rubia sobre el hombro―. Los elijo a todos ―contestó con un suspiro exasperado.
―¿Qué? ―gritó prácticamente Antrox 785.
Riley se giró para mirarle y puso en blanco sus ojos grandes y azules.
―He dicho que me los quedo a todos ―repitió poco a poco, sacudiendo ligeramente la cabeza para señalar que creía que era un idiota.
―Pero… pero… ―tartamudeó Antrox 785, confundido. Miró a los cinco hombres que los observaban y después volvió a desviar la vista hacia la hembra―. No, tienes que escoger a uno.
―No, no tengo por qué escoger solo a uno. Los escojo a los cinco ―insistió Riley con cabezonería―. ¡Los cinco o ninguno! ―añadió, volviendo a sacudir con determinación la pesada melena.
―¿Cómo puedes tener a cinco machos? ―preguntó Antrox 785 con frustración―. Todas las demás hembras han escogido solo a uno.
―Bueno, yo no soy las demás hembras. Soy Riley St. Clair de Denver, Colorado, y los elijo a los cinco ―dijo, inclinando la barbilla en un gesto testarudo―. Si tienes algún problema con eso, más te vale superarlo. He tomado una decisión y se acabó―añadió, arqueando una ceja y retándolo a decirle que no.
Riley se habría cruzado de brazos para demostrar que iba en serio de no ser porque se los habían atado. Y, puesto que no podía cruzarse de brazos, alzó la nariz todo lo que pudo y adoptó su mejor expresión de «esa es mi última oferta». Incluso ladeó la cadera para demostrar que no permitiría que la intimidasen para hacerla cambiar de opinión. Si algo había aprendido mientras era fiadora judicial, era que el lenguaje corporal podía ser un arma muy poderosa.
Antrox 785 apretó las encías de pura frustración. Alzó una mano en dirección a los guardias que había debajo de él, indicándoles que llevasen a todos los hombres a la cueva que le habían asignado a la hembra. Con un movimiento de cabeza, señaló a los dos guardias que estaban detrás de Riley que se acercasen.
―Llevadla a sus habitaciones, donde están sus compañeros, y traedme al mercader que ha traído a esta hembra ―exigió con brusquedad.
Uno de los guardias miró con cautela a Riley y Antrox 785 antes de contestar.
―El mercader ya se ha ido, 785 ―dijo Antrox 921.
Antrox 785 bajó la vista hacia Riley, quien le mostró los dientes y mordió el aire, y Antrox 785 retrocedió un paso, cerrando las garras hasta clavárselas en las palmas verdes de las manos. Asintió con la cabeza y se quedó mirando cómo los dos guardias escoltaban a Riley hacia la habitación seleccionada. Ya había decidido que, de no ser por la ley que prohibía que un Antrox hiriese a una hembra, sin importar qué hembra fuera, ya habría llevado felizmente a aquella en concreto hasta los pactors, las enormes criaturas que usaban para sacar minerales de las minas, para que les sirviese de comida. Tomó nota de que, la próxima vez que aquel mercader se pasase por las minas, no volvería a abandonarlas jamás.
Vox tiró del collar que le rodeaba el cuello y recibió otra descarga ardiente como premio. Gruñó a los otros machos que lo observaban; conocía a dos de los cuatro.
Tor era su ingeniero en jefe, y Lodar su oficial médico. Los dos habían estado con él cuando había abandonado su nave de guerra, la Shifter, para comprar cristales en el puerto espacial valdier, y los tres habían estado disfrutando de un refrigerio cuando un guerrero valdier se les había acercado y les había dicho que uno de los miembros de la casa real valdier deseaba hablar con ellos.
Vox se había preguntado vagamente si sería en referencia al tentativo pacto de paz que habían establecido casi cien años antes. Como rey gobernante de Sarafin, se esperaba de Vox d’Rojah que tuviese un hijo para que se uniese en matrimonio con la primera hija que tuviese el rey de Valdier, pero el problema era que Vox no tenía la más mínima intención de tener hijos, al menos no en un futuro cercano. Era feliz de sobras con la amplia selección de mujeres que tenía a su disposición.
Se habían sentado para tomar algo con un guerrero valdier ya entrado en años llamado Raffvin, y este había dicho que tenía una noticia para Vox relacionada con el acuerdo de paz que se había formado entre las especies anteriormente enfrentadas. Vox ya había tomado la decisión de ignorar todo lo que aquel viejo guerrero pudiese decir.
Aquel hombre había estado acosando a algunos de los hombres de su consejo para reunirse con él, y Vox se sentía molesto al ver que el valdier no parecía captar que no estaba interesado en hablar con él. Por lo que a él concernía, si no se trataba de su líder, Zoran Reykill, o del hermano de Zoran, Creon, no le importaba un pimiento lo que tuviese que decirle.
Había tenido varios encuentros con Zoran Reykill durante los largos años de la guerra, y lo respetaba por ser un guerrero fuerte y justo que luchaba con integridad y se preocupaba por su gente. Había sido su amistad con el hijo real más joven, Creon, lo que había puesto fin a la guerra y había llevado a una alianza larga y duradera. Creon le había salvado la vida evitando un intento de asesinato de mano de sus propios guerreros, cuyo objetivo había sido alimentar la furia contra los valdier durante las Grandes Guerras.
La amistad que había surgido a partir de aquel momento los había llevado a colaborar en sus esfuerzos por descubrir quién estaba detrás de la guerra, y habían descubierto que un pequeño grupo formado por la élite de las casas reales valdier, sarafin y curizana había estado trabajando unido para derribar a los linajes gobernantes de cada sistema estelar y así hacerse con el poder.
Vox había estado decidido a limpiar su sistema estelar de todos aquellos capaces de traicionar a su propia gente, y había ido tras ellos sin piedad y sin importarle si eran hombres o mujeres. Para él, un traidor era un traidor. Sabía que Creon había quedado profundamente afectado al descubrir que la mujer de la que estaba enamorado, una princesa curizana, era una de las responsables de hostigar la guerra.
Lo habían descubierto casi demasiado tarde para salvar a Creon. Ha’ven, el príncipe gobernante curizano, había sido secuestrado para implicar a los sarafin y valdier y conseguir información importante sobre la ubicación de las naves de guerra curizanas. Vox había descubierto a uno de sus guerreros volviendo bien entrada la noche tras escabullirse, y él y dos de sus hermanos le habían hecho frente. Habían descubierto que el guerrero se había reunido con Aria, la amante de Creon, y que le había estado proporcionando información sobre los sarafin. Vox le había arrancado hasta el último gramo de información a través de la tortura antes de matarlo y dejar su cuerpo expuesto frente al palacio para que lo viese todo aquel que pensase en traicionar su confianza.
Después había acudido a Creon con la información que había descubierto. Al principio este se había negado a creerle, pero al final fue incapaz de seguir negando las pruebas que se acumulaban contra Aria. Decidieron tenderle una trampa, una trampa que había resultado demasiado eficaz.
Solo Creon, Aria y él mismo estaban al tanto de una misión secreta para transportar a un prisionero capturado, y cuando los mercenarios que Aria había contratado aparecieron en la trampa los mataron a todos excepto al líder del grupo, al cual Creon interrogó en persona. Las últimas palabras de aquel hombre moribundo habían sido para confirmar la traición de Aria.
Más tarde aquella noche, Creon ya contaba con la ubicación de la prisión de Ha’ven y Aria estaba muerta. Vox nunca le había preguntado a su amigo cómo le había sonsacado la información; era muy consciente de lo que hubiese hecho él de estar en su situación. Habían encontrado a Ha’ven tres días más tarde, en un asteroide minero no muy distinto a donde se encontraban actualmente prisioneros él y sus hombres. Lo habían torturado y estaba más muerto que vivo; había sido un milagro que hubiese sobrevivido tanto, considerando lo que le habían hecho los hombres de Aria.
Vox volvió al presente con un sobresalto cuando la puerta de las habitaciones a las que él y sus hombres habían sido escoltados se abrió de repente. Vio cómo entraban tres machos Antrox, dos de ellos con los largos bastones eléctricos y el otro con un extraño objeto rosa y rectangular con ruedas. Los seguía la mujer que había visto antes, e iba hablando con un cuarto macho Antrox que la seguía un par de pasos por detrás.
―Oh, vaya ―dijo esta al ver la habitación―. ¡Este sitio es cien por cien cavernícola! Fred y Wilma se han superado; tendré que asegurarme de enviar una nota de agradecimiento por las encantadoras paredes de roca. En serio, ¿tanto habría costado actualizar la decoración unos cuantos millones de años? Voy a tener que quitaros varios puntos en Trip Advisor; es demasiado apático considerando la moda de hoy en día y las expectativas de los huéspedes.
El macho Antrox que la seguía apretó las encías mientras ella seguía parloteando sobre los muebles, el suelo, el techo y todo lo que había en la habitación. Vox la siguió con los ojos mientras la mujer se golpeaba suavemente la barbilla con un dedo y se detenía en el centro de la habitación para volver a mirar una vez más a su alrededor. El calor lo inundó cuando su mirada se posó sobre él, y al principio no estuvo seguro de si era fruto de la irritación cuando pasó de largo como si él ni siquiera existiese, o si la reacción era provocada por su cercanía. De lo que sí estaba seguro era de que aquella mujer era suya, ¡y la deseaba de inmediato!
―Cariño, ¿puedes dejar mi equipaje junto a la cama? Espero que hayáis cambiado las sábanas. Me niego en redondo a dormir con las sábanas sucias de otra persona. Oh, Palito, sé amable y quítame estas adorables pulseras. A pesar de lo mucho que me gustan, no encajan para nada con mi conjunto y el efecto «cárcel» es demasiado intenso ―dijo la mujer, acercándose al Antrox que estaba de pie junto al que estaba colocando la maleta al lado de la cama.
La mujer sonrió y batió las pestañas con aire inocente pero, en lugar de conseguir que el alto Antrox se sintiese mejor, hizo que este retrocediese un paso con aire indeciso y mirase al macho que la mujer tenía a la espalda en busca de consejo. El que había estado llevando la extraña caja rosa pareció aliviado de que la mujer se estuviese concentrando en otro de los presentes y no en él.
A Vox le hirvió la sangre al ver cómo aquel precioso rostro irradiaba pura diversión mientras observaba cómo los Antrox se movían nerviosos a su alrededor. Sus labios, gruesos y rosados, se separaron para mostrar unos dientes blancos y rectos, y se le dibujó un pequeño hoyuelo en la mejilla. Vox nunca hubiese pensado que unos dientes rectos pudiesen resultarle sexis, pero decidió en aquel mismo instante que adoraba el aspecto que le daban a la mujer.
El Antrox que esta tenía a la espalda asintió con la cabeza al otro macho y retrocedió otro paso, tras lo cual el otro macho bajó el bastón eléctrico y sacó la llave para desactivar los grilletes. Le hizo un gesto a la mujer para que extendiese las manos frente al cuerpo, y esta obedeció con una mirada inocente y mordiéndose el labio. Vox siguió el movimiento con la mirada, y estuvo a punto de gruñir en voz alta cuando su miembro se endureció hasta dolerle como nunca antes le había dolido.
La mujer se frotó suavemente las muñecas y arrugó la nariz.
―Más te vale no esperar propina ―dijo, agitando la mano en un gesto de desdén―. Porque he de decir que vuestra hospitalidad todavía no me ha convencido, no hablemos ya del alojamiento ―añadió, apoyando las manos en las caderas y golpeando el suelo con el pie.
―Tenemos que irnos ―la informó Antrox 264 a su espalda―. Mantendrás a tus compañeros tranquilos y satisfechos. Trabajaran durante el primer turno para que puedas estar cerca de ellos.
―Lo que tú digas ―contestó la mujer, encogiéndose de hombros como si nada―. Quiero que me traigáis toallas limpias todos los días, y ahora mismo necesito una cuerda y varias mantas.
Antrox 264 les hizo un gesto a los demás guardias para que fuesen hacia la puerta de la celda.
―¿Por qué necesitas esos objetos? Esas cosas no se adjudican a los trabajadores.
La mujer se giró y fulminó a 264 con la mirada, entrecerrando los ojos y haciendo que retrocediese otro paso de un salto.
―Cariño, empieza a adjudicarlos si no quieres que me enfade. Y no te gustará que me enfade, ¿lo entiendes? No soy nada agradable cuando estoy enfadada ―dijo la mujer, dando un paso amenazador en su dirección con los ojos brillantes de furia y determinación―. ¡Ahora ve a buscar lo que te he pedido! ¡Venga, deprisa! ―gruñó, chasqueando los dedos y logrando que todos los guardias se sobresaltasen y se marcharan a toda prisa.
Riley tomó una profunda y relajante bocanada de aire para aliviar sus nervios y prepararse para conocer a sus cinco nuevos «compañeros». Por dentro estaba temblando como una hoja, pero hacía muchísimo tiempo que había aprendido que no debía dejar que se le notase. Volvió a ponerse las manos sobre las caderas, volvió a respirar profundamente, y se echó la pesada melena rubia sobre el hombro antes de girarse para volver a enfrentarse a los cinco machos.
Era una mujer alta con su metro setenta y siete, y cuando a eso se le añadía que en los días buenos vestía una talla 43 y una copa de sujetador E, parecía Xena llena de esteroides. Hacía mucho tiempo que había aprendido a vivir con su estatura de huesos grandes.
Tampoco es que le hubiese quedado mucha opción teniendo en cuenta que, entre los cuatro y los dieciocho años, siempre les había sacado varias cabezas a todas las personas que había conocido. Había llegado a la pubertad muy rápido y había tenido que sobrevivir a todas las bromas sobre guerreras amazonas y gigantes que todas las chicas sensibles hubieran tenido que soportar. Pero esas chicas sensibles no habían sido criadas por la abuela Pearl.
La abuela Pearl le había enseñado cómo darle un buen puñetazo a cualquiera que se riera de su nariz y, cuando la cuarta asistenta social de la escuela había amenazado a Pearl con que los servicios sociales se llevarían a Riley y Tina, había pasado a enseñarle cómo usar las palabras como arma. A Riley las palabras se le habían dado mucho mejor que otras maneras más físicas de vengarse. A lo largo de los años, había tenido muchas ocasiones de perfeccionar su talento, como lo llamaba su abuela.
Riley soltó el aire que había estado reteniendo y les sonrió de oreja a oreja a los cinco machos alienígenas que la miraban fijamente.
―Bueno, chicos, parece que la tita Riley va a tener que imponer ciertas normas mientras estemos juntos ―dijo, mirándolos atentamente de uno en uno para evaluar cómo iba a manejarlos.
El alienígena número uno debía medir alrededor de un metro de alto, tenía dos cabezas y parecía una mezcla entre un lagarto y ET. Era mono a su manera, y cada cabeza tenía unos ojos grandes y negros que se movían nerviosos entre ella y el resto de los machos. Tenía una coloración verde oscura con zonas tostadas, negras y rojas que dibujaban largas líneas por todo su cuerpo, e iba vestido con un pequeño chaleco de cuero y pantalones de tela escocesa con botas de tamaño infantil a juego. Debió de decidir que Riley suponía una amenaza menor que el resto de los machos, porque emitió un graznido débil y se escabullo hacia una de las esquinas de la habitación. Riley decidió que tenía pinta de llamarse Fred.
Desvió la vista hacia la siguiente criatura alienígena. Este, y asumía que debía usar pronombres masculinos, puesto que el Bicho Palo se había referido a él de ese modo, medía casi dos metros y medio, alzándose por encima de todos los demás, incluidos los otros tres hombres que había de pie junto a él, pero no resultaba precisamente atemorizador.
A Riley le recordaba a la enorme masa de gelatina que salía en la película Monstruos contra alienígenas. Era verde en lugar de azul, pero su cuerpo poco firme le decía que debía llamarse Bob. Hasta dejaba un rastro de líquido claro a su paso, uno que Riley esperaba que no fuese radioactivo ni nada parecido.
Parecía estar usando alguna especie de túnica para cubrir la mayor parte de su cuerpo, y Riley ni siquiera quería pensar en lo que podría haber debajo. Pero eran sus ojos los que le transmitieron que no iba a hacerle daño; eran grandes, redondos y del color de las chuches de melocotón, con unas pequeñas pupilas negras en el centro.
Bob emitía un pequeño sonido zumbante que se le antojó señal de lo aterrado que estaba, aunque Riley no sabía muy bien de qué tenía tanto miedo. En su opinión, por ahora las cosas iban bastante bien teniendo en cuenta que la habían secuestrado unos alienígenas. Al menos el señor Papi y el Mini Mierda seguían en Nuevo México y no podían encontrarla.
Por fin se centró en los últimos tres hombres. Tuvo la impresión de que iba a necesitar un abanico antiguo de esos que usaban las mujeres en las películas para refrescarse, porque la temperatura había empezado a subir nada más posar los ojos en ellos. ¡El primero estaba buenísimo!
Tenía el cabello largo y recogido en la nuca, todo él de un rubio dorado con mechones de distintos tonos. Tenía un patrón en el pecho y el brazo izquierdo que parecían manchas, e iba vestido con un chaleco negro, pantalones negros y botas negras, un conjunto que resaltaba mucho en contraste con su piel. Sus ojos, de un tono entre dorado oscuro y castaño, permanecieron fijos en ella mientras lo evaluaba. Parecía sentir más curiosidad hacia Riley que «interés», y esta se sintió agradecida. Tenía el presentimiento de que su boca y su técnica de atizar a la gente en la nariz no lo detendrían durante mucho tiempo si decidía clavarle esos dientes tan afilados.
El alienígena número cuatro era igual de alto que el tercero. Riley se imaginó que, basándose en su propia altura, seguramente debía medir alrededor de metro noventa y cinco o así. Debería haber sido agradable encontrar por fin a algunos hombres que la obligasen a levantar la cabeza para mirarlos, ¡pero eran alienígenas!
El número cuatro la miraba con la misma curiosidad que el tercero, aunque su cabello era de un rojizo castaño y tenía la piel más bronceada. Tenía el pelo corto y los mechones pasaban del rojizo oscuro al castaño, y sus ojos estaban entre el verde claro y el marrón y contenían motas de verde oscuro.
Iba vestido del mismo modo que el otro hombre; Riley asumió que debía tratarse de un uniforme de algún tipo. Se parecía a los conjuntos moteros que se ponían los tíos de su pueblo los domingos tras dejar los trajes de tres piezas en el armario durante el fin de semana, pero tenía la sensación de que los hombres que tenía delante vestían así todo el tiempo. No era precisamente un disfraz con el que parecer belicoso un día. No; a juzgar por los músculos de aquellos hombres, Riley creía que eran belicosos todo el tiempo.
Su impresión se vio reafirmada cuando por fin miró al alienígena número cinco, algo que había estado evitando con la esperanza de que, de algún modo, aquel hombre resultase menos intenso que la primera vez que lo había visto de pie en la plataforma de la sala de las «elecciones». Si antes ya había pensado que estaba para mojar de pan desde lejos, ¡de cerca estaba como un tren!
Tuvo que recurrir a todas sus fuerzas para no extender la mano y tocarlo para comprobar si de verdad le quemaría los dedos de lo ardiente que parecía. Por suerte, las maravillosas lecciones de la abuela Pearl la salvaron de aquel comportamiento tan impulsivo. Pearl se había encargado de grabarles a conciencia en la cabeza a ella y a Tina que no debían jugar con fuego, ¡jamás! Les había explicado que el fuego adoptaba muchas formas distintas, y la mayoría de ellas tenían dos piernas, un miembro que colgaba entre ellas y un cerebro nulo. Riley siempre había creído que su abuela era así porque tanto ella como su hija, la madre de Riley y Tina, habían sido abandonadas por los amores de sus vidas tras quedarse embarazadas, y habían tenido que arreglárselas solas.
Y no le llevó mucho comprender que aquello también les pasaba a otras personas. Pearl les había señalado a ambas lo a menudo que sus amigas o las demás chicas del barrio ignoraban las señales y, una a una, Riley vio cómo dichas chicas se enamoraban del «chico malo» y acababan solas, a menudo con un bebé en brazos, tras el primer avistamiento de otra cara bonita en el barrio.
Riley había tenido doce años cuando había decidido que nunca sería una de aquellas chicas, aunque claro, aquella fue la época en la que el viejo pervertido dueño de la tienda de comestibles le hizo una proposición indecente. No, se aseguraría de que le pusieran un anillo en el dedo antes de acceder a nada; no se quedaría atrapada cuidando a solas de un crío como le había pasado a su abuela y como le habría pasado a su madre si esta no se hubiese marchado. Por lo que a ella concernía, cualquier hombre que estuviese interesado tendría que aceptarlo o darse media vuelta.
«En cierto sentido resulta gracioso», pensó. «Eso es lo único en lo que Tina y yo llegamos a estar de acuerdo sin pasar primero por un concurso de gritos». Volvió a centrarse en el gigantesco hombre que la fulminaba con la mirada. «El alienígena número cinco no solo parece todo un chico malo, sino que debe de dominar un mercado internacional», reflexionó antes de que se le escapase una risita. «O más bien un mercado intergaláctico», se corrigió a sí misma en silencio, viendo cómo el rostro del hombre se ensombrecía ante su risa.
El susodicho era igual de alto que los otros dos, pero por alguna razón parecía alzarse por encima de ellos. Fuese como fuese, seguía sacándole unos veinte centímetros a Riley, y llevaba el cabello negro corto casi al estilo militar. La parte superior de su pecho era visible a través del mismo chaleco negro que llevaban los otros dos hombres.
Tenía manchas oscuras por todo el torso parecidas a las manchas de los leopardos, aunque Riley nunca había visto a un leopardo en carne y hueso. Dejó que su mirada descendiese por el cuerpo de aquella ricura, apreciando lo ajustados que eran los… Riley abrió mucho los ojos al ver el bulto más que distintivo en la parte delantera de los pantalones y alzó la vista hacia la del hombre, sorprendida e intentando recuperar el aliento.
«Alguien está muy salido», pensó consternada, mirando fijamente aquellos ojos ardientes e intensos de un color ámbar oscuro.
―Vale ―dijo Riley mientras se frotaba las manos―. Primera norma: ese es vuestro lado de la cueva y este es el mío. Quedaos en vuestro lado, y seguiréis de una pieza. Acercaos a mi lado, y os cortaré la polla y os la haré comer de desayuno ―continuó con una pequeña sonrisa y arqueando las cejas―. El baño me pertenece durante exactamente treinta minutos todas las mañanas, y una hora todas las noches, y no quiero compañía ―añadió, girándose y acercándose a donde habían dejado su maleta junto a la cama.
Se inclinó para abrir uno de los bolsillos laterales, y un gruñido bajo y grave a su espalda le hizo buscar a toda prisa el objeto que había esperado poder recuperar desde el mismo momento en que la habían secuestrado. Cerró la mano alrededor del pequeño dispositivo cubierto de cuero con un suspiro de alivio, y se giró justo a tiempo de ver cómo aquel hombre enorme daba un paso en la dirección en la que había estado inclinada. Riley alzó la mirada hacia aquellos ojos brillantes y maldijo para sí; parecía que iba a tener que demostrar que iba en serio.
―Vuelve a tu lado de la habitación, ¡ahora! ―gruñó, aferrando el pequeño dispositivo―. ¡Quieto! Alien malo. ¡Tienes prohibido entrar en este lado de la habitación! ―dijo con fiereza, señalando con el dedo el lado en el que estaban el resto de los hombres.
―¡Eres mía! ―rugió el infractor, avanzando otro paso hacia ella con aire amenazador―. Te reclamo.
El mal carácter de Riley hizo acto de aparición ante aquella afirmación tan indignante.
―Último aviso. Mueve el culo hacia tu lado de la habitación, o te haré hacerlo ―escupió en respuesta, enderezándose para aprovechar toda su altura.
Vox sonrió de oreja a oreja, mostrando los dientes blancos y afilados.
―Me gustaría ver cómo lo intentas ―se burló, dando otro paso hacia ella hasta quedar a tan solo un gesto de distancia de la mujer que sabía que era su compañera.
Riley sonrió y una chispa de diversión y travesura se reflejó en sus ojos cuando alzó la vista hacia el gigantesco hombre que tenía delante.
―Oh, cariño, de verdad que no deberías haber dicho eso ―contestó un segundo antes de presionar el dispositivo que sostenía contra el pecho del desconocido y apretar el botón del pequeño Taser.
Vox se quedó con los ojos como platos durante un instante antes de soltar una maldición al sentir cómo se le sacudía el cuerpo. El pecho le ardió cuando la descarga explosiva lo lanzó hacia atrás, derribándolo sobre el duro suelo de piedra, y su cuerpo se estremeció cuando sus músculos reaccionaron a la poderosa oleada de electricidad que acababa de recibir.
Apretó los dientes con fuerza, luchando contra aquel efecto tan doloroso, pero era inútil; no tenía el más mínimo control sobre sus músculos. Aquello era diez veces más doloroso que las descargas provocadas por el collar o por los golpes que le habían propinado los Antrox con sus bastones eléctricos.
Se obligó a seguir a la mujer con la mirada cuando esta apoyó las manos en las caderas y se echó el pelo hacia atrás, fulminando con la mirada a los hombres que le gruñían. Tor y Lodar bramaron de ira, cogiendo a Vox por los brazos y tirando de él para alejarlo de la mujer mientras ella permanecía de pie junto a la cama, siseándoles y chasqueando los dientes. Vox la miró a los ojos y vio un breve destello de miedo antes de que pudiese ocultarlo.
―¿Cómo te encuentras? ―preguntó Lodar en voz baja.
Vox hizo una mueca y se frotó el pecho; las dos quemaduras gemelas le escocieron cuando pasó la mano sobre ellas. Siguió a la mujer con la mirada mientras esta colgaba una cortina con los objetos que el guardia Antrox había traído treinta minutos antes.
La mujer canturreaba en voz baja una canción que nunca había oído. Vox había tardado casi una hora en recuperarse lo suficiente como para usar los miembros sin sentir que corría el riesgo de caerse de cara. Tiró del collar que le rodeaba el cuello y soltó una maldición al sentir una pequeña descarga; sus músculos reaccionaron al instante, como si todavía estuviesen alterados tras la fuerte electricidad que había recibido no hacía mucho.
―¡Cabreado! ―gruñó Vox sin alzar la voz mientras seguía con los ojos los movimientos de la mujer cuando volvió a inclinarse―. Por las pelotas de Guall, si se inclina una vez más… ―perjuró, sintiendo cómo su miembro se tensaba de manera dolorosa contra la tela de sus pantalones―. Es mi compañera ―musitó en voz baja a sus dos hombres.
Tor y Lodar lo miraron incrédulos antes de girarse para examinar con curiosidad la figura de la mujer que estaba intentando construir un muro de mantas en la estrecha habitación. Después de hacer caer a Vox en redondo, ella y el Gelatian habían movido la cama para acercarla más a la pared.
Después había sacado un pedazo de roca blanca de la gran bolsa que llevaba cruzada sobre el cuerpo, una con toda clase de piedras e imágenes, y le había llevado varios minutos encontrar lo que había estado buscando. Tras encontrar la roca, la mujer se había puesto a cuatro patas y había dibujado una gruesa e irregular línea blanca que dividía la habitación en dos.
Había parecido tan orgullosa de sí misma al terminar que ninguno de ellos, salvo Vox, que todavía había estado estremeciéndose en el suelo, había sabido qué decir. A continuación la mujer les había dicho quién era, y que debían quedarse a su lado de la línea o les arrancaría la cabeza y se la metería por el culo.
Lo que resultaba increíble es que hubiese dicho algo así mientras les dirigía una sonrisa preciosa y con hoyuelos. Tor y Lodar se habían mirado el uno al otro antes de darle la espalda a la mujer para que no viera cómo se reían en silencio; la idea de que una línea blanca pudiese evitar que un guerrero sarafin la cruzase de querer hacerlo era más de lo que podían soportar sin reírse, al menos hasta que miraron a Vox y lo vieron todavía tirado y estremeciéndose en el suelo.
Un poco más tarde, un guardia Antrox con el ceño fruncido en un gesto de confusión había entregado los objetos que la mujer había solicitado, y la mujer le había lanzado un beso tras cogerlo todo y dejarlo en la cama. El guardia se había quedado pálido y había mirado de reojo a Vox, que había seguido tumbado en el suelo y sacudiéndose. No había tardado mucho en irse.
―Oh, Bob, cariño, ¿serías tan amable de ayudarme otra vez un segundo? ―se oyó su voz ronca desde la dirección en la que la mujer estaba de pie haciendo equilibrios sobre una gran roca―. Fred, precioso, aguanta la cuerda un poco más. Creo que esta vez sé cómo hacerlo.
―Se llama Riley St. Claire y es de Denver, Colorado… esté donde esté eso ―dijo Tor con aire divertido mientras miraba cómo la mujer volvía a estar a punto de caerse de la roca―. Es una… criatura de lo más inusual.
―¿Sabes lo que es, aparte de un grano en mi culo felino? ―resopló Vox antes de mirar a Lodar, que estaba observando ansioso cómo la mujer se balanceaba por un instante antes de recuperar el equilibrio.
―No, nunca he visto a ninguna mujer así ―musitó Lodar entre dientes cuando la susodicha volvía a trastabillar―. La mayoría de las especies que conozco tienen alguna clase de instinto de preservación, pero esta parece carecer de ese rasgo. ¡Ya se ha caído de esa roca tres veces, y es un milagro que no se haya roto el cuello!
Vox tensó la mandíbula. Era muy consciente de cuántas veces se había caído; Tor la había atrapado una vez antes de que cayese, aunque a duras penas; Lodar lo había logrado en la segunda ocasión, y en la tercera, la mujer había aterrizado sobre el Tiliqua al que no dejaba de llamar Fred. Él mismo no había sido capaz de ayudarla teniendo en cuenta que seguía sin poder ponerse siquiera en pie sin caerse de morros, y todo gracias a ella, y ahora incluso le dolía la cara de apretar los dientes cada vez que la mujer estaba a punto de caerse, se inclinaba o simplemente movía sus… Vox gruñó de nuevo al sentir cómo su miembro se endurecía al verla inclinarse y darle una palmadita afectuosa a Fred en una de sus cabezas.
―Eres todo un encanto ―lo alababa―. Bob, cuenco de gelatina de lima más bonito de todos, ¿puedes enganchar el otro extremo de la cuerda en la pared tal y como has hecho en este lado?
El enorme cuerpo del Gelatian empezó a moverse hacia Riley para coger la cuerda que le estaba tendiendo, pero se detuvo cuando Vox emitió un sonido grave y amenazador. La gigantesca criatura se estremeció de puro terror, mirando ahora a Riley, ahora a Vox, hasta que este se alzó con movimientos rígidos y fulminó a la criatura con la mirada a modo de advertencia.
―Mi señor ―dijo Bob con voz ahogada―. La mujer… Ella… ―tartamudeó la criatura antes de que le fallara la voz.
―Oh, tú ignóralo, postrecito. Perro ladrador, poco mordedor ―dijo Riley antes de soltar una risita―. ¡Oh, esa ha sido buena! ¿Lo has pillado? Perro ladrador, poco mordedor. Dios, a veces soy genial.
―Los guerreros sarafin no ladran ―escupió Vox entre dientes, avanzando un paso hacia ella―. Mujer, si vuelves a electrocutarme te tumbaré sobre mis rodillas y te daré una buena azotaina en ese gran culo hasta que lo tengas tan rojo como la estrella enana de Brighton.
Riley se giró y por un instante se tambaleó peligrosamente sobre la roca en la que estaba de pie antes de fulminar con la mirada a la enorme figura que la estaba amenazando. Desde su posición era tan alta como él, y movió la mano por su costado hasta hacerse con el pequeño bote que había sacado de su equipaje y que se había guardado en el bolsillo de la falda. Sus ojos destellaron con un aviso y sus labios se curvaron en algo que no era una sonrisa.
«Oh, y un cuerno acaba de decir que tengo el culo grande», pensó con agresividad.
Apretó los labios en un mohín antes de relajarse.
―Tal y como has dicho antes, sara-capullo ―contestó con voz baja y sarcástica―, me gustaría ver cómo lo intentas.
Vox sonrió ante aquel reto. ¡Iba disfrutar de poder al fin ponerle las manos encima a aquel cuerpo tan exquisito! Acabaría el mismo la pared de mantas y, después, empujaría a la mujer contra el mueble más cercano y la haría suya con fuerza y rapidez.
―¡Y, tal y como has dicho tú, no deberías haber dicho eso! ―ronroneó, acercándose lentamente.
―Vox ―musitó Tor desde detrás de su amigo y líder―. No creo que sea buena idea. ―La expresión en los ojos de la mujer le hacía tener un mal presentimiento.
No parecía que estuviese preocupada. De hecho, más bien parecía sedienta de sangre… de la sangre de Vox, en su opinión.
―No tiene ninguna arma ―contestó Vox, señalando con la cabeza el pequeño Taser que había sobre la cama―. En cuanto la reclame, ronroneará como un gatito. ―Y sonrió con una mirada que destellaba de manera posesiva―. Es lo que necesitas, ¿verdad, gatita? Que te follen como es debido.
A Riley se le sonrojó el rostro frente a la oscura promesa que contenía la voz de aquel hombre gigantesco.
―¡Voy a disfrutar tanto haciéndote caer otra vez de culo! ―siseó, intentando no ceder a su deseo de darse media vuelta y salir corriendo.
El problema de correr era que no había ningún lugar al que ir en aquella pequeña habitación, y el segundo problema era que Riley había aprendido hacía muchísimo tiempo que, si una no se defendía de los matones cuando se tenía la posibilidad, quizás nunca volviese a presentarse la ocasión de hacerlo. Sujetó con más fuerza el bote, esperando hasta que el hombre diese otro paso en su dirección.
―Última oportunidad, muchachote ―le advirtió en voz baja―. Vuelve a tu lado de la línea y déjame tranquila, o te volveré a tumbar.
Vox estuvo a punto de detenerse al oír la suave advertencia en su voz. Allí había cierto toque de acero que le decía que la mujer no iba a huir; no, se mantendría firme y se enfrentaría a él de frente, dándolo todo. La miró fijamente a los ojos y vio la decisión que reflejaban. La mujer no se amilanaría, y Vox se sintió orgulloso de ella por aquella determinación fiera de enfrentarse a él, incluso a pesar del modo en que le temblaba la mano cuando se apartó un largo mechón de rizos platino para colocárselo tras la oreja. Era una compañera más que digna para un rey.
―Eres mía, gatita ―dijo con amabilidad―. Aceptarás lo que los dioses te han concedido. Ven a mí por voluntad propia o hazlo luchando, pero te aseguro que vendrás a mí.
Riley negó con la cabeza y apretó los labios con fuerza, decidida.
―Lo siento, tío, pero he visto suficientes película de alienígenas como para saber que la historia nunca acaba bien para los actores secundarios. Y, puesto que yo nunca he sido la heroína de la historia, no puedo ganar nada en esta situación. Prefiero caer luchando.
La sonrisa de Vox se ensanchó.
―Siempre me ha gustado una buena pelea antes del sexo ―contestó, extendiendo la mano para bajarla de la roca.
―Tú lo has querido ―musitó Riley, conteniendo la respiración mientras alzaba el pequeño bote y apretando el botón.
El rugido que soltó Vox llenó la pequeña habitación cuando el espray de pimienta le dio de lleno en la cara. Riley permaneció paralizada sobre la roca, cubriéndose los oídos con las manos mientras sus maldiciones y sus gritos llenos de dolor seguían resonando a su alrededor. Vox retrocedió, sujetándose la cara, antes de caer de rodillas de pura agonía.
―¿Qué has hecho? ―preguntó Lodar, horrorizado e intentando ayudar a Vox, quien se estaba balanceando hacia atrás y hacia adelante donde estaba arrodillado y emitía pequeños sonidos de dolor.
―Dejará de dolerle si se lava los ojos… creo ―susurró Riley―. En realidad es la primera vez que lo uso, pero eso es lo que dicen las instrucciones.
―¿Nunca habías usado esa arma? ―dijo Tor, sujetando a Vox por el hombro e intentando ver qué le estaba provocando tanto dolor a su amigo.
―¡Bueno, le he avisado! ―replicó Riley a la defensiva―. Es culpa suya por no escuchar.
―Mujer ―siseó Vox, dolorido―. En cuanto pueda volver a ver, pienso estrangularte.
―Ni se te ocurra, o yo… yo… ―lo amenazó Riley a su vez―. No sé lo que haré, ¡pero te dolerá a ti más que a mí!
―No si puedo evitarlo ―gruñó Vox mientras Lodar le ponía un trapo frío y húmedo sobre los ojos ardientes.
Demonios, necesitaba otro para la nariz, y para la garganta, y otro para la boca. Cuando la mujer había levantado la mano había creído que simplemente le estaba diciendo que no se acercase más; no había esperado que la mujer tuviese un arma encima. Hacía tan solo unos minutos había tenido las dos manos vacías a excepción de la cuerda que había estado intentando pasarle al Gelatian; Vox se había asegurado de que no llevase nada más encima tras el primer ataque. No tenía ni idea de dónde, por las pelotas de Guall, había sacado el dispositivo que había usado contra él, ¡pero la próxima vez que se acercase a ella tendría todo el cuidado del universo! ¡Dioses, le ardían los ojos, la nariz, la boca y la garganta!
