Ellas son de ciencias - Vichi De Marchi - E-Book

Ellas son de ciencias E-Book

Vichi De Marchi

0,0

Beschreibung

¿Te acuerdas de aquella noche, cuando estabas de vacaciones en la playa y no podías dejar de mirar las estrellas? Habrías seguido horas y horas así si no te hubieran mandado a la cama. ¿O de aquella mariposa estupenda a la que le hiciste una foto en el jardín? ¿O de cuando estudiasteis en el cole los volcanes y pensaste que tu futuro estaba entre las montañas y la lava incandescente? Aunque no te haya pasado nada de eso, puede que tú también tengas una pasión, algo que te gusta muchísimo y que te hace sentirte especial. Ellas son de ciencias recopila las historias de muchas pasiones distintas: por la naturaleza, por la medicina, por las invenciones, por los pueblos lejanos. Son historias de chicas que más tarde se convirtieron en mujeres famosas, chicas que se propusieron un proyecto y que al final llegaron a escribir páginas fundamentales para la ciencia. ¡Puede que algún día esta sea también tu historia! ¿Sabes cuál es el secreto? Perseguir tu sueño. "Nunca olvidaré la satisfacción de ser admitida como la primera mujer científica en la Real Academia Española", dice la científica española Margarita Salas en este libro. Y con ella las vidas de Valentina Tereshkova, Jane Goodall, Tu Youyou, Katherine Johnson, Rita Levi Montalcini, Margaret Mead, Katia Krafft, Maryam Mirzakhani, Wangari Maathai, Rosalind Franklin, Vera Rubin, Sophie Germain, Maria Sibylla Merian, Hedy Lamarr. Quince historias de científicas que de jóvenes se propusieron un proyecto; quince vidas hechas de valor, esfuerzo, entusiasmo y, sobre todo, de sueños que se hacen realidad.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 210

Veröffentlichungsjahr: 2021

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Textos de Vichi de Marchi: Valentina Tereshkova, Tu Youyou, Rita Levi Montalcini, Katia Krafft, Wangari Maathai, Vera Rubin, Margarita Salas, Hedy Lamarr

Textos de Roberta Fulci: Jane Goodall, Katherine Johnson, Margaret Mead, Maryam Mirzakhani, Rosalind Franklin, Sophie Germain, Margarita Salas, Maria Sibylla Merian

Título original: Ragazze con i numeri

© 2018 Editoriale Scienza S.r.l., Firenze - Trieste

www.editorialescienza.it

www.giunti.it

Ilustraciones: Giulia Sagramola

Diseño gráfico: Alessandra Zorzetti

Traducción: Carmen Ternero Lorenzo

© 2020 Ediciones del Laberinto, S.L., para la edición mundial

en castellano

ISBN: 978-84-1330-901-9

IBIC: YNM

www.edicioneslaberinto.es

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com <http://www.conlicencia.com/>; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

¿Te acuerdas de aquella noche, cuando estabas de vacaciones en la playa y no podías dejar de mirar las estrellas? Habrías seguido horas y horas así si no te hubieran mandado a la cama. ¿O de aquella mariposa estupenda a la que hiciste una foto en el jardín? ¿O de cuando estudiasteis en el colegio los volcanes y pensaste que tu futuro estaba entre las montañas y la lava incandescente?

Aunque no te haya pasado nada de eso, puede que tú también tengas una pasión, algo que te gusta muchísimo y que te hace sentirte especial. Estás a punto de leer las historias de muchas pasiones distintas: por la naturaleza, por la medicina, por las invenciones, por los pueblos lejanos. Son historias de chicas que más tarde se convirtieron en mujeres famosas y llegaron a escribir páginas fundamentales para la ciencia. Quince historias de científicas que de jóvenes se propusieron un proyecto; quince vidas hechas de valor, esfuerzo, entusiasmo y, sobre todo, de sueños que se hacen realidad. ¡Puede que algún día esta sea también tu historia! ¿Sabes cuál es el secreto?

Perseguir tu sueño

.

Valentina Tereshkova

Una joven a la conquista del espacio

Mi amiga Galina me convenció. Lo repetía continuamente:

«Lanzarse en paracaídas es lo mejor del mundo».

Al principio no la creía, o puede que me diera miedo. La primera vez que fui al aeropuerto pensé que aquello no era lo mío. Sin embargo, volví. El cartel «Club de Paracaidismo» me atraía a pesar del miedo. Lo que más me llamaba la atención eran las chicas que bromeaban y se reían mientras plegaban el paracaídas después del salto. Si ellas lo hacían, ¿por qué no iba a poder hacerlo yo? Al final me pudo la curiosidad ¡y decidí apuntarme al curso!

Una noche llegué a casa más tarde de lo normal y mi madre vio algo en mí que le llamó la atención.

­—Valentina, ¿qué te pasa? ¡Estás muy rara! —me dijo preocupada.

La miré sin saber qué decir, y en ese momento pensé que sería mejor no decirle nada sobre el curso de paracaidismo. No quería que se preocupara. Ya había tenido muchos problemas y disgustos en su vida. Mi padre murió durante la guerra combatiendo contra Finlandia cuando yo, que había nacido en 1937, no tenía ni tres años. Mi madre nos había criado ella sola a mi hermano, a mi hermana y a mí. Éramos tan pobres que algunos días ni siquiera teníamos dinero para comprar una barra de pan. Y, sin embargo, nunca la oí quejarse. Las cosas empezaron a irnos un poco mejor cuando encontró trabajo en una fábrica textil. Con el tiempo, yo también empecé a trabajar en la fábrica. Salí del colegio con 17 años, pero, como me gustaba estudiar, seguí haciendo cursos por correspondencia. Durante el día trabajaba y por la noche estudiaba.

Del lugar en el que crecí —Yaroslavl, en la Rusia central, a 300 kilómetros de Moscú— recuerdo la lluvia y las ventanas de la casa, desde las que se veía el aeropuerto en el que haría mis primeros saltos con el paracaídas. Mi sueño, de pequeña, era ser maquinista para poder conducir trenes y ver muchísimas ciudades; soñaba con hacer muchos viajes, ¡pero jamás habría podido imaginarme que llegaría a viajar por el espacio!

Al principio del curso solo tenía clases teóricas. Hasta que llegó el gran día. ¡Iba a saltar con el paracaídas! Lo recuerdo como si fuera ayer. Era el 21 de mayo de 1959, tenía 22 años y muchas ganas de vivir y experimentar un millón de cosas nuevas.

Llegué al aeropuerto por la mañana temprano. El cielo estaba encapotado y había empezado a chispear.

—Tenemos que esperar a que mejore el tiempo —dijo el instructor.

¡Qué decepción! Puede que aplazaran el salto. Pero luego asomó el sol entre las nubes. Podíamos despegar. El pequeño avión en el que embarcamos comenzó la maniobra de despegue y a los pocos minutos ya estábamos en el cielo.

El ruido del motor era tan ensordecedor que me preocupaba no oír la orden que me autorizara a saltar. Puede que estuviera nerviosa o, a lo mejor, impaciente. El caso es que me pareció oír una voz que me ordenaba que saltara. Cerré los ojos, puse un pie en el vacío y me dejé caer. Me pareció que me estaba precipitando demasiado rápido, pero luego la blanca cúpula del paracaídas se abrió y sentí que mi cuerpo se balanceaba hacia el suelo. Veía las aguas relucientes del Volga bajo mis pies y una larga franja de vegetación. ¡Era feliz! Hice las maniobras necesarias, seguí todas las instrucciones que había aprendido y por fin toqué el suelo. ¡Lo había conseguido! Pero la euforia duró poco. Una voz áspera, masculina, me recriminó:

—¿Por qué has saltado sin esperar la orden?

Me puse como un tomate.

—No es culpa mía —intenté justificarme—. El motor hacía demasiado ruido.

Oí las risas ahogadas de mis compañeros. Estaba enfadada, pero enseguida recuperé el buen humor cuando el instructor añadió:

—De todas formas, no ha estado mal para una principiante. Y que no se te olvide que también se aprende de los errores. Todos vosotros —dijo mirándonos uno a uno— podéis llegar a ser buenos paracaidistas.

Era muy tarde cuando llegué a casa. Mi hermano me recibió con tono desafiante.

—¿Dónde has estado? Mamá está preocupada y ha salido a buscarte. ¡Ya verás lo enfadada que está!

No me dio tiempo a contestar. Mi madre estaba entrando en casa hecha una furia.

—¿Dónde has estado?

Era el momento de contarle la verdad.

—He ido a hacer paracaidismo —le dije con calma.

—¿Te has vuelto loca? ¡Ese no es un deporte para mujeres!

—Sí, sí, somos muchas en el club. También hay chicas que trabajan conmigo en la fábrica.

Conseguí tranquilizarla. Siguió refunfuñando un poco, pero después se rindió y me hizo prometer que tendría cuidado.

—Valentina, haz lo que quieras. Pero ten cuidado, no me fío de los paracaídas esos. Por lo menos, no te tires desde muy alto, me da miedo.

Sonreí al oírla decir eso. A mí también me había dado miedo. Había cerrado los ojos para no ver el vacío bajo mis pies. Y lo mismo hice varias veces más. Hasta el quinto o sexto salto no me atreví a tener los ojos abiertos desde el principio, cuando se me pasó el miedo, que volvió solo una vez.

Acababa de saltar cuando de pronto cambió el viento. Me di cuenta de que me estaba arrastrando, alejándome del punto de aterrizaje. Miré hacia abajo y vi, horrorizada, un rebaño de animales con unos cuernos enormes. Si no hacía algo, aterrizaría justo encima de ellos. Empecé a tirar frenéticamente de las cuerdas del paracaídas para alejarme de allí. Intenté tranquilizarme, pero no lo conseguí en absoluto. Por suerte, logré aterrizar un poco más allá del rebaño. Me acuerdo de que, mientras plegaba el paracaídas, le lancé una mirada de reproche a los animales, que me miraban con curiosidad. ¡No sé por qué pensé que me entenderían!

No tardé en apasionarme con el paracaidismo. Dedicaba todo mi tiempo libre a los saltos y al club, y el aeropuerto se convirtió en mi segunda casa. Mi madre se resignó a verme salir para los vuelos semanales, aunque no hacía nada por esconder su nerviosismo y, en cuanto volvía, me decía aliviada: «¿Cómo has aterrizado hoy?», como si fuera un avión.

A los dos años de mi primer salto, mientras estaba trabajando, oí mucho ruido y a alguien que gritaba.

—¡Bien! ¡Por fin! ¡Viva Gagarin!

Al principio no sabía lo que pasaba, pero enseguida lo entendí. Nuestro compatriota Yuri Gagarin había volado al espacio. Estaba emocionada y orgullosa. Mi país había sido el primero en realizar un vuelo espacial. Se oían gritos de alegría y risas. Todos se abrazaban. Era el 21 de mayo de 1961. Aquel día, que olía a primavera, empecé a soñar con ser astronauta.

Intentaba imaginarme la primera mujer en el espacio:

—Estoy segura de que muy pronto participará en esos programas una mujer rusa —les decía a mis amigas.

Lo que no podía saber era que los responsables del programa espacial pensaban lo mismo. Si el primer hombre que había salido al espacio era ruso, la primera mujer astronauta también tenía que ser rusa. Tan solo así mi país conseguiría ganar la competición contra Estados Unidos por la supremacía en la conquista del espacio.

Como miles de otros rusos, empecé a mandar solicitudes para hacerme astronauta.

Si Gagarin había ido a un club de paracaidismo, ¿por qué no iba a poder ser como él?

Creo que muchas de mis cartas terminaron en la papelera. Hasta que por fin pasó: en diciembre de 1961 me llamaron.

—Prepárese, dentro de pocos meses tendrá que empezar el entrenamiento. —Recuerdo aquella conversación como algo irreal. No podía creer que me estuviera pasando a mí—. Usted cuenta con los requisitos necesarios: sabe saltar con el paracaídas, tiene menos de 30 años, pesa menos de setenta kilos y mide menos de un metro setenta.

También seleccionaron a otras cuatro mujeres: Irina Solovyova, Tatyana Kuznetsova, Zhanna Yorkina y Valentina Ponomaryova.

Un día de primavera dejé el lugar en el que había crecido para ir a vivir a la ciudad de los astronautas, la «Ciudad de las Estrellas», a unos diez kilómetros de Moscú.

Todo era secreto. Ni siquiera le podía decir a mi familia que me habían seleccionado para ser astronauta. No me resultó fácil irme sin decir adónde iba ni para qué.

—Mamá, me han invitado a formar parte de un grupo de paracaidismo. Me voy a Moscú.

Traté de estar alegre y no darle importancia, pero mi madre sospechó enseguida.

—¿A Moscú? ¿Y qué vas a hacer con el trabajo?

—¡Tengo permiso! Me han mandado ellos —me inventé sobre la marcha.

Recuerdo el día en que mis compañeras y yo entramos por primera vez en el gran edificio en el que tendría lugar nuestro entrenamiento. La sala estaba vacía. Había una televisión encendida. Las paredes estaban llenas de fotografías de astronautas, de imágenes de las aulas en las que estudiaríamos la teoría del vuelo, y de complicados gráficos y cálculos. El corazón me latía con fuerza y pensé aterrorizada en las pruebas que me esperaban. Al fin y al cabo, ¿yo qué había hecho hasta entonces? Solo saltos en paracaídas. Creo que todas estábamos asustadas. Estábamos allí, de pie, mirando la pantalla de la televisión sin saber qué hacer cuando entró, sonriente, un grupo de astronautas.

—Bienvenidas.— Fue un coro de saludos y apretones de manos. Eran amables y enseguida empezaron a bromear para tranquilizarnos. Pero estoy segura de que, mientras sonreían, también se preguntaban si lo conseguiríamos. Era la gran duda de todos allí, en la Ciudad de las Estrellas, de los técnicos y de los médicos. ¿Una mujer podría tener la fuerza física y mental necesaria para soportar el estrés de aquella misión? ¿Sería capaz de aguantar la fortísima presión que el vuelo espacial ejerce sobre el cuerpo cuando se entra en órbita o cuando se vuelve a descender a la Tierra? ¿Y de soportar la soledad total, el silencio absoluto del espacio extraterrestre? ¿Y la ausencia de gravedad? Evidentemente, yo también lo pensaba. Observaba a mis compañeros, que habían superado horas y horas de entrenamiento, de duro ejercicio físico y mucho estudio.

—Tengo que conseguirlo —me repetía continuamente. Tenía que convencerme de que mi sitio estaba allí.

A los pocos días, nuestro pequeño grupo de mujeres ya se había adaptado perfectamente a la gran familia de los astronautas, aunque estar sentadas en los bancos de las aulas y seguir las complicadas lecciones de teoría y cálculo no era nada fácil. A menudo me sentaba al lado de Gagarin, el héroe de la Unión Soviética.

—Tranquila —me decía—. Ya verás como lo consigues, nada es tan complicado como parece —me animaba con una sonrisa cuando me veía demasiado preocupada.

—¿Y si no lo consigo? —le preguntaba.

Intentaba hacer todo lo que hacía él: captar las señales, descifrarlas, dibujar tablas astronómicas. Cuando terminaba la clase, estaba agotada.

El entrenamiento físico también era difícil. Nos pasábamos horas practicando todos los deportes que servían para adquirir agilidad y fuerza física. Natación, saltos desde el trampolín y en paracaídas, y ciclismo. Y luego estaban los ejercicios que más les interesaban a los médicos para saber si nuestro cuerpo femenino sería capaz de adaptarse a las condiciones de un vuelo espacial. Nos metían en máquinas que parecían centrifugadoras para medir nuestra resistencia a las aceleraciones y los vuelos parabólicos y ver si seríamos capaces de adaptarnos a la ausencia de gravedad. También nos pasábamos muchas horas en la «habitación del silencio», en la que el aislamiento y la ausencia de cualquier sonido eran totales, y que servía para que nos acostumbráramos a la consternación que podríamos sentir al encontrarnos solas allí arriba, entre las estrellas. Por la noche volvía a casa agotada, pero feliz. Me sentía orgullosa.

Estaba viviendo un sueño.

Solía volar con mi instructor, un hombre paciente y muy experto. Pero las cosas no siempre iban bien.

—¿Por qué no lo consigo? —le preguntaba con la voz rota por la desilusión y la rabia cuando me equivocaba al usar los comandos del avión.

—No te preocupes, Valentina, vuelve a intentarlo —me decía con amabilidad—. Estás afrontando una ciencia nueva, la ciencia del vuelo, y nada de esto es tan fácil como les puede parecer a los que nos miran con los pies bien apoyados en el suelo.

Las semanas pasaban rápidamente y el entrenamiento se iba haciendo cada vez más intenso. Ya nadie le hacía caso al hecho de que fuéramos mujeres. Nos trataban a todos igual, con la misma atención y la misma dureza.

Faltaba poco para el gran día y todavía no sabíamos quién participaría en la misión espacial. Al principio se creía que iban a nombrar a dos mujeres para dos vuelos consecutivos, pero más tarde se decidió que tan solo volaría una de nosotras, y que se le encargaría el siguiente vuelo a un hombre.

Nos eligieron a Irina Solovyova y a mí para formar parte del grupo de «listas para el vuelo». Pero ¿cuál de las dos volaría de verdad? No lo sabríamos hasta el final del entrenamiento. De los dos hombres, uno era Valery Bykovsky, un compañero simpático y siempre dispuesto a ayudar.

—Te pegaré una bolsita pequeña con el lápiz de labios y otros cosméticos justo aquí, en la manga derecha del traje. Así te podrás maquillar en el espacio —me decía riéndose.

Algunos empezaron a llamarme «Gagarin con falda», tal vez por los orígenes humildes que compartía con el primer hombre que salió al espacio, o tal vez por mi carácter decidido y alegre. Se me daban bien los ejercicios físicos, y un poco peor la teoría y la ingeniería espacial. Me daba cuenta de que mis compañeras estaban más preparadas que yo en muchas materias, pero estaba decidida a conseguirlo.

Al final se interpeló también al dirigente de la Unión Soviética, Nikita Jruschov, para decidir quién sería la primera mujer que viajaría al espacio. Y la elección recayó sobre mí.

—Es una verdadera mujer rusa, está preparada y encarna nuestros ideales. Su nombre quedará en los anales de los viajes espaciales —fue la motivación.

Yo estaba contentísima, pero todavía no podía decirle nada a mi familia. Sabía que mi ausencia empezaba a preocuparles, pero no tenía elección. Tenía que mantener el secreto.

Y por fin llegó el gran día.

Dos días antes que yo, despegó Valery Bykovsky a bordo de la nave espacial Vostok 5.

Había podido hablar con él desde el centro de control. Cuando su rostro apareció en la pantalla, casi me pongo a gritar:

—¡Hola, Valery! Sonríe si nos ves. Te tenemos preparadas unas flores para cuando vuelvas.

—¿Me las merezco? —preguntó riéndose con una voz que venía del espacio.

¡Y tanto que se las merecía!

Antes de embarcar en la Vostok 5 había encontrado tiempo para tranquilizarme.

—Nunca estás realmente sola en el espacio. Están los que han construido la nave espacial, los que te han preparado para el vuelo y los que te ven por las pantallas, y están todos tus amigos. Ellos también viajan al espacio contigo. —¡Me entraron ganas de abrazarlo!

El que no hacía nada por tranquilizarme era, extrañamente, Gagarin. Si me veía nerviosa, se limitaba a decir:

—Te entiendo. No es fácil ser la primera.

Y por fin, el gran momento.

Estoy cerca de la plataforma de lanzamiento. Saludo distraída a las autoridades que han venido para asistir a la primera misión espacial de una mujer. Llevo un traje espacial naranja sobre la escafandra presurizada. Con el gran casco blanco que lleva las letras URSS en la visera parezco un pez en un acuario. Camino un poco rígida por culpa de las botas que tengo que llevar para cuando aterrice en la Tierra después ser catapultada desde el asiento de la nave. Subo por la rampa que me lleva rápidamente a la entrada de lo que será mi casa en el espacio. El jefe de proyecto me está diciendo algo, pero apenas lo oigo. Gagarin también me habla. Quieren tranquilizarme, pero yo ya estoy tranquila. Solo oigo un rumor sordo, continuo, de tambor. Es mi corazón, que late con fuerza. Y se acaba el tiempo.

Son las 12:30, hora de Moscú, del 16 de junio de 1963. Arrancan los motores. El ruido se hace ensordecedor. Es como si un enorme gigante estuviera agitando la nave mientras mi cuerpo, atado con cinturones al asiento de la cabina, se va haciendo cada vez más pesado. Respiro con dificultad. Me siento como si algo me aplastara mientras me alejo de la Tierra y su fuerza de gravedad.

—Tengo que aguantar —me digo.

Luego, mágicamente, todo cambia. Vuelvo a respirar con normalidad y noto el cuerpo ligero. Oigo la voz de Yuri Gagarin. Parece que está ahí, a mi lado.

—Chaika, Chaika —me llama desde la sala de control de tierra. Es mi nombre en código; significa gaviota—. Va todo perfectamente —me tranquiliza.

—Aquí, Chaika. Veo el horizonte. Hay una franja azul y allí está la Tierra. Es preciosa vista desde aquí. Todo va bien —contesto entusiasmada.

Pero no todo fue bien.

Después de dar treinta giros en órbita alrededor de la Tierra, el panel de control nos advirtió de un gravísimo peligro. La cápsula espacial tenía una posición anómala. A cada giro en órbita que daba alrededor del planeta, la nave se iba alejando un poco más de la Tierra y su fuerza de gravedad. ¡Corría el riesgo de perderme en el espacio infinito! Fueron momentos de gran agitación, mientras los técnicos volvían a ajustar rápidamente los cálculos para evitar el desastre. Aquel no fue el único problema, aunque sin duda, el más grave. Me sentía mal por la falta de gravedad. Tenía ganas de vomitar. Al segundo giro en órbita empezó a dolerme la pierna derecha, mientras que el casco me oprimía el hombro con fuerza. Era un verdadero suplicio. Pero no podía hacer nada. Me limité a disfrutar del espectáculo de las estrellas y el increíble silencio del espacio. Mi viaje alrededor de la Tierra duró 71 horas, y después llegó el momento de volver. Me dio pena, aunque también me alegré.

A la cuadragésima novena órbita oí el ruido del motor. La Vostok 6 estaba iniciando el descenso. Volví a sentir la presión que me aplastaba contra el asiento. Veía por la ventana los reflejos rojos de las llamas de los motores. Parecían lenguas de fuego que se agitaban en el cielo. Cerré los ojos. Un ruido aún más fuerte me anunció que había entrado en la atmósfera. El ruido aumentaba por segundos, era ensordecedor. Luego salí disparada de mi habitáculo espacial.

—¡Buenos días, Rusia! —grité. Estaba volviendo a casa. Sin embargo, bajo mis pies no estaba mi amada y sólida Tierra, sino un gran lago reluciente hacia el que me dirigía transportada por el paracaídas. No quería caer al agua. No habría tenido fuerzas para nadar. Estaba aterrorizada. Sobrevivir en el espacio para morir en un charco. Qué vergüenza, pensé. Pero el viento volvió a ponerse de mi parte y me arrastró hacia tierra firme, donde aterricé golpeándome la nariz contra el casco, lo que me produjo un gran hematoma.

Por fin estaba en casa. Veía las caras de la gente, que me sonreían, y el cielo sobre mí. Lo había conseguido. Era la duodécima persona que viajaba al espacio, ¡la primera mujer que conquistaba las estrellas!

Jane Goodall

La mona blanca y el pueblo de la selva

—Señorita Goodall, necesito esta carta escrita a máquina dentro de una hora.

—Por supuesto, director.

Uf, me esperaba otra tarde encerrada en la oficina. Con 22 años, después de terminar la escuela para secretarias, trabajaba en Londres, en una empresa de producción que hacía documentales. Como empleo no estaba nada mal, pero mi trabajo parecía estar hecho aposta para recordarme continuamente que mi sueño era otro. Como también pasó aquel día, cuando empecé a escribir a máquina. «Asunto: Gastos para la compañía; fuentes del Nilo». ¡Una expedición por el Nilo! ¡En África! Garzas, cocodrilos y exploradores intrépidos vestidos de beis que cruzaban el río en piraguas finísimas… Habría dado cualquier cosa por estar en su lugar. No es que quisiera ser famosa o salir por la tele. Lo que quería era viajar y vivir en medio de la naturaleza con los animales, a los que adoraba. Y, sin embargo, tenía que conformarme con mecanografiar un montón de papeles.

Aparte de mi madre, nadie me tomaba en serio cuando hablaba de mi sueño de ir a África.

«¡Una jovencita como tú, en la jungla! —se reían mis amigos—. ¡La rubia londinense a caza de leones!». O también me decían: «Jane, esas son cosas de hombres, y muy valientes». Nadie entendía que, para mí, aquello no era un capricho pasajero. Mi amor por los animales y la naturaleza salvaje había comenzado incluso antes de que tuviera memoria.

No tenía más que un año y medio cuando mi padre me regaló un peluche con forma de chimpancé. Se llamaba Jubilee. Era casi tan grande como yo, y las amigas de mi madre se horrorizaron:

—¡Jane se pegará un susto de muerte si le pones a esa bestia en la cuna!

En cambio, Jubilee se convirtió enseguida en mi mejor amigo. Me lo llevaba a todas partes. Tras él, empezaron a poblar mi mundo muchos otros animales: alguno de verdad, como nuestro perro Rusty, y otros imaginarios, como los amigos del doctor Dolittle, a los que conocí leyendo con siete años. El doctor Dolittle sabía hablar con los animales, y al final del libro se va África con ellos. ¿Y yo? Lo más que podía hacer era rodearme de todos los animales posibles. Una vez recogí un puñado de gusanos y me los llevé a la cama.

—No, Jane, en casa se morirían. Necesitan la tierra para vivir —me dijo mi madre y me ayudó a sacarlos fuera, donde sin duda respiraron aliviados.

Todavía era pequeña cuando una mañana volví a casa con un libro de segunda mano que había comprado en una librería cercana. Se titulaba Tarzán de los monos y el protagonista era un niño que vivía en la selva. Leí su historia sin pararme ni a respirar y, cuando lo terminé, estaba enamoradísima de él. «¡Ese Tarzán se ha equivocado de Jane!», pensé disgustada. Y estaba en África. Antes o después, tendría que ir yo también.

Pero mi familia no tenía dinero y, además de cuidarme a mí, mis padres también tenían que mantener a mi hermanita Judy. No tenían medios para viajar o mandarme a la universidad y por eso me hice secretaria. Terminé de copiar la carta fantaseando sobre los magníficos animales que seguramente relucirían en las orillas del Nilo y me fui a casa un poco desconsolada. Me recibió mi madre sonriendo.

—Jane, ha llegado una carta para ti —me dijo al tiempo que me tendía un sobre verde claro. Lo abrí con curiosidad. Era de una antigua compañera del colegio.

Querida Jane:

Tengo grandes noticias. ¿Te acuerdas de cuando te dije que mis padres tienen una granja en Kenia? Dentro de unas semanas me voy. Me iré a vivir allí durante un tiempo. En la granja hay mucho sitio y me gustaría llevarme a una amiga. ¿A que no sabes en quién he pensado?

Al leer «Kenia», el corazón me dio un brinco, y al final de la carta, la que quería brincar era yo. De pronto, mi sueño no parecía una locura. Aunque encontrar el dinero para el viaje no sería nada fácil. Dejé mi trabajo y empecé a trabajar frenéticamente como camarera para ahorrar más rápido y en unos meses ya tuve el dinero que necesitaba para poder viajar en barco, que era el medio más lento pero más barato. Era 1957 cuando zarpé: fue el inicio de mi segunda vida.

Había pasado más o menos un mes desde que llegué a Kenia —donde también me había buscado un trabajo de oficina— cuando oí hablar por primera vez de Louis Leakey. Era el director del Museo de Historia Natural de Nairobi, la capital de Kenia.

—Si te interesan los animales, deberías ir a verlo —me dijo un amigo de la familia con la que me alojaba. A los pocos días, subí las escaleras del gran edificio amarillo que albergaba el museo. En medio de la entrada se alzaba un imponente elefante embalsamado y lo que parecía una cebra, pero solo hasta la mitad, porque el resto era de un marrón uniforme. «Equus quagga quagga