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Bernardo Bédavo es un joven inspector de policía en la España de 1978 que vuelve, tras varios años fuera, a su pueblo natal, El Entrego, en la profunda cuenca minera asturiana, donde se acaba de inaugurar una nueva comisaría. Trabajando entre policías a la antigua usanza y guardias civiles molestos por la pérdida de competencias, Bernardo tratará de emplear nuevos métodos policiales que no son del todo comprendidos a su alrededor. En este marco, unos sucesos, que parecen a primera vista muy comunes, captan la atención del policía y le hacen pensar en la posible existencia de un tipo de asesino muy poco estudiado en aquel tiempo por la policía española: un asesino en serie. La búsqueda de ese asesino, ayudado por un antiguo amor de juventud y por un policía uniformado al que acaba de conocer, es el motor que mueve toda la acción, mientras el particular entorno minero de la época es un fondo que envuelve y empapa todo lo que sucede. Todo ello aderezado por las conversaciones recurrentes que Bernardo mantiene con Pepe, un viejo minero jubilado. Las reflexiones de Pepe sobre la vida, el trabajo, la amistad o el amor, entre otras muchas cosas, le ayudan a conocer mejor el pueblo que había tenido que dejar atrás en su adolescencia y, mirando a su interior, también a conocerse a sí mismo.
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Seitenzahl: 404
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Marcelino Cortina
EN BLANCO Y NEGRO
Bohodón Ediciones
En blanco y negro
Primera edición: febrero de 2024
© De la obra: Marcelino Cortina
© Bohodón EdicionesTM S.L. www.bohodon.es
Sector Oficios Nº 7
28760, Tres Cantos (Madrid)
e-mail: [email protected]
ISBN-13: 978-84-10098-10-7
ISBN-E-Book: 978-84-10098-11-4
Depósito legal: M-593-2024
Printed in Spain
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo o por escrito del editor.
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Para mis padres, Manuel y Marcelina
1
«Hoy voy a matar a otro».
El pensamiento había circulado por su cabeza sin ninguna dificultad.
«Hoy mato a otro».
Con semblante serio, el hombre se ajustó su casco de minero y, suavemente, tocó la lámpara que sobresalía del frontal. Con solo algunos dedos de la mano derecha, siguió el recorrido de su cable, tocándolo muy ligeramente. Fue bajando por detrás de la cabeza, el hombro, por donde el cable pasaba para delante de su pecho, y fue bajando por el torso hasta llegar a la cintura. Allí, en un movimiento que rodeaba su cuerpo, volvió a pasar con sus dedos hacia atrás, finalizando encima de su cadera. Sobre ella descansaba, colgada del cinturón de cuero, la batería de la lámpara, punto final del recorrido del cable. La tocó, extendiendo la mano para abarcarla completamente, y estuvo así un instante, con su mano cubriendo la batería. Solo su dedo meñique se movía un poquito, sobre la superficie lisa, frotándola casi imperceptiblemente.
«Hoy, otro».
Inspiró y expiró profundamente, por la nariz, sin alterar la forma de sus labios, cerrados, y se fijó en un cuervo que daba pequeños saltos sobre una extraña losa blanca abandonada en el suelo. Aquellos movimientos rítmicos llamaron su atención. El cuervo lo miraba, ora con un ojo, ora con el otro, y la altanería de su pose destacaba casi tanto como el lustre de sus plumas negras sobre el fondo blanco.
La campana de la jaula sonó. Fue un timbrazo agudo y muy metálico, que anunciaba su llegada a la superficie, y su concentración se rompió. Tomó conciencia de que no estaba solo en su espera para entrar a la mina y el ajetreo de los mineros que salían y de los que esperaban invadió todo a su alrededor. Uno alto y fuerte, con la cara manchada de carbón, pasó a su lado y sus miradas se cruzaron por un momento. Era aquel al que llamaban Jandro y acababa de pararse allí mismo para charlar un momento con el vigilante que entraba con el nuevo relevo de mineros. Todo el mundo conocía a Jandro. Él también lo conocía. De vista.
La jaula se vació e inmediatamente se volvió a llenar de mineros. Sin prisa, entró el último, en un grupo rezagado de dos o tres. Se colocó de espaldas a todos, mirando hacia el exterior. El embarcador, con un pitillo en la boca, bajó la rejilla metálica que hacía las veces de puerta, casi rozándole la nariz. Antes de que sonase la campana que indicaría al maquinista que podía accionar el motor, se fijó nuevamente en el cuervo. Allí seguía, impasible. De pronto, un proyectil incandescente impactó a menos de un centímetro del pájaro, que salió volando como un resorte.
—¡Por poco! ¡Pájaro cabrón! ¡Cenizo!
El embarcador acababa de lanzar la colilla de su pitillo con toda su mala idea. La campana sonó y solo tuvo unos segundos para mirar hacia arriba y ver cómo el cuervo se elevaba muy rápido. Le pareció que subía hasta lo alto del castillete del pozo minero y se imaginó que se posaba arriba del todo. Despacio al principio y más rápido después, la jaula se hundió en el pozo. Siguió con la mirada hacia arriba y vio cómo la luz se iba perdiendo conforme se adentraban en la mina. Imaginó al ave mirando con autoridad a su alrededor, con El Entrego a sus pies. Se vio a sí mismo allá arriba. Volvió a pensar.
«Hoy».
Desde aquella atalaya, la vista que el cuervo tenía era espectacular. Para ser primeros de octubre, no hacía un mal día. A ratos, el sol se asomaba entre las nubes y, aunque no calentaba mucho, pese a que era ya después del mediodía, tampoco estaba demasiado frío.
El Entrego se veía desde el castillete como una pequeña ciudad lineal con forma de empanadilla, más estrecha en los extremos y más ancha por el centro. Longitudinalmente, el pozo minero y su castillete estaban en el centro, con un kilómetro de pueblo hacia el oeste y otro kilómetro hacia el este. En el otro sentido, el norte-sur, el castillete estaba justo en la base, al sur, y podría haber unos quinientos metros desde allí hasta el ferrocarril a Gijón, que marcaba por el norte hasta dónde llegaba el pico de la empanadilla, por así decir.
Mirado con una perspectiva geométrica, El Entrego era ciertamente muy lineal. Pero no de una sola línea. Eran cuatro líneas las que, sucesivamente, seccionaban al pueblo. Como el rastro de cuatro uñas enormes. La vía del tren de Gijón (que seguía hasta Laviana), el río Nalón (que nacía unos cincuenta kilómetros más arriba, en el puerto de Tarna, y seguía otros cien kilómetros más hasta el mar), la vía del tren de Oviedo (que seguía hasta el lavadero de carbón y se acababa allí) y la carretera general (que comunicaba con el resto de la cuenca minera). Cuatro trazos bastante paralelos que parecían pintados con tinta negra.
Que unas vías del tren o una carretera tuviesen color oscuro (esa tinta negra) no era especialmente relevante. Que lo tuviese un río, sí. No para los vecinos de El Entrego, habituados a aquel lavadero industrial de carbón que devolvía el agua sucia al río, sin más. Pero sí para los, no especialmente abundantes, visitantes de fuera. Como los que llegaban en el tren que acababa de abrir sus puertas en la estación del Norte, la que venía de Oviedo, o de Madrid. Era un sólido edificio rectangular de dos plantas, con media fachada de piedra y un gran techo voladizo cubriendo el primer andén. En la pared de ese andén, la placa que señalaba la altitud, medida con respecto al nivel del mar Mediterráneo en Alicante, indicaba que El Entrego estaba a doscientos treinta metros. Un poco más arriba, en la misma pared, una bonita campana dorada reposaba tranquilamente desde el último tañido, seguramente del jefe de estación, o quizás de algún crío recién salido de la escuela cercana, la llamada «del Japón», por el barrio en el que se ubicaba. A su lado, al lado de la campana, un gran reloj con números romanos sobresalía majestuoso. Marcaba las dos y media.
—¿Necesita ayuda?
Bernardo terminó de bajarse del tren con dificultad, arrastrado prácticamente por el peso de aquella maleta enorme que colgaba de una de sus manos. La soltó en el suelo, se irguió y miró al frente. Al lugar de donde le parecía que provenían las palabras. La palidez de la cara del jefe de estación destacaba incluso más que su gorra roja, cuya altura, casi de sombrero de copa, le permitía a aquel hombre bajito simular una figura de estatura media. Lo miraba atentamente.
—¿Eh?
—Que si necesita ayuda… con la maleta, digo. —Hablaba castellano, pero con gran acento asturiano.
Se estiró un poco la cazadora, sujetó firme el libro que llevaba en su mano izquierda y con la mano derecha colocó un poco su flequillo. Remató el gesto con un recorrido de su mano colocando el pelo hasta la nuca, con una breve parada en la sien. Le pareció que el dolor de cabeza había crecido un poco. Cerró un momento los ojos y los volvió a abrir.
—No, no se preocupe, muchas gracias. Ya puedo yo.
El jefe de estación asintió y miró a su lado. Hacia arriba. Solo en ese momento, Bernardo reparó en que allí estaba un guardia civil alto que, a excepción de un rápido intercambio de miradas con el ferroviario, no le quitaba ojo de encima. Llevaba el tricornio calado, con la correa sujetándolo a su importante papada; los brazos le colgaban, alineados con su cuerpo, y una panza prominente deformaba la guerrera verde, haciendo sufrir a la botonera dorada. El charol negro intenso del tricornio contrastaba con el blanco tenue de la cara del jefe de estación.
Con descaro, el guardia inclinó la cabeza para orientarla respecto a los Apuntes de clínica criminológica que colgaban de la mano de Bernardo y, en silencio, comenzó a silabear el título, con un evidente movimiento de sus labios.
Instintivamente, Bernardo miró a su libro y, despacio, se lo puso debajo del brazo, a la vez que le daba la vuelta para ocultar la portada. Cogió la pesada maleta y comenzó a caminar para abandonar la estación.
—Buenas tardes —saludó con un gesto de la cabeza al bulto que formaban el jefe de estación y el guardia civil.
—Usted no es de aquí, ¿no? —La forma de hablar del guardia mostraba a las claras su origen en la meseta castellana.
—La verdad es que sí, aunque hacía un tiempo que no venía.
Bernardo se paró un momento tras contestar en un perfecto asturiano. Incluso se había sorprendido a sí mismo por la facilidad con la que lo había utilizado. Eran años sin usarlo. Una mínima cara de incredulidad asomó debajo del tricornio también.
—Aaah, lo encontrará cambiado, entonces.
—De momento poco.
—Bueno, acaba de llegar. No ha visto nada todavía.
—Ya.
Se miraron muy brevemente a los ojos. Después, Bernardo fijó un momento la vista en la bocamanga de aquella guerrera verde. El guardia, frunciendo un poco el ceño, miró su propio antebrazo como para comprobar que todo estaba en orden, lo cual provocó que el jefe de estación también mirase en la misma dirección.
Mientras los galones rojos de guardia de primera se convertían en protagonistas por un instante, Bernardo aprovechó y continuó su camino sin decir una palabra más. Frente a sus ojos, al salir del recinto de la estación, podía ver dos de los elementos singulares de El Entrego: a su derecha, el gran cimborrio de planta cuadrada de la iglesia, escoltado en esta perspectiva por una de las dos torres delanteras; y a su izquierda, al otro lado de la gran playa de vías, el final del gran parque del pueblo, el Parque de La Laguna. El Entrego era estación terminal para aquella línea de tren. Eso quería decir que la vía única que venía de Oviedo se ensanchaba y dividía a su llegada en múltiples ramales. Junto al tren de viajeros, solitario al lado de la estación, decenas de vagones de carga permanecían aparcados en paralelo, a la espera de la locomotora que los guiase. Como ganado a la espera de su pastor. Pasada la estación, aquellos trazos paralelos llenos de vagones confluían nuevamente, hasta quedar reducidos a uno solo, que continuaba, en su papel de intersección medular de El Entrego, hasta el lavadero de carbón.
Antes de esa confluencia estaba el paso a nivel, muy ancho, que cruzaba cuatro o cinco de aquellas vías y conducía al tramo final del parque, que se extendía a la derecha, hacia el este. En la dirección contraria, hacia el oeste, el paso a nivel llevaba hacia los límites de El Entrego, siguiendo el curso del río. Precisamente cuando cruzaba el paso a nivel, Bernardo reparó en que, allí al otro lado, estaba el viejo caserón destartalado que hacía las veces de casa cuartel de la Guardia Civil desde que él recordaba.
Para ir a su destino final, la sidrería La Miguela, debía atravesar el parque al completo.
El Parque de La Laguna, cuyo nombre parece ser que tenía que ver con la facilidad para la acumulación de agua en los prados que había en la zona antiguamente, era una amplia mancha verde, muy correctamente urbanizada en calles, parterres y paseos. Discurría por el amplio terreno que iba entre el río y las vías. Tenía una gran avenida central presidida por un elegante quiosco de la música, que ejercía también de estanque para los patos, puesto que estaba rodeado de agua por todas partes menos por una, la de la escalera que subía al quiosco en sí.
Quizás lo más destacable del parque fuese la gran frondosidad de los árboles que jalonaban el paseo a la orilla del río. Eran árboles antiguos, de troncos anchos y muy altos, que daban una intensa sombra. Solo competía en altura con ellos una araucaria de la Patagonia que estaba en un parterre cercano; un árbol que, de tan especial que era, parecía estar fuera de lugar.
Múltiples bancos de madera, muy clásicos, se ubicaban por los paseos grandes y por las pequeñas calles interiores del parque, que tenía también, en una posición peculiar, por lo poco céntrica, una fuente de chorrito. Estaba en el corazón de una mínima plaza, rodeada de los segundos árboles en tamaño del parque y tenía cuatro bancos que la rodeaban. Muchas veces había bebido de niño Bernardo en aquella fuente.
El peso de la maleta le impedía ir a su paso habitual pero, a la vez, el lento caminar le permitió fijarse un rato en la fuente, y aquel sitio, uno de los escenarios de su infancia, propició una especie de repaso vital.
Llevaba ocho años fuera. Aquel 1970, su último año allí, acababa de cumplir los quince cuando un accidente de tráfico lo dejó huérfano de padre y madre. De repente, ya no tenía familia en El Entrego. Una hermana de su padre, la tía Filo, vivía en Sahagún de Campos y se lo llevó con ella. Todo se quebró. Recordó el frío en invierno y el calor en verano, tan distintos en Sahagún. La dificultad para hacer nuevos amigos y la llegada del servicio militar. Le tocó en Madrid y allí se acercó al Instituto de Criminología, que conocía solo por correspondencia, y se matriculó nada más acabar la mili. Dos años estudiando y una oposición lo llevaron en 1976 a la Línea de la Concepción. La otra punta de España. También recordó el calor del verano y el «no frío» del invierno en La Línea. También distintos.
Y allí estaba ahora, de vuelta en su pueblo natal, a punto de acabar su recorrido por el parque en el puente sobre el río. El llamado Puente de La Oscura (el pequeño barrio al otro lado del puente tenía ese nombre) tenía dos grandes arcos y estaba pintado de blanco. Era un puente ancho, con dos carriles para vehículos entre los arcos y con dos pasos para peatones en el exterior de los arcos. En uno de estos pasos, Bernardo se paró un momento, a la altura del centro del puente, entre arco y arco, y miró hacia el río. Tenía bastante caudal, síntoma de que las lluvias habían sido intensas en estos primeros días del otoño, pero lo más llamativo era el color negro de sus aguas. Muy negro. El puente blanco y el río negro. Aquellos colores.
Finalmente, llegó frente a la sidrería La Miguela. Estaba al lado del río, justo en la orilla opuesta al parque. Allí seguía al mando, como gobernadora plenipotenciaria, Josefa, apodada la Miguela por el nombre de su padre. Viuda muy joven, era la propietaria del bar, casa de comidas y pensión desde finales de los años veinte. Una veterana, muy hábil para el negocio y, sobre todo, para manejar a aquellos mineros grandes bebedores de sidra, con los que lidiaba desde hacía cincuenta años.
Bernardo abrió la puerta y cruzó el umbral. El reloj de la pared marcaba las cuatro de la tarde y, como todos los viernes, había bastantes parroquianos que echaban la partida, con sus cafés, las copas de sol y sombra y los farias. El ambiente le pareció más o menos acogedor. La temperatura era agradable y la Miguela recibía con una sonrisa, encaramada en su silla alta, detrás de la caja registradora, de la que era usuaria única y exclusiva.
La sidrería La Miguela tenía la barra a la derecha y todo a su izquierda eran mesas y sillas. Dos ventanales miraban hacia el río, uno en un extremo de la barra y el otro del lado de las mesas. El otro extremo de la barra acababa en la cocina. Cerca del ventanal junto a la barra, a la derecha nada más entrar, se ubicaba la posición de mando de la Miguela.
Acabó el repaso visual precisamente en la propietaria. Por la forma en que lo miraba, le pareció que esperaba que se acercase a ella, así que lo hizo. El camarero, que estaba un poco más allá, observaba sin mover un músculo. El resto de la sidrería seguía a lo suyo como si la puerta ni siquiera se hubiera abierto.
—Hola, hijo, ¿qué querías? —La Miguela se dirigió a Bernardo en un bonito asturiano que le trajo agradables sensaciones; la sonrisa de la mujer iba de oreja a oreja.
—Hola, ¿tendrá una habitación libre? —respondió en asturiano también.
—Aaah, algo habrá, seguramente. ¿Para muchos días?
—Pues no lo sé muy bien, algunos meses, creo yo.
—Aaah. ¿Vienes a trabajar a la mina?
—No, no. Vengo por trabajo, pero no en la mina.
—Aaah. ¿Vienes a trabajar en el tren?
—Mmm —negó con la cabeza.
—Aaah. Pues si no es en la mina o en el tren, ¿qué nos queda?, ¿policía? Ja, ja, ja —La Miguela rio—. Bueno, aquí no hay ni comisaría. Será otra cosa.
—Será —Bernardo sonrió.
Un hijo de la Miguela acompañó a Bernardo a la habitación. Estaba en el primer piso y no tenía vistas ni al río ni al parque. Era una habitación trasera y, si se miraba por la pequeña ventana, el paisaje se reducía a las vías del tren de Gijón, muy cercanas.
—Aquí tiene la llave. Si necesita algo, lo habla con mi madre.
—Sí, claro. Muchas gracias.
Una vez solo en la habitación, sacó sus cosas de la maleta y empezó a colocarlas en el pequeño armario. Dos trajes oscuros, bastante arrugados, y tres camisas blancas y tres corbatas, dos azul marino y una negra. Calcetines negros, todos iguales. Otro par de zapatos, negros también. La ropa interior en varias mudas de dos piezas, blancas, camiseta y calzoncillo Ocean.
Lo que llevaba puesto era verdaderamente su única ropa informal: un pantalón de tergal oscuro, una camisa de cuadros, un jersey de pico, verde botella, y una cazadora de pana marrón, que, un poco acalorado, se quitó y colgó en el respaldo de la única silla de la habitación, una plegable de madera. Iba a continuar con el vaciado de la maleta cuando, al agacharse, se le cayó la placa al suelo.
Tendría que llevarla prendida en el interior de la cazadora, como indicaba el reglamento, pero se le había roto el imperdible hacía un tiempo y la llevaba en el bolsillo del pantalón. Se le había deslizado fuera. La recogió y la dejó sobre la mesa que había tras la silla, poniendo al lado también, para quedar completamente liberado, su revólver Astra 960 de cuatro pulgadas.
Puso en aquella mesa también todos los libros que estaban en el fondo de la maleta, causa principal de su gran peso, y sacó las últimas piezas de ropa, que extendió encima de la cama. Eran el esquijama naranja que le había comprado su madre a los catorce años, unas dos tallas más de lo que necesitaba entonces, y otro pijama verde clarito, este con camiseta de botones, que le había comprado su tía. («El próximo lo tengo que comprar yo»).
—Mejor sería que se lo comprase una mujer.
Al oír aquellas palabras a su espalda, pronunciadas despacio y en asturiano, Bernardo se giró sobresaltado y solo entonces se percató de que la puerta había quedado abierta. Desde allí lo miraba, apoyado en un bastón, un hombre mayor, ni alto ni bajo, con enorme bigote blanquecino y una boina ligeramente ladeada sobre su cabeza.
—¿Disculpe?
—Que para comprar pijamas tienen más gusto ellas.
—Perdone, pero ¿me ha oído?
—Perfectamente. Pensar en voz alta creo que lo llaman.
—Ya… vaya… creía que lo había corregido.
El hombre asintió sin decir nada mientras Bernardo miraba al suelo con la cabeza ligeramente girada y cara de cierta contrariedad. Tras un momento de autorreflexión, volvió a mirar hacia la puerta.
—Perdóneme, ¿y usted quién es?
Se tomó un tiempo para contestar.
—Pepe.
Bernardo levantó las cejas.
—Pepe, el Minero; a veces me llaman así. —La cadencia era lenta, tranquila.
—¿Y qué hace ahí?
—Vivo aquí.
—¿En esta habitación? Pero… me dijeron que estaba libre.
—Y lo estará. Yo vivo en la del final del pasillo. —Apuntó hacia allí con el pulgar de la mano derecha.
—Ah. ¿Y quería algo?
—Pregunta usted mucho. Costumbres de policía, supongo.
—¿Cómo dice?
El Minero señaló con el bastón a la mesa, a la espalda de Bernardo, justo al sitio donde reposaban la placa y el revólver. Después, lo apoyó en el suelo y, con ambas manos sobre él, se quedó mirando tranquilamente a Bernardo, que se giró, miró ambas cosas, asintió despacio varias veces, volvió a mirar hacia aquel anciano y puso los brazos en jarras.
—Así que Pepe, minero y observador. —El tono era de aceptación.
—Mayormente. —Y el hombre levantó un poco ambos hombros a la vez.
Tras un momento, Bernardo se acercó a él y le extendió la mano.
—Bernardo Bédavo. Encantado de conocerlo, Pepe.
Cambiando momentáneamente el bastón a la izquierda, Pepe extendió la derecha y estrechó la mano de Bernardo, que se sorprendió de la firmeza de aquella mano arrugada.
—Así que es cierto lo que dicen. —Pepe volvió a poner las dos manos sobre el bastón.
—¿Y qué dicen? —Bernardo puso cara de interesado.
—Que están arreglando «el chalé del falangista» para comisaría de policía.
Hubo un momento de silencio, tras el que Bernardo finalmente decidió hablar.
—Sí, eso creo.
—Vaya, a la Guardia Civil no le va a gustar la competencia.
—Pues no lo sé.
—Están demasiado acostumbrados a mangonearlo todo aquí.
—Ya. A mi padre tampoco le gustaban mucho.
—¿Su padre es de El Entrego?
—Sí. Murió hace unos años.
—Ah. ¿En la mina?
—No. Accidente de coche.
—Vaya por dios. ¿Y por eso viene a este agujero oscuro?
—¿Por el accidente?
—No, por su padre.
—No lo había pensado. Creía que venía porque eso que llama agujero oscuro es mi pueblo.
—A lo mejor es por su madre.
—También murió… En el mismo accidente. Pasaron unos minutos.
—¿Su madre era la hija del italiano? —Pepe pareció recordar.
—Sí.
—Me acuerdo de aquellas dos muertes.
—¿Conocía a mis padres?
—No. Bueno, de vista. Sí conocí un poco más a su abuelo. Italiano, ¿eh?
—Sí.
—Su madre era muy guapa.
Bernardo no dijo nada. Se quedó un rato pensativo.
—Las mujeres son importantes. No solo por los pijamas. —Pepe apuntó con la mirada a la cama—. No las tratamos muy bien aquí.
—¿Eso le parece?
—Los mineros somos bastante torpes. Solo sabemos manejar herramientas. Cosas. Y con poca delicadeza. A ellas, mayormente, las consideramos así.
—¿Cosas?
—Mayormente.
—Mayormente —repitió Bernardo despacio.
—Pero son importantes. No lo vemos, pero entienden mejor lo que hay alrededor.
—Usted sí parece verlo.
—No tanto. Y, de todas formas, quizás me ha llevado demasiados años enterarme un poco.
—Ya sabe lo que se dice: más vale tarde…
—Se dicen muchas idioteces.
Bernardo observó al Minero en silencio. Sus ojos parecían más bien ver hacia dentro que hacia fuera. Al cabo, el hombre elevó su mano izquierda y colocó un poco la boina adelante y atrás, como limpiando las ideas. Fue como un volver en sí.
—No me tiene cara de hijo de puta.
—¿Perdón? —Bernardo abrió bastante los ojos.
—No creo que sea un secreta de la político social.
—Ah, eso. No, no lo soy.
—Eso me parecía. No iba a estar muy contento aquí. No se les quiere mucho.
—Viví aquí hasta los quince años. Y mi padre era minero.
—Pues ya sabe.
—Mayormente. —Bernardo no pudo evitar sonreír al decir esto.
El Minero levantó la ceja izquierda, cerró un poco el ojo derecho y ladeó ligeramente la cara para mirar a Bernardo. Al cabo, sonrió él también un poco, se giró hacia el pasillo y, tranquilamente, empezó a bajar las escaleras hacia la calle.
—Ya nos veremos —se oyó al rato desde el hueco de la escalera.
Sentado un momento en la cama, Bernardo reparó en que seguía con dolor de cabeza. Desechó la idea de tumbarse, ya que quería dar una vuelta por El Entrego con luz natural, y en octubre los días eran más bien cortos. Así que buscó la caja de aspirinas, sacó una y comenzó a masticarla, recreándose en su sabor («debo de ser el único al que le gustan las aspirinas»). La habitación, curiosamente, tenía un pequeño lavamanos en una esquina, así que no tuvo que salir al baño del pasillo a buscar algo de agua y, con la ayuda de un vasito que había allí, terminó de ingerir el medicamento. Se sentó de nuevo en la cama y estuvo un tiempo con los ojos cerrados, la cabeza apoyada sobre las manos y los codos en las rodillas. Lo sacó de ese estado de semiconcentración el chirrido infernal de un tren que parecía que iba a entrar en la habitación, rematado al final con el pitido agudo del silbato de la máquina.
—Joder, su puta madre. —El tono era bajito, pero sobresaltado y con mucho acento en la u.
Se levantó, cogió sus cosas, incluidos el revólver y la placa, y bajó hasta la orilla del río, donde contempló un rato la vista del otro lado. Se detuvo, quizás por lo singular, en el edificio más alto de todos los que estaban a su vista. Lo recordaba de antes de marcharse, recién terminado. Allí seguía, en la misma esquina, mirando al puente de frente y al parque de soslayo. De todas formas, lo que más le llamaba la atención era la diferencia de altura con los otros edificios que le rodeaban. A algunos incluso les duplicaba la altura. Era como que los observaba por encima del hombro. Una pequeña mole ligeramente fuera de escala conocida como «la casa de los ocho pisos».
Tras esta pequeña reflexión visual, Bernardo se internó en El Entrego. No pisaba aquellas calles desde quinto de bachiller, siendo un adolescente, y no sabía qué se iba a encontrar.
Un grupo de tres o cuatro personas salía justo cuando llegaba a la altura del Bar de La Laguna. Vio el interior y recordó cuando su padre decía que iba a «El Bar». Sin más detalle. Todo el mundo sabía, no solo en su casa, sino en todo El Entrego, que cuando se decía «El Bar», era precisamente esta sidrería de la que se hablaba. Era una institución.
Muy bien ubicado, frente al paseo central del parque, «El Bar» era posiblemente uno de los mayores del pueblo. Acababa de cumplir cincuenta años y era una gran sidrería, con una reluciente barra de acero inoxidable que se extendía bastantes metros desde la izquierda de la puerta hasta el fondo. Todo lo demás eran mesas, sillas, bullicio y el típico serrín en el suelo para absorber la sidra que salpicaba al ser echada o que se tiraba tras beber. El local visible era grande, pero no era más que el principio. En la parte final, la contraria a la puerta, unas escaleras subían y otras bajaban. Las que subían, aparte de a la cocina, centro neurálgico del sitio, conducían a un gran comedor. La vocación del Bar de La Laguna no solo era ser sidrería, sino también restaurante. Las escaleras que bajaban lo hacían, aparte de a los baños, a otro amplio salón, donde a veces había baile, bodas o bingo, y otras veces era el local de ensayos de un coro de voces masculinas que empezaba a tener cierto renombre, el Coro San Andrés. No dejaba de ser curioso estar tomando sidra y oír canciones interpretadas por un coro al mismo tiempo.
Como última característica absolutamente singular de «El Bar», Bernardo recordó al verlo que era la sede de la primera peña de la historia del Sporting de Gijón, que no había sido fundada en Gijón, sino en El Entrego: la Peña Sportinguista La Laguna. Le vino a la cabeza, con cierta ternura, la imagen de su padre subiéndose, todos los domingos, al autobús que fletaban los peñistas para ir al campo del Molinón a ver jugar al Sporting. O aquellos viajes de fin de semana, cuando sus padres lo dejaban a cargo de su abuelo y aprovechaban los partidos para conocer algunas ciudades de España. Su padre era feliz con el fútbol, no tenía ninguna duda.
Como en La Miguela, en «El Bar» se veía una buena cantidad de personas con sus partidas de cartas o de dominó. Era la hora.
Continuó caminando y atravesó la vía que partía en dos el pueblo, por la que pasaban aquellos trenes de vagones descomunales llenos de carbón con destino al lavadero. Recordó las enormes máquinas de vapor, que hacían tal ruido que en clase había que esperar a que se alejaran porque no se oía al profesor («hay que joderse, cómo eran las cosas, ¿todavía pasarán por aquí esos mostrencos negr…?»).
—Sigues hablando solo, ¿eh? —lo interrumpió de repente una voz femenina a sus espaldas.
Bernardo se giró. Tenía la boca abierta, como consecuencia de su pensamiento verbalizado, y con ella abierta se quedó.
—¡Hostia!
Pasaron unos segundos. Cerró la boca. La volvió a abrir.
—¡Hostia!
Pasó un rato más. Abrió la boca otra vez, pero la chica que tenía enfrente ya no le dejó hablar.
—Venga, no vuelvas a decirlo, anda. Desencasquilla —a lo que siguió una agradable sonrisa.
—Claro, claro, Lucía… Porque eres Lucía, ¿no?
—Hombre, Bernardo, si me dices que no me conoces me enfado, ¡eh! —Su cara mostraba un pequeño reproche.
—Sí, sí. Te conozco, Lucía, por supuesto. Así de rubia me despistaste un poco, solo era eso.
—Bueno, yo ese flequillo largo tampoco te lo conocía y no me despistaste nada. Y también estás más alto, pero un rato más, eh. Ahora eres más alto que yo. —Tras decir esto, sonrió mucho.
—Supongo que pegué el estirón después de los quince.
—Pues será. Oye, ¿y entonces?, ¿cómo por aquí? ¿Añorabas el pueblo? Porque han pasado unos años, ¿cinco, seis?
—Ocho. —Bernardo mantenía aquella exactitud que Lucía recordaba perfectamente.
—Ocho, joder. Ocho años. —Y se quedó pensativa.
—Sí.
Durante un momento ninguno de los dos dijo nada. Lucía miró su reloj.
—Vaya, se hace tarde. No me puedo parar más. Acompáñame un poco, venga. ¿Puedes?
—Claro.
Dejaron atrás la parada de taxis de la casa sindical a su derecha y aquella pequeña placita con unos parterres y una pequeña fuente que llamaban «el jardinillo» a su izquierda. En un extremo del jardinillo estaba aquel caserón al que todo el mundo se refería como «el chalé del falangista», en el que debía presentarse el lunes Bernardo.
—¿Y? ¿De visita? —preguntó Lucía.
—No, trabajo.
—¿Y en qué trabajas?, porque pinta de minero no tienes.
—Bueno, soy… yo soy…
—¿? —Lucía enarcó las cejas.
—Soy inspector de policía. —Su voz era casi un susurro.
—¡¿Un secreta?! —exclamó ella con el tono un poco elevado.
—Bueno, yo prefiero decir inspector de policía.
—Ya. Joder, Bernardo. Es un poco raro, ¿no? ¿No serás de los que persiguen rojos?
—Eso ya no existe, Lucía.
—¿No existen los rojos?
—No, no existen los inspectores de policía que persiguen rojos. Franco hace ya unos años que murió.
—Sí, sí, pero no lo tengo yo muy claro.
—Yo estoy en investigación criminal.
—¿Asesinatos y eso?
—Más o menos.
—¿Y aquí hay de eso?
—En todos los sitios hay de eso.
Los interrumpió un ruido de sirenas que venía de la carretera general.
—Espera…, algo pasa en el pozo. Vamos hasta el cruce.
—Lucía aceleró el paso, dejando a Bernardo un poco atrás.
Enseguida, el castillete del pozo se apareció ante ellos. Desde ese lado era como un gigante enorme con una especie de sombrero que les daba la espalda. Mientras Lucía miraba hacia la calle, Bernardo miraba hacia arriba, a lo alto del castillete. Siempre había pensado que era como una especie de monumento, como una torre Eiffel particular.
El policía municipal que regulaba el cruce de la carretera dio paso hacia el pozo a un Land Rover de la Guardia Civil y a algunas personas que, como Lucía y Bernardo, se acercaban a pie, atraídos por las sirenas. Las dos ambulancias que habían causado el revuelo inicial estaban aparcadas al lado del botiquín, ya en silencio y, se podría decir, expectantes. Lucía y Bernardo no cruzaron; se quedaron parados en la acera y fue el municipal el que se acercó a ellos, tras dejar el tráfico normalizado.
—Rafa, ¿qué pasó? —interrogó Lucía al policía municipal.
—Hubo un derrabe. Parece que hay uno enterrado.
—Vaya por dios…
—¿Jandro está en la mina, Lucía? —preguntó el municipal con cuidado.
—No, anda por la mañana; salió a las dos.
—Mejor. —El policía se sintió aliviado—. A ver si hay suerte y sacan a este pobre.
—A ver.
El policía retornó al centro de la carretera general para volver a regular el cruce, porque llegaban algunos coches más que iban directos al pozo y también una furgoneta grande que parecía de la Brigada de Salvamento Minero.
Bernardo y Lucía miraban todo aquello sin decir nada. Al cabo, Bernardo le preguntó a Lucía:
—¿Jandro es el Jandro que…?
—Sí, es el Jandro que…
—¿Y por qué te preguntaba por él?
—Nos casamos hace seis meses, Bernardo.
—Ah.
En ese mismo momento, en la plaza del pozo, la jaula llegaba a la superficie con un pequeño grupo de mineros. Eran no más de media docena, estaban muy serios y no hablaban entre ellos. Salieron despacio y vieron como entraban los profesionales de la Brigada de Salvamento en esa misma jaula. El silencio era tremendo. La jaula abandonó la superficie rápidamente y el grupo comenzó a caminar cabizbajo en dirección a las oficinas.
Un cuervo observaba la fila india de hombres oscuros desde el borde de una vagoneta. Uno de los hombres levantó la vista y, sin dejar de caminar, miró con intensidad al pájaro. Parecía sonreír ligeramente.
«No saldrá vivo».
2
El sábado por la mañana, Bernardo se acercó a un quiosco y compró El Caso. Tenía la costumbre de leer aquel periódico de sucesos desde que estudiaba en Madrid. En ocasiones pensaba si no tendría algún problema mental por su afición a leer sobre crímenes. No lo tenía claro, pero le entretenía y le gustaba analizar asesinatos; sobre todo, lo que le obsesionaba era intentar comprender al asesino, descifrar la mente del criminal. Al fin y al cabo, su trabajo tendría que ser capturar asesinos y para ello seguramente habría que entenderlos.
Fue hacia lo que podría llamarse el centro del pueblo, a la plaza que se extendía delante de la iglesia. Aquella plaza era amplia y rectangular e incluso tenía en uno de sus laterales una gran fuente. Bernardo nunca entendió por qué la llamaban plazoleta, algo que a él le pegaría más para una placita pequeña o deforme. Pero así era: la plazoleta de la iglesia. En una de las calles que daban a la plazoleta, muy cerca de la iglesia, estaba la cafetería La Paz, donde pensaba desayunar. Recordaba que a su padre le gustaba esa cafetería y paraba a menudo a tomar algo, así que pensó que estaría bien, aunque no tenía claro haber entrado nunca antes.
Le pareció una cafetería pequeña pero acogedora. Con algunos taburetes en la barra, a la izquierda de la entrada, y una pequeña fila de mesas, solo una fila, a la derecha. Se imaginó a su padre leyendo el periódico en la barra sentado en uno de aquellos taburetes altos, con un sol y sombra a su vera y un cigarrillo humeando, colgado de su boca.
En La Paz, en aquel momento, no había ningún cliente, quizás era demasiado temprano. Mientras desayunaba un colacao y una magdalena, pensaba en Lucía y en Jandro. Ella había sido ese primer amor de los catorce años y Jandro había sido su mejor amigo desde que eran pequeñitos. Esas amistades extrañas entre el gran deportista de la clase, un portento físico, y el intelectual que prefería leer. Jandro jugaba a todo y Bernardo no jugaba a nada. Bernardo lo leía todo y Jandro no leía nada.
La cosa se torció en aquel 1970 que para Bernardo no fue un año bueno. Un horror de año, realmente. Primero lo dejaron Lucía y él, quién sabe por qué. Seguramente porque a los quince años no se sabe muy bien qué se quiere. O a quién se quiere.
Más tarde, él y Jandro se pelearon por una estupidez que ni siquiera recordaba, si es que «pelearse» puede aplicarse cuando solo uno reparte todos los golpes. Dos golpes, para ser exactos. Uno que Jandro le asestó con la mano abierta para no hacerle mucho daño, aunque le dio en plena oreja y se quedó como sonado, con un pitido agudo en su cabeza. El segundo, un pequeño puñetazo en el pecho, lo dejó medio asfixiado y cayó de rodillas.
—¡Joder, pero pégame o algo, hostia, haz algo! —Le escuchaba a duras penas entre el pitido de su cabeza.
Nada. Jandro se dio la vuelta, le dio un patadón a una papelera, que la sacó de su soporte y la rompió en dos trozos, y se fue. Fue la última vez que hablaron.
El resto del año solo fue a peor. Se quedó sin padres y se quedó sin pueblo.
(«Así que Lucía y Jandro se casaron»). Detrás de la barra, la camarera levantó la cabeza al oír la voz de Bernardo.
—¿Perdón?
—No, nada, nada…
Se concentró en el periódico. Había un artículo a doble página dedicado al llamado Monstruo de Florencia. Un asesino despiadado que había matado ya a dos o tres parejas en los últimos años. La policía no daba con él y El Caso había mandado un enviado especial a Italia a ver si averiguaba algo más. Bernardo pensó en las teorías que empezaban a manejarse sobre la conducta de los asesinos que los americanos llamaban «serial killers». Era un tema que le apasionaba.
En esas estaba cuando entraron dos personas que pidieron dos cafés.
—Nada, lo sacaron muerto. La Brigada de Salvamento lo acaba de sacar después de toda la noche —contó uno de ellos.
—¡Virgen santísima! —La camarera se santiguó a la vez—. ¿Era joven?
—Andaría por los treinta o así —explicó el otro.
—Un guaje, ¡vaya putada! —remató ella santiguándose otra vez.
—Lo curioso es que uno de la Brigada comentaba que había algo raro, que no entendían cómo pudo haberse caído tanto carbón al principio de la inyección de agua. Que era como si el tajo ya hubiese estado inyectado de antes.
—¿Y eso es raro? —preguntó la camarera con cara de no tener idea.
—Es extraño. Si él era el inyectador, ¿quién iba a inyectar antes? —contestó el primero.
—Nada, es lo que hay. La mina es muy traicionera —sentenció finalmente el segundo.
—Ya, joder, pero llevamos una racha en el último mes… ¡Que lo mismo cayeron cuatro o cinco!
—Siete —puntualizó la camarera—, acabo de ver en el periódico que en septiembre hubo siete muertos en estos pozos.
(«Siete en un mes»). Los tres miraron a Bernardo, que dejó de mirar al infinito, cerró la boca, subió las cejas, recogió su periódico, se levantó y pagó.
En un impulso extraño, se fue hacia el pozo, que estaba a dos pasos; solo había que cruzar la carretera general.
Bastante gente se arremolinaba alrededor del botiquín del pozo. Las caras eran serias y el silencio intensísimo. Bernardo rodeó el edificio y llegó hasta su parte trasera. Allí no había nadie y una puerta estaba entreabierta. Sin saber muy bien por qué, entró y avanzó por un pasillo, en el que se mezclaban las paredes muy blancas, como de hospital, con los suelos negros, con muchas huellas de botas. Al final, el pasillo giraba a la derecha y se encontró con una sala de curas, donde, en una camilla, estaba el cuerpo. Todavía con la ropa de faena, sucio y, quién lo podría pensar, muy sereno. De espaldas a la puerta estaban dos hombres, uno vestido de minero y el otro de calle. Hablaban entre ellos.
—¿Qué cojones pudo haber pasado? —Le escuchó al más alto, el que estaba vestido de calle.
—¿Quién lo sabe? —contestó el otro, a la vez que levantaba el casco y se rascaba la cabeza.
—Joder, no es normal. Mil veces que hubiera hecho lo mismo y en novecientas noventa y nueve no habría pasado nada.
—Ya.
—¿Y la racha? ¿Los muertos que llevamos en un mes en la cuenca? ¿Qué pasa, joder, qué pasa?
—¡Qué sé yo, Jandro!... Qué sé yo —terminó la frase con un tono casi inaudible el que iba vestido de minero.
(«Jandro»). Una vez más, Bernardo pensó en voz alta, sin quitar la vista del cuerpo tumbado, plenamente concentrado. Al oírle a sus espaldas, los dos hombres se volvieron instantáneamente.
—¿Qué hace aquí?, ¡largo, joder! —gritó el minero.
A Bernardo le llevó un rato salir del ensimismamiento.
—¡Que se vaya, coño! —volvió a decir el hombre, a la vez que abría los brazos y extendía las palmas.
—Perdón, … perdón, es que… perdón —contestó al fin Bernardo entre balbuceos, como si saliera de un trance.
Sin moverse, miraba fijamente a Jandro. Era como si no existiera el que realmente le había hablado. Jandro le aguantó la mirada y su expresión no cambió lo más mínimo. No hizo ni el ademán de abrir la boca.
—Me voy, me voy… —acertó a decir Bernardo, todavía sin moverse.
—¡Váyase ya, hostia! ¿Lo conoces, Jandro? ¿Será un periodista? —preguntó el minero.
Jandro no contestó nada. De repente, arrancó a caminar hacia Bernardo, lo quitó de su camino de un manotazo y salió de la sala de curas sin mirar atrás. Su compañero se vio sorprendido por la reacción y se quedó con la boca abierta, mientras Bernardo quedaba inmóvil unos segundos más, se daba la vuelta y volvía por el pasillo que conducía a la puerta trasera, en dirección contraria a la que había tomado Jandro.
En el exterior seguía sin haber nadie por ese lado de la enfermería y Bernardo miró a su alrededor, un tanto despistado. De pronto, se sintió extrañamente solo. No sabía muy bien qué había ido a hacer allí. Allí al Pozo Entrego tras el accidente; y allí a El Entrego tras ocho años. Además, hasta ese momento no se había parado a pensar cómo sería la primera vez que se encontrase con Jandro. Así como había sido, sin duda, no lo habría imaginado.
Estaba absorto en sus pensamientos cuando un trueno en la lejanía lo devolvió a la realidad. Observó que el cielo se encapotaba poco a poco y decidió volver a la pensión, no fuera a pillarle la lluvia.
Con la cabeza todavía ocupada por lo que había escuchado esa mañana sobre el accidente en el pozo, se encontró de repente frente al edificio de la biblioteca pública, que estaba justo de camino a La Miguela. Le gustaba aquella biblioteca de una sola planta; un edificio peculiar, muy de los años sesenta; con esa piedra en la fachada y ese tejado asimétrico a dos aguas, muy modernista (o eso le parecía a él).
Como impelido por una fuerza desconocida, Bernardo no pudo evitar entrar en la biblioteca. Asomó la cabeza con cuidado y, enseguida, se fijó en la sección donde se encontraban las colecciones de tebeos. Había pasado allí horas, días, a caballo de Minnesota a Wisconsin con el Teniente Blueberry o transportado a la Segunda Guerra Mundial dentro de aquellas Hazañas Bélicas.
Se hubiera parado con los tebeos, pero realmente estaba allí porque quería leer cosas sobre minería del carbón, así que dejó atrás aquella zona y empezó a buscar por las estanterías. No es que hubiera muchos libros técnicos sobre la extracción de minerales, para estar en el corazón de la cuenca minera, pero algo encontró. Cogió unos cuantos libros y se los llevó a una mesa. Empezó por el primero y se enfrascó en ellos, absolutamente concentrado en sus páginas.
—Perdone.
Bernardo seguía con la lectura. Ni oía.
—¡Perdone! —La chica de la biblioteca elevó la voz.
Levantó la cabeza y la miró con cara de no saber dónde estaba.
—Lo siento, pero cerramos a las dos —le indicó la chica.
—¿Qué hora es? —preguntó Bernardo, que no tenía reloj.
—Son las dos y diez. A las cuatro volvemos a abrir.
Llevaba unas tres horas allí.
—Claro, claro. —Bernardo recogió todo y se levantó rápidamente.
—Le ayudo, que igual ni recuerda en dónde ponerlos.
—Lo recuerdo, lo recuerdo.
Puso todos los libros en su sitio, con precisión milimétrica, algo que dejó sorprendida a la chica, que no debía de estar muy acostumbrada a aquello. No le hubiera pasado esto a la señora que trabajaba allí cuando Bernardo era pequeño, seguramente ya jubilada. Esa señora vio durante unos cuantos años cómo aquel niño recopilaba cada día un montón de comics, leía sin moverse durante un buen rato y después colocaba todo en su sitio sin que nadie estuviese pendiente de él.
Salió de la sala de lectura y ya desde el pasillo que conducía al exterior le pareció que, finalmente, caían algunas gotas. Se acercó al límite del porche de la entrada y se frenó allí, justo antes de bajar las escaleras a la calle, mirando al cielo entre los árboles que separaban la biblioteca del parque.
Un pequeño ruido, repetitivo, se oyó a su espalda. Era un golpe seco cada pocos segundos. Toc. Toc. Toc…
Miró hacia atrás y vio la figura de Pepe, el Minero, que se acercaba hacia él desde el interior de la biblioteca, caminando tranquilamente. A cada paso, el bastón en su mano derecha chocaba con la baldosa del suelo y emitía el sonido que acababa de alertar a Bernardo. El Minero llevaba colgando de su antebrazo izquierdo un viejo paraguas negro con mango de madera, quizás muy grande para su estatura. Cuando, al cabo de un momento, Pepe llegó a su lado, Bernardo se fijó en el azul intenso de sus ojos, en el que no había reparado en su primer encuentro. Con aquellos ojos, el gran mostacho y la boina ladeada parecía un miembro de la resistencia francesa en una película de los años sesenta.
—Tendría que arreglar la punta de este bastón. Así no hay forma de ser discreto. —Pepe levantó el bastón al decir esto.
—No lo había visto dentro.
—Estaba usted muy enfrascado en sus libros.
—Ah, ¿usted sí que me había visto a mí?
—Mayormente.
Bernardo sonrió.
—Así que le gusta la lectura, Pepe.
—Leer, a mi edad, es uno de los pocos placeres disponibles.
—Visto así.
—A su edad, sin embargo, tendría que ser obligatorio.
—No le digo que no.
—Tiene cara de preocupado.
Bernardo se apartó el flequillo en un movimiento mecánico antes de contestar.
—Se mató uno en la mina esta noche.
—Sí, ya me enteré.
—Quería entender algo más cómo son las cosas en la mina.
—¿En los libros?
—Fue lo que se me ocurrió.
—Poco se aprenderá sobre la mina en los libros.
—Ya.
—¿Cree que aprendió algo?
—No lo sé.
—En la cuenca minera se lee mucho. Tuve un compañero incluso que llevaba a trabajar, todos los días, una novelita de Estefanía junto al bocadillo.
—¿Estefanía? ¿Una escritora?
—Escritor. Marcial Lafuente Estefanía. Son novelas de vaqueros.
—No lo conozco.
—No importa. Ya ve, se puede leer hasta dentro de la mina. Pero leer fuera sobre la mina no sé si sirve de algo.
—Es posible. Pero no entender… —Bernardo negó despacio con la cabeza varias veces—. Y cuando muere gente…
—Y por eso se hizo policía.
—¿Por qué?, ¿porque muere gente? No, la muerte no…
—No, para entender las cosas. Gente se muere todos los días.
—Ah. Bueno, al menos entender al criminal.
—No deben ser mentes fáciles de comprender.
Bernardo se quedó pensativo y nuevamente colocó su flequillo mientras Pepe lo miraba.
—No lo son, no… —Pasaron unos segundos más en silencio—. ¿Y usted?, ¿qué lee aquí? ¿Hay algo que intente entender?
—Voy por estanterías.
—¿Por estanterías?
—Sí.
—Pero ¿cómo? ¿No busca un autor concreto?
—Me da igual. El orden de las estanterías está bien. Y el alfabético también.
—Es curioso. ¿Y por dónde va?
—Literatura norteamericana. Por la jota.
Pepe rebuscó en un bolsillo de su chaqueta y sacó una hoja de papel que desdobló.
—Mmm… aquí está: Shirley Jackson. —Pepe pronunció el nombre con una ese y el apellido con una fuerte jota.
—¿Y le gusta?
—Mayormente. Vengo de los rusos y es otra cosa. Pero no está mal.
Bernardo abrió los ojos bastante.
—Estoy sorprendido.
—¿Por?
—No sé, por todo. Nunca se me habría ocurrido leer libros por orden alfabético.
