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En el otoño de 1981, tres años después de su primer caso de asesinatos en serie, el inspector Bernardo Bédavo se enfrenta a un nuevo y singular reto. El asesinato de una joven toxicómana en El Entrego, su pueblo natal en el corazón de la cuenca minera asturiana, enmarcado en una extraña puesta en escena, da origen a una serie de acontecimientos inesperados que obligan al policía a recorrer también diversas partes de la ciudad de Gijón, en particular el popular poblado minero de La Camocha. Bernardo, con su celo habitual, asumirá la investigación y tratará de capturar al culpable de esa violencia inaudita aplicando su particular método de trabajo, a menudo incomprendido por otros colegas y, siempre, rechazado o ridiculizado por su superior en la comisaría. El noir minero continúa en esta segunda entrega de las andanzas de Bernardo Bédavo, gracias a una combinación absorbente entre la intriga policial y la profundización en las relaciones del joven inspector con su entorno más cercano, el que forman su perspicaz novia Lucía, su fiel amigo y colega Tino, la veteranísima propietaria de la pensión Josefa, la Miguela, o el muy reflexivo minero jubilado Pepe. Todo ello sumergido en ese fondo que a veces es primer plano y que lo impregna todo: el omnipresente El Entrego, quizás un personaje más.
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Seitenzahl: 449
Veröffentlichungsjahr: 2025
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LOS SANTOS SON DE MADERA
Marcelino Cortina
Los santos son de madera
Bohodón Ediciones
Los santos son de madera
Primera edición: marzo de 2025
© De la obra: Marcelino Cortina
© Bohodón EdicionesTM S.L.
www.bohodon.es
Sector Oficios Nº 7
28760, Tres Cantos (Madrid)
e-mail: [email protected]
ISBN-13: 978-84-10098-95-4
ISBN E-book: 978-84-10098-96-1
Depósito legal: M-3420-2025
Printed in Spain
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo o por escrito del editor.
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Para mi hija, Silvia
Para ser un día de octubre, el sol del mediodía brillaba sobre El Entrego con intensidad. Bernardo estaba detenido cerca de una de las últimas curvas en la carretera de subida al cementerio. El pueblo descansaba allí abajo, a la vera del río Nalón y encajado entre esa ladera norte, la del camposanto, y su pareja al sur, la del pozo minero. Desde aquella atalaya, en un barrido de izquierda a derecha, destacaban por su envergadura algunos de los elementos singulares del pueblo: el gran lavadero de carbón, la «casa de los ocho pisos», el castillete del Pozo Entrego o el cimborrio cuadrado de la iglesia parroquial.
El parque estaba en el centro. Y también destacaba. Pero era otra cosa. Allí también había altura porque algunos de los árboles, sobre todo los de la linde con el río, eran enormes y muy frondosos, pero lo que sobresalía era el color. Aquella extensión verde semejaba un oasis de enlace entre ambas laderas igualmente verdes, mientras todo lo demás era o de color teja (tanto en azoteas y tejados como en fachadas de ladrillo visto), o de distintos tonos de grises (del gris pálido de algunos edificios hasta el negro de carbón del agua del Nalón).
Bernardo contempló un momento su pueblo y, sin pensar más, se tiró al vacío. En un instante había sobrepasado la vertical del río y se encontraba encima del parque. El descenso era pausado y continuado, como si la gravedad fuese muy débil o estuviese suspendido de un paracaídas. Pasó cerca de la copa de la gran araucaria de la Patagonia, el árbol más especial de todos, y prosiguió la caída hacia un punto que parecía situarse entre la acera que formaba el límite del parque y la acera frente al Bar de La Laguna, la sidrería más emblemática de El Entrego, conocida simplemente como «El Bar». En la calle entre ambas. La velocidad de bajada se ralentizaba más y más y el contacto con el suelo no llegaba nunca. La impresión era como de seguir flotando a cámara lenta, cada vez más lenta… y más lenta… y…
Abrió los ojos de repente y se encontró bastante desorientado. Las sensaciones que su cerebro percibía eran muy distintas a las esperadas. Estaba rodeado de oscuridad y la ausencia de movimiento era total. Buscó con la mirada a izquierda y derecha y, tras un instante de adaptación, vio un tenue hilo de luz que le permitió, al fin, tomar conciencia: estaba tendido en la cama de su habitación. La lámpara del pasillo de la pensión debía de estar encendida y por debajo de la puerta se colaba una mínima claridad, aunque no la suficiente como para ver las agujas del despertador que tenía sobre la mesilla.
Sin moverse, reflexionó un momento con la vista fija en el techo.
(«Otra vez ese sueño»).
―¿Una pesadilla? ―La voz sonaba al otro lado de la puerta, ronca y tranquila.
―¡Pepe! ―dijo Bernardo en un susurro, tras un ligero estremecimiento―, ¿qué hace ahí a estas horas?... ¿Qué hora es?
―Las tres y cuarto.
―¿De la mañana?
―Mayormente.
Pepe, apodado el Minero, era el otro cliente fijo, junto con Bernardo, de la Pensión La Miguela, anexa a la sidrería del mismo nombre. Ambos se habían conocido a la llegada de Bernardo a la pensión tres años atrás, en octubre del 78. Pepe ya llevaba allí más de dos décadas. Una viudez prematura había sido la causa de su mudanza a la fonda.
Bernardo apreciaba enormemente al anciano, viejo minero retirado. Sus razonamientos pausados, profundos, eran muy de su agrado, igual que su afición por la lectura.
―No me ha contestado ―insistió el Minero, en su característico asturiano―. ¿Ha tenido una pesadilla?
―No, no ―respondió Bernardo, que con Pepe hablaba también en asturiano―, no lo llamaría pesadilla. Se me repite alguna vez, pero no es inquietante, ni da susto, ni… Oiga, ¿a usted le parece normal tener esta conversación así?
―Así ¿cómo? ―El tono de voz del Minero era bastante más elevado.
Se levantó de la cama y se acercó a la puerta. La abrió y allí estaba, también en pijama, con la boina puesta y apoyado con las dos manos en su bastón, Pepe, el Minero. Los grandes ojos azules sobresalían por encima de su magno mostacho blanco. Bernardo hizo un intento baldío por colocarse el flequillo, totalmente desmadejado en ese momento.
―Pues a las tres de la madrugada, Pepe. Yo en la cama, usted en el pasillo pegado a la puerta… En fin…
―Bueno, se ha levantado.
―Ya.
―¿Y por qué habla en susurros? ―preguntó Pepe tras un momento de silencio.
―Hombre, a la hora que es…
―Somos los únicos huéspedes, tampoco vamos a despertar a nadie.
―Visto así… Y, hablando de despertar, ¿qué hace a estas horas que no duerme? ―Bernardo abandonó los susurros.
―Un libro.
Sin decir nada, Bernardo puso cara de no comprender.
―Me falta solo un capítulo y el destino de los enamorados está sin resolver ―añadió Pepe―. Me tiene en vilo.
―¿Y no sería más fácil leer el capítulo en vez de ponerse a pasear de madrugada?
Pepe se demoró un poco en contestar, como si hubiera hecho un pequeño chequeo de situación.
―No creo, no ―dijo finalmente.
Bernardo asintió y, justo a continuación, no pudo evitar bostezar de una manera perfectamente audible.
―Perdone ―se disculpó mientras tapaba su boca con una mano―, no es que me aburra, ¿eh?
Esta vez fue el Minero quien asintió, sin decir nada.
―Oiga, Pepe, ¿y qué libro lee que tanto le absorbe?
―Uno checoslovaco.
―¿Eh? ―Bernardo abrió mucho los ojos―… Ah, ya, ¿que sigue usted yendo estantería por estantería en la biblioteca?
―Mayormente.
―¿Y hay de Checoslovaquia?
―Uno por lo menos, sí.
Bernardo, sin remedio, abrió la boca de nuevo en otro bostezo que remató con los ojos muy comprimidos.
―¿Y usted?, ¿ya resolvió su destino como enamorado? ―Las palabras de Pepe llegaron mientras Bernardo apenas recuperaba la normalidad en su cabeza tras el bostezo.
―¿Eh? ―preguntó con los ojos aún llorosos.
―Con Lucía. Después de tres años con ella sigue aquí, en la pensión.
―Pues no sé muy bien lo que quiere decir. ―Bernardo se rascó la cabeza y frunció levemente el ceño.
Pepe lo miraba fijamente con una media sonrisa bajo el gran bigote.
―¿Sabe qué? ―dijo finalmente el Minero―, voy a hacerle caso.
―No entiendo.
―Voy a averiguar el destino que el escritor checoslovaco ha dispuesto para sus enamorados.
Dicho esto, Pepe, sin esperar ninguna respuesta, comenzó a caminar en dirección a su habitación.
―No me va a explicar lo de Lucía, ¿no? ―reclamó Bernardo mientras asomaba la cabeza al pasillo para ver a Pepe alejarse.
―Mayormente.
Y la puerta del cuarto del anciano minero se cerró.
No demasiado tiempo después, a un kilómetro y medio de allí, en la zona de Santana de El Entrego, un tipo muy grande y pelirrojo le daba un trago a una botella de cerveza mientras se apoyaba en una pared, en la calle. En la disposición lineal del pueblo, Santana era el primer barrio que se encontraba cuando se llegaba procedente de Oviedo. Ese tramo, bastante suburbial, con casas bajas, muy antiguas y de fachadas sucias, tenía un vecindario de obreros, mayoritariamente mineros.
El hombre, en sus cuarenta años, vestía una simple camiseta de manga corta, pese a las horas y a la época del año, y se había ubicado frente a la puerta de un viejo bar que cerraba sólo tres o cuatro horas cada día con la salida del sol. Delincuentes comunes, toxicómanos, pequeños traficantes de drogas y algún alcohólico formaban su clientela más habitual. Una chica salió con algunos traspiés del garito y, recuperada la estabilidad, ya en el medio de la calle, lo vio y se fue directa hacia él.
Caminaba con alguna dificultad pero mantenía la espalda muy recta y elegante. La observó mientras se acercaba. Seguramente no tenía todavía treinta años y estaba muy delgada. Llevaba una cazadora vaquera dos tallas más grande de lo necesario, con las manos perdidas dentro de las mangas, pero, aun así, se veía que tenía una buena figura. El pantalón pitillo negro permitía adivinar una amplia cadera y unas piernas que él imaginó bonitas, rematadas por unas botas camperas de tacón bajo, muy gastadas. En la distancia corta se apreciaba que la toxicomanía le iba dejando huella en forma de deterioro físico, pero en el conjunto era muy guapa, con un esbelto cuello en el que destacaba anudado de lado un delicado pañuelo azul celeste, una especie de fular. La larga melena castaña, de pelo muy liso, con un pequeño prendedor que lo recogía un poco sobre su nuca, le llegaba casi hasta la cintura. A él le gustaba el pelo muy largo.
―¡Eeeeh, colega!, ¿tienes un pito? ―La chica arrastraba las palabras de esa manera tan característica que tienen los adictos a las drogas duras, con la voz muy nasal e insegura.
El hombre negó con la cabeza.
―Vaaaaya… tío, qué putada… me apetecía.
Él no dijo nada. La chica se le acercó un poco más.
―¡Hey!, hueles tremendo, chaval. ¿Usas pachuli?
El hombre asintió casi imperceptiblemente; no parecía querer hablar de su colonia. Ella inspiró con intensidad.
―¡Qué intenso! ¡Joder! Me gusta. ―La chica puso una cara a medias entre placer y sufrimiento.
Instintivamente, él movió su brazo izquierdo para rascarse bajo la oreja y hasta la nuca; seguramente por la parte donde se habría perfumado. Algo hizo que ella se fijara mucho en aquel brazo.
―¡Oye, tío, vaya tatuaje guay que traes! ―Le apuntó al bíceps―. ¿Qué es?, ¿una virgen?
―Santa Bárbara. ―Fueron sus primeras palabras aquella noche.
―¡Buah!, Santa Bárbara, colega… ¡La patrona de los mineros!
Poco después caminaban abrazados hacia el centro del pueblo. Con algún tropezón, pero sin soltarse. No había resultado muy difícil. La promesa de un chocolate caliente y, si ella quería, de una cama acogedora, había funcionado bien. Pasaban al lado de la iglesia cuando sucedió algo inesperado: de repente, a ella se le ocurrió entrar para coger algún dinero del cepillo. Cuando se quiso dar cuenta, se había desasido de él y maniobraba con destreza para intentar forzar una puerta lateral. En dos minutos se había colado dentro y no tuvo más remedio que seguirla.
Él estaba muy incómodo allí dentro. Acompañaba a veces a su madre a misa y sentía mucho respeto por lo que significaba. Ella, por el contrario, se mostraba muy irreverente. Varias veces intentó detenerla, en silencio o con susurros, y trató con poco éxito de que no hiciese ruido. Pero ella se zafaba de él y continuaba con la apertura compulsiva de cajones, el apresurado examen de mesas o el repaso descuidado de estantes, sin miramiento alguno. En uno de esos mudos forcejeos, tropezaron un poco con la peana de un San Andrés muy grande, el santo al que estaba dedicada la parroquia. Debido al impacto, la efigie se tambaleó y cayó al suelo con estrépito.
Por alguna razón, ver aquel santo rodar por el suelo le hizo una gracia enorme a la chica, que, de pronto, parecía no poder parar de reír. La gran sonoridad de las carcajadas, amplificadas por el grave eco de la iglesia vacía, activó algún mecanismo incierto en la mente del hombre. La sujetó con fuerza por ambos brazos, la meneó como si fuese una muñeca y la tiró al suelo con violencia. Después, todo sucedió muy deprisa.
La chica lo miraba con los ojos y la boca muy abiertos. Su expresión era una mezcla de sorpresa y miedo. No emitía ningún sonido, seguramente porque era imposible en la situación a la que habían llegado prácticamente en un parpadeo: estaba tumbada en el suelo y aquel hombre corpulento estaba arrodillado sobre su tórax, respiraba muy cerca de su cara y la estrangulaba. Ella apenas se movía; un ligero braceo y un leve movimiento de las piernas.
Con una especie de espasmos repentinos, la chica le dio varios manotazos en la cabeza. Los golpes no le gustaron nada al hombre y, mientras con la mano izquierda sujetaba el brazo de la chica sin dificultad, con la derecha, la fuerte y hábil, incrementó la presa alrededor de su cuello, a la vez que se inclinaba más y volcaba su enorme peso sobre ella. Entonces, la tráquea de su víctima se quebró.
Crac.
El ruido sordo pareció salir de la boca de la muchacha. La reverberación hizo que el ligero sonido se propagara con facilidad. El hombre aflojó la presión y, cerca como estaba de su cara, la miró un momento. Los ojos, claros, en una tonalidad entre verde y azul turquesa, permanecían abiertos. Estaban vidriosos y, sobre el fondo blanco, aparecían ya algunas manchas rojas. Los labios, casi cerrados, aparecían violáceos, pero quizás ese fuese el color en que los llevaba pintados cuando la vio por primera vez esa noche. No había mucha luz y no lo recordaba. Finalmente, se detuvo un instante en la nariz, no muy grande, pero muy recta y simétrica. De pronto, le pareció que aquella nariz le señalaba; frunció el ceño, parpadeó dos o tres veces muy rápido y se puso en pie.
El individuo rondaría los dos metros de altura y aquella cabeza pelirroja, con el pelo desordenado, ni largo ni corto, le daba un aire extraño. Quieto, miró un momento el cuerpo de la chica y después observó a su alrededor. El interior de la iglesia de El Entrego no estaba muy iluminado. Todavía no había amanecido y solo una titilante variedad de cirios, velas y pequeños faroles aportaban alguna luz al templo.
Estaban en la nave lateral izquierda, al lado de una de las potentes columnas que la separaban de la nave central. Desde su posición, podía ver el gran Cristo crucificado que colgaba de la pared a muchos metros de altura, sobre el arco de entrada al altar. Pensó, para su tranquilidad, que el Cristo tendría los ojos cerrados (no podía distinguirlo a esa distancia). Quizás no habían hecho tanto ruido.
El pelirrojo inspiró profundamente, arrastró el cadáver hasta un confesionario cercano y lo depositó dentro. Con un sentimiento que identificó con la compasión, sacó de su cartera una estampita de Santa Bárbara y la depositó sobre el cuerpo. Inclinado como estaba, observó por última vez el cuello de la chica, estiró la mano y le desanudó el pañuelo. Se lo llevó a la nariz e inspiró profundamente dos o tres veces. Después, salió a la calle con sigilo por la misma puerta por la que habían entrado, al costado izquierdo de la iglesia.
Sintió el rumor de algún coche que pasaba por la carretera general, separada de su posición por una única manzana de edificios, y miró a su alrededor. Aunque no vio a nadie, decidió rodear por la parte trasera, circundando el ábside, en lugar de ir hacia el frontal y la despejada plazoleta de la iglesia. Le daba más confianza el recorrido, un poco menos expuesto. Tras dar la vuelta completa, ya en el lado derecho cruzó la calle para ir por la otra acera y, mientras caminaba con la vista dirigida al suelo, se encontró de pronto con unas flores rotas y pisoteadas y algunos restos de ramas verdes esparcidos por las baldosas. Elevó la vista y observó la gran cristalera de la única floristería del pueblo. Con el interior a oscuras, lo único que la luz de una farola cercana permitía ver era una corona fúnebre que estaba sobre un trípode de madera. Leyó, con un leve movimiento de sus labios pero sin emitir ningún sonido, la leyenda de la cinta que colgaba.
TUS AMIGOS NO TE OLVIDAN
Tras un pequeño momento de reflexión, miró a su espalda, al edificio de la iglesia, y reparó después en que continuaba con el pañuelo de la chica en su mano derecha. Se lo acercó otra vez a la nariz y, tras una pequeña inspiración, se lo guardó en un bolsillo del pantalón y prosiguió su camino por la misma acera para alejarse de allí.
El pelirrojo caminaba despacio, pegado a las casas. Siguió la calle y pasó por delante del Cine Sindical hasta llegar al jardinillo en el que se encontraba el edificio que un día había sido comisaría de Policía. El llamado «chalé del falangista». Hacía casi dos años que la comisaría había dejado de funcionar y habían concentrado a los agentes de El Entrego y Langreo en el mismo edificio de La Felguera, así que continuó sin mayor preocupación.
Se detuvo en una esquina, a punto ya de sobrepasar el jardinillo y el chalé, y observó al otro lado de la calle el cartel de la Pastelería Belén. Se le iluminó la cara. A su madre le gustaban mucho los pasteles de Belén. Sobre todo los milhojas. Con media sonrisa, se disponía a cruzar cuando un ruido a su derecha llamó su atención y se frenó en seco.
Un tipo, seguramente borracho, abandonaba la churrería cercana, de horarios sumamente madrugadores. El hombre se despedía y, tras varios tumbos y cambios de dirección, que el gigante pelirrojo observaba precavido, finalmente tomó la dirección del barrio de La Vega y desapareció. Nadie más había por la calle, pero sí se apreciaba que en la churrería quedaba más gente.
Contrariado, el pelirrojo decidió entonces obviar la pastelería y alejarse de allí. Tomó la calle a su izquierda, que iba directa al río, y apretó el paso. En poco rato vio la vía del tren que atravesaba el pueblo en dirección al lavadero de carbón y, justo antes de cruzar la calle para rebasar la vía, se detuvo nuevamente ante un gran escaparate. Era el Bazar Albéniz. Este negocio, con un amplio local que hacía esquina, vendía artículos de ferretería y droguería principalmente, pero fue la sección dedicada a los juguetes, que permanecía iluminada toda la noche, la que lo retuvo un buen rato. En particular, su atención se dirigió a los Madelman. Había expuesta una buena cantidad de aquellas figuras de acción, algunas con accesorios llamativos, como la zodiac de los submarinistas, o el jeep y la tienda de campaña de los exploradores de la selva africana.
El tiempo parecía no pasarle al gigante pelirrojo, que se agachaba en ocasiones para apreciar alguno de los detalles. Finalmente, se agachó y, en cuclillas, apuntó con su dedo índice a una de las figuras, un soldado del Séptimo de Caballería americano.
―Volveré a por ti ―verbalizó mientras el dedo golpeaba dos o tres veces el cristal.
Dicho esto, se levantó, fijó la vista en un reloj que colgaba de la pared tras uno de los mostradores del bazar y comprobó que no faltaba demasiado para las siete de la mañana. Sabía perfectamente que poco después pasaría por El Entrego el primer tren de ese domingo con destino a Gijón, así que, sin detenerse más, se dirigió a la que conocían como Estación de Langreo, al otro lado del río.
La iluminación de las farolas decaía ya en beneficio del clarear del alba, al que ayudaba mucho la gran luna presente, que sería llena en uno o dos días. Miró huidizo hacia las ventanas de la Sidrería La Miguela al pasar frente a su fachada y creyó ver en una de ellas la figura de su dueña Josefa, apodada precisamente la Miguela. Agachó la cabeza y aceleró el paso, en un intento vano por pasar desapercibido. A la señora, que estaba preparándose ya para abrir, no se le escapaba nada, pese a sus algo más de ochenta años, y vio con claridad su gran figura y su cabellera pelirroja.
El hombre llegó a la estación pocos minutos después. Se sentó en uno de los bancos del desierto andén y dejó la mirada perdida sobre los raíles y algunos vagones que, rebosantes de carbón, esperaban pacientemente a ser transportados a algún destino.
Un pitido largo y agudo, procedente del silbato de una máquina, lo sacó de su ensimismamiento. Miró a su derecha y vio acercarse un tren de viajeros encabezado por una potente locomotora. Observó como frenaba aquel tren que llamaban el Pájaro Blanco. Era moderno, del tipo de los Talgo que se imaginaba que circularían por Madrid o incluso por el extranjero.
«Es fácil llegar a Gijón», pensó. Y se puso en pie.
El chirriante silbido, largo y agudísimo, taladró los oídos de Bernardo. Por un instante pensó que sería cosa de las hojas punzantes de la araucaria, ya que acababa de pasar a muy pocos centímetros de ellas, en una nueva edición de su salto al vacío, seguido de aquel mismo descenso lento y parsimonioso.
Pero, nada más abrir los ojos, se ubicó enseguida. Seguía dentro de su habitación, en la cama y acababa de ser despertado, seguramente, por el maquinista de un tren de los que a menudo pasaban por detrás de su pensión. Bien con destino a Gijón, bien con destino a Laviana.
Quiso comprobar que estaba en lo cierto y, tras incorporarse, abrió la ventana y asomó la cabeza. Desde el primer piso en que se encontraba, vio a su izquierda el tren que, tras un nuevo silbido, comenzaba a abandonar la estación, en esta ocasión con destino Gijón. Todavía no había amanecido.
(«Deben de ser las siete de la m…»). Se tapó la boca de repente. Intentaba corregir, con éxito limitado, la costumbre que tenía desde niño de pensar en voz alta.
Una vez en pie, sintió la necesidad de ir al baño, así que salió de su habitación. El aseo era común y estaba en el pasillo. Iba a tientas buscando el interruptor de la luz cuando unas palabras emergieron de la nada frente a él.
―¿Iba al baño?
La pregunta surgió de la oscuridad inesperadamente para Bernardo. Dio un salto hacia atrás y, en el movimiento, se le cayó una de las zapatillas. Su corazón latía a ciento treinta pulsaciones de repente. Solo cuando se quedó quieto reconoció la voz que le interpelaba.
―¡Hostia, Pepe! ¿Qué hace a oscuras, hombre? ―Intentaba recoger la zapatilla con la punta del pie mientras hablaba.
―Lo mismo podría preguntar yo.
―Ya.
―Para policía es usted un poco cagueta.
―Hombre…
Bernardo encontró finalmente el pulsador y el pasillo se iluminó. Frente a él, con su escasa estatura, su gran bigote blanquecino, su sempiterno bastón en la mano derecha y vestido para salir a la calle, incluida la boina en su cabeza, se encontraba Pepe, el Minero. Lo observaba tranquilamente con aquellos extraordinarios ojos azules.
Por algún extraño mecanismo mental, a Bernardo le vino a la cabeza una de las características más singulares del anciano minero: Pepe escribía. El año en que se conocieron, tras unas jornadas muy complicadas con varios asesinatos en los pozos mineros de El Entrego, Pepe le regaló a Bernardo su primera y, hasta aquel momento, única obra. Mientras lo miraba allí en el pasillo, ambos en silencio, Bernardo recordó el título que el Minero le había puesto al cuaderno manuscrito: En blanco y negro. «Son las reflexiones de una vida», le había explicado su viejo compañero de alojamiento. Lo guardaba en un cajón sin haberse atrevido a leerlo todavía. Nunca habían vuelto a hablar del tema.
―¿Sigue aquí? ―Pepe intuyó que la mente de Bernardo se había ido ligeramente.
―¿Eh? Sí… ―Bernardo sintió un pequeño picor y se rascó inconscientemente en la zona del bigote.
―¿Va a dejárselo? ―preguntó el Minero.
―¿Cómo?
―El bigote.
Bernardo cambió el movimiento de su mano y de rascarse pasó a palparse por encima de su labio superior, en una suerte de reconocimiento táctil.
―Pues no sé… Nunca lo había pensado.
―Piénselo. Tiene usted cara.
―¿Cara?
―Mayormente.
Durante un instante ambos estuvieron en silencio. Las cejas de Bernardo se elevaron y, tras cierta cavilación, volvieron a su posición normal. Su rostro no reflejaba ninguna conclusión clara.
―Qué cosas raras me dice a veces, Pepe. Oiga, ¿usted no me había preguntado algo antes del susto? ―retomó Bernardo.
―Que si iba al baño.
―Ah, pues sí. ¿Quería ir usted antes?
―No, no. Yo ya me iba.
―Pues no ha salido ni el sol. ―Bernardo se rascó la cabeza en un movimiento que acabó con una colocación de su flequillo.
―Ya saldrá.
―Sí, eso sí.
―¿Sabe? Acaba bien. ―Pepe comenzaba a caminar ya hacia la escalera.
Bernardo arrugó un poco la frente. No acababa de saber de qué le hablaba.
―El libro checoslovaco ―explicó el Minero elevando un poco la voz al alejarse―. El enamorado por fin se comprometió de verdad. No parecía posible, pero el giro final lo resolvió muy bien el escritor.
―Aaah. Me alegro de que le haya gustado. ―Bernardo elevó progresivamente la voz, conforme Pepe se alejaba escaleras abajo.
―Tiene que pensar bien en lo suyo con Lucía.
―¿En lo mío? ―preguntó Bernardo con cierta incredulidad.
―Mayormente. ―La voz de Pepe se oía lejana ya, cerca de la puerta de la calle.
―Mayormente ―murmuró entre dientes Bernardo, a la vez que entraba en el baño.
Se miró en el espejo sobre el lavabo.
(«Bernardo Bédavo Camilleri, tienes veintiséis años, estatura normal, complexión normal, ojos castaños normales, pelo castaño normal…»). Bernardo se colocó el despeinado flequillo con un cuidadoso ademán de su mano derecha.
(«Rectifico: flequillo poco normal. Orejas normales, nariz normal, boca normal… Mmmm. ¿Cómo quedará un bigote aquí?»). Puso el dedo índice de su mano izquierda a modo de mostacho y observó un instante, inclinando la cabeza ligeramente. Después, se echó un poco de agua fría en la cara y, tras frotar un rato, volvió a mirarse. Algunas gotas descendían por sus mejillas; otras, diminutas, seguían prendidas en sus pestañas.
(«Llevas cinco años en el cuerpo. Inspector de policía… ¿normal? Has resuelto algunos interesantes casos de asesinato. Quizás no seas muy normal»).
En ese momento, se miró fijamente a los ojos. Elevó las cejas e inspiró y espiró con cierta fuerza.
―Muy normal, no. Porque, una vez más, has pensado todo esto en voz alta... En fin, mejor me ducho.
Pasadas ya las ocho y media de la mañana, los alrededores de la iglesia de San Pedro en Gijón estaban desiertos. Lo esperable un domingo de otoño a esas horas. La iglesia fue durante varios siglos, hasta finales del XIX, el único templo de la ciudad. No demasiado grande y con un espigado campanario justo en el centro del pórtico, se ubicaba en el extremo occidental del gran arenal de San Lorenzo (la playa de Gijón), al lado justo de la Escalera 1, de acceso para los bañistas. A la altura de la iglesia apenas había arena, sino más bien rocas contra las que batían con parsimonia las mínimas olas de un mar en calma.
El horizonte se veía despejado y el sol comenzaba a elevarse por la parte contraria de la bahía, allí donde el río Piles desembocaba en el mar Cantábrico. Aunque la temperatura era más bien fresca en ese momento, daba la impresión de que el tiempo iba a ser bueno aquel día.
Una pareja abrazada surgió del viejo barrio de Cimadevilla. Origen histórico de la villa, ya desde tiempos de los romanos, en aquel año de 1981 Cimadevilla había pasado de ser una zona de pescadores y marineros a ser un refugio de delincuentes y prostitución, con múltiples garitos y abundante circulación de drogas. Sus calles estrechas y una combinación de casas viejas y sucias con edificios históricos le daban a aquel casco antiguo un aire particular, muy decadente.
―¡Tíoooo!, que me arrastras, ¡jodeeer!
El abrazo parecía más bien una llave inmovilizadora. El hombre caminaba decidido hacia la iglesia, mientras la chica, con pasos torpes, seguramente bajo los efectos del alcohol o de alguna otra sustancia, no tenía más remedio que acompañarle. Sus infructuosos esfuerzos por liberarse ni siquiera eran muy perceptibles, bajo el fuerte brazo derecho de aquel enorme pelirrojo que iba, como si fuera verano, con una simple camiseta negra de manga corta.
―Además, ¡me cago en la puta!, ¿qué hostias de colonia usas, tío?, ¿pachuli? ¡Su puta madre!, ¡qué fuerte huele!
Él ignoró su comentario y prosiguió su camino con la chica bien sujeta bajo su brazo.
Ella vestía una cazadora corta de cuero negro, de la que colgaba desaliñado un cinturón que iba bailando con los movimientos de la pareja. Bajo la cazadora, una simple blusa beis, sin ningún estampado. Una minifalda de un amarillo muy chillón, a juego con un pañuelo de seda, del mismo color, que llevaba anudado al cuello, permitía ver unas bonitas piernas que terminaban en una especie de botas militares negras, muy gastadas. Aunque no lo pareciese por la envergadura de su acompañante, era una chica alta, por encima de 1,70 y tenía una larga melena lisa de color castaño claro, recogida en una trenza floja y a esas horas ya bastante despeinada. Sin duda, era guapa. A él le gustaba el pelo largo.
La puerta de la iglesia estaba abierta y el hombre la empujó con cuidado.
―Pero ¿qué haces, colega? ¿No querías echar un polvo en la playa? ¿Qué pasa, que quieres rezar antes o qué? Ja, ja. ―La chica reía con una mueca, en tono burlón.
―Shhh. ―El hombre se llevó su dedo índice a la boca.
―¡Pero que shhh ni que shhh, tío!
Él no contestó nada, tiró de ella hacia dentro y le tapó la boca con su mano izquierda. Ambos estuvieron así, quietos, por un instante, en el mismo atrio de entrada. Al cerrar la puerta, sus ojos tardaron cierto tiempo en acostumbrarse a la penumbra de la iglesia. Dos largas filas de bancos ocupaban la nave central y alcanzaban la entrada del altar, percibido al fondo entre sombras. Sin soltar a la chica, elevó el mentón y orientó sus oídos a uno y otro lado; a la vez, movía los ojos a izquierda y derecha. Se afanaba en detectar alguna presencia en el interior.
Convencido finalmente de que estaban solos, aflojó la presión sobre la muchacha y habló por vez primera.
―Lo vamos a hacer aquí.
La chica frunció el ceño.
―¿Qué dices, chaval? Tú estás mal.
―He de purificarme y de purificarte.
―Pero mal, mal…
Dicho esto, la chica se evadió del abrazo e intentó huir al exterior. Sin embargo, el hombre, con dos zancadas llegó a su mismo lado, se abalanzó encima y la aprisionó con su antebrazo derecho contra la puerta, que se cerró con estrépito. En esa posición, ella tenía justo bajo su cara el bíceps derecho del pelirrojo.
―Bueno, tío, tranquilo, joder, tranquilo.
El hombre cerró los ojos un momento, parecía pensar.
―Oye, colega, vaya un dibujo guapo que tienes en el brazo, ¿eh? ¡Qué chulo! Una santa y debajo… ¿qué pasa?, ¿que eres minero? ¿El símbolo de la minería traes ahí? Joder, ¡qué guapo!, ¿no?
Abrió los ojos para mirarla, sin mover ningún músculo más de la cara. Ella no paró de hablar, sin duda en un esfuerzo por tranquilizarlo.
―Así que minero, tío… Ya decía yo que eras un máquina. Y la santa, claaaaro, la patrona de los mineros… ¡Preciosa!
Al escuchar eso, el hombre pareció extrañarse y relajó la presión que ejercía con su brazo sobre la chica.
―¿Eh? ¿Has reconocido a Santa Bárbara?
Ella percibió inmediatamente la menor fuerza y, rápida como una anguila, se desembarazó de la sujeción y consiguió salir corriendo por una de las naves laterales de la iglesia, en dirección al altar, a la búsqueda de alguna otra puerta que pudiese permitirle escapar.
La huida duró poco y pronto la tuvo acorralada en una esquina, cerca de varios santos ubicados en sus peanas y al lado de un viejo confesionario. La chica ya no hablaba, solo quería escapar y su cara era de terror. En un ágil movimiento trató de darle una patada al hombre, pero este sujetó su pierna y, con poco esfuerzo, la lanzó, toda ella, contra la pared. El golpe fue brutal y el temblor provocó la caída al suelo de uno de los santos. Precisamente San Pedro, el titular del templo.
Intentó levantarse con rapidez, pero aquel gigante apartó el santo con cuidado, se agachó y, con las dos manos, apresó la garganta de la chica y la elevó en el aire, sin que sus botas tocasen el suelo.
―Venga, tío, venga… que lo hacemos… ―respiraba con dificultad―; si quieres… lo hacemos…, tío…, venga…
―Cállate.
―Venga…, joder…, colega…, lo que tú quieras…, tío… veng…
Las manos empezaron a apretar, cada vez más fuerte. Ella abrió la boca mucho, pero ya no pudo articular palabra. Movía brazos y piernas, aunque cada vez más despacio y menos voluntariamente.
Crac.
La muchacha cesó todo movimiento. El hombre, todavía con el peso muerto de su cuerpo suspendido de sus brazos, observó sus ojos claros. Creyó ver una mezcla de miedo y desafío. Después, negó con la cabeza, dio dos pasos, abrió la puerta del confesionario, y dejó el cadáver dentro. Con calma, se agachó, le quitó el pañuelo del cuello, lo olisqueó un momento y lo guardó en un bolsillo, al tiempo que sacaba su cartera y rebuscaba en ella hasta localizar una estampita de Santa Bárbara que depositó con cuidado sobre el pecho de aquella pobre chica.
Como una sombra, el pelirrojo abandonó la iglesia. Un rayo de sol le dio directamente en la cara unos instantes y, con paso ágil, desapareció por las calles de Gijón.
(«¡Anda!, ¿y cuándo llegará aquí?»).
―¿Qué dices, rapaz?
Josefa, la Miguela, miraba a Bernardo desde la barra de la sidrería sin entender mucho lo que acababa de decir. En la única mesa ocupada a esa hora de la mañana, su huésped sujetaba entre dos dedos su habitual magdalena, que goteaba abundantemente tras una reciente inmersión en colacao, y leía concentrado el periódico que descansaba abierto ante él. Era una de las últimas páginas de La Nueva España, con la cartelera de los principales cines asturianos.
―¿Eh?, ¿qué? ―preguntó Bernardo distraído sin levantar la vista del periódico―. ¡Coño!
La magdalena se acababa de romper por la mitad, seguramente por estar demasiado rato suspendida y muy empapada, y el trozo desprendido nadaba libre dentro la taza.
―Ese colacao estará frío. ―La Miguela negaba con la cabeza mientras cerraba los ojos.
―No se preocupe, me gusta así. ¿Qué me decía, Josefa? ―Bernardo masticaba ya el trozo de magdalena que había quedado entre sus dedos.
―Eras tú el que decías no sé qué de venir aquí…
―¡Ah, sí! Que está en los cines de Gijón y Oviedo En busca del arca perdida. A ver lo que tarda en llegar a El Entrego.
La cara de la Miguela era un interrogante.
―Es Harrison Ford, el de la Guerra de las galaxias ―añadió Bernardo al ver la cara de despiste de su patrona.
Un ligero asentimiento sin abrir la boca fue toda la reacción de la veterana hostelera.
―Steven Spielberg, George Lucas…
Nada afloró en el rostro de su interlocutora.
―No sabe de qué le hablo, ¿no?
―Como si me hablaras en chino, rapaz ―respondió la Miguela.
―Tiene que ir algo al cine, Josefa.
―Ya, si no hubiera que trabajar todos los días. ¡Hala!, termina de desayunar, que se te va la mañana. No sé las horas que hará que ya desayunó Pepe.
La Miguela se puso en movimiento y pasó un paño a la barra del bar, mientras Bernardo, obediente, rescataba el trozo de magdalena de la taza.
―Hablando de Pepe ―dijo de repente el policía con la boca llena―, me ha dicho antes que por qué no me dejaba bigote. ¿A usted qué le parece?
―Ay, hijo… Si quieres tener pinta de guardia civil… ―La Miguela dijo esto inmediatamente, sin abandonar su tarea ni mirar a Bernardo; lo tenía muy claro.
―Pues vaya lo que me dice… ―Bernardo puso cara reflexiva mientras mojaba el trozo restante de magdalena―. Me lo voy a tener que pensar.
―Antes que pensar en bigotes y gaitas, yo que tú pensaría mejor en Lucía.
El colacao que bebía en ese momento Bernardo se fue por el lado equivocado y una súbita tos lo mantuvo un rato ocupado, mientras la Miguela seguía a lo suyo sin inmutarse.
―No… no entiendo… ―consiguió decir Bernardo finalmente.
―Muy buen policía serás, rapaz, pero para algunas cosas… ―Y la Miguela negó dos o tres veces―. ¿Cuánto lleváis juntos?
―Pues unos tres años.
―¿Y dónde vives?
―Lo sabe muy bien, Josefa. Aquí.
―¿Y dónde vive ella?
―En su casa.
―Pues ahí lo tienes.
Y la Miguela se perdió por la cocina de la sidrería mientras Bernardo se quedaba solo y, pensativo, apuraba el poco colacao que le quedaba y se colocaba el flequillo con la otra mano.
(«Pero ¿qué les ha dado a todos hoy con Lucía?»).
Ella bajaba por la carretera del cementerio. Iba un poco adelantada con respecto a Bernardo. Inconscientemente, o no, él había ralentizado un poco su paso y observaba a Lucía. La melena rubia suelta, iluminada por un sol de otoño bastante agradable, contrastaba con la cazadora corta de ante oscuro. Las hombreras de la prenda le daban cierto aire distinguido, que se volvía, sin embargo, muy natural al entallarse cerca de la cintura, donde daba paso a unos vaqueros Lois suficientemente ajustados que remataban en unas botas de piel marrón con un poquito de tacón. Se veía muy bonita.
Ella se giró buscando a Bernardo, que en ese momento elevaba la vista para detenerla a la altura del pecho de Lucía. Una suave blusa blanca sobresalía entre la abertura inclinada y asimétrica de la cazadora desabrochada. Al percibir su mirada, Bernardo continuó el ascenso visual y terminó en su cara, muy armónica, con la nariz muy recta y la boca grande. El rojo de los labios parecía dar el contrapunto al gris claro de sus grandes ojos. Le gustaba lo que veía.
(«Es guapa, guapa…»).
―Te estoy oyendo, Bernardo. ―Lucía sonreía y lo miraba fijamente.
―¡Mecachis!
Descendieron un poquito más para alcanzar la curva grande desde la que se veía todo El Entrego.
―¿Sabes? Esta noche soñé otra vez que saltaba desde aquí ―dijo Bernardo―. ¡Dos veces!
―¿Y llegaste al suelo? ―El asturiano en el que hablaban sonaba especialmente dulce en Lucía.
―Nada, nunca llego. Bajo cada vez más despacio, más despacio… Y nada.
―¿Pero llevas paracaídas o algo?
―No, no me parece. Creo que voy yo solo. Así, en caída suave por el aire, sin más.
―¡Qué cosas más raras sueñas, Bernardo! A mí nunca se me ha repetido un sueño.
―No sé.
Ambos contemplaban la vista frente a ellos.
―A veces pienso que no es tan feo ―comentó Lucía.
―Pepe lo llama «el agujero» ―dijo Bernardo.
―No será para tanto. Y, de todas formas, es nuestro agujero, Bernardo.
―Bueno, visto así…
―A Jandro le gustaba ―evocó Lucía―. Visualmente, quiero decir. Decía que había que entenderlo, pero que El Entrego era guapo.
―El bueno de Jandro ―añadió Bernardo.
Ambos permanecieron unos minutos en silencio. Por vez primera en toda la mañana, el nombre de Jandro había salido de sus bocas. Habían estado delante de la lápida de su amigo muerto, la habían limpiado y le habían puesto flores nuevas. Todo ello sin decir una palabra.
―Son tres años ya los que han pasado, Bernardo; ¿llevabas la cuenta?
―Los hace hoy exactamente. Sí que la llevo, sí; once de octubre.
El primer caso de Bernardo a su llegada en 1978 a la recién inaugurada comisaría de El Entrego había tenido que ver con un asesino en serie. Los asesinatos habían sido cometidos todos en el interior de las minas. Cinco mineros muertos y la enorme fatalidad había querido que uno de ellos fuese Jandro, el gran amigo de infancia y juventud de Bernardo y Lucía.
Atlético y extrovertido, Jandro era como el negativo fotográfico de Bernardo, mucho más cerebral e introvertido. Sin embargo, eran inseparables desde niños, y ambos compartían amistad, que la adolescencia trocó en enamoramiento, con Lucía. Aquel amor simultáneo por su gran amiga fue zarandeado abruptamente por la partida de Bernardo al quedarse huérfano cuando todos ellos tenían quince años. Lo que el hoy policía encontró a su vuelta a El Entrego, tras ocho años sin contacto alguno, fue que sus dos amigos se habían convertido en pareja y llevaban seis meses casados.
El destino había querido que Lucía enviudase de Jandro menos de dos semanas después del reencuentro. Poco había durado aquella felicidad.
―¿Lo echas de menos? ―preguntó Bernardo.
―Mucho. ¿Y tú?
―También.
―Era especial.
―Sí. El mejor amigo que tuve nunca.
Las palabras de Bernardo se quedaron en el aire por un instante, frente a ellos, hasta que una pequeña brisilla pareció llevarlas sobre El Entrego.
―En fin, ¿bajamos? ―Lucía apuntaba con un dedo a la carretera.
―Claro.
Diez minutos de camino los llevaron a divisar el puente de La Oscura. El descenso concluía.
―¿Dónde comemos hoy? ―Lucía se dio dos palmaditas en el estómago, en inequívoco signo.
―Yo, la verdad, es que no tengo mucha hambre.
―¡Bernardo!, no empieces. Hay que comer todos los días ―le regañó Lucía―. ¡Y cenar!
―¿Te acuerdas de El crack?
―No me cambies de tema, ¿eh?
―Que nooo, que comemos en La Miguela, venga ―concedió Bernardo―. ¿Te acuerdas de la película o no?
―Claro que me acuerdo; si la vimos ayer en el cine. ¿Por?
―Me gustó mucho.
―Ya lo sé. Me lo dijiste ayer. Tiene gracia que te gusten las películas de policías ―dijo ella con una pequeña sonrisa.
―Este José Luis Garci, el director, resulta que su padre es de Gijón. Lo vi en una entrevista en la tele.
―¡Anda!, ¿sí?
―Sí. Pues tiene algo este hombre haciendo cine. ¿No te parecía una película muy americana? ―preguntó Bernardo.
―Pues igual.
―Yo no sé si le pasa a él, pero me pasaba a mí. Yo veía la Gran Vía de Madrid cuando estudiaba allí en el 74 y el 75 y me recordaba a Nueva York.
―Pero ¿qué conoces tú de Nueva York, Bernardo?
―Bueno, por las películas. No sé, Con la muerte en los talones y así.
―Ah, esa me gusta mucho. Jo, el Cary Grant… ¡qué guapo! De todas formas, a mí lo que me llamó más la atención fue Alfredo Landa.
―Esa mirada, ¿eh? ―Bernardo parecía tener a Landa delante.
―Todo, pero sobre todo que no hacía el tonto. Que estaba muy serio.
―Cierto. Pues mira, sobre eso quería comentarte yo.
―¿Sobre la seriedad de Alfredo Landa? ―inquirió Lucía.
―Sobre el bigote que traía.
―¿Eh?
―¿Tú crees que me quedaría bien un bigote así?
Llegaban ya a la altura de la sidrería La Miguela. Lucía se paró de repente y miró a Bernardo. Su cara mostraba cierta incredulidad.
―¿Tú? ¿Con bigote?
―Sí… ¿No?
―Si quieres tener cara de guardia civil… ―El tono de Lucía era claramente irónico.
―¿Qué dices? ¿Qué…?
―Solo te faltaría el tricornio.
―Desde luego… ¡dices cada cosa, Lucía! Anda, pasa. ―Bernardo entreabrió la puerta del bar.
La sidrería estaba muy llena, con mucha gente en las mesas y la barra repleta. El ruido de la puerta al cerrarse a su espalda hizo que casi todos los clientes giraran su cara hacia Bernardo y Lucía. Sin por ello dejar de comer, beber o hablar, el movimiento general de cabezas pareció seguir una ensayada coreografía. Ambos se quedaron quietos, ligeramente sorprendidos por la atención colectiva involuntariamente captada.
Bernardo empezó a caminar en dirección a la barra, tras la que, sentada en su silla alta junto a la caja, estaba la Miguela. Pero no le dio tiempo a llegar.
El ruido de una sirena de emergencia llegó procedente de la calle. El agudo y sicodélico sonido se hizo progresivamente más intenso hasta que un enorme chirrido de neumáticos, al frenar contra el asfalto, sonó con estrépito justo delante de la sidrería. La sirena siguió en solitario unos segundos más hasta que cesó de repente. Todos en el bar estaban expectantes.
―¿Qué pasará? ―Se oyó entre la clientela.
―Es la policía ―afirmó rotunda la Miguela, que miraba por la ventana.
―¿Eh? ―dijo Bernardo un poco aturdido.
Bernardo y Lucía salieron a la calle, seguidos de algún curioso (otros se amontonaban bajo el marco de la puerta abierta y en las ventanas). Allí, justo frente a ellos, estaba, muy atravesado y con dos ruedas sobre la acera, un impecable coche zeta de la Policía Nacional. Era un Seat Ritmo, muy nuevo, de un color marrón a juego con la uniformidad que había sustituido en 1979 al gris de la vieja Policía Armada. Mientras los dos luminosos azules del techo continuaban con sus destellos en silencio, la puerta del conductor se abrió y del coche patrulla salió un enorme policía, de más de dos metros y una gran cabeza con mucho pelo negro.
―¡Hombre, inspector, a ti te buscaba yo! ―dijo el policía en su asturiano más amistoso y con una ligera sonrisa en los labios.
―¡Tino!, tenías que ser tú. ―Bernardo tenía los ojos muy abiertos.
―¡Hola, Lucía! ―El agente hizo un movimiento de saludo con la palma de su mano derecha, como de niño pequeño, mientras se colocaba la gorra de plato con la izquierda.
Lucía respondió de la misma manera, con cara de circunstancias, un poco inclinada a un lado y detrás de la espalda de Bernardo.
Tino, agente básico de la Policía Nacional, fue la primera persona que Bernardo conoció al llegar a la comisaría de El Entrego y enseguida trabaron una muy buena amistad. Con un porte físico formidable, en intenso contraste con su encantadora ingenuidad, era un hombre siempre dispuesto a ayudar en lo que fuera. Poco amigo de las complicaciones y un gran amante de la comida, así como de la velocidad, para Bernardo se trataba del único policía de su comisaría en quien podía confiar a ojos cerrados.
―Hay una muerta, inspector. El comisario me ha mandado a buscarte.
―¿Una muerta?, ¿dónde?
―En la iglesia. Es una chica joven. ―Tino puso cara de apesadumbrado.
Bernardo reflexionó unos instantes, en los que nadie dijo nada, ni fuera ni dentro del local. Finalmente, miró a Lucía.
―Es que… la comida…
―No te preocupes, Bernardo ―atajó Lucía―, como con mis padres en su casa. Tú vete con Tino. Algo habrá que hacer por esa chica.
―Por ella, igual ya poco ―indicó Tino.
Bernardo pensó un instante.
―Vale. Pues vamos, Tino. A ver qué podemos hacer, aunque solo sea justicia.
―¡Vamos!
―Eso sí: sin sirena, ¿eh? ―Bernardo levantó el dedo índice al decir esto.
―Vaaale. ―Tino levantó las palmas de sus dos manos.
Ambos policías se subieron al vehículo y, varios acelerones, volantazos y cambios de marchas después, volvían en dirección al centro de El Entrego, sin aullidos de sirena que los acompañasen, pero a toda velocidad. Bernardo apenas podía respirar y se sujetaba con la mano izquierda al asiento y con la derecha al asidero sobre la puerta.
A punto de girar hacia la plazoleta de la iglesia, en medio de los saltos que el exceso de velocidad provocaba al pasar sobre las vías del paso a nivel, Tino se fijó en el quiosco que estaba allí mismo y, mientras maniobraba con el volante hacia la derecha, frenaba bruscamente. Como resultado, el coche quedó cruzado en la carretera con gran estrépito de neumáticos.
―¡Dios, Tino! ―Bernardo estaba bastante mareado―. ¿Qué pasa?, ¿por qué paramos? ¿No era en la iglesia?
―Sí, sí. Un minuto nada más, inspector. Es que me acabo de acordar de una cosa.
Sin dar tiempo a la respuesta, Tino saltó fuera y fue directo al quiosco. Era este una especie de caja cuadrada, de unos tres metros de lado, metálico en su mitad inferior y con escaparate de cristal en su mitad superior en las cuatro fachadas. La parte delantera tenía una ventana con un pequeño mostrador, a través de la que la dueña despachaba los artículos. Sobre la ventana, encima del techo, destacaba el letrero con el nombre del negocio: Azorín. Aunque pudiera resultar chocante que un quiosco de chucherías llevase tal designación, la verdad es que allí dentro las letras eran importantes. El quiosco vendía muchos periódicos, revistas, tebeos y colecciones de libros de bolsillo. No solo las pipas, los chicles, las gominolas o los pastelitos de chocolate, que también, formaban parte de su mercancía.
Bernardo veía a Tino dialogar con la chica del quiosco con mucha gracia, sin poder oír nada de la conversación, y no acababa de entender qué era tan importante que no podía esperar. Dos minutos después, Tino entraba en el coche con algo envuelto en papel, del tamaño de un folio y no muy grueso. Lo depositó en el salpicadero tras el volante y, con el ya habitual chirrido de las ruedas, proyectó de nuevo al coche hacia delante.
―¿Era imprescindible? ―le preguntó Bernardo.
―Ah, del todo, inspector. Era el último.
―El último… ¿qué?
―El último ejemplar.
Bernardo alcanzó el paquete y, bailando a derecha e izquierda en los dos giros que faltaban hasta que Tino detuvo el coche delante de la iglesia, consiguió abrir el envoltorio. Abrió mucho los ojos.
―¡¿Mortadelo y Filemón, Tino?!
―¿A que son geniales?
―¿Cuarenta y cinco desatinos por minuto? ―Bernardo leía el título del ejemplar de la colección Olé que tenía entre sus manos.
―Es que no lo tenía, me faltaba este, que ha salido hace muy poco.
―Pero… pero… ¿los lees todos?
―Sssí, soy muy fan. Mortadelo es mi ídolo.
―En fin…
Bernardo envolvió con cuidado nuevamente el tebeo y lo dejó donde estaba. Miró fuera del coche. Como se podría esperar de un domingo a la hora de comer, no había mucha gente por la calle, salvo algunos curiosos extrañados de ver un vehículo de la Policía aparcado en la plazoleta de la iglesia de El Entrego. La puerta principal del templo se entreabrió y una gran bocanada de humo salió despedida al exterior.
―Ahí está el comisario Granda. ―Tino señalaba hacia la puerta―. Cada vez tiene más grandes y blancos ese bigote y esa perilla.
El comisario Granda caminaba despacio hacia ellos con su indefectible pitillo entre los labios. Era el inspector jefe de Bernardo a su llegada a la comisaría de El Entrego y, cuando, dos años atrás, habían decidido cerrarla y unificarla con la de La Felguera, trasladándolos a todos, el jefe superior de Policía le había pedido expresamente a Granda que retrasara un poco su inminente jubilación. Granda aceptó a regañadientes y, a cambio, fue ascendido a comisario, cuando ya nadie, ni él mismo, lo esperaba y obtuvo el mando de la nueva comisaría. Dos años de retraso llevaba ya sin jubilarse; dos años de un mal humor perenne y muchos cigarrillos fumados.
―Hablando de bigote ―comentó Bernardo con Tino mientras Granda se aproximaba ya al coche―. ¿Tú crees que me quedaría bien un bigote?
―Si quieres parecer un picoleto, sí. ―Tino no dudó ni un instante.
―¡Otro! Pero ¿qué tendrá que ver?
―Con bigote parecerías de los primos, inspector. Es lo que hay.
Bernardo miraba a Tino y negaba con la cabeza, cuando un toc, toc sonó en la ventanilla a su derecha: el nudillo del dedo corazón de Granda golpeaba el cristal con delicadeza.
―¿Van a quedarse ahí mucho tiempo más? ―Granda elevó un poco la voz para que se le escuchara bien dentro del coche.
―Salimos, salimos. ―Bernardo abrió la puerta.
―Bonito domingo, ¿eh, Bédavo? ―Granda miraba al cielo despejado mientras le daba otra profunda calada al pitillo.
―Cierto ―asintió Bernardo.
―Pues ya nos lo han venido a joder. ¡Hala!, venga a ver lo que nos han organizado aquí.
En una nave lateral de la iglesia había un pequeño grupo de personas alrededor de un confesionario de madera. De pie, Bernardo reconoció al párroco, aún con la vestimenta de misa, y a otro de los curas de El Entrego, este de paisano. Sus expresiones iban de la seriedad extrema del párroco, que contrastaba con su habitual gran jovialidad y simpatía, a la cara de susto, detrás de las grandes gafas de pasta, de su colega. Un policía de uniforme permanecía a su lado y todos ellos miraban concentrados hacia la puerta del confesionario, donde se veía en primer término una rechoncha figura femenina agachada, que Bernardo identificó enseguida.
La forense del Sanatorio Adaro, habitual en los casos de homicidio, trabajaba de rodillas sobre lo que Bernardo supuso que sería el cadáver que los había traído hasta allí. Se aproximó un poco más y pudo ver, por encima de la médica, el cuerpo de la chica dentro del confesionario, en una extraña postura y con los ojos todavía abiertos. Se detuvo un instante en la cara, que encontró bella pese al rictus propio de las circunstancias.
―Ah, inspector, está ahí. ―La forense orientó su cabeza hacia arriba y se subió las gruesas gafas de miope con un dedo, frunciendo un poco el ceño.
―Buenos días ―saludó Bernardo.
―Si hay un muerto, lo avisan a usted, ¿eh?
―Hay esa costumbre, sí. ¿Sabe ya lo que le pasó?
―Estrangulamiento, eso seguro, pero no sé si habrá alguna cosa más. Era toxicómana, ¿ve los brazos?
La doctora subió un poco una manga de la cazadora y enseguida se vieron múltiples pinchazos en el delgado brazo de la chica.
―Esto lo ha hecho alguien muy fuerte ―indicó la forense.
―¿Por qué?, la fallecida parece muy frágil. ―Granda preguntó desde detrás de Bernardo.
―Creo que tiene la tráquea rota y creo que se lo han hecho con las manos, comisario.
―¡Joder!, ¡qué animal! ―Tino no pudo evitar el comentario.
―¿Sabe cuándo ha podido ser? ―Bernardo sacó su pequeña libreta.
―Pues por el rigor mortis, diría que hace seis o siete horas, o una cosa así.
―¿La iglesia estaba abierta a esas horas? ―Bernardo se giró hacia el párroco.
―No ―contestó el párroco con su grave y potente voz de barítono―. Han forzado una puerta lateral. Como hay algunos cajones y cosas revueltas, pensé que habría entrado algún raterillo a robar algo. No es tan raro, pese a que poco hay.
Bernardo asintió lentamente.
―Tenía esto en el regazo, como si se lo hubieran puesto encima después de meterla aquí dentro. ―La forense se levantaba ya con una pequeña cartulina en la mano enguantada.
