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Un relato épico donde dos jóvenes, Irina y Maco son sometidos a circunstancias extraordinarias que deberán sortear, aún a riesgo de sus vidas. Tendrán que abandonar su apacible vida en la casona natal, para trasladarse a un escenario salvaje y hostil, donde habita una comunidad Qom muy singular. Ellos lo harán persiguiendo un objetivo que intuyen importante, aunque no alcanzan a comprender la real dimensión que éste tiene, e ignoran las fuerzas desconocidas a las que ellos deberán enfrentar y los peligros a los que se expondrán. Armados sólo con la incondicional lealtad y la profunda amistad que ambos se profesan. Una historia que derrama magia, cargada de sutiles enigmas, que desafían al lector a desentrañarlos.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
Jorge Álvarez Lalín
En busca de Piguem
Primera edición: octubre de 2019
© Grupo Editorial Insólitas
© Jorge Álvarez Lalín
ISBN: 978-84-17799-85-4
ISBN Digital: 978-84-17799-86-1
Difundia Ediciones
Monte Esquinza, 37
28010 Madrid
www.difundiaediciones.com
Prefacio.
1 – Los cuervos.
2 – Respuestas.
3 – Piguem.
4 – Reflexiones.
5 – Shimporosa.
6 – Corvalán.
7 – Por el bosque.
8 – La aldea.
9 – Astac.
10 – Dos encuentros.
11 – En honor de K’ata y Qatalo.
12 – Revelaciones.
13 – En busca de Piguem.
PERSONAJES PRINCIPALES
GLOSARIO
A mi mujer,
quien amorosamente
me acompaña cada día.
Ésta es una obra de ficción, producto de la imaginacióndel autor. Ninguno de los personajes que en ella aparecen, ni la magia que de ellos se desprende, se fundamentan en hechos acaecidos en larealidad oen personas vivas o no.
Prefacio.
La cerrada niebla se niega a levantar su espeso manto de bruma sobre el extenso territorio por el que éltransita. Con tenaz encono, la blanquecina nube le dificulta visualizar cualquier horizonte que le posibilite escapar al perpetuo encierro al que se lo somete.
La ausencia de sonidos lo desorienta, y le impide ponderar el espacio, aunque acaso poco le importe a él, lograr posicionarse en el laberinto en el que se ha extraviado.
Durante la marcha sin fin que a ninguna parte lo lleva, sus lacerados pies descalzos apenas acarician el suelo yermo por el que peregrina, y ni las espejadas aguas de los ilusorios esteros plateados que atraviesa, consiguen apagar la sed que seca su boca y que le consume poco a poco el alma.
Tal vez porque su solitaria cruzada carece de rumbo, camina sin prisa alguna y pareciera que solamente desea que el tiempo transcurra, en un vano intento por purgar una condena que salde un error que acaso él, nunca se perdonará.
El páramo que lo acoge, sin solicitarle anuencia alguna, castiga groseramente su piel expuesta con un frío pérfido que atraviesa su carne enflaquecida, al tiempo que hiela y resquebraja todos sus huesos, a cada uno de sus pasos.
El tormento es infinito, pero no se queja, se sabe merecedor de su infortunio, y que ningún castigo lo absolverá de su culpa. Percibe que es incapaz de remediar su yerro y la congoja que le provoca su desmaño, no revoca su postrero anhelo porque otro, a quien le cuesta ahora recordar, se encargue de componer su desatino.
Confinado a la absoluta soledad, olvidado por los hombres y despreciado por los Dioses; resiste a la crueldad del desamparo.
No es absurdo que él, sin pretender conocer la respuesta, se pregunte con extrema culpa y a cada instante, por todos aquellos a los que, por sus actos, les arrebató la vida sin esgrimir daga alguna.
1 – Los cuervos.
La vieja casona permanece oculta a las curiosas miradas de los pocos transeúntes que circulan por la zona. Mimetizada con el agreste paisaje del litoral mesopotámico, se alza a la vera de un arroyo cuyas aguas bajan casi siempre sin prisa, buscando alivio en el gigantesco río Paraná, distante a un escaso kilómetro al oeste de la propiedad. La espléndida morada de los Torres fue construida, por encargo del fundador de la familia, ni bien éste arribó al país, ciento cincuenta años atrás. Insertada en un predio de cuatro hectáreas de añoso bosque autóctono, los arquitectos eligieron para edificarla el sector más elevado del terreno, salvaguardándola de las terribles inundaciones que castigarían la zona en años posteriores. La construcción que en sus cuatro fachadas recuerda a las casonas cántabras, sacude con violencia el paisaje verdoso que la rodea. Siguiendo los dictados de su primer habitante, se construyó con pesados bloques de piedras traídas del sur del continente. Estos muros se entrelazan con otros pintados desde siempre, con un rabioso rosa viejo, que busca herir y diferenciarse del bosque que los rodea. Quienes observan el edificio por primera vez, les impacta su maravillosa carpintería en madera de Ipé, que rivaliza con el diseño exquisito de las barandillas de hierro forjado de los balcones. Su techo compuesto de varios tejados que se superponen caprichosos, creando terrazas íntimas desde donde todos los miembros de la familia disfrutaron, a su debido tiempo, de privados cielos nocturnos plagados de estrellas.
El acceso principal a la vivienda está orientado hacia el únicocamino actualmente asfaltado en este sector rural y que la conecta con la capital de la provincia de Corrientes, erigida a unos pocos kilómetros de allí. El amplio salón de estar y los principales dormitorios, fueron dispuestos para que sus ocupantes gocen de la exquisita visión del paraíso vegetal que los rodea. Una paleta natural con múltiples colores y cambiantes tintes que se reflejan en las aguas del arroyo que la limita, y que establece maravillosas y cambiantes postales a lo largo de todo elaño.
La residencia albergó a su tiempo, a todos los Torres y se transformó en mudo testigo de los alegres y tristes acontecimientos que allí se produjeron durante más de un siglo y medio. En la actualidad la habitan los dos últimos descendientes del fundador de la dinastía; Irina, una bella joven de catorce años, consentida nieta de su joven abuelo, Don Pedro Torres, un exitoso abogado y juez retirado prematuramente de su profesión, a consecuencia de arcanos sucesos y devenido, desde el nacimiento de su nieta, en un pescador adicto y tutor a tiempo completo de la muchacha.
La bebé se adueñó de su corazón a minutos de nacer, mientras élla sostenía entre sus brazos y las pequeñas manitos se aferraron con fuerza a su espesa barba rubia. Las lágrimas que derramó por el pequeño tesoro que sujetaba entre sus manos, se mezclaron inevitablemente con las que le provocaron la muerte de los padres de la criatura; la amada pareja que conformaron hasta ese día, su único hijo y su adorable nuera.
Los dolores de parto se habían anticipado y obligaron al matrimonio a emprender de urgencia y a media mañana, un inesperado viaje al hospital. Las causas del accidente que protagonizaron nunca fueron claras. Quizá un animal se cruzó frente al vehículo que el muchacho conducía o sólo fue una mala maniobra. Lo cierto es que el automóvil volcó y dio varias vueltas sobre sí mismo, hasta detenerse a la vera del camino, donde fueron socorridos minutos más tarde. Aparentemente, el joven conductor murió en el acto y la futura madre apenas respiraba cuando llegó a la mesa de operaciones. Su corazón aguantó, hasta que la bebé emitió su primer llanto de vida.
Tristes tragedias familiares acompañaron el nacimiento de Irina, quien huérfana al nacer, tuvo en el abuelo Pedro a un idóneo sustituto de sus padres. Un paciente e inigualable maestro que la inició en el camino que le permitiría descifrar tempranamente los misteriosos signos de la escritura. También le transmitió con éxito el gusto por la lectura a travésde cuentos cortos, ilustrados con bellos dibujos coloreados, que dejaba siempre a su alcance con fingida distracción.
Pedro nunca le regañó por sus faltas, y le transfirió con su ejemplo las consignas de comportamiento que Irina con los años hizo suyas. Él fue, quien también permitió el ingreso de Shimporosa en la vida de ambos y nunca celó la influencia que la mujer alcanzó sobre la niña que, de tan cercana, fue determinante en el proceso de modelar el carácter y las creencias de la chiquilla.
El Juez convivió con encontrados sentimientos los días que siguieron a la llegada de su nieta. A nadie le sorprendió que renunciase a sus fueros y a su profesión, para dedicarse por entero a la crianza de la bebé. Los Torres eran antiguos integrantes acomodados en la sociedad local y conocidos propietarios rentistas que podían permitirse prescindir de cobrar un sueldo para vivir, por bueno que fuese este ingreso.
En verdad, la comidilla que se desató entre sus pares de la justicia y todos aquellos que lo conocían, la generó la decisión del Juez de dedicar gran parte de su tiempo a trabajar como un simple pescador, un oficio considerado menor entre la gente que compone la sociedad correntina.
– ¡Obvio que no necesita del producto de la pesca para subsistir!
Murmuranaúnen la actualidad las malas lenguas.
Desde que renunció al juzgado, Pedro recorre diariamente los poderosos ríos que dominan la geografía del lugar. Lo hace siempre a bordo de un gran bote, impulsado por un potente motor fuera de borda de última generación, el cual renueva cada par de años. En realidad, los motivos de tal comportamiento nadie los conoce, a excepción de él mismo; y sólo unos pocos están al tanto, que el producto de tamaño esfuerzo en el río, es donado íntegramente a la humilde escuela pública, que está próxima a su propiedad y a la que, con el tiempo, acudió su nieta para instruirse.
Profundamente triste por las pérdidas de su querido hijo y de su nuera, encontró en la bebé el consuelo que poco a poco le devolvería la alegría a su existencia. No lo asustó asumir el desafío de la crianza de la niña, para los años por venir.
Pedro ya contaba con la experiencia necesaria para aceptar el reto y alzarse con la victoria. Lamentablemente la temprana muerte de su esposa, muchos años atrás, lo había puesto al cuidado y educación de Claudio, su único hijo, aunque entonces el contexto era distinto.
El muchacho había cumplido doce años y al momento de la fatídica contingencia, estaba prácticamente por convertirse en un adolescente. Con Irina en cambio, debió comenzar de cero y la pelea que debió dar, fue moderada por la providencial aparición en la vida de la familia Torres, de Shimporosa.
A los pocos días del nacimiento, una joven indígena integrante de la etnia Qo’m (Kom) golpeó la puerta de la Casona y se ofreció a colaborar en las tareas domésticas del hogar, que ya se encontraba alborotado por aquellas penosas circunstancias. No traía consigo referencia alguna que la avalara, pero Pedro, sin poder explicarse el por qué, supo de inmediato que ella, era la persona adecuada para atender a su pequeña nieta. Los años confirmaron acertada, la impulsiva decisión que tomó el abuelo, en aquel momento.
Shimporosa, con apenas veinte años, se propuso compartir la crianza de la pequeña, sin que se lo plantearan, y se hizo cargo de ella, desde que ingresó a la residencia. La bebé aprendió a quedarse dormida al arrullo de antiguas tonadas de cuna indígenas, y a reír con las divertidas ocurrencias de la mujer, quien siempre le cedió su tiempo a la pequeña, sin ningún condicionamiento.
Desde los primeros años de la niña, ella contribuyó a poblar su imaginación con relatos y leyendas de su tribu, enriqueciendo el lenguaje de Irina con cientos de expresiones de su original idioma. No le sorprendió, ni tampoco le disgustó al abuelo, que con el tiempo su nieta llamara «teĨte» (mamá) a su incondicional protectora; es que en verdad se comportaba como una verdadera madre para la niña, por lo que se había ganado el título con el que Irina le honraba delante de todo el mundo. La joven Qo’m retribuía el afecto de Irina llamándola «llale», que significa «hija», pero solamente lo hacía en la intimidad, cuando la aconsejaba o simplemente la mimaba.
Antes que Irina cumpliera su primer año de vida, Shimporosa le atribuyó a la bebé, cualidades que ella valoraba como mágicas. A sabiendas que su patrón, poseía una mente abierta y por lo tanto, no se reiría de sus sospechas, Shimporosa no temió compartir sus audaces conjeturas con el Juez, a quien ella, en lengua Qo’m, había comenzado a llamarlo respetuosamente por su actual oficio.
– ¡Sokoenagan! (Pescador). ¡La niña tiene magia y nos envuelve con ella a todos nosotros! ¡Su presencia genera gozo en quienes la rodeamos y hasta las flores se abren más hermosas por su cercanía! A veces presiento que todo lo que me propongo realizar, puede ser posible si ella está cerca de mí.
Se sinceró emocionada y también orgullosa, por haber descubierto el don que, para ella, poseía la pequeña. Pedro, no pudo más que sonreír ante el comentario. Convencido de la bondad de la joven, asoció la absurda afirmación con el profundo amor que ella sentía por la niña. Por eso no la contradijo y le respondió con un acertado consejo:
– Quizás tengas razón... El tiempo dirá si eso que dices es cierto. Te propongo que por ahora conservemos en secreto tu hallazgo.
Le propuso mientras le guiñaba uno de sus ojos, en una señal cómplice, con la que buscaba asegurarse su silencio. Aunque poco le importaban los comentarios que circulaban entre sus conocidos acerca de su alejamiento de los juzgados, no quería implicar a su nieta con los nuevos chismes que un rumor semejante desataría.
Por supuesto que la Qo’m aceptó y cumplió la recomendación hecha por su empleador, y no le confió a nadie más sus conjeturas. Pero tal fidelidad no le impidió que siguiera atentamente los ocultos prodigios, que para ella ostentaba la pequeña, y a quien le dedicaba ya por ese entonces, su vida entera.
Maco, nació unos pocos meses antes que Irina. Es el menor de siete varones, todos ellos hijos de un humilde matrimonio vecino, habitante de una pequeña vivienda lindante con la propiedad de los Torres. La única barrera que separaba por entonces a ambas fincas era un viejo alambrado semiderruido que el pequeño logróburlar cuando apenas gateaba. Lo hizo con el firme propósito de dirigirse raudo al encuentro de Irina, quien sonriente lo esperaba sentada bajo la galería de su casa. Él se presentó a sí mismo con un alegre balbuceo, que fue correspondido con otro similar; risas y aplausos sordos de sus pequeñas manitos sellaron el encuentro, sin necesidad de que ninguno pronunciara palabra alguna. Así comenzó, aquel lejano día, la maravillosa amistad que hoy los une. Fueron inseparables desde antes que alguno de los dos se alzara sobre sus piernas, logro que ambos realizaron casi al mismo tiempo. Enfrentaron al mundo en sociedad, encontrando en el otro al compañero ideal para decenas de juegos compartidos, además de un leal confidente en quien apoyarse en difíciles momentos y refrendados socios en cientos de travesuras, que siempre el ojo atento de la Qo’m vigiló. La constante presencia en la casa de Maco, su natural ternura y simpatía, lograron que Pedro, en muy poco tiempo, lo considerara un nieto más y Shimporosa lo incorporara a sus afectos, mimos y cuidados.
Cada mañana la escuela a la que asistían, recibió a la pareja en sus aulas para que cursaran sus estudios en un positivotándem, que ningúnmaestro se atrevióa separar. Sentadosuno junto al otro, compartieron siempre los angostos pupitres y desde muy temprano, proclamaron su hermandad. Generosos con sus amigos y compinches en sus juegos, ambos fueron respetados y queridos por el resto de sus compañeros. Por las tardes, en eficaz equipo y reunidos siempre en la finca de los Torres, completaban las tareas encomendadas por sus maestros, para disfrutar luego, del tiempo libre y de su grupo de amistades.
Sólo por las noches Maco regresaba a la casa de sus padres, quienes habían cedido, casi sin darse cuenta, la custodia del menor de sus hijos a los responsables cuidados del ex Juez y de la confiable Qo’m. El muchacho creció como un Torres más y su presencia en la casona fue siempre motivo de felicidad para todos. Sus geniales ocurrencias y su constante buen humor lo promovieron a un sitial de honor en el universo de los afectos de Pedro. Quizá por ello, desde que los críos eran unos párvulos, el abuelo les compartió su pasión y los llevó juntos a recorrer el gran río Paraná en busca de peces que pescar y aventuras para compartir, que el trío disfrutó intensamente por igual.
Maco, supo también ganarse con su eterna simpatía a Shimporosa, que con fingido enojo reprendió sus innumerables y constantes travesuras. Pero para Irina, Maco fue desde el comienzo, muchomásque un divertido compañero de juegos y un gran amigo. Ella vio en él, desde siempre, al valiente caballero que la protegería de cualquier maléfica acechanza. Esa idílica visión fue confirmada cuando el joven, se interpuso entre ella y los casi extintos cuervos que, inexplicablemente, intentaron agredirla aquella tarde, en los campos vecinos al otro lado del arroyo. Fue durante una excursión de campo más, la que compartieron cuando ambos tenían apenas once años…
La horqueta de guayaibí, sabiamente escogida por el joven, había sido transformada por éste en una eficaz resortera para arrojar guijarros, los que con el impulso que ejercía con sus firmes brazos, podrían resultar letales para aquel que tuviese la mala fortuna de recibirlos. Por entonces a Maco le gustaba probar «su arma», realizando certeros disparos hacia los postes que habitualmente se utilizan para sostener los interminables alambrados divisores de las propiedades rurales vecinas.
Esa tarde, como era habitual en sus excursiones, llevaba consigo la vieja navaja de la que nunca se separaba, junto a la «gomera», como a élle gustaba llamar a su honda. Ambos elementos descansaban en el bolsillo trasero de su pantalón, mientras una bolsa repleta de redondas y escogidas piedras colgaba de su cintura.
– No me gusta aventurarme desarmado en territorios desconocidos.
Presumió ante su amiga.
– Si eso te tranquiliza… Se burló ella, para exigirle a continuación:
– Pero prométeme no hacerle daño a ningún pájaro que se ponga a tiro de tu honda.
– ¡Claro que sí! Pero… ¿Desde cuándo me has visto hacer algo semejante? Le recriminó él, a su siempre repetida solicitud.
– Nunca. Es verdad, aunque ignoro lo que haces cuando estás solo y para que no queden dudas, prefiero recordarte que te abstengas de su uso cuando salimos juntos.
Se justificó Irina, mientras cargaba en su mochila algunas golosinas para el camino.
Inmediatamente dieron comienzo a la caminata, con la excusa de recoger piñas secas desparramadas a los pies de cientos de pinos que fueron plantados adrede por los terratenientes, en prolijas hileras, en los límites de aquellas propiedades a las que ellos ahora se dirigían.
Fue recién al promediar la tarde, y cuando ya habían recogido todos los frutos que podían cargar, cuando lo divisaron. Estaba echado a un costado de un campo que aún no había sido sembrado, y apenas se lo distinguía en un extremo del lote.
– ¿No es un animal aquel bulto que asoma en el descampado? PreguntóIrina.
– Puede ser, acerquémonos.
Le propuso Maco, apurando el paso y dirigiéndose rápidamente hacia allí.
Al llegar comprobaron que, en efecto, era un ternero el que se encontraba echado en el suelo, preso de su infortunio. Había enredado sus patas en un amasijo de restos de alambres con afiladas púas, que algún descuidado paisano había abandonado, seguramente después de restaurar alguno de los cercos que bordeaban ese inmenso cuadro.
– Pobrecito, tenemos que ayudarlo.
Le manifestó ella a su amigo, mientras éste extraía su navaja y se disponía a cortar uno a uno los alambres que impedían los movimientos del animal, presionando el metal con la espiga y el mango, en improvisada herramienta.
Irina sujetó la cabeza del sufrido becerro, mientras se afirmaba sobre el cuerpo de éste, impidiéndole moverse al mismo tiempo que Maco lo liberaba de sus ataduras, no sin esfuerzo de su parte. Casi habían acabado de hacerlo cuando percibieron el peligro. No vieron de dónde habían llegado las aves, y ni siquiera escucharon el batir de sus alas o algún graznido que las delatara con anterioridad. Sólo las aterradoras sombras de sus cuerpos proyectadas en el piso alertaron a los jóvenes de su presencia.
– ¡Son cuervos rey!
Advirtió Irina a su compañero, e inmediatamenteañadió sorprendida:
– ¡Y parece que no quieren esperar que el animalito muera para comenzar su festín!
– Él no morirá, ya casi está a salvo.
La tranquilizó su amigo, mientras completaba su tarea.
– ¡Listo! Ya está libre. Gritó entusiasmado Maco al cortar la última ligadura que amarraba al pequeño becerro y lo mantenía exánime. En apurado esfuerzo, ambos lo ayudaron a ponerse de pie, mientras la niña le gritaba:
– ¡Vete pequeño, corre y salva tu vida!
Excelente consejo que el ternero no desoyó, aunque lo hizo caminando muy lentamente; venciendo el dolor que le ocasionaban los cortes de las ataduras sobre sus extremidades y la prolongada inmovilidad que había entumecido su cuerpo.
Lo vieron por fin alejarse y, ante su asombro, el revoloteo de las grandes aves se mantuvo constante en derredor de la pareja de amigos y hasta comenzó a tornarse más intimidante para ellos dos, cuando estuvieron solos.
– No atacan a los vivos y mucho menos a las personas.
Le recordó Maco, intentando inútilmente serenarla, aunque inmediatamente uno de los siniestros carroñeros, similar a un cóndor por su aspecto, aunque ligeramente más chico, intentó alcanzar con sus garras la oscura cabellera de Irina.
– ¡Pueséstos no lo saben!
Gritó genuinamente aterrada por primera vez en su vida, mientras un segundo cuervo intentaba también atacarla, y ella evitaba por escasos centímetros que las afiladasuñas de sus garras la hirieran, echándose al piso y pegando su cuerpo a la tierra. Maco entonces advirtió sorprendido, que era su amiga el verdadero objetivo del asalto al que los pajarracos los sometían. Ante una tercera agresión, que dos de los rapaces llevaron adelante, y a un mismo tiempo, él levantó su mano al cielo sosteniendo firmemente con ella, la afilada hoja de la navaja. En un certero movimiento, desplegado con una habilidad que hasta ese momento desconocía poseer, le cercenó a una de las atacantes, parte de una de sus garras. Mientras que la otra ave, vengó la osadía de Maco sobre su compañera, con un terrible picotazo que lastimó su brazo, cuando el pequeño Quijote, intentó cubrir a Irina y lo alzó desafiante en un frustrado golpe, con el que solamente consiguió arrancarle algunas pocas plumas al agresor.
– ¡Basta! SentencióMaco con un fuerte grito. Dolorido por la herida y enojado por el artero ataque, extrajo la honda de su bolsillo, violando la promesa realizada a su amiga unas horas antes. Sin mirarla o dirigirle la palabra, en resuelta actitud le entregó la bolsa con las piedras a Irina, quien entendió inmediatamente la maniobra que le proponía su amigo. Ella comenzóentonces a pasarle uno a uno los proyectiles a su protector y él, con disparos de su «gomera», le acertó varios piedrazos a cada una de las tres bravuconas, las que, con fuertes graznidos comenzaron poco a poco a dejar el lugar.
– ¿Por dónde se fueron? Preguntó Irina cuando se sintió a salvo del ataque
– No lo sé… simplemente se fueron, supongo que en distintas direcciones. Le respondióconfuso, su valeroso y lesionado amigo.
– Gracias por traer tu honda contigo y salvarme de los cuervos, creo que se ensañaron conmigo...
Dedujo la niña, que no tardó en notar la gravedad del corte en el brazo de su amigo. En verdad sangraba profusamente y en poco tiempo había teñido de rojo sus ropas.
Sin asustarse y siguiendo las enseñanzas de su abuelo, a quien ella llamaba «tata» (papá), le realizó un torniquete por encima de la herida, usando el elástico de goma de la efectiva honda del joven. Acción con lo que detuvo inmediatamente el sangrado y recién entonces ella le propuso a Maco, regresar a la casa.
Realmente, le costó al muchacho transitar el recorrido que los separaba del hogar, estaba agotado por el esfuerzo o quizá también por la pérdida de sangre y la adrenalina que el osado accionar le había generado en su torrente sanguíneo.
El suceso finalmente se resolvió, unas pocas horas más tarde, cuando en la sala de emergencia a la que Pedro los llevó cuando llegaron. El médico de guardia que atendió a Maco le aplicó varios puntos de sutura en el brazo, dibujándole una valiosa cicatriz que, a los ojos de Irina, como también a los de Shimporosa, lo transformaron en un novel Titán.
El valeroso accionar de Maco, también acrecentó el respeto que por él tenía su orgulloso abuelo adoptivo.
Pocos días después fue la Qo’m quien, luego de darle vueltas en su cabeza a los sucesos ocurridos, le advirtió a la niña de sus sospechas.
– Cuídate de los Cuervos Rey, esos malos bichos no te quieren, «llale».
– ¿Y por quéno habrían de quererme, teĨte?
Preguntó incrédula la niña, aunque ella también había llegado a una conclusión similar.
– No lo sé, llale. Pero no te quieren.
Afirmó convencida. No era tiempo aún de mayores revelaciones, como tampoco le correspondía a ella, hacerlas.
– ¿Y cómo podréprotegerme de ellos? Los cuervos aparecieron de pronto y no los vimos llegar, como tampoco nos quedó claro hacia dónde se fueron luego. Estábamos tan preocupados en defendernos, que no reparamos hacia donde huían…
– Mucho me temo que se fueron por donde vinieron; del mismísimo infierno.
Sentenció la mujer, con gesto preocupado y entonces le propuso, a la ahora más que sorprendida y asustada Irina:
– He preparado para ustedes dos, unos poderosos amuletos con las uñas de la garra y las plumas que Maco les arrancó a las agresoras. Llévenlos siempre colgados alrededor de sus cuellos. Estos objetos les recordarán a los carroñeros, con quiénes osan meterse y qué les espera si lo hacen.
