En el año de Electra - Carmen Peire - E-Book

En el año de Electra E-Book

Carmen Peire

0,0

Beschreibung

Hay historias que atrapan hasta que no hay más remedio que escribirlas. Así lo confiesa la autora con esta novela, que nos adentra en el estreno de Electra, de Benito Pérez Galdós, una obra teatral que recogió el pulso de la calle hasta desencadenar el movimiento anticlerical más importante habido en el país, con una crisis sin precedentes que dio lugar a un gobierno de concentración nacional, popularmente conocido como "Ministerio Electra". Su eco llega hasta el momento actual, a la tercera generación y a una mujer que quiere averiguar lo que le pasó a su familia, reflejo de las convulsiones por las que ha ido pasando el país. Una novela de intriga con aspectos históricos, que nos acerca al papel de los intelectuales en la sociedad, al azar como elemento mágico que influye en los acontecimientos. Con un lenguaje depurado y sin artificios, Carmen Peire nos relata la complejidad de los hechos y pone en evidencia los males que seguimos arrastrando, así como el esfuerzo de los protagonistas por salir adelante. Una novela imprescindible en el momento actual.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 150

Veröffentlichungsjahr: 2014

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Este libro está dedicado a Ignacio y Diego,

los hombres de mi vida.

Agradecimientos: A Elena Cabezalí, Víctor Claudín y Rafael Chirbes, por sus críticas y valoraciones, que han mejorado mucho la novela. También a Carola Aikin e Isabel Cienfuegos. A mis hermanos, lectores ávidos e incondicionales, por sus comentarios y risas. A Clara Obligado, por supuesto. A Carmen Valcárcel, siempre empujando proyectos con su mejor sonrisa. A Esther F. Rabanedo por la gentileza en prestarme la foto de la portada. Mi agradecimiento también a todas las personas que me han animado a escribir y a todas aquellas que intentaron que desistiera: no hay nada como que te echen tierra encima para salir adelante. A Javier Baonza, por su paciencia infinita ante las veces que le he cambiado el texto una vez cerrado, hasta el punto de llamarme «la chica de los finales». Ya lo decía Borges: la única necesidad de publicar es dejar de corregir. Y por supuesto, por encima de todos, a Pilar, la persona que me hizo llegar la partida de nacimiento; sin ella no hubiera existido esta historia.

En el año de Electra

Primera Edición

© Carmen Peire

Diseño de portada:

© Sandra Delgado

Fotografía de portada:

© Esther F. Rabanedo

© Ediciones Evohé, 2014

www.edicionesevohe.com

ISBN: 978-84-15415-83-1.

Efraín

Y la ciudadcambió de aire.

Desde el mirador de su despacho, Efraín observa los efectos de un viento huracanado que ha irrumpido en hora punta alterando la rutina diaria. Parece que marzo va a ser fiel al refrán. Tiemblan las antenas de los edificios, los toldos, las copas de los árboles. Alerones y cornisas se desprenden de las fachadas mientras los bomberos se afanan en retirar escombros y evitar males mayores. Los peatones avanzan despacio, inclinando el cuerpo para resistir el envite como un ejército de hormigas laboriosas en busca de cobijo. No funcionan los semáforos y los viandantes cruzan por donde pueden para desaparecer escaleras abajo en el metro, el único medio de transporte seguro frente al caos de la superficie. Una ambulancia intenta abrirse paso y los coches se mueven despacio, los guardias de circulación hacen aspavientos hasta que un pequeño carril nace y la ambulancia puede avanzar. ¿Llevará algún enfermo o solo es un truco para salir de allí? A Efraín le encanta especular y piensa mal casi siempre, para eso es mayor y se lo puede permitir. Y le gustan los días en que las cosas salen mal, en que la ciudad no funciona, en que un accidente dificulta la circulación o consigue paralizarla.

Una ráfaga arranca el sombrero de un hombre y sobrevuela una boina, un gorro con borla y la capucha de un adolescente, hasta caer delante del mendigo de la parroquia que espera su sueldo en la primera misa del día. Como un don del cielo se lo encaja y sale corriendo, pero en su huida el mendigo empuja sin darse cuenta al cartero del barrio que, doblado por la cintura, sin dejar de combatir, avanza arrastrando los pies con una enorme cartera. En el encontronazo una carta sale disparada, hace una pirueta en espiral y termina sobre el asfalto. El viento amaga con levantarla de nuevo y para que no eche a volar le pone una bota encima. Ventajas de vivir en un primero, piensa, puedo observar a la perfección desde el despacho, cobijado y con calefacción, todo lo que pasa. Sí, ahora el cartero recoge el sobre y lo devuelve a su sitio. Esa carta va a llegar a su destino en unas condiciones muy distintas al inicio de su viaje. Durante un rato Efraín sigue la trayectoria del cartero, un portal y otro y otro. ¿En cuál de ellos la habrá depositado? Le gustaría saber el contenido de aquella carta. ¿Quién será el destinatario? ¿Qué noticias puede albergar? Acaso una carta de amor, un familiar que ha emigrado hace tiempo, la noticia de la muerte de un ser querido. Aunque lo más seguro es que sea una carta del banco o la notificación de una multa, ya no proliferan las cartas personales.

Cuando el cartero desaparece de su vista, abandona el mirador. Isabel ha salido a hacer la compra y, pese a tener los espacios distribuidos, el hecho de estar solo le produce cierta placidez que aprovecha para entretenerse con el vuelo de una mosca, con la mota en el cristal o una mancha en la esquina del rodapié que le acompaña desde hace años, con la prohibición expresa a Isabel de que la quite. Respira profundamente. ¡Qué bien se está solo!

Aprovechará la ausencia de Isabel para escribir. Cuando ella está en casa también lo hace, solo que de otra manera, con cierta tensión porque la oye trajinar, acercarse al despacho o entrar sin previo aviso. No le gusta que le vea hacerlo, siente que se burla de él, manías de viejo, le dice y, aunque hace caso omiso, le molesta que lo diga porque sabe que es verdad. Efraín trabaja rodeado de libros de consulta con un espacio en medio para el cuaderno donde anota todo aquello que se le ocurre, sentimientos, historias que se cruzan en un amasijo de recuerdos a los que quiere poner orden. Así intenta reconstruir un siglo, aunque en realidad, entre los fallos de la memoria y los duendes que se cuelan, sus escritos son una amalgama de verdades a medias, interpretaciones de perdedor y rabia contra su tiempo. Allí sentado, con su batín raído en dobladillos y costuras, con un ojo casi cerrado, párpado caído que se niega a obedecer órdenes y mantenerse despierto, trabaja hasta la hora de comer. Imagina que sus cuadernos serán una aportación decisiva que terminarán convirtiéndose en textos fundamentales de enseñanza universitaria. Los siglos venideros así lo reconocerán.

1979. Casi por sorpresa, y contra pronóstico, los socialistas ganaron unas elecciones municipales que esta vez no trajo la república pero sí una oleada de ilusión en aquellos jóvenes que votaban por primera vez. La izquierda pasó a controlar el 77% de las grandes ciudades. Pocas elecciones hubo antes de aquella tras la muerte de Franco, gobernaba Suárez tal y como él dispuso y se creó una dicotomía: el centro-derecha a nivel estatal y la izquierda a nivel municipal. El partido comunista ya había sido legalizado y la nueva constitución dejó ciertos resquicios que fueron aprovechados para que la alegría y la ilusión volviera a recorrer las calles. Pero antes, las sombras amenazaron al año que tímidamente se asomaba a la vida de los españoles. En el primer mes ETA asesinó a 12 personas, entre militares, policías o guardias civiles, y el ruido de sables inició sus conjuros por los pasillos del país a la espera de tomar otra vez el salón principal. Mientras, se legalizaban los primeros carnavales y los ciudadanos jóvenes aprendían aquello de la democracia. ¿Cómo habría sido aquel proceso sin los asesinatos de ETA? También ese año celebró el partido socialista el centenario de su fundación bajo el lema de «100 años de honradez y firmeza».

Su tarea se ha visto interrumpida en ese momento por una mosca azul, de alas transparentes y ojos invisibles que ha salido en forma de gota desde su pluma. Acaso el temblor de su mano ha dado una sacudida de más, no lo sabe, el caso es que allí está el borrón. Efraín lo observa y ve cómo la forma de mosca se ha alargado y parece una culebra abriéndose paso entre meandros de papel. Intenta cortar su camino con un secante y toma la forma de un lago desvaído. ¡Maldita sea!, exclama Efraín, el manchurrón de tinta ha caído sobre los cien años de honradez de ese partido. Lo mejor será hacer un descanso.

Efraín sabe que sus escritos no tienen más objeto que rellenar horas libres así como los estantes destinados a tal fin; según termina un año lo guarda para siempre en el limbo de su despacho. Pero al menos no pierde el tiempo como otros de su edad, sentados en un parque dando de comer a las palomas o de paseo con los nietos. Él no los tiene. Por no tener, ni siquiera una esposa, solo una novia en una etapa de su vida tan lejana, que apenas recuerda de ella cosas triviales, como el adorno de su vestido o un lazo en el pelo, incapaz de evocar ya su tacto o su risa o aquella voz que le susurraba a escondidas. Sus rasgos quedaron atrapados en una foto de verbena, ella vestida de andaluza y él de torero, tras un cartón piedra de feria donde asomaban sus caras. Y esa foto está guardada desde hace mucho tiempo en el fondo de un cajón en alguna parte de la casa.

***

Isabelacaba de entrar: el ruido de la puerta, sus pasos con gamuzas en los pies para sacar brillo al suelo. Efraín la escucha desde el despacho y piensa en ella: cara redonda, ojos color miel sobre unas ojeras pronunciadas. Eso y el lunar en su mejilla, cerca del labio superior, es lo que marca su personalidad, desde que su melena, en otro tiempo llamativa, duerme ahora hacia atrás, recogida en un moño y envuelta en una redecilla. Isabel trasegará hasta la hora de comer, puedo escribir un rato más, piensa, aunque ando retrasado y no tengo inspiración.

1979 fue también el año en que decidí regresar a España. No sé por qué pensé, acaso como más españoles, que las elecciones municipales que dieron el triunfo a la izquierda volverían a traer la República. Me dejé llevar por la ilusión, el recuerdo de otro tiempo, pero no fue así. Ellos habían aprendido la lección y los demás andábamos demasiado asustados, tantos años de susurros, recelos, de esconder pensamientos bajo la almohada. Hubo conatos, manifestaciones, luchas obreras, esfuerzos que hubieran merecido un resultado distinto, pero la vida es así. Esperar lo mejor, prepararse para lo peor, aceptar lo que viene. Lo dijo una filósofa alemana judía (he de buscar su nombre, ahora no me acuerdo) que le tocó vivir la segunda guerra y marchó a Estados Unidos.

Efraín cierra en ese momento el cuaderno, el reloj biológico marca la rutina, ha de tomarse la pastilla, algo necesario, eso al menos le ha dicho el médico, aunque él quiera cambiar de hábitos. Pero ya se sabe, llegar a viejo significa que todo el mundo fastidia: imponer normas, no comer esto o aquello, abrigarse al salir de casa, recorrer siempre los mismos sitios para no desorientarse. Eso no es vida, aunque, en realidad, siempre ha sido así. Hay un componente tan fuerte de costumbres fijas en los humanos que la rutina sería como los mares y océanos, en tanto que las situaciones excepcionales serían una ínfima porción de tierra. Solo hubo algunos momentos en su juventud en que sintió que era eso, tierra, más que tierra, volcán, lava, seísmo, para después convertirse en llanura. Y en ella está instalado desde hace tiempo: un rato de escritos, un paseo por la casa, la pastilla diaria, oír los pasos amortiguados de Isabel con las gamuzas, después la comida y tras ella la siesta en el sillón con la manta a cuadros por encima, porque si se mete en la cama no se levanta en toda la tarde. A él le encantaría quedarse en ella, escribir en ella, pegar la cama al ventanal y observar el mundo tumbado. Pero Isabel, hablando por boca de médicos, no le deja. Instalado dentro de la rutina está también el paseo de la tarde y, si el tiempo lo acompaña y la salud lo permite, la partida de póker en el casino.

Los pasos de Isabel, ahí están, arrastrados, acercándose al despacho. De nuevo las gamuzas, qué manía, para qué querrá sacar tanto brillo. Se acaba la calma. Espera el consabido toque en la puerta, pero esta vez entra sin llamar:

—Una carta para usted.

—¿Para mí?

—Que yo sepa, usted es Efraín Caminero.

La mujer deposita la carta encima del escritorio, parece contrariada, como si le diera rabia que no fuera para ella. En silencio hace el recorrido visual al que le tiene acostumbrado, la mirada del gitano, decía, con la que comprueba que todo está en su sitio, las estanterías y el escritorio, el sillón y la alfombra, con tendencia a arrugarse y que Isabel estira con el pie. En una de las esquinas, el reloj de péndulo sin funcionar, omnipresente en su tamaño, inútil para su función desde el día en que Efraín lo paró con la intención de no sentir el poco tiempo que le quedaba. ¿Para qué un tic tac que recordara constantemente cómo pasaban las horas? Le parece algo cruel, máxime porque no espera ya nada, solo recomponer la historia, situarse dentro de ella.

Efraín observa sorprendido cómo Isabel se da la vuelta y sale cerrando la puerta del despacho. ¿Había dado un portazo o el viento del exterior se ha colado por algún lado? No es normal su actitud, sigilosa en los andares, eso siempre, pero dicharachera con la lengua. Ni siquiera le ha contado lo que había comprado para comer.

Pero no tiene más tiempo para ella. Efraín se ha quedado embobado mirando la carta, él, que solo recibía notificaciones del banco y hojas de publicidad que inundaban el buzón. Esta carta… arrugada y con la huella de una bota desaprensiva. La carta que ha visto volar desde el mirador iba destinada a él. ¿Cuánto tiempo hace que no recibe una carta personal? Y que llegue justo en una mañana tan alterada como esta, con el caos dominando por doquier. No pueden ser buenas noticias. Con lo que se había reído al verla volar, las peripecias, la cara de asco del cartero al recogerla. ¿Cómo iba a suponer que era para él? El azar, el destino, ese duende caprichoso que se infiltra en nuestras vidas y nos sigue dando sorpresas. Si no fuera así la vida sería demasiado aburrida. Ahí está la carta para certificarlo, para demostrar que se pueden alterar los acontecimientos. En el día de hoy de un marzo ventoso, ha recibido una carta personal. Cuando la lea tendrá que ponerlo en los cuadernos. Ese hecho merece ser reseñado.

Se fija en el sobre, de color crema. Es de los que le gustan a él, con la solapa del pegamento en forma triangular, no como las del banco que son rectas, este es el típico sobre que necesita un abrecartas, como tiene que ser. ¿A qué huele, Efraín? Diría que a canela, a país lejano, aunque el matasellos es de la capital. Y en el remite solo hay un nombre. Pero al entender el apellido, escrito a pluma y algo emborronado por el accidente que ha tenido, el párpado caído se pone a temblar, como le ocurre siempre que se altera. Retira los cuadernos de un manotazo y rasga el sobre. Lo primero que encuentra es una cartulina de la misma textura que denota buen gusto, intención por agradar. En ella hay una dirección, un número de teléfono y unas palabras escritas:

Madrid, 14 de Marzo de 1991

Estimado señor:

Perdone que me dirija a usted por carta, pero dado que no le conozco, me parecía el mejor modo. Me llamo Inés Cabaleiro y quizá usted pueda ayudarme. Le adjunto la partida de nacimiento de mi padre, que encontré tras su muerte. Para mí ha sido una sorpresa. En ella aparece Tomás Cabaleiro. Sé que usted trabajó muchos años con él, tal y como me ha contado mi madre, que también me ha dado su nombre y dirección, diciéndome que quizá podría ayudarme. ¿Sería tan amable de concederme una entrevista? Estoy dispuesta a acudir cuándo y donde usted desee, solo tiene que llamar por teléfono. También entenderé si no quiere usted hacerlo.

Dándole las gracias por anticipado se despide atentamente,

Inés Cabaleiro

Inés Cabaleiro, el mismo apellido de Tomás… Ese hombre estuvo asociado a su juventud, con él aprendió casi todo, con él vivió el entusiasmo y la caída de sus esperanzas. Y como él, también regresó tras años de ausencia, Tomás primero, era ya mayor, él más tarde, cuando había pasado demasiado tiempo, tanto como para no reconocer su país a la vuelta, esa sensación de extrañamiento que aún conserva, que lo ha distanciado del resto de habitantes. Solo quien lo ha vivido sabe lo que eso implica, el espesor que todo lo impregna. Así lo sintió al regresar, una amargura de gallina ciega y ojos vendados, sin que se airearan lo suficiente todos los hogares para dejar entrar un aire limpio y nuevo. Don Tomás fue su mentor y con él estuvo cuando murió, acompañándolo en el último viaje. A pesar de todo aquello, no logra adivinar su parentesco con la mujer que le ha mandado la carta, Inés Cabaleiro. El apellido marca una relación muy directa de la que él no tuvo constancia. ¿Quién es? No la recuerda. ¿Cómo es posible?

Se queda unos segundos con la mirada perdida en el reloj de péndulo y se retrotrae a su relación con Tomás, a los años que pasaron juntos, las confidencias y consejos que siempre le dio, ese aura benefactor que desprendía, el saber estar, su mesura, tantas y tantas cosas que aprendió de él. Después, vuelve al sobre y entresaca un documento doblado a la mitad, que resulta ser una partida de nacimiento:

En Madrid, a las once horas y treinta minutos del día 18 de marzo de 1919; ante el Juez Municipal y Encargado del Registro Civil de la Inclusa, compareció el director de la misma, presentando declaración de un niño para su inscripción en este Registro Civil. Y al efecto, como Director de la Inclusa declara: que dicho niño ingresó a las veintidós horas y cuarenta y cinco minutos del día de ayer en este establecimiento, al parecer de dos días de edad, con un papel que dice: «15 de marzo de 1919, se desea se llame Ramón, se recogerá oportunamente: 24-6-18 y una medalla con la cadena de la Virgen de Lourdes». Prendas: faja, pañal. Camisa, con fector y toquilla, digo jubón de lana y mantilla de muletón y toquilla, todo nuevo. 18 de Marzo de 1919. Se le pone a este niño por nombre y apellidos Ramón Gómez García.

Al margen: nota.- En virtud de testimonio de testamento abierto otorgado por don Tomás Cabaleiro Osorio, el día 29 de enero de 1931, ante el notario del colegio ilustre de Burgos, se hace constar: que el contenido en esta inscripción ha sido reconocido como hijo natural suyo por el expresado don Tomás Cabaleiro, natural de Huesca, abogado; no constando sus abuelos paternos, por no citarlos dicho testimonio; y debiendo llamarse en lo sucesivo Ramón Cabaleiro Osorio. Madrid, 7 de febrero de 1931.