En Equilibrio - Eva Forte - E-Book

En Equilibrio E-Book

Eva Forte

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Beschreibung

Una novela policíaca ambientada entre Roma y los Alpes. Una historia de amor, nacida del deseo de vivir una doble vida en un lugar lejos de casa. Sara empezará así a redescubrirse, a reencontrar pasiones adormecidas y acabará involucrada en varios homicidios cometidos en paisajes lejanos.
Una novela policíaca ambientada entre Roma y los Alpes. Una historia de amor, nacida para el juego. La protagonista, enviada varios días a la semana a trabajar fuera de casa, descubrirá un nuevo yo. Así, de forma natural, empezará a vivir una doble vida en un lugar lejano entre las montañas, y será la de siempre con su familia, en la gran capital. Sara empezará a redescubrirse, a reencontrar pasiones adormecidas y acabará involucrada en varios homicidios cometidos en paisajes lejanos. Su llegada hará resurgir hechos pasados, historias que han provocado dolor a la vida de un pequeño pueblo montañoso y su vez avanzará en el misterio encerrado de la desaparición de una mujer, que cada vez será más claro. Paisajes que mezclan naturaleza y metrópolis con un avance y retroceso entre dos vidas. Personajes que se entrelazarán hasta enfrentarse a delitos no resueltos con el retorno del detective que nunca abandonó la pista del despiadado criminal que asesinaba a mujeres desfigurándolas mediante un ritual sangriento. Llegará el punto en el que Sara se verá amenazada y sus dos vidas volverán a fundirse en una sola, dejando que el juego poco a poco le ceda el puesto a la vida real. Una vida nueva, concreta, que le hará abrir los ojos a la protagonista hasta la última página.

PUBLISHER: TEKTIME

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Seitenzahl: 378

Veröffentlichungsjahr: 2017

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En Equilibrio

de Eva Forte

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En Equilibrio

de Eva Forte

Tektime Serie Zafferano

Edición, Prólogo y Cuidado Editorial: Maurizio Murgia

Traducido por Judit Giménez I Sanjuán

Versiòn Original La Ragnatela Editore

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A un paso del abismo, donde es más fácil

dejarse caer que mantener el

equilibrio en un arduo combatir para

permanecer al margen de un prejuicio donde

ya no soy yo, sino un mí indefinido

 

 

M.M.

 

 

 

 

 

 

A Daria y María, mis dos abuelas,

que aún hoy llenan mís días de recuerdos

 

 

Prólogo

 

La historia de Sara es la misma que la de Paolo, pero también la de Elena e incluso la de todos los personajes que aparecen descritos con sus rasgos físicos y de personalidad. Personas reales con sus debilidades. El pasado se repite varias veces para atenuar a aquellos personajes que pueden parecer violentos o surrealistas.

 

Al final todo resulta más puro y claro de lo que parece y desmarca al lector más habituado a anticiparse a la conclusión de los hechos. Es una novela negra que se va construyendo poco a poco y permanece oculta hasta que irrumpe en una vida entre dos realidades simultáneas. La protagonista deberá protegerse a sí misma y a sus dos vidas paralelas. Será doloroso, emocionante e inquietante pero... ¡En equilibrio!

 

 

Maurizio Murgia

 

 

CAPÍTULO 1

EL TREN

 

Sara estaba en la gran cocina blanca. La luz matutina incidía sobre los ventanales. Sola, con la taza de café con leche aún humeante entre las manos y la alianza que tintineaba sobre la cerámica. En los últimos meses, con la vuelta al colegio de sus dos hijos ya mayores, los días se hacían lentos y vacíos para una mujer acostumbrada a correr de un lado a otro para intentar solucionarle la vida a toda la familia.

Pocos minutos en los que coincidían todos, intercambiaban un par de palabras a la mesa durante el desayuno, y luego cada uno se iba con prisas por su cuenta. Había encendido el móvil a la espera, también esa mañana, de que empezara el horario laboral, a la espera de recibir esa llamada.

Todos la esperaban. Ella deseosa de empezar algo nuevo que la volviera a la acción tras años haciendo de mamá. Sus hijos con la esperanza de que ese trabajo no llegase y su marido aunque solo fuera por saber que sería de ellos en esos tres días que habrían alejado de casa a su mujer.

— Mamá mira, en el telenoticias hablan del sitio donde a lo mejor tienes que ir tú.

La noche anterior había al fin echado un vistazo al lugar que la habría acogido en caso de que la entrevista fuera bien. Dejó las ollas al fuego y se acercó a la mesa en la que su familia había empezado ya a comer, en silencio, ante la transmisión de un hallazgo en esa misma región montañosa.

— ¿Recuerdas que hace unos años pasó algo así? Otra pobre chica que encontraron destrozada. ¡Niños, no miréis!

Luca cambió de canal, enfurecido con los periodistas por las imágenes que se sucedían en el televisor. Sara también quedó impresionada; afortunadamente, el cuerpo de aquella pobre mujer había sido encontrado lejos de su futuro puesto de trabajo, pero quedó igualmente impresionada ante tanta crueldad. Las ganas de evadirse eran tan grandes, sin embargo, que su atención se había centrado más en los lugares mostrados que en la crónica en sí. Seguía dándole vueltas a esas imágenes cuando, a la mañana siguiente,

finalmente sonó el teléfono. La pantalla mostraba el número de su oficina en Roma, donde trabajaba a tiempo parcial hacía seis años. Le empezaron a temblar las manos y la boca seca le hizo pronunciar un «diga…» titubeante y con voz rota. Al otro extremo respondió su compañera, que aparte de ser una de sus mejores amigas, era también su superior. Bastaron pocas palabras para devolverle la sonrisa y calmarle los nervios. Había conseguido el puesto, retomado ahora a tiempo completo y con muchos desplazamientos semanales.

De repente se sintió ella misma, una parte descuidada durante tanto tiempo que le pareció raro no tener que pedirle a nadie la opinión, aun sabiendo que todos en casa la habrían apoyado.

Colgó el teléfono tras marcar el número del contacto de referencia de su nuevo puesto de trabajo, un tal Paolo que su compañera había conocido años atrás durante una fiesta en la capital con todos los contactos y algunos comerciantes del norte de Italia, a la que asistió para firmar una colaboración con su compañía y los controles de calidad de los productos dop y doc de las asociaciones territoriales que se habían ido creando a lo largo de los años con el fin de promover el territorio y exportar los productos por toda la nación. La idea de conocer gente nueva por un lado le parecía emocionante y por otro la aterrorizaba. Hacía ya años que vivía en el vecindario como si fuera el mundo en sí, sin asomar nunca la cabeza fuera de él. Su hermana vivía a dos zancadas, el trabajo estaba a dos paradas de autobús. Los hijos llegaban a todas las actividades a pie y habitaba una zona de Roma en la que no le faltaba de nada. Cuando le confesó a su marido que había solicitado el nuevo puesto, esperaba un buen arrebato de ira por su parte. En cambio, Luca se mostró relajado y rompió el silencio con un «claro, ve, nos las arreglamos». Sara se sintió aliviada y a la vez un poco decepcionada. En el fondo esperaba que se hubieran opuesto rotundamente hasta el punto de tener que renunciar al puesto en caso de obtenerlo. Se imaginaba a su marido solo y desconsolado delante del televisor sin nadie con quien compartir la manta de lana y a sus hijos llorando sin nadie que les preparara la cena durante tres días a la semana. Pero justo en ese momento entendió que era el momento de retomar su vida, cosa que no habría hecho daño a nadie.

Tuvo que dejar en casa sus queridas zapatillas de deporte

a cambio de unos preciosos tacones de charol. Llegó el tren que la acompañaría a menudo durante la jornada en los próximos meses, hasta los Alpes y de vuelta a Roma. A su lado, para celebrar su primer viaje oficial, se encontraban Luca y sus dos hijos, quietos e inmóviles como si se despidieran de alguien que va a cumplir el servicio militar, sin saber a qué se enfrentaban. Sara se subió al vagón y tomó asiento junto a la ventanilla, mirando a su familia, que seguía petrificada con la mirada fija en ella. Le pareció ver el cordón umbilical que la unía a ellos hacerse cada vez más largo a medida que el tren aceleraba, hasta romperse, dejándoles en el andén, lejos y pequeños como guijarros arrojados al mar.

El viaje se le hizo eterno, atrapada en el asiento con las manos cruzadas sobre la bolsa que reposaba en sus rodillas, temerosa incluso de respirar. Pero cuantos más quilómetros hacía, más empezaba a sentir Sara un aire nuevo, de venganza por haber llevado una vida tan mansa que ni siquiera había sabido controlar. Llegada a destino, la lenta detención del tren hizo que el corazón se le acelerara en una mezcla de agitación y curiosidad. Viejas sensaciones que hacía demasiado tiempo que no sentía la hicieron retroceder unos años, antes del matrimonio, cuando todo estaba por descubrir. En la pequeña estación ferroviaria sumergida entre las montañas la esperaba Paolo, el nuevo compañero asignado por la nueva oficina para la que trabajaría y se desplazaría. Al oír el silbato del jefe de estación la gente empezó a levantarse de su asiento, pero ella se quedó ahí, quieta, mirando por la ventanilla, preguntándose si las tres sombras que había dejado en el andén habrían reaparecido ahí, ante sus ojos, al otro lado del cristal.

Gente que viene, gente que pasa coloreando sus miradas en busca de alguna respuesta. Hasta que, en vez de tres personas unidas al cordón ya cortado, había sólo una. Como sus hijos y el marido, también él estaba inmóvil, con las manos en los bolsillos y la mirada inquisitiva entre los vagones buscando a esa mujer desconocida. Cuando Sara le vio, deseó inmediatamente que fuera él su misterioso compañero nuevo, con su no sé qué que desprendía, misterioso e intrigante a la vez.

Mientras la multitud empezaba a dispersarse lo vio coger

el móvil y llamar a alguien. Justo en ese momento sonó el suyo, y un número desconocido se materializó en la pantalla.

— Hola soy Paolo, tu compañero, estoy aquí fuera pero no sé cómo eres y no me gustaría dar una mala impresión perdiéndote entre la gente.— No te preocupes, ya te he visto, quédate ahí que ya llego.

Respiró profundamente. De repente Sara se levantó, con la mirada perdida fuera de la ventanilla poco antes de decidirse a bajar. Una situación irreal, casi como en un sueño, hasta que el aire fresco y penetrante la devolvió a la Tierra, a ella misma, una mujer de cuarenta años que apenas había abandonado a la niña atemorizada sentada en el vagón. Se giró hacia las grandes ventanillas, y casi le pareció verse desde fuera, pequeña y asustada con dos trenzas negras que le caían sobre los hombros. Ahí estaba de nuevo, lista para afrontar nuevos retos y nuevas pruebas ante el mayor desafío de querer volver a vivir. En parte invadida por un extraño sentimiento de timidez que poco a poco iba desapareciendo, empezó a agitar los brazos para que el nuevo compañero misterioso la viera. Estaba de pie junto a una columna. Hay personas que incluso tras haberse conocido a fondo se mantienen distantes mientras que otras ya a primera vista están en sintonía, de forma tan natural e inmediata que abandonan la coraza que a menudo nos protege en sociedad. Nada más estrecharse de manos, Sara se sintió diferente, como si quisiera mantener al margen esta nueva realidad tan alejada de la vida de la gran metrópolis, de su vida en Roma.

Antes o después todos queremos una vida diferente, al menos jugar a tenerla o soñar en secreto que nos vestimos con ropas muy diferentes a las nuestras. A veces empezamos a fingir casi sin darnos cuenta, tanto es nuestro deseo de rescate o de llenar ese vacío que llevamos dentro desde hace demasiado tiempo. Y así Sara, con ese estrecharse de manos, abandonó su piel de mamá y esposa para ser ella misma, sin vínculos ni lazos, al menos durante esos tres días lejos de casa. No había notado una ligereza como aquella en siglos y probablemente nunca se había sentido tan libre. Tras las presentaciones formales Paolo le cogió la maleta de las manos y le indicó el camino hasta su coche.

 

— Tendrás hambre, es hora de comer… si te apetece conozco un restaurante muy bueno justo aquí al lado. Solo tenemos una reunión con la empresa a última hora de la tarde y hasta nos da tiempo a pasar por tu hotel si quieres cambiarte de ropa.

Tras unos pocos segundos de indecisión, aceptó la invitación de buen grado, cosa que hacía aún más irreal todo lo que le estaba sucediendo. Comer fuera, sola, con otro hombre… sin tener que pensar en sus hijos o en tener al lado a su marido. Emocionada como una niña por esa simple comida circunstancial, aceptó al instante la invitación.

Después de dejar la maleta en el coche se encaminaron hacia el local y terminaron con los pies bajo la mesa uno frente al otro, con las manos a un instante de tocarse en torno al menú que hojeaban. El camarero llegó al cabo de poco, y Paolo pidió enseguida un plato de pasta con boletus, la especialidad de la casa. Ella se pidió lo mismo sin pensárselo demasiado. Ni siquiera había avisado a los de casa de su llegada; en ese momento era en lo último en lo que pensaba… ¿qué le estaba sucediendo? La adrenalina a mil por comer con un desconocido que por otra parte no era más que un nuevo compañero de trabajo. Dejaron los menús a un lado de la mesa. Paolo finalmente empezó a relajarse, apoyando la espalda en la silla y dejando las manos sobre la mesa. Miró un momento por la ventana y la luz que entraba le iluminó los ojos, mostrándolos aún más celestes y cristalinos. Esa fue la primera impresión que tuvo de él, un hombre cristalino, sin máscaras ni capas. Con un pequeño movimiento se recostó en la silla y con los codos sobre el mantel empezó a preguntarle por su vida. Para seguir el juego teatral que la hacía tan ligera le contó solo una parte, omitiendo la existencia de un marido y dos hijos que se encontraban a quilómetros de ellos, aunque muy presentes en su vida.

Por miedo a contradecirse desveló muy poco sobre ella y enseguida preguntó por él y su historia, pero éste fue interrumpido casi al momento por la llegada de la comida, caliente y perfumada como nunca antes había sentido; tanto, que le invadió impetuosamente las fosas nasales en un baile de sabores y recuerdos ligados a la infancia.

— Se acabó la primera parte, ahora comamos o se enfriará la comida y sería una pena. Luego soltaré eso de que estoy separado, hace ya un par de años. No tengo hijos, no tengo pareja y por ahora estoy muy entusiasmado con este nuevo proyecto que te ha traído hasta aquí.

Después de comer, Paolo empezó a hablar de varias cosas, tan metido en la conversación que le brillaban los ojos con una bellísima luz. Sara era toda oídos, embelesada por todas esas palabras suyas que se materializaban en su mente. Así siguieron durante el trayecto en coche hacia el hotel, no muy lejos del lugar de trabajo que habrían visitado dentro de pocas horas.

Paolo dejó el coche en la entrada del hotel para ayudarla a descargar la pequeña maleta, acompañándola después hasta el hall.

— Nos vemos en dos horas, vendré a recogerte, ¿vale?— ¡Claro!

Agradeció tanto la propuesta de acompañarla que la respuesta le salió con voz temblorosa, haciendo que la gente a su alrededor se girara. Se puso tan roja que Paolo tuvo que contenerse para no partirse de risa, y, girando sobre sus talones, se despidió mientras se alejaba.

Ahí estaba, tímida y cohibida como siempre pero lista para volver a ponerse la piel de la nueva Sara, independiente y a años luz de su habitual vida aburrida. Realizó las operaciones rituales en recepción y finalmente subió a la habitación. Sentada sobre la gran cama blanca, recordó que aún tenía puesto el modo silencio del teléfono, que había activado durante el viaje para no molestar a los demás pasajeros. Miró la pantalla. Su marido la había llamado ya cinco veces y tenía tres mensajes.

CAPÍTULO 2

LA VIDA NUEVA

Ver aquellas llamadas perdidas la llenaron de culpa a más no poder. Se imaginó de repente en Roma, en su casa hecha de materiales valiosos y sofisticación, aburrida y cansada de una vida que se repetía siempre de la misma forma hacía demasiados años. Todos sus músculos, en tensión hasta ese momento, empezaron a desfallecer a la vez, aflojándose a los pies de la cama y casi dejando caer el teléfono de entre sus manos. Por un instante su mente quedó vacía, como despertando de un agradable sueño en la propia cama.

Reactivó el sonido del smartphone y llamó a su marido. Éste respondió al momento, tras dos tonos. Era obvio que se había preocupado seriamente por su desaparición momentánea.

— ¿Diga?

Al otro lado del teléfono la voz sonó casi rota, mezcla de preocupación y rabia. A duras penas le salieron las palabras intentando justificar esa falta de atención por su parte. Le había dicho que llamaría apenas bajara del tren, y en cambio ahí estaba, horas después de su llegada, con la cabeza aún llena de nuevas emociones y pocas ganas de revivir las pasadas. Tras las disculpas iniciales empezó a soltar a borbotones todo lo que había visto hasta el momento, desde las bellezas de la naturaleza que la rodeaban hasta la descripción con todo detalle de la habitación que la acompañaría tres veces por semana. El hotel disponía de una zona residencial y su empresa le había reservado aquél mini apartamento durante el tiempo que durara el proyecto. De esa forma no tendría que llevar cada vez arriba y abajo todas sus pertenencias, y al menos lo básico podía esperarla allí aunque volviera a Roma durante el largo fin de semana. A medida que sus palabras fluían, sintió cómo su marido se tranquilizaba y se sosegaba, feliz de hablar con ella al fin y sentirla eufórica aunque estuviera lejos de casa. Después empezó él a hablarle de esas pocas horas pasadas separados y de los planes que había hecho con su círculo de amigos. Mientras hablaba, Sara empezó a sentir su voz

cada vez más lejos, perdiéndose una vez más en las nuevas sensaciones que había experimentado sólo de estar cerca de Paolo. En cuanto se dio cuenta de que su mente había vuelto a los pies debajo de la mesa del restaurante, intentó concentrarse de nuevo en la llamada y alejar esos pensamientos. Al otro lado del teléfono el marido mostraba unas ganas de hablar como no las había tenido en mucho tiempo. Normalmente podían pasar días sin que tuvieran una conversación de verdad.

— ¿Están contigo los niños? Quiero saludarles.

Esas simples palabras la dejaron con el corazón en un puño cuando se dio cuenta que cada vez los hijos la necesitaban menos.

— No, estoy fuera con mis amigos, les saludaré de tu parte esta noche, cuando vuelvan.

Siempre sale un poco de egoísmo sano en estas situaciones. A lo mejor Sara esperaba encontrárselos a todos en casa, reunidos alrededor del teléfono esperando su llamada. En vez de eso, su marido hacía planes y sus hijos estaban fuera, sin preocuparse tanto por la madre, lejos, en paradero desconocido. Pensando en ello, una lágrima le resbaló por la cara hasta que cayó en un pequeño sueño reparador tras horas de emociones intensas. La despertó el sonido del teléfono, cerca de la cama. Era Paolo, que pasaba a buscarla para ir a la oficina y presentarle a su jefe.

La visita a la oficina fue rápida y menos impactante que todo el vórtice de emociones experimentadas durante las primeras horas del día. Enseguida se vio fuera del pequeño edificio, lista para volver al hotel. Durante las presentaciones con los compañeros, Paolo la dejó a merced del jefe, que le llenó la cabeza de datos, números y nombres de cada uno de los trabajadores con los que se cruzaron. Cuando al final salió al aire libre, la luz ya casi había dado paso al brillo de la luna y el sonido del teléfono hacía eco en la plaza que tenía delante. Lo desbloqueó y leyó el sms: «¿Quieres hacer un descanso? Pero antes cerveza y cena típica por aquí. Paolo. Pd: estoy aquí delante… mira a tu derecha».

En ese momento no hubiera querido leer otra cosa, ni oír a nadie más, ni ver nada diferente. Se giró y ahí estaba, apoyado sobre el respaldo de un banco de madera. Ambos sonrieron y asintió

para aceptar la invitación a la cena. Y ahí estaban de nuevo juntos, en un restaurante familiar cercano, con dos jarras de cerveza en mano y las risas más escandalosas mientras hablaban de todos los compañeros y de su forma de ser. Existen personas que conocemos de toda la vida pocos minutos después del primer encuentro. Fue entonces cuando Sara entendió qué significaba la empatía, la simbiosis, la afinidad… y quiso creer en todo ello aunque solo fuera por el hecho de que al fin se sentía bien.

— Gracias por este precioso día, no me sentía así de bien desde…

Ni siquiera recordaba cuánto tiempo hacía que no se sentía tan bien, y su largo silencio hizo que ambos prorrumpieran en risas. Empatía.

— Buenas noches, Sara, yo también me lo he pasado muy bien, espero poderte hacer de guía mañana también, puede que durante la pausa de la comida.

No añadió nada más. De repente sintió una mano sobre la mejilla, los labios de él cerquísima de los suyos, apenas rozándolos, y luego se fue sin mirar atrás. Un beso insinuado que la dejó de piedra, inmóvil durante unos minutos, hasta que decidió volver a entrar antes de que se congelara, arropada por el recuerdo de aquel pequeño gesto de gran intimidad.

A la mañana siguiente no podía levantarse, saturada de las sensaciones del día anterior. Mientras se giraba y regiraba entre las sábanas, oyó el sonido de mensaje entrante en el teléfono, que se había quedado encendido toda la noche, e invadida por una inesperada curiosidad, en cuestión de segundos saltó de la cama, descalza, intentando encontrar el teléfono en la completa oscuridad de la habitación. El mensaje era de Paolo, que quería enseñarle algo antes de ir a la oficina. Estaba a punto de descartarlo, cuando empezó a oír el tic-tac del reloj que marcaba la cuenta atrás de la hora señalada para la póxima reunión.

Leyó el mensaje y encendió la luz. Se miró al espejo y experimentó un momento de pánico. Después se tiró sobre la maleta, que dispersó por el suelo, buscando su neceser y una camiseta limpia que había reservado para el primer día de trabajo. En cuestión de segundos se metió en el baño, bajo la ducha aún fría, y de nuevo fuera, sobre la alfombra suave de color crema. Le dio tiempo a disfrutar por un instante de la calidez del albornoz, que reposaba sobre el radiador,

lista para darse unos toquecitos de maquillaje y ponerse la ropa. Mientras se abrochaba el último botón llegó otro mensaje: «Estoy aquí abajo… ¿bajas?».

— Ayer, mientras hablábamos durante la comida, me acordé de un sitio que seguro que te gustará. Veamos si tengo razón.

Siguieron caminando por las pequeñas calles del pueblo que la hospedaba, con un viento que a veces la despeinaba y a veces gemía entre las callejuelas, estrechas y llenas de flores rosas y blancas. Se limitaron a escuchar el viento, caminando en silencio a paso ligero sin separarse el uno del otro hasta que, ante ellos, se abrió paso un valle acantilado por un río que fluía ruidosamente al otro lado de un parapeto de piedra antigua. Se encontraban en una terraza natural, pequeña y abierta por todos lados ante las montañas. Ahí arriba la luz era cegadora y los ojos tardaron en acostumbrarse tras haber recorrido las calles en la penumbra.

Costaba respirar allí arriba, y no por la altitud. Los colores se quebrantaban para seguidamente fundirse, el agua del río parecía llamarles. Llegados a ese punto, Paolo le soltó el brazo y se acercó al muro de piedra. Ella le siguió lentamente hasta volver a su lado, mirando el vacío que se abría ante ellos. Todo era tan nuevo y lejano, diferente a lo que estaba acostumbrada, que se sintió mareada y por miedo a caer se cogió a él con ambas manos, retrocediendo a pasos cortos hasta verse a una distancia prudencial. El tiempo se detuvo, grabando por siempre el perfume de los árboles que les rodeaban y el sonido del aire frío cortándoles los labios entreabiertos. Sin darse cuenta había cerrado los ojos. Cuando los abrió seguía allí, aferrada a su brazo, con las manos sobre las suyas y él con la mirada fija en ella.

— ¿Va todo bien? Por lo visto tenía razón, este sitio tenía que ser tuyo antes que cualquier otra cosa, aquí arriba.

En ese momento tuvo la sensación de que al sonido de sus palabras se convertía en la dueña del mundo, de la naturaleza que la envolvía y que de pronto era suya. Ante tanta belleza parecemos insignificantes pero, grandes o pequeños, mujeres u hombres, somos solo un respiro mezclado con el viento que, soplando fuerte de nuevo, acaricia cada parte de nosotros. Que él quisiera traerla a ese

rincón del mundo, compartiendo con ella tanta belleza, era mucho más bonito e importante que cualquier regalo material, y como si hubiera recibido un obsequio de su amante. Sintió el impulso irreflenable de besarle. El vuelo de un pájaro cercano a ellos la despertó de esa situación irreal, y por miedo a hacer algún paso en falso se apartó de él, y tras minutos y minutos de un largo silencio empezó a hablar.

Se encontraba en vilo entre dos «yo» que se habían creado en las últimas horas. No sabía qué hacer o a cuál de los dos debía escuchar. Faltaba poco para volver al trabajo, así que decidieron volver por donde habían venido, recorriendo en sentido contrario el camino de ida. Cuando vuelves, el camino parece más breve y se desvanece la curiosidad de lo desconocido. Te sientes como en casa cuando vuleves a ver detalles ya descubiertos y analizados. Las macetas de las ventanas continuaban mirándoles como si les estuvieran esperando desde el paseo anterior. El viento había dejado de soplar y se había disipado el ímpetu que los abrazara minutos antes.

Sara se sorprendió al ver que aquellos lugares conocidos en menos de dos días empezaban a parecerle cercanos y familiares. Pensar que volvería a encerrarse en una habitación, renunciando al sol, tan cálido y afín, la hizo estremecerse, quizás esperando que surgiera un imprevisto que la alejara del primer día de trabajo, atrapada en aquellas montañas, acompañada del viento que la habría mecido con sus canciones. Ahí arriba la ciudad no era más que un recuerdo sofocado y le pareció imposible sobrevivir en medio de la polución, entre bloques de pisos altos y agobiantes. Su mente se desvió de repente hacia sus hijos y a lo bien que vivirían allí.

— Sí que estás pensativa hoy, ¿ya te has cansado de la vida en la montaña? ¿O empiezas a echar de menos a alguien que dejaste en la ciudad? — No, a nadie; es más, estaba pensando en lo duro que será volver a Roma después de estos tres días en perfecta harmonía con la naturaleza.

La sonrisa volvió a iluminarle el rostro, ocultando pensamientos distantes que no pertenecían a aquél momento.

20

 

 

CAPÍTULO 3

SABORES ANTIGUOS

 

Sara y Paolo llegaron a la pequeña oficina de provincia justo a tiempo. Durante el trayecto habían permanecido en silencio, como si hubieran dejado parte de ellos en aquel acantilado sumergido en la naturaleza más pura. Cuando volvió a ver uno a uno a los nuevos compañeros que le habían presentado la tarde anterior sonrió por lo bajo, recordando el intercambio de impresiones con Paolo, y también él, al cruzar la vista con ella, le hizo una mirada cómplice, llevándose un dedo a los labios para sellar el secreto de lo que dijeron. Pasaron las próximas horas en la oficina del jefe de personal, que le enseñó todo lo relativo a su nuevo trabajo. Tras muchos datos, estadísticas y procesos burocráticos llegó la primera buena noticia desde que había pisado el edificio. Mañana Paolo y ella tendrían que ir a una pequeña feria de pueblo no muy lejos de allí para recoger datos significativos en el terreno sobre la venta de leche no pasteurizada en fiestas por parte de los comerciantes. Si hace unos meses le hubieran dicho que llevaría a cabo una investigación de ese calibre le hubiera dado un ataque de risa; en cambio, en ese momento le pareció la cosa más emocionante del mundo.

Cuando acabó la reunión se pasó el resto del día recopilando información relevante sobre el tipo de búsqueda que debería realizar al día siguiente. A media tarde llegó el primer mensaje del día de Luca, que Sara respondió al instante, y quedaron en llamarse por la noche. En aquel momento Roma quedaba al margen, lejos de aquella nueva realidad tan tangible y perfumada de pan recién hecho al horno. Un aire que le llegaba de la ventana ajustada mientras el sol iniciaba su descenso, dando paso al cielo rosado y a la brisa fresca que siempre llega al anochecer. Las campanas de la plaza principal recordaban a todo el mundo que era hora de volver a casa y las voces se volvieron fervorosas en los pasillos hasta dispersarse por las calles. En el silencio de la oficina, ya vacía, sonó un teléfono, que rompió el hechizo y le hizo pegar un bote en la silla.

«¿Sigues en el trabajo? Mañana por la mañana te paso a buscar y vamos juntos a la feria. Cerveza a voluntad, que duermas bien…¡debes descansar! P.». Encendió el teléfono esperando encontrar otra invitación de cena por parte de su compañero. La idea de pasar la velada sola había apagado parte de su entusiasmo inicial.

Cuando al fin decidió marchar vio que la panadería seguía abierta. Tras haber respirado durante toda la tarde la fragancia de los alimentos recién hechos no pudo evitar pararse a comprar un poco de pan. Al entrar en la tienda el perfume se hizo embriagador y se le antojó comprarlo todo y saborear cada tipo de harina y dulce recién salido del horno que descansaba en el escaparate. Sara escogió tres tipos diferentes de pan, uno con nueces, uno integral y otro con aceitunas. Para acabar, un dulce típico del lugar adornado con glaseado de limón. Nada más salir, sin poder evitarlo, abrió la bolsa de papel para probar algo de su contenido. El pan, crujiente, se rompió entre sus dedos, liberando el humo y un perfume insaciable de nueces. Siguió caminando a paso lento, saboreando cada migaja como si fuera la última, intentando averiguar si el pan tenía el mismo sabor en la ciudad. El único sonido perceptible de la calle era el de sus tacones que resonaban sobre el suelo húmedo y lo único que ocupaba su mente era Paolo. Quién sabe qué hacía en ese momento. Tras un intenso día de simbiosis y el fresco despertar de la mañana, empezó a notar la soledad del pan consumido por las frías calles del pueblo y aceleró el paso, deseosa de volver al hotel e irse a dormir sin demora para llegar al trabajo lo antes posible a la mañana siguiente. Estaba tan concentrada en ello que casi se olvidó de llamar a Luca. Cuando entró en la habitación, dejó a un lado la bolsa, casi vacía, y colgó el chaquetón en la puerta, listo para cogerlo por la mañana. El cansancio acumulado durante el día se hizo presente de golpe. Se apresuró a llamar a casa por miedo a quedarse dormida antes incluso de sentarse. Marcó el código de desbloqueo del teléfono y miró si tenia algún mensaje. Seguidamente marcó el teléfono de Luca, el único que se sabía de memoria. Los primeros tonos le parecieron una nana y los ojos empezaron a cerrársele, pero la voz fuerte de su marido la volvió a la realidad.

— ¡Hola, por fin! Estamos todos a la mesa, espera que los niños te quieren saludar.

Al sentir sus voces, oírles hablar de los días de colegio y escuchar las pequeñas confidencias que le hacían en voz baja tuvo la sensación de que habían pasado meses desde su partida en Termini. Echó de menos la gran metrópolis, con su familia, un lugar al que podría regresar en menos de veinticuatro horas.

 

A la mañana siguiente el despertador sonó antes de que los primeros rayos de sol entraran por la ventana. Por miedo a quedarse dormida, Sara también había puesto la alarma del móvil, pasando del silencio absoluto de la habitación a una pequeña orquesta de sonidos en la mesita de noche. Después de apagar todas las alarmas se sintió despierta del todo y lista para salir de la cama y darse un baño bien calentito. Sumergida en el jabón perfumado de lavanda, Sara había decidido dedicarse quince minutos de relax antes de bajar a desayunar. Entonces le llegó el primer mensaje del día. Afortunadamente tenía el teléfono a mano y pudo cogerlo sin salir de la bañera.

«¿Estás despierta? Hoy te recomiendo tejanos y jersey. Nos vemos en nada. P.».

Por primera vez desde que estaba casada al leer esas palabras pensó en otro hombre. Imaginó que oía abrirse la puerta de su habitación y veía a Paolo, frente a la puerta del baño, sonriendo mientras la miraba, desnuda en la bañera y vestida solamente con pompas de jabón que dejaban entrever sus pechos, sobresaliendo del agua. Después él se desnudaba lentamente, dejando caer la ropa en el suelo hasta quedar completamente desnudo ante ella. Lentamente se metía en la bañera, a sus espaldas, la abrazaba y la estrechaba de forma que era imposible liberarse. Después empezaba a besarle el cuello, deslizando sus manos hasta perderse bajo el agua. Fue un sueño tan real que se excitó sólo de pensarlo y renacieron en ella sensaciones que ya había olvidado.

Posó la mirada sobre el reloj que se veía a través de la puerta entreabierta de la entrada. Cuando se dio cuenta de que ya casi era la hora de la reunión salió volando de la bañera, desbordando

agua y jabón por el suelo, dejándolo todo inundado. Cogió rápidamente la toalla y empezó a secarse apresuradamente dirigiéndose a la cálida habitación. Se puso a buscar unos tejanos y un jersey en la maleta, como decía el mensaje. Por suerte Sara siempre llevaba encima un conjunto más deportivo, alternativo al clásico, más serio, de trabajo. Fuera el día se presentaba especialmente húmedo y la idea de llevar puesto un jersey azul de lana le apetecía. Antes de bajar dio otro salto hacia el baño a por un poco de maquillaje, procurando no resbalar sobre los charcos de agua que enlucían el suelo, y seguidamente bajó corriendo para tomarse un capuchino caliente y un cruasán antes de salir.

El hotel no estaba en temporada alta: no había nadie en el restaurante y todo daba la sensación de inmaculado. Temerosa, frenó ante la puerta antes de sentarse, pensando que a lo mejor había bajado demasiado pronto. Un camarero se le acercó, ya listo y a la espera de que al fin alguien bajara a desayunar. La invitó a tomar asiento y le tomó nota con rapidez, de pie a su lado en una postura desgarbada y grácil a la vez. Luego desapareció detrás de una puerta corredera, dejando la sala en el máximo silencio. Para no perder tiempo Sara se levantó para coger algo de comida. Cuando volvió a la mesa vio de nuevo al camarero, que ya havía vuelto con una taza humeante sobre una pequeña bandeja. La dejó a su lado y se retiró, dejando la sala con la misma rapidez con la que había llegado.

Con el tiempo justo de comer con prisas y a un minuto de la hora de reunión Sara se pusó el chaquetón, la bufanda y el gorro. Salió del hotel e inhaló los perfumes del pueblo que amanecía. Paolo ya estaba listo, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida a lo lejos, tanto que no se dio cuenta de su llegada. Cuando le vio no pudo evitar pensar en la bañera, y cuando este se giró y saludó con un asentimiento de cabeza enrojeció como si aquella fantasía hubiera sido visible a ojos del mundo. Tras años de matrimonio y serenidad, sobre todo desde el punto de vista de relación, soñar con otro hombre la había

incomodado ligeramente, pero al mismo tiempo sentía encima tal excitación que tenía miedo de traicionar sus pensamientos y hacérselos notar a su interlocutor. Se acercó al coche. No pudo evitar bajar la mirada para no cruzarse con la suya y se apresuró a meterse dentro para abandonar del todo los escalofríos que le recorrían la espalda.

— ¿Has dormido bien? Verás qué sitio más fascinante hoy. Para llegar tendremos que atravesar un monte entero y probablemente por la calle todavía quede algo de nieve. — Adoro la nieve.

Esas fueron las únicas palabras que le salieron. Enterró el mentón en la bufanda para aliviar el frío que le había calado hasta los huesos. Afortunadamente Paolo rompió el momento de vacilación y empezó a contar mitos y leyendas de aquella zona, historias fantásticas e inventadas de la tradición popular, indispensables para relacionarse con la gente del lugar. Escuchó con atención cada sílaba, fascinada por el escenario que envolvía el coche a lo largo del camino y que hacía de fondo a las historias que contaba. El ruido del viento que chocaba contra el cristal del auto daba un toque misterioso. Rápidamente la imagen de ellos dos en la bañera se esfumó y lo relegó todo a un sueño divertido que ahora parecía fuera de lugar.

Empezaron a subir por la montaña. Los árboles tomaron un color sombrío y azulado, cubiertos de pequeñas salpicaduras de nieve y hielo sobre las raíces, compactos, dejando entrever poca cosa más alla de las ramas. De vez en cuando, a los márgenes del camino, aparecía de la nada algún animalillo saltarín que se asomaba y luego se volvía a adentrar en la oscuridad del bosque. A medida que ascendían la luz fue ganando presencia hasta predominar y dejar a sus espaldas lo más oscuro y tenebroso. Ante ellos se extendía una amplia superficie llena de coches, y más adelante se apreciaban las tiendas blancas de los estands de la feria. A un lado el humo que se reflejaba en el cielo acogía a los clientes con el perfume de la comida hecha a la leña. En estas ocasiones no existe el momento de comer. En cualquier momento del día un plato caliente siempre es bienvenido y nos desentendemos de reglas e imposiciones. No eran ni las diez de la mañana cuando empezaron a deambular por las mesas. La feria estaba

ya muy concurrida y muchos iban a por el primer plato, que consumían en bancos de madera situados a un lado, apartados de la fiesta bajo unas enormes carpas naranjas. No muy lejos de ahí había un gran estéreo del que emergía música popular y a un chico ataviado con un traje tradicional y un sombrero grande, concentrado en la selección de la lista de reproducción. Paolo la dejó curiosear un rato en un estand de joyas hechas a mano y aprovechó para saludar a su primo, que asistía a la feria, como siempre, con su propio estand. Sara se sintió observada y se giró buscando con la mirada a Paolo. Lo localizó a pocos metros de distancia conversando alegremente con su primo, que la miraba sin apartar la vista. Ella sonrió y volvió a mirar las baratijas brillantes que tenía delante. Se sintió algo incómoda. Tuvo la sensación de ser desnudada con la mirada, cosa que ya le había sucedido en el pasado pero que por primera vez le molestó.

Poco después Paolo volvió y empezaron la investigación con el distribuidor de leche entera. Sara no había visto uno en la vida y se sorprendió al descubrir que incluso en Roma hay varios distribuidores de leche de barril. Justo en ese momento llegó una señora de unos setenta años vestida con un hábito largo, rojo y blanco, típico del lugar y que se indumentaba en esas ocasiones. Se les acercó con una botella de cristal vacía y empezó a llenarla del barril. Sonrió y se alejó, perdiéndose entre la gente que se amontonaba en las callejuelas estrechas inmediatas a la feria, entre casas bajas con el techo de madera y ventanas y balcones repletos de flores. Al fin el sol empezaba a calentar las calles y poco a poco la feria cobraba vida a su alrededor. El griterío de la gente adquirió tal fuerza que el chico del sombrero grande decidió subir el volumen de la música, pero tuvo que bajarla enseguida por las quejas de un grupo de ancianos que se encontraban sentados cerca de allí. Es una escena que se repite siempre de la misma forma. Dos generaciones que se cruzan con exigencias y gustos diferentes, chocan durante un breve instante y luego cada una vuelve a su sitio, alejándose de los pequeños altercados. Equilibrio.

Al presenciar esa rápida escena ambos sonrieron, fijando la atención en el muchacho, que sin levantar la

vista del estéreo continuaba moviéndose de un lado a otro mostrando su insatisfacción tras bajar el volumen, bajo la mirada severa de los ancianos del pueblo. La serenidad volvió a la carpa y Sara dirigió la mirada hacia una fila que se hacía cada vez más larga y compacta ante una gran mesa con al menos tres mujeres cocinando. Se acercaron de lado, apartándose de la fila, para ver qué vendían. En una olla enorme se calentaba el aceite y las mujeres preparaban la masa que luego freían y servían en cucuruchos largos, donde metían una especie de pizza frita. Las insignias, todas en un perfecto alemán, ofrecían tres posibilidades a elegir, acompañadas de grandes jarras de cerveza alineadas junto al barril que surtía sin parar desde primera hora de la mañana. Detrás de la fila tres hombres se pusieron a entonar cánticos en dialecto, al ritmo de la música que se perdía a lo lejos y haciendo chocar sus jarras una contra otra. Las gotas rojas y el rubor evidenciaban que esas no eran las primeras que se tomaban.

A Sara le llamó la atención la mesa de frituras. Una señora corpulenta y con un gran delantal blanco le ofreció una pizza frita con masa de patata. Poco le faltó para quemarse en el momento de cogerla, ya que estaba recién hecha. Suerte tuvo del cartón que la envolvía.

En estas ocasiones todo lo que se come adquiere un sabor diferente. Casi se pueden distinguir los ingredientes por separado, que se funden con el paladar y se guardan en la memoria. En ese momento pensó que nunca había comido algo tan sabroso y fragante. En el estand gastronómico había cuatro grandes contenedores de hojalata con leche entera que había sido traída para la ocasión esa misma mañana. El sabor de la pizza transportó a Sara veinte años atrás, cuando pasaba los veranos en casa de la abuela. Las veces que preparaba pizza frita era toda una celebración. Dejaban la puerta de casa abierta y familiares y amigos, atraídos por el aroma que se perdía por las calles, hacían una larga procesión para probar las pizzas recién hechas. Se quedaban de pie en la cocina, comiendo y procurando

no quemarse la lengua. Había olvidado esas veladas donde los grillos cantaban y las luciérnagas llenaban las calles con sus lucecitas. Hasta ese momento no había vuelto a pensar en la madre de su padre, con sus manos consumidas por el trabajo y su forma de ser dedicada a los demás. No recordaba cuantas pizzas podía hacer en una sola velada, ni la velocidad con la que empastaba y les daba forma, pinchando el centro antes de sumergirlas en el aceite hirviendo. Eso sí que era una fiesta, una con sabores antiguos y la serenidad de tiempos pasados. La ciudad olvida eso y todo se convierte en una rutina.

Paolo empezó a probar de su pizza, cogiéndole trozos pequeños y riéndose de la travesura. A su vez, Sara le alejaba el tesoro, tomándole el pelo como si fuera un niño, y luego se lo volvía a acercar y le dejaba probar otro trozo. Cuando acabaron de comer, con una despreocupación auxiliada por el aire fresco que llenaba los pulmones, reemprendieron la recolecta de datos sobre el uso de la leche, que en gran parte proveían los barriles por razón del sabor intenso de la leche y el precio más bajo.

Ya antes de la comida las mesas de las tiendas estaban atestadas y la gente pedía carne y queso y comía sin mirar el reloj. Diferentes generaciones con los pies bajo la misma mesa, vestidos de forma tradicional, deteniendo el tiempo entre las faldas hinchadas y los senos a la vista con las camisetas entrelazadas a la espalda, los hombres con pantalones de terciopelo a la altura de la rodilla y medias blancas chillonas. Chalecos con flores de las nieves, sombreros de todas las formas, camisas a cuadros y tirantes sobre los que descansar las manos. El perfume de la leña que arde al mezclarse con carne a la brasa y se adhiere a la piel, mientras los niños corren, felices. Sara había enmudecido, sintiéndose cada vez más lejos de su vida en la grande metrópolis, de la que en ese momento hubiera querido escapar, perdida entre el humo negro que salía de las chimeneas de las casas.

Llenaron todo el papeleo que habían traído y Paolo decidió celebrarlo con una buena cerveza con hielo dentro de la pesada jarra de cristal. Se sentaron apartados de los demás, sobre un pequeño saliente de

piedra, junto a un árbol centenario. Tras pasar la mañana juntos sin interactuar demasiado le pareció que volvía entonces a su propio cuerpo, después de observarlo todo desde fuera. Una extraña melancolía la había estado envolviendo, recordando los momentos pasados en la montaña cuando sus hijos eran pequeños. En ese momento le pareció que todo había ido demasiado rápido y que se había perdido demasiados momentos de sus niños, y ahora la soledad de una madre lejos de casa era la única y cruda realidad. Cuando Paolo le trajo la jarra de cerveza consiguió hasta cierto punto acallar sus recuerdos y la trajo de vuelta con los pies al suelo, sentada a su lado y apoyada en él. Lo sintió muy cercano, en una intimidad que la tranquilizó tanto que borró de su mente todos los pensamientos negativos y melancólicos. Por primera vez pudo apreciar su propio perfume, con un regusto de incienso que superaba el olor acre de las brasas.

Se encontraba sentada sintiendo el frío de la piedra casi en la piel, el gusto de la cerveza en la boca, la nubes premurosas del cielo despejado y sin ningún teléfono que controlar, ningún teléfono que sonara… Y entonces se dio cuenta de que se lo había dejado en el coche, y se sintió libre de verdad.

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