En la oscuridad - Júlio Emílio Braz - E-Book

En la oscuridad E-Book

Júlio Emílio Braz

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Beschreibung

Mamá dijo: —Quédate ahí que no me tardo. —¿Me lo prometes, mamá? —¡Claro que sí! Sólo voy a comprar un kilo de arroz para la cena. —Ella mintió. No regresó. Me quedé sola.

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Seitenzahl: 45

Veröffentlichungsjahr: 2017

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JÚLIO EMÍLIO BRAZ

ilustrado por Mauricio Gómez Morin

Primera edición en portugués, 1991 Primera edición en español, 1994    Decimosegunda reimpresión, 2011 Primera edición electrónica, 2017

© 1991, Júlio Emílio Braz © 1991, Editora Moderna Ltda., Sao Paulo Título original: Crianças na escuridão

D. R. © 1994, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México

Editor: Daniel Goldin Diseño: Arroyo + Cerda Diseño de portada: Mjguel Venegas Geffroy Dirección artística: Rebeca Cerda

Comentarios y sugerencias:[email protected] Tel. (55)5449-1871

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-5023-8 (ePub)

Hecho en México - Made in Mexico

Índice

PRIMER AÑO Los primeros momentosSEGUNDO AÑO Compañeros del caosTERCER AÑO La vereda de los desafortunadosEPÍLOGO Perplejidad

Para Laura y Luciana Sandroni, dos personas encantadoras y muy gentiles con mis esfuerzos literarios

… Lindas lucesitas nocturnas que protegen a mis niños dormidos ardan brillantes y claras esta noche.

J. M. BARRIEPeter Pan

PRIMER AÑO

Los primeros momentos

MAMÁ DIJO:

—Quédate aquí que no me tardo.

—¿Me lo prometes, mamá?

—¡Claro que sí! Sólo voy a comprar un kilo de arroz para la cena.

Ella mintió. No regresó. Me quedé sola.

Entré al supermercado. Entré. Salí. Volví a entrar. Salí otra vez. Lloré. Busqué a mi mamá. Mi mamá desapareció. Me fui caminando por la banqueta.

—Mamá —grité—. Mamá. Mamá. Mamá.

La soledad cada vez más intensa. El miedo aumentaba. Me cansé. Me senté en la plaza. El mundo creció alrededor de mí con la soledad. Me asustó. Las personas vienen y van. Todos tienen prisa. Huyen. Me evitan. No quieren saber nada de mí. Estoy sola. La plaza crece. La noche llega. No hay estrellas. Nubes negras ruedan por los cielos. Los relámpagos me hacen correr. Tengo miedo, mucho miedo. Mamá…

Plim plim, plim…

Está lloviendo. Tengo miedo.

¡Mamá! ¡mamá!

Tengo seis años y el mundo es grande y negro.

Estoy temblando de miedo. No sé si llorar, no sé si correr. Nadie me oye. Estoy sola con la lluvia y la lluvia me asusta.

Doca. Se apareció como un ángel. Salió de dentro de mi dolor y mi soledad con una sonrisa que iluminaba todo su rostro. Ella tenía los ojos llenos de confianza, una manera muy suya de burlarse de nosotros, de crecer frente a nuestros ojos. Era tan grande como la sonrisa y la confianza que se encontraban en su cara negra como la noche. Negra y mojada.

—¡Niña, tonta! —dijo ella, con su tono de gente grande, muy lejos de sus de diez años.— ¿Qué estas haciendo bajo la lluvia? ¡Quítate de ahí!

Me jaló hacia abajo del puente. Tenía una casa allá. Bueno, parecía una casa —era un montón de restos de madera y cartón arreglados de cualquier manera, era un lugar para resguardarse de la lluvia y de las miradas hostiles de las personas. Otros rostros salieron de la oscuridad. Me llevaron adentro. Bebí algo caliente en una lata.

Niñas. Otras niñas. Varias niñas. Éramos todas niñas y Doca era la mayor.

Vivimos en torno a Doca. Ella hace y nosotras hacemos. Ella dice y nadie tiene el valor de ir contra ella. Ella sabe más. Hace más tiempo que sufre. Además, es la más fuerte y tiene la mano pesada. Ya lo sentí dos o tres veces. Santiña otras tantas. Todas ya lo sintieron. Parece ser parte del aprendizaje.

Alguien debe haber golpeado a Doca también. La golpeó más fuerte y de muchas maneras, la golpeó dejando huellas profundas, pero de ellas Doca no habla. Doca decide todo. Es ella la que negocia con los compradores de papel y los hombres de la chatarra. Es ella la que dice hacia dónde ir —sabe dónde encontraremos a la policía, los caballos, la maldad en el corazón del hombre. Es ella quien carga con un dolor muy antiguo en la cara marchita de niña. No parece tener diez años.

La casa es de cartón. Es de madera. Es de lo que sea, de lo que se tenga a la mano. Dormimos en el suelo, sobre periódicos, con las últimas noticias del día, los grandes acontecimientos de la nación como compañía. Hay una foto de Xuxa en la Folha. Mi almohada es una historieta. Yo sé que es una historieta pero no sé leer lo que dice. Las letras en hilerita resultan en palabras que cambian las cosas, que encienden las luces del mundo.

Todas se acuestan. Son siete. Batata tose, y tose, y tose. Ella es tan debilucha. Batata de verdad está mala.

Recolectan papel. Recogen botellas vacías. Roban aquí y allí —nada grande, nada de lo que alguien pueda darse cuenta. Rutina. ¿Hasta cuándo? A Doca no le importa. ¿A quién le importa?

Doca sabe de las cosas. Todos saben que Doca está en todo. Hasta el Pegador la trata con respeto. La sombra de Doca está hecha de paz, de mucha paz. En ella yo estoy segura, en ella ni el mal ni los hombres —lo que a veces es lo mismo— me alcanzan. Si ella me dejara, yo le diría “mamá”.

Ellas me empezaron a llamar Roliña y no tuvo mucha gracia. Se me quedó Roliña y ya.