Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Alice Madison, detective de Homicidios de la policía de Seattle, tiene una deuda pendiente con el enigmático John Cameron, que se encuentra encarcelado por el presunto asesinato de cinco criminales, y con el abogado de este, Nathan Quinn. Una deuda que nadie puede compensarles, y que parte de una pesadilla que se inició hace veinticinco años cuando tres niños fueron raptados y solo dos volvieron con vida. Ahora, cuando ya nadie se lo espera, los restos del tercer niño, hermano pequeño de Quinn, aparecen, y Madison tiene que unir, de pista en pista, del presente al pasado, las piezas que conformarán la solución final del crimen. Pero un sádico asesino la acechará según avance la investigación y ella se verá en la disyuntiva de cruzar los límites de la ley. ¿Estará preparada para llegar tan lejos? Todos hacemos promesas, pero algunas están escritas con sangre, y Alice Madison sabe que al final tendrá que arriesgar hasta su propia alma para parar al asesino.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 623
Veröffentlichungsjahr: 2015
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Valentina Giambanco
Títulos publicados:
EL CHICO Steve Hamilton
EL PIRÓMANO Bruce DeSilva
13 DÍAS Valentina Giambanco
HASTA QUE MUERAS Julie Hastrup
CIUDAD DE FUEGO Robert Ellis
SOLA Lisa Gardner
NO HAY CUERVOS John Hart
LA VIEJA ESCUELA Pamela Newton
EN LO PROFUNDO DEL BOSQUE Valentina Giambanco
HADES Candice Fox
Próximamente:
WYATT Garry Disher
Título original: The Dark
Primera edición: diciembre de 2015
Copyright © 2014by Valentina Giambanco
© de la traducción: Cristina Alegría Gereñu, 2015
© de esta edición: 2015, Ediciones Pàmies, S.L.
C/ Mesena,18
28033 Madrid
BIC: FF
ISBN: 978-84-16331-49-9
Ilustración de cubierta y rótulos: Calderón Studio
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.
Árboles centenarios de más de treinta metros de altura, cedros rojos y amarillosjunto a chopos negros y arces enredadera, con sus raíces retorcidas asomandoentre el musgo resbaladizo y la madera podrida.
Cuatro hombres caminan en fila india. Lo bastante jóvenes como para avanzar sin dificultad por el complicado terreno, pero también lo suficientementeadultos como para saber que ese día sus vidas se han torcido y desviado parasiempre. Caminan en silencio porque no hay nada que decir.
El líder se seca el sudor de la nuca con un raído trapo gris y señala unarama muerta que sobresale de la tierra, lista para atrapar sus pies. Los otrosla bordean con cuidado. No es un hombre amable. Es un individuo despiadadoque tiene prisa por acabar su trabajo y salir del bosque.
Los otros le siguen, preocupados por sus cambios de humor y por la dificultaddel terreno. Miran hacia delante y nunca se dan la vuelta. Si lo hicieran, podríanver al chico que va en brazos del último hombre de la fila, el chico que lleva sinrespirar tanto tiempo que les parece que han sido horas. De once, quizá doceaños, pelo rubio rizado y labios pálidos. Cogen sus palas y siguen caminando.
El hombre que lleva al chico en brazos mantiene sus ojos fijos en la espaldadel que camina delante de él. Los delgados brazos del chico se balancean y susmanos acarician los tallos altos. Entonces, con un ruido enorme, aspira una bocanada de aire y abre los ojos. El hombre se tambalea y el chico va a parar encima del suave musgo.
El chico no ve que los otros se giran para mirar mientras está tumbado enel frío suelo. Coge aire con fuerza y por encima de él, más allá de las últimas ramas, el cielo es tan azul que duele mirarlo.
La detective de Homicidios Alice Madison rebuscó en su interior un último atisbo de calma. El bosque crujía a su alrededor y un soplo de brisa le acarició el corte de la mejilla.
Ese preciso momento era el único tiempo del que iba a disponer. Estaba agotada, aterrada, y su lucidez mental parecía cosa de hacía mucho tiempo. Todo se reducía siempre a lo mismo: «¿Hasta dónde estás dispuesta a llegar?».
Apuntó con su Glock al hombre que tenía enfrente y se preguntó si aquella suave brisa vespertina afectaría la trayectoria de la bala, si un pequeño pedazo de metal cumpliría la función que le estaba encomendada o si la luz del anochecer afectaría a su puntería. Esa precisión, labrada a fuerza de perseverancia y determinación, era lo único con lo que podía contar.
Alice Madison no había apuntado ni disparado nunca a un ser humano antes de llegar a aquel bosque, y esto no era lo que le habían enseñado en la Academia de Policía. Su objetivo ni siquiera suponía una amenaza para ella ni para sí mismo, tampoco para ninguna otra persona: apenas se sostenía de pie.
Madison apretó el gatillo y en su fuero interno supo que acertaría, al igual que un pitcher conoce cómo se curvará la pelota en el aire nada más soltarla.
Alice Madison se movió incómoda en el confortable sillón tapizado y se ajustó la pistolera que se le clavaba ligeramente en el costado derecho. Lanzó una rápida mirada por el amplio ventanal. Puget Sound brillaba bajo la mortecina luz de enero con su superficie plateada salpicada de blanco mientras el monte Rainier se alzaba por encima de sombras azules en la lejanía.
Se dio la vuelta al darse cuenta de que el silencio se había prolongado más de lo debido. El doctor Robinson la observaba.
—No se preocupe. Ya sé que la gente viene aquí por mis acertadas observaciones psicológicas, pero solo se quedan por las vistas —dijo.
Había hecho el mismo chiste la primera vez que se habían visto, unas semanas antes. Ella esbozó apenas una sonrisa, al igual que había hecho aquel otro día, no del todo segura de que él se hubiera dado cuenta de que se había repetido.
El letrero del vestíbulo de entrada rezaba: «STANLEY F. ROBINSON, PHD». La consulta, situada en la planta decimoquinta, estaba decorada con elegantes colores suaves.
El doctor pasaría de los cincuenta, tenía el pelo corto salpicado de canas y ojos grandes de color marrón. Un aspecto adecuado para un psicólogo que trabajaba con policías: aparentemente inofensivo con arranques inquisitivos, pensó Alice.
—¿Cómo ha ido su semana? —le preguntó él. El despacho del doctor Robinson estaba cuidadosamente libre de cuadernos o bolígrafos. Si tomaba notas, lo hacía después de las sesiones.
—Bien —contestó Madison—. He tenido que ordenar el papeleo de varios casos antiguos. Un incidente doméstico que resultó no ser nada importante. Lo habitual.
—¿Ha pensado en el incidente del bosque? Quiero decir, ¿durante algo más que unos segundos al día?
—No.
—¿Ha experimentado algún pensamiento inusual o ha tenido alguna reacción diferente durante su trabajo? Quiero que decida usted qué es inusual.
—No, nada inusual.
—¿Alguna reacción al cloroformo o algún otro episodio de síndrome postraumático?
—No.
—¿Nada sobre esta última semana o, en general, algo de lo que quiera hablar?
Madison tuvo la decencia al menos de fingir que se lo estaba pensando.
—No, nada —dijo finalmente.
El doctor Robinson se quedó pensando su respuesta durante un momento. Se reclinó en la silla.
—Detective, ¿cuántas sesiones hemos tenido hasta la fecha?
—Esta es la tercera.
—Correcto. Y esto es lo que sé de usted. Es detective de Homicidios. Se unió a la brigada el pasado noviembre. Eso es, ¿hace cuánto?, como dos meses y medio, más o menos. Es licenciada en Psicología y Criminología por la Universidad de Chicago —por cierto, buen centro, excelente equipo de fútbol—. Su expediente en el Departamento de Policía de Seattle es impecable. Juega limpio y no hay nada preocupante en su vida privada. Ni siquiera una multa de tráfico. ¿Voy bien?
—Sí.
—Bien. En diciembre se desató el horror, y, una vez calmadas las aguas, el departamento la envía aquí para asegurarse de que está preparada para el trabajo, para proteger y servir. Es muy sincera: admite reaccionar al cloroformo como consecuencia del ataque de Harry Salinger contra usted y su compañero, pero eso ha dejado de ocurrir hace semanas. No tiene ataques de pánico, no hay ningún incidente relevante de estrés postraumático. Nada, después de lo que sucedió en el bosque: el niño, el rescate, la sangre.
Se detuvo y Madison le sostuvo la mirada.
—¿Sabe cuánto tiempo he tardado en tener esta información? —No esperó su respuesta—. Siete minutos. El resto del tiempo, todo lo que he conseguido han sido «bien», «lo habitual», y «nada atípico».
—¿Qué quiere de mí, doctor Robinson?
—¿Yo? Nada. Me contento con que venga y admire las vistas. Le viene bien distraerse y a mí me pagan igual. Pero esto es lo que pienso. Aunque certifique que está en buena forma para el trabajo y preparada para proteger y servir —que lo está—, es simplemente inimaginable que esos trece días de diciembre no hayan dejado en usted ninguna huella. Así que esto es lo que creo que pasa: tiene pesadillas de vez en cuando, posiblemente un recuerdo exacto de lo ocurrido, aunque creo más bien que son pesadillas sobre cómo percibe tanto lo ocurrido como la naturaleza de su actuación en aquellos acontecimientos. Y, sobre todo, me apostaría algo a que tiene mucho cuidado de no estar nunca a solas con su ahijado desde que lo sacó de aquel bosque. ¿Qué tal voy?
Madison no contestó.
—Encantado de conocerla, detective. Que le vaya bien.
Había anochecido. Alice Madison aparcó su Honda Civic en el sitio habitual en Alki Beach. Llevaba la ropa en una bolsa de deportes en el maletero, pero se apoyó sobre el capó y dejó que el aire salado le llenara los pulmones. El transbordador de Seattle a Bremerton pasaba en ese momento y una bandada de gaviotas seguía su rastro. La isla de Bainbridge era una franja azul verdosa al otro lado del agua y el centro de Seattle brillaba en la distancia.
Por lo que podía recordar, incluso desde su época de agente novata con su uniforme pulcramente planchado, tenía la costumbre de venir a Alki Beach y correr después de sus turnos de trabajo. Le gustaban la sensación cálida de la arena bajo sus pies y el ritmo de la marea después de un día duro; el mero disfrute después de un día de trabajo. Era una constante en su vida y Madison se sentía afortunada, porque sabía muy bien que había pocas cosas parecidas.
Después, nada más acabado el año, tras aquellos trece días, Madison volvió a la playa, se cambió de ropa, empezó a correr y se sumió rápidamente en un recuerdo de aquel día tan vívido, tan físico, que tuvo que detenerse. Seguía notando el olor a resina fresca de pino. Tenía las manos en las rodillas y el agua le cubría los tobillos, empapándole las deportivas. «¿Algún sueño del que quiera hablar?».
Su brazo se había curado. El resto le llevaría el tiempo que fuera necesario. Madison se cambió en el asiento trasero. Dio unas primeras zancadas tímidas mientras ignoraba el suelo del bosque que sentía bajo sus pies y el repentino olor a sangre. Siguió corriendo.
El tráfico de la hora punta condujo a Madison hasta la avenida California sin aparente esfuerzo por su parte; siguió el flujo de vehículos hacia el sur con las ventanillas bajadas y la descolorida sudadera granate de la Universidad de Chicago pegada a la espalda. Se limpió el sudor de la frente con una manga y condujo mientras escuchaba la emisora local de noticias y sin pensar en el doctor Stanley F. Robinson.
Buscamos nuestra suerte donde podemos, y Madison detuvo el coche en un aparcamiento enfrente de la tienda Husky Deli y estiró sus maltrechos miembros mientras cerraba el coche con llave.
En su primer fin de semana en Seattle, su abuelo la había traído aquí para comprar un helado. Su abuela andaba atareada en un mercado cercano. Se sentaron en la barra. Él observó a la chica de doce años que apenas conocía y le habló como no lo había hecho nadie antes.
—Espero que te guste este lugar, de verdad lo deseo. Todo lo que te pido es que, en caso de que cualquier cosa te preocupe, cualquier cosa, que me lo digas, nos lo digas. No sé qué ocurrió con tu padre y no te pido que nos lo cuentes. Todo lo que te pido es que no te escapes, que no desaparezcas en mitad de la noche. Y nosotros pondremos todo de nuestra parte para ayudarte en lo que haga falta.
Luego extendió la mano. Alice la miró. Nadie le había pedido nunca su opinión. Cogió el cucurucho de nuez y sirope de arce con la mano izquierda y le ofreció la derecha, pegajosa por el azúcar. Ellos mantuvieron su palabra y ella cumplió su parte.
Madison restregó la suela de la zapatilla contra el bordillo para deshacerse de la arena de Alki Beach que se había quedado atrapada en las ranuras de la suela. Se mezcló con el resto de clientes y llenó una cesta con comida para llevar y un sándwich de pollo con anacardos, sin perejil, y una sopa de brócoli con queso que probablemente no llegaría a casa.
De pie, en el mostrador, parecía igual que todo el mundo.
—¿Una ración o media? —preguntó el hombre.
—Una entera.
—¿Taza o bol?
—Bol.
—¿Pan?
—No, gracias.
La mirada del hombre se detuvo una fracción de segundo en la fina línea roja de cinco centímetros que tenía Madison sobre la ceja izquierda. Se borraría con el tiempo, había dicho el médico. A Madison no le había importado nada entonces y tampoco le preocupaba ahora. Lo único que ocurría era que ahora era un poco más reconocible, a causa de todo el revuelo de noticias e informes que habían propagado los medios durante los primeros días de enero.
El hombre asintió; probablemente llevaba trabajando ahí desde que se inventó el pan.
—¿Un cucurucho? El de delicia de caramelo está recién hecho.
Madison sonrió.
—Hoy no.
Comenzó a tomar la sopa antes de arrancar. Para cuando giró en Maplewood y entró en el camino de acceso, el envase estaba vacío.
Three Oaks es un vecindario lleno de vegetación en el extremo suroeste de Seattle, rodeado por un lado por las tranquilas aguas de Puget Sound y por el otro por tramos de bosque y viviendas unifamiliares con jardines bien cuidados.
Madison aparcó junto al Mercedes de sus abuelos y se colgó la bolsa de deportes al hombro. Mientras abría la puerta con el brazo ocupado con la bolsa de la compra, se descalzó y empujó la puerta suavemente con un pie hasta cerrarla.
Avanzó hacia la cocina y ordenó la compra. Con las luces apagadas atravesó la sala de estar y abrió las puertas francesas para dejar entrar aire fresco. Una luz roja parpadeaba en el contestador. La ignoró y se acomodó en una silla del porche, con los pies apoyados en la barandilla de madera, dispuesta a comerse el sándwich.
El jardín bajaba en pendiente hacia una estrecha playa a la que daban las viviendas más próximas al agua, con sus altos abetos a ambos lados cumpliendo su función mejor que una valla. Madison observó las plantas y los setos en la penumbra; pronto empezarían un nuevo ciclo de vida: los arces japoneses, los magnolios, todos ellos plantados y cuidados por sus abuelos.
A pesar de no entender de jardinería, Madison limpiaba, regaba y cuidaba el jardín para asegurarse de que se mantenía vivo, porque ellos ya no estaban allí para hacerlo. Le preocupaba que sus buenas intenciones no compensaran su ignorancia. Así sucedía generalmente en su trabajo.
Un buen rato después de que las estrellas comenzaran a brillar en el cielo, Madison entró en la casa. Colocó la Glock en su funda bajo la cama. Su arma de repuesto, un revólver corto, estaba bien engrasado y a punto. Madison se quitó el chándal y se dio una larga ducha caliente.
El mensaje era de Rachel: «El cumpleaños de Tommy es el mes que viene. Espero que puedas venir». Su voz solo desprendía amor y amabilidad.
«Tiene pesadillas de vez en cuando, posiblemente un recuerdo exacto de lo ocurrido, aunque creo más bien que son pesadillas sobre cómo percibe tanto lo ocurrido como la naturaleza de su actuación en aquellos acontecimientos. Y, sobre todo, me apostaría algo a que tiene mucho cuidado de no estar nunca a solas con su ahijado desde que lo sacó de aquel bosque».
«La naturaleza de su actuación». Madison no estaba del todo segura de entender la naturaleza de sus propias acciones, y era lo suficientemente honrada como para admitir ante sí misma que hubo momentos aquella noche que posiblemente no quería entender del todo. Había sido una mezcla confusa de miedo y rabia, y no sabía exactamente cuánto de cada.
Tommy tendría pronto siete años. Aquella espantosa noche, Madison le había cantado Blackbird y le había devuelto a la vida, a su bicicleta roja y a sus juegos de niño. Su ahijado cumpliría siete años y Madison intentaba desesperadamente dar con una excusa aceptable para no ir a su fiesta, pero no la encontraba.
Como cada noche desde aquel día de diciembre, sus últimos pensamientos se centraban en dos hombres: el primero, en la cárcel, encerrado tras muros y puertas metálicas, vigilado por guardias armados y aun así más terroríficamente libre que ningún ser humano que hubiera conocido nunca; el otro, prisionero de sus heridas, en algún lugar apartado, tras pasillos y habitaciones silenciosas de un hospital a pocos kilómetros de allí. Gracias a su sacrificio, Tommy podría celebrar su séptimo cumpleaños. No podía pensar en uno de ellos sin pensar en el otro.
Madison cerró los ojos y esperó a que le entrara el sueño rápidamente.
Bajo la cama, dentro de la caja fuerte, había dejado cuidadosamente doblada debajo del arma de servicio una página de The SeattleTimes.
Atrapado el asesino de Blueridge
En las primeras horas de la madrugada del 24 de diciembre, la pesadilla quehabía aterrorizado a Seattle durante trece días llegó a su fin. Harry Salinger,el principal sospechoso del asesinato de James y Anne Sinclair y de sus dos hijos,fue atrapado en un lugar no revelado del bosque del río Hoh por Alice Madison,una detective de Homicidios del Departamento de Policía de Seattle.
El señor John Cameron, quien en un principio había sido sospechoso dedicho crimen, y su abogado el señor Nathan Quinn, de Quinn, Locke y asociados, también estaban presentes. El primero está retenido sin fianza por un cargode intento de asesinato. El señor Salinger, residente en Everett, sufrió heridasmuy graves y permanece bajo custodia en una institución médica.
El señor Salinger también ha sido acusado de secuestrar y poner en peligrola vida de Thomas Abramowitz, de seis años, ahijado de la detective Madison,así como del ataque al sargento detective Kevin Brown y a la propia detectiveMadison anteriormente, en el mes de diciembre.
El Departamento de Policía de Seattle no ha comentado cuándo se reincorporará el sargento.
El señor Cameron y el señor Sinclair se conocían desde niños, unidos portrágicas circunstancias, cuando tres chicos de Seattle fueron secuestrados y abandonados en el bosque del río Hoh, en el condado de Jefferson.
Nathan Quinn levantó la mano izquierda y la dobló. Estaba perfecta. Sin cicatrices ni dolor. Estaba en un claro en el bosque del río Hoh; vio cada quiebro de cada rama y nada más que bosque y arroyos serpenteantes durante kilómetros. Sentía el aire suave en la piel y la luz del sol que se colaba entre los abetos. Era una tarde de agosto, soleada y cálida. Todo estaba bien, en paz.
Quinn se giró al oír un susurro detrás de él, entre la hierba.
Un chico le observaba desde el borde del bosque. Tendría doce años, pelo rubio ondulado y labios pálidos, muy pálidos.
—¿David?
El chico iba descalzo.
—¿David?
Nathan Quinn sintió el retorno de su conciencia a medida que se debilitaba el efecto de la morfina y recordaba que estaba en un hospital y que su hermano llevaba muerto veinticinco años.
—Señor Quinn. —Oyó la voz de la enfermera más allá del dolor sordo con el que su cuerpo le daba la bienvenida—. Hay unos agentes que querrían hablar con usted, si se siente con fuerzas.
Nathan Quinn levantó la mano izquierda: estaba cubierta de vendajes, y, al doblar los dedos, el dolor le subió por todo el brazo. En las últimas cuatro semanas no había visto a nadie, exceptuando a los médicos, enfermeras, dos detectives del Departamento de Policía de Seattle que le habían tomado declaración y a Carl Doyle, su asistente en Quinn, Locke y asociados. El resto, sin excepción, habían sido rechazados. Después de dos semanas en un coma inducido, apenas tenía fuerzas para respirar.
—Son del condado de Jefferson —dijo la enfermera.
—Sí —contestó él—. Ya lo sé.
Era sábado y Madison tenía el día libre. Algo insólito. Últimamente sus días libres habían seguido la misma pauta: la llamada, el viaje, el intercambio de información, la segunda llamada. Madison comprobó su reloj, el que había pertenecido a su abuelo. Eran las 8:25 de la mañana. Tiempo de sobra para poner una lavadora. Recogió su ropa de deporte del suelo, donde la había dejado tirada, y añadió lo que había en el cesto.
Se puso unos vaqueros negros, una camisa azul oscuro y botines de cuero. Sonó el teléfono en el instante en que se colocaba el revólver en la pistolera del tobillo.
Lo cogió en la mesilla.
—Madison —dijo el teniente Fynn.
—Señor. —Madison se quedó helada, con el pantalón remetido en el botín. Su jefe de brigada no le llamaría a casa en su día libre para charlar y echar unas risas.
—Acabo de recibir una llamada del condado de Jefferson. Hace cuatro días la policía del parque encontró restos humanos a un kilómetro de donde estuviste. Les ha llevado todo este tiempo recuperarlos.
Madison sabía lo que venía a continuación antes siquiera de oírlo.
—Se trata de un niño. Los restos son de hace mucho tiempo.
—David Quinn —susurró.
—Muy posiblemente. La policía del condado está obteniendo una nueva muestra de ADN de Nathan Quinn en este mismo momento. Pronto lo sabremos.
—El secuestro tuvo lugar en Seattle. Es nuestra jurisdicción.
—Lo sé. Si se trata de David Quinn, trasladarán los restos a nuestro forense y nos encargaremos del caso.
—Gracias por contármelo.
—Es peor de lo que creíamos.
—¿A qué se refiere, señor?
—El cráneo presenta marcas de golpes.
La mente de Madison intentó inmediatamente recordar los detalles que había leído en los periódicos.
—No, David Quinn padecía arritmia congénita. En la investigación original…
—Madison, si ese niño es David Quinn, no fue una muerte accidental. Fue asesinado de un golpe en la cabeza.
—Es… —Intentó encontrar las palabras adecuadas.
—Pensé que se lo querría contar a él en persona.
—Sí, voy enseguida.
—Menuda manera de pasar el día libre.
Nada más colgar Fynn, sonó el teléfono de nuevo.
—Soy Doyle.
—Carl. ¿Cómo está?
—Sinceramente, no lo sé, detective. ¿Cómo está usted?
—Me acabo de enterar, me ha llamado mi jefe.
—Han dicho que tardarán unos días en confirmarlo. ¿Necesita anotarlo?
—No, adelante.
—Tensión normal. Los raspados, negativos: no hay infección. La fisioterapia ha sido un infierno esta semana, tal y como esperaban, pero progresa. La prueba de visión, sin diferencia con respecto a antes del suceso. Hasta ahí, todo bien. Los antibióticos por la extirpación parcial del bazo son fuertes, esperan poder disminuir la dosis progresivamente y ver cómo reacciona. No hay fiebre, analítica normal.
—Gracias, Carl.
—¿Va a ir al turno de visitas de las diez?
—Sí.
—¿Se lo va a contar?
—Sí, tiene derecho a saberlo antes de que lo saquen en las noticias.
—Hablamos después.
Madison se echó por los hombros una chaqueta y cerró la puerta de entrada. Tendría tiempo de prepararse durante el trayecto. «Como si sirviera para algo».
Les había llevado veinticinco años encontrarlo, pero por fin David Quinn iba a volver a casa. Secuestrado junto con dos amigos y llevado al bosque del río Hoh, atado a un árbol con una gruesa cuerda y abandonado a luchar por el último aliento hasta que se desmayó. Luego, los hombres recogieron el cuerpo y dejaron a los otros chicos solos en la oscuridad. Nadie fue acusado nunca del secuestro, no se había encontrado ningún móvil. No encontraron ningún cadáver, ni pruebas; ninguna razón para una acusación.
Se habían llevado a tres chicos al bosque y solo habían sobrevivido dos. Uno de ellos, James Sinclair, se convertiría en un buen hombre, tendría una familia y un día del último mes de diciembre sucumbiría a manos de un loco. El otro se convertiría en alguien muy distinto.
Madison condujo hacia el sur por la 509, tomó una salida hacia el oeste en Des Moines y luego cruzó la I-5 para dirigirse a toda prisa hacia la Penitenciaría del condado de King y visitar a John Cameron, el otro superviviente del río Hoh.
La Penitenciaría del condado de King se elevaba desde un aparcamiento de cemento anunciando al mundo exactamente lo que era: un centro de detención de adultos que contaba con mil ciento cincuenta y siete reclusos a la espera de juicio o condenados a instancia de la Comisión de Directrices del Estado de Washington.
Madison se aseguró de que no quedara nada a la vista en los asientos del coche y se encaminó a la recepción de visitas.
Varios grupos de familias y otras personas solas se dirigían hacia el turno de visitas de las diez de la mañana, bajo un sol que apenas podía calentarlos a la sombra de aquel muro de seis metros de altura.
Madison podría haber guardado en la caja fuerte su arma de repuesto y haber evitado el engorro de tener que declararla en el mostrador de recepción. Pero ella era policía, así que llevaba su placa y también su arma.
Se puso a la cola con los demás, un grupo serio con unos pocos críos también sombríos.
Una mujer joven, con un vestido de estampado delicado, entró en recepción e hizo un gesto a Madison.
—Detective Madison, si tiene un segundo, al subalcaide le gustaría hablar un minuto con usted antes de su visita.
De veintitantos años, de hablar suave y pelo rubio recogido en un moño, parecía como si fuese a repartir libros y piruletas en una biblioteca de niños.
—Sí, claro —contestó Madison.
—Soy Karen Hayes. —La joven la guio por un pasillo lateral—. Soy la asistente del alcaide y del subalcaide.
Madison no había entrado nunca en esa zona de ninguna cárcel. Tenía el mismo aspecto que cualquier oficina de empresa: gente tecleando en despachos, suelos enmoquetados y dispensadores de agua. Y aun así, unas veintitrés puertas metálicas cerradas con llave separaban el pequeño tiesto de geranios del escritorio de Karen de los hombres que allí deambulaban y dormían; hombres que habían quitado vidas y habían hecho cosas tan horribles a sus víctimas que estas habían deseado morir antes.
Estos funcionarios y secretarias organizaban los días de esos hombres: sus chequeos dentales, su comité de libertad condicional y sus menús, todo ello desde habitaciones alegres, bien iluminadas, que olían a manzana y a sándalo.
Por otra parte, Madison se había adentrado en los pensamientos de esos hombres, los había seguido por callejones oscuros y, a pesar del aroma del sándalo, sentía su proximidad como el roce del metal de una pistola entre sus omóplatos.
—Detective Madison. —El subalcaide abrió la puerta de su despacho para dejarla pasar. Tenía el aspecto de un amable director de instituto, con su camisa y corbata color burdeos y la chaqueta colgando de un perchero.
—Soy Will Thomas, subalcaide en la Penitenciaría del condado de King.
Le dio la mano y le hizo un gesto para que se sentara enfrente de él.
—He pensado que deberíamos…, cómo decirlo, mantener un canal de comunicación abierto.
Madison no tenía ni idea de a qué se refería. Fue consciente de su propia reacción automática hacia ese tipo de jerga administrativa y rogó para que su buena educación lo consiguiera disimular.
—Está usted aquí para visitar a John Cameron.
«A eso se refería».
—Sí, así es.
—No es usted familiar de Cameron, ni tampoco amiga.
—No.
—Tampoco es su abogada, y no está aquí por ninguna investigación en curso.
—No.
—Aun así, lo ha visitado con regularidad desde que lo trajeron a finales de diciembre. Es bastante popular: presunto asesino de nueve personas, acusado de agresión sin fianza… Desde que fue atrapado, lo han venido a entrevistar varios agentes del FBI de Los Ángeles, así como algunos oficiales de la Agencia Antidroga y de la UTF, además de no sé cuántas peticiones por parte de la prensa. Los ha rechazado a todos. Un tipo popular, excepto por un detalle. —El subalcaide Thomas se reclinó en su silla y miró a Madison—. Cameron no ha dicho ni una sola palabra. Ni a ellos ni a nadie. Excepto —sonrió brevemente— a usted.
Madison viajó mentalmente hasta el claro del bosque del río Hoh en la madrugada de aquel día: Tommy congelado en sus brazos; Nathan Quinn cubierto de sangre en el suelo y John Cameron de pie a su lado como si estuviera hecho de la misma noche que los rodeaba.
«Si quiere marcharse, hágalo ahora. Si se queda, no diga nada, ni a mí ni a nadie, ¿entiende?».
—John Cameron eligió quedarse porque Quinn estaba gravemente herido, aunque sabía que la policía estaba al llegar. Quinn fue herido cuando intentaba salvar la vida de mi ahijado. Por eso estoy aquí.
—Entiendo. ¿Cómo se encuentra el señor Quinn?
—Progresa —contestó Madison—. Despacio.
—¿Cómo está Harry Salinger?
—No tengo ni idea.
Harry Salinger había irrumpido en sus vidas casi destruyéndolas; Cameron lo había dejado medio muerto a la orilla del río aquella noche. El sistema judicial podría retener a Cameron por una acusación de intento de asesinato, aunque Madison no estaba segura de cómo calificar lo que Cameron le había hecho a Salinger.
—Detective, me gusta pensar que esta prisión es como un barco, un barco grande. Algunos vienen y van, como usted hoy, pero otros, como el señor Cameron, tienen para rato. Un viaje largo, podríamos decir. Quiero que ese viaje sea lo más tranquilo posible, por su bien y el de todos los demás que estamos aquí. Sabe que está apartado de la población general de reclusos, ¿verdad?
—Sí, lo sé.
—Dos días después de su llegada, los incidentes violentos entre reclusos se incrementaron en un diez por ciento, solo porque se sabía que estaba aquí.
Madison sabía que, si mantenían aislado a Cameron, no era por su propia seguridad.
—Hay una larga cola de hombres que no pueden aguantar las ganas de medirse contra él, y eso, me temo, es algo que no podemos tolerar. Así que, como usted es la única persona con la que habla, quería estar seguro de que estamos de acuerdo.
—No es que intercambie recetas con él, señor. Apenas conozco a ese hombre.
—Aun así —dijo el subalcaide Warren—, ¿hay algo que debiera saber?
«Ya no es el director benévolo, parece más bien un profesor de ciencias dispuesto a diseccionar una rana».
—El señor Cameron no fue atrapado, señor Thomas —dijo Madison—. No le cogieron. Está aquí porque él quiere. Mientras todo el mundo tenga eso en cuenta, no debería tener usted ningún problema.
—¿Por qué eligió ser encerrado?
—Porque no quería abandonar a Quinn mientras este estuviera luchando por su vida.
—Quizá sobrestime usted su implicación en esta situación y subestime los sistemas de seguridad de esta institución. Esto no es un hostal en las islas San Juan.
—Quizá quiera usted preguntar a Harry Salinger cuán implicado cree que se sintió Cameron cuando Salinger asesinó a James Sinclair y a su familia. En cuanto al sistema de seguridad de este centro, nada me haría más feliz que estar segura de que es tan sólido como usted dice.
Se quedaron mirándose el uno al otro durante un largo instante, y Madison vio a un hombre de pelo canoso ante un escritorio desprovisto de fotos familiares, un hombre que intentaba que las cosas funcionaran en un sitio donde había individuos que eran capaces de hacer cualquier cosa a cualquiera por cualquier motivo.
—Mire —dijo ella—. Por lo que le pueda servir, Cameron no cree que tenga que probarse ante nadie. No es vanidoso, no va a salirse del guión para causar problemas. Pero si alguien, cualquiera, se interpone entre él y algo que quiere, entonces es imparable, y, desde luego, no sin consecuencias graves para ambas partes.
—¿Y si cambia de opinión sobre estar encerrado?
Madison se levantó, dispuesta a marcharse.
—Roguemos para que no suceda.
El primer encuentro entre Madison y John Cameron tuvo lugar en medio de un oscuro bosque hasta donde ella lo había seguido y lo había esperado, desarmada, con la única intención de hablar con él. La segunda vez, él había entrado en su casa sin que ella se hubiese dado cuenta. En la tercera ocasión, habían perseguido juntos por el bosque del río Hoh a Harry Salinger, el hombre que había matado al amigo de Cameron y secuestrado al ahijado de Madison.
Si John Cameron estaba por ahí suelto, ella sería uno de los que tendría que perseguirlo. Si fuera ella quien se interpusiera entre Cameron y cualquier objetivo que este deseara, Madison sabía que él no dudaría un segundo en quitarla de en medio. Si había una palabra que describiera una relación así, Madison no la conocía.
Como siempre, se reunieron en una celda separada, lejos del bullicio de la sala de visitas y de la descarada curiosidad de reclusos y extraños. Madison había dejado atrás su placa y su arma. La funcionaria la había cacheado como si se tratara de un aparato a punto de explotar.
La habían examinado y le habían dado el visto bueno, y ahora se encontraba en una habitación vacía construida con barras de metal, dentro de otra habitación más grande. Una mesa rayada anclada al suelo y dos sillas fabricadas en algún taller de alguna prisión conformaban ese escenario de los años cincuenta.
La puerta se abrió y dos guardias armados entraron flanqueando a un hombre alto vestido con un mono naranja que indicaba que estaba en espera de juicio y que se la había denegado la fianza; significaba un crimen violento.
Madison se giró para encararlo.
Su expediente decía que tenía treinta y siete años, seis años más que ella, y que las cuatro cicatrices que le recorrían y brillaban en el dorso de la mano derecha eran un recuerdo de las horas que pasó atado a un árbol junto a James Sinclair y David Quinn cuando tenía doce años. Los números no perdonaban: cinco hombres a bordo del Nostromo, tres traficantes en Los Ángeles, uno en Seattle. Nueve supuestos asesinatos, ninguno de los cuales había estado nunca ni siquiera cerca de poder ser probado.
El expediente detallaba las fechas y horas de esas muertes, pero no podía explicar lo que se experimentaba al estar en la misma habitación junto a ese hombre. El hecho de que estuvieran dentro de una prisión era irrelevante. Él era un depredador y sus ojos color ámbar se fijaron en los de ella. Madison sintió el familiar escalofrío en el estómago.
—Detective.
—Señor Cameron.
No llevaba grilletes. Los dos guardias se limitaron a retirarse y cerraron con cerrojo la puerta de la celda con el característico ruido de metal contra metal. Madison los podía ver en la penumbra, flanqueando la salida con sus armas a plena vista y deseosos de estar en cualquier otro sitio.
Cameron llevaba el pelo oscuro rapado al estilo carcelario, pero, aparte de ese detalle, ella no podía apreciar ningún cambio ostensible. Parecía como si hubiera llegado hasta ahí dando un paseo, como si pudiera salir con la misma facilidad. Sí que había algo distinto, cayó en la cuenta, algo que nadie de los que estaban allí podría detectar: había visto a Cameron con Nathan Quinn y había visto un rescoldo de humanidad, algo de calor. Este Cameron estaba completamente cerrado; el hombre que había tomado café en la mesa de su abuela había desaparecido.
Se sentaron. Madison ordenó sus pensamientos mientras él esperaba. Esta visita iba a ser distinta.
—Acabo de hablar con Doyle. —Ella cerró los ojos durante un instante y recordó los detalles—. Tensión arterial normal, los cultivos negativos, no hay infección y la fisioterapia le está costando. La prueba ocular, normal, no hay pérdida de visión. Quieren reducir los antibióticos para el bazo de forma gradual y ver cómo evoluciona. No tiene fiebre y los análisis de sangre son normales.
John Cameron se quedó mirándola. Su mirada era muy directa y Madison se preguntó qué habría aprendido de ella durante estas visitas y cómo lo utilizaría algún día, fuera de aquel lugar.
—Gracias, detective. —Se levantó, y en un movimiento suave e imperceptible se plantó en la puerta.
—Hay algo más.
Él se dio la vuelta.
Nunca habían hablado de ese tema, y hasta donde Madison sabía, los niños apenas lo hicieron en su momento.
—A un kilómetro del claro… —no hacía falta aclarar a dónde se refería, no a este hombre—, los guardas del parque han encontrado restos humanos, de un niño. Posiblemente enterrado hace más de veinte años.
Los ojos de Cameron reflejaron una momentánea emoción: un pensamiento, quizá una esperanza. Madison no pudo distinguirlo a pesar de que él centraba toda su atención en ella de forma patente.
Durante veinticinco años todo el mundo había creído que aquella muerte fue un accidente. Les habían vendado los ojos, le habían oído ahogarse. Como si aquel día no hubiera traído ya suficiente desgracia.
—Hay señales de trauma en la cabeza, suficiente como para haber causado la muerte —continuó ella.
John Cameron se quedó muy quieto. Madison estaba segura de que estaba recordando.
—Acaban de tomar una muestra de ADN de Quinn —acabó ella.
No hacía falta decir nada más. Antes de que Madison pudiera tomar aliento, él ya estaba en la puerta y el cerrojo se abría. La hora de visita había terminado.
Madison se reclinó en la silla y miró hacia la fina malla plateada del techo y las muchas capas de hormigón tras ella. «Menuda manera de pasar el día libre».
El subalcaide Thomas miró su reloj. Las visitas de la detective Madison eran siempre breves y él quería asegurarse de que les había dado a los funcionarios tiempo suficiente para llevar a John Cameron de vuelta a su celda. Y les había dado un tiempo extra también antes de aventurarse a los pabellones de máxima seguridad para su paseo de rutina.
Había algo que no le había contado a la detective Madison. Comenzó al tercer día de llegar Cameron. Otro recluso de la misma sección le había visto pasar por delante y había comenzado a golpear los barrotes de su celda, con un ritmo rápido, como un timbal. Otros se habían unido al grupo. Un pabellón entero con sus dos malditas plantas. Habían comenzado a martillear los barrotes con lo que fuera que tuvieran a mano a un ritmo constante, hipnótico, que crecía en volumen y se extendía como un viento incómodo de un pabellón a otro.
Desde aquel día, cada vez que John Cameron salía de su celda —para ir al patio, para ver a su abogado, a la ducha, o a ver a esa policía—, el asedio de ruido comenzaba y los reclusos no paraban hasta agotar el último resquicio de fuerzas que tenían. No había voces, solo el martilleo.
Los guardias se habían cambiado de turno entre ellos para evitar tener que estar presentes cuando sacaban a Cameron de la celda, y Will Thomas, harto del papeleo, miraba su reloj y veía cómo perdía el tiempo.
Al contrario que los reclusos, el sonido podía viajar adonde quisiera y encontrar ese lugar más sensible en los nervios de un guardia por donde se colaba hasta los huesos.
Madison llamó a Doyle desde el coche.
—¿Cómo se encuentra Cameron? —le preguntó él.
—¿Me pregunta en serio qué es lo que piensa ese hombre?
—No, claro, lo siento.
Madison quería preguntarle cómo se lo había tomado Quinn, pero no lo hizo. Solo le había pasado el informe médico. Ella había despreciado y temido a Nathan Quinn a partes iguales desde el momento en que se conocieron. Pero el caso era que Tommy iba a poder celebrar su cumpleaños dentro de poco.
Madison no preguntó cómo se sentía Quinn sobre la posibilidad de que su hermano hubiera sido brutalmente asesinado. Él no necesitaba su preocupación y ella tampoco sabía muy bien cómo comportarse.
Comprobó el maletero para asegurarse de que tenía el equipo básico —guantes de látex, linterna, baterías, chubasquero y botas de agua— y se dirigió al norte por la 509; le llevaría unas tres horas llegar hasta allí. Puede que el cuerpo no fuera oficialmente el de David Quinn, pero ella tenía que verlo por sí misma, necesitaba conocer el lugar donde se había originado ese retazo de infierno que Cameron llevaba consigo.
De alguna forma, Madison se las arregló para llegar al transbordador de las 12:05, que conectaba Edmonds con Kingston. Compró un café y buscó un asiento cerca de la ventana para el trayecto de treinta minutos. Había mucha gente; familias ruidosas, grupos y viajeros solos desperdigados por los asientos y sobre las sillas blancas con borde azul marino, manchas de restos de comida y bebidas esparcidas por los anchos pasamanos.
Madison no tenía ganas de comer. Como cada día desde diciembre, deseaba que su compañero, el sargento detective Kevin Brown, se recuperase rápido y volviese al trabajo. Hablaban a menudo y se veían una vez a la semana, pero su opinión en ese momento, al observar el escenario de un crimen cometido hacía veinticinco años, habría sido muy valiosa.
Casi lo había perdido a causa de dos disparos, y era algo que intentaba olvidar. En aquel momento, llevaban trabajando juntos pocas semanas, las primeras en Homicidios para ella, pero ahora parecía que habían sido más, y su vida anterior parecía más lejana aún. Brown era uno de los puntos cardinales a los que Madison se agarraba para navegar por el Departamento de Homicidios; había decidido que aprendería de él, le gustase a su compañero o no. Pero después sucedió lo de Salinger.
Con un poco de suerte, uno de los guardas forestales del puesto de vigilancia del río Hoh sería capaz de proporcionarle las coordenadas exactas del lugar donde habían encontrado los restos, y su GPS la llevaría hasta allí. El hecho de que no hubiera todavía una identificación oficial y de que el caso perteneciera al condado de Jefferson la convertían en una mera excursionista con placa. Esperaba que fuese suficiente.
Madison se terminó el café —el aroma, mucho mejor que el sabor— y se aventuró a salir a cubierta.
«¿Ha pensado en el incidente del bosque? Quiero decir, ¿durante algo más que unos pocos segundos al día?».
«No».
Madison se subió la cremallera de la chaqueta y entrecerró los ojos ante la ráfaga de viento. No era la primera vez que había vuelto a aquel bosque. Estaba segura de que, algún día, volvería a ser simplemente un bosque con sus árboles viejos y sus valles y un manto de vegetación tan tupido que incluso la luz parecía de color verde. Pero todavía no.
Se apoyó en la barandilla con las manos bien metidas en los bolsillos y la mirada más allá de Kingston —con su bonita calle principal y sus encantadores cafés—, clavada en la sombra alargada que eran las montañas de la península de Olympic y los secretos que ocultaban.
John Cameron estaba tumbado en su camastro. Después de volver a su celda, despacio, recluso a recluso, el sonido había desaparecido y los gritos habituales y los improperios rebotaban contra las paredes de hormigón.
Se envolvió en su silencio personal; el mundo exterior no era sino una mera interrupción esporádica. Sus ojos seguían la leve grieta que había sobre él en el techo mientras rozaba la punta de su dedo índice contra la textura rugosa de la manta. Se sumergió en sus memorias como si fueran aguas profundas.
28 de agosto de 1985. Primero, pescando con David y James en el lago Jackson. Luego, la furgoneta azul y los trapos raídos apestando a cloroformo. Más tarde, el despertar con una venda en los ojos, atado con una cuerda. «No es nada personal, solo son negocios». Por último, David se ahogaba y los hombres marchándose, llevando consigo el cuerpo de su amigo. David. Había sido el sonido de la muerte. Los hombres así lo habían creído. James también, al igual que él mismo.
Pensó en el hombre perverso que había caído en la trampa cinco años antes, en las estacas que Cameron había afilado y que habían traspasado su cuerpo. Pensó que aún quedaba mucho sin resolver, que todavía estaba todo pendiente, y ahora Nathan tendría que rememorar de nuevo todo, solo que esta vez era todavía peor. Pensó que su celda apenas iba a poder retener su furia durante más tiempo.
Sabía, como si pudiera ver a la detective Madison, que esta iría adonde habían encontrado a David. Él también iría. Su mirada se mantuvo fija en la diminuta grieta hasta que no pudo ver nada más.
Los gritos de la celda contigua apenas le afectaban. El guardia miró hacia dentro, alejó la mirada y se fue.
Madison se incorporó a la 101 al límite de velocidad. Hacía buen tiempo, con un sol medio oculto tras un fino velo de nubes. Miró hacia delante y rogó que hubiera la máxima luz posible. El equipo del forense local probablemente habría barrido ya la zona, pero Madison necesitaba verlo por sí misma, incluso si el tiempo hubiese borrado todo excepto el nombre del chico.
Llegaría un momento en el que podría preguntar a Cameron por aquel día. Se preguntó si de verdad sería posible, si los restos que habían descubierto, recogido, examinado y analizado guardaban las suficientes verdades como para abrir una investigación en toda regla. La experiencia de Madison en ciencia forense era extensa y tenía una fe ciega en las pruebas. Si se hubiera tratado de cualquier otro caso, habría dicho que la probabilidad de abrir un proceso judicial después de veinticinco años, con la climatología del noroeste del Pacífico y en medio del bosque, era nula. Aun así, al ver que se acercaban unos nubarrones desde el oeste, pisó el acelerador casi a fondo, adelantando a un autobús de turistas con matrícula de Idaho que iba demasiado despacio.
Estaba aquí porque no se trataba de un caso cualquiera, y cualesquiera que fueran los restos de pruebas que quedaban, Madison sospechaba que no podrían ser guardados en ninguna bolsa y etiquetados, sino que sería algo que habría que valorar de una forma que todavía no era capaz de definir.
Entró en el aparcamiento de la estación del río Hoh, casi vacío, por suerte, en esta época del año, y hurgó en el maletero en busca de sus botas de montaña y el equipo de lluvia. El bosque estaba mojado y envuelto en un velo de aire húmedo, estuviera lloviendo o no.
Madison se ajustó la pistolera del tobillo y metió su pequeña cámara fotográfica y el resto de su equipo en una mochila ligera. Se la ajustó en los hombros y de repente se vio abrochando las correas del chaleco antibalas que Nathan Quinn se acababa de colocar, con sus manos temblando de frío y miedo, mientras Quinn miraba hacia otro lado. Prácticamente lo había obligado a llevarlo aquella noche, cuando todavía creía que Harry Salinger vendría a por ellos con algo tan mundano como armas y munición.
Madison se encogió de hombros y se ajustó la mochila en la espalda.
El guarda del parque, treinta centímetros más alto y medio metro más ancho que Madison, la miró de arriba abajo.
—Entenderá que el expediente es jurisdicción de las autoridades del condado de Jefferson, detective —dijo.
—Lo sé. Lo que necesito es la localización, eso es todo.
Era una oficina agradable, con una gran ventana que daba al bosque y mapas repartidos por todas las paredes.
—¿Va a ir caminando?
—Sí, eso pretendo.
—¿Por qué?
—Solo quiero tomar alguna nota.
—¿No es un poco precipitado?
—Puede.
—¿Por qué?
—Porque es mi día libre.
El guarda sonrió.
—Déjeme que haga un par de llamadas.
—Gracias.
Madison lo dejó a su aire y deambuló mientras observaba los mapas que llenaban las paredes. Siguió la red de senderos con la punta del dedo índice: había recorrido muchos de ellos; otros los había visto en todo tipo de clima; la mayoría, los conocía al menos un poco.
Le dejaban algo bien claro: uno de los hombres que había raptado a los niños debía de haber conocido muy bien aquella zona. Alguien había escogido el claro donde habían atado a los chicos, alguien había escogido el sitio donde habían enterrado a David Quinn. A pesar de la cantidad de excursionistas de finales de agosto, nadie los había visto.
Madison siguió la serpenteante ruta de la carretera del Upper Hoh, casi paralela al río. Los raptores habían sabido exactamente adónde ir y cómo evitar a los intrusos en su pequeña «fiesta».
Rugged Ridge, Indian Pass, Owl Creek —las líneas que marcaban los senderos— se cruzaban y serpenteaban a través del terreno.
Madison estaba tan absorta en el mapa topográfico que apenas oyó aproximarse al guarda.
—He hablado con mi jefe. Yo la llevaré —dijo.
Durante un instante, Madison no entendió lo que quería decir.
—Gracias, pero de verdad que no quiero hacerle perder el tiempo. Solo…
—Estoy a punto de acabar mi turno y se acerca un frente. Si quiere llegar allí antes, tengo que llevarla. No es ningún problema.
Madison apenas podía creerlo, pero aceptó, agradecida.
El guarda, de casi cuarenta años, pelo rubio y ojos azules, lideró la marcha. Conducirían un rato y andarían el resto. Se presentó como Ryan Curtis. Su acento sonaba a California con diez años en el norte del Pacífico encima.
Conducía una camioneta que hacía que, a su lado, el viejo Civic de Madison pareciera una maravilla.
—No se acuerda de mí, ¿verdad? —dijo, mientras se dirigían al oeste por la carretera del Upper Hoh.
Madison se giró hacia él. Estaba segura de que no se habían visto nunca.
—Estaba de guardia aquella noche y lideré el equipo SWAT que llegó adonde estaban ustedes. —El guardia Curtis viró bruscamente en una carretera secundaria cuyo asfaltado terminó enseguida. A Madison no le dio tiempo a contestar—. Habrán cambiado muchas cosas en esos veinticinco años: árboles, arbustos, terrenos desgastados por las lluvias, raíces, arroyos, todo.
Puso el freno de mano con un ruido chirriante y miró a Madison.
—Estoy seguro de que no necesito decírselo, pero no estamos en un jardín, no es como si se hubieran encontrado restos en el patio trasero de una casa. No hay osos y jaguares en un patio trasero. Es casi un milagro que hayan aparecido los restos.
El aire era pegajoso y sorprendentemente cálido para ser enero. A pesar de su corpulencia, Curtis se movía con agilidad y rapidez entre la vegetación. El sendero había desaparecido media hora antes, y Madison se había dado cuenta de por qué se había ofrecido a guiarla: adonde se encaminaban no había ningún sendero conocido ni bonitas vistas sobre arroyos, tampoco lugares pintorescos para que los excursionistas de fin de semana sacaran fotos. El bosque no quería ser visitado y tampoco fotografiado.
Curtis no hizo ninguna concesión a Madison: le había advertido al principio que debía seguir sus pasos exactamente, tras lo cual se puso rápidamente en marcha. Parecía como si fuese mitad reno, pensó Madison, porque necesitaba reírse de algo para distraerse del olor a cobre que la invadía y que sabía que en realidad no estaba ahí.
Avanzaron bajo abetos y diversas capas de cimas de árboles, desviando su dirección para rodear rocas y barrancos. Las ramas bajas azotaban su mochila, y el piso del terreno se hizo desigual, con rocas puntiagudas que sobresalían entre la tierra y suponían un reto a su equilibrio. Entretanto, la luz iba cambiando y el silencio se hacía cada vez más profundo.
Madison se mantuvo a un metro detrás de Curtis, agradecida por la falta de conversación y por su buena forma física.
—Falta poco —dijo, sin darse la vuelta, diez minutos después.
La lluvia empezó a caer de forma tan ligera que Madison apenas se percató hasta que notó una gota en la frente. Miró hacia arriba y vio claros de cielo entre las ramas: mucha nube con un poco de azul pálido.
—Ya hemos llegado. —Curtis se apartó hacia un lado y señaló el lugar.
Estaban en un valle angosto, bajo una cicuta con matorrales altos a su alrededor y el precinto amarillo de la policía aleteando en el viento.
Curtis había estado en lo cierto cuando dijo lo que dijo en la furgoneta. Madison se obligó a tener en cuenta que lo sucedido en aquel lugar había tenido lugar veinticinco años antes. Ella estaba en la escuela primaria, su madre estaba viva y no había estado nunca en Seattle. Todo había cambiado, crecido o muerto, y lo que tenía delante de ella ahora no era más que parte de lo que los secuestradores —más bien, se corrigió, los asesinos— habrían visto entonces.
Se acercó despacio al precinto amarillo y ante ella apareció el hoyo cavado, de contorno redondeado y pocos metros de profundidad.
—Estaba casi en la superficie; con los años, la luvia ha debido de dejarlo al descubierto —oyó decir a Curtis desde detrás.
Era tan pequeño que su visión impresionó a Madison de una forma casi tangible: lo habían enterrado hecho un ovillo, de lado. Tenían prisa, querían salir del bosque rápidamente y no tenían tiempo que perder. Cavaron un agujero lo suficientemente ancho y profundo para que cupiera el niño; lo cubrieron de tierra y se marcharon.
Madison se quitó la mochila y sacó la cámara. Empezó a sacar fotos con un flash centelleante en la creciente penumbra, en un intento de contrarrestar de forma física esa sensación palpitante de furia que le invadía el pecho. El patético hoyo le revelaba algo más: habían asesinado a un niño y les daba igual; no era un entierro, era un vertedero.
Dejando a un lado sus sentimientos, sacó el bloc de notas y repasó los detalles.
—¿Dónde queda el claro? Me refiero al lugar adonde dirigió al equipo SWAT aquella noche.
Curtis apuntó hacia el oeste.
—A kilómetro y medio en esa dirección.
—¿El terreno es similar al que hemos recorrido nosotros?
—Sí, parecido. Difícil de recorrer si no lo conoces bien.
Madison tomaba notas en su bloc oficial de la policía.
—Era agosto —dijo—. El 28 de agosto de 1985. No llovió aquel día, lo he comprobado. ¿Existe alguna posibilidad de que hicieran parte del trayecto en furgoneta?
—Antes había un pequeño camino asfaltado hasta un puesto de climatología por ahí, pero cuando dejaron de utilizarlo, el camino empezó a degenerar y ahora está casi cubierto de vegetación. Si lo conocían, los podría haber llevado casi hasta el claro.
—¿Cuándo dejó de funcionar el puesto?
—A principios de los ochenta, creo.
—No es por ahí por donde fuimos aquella noche. Dejamos el coche y caminamos un rato.
—No figuraba en los mapas. Era una pequeña carretera de servicio que no conducía a ninguna parte. No había forma de saber que existía.
Madison sintió un cabo suelto escapándose de su mente y lo atrapó a tiempo.
—Ellos sí que lo conocían —dijo Madison—. Los asesinos lo sabían. ¿Hay algún sendero que atraviese ese camino o la ruta desde aquí hasta allí?
—No, que yo sepa.
—Lo que significa que pensarían que se tardaría en encontrar a los chicos que habían dejado atrás. Y si enterraban a David Quinn lo suficientemente lejos de los chicos, sería imposible localizarlo.
Madison echó un vistazo a su alrededor. Ni huellas, ni marcas de ruedas, ni de herramientas, ningún tejido desgarrado atrapado en una rama. La lista de cosas que no tenían y no tendrían nunca era bien larga.
Midió el largo con la cinta métrica, sacó una fotografía y anotó las dimensiones. La Policía Científica probablemente ya lo habría hecho, pero de todos modos lo repitió. De los laterales sobresalían raíces, y los insectos habían empezado a reclamar de nuevo la tumba.
Estaba de pie, a un extremo del hoyo. ¿Habría cambiado la tierra al haber albergado a un niño asesinado? ¿Cómo se podría medir ese cambio? Madison se acuclilló y la palpó: fría y húmeda. El niño se había convertido en cadáver y el cadáver en restos humanos. La lluvia y la tierra habían atravesado esos restos mientras se desintegraban. «Algo —pensó Madison—, algo han tenido que olvidar los asesinos, algo que se ha quedado con David Quinn y que los ha estado esperando hasta que ellos lo descubrieran».
—Tenemos que volver, detective.
Madison se irguió y asintió.
—Esos arbustos alrededor de la fosa —apuntó Curtis— son Dicentra formosa.
Madison lo miró sin entender.
—Conocida como «Corazón Sangrante» —dijo él—. Ese es su nombre común. Tiene una flor muy bonita.
Madison se colocó la mochila al hombro y se puso la capucha. Sobre ella y fuera de su vista, más allá del espeso follaje verde, escuchó un rápido aleteo de alas que se perdió en la lejanía.
A pesar de que anochecía, el viaje de vuelta fue más rápido. Curtis no estaba interesado en charlas triviales. Llegaron a la camioneta, y antes de que Madison se diera cuenta, Curtis se detenía junto a su Honda Civic en el aparcamiento de la estación del Hoh.
—Gracias —dijo Madison—. De verdad. No he visto nunca nada parecido.
—Ni usted ni yo.
Ella salió de la camioneta, se montó en el Honda y se marchó. Las luces de la camioneta la siguieron hasta la desviación de Forks.
Madison se sentía cansada y sin aliento, como si hubiera estado en un examen cuyas preguntas ni siquiera entendía. Más tarde, ya sentada en el transbordador, con las manos alrededor de una taza de té que no se estaba tomando, se dio cuenta de que se había hecho una promesa, fuera David Quinn o no el niño que habían encontrado.
Seguía tomando notas cuando el transbordador atracó.
Nathan Quinn comprobó la hora en el reloj de pared. Faltaban tres minutos para llamar a Scott Newton, el fiscal que representaba al condado en la causa contra John Cameron. Tal y como había ordenado a Doyle, un abogado de peso de la firma Quinn Locke había defendido a Cameron durante la incapacidad de Quinn, pero no quedaba ninguna duda de que él volvería a asumir la defensa de Cameron.
Quinn quería que Cameron saliera de prisión lo antes posible. Cada día que pasaba dentro de la penitenciaría era otro día en que su amigo corría peligro, otro día en que se podía ver empujado a defenderse ¡para salvar su vida. Los reclusos seguramente pagarían una buena cantidad de dinero para verlo, pero Quinn lo quería fuera de allí pronto. Incluso la custodia protegida —se preguntaba quién estaba siendo protegido— era apenas poco más que meras palabras.
Técnicamente, Quinn actuaba de consultor en el caso: estaba todavía bajo medicación, y el otro abogado de Quinn Locke debía aprobar cualquier gestión. No obstante, no cabía ninguna duda de quién tomaba las decisiones.
Quinn comprobó el reloj. Ya era la hora.
—Déjame entenderlo —decía Scott Newton—. Tu cliente atacó a Harry Salinger y lo cortó como si fuese una muñeca de papel, ¿y crees que «intento de asesinato» es exagerado?
—Pienso que incluso el cargo de «asalto en defensa propia» es excesivo. ¿Quieres que sea sincero? Simplemente «asalto» ya me parece demasiado. Lo único que pretendía John Cameron era neutralizar y detener a Harry Salinger después de que este admitiera haber asesinado a cuatro personas y haber secuestrado a un menor —contestó Nathan Quinn.
—Ya veo que pretendes que esto parezca una detención injustificada.
—No hay ningún jurado que vaya a aceptar intento de asesinato, Scott. No cuando a Salinger están a punto de declararlo demente, no cuando vean las fotos de la jaula que tenía preparada para el niño.
Newton permaneció en silencio. Salinger había construido dos jaulas, y una había sido para Quinn.
—Salinger podía haber muerto. Lo que le hizo Cameron pudo ocasionarle la muerte.
—¿Quieres saber cómo estamos seguros de que no fue intento de asesinato? —preguntó Quinn—. Porque Salinger sigue vivo, y no es por casualidad.
Newton no quería ir a juicio: había demasiados riesgos en una causa contra el hombre que había atrapado a Harry Salinger, «el asesino de Blueridge», y no tenía ni idea de dónde podía encontrar un jurado imparcial. Puede que en Marte.
—¿Qué me ofreces? —le preguntó a Quinn.
—¿Qué hay en juego? —contestó Quinn.
Newton resopló.
—Asalto en primer grado. Mi jefe verá justificado el trasladarme al Departamento de multas de tráfico.
—¿Tienes alguna prueba de que hubiera intencionalidad? Y con ello me refiero a una prueba de premeditación e intento de causar un gran daño corporal.
—Tengo los informes médicos de Salinger.
—Estoy seguro de que suponen una lectura fascinante, pero, te pregunto de nuevo, ¿tienes prueba de que hubiera intencionalidad?
Newton no contestó.
—En segundo lugar, ¿han encontrado el arma?
—Siguen buscando. —Sonó inseguro incluso para sí mismo.
