Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Aitor es un macarra, el payaso de la clase y la razón por la que todos los profesores se tiran de los pelos. Pedro es el chico de diecisiete años más recto, formal y repelente que existe, incapaz de romper las reglas. No tienen nada en común. Pero cuando Aitor muere a raíz de un accidente absurdo, su alma viaja hacia… el cuerpo de Pedro. Ahora, deben aprender a convivir y a tomar decisiones sobre el futuro de ambos.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 296
Veröffentlichungsjahr: 2023
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Enredo de almas
Eli Macías
Primera edición en esta colección: septiembre de 2023
© Eli Macías, 2023
Autora representada por IMC, Agencia Literaria, S.L.
© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2022
Plataforma Editorial
c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona
Tel.: (+34) 93 494 79 99
www.plataformaeditorial.com
ISBN: 978-84-19655-73-8
Diseño e ilustración cubierta: Marina Abad Bartolomé
Adaptación de cubierta y fotocomposición: Grafime Digital S. L.
Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).
Para Patri, que se merece esto y mucho más
Aunque no lo hubiese querido, Aitor pasó casi toda la vida entre las paredes del Instituto Jaime Vera. Por desgracia, parte de su muerte también.
Cada uno de los recreos era un juego de dados con dos únicas caras para Aitor y sus amigos: regresar a clase o saltarse el resto del día. Ese día, tocó darse un paseo por el Mercadona. Quizá, si el azar hubiese lanzado los dados de otra manera, las cosas habrían sido muy distintas.
—Suso, tío, se nos va a echar la hora de comer encima —bufó Vir, apoyada sobre la vitrina de la bollería y dando golpecitos al cristal con su habitual impaciencia.
El chico chasqueó la lengua, frustrado. Era muy fácil agobiarle, por eso le pinchaban tanto. Por eso y porque era muy gracioso ver a un chico tan bajito y con brazos como barriles sufrir ante la decisión de cogerse una magdalena de chocolate o una de plátano. Aitor apoyó el codo en el hombro de Alberto y miró hacia otro lado, pero no disimuló la risa.
—Que solo tengo un euro para todo el día —se excusó Suso, pero sabían que seguiría igual de inseguro aunque tuviese cincuenta euros en el bolsillo.
Vir puso los ojos en blanco y se giró hacia Carla, que tenía los ojos tan lánguidos y hundidos como siempre.
—¿No se supone que eres adivina? Podrías ver qué muffin se come y así salimos todos de dudas.
Carla jugueteó con la punta de su espesa trenza morena y se tomó su tiempo para responder, como siempre.
—Médium, no adivina. Es distinto.
—Se lo puede preguntar a tus muertos, Vir —bromeó Aitor con la sonrisa de coyote atravesándole toda la cara.
Alberto gruñó y se zafó de él con un pequeño empujón. Aitor se encogió de hombros. Sabía que Vir no se iba a enfadar, tenían ese humor cortante que solo entendían entre ellos porque a ninguno se le ocurriría hacerle daño al otro. Algo a lo que Alberto, el nuevo integrante del grupo y el más callado, aún no se había acostumbrado.
—Si os vais a pasar toda la mañana para esto, me salgo a fumarme un piti. ¿Vienes? —preguntó a Alberto, quien no aceptó la invitación con un gesto de cabeza.
Les dejó con el dilema de la magdalena, con lo que estarían dando círculos por lo menos durante un par de minutos más. Las puertas de la entrada se abrieron y el viento se le metió dentro de la sudadera. Después del escalofrío, notó las gotas de lluvia golpeándole las mejillas y chasqueó la lengua, se puso la capucha y esperó que el pelo moreno y ondulado no se le rizase con la humedad. Lo odiaba, más que los calcetines mojados, y eso que también estaba consiguiendo que se le empapasen. Asomaban por las playeras y apenas le tapaban la piel que dejaba ver los pantalones pitillos que le quedaban cortos. Pocas veces se vestía acorde al tiempo que hacía fuera, ese día no iba a ser menos.
Encendió un cigarrillo resguardándose bajo la cornisa del edificio. Se apoyó en la pared, media espalda y un pie. Alzó la cabeza con los ojos cerrados y dejó salir el humo en forma de O. Ah, cómo le gustaba vacilar, aunque fuese por la performance. Un poco de pose de chico malo, la mochila sobre un solo hombro, una sonrisa ladeada, un bufido burlón cuando necesitara mostrar su naturaleza despreocupada. Tampoco pensaba admitir en voz alta que lo hacía de forma consciente, claro.
—Vaya, me alegro de no ser el último en llegar a mi propia clase.
Aitor casi dejó caer el cigarro del susto. Tosió y se separó de la pared, irguiéndose cual soldado ante la presencia de su profesor de biología, el señor Gutiérrez. Le sonreía con esa satisfacción sádica que le caracterizaba, una mano agarrando el paraguas y la otra el maletín del que Aitor teorizaba que o bien estaba vacío o lleno de listados de sus próximas víctimas, nunca lecciones de su asignatura. Él sí que conseguía parecer un chico malo a sus cuarenta años sin ni siquiera intentarlo.
—¡Gonzalo! Qué bien te veo —saludó Aitor con demasiada efusividad y una confianza que, evidentemente, no tenían. El profesor ensanchó la sonrisa—. El abrigo es nuevo, ¿no? Tiene pinta de ser de los buenos.
—Déjese de tonterías, ande —dijo y cogió el maletín con la misma mano que la del paraguas abierto solo para poder tenderle la palma abierta. Sabiendo lo que le pedía, Aitor sostuvo su pitillo entre los labios y la mano le tembló mientras sacaba uno de la cajetilla para dárselo. Luego, le ofreció el mechero antes de que le pudiera pedir nada más. El señor Gutiérrez se tomó su tiempo para encenderlo. Aitor empezó a notar la tirantez de la tensión en los hombros—. Imagino que hay una razón completamente plausible por la cual no se encuentra aún en clase, ¿no?
—Uy, sí, es que me dolía la cabeza y… ya sabe, aquí estoy. —Carraspeó, cogiendo el mechero que le devolvía e intentando esconder el cigarrillo que ya había visto—. Tomando un poco de aire fresco.
—Ya. Pues reubíquese las neuronas y no tarde en volver, que la clase de hoy es importante —declaró antes de echar a caminar. Alzó las cejas y le miró por encima del hombro—. Espero verle allí o tendré que pensar que estaba intentando tomarme el pelo. Otra vez.
—Pero bueno, Gonzalo, qué cosas tienes. —Aitor rio entre dientes y se frotó el cuello.
El señor Gutiérrez puso los ojos en blanco con un largo suspiro y dio una calada antes de doblar la esquina.
Mierda.
Siseó con fastidio y tiró el cigarro a medias antes de entrar en el Mercadona. El grupillo ya estaba en la cola para pagar, Vir con su bolsa de Patatinas y Suso con una napolitana de chocolate metida en una caja de cartón.
—Chavales, me he encontrado con el Gonzalo en la puerta.
—No jodas —respondió Vir, apretando la bolsa entre las manos. Se le notaba las ganas que tenía de comer—. ¿Qué te ha dicho?
—Que no tarde en volver que la clase de hoy es importante, o algo así —dijo, arrugando la nariz.
Suso carraspeó y Vir resopló. Carla y Alberto, como siempre, se mostraron impasibles. Mientras, el dependiente les llamó para cobrarles.
—Pues qué putada, tío. Ya nos contarás qué se cuenta.
Con los hombros relajados y la sensación de que le habían interrumpido demasiado pronto, Aitor ladeó la cabeza y entrecerró los ojos con una mueca de incredulidad.
—¿En serio vais a seguir con las pellas? Pero que me ha pillado de lleno.
—Exacto, te ha pillado. A ti —remarcó Vir, mientras dejaba la bolsa sobre la cinta transportadora, levantando las cejas—. Si a los demás no nos ha visto, no tenemos por qué ir a su clase.
—Tía, va a cantar un huevo…
—Hazlo por el equipo, Aitor —bromeó Suso, poniéndole una mano en el hombro. Se le notaba orgulloso de no ser, por una vez, al que le estuviesen picando—. Te recordaremos con cariño.
Observó cómo pagaron y fue posando la mirada de uno a otro, pero se la rehusaban como si estuvieran aguantándose la risa. Puso los ojos en blanco y se colocó mejor la mochila sobre el hombro.
—Qué hijos de puta —murmuró antes de darse la vuelta y meterse las manos en los bolsillos.
Sus amigos le vitorearon a sus espaldas con tanto entusiasmo que parecía que era un gladiador a punto de entrar en el coliseo. Varias personas se giraron, algunas curiosas, otras molestas. Sin mirarles, Aitor solo les dedicó el dedo corazón levantado y volvió a la salida para enfrentarse a las interminables horas de instituto. Su peor pesadilla.
Llegaba tarde, por supuesto. No había nadie en los pasillos más que la secretaria que había salido a cogerse un café y que le conocía lo suficiente como para suspirar un «hay que ver, niño, ni un solo día en el que llegues bien de tiempo». Se frotó el cuello y fingió una sonrisa inocente, pero pícara que, por lo general, siempre le funcionaba. La secretaria le correspondió. Sabía que no iba a tener tanta suerte con Gonzalo.
Llamó a la puerta antes de entrar en el aula. El profesor ni siquiera levantó la mirada del libro cuyas páginas iba pasando con demasiada lentitud. La gente esperaba el comienzo de la clase, dormitando pese a ser aún las doce del mediodía. Aitor masculló un risueño «buenas» y se dirigió hacia su cómodo asiento al final del todo, ese que estaba en la esquina junto a la ventana y el radiador. Antes de que pudiera cruzar la segunda fila, se sobresaltó al escuchar cómo Gonzalo chistaba detrás de él.
—No tan rápido, Velasco. Hoy vamos a probar una cosa nueva y se va a sentar en primera fila junto a Parra para que le pueda tener bien vigilado.
Aitor giró solo la cintura y se quedó mirando al pupitre compartido que el profesor señalaba frente a él, ese en el que el sieso de Pedro Parra siempre se sentaba solo. Le miraba por encima del hombro con los dedos entrelazados entre sí y un rictus en los labios.
—No, gracias —respondió, la mitad de la clase estalló en una carcajada.
Gonzalo alzó las cejas; él tragó saliva. Imposible intentar hacerse el chulo con un hombre que tenía pinta de haber estado en cinco guerras y haberlas disfrutado todas.
—No era una sugerencia. Ahora, haga el favor de dejar de hacer el payaso para que pueda comenzar la clase.
No se atrevió a replicarle. Tiró la mochila junto al pupitre y luego se dejó caer en la silla con un bufido de fastidio. Le gustaba espatarrarse y ponerse cómodo durante las clases, pero en ese pupitre las rodillas tocaban la mesa del profesor y, junto a Pedro, que estaba recto como una bandera, se sentía tan fuera de lugar que él mismo se obligó, a duras penas, a erguirse en su asiento.
Gonzalo empezó a explicar algo de unas proteínas y unas enzimas que no le podían importar menos e hizo lo que mejor se le daba durante las clases: divagar. Apoyó la mejilla en la palma abierta y se preguntó qué estarían haciendo sus amigos. Seguro que habían ido de excursión a la Fnac de Nuevos Ministerios o a lo mejor a su rincón en el edificio en construcción de la calle de al lado para liarse algún canuto. No podía coger el móvil y escribirles porque Gonzalo le pillaría de inmediato, y tampoco podía quedarse mirando por la ventana porque ese asiento estaba junto al pasillo. Así que se giró y analizó a su compañero porque no tenía nada mejor que hacer.
Pedro era uno de esos chicos que se peinaba el pelo rubio de forma perfecta hacia atrás y llevaba las camisas planchadas y abotonadas hasta arriba. Aunque decir «uno de esos» implicaría que alguien más lo hacía en el instituto. Pedro era el único que llevaba esas pintas y unas gafas rectangulares sin montura que habían pasado de moda décadas atrás. Su gesto, siempre con la barbilla alzada y ceño fruncido, alternaba entre la concentración hacia el profesor y la soberbia hacia sus compañeros. Aitor carraspeó. Llamó la atención de Pedro, que se giró hacia él, Aitor desvió la vista fingiendo que le interesaba mucho lo que Gonzalo había escrito en la pizarra. ¿O dibujado? En todo caso, no entendió ni lo uno ni lo otro.
Faltaban cinco minutos para que tocase el timbre y Aitor ya estaba recogiendo lo —poco— que tenía sobre la mesa. Como si oliese sus ganas de coger carrerilla para huir de allí, el profesor le lanzó una mirada envenenada con los ojos entrecerrados y se puso de pie para hablar.
—Antes de que se vayan, quiero que decidan sus parejas para un trabajo de investigación libre que tenga que ver con el tema tratado estos últimos días. —La clase se llenó de resoplidos y lamentos. Gonzalo arqueó una ceja, se colocó las gafas—. No refunfuñen, que tendrán dos semanas para hacerlo. Sin embargo, las parejas me las tendrán que decir ahora.
No se lo pensó antes de coger el móvil para escribirles a sus amigos por el grupo: «trabajo de mierda en pareja, ¿quién se pone con quién?». A su alrededor, sus compañeros empezaron a hablar entre ellos. Aunque no alzaron mucho la voz, Gonzalo ya estaba chistando. A su lado, Pedro se mantuvo igual de recto y con las manos entrelazadas como al inicio de la clase. Qué mal rollo que le daba ese chaval.
—Imagino que no tendrá una pareja con la que hacer el trabajo, Parra —dijo Gonzalo, apoyando los brazos cruzados sobre la pantalla del ordenador que les separaba el pupitre.
Aitor miró de reojo e intentó hacer como que no estaba escuchando la conversación. No le importaba tratar a los profesores como colegas aunque, evidentemente, no lo fueran y a sus amigos les frustrase; le gustaba pensar que podía relajar cualquier tipo de ambiente si eso le beneficiaba. Sin embargo, no soportaba las charlas serias de profesor a estudiante. Le incomodaban. Cada vez que recordaba a la profesora Fátima con esa sonrisa compasiva diciéndole que podía ayudarle a sacar todo el potencial que seguro que tenía escondido en alguna parte, un escalofrío le recorría toda la espalda.
Vir pero de que va el trabajo?
yo q se si no me he enterado de nada
Suso joe aitor pues si que nos ha ayudado que te quedes :(
q no soy vuestro corresponsal, cabrones
—No pasa nada, estoy acostumbrado a hacer los trabajos solo. Además, lo prefiero.
Otro escalofrío. Pedro hablaba poco, pero cuando lo hacía dejaba salir la voz más grave que había escuchado nunca. Tan grave que le raspaba los tímpanos, como si la escuchase de dentro hacia fuera. «A mí me parece sexi», había dicho una vez Carla. «A mí me da un poco de asco porque parece que no haya bebido nada de agua en cinco meses», respondía Vir.
Aitor se tapó la boca con un puño e hizo que se aclaraba la garganta para no reírse él solo.
—Se me ocurre que su compañero, aquí presente, tampoco tiene pareja, ¿no? Así que quizá pueden ponerse juntos.
Aitor tardó unos segundos en reaccionar, alzar la cabeza y darse cuenta de que tanto Gonzalo como Pedro le estaban mirando. El primero divertido, el segundo no tanto. Parpadeó varias veces y se asustó cuando su silla cayó hacia delante. Ya ni se acordaba de que estaba balanceándose sobre las patas traseras.
—No, no, pero si yo no… A ver, mis amigos no están en clase, pero seguro que alguno se pone conmigo.
—Creo recordar que sus amigos, que casualmente han enfermado todos al mismo tiempo, son un grupito de cuatro, así que, contándole a usted, son impares. —El profesor entrecerró los ojos afilados y Aitor contuvo el gesto de tragar saliva—. Además, usted mismo lo ha dicho, no están aquí, pero Parra sí, así que no veo ninguna razón para que no hagan este trabajo juntos.
Aitor y Pedro se miraron. Aitor estaba confuso e incluso algo horrorizado ante la idea de hacer un trabajo con alguien que no fuese uno de su pandilla. No le gustaba estudiar, mucho menos esforzarse o que otra persona tuviese que depender de sus aportes. Pedro mantuvo el rostro imperturbable, aunque no le engañaba, notó cómo se le marcaba la mandíbula por apretar los dientes. Los dos se giraron hacia Gonzalo al mismo tiempo.
—Que no, que no, pero si Alberto ni siquiera viene a esta clase… Somos cuatro.
—Y como yo ya he dicho, prefiero hacer el trabajo solo…
—Van a ponerse juntos y es una decisión final —cortó el profesor. Aitor vio su vida pasar ante sus ojos, abrió la boca para rechistar, pero Gonzalo le miró como si pudiera arrancar el monitor con una mano y estampárselo en la cabeza. Luego, se giró hacia Pedro con expresión más relajada—. Sé que no es lo ideal y que la incorporación de Velasco puede ralentizarle, pero usted es el único en que confío para que le ponga las pilas. Seguro que consigue que esto funcione.
Esa vez, Aitor abrió la boca sin cortarse, pero solo para mostrar lo sorprendido y ofendido que se sentía. Pedro asintió una sola vez y resopló por la nariz.
—De acuerdo, señor Gutiérrez.
El profesor sonrió con orgullo y se irguió para hablarle a la clase que ya estaba poniéndose de pie. Aitor se quedó mirando la lucecita de las notificaciones de su móvil con las cejas juntas y la nariz arrugada.
—Estoy aquí delante, pero vale —susurró para sí mismo. De hecho, no creía que Pedro, que puso la mochila sobre el pupitre para recoger sus cosas, le hubiese escuchado.
—Yo también estaba aquí cuando pusiste cara de asco al sentarte a mi lado.
Aitor pestañeó porque no esperaba que le respondiera. Se giró hacia él, pero Pedro no le miró. Cerró la cremallera y posó ambas manos sobre el asa de la mochila con gesto solemne. No sabía que alguien pudiera parecer tan formal con una mochila de Nike.
—No, hombre, no era cara de asco, es que… no me gusta sentarme en primera fila, eso es de pringados —dijo y se dio cuenta de que la había cagado antes de terminar la frase—. ¡A ver! Que no lo digo a malas. Además, tú tampoco quieres ponerte conmigo, ¿no? Seguro que prefieres hacer ese coñazo de trabajo con un amigo.
El otro chico seguía evitando mantener contacto visual, ignorándole, pero se fijó en cómo uno de sus ojos se cerraba tan solo un segundo, un tic nervioso que no podía controlar. Echó la silla hacia atrás con un sonido chirriante y se puso de pie.
—¿Me dejas pasar?
Aitor prácticamente saltó de su asiento. Le sacaba media cabeza a Pedro y, aun así, ese capullo insolente conseguía intimidarle mientras se colocaba la mochila con parsimonia y porte de ejecutivo de cincuenta años.
—Quedamos en la biblioteca después de las clases. Tengo un par de ideas que nos pueden servir.
—Ah… —Aitor balbuceó, hizo un mohín con la boca y se frotó la nuca—. Después de clase no puedo, es que tengo que ayudar a mi tía con la cafetería.
Pedro suspiró. No era mentira del todo; sí que ayudaba a Nadia, aunque la cafetería no abría hasta las cinco de la tarde. El chico se estiró las mangas y se las abotonó.
—Pues mañana en la hora libre. No llegues tarde.
Quiso replicar, aunque no supo muy bien cómo. Solo vio a Pedro salir por la puerta con el resto de la clase. Dejó caer los hombros con un suspiro de fastidio.
Odiaba desaprovechar las horas libres de los viernes.
El timbre del final de las clases retumbó por todo el edificio, Aitor fue el primero en salir de la suya. Resopló con fastidio cuando alguien le dio varios golpes en la espalda y no le hizo falta darse la vuelta para saber que se trataba de su hermana.
—¿Qué haces, imbécil? ¿No deberías estar con los demás enanos? —le espetó el chico con una sonrisa burlona.
Vio por el rabillo del ojo cómo Aitana chasqueaba la lengua y se puso frente a él de un salto. Así se llamaban los dos: Aitor y Aitana. Sus padres, que en paz descansasen, tenían un humor muy extraño.
—Encima que te limpio la sudadera… tenías la espalda blanca entera, ¿sabes?
—¿En serio? —preguntó y se quedó mirando esos ojos redondos, azules e inquisidores que ambos habían heredado.
—Pues sí, enterita. Ya podrías darme las gracias, que si no te hubieses ido así a casa.
Dejó caer el asa de la mochila hasta la mano y estiró la sudadera todo lo que pudo para ver que, efectivamente, aún le quedaba algo de polvo blanco en la espalda. Puta pared del Mercadona.
—Hablando de volver a casa… —siguió la chica con la misma mirada inocente que ambos habían perfeccionado durante años para que su tía Nadia les dejara pedir cena a domicilio cuando ninguno tenía ganas de cocinar—. Algunos de clase quieren comer fuera y uno de ellos se ha ofrecido a llevarme a casa después. ¿Te importa decirle a tita que me he tenido que quedar haciendo un trabajo, porfa?
Aitor entrecerró los ojos con recelo y se fijó por encima del hombro en el grupillo de chavales del curso de su hermana. Reconoció enseguida a Mario, su antiguo compañero de clase. Antiguo porque había repetido dos cursos hasta acabar en el de Aitana. Arrugó la nariz. Ese no era el problema; no le cabía duda de que él mismo acabaría repitiendo segundo de bachillerato, no se preocupaba ni por la EVAU. No, el problema tenía que ver con la fama que precedía a Mario. Durante un breve período de tiempo perteneció a su pandilla y lo único de lo que hablaba era de ligues que seguro no eran ni reales, de situaciones hipotéticas que solo le hacían gracia a él y de poner verde a los demás a sus espaldas. Se mordió la mejilla por dentro. Ese chico no era trigo limpio.
—Y con «uno de ellos» te refieres a Mario, ¿no? —Su hermana quiso replicar, pero él levantó una mano sin dejar que respondiera—. Mira, si quieres salir con el puto Jason Voorhees de fiesta, adelante, estás en tu derecho, pero no voy a cubrirte para que te vayas con Mario. Eso ya es pasarse.
Aitana cerró la boca tan fuerte que hizo un ruido y se cruzó de brazos, nada contenta.
—Te das cuenta de que no entiendo tus referencias de viejo, ¿no?
—Solo te saco dos años, no te flipes.
—Por eso mismo no deberías darme órdenes.
—Ah, pero puedo y, de hecho, voy a hacerlo —repuso Aitor con una sonrisa maliciosa.
Hizo gancho con el dedo índice en el asa de la mochila de Aitana y tiró de ella para que le siguiese. La chica pataleó para zafarse de él y, aunque lo consiguió, suspiró y se giró para despedirse de sus amigos con un «otro día, chicos». Después, le siguió con los labios apretados y refunfuñando. Aitor sonrió y le dio varias palmaditas en la cabeza sin decirle nada más, dejando que Aitana le ignorase mientras miraba el móvil como «castigo» por ser un «mal hermano», según dijo.
Aitor empezó a cuidar más de ella cuando sus padres fallecieron. Nada heroico, no hubo ningún punto de inflexión: sufrieron un accidente de coche cuando volvían de una boda y el conductor, el mejor amigo de ellos, iba borracho. Irónicamente, él sobrevivió, pero sus padres no. Con diez y ocho años, Aitor y Aitana se mudaron con su madrina, la hermana de su madre, y él tomó el rol de cuidador de la pequeña como si se tratase de un padre. Bueno, todo lo padre que podía ser un chico que rascaba las propinas que le daban en la cafetería para comprarse bollos de Pantera Rosa. A pesar de todo, no cambiaría ese puesto por nada en el mundo.
Y por supuesto que no iba a dejar que se fuese con el gilipollas de Mario.
El instituto estaba a tres paradas de metro de casa, así que a veces lo cogían y otras volvían andando. Ese día tocó ir a pie, por un lado, porque Aitor quería hacer rabiar a Aitana por ignorarle —aunque ella ni siquiera hizo el esfuerzo de enfurruñarse— y por otro, porque sabía dónde iba a encontrarse a sus amigos. En efecto, estaban apoyados en una de las paredes del edificio en obras, cobijados bajo el andamio aunque ya no lloviese. Suso se encendía un cigarrillo, Alberto bostezaba y Vir y Carla juntaban las cabezas para mirar la pantalla del móvil. Aitana levantó la mirada solo para poner los ojos en blanco.
—¿Qué tal la mañana, panda de cabrones? —preguntó con una sonrisa ladeada, ganándose la atención de los demás y provocando que su hermana bufase con fuerza—. Ya os podríais haber ido más lejos. Sabéis que aquí es probable que os pillen, ¿verdad?
—Estamos haciendo un test para ver si somos una persona más perro o más gato —explicó Carla con su voz monótona, como si eso respondiese su pregunta.
Vir levantó el móvil y lo señaló con la otra mano, muy orgullosa.
—Suso y yo somos perro, Alberto y Carla son gato. Probablemente, tú serías una chinchilla.
Aitor arrugó la nariz; Vir rio como una hiena y chasqueó la lengua.
—A mí, en cambio, no me hacía falta un test para saber que eres una perra.
—Tienes razón —le respondió su amiga y se encogió de hombros, volviendo al móvil.
Suso tosió al darle una calada del cigarro y se lo tendió a Aitana con una sonrisa nerviosa.
—¿Quieres?
Aitana hizo un ademán de acercarse, pero lo disimuló frotándose el brazo ante la mirada de cejas alzadas y labios apretados de su hermano. Aitor pestañeó varias veces y Suso se encogió, asustado.
—Recoge esa mano antes de que te la arranque, anda —espetó. No cumplió su palabra, le dio un golpe en el brazo de todas formas y Suso siseó de dolor, aunque estaba seguro de que se había hecho más daño él mismo en los nudillos al atizar semejantes músculos—. Pero ¿tú eres tonto? ¿Qué haces ofreciéndole tabaco a mi hermana de quince años?
—Yo qué sé, por educación…
Lo peor fue que seguramente así era. No quería pensar demasiado en el hecho de que Aitana había hecho el amago de cogérselo.
No apoyó la espalda en la pared, por si se manchaba. Dejó descansar un hombro sobre uno de los postes de metal que agarraban el andamio y vio de reojo cómo su hermana se acercaba a Alberto, sonriendo demasiado. Menos mal que podía confiar en su amigo; no le interesaba nada ni nadie.
—¿Eso es lo que habéis estado haciendo estas horas, test de BuzzFeed? Ya me jodería ser tan hortera.
—No te enfades, chinchilla —bromeó Vir, que hizo una pompa con el chicle; Aitana se rio entre dientes a su lado. Mierda, lo que le faltaba, que su hermana cogiera la costumbre—. En realidad, también hemos estado hablando de una cosa que te va a gustar.
—¿Cuántas veces te he dicho que no me pone tanto lo que hagáis Carla y tú en vuestro tiempo libre?
Suso se puso muy rojo, Alberto gruñó, Vir siseó con gesto fastidiado y Carla solo parpadeó una vez, así que Aitor sonrió muy orgulloso de la reacción que había provocado. Eso hasta que Aitana soltó un «¡qué asco, Aitor!», e hizo desaparecer la sonrisa, humedeciéndose los labios.
—Nada, nada, que era broma… A ver, ¿de qué habéis estado hablando?
Vir ensanchó su sonrisa de tiburón, se le empequeñecieron aún más los ojos marrones.
—Hemos visto rumores de Los SFX en Twitter. Al parecer van a vender entradas mañana en un local de Argüelles para esa misma noche.
Aitor notó cómo el corazón se le subía a la garganta y ahogó un grito.
—¿En serio? Pero ¿creéis que es cierto?
—Tiene pinta de que sí, varias personas han hablado de la misma filtración.
—Yo sigo pensando que a lo mejor es un troleo. —Antes de seguir, Suso suspiró con la mirada perdida y soñadora—. Aunque ojalá sea verdad… Llevan seis meses sin anunciar nada. ¡A lo mejor van a sacar nuevo disco!
—Eh… ¿Quiénes son Los SFX? —preguntó Aitana con extrañeza. Todos se giraron hacia Alberto.
El chico era callado, pero no había nada en el mundo que le gustase más que Los SFX, su grupo favorito. Cuando hablaba de ellos, brillaba de la misma forma que lo hacían sus ojos. Su rostro de mandíbula cuadrada, afilada y expresión dura se suavizó por completo cuando Aitana hizo la pregunta que, seguramente, llevaba mucho tiempo queriendo responder.
—Los SFX son un grupo de música de pop-rock independiente madrileño que hacen performances en cada uno de sus conciertos. Todos son distintos —respondió Alberto, moviendo las manos mientras explicaba, juntando el mayor número de palabras en una frase que jamás le habían escuchado—. Una de ellas consiste precisamente en que no avisan de que van a hacer un concierto justo hasta el mismo día y siempre lo hacen de formas distintas. Una vez pusieron carteles por Gran Vía, otra escondieron códigos por todo el Retiro. Una vez, incluso fueron ellos mismos los que las vendieron, pero disfrazados.
Aitana asintió con la cabeza no demasiado impresionada por la información recibida, pero sosteniendo una sonrisa cortés. Aitor jugó con el pendiente de su oreja, pensativo.
—¿Pone en qué local de Argüelles será?
—Se sospecha de alguno —contestó Vir sin mirarle, moviendo la pantalla del móvil con un pulgar—, pero… sí, básicamente dos de la misma zona. Están pegaditos.
Aitor arrugó la nariz.
—Pues si es verdad, se le debe haber ido la flapa a medio Twitter. Se van a agotar las entradas enseguida.
Alberto volvió a su habitual cara de enfado y Suso intentó disimular un puchero decepcionado que no le salió muy bien. Como si les estuviera permitiendo concentrarse para pensar, a lo lejos, un obrero detuvo el martillo neumático, del que no se habían percatado hasta que se hizo el silencio.
—Tendríamos que ir muy temprano para ponernos en la cola de los dos sitios, por si acaso —comentó Suso; Aitor se cruzó de brazos muy pensativo.
—Pero no podéis faltar a clase mañana, ya sería un canteo. Y yo tampoco, que me tiene Gonzalo en el punto de mira. Nos vamos a tener que inventar un justificante.
—Una idea así revolucionaria —dijo Aitana con visible amargura en el tono de voz. Aitor se giró hacia ella con el ceño fruncido. Vaya, por un momento se había olvidado de su hermana—, ¿y si vas a clase y luego ya te pasas por Argüelles? Llegas en menos de media hora en metro y no te va a pasar nada por ir un día entero a clase, que es lo que se supone que deberías hacer, Aitor. Luego tú me llamas friki por ser fan de BTS.
Aitor se llevó una mano al pecho con gesto teatral, fingiendo estar ofendido.
—No me compares mi música con la del Betis, que estoy casi seguro de que nuestro grupo hace menos conciertos que el tuyo. Normal que nos emocionemos.
—Lo que tú digas. —La chica suspiró y puso los ojos en blanco—. ¿Nos vamos ya o qué? Tengo hambre.
—Tu hermana tiene razón —interrumpió Carla con toda tranquilidad, su voz suave no se sentía para nada intrusa en esa conversación. Iba a replicar que no tenía que darle la razón a Aitana por tener hambre cuando su amiga continuó—: No podemos volver a faltar, pero eso no significa que vayamos a perder la oportunidad de comprarnos las entradas. Si salimos temprano de la última asignatura, llegaremos pronto para ambos locales. No seremos los primeros, pero seguro que aún nos queda hueco.
—Entonces ¿vamos a arriesgarnos a no conseguirlas? —inquirió Alberto con un deje de ansiedad que no solía mostrar, aunque volvió a su cara seria en cuanto Vir le dio un codazo, riéndose entre dientes.
—¡Que no, hombre! Que vamos a verlos, no te preocupes. Solo tenemos que salir mañana del instituto como si tuviéramos un cohete en el culo.
—Cosa que ya hago de normal, así que no será difícil —dijo Aitor con una amplia sonrisa.
Le emocionaba la idea de poder ver a su grupo favorito. Bueno, a su grupo favorito más cercano, claro, porque veía un poco más difícil —y caro— ver a Muse o The Kooks. Al menos de los españoles se enteraba de la letra.
Se separó del poste de metal cuando notó el tirón en la sudadera que su hermana le había dado y que nada tenía que ver con esa niña adorable de ocho años que le llamaba la atención para que se fuese a dormir con ella. Esta de ahora tenía mirada asesina y parecía que podría apuñalarle con la raya del ojo.
—¿Podemos irnos de una vez, por favor?
Aitor sonrió de lado y rodeó el cuello de Aitana con un brazo. Tiró de ella, pequeña como era resultó sencillo, e ignoró sus quejas mientras la arrastraba.
—Claro que sí. ¡Nos vemos mañana!
Les lanzó un beso a sus amigos para despedirse con un guiño y la carismática y emblemática sonrisa que había sacado a los Velasco de más de un apuro.
La Divina Tragedia se llamaba así porque había conseguido superar dos incendios sin pérdidas significativas. A Nadia le había hecho mucha gracia. La cafetería se había llamado La Divina Comedia durante diez años porque era su libro favorito de adolescente —probablemente el único que había leído sin ilustraciones—, pero la gente ya solo la conocía como la Divina. Olía siempre a café, azúcar y canela, como el piso en el que vivían y que estaba justo encima. Por eso Aitor nunca compraba bollería industrial o dulces en el Mercadona —excepto las Pantera Rosa, claro, esas eran sagradas—; ¿cómo hacerlo cuando el lugar en el que vivía desprendía constantemente un perfume a Navidad? Tampoco podía quejarse.
—¿Seguro que te puedes quedar ayudándome? ¿No tienes deberes que hacer?
Nadia canturreaba cada vez que hablaba. No sabían si era algún tipo de acento que había desarrollado ella sola o de verdad estaba siempre tan contenta. Pasaba la bayeta por encima del mostrador, llevaba el pelo castaño recogido en un moño desaliñado, los ojos hundidos y los labios con el pintalabios marrón casi desaparecido del todo. Aitor dejó de silbar, pero siguió pasando la escoba por el suelo. Se apoyó en ella pasados unos segundos para darle más efecto, con la sonrisa hasta el techo, marcándole los hoyuelos.
—Nah, qué va. Nada más importante que ayudarte en la cafetería, tita.
Nadia resopló burlona y siguió limpiando sin mirarle.
—Menudo zalamero estás hecho.
Aitor ensanchó la sonrisa. No era una mentira del todo, para él era más importante ayudar a Nadia en la cafetería, aunque no le apeteciese mucho. Habían cerrado hacía un rato y sabía que, si no se quedaba, Nadia tendría que limpiar todo el local sola. Eso sí, la pila de deberes pendientes seguía esperándole dentro de la mochila, tirada en algún rincón de su cuarto. También había algo que sabía que debería estar pensando u organizando, pero no conseguía recordar el qué. La posibilidad de ver a Los SFX al día siguiente le nublaba todo lo demás.
—Anda, venga, que ya solo quedan las mesas.
—Y fregar el suelo —corrigió Aitor, alzando las cejas.
Nadia puso los ojos en blanco, un poco más seria.
—Mira, si te sirve esto para que dejes la escoba donde estaba: no te pienso pagar las horas extras. —Al instante, Aitor soltó el palo que golpeó una mesa. Su tía rio entre dientes—. Además, va siendo hora de cenar. Anda, sube y decide qué vamos a hacer.
