Entre dos fuegos - Christopher Buehlman - E-Book

Entre dos fuegos E-Book

Christopher Buehlman

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Beschreibung

Un relato épico de terror medieval en su máxima expresión Año 1348. Thomas, un caballero caído en desgracia, encuentra a una niña sola en un pueblo normando arrasado. Huérfana de la peste negra, Delphine le cuenta a Thomas que la peste es solo parte de un cataclismo mayor: los ángeles caídos, con Lucifer al frente, se están levantando en una segunda guerra contra el cielo y el mundo de los hombres está atrapado en el conflicto. ¿Es delirio o es fe? La niña cree que ve a los ángeles de Dios y que los muertos le hablan en sueños. Así, convence a Thomas para que la escolte a través de un paisaje desolado hasta Aviñón, donde Delphine intentará enfrentarse al mal que ha devastado la tierra y devolver a Thomas la esperanza de salvación. Mientras el infierno desata su ira y se revela la verdadera naturaleza de la muchacha, Thomas transitará por un macabro campo de batalla de ángeles y demonios, santos y muertos resucitados, en medio de una lucha desesperada por el alma del ser humano.

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Veröffentlichungsjahr: 2026

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Christopher Buehlman
Entre dos fuegos
Un relato épico de terror medieval
Traducción de Manuel de los Reyes
Galeradas revisadas por Antonio Torrubia

Para Danielle

Primera parte

Hubo un tiempo en el que Dios, nuestro Señor, había apartado la mirada de los asuntos de los hombres, un tiempo en el que los ángeles que aún le eran fieles se dijeron: «Debemos velar por los hijos de Adán». Y, en la medida de sus posibilidades, así lo hicieron.

Ahora bien, aquel tercio de ángeles que se habían rebelado volvieron la mirada hacia la tierra y vieron que Dios había retirado la mano de ella, momento en el que el aire se tornó glacial tanto en los mares como en los valles poblados.

Y así habló uno de los ángeles caídos, cuyo nombre era Uziel: «Si se nos ha desterrado es por culpa del hombre, por negarnos a hincar la rodilla ante él. Pongamos a prueba al Señor, veamos qué hace cuando la hambruna se abata sobre los más poderosos de sus reinos». Dicho lo cual, el ángel se alzó de las aguas marinas e hizo llover, una lluvia que vencía las espigas de trigo y cebada hasta tirarlas al suelo, o marchitarlas, o pudrirlas directamente en el tallo. El ganado enfermaba y sucumbía en número sin igual. Pronto los hijos de Adán conocieron el hambre, y devoraron cuanto quedaba hasta que ya no hubo más. Muchos murieron, y algunos entraban en el camposanto para saciarse con los recién enterrados. Y los bebés que nacieron en aquellos años y llegaron a infantes contaban veintidós dientes tan solo.

Mas el Señor seguía sin manifestarse.

Luego, otro de los caídos, el llamado Beliel, dijo: «Fue por culpa del hombre que se desató la guerra en los cielos, así que llevemos ahora la guerra a sus reinos». Tras pronunciar estas palabras, Beliel emergió de los pozos de una isla colmada de bienes para insuflar orgullo en la boca del soberano, y cuando volvió a hablar aquel rey, juró conquistar la corona de otro territorio aún más poderoso, el cual se habría de someter a su espada. Dicho esto, desembarcó en las costas vecinas esgrimiendo acero y ondeando estandartes. Entonces, el otro monarca, al ver que su suelo peligraba, reunió una hueste de jinetes con armaduras de hierro y plata que acudieron al galope al encuentro de los hombres de la primera isla, quienes con flechas perforaron sus corazas y los abatieron. Ese fue el comienzo de un largo conflicto.

Mas el Señor seguía sin manifestarse.

Quien habló a continuación fue el primero de los caídos, el llamado Lucifer, que dijo: «Nuestro viejo adversario duerme. Si no aprovechamos este momento, el fin de los tiempos se producirá tal y como Él lo ha decretado, nos aplastará bajo su talón y nos destruirá para siempre. Alcémonos todos a una contra Él y derribemos las murallas del cielo, sacudamos el alma de los justos, prendamos por el cuello a nuestros hermanos divinos y expulsémoslos al infierno. Así podremos volver a morar en las sagradas alturas de antes».

Mas había quienes temían el poder de los ángeles de Dios, superiores en número, cuyos generales no eran otros que Uriel, Gabriel y Miguel, los mismos que habían quebrado el espinazo de Lucifer antes de sumergirlo en los rescoldos incandescentes del vientre de la tierra para que, así, con las facciones tiznadas de hollín, todos supieran que estaba por debajo de Nuestro Señor.

Y del mismo modo había quienes temían que Dios saliera de su letargo y los torturase con fuegos y dolores insoportables hasta para ellos, cuando no que los exterminara sin más.

A ellos les dirigió el primero de los caídos las siguientes palabras: «Pongámoslo a prueba de nuevo. Es por culpa del hombre que hemos sido agraviados, expulsados y sepultados. Rompamos el techo del infierno con los puños y asesinemos a la simiente de Adán, pues muy profundo tiene que ser el sueño de Dios para que no interceda por esta, su criatura favorita. Aún conseguiremos asirlo por los cabellos y destronarlo».

Tras lo cual otro de los caídos, el llamado Azazel, preguntó: «¿Los aniquilaremos con fuego o con frío?».

«Ni con lo uno ni con lo otro», fue la respuesta de Lucifer.

«¿Con qué, pues?», quiso saber aquel ángel malvado.

«Con una gran plaga», replicó Lucifer.

Y así fue.

Mil trescientos cuarenta y ocho eran los años transcurridos desde que el hijo de Dios naciese entre los hombres.

1 Del burro

Era viernes cuando los soldados se encontraron con aquel pollino cojo y con las costillas marcadas, tan débil que no pudo escapar de ellos ni rebuznarles siquiera. Pese a todo, no daba la impresión de estar enfermo, sino tan solo entrado en años.

A la sombra de un sauce, espantando moscas con la cola, los observaba como si esperase algo de ellos. El gordo, aunque nadie se explicaba cómo conservaba las carnes, sacó el martillo de guerra con la intención de estamparle los sesos contra el suelo, pero Thomas lo detuvo y apuntó con el dedo al establo. Lo más juicioso sería refugiarse allí, cobijarse antes de que se desatara la tormenta inminente. Godefroy asintió en silencio.

Los cuatro hombres llevaban semanas de camino a sus espaldas, cubiertos con harapos y armaduras oxidadas, sin disfrutar de una comida decente; subsistían merced a los alimentos estropeados que encontraban en las casas, a los berros y las espadañas de las cunetas, a lombrices, insectos, bellotas e incluso un gato podrido. Habían masticado tanta hierba que ya meaban verde. Aquí la enfermedad era implacable; eran tantos los campesinos que habían sucumbido que ni siquiera en este valle tan fértil quedaba una sola migaja de pan. No había manos suficientes para empuñar las guadañas, ni mujeres disponibles para batanear, ni molineros para triturar el grano, ni panaderos para trabajar en los obradores. La enfermedad, que recibía el nombre de peste negra, se transmitía misteriosamente pero sin falta de una persona a otra, como si bastara con que dos hombres se estrecharan la mano, o que un niño pronunciara el nombre de su amigo, o que dos mujeres cruzaran la mirada. Ahora nadie observaba a su vecino, nadie hablaba con nadie. La enfermedad se había abatido con tanto ímpetu sobre esa parte de Normandía que no se podía enterrar a todos los muertos, que se amontonaban en las afueras con sus camisolas mugrientas y hedían bajo el sol de agosto, sobrevolados por enjambres de moscas. Yacían en los sembrados de centeno y avena, ahora infestados de malas hierbas, a los que el delirio los había empujado. Yacían lastimeros a la sombra de la iglesia local, hasta donde se habían arrastrado con la esperanza de que ese último gesto redujera su tiempo en el purgatorio, adheridos como aves cazadas con liga a la piedra caliza contra la que habían intentado refrescar la cabeza febril. Algunos se consumían en sus hogares porque eran los últimos y ya no quedaba nadie que los sacara. Quienes tenían medios habían huido, pero incluso a estos la enfermedad los perseguía hasta los montes, los pantanos, los palacetes, y allí acababa con ellos.

Los soldados encendieron una fogata en el establo, cerca de un pequeño arroyo y una casa en silencio. La madera estaba mojada y emitía un humo desagradable que congestionaba aquel espacio carente de chimenea, pero no tardaron en sacar unas cuantas tajadas de carne de las ancas del burro, ensartarlas en palos y devorarlas casi crudas porque les costaba esperar a que el fuego hiciera su trabajo. Mientras se chupaban los dedos chorreantes de sangre, intercambiaban asentimientos de cabeza porque tenían la boca demasiado llena como para expresar de viva voz lo deliciosa que estaba la carne.

El sol se ponía anaranjado bajo un claro entre las nubes gris peltre que acababan de empezar a escupir lluvia cuando la niña asomó la cabeza por la puerta del establo.

—Hola —dijo.

Todos los hombres dejaron de masticar, salvo Thomas.

Tenía la edad menos recomendable para encontrarse con ellos; demasiado grande para estar a salvo y demasiado pequeña para preguntarse por qué. Sus rubios cabellos, que podrían haber resultado bonitos de haber estado menos grasientos y empapados de agua, se le pegaban chorreantes al cuello, y sus pies parecían haberse desarrollado antes que el resto de ella, desmesurados en comparación con sus piernas como palillos.

—Hola —repitió.

—Hola, eso digo yo.

Godefroy inclinó su desgarbada figura hacia ella como un gato a la vista de un pajarillo.

—Os estáis comiendo a Pastinaca —sentenció la muchacha.

—Es burro. ¿Quieres un poco?

La pregunta podría haber pasado por cordial si Godefroy no le hubiera dado unas palmaditas a la viga podrida en la que estaba sentado. Si la niña quería comer, le tendría que hacer compañía.

—No. Estaba amarrada en el bosque, escondida, pero debió de soltarse. Se llama Pastinaca.

—Bueno —habló Thomas—, qué suerte la nuestra. Los viernes no se debería consumir carne, pero la pastinaca es perfectamente admisible.

Los demás se rieron.

—Qué lengua tienes, Thomas —dijo Godefroy recreándose en la ese final que la madre de Thomas, medio española, siempre se había empeñado en pronunciar—. Como si hubieras nacido en un lupanar.

—¿Ya es viernes? —preguntó el más gordo de ellos. Thomas y Jacquot, el del párpado caído, asintieron.

Solo Thomas seguía comiendo. Los demás observaban a la niña, que, por su parte, aún no se había movido del sitio.

—Ven, siéntate a mi lado.

Godefroy volvió a darle una palmada a la viga mientras con la otra mano se apartaba de la cara un mechón de pelo lacio y moreno. Las joyas que llevaba encima desentonaban con su sucia apariencia. La pequeña posó la mirada en un crucifijo de jaspe que colgaba de una cadena de oro; algo que podría lucir la mujer de cualquier señor feudal.

—Necesito ayuda —dijo.

—Ven, siéntate y cuéntame qué te pasa.

Hacía tiempo que todo el mundo evitaba acercarse a los desconocidos. La niña empezó a percatarse de que en la mente de ese hombre acechaba algo siniestro.

«La palabra es violación. Le gustaría violarme».

Pensó en darse media vuelta y regresar corriendo a su árbol, pero un ángel le había mostrado a esos hombres, le había señalado ese establo. Sabía que era un ángel porque sus bonitos cabellos dorados no se mojaban con la lluvia, y también porque parecía algo a caballo entre un hombre y una mujer, solo que más hermoso que cualquiera de ellos. Había apuntado con el dedo y le había dicho: «Ve y lo verás». Cuando los ángeles hablaban con ella, y ya había visto quizá a tres de ellos, lo hacían en su mismo francés normando, cosa que la extrañaba. ¿No deberían tener acento extranjero?

Confiaba en el ángel, aunque ya se hubiera marchado. Era el que veía más a menudo, y le gustaba pensar que le pertenecía.

No echó a correr.

—Necesito ayuda para enterrar a mi padre.

—Ya no quedan tumbas, perra atontada. Solo esta en la que estamos todos metidos. Deja sus huesos apilados ahí fuera. Ya se los llevará alguien.

—¿Quién?

—¿Y yo qué sé, diablos? Eres tú la que vive en esta aldea asquerosa. Las monjas, los monjes, ni idea. En cualquier caso, es lo que están haciendo todos, apilarlos en la calle.

—Pesa demasiado para mí.

—Bueno, pues no lo levantes. No he llegado con vida hasta aquí dedicándome a tirar de siervos muertos.

—No es ningún siervo.

—Que me da igual, de verdad.

—Por favor.

—Déjalo ya, mocosa —dijo Thomas—. Vuelve a la casa.

Ese hombre era distinto; aunque se trataba del más fornido de todos, no la asustaba. Resultaba exótico, con su pelo moreno tirando a largo, y apuesto a pesar de esa nariz rota en más de una ocasión y de la cicatriz circular, picada, que presentaba en la mejilla. Portaba más piezas de armadura que los demás, en las piernas y en los hombros, además de una cota de malla más larga. Sin embargo, sobre la capucha de la cota lucía un enorme sombrero de paja de campesino perforado por una cuchara de cuerno. Era peligroso, se veía a la legua, pero también resultaba un poquito ridículo, y, aunque su gesto era huraño, había hablado como lo haría cualquier adulto con un infante para que este detectara que se había metido en aprietos y actuase con la celeridad requerida.

Le caía bien.

—Espera un momento —dijo Godefroy, ignorando a Thomas y dirigiéndose a la pequeña—. ¿En cuánto lo aprecias?

Bandidos. Esa era la palabra que describía a este tipo de hombres: soldados antes de la guerra con los ingleses que ahora vagaban por los caminos o se ocultaban en los bosques para robar a la gente. Antes incluso de que se desatara la plaga, su padre había hablado con los vecinos sobre qué hacer si se tropezaban con alguno de ellos.

Allí estaban ahora, y nadie podía ayudarla.

¿Por qué se había ido el ángel? ¿Por qué la había empujado hacia esos ladrones?

—Solo tenemos un poco de plata —replicó la pequeña— y unos cuantos libros.

—No quiero plata.

—Los libros son muy buenos. Nuevos, la mayoría, de la Universidad de París.

—Con los libros me limpio yo el culo. Lo que busco es oro.

—No tengo de eso.

—Pues claro que sí.

Thomas dejó de masticar cuando Godefroy se levantó, se acercó a la niña y apuntó con dos dedos a su ropón raído y mugriento, a la altura del pubis.

—Justo ahí, ¿a que sí? No me irás a decir que no escondes una buena pepita ahí debajo.

Fue el gordo el que profirió una carcajada, aunque no sonó convincente. A ninguno de ellos les gustaba esa peculiaridad de su líder, ese gusto por la fruta muy verde. Aunque la muchacha tenía los huesos finos y la constitución menuda de una niña, sus ojos eran los de una mocita; a punto de tener su primer sangrado, probablemente. Sería bastante alta para el próximo verano, si sobrevivía hasta entonces.

—Cristo crucificado, Godefroy —dijo Thomas—. Déjala en paz.

—Eso lo reservo para mi marido.

—¡Ja! —ladró Godefroy, complacido por esa pincelada de mundanalidad—. ¿Y por dónde anda?

—Lo ignoro.

—No debería dejarte a tu aire.

—Me refiero a que no sé quién es. Todavía no estoy prometida.

—Entonces seré yo tu marido.

—Me tengo que ir ya.

—Todos lo seremos. Seremos buenos maridos.

—Podría tener la bicha —le advirtió el gordo, que había reanudado el condumio.

—Prefiero que me la pegue ella antes que su padre.

—Déjala en paz —repitió Thomas, en esta ocasión en un tono que no admitía réplica.

Intentó dejar a un lado el sombrero de paja, con discreción, pero el gordo se percató e, intentando ser circunspecto a su vez, escupió el trozo de asno que se había metido en la boca y guardó el resto en su morral de cuero.

Godefroy se encaró con Thomas.

La niña se escurrió por la puerta.

—¿Y si no me da la gana?

—Es una cría asustada en una casa vacía. O está hinchada de enfermedad y te la pegará, o la protege la mano de Dios. Para nosotros no sé qué opción sería peor. Déjate de maridos hasta que nos encontremos con la siguiente ramera.

—Pero si están todas muertas —repuso Jacquot.

—Todas, imposible —insistió Thomas, probando fortuna por última vez—. Y si queda una sola furcia en toda Francia con el chocho caliente, seguro que Godefroy lo huele.

—Qué gracioso eres —dijo Godefroy, sin reírse—. Tengo que meterla en algo. Ve a buscar a esa chica.

—No.

Thomas se incorporó. A pesar de su estatus de líder, Godefroy dio un paso atrás. Thomas presentaba canas en la barba y arrugas en el rostro, era el mayor de los cuatro, pero los músculos de los brazos y del cuello le conferían aspecto de toro. Tenía los muslos tan recios como las vigas del techo y una flexibilidad envidiable en las rodillas. Aunque todos habían combatido en la misma guerra contra los ingleses, él era el único que había recibido formación como caballero.

Godefroy buscó la espada con la mirada. A Thomas no le pasó inadvertido su gesto.

Se llenó los pulmones de aire, como un fuelle, y lo expulsó con los dientes apretados. Repitió la operación. Todos lo habían visto hacerlo antes, pero nunca enfrentándose a ellos.

Por la nariz de Godefroy rodó una gota de sudor.

—Ya voy yo —dijo Jacquot, orgulloso de sí mismo por haber llegado a una solución de compromiso.

Salió del establo y se levantó la caperuza, basta y de color rojo, para repeler la lluvia. Usó la larga cola del capuchón para taparse la nariz y la boca, con el objetivo de combatir el olor que emanó de la casa cuando abrió la puerta con el pie. El sol ya casi se había puesto del todo, pero la casa seguía estando llena de calor atrapado. El olor era insoportable. La claridad mortecina que se colaba entre los listones de cuerno pulido de las ventanas iluminó el rictus de un cadáver hinchado que había ensuciado las sábanas sobre un montón de paja que ya no podía calificarse de cama; hacia el final debía de haber pataleado con ganas. La cara se le había vuelto de color negro. Se le movía la camisa; los gusanos se arrastraban en masa tanto por encima de él como de las dos cabras y el cerdo que habían entrado en esa morada de una sola habitación para morir.

La niña no estaba allí y, aunque lo hubiera estado, Jacquot no tenía tantas ganas de encontrarla como para quedarse en aquella estancia sofocante e infecta.

Habría preferido dar media vuelta y regresar al establo, pero su fracaso únicamente conseguiría poner a Godefroy de peor humor, de modo que rodeó el edificio dando gracias por el aire fresco y la llamó con un silbido. Se quedó inmóvil e inspeccionó los alrededores con atención. Su paciencia no tardó en verse recompensada, pues divisó una pierna muy pálida en lo alto de un árbol. Diez minutos más tarde y la oscuridad se habría intensificado lo suficiente para ocultarla.

Susurraba sentada en la rama, pidiéndole a su ángel que volviera, aunque no estaba segura de que los demás pudieran verlos. Tampoco sabía si los ángeles eran capaces de levantar las cosas o tocarlas siquiera. Cabía la posibilidad de que no fuesen reales. Solo había empezado a verlos cuando se desencadenó la muerte negra.

Sospechaba que los que veía eran menores; que los más famosos, como Gabriel, estaban preparándose para el día del juicio final, que ya debía de estar al caer. Gabriel soplaría su cuerno y todos los muertos de Cristo se levantarían de sus tumbas. Sabía que eso era algo positivo, aunque la idea de que un cuerpo sin vida se moviera de nuevo era lo peor que podía imaginarse. Le daba tanto miedo que a veces no podía dormir.

Si los ángeles eran reales, ¿por qué habían decidido abandonarla ahora?

¿Por qué no ayudaban a todas esas personas que estaban enfermando?

¿Por qué habían dejado que su padre sufriera un final tan horrible?

Y ahora, para colmo de males, el hombre del párpado caído la había visto.

¿Por qué no lo dejaban ciego sus ángeles, como habían hecho con todos los pecadores de Sodoma y Gomorra?

—Baja ya, pajarito —dijo Jacquot—. No vamos a hacerte daño.

—Sí que me lo vais a hacer —replicó la pequeña, recogiendo la pierna bajo el ropón lo mejor que pudo.

—Vale, sí. Pero poco, y no durará mucho. Una noche y una mañana, tal vez. Luego seguiremos nuestro camino. ¡O mejor aún! Te podríamos llevar con nosotros. ¿Te gustaría eso? ¿Cuatro maridos fuertes y vía libre para escapar de este lugar?

—No, gracias.

El bandido se encaramó de un salto a una rama baja, fuerte y casi lo bastante alta como para llegar al pie de la niña, pero esta trepó más arriba. Pesaba mucho menos que él. Jacquot iba a perder este juego.

—No compliques las cosas.

—No me violéis.

—No será violación si aceptas.

—Sí lo será, porque solo habré accedido para evitar que me hagáis daño.

—Eso es. Accederás para evitar que te hagamos daño. Muy bien. Pues si no quieres que te haga daño, baja ya de una vez.

Jacquot se dejó caer al suelo.

—No lo dices en serio.

—Anda que no.

—No eres mala persona. No creo que lo seas.

—Me temo que sí.

—¡Pero no hace falta que lo seas!

—Lo siento. Ya lo era de antes. Mira, he visto unas piedras muy bonitas en la orilla del riachuelo. ¿Qué te parece si voy a buscar unas cuantas y te las tiro hasta que bajes?

El follaje dificultaría la lapidación y, de todas formas, Jacquot dudaba ser capaz de arrojarle ninguna piedra, pero lo dijo como si estuviera convencido de ello. Presentía que, cuanto antes la llevase al establo, mejor.

—Por favor, no lo hagas.

—Pues baja.

—Es el otro. El otro es el malo. Dile que no me has encontrado.

—Tiene mal genio.

—Igual que mi padre.

—Pero tu padre está muerto.

—Mentira.

—Se acabaron los juegos. Baja por tu propio pie si no quieres que te baje yo a pedradas.

La niña se había echado a llorar. Jacquot se temía que lo fuese a poner en un compromiso, pero ella no tardó en tantear en busca de una rama más baja con su pie larguirucho. Notó sus temblores cuando la ayudó a bajar. Aunque lo que estaba haciendo le revolvía el estómago, hizo de tripas corazón y decidió hablar con ella mientras se la echaba al hombro y emprendía el regreso al establo.

—Sé que te parecerá horrible, pero no lo es, la verdad. Si Dios quiere orden y bondad en el mundo, que no nos ponga las cosas tan difíciles. Estamos muertos en vida. ¿Quiere caos y destrucción? Aquí están, ¿qué pintamos nosotros? Lo único que podemos hacer es intentar divertirnos un poco antes de que la parca se nos eche encima, ¿no crees? Porque se nos va a echar encima tarde o temprano. Si te relajas, seguro que ni siquiera te lo pasas tan mal.

—Eso lo dices para acallar la conciencia —replicó la pequeña, con la respiración entrecortada por lo que estaba a punto de suceder.

—Qué perspicaz, hay que ver. Demasiado. El mundo no está hecho para las niñas tan listas como tú. Ya hemos llegado.

Dicho lo cual, Jacquot abrió la puerta del establo con la mano libre.

—Santa María, madre de Dios —murmuró.

Godefroy estaba exhalando su último aliento tendido de bruces en el suelo de tierra, con un agujero en la cabeza del que brotaba un arco de sangre como el vino de un odre agujereado. Le temblaban las manos. El gordo, arrumbado contra la pared, parecía un niño adormilado con la barbilla apoyada en el pecho, solo que estaba empapado de sangre y la cabeza amenazaba con separársele de los hombros. Le faltaba una mano allí donde terminaba la cota de malla. Yacía no muy lejos, aferrada aún al martillo. Su asesino había descargado la espada justo donde quería, y con una fuerza extraordinaria.

—Suéltala —dijo Thomas.

—Eso iba a hacer.

Desde atrás, la punta de la espada pinchó la oreja de Jacquot a través del capuchón de lana. El bellaco sabía que quien la empuñaba sería capaz de perforar tanto la caperuza como su cráneo como quien ensarta una calabaza.

—No me mates, por favor —imploró Jacquot.

—No me queda otro remedio. De lo contrario, no podremos dormir aquí.

—Me iré.

—Volverías en plena noche y me rebanarías el cuello por amor a Godefroy. Era tu primo.

—Por parte de madre. Nunca me llevé bien con ella.

—Lo siento, Jacquot.

—Podrías marcharte.

—Estoy demasiado cansado. Y me buscarías.

—No.

—Suéltala para que no salga herida.

—No.

—¿Realmente quieres que tu último acto sobre la faz de la tierra sea esconderte detrás de una niña a la que pensabas violar?

Jacquot la dejó en el suelo y se tapó los ojos con las manos. Sin embargo, mientras Thomas intentaba reunir la fuerza de voluntad necesaria para golpear, la pequeña se colocó delante de su tembloroso agresor.

—No lo mates.

Miró a Thomas, y este se fijó en lo claros y grises que eran sus ojos. Como el pedernal de las paredes del establo, solo que más luminosos. Como el cielo antes de que sus nubes terminen de dar paso al azul.

Bajó la espada.

La lluvia cesó.

—No vuelvas a matar a nadie.

2 De la miel y el crucifijo partido

Thomas y la niña durmieron en el establo, en sendos montones de heno podrido, con el hombre del párpado caído maniatado en el antiguo chiquero del burro. Se pasó la noche sin dar guerra porque sabía lo cerca que había estado de morir, pero ya era casi de día cuando se le olvidó y decidió despertar a Thomas, que gruñó:

—¿Qué?

—La camisola. Tengo que cagar. ¿Me ayudas para que no se me ensucie?

—Por mí, como si te limpias el culo con ella.

—Solo tienes que apartarla un poquito.

—Que me da igual que te lo hagas encima. Te lo mereces.

—Es la única que tengo.

—Hay un arroyo… Dios, eres como una mujer. Cierra el pico.

—Entonces, ¿me soltarás cuando te marches? ¿Para que pueda lavar la camisa?

—No si no cierras el pico.

Así lo hizo el hombre del párpado caído, durante un minuto.

Después volvió a abrirlo.

—¿Cómo eres capaz de dormir con el escándalo que montan todos esos pajarracos? Y con esos dos ahí tirados, sin vida. ¿Les has cerrado los ojos, al menos?

—No. Seguro que quieren ver llegar a su Señor Jesucristo.

—Por lo menos el gallo está muerto. No todo iban a ser malas noticias. ¿Dejarás que me quede con la espada y la ballesta?

—Aún no lo sé.

—Porque, de lo contrario, sería como si me hubieses matado.

—No, Jacquot, te equivocas. Matarte sería como si te hubiese matado, y aún me tienta la idea.

—Podrías enterrar las armas. Podrías envolverlas en una mortaja, enterrarlas y dejarme la pala. Así tardaría un buen rato en llegar hasta ellas. Te daría tiempo a sacarme una buena ventaja. O, si quisieras ganar más tiempo, podrías romper la…

Thomas se incorporó.

—Perdona. Es que estoy muy nervioso. Ya sabes que se me va la lengua cuando me pongo así. Ya me callo.

—Demasiado tarde.

Thomas se acercó a Jacquot y lo aporreó con el puño envuelto en cota de malla hasta que el hombre perdió tanto el conocimiento como el control de los esfínteres.

El olor asqueó a Thomas, que se dirigió a la puerta del establo para aspirar el aire de la mañana, limpio y purificador. Un puñado de estrellas rutilaban en el firmamento despejado que empezaba a clarear por el este. Se alegró de que hubiera demasiada luz para ver el cometa. No le hacían falta más preocupaciones en esos momentos.

La niña había empezado a hacer ruiditos, sonidos inarticulados que estaban mutando en palabras.

—Padre…, padre… Te ven al otro lado del cuadro. Los niños… son demonios. No te acerques.

Thomas la despertó entonces, zarandeándola con una mano que le cubría el hombro por entero.

La pequeña lo miró con recelo al principio, hasta que recordó que ese hombre era su protector. Después debió de recordar algo más, pues puso cara de querer echarse a llorar.

—Nada de lágrimas. Y nada de hablar de demonios.

—Intentaré no llorar, aunque no sé si voy a poder evitarlo.

—Prueba.

La niña se sacudió las briznas de paja de los cabellos mientras se incorporaba.

—¿Quién ha dicho nada de demonios, por cierto?

—Tú, dormida.

—Sé que estaba teniendo una pesadilla, pero no me acuerdo de esos demonios.

—Deja de mentarlos. Atraerás su atención si continúas hablando de ellos.

—Sí. Sospecho que es cierto.

Thomas se acercó a la mano amputada del gordo, todavía cerrada en torno al martillo. Intentó separar los dedos rígidos, desistió de su empeño y asió directamente el mango por encima de ellos antes de dirigirse a la ballesta de Jacquot. La niña pensó que iba a romperla, pero lo que hizo fue golpear la manivela que yacía a su lado hasta que la redujo a astillas.

—¿Por qué no la ballesta?

Thomas la observó allí plantada, con esas piernas y esos brazos flacuchos, y pensó que era extraño que los niños fuesen tan pequeños y les pareciese normal. Él no recordaba haber sido pequeño. ¿Qué opinión tendría ella de él, que parecía una montaña armada con un martillo asesino? ¿Cómo era saber que tu vida dependía del capricho de los gigantes que te rodeaban?

—¿Por qué no la ballesta? —repitió la muchacha, levantando un poco la voz.

—Es demasiado bonita. Italiana, capaz de perforar una cota de malla con sus virotes como si de un cascarón se tratase.

Era un artefacto precioso, en efecto, con una imagen de la última cena grabada en las cachas de marfil de la empuñadura, fabricada con madera de cerezo pulido.

—Te matará con ella.

—Bueno, peor para mí.

—Y para mí.

—¿A qué te refieres?

—A que yo voy contigo.

—No digas memeces.

—Las digo.

—Enseguida hablamos de eso. El caso es que no podrá cargar la ballesta a menos que encuentre otro cabrestante. No es lo bastante fuerte. Ni yo. Joder, ni siquiera el mismísimo Sansón lo sería.

—No digas palabrotas —lo reconvino la pequeña, acercándose.

—Y una mierda. Diré lo que me salga de los huevos.

—Es…

—¿Qué?

—Innoble.

—Toma palabra importante. Tú sabes leer, ¿a que sí?

—Sí. Francés y latín. Griego no.

—Bueno, ¿y qué es eso de que te vienes conmigo?

—¿Por qué no te llevas la ballesta?

La ballesta le resultaría útil para cazar si Thomas tuviese la menor pericia con ella, pero no era así. Se le escapaban todos los ciervos, codornices y conejos contra los que disparaba, y tampoco le gustaba ensartar con su lanza a las presas asustadas que los perros acorralaban. Solo le gustaba cazar jabalís, porque estos podían darse la vuelta y plantarte cara hasta que les clavabas la lanza. Para eso Thomas sí que tenía pericia.

—Porque matar a distancia sí que es innoble.

—«No matarás», en general, fue lo que dijo Nuestro Señor. ¿Qué diferencia hay?

—«Al César lo que es del César», eso también lo dijo el Señor. Mi espada le pertenece a mi amo. O le pertenecía, hasta que los ingleses lo acribillaron en Crécy. A mí también me hicieron unos cuantos agujeros, pero sobreviví. Dios, en su sabiduría, hizo de mí un luchador.

—A pesar de lo cual viajas con alguien que sí mata a distancia. ¿Por qué ibas con estos hombres?

—Bueno. Eso ya es otro cantar.

—¿No vas a contestar a mi pregunta?

—Estaba intentando contestar a tu pregunta sobre la ballesta.

—Podrías venderla.

—Es suya —dijo Thomas, señalando a Jacquot—. La necesita. No es fuerte.

—Tú tampoco, si viajas con él.

—¡Eres una pesada! Además, yo no viajo con él. Ya no. Tú te has encargado de eso.

La pequeña bajó la mirada a los pies descalzos y empezó a barrer con ellos la paja que salpicaba la tierra.

—¿En qué estabas pensando cuando te acercaste a nosotros? Eso fue una tontería.

—Necesitaba…

—Ya. Tu difunto padre. Pero las niñas no deberían acercarse a los soldados. Ahora lo sabes, ¿verdad?

—Ahora lo sé.

—Bien.

La pequeña usó el dedo gordo y el siguiente para levantar una brizna de paja. Cuando perdió el equilibrio, eligió otra y empezó el juego de nuevo.

—Pero, si no me hubiera acercado a vosotros, estaría sola.

—Y lo estás.

—No, porque voy a irme contigo.

—¡Eres un grano en el culo! ¡Tres granos!

—Que no digas palabrotas.

—Por los clavos de Cristo, enana. ¡Por los putos clavos de Cristo!

—Entierra a mi padre.

—No.

—Me llamaba lunita.

—¿Qué?

—Su lunita. Así me llamaba.

—¡Enfermaré!

—Si no he enfermado yo, tú tampoco.

—Seguro que sí.

La niña lo miró a la cara.

—Si enfermas haciendo una buena obra, a lo mejor vas al cielo.

Thomas iba a decir algo, pero se contuvo.

Dejó caer la cabeza y asintió.

El trabajo iba a ser horroroso. Por eso obligó al hombre del párpado caído a que se ocupara de hacerlo. Thomas se quedó fuera de la casa, con la espada al hombro, vigilando el interior, mientras Jacquot rompía las patas de la mesa familiar y subía el cadáver encima valiéndose de la sábana que había debajo de él. Estaba medio histérico de miedo; llevaba la cola de la caperuza enroscada en la cara y se había taponado la nariz con un ungüento de lila y lavanda a fin de repeler el aire viciado.

—Aunque mira para lo que les han servido los ungüentos a estos —masculló Jacquot mientras colocaba el cadáver sobre la tabla. Entre la tela y las moscas, apenas si se lo oía—. Es que, a ver, me cago en las bellotas de la encina de san Luis. Si esta puta cataplasma sirviese de algo, el pobre diablo estaría ahí fuera, bailando una jiga. Pero no, lo que hace es pudrirse a los pies de Dios, a punto de reventar de gusanos, y el siguiente soy yo. Obligándome a hacer esto has firmado mi sentencia de muerte.

—A callar.

Jacquot gruñó mientras cruzaba el umbral de la casa remolcando su carga.

—¿Vamos a desperdiciar media jornada enterrando a un desconocido y abandonando a nuestros amigos como sabandijas?

—No eran otra cosa. Esto lo hacemos por la niña. Y ahora, silencio.

—¿Qué vas a hacer? ¿Arrearme otra vez? ¿Quién tiraría entonces de este fiambre hasta el hoyo? Tú, ya te lo voy diciendo.

—Me das dolor de cabeza.

—¿Y yo qué? ¿Quién recibió anoche una paliza de muerte? ¿Quién se ha cagado encima, ha tenido que cavar una fosa y…?

Cerró la boca cuando la pequeña se le acercó. Ya tenía el cadáver listo para arrojarlo a la fosa, poco profunda, cuando la niña se aproximó para colocar un pequeño crucifijo de madera de cerezo en su mano.

—Se le había caído —dijo por toda explicación.

Y acto seguido, para asombro y consternación de ambos hombres, depositó un beso en la mejilla de la abotargada figura.

—Adiós, padre. Ahora madre velará por ti y este caballero hará lo mismo por mí.

—¿Has terminado ya? —preguntó Jacquot.

La niña asintió con la cabeza. El bandido inclinó la mesa y el hombre cayó al agujero, donde se abrió como una fruta pasada. Esto no lo vio la pequeña, atenta a la expresión de Jacquot, que sí lo había visto.

—No te preocupes —dijo ella—. En realidad ya no es él.

—No me jodas —replicó Jacquot tosiendo contra sus vendajes de lana, los cuales se disponía a desenvolver cuando Thomas señaló la pila de tierra—. No, hombre, no. Dame un respiro.

—Lo que te voy a dar es la pala.

Mientras el hombre del párpado caído sudaba, protestaba y, poco a poco, tapaba la tumba detrás de la casita, la niña volvió adentro y no tardó en reaparecer portando al hombro un hatillo repleto de objetos que, por lo visto, pretendía rescatar.

—¿Adónde nos dirigimos? —le preguntó a Thomas.

—Bueno, yo voy al sur. O al este, no sé. Todavía no me he decidido.

—¿Qué hay en el sur, aparte del papa?

—Ni idea. Solo sé que no es el oeste.

—¿Qué hay al oeste?

—Más de lo mismo —repuso él, abarcando con un ademán el paraje quedo y arruinado que los rodeaba.

—Bueno, pues nada. Entonces, al sur.

—Una villa. —Thomas levantó un dedo recio cubierto de callos—. Te dejaré acompañarme hasta la próxima villa y te mantendré a salvo hasta entonces. Pero como lloriquees, gimotees o rechistes por el camino, te abandono en el acto. Si te portas razonablemente bien, te soltaré en el regazo de la primera abadesa con vida que vea. Aunque sea una puñetera novicia, qué cuernos.

Sus blasfemias hicieron que la niña entornara los ojos, pero Thomas le acercó el dedo a la cara y añadió:

—Y pienso blasfemar a mi antojo. Mentaré a la Virgen, la leche agria de sus pezones, los pelos de mis cochinos muertos y todo lo que el diablo tenga a bien ponerme en la lengua. Y cuanto más te quejes al respecto, peor para ti.

La pequeña entornó aún más los ojos, lo que le hizo pensar que su difunto padre no debía de haber sido pronto con los correctivos.

—A mí no me pongas caruchas. Venga, pásame ese saco que te has traído.

—¿Por qué?

—Porque pesa demasiado para ti y no tenemos caballos —replicó Thomas mientras le arrebataba el hatillo.

—Podríamos tener un burro.

—¿Qué?

—Que os habéis comido a mi burro.

Thomas refunfuñó y empezó a sacar cosas, empezando por un sexteto de velas de cera amarillas.

—Menudo lujo —musitó—. Ningún lacayo gasta velas de cera. ¿A qué se dedicaba tu padre?

—Es abogado. Y cría abejas. O las criaba, mejor dicho. Usaba la miel y los trozos de panal como moneda de cambio con el candelero. Poco después de que la gente empezase a enfermar, llegaron unos aprendices y quemaron las colmenas. Culpaban a las abejas de haber traído la enfermedad de otras aldeas enfermas, de aldeas en las que vivían judíos. Luego volvieron hambrientos, pidiendo miel, pero padre les dijo que la habían quemado toda. Amenazaron con matarlo, pero solo le pegaron. No acabó muy malherido. El caso es que sí que le quedaba un poco.

—Ya lo veo, ya.

Thomas sacó un tarro pegajoso y se chupó el dedo. Repitió la operación. Vigilaba de reojo a Jacquot, que ya había visto la miel y se aproximaba corriendo, con la pala todavía en las manos.

Thomas se incorporó y lo apuntó con la espada. Jacquot se acordó de la pala, la soltó y se dejó caer de rodillas, con las manos entrelazadas delante del pecho. Abrió la boca como si aguardase la comunión. Thomas se erguía ante él con el tarro de miel y la espada.

—¿Por favor? —imploró Jacquot con el timbre más quejumbroso que fue capaz de imprimirle a su voz.

—Está bien, está bien, pajarillo. No píes tanto —dijo Thomas enfundando la espada. Inclinó el tarro de substancia ambarina, viscosa, y lo sostuvo sobre la boca del hombre hasta que un fino hilo empezó a caer dentro de ella.

Jacquot gimió de placer y tragó mientras sonreía de oreja a oreja, con la barba cada vez más pringosa. Sin embargo, a pesar de que había vuelto a abrir la boca expectante, no hubo un segundo vertido.

—A cavar.

—Ya he terminado.

—Casi. A cavar.

Thomas sacó un libro de gran tamaño del hato de la muchacha.

—¿Y esto qué es?

La niña se limitó a quedarse mirándolo.

Thomas guiñó los ojos para leer las palabras.

—¿Tomás de Aquino? ¿En serio?

La niña asintió.

—¿No sabes leer?

—A Tomás de Aquino no.

—Creía que los caballeros sabían leer.

—¿Y quién te ha dicho a ti que yo sea un caballero?

—Es la pinta que tienes.

—Eso es que no te has cruzado con muchos. Algunos saben escribir lo justo para no tener que dibujar un pollo a modo de firma, pero nada… erudito.

—Tomás de Aquino es el preferido de padre. Porque podría haber sido un noble señor, pero eligió renunciar al mundo. Aunque a mí me gusta más san Francisco.

—Pensaba que Aquino era un gordinflón.

—Ni idea.

—Lo era, hazme caso. Reventaba por las costuras. Puede que hubiera renunciado a los pechos de las mujeres, pero se dedicó a zampar bizcocho hasta que le salieron tetas a él.

—No deberías burlarte de alguien tan grande.

—Hasta su libro es gordo. Pesa como un jato.

—Lo llevaré yo.

—Empezarás llevándolo tú, pero terminaré llevándolo yo. Si tanto le gustaba a tu padre, ¿por qué no lo dejas con él? ¿Y qué narices es esto?

Levantó un pequeño instrumento de hueso de venado, una especie de tallo con una cazoleta en uno de sus extremos. La niña se lo quitó, se dirigió con él a la palangana y vertió dentro un poco de agua. Luego sopló el tallo y el artilugio emitió un trino alegre, como una avecilla.

—Déjalo —dijo Thomas, quitándoselo de las manos.

Se disponía a romperlo, pero la niña apoyó una mano en la suya.

—¿Por qué? No pesa nada. Y a mí me haría feliz.

—Tu felicidad me trae sin cuidado.

—Lo sé. Por eso me gustaría llevarme el silbato.

Thomas se lo devolvió refunfuñando entre dientes.

—¿Es que solo sabes gruñir?

Él refunfuñó un poco más.

La pequeña replicó pegando un chiflido que consiguió sonar desafiante e inocente a la vez cuando el silbato emitió su alegre gorjeo.

—Pero esto se queda.

Thomas le enseñó un crucifijo de plomo y madera.

La niña dejó de trinar.

—No.

—Pesa más que el original.

—Nos lo dio un franciscano.

—Seguro que a cambio de un puñado de plata y una buena mirada lasciva a tu madre.

—No digas cochinadas sobre mi madre, te lo suplico. Maldice todo lo que quieras, pero no hagas eso.

—Bueno. Pero no nos vamos a llevar este chisme.

Dicho lo cual, Thomas se incorporó y lanzó el crucifijo a un campo embarrado. Nada más soltarlo, la niña salió disparada sobre los palillos que eran sus piernas, lo rescató del fango y se abrazó a él, ensuciándose todavía más la pechera de aquel vestido que alguna vez había sido blanco. Thomas se lo arrebató y lo tiró de nuevo. Y de nuevo, la niña se fue corriendo a buscarlo.

—Maldita sea —masculló Thomas al verla otra vez con el crucifijo en las manos. Se lo volvió a quitar y lo estampó contra un árbol, donde se partió en dos pedazos. La niña lo miró, sollozó y se llevó la muñeca a los labios—. Es que pesa mucho. Ya te encontraremos otro más manejable.

La pequeña continuaba haciendo pucheros.

—No llores por eso. Era pura quincalla.

—No estoy llorando por eso.

—Por todos los santos… ¿Entonces por qué?

—Porque, por un momento, se me ha revelado.

—¿El qué?

—Tu alma.

—Las almas son invisibles.

—No siempre.

—Claro que sí. Menos para ti, ¿eh? Bueno, ¿y cómo era? ¿Tenía cuernos y patitas de cabra? ¿Acaso soy un demonio?

—No, pero tienes uno muy cerca. Siempre hay uno cerca de ti. Te quieren.

—Una bruja. Por los clavos de Cristo, estoy a punto de echarme al camino con una bruja enana y rarita.

La niña usó la cara interior de las muñecas para secarse las lágrimas que se escurrían por sus mejillas. Parecía una paleta asilvestrada. ¿Quién accedería a acogerla?

—¿No tienes ningún peine en ese hatillo?

—No.

—¿Y en la casa?

—Sí. El de mi madre.

—Pues tráelo y ve acostumbrándote a usarlo.

3 De la ciudadela y la iglesia saqueada

Desde lo alto de una colina los observaban las estrechas ventanas de una antigua estructura, la ciudadela que algún noble de poca monta debía de haber heredado de la época de los normandos, no muy distinta de la que Thomas había dejado en Picardía. En tiempos mejores, de esta podría haber salido un jinete para cobrarles tributo por el uso de la carretera, pero lo más probable era que tanto ese hipotético jinete como su montura hubiesen acabado en el vientre de los cuervos que graznaban en las almenas. La sombra de la fortaleza se arrastraba hacia ellos por la ladera de hierba tostada; Thomas calculó que debían de quedarles unas tres horas de luz.

—¿Cómo se llama este sitio? —le preguntó a la niña mientras se abanicaba con el sombrero.

—Fleur-de-Roche. ¿Te gustaría saber también cómo me llamo yo?

—No.

—¿Es porque no quieres sentir afecto por mí?

—No siento el menor afecto por ti.

—Pero podrías sentirlo si conocieras mi nombre y otros detalles sobre mí, porque así ya no sería una simple «niña», ¿a que sí?

—A callar.

La aldea era pequeña, aunque no tanto como aquella en la que habían encontrado a la niña. Colina abajo desde la torre, una iglesia de piedra dominaba una colección de comercios y unas pocas decenas de casas. Macizos de escarolas moradas crecían sin ton ni son en un sembrado en barbecho, en tanto los tallos de cebada y espelta se mecían en la brisa cálida. El festival de la cosecha de Lammas había llegado y pasado de largo sin nadie que lo celebrara en este lugar.

Thomas le echó otro vistazo a la ciudadela. No estaría de más remontar esa pendiente para otear el camino y la aldea. La estructura, aunque tentadora, entrañaba peligro. La recia puerta parecía entornada. ¿Una invitación? Sería el lugar perfecto para tender una emboscada; nueve contra diez a que estaba vacía. Sin embargo, siempre era la décima la que hacía que uno se arrepintiera de haber apostado.

«No llevo nada digno de ser robado».

La niña lo miró. Ahora que se le había secado el cabello, parecía más dorado que pajizo bajo la luz del sol.

«Te equivocas».

Thomas dejó a la pequeña junto al camino, al cuidado de su sombrero de paja. Se caló sobre la capucha de malla el yelmo cónico que llevaba colgado del cinto y subió por la ladera hasta el pie de la torre, con la espada desenvainada cruzada como un yugo sobre los hombros.

Sus deseos de inspeccionar la fortaleza no incluían acercarse a las dos mujeres sin vida, vestidas como criadas, que se descomponían sentadas junto al portón. Los cuervos se habían ensañado con ellas y le sonreían con las cuencas vacías. Sus cabezas se tocaban casi con ternura. Mientras los cuervos se burlaban de él, Thomas caminó junto a la pared hasta llegar a un punto desde el que se veía la carretera por la que habían llegado. Se sentó a la sombra del muro y observó con atención para cerciorarse de que nadie los hubiera seguido.

Sería de extrañar que Jacquot se hubiera soltado tan pronto. Thomas lo había encontrado embutiéndose los calzones con las cadenas de oro que habían colgado del cuello de Godefroy y con las monedas de plata que quedaban en el morral de cuero del gordo. Esto le había valido otra tunda, mitigada por la niña, pero luego Thomas decidió que sería justo dejar a Jacquot amarrado al árbol en el que había encontrado a la pequeña. También le colgó del cuello un cartel de madera en el que la niña, siguiendo las instrucciones de Thomas, había escrito con carbón:

haced conmigo lo que consideréis justo hacer con los bellacos

Eso era lo que Thomas le había ordenado escribir, por lo menos. Ella lo había transcrito tomándose alguna que otra licencia poética.

los saqueadores como yo harán lo mismo con vos si os atrapan

La ballesta de Jacquot estaba oculta en el árbol, a su lado, colgando como un fruto maligno con la bolsita de dardos. No había parado de protestar mientras Thomas lo inmovilizaba con la cuerda que la niña había sacado de la casa, quejándose porque estaba demasiado apretada, porque no sobreviviría a esa noche, porque una jauría de perros salvajes lo encontraría y se lo zamparía.

—Pero ¿qué perros? Si están todos muertos. Antes te comerá algún campesino famélico.

Jacquot cambió de estrategia y le recordó a Thomas lo bien que se lo habían pasado bailando y metiéndose en trifulcas en la Fiesta de la Candelaria, cerca de Évreux.

—Te desmayaste y tuve que volver al campamento cargando contigo. El único que se lo pasó bien fuiste tú.

Tres serían mejor que dos si se metían en líos, repuso Jacquot.

—No si los líos llegan por culpa de ese tercero.

Thomas le había dado la espalda llegado ese punto.

—¡¡Por favor!! —había gritado Jacquot, consiguiendo que la niña se detuviera.

—¿Y si…? —había empezado a decir, pero Thomas no la dejó terminar.

—Si vuelves, será él quien se encargue de ti.

La niña agachó la cabeza y siguió caminando.

Cuando Thomas y ella ya casi estaban fuera del alcance del oído, Jacquot había terminado rugiendo un sarcástico «¡Que Dios os bendiga por esto!» antes de desgañitarse hasta enronquecer.

Al pasar por delante de una vivienda recién techada con paja verde y amarilla, una mujer tosió flemosa en el interior y se lanzó a recitar un Pater Noster a voz en cuello, aunque trufado de expectoraciones. Cuando la niña hizo ademán de querer acercarse a la ventana, Thomas le tiró de la manga.

—La conozco —dijo ella—. Pone una mesa los días de fiesta y vende pasteles de avellanas y miel. Es simpática.

—La peste no entiende de simpatías. Aléjate de ahí.

—No recuerdo su nombre.

—Hazte a la idea de que ya no tiene ninguno.

La niña puso cara de ir a echarse a llorar, pero luego se santiguó y continuaron caminando en dirección a la iglesia.

—¿Conoces a alguien más por aquí?

—El párroco es el pèreRaoul. Padre me traía a ver representaciones de los misterios en primavera. Adán y Eva primero, y luego la esposa de Lot. Los actores siempre invitan a participar al sacerdote de la localidad; el pèreRaoul hizo de serpiente, de sodomita perverso y de diablo. Le pusieron un par de cuernos colorados y todo. Creo que le gustaba hacer de malo, siempre y cuando fuese de mentirijillas.

—¿Sabes por dónde queda su casa?

—No.

—Si lo encontramos, te dejo con él.

El camposanto estaba sembrado de tumbas recientes, tras las cuales se abría una fosa enorme, flanqueada por una montaña de tierra. Thomas sabía lo que había allí dentro. En todas las poblaciones había algo por el estilo. Las primeras víctimas habían recibido santa sepultura, hasta que hubo que enterrar a los enterradores. Cuando los muertos superaron a los vivos, comenzaron a abrirse las fosas. Hasta que ya no quedó nadie dispuesto a arrastrarlos hasta ellas.

—Aquí todos han sucumbido —murmuró la pequeña.

—Puede. Aunque lo más probable es que estén escondidos. Yo me escondería de unos forasteros, ¿tú no?

La niña negó con la cabeza.

—No, era de esperar, supongo.

Thomas usó la bufanda para cubrirse la boca y la nariz al pasar junto a la fosa y entró en la iglesia para echar un vistazo. Era un edificio sencillo, con el suelo de tierra. El crucifijo y todos los demás objetos de valor habían desaparecido ya del altar.

—Me parece que tu cura está muerto —dijo el caballero fornido, mirando hacia atrás por encima del hombro.

La pequeña arrugó el entrecejo.

—Con lo bueno que era. ¿Cómo es posible que Dios mate a sus sacerdotes?

—La peste arrasa con todo. Únicamente aquellos sacerdotes que se nieguen a visitar a los enfermos tendrán alguna posibilidad de sobrevivir.

—Entonces, sí, está muerto.

—Me tendré que quedar contigo un rato más, por lo visto. Dormiremos en esta iglesia. Con suerte, nadie habrá muerto aquí.

Durante la noche, oyó hablar a la niña, pero no en francés. En latín. «Aviñón», le pareció que decía. Pensó en despertarla, pero, en vez de eso, se levantó y salió a caminar al aire fresco y contemplar las estrellas. La semana pasada había aparecido un cometa cerca de Cygnus, y miró a ver para dónde se movía. No tardaría mucho en cortar el cuello del bonito cisne del este. Sabía que era malévolo, una señal de la plaga en un firmamento enfermizo, pero también era tan bello que no podía dejar de observarlo.

Había habido otros antes de ese. Tres habían compartido el cielo de abril al mismo tiempo, uno de ellos tan brillante que eclipsaba las estrellas cercanas; eso fue antes de que la peste llegara a Normandía, pero ya había comenzado a propagarse por otros lugares y todo el mundo hablaba del día del juicio. Rememoró las historias de los viajeros con los que se habían cruzado, a los que habían asaltado; un terremoto en Italia, insignificante en comparación con los cataclismos y las tormentas que asolaban la India; cómo el suelo se había agrietado en la tierra de los mongoles hasta llegar al infierno, de donde emanaba esta pestilencia.

Los cometas solo habían sido otro indicador de que en el mecanismo del paraíso había saltado algún muelle. Varios de los bandidos a las órdenes de Godefroy se habían escabullido antes de que la enfermedad redujera su número de veinte a los cuatro que quedaban cuando encontraron el burro de la niña. Pensaban salvar su alma alejándose de aquel hatajo de delincuentes, aunque lo que en realidad habían salvado debía de ser el pellejo. La compañía había enfermado tras atracar a unos comerciantes con un carromato a rebosar de pieles; en cuanto abandonaban a un compañero a su suerte, otro empezaba a gimotear en sueños con las ingles o las axilas hinchadas.

Habían fallecido quince en dos semanas.

Volvió la vista aún más atrás, a los días posteriores a su herida y su traición, cuando había llegado por primera vez a Normandía con la intención de condenarse a cambio de enriquecerse. Una prostituta le había advertido que no tomase la carretera de Normanville a Évreux aquella noche de primavera en particular, pues sabía que había hombres emboscados en ella. Thomas le dio dinero a cambio de que lo llevara hasta ese camino, perfumado con todas las notas fragantes de la primavera, aunque predominaba la madreselva, y le presentara a esos hombres.

A Godefroy.

El salteador de caminos más temido de toda Normandía durante un par de años.

El mismo que él había asesinado hacía nada.

La niña estaba sentándose cuando Thomas volvió a entrar en la iglesia.

—Nos vamos a París —anunció la pequeña—. Y después a Aviñón.

—Y un cuerno.

—No sé por qué, pero es imprescindible que vaya a Aviñón. Hay algo que tengo que hacer. Y tu deber consiste en ayudarme a llegar sana y salva.

—No me gustan tus sueños. Alguien acabará acusándote de brujería y entregándote a la Inquisición.

—¿Tú me tomas por bruja?

—Te torturarán con tenazas. ¿Eso es lo que quieres?

—No has respondido a mi pregunta.

—Ignoro si eres una bruja o no.

—¿Qué te dice tu corazón?

Thomas apoyó las manos en las caderas mientras deambulaba en círculos, cabizbajo, caminando despacio.

—Mi corazón es un embustero.

—Hay mentiras dentro de ti, sí, pero no por culpa de tu corazón.

—Deja de decir cosas raras. No quiero oír nada más.

—Tenemos que ir a Aviñón, pero antes debemos pasar por París. Hay algo allí que necesitamos.

—Lo único que necesito yo es atenerme a la campiña. Esas ciudades tan grandes son como tumbas hambrientas. Entrar allí sería de necios.

—Sin embargo, es lo que tenemos que hacer.

—¿Quién lo dice?

—El pèreRaoul.

Thomas levantó las manos con exasperación.

—¿El difunto pèreRaoul?

—Sí, está muerto. Exhaló su último aliento en su humilde casita, con la cabeza cubierta por una manta. Ha venido para contármelo.

—No digas memeces.

La niña arrugó el entrecejo de nuevo y replicó:

—Voy a dormir un poco más —y se tumbó en el firme suelo de tierra dando la cuestión por zanjada.

—Si te cruzas otra vez con el difunto párroco, dile que a París y a Aviñón se puede ir él solito. Pero antes, que se vaya a la mierda.

—No va a volver.

—Pues mejor.

La pequeña recogió las rodillas contra el pecho, se ovilló como un gato y se quedó dormida casi al instante.

Él esperó a oír sus suaves ronquidos antes de recoger sus pertenencias sin hacer ruido. La niña era un lastre; Thomas tendría más probabilidades de sobrevivir por su cuenta. Viajaría más deprisa, podría esconderse mejor; si tenía que cometer alguna brutalidad, no notaría clavados en él aquellos ojos tan penetrantes, del color del pedernal, obligándolo a dudar y tal vez incluso a morir por culpa de un titubeo. El mundo no estaba hecho para los niños, y para las niñas menos aún, sobre todo si se habían quedado sin padre. Él no tenía la culpa de eso. Si Dios quería protegerla, que lo hiciera Él mismo. Thomas se disponía a abandonarla en la iglesia cuando vio algo rojo junto a su propio pie. Algo que no estaba allí antes. Cuando reconoció lo que era, se santiguó, lo arrojó al exterior y soltó las cosas. El corazón le martilleaba en los oídos.

Lo que tanto lo había alterado era una máscara toscamente pintada, rematada con cuernos. La clase de máscara que un cura de pueblo se pondría para hacer de diablo en la representación de un misterio.

4 Del monasterio y el mejor vino de los últimos siete años

Marcharon juntos durante dos días. En la primera jornada no vieron a nadie y solo comieron tallos verdes, una pastinaca que la pequeña extrajo del suelo (con la mano envuelta en el dobladillo del vestido para no hacerse daño), un saltamontes que logró capturar y unas gotas de miel. Se dirigían a París, aunque la niña no le había explicado por qué. A pesar de la cornamenta diabólica que Thomas había visto la noche anterior, pensó en abandonarla por lo menos una docena de veces y, a tal fin, apenas si respondía a los intentos de entablar conversación por parte de ella. Tenía la voz bonita y unos modales encantadores; a Thomas no le costaría sentir afecto por ella en caso de optar por hacerlo, pero estaba dispuesto a que no fuera así.

Con escaso éxito.

—¿Dónde naciste? —le preguntó la niña al coronar una colina bajo un cielo cálido, azul y agradable.

—En Picardía.

—¿En qué ciudad?

—En una.

—¿En una grande?

—En una, sin más.

—¿Cómo se llamaba?

—Ciudad.

—¿Y esa ciudad está cerca de alguna montaña?

—No.

—¿De algún monte?

—No.

—¿De algún lago?

—No.

—¿De alguna granja?

—No.

—Si vive gente, siempre hay granjas cerca.

Thomas la miró con el ceño fruncido, mirada que ella desvió con un gesto de precocidad inmutable. La inteligencia que le brillaba en los ojos lo provocaba, le recordaba a otra persona.

A alguien que le había hecho daño.

—Entonces, sí.

—Cerca de alguna granja.

—Sí.

—Bien. Vamos progresando. ¿Árboles? ¿La ciudad tiene árboles cerca?

—Supongo.

—Me gustaría volver sobre la pregunta del monte, porque antes no parecías muy seguro.

—Sí, estaba cerca de un monte.

—Pero sí parecías seguro de que no estaba cerca de una montaña. Así que nada de montañas.

—No.

—¿Y el nombre?

—Ciudad, ya te lo he dicho.

—Ninguna ciudad se llama Ciudad.

—La mía sí. Coñarroya de Ciudad Real. ¿A qué decías que se dedicaba tu padre?

—Era abogado.

—Se nota. Venga, cállate ya.

—Nunca conseguirás esposa con ese mal genio.

—Ya la he tenido.

—¿Y qué le pasó?

—Me la cargué por parlanchina.

Eso le arrancó una risita a la pequeña.

—¿Y dónde está enterrada, en Coñarroya de Ciudad Real?

—Que te calles.

—Me imagino que a tus hijos también te los cargarías.

—A todos.

—¿Cómo se llamaban?

—Mocoso, mocoso, mocosa y silencio.

Vieron el monasterio a la segunda jornada, y solo porque se habían internado en el bosque para buscar comida. Entre los dos no lograron reunir ni un puñado de bayas amargas, pero, cuando se disponían a irse, Thomas divisó una liebre y la persiguió por un sendero que se adentraba en la arboleda. La liebre se escapó, por supuesto, pero el bosque lindaba con una loma, y desde lo alto de ella se veían unos muros de piedra, un tejado de paja y lo que daba la impresión de ser una huerta.

—Quieran los santos que la suerte nos sonría esta vez —dijo Thomas, y los dos se acercaron a la puerta, una simple reja de varas trenzadas. Estaba abierta, y sobre ella, en latín y con caracteres grabados a fuego, un cartel de madera rezaba:

Esta puerta es una invitación

para todo el que albergue

la paz de Jesucristo en su seno

Thomas