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Cuando Lirio es atrapada como polizón en la bodega de un navío, está segura de que será asesinada y arrojada al océano; después de todo, las mujeres tienen prohibido subir a bordo de cualquier clase de embarcación. Sin embargo, antes de que el capitán pueda arrebatarle la vida, una extraña melodía comienza a sonar alrededor del barco. Llega desde todos lados y desde ninguno al mismo tiempo... o, quizá, proviene de las profundidades.
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Seitenzahl: 42
Veröffentlichungsjahr: 2022
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NATHALIA TÓRTORA
Dirección editorial: Natalia Hatt
Corrección: Nadín Velázquez
Diseño de cubierta e interior: H. Kramer
Ilustraciones: Michelle Veneziano
Tórtora, Nathalia
Entrégate al océano / Nathalia Tórtora ; ilustrado por Michelle Veneziano. - 1a ed ilustrada. - Paraná : Vanadis, 2022.
Libro digital, EPUB - (Tesoro Vanir / Natalia Hatt ; 2)
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-48907-0-2
1. Cuentos de Hadas. I. Veneziano, Michelle, ilus. II. Título.
CDD A863
© 2022 Nathalia Tórtora
© 2022 Editorial Vanadis
www.editorialvanadis.com.ar
Todos los derechos reservados. Prohibidos, dentro de los límites establecidos por la ley, la reproducción total o parcial de esta obra, el almacenamiento o transmisión por cualquier medio, las fotocopias o cualquier otra forma de cesión de la obra sin previa autorización escrita de la editorial.
ISBN: 978-987-48907-0-2
Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723.
25 de Mayo 838 1D. Paraná, Entre Ríos. Noviembre de 2022.
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
EPÍLOGO
Sobre la autora
Sobre la ilustradora
A todas las sirenasque todavía no son libres.
Moriré en el mar, sola y olvidada.
Sufriré con lentitud. El agua salada llenará poco a poco mis pulmones y me hundiré hasta el fondo para convertirme en la cena de alguna criatura de las profundidades. Lo que quede, si es que queda algo, naufragará hasta acabar en quién sabe qué costa lejana.
Mis ojos se llenan de lágrimas ante la visión de mi inminente final y un grito escapa de mi garganta cuando el capitán Mortimer Isaacs toma mi cabello y jala con fuerza para atraerme hacia él.
He sido descubierta.
—¿Quién eres, polizón? —insulta. Su aliento a pescado mezclado con el humo de los cigarros que suele fumar me genera náuseas—. ¿¡Cómo ha logrado una ramera como tú colarse en mi embarcación?
—Tenga piedad… —ruego, en medio del pánico.
Me dejo caer de rodillas al suelo, siento cómo las ásperas tablas raspan mi piel a través de la fina tela del pantalón masculino que llevo puesto.
—Responde a mi pregunta. —El hombre vuelve a tirar con fuerza de mi cabello con una mano, con la otra me sostiene la cabeza en su sitio para asegurarse de que sienta el tirón.
Abro la boca para hablar, pero las palabras se niegan a salir. El dolor y la desesperación me han quitado la elocuencia. Solo puedo llorar y repetir entre murmullos el mismo ruego una y otra vez.
No quiero morir.
Todavía no, aunque entiendo que debería resignarme ante el final que se aproxima.
—Habla, puta, o te cortaré la lengua aquí mismo —insiste él—. ¿Quién eres? ¿Cómo has abordado sin ser vista? Si un marinero te ayudó, pagará un precio similar al tuyo.
—Por favor... —pido.
Enfurecido, el capitán se voltea y comienza a arrastrarme por el cabello. Me lleva desde la bodega hasta la cubierta. Cada centímetro que avanzamos se siente como una eternidad, una tortura interminable. Quizá la muerte, en realidad, sea mejor que este suplicio.
Algunos clavos viejos que sobresalen de la madera hacen tajos en mi cuerpo. Me arde. Todo me arde. La sal del mar, impregnada en cada parte del navío, empeora el dolor que me embarga y que crece sin tregua.
No dejo de gritar en ningún momento. Mi mente y mi cuerpo parecieran haberse desconectado. Logro pensar y concentrarme en lo que me rodea. Al mismo tiempo, soy como una muñeca de trapo incapaz de mover sus extremidades para protegerse.
Mi rostro golpea contra un barril. Algo que no llego a distinguir lastima el ojo derecho, ya no puedo abrirlo con naturalidad. Y hay sangre, la siento, deslizándose desde las pequeñas heridas y manchando la ropa. O tal vez sean lágrimas. He derramado tantas que no me sorprendería si estas alcanzaran los dedos de mis pies.
En eso, nos detenemos.
El capitán Mortimer Isaacs me arroja con fuerza al suelo. Mi cabeza rebota contra el piso y, antes de que pueda siquiera intentar incorporarme, una de sus botas se posa sobre mi nuca y me mantiene allí.
—¡¿Quién es el traidor?! —grita, enfurecido—. ¿Quién de ustedes, ratas, ha permitido que una mujer subiera a mi barco?
No puedo ver lo que ocurre, pero en mi mente imagino la escena. Algunos marineros, curiosos, se aproximan a nosotros y me inspeccionan, como si vieran a un animal enjaulado o a un criminal a punto de ser ejecutado en la plaza del mercado.
Soy la primera cosa interesante que les ha ocurrido desde que zarpamos. La jornada desde la isla hasta el continente es extensa y monótona. Soy un espectáculo, algunos inclusos deben deleitarse al saber que hay una mujer con la que podrían divertirse. Un juguete.
Otros, más cautelosos, seguro observan desde sus puestos, asustados por la furia del capitán. Todos se preguntan quién es el culpable, sacan conclusiones y apuestas mentales.
Lo cierto, sin embargo, es que me metí yo sola en el depósito, escondida entre los arcones de frutas y mercancía. Necesitaba escapar.
Mis opciones eran dos: ser juzgada falsamente por adulterio —a conveniencia de mi marido, que estaba decepcionado por una esposa incapaz de darle descendencia— o arriesgarlo todo por una escapatoria de la isla, a pesar de saber que casi no habría posibilidades de llegar a mejor puerto.
