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El psicólogo Fernando Trevijano, hombre dubitativo y enamoradizo, tiene como pacientes a varias mujeres que representan el mal y envenenan a hombres como venganza por el maltrato recibido. Son atractivas, ricas e inteligentes, y una de ellas, Alicia Ramírez, cautiva sexualmente al psicólogo para que no denuncie la maldad. A la causa de estas mujeres se suma otro paciente del psicólogo, el bibliópata Roberto Piñeiro, al entender que la ignorancia se ha adueñado de la casta dirigente. Busca la venganza contra los dirigentes de la vida pública, a los que acusa de soberbios por no tener la cultura bibliográfica suficiente para evitar pandemias y guerras. La ignorancia engendra el mal. Jesús Montesinos, periodista con larga trayectoria, explora el mal y el bien por Madrid, Valencia y Alzira en una historia distópica donde el mal tiene toda la belleza emocional de la ignorancia (encarnada en el personaje de Alicia) y el bien la apariencia de la sabiduría (rol de Servilia). Estás muerto, cabrón forma parte de la colección de narrativa de Loto Azul.
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Seitenzahl: 660
Veröffentlichungsjahr: 2024
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ESTÁS MUERTO, CABRÓN
© Jesús Montesinos Cervera
© de esta edición: Loto azul, 2024
ISBN: 978-84-10162-35-8
Producción del ePub: booqlab
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Arts. 270 y siguientes del Código Penal). Las solicitudes para la obtención de dicha autorización total o parcial deben dirigirse a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos).
ROJO Y NEGRO, S. [email protected]
Dedicada a todos los que son de mi tribu.
Y EVA MORDIÓ LA MANZANA
La Serrana de la Vera
Personaje de leyenda de origen mítico del siglo XVI: una extraordinaria mujer que se refugiaba en una cueva, cercana al valle del Jerte, de donde salía para conquistar y matar a hombres como venganza por un despecho amoroso.
Freud (médico neurólogo, siglo XX)
«Todo lo que se reprime acaba siendo repetido».
Shelling (filósofo, siglo XIX)
«El mal es un acto afectivo. El hombre hace el mal porque se cree una criatura perfecta».
La zarza ardía y quemaba, como en cualquiera de los muchos incendios que durante el verano de 2022 destruyeron miles de hectáreas de bosque en España y en el resto del sur de Europa. Era una hora temprana de agosto y bajaba de una escarpada montaña, sudando más agua de la que había bebido; por lo tanto, agotado. Pero intenté echar tierra a la zarza con el inútil propósito de apagar el fuego, que seguro había sido provocado por una colilla.
La gente se preguntaba cómo había en el mundo alguien tan hijo de puta como para prenderle fuego a un bosque, a la vez que dudaba si esto era el principio del apocalipsis, con tanto desastre como salía en el telediario. Insistí en apagar la zarza, solo por querencia ante el peligro, pero no lo conseguía. El fuego es una maldad bíblica que quema todas las perspectivas de renacimiento a la vez que depura.
Me quedé hipnotizado ante el fuego, buscando en las últimas llamas la inspiración para el argumento de un libro que estaba pensando escribir, uno más de la saga que llena las librerías, sobre asesinatos, policías y sexo. Pasaba horas haciendo senderismo con el ánimo de encontrar el argumento en la soledad de los montes, pero las musas pasaban de mí, como cantan Serrat y Sabina.
Pero, de repente, de la zarza salió una voz que me recitó el verso de «furia infernal, serpiente mal nacida» del barroco Luis de Góngora y Argote como primer acto para asustarme:
—¡Que no me apagues, coño! ¡No ves que estoy ardiendo por lo jodido que está el mundo!
Me perdí entre las cortas palabras e intenté mirar más allá de las zarzas.
—No te esfuerces. No me vas a ver porque llevo mi capa de invisibilidad. Pero he escuchado tus reflexiones y reconozco que, como animal racional, tienes toda la razón: el mal se ha apoderado de la humanidad. ¿Acaso crees que tú haces el bien? El bien es aburrido y el mal es la caña. Muchacho, el mal es la envidia de los mediocres. El odio y la venganza dominan el mundo. Todos tenéis la verdad absoluta. Pero no olvides que la violencia es masculina, excepto cuando la maldad es bella.
—¿Quién habla?
—¿Quién coño va a ser? ¡Un dios invisible! ¿O te crees que soy el altavoz de tu iPhone?
—¿Quién eres?
—¡Que tío más tonto! ¿Crees que una voz que te habla desde una zarza ardiendo te va a enseñar el carné de identidad?
Mi confusión llegaba al máximo, sumada al agotamiento de las horas que llevaba caminando por el monte. Eché un buen trago de agua y volví a la sinrazón.
—Perdone, señor, ¿me puede explicar quién es y qué quiere? Porque todo esto es muy extraño.
—Bueno. Voy a darte algún dato más, porque se nos hará de noche y no estoy para perder el tiempo.
»Soy Hades, el dios del inframundo, tan de moda ahora por las guerras y hasta por la película Barbie. Y soy un enviado por el dios supremo Zeus para averiguar qué está pasando entre los humanos. Tanta mediocridad tenía que llevar a este descontrol. En mis tiempos la gente se condenaba por amor. Ahora se condena por soberbia, vanidad y egoísmo. Por eso andáis con venenos vulgares y a tiros: ni siquiera tenéis arte para la muerte. Mucho miedo, pero poca razón.
»En los últimos años habéis sufrido una pandemia por el descontrol sobre los virus, estáis liados con guerras posesivas unos contra otros y todos contra todos, vivís una crisis económica que os va a dejar empobrecidos a todos y, encima, os cargáis el planeta que os da de comer. El cambio climático os va a asar la cabeza y tendréis que beberos vuestros orines. Sois más miserables que los que tengo en mis calderas.
»Habéis pasado de adorar a Abel a reverenciar a Caín como ejemplo de vuestra vida. Y no culpéis a Dios por las plagas. Es vuestro libre albedrío. No reconocéis vuestros errores porque os creéis poseedores de la verdad. ¡Ni Zeus se atreve a tanto! Ni Zeus ni Dante.
—¿Me quiere usted decir que de verdad es Hades, que ha subido desde el infierno para vigilar a los humanos y que se me aparece ahora en una zarza? Creo que me ha dado mucho el sol.
—Mira, te voy a proponer una cosa. Yo te cuento todo lo que está pasando en este infierno real para que veas que hablo en serio. Y, si te parece bien, lo escribes y que la gente se entere de qué es lo que hay detrás del COVID-19, del virus del mono y hasta de Putin y Hamás. Y, si no te parece bien, pues te dejo echarle agua a la zarza. Y no pongas cara de extrañado. Te doy los desvaríos de la humanidad para que veas que las cosas están peor de lo que cuenta el telediario.
—¿¿¿???
—No te asombres, que aún te queda mucho por saber. Te resumo en unas palabras lo que pasa y luego te cuento la historia que he venido a investigar de parte de Zeus. Los años salvajes, que dice la canción de Fito Páez que tanto le gusta al jefe.
»Un psicólogo de moda, Fernando Trevijano, tiene clínica en Madrid, en la calle Goya, y a ella acuden mujeres y hombres que, con la excusa de recibir terapia porque están desnortados, quieren ganarlo para la causa de la venganza. Sus pacientes quieren vengarse de la torpeza de la humanidad, que ha puesto mascarillas a la belleza y que es incapaz de aprender de la historia para no repetir guerras y pestes. Pero yo creo que son una banda que propaga el odio en la tierra. Y no voy a caer en la ingenua discusión de si la especie humana es mala por naturaleza; eso es una trampa del lenguaje. Simplemente quiere sobrevivir y para ello crean nuevos camuflajes y establece normas fijas a la imagen y semejanza de la clase dominante.
»Por la consulta pasan Carmen, Servilia, Julia, Lucía, Roberto y Alicia, que es una mujer babilónica, dispuesta a apoderarse del psicólogo a base de artes amatorias. Todas y todos almacenan odio y rencor hasta el extremo de recurrir a la muerte para vengar sus quimeras. Sois buenos por miedo a que os castiguen si sois malos. Si desaparece el castigo, desaparece la bondad. Pero hay gente que está harta de los códigos que establecen el pensamiento de lo correcto y se pasan al lado oscuro: el derecho a la venganza.
—Usted está loco. Ha visto un programa de Cuarto milenio y se le ha ido la olla. El mal es una cuestión de curas y la Santa Inquisición. Y el bien, cosa de abuelas que quieren premiar a sus nietos. Me está vendiendo una distopía.
—¡Chaval! Te lo voy a demostrar. Atento a la historia. Sigo con la capa para no asustarte, aunque apago la zarza y así te quedas más tranquilo.
»Mira. Sitúate en la ciudad de Madrid, en la primavera de 2023, con unos calores que aventuran noches caribeñas. Ya ha pasado lo más aparente de la pandemia, empiezan a subir brutalmente los precios y el cambio climático se presenta en público con sequías en medio mundo. Vamos, las siete plagas anunciadas. Pero la gente solo piensa en tomar cañas en el bar, echar un polvo con quien puede y alargar unos meses la vida de su coche diésel porque no tiene claro si eso del coche eléctrico va a funcionar.
»¿Te sitúas, escritor? Pues atento, que te cuento la historia. Y luego tú escribes lo que quieras, que siempre hacéis lo mismo desde las troyanas.
Policía Municipal de Madrid
@policíademadrid
«Un hombre resultó gravemente herido esta mañana en el rostro y las extremidades tras colisionar su vehículo deportivo de alta gama contra unas vallas en la plaza de la Lealtad de Madrid. El vehículo bajaba a toda velocidad desde la calle Alfonso XII. Pese a la rapidez con la que ha llegado el equipo de urgencias, ya ha ingresado cadáver en el hospital de La Paz».
Policía Nacional
@Policía
«El hombre accidentado esta mañana en la plaza de la Lealtad de Madrid ha sido identificado como Adriano Walter, conocido empresario del sector textil, de cuarenta y cinco años. El vehículo circulaba a más de ciento veinte kilómetros por hora por el espacio urbano y el accidente ha causado la muerte de su único ocupante, por lo que se ha pasado notificación al juzgado de guardia».
La cotilla de Madrid
@CotillaMad
«El guapo y rico Adriano Walter tuvo un accidente de coche esta misma mañana. Pero, como tengo claro que este hombre no es un loco del volante, concluyo que aquí hay algo más. Celos o un cabreo amoroso. O quizá una venganza. Porque ya son muchos los casos de hombres y mujeres maltrechos al poco de acabar la pandemia. Y estoy segura de que Adriano provocó su propio accidente. ¿O fue inducido a ello?».
Comunicado de la Unión Europea
@ComisiónEuropea
«La Comisión Europea ha autorizado hoy a todos los países miembros a incrementar los gastos para Defensa, en vista de las derivaciones que toma la invasión de Ucrania por parte de Rusia. La presidencia de la Comisión ha creado un grupo de trabajo especial, presidido por un importante científico nuclear para asesorar en la fabricación de armas especiales, por si la guerra alcanzara a países integrados en la Unión Europea y fuera necesario movilizar tropas al margen de la OTAN o en el Pacífico».
La sangre de la cara y de las manos mancha el salpicadero de madera de zebrano del Porsche 911 Carrera, pero la mayor herida la tiene el conductor en el pecho, donde ha quedado incrustado el volante de cuero, ya que no llevaba puesto un cinturón de seguridad que frenara el golpe.
Las piernas aparecen retorcidas bajo el asiento delantero, efecto de los múltiples rebotes que sufrió el conductor al desplazarse violentamente tras al tremendo choque contra la valla de hormigón de las obras en la plaza de la Lealtad de Madrid, frente al hotel Mandarín Oriental. El chasis del coche ha quedado destrozado y los hierros han atravesado el cuerpo del conductor.
En la emisora de Spotify del vehículo que conducía Adriano Walter, muerto por efecto del golpe, suena todavía en bucle una canción de Sabina: «19 días y 500 noches».
El juez que acudió a levantar el cadáver explicó en su informe preliminar que se trataba de un suicidio provocado por alguna decisión del conductor. No entró en más detalles sobre las causas generadoras de esa decisión, pese a que era notorio que el conductor había desconectado todos los sistemas de seguridad del potente automóvil.
Uno de los auxiliares del juez comentó con la policía local que la escena parecía una secuencia de la película Crash, cuando la excitación sexual la consiguen a base de brutales accidentes de coche. Un juego de amor y muerte.
***
Como dios menor que soy, me dejan estupefacto las cosas que hacen estos humanos por amor o por odio. ¡O por venganza! Me pierdo con eso del amor y el odio, porque no sé qué los desorienta más, pero las emociones se han apoderado de la tierra frente al criterio racional. La mejor evidencia que tengo es lo que observo con mi visión cenital dos calles más arriba del lugar donde ha ocurrido el accidente. Una bella mujer, Alicia Ramírez, esboza una sonrisa tras escuchar el estruendo del vehículo al estrellarse contra las vallas mientras en la iglesia de los Jerónimos suenan las campanadas de las doce del mediodía. Vestida con ropa deportiva de Nike, inicia un discreto trote sobre sus zapatillas Jordan al tiempo que graba un mensaje en el móvil y aprieta la tecla de enviar. El sol brilla en la primavera madrileña.
«Carmen, Adriano ha tenido un accidente muy grave con su coche a un par de esquinas de mi casa. Se ha escuchado un golpe infernal».
Y sale corriendo hacía el Retiro para sudar las lágrimas que no le salen por los ojos. Cuando lleva recorridos unos diez kilómetros se dirige hacia su casa, en la esquina de la calle Alfonso XII con Antonio Maura, y sube al ático en el ascensor dejando un rastro de Amok y sudor, los caros perfumes con los que ha regado a Adriano Walter antes de conducirlo al accidente mortal. Mientras se desnuda y camina hacia la ducha, pone en el equipo de música el «Nessun dorma» de Turandot, de Puccini, que suena con fuerza en toda la casa. En su móvil aparece un breve mensaje de la SER:
@CadenaSER
«Tras levantar acta del accidente e identificar el cadáver del empresario Adriano Walter, muerto en un accidente ocurrido esta mañana en la plaza de la Lealtad de Madrid, el juez ha decretado el secreto sumarial del caso, por tratarse de un suicidio provocado. La policía busca la identidad las últimas personas que pudieron tratar con este conocido exportador argentino».
Y, al salir de la ducha, la mujer tiene un mensaje de Carmen:
«Qué buena eres, Alicia. Nunca fallas. Y estoy segura de que Adriano no dejó rastro en tu existencia pública. Nos vemos en Numa Pompilio en un rato. Llama a Àngels para que venga, que hay que poner la lista en orden. Bss».
Cuando suena «Nessun Dorma», («Nadie sabrá mi nombre ¡Yo ganaré! ¡Yo ganaré!»), Alicia seca su cuerpo con el aire caliente de un gran secador eléctrico instalado en una pared del baño y luego se envuelve con una enorme toalla blanca mientras se queda mirando unos segundos la cama donde hace unas horas disfrutaba de las manos de Adriano. Coge las sábanas con dos bruscos movimientos y las mete en el fondo de una bolsa de basura.
Marca el vídeo del WhatsApp de Àngels y sonríe antes de hablarle:
—¡Hola, Àngels!
—¡Alicia! ¡Qué sonrisa tan maléfica!
—Ya está hecho y ha sido de película. Objetivo cumplido y, además, le puse un final romántico. De la cama al coche, del coche al hospital y del hospital al tanatorio.
—Eres una artista. ¿Conducías tu?
—No. Era demasiado riesgo que alguien me viera en su coche. Primero una buena cena, en la que Adriano me propuso matrimonio, hizo la escenita del anillo y me dijo mil veces lo maravillosa que era. Luego nos vinimos a mi apartamento en los Jerónimos. Y ya te puedes imaginar la noche, porque Adriano era, sobre todo, un magnífico amante. Pero, sabes, esta mañana, cuando él creía que había cazado la pieza a base halagar mi belleza, le dije: «Adriano, la belleza es crueldad y maldad. Recoge tus calzoncillos y no vuelvas. Eres un imbécil».
—¿Y aceptó sin más?
—Qué va. Imploró. Se arrastró. Pero, aunque le reconocí que follaba de maravilla, le dije que la vida no es un paraíso. Y que, pese a su riqueza, era pobre, triste y aburrido. No era hombre para una mujer como yo. Y eso lo dejó desconcertado. «Ya te lo he dicho. Coge tus calzoncillos y vete. No quiero verte nunca más». El gran Adriano, despreciado por una mujer a la que le había declarado su amor. Àngels, ¡lloraba a moco tendido!
—Ya sabes que la belleza es el instrumento perfecto para vengarse de quien nos ha maltratado. ¿Y se fue tranquilo?
—No. Iba nervioso. La idea inicial era que tomara alguna decisión drástica en su casa, pero al idiota no se le ocurre otra cosa que desconectar los sistemas de seguridad de su coche y lanzarse como un loco por la calle que baja hacia Neptuno. En la radio ya han dicho que ha muerto en un accidente al colisionar su coche contra unas obras.
—¡Habrá que celebrarlo, Alicia!
—Claro. Dice Carmen que nos vemos a comer donde siempre, en la calle Velázquez, y de paso actualizamos la lista. Esto tiene que seguir, Àngels. Llevamos dos años de agravios y la cosa no para.
—Sí, pero creo que debemos analizar hasta dónde queremos llegar. Me parece que nos estamos pasando. De acuerdo con que nos han hecho mucho daño, pero la venganza no tiene por qué acabar siempre con la muerte de otro. El odio total no nos lleva a ningún sitio. O sí. Pero por cada muerto que apuntamos me surgen más dudas.
—¿Te da miedo, Àngels?
—No. Pero admito que hay momentos en que siento cierto remordimiento. Nos está saliendo todo bien, pero en la próxima podemos cometer un error y acabar en manos de la policía. Y el sentimiento de culpa no me lo quita nadie.
—Ni lo pienses, Àngels. Nos vemos en un rato en Numa. Y no dudes. La belleza no es perfecta: siempre tiene alguna rareza. Y nosotras somos las más bellas y las más ofendidas. Ya sabes nuestro pacto: tenemos derecho a nuestra singularidad para defender lo que consideramos bello. Veo tanta belleza donde quiero mirar que hasta incluso lo que hace Putin me parece bello. Y ese tío no está loco: es pura racionalidad.
***
Y yo la verdad es que llevaba unos días huyendo de Zeus porque sabía que me encargaría averiguar qué está ocurriendo entre los humanos. Pero al final me cogió en una reunión familiar de dioses y me lo dijo clarito:
—Hades, mira a ver por qué los humanos están tan alterados. Confunden las tinieblas con la luz y lo dulce con lo amargo. Creen que hacen bien cuando hacen mal. Y se empeñan en hacer el mal porque desprecian el bien. Le han ganado la mano a la pandemia que les mandó Lucifer, pero ahora están todos locos porque no entienden que quien la ha ganado es la ciencia, no los aplausos en los balcones. Y, además, no me extrañaría que se liaran en otra guerra, si antes no se han matado entre ellos exhibiendo amor y odio.
—Zeus, creo que para esa tarea de custodia deberías mandar a un grupo de esos ángeles que te han venido regalados por otra divinidad: Rafael, Miguel, Gabriel o cualquier otro. Porque a mí me condenaste al inframundo y tengo poco que ver con estas locuras. Más bien las alimentaría.
—¡Hades, dios del inframundo! Vas a ir tú porque huelo que aquí hay un retorno de los tiempos más oscuros, como les ha ocurrido otras veces a estos humanos. Confunden la estética de la violencia con la belleza y se vuelven locos. Y si encima hay excusas de amoríos y esos asuntos, ya no sabes cómo acabarán. Y no tengo ganas de un siglo más sangriento que el anterior. ¿Cómo es posible que ese hombre que se llama Adriano fuera capaz de suicidarse porque una mujer lo despecha? ¿De qué se quieren vengar esas mujeres que van conspirando para matar a otros humanos, si no están en guerra? ¿Está Jezbet, el diablo de la belleza, haciendo de las suyas, enturbiando el alma de esas mujeres? ¿Van a acabar matándose unos a otros? Ve y me cuentas, porque esto puede ir a mayores. Y ya tuvimos bastante con Paris y Helena de Troya. La Ilustración no les sirvió para nada. Son dogmáticos hasta decretar la muerte.
Así que ya me he instalado con la capa de invisibilidad al lado mismo de la mesa del restaurante en el que comen Alicia, Carmen y Àngels para conocer cuáles son sus propósitos. Aunque en los documentos que me ha dado Azrael he encontrado muchas pistas de sus sueños y quimeras.
Les cuento los sueños y las quimeras.
***
La pandemia ha dejado afectada la salud mental de mucha gente, aunque en este grupo hay algo más: hay odio a sus semejantes, deseos de venganza. Pero no adivino por qué el desquiciamiento del virus ha provocado que sus sueños hayan pasado a la pretensión de realidad. Es una enfermedad humana; nada de divina o infernal. Pura opción por el lado oscuro. El libre albedrío que los lleva a despreciar la cultura que disfrutan desde hace siglos.
Han concluido que para alcanzar la belleza deben profesar el pecado. «Sin pecado no hay virtud» es su lema, porque su condición postural no admite el error. Les puede la soberbia uno a uno. Y en el desprecio a determinados hombres que han querido y amado encuentran el placer. Pero la cosa va más allá, porque el deterioro de la salud mental de los humanos afecta a todos los grados y niveles de la sociedad. Unas se vengan porque las han obligado a ocultar su belleza y otros quieren controlar los recursos energéticos, tecnológicos y climáticos. La paranoia de la guerra, otra forma de adaptarse al momento histórico para sobrevivir. Y aun dicen que viene otra pandemia.
Veo desde mi atalaya cenital que Alicia les está comentando a sus amigas que cuando cruzaba por la Puerta de Alcalá desde su casa hacia la calle Velázquez se ha encontrado un numeroso grupo de manifestantes que colgaban un cartel en el monumento pidiendo libertad. Cuando ha preguntado qué pasaba, le han contestado que querían más libertad horaria en los bares, que es un derecho constitucional. Al fin y al cabo, la cerveza también es un recurso de control.
Creo que, como dice Zeus, estos hombres andan otra vez liados para alterar de nuevo su propio destino histórico. Primero se lían con un virus que destroza su salud, el principal recurso humano. Luego les dan una vacuna y las mascarillas y estas idiotas se niegan a taparse la cara para no ocultar sus labios. Y ahora se lían en una guerra de gas y tecnología para demostrar quién es el dueño de los recursos. ¡Están locos estos humanos! Se mueren de calor y desprecian el agua.
La mujer que ha ejecutado a Adriano es Alicia Ramírez, que conoce al hombre desde hace meses, cuando él empezó a cortejarla en las mesas de El Babero, Amazarino y otros locales de la gente guapa madrileña hasta que consiguió que admitiera una comida en el Fuku del Villamagna. En medio del restaurante, sus pies se encontraron bajo los manteles sin que el hombre se diera cuenta de que Alicia guiñaba divertida un ojo a tres mujeres que cenaban en una mesa más alejada y que de inmediato brindaron en silencio con un discreto Veuve Clicquot. Un capítulo más de la venganza programada.
—Este juego me gusta cada vez más, con todas las reservas que os he comentado. Con el caso de Ricardo, antes de Adriano, que en gloria estén los dos —dice Alicia a sus compañeras de mesa en Numa mientras alumbra una sonrisa—, la cosa no dio para mucho, porque tenía mentalidad de ingeniero. Con dos gestos cayó rendido a mis manías. Incluso me dieron cosquilleos cuando le puse dos gotas de belladona en la copa que tomó en mi casa. Tuvo que irse corriendo a Urgencias. Pero era un coñazo. Antes de entrar a mayores me preguntó si me había vacunado, si había pasado el covid, y no se quitó la mascarilla hasta que le presioné para que me diera un beso. Un horror. Ese hombre tenía merecido el castigo. Fue una lágrima en la arena, solo dos gotas de polvo de arsénico. Pero Adriano era una delicia y un gran amante. La verdad es que me ha costado mucho empujarlo hacia su suicidio.
—A mí lo que más me gusta del juego es la variedad de amantes al que me impulsa. Me bajaría las bragas en cualquier esquina, pero este divertimento me obliga a seleccionar. Y la verdad es que saber que ese hombre que te penetra, creyendo que es Jack Nicholson con Jessica Lange, acabará con una taquicardia en el hospital, lleno hasta las cejas de Viagra y Levitra, me da tanto placer como follar en el cuarto de baño del antiguo Villamagna —apunta Carmen, que nunca ha perdido ocasión de disfrutar de un hombre y explicarlo.
—Yo os he dicho que me siento incómoda —completa el trío Àngels del Rosal y Gracia—. Temo que nos descubran porque en algún momento dejaremos un cabo suelto. Pero también me parece que nos estamos pasando. Una cosa es el odio que podamos demostrar a una sociedad que nos ha maltratado y otra asumir el derecho a jugar con vidas humanas. Este juego empieza a preocuparme.
Àngels hace poco que quedó viuda de Miquel. Y desde entonces los hombres han dejado de obsesionarla, en cualquier orden y preferencia. Quizá porque tiene problemas de subsistencia que no afectan a sus amigas, pura aristocracia madrileña. Tiene muchos apellidos, pero poco con que sustentarlos. Miquel la dejó pelada, con una vida predecible llena de deudas y una hija de quince años que no entiende que su madre no tenga dinero para pagarle los caprichos a los que estaba acostumbrada.
Por eso, siempre que puede recuerda a su clan que ella está en la movida de la venganza para ponerle cuernos póstumos a su marido, no para limpiar las calles de gente infecta o para enamorar a hombres que luego tendrá que matar. Su objetivo es solamente personal: que Miquel se remueva en su tumba por no dejarle presupuesto ni para coger un taxi. ¿El hijo de puta era él o ella? Ni lo pienso aclarar: que lo valore Zeus en el informe.
—Nunca llegué a pensar que ejercer la maldad me provocara un orgasmo. La filosofía del mal está en el sexo y, si me apuras, en el caos, que es la mejor forma de hacer el amor. Es la mejor virtud. Lo que pasa es que la gente es demasiado correcta en sus pecados. Pero cuando tienes una razón superior, como la venganza, te crees elegida para ejercer justicia. Y no hay nada que me guste más que ajusticiar hombres en la cama, cuando creen que han alcanzado el subidón por romperte unas bragas de La Perla. Yo les saco la sangre y unas bragas nuevas de su tarjeta Centurión, que de ahí para abajo no vale ninguno nada.
—Carmen, eres apocalíptica.
—Es que, chicas, el momento es apocalíptico, oscuro, como nunca había ocurrido. Y no solo por nosotras. ¿No veis cómo está la calle? La gente protesta y grita por cualquier cosa. Todo son derechos y pocos deberes. ¿Me vas a decir, Àngels, que nosotras somos más egoístas y narcisistas que los que están ahí fuera colgando pancartas antisistema en la Puerta de Alcalá? No tienen dónde caerse muertos y quieren heredar la tierra. Gente a porrazos en la calle, las familias se rompen por cualquier querella y la fealdad asoma por las ventanas.
Esta Carmen brillaría en un púlpito para convocar las Cruzadas.
—Alicia, ese cuadro de Caravaggio con Judit y Holofernes que tienes en tu casa es lo más representativo del momento. El placer que sigue a pisotear a un prójimo. Los bárbaros contra el Imperio romano. Acabar con la simetría. Y además con este calor asfixiante, que resulta vulgar. Prefiero Filomena: salir a la calle Serrano con abrigo de visón sin nada debajo me daba más morbo que salir ahora con los calores en bikini por el Retiro.
—Pero Àngels tiene algo de razón, Carmen. Cierto que nos debemos a una causa más que justificada. La pandemia ha servido para imponer el canon de belleza más horroroso que existe desde Pedro Picapiedra. Y nos han pisoteado en beneficio de la mascarilla. Pero creo que deberíamos encontrar algo por lo que valga la pena vengarse sin matar. Ya se matan bastante entre ellos.
—Dejaos de historias. A ver, Alicia. Saca la lista de deberes y vamos a cuadrar nombres con las chicas. El siguiente de la lista es un psicólogo que se llama Fernando Trevijano, que anda diciendo por ahí que las mujeres estamos desquiciadas por la falta de sexo, aburridas de no ser amadas y deseadas. Seguro que él se pasa el día viendo vídeos porno.
Me he perdido las últimas frases de Carmen porque estaba viendo de reojo el camión de la limpieza que echa agua a presión para borrar la mugre de la calle, como habrá borrado la sangre de Adriano que queda en el pavimento. En unas horas cambia la vida de una tribu urbana mientras Paquita la del Barrio canta «Rata de dos patas» en la radio del camión y los empleados municipales ironizan con la letra. Carmen parece esa Paquita mexicana.
Aunque, después de escuchar a Carmen, sonrío por el empeño que todos ponen para que el mal revierta sobre ellos mismos. Y siento vergüenza ajena de la raza humana porque ha adoptado la crueldad como marco de convivencia desde Atapuerca. El caos siempre ha estado bajo las normas. Todas estas mujeres lucen cánones de belleza y sabiduría esplendorosos. Cultura, ciencia y hasta tecnología poderosas, pero solo exhiben la ninfomanía asesina.
En casa de Alicia he visto La vieja sirena, Prometeo encadenado, El abismo de Eros, Veinticuatro horas en la vida de una mujer, libros de Pedro Salinas, de Dante y hasta de Megan Maxwell. Toda una enciclopedia del comportamiento humano en la biblioteca de esta mujer. Pero al final resulta una empanada mental que deriva en círculo vicioso en lugar de virtuoso. Con razón Zeus me ha enviado a mí en lugar de a algún dios virgen de pecado. El último libro que he visto en la mesa de la entrada es El amanecer de todo en inglés, una propuesta que demuestra que la historia de felicidad y progreso de la humanidad es una mentira. Lo que le falta a este club de locas: encontrar otro que les diga que tienen razón.
¿Qué necesidad tenía este hombre que llaman Adriano Walter de buscar una tapia de cemento para empotrar su coche a toda velocidad y morir en el intento? ¿Acaso es la venganza de una mujer lo que lo induce a quitarse la vida? ¿O es el reconocimiento de su propio fracaso como hombre frente a una infantil provocación sexual? Es cierto que yo estuve a punto de hacerlo cuando tuve que devolver a Perséfone, pero esa es una historia de venganza entre dioses, donde todo es épico, no como las vulgares rencillas sangrientas entre mujeres bellas y hombres opacos.
¿Qué pretenden estas mujeres provocando en los hombres tal ansiedad que incluso buscan el suicidio? ¿Todo por obligarlas a llevar una mascarilla que ocultaba su belleza? ¿O estamos históricamente ante un juego de poder, como hacía Afrodita como diosa del amor y la lujuria? El juego por el poder sobre el destino ha acabado por ser más sangriento en estas modernidades que cuando las guerras del Peloponeso.
Y, además, ahora Alicia se ha ido al cuarto de baño, seguro que para hacerse una rayita de cocaína y endulzar los recuerdos que le ha dejado el fallecido Adriano. Aunque también hay que preguntarse por qué estos hombres hechos y derechos y expertos en la vida caen tan pronto ante una mujer de respetos. Los recovecos de la humanidad son peores que los del Olimpo (tengo que corregirme: siempre estoy comparando).
Por eso Zeus no entiende estas cosas humanas, y menos Orfeo, que aún anda componiendo historias de amor eterno sin darse cuenta de que esa moda pasó a la historia desde que lord Byron se convirtió en telenovela. Incluso desde mi reino en los infiernos tampoco lo entiendo mucho, porque las batallas por los despojos del amor hay que librarlas con dignidad, sin ensuciarse de sangre. Ovidio ya era un poeta del puro amor romántico.
Yo, Hades, que no tengo compasión ni asomo de bondad, me avergüenzo de las pasiones ridículas de estos hombres. Y es que, la verdad, desde el Olimpo cada vez dirigen peor las cosas. Por eso me encanta esta explosión de maldad que ruge entre los hombres y mujeres mientras adoptan sensuales posturas de venganza. Un ejercicio gimnástico sangriento. Los clásicos griegos ya se referían al caos cuando hablaban de su sociedad. Imaginemos ahora.
Así actúan sigilosas identidades como Alicia y su gente, pero en la cercana plaza de Colón observo un grupo de amables ciudadanos que aplauden a dos jóvenes que han escalado hasta la parte alta de las Torres para colgar una gran pancarta que dice: «Es la hora de la venganza». Un taxista se pregunta: «¿Qué coño está pasando que todo dios anda revuelto? ¿Y ahora de qué quieren vengarse estos?». Y lucha por evitar que una furgoneta despistada le arruine la caja del día rascando la chapa de su automóvil. ¡Están todos locos! Bueno, todos no, porque hay gente que va a lo suyo y no cae en estas maldades. Esta sociedad es salvable.
Aunque Alicia siempre ha sido así. Àngels recuerda cuando estudiaban en la Universidad de Valencia y decidieron que eso de las tascas era una vulgaridad, que mejor ir a los barrios donde estaban las tiendas de Bulgari, y acabaron en Cánovas. Ya entonces entendían que la belleza era un rango definitorio en las escalas sociales. Cuando acabaron la universidad, cada una siguió su camino, pero siempre mantuvieron buenos contactos porque la afición a Tiffany es más poderosa que las clases de matemáticas aplicadas o la gestión de negocios culturales.
En el dossier tengo que Alicia acabó casándose con Alberto, un catedrático de renombre. Se trasladó a vivir a Madrid y brilla con luz propia como vicepresidenta de Antena 3 TV y gran gestora de contenidos en el competitivo mercado de la televisión en España.
Aquí ya me aparece el dato de que un día Carmen Montañés reunió a lo más granado de aquel grupo y a otras reconocidas militantes de la estética por encima de todo y las arengó contra la tiranía de la verdad absoluta marcada por la pandemia. «En las guerras siempre pierde la verdad», las arengó. «Y nosotras estamos en guerra por la defensa de nuestra belleza». De esa escaramuza dialéctica entre personas radicales y moderadas salió el deseo de venganza de algunas contra los hombres, intentando imponer su canon de belleza contra la fealdad derrotada, que diría el malaje ese de Capote.
Pero me consta que, aunque Zeus solo ve el lío en el que se han metido estas mujeres, la paranoia es mundial y va más allá de la lucha de un grupo por defender la exposición de sus labios frente a la mascarilla o el pánico a una guerra de verdad. Hay un estrés postpandémico que arrastra a mucha gente a hechos impensables en una situación normal. ¿Estrés postpandémico o un giro histórico hacia la oscuridad en medio de las luces de neón? Bueno, si hay maldad en el Olimpo, por qué no puede haberla en la tierra. El mal es más humano que divino.
Por eso creo que todo esto no es un cabreo por que las mascarillas ocultaran la sonrisa. Hay mucho más detrás de esta venganza. Es la ira contra la insistencia por la igualdad social, que es una obsesión canónica. Llevan siglos con este propósito aunque la historia les demuestre lo contrario. No todos somos iguales y no todos se ahogarán con el cambio climático. Unos se ahogarán más que otros. Por eso lo de las mascarillas es algo más que pintura de labios. Aunque, como todos estos humanos se han vulgarizado tanto, lo disfrazan de negacionismo de la realidad y lo revisten de odio contra los colores. Pero yo encantado: más clientes para mi mundo. Pocos clientes, porque en esta humanidad todavía hay gente normal.
Las tres mujeres continúan en Numa con el segundo dry para Carmen y la segunda botella de Cantalapiedra para Alicia y Àngels. Con el dry en la mano, Carmen no pierde de vista a un hombre que está solo en la mesa de al lado y que no ceja de mirarla desde que ha entrado. Provocadora y provocativa como siempre, pelo lacio largo, labios carnosos y pechos abundantes, le cruza en su cara unas piernas largas y potentes mientras no aparta la vista. El hombre se aturulla, se levanta de la mesa y observo que se va. Yo también me iría aunque lleve báculo y toga de dios.
—Los hombres son todos unos cobardes cuando apunta el riesgo de una mujer superior —les comenta a sus amigas sin más explicaciones.
—Carmen, te encanta sentirte amada y deseada. Eres una provocadora.
—Pero individuos como este que se ha ido no merecen la pena, porque temen la aventura. Prefieren pagar una puta que les dure media hora al compromiso del placer de una mujer como el que les ofrezco. Ese tipo de hombres no me gustan. La venganza tiene vida propia en el riesgo de la abundancia emocional. Mi sexo siempre pide el placer de la venganza. Pero hoy no puedo irme a casa sin una muesca más en el revólver.
—Primero las obligaciones, Carmen. A ver si nos centramos y hacemos la lista. ¿Me habías hablado de un psicólogo, Àngels?
Las tres mujeres guardan en su memoria los momentos más duros de la pandemia. Alicia tuvo que sufrir una litotricia complicada con los pasillos del hospital repletos de gente con trajes de la NASA que apenas le prestaba atención para dedicarse a viejos afectados por el virus.
En la corta convalecencia se dio cuenta de que Alberto, su extraordinario marido, era un pichabrava que se follaba a todas las alumnas que podía. Le hablaba de la decadencia de la sociedad que vivían, citando a Nietzsche, viniera o no a cuento, para justificar que el amor era una cosa inaccesible en estos tiempos. Y, mientras, chantajeaba jovenzuelas.
Alicia se dio cuenta de que algo pasaba cuando empezó a explicarle el poliamor reinante como fin del romanticismo. Y en la cama del hospital le decía que Ortega ya escribía sobre los matices del amor, que acababa siendo un aburrimiento con la única excusa de mantener el negocio del matrimonio o la pareja. Y cuando salía del hospital, tras un beso en la mejilla de Alicia, una cama caliente lo esperaba en alguna casa aunque el virus prohibiera cualquier contacto más allá de los grupos convivientes.
El pichabrava, además, se había liado en una cruzada contra Putin y en defensa de Ucrania y Zelenski, sin querer enterarse de que este actor ya había llenado una buena cuenta en Suiza a base de retransmisiones y discursos en los parlamentos europeos, convertidos en espectadores y paganos de la representación. Alberto no merecía el veneno que le estaba dando poco a poco, piensa Alicia cada día. Merecía más, porque la guerra de Putin lo ganaba por su estética imperialista, como los uniformes de Netanyahu.
Entre dry y dry, Carmen saca una lista y hablan de hombres. Han llamado a dos amigas del grupo por si quieren sumarse a la tarde en el Numa, pero están en otras cosas.
—Estas reuniones me sientan fatal, aunque me ayudan a vivir —dice Àngels—. Os veo como bohemias con Rolex y eso me permite vivir una doble vida: la visión alucinada del mundo que disfrutamos con esta paranoia que algún día se volverá en contra nuestra y, por otro lado, la realidad de mi triste vida desde que se marchó Miquel. Al tonto de él no se le ocurre más que coger el virus a las primeras de cambio, por creerse que por listo era inmune. Mucho hablar de que era todo una conspiración china y se muere a las primeras toses. No llegó siquiera a lucir el negacionismo postural contra las malditas vacunas que predicaba. Me aburría soberanamente vivir con él, pero no podía provocar una ruptura porque me asustan los despojos que hay que recoger tras una separación.
Son de una esquizofrenia galopante estas mujeres que me toca espiar. En su cabeza abunda la idea de que son demasiado románticas frente al racionalismo individual de los hombres. Fe y ciencia, la eterna disputa. Lo vengo observando mientras los chicos del Olimpo se dedican a repetir y repetir la historia de Ulises atado al barco para no escuchar a las sirenas.
A mí me gusta ver el mundo como una cuestión práctica. Schopenhauer, uno de estos que me vienen de vez en cuando al inframundo, ya decía que el amor es simplemente una elección individual para procrear. Pero Alicia ha condenado a Adriano sin intención de procrear, como si fuera un cuento de Disney. Hay algo más en este hecho que trae unas consecuencias dramáticas y poco prácticas. Tiene que ser solo fe, emociones, porque tengo claro que no es estrés postpandémico ni tampoco desamor. Pero nadie quiere reconocer que hasta el infierno es una emoción más estimulante que el cielo.
Por eso Alicia oculta su razón embadurnada de Amok, un perfume descubierto por el escritor Pérez Reverte para dibujar a las mujeres oscuras, y adora a los que pagan con una tarjeta Centurión, que, junto con el perfume, representa un frenesí agresivo, posesivo, la locura amatoria y el desprecio al amor romántico. Y por eso Alicia echó a Alberto de su vida, aunque no quitó el cepillo del cuarto de baño como muestra de la humillación a la que la había sometido su exmarido al poner la polla donde no debía.
—El cabrón de Alberto me citó a Platón, Afrodita, Cupido, Sócrates y sus diálogos con Diotima, Schopenhauer y hasta Erich Fromm para justificar el poliamor, como si fuera el descubridor de Instagram o de Meetic —cuenta Alicia siempre que puede, aunque le jode que se fuera con otras más jóvenes.
—Alicia, por favor, céntrate en lo que estamos, pero así no puedes quitarte la espina. Creo lo que te jode de verdad es que te pusiera los cuernos antes que tú a él.
—Cierto. Estaba repleto de oxitocina, que alimentaba su placer con el poliamor. Y, mientras tanto, yo creyendo que había que buscar el amor verdadero y definitivo. Mi propio marido me decía que le gustaban unas bragas distintas cada día. Y cada hora, el muy cabrón.
Alicia vacía la copa de vino y lo vuelve a llenar, mientras en el rincón de Numa suena muy bajo La clemenza de Tito, de Mozart, como invitándola al perdón tras tantos sucesos de ambición y poder en su vida matrimonial. Pero revuelve la cabeza y se centra en la conversación. No hay perdón para los malvados porque, además, hay escasez de amor. Pero hay abundancia de motivos para la venganza, de Alberto o de cualquiera que se cruce en su camino intentado el juego de las flechas de Cupido.
Carmen cruza las piernas para otro recién llegado que las mira con cara de hambruna. Y Àngels retuerce su anillo de casada en la permanente duda de abandonar esta cruzada o continuar con la causa.
Una cruzada, reconozco para mí. Entre Adriano, Ricardo, Alberto y los dos hombres que ya lleva a cuestas Carmen, esto ya parece una novela de Agatha Christie, con asesinatos y damnificados en serie. Con la misma fuerza y energía que el personaje de su ópera, Carmen insiste en la necesidad de venganza que deriva del maltrato que la sociedad ha hecho con ellas, tanto ahora como durante toda la historia humana.
Han despreciado la belleza y el canon social que representan para humillarlas con las mascarillas y las distancias sociales, y hasta para vacunarlas como si fueran vacas en un corral, todas en fila. Y eso no lo pueden consentir. Esta sociedad desprecia la belleza e incluso la estética de la guerra, y sin embargo no se ve a Messi, Ronaldo, Ana Belén o Rosalía con mascarilla. Ni siquiera han hecho cola en el Zendal. Y a ellas les han metido diez veces el palito por la nariz para asegurarse de que podían montar un desfile de moda. Por eso la de Merimée se cree llena de razones para seguir con la novela.
Pero no acabo de tener claro eso de ir matando gente. ¿Y por qué hombres? Pero ellas lo tienen claro: no son todos los hombres, son solo algunos hombres.
—Seguimos con la lista de hombres —dice Carmen—. Pero, claro, después de las experiencias pasadas deberíamos afinar y seleccionar entre gente que realmente está en esa trinchera del desprecio hacia nosotros. Hay mucha feminista suelta, pero a mí el cuerpo me pide gente con nombres y apellidos que está sujeta por el protocolo de la corrección pandémica. O porque ha hecho daño a nuestra gente. Y ahí están desde el marido de Adela, en Alzira, hasta Richard, el inglés que ha trastornado a Ana en Londres. Y vuelvo a la propuesta para ti, Alicia.
Cuando empezaron a reunirse de una manera activa con la palabra venganza grabada a fuego, Carmen se erigió en líder del grupo. Es desinhibida y sus relaciones con los hombres siempre han sido abiertas, hasta el extremo de dejar una larga lista de damnificados en las camas de media España. Cuando propuso la epopeya a sus compañeras de toda la vida, no faltó quien la considerara paranoica. Concretamente, Servilia Santillana, la mujer más atractiva e inteligente de Madrid a decir de los círculos habituales, les dijo de todo. No en vano se cambió el nombre para ser augusta.
—¿Cómo voy a matar a los mejores juguetes para una mujer? Estáis locas: estáis atacadas de los nervios, producto de vuestra infelicidad. No me han parecido nada mal las mascarillas, la vacuna y el confinamiento. Era preciso para todos, por encima de mi ego, que lo tengo más grande que vosotras. Lo que pasa es que estáis tan amargadas, porque sabéis que perdéis la carrera contra el tiempo, que estáis dispuestas a cualquier exageración para convertir vuestra vida en algo épico. ¡El Club de las Mujeres Malas! ¿Quiénes os habéis creído que sois?, ¿nuevas diosas? Estáis en una bancarrota emocional, por eso pretendéis cambiar el destino. Ahí os quedáis. Y lo único que os recomiendo es que vayáis a un buen psicólogo o a un loquero. Por cierto, tengo uno muy bueno que me lleva de cabeza. Pero no es plato para vuestro paladar.
Las mujeres del Club, que ni siquiera habían pensado en ese nombre, sumaron a Servilia a la lista de venganzas. Aunque con menos prisas que las ejecuciones de gentes que habían hecho daño a su canon narcisista. Desde mi manto de invisibilidad estoy asombrado del deterioro que se ha producido entre los humanos.
Aunque crece en mí la seguridad de que algunos de los que gritan en la Puerta de Alcalá o estas mujeres padecen algo más que una histeria colectiva. La razón del mal, que diría Rafael Argullol, un tipo que me cae simpático porque en el Olimpo lo odian por hablar clarito clarito. Porque, al final, el mal tiene razón, que lo digo yo, que sé mucho de esto. Por eso en esta tierra de humanos la cosa se está poniendo como se está poniendo: pandemia, guerra, pobreza, hambre y ahora calor a manta que fomentan la venganza. Menos mal que yo estoy acostumbrado al fuego eterno.
Pero en el Numa la reunión está acabando. La decoración versallesca del restaurante ampara este tipo de confabulaciones, animadas por las botellas de vino y los dry que llevan consumidos las tres mujeres. Las lámparas de mesa se han encendido y los camareros rondan por las mesas atendiendo el tardeo, sin atreverse a acercarse donde al rincón que en la cristalera del jardín habitan todo el tiempo Alicia, Carmen y Àngels.
—Repito el nombre del psicólogo que llevo en la cabeza, que además ya conoce a algunas de nuestras chicas porque las ha tratado de subidas hormonales. Fernando Trevijano, psicólogo, de buena pinta, según me comentó Laura, y que no se ha molestado en ocultar su fobia contra nosotras sin saber siquiera quiénes somos. Ese es nuestro próximo objetivo.
—Si queréis, me encargo de averiguar algo más del personaje —añade Àngels—. Porque estoy recordando que acudí a él cuando murió Miquel y, la verdad, me atendió muy bien y no se mostró nada machista cuando le expliqué cómo había sido mi matrimonio y la situación en la que me había dejado. No veo por qué hemos de ir contra él.
—¡¡Àngels!! Es que tú quieres que solo nos dediquemos a pasear el palmito. Pero si estamos aquí es para algo más. Y el tal Fernando es tan hijo de puta como cualquier otro. A mí, liberarme de la mascarilla no me ha quitado de la cabeza los dos años pasados, sometidos a la dictadura del protocolo sanitario, como si fuera una maruja más. Hay que hacer un escarmiento, porque además lo exige el principio de supervivencia de la belleza y el poder.
—Bueno, bueno —reclama Alicia—. Vamos a la faena. Yo me encargo de establecer un primer contacto. Y, si quieres, Àngels, le digo que voy de tu parte para eliminar cualquier suspicacia, porque no sé qué le contaré.
Y las mujeres se levantan y caminan hacia la puerta de la calle Velázquez a sabiendas de que llevan tras ellas las miradas de los hombres que tardean en el Numa. El día tiene más horas y hay que aprovecharlas. Àngels tiene que recoger a su hija antes de que destroce la tarjeta de crédito que le ha dejado para estar un rato tranquila con las chicas.
Y en una mesa reconozco a una conocida reportera que esta misma mañana ha dado en Twitter pistas sobre las amistades de Adriano Walter. Les hace una foto con el móvil y se pregunta: «¿Una de ellas no es la misma que días pasados cenaba con Adriano en el Kabuki del Wellington?».
@CotillaMad
«Ya tengo claro que Alicia Ramírez fue la mujer que cenó con Adriano Walker la noche anterior a su muerte. Una de las mujeres más atractivas de la alta sociedad madrileña cena con el guapo empresario y luego comparte con él su apartamento al lado del Retiro. ¿Qué pasó esa noche para que Adriano se empotrara con su coche contra una valla de cemento a más de ciento veinte kilómetros por hora, sin cinturón de seguridad y con los airbags desactivados?».
El psicólogo Fernando Trevijano manosea los expedientes de los pacientes que su secretaria, Dania, le ha preparado esta mañana. Desde hace días en su cabeza bulle la idea de que hay demasiadas coincidencias entre todos los que visitan últimamente su clínica. En unos casos son mujeres que acuden mostrando una irritación desesperada contra sus parejas. Y en otros son pacientes, de diferente sexo, afectados por depresiones vengativas, como si su vida hubiera sufrido un trastorno por culpa de algo o de alguien. Y no tiene explicación para estos casos, a los que trata como profesionalmente puede. Ni tampoco para los primeros. La ciencia fracasa cuando las enfermedades son producto del inconsciente emocional.
Veo el despacho desde mi invisibilidad y los detalles me complementan la imagen del doctor. Está haciendo cuatro montones de carpetas documentadas, luego concluyo que es muy sistemático. En uno están los casos de depresiones de oficio, que se esperan después de una crisis sanitaria como la ocurrida los últimos años. Hay de todo, pero, como dice su amiga la psiquiatra Aymara Torres, no hay caso tan grave que no se solucione con unos lexatines y un par de fiestas para soltar lastre. Aunque hay que escucharlos, porque necesitan contar su vida como si hubieran pasado una guerra. Sus relatos explican que no han superado la servidumbre de sentirse pesimistas y depresivos.
En otro paquete están las situaciones más graves de bloqueo personal en las que a la crisis universal se ha sumado la muerte de un familiar o quizá alguna acción contra los médicos. Incluso hay algún negacionista que está arrepentido porque ha visto pasar la muerte muy cerca. Pero, como los anteriores, son casos universales, sin mala intención, aunque algunos de ellos hayan provocado alteraciones de todo tipo.
El último expediente de este paquete es el de un joven de veinticinco años que agredió a un camarero porque este le pidió que se pusiera la mascarilla. Violencia urbana que responde a la tensión de todos esos momentos, más las derivaciones que llevan el recurso al alcohol y algunas drogas. Las tensiones sociales que han provocado han derivado en manifestaciones grupales y un frenesí social tras el vacío de la pandemia. No hay mayor épica que el cabreo y el sentirse manoseados por el virus. A unas cuantas personas de esta lista el doctor sabe que deberá recomendarles que acudan al psiquiatra porque necesitarán medicación para su salud mental.
El tercer paquete es donde están los casos graves: unos quince pacientes, en su mayoría mujeres, que han ido explicando cómo el virus los ha conducido al fracaso en su vida. Aunque, en los relatos grabados y documentados en las carpetas, las mujeres que han acudido a la clínica siguen teniendo buenos recursos económicos y gozan de una apariencia exitosa. Todas ellas son narcisistas, como eran antes de la pandemia, y se muestran dispuestas emocional y físicamente para aparecer como estrellas del firmamento del prestigio social. Lo grave de estas mujeres es que al doctor Trevijano le hablan de venganza y su disposición a cualquier transgresión cultural e incluso vital como instrumentos para su revancha. En esa lista hubiera estado en su momento la princesa de Éboli, personaje que siempre sale en los casos de psicología social. Un ejemplo histórico de que cualquier excusa sirve para la venganza, siempre violenta, por supuesto. Como decía Shakespeare, el mundo entero es un drama teatral.
«¿Venganza de quién y contra quién?», les pregunta siempre Trevijano. Pero es lo mismo que le pregunté a Zeus cuando me encargó investigar esta deriva humana. ¿Es el estrés postpandémico? ¿O alumbra algo más en los bellos ojos de estas mujeres? Al médico y a mí nos da la sensación de que hay una deriva emocional en busca de un nuevo orden cultural, más emocional y poco racional. Del doctor Jekyll a míster Hyde, el más claro ejemplo de personalidad dual. Pero es una conclusión que el psicólogo no acaba de tener clara, porque suena a película americana. Y se inclina más hacia las consecuencias impensables que ha traído la pandemia.
El cuarto paquete es más reciente: son los primeros casos de jóvenes desesperados ante el escaso futuro que les ofrece la vida, según sus reflexiones. Están repletos de incertidumbres y no se acomodan a la frivolidad que rige en el grupo generacional, siempre según manifiestan en la clínica. Este grupo expone un grave problema de salud mental en el que se mezclan su propia inestabilidad emocional con falta de autoestima, los efectos de la pandemia y los primeros ecos de los tambores de la guerra. Más clientes para la doctora Torres.
Fernando Trevijano ha anotado en el ordenador donde guarda las reflexiones sobre estos casos que la gente se ha vuelto más egoísta, más individual, dispuesta a culpar a otro de todo lo ocurrido. Ese otro puede ser un familiar, un vecino o el médico que lo intubó. Pero, en el caso de estas mujeres, ellas acusan directamente a un perfil de hombres que ni siquiera conocen. Y se proclaman dispuestas a impartir justicia por su cuenta por motivos tan diversos como el aburrimiento al que han sido condenadas en sus relaciones de pareja o la obligada utilización de mascarillas que oculta sus labios, que consideran una de las mejores muestras de su belleza.
«Se quejan de que los propios hombres al frente de la ciencia han roto todos los cánones del amor y el erotismo, que son las principales armas para la realización de las mujeres», tiene escrito Trevijano. Puro individualismo egoísta, porque ni siquiera refieren el contagio en algún ser querido que incluso lo ha llevado a la muerte. Su venganza es un acto melancólico, sangriento y litúrgico. «Por eso adoran la estética de la guerra», añade el doctor.
Acomodadas las carpetas en el archivo, Trevijano se queda mirando un cuadro de Martin Liebscher que representa el concierto de un pianista ante unos espectadores que son la representación del mismo pianista. Decidió comprar una copia autentificada cuando leyó un libro del neurocientífico António Damásio en el que este explicaba las muchas derivaciones que puede tener la consciencia, incluso hacia terrenos impensables en la lógica humana. E intenta valorar si la reacción de estas mujeres es esa derivación de personalidad bipolar, aunque pronto anula ese camino y vuelve al estrés postpandémico como principal argumento. No quiere dejar espacio de reflexión para la distopía y mucho menos para la excusa de la supervivencia.
Recuerda otro detalle curioso de las mujeres que han acudido a su consulta y que ha colocado en el tercer paquete. Casi todas se conocen entre ellas y acuden a su clínica porque se lo han referenciado una a otra. Incluso algunas de ellas le hablaron de Servilia, una mujer que lo tuvo ensimismado durante meses y a la que debió renunciar por miedo a un compromiso, aunque la recuerda intensamente por cualquier motivo, sobre todo cuando huele a alguien con perfume de Carolina Herrera, con aroma a cuero y roble, que a él le encantaba.
Pero aparta esa deriva sentimental para centrarse de nuevo en los casos, no sin antes dar una mirada perdida a otros dos cuadros que tiene en su despacho: los nueve círculos del infierno de Dante y una litografía que consiguió a buen precio de El jardín de las delicias del Bosco. El arte siempre le ha inspirado para resolver los casos más complicados de su historial clínico, pero en este caso lo fuerzan hacia una solución demasiado bíblica. Hay que tratarlos como una derivación psicológica del vacío emocional. Todas ellas muestran un nuevo mandamiento, amarse a sí mismo por encima de todas las cosas. Y los cuadros del Bosco son siempre una advertencia.
Pero, en medio del fragor de las tesis enfrentadas, al hombre le viene a la cabeza un buen recuerdo que expresa en voz alta mientras pasea los ojos por la nada. La primavera llama a su puerta:
—Ahora que lo pienso, ¿por dónde andará Servilia? Hace días que no sé nada de ella. Quizá es el amuleto que me falta en todo este cúmulo de expedientes sin sentido. Seguro que ella me daría una explicación estimulante: «Estas mujeres luchan contra su extinción. Y para ello están dispuestas a utilizar cualquier recurso».
Siempre Servilia acude en su ayuda.
Pero, desde mi sapiencia infernal, he de decir que este hombre empieza a darme lástima, porque lo veo competente y me cae simpático, aunque con un lío profesional monumental a base de ser tan inapetente. No quiere aceptar que al mal se llega también cuando la gente no tiene otra cosa que hacer y se siente traicionada. Ante lo que está pasando no puede ser hedonista, más bien debe comportarse como estoico, que diría mi padre en el Olimpo.
Así que no veo satisfecho a Fernando Trevijano con las conclusiones de su razonamiento; de nacimiento siempre ha sido un indeciso. Echa mano del manoseado libro La razón del mal, de Rafael Argullol, y le suma el recorrido sobre el mal que hace Ana Carrasco-Conde en su libro Decir el mal
