Explosiva - Sarah MacLean - E-Book

Explosiva E-Book

SARAH MACLEAN

0,0

Beschreibung

A lady Imogen Loveless ya hace mucho que le colgaron la etiqueta de «peculiar», en parte porque sus ideas son tan locas como sus rizos y, sobre todo, por su pasión desmedida por los experimentos y los explosivos. Lo que la sociedad no sabe es que ella es una de las Campanas del Infierno, un grupo de justicieras que actúa a la sombra de la aristocracia londinense. Thomas Peck no es un hombre cualquiera. Tuvo que luchar muy duro para convertirse en inspector de policía, y está a punto de ser nombrado superintendente, gracias a su habilidad para ver los detalles que otros pasan por alto, como que Imogen no es peculiar, sino la auténtica personificación del caos. Si alguien se lo preguntase, Thomas diría que la dama necesita que la protejan. Incluso de sí misma. Cuando el poderoso hermano de ella descubre sus actividades nocturnas, coincide completamente respecto a eso… y conoce al hombre ideal para cuidar de ella. Y, aunque Thomas prefiere centrarse en su prometedora carrera, hay encargos demasiado explosivos como para dejarlos pasar. Así que el adusto inspector termina inmerso en el mundo de Imogen, absorbido por las osadas sonrisas de ella, los secretos ardientes y una pasión desbordante que amenaza con consumirlos a ambos.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 623

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Índice de contenido
Esta es para Jen, obviamente.
Capítulo uno
Capítulo dos
Capítulo tres
Capítulo cuatro
Capítulo cinco
Capítulo seis
Capítulo siete
Capítulo ocho
Capítulo nueve
Capítulo diez
Capítulo once
Capítulo doce
Capítulo trece
Capítulo catorce
Capítulo quince
Capítulo dieciséis
Capítulo diecisiete
Capítulo dieciocho
Capítulo diecinueve
Capítulo veinte
Capítulo veintiuno
Capítulo veintidós
Capítulo veintitrés
Capítulo veinticuatro
Capítulo veinticinco
Capítulo veintiséis
Capítulo veintisiete
Capítulo veintiocho —Se han ido. Tommy la apretaba con fuerza y tenía los labios sobre su oreja. —Todavía no. —Imogen levantó la cabeza, y él temía que se apartase por completo. Y no supo si fue el miedo, el frío o alguna especie de mezcla insoportable de ambas cosas lo que la llevó a decir—: Quizá dan otra vuelta por la casa si no nos encuentran. —En ese caso, deberíamos… Tommy no tenía fuerzas para levantarse y mucho menos para pelear, y saber que su cuerpo pudiera traicionarlo cuando ella se sentía amenazada bastaba para volverlo loco. Su mano se movió por cuenta propia, y se deleitó con una suave caricia en la espalda de ella y con notar su piel con los dedos, unos dedos que veinte minutos antes había sido incapaz de sentir. Le dio un beso en los labios, desesperado por saborearla, mientras intentaba mantener a raya al animal que vivía en su interior. —Háblame —le pidió en voz baja cuando la soltó. Imogen apoyó la mejilla en la suya; el pelo empolvado de la peluca era áspero sobre su hombro. Otra sensación que disfrutar, por más que contase los minutos hasta que pudiera lanzar aquel complemento y gozar de la suavidad de sus rizos sedosos. —¿Estás…? —Imogen buscó las palabras adecuadas—. ¿Me… crees? Tommy respiró hondo y detestó cómo sonaba aquella pregunta, pequeña y urgente y llena de preocupación. Como si todavía no confiara en él del todo. No podía culparla, por supuesto. Pero, aun así, ardía en deseos de lograr que tuviera fe en él. Antes de que pudiera responder, ella siguió hablando. Sus palabras se sucedían a toda velocidad, como si estuviera desesperada por sacarlas. —Sé que crees que estoy loca. Ya sé que… los nombres, las direcciones, los uniformes, la medalla, los explosivos; que todo parece un caos. Como si te estuviera dando de nuevo un fajo de expedientes, pero esta vez con muy pocas pruebas. Pero Tommy… —Calla. Te creo. Desde luego que te creo. —Le dio un beso en la sien—. Imogen… No creo que estés loca. —¿De veras? —Irguió la cabeza. —Sí. —Le acarició la mejilla con la mano, y su pulgar le recorrió la suave piel de la cara—. Creo que el mundo está loco. Pero tú… Creo que eres lo mejor que hay en el mundo. Eres esperanza y pasión y decisión y justicia. Y a veces también eres venganza, y hace que quiera luchar a tu lado. Siempre que me necesites. —Negó con la cabeza—. Durante demasiado tiempo, he creído que eran cosas que se estaban perdiendo. La justicia, la esperanza, la pasión… Solo estaban disponibles en pequeñas dosis al final de un estrecho camino. Pero ahora… veo que hay otro camino. Otra forma. Y me lleva a esas cosas. Y también a la felicidad. «Y al amor». Aquello no pudo decirlo. Ni siquiera entonces, en ese lugar, con ella encima de su cuerpo para darle calor y ocultarlo de lo que sucedía en el mundo. Sobre todo ahora que casi había logrado que la matasen y que Scotland Yard los buscaba. De ahí que guardase en secreto aquella… confesión final, la más importante. Y le dijo otra cosa. —Te creí en cuanto me enseñaste la medalla —añadió en la penumbra—. Antes de que fueran a por mí. —¿De verdad? —Lo miró a los ojos, y él se quedó sin aliento al ver la esperanza que brillaba en los suyos. —Sé por experiencia que las Campanas del Infierno casi nunca se equivocan. —La besó en la sien—. Gracias por confiar en mí. Aquel momento se vio interrumpido por el tañido de una campana en el pasillo. Un sonido familiar, más familiar todavía cuando Imogen soltó un largo suspiro de alivio. —Por fin. —Campanas —dijo—. Te han seguido. —También te van a seguir a ti si juegas bien tus cartas. —Tommy no lo entendió, pero no tuvo tiempo de preguntar antes de que añadiese—: Está aquí. Tommy no sabía a quién se refería, pero sí que pondría fin a aquella tranquila y perfecta escena en que Imogen estaba desnuda en sus brazos. Y él no quería que terminase. —Dile que se marche. —Me temo que esta persona en particular no acata órdenes con facilidad. —Imogen lo miró con una sonrisa en los labios. Alguien llamó a la puerta y la abrió de par en par. Maldita sea, ¿acaso en los burdeles no había pestillos? —¿Estáis decentes? —La duquesa de Trevescan entró, seguida por dos criados con una bañera y lo que parecía un batallón de criadas con cubos de agua. Tommy se quitó el antifaz. La mujer, de altura atípica y rubia, iba vestida de blanco de la cabeza a los pies, llevaba un gorrito de armiño y un abrigo de lana con forro peludo sobre un vestido blanco, rematado con guantes níveos y, sin ninguna duda, botas blancas. Era la clase de conjunto que no solía verse en Londres porque era imposible imaginar que seguiría blanco al contacto con el aire de la ciudad. Pero no era el caso de la duquesa de Trevescan, que al parecer detestaba la suciedad. Los ojos de la aristócrata se clavaron en la cama. —Ah. Ya veo que no estáis decentes. —Hizo una pausa—. Qué peluca tan bonita. Imogen le lanzó una mirada a su amiga y se la quitó al instante. La lanzó a los pies de la cama en tanto se apartaba de Tommy, se sentaba en la cama y se tapaba el pecho con la manta. Él resistió la necesidad de volver a ponérsela en el lugar donde había estado. —El río está helado, duquesa —le dijo a su amiga—. Habría muerto de frío si no hubiéramos hecho algo. La duquesa arqueó una ceja rubia. —Ahora que ya está solucionado, temo que vaya a morir de las porquerías del río si no le das un baño. Con jabón. —¿Se han marchado? —preguntó Imogen. —Por ahora sí —respondió la duquesa—. Es ridículo que haya funcionado lo de la peluca. De verdad, ¿a alguien le extrañaría que en Scotland Yard hubieran contratado a los incompetentes de Los Pendencieros? ¿En Whitehall no hay más que imbéciles? —Hizo una pausa—. Excluyendo a la compañía presente, por supuesto. —Me llena de alegría que me excluya de ese grupo particular de malvados, excelencia. —Le parecía extraño usar ese tratamiento allí, en un burdel, desnudo, pero no le pareció que hubiera un solo lugar en todo el planeta en que la duquesa de Trevescan no pareciera una duquesa. —Mmm —murmuró—. Tengo entendido que te has enfrentado a tus colegas, señor Peck. ¿Te has dado cuenta ya de lo que nosotras llevamos un tiempo sabiendo? ¿Que, quienquiera que forme parte de esta corrupción y dondequiera que empiece la trama, con muchachos que registran burdeles junto al río, detrás de todo hay alguien muchísimo más peligroso? —Sí. —Tommy asintió. —Pero no sabes de quién se trata. —Sea quien sea, no me han hecho llegar la información —negó. Hubo una larga pausa antes de que la duquesa asintiera. —Ya lo veo. Y eso nos lleva a la siguiente pregunta: ¿por qué? —Antes de que nadie respondiese, miró hacia Imogen—. Debe constar que Imogen pensó que eras de fiar desde el principio. —La mujer, alta y rubia y fría como el hielo, no dudó al volver a contemplarlo a él—. Teniendo en cuenta que Scotland Yard ha mandado una banda de matones para que terminen hoy contigo…, creo que voy a hacerle caso. —Gracias. —No me des las gracias. Será más complicado ahora que saben que eres un enemigo. Tommy tragó saliva al oírlo. Un zumbido lo recorrió al entender a la duquesa. Scotland Yard ya no era su dominio. Y ya no sabía en quién confiar. La duquesa pareció comprender la maraña de pensamientos que había provocado su comentario, y su fría sonrisa se volvió ligeramente más cálida. —Tengo guardias en el tejado y a ambos lados de la calle, así que no podrán regresar sin que los veamos. Por lo menos, no esta noche. —Miró a Tommy—. Asumo que no conoces la identidad de los hombres que han intentado matarte. —No. —Negó con la cabeza—. Son agentes que no pertenecen al departamento de detectives. Pero tengo la intención de descubrir de quién se trata. —¿Pretendes entrar en Whitehall y pedir a los culpables que den un paso adelante? —La duquesa enarcó las cejas y esbozó una sonrisa—. No soy quién para decirte cómo buscar justicia, señor Peck, pero te sugiero que reconsideres volver a un lugar donde tu muerte facilitaría mucho las cosas. Te sugiero que eches un vistazo al regalo que te he traído antes de cometer alguna imprudencia. —Levantó el maletín de Imogen—. Aquí lo tengo. Ah, y también contiene el resto de tus brebajes y tónicos, Im. Una larga exhalación dio fe de la gratitud de Imogen, sin duda por haber recuperado su arsenal. La duquesa no había terminado con Tommy. —Si necesitas ayuda con algo, te sugiero que acudas a mí. Tengo una relación excelente con los periódicos. —Su vista se desplazó hacia Imogen—. Como habréis visto los dos. Por el amor de Dios, cuánto habéis tardado en… —Señaló la cama con una mano—. Ya me lo agradeceréis cuando hayamos terminado este trabajo. Los dos se miraron a los ojos. ¿La duquesa de Trevescan acababa de admitir haber sido la fuente que alimentaba las columnas de chismes y a los dibujantes? Se quitó una mota de polvo de la manga de su impoluto abrigo blanco y se apartó cuando se marcharon las criadas, que habían llenado la bañera. —Imogen, le he mandado un mensaje a tu hermano para decirle que esta noche te he invitado a casa. —Sus ojos azules y gélidos volaron hasta Tommy, que seguía en la cama tras ellas—. Aunque comprenderás que tarde o temprano deberás enfrentarte a ese problema. Mientras tanto, me aseguraré de que Lorelei te haga llegar un preservativo por si lo necesitas. —¡Duquesa! —exclamó Imogen. La aludida tan solo levantó las manos en un gesto de absoluta inocencia. —¡Solo intento ser una buena amiga! —¡Pues prueba a marcharte! —Cuando desaparezca, me echaréis de menos. —La mujer se giró hacia la puerta. —No vas a desaparecer —le replicó Imogen. —Todavía no. —La duquesa miró hacia atrás y le guiñó un ojo a Tommy—. Tenemos demasiado trabajo que hacer. ¡Intentad tomar buenas decisiones! La puerta se cerró tras ella y dejó a Tommy con la sensación de que había atravesado un huracán. —¿Por qué me da la impresión de que me han dado una orden? —Porque te la han dado —repuso Imogen, y lo urgió a salir de la cama. Se detuvo para coger el vestido rojo que Lorelei Wilde le había dejado—. Ten cuidado. A la duquesa no le agrada recibir un no como respuesta. —¿Así es como te convenció para que te unieras a las Campanas? —le preguntó mientras la seguía. Cruzaron la habitación y él se metió en la bañera, llena de agua caliente que sin duda debía terminar de quitarle el frío. Imogen cogió un paño de lino y un poco de jabón, y se colocó detrás de él para frotarle la espalda. Como si todo lo que había sucedido ese día fuera de lo más normal. Incluido ese momento, en que los dos estaban a solas y se contaban secretos en el cuarto de un burdel. Dios. Tommy quería que fuera algo normal. Quería que lo hicieran a diario. De acuerdo, quizá no el episodio en que estuvieron a punto de matarlos, pero sí todo lo demás. Y ciertamente el episodio en que ella le contaba historias. —La duquesa capta a gente —comenzó a decir con cariño—. Es la mujer más noble, sincera y leal que conozco, y, cuando decide que quiere que alguien entre a formar parte de su órbita, y que sí parece una órbita, pues es como el sol y los demás nos limitamos a gravitar a su alrededor, logra que sea imposible que le digan que no. —Tú, Sesily Calhoun, la duquesa de Clayborn… Imogen le frotó la piel con largas caricias antes de responder. —Es una red mucho más vasta. Abarca todo Londres, gran parte de Inglaterra. —Hizo una pausa—. Somos un grupo de inadaptadas cuya unión termina cobrando sentido. Gracias a la duquesa. Tommy no consideraba a Imogen una inadaptada, pero se mordió la lengua. —¿Cómo te conoció? —Mi madre murió cuando yo tenía seis años, demasiado pequeña como para recordarla, y a mí me educaron… de forma distinta. —A Tommy no le gustó el adjetivo, pero no la corrigió porque no quería que se detuviera—. Es posible que me hubieran educado de forma distinta de todos modos, pero Charles salió como salió, así que lo dudo. Él pensó que el hermano de ella había salido bastante diferente, pero no lo dijo. —Todo el mundo dice que mi padre amaba a mi madre hasta la locura. Que habría hecho cualquier cosa por ella. Cuando mi madre enfermó con fiebres y murió, una parte de él también murió. Siempre fue científico, pero después del fallecimiento se obsesionó con sus estudios. Se pasaba la mayor parte del tiempo con otros científicos, químicos y físicos y astrónomos y doctores. —Entiendo —terció Tommy—. Perder a alguien es importante… Lo único que se te ocurre hacer es adentrarte en algo que te distraiga de lo que has perdido. —Así fue como escaló tan deprisa en Scotland Yard; cualquier cosa era mejor que pensar en la vida que podría haber tenido su padre. —Charles ya estudiaba fuera, y creo que a mi padre le dio miedo perder a otra persona, así que me llevaba con él dondequiera que fuese. Y a mí me encantaba. Lo seguía a todas partes y aprendí todo lo que me quiso enseñar. Preparé mi primera explosión cuando tenía ocho años. —El orgullo que sentía era palpable, y Tommy no pudo por menos que experimentarlo también—. Para cuando cumplí los diez, ya hacía estallar cosas en los sótanos. Él arqueó las cejas y la miró por encima del hombro. —Ningún ser vivo —le aclaró Imogen. —Menudo alivio. —Se sumergió en el agua y salió a coger aire. Levantó las manos para pasárselas por el pelo y limpiarse los últimos restos de suciedad del río. Se hizo el silencio entre ambos, y Tommy levantó la vista hacia el lugar que ocupaba Imogen, a los pies de la bañera—. ¿Milady? —Es que… —tragó saliva— tienes una enorme cantidad de músculos. —No más que el resto de los mortales. —Jamás lo admitiría, pero redujo el ritmo de sus movimientos y flexionó los bíceps al lavarse el cuerpo, disfrutando de la distracción de ella. Lo tenía bien empleado. Él estaba constantemente distraído por su culpa. Los ojos de Imogen siguieron sus gestos cuando se sumergió de nuevo para aclararse el pelo, e ignoró las partes de él que se habían recuperado gracias al baño. Y gracias a ella. Le estaba contando una historia, y Tommy estaba decidido a escucharla hasta el final. Cuando reemergió, se puso en pie, salió de la bañera y aceptó la toalla que le tendía. —Sigue. —¿Mmm? El placer y el orgullo lo embargaron. Sabía que era bien parecido, pero había algo notable en la idea de ser capaz de desordenar los pensamientos de Imogen con un simple baño. —Las explosiones de los sótanos. —¡Ah! —exclamó. Cogió el maletín y hurgó en el interior antes de sacar un rollo de vendas para su brazo. Se dispuso a vendarle rápida y eficientemente la herida, que ya casi se había curado; era un milagro que los puntos no hubieran saltado a pesar de los esfuerzos que había hecho esa tarde—. Cuando hablábamos de experimentos, era el único momento en que me prestaba atención. Tommy notó un nudo en el pecho y extendió los brazos hacia ella para cogerle una mano y llevarla de vuelta a la cama. Imogen le permitió guiarla entre las sábanas y se giró hacia él. —¿Estás lo bastante recuperado? —Sí. —¿Estás seguro? Estabas… —Estoy seguro. —Pero el río… —Imogen —la interrumpió. Le acarició la mejilla y le rozó con un dedo el ceño fruncido—. Estoy bien. No te preocupes. —Has estado a punto de morir. —Lo analizó con la mirada. —Tú me has salvado. —Se inclinó y le dio un beso suave—. Cuéntame el resto. —Ya lo sabes casi todo. A mí no me gustaba ni bailar ni tocar el piano ni coser ni aprender a gestionar una casa, ni ninguna de las otras cuestiones que en teoría debían importar a las jóvenes damas solteras. —Hizo una pausa—. En realidad, no creo que les importen. Creo que lo hacen porque es lo que se espera de ellas. —Los hombres somos lo peor. —Tommy asintió. —Sobre todo los hombres adinerados y poderosos. —Se detuvo antes de retomar su historia—. A mi padre le traía sin cuidado mi falta de interés. Estaba encantado de contratar profesores particulares para que me enseñaran nórdico antiguo, anatomía y esgrima. ¿Sabías que sé esgrima? —No lo sabía, pero no me sorprende en absoluto. —Pero no se me da tan bien como la pirotecnia. —Le sonrió. Un recuerdo regresó a la mente de él. —¡Esta tarde has hecho explotar a un hombre! —No lo he hecho explotar —lo corrigió—. Lo he desconcertado. Le zumbarán los oídos durante un tiempo, pero para hacerle daño de verdad habría necesitado algo un poco más fuerte. —Y no disponías de tu maletín. Imogen soltó una breve y dulce carcajada, y Tommy no pudo evitar darle otro beso en la frente. —¿Y entonces? ¿Qué pasó para que aceptaras llevar una vida de delincuencia? —Perdona, pero ¿llamas delincuencia a ir en busca de la justicia? —En tu caso, por supuesto que sí, pero cada vez me agrada más la idea. Otra sonrisa. —Mi padre murió. —Respiró hondo y sus ojos se volvieron distantes—. Mientras dormía. Me dijeron que había sido una muerte plácida. Su corazón… se detuvo sin más. —Sus dedos jugueteaban con el cuello del vestido de seda en tanto hablaba—. Y me quedé sin nadie. Charles regresó de adonde fueran los hombres de veintipico años, pero no sabía qué hacer conmigo, con una chica que preparaba pólvora en el sótano. Creo que albergó la esperanza de que, si me ignoraba, algún día me desvanecería y no se vería obligado a preocuparse por tener que llevarme a un salón de baile. O a un altar. »Que conste que lo intenté. Intenté ser la clase de hermana que pudiera querer. —Un destello de humor brilló en sus ojos marrón oscuro—. Me habría gustado que se sintiera orgulloso de mí. Que me tuviera estima. Que me valorara, más allá de verme como un lastre. —Suspiró—. Me he comido muchos platos de cordero por él. Tommy no pudo soltar una carcajada. Estaba demasiado ocupado visualizando la escena en que le asestaba un puñetazo al conde de Dorring. Porque si había algo en el mundo que fuera sencillo era querer a Imogen. —Tu hermano es un mentecato. —No está bien que digas esas cosas del hombre que te paga. —La sorpresa le iluminó las facciones. En esos instantes, a Tommy se le ocurrió que el conde de Dorring ya no le pagaba. Aunque él siguiera formando parte de Scotland Yard, no imaginaba que el hermano de Imogen fuera a tomarse bien la cantidad de horas que Tommy se había pasado desnudo en compañía de su hermana. —Jamás aceptaría un solo penique de él. Ahora ya no. Los dedos de ella le acariciaron la barba y recorrieron la línea de su mandíbula. —¿Porque ahora que te he sacado del Támesis estamos en paz? —Porque eres perfecta —afirmó, consciente de que era un error. Consciente de que debería vestirse e irse de inmediato antes de rendirse aún más a su hechizo—. Al cuerno con las explosiones, la pólvora y lo que contenga esa botella que tengo entendido que deja inconsciente a un hombre. —Siempre me dices cosas muy bonitas. —Un rubor tiñó las mejillas de Imogen. —Mereces oír cosas bonitas. Y, ahora, termina la historia. —La duquesa me encontró. Las Campanas encuentran a la gente a través de la duquesa. Y, por lo visto, los periódicos también. —Se encogió ligeramente de hombros—. No sé si debería contarte esta parte. Por supuesto que debía contarle esa parte. Y también todo lo que había dentro de aquella magnífica cabeza. —¿Por qué no? —Porque se podría haber considerado un delito. —Olvidas, milady, que yo también cuento con un pasado de delincuente. —La atrajo hacia sí—. Soy un famoso ladrón de ropa interior. —Es verdad. —Sus carcajadas resonaron por toda la habitación—. ¡Imagina lo que diría el mundo! El noble de Tommy Peck, un ladrón de corsés. Muy bien —accedió—. Impidió que yo hiciera estallar el carruaje de Charles. Tommy abrió los ojos como platos. —¡Fue un experimento! Había sido detective el tiempo suficiente como para detectar cuándo mentía una persona, así que guardó silencio. —No fue ningún experimento —confesó casi de inmediato—. Era joven y rebelde, y estaba enfadada. Y quería que alguien me prestara atención. Por suerte, la duquesa lo estaba haciendo, o de lo contrario tú y yo nos habríamos conocido en Whitehall en unas circunstancias muy distintas. —Para pasar cuatro años contigo en lugar de catorce meses —murmuró—, me habría arriesgado a conocer a la joven, enfadada y rebelde lady Imogen. Ella esbozó una sonrisa suave y tentadora. —Me habría gustado. Y a Tommy lo consumieron todas las partes de Imogen que eran suaves y tentadoras. Su sabor. Su tacto. La forma en que lo envolvía y se le entregaba. La forma en que lo miraba, como si fuera un dios entre seres humanos y no se diera cuenta de que el mortal era él. Y de que la divina era ella. —Tommy —murmuró—. Me pregunto si no te importaría… —Lo que quieras —le dijo—. Lo que desees. Imogen se le arrimó y lo besó con intensidad y dulzura, le recorrió el labio inferior con la lengua con sumo cuidado, como si pudiera rompérselo. Tommy gruñó y profundizó el beso, la empujó sobre la cama y se colocó encima de ella mientras le desanudaba el vestido y separaba la tela para poder ponerle una mano sobre la cálida piel. Dios, cuántas cosas ansiaba hacerle. Pero… Levantó la cabeza e interrumpió el beso. —Un momento. —No —protestó ella, rodeándolo de nuevo con los brazos. —Imogen… —Se resistió—. Cielo. Anoche… ¿Estás… dolorida? Imogen se sonrojó y Tommy supo que no debería gustarle. Supo que deberían preocuparle esas mejillas coloradas, una respuesta en sí mismas. La noche anterior, había hecho lo imposible por cuidarla, por asegurarse de que estallaba en sus brazos más de una vez. Pero sabía lo grande que era, y tanto daba el cuidado que hubiera tenido… Por fin lo miró con esos ojos oscuros, del color de un bello abrigo de marta cibelina. —¿Y si empezamos con una… caricia? Tommy maldijo en la penumbra de la habitación y la estrechó con la intención de pedirle disculpas al oído. Era demasiado grande para ella. Demasiado bruto y tosco. Y le había hecho daño. —Cariño —susurró—. Lo… —No te atrevas a disculparte —lo cortó con aspereza—. Es tan típico de ti, Tommy. Se quedó confundido. ¿Acaso no era caballeroso pedirle disculpas? Si debía ser sincero consigo mismo, lo caballeroso habría sido no acostarse con Imogen Loveless, pero, como ya lo había hecho, podía… —Cuando digo que estoy dolorida, no digo que sea desagradable. Digo que… soy… Tommy pensó que moriría por el modo en que espaciaba las palabras. —Soy consciente… de mis necesidades. «Necesidades». Por Dios, aquella palabra jamás había sido más devastadora. Imogen era consciente de sus necesidades. De su calor. De su húmeda suavidad. Del lugar que lo tentaba y lo atormentaba y lo arruinaba. —De tus necesidades —susurró. —Sí. —Había sido la confesión más hermosa que hubiera oído él nunca. Y, acto seguido, Imogen cerró los ojos con fuerza y le preguntó—. Quería saber si a ti también te interesaría ser consciente de mis necesidades. Como si hubiera alguna remota posibilidad de que le respondiera que no.
Capítulo veintinueve
Capítulo treinta
Capítulo treinta y uno
Capítulo treinta y dos
Epílogo
Nota de la autora

Título original: Knockout (Hell's Bells Series, Book 3)

©️ 2023 by Sarah Trabucchi

____________________

Diseño de cu­b­ier­ta y fo­to­mon­ta­je: Eva Olaya

___________________

1.ª edición: diciembre 2023

____________________

De­re­chos ex­clu­si­vos de edi­ción en es­pa­ñol re­ser­va­dos para todo el mundo:

© 2023: Edi­c­io­nes Ver­sá­til S.L.

Av. Dia­go­nal, 601 planta 8

08028 Bar­ce­lo­na

www.ed-ver­sa­til.com

____________________

Nin­gu­na parte de esta pu­bli­ca­ción, in­cl­ui­do el diseño de la cu­b­ier­ta, puede ser re­pro­du­ci­da, al­ma­ce­na­da o trans­mi­ti­da en manera alguna ni por ningún medio, ya sea elec­tró­ni­co, quí­mi­co, me­cá­ni­co, óptico, de gra­ba­ción o fo­to­co­pia, sin au­to­ri­za­ción es­cri­ta de la editorial.

Esta es para Jen, obviamente.

Capítulo uno

East End de Londres

Enero de 1840

A lady Imogen Loveless le encantaban las explosiones.

Huelga decir que no era una sádica. El hecho de que una explosión pudiera causarle daño a alguien no le agradaba en absoluto. Si se lo preguntaran, respondería que lo que le daba felicidad no era que algo explotase, sino los medios por los cuales las cosas terminaban explotando.

A Imogen le gustaban los intensos destellos de luz, las oleadas de calor, el olor y el sonido; para un oído profano, era un bum, un chas, un pum o un fiu, pero a menudo se trataba de una combinación mágica que creaba una nueva palabra. Cataplún, pumba, tristrás.

Si alguien quisiera encontrar en toda Inglaterra a otra persona que pasara tanto tiempo como Imogen pensando en los sonidos que provocaba una explosión, habría tenido que invertir sudor y lágrimas para conseguirlo. (De hecho, «¡Pam!» fue la primera palabra que pronunció Imogen, pero en aquel momento nadie le prestó suficiente atención como para oírla).

Al ser una mujer, sin embargo, y para más inri aristócrata, la gente solía ignorar aquella peculiar fascinación de Imogen, así como el resto de las otras numerosas fascinaciones peculiares que había acumulado en sus veinticuatro años de vida. En realidad, la mayor parte de la gente pasaba por alto cualquier fascinación de la única hermana del conde de Dorring, sobre todo porque «peculiar» ya casi bastaba como sinónimo de «poco atractiva».

Aunque ella no lo consideraba así. Le colgaron esa etiqueta prácticamente al nacer. Su padre solía llevarla a la Real Sociedad de Química cuando aún iba con babero, donde la pequeña merodeaba por el lugar, hasta que un día mezcló cal viva y agua, y estuvo a punto de prender fuego al edificio. Eso fue antes de que informaran al conde de que los niños, y sobre todo las niñas pequeñas, no podían entrar en el recinto bajo ningún concepto.

«Peculiar», susurró la sociedad cuando la pequeña siguió a su padre hasta la calle y este la felicitó con entusiasmo por el experimento.

«Qué niña tan extraña».

«Es demasiado inteligente».

«Si Dorring no se anda con cuidado, acabará siendo algo peor que demasiado inteligente».

«Acabará siendo demasiado».

Y así había sido. Lady Imogen Loveless era demasiado para la sociedad y demasiado para su hermano, que se convirtió en su tutor tras el fallecimiento de su querido padre, cuando ella tenía dieciséis años; y, sin duda, era demasiado para cualquier pretendiente soltero que se hubiese atrevido a llamar a la puerta de su casa de Mayfair. Pero esa mañana del mes de enero, después de haber cumplido los veinticuatro, nadie llamó a su puerta.

A Imogen esa situación le venía de perlas, pues preferiría ser demasiado que justo lo contrario. Y si el mundo creía que ser demasiado era un inconveniente para invitarla a bailes y cenas y tés y reuniones, Imogen estaba encantada de recluirse en su taller del sótano de Dorring House con sus tinturas y tónicos, y de quedar con sus amigas, que comprendían lo divertida e innovadora que podía ser con sus tinturas y tónicos.

Tomando el té, nadie hablaba de los sonidos que hacían las explosiones.

Resultó que esa misma mañana de enero, al alba, en el ambiente frío de una noche que no había terminado del todo, Imogen se encontraba en el lugar de una explosión. Es importante saber que Imogen no había tenido nada que ver con la explosión en cuestión. No sabía el ruido que había hecho en el momento clave, tan solo podía imaginarse que habría sido algo parecido a un trueno, teniendo en cuenta el gran estruendo que había provocado el edificio al derrumbarse.

No percibió ningún olor particular. Y si lo hubiera habido, lo habría camuflado el humo acre del fuego que había provocado el aceite al prender y la nube de polvo que había surgido del edificio, ya reducido a escombros.

Doce horas antes, el lugar de esos escombros lo había ocupado O’Dwyer and Leafe’s, un taller de costura ubicado en Spitalfields entre un restaurante y una pastelería, en una abarrotada callejuela del este de Londres que no habría prosperado de no haber sido por la fama de la tienda en cuestión y de sus habilidosas propietarias, que atraía un constante flujo de mujeres. La explosión del establecimiento iba a ser una desgracia para los negocios que habían florecido alrededor. El edificio era insalvable, la única solución era trasladarse.

Un acontecimiento triste, sin duda, si bien nadie más aparte de las personas que se encontraban en los alrededores le prestaría atención.

Por lo tanto, no debería haber llamado la atención de una mujer de la aristocracia.

Y menos todavía de cuatro.

Pero aquel no era un edificio cualquiera y ellas no eran unas mujeres cualesquiera.

De ahí que, en aquella mañana londinense gris, espesa por la amenaza de frío gélido y del silencio en particular de un edificio que había sido arrasado por completo, Imogen y sus tres acompañantes se hallaran en el centro mismo de los escombros de un lugar ya vacío, que daba a la calle y al cielo, entre El Tambor Vacío y la Deliciosa Pastelería de la señora Twizzleton.

El cuarteto de mujeres estaba al mismo tiempo tan fuera de lugar como al cargo de la situación.

Eran las Campanas del Infierno, objeto de toda clase de rumores en los salones de baile y en los restaurantes de todo Londres, un equipo de mujeres (¿eran cuatro?, ¿cuarenta? A veces parecían cuatro mil) que se habían hecho un nombre por provocar que la peor y más corrupta calaña cayera en desgracia cuando aquellos que ostentaban el poder se negaban a hacerlo.

Pocas personas conocían la identidad de las integrantes de la banda, y mucho menos la de las cuatro fundadoras; a fin de cuentas, cuando se trataba de mujeres, la gente casi nunca prestaba atención. Y las Campanas del Infierno, que estaban encantadas con que las hubieran bautizado así (supuestamente el apodo provenía de una fuente de Scotland Yard), se aprovechaban de esa falta de atención con mucho gusto y se ocultaban a plena vista.

Si uno se fijaba, tal vez las vería a las cuatro juntas en un salón de baile de Mayfair, en un restaurante de Kensington o en tiendas de Bond Street, donde el dinero y el poder y la moda propiciaban cierta clase de invisibilidad. También se encontraban como en casa en Covent Garden, donde un buen abrigo y un cochero de confianza podían mantener oculta la identidad de una mujer. Pero ¿vestidas con sedas y satenes de colores vivos y con flamantes abrigos, merodeando en la gris mañana cubierta de hollín del East End?

Eso era una cosa totalmente distinta. Las mujeres elegantes no iban al East End.

Sin embargo, no sucedía todos los días que alguien hiciera estallar un negocio financiado por una duquesa pudiente —por dos duquesas pudientes— y por las hijas de dos condes igualmente ricos.

Y por eso… En fin. Se habían visto obligadas a acudir.

Una obligación que, en ese caso, significaba que lady Imogen, férrea amante de todo tipo de explosivos y una habilidosa experta en la cuestión por propio derecho, había ido allí a investigar. Los olores. Los sonidos. El desarrollo en sí del estallido.

Se agachó entre los escombros y observó las largas líneas de negro hollín que recorrían el lugar que en el pasado había albergado la mesa de las cintas, y que se había desintegrado bajo la potencia de la explosión.

Tras levantar la vista, Imogen reparó en la pared de ladrillos medio derruida que estaba detrás de ella, donde el calor había agrietado y destrozado el espejo que tiempo atrás separaba la parte principal del establecimiento de la trastienda. Arriba, los tablones de madera habían ardido y dejado tras de sí solo la estructura de unas escaleras que ascendían desde la planta baja. El segundo y el tercer piso se habían desintegrado y dejado paso al cielo.

Imogen respiró hondo una bocanada de aire lleno de humo, azufre y fría lluvia.

—Es evidente que han hecho un buen trabajo, ¿no os parece?

Aquellas palabras flotaron en un momentáneo silencio, antes de que se girara a mirar a las dos mujeres que la contemplaban con una ligera expresión de reprobación.

—¿Qué ocurre? —Parpadeó.

—¿Te importaría sonar un poco menos impresionada por la destrucción de todo un edificio? —terció la duquesa de Trevescan.

Imogen se limitó a encogerse de hombros.

—Quienquiera que lo haya hecho sabía bien dónde colocar los dispositivos…

—Y cuándo colocarlos. —Sesily Calhoun se encontraba en el umbral ya desaparecido y observaba la calle que se extendía más allá, donde unos cuantos madrugadores ya iban de camino a dar comienzo a su día—. Lo bastante tarde como para que si alguien rondaba por aquí…

—No viese nada. —Adelaide Carrington, que recientemente se había convertido en la duquesa de Clayborn, regresaba de la parte trasera del edificio—. La norma más antigua de la Ribera Sur. Ver, oír y callar. —Blandía un puñado de papeles—. Los he encontrado. Estaban en una caja escondida en el suelo de la trastienda, como aseguraba Erin.

—Excelente —dijo la duquesa de Trevescan, incapaz de ocultar el alivio en tanto Adelaide se reunía con ella junto a las escaleras. En manos inapropiadas, aquellos documentos, que Frances O’Dwyer y Erin Leafe habían guardado con cuidado y que Adelaide acababa de recuperar, destruirían muchas vidas—. Y no es necesario que nadie vea, oiga y calle nada. Imogen se enterará de todos modos.

—Y los periódicos la alabarán de nuevo. —Sesily se rio.

No siempre eran alabanzas, pero tanto daba el apodo que les pusieran —respetable (las Campanas del Infierno), salaz (¡Las Justicieras!) o revolucionario (Defensoras de la Gente Corriente)—: la información corría gracias a todos aquellos que disfrutaban al leer noticias acerca de poderosos cuyas acciones salían por fin a la luz.

Y eran estos últimos quienes colocaban bombas en lugares donde las mujeres, ajenas al poder, se congregaban y compartían ideas. Lugares como O’Dwyer and Leafe’s.

Era indudable que, en los dos años que habían transcurrido desde que las Campanas no solo habían empezado a defender a quienes el poder y los privilegios del Parlamento ignoraban —a las mujeres, a los niños, los trabajadores y los pobres—, sino que también habían derrotado y castigado a hombres con poder y privilegios, la situación se había vuelto más complicada.

La aristocracia estaba que ardía por el hecho de que una mujer ocupara el trono de Inglaterra. La sola idea de romper con una tradición de generaciones… bastaba para que ese incendio se convirtiera en algo muchísimo más poderoso. Y explosivo.

El resultado era más furia contra las mujeres. Más editoriales exaltados acerca del sexo más débil. Más artículos que advertían acerca de mujeres que cada vez ostentaban más conocimientos y fuerza, acerca de trabajadores que conseguían derechos, inmigrantes que alcanzaban la igualdad, pobres que pedían dignidad y los peligros de mandar a los niños a estudiar y no a trabajar.

«Una reina y todas esperan que se las trate como a la realeza», se murmuraba.

Por no hablar de las explosiones. En tres meses, fueron tres los establecimientos que volaron por los aires, todos con una parte principal y una trastienda. Un negocio de cara a la galería y uno a escondidas. El oculto, mucho más importante que el público. Y, por supuesto, más peligroso.

Una pastelería de Bethnal Green que hacía las veces de escondite para mujeres que huían de los hombres que utilizaban la crueldad y el poder como armas, una imprenta de Whitechapel donde se reunían trabajadores que pedían mejores condiciones y planeaban huelgas, y donde se encontraban en aquel momento, el taller de costura de O’Dwyer y Leafe, que ocultaba una clínica de salud solo para mujeres.

Todo reducido a escombros a manos de unos monstruos con ciertos conocimientos científicos, habilidades rudimentarias y total ausencia de humanidad.

—Tened cuidado con las escaleras —dijo Imogen sin levantar la vista del punto que estaba inspeccionando—. No son seguras.

La duquesa quitó la mano de la barandilla, que permanecía intacta.

—No sé si preguntarlo, pero… ¿hay algo aquí que sea seguro?

Imogen no respondió, estaba demasiado concentrada en el escrutinio.

—Imogen… —Adelaide se recolocó las gafas—. ¿Hay algo que sea seguro?

—¿Mmm? —Imogen levantó la vista—. Ah, lo más probable es que no. —Las otras tres mujeres intercambiaron una mirada que no era poco frecuente cuando se trataba de la alborotadora de su amiga—. Sesily, ¿me acercas mi bolsa, por favor?

Sesily miró con recelo el maletín que Imogen había dejado junto a lo que antes había sido la puerta de la tienda.

—Preferiría seguir con vida, Im, la verdad.

—No te preocupes. —Imogen señaló las escaleras con un gesto—. No te pasará nada si evitas subir.

La duquesa y Adelaide se apresuraron a dirigirse hacia el extremo opuesto del establecimiento mientras Sesily le entregaba la bolsa. Imogen abrió el maletín y hurgó en lo que llevaba en tanto la duquesa miraba hacia la calle, donde había más vida que treinta minutos antes.

—Deprisa —murmuró—. Cuanto más nos quedemos por aquí, más probable será que alguien haga preguntas.

Tras extraer un frasco pequeño, Imogen recogió un poco del hollín de la explosión, además de una esquirla de cristal. Albergaba la esperanza de que en ese fragmento hubiese un rastro del aceite que se había usado para la explosión.

—Ya casi estoy.

—No ha sido mi padre, ¿verdad? —preguntó Adelaide desde una distancia segura.

—A los muchachos de tu padre les falta delicadeza. —Imogen negó con la cabeza—. No te ofendas.

—No me ofendo, tranquila. —Adelaide se rio—. La delicadeza no es precisamente una cualidad imprescindible para los pistoleros a sueldo y los matones de Lambeth. —Eso y que Alfie Trumbull, su padre y líder de Los Pendencieros, la banda de delincuentes más grande de la Ribera Sur, había prometido hacer borrón y cuenta nueva ahora que tenía a un duque como yerno. Resultó que la esperanza de tener a un nieto con título conseguía que hasta el criminal más duro valorase sentar la cabeza. O lo que significase eso en ese tipo de círculos—. En ese caso, ¿quién ha sido? —prosiguió Adelaide ajustándose las gafas.

—Alguien competente… —masculló Imogen. Utilizó un cepillo de cerdas de jabalí para barrer el polvo, sumamente concentrada y buscando algo con esmero—. Pero falto de imaginación. Es el mismo dispositivo explosivo que usaron la otra vez, y también en la anterior a esa. El mismo polvo explosivo. El mismo patrón explosivo.

—¿Falto de imaginación? ¿O falto de preocupación por si lo apresaban? —preguntó la duquesa.

—Es probable que las dos —respondió Imogen.

Sesily se metió un caramelo de limón en la boca y se ciñó el abrigo escarlata.

—De acuerdo, así que Imogen está cerca de descubrir quién ha sido… ¿Y el motivo?

—Siempre es el mismo. A los poderosos no les agrada que nadie escape a su control —dijo la duquesa con repulsa mientras le daba un puntapié a un ladrillo—. Pero ¿el mismo tipo malvado? ¿En los tres sitios? ¿Con tres objetivos distintos?

—Yo no he dicho que haya sido el mismo —matizó Imogen levantándose—. He dicho que la bomba la ha puesto la misma persona.

—Es decir, un mercenario —terció Adelaide.

—Vas a tener que ir a ver a tu padre, Adelaide. —La duquesa la miró a los ojos—. Si no han sido Los Pendencieros quienes han volado esta tienda…

—Seguro que tiene alguna idea de quién ha sido. —Adelaide asintió—. Necesitamos su nombre. Y pronto. —Se giró y miró hacia la calle. El sol había salido y la gente se vestía y desayunaba… y se acercaría a curiosear.

La duquesa señaló los papeles que llevaba su compañera y le indicó con la barbilla el carruaje que las aguardaba.

—Más vale que los guardes antes de que alguien se dé cuenta de que hemos encontrado algo que no se ha quemado.

La duquesa de Clayborn asintió y, después de calarse la capucha del abrigo para cubrirse la melena rojiza, salió a la calle y se encaminó hacia el carruaje.

—Vámonos, Imogen. —Sesily se estremeció.

—¡No puedo ir más rápido! —exclamó la aludida sin levantar la vista de su labor, que llevaba a cabo con celeridad y prudencia, consciente de que se les acababa el tiempo—. ¡Ajá! —dijo al fin—. ¡Lo tengo!

«Por fin». Un pedazo de tela. Lo levantó con cuidado del polvo y extrajo un segundo frasco de su maletín.

Sus acompañantes se quedaron paralizadas, y la duquesa dio un paso adelante para mirar por encima del hombro de Imogen, quien estaba guardando el tesoro en el maletín.

—¿Qué hace que sea diferente de las otras telas chamuscadas y reducidas a cenizas?

—Quizá nada —contestó Imogen. Recolocó los frascos en su maletín antes de sacar la libretita y el lápiz que llevaba en el interior de la manga de su abrigo azul claro—. Pero este tejido ya lo he visto antes. En la pastelería y en la imprenta, donde no abundan las telas.

Tras abrir la libreta, tachó varios elementos escritos: combustible, detonador, hollín.

Sesily verbalizó su admiración.

—Bien hecho, Im.

—En efecto —añadió la duquesa—. Pero, puesto que nos estamos llevando una prueba fundamental de la escena del crimen, creo que lo mejor es que nos marchemos cuanto antes. Los agentes de Scotland Yard no tardarán en aparecer.

—¿Tú crees que van a dedicar tiempo a investigar un taller de costura de Spitalfields? —se burló Imogen. Cogió el maletín y se dispuso a seguir a sus amigas, que ya se dirigían hacia el carruaje para reunirse con Adelaide—. Ni un solo agente de la policía metropolitana va a querer encargarse de esto.

—Me temo que está equivocada, milady. —Una voz grave se dirigió a ella desde la parte trasera del edificio derruido. Las tres mujeres se quedaron inmóviles en el lugar que tiempo atrás separaba el interior y el exterior del establecimiento. El rostro de Adelaide apareció en la ventanilla del carruaje, con los ojos abiertos como platos y clavados detrás de sus amigas.

Clavados en el hombre que tenían justo detrás.

Algo ocurrió en el pecho de Imogen. Un estallido, un vuelco que no difería demasiado de la explosión que las había convocado allí.

Que lo había convocado a él allí.

Se giró, codo con codo con sus amigas, y lo miró a los ojos, oscuros y exasperados bajo el sombrero de ala estrecha. Tan exasperados como las palabras que gruñó.

—¿Qué hacen ustedes aquí?

Capítulo dos

El inspector Thomas Peck estaba teniendo un mal día.

Había empezado a las cinco y cuarto, la que sin lugar a dudas era la peor hora de la mañana. Nunca sucedía nada bueno cuando uno se levantaba a las cinco y cuarto. En primer lugar, era el momento más frío de la noche, lejano a los últimos rescoldos del fuego de la chimenea y no lo suficientemente cercano al instante en que el sol comenzaba a alzarse en el horizonte. En segundo lugar, era temprano. No demasiado temprano como para que pareciese noche cerrada y no demasiado tarde como para que se considerase un momento apropiado para madrugar. Era irritantemente temprano, como si solo un cuarto de hora más tarde todo hubiera guardado un orden perfecto y el vasto mundo se hubiese mantenido inmóvil.

Al inspector, claro está, le encantaba que las cosas guardaran un orden.

Sin embargo, el joven agente de policía del departamento de detectives que había llamado a la puerta de la casa de la señora Edwards en Holborn había sido incapaz de esperar, así que eran las cinco y cuarto, esa hora tan intempestiva. No era culpa del muchacho de cara recién lavada, como sabría Thomas más tarde cuando hubiera tomado un café intenso y el aire frío. Era culpa del propio Thomas, pues había sido claro como el agua con el joven muchacho: si había una explosión en algún punto de Londres, fuese el día que fuese y fuera la hora que fuera, debían ir a avisarlo. De inmediato.

Pero eso no significaba que tuviese que agradarle que lo despertaran antes del alba.

Ni tampoco que tuviese que agradarle a su arrendadora. Ciertamente, la señora Edwards, que hizo grandes esfuerzos para reprender al joven agente antes de llamar a Thomas a voz en grito, aseguró que no le había agradado. Aunque dio la impresión de que esos gritos sí le habían agradado.

En fin. A las seis menos veinte, Thomas retomaba su férreo control de la situación: estaba afeitado, duchado, vestido, y salía por la puerta, seguido por la señora Edwards, que lo despedía soltándole a grito pelado su perfeccionado sermón sobre por qué los arrendatarios decentes no reciben visitas ni avisos antes del alba.

No obstante, era necesario mucho más que la diatriba de una casera para desviar a Thomas Peck de su camino, y cerró la resplandeciente puerta tras de sí para silenciar el estruendo con mano firme. Miró hacia el joven agente.

—¿A dónde vamos?

Resultó tratarse del East End, donde una gran explosión había volado por los aires un taller de costura situado entre un restaurante y una pastelería. Sumamente consciente del carruaje de la policía en el que viajaba, el inspector le pidió al cochero que lo dejase en el callejón de detrás del edificio a fin de poder entrar sin que nadie lo viera.

El joven agente creía que el inspector albergaba más esperanzas de las que cabía siendo Spitalfields su destino, pero hizo cuanto pudo para ocultarlo. Según los avisos recibidos, el edificio se había derrumbado en plena noche, así que seguramente los culpables ya habrían desaparecido.

Pero Thomas Peck no esperaba dar con un culpable. Esperaba presenciar algo mucho peor.

Un caos absoluto. La clase de caos que adoptaba la forma de una mujer bajita, rolliza y hermosa, con ojos brillantes y rizos negros. La clase de caos que muy a menudo le provocaba problemas. Y montañas de papeleo.

Y ahí estaba la mujer, como suponía él. Lady Imogen Loveless, vestida con el intenso color del cielo de verano. «¿Alguna vez lucía un color que no figurase en el maldito arcoíris?». Sujetaba el enorme maletín con el que siempre andaba de un lado para otro y se encontraba entre los escombros de un edificio que había estallado y que en absoluto era un lugar seguro, acompañada de otras dos mujeres —la duquesa de Trevescan y la señora Sesily Calhoun—. Sin lugar a dudas, iba a lograr que el día de Thomas fuera muchísimo peor de lo que ya se avecinaba, como de costumbre.

Thomas las sorprendió cuando se dirigían hacia su carruaje, a cuya ventana se asomaba la recién casada duquesa de Clayborn. Mentiría si dijera que no había disfrutado del asombro que le demudó el gesto a la duquesa y del frufrú de las faldas que se habían movido sobre los tobillos de las otras tres en cuanto él las detuvo.

Lady Imogen fue la primera en girarse. Por supuesto.

Y empezó la conversación como hacía siempre: dedicándole una sonrisa osada y radiante, una dispuesta a confundir la mente de cualquier hombre. Pero Thomas Peck no era un hombre cualquiera y era inmune a los encantos de aquella mujer. Por lo menos lo era cuando se lo proponía.

—¡Vaya, inspector! ¡Qué sorpresa encontrarlo aquí!

—Ojalá pudiera decirle lo mismo, lady Imogen —respondió al detenerse junto a una montaña de ladrillos que tiempo atrás habían formado una pared que separaba el espacio principal del establecimiento y la trastienda, y resistió la necesidad de acercarse a ella—. Pero he aprendido a esperar su presencia siempre que ocurre una barahúnda.

Los ojos oscuros de lady Imogen brillaron más que de costumbre.

—Qué cosas tan bonitas me dice.

Sus compañeras intercambiaron una mirada divertida por encima de los rizos negros de la muchacha.

—Tenga cuidado —terció Thomas—. No estoy convencido de que no lo haya provocado usted.

Lady Imogen le lanzó una sonrisa que él habría considerado preciosa si no hubiera estado preparado de antemano para el impacto del gesto.

—Tenga cuidado usted. Yo no estoy convencida de que no haya venido buscando alboroto.

La señora Sesily Calhoun se rio al oír la réplica, y Thomas frunció el ceño. No había ido hasta allí buscando alboroto. Era un inspector del departamento de detectives de la policía de Scotland Yard. Tenía trabajo que hacer y estaba demasiado ocupado como para ir persiguiendo a aquella mujer por la ciudad, por más que a menudo terminaran cruzándose.

—No es verdad.

Lady Imogen negó con la cabeza, y Thomas tuvo la clara sensación de que lo estaba tratando con condescendencia.

—Por supuesto que no.

—Acudo a los lugares donde se ha cometido algún delito. Lugares donde se me requiere para llevar a cabo mi trabajo.

—Un trabajo que se le da muy bien —comentó ella mirándolo de una forma que Thomas no debería haber disfrutado tanto.

Un momento. ¿Estaba burlándose de él? Entornó los ojos.

—Se me da francamente bien, la verdad sea dicha.

—Es lo que acabo de decir. —De nuevo aquella sonrisa, llena de resplandor y de secretos.

Las mujeres que la flanqueaban soltaron más risillas, y Thomas se hartó.

—Señoras… ¿Qué hacen aquí?

—¿Es necesario tener un motivo?

—¿Para estar en un edificio que acaba de explotar? Por lo general, sí.

—¿Y si mi motivo fuera que me gustan las explosiones?

—Es un motivo ridículo —replicó él.

—Vaya. Qué antipático. Sí me gustan las explosiones.

—¿Tanto como para haber provocado esta?

Hubo una pausa, y lady Imogen volvió a sonreír con los ojos teñidos de admiración; aunque a él no le interesaba que esa mujer lo admirara. Aun así, no le desagradó oírla decir:

—Ah, qué bien lo ha hecho.

—¿El qué he hecho bien? —Thomas arqueó las cejas.

—Responder muy deprisa. Ha sido un interrogatorio, ¿verdad? Tan veloz y desenfadado que habría contestado si yo fuese una mujer menos avezada. Supongo que debe de funcionarle bien en la mayoría de los casos.

En efecto, solía funcionarle.

—Pero usted no ha contestado.

—Así es. —Y le sonrió.

A Thomas no debería gustarle que ella discutiera con él. No debería gustarle que todo a su alrededor se iluminara con la batalla de respuestas ingeniosas que le devolvía. No debería gustarle que los rizos de ella se bamboleasen junto a su cara. No debería reparar en que sus mejillas se sonrojaban por el placer que sentía.

Y en ningún caso debería preguntarse qué otras cosas conseguían que el rubor le colorease las mejillas por el placer.

Se aclaró la garganta y recuperó el control de la conversación.

—Es una mujer que ha confesado sentir devoción por las explosiones y se encuentra en los escombros de un edificio que ha volado por los aires.

—¿Figuro en su lista de sospechosos, inspector?

—No —le contestó—. Pero no me culpará por pensar que su presencia aquí resulta curiosa.

—Hágame caso, Tommy. La mayor parte de los ciudadanos de Londres me considera curiosa.

De ninguna manera debería haberle gustado que lo hubiera llamado Tommy. Apretó los labios con fuerza e intentó fulminarla con su mirada más intimidante, la que a menudo conseguía que los delincuentes reincidentes se rindieran.

—Es la tercera vez en tres meses que la encuentro en el escenario de una explosión.

Su comentario no la afectó lo más mínimo.

—Una historia preciosa que les podremos contar a nuestros futuros hijos.

El rostro de Thomas no mostró sorpresa alguna gracias a los años de entrenamiento. Soltó un brusco suspiro y reprimió los pensamientos superfluos que aquella provocación habría suscitado en un hombre cualquiera.

—Lady Imogen, creo que sabe más de este delito en particular de lo que está dispuesta a contar.

—Es posible. —Ladeó la cabeza en su dirección—. ¿Está planeando cómo va a interrogarme?

Qué mujer tan irritante. Entonces, ¿por qué estaba pensando precisamente en eso? Un tipo de interrogatorio que empezaba poniéndosela encima del hombro y dejándola en el asiento trasero de un oscuro carruaje…

Esos pensamientos se vieron interrumpidos por una carcajada femenina con la cual la duquesa de Trevescan echó a andar para salir del edificio en ruinas.

—De veras que los dos protagonizarían una obra excelente. Si sus carreras actuales se tuercen, siempre les quedará la opción del teatro.

Tras esa feliz afirmación, se encaminó hacia la calle, seguida de cerca por la señora Calhoun.

Y Thomas se quedó a solas con lady Imogen.

Dio un paso hacia ella, aunque no debería.

—Podría arrestarla, ¿sabe?

—¿Por qué razón? —le preguntó dando también un paso adelante.

—Por alterar la escena de un delito.

—¿Acaso ha habido algún delito? —Y se adelantó otro paso. Y se le acercó más. Lo suficiente como para que Thomas tuviese que bajar la vista hacia la redondez de sus mejillas sonrojadas, hacia la punta de su barbilla pronunciada y más abajo, donde el corpiño de su vestido azul se asomaba por debajo de un abrigo a juego. Llevaba un broche resplandeciente de obsidiana negra, con adornos plateados, sobre el terciopelo que le cubría los pechos, exuberantes. Tanto como lo era toda ella.

Thomas se aclaró la garganta y dirigió la mirada hacia los ojos de lady Imogen, profundos y marrones.

—Es lo que creo.

—Yo también. —Asintió, y sus rizos brincaron sobre su rostro.

Al oírla hablar con tanta franqueza y sencillez, se tensó, como si estuvieran a la misma altura.

—¿Y…?

—Y… —La mujer alargó la letra, y él se quedó absorto por su indecisión, por la curva de sus labios, por el blanco de sus dientes al formar la palabra—. No he hecho nada para merecer un viaje a Whitehall. —Hizo una pausa antes de añadir—: Por lo menos, hoy no.

—¿Qué sabe al respecto? —La exasperación lo embargó.

—Nada con que la policía vaya a ayudar.

—Querrá decir nada que vaya a ayudar a la policía.

—¿Usted cree? —Con una sonrisa, se giró. Durante un segundo de locura, Thomas tendió el brazo, pero se detuvo cuando apenas rozó con los dedos la lana celeste del abrigo. Era una dama, la hermana de un conde. No podía tocarla. ¿En qué estaba pensando?

Sin lugar a dudas, a aquella mujer no deberían permitirle salir de casa. Era un verdadero caos.

Y una gran tentación.

Pero no para él. Thomas controlaba totalmente la situación. Y era muy capaz de resistirse a ella. Se había resistido a cosas peores.

«Mentiroso».

Retiró la mano y habló ignorando la sensación que le provocó el nombre de ella en su lengua.

—Lady Imogen.

Ella no le respondió, sino que se limitó a detenerse; sus gruesas faldas de invierno le rozaron los tobillos ante el cambio de ritmo. Thomas también se detuvo y miró por encima de su hombro, más allá de sus rizos, hacia la joven mujer que se hallaba delante de Imogen con ojos muy abiertos en un rostro pálido.

—¡Buenos días! —exclamó lady Imogen con alegría, como si se encontraran en cualquier otro lugar y no en las ruinas de un edificio arrasado por las llamas.

La joven parpadeó con la expresión demudada por la sorpresa y por la confusión y por un sentimiento más intenso, algo que empeoró cuando vio a Thomas. Instintivamente, él dio un paso atrás para darle espacio.

—Ah —murmuró la muchacha mientras retrocedía hacia la calle y pasaba la vista por el edificio, los escombros y finalmente por lady Imogen, tan fuera de lugar allí—. Ah —repitió, y pareció darse cuenta de lo que ocurría e hizo una rápida reverencia.

—No es en absoluto necesario —dijo lady Imogen mientras le hacía señas para que se levantara y ladeaba la cabeza—. ¿Puedo ayudarte con algo?

—Tenía una… —La mujer era más bien una chica. No debía de tener más de dieciséis o diecisiete años. Vaciló, contempló de nuevo el edificio y abrió todavía más los ojos como platos, rebosantes de evidente decepción—. Una cita. —Tragó saliva. Con dificultad. Con desesperación—. Esta mañana. Con la costurera. Esta mañana. —Lo último lo dijo con voz temblorosa.

—Entiendo. —Lady Imogen asintió—. Como ves, no está aquí.

—¿Está…? —Un nuevo temblor.

—Ah, está muy bien, no te preocupes por eso. Ya está preparando una nueva tienda no muy lejos de aquí. —Imogen dejó el maletín y se apartó el abrigo para introducir la mano en el interior y extraer una libretita y un lápiz.

Thomas se preguntó qué otras cosas guardaría bajo la tela. No lo sorprendería descubrir un frasco de veneno, un puñal afilado o un candelabro pesado que blandir en un momento dado.

Mientras tanto, Imogen garabateó algo en una página de la libreta antes de arrancarla y pasársela a la joven, que se la quedó mirando durante unos segundos antes de levantar la vista con los ojos bañados de frustración.

No sabía leer.

Thomas no fue el único en darse cuenta, por supuesto. Lady Imogen le puso una mano en el brazo a la chica y se inclinó hacia delante para susurrarle al oído algo que él no pudiera oír. Y lo intentó, maldita sea.

Los dedos pálidos de la joven, sin guantes, aferraron los de Imogen, también desprovistos de guantes, con fuerza.

—Gracias, señora.

—No hay de qué. La costurera te lo arreglará en un visto y no visto. No te preocupes.

La chica hizo una rápida inclinación de cabeza y echó a correr hacia la mañana gris, donde la lluvia prometía caer en forma de aguanieve.

—Usted sabe dónde están la señorita O’Dwyer y la señora Leafe —comentó Thomas.

—Por supuesto que lo sé —contestó Imogen, y se agachó para recoger su sempiterno maletín—. ¿Usted no?

Thomas apretó los dientes.

—¿Sabe, inspector? —añadió con ligereza—. No debería empezar el día sin un buen desayuno. Un estómago vacío lo pone a uno a la defensiva.

—De ninguna manera estoy a la defensiva, milady.

Esos bonitos labios rosados esbozaron una débil sonrisa. No. No eran bonitos. Ni rosados. Eran labios sin más. Unos labios normales. Unos que no llamaban la atención.

—Disculpe. Pensaba que habría comenzado investigando el paradero de las señoras O’Dwyer y Leafe.

Thomas frunció el ceño. No estaba equivocada, pero él no lo admitiría jamás.

—¿Dónde se encuentran?

—Si se lo dijera, le quitaría toda la diversión al asunto, ¿no cree? —Y, sin más, aquella locura de mujer se dirigió hacia el carruaje con la clara certeza de que había ganado la batalla.

Thomas se giró, decidido a devolverle la calma y la razón a la mañana. Buscó a su alrededor y dio con un lugar despejado entre los escombros, donde un rastro de hollín negro marcaba la ubicación del punto exacto en que había empezado la explosión. Alrededor del perímetro, vio unas huellas pequeñas y recientes.

Sus ojos barrieron la zona y se percataron de una interrupción en el patrón del estallido: nuevas marcas entre los escombros.

Se volvió cuando la puerta del carruaje se abrió para acoger a lady Imogen en la seguridad de su interior; sus rizos negros se balancearon y su encantador trasero osciló cuando se inclinó para introducir su maletín en el coche.

Pero aquel encanto de trasero no tuvo nada que ver con que Thomas la llamase de nuevo.

—Lady Imogen.

La mujer se giró.

—Su maletín.

—¿Mi maletín? —Ladeó la cabeza.

—Supongo que no me enseñará lo que lleva dentro. —Apostaría el salario de todo un año a que Imogen había encontrado algo útil entre los escombros, y que eso se encontraba en esos instantes en ese gigantesco maletín que la acompañaba a todas partes.

Desde que la conoció catorce meses antes (no los contaba, la precisión formaba parte de su trabajo), lady