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¡Prepara la maleta para la última aventura de la agencia de viajes Extramundos! Desde que Flick Hudson forma parte de la Sociedad Extramundos, ha tenido que enfrentarse a más peligros que la mayoría de la gente en toda su vida. Pero nada la ha preparado para descubrir que todo el multiverso está en peligro, amenazado por un misterioso grupo conocido como los serenos. Los serenos andan a la caza de la maleta más poderosa de todas, la que algunos llaman la última puerta, y eso significa que Flick y sus amigos tienen que encontrarla antes que ellos. Están a punto de embarcarse en un nuevo viaje que los llevará a lugares aún más peligrosos y desvelará inquietantes secretos sobre la propia agencia. Y lo peor de todo, no existe garantía alguna de que vayan a sobrevivir...
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Seitenzahl: 359
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Little Wyverns. Noviembre, 1873
La tarde que llegó la desconocida debería haber sido una noche oscura y tormentosa. Habría sido más apropiado para nuestra historia.
Pero lo cierto es que era la tarde más tranquila de las últimas semanas para Henry L’Estrange. El ambiente era, eso sí, bastante desangelado bajo la luz tenue de la farola de gas que había en la acera de enfrente esa tarde de principios de invierno. Henry tuvo que reprimir un bostezo, y eso que aún faltaba mucho para la hora del cierre.
Había sido un día muy ajetreado, para lo que era habitual en él. Había vendido un maravilloso crucero a uno de sus clientes habituales y reservado billetes de tren y de barco para varios más. Henry estaba deseando que llegara la hora de cerrar y marcharse a casa. Unas figuras oscuras pasaban de vez en cuando por delante del mirador de la tienda; empleados de oficina que salían del trabajo. Henry no tenía muchas esperanzas de vender nada a esas horas: la gente que trabajaba en oficinas no era de la que hacía grandes viajes al extranjero. Retomó la lectura.
La campanilla vibró cuando se abrió la puerta. Levantó la vista y se encontró con una joven bien vestida, enfundada en un abrigo de viaje y con dos maletas: una de cartón marrón que parecía que había tenido bastante trote y otra pequeña de color rojo brillante con herrajes dorados relucientes. La joven iba bien vestida y llevaba el pelo recogido en un moño. Cerró tras de sí sin hacer ruido y Henry se levantó y le dirigió su mejor sonrisa de vendedor.
—Buenas tardes, señorita.
La mujer no le devolvió la sonrisa, sino que le dirigió una aguda mirada y después habló sin presentarse siquiera.
—La habitación de arriba. ¿Puedo dormir ahí esta noche?
Henry estaba tan estupefacto que se sentó de nuevo. ¡Menuda pregunta! ¡Y lo preguntaba como si fuera lo más natural del mundo! No sabía qué decir.
—Yo... No estoy seguro de...
—Puedo pagarle —lo interrumpió ella mientras sacaba un monedero que parecía pesar.
—¿Se encuentra usted en algún tipo de peligro, señorita? —preguntó Henry a bocajarro, pues no había otra manera de preguntarlo.
—Sí —contestó ella—, así es.
—Entiendo —mintió Henry, muy confuso.
El día acababa de dar un giro de ciento ochenta grados con la llegada de aquella mujer desconocida y eso que no llevaba más de un minuto en la tienda. Las maletas, el dinero... allí pasaba algo raro. La ropa de la joven era demasiado elegante para que fuera una criada, pero se notaba que estaba gastada por el uso. Estaba sucia y el bajo del vestido estaba deshilachado. Era evidente que huía de algo.
Henry estaba tratando de decidir qué hacer cuando la mujer se quedó mirando los mapas enmarcados que colgaban de las paredes de la agencia de viajes.
—¿Son suyos? —preguntó.
—Sí. Bueno, son comprados —explicó él saliendo de golpe de su ensimismamiento—. Tenemos un cartógrafo en Hay-on-Wye que nos dibuja los mapas. Es bastante bueno, ¿a que sí?
La chica esbozó una sonrisilla, pero no fue a más.
—Posee cierta habilidad.
—¿Cierta habilidad?
La chica dejó las maletas en el suelo, abrió la de cartón gastado y metió la mano enguantada en el interior, de donde sacó una carpeta encuadernada en piel. Se la entregó a Henry, que la abrió encima de la mesa.
Se quedó boquiabierto.
Dentro de la carpeta había mapas. Páginas y páginas y más páginas de mapas. Mapas de ciudades, de países, de costas que no reconocía siquiera. Cada uno meticulosamente detallado, lleno de colorido; parecía que casi chorreaban tinta de buena calidad.
Levantó la vista hacia ella.
—¿Quién los ha hecho?
—Yo —dijo ella llanamente—. Soy cartógrafa. Entre otras cosas.
Henry tomó uno de los mapas por el borde. Era de la ciudad de Edimburgo.
—Es una maravilla, señorita. ¿Quién le enseñó a dibujar así?
La joven vaciló.
Henry se dio cuenta de que la pregunta la había incomodado y cambió de tema.
—Supongo que no los venderá. Estaría encantado de quedarme con algunos si necesita dinero.
—No necesito dinero —contestó—. Al menos de momento. Pero sí necesito un lugar para dormir.
No había duda de lo que pretendía. Henry se debatía entre el deseo de comprar alguno de aquellos mapas y el malestar que sentía desde que había entrado a la agencia. Dejó el mapa en la mesa mientras trataba de decidirse. En una esquina del mapa, escrito con tinta negra de buena calidad, se leía el nombre Elara Mercator.
La mujer lo miraba con ojos cansados que mostraban desesperanza. Henry supo por su rostro que no iba a pedírselo por tercera vez.
Carraspeó antes de hablar.
—Creo... creo que no habría problema en que se quedara una noche, señorita Mercator. La habitación está un poco desordenada, pero seguro que podemos...
—Gracias —lo interrumpió ella relajando los hombros con alivio—. Puedo dormir en cualquier parte que tenga suelo. —Recogió la carpeta, excepto el mapa de Edimburgo, que dejó encima de la mesa—. Le agradecería que no le dijera a nadie que me he quedado aquí.
—Entiendo.
—Eso espero —repuso ella con un deje de temor en la voz por primera vez—. La gente que anda buscándome puede ser de lo más persuasiva.
Henry sintió que un escalofrío le recorría la piel. Tenía la impresión de que la decisión de alojar a aquella mujer en su casa había alterado, ensanchado incluso, su mundo en cierta forma, aunque el cambio había sido tan precipitado y sutil que no podría decir en qué consistía exactamente.
Condujo a Elara al piso de arriba y esta se acomodó en la habitación que daba al frente tras indicar con un gesto a Henry que podía irse y llevarse la lámpara consigo.
—Recuerde, se supone que no estoy aquí —dijo mirándolo desde el interior de la habitación—. Cierre como siempre y yo me quedaré aquí a oscuras. Debe hacerlo todo como de costumbre. No diga nada que pueda hacer sospechar que estoy aquí.
A la hora de cerrar, Henry casi se había olvidado de su extraña huésped. Pero justo cuando estaban a punto de dar las siete, la campanilla que había sobre la puerta avisó de que alguien acababa de entrar y Henry levantó la vista del libro de la contabilidad.
Un hombre y una mujer entraron en la agencia y algo en ellos le heló la sangre en las venas. No podría precisar qué. Tal vez fuera su altura (ambos lo superaban con mucho), o puede que fueran sus ojos excesivamente brillantes, que se movían a toda velocidad por la habitación como si buscaran algo. O puede que fuera por su piel, lisa y sin arrugas pero con apariencia desgastada, como la gasa, fina y casi transparente.
—Buenas tardes —dijo levantándose con gesto cansino.
Al igual que Elara, ninguno le devolvió el saludo. El hombre movió la cabeza y el cuello como una serpiente buscando un ratón. La mujer se dirigió a Henry y sacó una foto de su bolso.
—¿Ha visto a esta chica? —preguntó acercándole la foto a la cara con malos modos.
Henry la cogió sabiendo sin mirar que sería una foto de Elara. Y así era. Una foto formal: Elara con el pelo recogido, la espalda rígida como un palo y la mirada a la cámara. Iba bien vestida. A su espalda se veían estanterías cubiertas de objetos que parecían de cristal y a su lado había una maleta.
Bajó la foto. Toda una vida mintiéndole a su padre sobre todo tipo de cosas lo había convertido en un mentiroso consumado.
—Lo siento, señora —contestó arrastrando las palabras con tono aburrido—. No he visto a esta persona.
La mujer no parpadeó siquiera.
—Mírela mejor —ordenó. Tras ella, el hombre había sacado una lupa y estaba inspeccionando el lugar como si se creyera el detective de una historia.
Henry frunció el ceño y miró la fotografía de nuevo.
—Lo siento, no la he visto. ¿Es familiar suyo?
Los orificios de la nariz se le ensancharon y pareció que los ojos le brillaban aún más.
—La han visto entrar aquí.
Henry puso cara de perplejidad, pero había empezado a sudar por la espalda.
—¿Aquí? ¿Cuándo? Tengo muchos clientes —dijo haciendo un gesto hacia el libro de contabilidad.
La mujer plantó las manos con brusquedad en la mesa que los separaba.
—Dígame qué ha hecho por ella y adónde ha ido.
—No me gusta su tono —dijo Henry con firmeza mirándola a los ojos y deseando que su voz sonara más valiente de lo que realmente se sentía—. Voy a tener que pedirles que se vayan.
Un sonoro golpe llegó desde el piso de arriba.
La pareja se miró.
Pálido, Henry abrió la boca, pero la mujer lo empujó contra la pared de detrás de la mesa sin darle tiempo a contestar. El hombre ya estaba subiendo por las escaleras a toda prisa. Henry tosió, le faltaba el aire y el corazón se le iba a salir del pecho, esperando el momento en que aquellos dos bajaran con Elara a rastras...
Las pisadas del hombre resonaban en el suelo de la habitación de arriba y a continuación se oyó un grito furioso.
—¡No está aquí, Sephie! —Y bajó corriendo.
La mujer rechinaba los dientes con rabia.
Henry resollaba intentando no mostrar la angustia que sentía.
—Ya se lo he dicho —dijo con voz ronca—. No la he visto. Y ahora salgan de mi tienda antes de que llame a un agente del orden.
Daba la sensación de que la pareja habría preferido quedarse y convertir en un infierno la vida de Henry, pero se miraron y optaron por no hacerlo.
Henry los vio salir de la agencia y desaparecer calle abajo. Temblaba de pies a cabeza y le dolía la espalda del golpe que se había dado contra la pared.
No era tan tonto como para subir a ver cómo estaba su huésped. Esas personas podrían verlo desde la ventana. Se sacudió el chaleco y se frotó un poco el pecho para entrar en calor, y después fue a cerrar. Si era de esas personas de quienes huía Elara, podía entenderlo.
Un buen rato después oyó pisadas en el piso de arriba. Se levantó del escritorio y fue a la trastienda, y entonces se encontró a Elara Mercator asomándose en mitad de la escalera.
—¿Se han ido?
—Hace una hora o así —contestó él llenando la tetera en el grifo de cobre. La puso al fuego y encendió la llama.
—¿Le han hecho daño? —preguntó.
—No mucho —contestó él con valentía, aunque seguía doliéndole la espalda—. ¿Quiénes son?
Elara se mordió el labio antes de contestar.
—Son peligrosos, eso es lo único que le hace falta saber.
—El hombre subió a la habitación. ¿Cómo consiguió que no la viera?
—Es una larga historia —dijo ella entrando en la cocina y sentándose en una silla con un suspiro. De repente se la veía exhausta.
—Tengo tiempo para escucharla —dijo él—, si quiere contármelo.
—Es bastante increíble —repuso ella.
—Y llena de secretos, sin duda —replicó él con una sonrisita, y se sentó en la otra silla que había en la cocina.
Elara asintió. Después lo miró a los ojos y pareció tomar una decisión.
—Esas personas —comenzó— no son... personas. No como las que usted conoce.
Henry recordó aquellos ojos tan brillantes y la piel fina como el papel, y pensó que tampoco era tan increíble.
—¿Qué son?
Elara inspiró profundamente y comenzó.
–Nos llamamos los serenos —dijo Tristyan—. Y mi pueblo es el que creó los cismas.
Las palabras resonaron en la mente de Flick durante lo que le pareció una eternidad, aunque, en realidad, solo habían pasado unos segundos. Pero durante esos segundos, sentada en la botica de Tristyan en otro mundo, todo lo que creía saber sobre sí misma, sobre su mundo, sobre la magia y el multiverso, se había vuelto del revés sin darse cuenta.
Miró a Jonathan, de pie a su lado, con la misma expresión de perplejidad que debía de tener ella, y de nuevo a Tristyan. Se dio cuenta de que tenía la boca abierta y trató de recordar cómo se hablaba.
—Ellos... vosotros... creasteis... —Sacudió la cabeza, pero sentía que la tenía embotada.
—Los cismas son fenómenos naturales —comentó Jonathan—. Siempre han existido, no los creó nadie. Aunque —miró a Flick antes de seguir— supongo que sabemos que sí pueden abrirse otros nuevos, que hay personas que pueden hacerlo.
Mientras tanto, Flick seguía mirando fijamente a Tristyan. Hasta pocos minutos antes creía que aquel hombre alto con aspecto de elfo no era más que un amable boticario que a veces ayudaba a los viajeros procedentes de otros mundos. Pero en ese momento estaba tratando de aceptar la revelación de que era su abuelo. El padre de su propio padre era de otro mundo. Y por lo tanto ella también. En cierto modo. Su vida estaba patas arriba en un abrir y cerrar de ojos.
Felicity Hudson y su amigo Jonathan Mercator formaban parte de la agencia de viajes Extramundos, custodios de un poderoso sistema mágico para viajar por medio de las maletas que se apilaban en una vieja tienda llena de polvo. Dentro de cada maleta había un cisma, es decir, una puerta de acceso a otro mundo, y para viajar de un mundo a otro, lo único que había que hacer era meterse dentro.
Sin embargo, los cismas no solo existían dentro de las maletas, sino que se producían de forma natural por todas partes. O eso era lo que habían hecho creer a Jonathan y a Flick. Oír que los desgarrones y las rasgaduras en la tela del multiverso habían sido creados era como que te dijeran que alguien coloreaba el cielo cada mañana. Parecía demasiado inverosímil para ser cierto.
—No entiendo —dijo Flick—. ¿Qué es un sereno? ¿Yo soy parte serena?
Tristyan negó con la cabeza.
—Permíteme que te lo explique como es debido, por favor. —Les señaló las sillas y ellos se sentaron despacio.
Jonathan seguía aferrándose al trozo de papel que le había dado esperanzas de que su padre desaparecido siguiera vivo. Daniel Mercator, el verdadero Jefe Custodio de Extramundos, llevaba varios meses desaparecido y se le daba por muerto, pero Tristyan les había enseñado ese papel según el cual Daniel podría seguir vivo en algún lugar del multiverso.
—Los serenos no son una especie —dijo Tristyan entrelazando los largos dedos—. Son una organización, algo similar a lo que ocurre con la Sociedad Extramundos. La diferencia reside en que una vez que te conviertes en sereno, se espera que lo seas de por vida. Se convierten en tu familia, tu mundo entero.
—¿Y dónde entra lo de inventar los cismas? —preguntó Jonathan, que no estaba de humor para sentimentalismos.
Tristyan lo miró con una breve y triste sonrisa.
—Al contrario de lo que te han contado, joven, los cismas no han existido siempre. Hubo un tiempo, hace muchos miles de años, en que los mundos del multiverso estaban libres de cismas y desgarrones. Los mundos existían unos al lado de los otros, pero sin saber que los otros existían, por lo que es obvio que no se viajaba entre ellos. Y en un mundo en una realidad muy lejana a la tuya estaban los serenos.
»No eran malos, al menos al principio. Consumían magia para sobrevivir, igual que vosotros consumís comida y agua. Como los seres vivos también producen magia por el simple hecho de existir, había un excedente de magia que permitía que su mundo siguiera girando alegremente. Al principio.
—Creo que sé cómo va a acabar esto —dijo Flick—. Es igual que lo que pasa con los recursos naturales en nuestro mundo, ¿verdad? Se volvieron avariciosos. Es lo que ocurrió con los ladrones en Cinco Luces, que embotellaron tanta magia que causó en su mundo un daño imposible de reparar.
—Exacto. Los serenos son como los ladrones de Cinco Luces solo que a mayor escala —contestó Tristyan con un suspiro—. Comenzaron a utilizar la magia para hacer otras cosas, como hechizos y cosas por el estilo, y a medida que aumentaba su ambición, también aumentaba su consumo de magia. Llegó un momento en que la agotaban sin dar tiempo a que se regenerasen las reservas. Y el grosor de las paredes de su mundo empezó a reducirse.
Flick se irguió en su asiento.
—¿Y se produjo un cisma?
—El primero —respondió Tristyan—. El primero y también el de mayor tamaño. El cisma hizo pedazos su mundo y las réplicas abrieron cismas por todo el multiverso. Cuando eso ocurrió, algunos serenos consiguieron pasar a otro mundo y sobrevivieron. El resto de su pueblo pereció.
—Qué historia tan triste —comentó Flick.
—No te dejes engañar —continuó Tristyan—. La historia no termina ahí. En vez de aprender de sus errores y rehacer su vida en paz en ese nuevo mundo, utilizando la magia con moderación, los serenos supervivientes retomaron donde lo habían dejado. Fueron pasando de un mundo a otro, usando la magia para alargar su vida, escapando a través de los cismas, ya que mundo que tocaban, mundo que moría. Los serenos ya no son un pueblo, son un virus. Estoy seguro de que fueron ellos los que provocaron los daños iniciales en la ciudad de las Cinco Luces, como también tengo la seguridad de que fueron ellos los que se estaban llevando la magia de El Roto en esas cantidades tan ingentes.
Flick intentó procesar lo que estaba oyendo.
—¿Destruyen mundos? ¿A propósito?
—Eso es —contestó Tristyan—. Aunque llevaban mucho tiempo callados. Pensé que quizá habían desaparecido para siempre. Ojalá. Lo que ocurrió en Cinco Luces y en El Roto demuestran que han vuelto. Los serenos son la mayor amenaza para el multiverso que se pueda imaginar.
—¿Y usted era uno de ellos? —preguntó Flick incrédula.
—No fue elección mía —contestó él—. Según iba creciendo su poder, fueron cogiendo, a falta de una palabra mejor, niños con dotes mágicas, niños que pudieran ayudarlos a obtener aún más magia. Nos criaron y nos enseñaron a ser uno de ellos. No conocía otra cosa. Creía que estaba en el lado de los buenos, hasta que conocí a Aspen Thatcher, de la Sociedad Extramundos. —Sonrió con tristeza—. Ella me mostró lo que eran los serenos en realidad.
—Entonces, ¿se escapó? —preguntó Jonathan.
—Sí —dijo él asintiendo—. Aunque no fui el primero.
—¿Otras personas han huido de ellos? —preguntó Flick—. ¿Quiénes?
Tristyan la miró con una mueca de ironía.
—¿No se te ocurre nadie con unas asombrosas dotes mágicas cuyos poderes parecen salidos de la nada? ¿Alguien que hizo todo lo que pudo para mantener el multiverso fuera de peligro?
Flick se tapó la boca con la mano.
Jonathan se irguió bruscamente.
—¿No se referirá a...?
—Exactamente —contestó él asintiendo con la cabeza—. La primera persona que consiguió escapar de los serenos fue la misma que fundó vuestra sociedad, Elara Mercator.
Felicity Hudson se caló bien el gorro sobre los rizos para protegerse del aguanieve que caía cuando salió del colegio y se dirigió hacia la verja de entrada. Estaba siendo un mes de enero gélido y húmedo, pero la política sobre el uniforme en el colegio Byron Hall exigía que llevasen zapatos negros de invierno, nada de botas, de forma que el agua helada que rebotaba en la acera le calaba los calcetines. El invierno había llegado en forma de aguanieve y, en algunos sitios, el camino de vuelta a casa era como chapotear en el mar del Norte.
Era lunes, así que Flick no tenía que correr por todo Little Wyverns para recoger a su hermano Freddy de la guardería. Ahora ya andaba, más o menos, lo que significaba que odiaba el carrito con toda su alma, y Flick se moría de vergüenza durante todo el camino hasta casa, tres días a la semana, con su hermano berreando como un poseso. También dominaba ya la palabra socorro, que gritaba con cara de pena a todos los peatones que se cruzaban como si su hermana lo hubiera secuestrado.
Flick subía tranquilamente por el camino de entrada del colegio disfrutando de la libertad de no tener a un bebé dando berridos en el carro mientras pensaba distraídamente en la redacción que tenía que entregar a finales de semana cuando oyó algo que hizo que se parase en seco.
—¿... un chico con una maleta? ¿De qué va vestido? Se parece a Doctor Who.
Levantó la cabeza y no tardó en ver a la persona que encajaba con aquella descripción.
Jonathan Mercator, con pinta de sentirse muy incómodo, estaba de pie al final del camino de entrada de Byron Hall agarrando con fuerza una maleta. Como siempre, su excéntrico sentido de la moda hacía que llamara la atención allá por donde iba. Vestía una levita de color morado, botas Doc Martens de color cereza y lo que parecían dos o tres bufandas de cuadros diferentes. Llevaba también mitones y se había cambiado las gafas rectangulares de montura de carey falsa por unas redondas con la montura metálica. El pelo negro y ondulado estaba hecho un desastre como siempre. Tenía una expresión taciturna y se esforzaba por evitar el contacto visual con los estudiantes, algunos de los cuales lo miraban con cara rara.
Flick se puso nerviosa. Algo había pasado. Jonathan no solía presentarse en la puerta de su colegio sin avisar. No solía presentarse, punto. Pero en cierto sentido tampoco le sorprendía. Sabía que algo así terminaría sucediendo tarde o temprano. Desde que se habían enterado de lo de los serenos, el mundo le parecía diferente. Era como si, por el hecho de saber de su existencia, hubiera más probabilidades de que empezaran a suceder cosas.
Era evidente que las cosas no funcionaban bien en el multiverso desde hacía un tiempo. Se habían producido desapariciones de personas y hasta de calles enteras. Los habitantes abandonaban los mundos, como aquel inquietante mundo del faro que Flick seguía viendo en sueños.
Flick tenía la impresión de que había entrado a formar parte de la Sociedad Extramundos justo cuando más la necesitaban.
—Hola —lo saludó cuando llegó hasta donde se encontraba—. ¿Qué ha pasado?
—La situación ha... empeorado —respondió—. ¿Puedes venir conmigo?
Flick asintió y se alejaron con paso rápido en dirección a la calle principal del pueblo.
—¿Los serenos? —preguntó.
—Sí. Y Tristyan está en la agencia. Dice que él sabía que esto iba a suceder.
Al oír el nombre de Tristyan, Flick sintió que se le formaba un nudo en el estómago.
—¿Qué es lo que sabía que iba a pasar?
Cruzaron y Jonathan se detuvo cuando entraban en la antigua zona comercial de muros de piedra, lo que hizo desaparecer el poco calor que Flick había conseguido reunir con la caminata y empezó a temblar.
—Cuando destruiste el mundo de El Roto, dejaste a los serenos sin suministro de magia —explicó con calma Jonathan—. Y ahora están desesperados. Necesitan la magia para vivir, así que están buscando algún mundo que devorar. Mori y Hudspeth, dos de los miembros más antiguos de la Sociedad, dicen que han estado produciéndose desapariciones en Palomar, sede de la estación de viaje El Perro que Ríe. Así empezó todo en Cinco Luces y El Roto. Ocurrió entonces y está volviendo a ocurrir.
Flick salió trotando detrás de Jonathan.
—¿Qué hace Tristyan en Extramundos? —preguntó.
—El señor Golding, uno de los miembros de la Sociedad, ha avisado de que han visto a los serenos en el mundo de Inniss, que es donde vive Tristyan. Le envió un mensaje para decírselo, y este no se sentía seguro allí cuando se enteró —explicó Jonathan—. Al fin y al cabo huyó de ellos, y los serenos no parecen el tipo de gente que olvida algo así.
Salieron del centro comercial a la mortecina luz gris de media tarde y Flick vio la agencia de viajes Extramundos delante de ellos. Parecía la misma de siempre, apretada y algo torcida entre un callejón y una librería cerrada. Una delgada espiral de humo salía de la chimenea y los cristales emplomados del mirador estaban empañados por el calor de la lumbre en el interior. Según se acercaban, Flick divisó la enorme pared recubierta de maletas que sobresalían como si fueran cajones, y los montones de maletas apilados en el banco del mirador y el suelo. Cada una de ellas era una puerta de acceso a otro mundo.
Jonathan abrió la puerta y la campanilla vacía que había encima de la puerta se movió en silencio como siempre. Flick entró tras él, sonriendo sin darse cuenta cuando sintió que la envolvía el calor y el olor a viejo de la agencia de viajes, tan familiares ya. Era la primera vez que entraba desde las Navidades. Era como estar en casa. Las butacas, la chimenea, las docenas de relojes que había sobre la repisa, las fotos en blanco y negro de exploradores de la Sociedad Extramundos colgadas en la pared. Flick se fijó en que sobre el respaldo de una de las butacas había un abrigo que no le resultaba familiar y una bolsa de cuero llena de resplandecientes botellas mágicas en el asiento.
Cuando la puerta se cerró tras ella, Tristyan volvía de la cocina de la trastienda hacia la sala principal de la agencia. Tenía el rostro tenso de preocupación y llevaba el pelo largo y oscuro, en el que empezaban a verse algunas canas, recogido hacia atrás en una trenza, que dejaba a la vista las puntiagudas orejas de elfo. Llevaba su delantal marrón.
La miró con una sonrisa nerviosa.
—Felicity.
—Tristyan —dijo ella sin molestarse en disimular el tono de alivio—. ¿Se encuentra... bien?
—Mejor ahora que estoy aquí —contestó él—. Era demasiado visible en Inniss. A los serenos les habría bastado con dar mi descripción a cualquiera en la ciudad y les habrían indicado dónde encontrarme. Hacía tanto que los serenos no tenían la magia suficiente para viajar que me había acomodado, me había vuelto arrogante, seguro de que no darían conmigo. Pero ahora que los han visto y en más de un mundo... Ya no me sentía seguro allí.
—¿Cómo es que antes no tenían magia suficiente para viajar? —preguntó ella frunciendo el ceño.
Tristyan se retorció ligeramente las manos.
—Viajar a través de los cismas tiene un gran coste, como ya sabes. Para la mayoría de las personas es mortal. La cantidad de magia que se requiere absorbería habitaciones enteras, edificios incluso. Y hace menos de cuarenta años, los serenos tenían eso precisamente: ingentes reservas de magia que protegían celosamente y mantenían en absoluto secreto.
Flick se frotó el entrecejo con el pulgar.
—¿Tenían? ¿Y qué pasó con toda esa magia?
Tristyan inspiró profundamente.
—Yo la destruí.
Flick se quedó boquiabierta.
—¿Que la... destruyó?
—La solté de nuevo en el multiverso —aclaró él—. Rompí las botellas de cristal y devolví la magia al lugar que le correspondía.
Jonathan se quitó las gafas y se puso a limpiarlas de manera compulsiva.
Flick se quedó mirando fijamente a Tristyan sin saber qué decir.
—Hmm, seguro que no les hizo mucha gracia.
Tristyan sonrió de oreja a oreja y Flick creyó ver orgullo en sus ojos.
—Imagino que no, aunque tampoco me quedé para comprobarlo.
Flick se acercó a él. Sentía interés a su pesar. Ahora que estaban otra vez en la agencia y sabía que Tristyan estaba a salvo, la sensación de angustia se suavizó y estaba intrigada por saber cómo continuaba la historia.
—¿Puede contarnos qué pasó?
—En realidad es el fin de una historia y el comienzo de otra. —Tristyan observó a través del mirador; el día se estaba oscureciendo, pero la calle tenía un brillo dorado procedente de la luz naranja de las viejas farolas—. Ocurrió hace cuarenta años. En otro mundo. Y comienza con tu abuela, Felicity.
—Aspen Thatcher —dijo ella recordando el nombre de la mujer a la que nunca conoció, aunque ahora tenía el Estudio de Particulares de Extramundos que había sido de ella. Era extraño que aquel nombre que había despertado su curiosidad cuando lo leyó estuviera relacionado con ella. No parecía real. Lo mismo le ocurría con Tristyan. Sabía que era su abuelo, pero no tenía recuerdos de infancia que le hicieran sentir que era real. Aún. Por el momento era para ella más como un nuevo amigo, aunque era mayor y tenía muchos secretos.
Tristyan retiró su bolsa de cuero del sillón antes de sentarse y comenzó a contar la historia como era debido.
—Yo era un sereno hasta la médula. Me habían asignado la tarea de vigilar a Aspen, como si fuera un espía, supongo. Querían ver si, al ser extramundana, sería fácil convencerla para que se pusiera de nuestro lado y convertirse en una serena. Pero ocurrió lo contrario, y fui yo el que se pasó a su bando. Me abrió los ojos respecto a por qué no estaba bien agotar la magia de otros mundos. A partir de ese momento juré solemnemente que haría lo que estuviera en mi mano para detener a los serenos. —Se quedó mirando pensativo la chimenea vacía un momento—. Siempre supe lo que hacíamos, pero jamás se me ocurrió pensar que estuviera mal hasta que Aspen me lo mostró y me enseñó el daño que causábamos. Así que antes de irme con ella en una maleta, rompí todas las botellas de magia que los serenos tenían almacenadas.
Flick se imaginó los cristales volando por el aire y toda esa magia liberada.
—¿Y entonces los serenos se quedaron atrapados? ¿No tenían magia suficiente para irse?
—Eso es.
—¿Dónde? —preguntó Jonathan, que estaba apoyado en el escritorio—. ¿Dónde se quedaron atrapados?
Tristyan sonrió con amargura.
—En un mundo medio podrido cuya magia habían consumido casi por completo. Lo llamaron Serentegra. Solo lo usaban para almacenar la magia, pero se habían reunido todos allí antes de pasar a otro mundo. Esperé a tenerlos a todos juntos en un solo lugar.
—¿Se enteraron de que fue usted quien destruyó su magia? —preguntó Flick en voz baja.
—Ya lo creo —contestó él con seriedad—. Se lo habrían imaginado en cuanto se dieran cuenta de que yo no estaba.
—Pero ¿cómo terminó en Inniss? —preguntó Jonathan—. Aspen era de nuestro mundo. ¿Por qué no lo trajo aquí?
Tristyan se entristeció.
—Lo hizo, pero Nicolas Mercator se puso furioso cuando se enteró. Las reglas de la Sociedad estipulan que no debes llevarte nada ni a nadie de un mundo a otro. Nicolas nunca la perdonó por haber roto el juramento, y los demás miembros de Extramundos pensaban lo mismo, sobre todo la hermana de Aspen. Decidimos sacar el mayor provecho posible a nuestra situación en otro mundo, lejos de aquí, juntos. Y... el resto ya lo sabéis.
Jonathan estaba limpiándose la suciedad de la uña del pulgar. Parecía muy incómodo.
—Debería haber tenido un final feliz —dijo de repente, bajándose de un salto del escritorio para ir a la cocina que estaba en la trastienda.
Flick oyó el agua del grifo mientras llenaba la tetera. En mitad de una crisis o en una situación en la que corriera el riesgo de mostrar alguna emoción, hacía té. Era una reacción instintiva para Jonathan.
Tristyan suspiró y miró a Flick con serenidad.
—¿Estás enfadada conmigo, Felicity? Por lo que ocurrió con tu padre. Te prometo que yo no tenía ni idea de la aversión de Nicolas hacia las personas de otros mundos, de que extendería su... xenofobia a nuestro hijo.
—Es Flick —lo corrigió. Solo permitía a Jonathan que la llamara Felicity. ¿Que si estaba enfadada con Tristyan? Al principio sí, pero ahora que conocía más sobre él...—. No lo sé —dijo por fin—. No fue culpa tuya. No sabías que iba a abandonarlo, pensaste que tendría una vida mejor. Y si no hubiera ocurrido lo que ocurrió, yo no estaría aquí. —Tragó saliva, nerviosa por lo que estaba a punto de proponerle—. Podrías verlo si quisieras. A mi padre, Isaac.
Tristyan se puso blanco.
—No puedo —contestó él atragantándose—. Yo... de verdad que no puedo. Y, además, no tenemos tiempo.
«Está asustado», pensó Flick. Claro que su padre tampoco quería conocer a su familia biológica, siempre lo había dicho.
—Si los serenos están viajando otra vez, es porque han salido de caza —continuó el hombre recuperando su atención—. Y si han salido de caza, es crucial que nosotros la encontremos antes.
—¿Qué es lo que tenemos que encontrar? —preguntó Flick.
Tristyan la miró fijamente y en su cara había miedo.
—La maleta que contiene el fin del multiverso —contestó él.
Flick solía quedarse mirando la pared recubierta de maletas de la agencia de viajes y las que estaban apiladas en el suelo por toda la sala preguntándose cómo sería el mundo que se escondía en el interior de cada una. Aunque había entrado en muchas de ellas, había más de setecientas en total, lo que quería decir que aún le quedaba mucho por explorar. Soñaba con las alegrías y los horrores que podrían estar aguardándola, pero nunca se le había pasado por la cabeza que pudiera ser algo tan espantoso y aterrador como el fin de todo.
—Elara Mercator sabía que los serenos constituían la mayor amenaza para el multiverso —dijo Tristyan—. Tras escapar de ellos, hizo cuanto pudo por impedir que su influencia siguiera aumentando. Se llevó todas las maletas para que no pudieran usarlas para viajar entre los mundos. Y también hizo otros planes. Estando aún con los serenos, oímos que Elara había conseguido encerrar un cisma que supondría el fin de todo si se liberaba.
—¿Y por qué haría algo así? —preguntó Flick—. ¿Y por qué no lo guardó aquí?
—Por lo peligroso que es lo que contiene —dijo Tristyan—. Esa maleta se creó por si se daba el caso de que el sufrimiento del multiverso fuera tan intenso que no quedara más remedio que utilizarla —respondió Tristyan—. Y sospecho, además, que también como un seguro de vida. El rumor de su existencia impidió que los serenos fueran tras ella durante muchos años, porque existía la posibilidad de que Elara lo liberase si la perseguían.
Jonathan asentía para sí.
—Hay varias páginas en el Estudio de Particulares que hacen referencia a algo así. Aunque nunca se nombra, como tampoco se menciona dónde podría estar. —Sacó su ejemplar del libro de la librería y lo hojeó hasta dar con la sección y leyó—: «... muchas de las maletas son duplicados, en especial las de la Ciudad de las Cinco Luces. También hay maletas que contienen cismas a través de los cuales se desaconsejaría viajar. Es el caso del Páramo de la Oscuridad, el Vacío Inexorable y una maleta que se dice que contiene un gran poder, que solo debe liberarse en caso de que el multiverso se encuentre en un estado de deterioro tal que el poseedor de la maleta no tenga más remedio que abrirla y». Eso es todo —añadió pasando la página con cara de confusión—. La página siguiente ha desaparecido. Parece que la hubieran arrancado. ¿Y ahora cómo vamos a encontrar esta aterradora maleta? —preguntó molesto cerrando el libro de golpe.
Flick ni sugirió que echasen un vistazo a la copia que ella tenía del Estudio. Se lo sabía de pe a pa.
—¿Podría ser aquí? —preguntó Flick mirando la pared de maletas que ocupaba todo un lateral del edificio.
—No me parece el tipo de cosa que dejas por ahí —dijo Jonathan negando con la cabeza—. Y, además, todas estas sé a dónde llevan. No, yo creo que la pondrías en un sitio al que nadie tuviera acceso...
Dejó la frase en el aire, pensativo.
Pero Flick fue más rápida.
—La Casa del Horizonte. Nadie puede llegar allí. Puedes llegar al desierto, pero no hasta la casa en sí. Sería el lugar perfecto para guardar algo que no quieres que se encuentre fácilmente.
Jonathan chasqueó los dedos.
—Sí, eso es. Tenemos que agradecer a Avery la información.
Avery Eldritch era la prima de Jonathan, que los había acompañado en su última aventura. La sola mención de su nombre hizo que Flick sintiera como si tuviera una bandada de mariposas revoloteando alrededor de su corazón.
Jonathan se acarició la barbilla mientras pensaba.
—Tiene que haber alguna manera de llegar. La maleta que tenemos, la que nos dio la capitana Nyfe, solo llega hasta el desierto circundante, pero a lo mejor existe alguna otra maleta, una maleta secreta, oculta en alguna parte, que pueda llevarnos hasta la casa. Y puede que la maleta de la Devastación esté allí...
Tristyan había estado observándolos sin intervenir, algo que a Flick le pareció bastante inusual en un adulto. Estaba sentado en el sillón, con la barbilla apoyada en una mano, escuchando. Las palabras de Jonathan hicieron que Flick se diera cuenta de algo.
—Tristyan, ¿por qué querrían los serenos una maleta que acabe con el multiverso? ¿Y por qué ahora? —le preguntó.
—Le tuvieron mucho miedo durante años —explicó él—. Contiene una energía inmensa. Piensa en ella como si fuera una explosión a punto de suceder. Pero llegó un día en que los serenos se dieron cuenta de que esa energía no les vendría mal si querían ser más fuertes. Podrían manejarla para su propio beneficio. Y esa clase de poder en manos de los serenos... —Se estremeció.
—¿Es posible que los serenos secuestraran a mi padre para intentar hacerse con la maleta? —preguntó Jonathan palideciendo de repente.
—Muy posible —dijo Tristyan—. Si lo tienen, la cosa es todavía más grave. Bajo presión, podría conducirlos a Extramundos o a cualquier otro puesto avanzado de la Sociedad. Si los serenos consiguieran acceder a los cismas contenidos en todas estas maletas... —negó con la cabeza—, ya podéis ir despidiéndoos del multiverso.
Se produjo un incómodo silencio.
Flick tragó saliva.
—El mundo del faro... hasta que llevamos allí a los piratas de El Roto, estaba completamente vacío. ¿Creéis que es posible que los serenos lo hayan convertido en su siguiente objetivo?, ¿que hayan empezado a extraer su magia?
—Tendría sentido —contestó Tristyan—. Y por mucho que todas las señales apunten a que Clara, mi hija, estuvo ahí, teniendo en cuenta las fotografías que encontraste de nuestra familia, elijo creer que está sana y salva. No puedo pensar otra cosa, no hay espacio en mi corazón para otra pérdida.
Bajó la vista al suelo.
Flick daba vueltas frenéticamente a todo lo que sabían.
—Si los serenos se han lanzado ya a buscar la maleta de la Devastación, es posible que encuentren otras maletas de Extramundos desperdigadas por el multiverso... ¡y podrían conducirlos hasta aquí! Tenemos que impedirlo.
Jonathan hizo crujir los nudillos.
—Lo que significa que hay que encontrar todas las maletas que están ahora mismo repartidas por el multiverso y traerlas antes de que los serenos las encuentren. En particular la maleta de la Devastación.
Tristyan parecía pensativo.
—¿Y qué vais a hacer con esa maleta tan peligrosa? ¿Esconderla aún más?
—¿Crees que podría destruirse? —preguntó Flick tras considerarlo un momento.
—¿Has roto una maleta alguna vez?
—Sí —respondió ella asintiendo—. Una vez en Cinco Luces y otra aquí, por accidente.
Tristyan la miró con admiración.
—Entonces merece la pena intentarlo, ¿no crees?
Jonathan empezó a caminar de un lado para otro, como hacía siempre cuando estaba nervioso.
—Es una tarea considerable —dijo balanceándose sobre las puntas de los pies—. Monumental. Tendremos que ir a todos los puestos avanzados de todos los mundos y traer todas las maletas de vuelta a la agencia.
Flick se levantó. Ella tampoco podía estar sentada, sentía un burbujeo imparable y la ansiedad de Jonathan era contagiosa.
—No todas las maletas están en un puesto avanzado. Está la que le dejamos a Nyfe y Burnish, hay maletas esparcidas por todo el multiverso para casos de emergencia...
—Tenéis mapas, ¿no? —preguntó Tristyan—. ¿Mapas que muestran donde están?
—Siempre y cuando no se hayan movido —contestó Jonathan y miró a Flick—. Creo que tendríamos que pedir ayuda a Avery. Y a los demás miembros de la Sociedad. No podemos hacer esto solos.
Flick asintió y luego frunció el ceño y se volvió hacia Tristyan.
—Espera. Si traemos aquí todas las maletas, ¿qué pasará con el padre de Jonathan? ¿Y si Daniel está intentando regresar a casa y lo dejamos sin manera de hacerlo?
—No creo que tengamos otra opción —dijo el hombre con amabilidad.
Jonathan tenía la mueca de crispación que ponía cuando intentaba disimular que estaba disgustado y asintió bruscamente.
—Proteger las maletas y los cismas es lo más importante ahora mismo. Tenemos que asegurarnos de que los serenos no den con la manera de volver aquí. Y tenemos que encontrar la maleta de la Devastación antes que ellos.
Flick asintió tratando de que no se dieran cuenta del miedo que le producía pensar que los serenos, esos monstruos devoradores de mundos, entraran en el lugar que más amaba del multiverso.
—Creo que deberíamos ir a Cinco Luces lo primero. Darilyn y Greysen Quickspark nos ayudaron. Tendríamos que contarles lo que podría suceder. Nicc de Vyce y los otros ladrones también merecen que los avisemos.
—Tienes razón —dijo Jonathan—. Será nuestra primera parada. Voy a buscar la maleta y podemos salir de inmediato.
Cuando salieron de la maleta rosa y dorada en la Ciudad de las Cinco Luces, los tres se quedaron atónitos.
El caos reinaba en la ciudad, parecía que acababa de pasar por allí un violento tornado. Las tiendas y los puestos estaban destrozados. Las puertas y las ventanas estaban hechas pedazos, los carros de los vendedores ambulantes, tirados por el suelo de adoquines rosas convertidos en astillas. La fuente de la plaza en la que habían salido Flick, Jonathan y Tristyan estaba seca. Las figuras de peces que la rodeaban estaban resquebrajadas y la pileta de la que normalmente brotaba agua estaba rota y recubierta de una capa de suciedad y algas de color marrón verdoso.
Un hombre recogía a toda prisa una sábana extendida en el suelo llena de baratijas, y no dejaba de mirar a Flick con cara de terror. Esta se preguntaba si sería porque los había visto salir de la maleta. Aunque eso nunca les había preocupado a los habitantes de Cinco Luces. Estaban acostumbrados a cosas extrañas e inusuales.
Pero estaba claro que todo había cambiado.
