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Emma Bennett es una talentosa artista, pero su vida no va muy bien. Es sarcástica, un poco torpe, tiene un humor divertidamente oscuro y, después de que un patán le rompiera el corazón, está convencida de que jamás volverá a ser feliz. Un día se ve a sí misma en medio de un robo a mano armada donde, por error, le salva la vida a un desconocido. Él la persigue por toda la ciudad pidiéndole retribuir el favor como sea, pero ella se escapa. Tras encontrarse nuevamente, él le cuenta que odia las deudas y que ahora ha adquirido una muy grande con ella: le debe su vida. Así es como, con el fin de saldar las cuentas pendientes, promete enseñarle cómo recuperar su felicidad y ella acepta con una única condición: nada de romance de por medio.
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Seitenzahl: 1218
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Publicado por:
www.novacasaeditorial.com
© 2023, Sophia Ramos
© 2023, Nova Casa Editorial
Editor
Joan Adell i Lavé
Coordinación
Edith Gallego Mainar | M&C
Cubierta e ilustraciones
Mireya Murillo Menéndez (@Wristofink)
Maquetación
Mireia de No Honrubia
Corrección
Naiara Philpotts
Impresión
Masquelibros S.L.
Primera edición: junio de 2023
ISBN: 978-84-1127-444-9
DL: B 22142-2022
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 917021970/932720447).
Sophia Ramos
Dedicatoria
1. Una deuda inesperada
2. Nuevos comienzos
3. Universos rotos
4. Montaña rusa de emociones
5. ¿Tenemos un trato?
6. La teoría de las sorpresas
7. 51 % de química
8. Cayendo lentamente
9. Eres tú, pero mejorada
10. Solo sé tu misma
11. Punto de ebullición
12. La zona del amigo
13. Atardecer de esperanza
14. Es una larga pero valerosa historia
15. Punto de retorno
16. Conversación de adultos
17. Es solo integración
18. ¿Y ahora qué?
19. No eres tú si no te quieres
20. Únete a mi equipo
21. Fiesta (no tan) sorpresa
22. Una nueva aliada
23. Rendirse no es una opción
24. Confesiones en voz alta
25. Mi corazón, mi decisión
26. ¿Dónde estamos?
27. Debes disfrutar los sentimientos
28. Corazones de acero
29. Una estrella, un deseo
30. Cerezos comprometedores
31. El arte de las pasiones
32. Necesito dejarte ir
33. Mi mundo contigo en él
34. Veintiuna mentiras
35. Responsabilidades
36. La amarga venganza
37. Corazones rotos
38. Fragmentos
39. Hemisferio central
40. ¿Final feliz?
Epílogo
Las 10 reglas de felicidad de Matt
Agradecimientos
Para mis lectores de Wattpad, quienes me enseñaron a soñar.
1
Una deuda inesperada
«Hoy será un mejor día», tuve el valor de decirme por primera vez en mucho tiempo durante una tarde de otoño en la que caminaba por las concurridas calles de Los Ángeles.
Me sorprendí a mí misma también sonriendo al recordar por qué estaba en Los Ángeles: me atreví a soñar. Sí, señor, cuatro años atrás, mientras pintaba en óleo la famosa Aguja Espacial de Seattle, mi madre se sentó a mi lado y con esa voz de psicóloga que convence a todo el mundo que está cuerdo, me dijo:
—Hija mía, tienes talento. Eres una artista talentosa que debe salir a la luz y comerse al mundo entero con ferocidad.
Obviamente, no logré comérmelo de inmediato. Porque no, no todo es tan sencillo como pulsar un botón rojo y que se realicen tus sueños. Y menos a los diecinueve años. Pero lo más importante es que ese día mamá logró convencerme de que lo mío era el arte y que con mucho esfuerzo y sacrificio, podría vivir de ello.
Así que, a partir de ahí, decidí que había llegado el momento de luchar por mis sueños, sin importar que el resto de la gente dijera que me comería un cable si estudiaba artes plásticas. Oh, sí… me lo dijeron mucho.
Todo empezó con un inocente programa de intercambio. Hubo mucho papeleo, entrevistas con gente desalmada, un par de movidas de influencias por parte de mamá —que se conoce a una buena partida de locos en Seattle— y unos «pocos» ruegos de mi parte hacia varias instituciones educativas. ¿A quién engaño? ¡Les rogué tanto!
Dos meses más tarde, luego de graduarme de preparatoria, ya estaba transitando enorgullecida por los pasillos del Instituto de Artes de California (CalArts). Pasaron muy rápido los cuatro años de la carrera de artes plásticas y, sin darme cuenta, ya tenía mi diploma de CalArts en mis manos. Y claro, mis padres viajaron a la ceremonia de graduación donde lloraron, hablaron con un montón de desconocidos sobre lo orgullosos que estaban de mí, me regalaron un ramo enorme de flores que casi no podía cargar y todas esas cosas vergonzosas que hacen los padres durante tu graduación.
Entonces nació un problema: ya no me veía de regreso en Seattle. Amaba Los Ángeles. Me encantaba la dimensión de la ciudad, la cultura, la independencia que me daba y la inspiración que respiraba en cada esquina. Así que luego de una larga charla con mis padres en la que me motivaron con frases como: «¿Te volviste loca?». «No sabes en lo que te estás metiendo». «Te vas a llenar de deudas a tan temprana edad». «Vivir sin tus padres te podría traer un embarazo no deseado, ¿me oyes, Emma? UN EMBARAZO NO DESEADO» y otras muchas más que me reservaré, me mudé permanentemente a Los Ángeles.
No hubo mayor problema durante la mudanza. Tenía a Isabella, la dueña del apartamento en el que me habían transferido durante el intercambio, y quien se convirtió en mi mejor amiga a los pocos días de haberme establecido en su pequeño espacio de 70 m2. Y ya que hablamos de Isabella, les quiero contar algo de ella: es admirable, hermosa, fuerte, inteligente, independiente y muy impredecible. Tan impredecible que el mismo día que le di la noticia de que me mudaría permanentemente con ella, salió con una todavía más impactante que la mía:
—Me voy a casar.
Parpadeé a mil por hora.
—¿Te vas a qué?
—Me voy a casar. No te lo había podido decir porque estabas muy ocupada con tus exámenes finales y tu graduación y todo eso y, sinceramente, me pareció raro que no me hubieses visto el anillo si lo tengo desde hace meses, pero…
No, la verdad es que ni siquiera me había percatado de que tuviese un anillo. Y eso que era enorme. Tanto que, cuando finalmente lo vi, me pregunté cómo rayos su diminuto dedo podía cargar algo así.
—Me voy a casar con Joseph. Ah, y me mudo a su casa el próximo mes. Hay mucho que preparar para la boda, que será en tres meses, así que concordamos en que lo mejor será que me mude con él para poder encargarme de todo.
No sabía ni qué era más increíble: en cuánto tiempo se iban a casar o con quién se iba a casar. Joseph Sinclair era el multimillonario más cotizado de Los Ángeles. Un galán de treinta y muchos años, dueño de una cadena hotelera que lleva por nombre su apellido (para variar), exitoso en la vida, ridículo imán de mujeres, etcétera, etcétera.
Sabía que habían salido durante casi dos años y que ocasionalmente me lo topaba semidesnudo en las mañanas en nuestra cocina por lo que (Dios y mis padres me perdonen) lo había lujuriado un par de veces, pero no pensé que la cosa fuera tan seria.
—Isabella, ¿te das cuenta de lo que estás diciendo?
Isabella se acomodó en el sofá para apretarme las manos.
—Es el amor de mi vida, Emma. —Su mirada era del más sincero enamoramiento, de ese que te dan ganas como de vomitar—. Y no tienes por qué quedarte aquí sola, si quieres, puedes…
Sus ojos brillaron mucho. Mucho más de lo que brillaba su sofisticado anillo de compromiso. Oh, no, venía una de sus irracionales ideas.
—¿No te gustaría venir conmigo?
—¿Mudarme contigo y tu novio? ¿Te volviste loca?
—¡No! Es una tremenda idea, tiene una casa enorme. —Sonrió ampliamente y se levantó del sofá dejándome boquiabierta—. Llamaré a Joseph, le encantará la idea. Empieza a arreglar tus cosas.
Estará de más decir que no tuve ni voz ni voto en esa decisión. A los pocos minutos, Isabella regresó todavía más sonriente anunciando que Joseph ya hasta había decidido cuál sería mi habitación y que podía pintarla a mi gusto porque sabía que yo era una artista y no sé qué.
Tras un largo suspiro en el que no me quedó de otra que aceptar la propuesta, hice dos cosas: la primera fue pensar que Isabella era una supersuertuda por haberse conseguido tal galán, pero que yo lo era más porque me había logrado ir a vivir a una casa de multimillonario sin mover un dedo. Y la segunda cosa que hice fue intentar sonreír con todas mis fuerzas, pretendiendo que su felicidad era compartida. Tristemente lo que sentí, en realidad, fue un poco de envidia.
Mientras que Isabella y Joseph disfrutaban de su amor de terrible película romántica, yo todavía seguía llorando noche tras noche por un patán que dejé (o más bien él me dejó a mí) en Seattle hace cuatro años, antes de venir a esta hermosa ciudad. Uno que afirmó que me llamaría todos los días luego de mi partida y que las cosas seguirían iguales, pero mintió despiadadamente. Jugó de tal forma con mis sentimientos que, cuando llegué a Los Ángeles, intenté contactarlo y nunca me respondió. Fue así como terminó nuestra relación de dos años con seis meses y tres días; y ni siquiera tuvo el valor para decírmelo. Tuve que suponerlo al tratar de contactarlo sin éxito durante meses.
Cuando caí en la cuenta de que verdaderamente se había terminado todo, empecé a experimentar el amargo sabor de la primera ruptura amorosa. Esa que dicen que es la más dolorosa de todas y lo confirmé en carne propia. Cada vez que lo rememoraba, mi pecho llegaba a estrujarse tan hostilmente que era difícil respirar. Nunca en mi vida había sentido lo que era tener que llorar por necesidad, como ahora lo hacía. No solo eso, absolutamente todo me recordaba a él, lo que convertía el asunto en un trauma imposible de superar.
Sin embargo, tras varias sesiones terapéuticas con Isabella (en realidad, me golpeaba cada vez que me veía llorando), pude aspirar a algo muy parecido a la estabilidad emocio…
¡BAAAAAAAAAAAAM!
Un letrero inesperado me sacó de mis recuerdos. No porque me detuviera a leerlo o algo, sino porque me estrellé contra él por andar con la mente en otro lado.
—¡Estoy bien! Estoy… —exclamé cuando noté que tenía una pareja enfrente de mí estallados de la risa—. Bien…
Con mis mejillas y frente ardiendo, me puse de pie para leer lo que decía el letrero: «Ferretería Los Ángeles». Qué conveniente. Justo Isabella me había enviado un mensaje pidiendo que le comprara cinta adhesiva para sellar nuestras cajas de mudanza. ¿Sería el destino?
Mmmm… El golpe con el letrero me mantuvo dudosa.
Entré. Esquivé como ninja algunas cajas en el suelo que impedían el paso y fui directo a la sección de útiles escolares que, por cierto, consistía en unas diminutas repisas de madera al lado del mostrador principal. Frente a este último estaba parado un hombre que regañaba a una chica rubia, la que parecía la cajera. Solo logré escuchar algo como: «Necesito ese estado de cuentas para hoy. No quiero deberle ni un centavo a nadie».
—Vaya héroe —susurré con sarcasmo.
—¿Te ayudo en algo? —retumbó de pronto una voz gruesa a mis espaldas.
Salté en mi lugar. Y girándome rápidamente sobre mis pies, me encontré con el mismo joven regañón. Era más alto que yo, tanto que tuve que inclinar la cabeza hacia arriba para observarlo. Sus ojos, azules intensos como el más puro océano, se conectaron enseguida con mis aburridos ojos café. No sé por qué, pero, por un instante, me parecieron unos ojos conocidos.
—Necesito, eh… —tragué, nerviosa—. Cinta adhesiva… como cinco rollos.
Sonrió ampliamente. Santo cielo, tenía una sonrisa como de príncipe de Disney. Bastó con que estirara el brazo hacia arriba en dirección a la repisa que encabezaba el mueble y que regresara a su posición original para entregarme las cintas adhesivas que pedí.
—Cinco rollos de cinta adhesiva para la señorita.
Desvié la mirada por un segundo para notar que la rubia de la caja nos observaba un tanto cabreada. Apenas se percató de que la miraba, me negó con la cabeza como si intentara decirme algo.
—¿Qué harás con tanta cinta adhesiva? —inquirió el joven.
Oh… El sinvergüenza quería iniciar una conversación conmigo. Y yo, a mis veintitrés años, era tan hormonal que inconscientemente lo examiné de arriba abajo: cabello castaño oscuro (más largo de lo que está permitido para mí en un hombre), piel clara ligeramente bronceada como si hubiese ido a la playa (no me gusta la playa), pecho fortachón, como si le gustara ejercitarse (odio a la gente que se ejercita) y vestía camisa y vaqueros (sin comentarios sobre esto). En otras palabras, para nada atractivo, así que lo descarté.
—Gracias por la ayuda —dije sin más pasándole de largo.
Terminé en el mostrador principal donde la rubia de antes me esperaba con los labios apretados. Yo no era la mejor leyendo expresiones, pero estaba segura de que se estaba aguantando una risotada.
—Buen trabajo… —comentó ella mientras empacaba mis cintas adhesivas.
Estaba por preguntarle qué quiso decir cuando sentí una mirada clavada en mí. Creí que ya me estaba afectando la cabeza por el golpe con el letrero, pero me liberé de la posibilidad de un derrame cerebral cuando la misma voz masculina de antes dijo a mi lado:
—Ya sé para qué son las cintas adhesivas.
ALERTA DE ACOSADOR.
Ahora sí quería mandarlo a volar, pero decidí mejor buscar la serenidad dentro de mí para no hacerlo. No estaba de humor para discutir con nadie y mucho menos con un tipo random como él a quien, seguramente, no volvería a ver nunca más.
—Ajá… —contesté sin registrarlo.
—A ver… —Su espalda se recostó sobre el mostrador y se cruzó de brazos—. Haciendo un breve análisis de ti, por la forma tan curiosa en la que vistes…
Traducción: Por los arapos tan raros que traes puestos.
—Por el cabello con el color divertido que parece rojo…
Por el cabello con el tinte rojo que te atreviste a ponerte tú misma…
—Y el ego tan pronunciado que despides…
Me ardió que me ignoraras porque las chicas no suelen ignorarme.
—Deduzco que podrías ser alguien que le gusta hacer manualidades y harás algo muy curioso con todas esas cintas adhesivas.
Pretendí emocionarme.
—¡Vaya! ¿Cómo lo supiste?
—¿Es eso? —él sí se emocionó.
Ni siquiera dudé de mi respuesta:
—No.
La rubia de enfrente soltó una risita, pero se dispuso a toser como tratando de ocultar su error. El chico, por otra parte, se llevó una mano a la quijada.
—Entonces es otra cosa. —Definitivamente no se rendiría tan pronto.
Puse los ojos en blanco. ¿Qué pasa con los hombres hoy en día? ¿No entienden cuando una mujer los está ignorando? ¿Cómo más debía hacerle saber las pocas ganas que tenía de hablarle?
—¡Ah, ya sé! Te mudarás.
Fingí sonreír. Mi sutil sarcasmo respondió por mí:
—Bravo, Einstein, descifraste el misterio que el universo entero ignora.
Entonces la rubia no aguantó más. Soltó la risotada del siglo. Fue tan honesta que hasta a mí me dieron ganas de reír. No obstante, por el «pronunciado ego que despido», no lo hice.
—¿Y por qué te mudas? ¿Encontraste un mejor lugar para vivir?
Increíblemente su perseverancia me hizo ceder un poco:
—Algo así.
—¿Algo así?
—Sí, no necesitas tanta información.
—¿Cuándo te mudas?
—Mañana.
—¿Por aquí cerca?
¿Y este quién se creía que era para hurgar así en mi vida? Haber cedido un poco no le daba derecho a insistir de esa manera. Fue lo último que necesitaba para confirmar que, en realidad, no tenía por qué ser amable.
—¿Por qué sigues hablándome? —rugí.
Sonrió avergonzado. Por su rostro de arrepentimiento, estaba segura de que sus labios pronunciarían un «lo siento», pero un ruido lo detuvo. Un ensordecedor sonido que pareció un disparo.
—¿Qué fue…?
No pude terminar mi oración. La puerta del lugar se abrió de par en par, estrellándose cada una contra la pared. Dos hombres vestidos de negro con calcetines rotos cubriendo sus rostros se adentraron a toda velocidad. Uno de ellos, el más bajito de los dos, traía una pistola con la cual nos apuntó.
—¡AAAAAAAAAAHHHHHHH! —La rubia del mostrador fue la primera en chillar.
Despavorida, di dos pasos hacia atrás. Quise convencerme a mí misma que se trataba de una cámara escondida o algo, pero cuando el ladrón detonó el revólver hacia el techo, supe que no se trataba de una broma. ¡Oh, Dios mío! ¡Estaban a punto de robarnos!
—¡TODOS AL SUELO! —gritó el ladrón bajito.
La rubia, que ya tenía mis cintas adhesivas listas para entregármelas (vaya suertuda yo), gritó por segunda vez y se tiró al suelo detrás del mostrador. Mi acosador alzó ambos brazos y yo opté por hacer lo mismo.
—¡¿No me escucharon?! ¡AL SUELO, DIJE! —vociferó el ladrón bajito.
El acosador y yo intercambiamos miradas asustadas, pero nos desplomamos enseguida al suelo sabiendo que era mejor no seguir jugando con nuestra suerte.
«Buen trabajo, inepta. Sales por diez minutos y ya eres parte de un robo a mano armada», resonó la voz de mi oscuro subconsciente en mi cabeza.
Entonces, el ladrón bajito me apuntó. Bajé la cabeza. Era el fin, iba a morir. Veintitrés años tirados a la basura en una diminuta ferretería de Los Ángeles. ¿Por qué rayos me mudé acá? ¿Para estudiar artes plásticas? ¡Eso ni siquiera es una carrera! ¡Maldición, no quería morir!
—¡Tú! ¡Pelirroja de farmacia! —exclamó el ladrón bajito. Me señalaba muy confiado con su revólver y yo no pude evitar preguntarme cómo demonios supo que este no era mi color real de cabello. ¿Me había puesto tan mal el tinte?—. ¡Busca la caja registradora y saca todo el dinero!
—Pero dijiste que nos quedáramos en el suelo —me atreví idiotamente a llevarle la contraria.
—¡Busca la caja y saca todo el dinero, te dije!
Con mi cuerpo entero temblando, me levanté y eché un vistazo al joven acosador. Le rogué con mis ojos que hiciera algo, pero no reparó en mí. En cambio, permaneció silenciado en el suelo.
Caminé hacia la caja registradora. Los ojos de los ladrones nunca me abandonaron mientras lo hice. Eso me hizo saber cuán profesionales eran en el asunto, aunque debo decir: los calcetines forrándoles el rostro seguían manteniéndome dudosa.
Entretanto, depositaba el dinero en una bolsa de plástico, algo vibró en mis pies. Era la rubia quien se retorcía del miedo en una esquina del mostrador. Rezaba algo con vehemencia.
—¡Saca todo el dinero ya y entrégamelo! —me gritó otra vez el ladrón bajito.
Enormemente cabreada, me giré hacia él.
—¡Ya te escuché! ¡No soy sorda, ya voy!
El ladrón arrugó el rostro. Claramente no le gustó mi respuesta.
—Ah, con que esas nos traemos… —me dijo y dirigió el revólver hacia mi acosador, que se mantenía cabizbajo—. Tráeme el dinero ya o él muere.
No sabía qué hacer, en verdad no me importaba que muriera, ni siquiera lo conocía. «Basta, Emma, eso es muy cruel de tu parte».
—¡No, no! Ya te lo llevo, lo siento.
Terminé de tirar el dinero en la bolsa y caminé despacio hacia los ladrones. En medio de eso, unas sirenas sonaron a lo lejos. Unas sirenas de esperanza. Unas sirenas que parecían… ¡La Policía! ¡Todavía podíamos salvarnos!
—¡RÁPIDO! —El ladrón bajito disparó otra vez al techo.
No sé si su plan era matarnos, pero en caso de que lo fuera, no lo iba a lograr si seguía desperdiciando las balas tan torpemente.
—¡AAAAHHHH! —gritó la rubia por detrás del mostrador.
—¡Cállate! —no pude evitar decirle. Es que me estaba poniendo más nerviosa de lo que ya estaba.
Corrí hasta los enmascarados y les entregué la bolsa con el dinero. Si eso nos iba a salvar a todos, no iba a seguir resistiéndome.
El delincuente vio el interior de la bolsa para cerciorarse que el dinero estuviese ahí, soltó una risita de victoria y yo no pude evitar bufar. Pero qué tarado, él de verdad nos mataría por, ¿qué? ¿Quinientos míseros dólares? ¿Por qué no tenía dignidad y se iba a robar un banco o algo así?
Sinceramente, creí que la cosa ya había terminado porque los delincuentes se dirigían a la puerta (no, la Policía aún no llegaba y no entendía por qué tardaban tanto) cuando, de pronto, el joven detrás de mí empezó a moverse.
—¿Qué… qué haces? —le susurré cuando se puso de pie.
Se llevó un dedo a su boca como indicándome que hiciera silencio y corrió desmesuradamente hacia los delincuentes. ¡DIOS, NO! ¿Qué hacía este otro tarado?
Entonces pateó la espalda del delincuente bajito y este se estrelló contra la pared dejando caer la pistola. El joven la recogió con una mano y lo apuntó.
—Entrégame el dinero —le dijo, creyéndose el héroe de la tarde.
Yo pensé que era de lo más tonto y me aseguré de hacérselo saber.
—¡¿Eres idiota o qué?! ¡Déjalos que escapen!
Lo que ninguno se esperaba es que el delincuente número dos traía una pistola también. Y que estaba apuntando al joven de ojos azules oceánicos desde hace más de un minuto.
La realidad es que nunca sabes cuándo la vida te cambiará. No espera hasta que pase tu cumpleaños (o quizás sí), no pregunta si estás listo para lo que está a punto de arrebatarte, ni tampoco le importa si eres fuerte o no. Simplemente en un día cualquiera, como un viernes de otoño, decide llevarse algo preciado en tu pequeño universo o el de cualquier persona.
El enmascarado número dos disparó. Sin repulsión, miedo a las consecuencias o a su propia conciencia, disparó sin más. Pude ver todo en cámara lenta: la bala, atendiendo la orden de su portador, salió dispuesta a enterrarse en el estómago del joven y acabar con su vida. Tal vez fue un milagro, una clase de premonición que me permitió ver lo que estaba por suceder, pero en menos de una milésima de segundo me di cuenta de que todavía tenía la caja registradora de metal en mis manos.
Y porque soy muy estúpida (o quizás quería ser la verdadera heroína ese día), me tiré sin pensarlo dos veces en medio del joven y el ladrón, con la caja de metal en mis manos, pensando que quizá eso podía evitar que se cometiera un homicidio.
Todo se tornó blanco. Caí al suelo sobre uno de mis brazos, pero casi ni sentí el impacto por la adrenalina. Seguro dolería luego.
«Es todo, no pude salvarlo».
—¡Ah, maldita sea, ah!
Abrí los ojos lentamente para encontrarme con que el suelo estaba manchado de sangre, pero no parecía que fuera de mi acosador porque él seguía de pie, sin rastros de heridas, completamente estático ante lo que había sucedido; en una esquina del suelo estaba el enmascarado número dos retorciéndose del dolor. ¡La bala le había dado a él en la pierna! ¡Había logrado mi cometido!
—¡Nadie se mueva! —otra voz retumbó en el lugar.
Dos policías se asomaron en la puerta, con pistolas en mano apuntando a los criminales. ¿En serio? Dudaba que los criminales se pudieran levantar después de la paliza que les habíamos dado.
Fue entonces cuando reaccioné y caí en la cuenta de que no sabía qué mierda estaba pasando. ¿Acaso acababa de salvar la vida de un total desconocido usando una caja registradora? ¡No podía ser!
Despavorida, corrí hasta el mostrador donde estaba la bolsa con mis cintas adhesivas, las agarré y salí corriendo de ahí sin importarme nada más. Para aquel entonces, mis ojos ya se habían humedecido del trauma que cargaba encima. Quería llorar con todas mis fuerzas, pero pensé que debía huir primero. Sin embargo, en medio de mi corrida dramática por la calle, sentí que alguien me agarró del brazo.
—¡POR FAVOR, NO ME MATES! ¡QUIERO ABRAZAR A MI MAMÁ UNA ÚLTIMA VEZ! —chillé.
—¿Matarte? —me dijo una voz conocida—. ¿Cómo se te ocurre que te voy a matar?
Era el acosador de la ferretería, quien hizo que me volteara para estar frente a él. Y con una fuerza indescriptible, me trajo hacia sí sin siquiera consultarme si me sentía cómoda con ello.
Nuestros ojos se conectaron por segunda vez en la vida. Esta vez no percibí la misma mirada burlona con la que hurgaba en mi vida en la ferretería, sino que transmitía la más profunda preocupación.
—¡¿Tú de nuevo?! —exclamé.
—¿Quién crees que eres para salvar mi vida de aquella manera y escapar así por así? —me dijo completamente serio, no parecía querer seguir payaseando—. ¡Ni siquiera pude agradecértelo!
Abrí mucho los ojos. ¿Por qué este mequetrefe seguía en mi vida?
—¡Entonces dame las gracias y quedamos a mano!
Me soltó. Tiró con una mano su cabello hacia atrás en señal de nervios para luego sostener su cabeza. Me quedé ahí, de pie, contemplándolo. Quería entender qué bicho le había picado.
—No, no, no, tú no entiendes. —Negó varias veces con la cabeza—. Acabas de salvar mi vida, no hay forma de que pueda agradecerte esto con simples palabras.
«Ay, no, qué raro es».
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó.
—¿Mi… nombre? ¡¿Piensas que te voy a dar mi nombre?! —bufé y me solté de su agarre para seguir caminando—. Estás demente, déjame en paz.
Me volvió a agarrar del brazo.
—Por favor, dime tu nombre.
Me solté, fastidiada, pero terminé por complacerlo:
—Emma. Soy Emma. Pero te juro que si me haces alguna brujería, yo también conozco algunos trucos sucios que te harán arrepen…
—Emma —me interrumpió—. Emma, tú… no tienes idea de lo que acabas de hacer.
Oh, no, quizás se había dado cuenta de que me llevé las cintas adhesivas sin pagar. Al fin y al cabo yo también era una criminal.
—Debiste dejarme morir, jamás podré pagarte esto. No es posible que te deba mi vida, ¿por qué no me dejaste morir?
Sonará cruel, pero en ese momento yo también me estaba preguntando lo mismo.
—Necesito pagarte esto. Por favor, permíteme hacerlo. Tal vez si dedico mi vida entera a servirte…
Llegué a sentirme hipnotizada al mirarlo y escucharlo. Sus palabras, tan hermosas como el océano que tenía en su iris, me hacían caer irremediablemente en su hechizo. Eso hasta que terminó su oración:
—¿Te casas conmigo? Solo así podré agradecerte el haber salvado mi vida.
El disco se rayó. Su imagen de príncipe se derrumbó frente a mí. Confirmado: Era un desquiciado que seguramente se había escapado del manicomio y se escondía en esa diminuta ferretería. Y esta humilde pintora, señoras y señores, no caería en su juego.
—¡¿Qué?! ¡Estás loco! ¡Ni siquiera nos conocemos! —Eché tres pasos hacia atrás—. Ay, no, amigo, ¿de qué manicomio te escapaste? ¿O qué te fumaste hoy? Yo no sé, pero no puedo más contigo.
Habiendo dejado claros mis sentimientos, me volteé para empezar a correr lo más rápido que pude. No sabía cómo rayos lo hacía, no sabía cómo siempre lograba ser la protagonista de las situaciones más incómodas del planeta, pero no quise inmutarme en averiguarlo en esta ocasión.
Esta vez, el acosador no me siguió. Sin embargo, en mi misión de escapar, escuchaba sus palabras con cada paso que daba:
—¡Emma!
Paso.
—¿Me… escuchas?
Dos pasos.
—Nos volveremos a…
Tres pasos.
—Encontrar y entonces…
Pero a partir de ahí nada más se escuchó.
Esa noche no pude dormir.
Primero porque, por la mudanza, Isabella había vendido cada uno de nuestros muebles, incluyendo mi cama, y tenía una semana durmiendo en el suelo, en posición fetal, porque no cabía en la colchoneta. Lo peor de todo es que solo había una colchoneta en el apartamento, por lo que debíamos dormir juntas.
—¿Qué mal hice a la humanidad para tener que dormir en el suelo?
—Emma, por Dios, duérmete ya. Tienes una semana con la misma cantaleta.
Segundo, claro, el desafortunado incidente de la tarde me martilleaba la cabeza sin intención de parar. Increíblemente mi trauma no era tanto porque dos ladrones casi me matan, o porque salvé la vida de un desconocido arriesgando tontamente mi propia vida. Es más, esas dos cosas las superé en cuestión de minutos luego de tomarme una píldora calmante y repetirme una y otra vez el discurso de superación que escribí en mi cabeza:
«Cálmate, Emma, estás a salvo. A salvo y con un logro desbloqueado: fuiste parte de un robo a mano armada protagonizado por unos ladrones que tenían su rostro forrado con calcetines rotos y salvaste la vida de un hombre desconocido que luego te persiguió como un demente por todo Los Ángeles pidiéndote que te casaras con él. Pero lo más importante… ¡Salvaste una vida humana! Una que te acosó…, pero ese no es el punto. ¡Dios te dará ochocientos seis escalones hacia el cielo! Eres la heroína, Emma, la heroína. LA HEROÍNA».
—La heroína, Emma… La heroína… —repetí el final del discurso en un susurro.
—¿Qué? —me preguntó Isabella desconcertada.
—¿Ah? —Reí, nerviosa—. No, no, nada.
Sí, el discurso había sido un éxito.
Y es que lo que, en realidad, me hacía sentir tan traumatizada era el joven de oceánicos ojos con sus irracionales palabras: «Debiste dejarme morir, ahora te debo mi vida». «No hay forma de que pueda pagarte esto». «Cásate conmigo».
¿Quién era? ¿Por qué cada vez que lo miraba sentía que lo conocía? ¿Y qué pasaba con esa obsesiva idea de que era obligatorio pagarme el haberlo salvado? ¿Fue un error haber huido sin antes averiguar su procedencia? ¡¿Quién era?! ¡¿Quién?!
—¡Emma Rosalie Bennett! —el tono regañón de Isabella me trajo de vuelta a la realidad—. ¿Se puede saber qué bicho te picó?
Estaba fuera de la colchoneta. Me salí de ella en mi desesperado intento por encontrar respuestas a unas interrogantes que seguro jamás podría resolver.
—Uno de ojos azules…
—¿Ah?
—¡Ninguno! No me picó nada.
Isabella suspiró. Acto seguido, se giró para darme la cara. Traía una expresión de desilusión, una que decía por todos lados:
—A mí no me engañas.
A menudo olvidaba que mi amiga era tres años mayor que yo, pero aún siendo tan joven, tenía un instinto maternal tremendamente sobreprotector. Claro que tenía la opción de echarle todo el cuento, pero la mataría de un infarto. No podía acabar con la vida de mi amiga, que pronto se casaría con el amor de su vida. No todo el mundo lo encuentra.
«Rápido, Emma, piensa en una excusa tonta, pero válida».
—Sí… es que… me bajó hoy.
«Excelente, hipertonta, pero funcional».
Isabella me la compró.
—¡Ah! Bueno eso le da más sentido a todo. —Su expresión, que era una replica idéntica a las expresiones de mi madre cuando está a punto de darme un regaño, se suavizó y transformó en una cálida sonrisa—. ¿Sabes en qué estaba pensando?
Y lo siguiente lo dijimos al mismo tiempo:
—En tu boda.
—¡En mi boda!
Era tan obvio, porque ese parecía ser nuestro único tema de conversación aquellos días. Se rio como una loca y empezó a hablar de lo emocionante que sería el día que, finalmente, llevara el apellido Sinclair.
Sus risas, ojos que resplandecían en medio de la lobreguez y palabras de loca enamorada consiguieron hacerme olvidar el incidente de la tarde. Estaba feliz por ella: mi amiga estaba profundamente enamorada y contenta porque al día siguiente se mudaba con su príncipe azul con el cual, por cierto, se casaba en dos meses.
—¿No estás emocionada, Emma? ¡Mañana nos mudamos con Joseph!
—¡Sí, yuju! —pretendí entusiasmo.
Mentira. No tenía ni una pizca de entusiasmo. Yo no me quería mudar. Amaba nuestro pequeño apartamento y todas las memorias que habíamos creado en él. Era el lugar que me permitió estudiar en Los Ángeles. Estaba segura de que una mansión de multimillonario no llenaría mi alma de la misma forma que lo hacía nuestra caja de fósforos.
—Vas a amar la casa de Joseph. —Isabella me abrazó—. Y al personal, y la vista al jardín, ¡y tu habitación! Te gustará vivir allá y te tendré cerca para seguir cuidándote.
«Supersuertuda-Isabella», no se me ocurría otra manera de llamarle. Pero una «supersuertuda-Isabella» que me quería hasta el punto de llevarme a vivir con ella en la casa de su futuro esposo. Más que mi mejor amiga, era la hermana que mis padres no me quisieron dar porque decían que conmigo y mi carácter era más que suficiente.
Mientras que Isabella seguía hablando de todas las bondades de la mansión Sinclair, mis párpados empezaron a pesar. Mi cuerpo no quería admitirlo, pero estaba exhausto de tantas emociones fuertes.
No me di cuenta del momento en que me desconecté del mundo. Solo supe que las palabras de Isabella se desvanecían rápidamente con el pasar de los segundos hasta que ya no hubo más que solo cuatro palabras en mi cabeza. Cuatro palabras que, en realidad, no pertenecían a Isabella:
«Debiste dejarme morir, Emma».
2
Nuevos comienzos
De todas las cosas que hago mal, madrugar encabeza la lista. Si solo el hecho de saber que me tengo que levantar temprano al día siguiente me pone de mal humor, el acto de despertarme viene acompañado de una nube negra encima de mí que escupe rayos. No solo eso, me transformo en una persona completamente distinta. Una Emma monstruosa, verde e insoportable, que no aguanta nada de nadie. Uf, Bruce Banner ni sabe.
Y bueno… digamos que hoy no fue diferente:
—O TE LEVANTAS YA O NO TE TOCA POSTRE EN LA CENA —me gritó una Isabella cabreada, agarrando la colchoneta desde la parte inferior y jalándola hacia sí misma, ya que fue imposible moverme a mí.
—NUNCA HAY POSTRE EN LA CENA.
—EMMA ROSALIE BENNETT, LEVÁNTATE YA O TE IRÁ PEOR.
¿Qué podía ser peor que no comer un postre que nunca comíamos? Nada, así que seguí durmiendo.
—Te lo advertí.
Hubo paz por unos cuantos segundos en los que logré dormirme profundamente otra vez. Eso hasta que sentí que algo húmedo y helado penetró mi ropa, piel y tejidos.
Agua.
—¡AAAAHHHHH! —chillé sentándome de golpe.
La risa malévola de Isabella acompañada de su huida presurosa me indicó que había usado la técnica más vieja y sucia para despertar a una persona: tirarle un balde de agua fría. Literalmente.
—¡HOY MUERES, ISABELLA!
Pero Isabella ya había cerrado la puerta de la habitación confirmando su partida.
—Querida —escuché su tono amable a lo lejos. Me hablaba desde el otro lado de la puerta—, Joseph sacó tiempo de su apretadísima agenda para mudarnos hoy a su casa. Está subiendo las escaleras ahora mismo, así que alístate rápido y sales porque nos tenemos que ir enseguida. ¿Sí? ¿Porfis?
No le respondí, pero no era necesario. Ella sabía que le haría caso.
Cual zombie, caminé hasta la ventana para abrirla. Los cálidos rayos de sol penetraron la habitación y, de pronto, sentí nostalgia. Sería la última vez que, en dicha habitación, haría un puchero para no despertarme. La última vez que Isabella me tiraría agua helada para levantarme. La última vez que abriría esa ventana para convencerme a mí misma de que realmente había amanecido. Que había un nuevo día esperando ser enfrentado.
Pero las últimas veces dan paso a experimentar primeras veces. Y aunque Isabella me decía una y otra vez que el motivo por el cual me llevaba a su futura residencia era que no quería que me quedara aquí sola, yo sabía su motivo real: quería ofrecerme una nueva oportunidad.
—¡Querida! ¡Joseph ya está aquí! ¿Te estás alistando?
Suspiré. En una batalla contra mí misma, me dirigí al baño, no sin antes, claro, torturar un poco a Isabella.
—¡Hola, Joe! —Abrí la puerta del dormitorio, con una sonrisa cínica adornando mi rostro. Joseph, que naturalmente intercambiaba saliva con Isabella, me sonrió de regreso.
—¡Buenos días, Em…! ¡Santo cielo! ¿Por qué estás toda empapada?
—Pregúntale a tu prometida.
Joseph fijó sus intensos iris azules en Isabella esperando una respuesta. Yo estaba deseosa de saber si realmente la estaba indisponiendo.
—Es que no se quería despertar —respondió ella honestamente encogiéndose de hombros.
Los labios de Joseph, que estaban inundados en sorpresa, se curvaron hacia arriba dando paso a la carcajada del año.
—Le hacía lo mismo a mis hermanos cuando estábamos en el colegio.
No me sorprendió en absoluto cómo reaccionó Isabella ante la respuesta de su novio: achicó los ojos, lo vio con esa ternura de enamorados que enferma, se rio un poquito, pero terminó otorgándole gratis de su saliva otra vez.
Exhalé el aire derrotada, pero no pude seguir de mal humor, aunque quise. Esos dos sí que se veían bien juntos. Estaban muy enamorados. Y verlos tan felices me hacía sentir feliz a mí también.
—Definitivamente ustedes dos son tal para cual —les dije.
Y cerré la puerta riéndome.
La forma de manejar de Joseph era tal como su personalidad: pasiva y protectora. Nunca me había sentido tan aburrida en un viaje hacia otra ciudad, pero Isabella parecía disfrutarlo.
Los miraba de vez en cuando: se sonreían entre sí en las paradas y cuando sonaba en la radio una canción que ambos conocían, desafinaban cantaban y bailaban juntos.
Yo estaba un poco incómoda y creo que Joseph lo notó, porque de pronto empezó a hablarme de la habitación que eligió para mí en su casa.
—Es la única en la casa con paredes blancas —decía con mucha confianza, como si nos conociéramos de toda la vida—. Así que puedes dejar volar la imaginación cuando decidas decorarla. Y claro, si quieres, mis hermanos y yo te podemos ayudar a pintarla. Además, hay un espacio especial para que puedas trabajar en tus pinturas. —Me guiñó un ojo a través de uno de los retrovisores. Seguido, habló de sus hermanos—: Creo que te caerán bien. Están en los veinte, así que tendrán mucho de qué conversar.
—Los amarás, Emma —añadió Isabella—. Ambos son de lo más geniales.
Me encogí de hombros.
—Sí, seguro.
Isabella ya me había hablado antes de la familia de Joseph: tres hijos de padres fallecidos en un accidente automovilístico, que los dejó huérfanos hace cinco años, pero herederos de una gran fortuna. Con esta última crearon una famosa cadena hotelera que se extiende alrededor de los cinco continentes, más otros negocios alternos que no especificó.
Definitivamente, Isabella tenía su vida resuelta al casarse con tal galán, pero eso solo me hacía a mí preocuparme todavía más al no tener un trabajo estable. Me mantenía bien vendiendo lienzos pintados, pero no sería algo que me diera de comer por el resto de mi vida. Debía pensar en algo pronto.
Entre la conversación, que se puso muy interesante, y un par de canciones que canté con ellos cuando finalmente me sentí en confianza, llegamos a Beverly Hills, la ciudad de ricos y famosos donde casualmente también vivía la familia Sinclair, porque vamos, no iban a vivir en un pueblucho como el resto.
—Abre la puerta, Edward —dijo Joseph muy emocionado a un parlante cuando nos encontrábamos en el portón.
Las puertas se abrieron de par en par y… OH, DIOS MÍO. Quedé TOTALMENTE ESTUPEFACTA cuando el auto inició su recorrido por el jardín frontal de la mansión.
«Oh, mierda…», no pude evitar decir para mis adentros.
Me preparé mentalmente para ver una casa gigantesca, pero no me esperaba que fuera una mansión de tal magnitud. La fachada era del siglo xx, pero con un toque pintoresco y a la vanguardia del siglo xxi. Alrededor de ella se extendían hectáreas del pasto más verde y brillante que jamás hubiese visto en mi vida. Seguramente porque en el pueblo en donde vivíamos todos los árboles estaban secos.
Sonreí. Era hermosa, un sueño hecho realidad. Una mansión diseñada por un talentoso arquitecto que, demonios, sí que sabía lo que estaba haciendo. Y luego estaba el trabajo de un diseñador seguro de sí mismo y fanático del movimiento minimalista que eligió un blanco perla para el color principal porque combinaría extraordinariamente con todo lo demás que le incluyeran.
Yo no sabía mucho de diseño y mucho menos de arquitectura, porque casi no paso la materia en la universidad, pero no hacía falta ser un genio en ambas profesiones para apreciar tal trabajo.
Fue en ese instante cuando olvidé por completo la caja de fósforos en la que vivíamos. Isabella acertó: me enamoré profundamente de nuestra nueva vivienda.
Mientras apreciaba el trabajo hecho por los dioses del espacio sideral, Joseph estacionó su refinado auto frente a la puerta principal. Y entre risas traviesas, porque era obvio que yo estaba atónita, se bajó de él dispuesto a buscar nuestro equipaje en el maletero.
—Hermosa, ¿eh? —me dijo Isabella. Asentí—. Y deja que te haga el tour interno. No querrás salir nunca de aquí.
Me obligué a cerrar la boca —que estaba por empezar a babear— mientras nos bajamos del auto. Joseph se posó frente a nosotras con dos o tres maletas y las colocó en el suelo. Entonces se le vio pensativo. Antes de que pudiésemos preguntar el motivo, ya tenía el teléfono móvil en la mano y estaba marcando un número.
—Eh, Matt, ¿puedes echarme una mano con las señoritas?
No supe qué más le dijo al tal Matt, porque estaba tan ansiosa de conocer la casa que los abandoné para correr alrededor del porche como cachorro contento recién adoptado. La brisa, cálida como esa mañana, acariciaba mi piel con tanta suavidad que era imposible evitar sentirme que finalmente estaba siendo libre.
Vaya… ¡Amaba verdaderamente el lugar! ¡Gracias, Isabella, por conquistar a ese tremendo galán multimillonario y dejarme disfrutar de los beneficios! ¡O de un par, por lo menos!
Una cosa llevó a la otra y quedé dando vueltas hasta quedar parada, muy despeinada, frente a la puerta principal. Isabella me miraba desde la distancia riéndose a carcajadas. Joseph seguía al teléfono.
Escuché un chirrido. Era la puerta detrás de mí abriéndose, pero estaba tan distraída deleitándome con el paisaje mañanero que ni siquiera me inmuté en ello.
—¿Emma? —dijo mi nombre una voz masculina.
Mi cuerpo entero se paralizó. Un frío mucho peor que aquel que sentí en la mañana cuando Isabella me tiró el balde de agua helada recorrió cada una de mis entrañas en cuestión de milésimas de segundo. Dolía como el demonio. Más porque no se trataba de algo físico, sino de la más pura sensación de horror.
Tragué con dificultad. Esa voz… esa voz yo la conocía. Con mi espalda entera tensa, cabello que debía estar como un espantapájaros, el corazón que me latía a mil por hora y mi rostro ensombrecido, me giré lentamente en dirección a la puerta.
Todo a mi alrededor pareció desvanecerse cuando lo vi ahí parado, con el teléfono móvil pegado a la oreja y un rostro quizás más sombrío que el mío. Ahí estaba el desquiciado de la tienda que me correteó por todo Los Ángeles. Sus cautivantes ojos azules me miraban en shock.
—¿Tú… tú eres la amiga de la prometida de mi hermano?
Su… hermano…
Joseph… era… su… hermano…
Reí ahogadamente, pero ni siquiera eso ayudó a que el peso que cargaba en mis hombros se alivianara.
Mi corazón quiso detenerse.
Luego no supe qué cara poner.
Entonces perdí el aliento.
Y… y…
Me desmayé.
3
Universos rotos
Ni siquiera sentí el impacto de mi cuerpo contra el suelo. Todo en mí se apagaba rápidamente: primero la vista, le siguieron mis extremidades y finalmente se esfumaba mi conciencia. Entretanto luchaba arduamente por no perderla del todo, porque demonios, estaba desmayándome en una casa que no era la mía, las voces seguían resonando en el fondo:
—¡Emma! —la voz horrorizada de Isabella.
—¡Santo cielo, Emma! —la voz pasiva, pero preocupada de Joseph.
—Escuché gritos… ¡MADRE MÍA! ¡¿POR QUÉ HAY UNA CHICA DESMAYADA EN LA ENTRADA DE NUESTRA CASA?! ¡MATT! ¿QUÉ LE HICISTE? —Eh… esa voz no la conocía. Pero era de una mujer. Y sonaba todavía más horrorizada que Isabella y Joseph.
—¿YO? ¿POR QUÉ PIENSAS QUE FUI YO?
—¡Tal vez porque cayó rendida ante tus pies!
—¡Pues eso sería algo bueno! ¡¿No crees?!
Meh… Bien o mal, él tenía un punto.
—¡Jane! ¡Matt! ¡Basta! ¡Hay que llevarla adentro! —ordenó la voz mandona, digo, consternada de Isabella.
Mi cuerpo se sintió como una mierda de goma cuando unos brazos —muy fornidos, si es que conviene decirlo, sino no— me alzaron. La sensación de gravedad me golpeó con hostilidad.
¿Quién me cargaba? ¿Joseph, eras tú? ¿Tú y tu magnífico cuerpo de dios veterano, pero malditamente millonario? Debía ser él, porque una repentina sensación de protección me inundó de tal manera que sentí que estaba bien perder la conciencia en su totalidad.
Y así lo hice.
Luces. Presencias. Voces.
—Eres un idiota, Matt.
—¿Podrías callarte ya?
Debilidad. Pesadez. Una sensación de suavidad. Más voces.
—Emma… —Toque en mi hombro—. Vamos, querida… levántate ya, me voy a morir de la preocupación.
«Isabella. Isabella, eres tú».
—Insisto en que no deberíamos tenerla acostada —dijo la voz masculina que se tornaba más audible con cada palabra.
—Se muere y tú serás el único culpable. Compórtate de una vez, tu personalidad espanta a todo el mundo.
«¿Mamá? ¿Eres tú regañándome, mamá?».
—Jane, ya fue suficiente —regañó la voz gruesa de Joseph.
«Joseph. Abrázame, Joseph. No, mentira, me da pena. Mejor no».
Mi mente se encendió. Con el carácter podrido que la caracteriza, reclamó el control de todo mi cuerpo, empezando por el estómago que rugió. Maldición, me moría de hambre. «Oh, por favor, que nadie lo haya escuchado».
Sentí que quería abrir los ojos con las pocas fuerzas que tenía.
Un parpadeo.
Dos parpadeos.
Muchos parpadeos.
Sensación de debilidad.
Un corazón bombeando rápido cerca de mí.
—¿Emma?
Estaba sentada. Una mano —grande y de piel seca, por lo que definitivamente no pertenecía a Isabella— acarició mi mejilla. Le daba unos golpecitos delicados que, por alguna razón que desconozco, se sintieron perfectamente cómodos y me hicieron recostarme sobre ella con una sonrisa de estúpida.
—Vamos, Emma.
Abrí los ojos. Unos ojos azules como el océano me miraban.
Oh… Hermosos ojos azules…
¡¿UNOS OJOS AZULES ME MIRABAN?!
Una fuerte corriente eléctrica me devolvió la consciencia de un tirón. Así fue como mis ojos divisaron lo peor: las manos del desquiciado, que parecían no querer abandonar mis mejillas, transformándose en dos garras enormes y puntiagudas a punto de atacarme.
—¡NO! —grité despavorida quitándomelas de encima.
Severos y sin piedad, los sucesos del día anterior golpearon mi mente. Los ladrones, los disparos, mi estúpido, pero exitoso acto heroico, las lágrimas de trauma y él… quien me persiguió sin descanso por la calle proponiendo involucrarme en una cuestión que ni siquiera iba conmigo.
Me levanté de la cama agitada.
—¡No, no y no! —grité alejándome del área.
—¡Emma! ¿Qué tienes? —exclamó Isabella sumamente consternada.
Pero yo ni siquiera me inmuté en prestarle atención. Ayer había salvado una vida desconocida y hoy quería salvar la mía del peor peligro de todos: los recuerdos.
—¡Tú, engendro del mal! —señalé al loco que se mantenía estático sentado sobre la cama—. ¡Ni se te ocurra volver a tocarme! ¡Solo Dios sabe dónde estuvieron esas manos!
Me volví hacia los demás. Isabella estaba sentada sobre la cama, Joseph se mantenía a su lado derecho y en el lado izquierdo, estaba una pelicastaña random que tenía un parecido tremendo a él. Todos quietos, confundidos, boquiabiertos.
—¡Y ustedes! ¡No los conozco a todos, pero no dejen que ese loco me vuelva a tocar!
La pelicastaña random fue la primera en moverse. Pero para reírse. Reírse a carcajadas.
—Vaya, vaya, Matt. Esta vez sí te pasaste —dijo.
—¡No hice nada! —El desquiciado se golpeó la frente.
Matt, su nombre era Matt.
Matt intentó acercarse hasta donde yo estaba (que era básicamente la puerta de la habitación), pero grité uniéndome a la locura que lo caracterizaba a él también.
—¡No, aléjate! ¡Te lo advierto! ¡Sé kung-fu!
Mentira. No sabía una mierda de kung-fu, pero por alguna razón esa frase siempre parece funcionar en las películas de bajo presupuesto cuando el debilucho de la historia está en peligro. O sea, yo.
Isabella fue la siguiente en acercarse. Pensé que para protegerme de todo mal, pero en realidad me tiró al agua con los tiburones. El tiburón.
—¿Kung-fu? Pero si renunciaste después de la tercera clase.
Ah… con amigos así, ¿quién necesita enemigos?
—Emma, estoy sumamente apenado por lo que te dije ayer, estaba muy alterado —prosiguió Matt tratando de abordarme. Me cubrí con ambas manos—. De verdad, las cosas no debieron darse así. Pero no es mentira lo que te dije, me siento necesitado de pagarte lo que hiciste por mí.
—Woa, niños, ¿qué hicieron ustedes ayer? —preguntó la pelicastaña random llena de suspicacia. Aunque no me favorecía nada de lo que decía, su humor parecía tan oscuro como el mío que presentía la amaría pronto.
Joseph la golpeó con su codo. Era un experto en respetar la privacidad de los demás. Lamentablemente, su prometida carecía de tal cualidad.
—¿Ayer? ¡Un momento! —Nos señaló Isabella con el dedo índice—. ¿Se conocen? Emma, ¿tú y Matthew se conocen?
Nuestras respuestas no coincidieron:
—No —dije yo.
—Sí —dijo él al mismo tiempo que yo.
Isabella exhaló el aire derrotada.
—Ahora estoy más confundida.
Me dirigí a Matt.
—¿Qué haces aquí? —pregunté.
Por unos segundos, él pareció dudoso de responder. Se rascó la nuca en signo de nerviosismo y luego, por primera vez desde que me desmayé, sus ojos se conectaron con los míos. Su mirada destellaba arrepentimiento. Hasta parecía que no estaba seguro de cuál era la forma correcta de tratarme.
«Sí, amigo, deberías sentir eso y más. Ayer la regaste toda conmigo».
—Vivo aquí —respondió finalmente—. Joseph es mi hermano y… el prometido de Isabella, pero eso ya lo sabes bien.
Una risita sarcástica brotó de mi boca. Claro, él ya me había dicho que Joseph era su hermano, pero estaba tan ocupada desmayándome que había pasado por alto ese importante detalle.
«Bravo, Emma, ahora sí te metiste en un tremendo lío».
—No… —Reí como desquiciada.
—¿No? —preguntó él frunciendo el ceño.
—No… —Volví a reír—. Ustedes no son hermanos. Mira a Joseph. Es apuesto, inteligente, un hombre de negocios y lo más importante: sensato. Y tú, tú eres todo lo opuesto a él.
La carcajada de la pelicastaña random fue muy audible. Joseph, en cambio, se sonrojó solo un poco. Probablemente estaba más preocupado que otra cosa.
—Amo a esta chica —dijo la pelicastaña refiriéndose a mí.
—Bueno gracias, no esperaba recibir tan hermoso cumplido en esta mañana repleta de emociones fuertes —replicó Matt con sarcasmo.
Isabella, que ya estaba prácticamente frente a mí, me agarró la mano.
—Querida, ¿segura que estás bien?
Por supuesto que no estaba bien. Un poquito más y me pudo haber dado un paro cardíaco. Encima, ¿por qué ese loco tenía que estar aquí? Era lo peor que me pudo haber pasado en mis patéticos veintitrés años de vida. Y eso que me habían pasado cosas muy insensatas. Sin embargo, por su bienestar emocional, no se lo dije.
—Te golpeaste muy fuerte la cabeza cuando caíste al suelo y… y ahora estás diciendo cosas sin sentido. Si es necesario, podemos llamar al médico de la familia… —Miró a Joseph, este concordó—. Vendrá enseguida a atenderte.
Me tensé al escuchar la palabra «médico». Todo esto, que empezó siendo una mudanza normal a una casa normal donde se suponía que vivía una familia normal, se estaba saliendo de control. Yo no era la persona con el coeficiente intelectual más alto, pero no había que ser un genio para saber que estaba armando un espectáculo en la casa de los Sinclair, a la que, por cierto, acababa de llegar.
—Estoy bien —fingí reponerme—. De verdad, nunca me he sentido mejor en mi vida.
—¿Segura? —intercedió Joseph—. No pareces bien.
Le sonreí.
—Estoy bien, es solo que…
«Rápido, Emma, usa una de tus tontas excusas».
—¡Que confundí a tu hermano con otra persona que no me cae bien! Soy tan tonta, ¿o qué? —Me golpeé la frente a propósito—. No se preocupen tanto por mí, solo necesito un minuto a solas para componerme y les prometo que todos nos olvidaremos de este penoso accidente.
Sé que ellos no me creyeron. Ninguno de los tres. Tampoco había que tener un coeficiente intelectual de genio para saber eso. Pero, como dije antes, Joseph tenía un doctorado en respetar la privacidad de los demás, así que, simple y sensato, asintió con la cabeza.
—Por favor, llámame si necesitas algo. —Me tocó el hombro antes de abandonar el dormitorio—. Estás en tu casa, querida Emma.
La siguiente en salir fue Isabella. A diferencia de Joseph, no me dijo nada, ni tampoco me consoló con un toque en el hombro. Pero su mirada… su mirada fue el rayo óptico de Cíclope (sí, sí el de los X-Men) tratando de partirme en dos. Supe que luego tendríamos una larga conversación.
La pelicastaña, por otra parte, fue más directa que la pareja.
—Vas a explicar esto —señaló a Matt justo antes de traspasar la puerta.
Así quedé completamente sola en la… no espera, aún faltaba alguien por salir. Carraspeé tirándole una indirecta, pero el muy torpe no la captó.
—¿De verdad me confundiste? —preguntó en su lugar.
Ni siquiera dudé en responder.
—Por supuesto que no, eres un loco inconfundible.
—Emma… —Hizo un ademán de acercarse a mí.
Eché dos pasos hacia atrás. Sentí la puerta contra mi espalda.
—Por favor, agradecería que tú también te fueras.
—Vamos, Emma —insistió por enésima vez—. Ayer me comporté como un idiota, pero no hablaba en broma, de verdad quiero pagar lo que hiciste por mí.
La tensión volvió a mi cuerpo. ¿Por qué seguía repitiendo eso? Sí, quería pagarme el haber salvado su vida, ¿pero cuánto podía valer eso en dinero? Yo me estaba comiendo un cable y todo, sin embargo no quería su dinero.
—Te dije que puedes darme las gracias y quedamos a mano.
—No, eso no es suficiente. Tengo una tremenda deuda contigo. Quizá era mejor que me dejaras morir, porque ahora no sé cómo haré para pagarte esto.
—¿Querías morir?
Se dibujó en su rostro su sonrisa de príncipe de Disney. Esa sonrisa que para mí podía ser un arma mortal. La sonrisa que decía por todas partes: «No soy malo, pero pasé por un mal momento. Y tú lo sabes». La sonrisa que me hizo bajar la guardia y sentarme en la cama para escuchar lo que tenía que decir.
—Por supuesto que no —replicó acercándose sigilosamente hasta quedar sentado a mi lado—. Pero ahora te debo mi vida, no estoy seguro de cuántos millones valga eso, pero no creo que tenga tanto dinero así.
Por lo menos valoraba su vida, no era un suicida depresivo.
—¿Por qué te desmayaste? —preguntó.
«Porque estás demente».
—¿Has comido algo hoy? —inquirió. Negué—. Ay, Emma, es por eso.
«Me muero de hambre, pero no, te aseguro que me desmayé porque estás demente».
—¿No has oído que el desayuno es la comida más importante del día? —continuó—. Espera aquí, vuelvo en un rato.
Sin decir más nada, se apresuró en salir de la habitación. ¿En serio? ¿Esa había sido toda la cantaleta de «debo pagarte el haber salvado mi vida, Emma»?
Yo, por supuesto, no lo detuve. Necesitaba mi momento a solas para calmarme. Además, se había ido por su propia cuenta, así era mucho mejor.
Aproveché la reciente tranquilidad para examinar el dormitorio en el que me encontraba. ¡Vaya, sí que era enorme! Sinceramente, esperaba que ese fuera el mío porque, de ser así, Joseph no mentía cuando dijo que me fascinaría.
Las paredes eran blanco perla, lo que me recordó sus palabras de la mañana en el auto: «Es la única en la casa con paredes blancas. Podrás dejar volar la imaginación al decorarla». Así que sí estaba en mi nueva habitación.
Recorrí descalza el lugar solo para sentir que el suelo estaba cubierto por una alfombra gruesa y lanuda color crema. Seguro era muy cara, por lo que, inmediatamente, me prohibí pintar sobre ella. Tenía que empezar a ser responsable.
Me volví hacia la cama en donde previamente estaba sentada. No me había percatado cuán enorme era. Sobre ella, reposaba un cobertor color dorado con encajes blancos y, en el cabezal, seis almohadones del mismo color cuya función era meramente decorativa.
Dos mesitas de noche blancas se situaban a cada lado de la cama. Y en una de ellas, una lámpara dorada se mantenía en pie, con un florero acompañándola. Muy bien, diez puntos para los Sinclair por el minimalismo.
Pero lo que más me llamó la atención fue lo que pareció un pasadizo al fondo del dormitorio. «Hay un espacio para que puedas trabajar en tus pinturas», resonaron las palabras de Joseph en mi cabeza.
Caminé hasta allá y me encontré con una maravilla: era una sala pequeña que no tenía alfombra ni muchos muebles. ¡Sí, ahí sí podría pintar!
Sonreí ampliamente al sentir los cálidos rayos de sol que traspasaban por un gran ventanal en una de las paredes. Solo por eso y el sofá que se extendía de lado a lado frente a la ventana, para mí ya era perfecta. Pasaría mucho tiempo ahí haciendo mis trabajos.
Regresé al dormitorio y me tumbé sobre la cama. Quería sentir que era merecedora de tal tranquilidad, pero sin querer sentí mucho más que eso. Me sentí cómoda. Estable. Encajando en un lugar. Entonces recordé la casa de mis padres en Seattle, el último lugar donde experimenté tal sensación.
Hogar. Pertenencia. Familia.
Un golpe en la puerta, seguido de esta abriéndose me hizo levantarme de un tirón. Tal vez se me había pasado la mano con el momento cliché.
—Pensé que te habías vuelto a desmayar.
Era Matt. OTRA VEZ.
—No —contesté un tanto fastidiada.
Sin embargo, todo el mal humor se esfumó cuando un olor delicioso acarició mi nariz. Provenía de una bandeja que Matt traía en sus manos con lo que aparentaba ser comida.
—¿Qué… es… eso? —me atreví a preguntar.
—Esto es…
Terminó de entrar. Colocó la bandeja en una de las mesitas de noche situadas al lado de mi cama y sonrió con satisfacción.
—El desayuno.
Parpadeé tres veces con sorpresa. Vaya, nunca nadie me había llevado el desayuno a la cama y menos un desconocido demente con sonrisa de príncipe de Disney.
—¿Por qué… me traes el desayuno?
—Pues porque no has comido nada.
«Algo quiere de ti, Emma. Acuérdate: Mucho amor confunde».
—Isabella me dijo que te gustan mucho los waffles con dulce de leche y frutas, así que eso te traje.
Ya en serio, el hombre se veía tan orgulloso de sí mismo que ni siquiera tuve el valor para protestar. Eso y que mi estómago cobró vida en ese momento, lo que conllevó a que rugiera como un temerario monstruo y yo quedara roja como tomate de la vergüenza. Matt, naturalmente, no se aguantó las ganas de reír.
—¿Eso fue tu…?
—Me correteaste ayer como un demente recién salido del manicomio y me rogaste que me casara contigo para pagarme un tonto acto heroico —contraataqué como una carretilla.
—Ya. —Alzó las manos en signo de paz.
Miré los waffles. Demonios, se veían deliciosos. Y olían muy bien también. ¿Los habría preparado él? Por supuesto que no, este chico debía tener miles de sirvientes que seguro satisfacían todos sus caprichos.
—Espero que te gusten, es una receta secreta que me enseñó mi madre, así que te agradecería que al final me dejes saber tu opinión.
