Felipe - Hugo Bauzá - E-Book

Felipe E-Book

Hugo Bauzá

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"Saber quién se es atraviesa toda nuestra vida. Así, escrito con irreverencia, 'saber quién se es' constituye la historia de un destino completo, una novela, al decir de Macedonio Fernández. Felipe narra un destino completo. Necesita, como todos, la palabra del padre, pero encuentra una imagen muda de sí mismo. El epílogo con el que Hugo Bauzá cierra la historia es, en cambio, elocuente. El silencio de la palabra revela a Felipe su íntimo quién.  Edisto ignoraba si se reencontrarían, aunque en lo más profundo sabía que era imposible. Somos solo memoria de las palabras dichas, no de las que se callan.  Así como en el final de La rosa de Paracelso el lector queda perplejo frente a su propia falta de fe, aquí, el maestro, empero, musita las palabras precisas.  El epílogo es inesperado, como la muerte, y tampoco conjura el dolor" (Enrique Corti).

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Seitenzahl: 131

Veröffentlichungsjahr: 2021

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FELIPE

Saber quién se es atraviesa toda nuestra vida. Así, escrito con irreverencia, “saber quién se es” constituye la historia de un destino completo, una novela, al decir de Macedonio Fernández.

Felipe narra un destino completo. Necesita, como todos, la palabra del padre, pero encuentra una imagen muda de sí mismo.

El epílogo con el que Hugo Bauzá cierra la historia es, en cambio, elocuente. El silencio de la palabra revela a Felipe su íntimo quién.

Edisto ignoraba si se reencontrarían, aunque en lo más profundo sabía que era imposible. Somos solo memoria de las palabras dichas, no de las que se callan.

Así como en el final de La rosa de Paracelso el lector queda perplejo frente a su propia falta de fe, aquí, el maestro, empero, musita las palabras precisas.

El epílogo es inesperado, como la muerte, y tampoco conjura el dolor.

 

—Enrique Corti

 

 

Hugo Bauzá (La Plata, 1942). Filólogo, profesor universitario, investigador y académico, estudioso incansable del mundo clásico y la mitología. Durante décadas se dedicó a la escritura y coordinación de una decena de volúmenes sobre el imaginario clásico.

Autor de los ensayos El mito del héroe, Qué es un mito, Sortilegios de la memoria y el olvido y Miradas sobre el suicidio, y de los relatos de ficción Los otros siete. Variaciones sobre la Fantasía en siete movimientos, Ofrenda a Mnemosýne y Estampas romanas y el extenso relato Virgilio. Memorias del Poeta, recientemente traducido al alemán.

Felipe. Recuerdos de mi infancia en Bell Ville es su segunda novela, en la que ofrece una actitud reflexiva sobre los grandes problemas que aquejan al hombre.

HUGO BAUZÁ

FELIPE

Recuerdos de mi infancia en Bell Ville

Índice

CubiertaAcerca de este libroPortadaEpígrafeA modo de prólogoFelipeEpílogo desde el trasmundoCréditos

 

Umbrío por la pena, casi bruno, porque la pena tizna cuando estalla.

Miguel Hernández

A modo de prólogo

En el umbral de los setenta, esa edad en que uno peina canas, no deseo remover los recuerdos, prefiero, en cambio, que reposen, serenos; pero estos se empeñan en salir a la luz, y emergen con brío inusitado. Urgidos por cobrar vida, aunque más no sea efímera, acicatean con fuerza mi imaginación. Al escapar abren en mi horizonte un resquicio que me permite descubrir numerosas galerías de una niñez atormentada. Su osadía hace que, al revivirlos en esta introspección memorativa, examine mi pasado y, al hacerlo, comprenda por qué en determinadas circunstancias actué de tal o cual manera o debido a qué razón ciertos acontecimientos de mi infancia dejaron en mí huellas tan imborrables como profundas: comprender es también una forma de vida, quizá la más valiosa. Advierto de este modo cómo estos vestigios, entreverados caprichosamente, fueron modelando mi temperamento a lo largo de años, puesto que mis evocaciones se imponen contra esa desmemoria que intenta cancelar toda existencia. Algunos recuerdos emergen sombríos, como si se tratara de una fotografía desvaída por los años, pero que parece revivir ante una nueva mirada. ¿Cómo expresarlos en palabras? Lo escrito desatiende el aliento, los gestos, la entonación, las miradas, la respiración del que habla. Con todo, vuelco en tono menor algunas de estas remembranzas en prosa algo desmañada: esbozos de una partitura etérea construida con palabras que no son sino subterfugios gráficos de la voz. Voces que susurran un tiempo remoto cuya evocación restituye un hálito de vida, aunque pálido. De ellos advierto que hay uno que, desde antaño, viene dando entidad a mi persona: para entender el presente, es preciso inquirir al pasado. A este, tan tenaz como sustantivo, y que fulgura mordaz en una permanencia, me referiré en las páginas que están en tus manos.

1

¿Por qué no tenía un papá como todos los chicos? ¿Quién era mi padre? Debía tener alguno salvo que estuviera muerto. Esas eran las preguntas que siempre me formulaba. Al despertarme, tras el desayuno, cuando almorzaba, cuando iba a acostarme. Siempre, siempre. Eran preguntas sin sentido, ya que nunca hallaba la respuesta esperada. Vanas. Inútiles. También angustiantes. Cuando las formulaba, todos las eludían mirando hacia otro lado o haciendo como que no me habían oído. La duda me producía cierta desazón, cierta asfixia. No podía exorcizarla, ya que la llevaba en mis entrañas hostigándome cada vez más, contaminada con mi sangre. Con todo, debo confesar que mi madre me prodigaba los mejores cuidados y, sobre todo, ternura, pero sobre esas preguntas, ninguna respuesta. Y yo me abismaba en una duda existencial, mayúscula; con ella perdí mi verdadera patria que no era otra cosa que el país de mi infancia. Esa duda cobró intensidad cuando comencé la escuela primaria. También con esa duda se me despertó una cerrazón bronquial que, en ocasiones, me perseguía sin cuartel. Ahí estaba el origen del asma que me afectó durante años: así lo creo. Fue entonces cuando se me hizo carne el sentido de la vulnerabilidad. Fueron momentos de decepción y minusvalía que ahogaban mi niñez aplastándola con algo pétreo. Mis compañeros me miraban como de otro mundo, como si yo, al no tener papá, perteneciera a otra galaxia al extremo que, a veces, no me permitían participar de sus juegos; así, pues, quedaba aislado, como un paria. Me sucedía al igual que a esos picados por la viruela a quienes nadie se les acerca por temor al contagio o como ocurre con el perro sarnoso del que todos huyen. Era sapo de otro pozo. A veces me separaba de mí mismo y me contemplaba desde arriba: entonces me veía diminuto, insignificante. Era, según dicen hoy, motivo de bullying. Solo quedaba como flotando la estela del murmullo, un decir y un no decir al mismo tiempo, ya que mis compañeros, a mis espaldas, cuchicheaban sobre mí. La escalada de angustia alcanzó su punto más alto un día de escuela, vulgar como todos, aunque para mí, tortuoso e inolvidable. Fue cuando la maestra, al explicar los diptongos, pidió a la clase ejemplos de palabras que contuvieran el encuentro de una vocal débil con una fuerte, por ejemplo, “ua”, a lo que uno de mis compañeros, con malicia, exclamó “guacho”. Entonces todos, dándose vuelta, porque yo tímidamente me sentaba en la última fila, me dirigieron la mirada. Fueron miradas fulminantes que me traspasaron como lo hace el rayo. No emitieron palabra alguna, solo miradas. Miradas filosas. Ahí comprendí: ¡era un guacho!

2

Al retornar a casa, en verdad a nuestro rancho, no quise comer porque no tenía ganas y, si las hubiera tenido, tampoco podría haberlo hecho porque una cerrazón estrangulaba mi estómago. Aduje que estaba mal de la panza y, sin más, me fui a la cama. Me ahogaba en un silencio sombrío, denso e inquebrantable, que apretujaba mi ser todo ahuecándolo, hasta que logré desahogarme en un sollozo profundo. Así trascurrió largo rato; finalmente logré dormirme. El sueño fue intranquilo. Al despertar, advertí que debí haber llorado mucho, pues la almohada estaba húmeda. Después se acercó mi madre y, al preguntarme qué me pasaba, le referí lo ocurrido, pero todo volvió a quedar como antes. Yo, sumido en la incertidumbre de ignorar por qué no tenía un papá como los demás chicos; ella, abroquelada en su mutismo. Con el tiempo fui dándome cuenta de que esa pregunta la incomodaba. Lo noté porque se le nublaban los ojos, como si fuera a llorar, y como esa circunstancia me daba mucha lástima, terminé por no formulársela más. Y quedé hundido en un marasmo. En otra ocasión, en la escuela, en un día patrio me encomendaron llevar la bandera a causa de mis buenas calificaciones; dos de mis compañeros me secundaban en esa misión honrosa. Lo doloroso para mí fue ver a los padres de quienes me escoltaban; en mi caso, solo mamá. Advertí así la ausencia de una presencia: nostálgico susurro que el tiempo no puede cancelar. Faltaba mi padre y, con esa falta, el anhelo perenne de lo ausente.

3

Pero el tiempo devela enigmas. El hecho que pondré al descubierto sucedió una tarde de invierno en la hora en que los montes sestean. Fue en la cocina donde, junto al crepitar de las brasas, pendían riestras de ajo atadas con cintas rojas para la buena suerte y dos piernas de jamón, colgadas desde un travesaño, puestas a ahumar. En un costado, junto a ollas tiznadas de hollín, pendía un viejo farol con sus vidrios manchados por las moscas. El ambiente estaba embebido del aroma de hogazas tibias, untadas con mantequilla, que hacía más deleitosa la tarde junto al fuego: dulce sensación de hogar. Se percibía también el olor a tasajo, infaltable en las cocinas de campo. Las mujeres que se ocupaban de los asuntos domésticos estaban junto al fogón, lo que era habitual en días de frío, pero esa vez la reunión estaba más animada porque había venido Ña’Concepción, una anciana muy respetada, que vivía en poblado vecino. Se mateaba junto al brasero, en tanto los perros se acercaban al fuego para calentarse disfrutando de una pereza regalada. Uno y otro, bajo escabeles, aprovechaban esa holganza para estirar sus patas, lo hacían lentamente hasta que sus articulaciones hicieran cric. De afuera venía el aullido de perras en celo que clamaban buscando más vida. Una de las vecinas sostenía a un cachorro para quitarle las garrapatas y el animalito, inquieto, se le escabullía de entre las manos. Estaba también un buhonero al que llamaban el turco, que, de vez en cuando, aparecía por la casona ofreciendo todo tipo de baratijas. Yo, chiquilín, jugueteaba con uno de los canes por lo que, sin habérmelo propuesto, me metí entre las asistentas cuando de pronto escuché: “Pobre la Azucena, Ño’Edisto la cortejaba, pero cuando se enteró de que le había llenado el bombo, ahora la evita y hasta parece despreciarla”. ¡Y Azucena era mi madre! Lo que había escuchado fue como un zarpazo, siniestro, letal. Con él la niñez acababa de caérseme de los hombros y del alma. Ya no había marcha atrás. Pasmado y ante la sensación de un desmayo, me apoyé en una de las paredes buscando sostén: en ese momento carecí de la noción de verticalidad. De golpe, fui invadido por la tristeza… y la rabia. Ahí comprendí un sinnúmero de situaciones que hasta entonces me eran difíciles, por no decir imposibles, de entender. Mejor dicho, ahí comprendí todo: que Edisto tratara de no enfrentarse conmigo y hasta rehusara mi mirada. ¡Quedé estupefacto! No tenía sentido hablar y, además, tenía la lengua como empastada. Sentí que me ahogaba en un estanque fangoso del que me era imposible emerger. Carecí de fuerza como para volver a casa, mejor dicho, carecí de valor. Así, pues, me escapé hacia una ceiba solitaria que crecía a orillas del río para rumiar mi dolor. No podía imaginarme a mi madre junto a Ño’Edisto. Sin poder evitarlo, fantaseé sucias ideas enlazadas a los cuerpos de mis padres, y me fastidié por ello: creo que hice una mueca repulsiva, como de asco. ¿Cómo eso pudo haber sido posible? ¿Y por qué? ¿Es que Dios, desde lo alto, permitía tales cosas? Me pasé la mano por la frente como para sacarme esa idea de la cabeza, pero no lo logré: la llevaba dentro, perforándome. Así, pues, me enfrasqué en un mutismo extremo al punto que no hablaba con nadie, solo pretendía mantener conversación con el Altísimo preguntándole cómo eso habría sido posible, más aún, censurándolo por haberlo permitido. Más tarde, al emprender el regreso a casa, quiso la ocasión que encontrara el cadáver de un perro, con su cabeza agusanada y boquiabierta. Un fétido olor a carroña enrarecía el aire. En lo alto, aves negras esperaban el momento propicio para dar el zarpazo. Eran buitres. Tuve la sensación, por vez primera, de enfrentarme con la muerte. Se trataba de una muerte física, concreta en este caso, aunque más no fuera la de un perro. Días antes lo había visto merodeando el campo de Don Joaquín, con las orejas caídas, los ojos tristones y aullando en la penumbra. Debía de estar enfermo. Y ahora, de repente, sin vida, arrojado a la no existencia, a la vera del camino. Experimenté una asfixiante sensación de vacío y me replegué sobre mí mismo. Al borde del abismo, permanecí con los ojos clavados en la nada y, apartado de los rumores mundanos, pretendí abrirme a la escucha de voces misteriosas. Sentí entonces que el declinar de la tarde clamaba en mi interior como un infierno y pensé: solo es libre aquel cuya alma se basta a sí misma, y yo no lo era.

4

Era el tal Edisto uno de los hijos mimados de Don Joaquín Francisco da Silva, digamos, mi abuelo. Don Joaquín era un hombre leído al que algunos, respetuosamente, llamaban Tata. Tenía un saber variopinto, amén de una curiosidad insaciable. Además del portugués aprendido en su infancia, hablaba fluidamente francés y naturalmente español. Poseía también una sólida cultura: con los años me encontré con que su nombre figuraba en algunos diccionarios que lo destacan como un médico notable, sin ser médico, y como experto en cuestiones de botánica. Leía mucho y se decía, con admiración de todos, que se carteaba con el presidente de la república. Creo que tenía algunos vínculos con gente de la masonería que, por lo que sé, eran los pensadores de entonces que se movían con independencia de la Iglesia. En una ocasión, varios de ellos vinieron una noche a la casona. Con tal motivo, hubo una cena de gran cubierto y el comedor, de golpe, pareció cobrar cierta solemnidad. Salvo quienes acercaban los platos, nadie de la familia ingresó al recinto donde se comió y conversó hasta muy entrada la noche; ciertamente, ninguno de nosotros supo sobre qué habían hablado, aunque se tejieron mil conjeturas. Al pasar junto a uno de los ventanales, de refilón, escuché que decían: la Iglesia, mediante el rigor de su liturgia, pretende introducir lo sagrado en la vida cotidiana, pero… ¿es que acaso existe lo sagrado?, palabras cuyo significado entonces no supe discernir.