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El productor de televisión Jota Pérez sufre un accidente de coche y al despertar de un coma inducido sospecha que lo han intentado matar. Así comienza esta novela, mezcla de intriga y de sátira, y un retrato desconocido de los medios de comunicación. Desde las primeras páginas el autor va tejiendo alrededor del lector una trama de engaños que parece no tener fin, y, capítulo a capítulo, le va introduciendo en un ambiente de traiciones, corrupción, amor, odio, sexo, venganza... Página a página, y mientras el lector trata de averiguar qué le ha pasado a Jota Pérez, se irán descubriendo personajes como Megan, la esposa misteriosa; Marina, la amante imposible; Russo, el estricto CEO de Canal 100, Olga, la directora de El Show, Cornelia, empresaria de scorts; JosCO, el presentador de televisión humillado por Olivia, una azafata con tanta mala leche como belleza; la Zuri, experta en el gossip nacional, Fidel Alonso, el espía silencioso, Lucho Prada... Escrita con un ritmo vibrante, esta magnífica novela está bien hilada y se lee fácil, a pesar de obligar al lector a seguir varios argumentos, a cada cual más interesante e inquietante.
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Veröffentlichungsjahr: 2020
FEROZ
Santiago Ángel García
© Copiright
Santiago Ángel García 2020
Editorial El Ángel 2020
www.elangel.es
ISBN 9788412054927
A Carmen Gómez Gude
Toni León, el realizador del programa, tenía en plano a una invitada y a Lucho Prada, el gran Lucho, el maestro de aquella ceremonia televisada a la que estaban enganchados cada día un par de millones de personas. En el estudio de grabación había una decena de monitores y, en otro de ellos, el realizador veía a la regidora, quien pasaba rauda de un lado al otro del plató. A través de un pinganillo que llevaba en la oreja Toni le había informado que quedaba un minuto para dar paso a la publicidad y ella había ido a buscar a los bailarines para que estuvieran preparados, enseguida debían aparecer en escena. La regidora se lo advirtió, enérgica, y los bailarines se pusieron de pie dispuestos a trabajar en cuanto Lucho despidiera a su invitada, la protagonista de un culebrón venezolano que se iba a estrenar en Canal 100 al día siguiente.
Toni León y Olga Salazar, la directora de El show, solían comunicarse con el plató a través de pinganillos, pero como Lucho, el presentador, odiaba que le pusieran aparatos de escucha en el oído mientras estaba en directo, la regidora se lo tenía que contar todo a través de gestos o de carteles. “Fin del mago”, le acababa de escribir en una cartela de gran tamaño para que fuera despidiendo a otro invitado. Hacía rato que habían vuelto de publicidad y pronto pasarían a un concurso patrocinado por una marca de dentífrico.
- Maníaco del carajo – masculló Toni entre dientes, refiriéndose a Lucho -. ¿Qué le costará ponerse algo en el oído? Pues no, carteles y más carteles. ¡Que los escriba él, no te jode!
En el estudio todos asentían. Habían trabajado juntos tantas horas y noches que sabían interpretar hasta los silencios de Toni. Así que optaban por hacerse los locos. Dicho de otro modo, sabían que quien mandaba en la sala era el alcohol y que este era antojadizo. Toni le daba al Johnny y a la única fémina operadora de cámara del equipo. La de la infidelidad era una enfermedad muy común por allí. La padecían casi todos.
- ¡Qué bueno es Toni trabajando! - le dijo Jota a Manuel en el hospital, seguían charlando, iban de aquí para allá, de un recuerdo a otro -. Verle actuar, mover a la gente como si fuera una orquesta, es, es fantástico. Él y ella, Olga, ese dúo nos hace ganar dinero sin mover un dedo. Me siento confiado en sus manos.
- Sí, ambos tienen las ideas claras - planteó Manuel, haciendo que Jota se distrajera un instante para enseguida volver a recordar aquella noche, el productor de televisión no sabía por qué.
Jota solía repasar cada día con Manuel lo sucedido en los últimos meses, aunque a veces se fueran más atrás, hasta la infancia. En realidad, su hermano conocía su vida casi de carrerilla - era más que un socio, más que un amigo, era su conciencia -, pero los detalles los tenía él, y en los detalles, presumía, debía estar la explicación de por qué habían atentado contra él, por qué querían acabar con su vida.
Manuel no lo tenía tan claro, y mientras observaba por la ventana del hospital el trascurrir del día, el deambular de los peatones, cómo tropezaba el viento en los toldos y los árboles, la caída de la luz de la tarde, pensaba que allá afuera todo estaba en su sitio y que dónde no lo estaba era en aquella habitación. Desde que había despertado, su hermano no era el mismo. Era como si algo de él se hubiera quedado en el accidente. “¿Qué se dejó entre las llamas?”, se preguntó, al tiempo que escuchaba su relato. A veces, a Manuel le daba la impresión de que Jota se refería a su pasado como si fuera otro el que lo había vivido. También tenía la sensación de que Jota deseaba que su accidente no fuera fortuito, cuando serlo le devolvería a la tranquilidad.
La cuestión era que Jota Pérez, que había estado unas semanas en coma inducido, desde que había recobrado la consciencia se pasaba el día tumbado en la cama de un hospital explorando el pasado, viendo películas en el portátil y chateando; ahora que había despertado muchos eran los que querían hablar con él. Otra cosa que hacía a menudo era ver la tele, se había enganchado a los realities. Le divertía ver a la gente discutir, cabrearse e insultar por cuatro monedas. El influjo del dinero dictaba el recorrido de su lengua. “Son como yo, unos granujas. Granuja sí, pero feroz... para nada”, se decía, hablando consigo mismo.
En el chat, Olga le acababa de tachar de feroz y le estaba dando que pensar, entre otras cosas porque siendo de los que creía que las palabras se las llevaba el viento, estaba descubriendo que al pronunciarlas se convertían en sonidos que eran como proyectiles cargados de dolor, de inquina, de ingenio... y llevaban al llanto, al asombro, al desconcierto... “Feroz, feroz... ni de coña”.
No estaba seguro de cuánto tiempo más estaría allí. Jota sabía que había estado entubado y a merced del poder de la medicina y de su propia naturaleza, y que después le habían llevado a esa habitación - era como una suite, tenía dos habitáculos: el dormitorio y el salón -, le habían enchufado a unos cuantos aparatos, tenía cables y agujas en pecho, cabeza y brazos, y le habían dejado como estaba: yacente, incómodo y algo mosca, aunque se iba encontrando mejor cada día. Una semana atrás era impensable que pudiera coger el mando de la tele, contestar al móvil o utilizar el portátil.
Dío acababa de entrar, había preguntado a Jota si necesitaba algo y se había ido al salón, donde había una pequeña nevera de la que había sacado una cerveza. Después se había dirigido otra vez a la puerta y ahí se había quedado, en el pasillo, vigilante. Dío sí que debe de ser feroz, se dijo Jota, siguiéndolo con la vista; es de los que cobraba en dólares por cada soldado que liquidaba en Irak y en Afganistán.
Dío se llamaba en realidad Diógenes, pero Jota lo llamaba Dío para abreviar, y porque si decía el resto de su nombre daba risa. ¿Cómo podía decir que el hombre que custodiaba su puerta se llamaba Diógenes? No lo tomarían en serio, y además no era nombre para un canalla.
- Cdo t veo? ya sabes lo k m gusta agarrarme a tu pelo cdo m tienes entre tus piernas Regresa! T necesito Bssss
El wasap que había saltado en la pantalla del móvil era de Marina. Las cosas no les iban bien antes del accidente, pero, lo que son las cosas, ahora, al no saber nada de él durante las últimas semanas, lo buscaba. “No hay quien la entienda”. Marina lo volvía loco. También la policía...
- Que van y me dicen que no tienen pruebas de que el accidente fuera provocado. Pues búsquenlas, ¿no? ¿Qué les iba a decir? Tú estabas allí - le dijo a su hermano -, y ya ves, nada hasta hoy, no news - volvió a comentar, el asunto le obsesionaba.
De repente entraron dos enfermeras altas y gruesas en la habitación que ni siquiera saludaron, solo dijeron que venían a medicarlo. Lo tenían ligeramente sedado para que se moviera lo menos posible, y de vez en cuando venían a darle un chute de algún fármaco. Cuando lo hacían, pincharlo, su pecho se tensaba como la piel de un tambor y se asustaba. Su médico le había advertido que el cuerpo tenía mil y un dolores, pero a aquellas alturas Jota Pérez suponía que eran más.
- Te llama Olga, ¿te la paso? - preguntó Manuel, con el móvil en la mano -. Dice que el invitado estelar del show de la noche se ha caído, que qué hace.
- Dile que me deje en paz y se busque la vida - respondió el enfermo -. Feroz, decirme que soy feroz... - Continuó con su perorata -. Un hedonista, eso es lo que soy, que vivo para el placer o vivía, serán cabrones, meterme aquí... Y por poco me matan... Deja el teléfono Manu, por favor; ¿te importa si seguimos? Tengo que hablarte de Gloria, y de Chon, de Diego Valiente, de Marina, de … ¿Tienes tiempo? Dame unas horas más, puede que unos días, tengo que averiguar qué está pasando conmigo, por qué me quieren muerto…
- Hasta luego – se despidieron las dos enfermeras, saliendo de la habitación. Antes le echaron un ojo al enfermo. Jota les había intrigado. Decía unas cosas...
- ¡Bah!, no le hagas ni caso, es la morfina - dijo una de ellas camino del ascensor.
-¿Quieres metérmela por detrás? – le pregunté -. Estábamos en la cama, en penumbra, desnudos, bueno, no, yo llevaba puesto un liguero y unas ligas. Él no contestó, gemía, estaba muy excitado. Pero me dio la vuelta y me puso a gatas. Lo demás vino rodado. Yo sentía que le ponía a mil, tenía la piel suave, me había bañado en aceite de lavanda, y le dejaba hacer lo que quisiera. Le hacía sentir que le pertenecía. Me movía felina también por su cuerpo, tentándolo, invitándolo a clavarme las uñas, a besarme y lamerme. Lo que más le gustaba era ahogarme, me estrangulaba y… enseguida me soltaba, o me ponía una bolsa de plástico sobre la cabeza… No me dejaba respirar y cuando empezaba a perder el juicio, casi caí en el desmayo, retiraba la bolsa. Le ponía cachondo hacerlo y que yo quisiera que me lo hiciera – continuó relatando Gloria -. Ese tío no está acostumbrado a tanto mimo, a tanto placer, por eso se volvió loco. Te digo que es de los que debe de ser fiel a su mujer y al trabajo, y desde hace mucho tiempo, se le nota, y estoy segura que se preguntaría más de una vez qué hacía allí y cómo había llegado hasta allí, pero allí estaba, en los brazos del mismísimo placer, como diría Cornelia. Le encantaba sentir que me poseía, soy más pequeña y delgada que él, tú lo conoces, y morderme los pezones, eso lo hacía con suavidad. “Cada vez que te penetro siento tu infierno, quemas por dentro”, me decía.
- Vaya, bonito anillo ¿me lo regalas? – le dije, chupando el dedo en el que lo llevaba. Él no dijo nada, hizo el amago de ocultar el dedo con el anillo, pero cedió y me dejó contemplarlo a la luz de una pequeña lámpara que había en la mesilla de la habitación del hotel.
- Jota, cariño, en que líos me metes, ese tío es dinamita... El día que explote su vida se irá al carajo. Ya lo verás, todo está en la grabación.
- ¡Quién era ese loco? No me digas que no lo sabes – le dijo Manuel a Jota.
Jota iba a contestarle, pero cambió de humor en un instante. Se sintió molesto, el pecho le abrasaba, miró hacia el dispensador de morfina, vio que estaba vacío y se enfadó con el mundo, especialmente con las enfermeras.
- Llámalas, que vengan con el puñetero fármaco, me ahogo – dijo, y Manuel salió disparado hacia la recepción donde exigió ligereza y entusiasmo. Unos minutos después, Jota medicado, volvería a estar tranquilo y respiraba suavemente. En cuanto su respiración se agitaba sentía un dolor insoportable y es que aún tenía las vertebras clavadas en el pulmón. Luego se durmió.
El plató se había quedado en sombras. Habían apagado la luz del decorado y los paneles de las paredes del fondo del escenario habían desaparecido de los televisores en las casas. Los espectadores no veían nada, salvo el inquietante rostro de Lucho iluminado por un chorro de luz blanca y brillante. El rostro de Lucho parecía flotar en la penumbra, mientras un fondo musical de percusión le daba al momento un aire de tensión creciente: Pum, pum, pum, pum… Lucho, que vestía de arriba a bajo de negro para conseguir el efecto, y al que le colgaba su melena rubia por un costado, anunció con voz solemne la inminente entrada en escena de una mujer que había asesinado a tres personas y que tuvo a la policía tras sus pasos una larga temporada. Al parecer había tratado de cometer un cuarto crimen, pero dejó malherida a la víctima, quien la denunció, siendo detenida, juzgada y puesta de inmediato en prisión, donde seguía ingresada.
- Tenía que haberla rematado – le confesaría a Jota en la cárcel, la tarde que se conocieron, para justificar la mala suerte que había tenido.
Jota fue a verla a la prisión, donde olía, recordaba, a cocido. No sabía si quien olía era ella, su ropa, se habría manchado con la comida, o si ese olor pesado e inconfundible provenía de algún lugar próximo, quizás la cocina estuviera por allí. Tampoco sabía por qué la reclusa llegó sin esposar y la dejaron sola, sin escolta, como si aquel recinto fuera el bar de la cárcel, solo que sin camareros, nadie, no había nadie más que ella y él, cara a cara, y el café que había sacado de la máquina que estaba a la entrada, justo donde le habían cacheado.
- Para que luego digan que mi trabajo es una necedad y que no hago otra cosa que pasearme en Ferrari y entrevistarme con modelos - le planteó Jota a Manuel, quien sonrió con el comentario, invitándolo con un gesto a que siguiera hablando. Estaba sorprendido de que su hermano fuera capaz de acercarse a una asesina para ganarse unos miles de euros, pero aún estaba más sorprendido de que a él le interesara saber qué fue lo que sucedió.
- Hace calor, en los hospitales siempre lo hace, ¿quieres que abra un poco las ventanas para que se ventile la habitación? - preguntó Manuel.
- Allí, en la cárcel, pasé un rato desagradable - añadió Jota, ignorando al hermano -. En realidad no hubo motivo. Ascensión, allí todos la llamaban Chon, se mostró calmada, indiferente y lejana. Pero él estuvo vigilante. No podía olvidar la charla que había mantenido con el psicólogo de la cárcel, y mientras estuvo sentado frente a ella apenas pudo tragar saliva.
- Es inteligente y muy violenta y fría - me había informado el psicólogo, por teléfono -, como el mismo hielo. No tenga la más mínima duda, estará usted ante una auténtica psicópata – me había advertido también –. Pase lo que pase no se lo crea si muestra la más mínima empatía hacia usted. Estará mintiendo. Hace años que parece normalizada, pero quién sabe... Aquí lleva casi dieciséis años y ha herido a tres internas y a una celadora. Fue hace tiempo, no las mató porque intervenimos a tiempo.
Él era una estrella y una estrella no debería caer tan bajo, le había recordado su manager, pero ahí estaba Lucho, dando el callo, era un profesional y un profesional tenía que hacer su trabajo, y su trabajo ahora consistía en entrevistar a Ascensión López, una asesina.
- ¿Tenía usted alguna razón para matar a Álvaro Conejero, conserje del edificio donde entró a robar? – le preguntó Lucho de inicio, tras presentar el espantoso currículo de Chon a la audiencia.
- No, ninguna, apareció por allí y tuve que hacerlo. Me miró mal y me amenazó con romperme la crisma. Simplemente le golpeé con los primero que encontré – respondió Ascensión López.
- Pero le atacó usted con una tijera, se la clavó en el cuello – le recordó Lucho, que preguntaba con frialdad. Estaba asqueado.
- Sí, no sé qué demonios hacía en mis manos. Si me preguntas de dónde la saqué, no sabría decirte – volvió a responder, haciendo una mueca a medio camino entre una sonrisa y un gesto de desprecio.
Chon era la exclusiva de la noche en el show. Jota no pensaba invitarla, pero Olga, hablando del tema, dijo que a la gente le atraen los asesinos mientras estén en la tele o enjaulados, como si fueran chimpancés en el zoo,… y cambió de opinión. Confiaba en que las curvas de los gráficos de la audiencia de El show, las notas, así las llamaba, se dispararían hacia arriba. Como esperaba que se hablara de ello al día siguiente en oficinas, panaderías, clubes, gimnasios, redes sociales,... Así funcionaba el público, por contagio.
Olga Salazar era un calco de Jota, el credo de ambos era el de a más audiencia más dinero. El de Manuel era otro, por eso, al escuchar al hermano hablar de aquella manera, se vio obligado a interrumpirlo.
- Como sigas por ahí te veo haciendo un programa que se titule Al margen de la ley, protagonizado por asesinos, ladrones, estafadores, narcos... – matizó -. Desde el punto de vista sociológico o antropológico sería interesante, pero me temo que podría ser poco educativo y aún menos festivo.
- La tele, hermano, no es educativa, sirve solo para el entretenimiento. La gente se pasa frente a ella casi cuatro horas al día de media. ¿Qué busca?... Pasarlo bien, supongo, olvidarse de ellos mismos - terminó Jota, respondiéndole.
- Entretenerse, ya, sí, claro, me lo has dicho muchas veces; pero perdona que siempre insista en lo mismo: no olvides que también informa, ¿no? - preguntó Manuel, dejando la cuestión en el aire.
Todo iba sobre ruedas en el programa y Olga aprovechó para salir fuera de la cabina del estudio, al pasillo, dónde olvidando que fumar estaba prohibido, encendió un cigarro. Con el pitillo en la mano se le vino a la cabeza Chon. Olga confiaba en que hubiera dado el juego esperado y que su confesión hubiera horrorizado a la gente. Tal y como ella le había exigido, Chon había sido minuciosa en los detalles y no había dado pruebas de arrepentimiento. Bárbaro, mañana querrán volver a verla -, se dijo con satisfacción, estaba contenta.
- ¿Preparada para la que se avecina? - le preguntó Jota, que acababa de presentarse en el estudio de nuevo. Venía de su domicilio, adonde había ido, dijo, a recoger unos documentos y el dinero que había que darle a la presa. - Toma - añadiría, entregando a Olga un sobre. No quería que quedara constancia de la cifra total que iba a pagar a Ascensión López y la mayor parte se lo daba en negro.
- ¿Preparada?, dices - añadió Olga -. Mañana habrá polémica, nos acusarán de ser nocivos para la salud social, dirán que qué tipo de periodismo hacemos, que no respetamos a las víctimas ni a sus familiares,...
Jota pensó que no valía la pena conocer a mujeres como Chon, pero peor era estar en el paro o no tener dinero para pagar a los empleados -. “¡Ah, el morbo, quién lo inventaría! Si pudiera, apostaría 100 euros en el Ibsex a que mañana llegamos al 20% de share. Deberíamos ampliar los horizontes del Ibsex.”
El Ibsex o el Sex Dow Jones, que tanto monta, era un invento que crearon los trabajadores de Canal 100 y que empezó tras mucho oírse comentarios y sospechas de amores de lo más variopintos. Llegó a haber los suficientes como para que se apostara a si esas historias eran o no ciertas. La actividad nació espontáneamente, como un juego, pero en poco tiempo pasó a ser lo que es hoy: un club formado por un centenar de personas. Era un juego, pero era perverso, y alguna que otra pareja había desaparecido debido a sus apuestas.
Olga y Jota estaban teniendo en el pasillo un momento dulce, y lo disfrutaron. Rara vez había silencio cuando estaban en directo, y tan escasa tensión. Era un buen síntoma. Hasta que sonó el móvil de Jota, le acababan de dejar un mensaje. Solo alguien conocido se comunicaría con él a esas horas, pasada la medianoche.
- Holaaa, sigo en casa de ms padres. 4 3 2 1 0, dejo d estar operativa. Hablmos mañana si puedes. Tengo ganas de verte.
Era Marina y su manera de advertirle que seguía desaparecida, cosa que solía hacer con relativa frecuencia.
Jota insistía una y otra vez en que su accidente no fue fortuito, que los frenos no dejaron de funcionar así como así, que alguien debió manipularlos. Había pedido a la aseguradora y a la policía que los revisasen, y aún seguía a la espera de sus informes. La verdad era que tenía pocas esperanzas pues el coche ardió, eso ponía en el atestado policial, donde también escribieron que los Ferrari arden enseguida. “¿Qué era enseguida? ¿Por qué?”, les había preguntado, era lo menos que podía hacer, y entonces se dedicaron a darle lecciones de ingeniería que no aclaraban nada.
- Deben ser profesionales en ese caso, si fuera cierto lo que usted dice, porque lo de los frenos no lo maneja cualquiera - le advertiría el sargento de la policía cuando le visitó en el hospital, después de que Megan pusiera una denuncia, que le dictó Jota, relatando los hechos. La quiso poner para que quedara constancia y por si estaba en lo cierto. Aunque en la denuncia obviara datos como el de la velocidad; Jota iba lanzado, como siempre superaba en mucho el límite permitido.
- Inspector, el coche estaba al día de revisiones, lo sé porque me cuesta un dineral hacerlo, cada vez que llegan esas facturas me duele el estómago, créame que no lo digo por decir. Me dice que el coche está destrozado, que está inservible, pero espero que aún pueda ser útil para averiguar qué le hicieron - le había comentado Jota.
- ¿Quién querría hacerle daño? ¿Sospecha de alguien? -, preguntó el policía, al que se le veía algo incómodo.
- Ni idea, puede que nadie, pero puede que haya cola, no soy un bendito y mi trabajo me crea enemigos - había contestado Jota, tratando de que comprendiera que él no era un pijo con Ferrari, como seguro pensaba. “Ponte a investigar, mamón”. Tampoco reveló que aquella misma tarde, la del accidente, Marina había estado en el coche con él.
- ¿Cómo conociste a Marina? - preguntó Manuel, mientras se comía unas pipas, tenía adicción a las de calabaza -. Nunca me lo contaste.
Se supone que estaban de fiesta. A su lado, a la izquierda de Marina, que estaba a su vez sentada a la izquierda de Jota, se encontraba la estrella de la noche: Felipe Corominas, un empresario de cervezas al que el público, en las redes, había concedido el premio de considerar su marca, Nacional, como el mejor branding del mercado. Una empresa de publicidad había inventado este concurso y Nacional había ganado en la final, y por escasa diferencia, a una marca de cosmética, Silence. Para celebrarlo, la agencia de publicidad que le llevaba la cuenta a Corominas había decidido organizarle aquel homenaje a base de langosta, paté frío, barra libre y tías buenas.
En el hotel, por supuesto de lujo, había varias mesas, redondas todas, y en la que estaba frente a la presidencial habían sentado a seis monadas que iban muy, muy arregladas, se les notaba que se habían vestido para la ocasión: iban acicaladas, las melenas rizadas, cayendo en cascada, algunas con mechas, elegantes, vestían trajes entallados, alguna minifalda y tacones de aguja,... Lucían collares, pendientes, pulseras,…
- Hola, me llamo Luis Robles, dirijo el marketing de cervezas Nacional – le había dicho a Jota, a modo de saludo, un tipo que estaba sentado a su derecha.
- Pues qué bien, no, Luis, tendrás birras gratis – añadió, por decir algo, riendo ambos. También Marina, que estaba escuchando, y que dada la ocasión se animó a presentarse.
- Hola, ¿qué tal?, soy Marina Peña – le dijo a Jota tan solo y le sonrió, besándole a continuación. Fue un solo beso, una caricia en la mejilla.
- Jota, Jota Pérez, José, Jota para los amigos, encantado – respondió el productor de televisión, algo nervioso. Vista la arrogancia juvenil de la que hacía gala la mayoría femenina del entorno ella le pareció de otra galaxia, por la edad, rozaría la treintena, y porque sus ojos, rasgados y verdes, miraban con la ironía que da la madurez. Marina Peña iba como luego descubriría Jota que era, sencilla. Llevaba flequillo y moño, un vestido de colores pálidos, el tacón bajo, el bolso en bandolera y nada en el cuello, nada en las manos, ni un mísero anillo. Venía a pelo, sin más defensa que su propia belleza.
Así empezó todo entre ella y él, así se conocieron, con un simple saludo, una mirada y un beso. No hubo nada especial, nada que entonces les indicara que las cosas iban a llegar adonde habían llegado, las buenas y las malas. Hablaron, intercambiaron criterios sobre algunos temas intrascendentes y de vez en cuando se perdieron en las charlas de los demás, pero siempre volvían para saber cómo se encontraban, cada vez más conscientes de que sobraban en la mesa. Ella, porque las demás la veían como una rival y trataban de hacerla de menos; él, porque el único que hablaba allí era el cervecero, que para eso era la estrella.
La cena fue transcurriendo con un monólogo del cervecero, quien se dedicó a disertar sobre las múltiples bondades de Nacional, una cerveza de sabor suave, y sobre algunas de las virtudes del tabaco. Se acababa de comprar unas miles de hectáreas de una plantación en Latinoamérica y se lo contaba a todo el mundo. Hablaba él, y entre discurso y discurso su director de publicidad metía baza y elogios, uno tras otro, sin escatimarlos. Entre medias, todo bien apretado, había risas, gritos y peticiones de más bebida por parte de las damas. Marina solo bebía agua y Jota, como de costumbre, se pasaba de la raya.
- ¿No bebes? – le preguntó a Marina.
- No, alguien tendrá que conducir para ir a casa – le contestó, riendo burlona y mirándolo ahora con desparpajo –. Ya veo que tú le das por los dos – continuó diciendo, con un tono que lejos de molestarlo, a Jota le divirtió. Era verdad, además, estaba bebiendo sin control, iba a su bola; cuando se aburría bebía para matar el tiempo. Marina también se aburría. El cervecero no le hacía caso, su atención se concentraba en una de las chicas que tenía enfrente, tenía las medidas del escote que a él le gustaban.
- ¡Viva la Nacional! – exclamó a gritos la del escote. Fue todo cuanto dijo en la noche de interés. A las demás les preocupaba si la cerveza engordaba, su sabor, el color, incluso cómo se hacía; le dedicaron tiempo al tema, se supone que buscando, equivocadamente, la atención de Corominas.
Jota no veía la hora de levantarse de la mesa y estirar las piernas. Había acudido a la cena por compromiso, y porque se había llevado una buena cantidad de dinero con el concurso de marcas, y quería agradecérselo sobre todo a la agencia, que le había invitado esa noche. Nacional estaba despegando en el mercado y necesitaba un poco de impulso para instalarse… y ganó el concurso. ¿Cómo lo consiguió? Era secreto profesional, pero Jota tuvo que meter mucha cerveza por la cara en las neveras de los espectadores, y en las redes, donde se celebró en realidad el concurso. Cervezas y cenas gratis en una franquicia de restaurantes.
- Dime la verdad – insistió Jota a Jesús Menéndez, el boss de la agencia de publicidad que había organizado la cena -. Ahora que no me oye Corominas: ¿Está Nacional tras el acuerdo al que llegamos? ¿Sabe algo de lo que habéis pagado para llevarse el concurso?
Cuando se lo preguntó estaban algo más bebidos, Marina se había ido al aseo y el cervecero se comportaba como si tuviera barra libre, se paseaba por la mesa de las chicas para comprobar la medida de aquel escote que tanto le atraía.
- Para nada, amigo – le contestó -. Además, ¿quién ha pagado qué, para qué, por qué,...? Hemos ganado verdad, jajajajaja… Vamos, fúmate un puro... - añadió, levantándose escurridizo para dirigirse al rincón donde un sumiller trajeado como si fuera el día de su boda custodiaba una colección de puros de todos los tamaños.
El programa de actos incluía baile y copas tras la cena y todos se dirigieron hacia la discoteca, Marina Peña por delante, unos pasos tan solo, y con agua en el vaso que llevaba en la mano. A aquellas alturas, las ideas de Jota, confusas por la bebida, estaban sin embargo claras. Quería marcharse, se lo pedía el cuerpo, pero antes tenía que conseguir el teléfono de Marina, quizás más premio.
No la veía, había bastante gente pululando por la discoteca, pero intuía que Marina Peña andaría por allí, esperando para llevarlo a casa. ¿No se lo había prometido acaso? Jota se preguntaba qué hacía ella allí. ¿Trabajaba para Nacional? Cuando le preguntó, Menéndez no lo sabía, le había dicho que suponía que sí, pero que no estaba seguro, había gente invitada que ni él mismo conocía y que representaba a distintas empresas. Aunque era evidente que si estaba en la mesa principal sería porque Corominas lo había decidido.
- Dime la verdassh. ¿Cuánto me ha costado ganag el concugso? – le preguntó el cervecero a Jota cuando tropezaron en la disco. Se cruzaron a la entrada de los aseos. El empresario parecía grogui, la fiesta le estaba pasando factura.
- Menos de lo que crees - le contestó Jota por decir algo, que se quedó en blanco; luego le sonrió, le dio una palmada en la espalda como si fuera un colega y le dejó plantado en medio de la noche de neón y de las macizas que la agencia había dispuesto a su alrededor para hacerle sentir un cazador.
- El éxito tiene estas cosas, que atonta, despista – le dijo Marina a modo de saludo y apareciendo de la nada, mientras con el mentón señalaba a Corominas, quien ahora iba puro en mano bailando la conga seguido de las chicas.
- No hay más que verlo, – contestó Jota, señalándolo a su vez con un gesto de ojos. -. Va contento. Dime una cosa: ¿crees que esas señoritas son de verdad o son de pago? – inquirió, tratando de ver cómo reaccionaba.
Marina lo miró con curiosidad y sonrió, pero no dijo nada, no transmitió la más leve señal de sorpresa, de enojo, o de que no lo tomara en serio.
- ¿Me vas a llevar a casa? – preguntó entonces Jota, tratando de averiguar lo que le pasaba por la cabeza -. Mira en qué lamentable estado estoy... Necesito una amiga.
Ella, por toda respuesta, sonrió, lo tomó después de la mano y lo sacó a bailar. Una vez en la pista, Jota la cogió por la cintura y la atrajo hacia sí, sintiendo su cabeza en el hombro. Así estuvieron un buen rato, callados, él con los ojos abiertos, temeroso de cerrarlos y perder el paso, y ella entregada a la música.
Al finalizar el tema musical, Marina Peña se separó de él unos centímetros, lo miró y le dio las gracias, también le dijo que le había gustado sentirse abandonada mientras bailaban, confiando en él. Jota no sabía si lo dijo para agradarlo, porque añadió que bailaba muy bien, y no bailaba bien ni mucho menos.
- Deberías llamarme algún día – le dijo Jota -. O te llamo yo.
Marina sonrió, cariñosa, sabía lo que había en juego en ese instante, hurgó en su bolso, sacó un bolígrafo, y tomando su mano le escribió su número de teléfono en la palma. Mientras escribía, Jota supo que no lo llevaría a casa, pero se lo tomó lo mejor que pudo. Luego, una vez en la calle, cogió un taxi y le mandó un mensaje desde el móvil:
- Ojo con todos esos tíos, también querrán que los lleves a casa.
- Amooooorrrr, ¿has dejado el pabellón bien alto?... Cari, ya sé, ya sé, has estado más solo que la una, pero es que tenía ganas de sexo, compréndelo. ¿Sabes desde cuándo no...? - le preguntó la Zurita por teléfono mientras él iba en el taxi camino de casa, el alcohol acumulado en las sienes -. Desde que Marlon Brando mostraba sus bíceps en la peli aquella en blanco y negro, ¿cómo se llamaba?... ¡Un Tranvía Llamado Deseo! ¡Uf! Me ponía aquella fiera de hombre, aunque luego engordó y se quedó sin glamur. ¿Y que es un hombre sin glamur? ... ¿El mío? ... Nada, era como un Seat 600. Un don nadie, un quiero y no puedo. Mucho tupé y poca melena donde agarrarse mientras te ponen.... cach... en tu sitio. Pero hice prácticas al menos.
- Al grano, no me vengas con tus aventuras sexuales que estoy muy pedo - le pidió Jota, que balbuceaba.
Al grano, al grano, ¡siempre andas con prisas! Eres el hombre más ocupado que... Bien, va, quería contarte que JosCo, el showman, tiene lío de faldas, y que se lo van a sacar a la luz, me lo contaron haciéndome las uñas. ¿Sabes algo? Si lo tienes lo quiero en exclusiva. Contigo, claro está. Tú en la tele y yo en mi revista, en Líos... ¿Qué es amigo tuyo?... Y mío. Pero son negocios, cielo. Uy, te voy a dejar, call me Pipo. ¿Qué querrá a estas horas? Seguro que está en la disco nueva, la de los hermanos Pujol, los catalanes, que se han venido a conquistar Madrid. Dicen que hay uno que tiene afeitada la cabeza, es calvo, parece una pastilla de jabón, es sexy, sexy. Los calvos me privan. Lo dicho, corazón, cuando se te pase la resaca dame un toque. Chao.
Jota respiró tranquilo. Cada vez que lo llamaba la periodista María José Zurita el mundo se tambaleaba bajo sus pies. Pero aquella vez todo transcurrió tranquilo. Sin embargo, lo que son las cosas, minutos después volvía a sonar el móvil. En la pantalla: La Zuri.
- Amor, amor, amor, antes te llamaba para saber cómo había ido lo de la cena, la de Nacional, y mira... Pipo, que me distrae. ¿Te vienes a la disco? Dice que está a rebosar, y que está el Jordi, el calvo, no, espera, se llama Joan. Esos catalanes son unos mafias, eso se cuenta. ¿Tú te crees? ¿Y bien?... ¿Y la cena entonces?... Nos la curramos, eh, le echamos horas, pero ganó la cerveza que es lo importante. Tú y yo juntos somos inmortales, digo imbatibles, jajajaja. Te quiero, divino – añadió.
Durante unos minutos, el taxista de testigo, Jota le estuvo haciendo una radiografía de lo sucedido sin mencionar a Marina. Cuando colgó le dolía la cabeza y cerró los ojos para ver si se le pasaba.
No le contestó ni esa noche ni durante otros cuantos días en los que Jota la llamó, pero Marina le enviaba mensajes al teléfono proponiéndole citas para tomar café, citas que luego anulaba o modificaba, para volver a anular, creando una cadena sin fin de mensajes y wasaps. Desde entonces, de aquello hacía meses, no hubo día que no recibiera media docena al menos. Algunos días habían superado la veintena y si se enzarzaban en una charla, eran incontables.
- Tienes la polla + dura que he visto en mi vida. ¡Ah…! Jajajaja Me imagino tu cara al leerlo. Jajajaja… - le diría en uno, aún lo conservaba, poco tiempo después de que se hubieran enrollado por primera vez, fue en el coche y junto al río. Echaron un polvo que no fue nada del otro mundo, pero que prometía.
En aquellos tiempos, cuando iniciaron su relación, Marina se mostraba descarada y turbadora en las citas, que para variar proponía en lugares y a horas imprevistas y en las que experimentaban rápidos escarceos o sexo febril. A Jota le entretenía, pero… Con ella siempre, no sabía por qué, iba con el freno echado. Y es que cuando Marina estaba a su lado era ardiente y conseguía parar el reloj, pero en cuanto se separaban Jota se prometía que no volvería a verla. Aunque luego pasaban los días y la echaba de menos…
La distancia y las horas sin verla le ayudaban a tomar conciencia también del riesgo que suponía lo que hacía, las consecuencias que podría traerle con Megan y Leia, su hija; pero en cuanto volvía a verla lo mandaba todo al carajo y se decía, para tranquilizarse, que solo se trataba de pasar un rato divertido y que qué mal había en ello. Además, se lo repetía a Marina en cada cita, no quería que se confundiera, lo suyo no tendría más sentido que esas citas alocadas, porque Megan Green era su esposa y su futuro.
Marina parecía aceptarlo todo de buen grado, y cuando Jota se ponía impertinente y pesado, le pedía que se alejara y la olvidara, que sus asuntos eran suyos y los de él, de él, y que ella no le hacía partícipe porque no eran de su incumbencia, y que si lo que pretendía era convertir su relación en un asunto de pareja, de pareja convencional, que ella no estaba por la labor, que lo que ella buscaba eran nuevos horizontes, que los viejos, los de siempre, los que manejan todos los amantes, ya los conocía; que, en fin, que lo que ella quería, ahora, allí, era echar un buen polvo y que eso es lo que le gustaba de él, añadió, la pasión que ponía a lo que hacían juntos.
- A veces, querido, no siempre, jajaja - rio con ganas -; así que follemos – matizó, burlona, besuqueando sus mejillas, los párpados, los labios,...
Su charla tranquilizaba a Jota, pero no lo hubiera hecho, dejarlo tan tranquilo, si hubiera sabido entonces lo que sabría más tarde, semanas después, y porque ella se lo dijo: que también estaba casada. Si lo hubiera sabido durante las primeras citas, en aquellas semanas ardientes, mucho y distinto es lo que hubiera tenido que pasar.
Ahora, en el hospital, pensaba que su relación hubiera sido más interesante si ambos hubieran ignorado todo sobre el otro. De hecho, él jamás le había preguntado qué hacía ella en el homenaje que le organizaron a Felipe Corominas. No le importaba. Aunque tampoco ella mostró la mínima intención de averiguar quién era él. No parecía interesarle lo que hacía, aunque por algunos comentarios que le hizo, Jota había intuido, puede que se equivocara, que ella estaba al tanto de dónde se movía, en el show business y todo ese rollo.
- ¿Sabes que te digo, Manu?... Que por mucho que ella dijera que era el cuerpo el único reino que explorarían del otro, ella era consciente de que detrás de él había una niña y una madre y que podrían verse afectadas. Yo no, por aquellas fechas iba a ciegas - concluyó Jota.
Cuando sonó el teléfono, Gloria estaba pintándose las uñas. Esa noche había fiesta en la oficina y tenia que convertir la Gloria que era ahora – iba con el pelo recogido en un moño y llevaba puesto un pantalón corto, negro, con lunares blancos, y una camiseta de tirantes azul oscura -, en una mujer sofisticada, elegante y subida a unos tacones. Era temprano, pero a ella, cuando toreaba – eso decía que hacía, torear a machos fogosos -, le gustaba cuidar hasta el mínimo detalle, y eso suponía más tiempo.
Era Jota. Quería saber si Cornelia tenía la grabación del hotel. Había tratado de preguntárselo a ella, pero no la localizaba. Gloria le informó que se la había entregado, como acordaron, y que no sabía más. Gloria también hacía días que no veía a Cornelia.
- ¿Ocurre algo entre vosotras? – preguntó Jota.
Gloria le dijo que mejor no se entrometiera y colgó. No parecía muy contenta. Jota se quedó pensativo y Gloria recibió una nueva llamada de Cornelia, la enésima. Esta vez tampoco contestaría. La vería esa noche, pensó, y al hacerlo, se estremeció.
Jota decidió cerrar los ojos. Estaba en la cama y aunque no se sentía mal, estaba incómodo. Manuel no dijo nada, no quería entrometerse en su discurso, estaba deseoso de conocer el nombre de la persona a la que habían grabado en el hotel, pero prefirió esperar a que su hermano se lo contara, bien porque le parecía que podía confiar en él, o bien porque lo veía necesario para desentrañar el supuesto misterio que envolvía su fatídico accidente de tráfico.
Pero Jota no decía nada y durante un rato se dedicó a meditar en qué es lo que estaría pasando entre Cornelia y Goria.
- Hola, Salvatore, ¿no me digas que estás viendo nuestro programa a estas horas? Es mejor en directo, por la mañana pierde emoción – le dijo Jota, mientras avanzaba hacia él desde la puerta de su despacho, que era muy amplio y rectangular y estaba plagado de monitores en una de sus paredes, habría una veintena y en todos había imágenes, o de platós dónde se estaban ensayando o grabando nuevos programas, o de la emisión de algún espacio de su propia canal y de otros canales. En uno de ellos, precisamente, se estaba viendo una de las ediciones de El show, la de la noche anterior. No lo veía bien desde donde estaba, pero Jota juraría que Salvatore Russo acababa de congelar la imagen de ese monitor y que quien aparecía en pantalla era la convicta Ascención López
Había una mesa de despacho y a su derecha otra, redonda, con varias butacas. “Una mesa con historia, aquí se han cerrado todo tipo de contratos, el mío sin ir más lejos”, pensó Jota, pasando a su lado. También había un ventanal desde el que podía alcanzarse a ver una autopista. El suelo era de parqué oscuro y del techo colgaban dos hileras de focos que estaban apagados. Había suficiente luz esa mañana.
Jota sabía que Salvatore estaba allí, pero como su estatura era reducida y el sillón en el que estaba sentado era muy grande, y como además iba vestido de azul oscuro y el cuero del asiento también lo era, de inicio no acertó a ubicarlo. Lo localizó justo en cuanto se movió. Le sonrió entonces y decidió acercarse, llevando su mano por delante para estrechar la suya. Salvatore la aceptó sin entusiasmo.
- Claro, no me pierdo uno de tus shows – contestó Salvatore -. ¿Sabes? La historia de la mujer convicta y asesina que invitaste ayer resultó escabrosa, humillante, ordinaria,… No sé qué más decirte salvo que has olvidado nuestras sugerencias. Me refiero a aquello de que es mejor no invitar a gente sórdida y miserable, da audiencia, pero afea el programa y aleja a los anunciantes. Tenemos que tender a hacer un programa familiar, blanco como el hielo del Ártico, jajaja - rio, tras finalizar su comentario -. Digo el Ártico porque ayer vi un documental fantástico con drones que lo sobrevolaban.
- Perdona Salvatore... – respondió Jota -, como dirían algunos de mis colaboradores la vida es sórdida. Nosotros solo somos sus fotógrafos. Los políticos son corruptos y gestionan a dedo; las empresas eluden pagar sus impuestos; los bancos engañan cuando salen a Bolsa, o se quedan con nuestras casas y mantienen nuestras deudas cuando no pagamos las hipotecas... Ahí tienes a los alcaldes... recalifican terrenos para que sus amigos se forren... Señor consejero delegado, la tele es un espejo de la sociedad. Nosotros solo hacemos nuestra parte de la función.
Ya estaba. Habían puesto las cartas boca arriba y Jota ni siquiera se había sentado. ¿Tendría algún sentido hacerlo según iban las cosas?
- No creo que esa sea la respuesta que estamos esperando – le replicó Salvatore, con exquisita frialdad y sin mirarlo siquiera -. Tú fuiste importante en su momento para este canal, pero ahora son otros tiempos y hay que adaptarse. Ya no necesitamos asesinos para tener audiencia. ¿Te has parado a pensar que las familias de sus víctimas se quejarán a la prensa, a esos mismos políticos de los que hablas...? Esta televisión no quiere ese tipo de publicidad.
- Pero si nos dejamos influir por cada uno que nos amenaza o nos presiona para que no hablemos - insistió Jota -, esto no sería un medio de comunicación. Esa señora, como tantas otras, está cumpliendo de largo con la sociedad. Veinte años son muchos ¿no te parece? Debo recordarte, además, que hasta la fecha hemos tenido tan solo una docena de querellas y denuncias, de las cuales solo hemos perdido una. Una, en tres años.
- Sí, pero la que tú has perdido es la que peor imagen ha dado y la más alta en remuneración de cuantas hayamos pagado - le contestó el directivo de Canal 100.
- Cierto, y si quieres volvemos a hablar de cómo actuaron vuestros abogados en aquel caso. Se prefirió pagar a pelear, dada la alarma social que se podría crear, según ellos. Nos tirasteis a los leones. Pero hemos sobrevivido a vuestro pesar, supongo - quiso matizar Jota.
- ¿A nuestro pesar? Es posible, porque nos reiteramos en lo dicho, la imagen que da tú programa no es la adecuada - volvió a incidir Salvatore Russo, el hombre fuerte de Canal 100, el máximo representante de los accionistas, su Moisés, a él le dictaban las tablas de la ley.
- Pero el share que conseguimos sí que es de vuestro agrado ¿no es cierto? - insistió Jota, que no acababa de tener claro si Salvatore hablaba ese día así, en plan mayestático, por aparentar modestia o por dárselas de algo -. Mira, Canal 100 era el que peores resultados obtenía en el mercado hasta que llegamos nosotros - añadió -. Sí, hemos colaborado en que tengas este despacho; aquí - dijo, mirando en derredor - se podría jugar un partido de básquet; tienes secretarias, chófer, chef... ¿Cuánto te has llevado en stock options este año gracias al share, a la famosa cuota de pantalla que nosotros conseguimos? Que conste que estoy a favor de que ganes dinero, que se te pague bien, te lo mereces, haces un buen trabajo - concluyó -. Solo quiero recordártelo.
Por un momento ninguno dijo nada. Jota se sentía caliente, notaba en el pecho un violento arrebato bullendo como un animal a punto de saltar sobre su presa y se recreó unos segundos en esa sensación, también una especie de pesar que preludia al desastre.
Salvatore y Jota, que siempre discutían sobre lo mismo, que si share que si..., acostumbraban a sufrir idénticos ataques de impertinencia. ¿Cómo no serlo Jota, impertinente, arrogante, si cada noche su show lo veían alrededor de dos millones de personas y Canal 100, solo en publicidad directa, ganaba con él varios millones de euros al mes, decenas al año?; más los extras de las redes sociales, los ingresos por product placement, la publicidad indirecta, los concursos,... ¿Cómo no serlo Salvatore si los dividendos que entregaba a sus accionistas eran millonarios y aumentaban cada año?
Pero Jota era José Pérez y más allá de su perímetro mental no había nada, nadie, y menos Salvatore. El productor pensaba que las recurrentes puestas en escena del directivo eran puro escaparate porque en realidad a él debía de verlo como una máquina tragaperras que daba un chorro de monedas las veinticuatro horas del día. Jota pensaba que Russo estaba ahora furioso con él porque no admitía que le tratara de iguala a igual, pero que en cuanto se enfriara volvería a entender cuánto lo necesitaba. Esta era su percepción y aun siendo falsa, que lo desconocía, no admitiría otra.
Sea como fuere, Salvatore era un estorbo para Jota y este había empezado a intrigar para conseguir que colocaran en su lugar al director general del canal, Miguel Peralta, a quien por cierto tenía a sueldo. Nadie, por supuesto, estaba al tanto. Cuando intrigaban, el argentino Peralta, que provenía del epicentro del mundo, Buenos Aires, le confesaba estar harto de trabajar 60 horas a la semana y que Russo triplicara su salario, más el dinero retribuido por las variables.
- Las variables... che, no me seas boludo, sé que vos me entendés. Las variables me traen loco - se quejaba -, él se lleva más de un kilo al año y yo unas migajas, decenas de miles. ¿Entendés ahora?
Escuchando al argentino, Jota dedujo que a Salvatore le debía pasar algo parecido con él. Sabía que él ganaba diez veces más y que pringaba diez veces menos. Eso debía dolerle. Cómo mínimo irritarlo, lo que era peor, porque el cabreo va por dentro, es una culebra que te mordisquea las entrañas. Contra el dolor hay analgésicos; contra el mal rollo no hay ni vacunas. El mal rollo está siempre ahí, atormentando, dando por culo.
- Hay una gran diferencia entre ese mundo en el que tú te desenvuelves con normalidad y el nuestro - le dijo Manuel a Jota -, el de mi barrio, el de este hospital,... En el tuyo la envidia está muy extendida, y la envidia es un pecado capital insano que puede hacer enfermar a todos cuantos te rodean. Diría que es contagioso. Peralta tiene envidia de Salvatore, Russo de ti,... ¿Y tú?
Jota no le contestó, prefirió eludirlo que explicar lo que pensaba. Además, él ya estaba en otro escenario, estaba pensando que jamás le había agradado comprar a alguien. La primera vez que lo hizo, la de Peralta, no durmió después. Le pareció un acto turbio, puede que innecesario, pero pronto empezó a verle la otra cara, la positiva. Jota siempre había sido optimista, y ahora también. Por eso tuvo después más Peraltas en nómina. ¿Para qué discutir tanto, tanta negociación, si podían resolverse las cosas con dinero. El único que le había plantado cara había sido Salvatore.
- Con él no he podido. Hasta ahora, claro - matizó Jota a su hermano.
- Parecía que alguien que había cambiado con semejante facilidad lo público - Russo fue un gris diputado autonómico -, por los consejos de administración, tenía que tener un precio. Eso pensabas por entonces - le planteó Manuel, dando por hecho que su hermano había cambiado de asunto -. Pero ahí sigue el tío, incombustible. ¿Sabes qué? Me has dado una pequeña participación en tu negocio y te lo agradezco, sé que la posición de Russo no nos viene bien, y me molesta que esté ahí, pero también me gustaría que desapareciera de nuestro horizonte de otra manera.
- Claro, y a mí, pero dime cómo. Me temo Manu que sigues creyendo en los Reyes Magos - le replicaría Jota, neutra la voz, indiferente a su propio comentario.
Una vez, una de las pocas que Jota y Salvatore quedaron para almorzar, cuando se estaba gestando la enemistad que les mantenía tan unidos, Jota trató de forzar la situación y llevó consigo una pequeña mochila en la que metió una pasta gansa, no recordaba cuanta, pero mucha, la cantidad era tentadora. Llegado cierto momento y como sin venir a cuento, Jota le mostró el dinero.
- Mira, aquí están la mayoría de los billetes de 500 que nadie encuentra – le anunció, bromeando -. ¿Te lo conté, verdad? - dijo después a Manuel, y ambos sonrieron.
En aquella ocasión, Salvatore, que tenía de italiano el nombre y el primer apellido, herencia de un pasado paterno napolitano - él, como su madre, eran del Bierzo, de la provincia española de León -, echó un vistazo al interior de la mochila y guardó un estudiado silencio. Jota, que le había visto más veces en ese trance, llegó a pensar que la codicia podría con él, pero el del Bierzo ni preguntó para qué era el dinero. Sabía perfectamente para qué, y hubiera bastado con alargar el brazo para quedarse con la mochila. Pero no lo hizo. ¿Creyó que habría cámaras ocultas? Jota tenía sus dudas de que no lo hubiera cogido por eso.
La cuestión, era evidente, es que no se tragaban. El miope de Russo, que usaba unas gafas minúsculas de montura dorada, algo alargadas por los laterales y al que le gustaba vestir de sastre - la raya de sus trajes era de autopista -, desdeñaba a Jota porque pensaba que era vulgar, un trepa, un saltimbanqui ideológico, una persona con pocos escrúpulos, y tenía razón probablemente. Jota, por su parte, pensaba que Salvatore no se le había entregado porque se había vendido a un poder mayor. Pero Jota se había prometido tenerlo a su servicio y no descansaría hasta lograrlo.
- No eres mejor que yo, pero yo aún soy libre y tú no. - le había dicho en su día a Salvatore, desconcertándolo. Cuando se lo dijo, el directivo agachó la cabeza y se quedó mirando las punteras de los zapatos levemente; luego volvió a mirar a Jota y dijo:
- Así que libre, eh,... - No dijo más.
Otra vez, Jota iba a subir al ascensor más próximo al plató, llevaba un enfado morrocotudo porque el banco le había retrasado la concesión de un renting, apareció Rita, la mano derecha de Salvatore, y como era muy raro verla fuera del ecosistema de su jefe, Jota le preguntó qué hacía por allí.
- Nada, hijo, mi jefe, que anda hoy histérico. Fíjate, iba a ir a la farmacia a por un calmante, pero resulta que Manoli, la maquilladora, me dijo que ella tenía, así que he bajado y… – le fue contando mientras subían.
- ¡Bieennnnn! - Gritó Jota en cuanto salió del ascensor y se cerraron sus puertas. Rita dentro. El mal genio que arrastraba por lo del banco se esfumó como por encanto al saber que a Russo le iban mal las cosas.
- Me temo entonces que lo de Russo sea cuestión de que des con su tarifa - le dijo Manuel, limpiándose las gafas con la camisa blanca que llevaba bajo un chaleco que a su vez se ocultaba bajo una chaqueta de pana, en cuestiones de moda se había quedado en los años sesenta del pasado siglo -; pero ¿y si se trata de otra cosa: un proyecto, una sociedad, algo que os ligue a ambos para el futuro? Aunque si me permites una reflexión, creo que Salvatore nunca ha sido un fin para ti, siempre ha sido un medio para llegar hasta los de arriba; como dirías tú, a los que le dan cuerda, le ponen el collar.
- Puede ser – contestó -. Anda, llama a la auxiliar, necesito que me cambie las sábanas, estoy como pegado a ellas.
Manuel apretó el interruptor y mientras esperaba la respuesta de la auxiliar del hospital pidió a su hermano que siguiera contándole cómo terminó su encuentro con Salvatore, cuando le llamó al despacho para echarle una bronca por lo de Chon.
De repente, a Jota le entraron las prisas, supo que para complicarle la vida tendría que ser paciente, y decidió escudarse en una migraña insoportable para pedir disculpas y despedirse de Salvatore. Un minuto después, ahora camino de la puerta de salida, volvería a disculparse, esta vez por su mal carácter, prometiendo que no habría más criminales en El show, que buscaría nuevas vías de entretenimiento, que era lo mejor para todos, y le pidió tiempo. Lo dijo y acto seguido le volvió a lanzar la mano para estrechar la suya. Con ella iba la mejor de sus sonrisas.
- Me alegro de que colabores – dijo Russo -, nuestra intención es esa tan solo, la de informarte y pedirte que cambies el rumbo del show. Hasta Lucho está molesto con la gente que tiene que entrevistar, se siente incómodo. Deja a los freaks, abandona la calle, la noche,... Tienes un buen puñado de familias de las que ocuparte, son perfectas para ti. Hablo de los metrosexuales, hipsters, fofisanos, creo que se llaman así, jajajaja - rio, tocándose la barriga -; creo que yo soy uno de estos, ya sabes lo que me gusta la buena mesa; ¿y qué me dices de los muppets o de los, ubers...?
- ¿Lucho ha venido a verte para, para....? ¿Para qué? – le interrumpió Jota, dominándose -. ¿Quieres contratarle para otro show? Porque desde este momento está libre.
- No te enfades con él, lo siento, no he debido decirte nada, pero está preocupado por su carrera... - matizó Russo, torciendo el gesto, sabedor de que había metido la pata.
