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Obra ganadora del PRIMER PREMIO DE LITERATURA INFANTIL DE EDITORIAL SIETE ISLAS 2021. SINOPSIS: Frida es muy friki, tanto que ha construido una Batcueva con su abuela y montado una agencia clandestina de detectives, tanto que copia los exámenes para NO sacar siempre sobresalientes y resultar todavía más friki. Sus héroes son Steve Jobs, Isaac Asimov y Sherlock Holmes. Para ella todo resulta elemental hasta que su hermana mayor, Giulietta, deja de actuar de forma razonable. Y es que Giulietta se ha enamorado y Frida no lo entiende. O su hermana ha sido poseída por un ultracuerpo alienígena o se encuentra bajo el dominio de un mutante telépata. ¿Qué si no? Porque lo del amor no tiene sentido. Frida está decidida a resolver este caso, pero para ello necesitará mucha ayuda, porque los sentimientos no son su fuerte y, además, estos pueden ser más peligrosos que el profesor Moriarty. #fridalafriki
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Seitenzahl: 262
Veröffentlichungsjahr: 2022
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© Título: Frida, la friki
© Daniel Bautista
ISBN: 978-84-122749-9-8
Primera edición: julio 2021
Edición: Editorial siete islas www.editorialsieteislas.com
Correctora: Marta Mozo Holgado
Ilustración portada: Pablo Carreiro
Maquetación: David Márquez
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A Carmen María Santana Pérez y Teresa Vega Suárez, que han dedicado sus vidas a sembrar futuros.
Fri, la friki, frikeando
-¡Fri, la friki, frikeando! –Giulietta acababa de irrumpir como un huracán en el dormitorio de Frida después de volver del instituto. Estaba radiante y se tiró en plancha sobre la cama, donde la niña disfrutaba de un cómic.
–¿Cómo estás hermanita?
«Leyendo» era la respuesta lógica, pero Fri sabía que su lógica no era la lógica de todo el mundo y por eso se tomó un instante para tramar una respuesta más adecuada.
–Bien.
Aquel «bien» podría haberlo pronunciado en medio de un entierro, porque la niña ni siquiera esbozó un sucedáneo de sonrisa al decirlo. Era lo que Giu denominaba su «cara de psicópata»: «Fri, no te pongas psicópata», «Fri, sonríe», «Fri, no te quedes mirando fijamente, que pareces salida de Mentes Criminales». Lo normal habría sido que su hermana la reprendiera pero no lo hizo. Estaba inquieta, eufórica. Algo le pasaba.
Le quitó el cómic y lo sostuvo en alto tras darse la vuelta. Ahora estaba boca arriba, con los pies apoyados en la pared sobre la cabecera de la cama.
–¿Qué te pasa? –quiso saber Frida.
–¿Cómo que qué me pasa?
–Estás contenta. ¿Has sacado buena nota en un examen o algo así?
–No, no me han dado ninguna nota.
–Entonces es que te han dado un solo o quieren que actúes en algún sitio.
Los estudios y la danza eran lo único importante para Giulietta. Si estaba alegre era por una cosa o por la otra.
–¡No! ¡Qué va! No me pasa nada. Todo bien.
Eso no convenció a Fri. Cuando llegaba del instituto, Giulietta se iba hambrienta a la cocina, servía la comida y la llamaba con un grito. Sin embargo, ahora continuaba tirada en su cama haciendo el tonto.
–No puedes estar mala del estómago –caviló la niña–. Te pones de muy mal humor cuando estás enferma, así que no puede ser eso.
–Fri, es-toy bi-en –Giu silabeaba como si Fri tuviera problemas de oído cuando no lograba que pensara lo que ella quería que pensase.
–Pero…
–Pero nada. No pasa nada. Ya sabes, solo eres tú, Fri, la friki, frikeando, como siempre.
Aun así, Giuletta todavía tardó un cuarto de hora en acordarse de la comida. Allí había gato encerrado.
El escuadrón de Cupertino
Giulietta salió a las cuatro y media de la tarde para ir a la escuela de danza. Normalmente llevaba una bolsa de deportes con la ropa de baile, su merienda y sus deberes, pero esa tarde optó por una mochila menos abultada. Fri lo tuvo claro: Giulietta no iba a danza. Le había mentido y eso era insólito. Giu nunca mentía.
En cuanto se fue, Fri entró en su dormitorio y revisó su bolsa de deportes, donde encontró su chándal, mallas y, lo que era más importante, sus zapatillas de ballet. Luego ojeó la mochila del instituto y comprobó que había dejado los libros de texto y los cuadernos. Así que no iba a bailar y tampoco a estudiar. ¿Adónde se dirigía entonces? La niña decidió ir a Cupertino para averiguarlo.
A sus padres no les gustaba que tuviera móvil, pero ese curso por fin se lo permitieron. Hasta el anterior, Maye –su abuela paterna– se ocupaba de ellas después de clase, pero ese año había considerado que ya tenían edad suficiente para volver solas a casa y arreglárselas por su cuenta hasta la llegada de sus padres. Fri aprovechó la ocasión para legalizar su teléfono.
Cuando por fin le compraron uno, por sus manos ya habían pasado varios de forma clandestina. El primero lo consiguió con nueve años, cuando su padre le ordenó tirar un terminal estropeado en el contenedor de reciclaje de una tienda mientras compraba otro. Frida no solo retuvo y escondió el aparato sino que se hizo con otros tres desechados. Ninguno funcionaba, pero eso no le preocupó. Con un ordenador y una buena conexión a internet, era capaz de aprender casi cualquier cosa. Tras varios videotutoriales, incontables horas de investigación y un sinfín de consultas en foros especializados, logró arreglar uno sirviéndose de los circuitos del resto. Luego le instaló un sistema operativo y lo puso a funcionar.
La SIM la consiguió gracias a su vecina María, una escandalosa cincuentona adicta a los romances online que, sin embargo, sufría un galopante analfabetismo digital. No distinguía un módem de una parabólica de modo que, cuando se quedaba sin wifi o internet le iba lento, no se le ocurría otra cosa que sacar el router por la ventana en busca de cobertura.
Tras descubrirla en varias ocasiones maldiciendo por la ventana con el router en mano, la niña se ofreció a prestarle auxilio y, desde entonces, cada vez que a María se le colgaba su desvencijado PC, tocaba en casa de Frida en busca de ayuda. En agradecimiento, le regalaba todo cuanto la niña detestaba: muñecas, maquillaje y ropa. Por fin, cuando Frida tuvo su móvil operativo, le hizo a María una oferta que no podría rechazar: servicio técnico indefinido a cambio de pagarle una línea y guardarle el secreto. María hizo cálculos y aceptó encantada. Antes de Frida, su ordenador pasaba más colgado o en el técnico que funcionando, lo que resultaba catastrófico para su ajetreada vida amorosa en la red.
Del móvil que le compraron a Frida sus padres a principio de ese curso ya no quedaba más que la carcasa. Le había aumentado la RAM y cambiado las cámaras, pero de eso tampoco sabían nada sus progenitores. Esconder cosas no era nada nuevo para ella y Maye solía ser su cómplice, por eso Cupertino estaba en su casa. Su abuela estaba decidida a vivir sus últimos años lo más tranquila posible y para lograrlo no le importaba esconder algunos asuntos sucios bajo la alfombra o una guarida secreta en su garaje.
Maye vivía a diez minutos a pie, a cuatro calles de la playa de Las Canteras, en una vivienda unifamiliar. La planta baja se dividía en un garaje amplio con baño y un recibidor, donde estaban las escaleras. En el primer piso había cocina, otro baño, tres dormitorios y un holgado salón-comedor. Cupertino estaba oculto en el garaje.
–¡Maye, estoy aquí! –gritó la niña desde la puerta.
Su voz escaló hasta el salón, donde su abuela estaría hipnotizaba con alguna telenovela.
–¡Bien! –gritó la mujer sin dignarse a bajar a saludarla.
Fri sabía que su abuela estaba absorta en su serie y esta que su nieta había ido más a revolver en Cupertino que a verla a ella, así que no era necesario guardar las apariencias.
Desde que murió su abuelo Nicolás, el garaje se había convertido en una especie de trastero lleno de estanterías repletas, muebles viejos y percheros con disfraces de carnaval. Cupertino no era el garaje, sino lo que había oculto en él. La niña se dirigió a las estanterías metálicas del fondo y buscó una palanca escondida tras la pata de una estantería. Tiró de ella y escuchó el familiar sonido del seguro que mantenía inmóvil la estantería. Luego la empujó hacia dentro y esta rodó sobre unos raíles ayudada por un sistema de contrapesos. Lo que parecía el fondo del garaje en realidad no lo era. Maye y Fri habían tardado casi un año en construir Cupertino.
Cuando la niña tenía siete años y murió paye Nicolás, a sus padres les preocupó que estuviera deprimida y tramaron buscar la ayuda de un profesional. Maye, siguiendo con su tradición de esconder los problemas bajo las alfombras y los cadáveres en los armarios, intuyó que su vida se complicaría si Frida caía en manos de un psicólogo. Temía aburridas tardes de terapia, interminables informes psicopedagógicos y un sinfín de noches en vela, a causa de la preocupación, que la alejarían de la tranquilidad, así que optó por atajar el problema de la tristeza de su nieta de una forma más directa, que si bien no lo solucionaba de fondo, sí que les permitiría seguirlo ignorando. Fue así como le preguntó a Frida qué la haría feliz en ese trance. Su nieta le contestó que una guarida secreta como la de Batman. «A lo mejor podemos arreglarlo», entonó su abuela.
Cupertino y la Batcueva tenían dos cosas en común: el secreto y la tecnología. Fri no tenía un batmóvil o un batplano –todavía–, pero sí tres ordenadores de sobremesa, dos portátiles y todo un arsenal de gadgets. Los ordenadores estaban en una mesa pegada a la pared, sobre la que había dos imágenes de sus ídolos: Steve Jobs y Stephen Wozniak. Ambos crearon Apple en un garaje y Cupertino era donde estaba ahora la sede de la empresa. Por eso Fri había llamado así a aquel lugar –«Batcueva» le resultaba un tanto pretencioso.
Junto a los ordenadores había una tercera foto enmarcada, donde aparecía Fri comandando al equipo que diseñó y construyó Cupertino: Maye, Pedro Madina y Eduardo Sánchez. Uno había sido arquitecto y el otro albañil.
La niña había pasado buena parte de su infancia en el centro de día de Guanarteme, que acogía a los jubilados de la zona. Ella y Giu jugaban en sus instalaciones mientras los ancianos hacían gimnasia, hablaban de tiempos olvidados o se las entendían con un manoseado dominó. Al principio, a Frida los viejos le olían raro, le parecía que se movían a cámara lenta y le daba la impresión de que no servían para nada. Pero con el tiempo descubrió que dentro de cada uno había en realidad un «había-sido» y los «había-sido» continuaban siendo útiles.
Eduardo Sánchez había sido la cabeza del proyecto Cupertino. A él se le ocurrió que el mejor sitio para una guarida secreta sería el garaje. El resto lo tildó de locura. Allí cabía una guarida pero no sería secreta. Cualquiera que hubiera estado en la casa notaría que, de repente, al garaje le faltaban dos metros de fondo.
–Las paredes no se mueven sin que la gente lo note –precisó Pedro Madina.
–Los continentes se mueven y nadie lo nota –afirmó Fri.
–Hija, los continentes no se mueven –la corrigió su abuela.
–Sí, sí que se mueven –insistió Eduardo, colocándose bien sus gruesos anteojos sobre su nariz chata, que apenas era capaz de sostenerlos.
Tras eso, les explicó cómo las placas tectónicas sobre las que estaban los continentes se movían lentamente haciendo que resultara imperceptible a ojos vista.
–Pero eso no nos sirve de nada para construir la Batcueva esa –indicó Pedro.
–¡Claro que sí! –afirmó Fri, que ya tenía un plan.
Cupertino tardó casi un año en estar terminado, aunque el grueso del trabajo fue ocultarlo y no tanto construirlo. En apenas unos días, Eduardo y Pedro colocaron las placas de yeso y las estanterías que servirían de falso fondo para el garaje. Pero entonces las situaron dejando solo diez centímetros de distancia hasta la pared trasera, de manera que no se advertía el exiguo espacio que acababan de robarle al lugar. Luego pintaron todas las paredes de negro para que el garaje pareciera más pequeño. El padre de Fri se puso de los nervios y su madre pensó que Maye sufría demencia senil o una depresión de caballo después de la muerte de su marido. Fri le sugirió a su abuela que lo explicara argumentando que se había hecho gótica, pero lo que Maye le dijo a su hijo fue que la muerte era un abismo oscuro y que estaba usando el garaje para irse aclimatando. A partir de ese momento, nadie volvió a objetar nada acerca del color de las paredes.
–La mejor forma que tiene una vieja de evitar una discusión es que la den por loca. Eso o hacerles creer que te vas a morir pronto. Entonces dejarás de ser un problema –la adoctrinó Maye.
Durante los meses siguientes, el escuadrón Cupertino rodó las falsas paredes cientos de veces, ganando poco a poco centímetros para la guardia secreta. Cada vez que lo hacían, repintaban el garaje en un tono de gris un poco más claro, confiando en que lo que el garaje perdía en amplitud lo recobraba al aclarar el color. Eduardo decía que la luz era capaz de cambiar totalmente la percepción de una estancia. Cuando por fin alcanzaron los dos metros de fondo para Cupertino, el escuadrón colocó y ocultó los raíles y el sistema de contrapesos, lo pintaron todo de blanco y colocaron una ventana alargada en la puerta del garaje para que entrara la luz del día.
Lo de aclarar las paredes paulatinamente lo explicaron argumentando una crisis de fe de Maye, que dijo que había empezado a ir a misa y que el cura la estaba convenciendo de que la muerte no era un abismo oscuro sino algo mucho más luminoso. Todo ese tiempo, Frida vivió entusiasmada con su proyecto secreto y sus padres desistieron de ponerla en manos de un terapeuta para superar la muerte del abuelo.
Cuando todo estuvo acabado, lo celebraron con un atracón de helado. A la edad de los del escuadrón aquello era todo un lujo.
–Lo hemos logrado, Fri, ya tienes tu guarida –celebró Maye ese día.
–Ahora tienes que guardar el secreto para que no la descubran. Cuanta más gente lo sepa, más probabilidades hay de que lo hagan –intentó advertirle Eduardo.
–Ya lo sé. A los constructores de las pirámides los encerraban dentro para que no se supieran sus secretos; y en la mitología clásica, a Dédalo lo encarcelan en una torre después de construir el laberinto del Minotauro para mantener a salvo el secreto de cómo entrar y salir de él.
Todos sabían que Fri leía mucho, pero aun así no acababan de acostumbrarse a qué era lo que leía y las cosas que recordaba.
–Pero Dédalo logró escapar –apuntó Eduardo.
–Lo lógico habría sido matarlo, los faraones tenían razón –afirmó Fri con la mirada un poco perdida, que era la que ponía cuando pensaba solo en términos lógicos.
Entonces fue como si un aire frío recorriera el garaje por un segundo. Ninguno de los dos hombres se atrevió a probar otra cucharada del helado que les había servido la niña.
–Bueno, cariño –bromeó su abuela desplegando su mejor sonrisa–, para lo que les queda en este mundo a estos vejestorios no merece la pena que te arriesgues a una investigación por homicidio múltiple.
–Además, –añadió Pedro–, ni este ni yo recordamos lo que desayunamos esta mañana. En un mes no tendremos ni idea de lo que hay aquí –sonrió el hombre.
–Ya, ya, claro –añadió Fri llevándose una cucharada de helado a la boca que hizo que todo volviera a la normalidad.
Aparte del escuadrón, solo dos personas más conocían la existencia de la guarida. Uno acababa de llamar al timbre después de que Fri lo avisara por WhatsApp.
–¡Ya voy yo, Maye! ¡Es Cas!
Casimiro era un compañero de clase. Maye la había obligado a hacer amigos cuando en el colegio empezaron a preocuparse por ella. Su abuela le explicó que, a veces, la gente no podía mostrarse como era en realidad. Ocurría como en los cómics, donde los superhéroes tenían una identidad secreta. Sus amigos eran parte de la suya y Fri los había seleccionado con cuidado porque necesitaba poder confiar en ellos.
–¿Qué pasa? –le preguntó Cas en cuanto ella le abrió la puerta.
Era un niño regordete de cara afable. Solía vestir unos pantalones demasiado cortos que lo hacían parecer ridículo y camisetas de manga hueca para llevar aireadas las axilas, que le sudaban prominentemente en cuanto hacía algo de deporte o se ponía bajo el sol.
–Es Giulietta.
–¿Le ha ocurrido algo?
–Está rara.
–Fri, tú no sabes cuándo alguien está raro, porque tú eres rara.
Su amiga lo ignoró.
–No ha ido a danza hoy.
–¿Y por eso está rara? No tendría ganas.
Ya estaban en Cupertino. En las estanterías de la guarida secreta había decenas de aparatos. Unos los había comprado Fri y otro los estaba arreglando o programando para otras personas, casi siempre abuelos del centro de día.
–Ella siempre va a ballet y nunca me miente. Algo le pasa, ha ido a otro sitio.
–¿Adónde?
–No lo sé, pero estoy a punto de averiguarlo.
Fri activó su móvil y buscó en un escritorio oculto un programa espía que había instalado en los teléfonos de toda su familia. Pulsó sobre el icono que correspondía al de Giu y su GPS le devolvió su localización.
–Lo sabía, no está en la academia.
Vivían en Las Canteras, la playa más grande de la ciudad de las Palmas, cercana al Puerto de La Luz. Tenía una longitud de casi cuatro kilómetros que comprendía desde la bahía del Confital hasta la desembocadura del barranco de Tamaraceite, cerca del Auditorio Alfredo Kraus, el centro comercial Las Arenas y el viejo barrio de Guanarteme, de donde era su familia. La escuela de danza de Sari Lustre se hallaba próxima, junto al parque Franchy Roca, que Giulietta había dejado atrás para continuar hacia la zona de La Puntilla, en el otro extremo de la playa.
–Vamos, la seguiremos –le ordenó a Casimiro.
El niño bufó impotente. Gael, el otro miembro del equipo, había ido al dentista, así que no podría contar con él para convencer a Frida de que no se metiera en un lío.
–Toma –dijo la chica pasándole una pequeña mochila.
Ella se puso su gabardina Burberry. Era impermeable y resistente. Estaba fabricada con un tejido sintético transpirable del que hablaban maravillas en la web donde la compró. Fri era muy consciente de los peligros del sol y había decidido que lo mejor era ir bien cubierta. Además, lo de las gabardinas era muy de detectives y superhéroes. También llevaba a veces un sombrero de alas beis, del mismo tono que el abrigo. Ese le gustaba más a su madre, porque decía que la hacía interesante.
Era menuda y flacucha, una especie de versión inmadura de su hermana. Ambas eran delgadas y tenían unos ojos rasgados azul claro. Además, compartían una nariz fina y levemente respingona, todo ello enmarcado en una cara afilada coronada por un cabello castaño claro y lacio que Giulietta lucía largo y Fri llevaba bien corto. Aquel angosto físico desaparecía dentro de la gabardina y bajo el sombrero. Era como cuando Superman se enfundaba en su traje de periodista y se ponía sus anteojos. Todo el mundo recordaba en Las Canteras a la friki de la gabardina y el sombrero, porque en la isla nadie los usaba, pero ninguno identificaba los rasgos que se ocultaban bajo esas prendas. Cuando Fri quería pasar desapercibida, bastaba con que se quitara su disfraz de detective y se enfundara una gorra para que no la reconocieran.
Eso, sin embargo, no serviría con Giulietta. Su hermana la reconocería a un kilómetro de distancia solo por la forma de moverse, así que Cas y ella no podían permitirse el lujo de acercarse demasiado.
La siguieron por el paseo marítimo hasta la zona de La Puntilla, donde el cursor del GPS dejó de moverse.
–Se ha parado –anunció Cas.
En La Puntilla se acababa la playa, pero no el paseo marítimo, que continuaba ascendiendo en un ancho adoquinado gris hacia la zona del Confital. Allí aún había algunos negocios de hostelería y, de tanto en tanto, unas escaleras salvaban el desnivel de los acantilados para conducirte a una pequeña piscina de agua salada o a alguna caleta que usaban los vecinos cuando no querían caminar hasta la playa de arena para bañarse.
Cas y Fri abandonaron el paseo marítimo y callejearon por la segunda línea de playa para no ser descubiertos. Fri llevaba una cámara fotográfica con teleobjetivo colgada al cuello.
Además de arreglarle y programarle aparatos a los jubilados del centro de día, Fri trabajaba de detective para ellos. Cuando alguno sospechaba de su pareja o temía que un familiar le robaba dinero, los niños se ponían manos a la obra. Con el tiempo se habían hecho con una buena cartera de clientes. Con lo que ganaban, Fri compraba sus gadgets y el material informático de Cupertino.
–No la veo –dijo Cas después de hacer una ronda de reconocimiento.
Fri escrutaba la avenida oculta en la rampa de un garaje.
–¿No estará equivocado el aparatejo? –le preguntó Cas.
–Funciona por GPS, Cas, tiene que estar cerca.
–No será el primer aparato que se rompe –se opuso su compañero.
–¡Ya sé! –dijo Fri saliendo de su escondite.
Había cerca una escalera que llevaba a una piscina. Giu tenía que estar allí.
Los niños se asomaron al muro con precaución. Junto a la piscina había una explanada para los bañistas y cinco chicos en ella: tres muchachas que tomaban el sol y una pareja apoyada en la pared del acantilado. Los espió con el teleobjetivo y pudo confirmar sus sospechas: Giu era el cincuenta por ciento de esa pareja. Llevaba el pelo recogido en una coleta para que el viento no la incomodase y había sustituido sus gafas de pasta verde y grandes cristales por sus lentillas.
–¡Ahí está!
Su acompañante tendría dos o tres años más que ella. No vestía de manera muy diferente a Cas, solo que a él sí le quedaba bien la ropa. La camiseta sin mangas dejaba a la vista unos contorneados y fibrosos brazos morenos, no como los jamoncillos tiernos y sonrosados de Cas, que parecían recién sacados del mostrador de una charcutería. También llevaba pantalones cortos, solo que estos eran amplias bermudas de vivos colores que le llegaban por debajo de las rodillas. Tenía toda la pinta de tratarse de un surfista.
Hasta un ciego podría ver que Giulietta se encontraba incómoda y avergonzada. Se cogía ambas manos entre los muslos y desviaba la mirada hacia el suelo mientras hablaba, evitando los ojos de su interlocutor. Se inclinada levemente hacia atrás, mientras el chico lo hacía hacia delante aproximándose a ella.
–No parece que tu hermana corra peligro. No creo que quiera que la rescaten –le advirtió Cas.
–Está nerviosa –objetó Fri.
–Claro que está nerviosa. ¿Cómo va a estar? Será una de sus primeras citas.
–¿Una cita?
Aquello no podía ser. Giu no se fijaba en los chicos, ella solo quería ser bailarina. Era imposible que hubiera dejado de ir a danza para estar con uno, mucho menos cuando estaban preparando un espectáculo para el teatro Benito Pérez Galdós.
–No, aquí pasa algo.
–Mírala, se ríe, está bien.
Cas tenía mirada de halcón. Efectivamente, Giulietta se reía, pero era una risa vergonzosa, contenida.
–Te sigo diciendo que está tensa, le pasa algo.
–Está enamorada. Eso es lo que pasa, nada más.
Fri volvió a ignorarlo. Las cosas empeoraban para Giulietta. El muchacho se acercó aún más a ella, pero esta vez su hermana no retrocedió y los labios de ambos se fundieron.
–Ves, te lo dije, es su novio.
–No, no es eso.
Fri ya lo tenía claro. Su hermana nunca faltaría a clases de danza por un chico, luego aquella no era su hermana.
–¿Entonces?
Aquella no era Giulietta, pero sabía que no se lo podía decir a Cas. Se trataba del tipo de cosas que Maye le había dicho que no le contara a nadie, ni siquiera a la misma Maye. Eran ideas que Fri tenía que dejar pasar si no quería tener problemas. ¿Pero cómo iba a ignorarlo? ¡Aquella no era su hermana, sino un extraterrestre suplantándola!
Apuntes de Fri: Giulietta y los ultracuerpos. Primeras hipótesis
Giulietta no se siente interesada por los chicos. Mi hermana no es así. A ella solo le gusta la danza, así que es imposible que haya dejado de ir a ballet por un chico, a no ser que:
a) no sea Giulietta,
b) la estén extorsionando,
c) haya sido sustituida por los ultracuerpos o sometida a control mental.
Lo primero que he comprobado es que el cuerpo de Giu parece seguir siendo el mismo. Entré en el baño mientras se duchaba y comprobé que tiene todos sus lunares en su sitio y también cada una de las cicatrices que le recuerdo (algunas se las hice yo). Así que es el cuerpo de Giulietta o bien es uno absolutamente idéntico. Por más que le he preguntado a Maye, no parece que haya sospechas de que mamá tuviera gemelas cuando nació Giulietta, y aunque así fuera no tendría sus cicatrices en el mismo sitio, así que descarto la posibilidad de que mi hermana tuviera una gemela a la que le interesaran los chicos.
Tampoco es muy probable que clonaran su cuerpo con cicatrices y lunares. Más que clonación, tendría que haber sido una especie de impresora en tres dimensiones capaz de reproducirla y dotarla de vida. Sin embargo, por lo que he leído en internet, eso está muy lejos de ser posible, por lo menos con la tecnología humana actual. Aún así, no termino de concluir que Giulietta sea Giulietta, sino solo que no ha podido dejar de serlo por causas humanas, pero a eso volveré más adelante, cuando haya desarrollado mis otras dos hipótesis.
Lo segundo que se me ocurre es que Giulietta esté siendo obligada a citarse con un chico y a besarlo. Pero no puede ser: Giulietta no hace nada mal y, aunque así fuera, no se me ocurre nada creíble por lo que alguien pudiera chantajearla. Es cierto que la noto nerviosa y hasta podría decirse que tiene miedo, pero a todo ello lo acompaña cierta euforia. Está tan contenta como si acabaran de nombrarla primera bailarina en el Netherlands ballet, que siempre ha sido su sueño. Es imposible que nadie la esté forzando a actuar así, por lo menos por causas humanas.
Todos mis razonamientos me llevan una y otra vez a lo que se me vino a la cabeza cuando la vi besarse con ese chico: algo de naturaleza extraterrestre está involucrado en este caso. Puede parecer una paranoia, y es justo el tipo de cosas que no puedo contarle a nadie, pero no por ser lo menos frecuente hay que desestimar la teoría. De hecho, es la única que tiene sentido. A pesar de ello, intentaré llevar la investigación sin compartir mi teorías hasta tener pruebas irrefutables.
Como lo que llevó a Giulietta a besar a un chico no puede ser nada humano, tengo que pensar en otras alternativas.
Lo sobrenatural lo considero descartado, porque nunca he hallado indicios de que exista un mundo más allá de la muerte ni nada que trascienda lo material. He probado a hablar con paye Nico mediante tablas ouija, he ido a que me lean la mano y hasta redacté un precontrato para venderle mi alma al diablo por comprobar si aparecía en mi dormitorio a estampar su firma, pero nada. Cas suele decirme que no tengo corazón, pero ni él se atrevería a afirmar que no tengo alma. Dudo que el diablo dejara pasar la oportunidad de hacerse con la mía porque yo, a buen seguro, podría ser un genio del mal como el profesor Moriarty. Diría que solo me falta una prueba para comprobar que el más allá no existe: que la Sanguijuela muera. Es tan pesada que seguro que se me aparecería noche tras noche para continuar martirizándome. Ella sí que es un genio del mal.
Desestimado todo eso, solo me queda pensar que lo que le ocurre a Giulietta tiene un origen extraterrestre y ya eso no es tan fácil de negar. Es casi absurdo pensar que en un universo infinito seamos el único planeta que alberga vida y, visto lo visto, seguro que no somos la especie más inteligente (basta con ver los programas rosa o leer novelas románticas).. Así que fuerzas extraterrestres bien podrían estar implicadas en el caso. Se me ocurren dos teorías. La primera es que una raza alienígena esté replicando y sustituyendo a los humanos para dominar la tierra y hayan empezado por mi hermana. De momento, me referiré a ellos como los «ultracuerpos». La segunda posibilidad se basa en el control mental. En la ciencia ficción se puede ejercer mediante la telepatía –como el profesor Charles Xavier– o en plan parasitario, como en Alien. O sea, que la pueden estar controlando a distancia o un organismo extraño puede haberse alojado en su cuerpo para controlar su psique.
Vale, y por último está lo que dice Cas: que Giulietta puede haberse enamorado, pero eso es lo menos razonable. Muy propio de Cas. No obstante, no me atrevo a descartarlo del todo, puesto que hay mucha gente que se enamora, aunque yo no sé por qué.
Jabba el Hutt
Jabba el Hutt era aquel gusano mafioso de Stars Wars al que Han Solo le debía dinero. Pesaba al menos una tonelada y su cuerpo se componía de pliegues de grasa; se pasaba el día tumbado en medio de un gran salón, solo pensaba en sacar dinero de debajo de las piedras y era un genio del mal. La Sanguijuela, la abuela materna de Fri, era igual que Jabba el Hutt: vegetaba en un sofá armada con un mando a distancia y se empachaba a partes iguales de tele y comida basura, lo que explicaba que pesara algo más de cien kilos.
Las hermanas habían tocado al timbre minutos antes y, en lo que tardó en abrirles, a Fri le había dado tiempo de terminar un sudoku en el móvil mientras que Giu había mandado una decena de mensajes con el suyo. La Sanguijuela era tan lenta que, a veces, en vez de avanzar parecía que retrocedía.
Una vez en semana los padres de Fri iban a comer a su casa, aunque eran ellos los que llevaban la comida. Martirio ya no cocinaba a causa de un dolor en el abdomen del que se quejaba desde hacía años. Los médicos no encontraban su origen a pesar de que la habían operado seis veces para «echar un vistazo»; cirugía exploratoria lo llamaban.
–Hola, queridas niñas –las saludó la mujer con su voz apagada. Antes de dejarlas pasar les dio uno de sus abrazos asfixiantes que a Fri le ponían los pelos de punta.
Jabba el Hutt solía encadenar a las personas. La Sanguijuela era algo parecido. Siempre te agarraba, se colgaba de tu brazo o se pegaba mucho a ti en el sofá aunque hiciera mucho calor. Fri, mientras la abrazaba, respiraba hondo y cerraba los ojos, como cuando el dentista le metía el torno en la boca.
–¡Agh! –pronunció con desagrado después de que su abuela casi la estrangulara.
–¡Qué tarde! –se quejó Martirio.
Martirio siempre se quejaba. Tenía voz de prisionero de catacumbas a punto de morir, solo que ella vivía en un quinto y tenía las analíticas perfectas.
–Es que se nos escapó la guagua.
En realidad dejaron pasar dos para llegar más tarde al polígono de San Cristóbal, donde vivía la Sanguijuela. Cuando por fin esta llegó al sofá, se tumbó y se puso una bolsa de hielo sobre la barriga para recordarles que le dolía.
