Galician stories - Silvia de Pablos - E-Book

Galician stories E-Book

Silvia de Pablos

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Beschreibung

Una periodista de investigación viaja a Galicia a hacer su tesis doctoral sobre los misterios y leyendas de esa región. En medio de sus averiguaciones, se involucra en una investigación criminal para resolver la desaparición de algunas personas en extrañas circunstancias y se implica, casi sin querer, en enigmáticos fenómenos. Los incomparables marcos naturales del mar y del rural gallego son el escenario de esta obra de suspense y hechos paranormales que te hará ver Galicia con otros ojos.

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Seitenzahl: 386

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Galician Stories

Silvia De Pablos

© Silvia De Pablos

© Galician Stories

Junio de 2022

ISBN papel: 978-84-685-6709-9

ISBN ePub: 978-84-685-6708-2

Editado por Bubok Publishing S.L.

[email protected]

Tel: 912904490

C/Vizcaya, 6

28045 Madrid

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

A mí familia, amigos y alumnos,

y los lectores que crean en fantasmas y leyendas.

Índice

Capítulo 1. Doctorado en Antropología

Capítulo 2. Haciendo las maletas

Capítulo 3. Comienza la cuenta atrás

Capítulo 4. Islas Cíes y otros paraísos

Capítulo 5. Comencemos por el rural gallego.

Capitulo 6. El indiano que vivía en el centro.

Capítulo 7. El océano Atlántico.

Capítulo 8. Curandeiros, Meigas o bruxas

Capítulo 9. A Santa Compaña

Capítulo 10. ¿Epitafio o continuación?

Capítulo 1 Doctorado en Antropología

Miro mi smartwatch mientras bajo apresurada la escalera de la estación Nuevos Ministerios. Como siempre, voy con el tiempo justo. Noto las palpitaciones de mi corazón arriba en la garganta. A veces pienso lo tranquilo que debe ser vivir sin estrés, sin ir corriendo a todos los lados, y poder tomarse la vida con calma. Debe de ser fantástico. Es un privilegio que pocos pueden permitirse. Pero rápidamente desecho esa idea y me subo casi de un salto en el vagón de metro, línea 6. En 4 paradas ya llego a la mía: Ciudad Universitaria. Mi destino.

Menos mal que el metro en Madrid es rápido. En coche no hubiera llegado tan bien de tiempo. Con lo cual al volver a consultar la hora en mi reloj y ver que aún tengo un cuarto de hora decido desacelerar el paso, para no llegar sudando y jadeando a la reunión. No da imagen de una periodista con experiencia, intentando doctorarse en Antropología.

Así era siempre mi vida, acelerada, pero siempre llegaba puntual a mis citas.

Ya veía la fachada de la Facultad de Sociología, y mi pulso y respiración ya se iban regulando. Bien. Auto control Sandra, modo autocontrol y serenidad activado. (Y sonrío para mis adentros, varios cursos de autocontrol, coaching y de inteligencia emocional durante años no iban a caer en saco vacío).

Ya estaba subiendo las escaleras, y seguía congratulándome a mí misma de haber tenido la suerte de que me aceptara, como doctoranda, un catedrático, que es una eminencia precisamente en la materia en que me iba a doctorar. En antropología cultural. Del cual había aprendido mucho, escuchándole en conferencias y leído varios libros suyos sobre brujería y leyendas gallegas.

Llamé a la puerta, pregunté si podía pasar. Y ante la respuesta afirmativa, entré. Saludé al catedrático con un gesto de cabeza tipo reverencia y este me hizo un ademán con la mano para que me sentase en uno de los sillones confidente, de su gran mesa de despacho.

Hacía años, que trabajaba de periodista de investigación para una cadena de televisión, colaborando con mi trabajo de “periodista-detective” en varios programas. Pero uno de mis pasatiempos era la antropología, y más concretamente las leyendas. Y más específicamente, las leyendas gallegas. Ya que, por suerte, o por desgracia, cuando tenía dieciocho años de edad, había decidido estudiar periodismo. Pero como no me apetecía ir y volver todos los días desde casa de mis padres, me inventé que la Facultad de Periodismo de la Universidad de Santiago de Compostela tenía unas especialidades que en Madrid no había. Aunque en realidad lo hacía porque había oído a muchos compañeros de mi instituto, que eran mayores que yo, que el ambiente universitario de Santiago no tenía igual. Y encima estaba a más de 600 km de casa… Ya no necesitaba más incentivos. Además, mis padres eran muy aficionados a escaparse por lo menos una vez al año a diferentes poblaciones gallegas, Sanxenxo, Bayona, Foz... Pues no les pareció mala idea que estudiase en Galicia. Así que aproveché la tesitura y me fui a estudiar a tierras Galegas.

Esos años fueron maravillosos, mucho mejor de lo que me esperaba la verdad. El ambiente de Santiago, como ciudad universitaria, la gastronomía, los amigos, las mil y una fiestas que existen en esta comunidad y la cultura gallega en general que siempre me había atraído como algo muy misterioso e interesante, observar la cantidad de mitos y leyendas que existían por esos lares. Por eso decidí que, en el futuro, cuando tuviese tiempo, investigaría sobre ese tema, y escribiría, porque me encanta escribir, y si pudiera hasta me doctoraría en ello. Mi sueño se haría realidad mediante una tesis bilingüe, donde investigase y contase mis historias, esas historias. Si consigo redactar una tesis buena, la publicaré. Sino gusto al tribunal y no me dan el Cum Laude, pues reciclaré el material de mi tesis para escribir un libro. Mi libro sobre todo lo que vi y viví en esa tierra mágica, llena de mitos y leyendas. Llena de historia y de vivencias inolvidables, que llenaron mis recuerdos y despertaron mis sentidos. En aquel entonces no sabía en qué me iba a centrar, ya que había demasiada información interesante sobre esos temas, pero ya sé cómo la llamaría: Galician Stories. Ya que mi idea era presentarla en español y en inglés. Había hecho un año de Erasmus en Inglaterra y desde entonces no había olvidado el idioma sino todo lo contrario. Había seguido practicándolo y escribía de vez en cuando artículos tanto para publicaciones españolas como de otros países de habla inglesa.

Y allí estaba, años después, con el que sería mi director de tesis, sobre ese tema apasionante para mí. Con mis ya cumplidos 39 años, mis 58 kg de peso que había conseguido mantener desde adolescente, gracias al ejercicio regular y una alimentación sana.

Me podían las ganas de sumergirme en un nuevo mundo de investigación. Ya estaba aburrida de dedicarme a investigar a fraudulentos empresarios y políticos corruptos. Así que mi director de tesis me orientó sobre los puntos de donde debía de partir para mi investigación. Pero me animó para que hiciese, tal y como yo le propuse, un estudio de campo, documentándome sobre el tema insitu. Con lo cual, lo tenía muy claro, llamaría a mis dos mejores amigos durante esa época de estudio en Galicia. A Lorenzo y a Alicia. Y a algún otro compañero seguidor de esos temas. Sabía que en cuanto les pusiese en antecedentes, no me podrían decir que no…

A mí director de tesis le pareció fantástico que decidiese tomarme un par de meses sabáticos para trasladarme a Galicia a investigar sobre cómo influyen las leyendas y antiguas creencias en los habitantes de las zonas rurales gallegas. Y cómo les influía esto desde un punto de vista antropológico, en sus miedos, su religión, sus rituales y su estilo de vida en general. Que indagase especialmente en aquellas cosas que les asustase o tuviesen cierto temor, o que les hiciese seguir determinados rituales supersticiosos para librarse de males de ojo, o evitar calamidades, etc. Me encantaban todos estos temas.

Me escurrí un poco en la butaca de cuero donde me había hecho sentarme el catedrático, apoyando cómodamente la espalda en el respaldo, con cierto relax interior, como cuando estás en pleno invierno en Madrid cerca de los cero grados, pero estás contenta porque estás haciendo la maleta para irte una semana con tus amigas a República Dominicana. Del frio… Al calorcito. Así me sentía yo, del frio trabajo de periodista de investigación, de aburridos casos de corruptos (no porque fuesen aburridos en sí, sino porque ya llevaba muchos años dedicándome a lo mismo, y hay veces en esta vida en que hay que parar y cambiar el chip para no morirte de aburrimiento o de monotonía) a investigar sobre leyendas y fenómenos extraños. ¡Guau!

En fin, que cuando mi director de tesis empezó a enumerarme, diferentes orientaciones de por dónde podría comenzar a investigar, para poder comenzar a elaborar la tesis, más inspirada, y más motivada me sentía. Brujería, endemoniados y exorcismos, apariciones de espectros, rituales para evitar el mal de ojo… Para mí un sueño hecho realidad, pensé.

Y aunque no suele ser frecuente en mí interrumpir, estaba tan emocionada que sí lo hice: Y ¿las almas en pena? Y ¿la Santa Compaña? Estos dos últimos, eran dos de mis leyendas preferidas gallegas, y como aún a día de hoy, en el S.XXI seguía influyendo en los hábitos de mucha gente del rural y no tan del rural.

El catedrático me dijo que sí, que incluso ya podía llevarme para el camino un libro que escribió él sobre La Santa Compaña. Yo le pregunté, con cierto respeto, pero de forma escéptica si él había visto a la Santa Compaña. Y él con cierta medio sonrisa irónica me dijo: por supuesto que no, menos mal. Pero aun así… Tenga mucho cuidado. Me dijo mientras me clavaba los ojos fijamente a modo de advertencia. En unos segundos bajó la mirada, se puso de pie, y señalando una lámina de una de las pinturas negras de Goya, susurró en un tono más bajo de cómo había estado conversando conmigo: Ten cuidado… Las brujas no existen… Pero ¡haberlas hailas!

Me quedé pensativa: ¿trataba el profesor de asustarme? O ¿es el sentido de humor negro de un Catedrático en Antropología? No le di más importancia, no soy una persona ni supersticiosa ni que se impresione fácilmente. Y eso que viví en el ensanche de Santiago, en una casa donde había fenómenos extraños, qué contaré más adelante. Y por dentro me hice una pregunta interna: ¿Sería capaz de conseguir entrevistar a alguien que haya visualizado a la Santa Compaña en este viaje de investigación? ¿O conseguir alguna prueba de un fenómeno que justifique esa leyenda? Ese sería el mejor objetivo conseguido del viaje. ¡O Dios! Lo había vuelto a hacer. Estaba pensando en la Santa Compaña, como quien piensa en ver a algún animal en el monte en peligro de extinción. Que es difícil de ver, pero no imposible. En fin, como suelo hacer en esos casos en que mi mente se pone a fantasear soñando despierta, sacudí la cabeza y esa idea se esfumó de mi cerebro.

Bueno, para los que no sean gallegos o para los que lo sean, pero no estén muy puestos en leyendas tradicionales gallegas, hay que decir que la Santa Compaña es una vieja leyenda, que ya parte de la mitología germana, y que consiste en una procesión de ánimas, es decir, un grupo de espectros, que son las almas de los fallecidos de la zona donde fueron visualizadas, que recorren en procesión el bosque por la noche en las zonas donde habitan los vivos.

De hecho, en muchos lugares de Galicia, van más allá de la leyenda. Y creen que las almas en pena, van vagabundeando por el monte, una noche y otra noche, hasta que por fin aparezca la mencionada procesión de ánimas. Es entonces cuando estos espectros se unen a la procesión y ya abandonan definitivamente el lugar. Porque la leyenda dice que si observas esta procesión esta te atrae, y te atrapa. Y te unes al cortejo de por vida. Es por eso, que según la zona de Galicia donde vayas tienen diferentes trucos, consejos y fórmulas que aplicar, por si te encuentras con esta tétrica procesión por la noche en algún bosque, salir airoso.

En otras zonas opinan que las almas en pena, vagan por el bosque en peregrinación, pero no a Santiago, sino a San Andrés de Teixido, que según cuenta, otra leyenda, tenemos que ir por lo menos una vez en nuestra vida al Santuario de San Andrés, porque si no: “vai de morto, quen non vai de vivo”. (Irá de muerto, quien no haya ido de vivo)

Una vez recogí todo el material y algunos contactos que me dio el director de mi tesis. Me despedí y salí del despacho con un alto nivel de adrenalina, impaciente por empezar mi aventura de estudios, pero aventura, al fin y al cabo. Iba a volver a mi añorada Galicia. Iba a investigar sobre el terreno, algo que llevaba un tiempo apasionándome e iba a ver a mis mejores amigos de la Facultad, que hacía tiempo que no les veía. Todo pintaba muy bien.

Volví de nuevo en metro, pero esta vez paré en el centro, había quedado con mi exmarido para tomar una caña en una conocida Cervecería de la Plaza Santa Ana. Una de mis zonas favoritas para picar algo por el Madrid más clásico. Bajé en la parada de metro de SOL y subí por la Calle Carretas, hacía la plaza, ojeando los escaparates y expositores de las numerosas tiendas de zapatos y ropa que se aglutinan a lo largo de la calle. Esta vez, no miraba el reloj, iba despacio, y tranquila, total, Juan Carlos, mi “querido” exmarido, nunca había sido puntual. Aunque llegase apurada, justa o unos minutos tarde, siempre llegaba a los sitios antes que él. En una zapatería vi unas botas de trekking y pensé que antes de irme, debería comprarme y hacer acopio de ropa para ir al monte. No me veía recorriendo espesos bosques gallegos y entrando por caminos rurales con mis zapatos casual o sandalias de tacón. Sí, después de la cerveza con Juan Carlos, al llegar a mi casa haría una lista de todo el material “de campo” que necesito.

Llegué a la Cervecería, a la hora acordada. Y para variar, mi ex, no estaba. Tenía varios defectos de manual, y uno de ellos, era ese, llegar tarde a todos los sitios. Me crispaba. Ya no tanto, hacía ya casi dos años y medio que habíamos puesto fin a nuestro matrimonio. Y no solíamos quedar mucho. De hecho, yo hubiera preferido no tener que quedar con él nunca más tras el divorcio, pero él era el mayor liante del mundo. Se las ingenió para enredarme con el típico cuento de frases típicas que te impiden romper con alguien de forma tajante: “no me dejes para siempre”. “Puede que no haya sido un buen marido, pero te necesito como amiga en mi vida”. Y otras apoteósicas frases que fluían de su boca con demasiada facilidad, para no ser alguien de letras.

Era médico-cirujano estético, en una famosa clínica privada de Madrid. Cuando lo había conocido en Santiago de Compostela, casi veinte años antes, estudiando medicina, quería ser médico “sin fronteras” y pasarse su vida viajando por países en vías de desarrollo, malviviendo en galpones y curando a niños que lo necesitasen, sin ganar a penas dinero, pero sí enriqueciendo su espíritu. (O por lo menos eso me contó por aquel entonces, igual fue otro de sus trucos falso para conquistarme). Unos años después y tras regresar a Madrid con su Licenciatura en Medicina y Cirugía, y tras una larga charla con su padre y tíos, que estaban, y aún están, en el ramo médico. Echaron por tierra todos aquellos “sueños” de Juan Carlos, de ayudar a vacunar y curar a niños desvalidos. Cambiando sus supuestos ideales de carrera, por una especialización en Cirugía estética, que, si bien no le iba a enriquecer tanto el espíritu, pero sí enriquecería sus cuentas bancarias. Y porque no, según palabras de mi exsuegro, esto también ayudaría a más de una persona a sentirse bien consigo misma. (Dios mío, pensé en plan irónico: cuanta “caridad” había en esa familia).

Pero bueno, porque se dejara influenciar por su familia no le puedo culpar, ya que, en aquellos años dorados de fin de carrera en Santiago, yo también soñaba con viajar a países exóticos y ser corresponsal de guerra, y temas así, pero al volver a Madrid, y comentarlo con mis padres, también me influenciaron para quedarme en Cadenas de TV con sede en Madrid. Y sin mucha pelea, cambié lo de retrasmitir en directo un bombardeo en una zona conflictiva, por hacer periodismo de investigación dentro de mi país, donde, por cierto, jamás pensé que hubiera tanto material para investigar estafadores y tantos tipos de traficantes de mercancías ilegales.

Cuando ya llevaba media caña de cerveza y un plato entero de aceitunas, apareció Juan Carlos. Tarde como siempre, pero tranquilo como si nada.

—Hola Sandra. ¿Qué tal estás? A parte de bellísima como siempre—Me dijo mientras me mostraba esa estupenda sonrisa blanca y perfecta que le había implantado su tío odontólogo estético.

—Hola Juanca —Apelativo con el que de siempre me dirigía a él—. Tengo un montonazo de cosas que hacer pendientes. Dime: ¿Qué es eso tan importante qué me tenías que contar, que no podías esperarte?

—Pues nada, que tengo novedades importantes en mi vida, y como tú eres mi mejor amiga…

—Juanca: no soy tu mejor amiga, soy tu única amiga—Y aun por encima, lo era por pena, pero nunca se lo dije, de momento…

Le contesté mientras abría totalmente las manos con las palmas hacia arriba, para enfatizar la frase. Juan Carlos, era un hombre, simpático, agradable, muy charlatán, pero en cuestión de amigos… Cero patatero, nunca le duraban unos amigos más que unos meses. No sabía escuchar, no sabía cuidar de sus amistades, ni tampoco de su esposa, a las pruebas me remito. Así que, por norma general, la gente tras “calarle” solía huir de él. Y más desde hace 6 años para aquí, que cada vez se estaba convirtiendo en un hombre más frío, egocéntrico y materialista.

Al principio, es la típica persona que te cae bien, porque sonríe mucho y sabe hablarte y decirte lo que quieres oír, mejor que un director comercial de concesionario de coches de alta gama. Pero luego, se pierde en su egocentrismo y no sabe mantener las amistades. Es la típica persona que cree fervientemente que él lo sabe todo, de todo. Y el resto no sabemos nada de nada.

—Bueno, vale —Admitió mientras hizo un mohín apretando los labios—. Eres mi única amiga—Y que ganas tenía de dejar de serlo, hacia años en que soñaba que rehiciera su vida, y tuviera amigos de verdad, o hijos, o algo que le entretuviera, y dejara de llamarme y wasapearme cada dos por tres. Esto no es un exmarido, esto es una condena.

—Suéltalo. Juanca. Tengo mucho que hacer de verdad—Le contesté ya resoplando.

—Bueno, pues ¿te acuerdas de la enfermera que entró nueva a trabajar en la Clínica de mi tío Fran? ¿Aquella que nos encontramos en el Centro Comercial hace unos meses?

—¿Aquella chica rubia, bajita, delgadita talla XS? —dije yo, poniendo los ojos como platos.

—Esa misma, Cintia. ¿A qué es una monada?

—Sí, para promocionar ropa de tallas súper pequeñas sí —contesté cargada de ironía, aunque ya le veía venir… Era demasiado previsible a veces.

—Pues, ya llevamos más de dos meses saliendo—dijo Juanca, con una sonrisa de oreja a oreja.

—Me mandas mensajes casi todos los días, y ¿no podías haberme dicho esto en uno de ellos? Y así ahorraba tiempo y dinero—Le contesté con gesto ya de cansancio y aburrimiento.

—Bueno, quería decírtelo en persona, ya que eres mi mejor amiga, mi ex. Y hasta hace poco la mujer más importante de mi vida. Y quería saber si no te parecía mal que estemos saliendo en serio.

—¿En serio? ¿De verdad me preguntas esto en serio? Has debido de salir y tener affaires, con media plantilla femenina de tu clínica y con buena parte de las doctoras y enfermeras que acuden a los congresos de tu especialidad. Bueno, hasta con vecinitas que apenas tienen edad de votar. Y ¿me vienes ahora a pedir permiso para salir o casarte con una cría más? ¿Y encima tienes las pelotas de decirme que yo fui la mujer más importante de tu vida? —Y entonces bajé el tono de voz porque parece ser que mientras me iba calentando lo había ido subiendo y dos señores que estaban tomando una cerveza estaban ya mirando para nosotros como con intriga de a ver cómo acaba esta telenovela. A estas alturas creo que sobra decir porque me divorcié de Juan Carlos. Es que casi todos los días me hago la misma pregunta: ¿cómo fuiste tan ingenua Sandra? —Y una última pregunta Juan Carlos: ¿Con algo más de dos meses, ya crees que es para que esa chica y tú penséis en casaros? Ojo. Por ti no lo digo, yo ya me imagino que tú lo haces por egoísmo, porque te sientes solo y quieres a alguien alrededor que te dore la píldora. Pero esa pobre chica, que acaba de acabar su carrera y encontrar un trabajo, tiene una vida por delante. ¿Qué tendrá veintisiete años? ¿Con un señor de cuarenta y tantos como tú? ¿Ella sabe lo “pone cuernos que tú eres”?

—Bueno, tranquila, no te enfades, es que creo que esta vez es distinto, no lo hago porque me sienta solo, pero reconozco que me apetece volver a vivir en pareja—dijo él con cara de niño inocente—. No tiene veintisiete sino veinte seis años cumple la semana que viene. Pensaba regalarle en su fiesta de cumpleaños el anillo de compromiso. Y no le importa que yo sea cuarentón, cómo dices tú. Ella me dice que no los aparento para nada.

—Ya, a ver qué te va a decir. Pobre niña, menos mal que ya va aprendiendo a utilizar la “mentira piadosa”.

—¿Qué quieres decir con eso? No me esperaba tu reacción. Siempre me dices que a ver si conozco a alguien y rehaga mi vida y ahora que tengo a alguien. No entiendo tu actitud Sandra.

—Mira Juanca: me tengo que ir a investigar sobre mi tesis a Galicia, unos meses, y no tengo tiempo para darte consejos ni escuchar tus dudas con tu nueva novia que por edad va a parecer tu hija. Que no por mente, que de seguro la tal Cintia tiene la cabeza más amueblada que tú. Así que te resumo mi decisión en dos frases: Tú mismo. Y haz lo que quieras. Yo me voy a preparar la maleta. Hasta luego, que disfrutes mucho con la nueva — Le contesté mientras me ponía de pie, con aire muy digno y me colgaba el bolso. Y al salir, para acercarme a la barra a pagar, pasé por delante de los dos señores de unos cincuenta y pico años, que estaban sentados al lado, y que por proximidad lo habían escuchado todo y sorprendentemente, me vitorearon y dijeron:

—Muy bien chica. Has hablado y razonado como una mujer de bandera. Sí señor. ¡Olé!

—Lo has puesto en su sitio. A una mujer como tú no se la deja escapar —dijo el último poniéndole cara de desprecio a Juan Carlos al pasar por delante y susurrando por lo bajinis, su última frase—. Será tonto y viejo verde…

Juan Carlos se quedó con cara mezcla de desilusión y de vergüenza. Y pasó hacia la barra por delante de los dos señores avergonzado y rojo como un tomate. No estaba acostumbrado a esos comentarios de crítica castizos. Y además iba con resquemor de no ser comprendido, por la que hasta ahora era su única amiga. Sacó un billete de 20 €. Siendo más rápido que Sandra y pagó las consumiciones. Y con semblante triste se despidió de Sandra:

—Lo siento, te conozco desde hace mucho tiempo y pensé que te alegrarías y me darías ánimo. Hace años que no levanto cabeza en el plano sentimental. Sí mucha relación esporádica y vacía, nada de verdad. Suerte en tu aventura de investigación en nuestra querida Galicia, y en Santiago. Esa ciudad atemporal que hace algunas décadas fue el escenario de nuestro amor, el mejor que tuve nunca. Ojalá consigas la información que quieres, adiós.

Está claro que, cuando comento a todo el mundo que Juan Carlos tenía demasiada labia para ser médico. No es que exagere. Simplemente es ser realista. Entre eso y que es un apuesto galán de metro noventa de altura. Qué sabe decir las cosas como a la gente le gusta oírlas. ¿Quién no va a sucumbir a sus encantos? Ahora que aquellas palabras suyas, no me calaban nada. Me sonaban a palabras vacías, se escurrían por la superficie de mi interior. No me daba pena en absoluto. Ya no. Llega un momento en que ya estas cosas y estas frases, con intento de manipulación sentimental, ya no cuelan. Lo que cuentan en las relaciones son los hechos, no las palabras.

En cambio, era curioso, que toda la fluidez verbal que tenía Juan Carlos, contrarrestaba con su inseguridad y sus miedos. Él pensaba que necesitaba de alguien como yo, de fuerte personalidad, que le apoyase en todo. Que, por cierto, estaba bastante equivocado. Es verdad que cuando me conoció le atrajo mi personalidad contundente, pero con el paso de los años, y posiblemente por comodidad, mi personalidad se tornó más bien moldeable. El caso es que, aunque todo lo decidiese él, necesitaba de mi aprobación final para comprarlo, o hacerlo o contratarlo. Hasta para elegir coche. El miedo, le invadía por su increíble baja autoestima. Por eso siempre necesitaba al lado un “palmero” que le reafirmase: “muy bien Juan Carlos, has escogido muy bien”. Posiblemente por eso le gustaba tener siempre una actitud de soberbia, para esconder su inseguridad. Eso sí, con las palabras era bueno. Tanto, que, por unos instantes, y tras aquella triste despedida, me hizo sentir sucia. Como si yo me hubiese pasado dos pueblos con él. Pero de repente miré para abajo y sacudí la cabeza. Comencé a recordarme a mí misma, las veces que me había engañado, la de veces que me había sido infiel. Para mi gusto, de forma indiscriminada. Tal cual, como un personaje de la película de Trueba, “Se infiel, y no mires con quien”. Eso sí, como Juan Carlos tenía desde muy pequeño asumido que él era un caballero. Jamás lo admitió. Aunque casi los pillara a veces in situ. No sé sí por sus exquisitos modales, o porque en el fondo (muy en el fondo) algo me quería, y no era capaz de decírmelo a la cara y mirándome a los ojos. Así que lo negaba y lo negó hasta el mismo día en que firmó el divorcio. A partir de entonces, cambió la negación por “prefiero no hablar de eso”. Hay que ver las tablas que tenía este hombre. A veces pienso si no le hubiese compensado más ser actor, que doctor.

En fin. Que engaño y pérdida de tiempo. Cuantas veces nos enamoramos de quien no debemos. Y que incapaces somos a veces los seres humanos de decir adiós, a alguien que no nos conviene. Solo porque nos gusta, por comodidad o por pereza. O por el miedo a que nuestro entorno nos señale por ser “fríos y calculadores”. Pero en verdad, cuanto disgusto y dinero nos ahorraríamos si de verdad tuviésemos la mente fría a la hora de escoger pareja. Me había preguntado tantas veces el por qué había escogido a Juan Carlos para casarme. Y no a otro… Y la otra pregunta que me hacía era, porque él me había escogido a mí y no a otra. Si hasta el vecino del ático sabía que yo no soy el prototipo físico de mujer de Juanca. El primer año de casados ya estaba intentando convencerme de que fuera a su clínica a hacerme algún retoquito estético, como ponerme el pecho un par de tallas más grande. Pero que manía tienen los hombres con las tetas grandes. Yo no voy por ahí viendo lo que tienen grande y lo que no. Mucho insistir, pero no me convenció. Preferí quedarme con mi pecho mediano talla 95 B. Y destacar por otros aspectos de mi personalidad. Pero bueno, el ser humano tiene esas torpezas, actúa y luego piensa, cuando lo lógico y racional sería hacerlo al revés. De ahora en adelante siempre lo haría al revés, me lo he prometido a mí misma.

Pero así soy yo, una chica de instintos, de palpitaciones, y de emociones. Aun que he de reconocer que, con los años y la experiencia, tanto a nivel personal como laboral, he ido aprendiendo que pensar las cosas dos o tres veces, y el planificar y optimizar algo antes de lanzarte a ello, te salva la vida y te salva de muchos apuros en los que la gente se ve metida por actuar sin pensar.

Este es el resultado de casarte y no hacer un análisis a fondo, y equivocarte en la elección: divorcio seguro. Te ves con casi cuarenta años, sin pareja, sin hijos y sin perro. Sí, Juanca, junto con el juego de maletas de marca y el BMW todo terreno familiar se llevó nuestro perro. Un bonito setter irlandés de cinco años en color canela. Muy cariñoso. Llamado Cacho. Al cual solo puedo ver muy de vez en cuando en alguna terraza ajardinada donde a veces quedo con Juan Carlos para ayudarlo en sus dudas mentales y/o sentimentales. Que la mayoría de las veces no me apetece nada escucharlas, pero si jugar a lanzar el palo con Cacho. Y acariciarle un buen rato mientras mueve el rabo. En cambio, lo de escuchar las sandeces de mi exmarido, no sé ni cómo las aguanto. En ocasiones tengo que pedirme una manzanilla para ahogar las náuseas que me produce oírle decir nada más que gilipolleces. A veces creo que para describirme solo hay un adjetivo: patética.

Pero, está decidido, todo esto va a cambiar. Me lo prometí a mí misma, y yo soy una mujer de cumplir las promesas.

Capítulo 2 Haciendo las maletas

Un fuerte suspiro se me escapó del alma. Estaba delante de mi cama, con la maleta abierta. Vacía. De repente noté cómo se llenaba de angustia mi pecho. Había subido la maleta a la cama para ver qué me llevaba, pero no me sentía con la alegría con que llenas una maleta para irte de viaje con tus amigas al Caribe. No. Esta vez, notaba algo turbio, algo oscuro, algo que me producía inquietud y una sensación de pánico a partes iguales. No sabía por qué, pero ya conocía esa sensación, ya la había sentido otras veces. La última vez, cuando ya me había decidido a divorciarme de Juan Carlos. Esa sensación de desorientación y vacío con sabor agridulce. Lo extraño es que esos sentimientos se contradecían con la sensación que tenía también de excitación y de ilusión por empezar un proyecto nuevo e intrigante, que daría otro aire a mi calculada y previsible vida de los últimos años.

Desde pequeña siempre tuve esas extrañas sensaciones, no sabría decir si es un don, o una maldición. Pero siempre que me sentía así, inquieta por dentro, sabía que algo malo o algo raro iba a ocurrir. Lo presentía, era como un sexto sentido. Como una fuerza interior que te alerta de que algo no muy bueno, se avecinaba. Mucha gente lo llama corazonada. Yo aún no le había puesto nombre. Pero estaba ahí, latente, en mi interior.

De repente, sonó el timbre de mi móvil. Y sobresaltada, salí de esos pensamientos de angustia, y aterricé de golpe en la realidad, interrumpida por esa oportuna llamada. Y me quedé sorprendida por el tono alto y burlón que salía del teléfono:

—¿Qué titi, cuando pensabas llamarme bonita?

—Pero sí te llamé ya cuatro veces esta semana y no me has cogido nunca Alicia.

—¿Ah sí? No me fijé. Yo solo leí un Whatshapp bastante cutre.

—Ja, ja, ja. Alicia tía. Es que es más difícil llamarte a ti, que a cualquier ministro del Gobierno. Así que decidí dejarte un bonito mensaje de “Cuando tengas un minuto llámame”. No te quejes, te puse ese emoticono que tanto te gusta de ojitos semi llorosos.

—¡Je, je! Pues sí me gusta sí. Es muy riquiño, me recuerda a ti cuando te pones en “modo pupas”. Por eso te llamé. ¿Qué? ¿Vienes a verme una semanita este verano como de costumbre? Ya tienes mono de pulpo y Ribeiro ¿no jodía?—dijo con tono socarrón.

—Pues sí y no.

—Explícate mejor guapa—. Me dijo con tono irónico, a la vez que curioso, mi amiga Alicia.

—Sí voy a verte sí, pero no ocho o diez días, como todos los veranos, sino más bien… Casi todo el verano. Voy con fecha de ida, pero sin fecha de vuelta. Y por supuesto que echo de menos el pulpo, los mejillones, el arroz con bogavante… Todo. Y a ti claro, no te vayas a poner celosa.

—¡Para el carro! ¿Todo el verano?

—Sí. El tiempo que me haga falta.

—¿El tiempo que te haga falta para qué? Déjate de circunloquios que te conozco y ve al grano.

Y entonces empecé a contarle a Alicia, mi mejor amiga desde que comencé la carrera, los planes que tenía. Ella ya estaba al corriente de que iba a empezar la tesis, pero no le había contado el tema concreto. Ni que pensaba ir a investigarla in situ a Galicia. Y que concretamente, quería que ella me ayudara, pues si alguien se mueve por Galicia, en cuanto, ayuntamientos, administraciones, y contactos, como pez en el agua, ese alguien es ella. Imprescindible en mis pesquisas. Pues como periodista especializada en investigación, sabía de sobra que, a la hora de investigar, el hecho de tener contactos, abre muchas puertas y te ilumina muchos caminos. Con que ya nos imaginaba a las dos juntas trabajando como Sherlock Holmes y Watson, pero con un toque más femenino y gamberro. Porque da igual lo que hiciésemos juntas, si estábamos las dos, ya había cachondeo asegurado. Una de las cosas que nos había unido desde los dieciocho años era que las dos teníamos el mismo sentido del humor. Y a todo, si podíamos le sacábamos punta. Para que las tareas o trabajos más tediosos, con nuestro humor se hiciesen más llevaderos y amenos.

Alicia era una chica de mi edad, de un pueblo de las afueras de Lugo, vivía desde que estudió la carrera en Santiago. Tenía mí misma edad, actualmente, treinta y nueve años. Pero nació seis meses antes. Así que siempre le había estado vacilando con eso: tengamos los años que tengamos, tú siempre serás más vieja que yo. De hecho, estaba deseando poder vacilarla en persona de que ella iba a cumplir los cuarenta antes que yo. Aunque como le gustaba mucho entrenar en el gimnasio, jugar al pádel, dormir sus ocho o nueve horas diarias y tampoco había tenido hijos, pues la verdad es que no aparentaba más que treinta y pocos. Es rubia con mechas y muy delgada, a pesar de que come más que nadie y hace unas seis comidas al día. Yo creo que es debido a su hiperactividad, siempre la tuvo. De cara no es ni guapa, ni fea. Pero siempre tenía una amable y cordial sonrisa, que, junto con su don de gentes, desde muy joven, que le hacía ser única. Era muy charlatana, hablaba con todo el mundo. Y se comunicaba muy bien. Sabía cómo hablar a cada persona según su estilo y su target. Caía bien a todo el mundo. Tenía amigos y conocidos por todas partes. Daba igual la provincia o el sector. Allá donde fuésemos, conocía a gente. Era muy simpática, muy cariñosa, y muy vacilona. Así que cautivaba a todos. Nunca conocí a nadie a quien no le cayese bien. Me encantaba pasar tiempo con ella. ¿Por qué? Porque aparte de ser muy divertida, siempre te subía el ánimo, rezumaba positivismo por todos sus poros. Yo siempre he creído que en esta vida existen a nuestro alrededor, tres tipos de persona:

•Los que no te aportan nada, y nada más que viven su existencia intentando fastidiarte, amargarte y, si pueden, joderte la vida. Últimamente está muy de moda llamar a este tipo de personas: gente tóxica. Son las típicas personas egoístas, envidiosas y con muy mala fe. Que lo más indicado es tenerlas lo más lejos posible. Aunque a veces cueste, o no puedas deshacerte de ellos, pues a veces están hasta en la familia. Este tipo de gente no te aportan nada bueno, más que malestar y disgustos. Son las personas que restan. Yo en vez de decir que son tóxicos, los llamo lastres. Porque al fin y al cabo es lo que son. Y menudo peso te quitas de encima cuando consigues que por sí solas, se vayan de tu lado. Por este tipo de gente, no cambia, y si lo hace, es para peor.

•Luego están los que ni fu ni fa. Suelen ser aquellos compañeros, familiares o “amigos” que ni te aportan, ni les importas. Es decir, son cordiales, te tratan con cierta educación, que no con cariño, no les caes mal, pero no les importa tu vida tampoco lo más mínimo. Son neutrales, ni suman ni restan. Están ahí, como el oxígeno, pero no se mojan. Son los típicos compañeros o familiares, que saben que estas mal, ya sea de ánimo o de enfermedad, y no es que no se preocupen de llamarte. Es que no te envían ni un mísero WhatsApp. Y eso que son gratis. O de esas personas que te pueden estar viendo en tu puesto agobiado y hasta arriba de trabajo, y tú insinuar que estar desbordado y ellos sin mucho chollo se hacen los tontos, para no ayudarte. Aunque sea se ponen a mirar el móvil. En fin, todos tenemos familiares, compañeros y conocidos de este tipo, a nuestro alrededor. Ahora, eso sí, si ellos están apurados y necesitan un favor tuyo, no te lo insinúan, te lo piden directamente y como exigiéndolo. Y claro ahí tú forma de responder ya va en función de tu personalidad. Es decir, si eres un pringado/a como lo he sido yo durante años. En que no era capaz de decir “no”. Pues aceptas a ayudar como un corderito manso y como si nada. Aquí paz y después gloria. Ahora que, si has decidido ser asertivo, y plantar cara de forma educada a quien lo merece. Como haría ahora la nueva Sandra, y decir no cuando este tipo de gente tiene la jeta de pedirte un favor, entonces lo que haces es ayudarte a ti y ayudarles a ellos. Alguien tiene que hacerles ver que la vida no es pedir y exigir, sin ofrecer nada a cambio. Eso ni te ayuda al karma ni nada. Solo te hace “hacer relaciones vacías”.

•Y, por último, están aquellas personas que te aportan algo en la vida. O mucho, como el caso de Alicia, o de Lorenzo, otro de mis mejores amigos. Son esos familiares, o compañeros, o amigos, que lo dan todo por ayudarte, por comprenderte, por facilitarte todo lo que puedan. Y sin esperar nada a cambio, simplemente son así, rebosan generosidad por todos los poros. A estos sí que hay que cuidarlos y corresponderlos todo lo que podamos y más. Porque son las personas por las que merece la pena que este planeta siga rotando, son aquellas personas que hacen que la vida parezca menos difícil de lo que en realidad es. Esta gente tiene muy buen karma, y te da muy buen feeling. Ojalá todos pudiésemos ser así. La nueva versión de Sandra lo iba a intentar con todo su esfuerzo. Por lo cual debería de observar mucho el comportamiento de Alicia y aprender de ella. Empaparse de ese don de gentes y esa generosidad disfrazada de simple simpatía.

Es lo que tiene la amistad de verdad, que es tu familia. No es necesario tener la misma genética. Ni la misma sangre. Ni siquiera los mismos gustos o creencias. Pero es un vínculo muy profundo cuando tienes un amigo o amiga de verdad. Porque no es necesario estar todo el día juntos, ni todo el día hablando. Pero son esas personas que están ahí que, aunque vivas a cientos de kilómetros de distancia, las tienes ahí, a tu disposición. En el buen sentido. Que, si las precisas vienen, si las necesitas acuden corriendo. Que si pueden lo dan todo por ti. Porque para las fiestas y alegrías se apunta todo el mundo, pero para las penas y adversidades, no. Ahí es cuando ves quienes son de verdad tus amigos: cuando te arruinas económicamente, cuando te pones enfermo, cuando te abandona tu pareja… Ahí fui cuando descubrí quienes eran mis amigos de verdad, primero con la rotura de mi primer amor, y luego con el divorcio de Juan Carlos. Y entre los amigos que me ayudaron estaban ellos: Alicia y Lorenzo. Que el día que decidí dar el paso, y finiquitar mi matrimonio, cogieron el primer avión que salía de Santiago de Compostela a Madrid Barajas. Y en menos de doce horas desde que les llamé llorando desde mi casa por lo sucedido se presentaron allí con dos bolsas de equipaje de mano. Y un abrazo a doble que me dieron, totalmente en silencio, que no hubiera ninguna otra cosa en el mundo que me hubiera podido reconfortar más.

Llegaron a reconfortarme y apoyarme antes que mis propias amigas de Madrid, que en teoría viven en la misma provincia que yo. Y alguna empezó a venir a verme ya dos días después, cuando Alicia y Lorenzo ya se estaban yendo.

Como agradecí el apoyo de estos dos tesoros que tengo, en el momento en que mi matrimonio se rompió. Menuda ruptura Dios mío, de película de Mastroiani. Ya llevaba años aguantando muchas cosas a Juan Carlos, al principio pensé que eran tonterías, luego lo de no poder hacer o decir nada que no fuera de su aprobación, después lo de las salidas nocturnas con visitadores médicos, que había que llevarlos a cenar, luego los fines de semana de asistencia a Congresos Médicos. Que cada vez eran más lejos, y más frecuentes. Pues no hacía falta ser una eminencia para sospechar que me era infiel. Pero esa tontería que tenemos algunas personas de “no querer ver”. Me cegaba por completo. Bueno, la manía que tenía, porque ahora lo veo todo y si no, me agarro a la máxima que le escuché una vez, precisamente, a un médico uruguayo que conocimos en un crucero, el cual, sabiamente decía: “Que en el 99% de los casos el que lo parece lo es”. Y efectivamente, tanto en mis investigaciones de trabajo como en la vida personal, si sospechaba que alguien era culpable, normalmente lo era.

En fin, que los Congresos Médicos donde Juanca se apuntaba, en la mayoría cogía la credencial y el material que te dan al acreditarte el día que llegas, porque es la cuartada perfecta, llegar a tu casa a los cuatro días, agotado de un congreso de medicina estética en París, y a lo mejor el “pobrecito” mío, no había escuchado ni una sola conferencia. Porque había estado paseando y gozando Paris, con alguna señora o señorita con coartada similar. Total, tras el Congreso te pasan todo el material de las ponencias, o cuando luego encargas el material que venden te hacen una demostración de uso en tu propia clínica.

Esas cosas, de sospecha de cuernos, se suelen oler. Pero claro, no quieres pensarlo, porque si tu cónyuge sale o viaja muy frecuentemente, no vives. Estás siempre ahí, con el corazón en un puño. Así que de vez en cuando, le soltaba alguna picada a mi exmarido, cuando aún lo era, para tantearle, pero como Juan Carlos es tan buen actor…Posiblemente, bastante mejor que médico. Ya que más de una paciente le ha llevado a juicio, y eso no dice mucho de un “profesional”. Y hasta en algún juicio que fui de público aluciné con la cara de compungido que ponía y lo bien que interpretaba el papel de inocente. Con razón siempre salía absuelto.

El caso es que me enteré de la forma más inusual, y enrevesada a la vez. Juanca, una mañana se fue muy temprano para la clínica porque tenía una operación de estética muy temprano. Y se fue tan rápido que se olvidó las gafas de ver de cerca. Y las necesitaba. Tenía tres pares, y en ese momento estaban los tres ejemplares en casa así que en la cínica ese día se ve que ninguna. El tema es que me llamó y como yo hasta casi dos horas después no tenía que ir a trabajar, porque tenía grabación en exteriores pues se las acerqué a la clínica. Llamé al timbre me vio una de las dos recepcionistas, me abrió sonriente, les di los buenos días, les dejé las gafas para que se las dieran a mi marido, cuando estuviese libre y me di media vuelta para irme, cuando oí por detrás que alguien me llamaba. Era Vanessa, una de las enfermeras que trabajaba allí desde hacía bastantes años. Le sonreí y le dije:

—Dime Vanessa. ¿Qué quieres?

—Hablar contigo, ¿tienes diez minutos para tomar un café aquí al lado?

—Pues mira sí, Juan Carlos me llamó para traerle las gafas, y he salido súper rápido sin desayunar. Sí me invitas a un café a un par de porras de esas tan crujientes que hacen en la cafetería de la esquina me apunto—dije feliz e inocentemente, mientras me relamía por dentro pensando en el rico desayuno que ponían donde íbamos. Aun que he de reconocer que me extrañaba que Vanessa tuviese que decirme algo a golpe de lunes y en persona. Normalmente si era para ir a una cena o comida en parejas, me mandaba un mensaje al móvil o me llamaba a la hora de la cena.

Llegamos, Vanessa cogió una mesa en un rincón junto a la ventana y pidió dos cafés con leche en vaso y dos porras, típico desayuno de los bares del centro de Madrid.

Mientras el camarero nos preparaba el desayuno y nos lo traía le pregunté a Vanessa:

—Bueno ¿Y qué tal todo? ¿Tenéis mucho trabajo en la clínica?

—Sí, cada día más. Cada vez se gasta la gente más dinero en arreglar su cuerpo —decía ella mientras ceñía sus labios operados en la clínica. Para que le fueran a juego con los pómulos también esculpidos allí.

—¿Y qué tal en el Congreso de Medicina Estética de Málaga del fin de semana pasado? ¿Ese era para médicos y enfermeros no? ¿Asististe al final?

—Pues la verdad es que no iba a ir. Era la Comunión de un sobrino y no pensaba ir. Ya le había avisado a Juan Carlos que no podía. Pero claro, mi sobrino se puso malo el día antes, y suspendieron la comunión así que. Al final decidí ir. Y fui de sorpresa en el AVE. Juan Carlos y los otros fueron en avión. Y de eso justo es de lo que quería hablarte.

—Ah, vale. Muy bien ¿Y? —dije ya con cierta sospecha porque no veía claro, que es lo que me quería contar o a donde quería llegar. Sobre todo, por el tono despechado con el que iba hablando y por los gestos nerviosos que hacía cada vez más con las manos.

—Pues que llegué allí y ya había empezado la primera ponencia. Y no había sitio donde estaban todos. Así que me senté por detrás. Así que todos estos no me vieron.