Gallito Jazz - Felipe Jordán - E-Book

Gallito Jazz E-Book

Felipe Jordán

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Beschreibung

Gallito no quiere cantar como lo hace cada mañana Papá Gallo. Como buenos gallos, ambos son tozudos y también valientes y fieros, pero ¿les bastará con eso para solucionar sus diferencias?

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Seitenzahl: 55

Veröffentlichungsjahr: 2020

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TODO ERA agitación en el gallinero. Las gallinas viejas, los pollos nuevos y hasta algún pato intruso comentaban el acontecimiento del día: los polluelos estaban rompiendo el cascarón y, uno a uno, se asomaban tímidamente a la luz del día. Eran hermosísimos, parecían motas de algodón amarillo, con los ojazos negros y sus patitas debiluchas.

Mamá Gallina los recibía sonriendo y, amorosamente, los cobijaba bajo sus alas, para darles calor y protección. Mientras, Papá Gallo esperaba ansioso afuera, pues, a pesar de lo fiero y autoritario que era, no se atrevía a entrar a ver la escena y comprobar que todo transcurriera en orden y sin problemas. Pero la verdadera causa de su ansiedad no era el nacimiento de sus hijos en sí; después de todo, ya había pasado por esto treinta y dos veces, sin contar esta última. No, lo que a él le preocupaba era otra cosa: quería saber si entre sus nuevos hijitos, había un gallito rudo y valentón, para enseñarlo a ser el rey del gallinero cuando él ya no estuviera.

Lo que pasaba era que Papá Gallo, con la sabiduría que solo tienen los animales, ya se sentía un poco viejo y no quería esperar a estar del todo acabado para elegir a un sucesor. No, este gallo era muy diligente y metódico y deseaba preparar él mismo a quien lo reemplazara, enseñándole todo lo que sabía. Sin embargo, hacía mucho tiempo que en las nidadas de Mamá Gallina, no nacía un gallo y, aunque las pollitas le parecían muy amorosas y tiernas, y las quería mucho, esta falta de heredero empezaba a desesperarlo. Por eso, se paseaba y se paseaba, sumamente inquieto, en tanto los polluelos salían de los huevos.

Por fin, sin poder aguantarse más, fue hasta donde estaba Mamá Gallina y la interrogó con la mirada. Pero ella lo miró triste y desolada: hasta ahora, habían nacido once pollitas y solo quedaba un huevo en el nido. El gallo miró ese último huevo, chiquitito y casi oculto entre la paja y el aserrín, y perdió las esperanzas. Suspirando, se alejó abrumado.

Todos estaban muy tristes en el gallinero. Si el gallo no tenía su propio heredero, entonces llegaría un nuevo gallo afuerino con quizás qué costumbres extrañas y habría que adaptarse. Eso no le gustaba a nadie, porque las gallinas son muy apegadas a su rutina y cualquier cosa que las saque de ella, las pone muy nerviosas. Pero, tal como iban las cosas, parecía que así no más sería el asunto. Sin embargo, Mamá Gallina se echó sobre ese huevo remolón, con la intuición de que de él saldría lo que necesitaban.

Claro que ese huevo no dejaba de ser raro también. Aparte de su tamaño, el polluelo escondido dentro se demoró dos días más en decidirse a salir y cuando por fin lo hizo, fue en el momento menos habitual para las gallinas: la noche. Eso sí que causó revuelo. ¡Un polluelo que rompe el cascarón durante la noche! Nadie podía creerlo, menos aún Papá Gallo, quien, bostezando y medio dormido, se acercó al nido para comprobar tal suceso. Pero al ver la cara radiante de Mamá Gallina, se despabiló del todo y se asomó a mirar, con el corazón lleno de esperanza. Y allí estaba: un gallito inquieto y vivaracho tratando de pararse por primera vez en sus dos patas negras y flacuchas. El gallo estaba feliz, y todo el gallinero compartía su alegría. Tenían heredero, después de todo.

Sin embargo, con el correr de los días, las cosas empezaron a ponerse difíciles otra vez. Al principio, nadie se percató de que aquel polluelo, al que todos llamaban simplemente Gallito, fuera distinto a los demás pollos, por mucho que hubiera nacido de noche. Pero lo sería, eso no lo dudaría nadie dentro de poco.

Cierto día, cuando Papá Gallo juzgó que ya era tiempo de empezar a enseñar a su hijo los secretos para ser un buen gallo, lo llevó a un rincón apartado y, con aire de profesor, comenzó su labor.

—Mira, pequeño –dijo–. Lo primero que debes saber, es que en todo gallinero que se respete, hay un solo gallo y él es quien manda… ¿has entendido?

—Pero, tú y yo somos dos gallos, papá –le respondió el pequeño, un tanto confundido.

—Tú aún no eres un gallo… completo, ¿me entiendes? –le explicó Papá Gallo–.Tienes que crecer y cuando seas grande como yo, tomarás mi lugar…

—Y tú, ¿dónde irás, papito? –le preguntó Gallito.

—Yo… este, bueno… Yo iré donde van todos los gallos cuando… ejem… cuando pasan a retiro… –le contestó su padre, bastante incómodo con la pregunta–. ¡Pero eso no importa, hijo! Lo que importa es que tú ocuparás mi lugar y yo te prepararé para eso…

—¡Bien, papito! –exclamó el polluelo entusiasmado–. ¿Qué me enseñarás primero? ¿A volar? ¿Cómo cavar un túnel? ¿Los nombres de las estrellas? ¿Qué…?

—¡Un momento, hijo, un momento! –pidió el gallo, abrumado por tantas preguntas–. Una cosa a la vez, calma… ¿Por qué diablos tendría que enseñarte todas esas cosas… inútiles?

—Lo siento, papá –dijo un poco avergonzado Gallito–. Pensé que…

—Nada, nada, hijo –señaló su padre un poco molesto–. No debes pensar sino escucharme. Primero, los gallos y gallinas no volamos, eso queda para los patos que están todos locos. Segundo, tampoco cavamos túneles, eso lo hacen las lombrices y nosotros las comemos. Tercero, hasta donde sé, las estrellas no tienen nombre… ¿Para qué ponerles nombre si estamos durmiendo cuando aparecen en el cielo?

—Un gorrión me dijo que el señor chuncho1 sabía cómo se llamaban… –respondió tímidamente Gallito–. Pensé que si él lo sabía, tú también…

—¡El señor chuncho! –exclamó Papá Gallo–. Los gorriones no son confiables, hijo, ningún pájaro volador lo es… Y en cuanto al señor chuncho ese, lo es aún menos, pues aparte de volar, lo hace de noche… No te juntes con ellos y pon atención solo a lo que yo te digo, ¿has entendido?

—Sí, papá –dijo el polluelo resignado.

—Bien, bien. –El gallo lo miró satisfecho–. Ahora, la segunda lección: los gallos despertamos a todos en la madrugada…

—¿Por qué? –lo interrumpió Gallito.

—¿Cómo que por qué? –preguntó Papá Gallo sorprendido–. Porque hay que levantarse cuando sale el sol…

—¿Y si alguien no quiere levantarse? –interrogó el polluelo–. Digo… se molestará si lo despertamos…

—¡Jo, jo, jo…! –rió su padre–. ¡Nada de eso, hijo, nada de eso…! Todo animal decente se mueve a la luz del día y ellos agradecen que los despertemos.

—Pero, papá –dudó Gallito–, ¿y los otros animales? ¿Los que salen de noche? ¿O los que viven fuera del gallinero y simplemente no quieren levantarse temprano?

—Ya te dije, hijo –respondió Papá Gallo poniéndose muy serio–. Los únicos animales decentes y, por lo tanto, que cuentan, son los que se levantan temprano y hacen sus cosas bajo la mirada benévola del sol…

—Pero, ¿y los demás? –insistió su hijo.