Generación Z Lorena - Asunción Laso Prieto - E-Book

Generación Z Lorena E-Book

Asunción Laso Prieto

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Beschreibung

Lorena tiene 16 años y pertenece a una familia burguesa de clase alta. Un día de septiembre, en las Fiestas de Valladolid, con unos cuantos chupitos de más, conoce a Rafa, de quien se enamora perdidamente. Ella ignora que este «amor de su vida» es un delincuente que, con sus malas artes, la separará de sus amigos y causará conflictos en su familia. Rafa la introduce en su mundo, un barrio periférico de Valladolid tan humilde y conflictivo como la propia familia del pandillero, gobernada por un padre camello, alcohólico, maltratador y sospechoso de asesinato. Manipulada con la ilusión del amor, Lorena es seducida por las drogas de diseño, la coca y todo lo que coloque, a la par que su novio le enseña, como si se tratara de un juego, estrategias para robar en los centros comerciales... Lo cierto es que la vida de Lorena se convierte en una continua montaña rusa de emociones que la subyuga y la atrapa. Mientras tanto, en el desmedido crecimiento de las redes sociales, los likes son cada vez más ambicionados por Rafa, quien planea grabar un «susto» a una chica discapacitada para obtener reacciones en línea. Lorena se convierte, casi sin quererlo, en cómplice y participante de una seria agresión. Pero arrepentirse no es suficiente.

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Seitenzahl: 1026

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Asunción Laso Prieto

© Asunción Laso Prieto

© Generación Z. Lorena

Diseño de portada: David Muñoz Laso

Primera corrección del manuscrito: David Muñoz Laso

Septiembre de 2025

ISBN Libro en papel: 978-84-685-9143-8

ISBN eBook en ePub: 978-84-685-9142-1

Depósito legal: M-20621-2025

Editado por Bubok Publishing S.L.

[email protected]

Tel: 912904490

Paseo de las Delicias, 23

28045 Madrid

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

A Roman, mi marido y compañero, por su amor y paciencia.

A mis hijos, David, Angie y Ainara; siempre presentes en mi corazón.

A Andrea, Ricardo, Manuel y Guille; a Sofía, a Noa y Alejandro;

a Claudia y Guillermo y a Daniel.

La distancia es solo geografía, no borra los lazos, inmunes al olvido.

A Jenny Fry.

Hace diez años emprendiste un viaje sin retorno,

dejando en nosotros un silencio que aún nos habla.

En Cris pervive tu llama, para que el tiempo no te borre.

Descansa en paz.

Por si acaso…

Por si acaso nos llena de nostalgia

esta calle de sol y primavera

donde un leve murmullo nos lleva a esos lugares

que están pero no están.

Por si acaso se me extingue

esta luz de atalaya,

que me quema los ojos,

este culto al asombro.

Por si acaso

más allá de la tarde

me esperan las aristas

de la piedra silente,

del regalo olvidado

en su melancolía

Por si acaso,

no eches los cerrojos.

deja abierta la puerta

de todas las esquinas

Juana Mellado (Valladolid)

Nota de la autora:

Los personajes que pueblan esta historia son fruto de la imaginación de la autora. Cualquier parecido con personas reales, vivas o fallecidas, es mera coincidencia. Algunos acontecimientos se inspiran en la realidad, pero los lugares y situaciones han sido adaptados o inventados, como el IES Gloria Campoamor en Valladolid, que no existe. Uno de los personajes rememora a una persona real, sin que se narre su historia verdadera; sigue siendo, en esencia, un personaje ficticio. Esta obra combina memoria e invención, buscando preservar la libertad narrativa sin comprometer la verdad de quienes inspiraron la historia.

Contenido

Prólogo

PRIMERA PARTE

1. Ocho horas antes de la agresión

2. Dos horas antes de la agresión

3. La agresión

4. La noticia en la TV

5. Concentración en el instituto

6. Ramón habla con mis padres

7. Tutoría con Ramón

8. Rafa, ¡SOS!

9. Mentiras y más mentiras

10. Nuestro banco favorito

11. Irene se despierta del coma

12. Ramón desaparece

13. La casona

14. En su búsqueda

15. Detención, juicio y sentencia

SEGUNDA PARTE. Mi vida en el centro de menores Zambrana

16. En estado permanente de shock

17. Vivir en un centro de menores

18. La Fiera

19. En el abismo

20. El salto al vacío

21. El taller de música

Recordando el pasado

22. El debate sobre los zeta

23. Mi abuelo

24. El día que conocí a Rafa

25. El mundo de Rafa

26. «Un amor romántico»

27. La manada en acción

28.Siempre te perdono

29. Daños colaterales

30. Mi hermana Cris

31. SQM. El primer diagnóstico

32. Los médicos fuera de juego

33. La gran movida de mi madre

34. La puta locura

35. Segundo diagnóstico

36. La charla y sus efectos colaterales

37. La batalla campal de mi madre

38. El día que encontramos a Lali

39. La peor idea

40. El coma etílico de Sara

41. Lucía me llama por lo de Sara

42. El reencuentro con Lucía

43. La estrategia para dormir con Rafa

44. Por fin, dormir juntos

45. La vuelta a casa de Lu

46. ¡Maldita Julia!

Contando el presente

47. Otro daño colateral: el divorcio de mis padres

48. La visita del consejero al centro de menores

49. Los preparativos para el taller de música

50. Una inscripción inesperada

51. El concurso internacional de piano

A modo de epílogo

Agradecimientos

Prólogo

Tienes en tus manos el retrato mental de una chica llamada Lorena. Se trata de una tragedia contemporánea en la que somos testigos de la adolescencia truncada de una muchacha de «buena familia». Lorena tiene todas las condiciones personales, sociales y materiales para que su vida se desarrolle de forma tranquila y amable, sin las dificultades o las penurias a las que se enfrentan otros jóvenes nacidos en contextos menos favorables.

La protagonista bien podría ser nuestra hija, nuestra hermana, nuestra amiga, compañera de clase, nuestra vecina o la hija de unos amigos. Lo cierto es que su familia es una familia de nuestro tiempo. Su instituto es un centro educativo de nuestro país, aunque bien podría ser de otro. Sus gustos, sus hábitos, sus tendencias, sus carencias, sus debilidades son los de muchos otros jóvenes del siglo XXI. Lo mismo sucede con el resto de personajes: su familia, sus compañeros de clase, el chico que le gusta, su mejor amiga. No importa cuánto podamos reconocernos personalmente en ellos. Lo que nos incluye en la trama es que todos formamos parte del entorno social global en el que suceden los hechos.

Por impactante que sea, la historia no es novedosa; no nos va a resultar sorprendente. Hemos conocido casos así. Con ciertas variables, los hemos visto de vez en cuando en las noticias. Lejos de restarle gravedad, la constatación de que estos fenómenos de la conducta se repiten eventualmente añade importancia a la herida que viaja en ellos. Que el foco de la narración literaria nos conduzca justo ahí, a conocerlos directamente, sin mediador periodístico, personalmente empapados por circunstancias y detalles que son transparentes para el formato-noticia, nos va a obligar a relacionarnos con el suceso de manera empática y a la vez analíticamente inclusiva.

¿Qué está pasando realmente? ¿Qué orienta las intenciones de cada uno de los personajes implicados en el episodio central de la trama? ¿Qué hace Lorena ahí? ¿Cuál es su función? De la pregunta por el qué sucede, poco a poco transitamos a la de qué nos sucede. ¿Qué revela la complejidad de este suceso acerca de nosotros? Observado de cerca, el nudo gordiano de la novela se va a convertir en una suerte de cámara de espejos, como los de aquellas viejas atracciones de feria. Aquellos túneles de espejos nos devolvían un catálogo de imágenes deformadas de nosotros mismos, tan alejadas de la realidad que nos permitían sorprendernos y reírnos de nuestro reflejo como si se tratara de seres de ficción que llevan nuestros peinados, nuestros jerseys y pantalones, irreconociblemente grotescos. Las imágenes que la novela nos brinda, como gran espejo, revelan que la deformación y el esperpento forman parte de la realidad reflejada; lo terrible se está colando del otro lado del espejo.

La historia de Lorena está contada de cerca, con hechos directos, en plano corto. El relato trae consigo un encargo específico para el lector, quien tiene que ir elaborando un trasfondo crítico: el retrato de una sociedad que ha generado e incubado las condiciones para que sucesos como los que va a vivir Lorena tengan lugar. Para la autora, el ejercicio de composición de ese paisaje social posee tanta importancia en la lectura de la novela como la que ostenta la historia de todo lo que acontece en torno a la protagonista principal.Para adentrarnos en esa tarea, contamos con una pista inicial. El título de la obra, Generación Z, nos brinda un marco generacional y temporal en el que se inscribe la trama. A pesar de nombrar al personaje principal de la historia, el subtítulo Lorena, no la reivindica como representante de su generación. La vida de Lorena constituye un conjunto de síntomasquesociológicamente pertenecen a ella, nada más.La mención a la generación nos sitúa y a la vez nos obliga a abrir el punto de vista desde el cual contemplamos la historia. No importa si somos o no parte de ella. Lo relevante es que, de un modo u otro, formamos parte de lasociedad en la que crecen los jóvenes de esta generación y las de los chavales y niños que les siguen. De ese modo, todos somos actores corresponsables del escenario en el que vivimos. La autora anula la posibilidad de que haya espectadores ajenoso inocentes. Lo podemos apreciar en el resto de personajes de la obra, todos interpelados por la trama, implicados en lo que sucede por acción u omisión. La lectura de esta historia tiene como objetivo principal ponernos en ese lugar de observación, de reflexión y de toma de conciencia específicos.

El relato, además, contiene una trama secundaria presentada de forma elegante y que, en su discreción, posee una notable relevancia. Inicialmente, esta secuencia paralela no parece tener el protagonismo que realmente tiene, puesto que en ningún momento revela su importancia. De nuevo, el lector necesita elucidar cuál es esa relación (trama principal y trama secundaria) y otorgarle lugar y valor. Un personaje secundario es portador de un «dato escondido» que llama la atención como mera curiosidad lateral, pero que, sin embargo, comparte claves centrales del mensaje elaborado por la historia. Es posible que la repercusión crítica de esta segunda trama pase desapercibida y que haya lectores que, al acabar de leer la historia de Lorena, resuelvan sus conclusiones apoyándose únicamente en el relato principal. Este sería un ejercicio de lectura suficiente. Si cuando llegues al final ves que este es tu caso, te darás cuenta de que nada va a quedar cojo. La conjunción de ambas tramas en una misma reflexión, sin embargo, revela un conjunto de problemas compartidos aún mayor, que nos permite pasar del mundo social al ambiental, moviendo así el telón de fondo de la novela hasta alcanzar su máximo horizonte. Digámoslo antes de cerrar este pequeño prólogo: la historia presenta y propone una mirada crítica hacia las nuevas tecnologías como común denominador de los sucesos y atendiendo a variables que tienen que ver ya con su uso, ya con su naturaleza.

María del Mar Rosa Martínez

Doctora en Filosofía, Universidad de Murcia

Escanea para acceder a la lista de canciones que se mencionan en esta novela.

PRIMERA PARTE

1. Ocho horas antes de la agresión

Me había pasado la noche en vela dando vueltas de un lado a otro hasta que, toda sudada, decidí terminar con la tortura. Miré la hora en el despertador, era muy temprano para que mi madre se hubiera ido ya a trabajar. Eso significaba que, muy probablemente, coincidiríamos en la cocina y que estaría pendiente de si desayunaba y de cuánto desayunaba; así que tendría que venderle la moto de alguna manera; me había levantado con un nudo en el estómago y no me iba a entrar nada. «A ver cómo me lo monto», pensé, porque mi madre andaba siempre observando en plan si comía o cuánto comía; eso y que, además, te leía los putos pensamientos.

Fui directo al baño, observé mi imagen en el espejo y quedé horrorizada: unas ojeras color grisáceo bordeaban la parte inferior de los ojos formando una depresión que me daba un aspecto enfermizo. Pensé en disimularlas con maquillaje después de la ducha bien caliente que iba a darme, y es que, si mi madre las veía, se iba a poner en plan brasas: querría tomarme la temperatura, o llevarme al médico, o yo qué sé. Es que me la conocía, «y ya solo me faltaba eso», dije para mí. También confiaba en que la ducha me devolviera la energía perdida durante la noche, en esa especie de batalla campal que había librado hasta el amanecer.

Abrí el grifo para que se fuera calentando el agua y miré cómo estaba de batería el móvil que había dejado toda la noche cargando. Desbloqueé el móvil. La carga estaba completa. Lo desconecté y, al hacerlo, me vino a la memoria lo que habíamos hablado la noche anterior en el grupo: «Que no haya un puto fallo», es lo que había dicho Rafa en ese tono de mando que le salía a menudo y que a mí me daba tan mal rollo. Esas palabras martilleaban mi cerebro desde que las escuché. «No puedo fallar», me decía, al tiempo que pasaba por alto la contradicción en la que había caído al no poder resolver mis dudas sobre si debía seguir y grabar o dejar que la grabación la hiciera otro. Rafa me lo advirtió: «¿O tú o Julia?, decide». Y decidí que sería yo, aunque no había conseguido saber con qué me iba a encontrar, y que fuera lo que fuese, sería demasiado tarde.

Toda la noche en un bucle insoportable del que no pude salir a cuenta de mis dudas, de las preguntas que hice y de las que no llegué a hacer, de las respuestas que no obtuve y de las evasivas que terminé aceptando como buenas al pensar que no me quedaba otra.

Había una cuestión que se había vuelto recurrente ya desde el día que Rafa me comentó el plan: ¿Por qué Irene? Me lo pregunté una y mil veces. «Si ni la conocen, joder», me decía; aunque, bueno, Julia sí, pero de oídas, o simplemente de verla en el patio alguna vez hablando conmigo. Aunque lo que más angustiaba era no haber conseguido saber de qué iba el puto susto, o «teatrillo», como lo llamaba Sandra (otra del grupo, muy maja). A esa altura de la película yo no tenía ni puta idea de nada, bueno, más o menos como Sandra, que tampoco se había enterado de mucho, como quedaría claro después. La pregunta se la hice a Rafa en varias ocasiones hasta que se cabreó y yo me hice humo.

De camino a casa le iba dando vueltas a lo que había pasado. Vi claro que estuve a punto de pifiarla un par de veces, y que quizás hubiera sido lo mejor, pero en cuanto Rafa me amenazó con que Julia podía hacer la grabación si yo me rajaba, me vine abajo y aseguré que yo lo haría. Eso fue lo que me sentenció, aunque en ese momento lo interpretara como un triunfo sobre la zorra de Julia. No le iba a dejar ganar esa batalla.

Hubo más cosas que me hicieron agarrarme a ser yo la que grabara. Por ejemplo, quería que Rafa se sintiera orgulloso de mí, que me mirara como él sabe hacerlo cuando me dice: «¡Esta es mi chica!».

Sin embargo, la decisión de tirar adelante y grabar no puso fin a mi desasosiego. Mi incapacidad para llegar a saber con exactitud de qué se trataba lo del susto se debió a mi cobardía, lo admití después, y también a un miedo absurdo a perder a Rafa. Era ese autoengaño no confesado hasta después lo que me causaba una angustia insoportable que mantenía mi cerebro en un estado de alerta permanente. Las descargas de adrenalina no cesaron en todo el tiempo de espera. Todo lo que pasó fue por no decirme la verdad a mí misma y no haber sido capaz de resolver la contradicción moral en la que había caído.

*

El vapor que producía el agua caliente de la ducha empezó a empañar el espejo y mi figura se volvió irreconocible. Entré en la cabina y me puse bajo el chorro de agua que dejé que resbalara por mi piel mientras me daba cuenta de lo incapaz que me sentía para cargarme el puto bucle en el que había entrado y del que no podía salir. «Porque hay sustos y sustos», me decía mientras el agua caliente producía un efecto calmante a todos los niveles, para acto seguido venderme la moto a mí misma: «Mejor estar presente». Era una forma de acallar la voz de mi conciencia cuando se alzaba clara en contra de mi decisión de seguir adelante con el plan. «Así podré controlar la situación si toma una dirección que no me gusta», era otra mentira con la que intentaba justificar lo que no era más que cobardía e inconsciencia.

«Irene se va a tronchar de risa, ya lo verás», me dijo Rafa la noche anterior antes de despedirse de mí. Con esa frase me ofrecía el asidero que me permitía hacer una huida hacia adelante cada vez que llegaba a un callejón sin salida. Lo hizo deliberadamente.

Así estaban las cosas, yo intentando no rayarme con las mismas dudas que no fui capaz de resolver en su momento y sin saber cómo abandonar esta mierda.

Me rayaba por eso y también saber por Charly, el colega más íntimo de Rafa, que había sido Julia quien, al parecer, le había dado la idea a él sobre quién podría ser la elegida. Ella se había permitido elegir a Irene y Rafa lo había visto bien. En esa jugada solo podía haber mala intención, porque Julia, al igual que Charly, no me tragaba. Ella sabía que conocía a Irene y que de niñas nuestras madres nos habían llevado al parque para que jugáramos juntas. Se lo pregunté a Rafa:

—¿Por qué Irene, tío?

—Jo, macho, es que el que sea minusválida es lo que va a dar más morbo y eso son likes —me contestó. Esto de la «minusvalía» que decía Rafa me alarmó y, al preguntarle de nuevo, mientras tragaba saliva, sobre qué iban a hacerle, sabiendo lo cansina que me estaba volviendo, me dijo—: Algo que mole. Nada del otro mundo. No te rayes tanto, bebé, que va a ser algo divertido también para ella, ya te lo he dicho.

Que la discapacidad de Irene pudiera ser una motivación para elegirla a ella era algo que no podía entender. «Pero si aparentemente es una chica normal», me dije a mí misma.

—La verdad, no entiendo que eso dé likes —dije en voz alta interrumpiendo la conversación que habían comenzado. La reacción de Rafa me encogió el estómago. La expresión de su cara dejaba ver claro que empezaba a estar harto de mis peros.

—Si tienes algo en contra lo dices de una puta vez y ya está, joder. Lo que mareas, tía. —No supe qué contestar. Miré a Julia de reojo y su cara de satisfacción lo dijo todo. Me quedé en silencio. Notaba sus ojos encima.

—Dilo de una puta vez —repitió—. Si no quieres, pues lo hace Julia y ya está, ¿no, Julia? La miró, y esa zorra le puso ojos de cordero degollao mientras hacía un gesto de asentimiento con la cabeza. Ese tono con el que hablaba Rafa me imponía.

—Si no es eso…— dije sin poder continuar y explicarlo. No me atreví a contrariarle. Estaba muy colgada, pero a veces le tenía respeto…, y también miedo, no voy a negarlo. Y luego estaba esa puta imbécil de Julia, siempre a la zaga, esperando como una araña a que cayera la presa. Me ponía de los nervios verla babear cuando Rafa hablaba. Finalmente acepté, y, aunque no sabía de qué iba el puto susto, no me atreví a decir que no contaran conmigo. No si mi sustituta iba a ser esa pava, que estaría encantada de hacerlo con tal de joderme a mí. Esa decisión, de tomarla, pensé, cambiaría su relación conmigo y no precisamente para bien.

*

La ducha me había sentado bien, aunque no pude en ningún momento desconectar del todo de aquellos pensamientos. Bajé con el pelo mojado a la cocina y me serví un poco de leche fría con krispis de chocolate. Metí la cuchara en el tazón y la llené hasta la mitad sin saber si iba a poder tragarlos. Entre cucharada y cucharada, meditaba sobre todo esto y también sobre lo que mi madre diría con respecto a darle un susto a Irene. «¡Es que ni se te ocurra!, ¿has perdido el juicio? Un susto a la pobre Irene, ¿pero qué ideas son esas?». Mi madre no aceptaría ningún tipo de susto, estoy segura. Y aunque muchas veces se quejaba de mi falta de empatía ante el dolor ajeno, lo decía por mi pasotismo con las enfermedades de mi hermana Cris; no podría imaginar que yo hubiera aceptado colaborar en la grabación de un susto a Irene sin saber muy bien de qué iba el puto susto. Estaba ensimismada en esos pensamientos cuando noté la mano caliente de mi madre acariciándome la mejilla.

—¿En qué piensas, cariño? —me dijo—. Anda, desayuna que se te va a hacer tarde.

Su voz me sonó cercana y levanté la mirada. La luz azulada de los ojos de mi madre era única y yo los había heredado de ella, que, aunque no eran de un azul tan intenso, siempre llamaron la atención, desde que era un bebé. Esto se lo oí decir a mi abuela, la de Cantabria, cientos de veces.

Reinicié el trabajo de meter de nuevo la cuchara en la boca. Yo no quería pensar en si lo que íbamos a hacer (en lo que yo iba a hacer, concretamente) era bueno o malo. Me justificaba pensando en que mi parte consistiría solo en grabar y subirlo a las redes.

Cuando pareció que lograba calmar algo mis nervios, relativizando lo del susto, me vino otro recuerdo que me removió por el mosqueo que me entró al oírselo decir a Charly: «Son escoria», espetó, refiriéndose a las personas minusválidas, como a él le gustaba llamarlas. «Físicos o de coco», puntualizó. Cuando lo hablé con Rafa, él le quitó importancia. «Mira, bebé, esto va de conseguir putos likes, cuantos más mejor, y deja ya de rayarte, joder». Mi cabeza giraba en torno a esto y en cómo lo vería mi madre. No podía controlarlo. Estaba desbordada por un bucle maldito. Desvié mis ojos de las juntas de los baldosines de la cocina en las que se habían quedado atrapados y vi que mi madre seguía haciendo cosas, sin moverse de allí. De vez en cuando me preguntaba o me contaba algo, a lo que yo hacía como que la escuchaba, pero en realidad me enteraba de muy poco de lo que decía. En realidad, creo que mi madre no salía de la cocina porque quería ver si me terminaba el desayuno, y yo ya no me sentía capaz de tragar ni una sola cucharada más.

—¿Qué te pasa, Lorena? Comes con desgana —dijo con un tono que expresaba su preocupación.

Dios, esperaba que no empezara con que estaba muy delgada o que me iba a volver anoréxica, me sacaba de quicio. «Me preocupas, no comes lo que tienes que comer», repetía machacona cuando no me comía todo lo que me había servido en el plato. O, sobre todo, con el tema de los estudios con el que me daba la vara sin descanso. Me agotaba. Algunas veces deseé que desapareciera de mi vida, aunque no me atrevía a imaginar su muerte, no era eso lo que quería, solo deseaba librarme del agobio que me producía su mera presencia. No la soportaba cuando se metía en todo lo que hacía, tenía la sensación de que me espiaba. Una amiga de mi madre le había contado que su hija tenía anorexia y que no se habían dado cuenta hasta que un día la pilló desnuda en el baño y quedó horrorizada al verla tan escuálida.

Desde entonces, yo notaba sus ojos en mi cuerpo valorando si había adelgazado o me veía igual. Ese supercontrol me sacaba de mis casillas. Le gritaba por cualquier cosa. Siempre tenía, como aseveraba ella, las uñas y la lengua afiladas. Pero es que era insoportable su afán de control. Esas putas letanías para darte lecciones de todo, joder. «Lo que se raya la tía con estas mierdas», pensaba. «Sí, mamá, claro», le respondía cuando no tenía ganas de bronca para que me dejara en paz.

Aquella mañana decidí que no iba a contestarle, dijera lo que dijese. Tenía que estar tranqui, pues ese video era muy importante para Rafa y yo quería que saliera todo bien, así que me metí dos cucharadas seguidas que casi me hacen vomitar para que se confiara y se pirara de la cocina. Sabía que me observaba. Efectivamente, así fue. ¡Cómo la controlo!, me felicité. Era el momento de tirar a la basura lo que quedaba de la leche con los krispis, que aún era mucho. Revolví con la cuchara la mezcla de restos de comida y los enterré debajo de ellos.

Salí de la cocina, con el carpesano que había dejado sobre una de las sillas que rodean la mesa, y me despedí de mi madre que en ese momento subía al primer piso. «No vengas tarde hija que podamos comer cuando llegue tu padre», dijo volviendo la cabeza hacia donde yo estaba. «Vale», contesté. Y cuando ya abría la puerta escuché que me gritaba: «Que ya sabes cómo se pone si estamos a la mesa y tú llegas a media comid…».

—¡Vale, maaa! —grité cortándola en seco casi al tiempo que cerraba la puerta de un portazo, como hacía siempre, y también por joder. Sabía que esto la rayaba un montón.

—¡¿Quieres hacer el favor de cerrar normalmente como hace todo el mundo?! Su voz alterada se perdió detrás de la puerta. Cuando abría la verja para salir a la calle escuché de nuevo su voz, esta vez a mi espalda. Había salido a la terraza que da al patio de la entrada.

—Algún día vas a terminar con el pomo en la mano y aterrizando con el culo en las baldosas —dijo medio en broma medio en serio.

Siempre hacía esos chistes malos. Comentarios gilipollas, algo que no entendíamos ni mi hermana ni yo y que ni puta gracia nos hacían. Luisito se reía mucho con ellos, el pobre.

—Perdón, ma, ha sido sin querer —contesté volviéndome hacia ella.

—Anda vete que vas a llegar tarde —dijo, y supuse que se volvería a meter dentro.

Una vez enfilé por la acera calle arriba hacia el instituto escribí un was a Rafa:

Yo:

estoy en camino

Me respondió de vuelta en dos o tres segundos:1

Rafa my Bae:

i m u

Que me dijera estas cosas me ponía. Tenía que llegar en punto a la cita con el grupo. Hoy nos pirábamos la primera hora porque teníamos que preparar ese teatrillo que querían hacer a Irene. A ver si ahora me enteraba de una vez de qué iba.

Los vi a lo lejos, sentados en el banco donde habíamos quedado. Estaban Charly, Andrea y Julia, esa puta, que le había propuesto lío a Rafa sabiendo que estábamos juntos desde hacía seis meses. Le importaba una mierda. Creo que incluso le había propuesto un trío conmigo solo por estar con él, la muy asquerosa, pero yo con esa ni un puto pico me daba. El único que estaba de pie era Rafa.

El castaño gigante ocultaba en parte su figura, que se balanceaba cambiando el peso de un pie al otro al ritmo de la música que supuse escuchaba, pues vi que llevaba puestos los cascos. Mientras me acercaba observaba embobada cómo se movía.

Al llegar le di un beso bien dado a Rafa. Eso lo primero. Saludé a todos chocando la palma de mi mano derecha con la de cada uno de ellos, incluida la de la imbécil de Julia; no quería que se diera cuenta de lo que me jodía que estuviese ahí, siempre en modo «caza», estuviera yo o no, y eso que Rafa ni puto caso que le hacía, o eso creía yo a pies juntillas.

En cuanto llegó el Risas (le llamábamos así por su risa bobalicona y contagiosa), Rafa se quitó los auriculares y empezó a explicar cuál sería el plan. Yo estaba muy nerviosa y expectante porque por fin iba a conocer de qué se trataba.

Rafa le dijo a Sandra que tenía que llevar a Irene a algún lugar en el patio del insti donde no hubiera testigos. Dijo que no quería que se sintiera mal cuando hiciéramos la payasada. Sandra le comentó que la llevaría a la trasera del insti que da a un pinar y nunca hay nadie a la salida de clase porque todo el mundo se iba hacia la calle por la puerta principal. Le hablaría de un video que se había hecho viral y la convencería para verlo juntas

Rafa le dijo que le parecía bien.

—En cuanto aparezcamos nosotros —dijo serio—, tú, Sandra, te irás, y entonces sin decir ni palabra le haremos el teatro que hemos preparado. Lorena, tú lo grabas —me miró. Todo va a durar veinte segundos —explicó, hablando en general para todos. Luego se dirigió a mí de nuevo.

—Lo grabas todo hasta llegar a esos veinte segundos, que es cuando gritas: ¡tiempo! y ahí paramos. Nos despedimos de la subnormal y fin de la historia. A colgarlo en las redes. Esto tiene que dar muchos likes.

—No es una subnormal, joder —protesté, quitándome la mano suya de encima. Es una persona, eso para empezar, que tiene una discapacidad. A ver si te enteras.

—Bueno, vale, bebé, pues, si te gusta más, eso y ya está.

—Es que a veces te pasas mazo, tío.

—¡A mí ni una lección de na, eh, piba! —cambió drásticamente a un tono que me resultó muy agresivo y me descolocó. Preferí pasar del mal rollo que le había entrado de repente—. Tú asegúrate de que tienes suficiente batería en el móvil y nadie te pide más.

Me quedé muda. No entendía que reaccionara de repente así, sin ninguna razón, solo por decir que a veces se pasaba. Es que lo hacía.

—Lo cargué anoche —respondí con una mezcla de sentimientos que me hacían sentir mal. Está a tope —alegué mostrando mi móvil sin poder contener el temblor de mi mano. La bajé rápido por miedo a que se dieran cuenta de lo nerviosa que me había puesto. En ese momento quise abandonar, pero no lo hice, aunque tenía un pálpito feo de que algo se me escapaba. Las palabras de Rafa me habían producido mucha tensión. Ya no estaba segura de lo que iban a hacer. Temí por Irene, pero seguí allí. No podía dar un paso en ninguna dirección. Estaba petrificada.

Julia le dijo algo a Rafa mirándome de reojo. Él miró en mi dirección y me guiñó un ojo. Un sudor frío recorrió mi espalda de arriba abajo.

—Pues lo dicho —volvió a hablar Rafa—, cuando llegues a veinte segundos gritas: ¡tiempo! Lo gritas alto para que te oigamos, y cortas —ordenó Rafa mirándome.

—He traído unas máscaras que a mí me parece que son muy chulas. Nos las pondremos antes de dar la vuelta a la esquina.

—¿Qué máscaras? —dije, sorprendida. De esto no habíamos hablado antes. Al menos, conmigo.

—¡Estas! —respondió Rafa y sacó de la mochila máscaras con cara de payaso que me recordaron al payaso de IT.

—¡Hala!, ¡cómo molan! —dijo Julia divertida.

—Veinte segundos no dan pa una mierda —dijo Charly en un tono de reproche.

—A ver, listo. Tú sabes de qué va a ir la cosa, ¿no? Mejor poco y bien que mucho y mal, ¿lo pillas? —lo dijo en un tono áspero, el típico suyo cuando alguien le contradecía en algo. Siempre dejaba claro quién mandaba en el grupo.

—Lo que tú digas, bro. Lo haremos como quieras —contestó raudo Charly—, pero cuanta más sangre, mejor, más likes. Los dos se echaron a reír. La risa de Charly era gorda y brutal; la de Rafa me sonó cruel y falsa.

—¿Por qué habláis de sangre? No lo entiendo —le pregunté a Rafa con estupefacción. Me acababa de entrar por primera vez auténtico miedo.

—Este, que es un vaina y le gusta comerte el coco; como sabe que eres un poco cagona…, ¿verdad, Charly?— No sé si le hizo alguna señal con los ojos porque miró en su dirección y yo no podía verle la cara—. Anda, capullo, dile que eres un gilipollas y que andas de cachondeo, anda, díselo—. Se fue hasta él y, agarrándolo por el cuello, lo atrajo hasta donde yo estaba. Los dos se descojonaban. Julia también se reía por acompañar, por sentirse parte de ellos más que yo.

—Que no te preocupes, tronca, que no le vamos a hacer na —aseguró Charly mientras se intentaba quitar las manos de Rafa de encima—. Un puto sustillo con el que se va a descojonar, ya lo verás. Ya te lo ha dicho este —dijo señalando a Rafa con el dedo índice.

No me tranquilizó nada. Cada vez me ponía más nerviosa la manera que tenían todos de mirarme y de hablarme.

—Tú a grabar, que es lo que ha dicho el boss.

Esas risas que se echaban me rayaban también un montón. Me hacían sentir extraña en el grupo. Algo que me dolía. No quería sentirme así. Rafa era mi chico. Pero Julia hacía lo posible por que yo me sintiera de otro planeta con ellos. Rafa se acercó a mí y, en un aparte, me preguntó que qué me pasaba. Le contesté que me estaba preocupando lo del susto a Irene.

—¿Lo dices por lo que ha dicho Charly de la sangre?

—No solo, pero sí…, también.

—Es una bobada, bebé. Ganas de armar, ya lo conoces—. Me hablaba de esa forma envolvente que a veces utilizaba cuando buscaba convencerme de algo. Me recordó a aquellos primeros miedos míos cuando me proponía ir a mangar al Corte Inglés o al Carrefour… dependiendo de lo que quisiera robar. Yo al principio me resistía, pero Rafa lograba embaucarme con mimos y con su tono de voz de tal manera que, al final, terminaba haciendo lo que él me pedía.

Por un lado, el miedo, y, por otro, mis sentimientos por Rafa, mi adoración, podría decir, me producían una situación de bloqueo mental que no me dejaba ver claras las cosas. Al final nos piramos las dos primeras horas, no una como se dijo el día anterior.

Cuando Rafa terminó con las instrucciones con respecto a la intervención de Sandra, que me daba la impresión andaba tan confundida como yo, nos fuimos al parque que se encuentra cerca del insti. Sandra se marchó, no quería perderse la segunda hora, y los demás nos pusimos a jugar a las cartas sentados sobre el césped, a lo indio. Rafa se hizo un porro de maría y, después de darle la primera calada, se lo pasó a Óscar. La ronda siguió hasta llegar a mí, que estaba a la izquierda de Rafa. Di un par de caladas y Rafa le dio el último chupetón.

Cuando llevábamos un buen rato jugando, fumando y bebiendo de una botella de ron con cola que había traído Charly, le dije a Rafa que quería hablar con él. Con la maría me había relajado mucho y tenía ganas de estar un ratito medio a solas antes de volver a clase. Faltaban solo veinticinco minutos para que comenzara la tercera hora, así que nos levantamos del suelo y les dijimos a los demás que solo era un momento.

—Mi chica necesita de mis servicios —dijo Rafa, levantándose acto seguido del suelo de un salto. Todos se rieron. Nos sentamos en un banco no muy lejos de ellos. Yo me sentía algo más tranquila por la maría, así que me vine arriba y le pregunté a bocajarro cuál era realmente el plan.

—¿Otra vez? —me miró sorprendido. Estaba claro que no esperaba que volviera a insistir.

—Joder, tío, has dicho dónde va a ser ese teatrillo o susto o lo que sea, pero no has dicho el qué.

—Cómo que el qué, bebé.

—Sí. Yo debería saber qué planeáis hacer, ¿no crees? Es mi amiga, bueno, ya no, pero lo fue cuando éramos pequeñas —me quedé en silencio, mirándole, esperando que me contara algo. Sentí que estaba un poco borracha. El alcohol y la maría habían enturbiado mi mente y no me expresaba con claridad.

—Mira, bebé, no vengas ahora otra vez con eso.

Le expliqué que estaba intranquila.

—¿No podemos olvidarnos de la mierda del susto? —me atreví a decirle dándole un pico—, es que yo no he visto que hayáis ensayado nada —añadí. Y, finalmente, hice la pregunta que colmaría el vaso—. Soy la única que no sabe de qué va el susto, ¿verdad?—. De repente le cambió la cara. Se puso serio y tomó distancia física de mí.

—Puedes irte si quieres —espetó mirándome directamente a los ojos—. Le diré a Julia que grabe ella y ya está —sabía cuánto me podía joder oírle decir eso—. Ella también lo hará bien. Pero te digo una cosa —añadió mirándome de esa forma que a mí me da como miedo—, si no estás conmigo para las cosas que a mí me parecen importantes, entonces simplemente es que no estás.

«¿Cosas importantes?», repetí para mí, atónita. Me quedé sin habla de lo que me había impactado que de nuevo dijera que se lo ofrecería a Julia. ¿Me estaba tomando el pelo? Al final reuní valor para preguntarle por qué era importante lo de dar un susto a Irene, pero no pude, porque justo en ese momento se volvió hacia mí, acercó su cara a la mía y me besó. Empezó a ronronear, a decirme que quería que lo hiciera yo, que siempre pensó en mí, que haría una grabación de puta madre, que yo era la pana con los videos. «Conseguiremos un montón de putos likes, bebé. Eso es importante», me repitió con un convencimiento que era difícil de contrariar.

Estaba tan cerca que su cara se volvió borrosa. Noté su aliento cerca de mi boca. Después, la piel suave de sus labios acarició los míos. Me besaba dosificando, auténticos chupitos de placer que me electrificaban todo el cuerpo. Luego abrió sus labios y succionó los míos. Me abandoné a su lengua que suavemente culebreaba alrededor de la mía entrelazándose. Eso era una forma de arte, estaba segura. A mí nadie me había besado así. Ni me di cuenta de que había metido la mano por debajo de mi blusa hasta que noté su dedo corazón hacer pequeños círculos sobre el pezón, algo que él sabía que me volvía loca. Sentía que me mareaba. Perdí de vista que los demás estaban muy cerca. Que podían vernos. Pero en ese momento me la traía floja. Ojalá Julia haya mirado, pensé cuando recordaba esa misma escena en mi cama por la noche. Se estaría muriendo de celos. Se separó un poco. Abrí los ojos y los volví a cerrar. Solo quería que me siguiera tocando y besando.

—Además —dijo, hablando sobre mis labios—, tú no vas a hacer más que grabar, bebé, y controlar esos veinte segundos. Y yo, sabiendo que lo vas a hacer de puta madre, voy a estar orgulloso de mi chica, porque eres mi chica, ¿no?

—Sí —contesté excitada por sus caricias. Rafa me volvió a besar, dándome esos piquitos ensalivados que me hacían ansiarle como una perra en celo. Me sentí en el cielo. Notaba cómo se humedecía el sexo y le deseé tanto que me hubiera dejado penetrar a la vista de todo el mundo si me lo hubiera pedido.

A tercera hora, coincidiendo con el final del recreo, me fui a clase. La verdad es que, sabiendo que Rafa se quedaría en el parque y que Julia se iba a pirar toda la mañana, pensé por un momento en quedarme, pero al final sabía que Ramón se pondría en contacto con mis padres si no aparecía por clase. Tenía literatura a tercera, así que, encabronada como una mona, tiré para el insti después de darle a Rafa un beso largo y con lengua. Tenía claro que esa puta le entraría apenas me perdiera de vista. Aunque después del recreo solo tenía dos horas, estaba segura de que se me iban a hacer eternas. Seguía ansiosa. De vez en cuando, el pensamiento de que los planes de Rafa no fueran tan inocentes me asaltaba sin aviso. En ese momento entendía menos que nunca la razón por la que habían elegido a Irene. Justo a la que conocía yo. Y no sé por qué, pero me vino a la memoria cuando Rafa agredió a Bruno, solo porque me puso la mano en el hombro. Y después, lo maca que se puso cuando Bruno le hizo frente. Por suerte le agarraron entre Óscar, Carlos y el Risas; sino no sé lo que hubiera pasado. También pensaba en lo que Rafa esperaba de mí. Temía que por cualquier razón no saliera la grabación y que no quedara testimonio de lo que iba a pasar. Imaginaba a Rafa gritándome, insultándome, incluso dándome una hostia. Le encabronaban sobremanera los fallos. Me entraron ganas de ir al baño de los puros nervios que me entraron.

1. La generación zeta utiliza este acrónimo para decir «Te echo de menos».

2. Dos horas antes de la agresión

No podía concentrarme en lo que decía Ramón. Y lo peor es que notaba que, a veces, me miraba como si supiera que algo en mí no iba bien. Decidí largarme un rato.

—¿Puedo salir al baño? —le pregunté, aprovechando que había hecho una pequeña pausa. Estaba superenrollado hablando de Annie Ernaux; tenía pensado mandarnos leer un libro suyo.

—Vete, anda y vuelve más despierta, que esta mañana no sé dónde estás. Aquí no, desde luego.

Le di las gracias y caminé por el pasillo hasta el baño. Cuando llegué, me senté sobre la tapadera del váter, abrí la ventana y me encendí un piti de maría. Cuando lo acabé, me encontraba un poco p´allá; Me lo había fumado entero. Aplasté contra el alfeizar de la ventana el pequeño cartón enrollado con el resto de papel encima y lo tiré a la calle. Luego volví a clase, aunque no me apetecía una mierda.

Ramón me echó en cara que había tardado mucho. Cuando se enfadaba, fruncía el ceño y subía un poco la ceja derecha. Ese gesto le hacía envejecer años, pero reconocí que, aun así, me putoflipaba. Fue mi crush el curso anterior, fantaseaba haciéndomelo con él. Qué morbo me daba que fuera tan mayor, le eché como unos treinta años cuando le vi por primera vez y casi acierto. Tenía (nos lo dijo él) treinta y dos. No tan viejuno como mi padre, pero casi, salvando las distancias, claro. Ramón me parecía la versión inteligente; mi padre era un cenutrio, un autoritario que quería controlarlo todo; también mis estudios. «Pero se va a joder», le dije a Rafa un día hablando de los viejos de cada uno, «yo no voy a estudiar nada que tenga que ver con el derecho, como él, eso ya te lo digo». Rafa me dio la razón. «Pero si estudiar no vale pa na, bebé», sentenció. Yo no pensaba lo mismo, pero no se lo quise discutir, ¿para qué? ¿Qué ganaba con ello? «¿Pa qué vale?», insistió. «Pa morirte de hambre, pa eso».

La mañana se me hizo eterna, y cuando la sirena empezó a aullar recogí todas mis cosas de la mesa a toda pastilla, metí los libros y apuntes en el carpesano y me puse de pie para salir, pero Ramón me paró en seco:

—A ver, Lorena, quédate un momento, por favor, quiero hablar contigo.

Todos los compañeros me miraron y empezaron a hacer muecas mientras recogían sus cosas y salían. Unos me miraban y se pasaban la mano extendida como si fuera un cuchillo por delante de la garganta. Las tías haciendo visajes y poniendo morritos. Qué gilipollas, pensé. Al final lograron ponerme nerviosa. «¿Qué querrá?», me pregunté. Miré el reloj. Yo tendría que estar en el quiosco en máximo diez minutos, si no Rafa se cogería un cabreo de tres pares.

Cuando salieron todos, Ramón cerró suavemente la puerta, se acercó a mí y me pidió que me sentara, señalándome el primer pupitre cerca de la ventana. Le dije que no hacía falta. «Sí, hombre, sentarme», pensé contrariada. Ya me conozco el truco, yo sentada y el de pie. Yo teniendo que mirar hacia arriba y él haciéndolo hacia abajo. De pie mejor, soy de su estatura. Que tenía prisa, le advertí, algo que él no parecía tener. Se apoyó con el culo en su mesa y cruzó los brazos.

Empezó a decir que le llamaba la atención el poco interés que mostraba en clase, que me veía muy distraída. «Los trabajos que haces ya no son lo que eran», dijo, y movió la cara a izquierda y derecha con un chasquido de la lengua. Que les tenía acostumbrados a otra cosa. «La primera evaluación ha sido un desastre», continuó. Estaba muy serio; me preguntó que cómo lo veía para esta segunda. Encadenaba las frases con afirmaciones y preguntas sin dejar de mirarme. «Una pena…», aseveró, y volvió a hacer el puto chasquido con la lengua, muy típico suyo, pero, sobre todo, me dijo que lo que más le preocupaba era la gente con la que iba. Ahí sí que me quedé en plan: pero ¿qué dice?

—¿De qué gente hablas? —respondí cortante.

—Hablo de Rafa and company. ¿Puedes decirme que se te ha perdido a ti con este grupo de descerebrados?

Me dejó seca. No esperaba ni por lo más remoto que me fuera a hablar de Rafa. Él menos que nadie. No me imaginaba de qué lo podía conocer. Me estaba mintiendo, seguro, me dije a mí misma.

—¿De qué conoces a Rafa? —le pregunté para pillarle en la mentira.

—No sé si lo sabes, pero Rafa es un delincuente. Sí, lo es —repitió al ver mi cara de sorpresa. Trapichea con todo. Julia lo mismo, y el resto no tiene desperdicio. Van por muy mal camino. Cualquier día se meten en algún lío gordo y tú vas a estar ahí en el medio sin tener nada que ver con ellos. Aléjate de esa gente, Lore —concluyó.

Pensé en la puta manía que tiene la gente de abreviar mi nombre sin preguntarme si me gustaba o no.

—Si no te importa, no me llames Lore, no me gusta que los extraños usen mi nombre abreviado. —«¡Toma!», dije para mis adentros.

—¿Me puedes decir de qué conoces a Rafa? —insistí mosqueada.

—Hombre, a estas alturas llamarme extraño no parece lo más apropiado, pero como quieras. Algún día te lo contaré Lorena —recalcó mi nombre completo. «Eso está bien», pensé. Me gustó que tuviera en cuenta lo que le había dicho.

Acto seguido, me salió con los compañeros de antes, que qué había pasado con ellos. No salía de mi asombro. No tenía ni idea de a dónde quería llegar.

—Con Lucía, por ejemplo —comenzó de nuevo a hablar—, hacíais muchas cosas juntas, trabajos muy buenos y ahora no entregas más que «muy elaborados» —hizo la señal de comillas con los dedos—, copipegas.

Flipaba en colores.

—Eso es agua pasada —le contesté con impaciencia.

—Ya, pero antes era tu mejor amiga y compañera de clase.

—Eran otros tiempos —dije—, y miré el reloj de reojo.

—Insisto, y lo hago de momento por última vez, andas con gente poco recomendable, y llámame idiota —lo llamé así para mis adentros—, pero creo que no tienes ni la más repajolera idea de con qué gente tratas. Cuando quieras nos sentamos y te cuento cómo conocí a Rafa y cuánto sé de él y de su colega, el tal Charly. Te vas a sorprender.

«Pero ¿de qué va?», pensé. Y ya no pude reprimir el tic. Recogí todo el pelo con la mano derecha para llevármelo al hombro opuesto por detrás de la cabeza. Mi madre decía que era un tic muy feo y que me engrasaba el pelo. Al parecer lo hacía mucho, alternando las manos y los lados a los que me llevaba el pelo cuando me ponía nerviosa. Yo ni me daba cuenta de que lo hacía —lo sigo haciendo—, pero esta vez sí, porque Ramón me llamó la atención.

—Me mareas llevándote el pelo de un lado al otro —dijo buscándome los ojos, que yo mantenía fijos en las puntas de mis zapatos con un suave y rítmico balanceo adelante y atrás.

—Sé muy bien con quién ando. No es cosa tuya.

—Tienes razón. No es cosa mía. Pero eso no quita para que te avise, sobre todo porque tengo mucha información que estoy seguro tú no tienes.

Ahí puso el punto, por fin. Cambio el peso del cuerpo de una pierna a la otra y pasó a contarme que mi madre había estado en la hora de tutoría el día anterior y que, como las notas de la última evaluación fueron tan catastróficas, quería saber cómo ibas de cara a la próxima; que mis padres estaban muy disgustados por el cambio tan grande que habías dado, para mal.

—Y parece que en casa tampoco van las cosas demasiado bien, según tu madre.

Esperaba que este capullo no les hubiera contado nada de Rafa y los demás.

—Y eso que, imagino, no saben que andas con estos figuras —continuó hablando, como si hubiera escuchado mis pensamientos.

Que insistiera en el tema me estaba dando muy mal rollo. Quería irme ya. Primero por terminar con la brasa y segundo porque Rafa me iba a matar. Se había hecho muy tarde.

Para que se olvidara de Rafa le comenté que estaba estudiando bastante (una puta mentira), que las próximas notas iban a ser como las de antes (otra puta mentira), y di unos pasos hacia la puerta para ver cómo reaccionaba, pero él avanzó los mismos pasos y llegó antes. Se apoyó en el picaporte frenando mi intento de salir pitando del aula. Me miró fijamente. Me puse muy nerviosa. Me hizo prometerle que todo eso iba a cambiar. Y yo se lo prometí, le aseguré que de hecho ya estaba cambiando, que lo notaría en mis próximas notas, que bla, bla, bla… Cualquier cosa para que me dejara ir. Me abrió la puerta y me cedió el paso. Me despedí con un «hasta mañana» y un «que te follen» para mis adentros. En su cara vi lo poco creíble que le habían parecido mis promesas y, aunque sabía que me apreciaba, también sabía que esto no debería afectarme.

3. La agresión

Bajé las escaleras de dos en dos y no esperé a llegar al patio, saqué el móvil cuando todavía caminaba por el hall, atenta a que no me vieran. Ahora te quitaban el móvil si lo usabas dentro del insti. Desactivé el modo avión, porque yo no lo apagaba tal y como decía la norma que había que hacer.

Escribí:

Yo:

no os veo

Rafa contestó como una flecha:

Rafa my Bae:

kiosko!!

Y seguido:

Rafa my Bae:

k pasa? la pava se va!!

Con lo de la pava, se refería a Irene. Pensé que quizá Sandra no había sabido entretenerla en el patio tal y como quedamos que haría. «¡Ojalá!», exclamé para mis adentros. Deseaba que Irene se hubiera largado, que se ahorrara el susto, el teatrillo o lo que fuera que habían preparado, que yo me había metido en esta mierda sin saber realmente de qué iba.

Crucé el patio con pasos largos y busqué con los ojos al grupo en la zona del kiosco hasta que los descubrí. Era la salida de clases. Estaba a tope de grupos que se habían quedado hablando en el patio y otros muchos que caminaban hacia la calle para luego tomar diferentes direcciones. A Rafa le reconocí de lejos por su forma de moverse. Escribí en mi móvil a toda velocidad utilizando mis pulgares:

Yo:

os veo

Cuando llegué, Rafa me recibió bastante borde. Le expliqué un poco acelerada lo que había pasado. Él señaló a Sandra que hablaba con Irene en medio del patio al que daban gran parte de las aulas. Seguro que ya no sabía ni qué contarle para ganar tiempo viendo que el grupo no se movía, aunque me pareció que Irene parecía muy interesada en la pantalla del móvil de Sandra.

Irene tenía problemas en el insti para sacarse los cursos. La discapacidad intelectual le hacía más difícil llegar al final de la ESO, por eso recibía apoyo escolar. Además, caminaba con dificultad. Pero fue la elegida realmente por todos nosotros, porque, como dice mi vieja, el que calla, otorga, y yo callé.

En cuanto Sandra vio la señal de Rafa, comenzó a caminar con Irene hacia la trasera del instituto tal y como Rafa le había dicho. Apenas dieron la vuelta a la esquina empezamos a caminar hacia allí.

Rafa llevaba unos guantes como de cuero que le tapaban los dedos hasta los nudillos. Fumó la última calada y, con un golpe a la colilla con el dedo corazón, la estrelló contra el borde de un banco de piedra. Pequeñas chispas volaron por el aire. Era pura chulería, ahora lo veo tan claro…, pero a mí me ponía. Después echó unas volutas de humo mirando al cielo y se giró hacia mí, guiñándome un ojo. «Puta», me dijo sonriendo y dándome un codazo en el brazo derecho; yo sentí un cosquilleo en el vientre. Como siempre, que él me mirara de esa manera, ese gesto con el codo era su forma de decirme que se le había pasado el enfado. Que todo estaba en orden entre nosotros.

La oleada de calor en las mejillas me avisó de que me había puesto roja como la grana. Me llevé las manos a ambos lados de la cara lo más disimuladamente que pude. Tenía las mejillas calientes. Miré hacia el suelo porque no quería que Rafa se diera cuenta y sonreí de forma bobalicona. Cuando en casa lo recordaba me daba auténtica lache de mí misma, como si estuviera viendo a otra persona.

Mientras caminábamos siguiendo a Sandra e Irene, Rafa sacó del bolso un puño americano sin pinchos y se lo encajó en la mano derecha. Era uno de aquellos que había visto colgados en la pared de su habitación la primera noche que dormimos juntos. Fue peor que si me hubiera dado un puñetazo en la cara. Le pregunté alarmada qué pensaba hacer con el puño. «Nada», contestó, y se lo quitó de nuevo para volverlo a meter en la zamarra que llevaba en bandolera. Acto seguido sacó las máscaras de payaso y las distribuyó entre todos. Yo dudaba si ponerme la mía. No me daba buen rollo. La dejé colgando de mi muñeca por la goma.

—¡Póntela! —me dijo Rafa al darse cuenta de mi gesto.

Me la puse sin rechistar. Acto seguido dimos la vuelta a la esquina del edificio. allí estaban Irene y Sandra, que, nada más vernos, se despidió de ella con un guiño a Rafa. A Irene ni la miró.

Irene, que puso una cara de sorpresa al vernos, en seguida se vio rodeada por todos nosotros. No sé cuántas veces pensé después en el efecto que tuvo que causarle ver a un grupo de cuatro personas con esa máscara que recordaba al payaso de IT ocultando su identidad. Me puse de espaldas a ella para activar la cámara del móvil. Después esperé a que empezara el juego, el teatro o lo que fuera. Miré hacia Irene por encima del móvil. La tenía a menos de dos metros de mí.

La expresión de sus ojos había cambiado drásticamente. Ahora sus pupilas ocupaban casi todo el iris de sus ojos, normalmente grandes y ahora desorbitados por el miedo. Había percibido el peligro. Su instinto de sobrevivencia le avisó de un riesgo inminente que yo ni intuí. Su sonrisa se quedó congelada en una mueca ridícula. La pantalla del móvil frente a mi cara mientras esperaba a que Rafa diera la señal. «¡Cámara, acción!», gritó acto seguido, mirándome. Una fracción de segundo después presioné con mi dedo índice en la flecha para que comenzara a grabar. El puntito rojo se encendió y, a continuación, Rafa se acercó a ella en dos pasos, levantó el puño y le pegó un golpe seco en la cabeza. Tenía puesto el puño americano, vale, que era uno de los menos peligrosos de los que yo vi en su habitación, pero no dejaba de ser una estructura contusa que se ajustaba directamente a los nudillos de cualquier mano. Me quedé en shock. No vi cuándo se lo puso. Lo descargó con tal fuerza que Irene se fue contra la pared quedando medio sentada en el suelo con la cabeza colgando sobre su pecho. Levanté la mirada por encima del móvil. Atónita. El torso de Irene quedó apoyado sobre la pared. Mechones del cabello habían quedado atrapados en la rugosidad de los ladrillos rojos, otros le caían por el rostro y se movían adelante y atrás, acompasados por su respiración entrecortada. La falda levantada, dejaba ver parte de sus muslos blancos, casi tan blancos como sus calcetines. Acto seguido, sin que yo pudiera tomar conciencia clara de lo que estaba sucediendo ante mi ojos, Rafa le levantó la cabeza agarrando con la mano izquierda un mechón de pelo que colgaba y la golpeó con el puño derecho repetidamente en la cabeza, en el pecho y la cara. Escuché un crujir de huesos.

No pude reaccionar. Mi mente no lograba salir del asombro. Era como si yo misma estuviera en stand-by. Me quedé mirando cómo la sangre empezaba a brotar de sus fosas nasales. De su boca salía un sonido agónico de socorro que no parecía humano, me recordó ya en casa, al de aquel perrillo callejero, ese al que unos chavales apalearon con tablones por diversión en medio de una calle. Recordé que había gente grabando la tortura a la que estaban sometiendo al pobre animal. «Como yo hoy con Irene», pensé. Me entraron ganas de vomitar al recordarlo. Aquella vez me marché asqueada sin decir nada. «Hoy, no se trataba de un perro, sino de una persona, y no cualquiera, sino una amiga de la infancia», pero ya era tarde para hacer nada. Ni tan siquiera podía verbalizar esto.

Irene abrió los ojos y nos miró aterrada. Yo salí de mi parálisis y grité presa del pánico:

—¡Para, Rafa! ¡Joder!, que la vas a matar—. Pero ni me miró, de hecho, repitió la serie de golpes. Terminó estrellándole la cabeza contra la fachada de ladrillo rojo. Temí que la hubiera matado. Y cuando pensé que iba a dejarlo, Rafa dijo mirando a Julia: «Toda tuya» y ella, sin perder un segundo, se desplazó hasta donde estaba Irene y le pegó una patadón en el pecho que hizo que Irene se doblara del impacto hacia adelante. La inercia hizo que su cabeza golpeara contra el suelo quedando inconsciente, o eso parecía, sobre una mancha de sangre que se extendía lentamente, tiñendo de rojo el hormigón.

—¡Tiempo! —grité. Aunque no habían pasado los veinte segundos. Me fije en que el contador del tiempo marcaba doce. Rafa lo notaría después. Lo temía, pero temía más que la terminaran matando si es que no lo habían hecho ya. Me quedé noqueada, de pie, mirando el charco de sangre de Irene hasta que alguien me tiró de la manga con fuerza. Era Rafa que al mismo tiempo gritaba: «¡Nos abrimos!».

—¡Dame el móvil! —exigió sin apenas mirarme, arrancándomelo literalmente de las manos.