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Con su característico tono directo y lleno de humor sin etiquetas, la columnista, experta en derechos humanos y activista LGBTI Elizabeth Castillo presenta a los lectores de Intermedio una antología de sus mejores columnas, acompañadas de reflexiones, preguntas para compartir, debatir en pareja y en familia, y material inédito para seguir hablando y reflexionando sobre temas de gran coyuntura nacional como homofobia, activismo, género, masculinidades, feminismo, la autonomía sobre el cuerpo y la diversidad sexual.
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Seitenzahl: 158
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Género... ¿Y eso cómo se come?
© 2023, Elizabeth Castillo Vargas
© 2023, Intermedio Editores S.A.S.
Primera edición, mayo de 2023
Edición
Cindy Lorena Roa Devia
Equipo editorial Intermedio Editores
Concepto gráfico, diseño y diagramación
Alexánder Cuéllar Burgos
Equipo editorial Intermedio Editores
Imagen de portada
iStock
Intermedio Editores S.A.S.
Avenida Calle 26 No. 68B-70
www.eltiempo.com/intermedio
Bogotá, Colombia
Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor.
ISBN:
978-958-504-144-8
Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions
A las abuelas bravas, fuertes y poderosas que hicieron posible nuestra existencia.
A los abuelos que cuidaron, enseñaron y protegieron a los más débiles de la familia.
Porque fueron, somos.
Pero podemos hacerlo distinto a como ellos y ellas lo hicieron.
Muchas gracias
Introducción
Capítulo 1 Feminismos
Mujeres y representación política
En el nombre de Dios
Cosas de mujeres
El otoño del patriarcado
Por culpa del feminismo
Nosotras, las feministas
El amor de las amigas
Recomendación general
Sigamos picando
Capítulo 2 Masculinidades
Los hombres y el género
Parirás con dolor
El hombre más hombre
Por sus obras los conoceréis
Masculinidad tóxica
Sigamos picando
Capítulo 3 Violencias
Condenadas por defenderse
Serofobia
El pacto de silencio
Mi agüita amarilla
El negocio del aborto
Sigamos picando
Capítulo 4 Autonomía sobre el cuerpo
Lo que viví cuando me desnudé con Spencer Tunick
Asuntos pendientes antes de morir
Causa justa
Por una sonrisa (demasiado alegre)
Simona
Gorda
Sigamos picando
Capítulo 5 Diversidad sexual
Gente, como usted
El ausente
Orgullo
De la máscara al tambor
Yo cuento
Sigamos picando
Capítulo 6 Homofobia
En defensa propia
No tenemos miedo
Discriminar mata
Nada que curar
Sigamos picando
Capítulo 7 Activismo
La digna rabia
El lazo rosado
Es mejor ser con miedo
Diana Navarro Sanjuan
Manual del mal activista
Sigamos picando
AGRADECIMIENTOS
REFERENCIAS
NOTAS AL PIE
Por: Ricardo Silva Romero
Por si no se lo he dicho antes –que yo creo que sí, pero ya estoy en edad de olvidarlo y repetirlo–, de una vez le digo “muchas gracias, querida Elizabeth Castillo”. Muchas gracias por sus marchas, por sus monólogos de humor, por sus intervenciones en los medios, por sus clases, por sus solidaridades tan limpias, por sus páginas. Muchas gracias por sus columnas: este libro es un valeroso retrato de los discriminados, un viaje por un mundo que se resiste a ser el mundo y una bitácora de su bella reivindicación de lo humano. Yo me siento liderado por usted. Yo la consideraría mi jefe política si a alguno de los dos nos diera por esas cosas, pero prefiero llamarla “una maestra” porque lo suyo no ha sido ni es el dominio de las multitudes, sino la transformación persona por persona de una sociedad que ha sido una tiranía para los cuerpos: de un mundo –me ha enseñado usted– que ha violentado a quienes han defendido el deseo, el placer, la sexualidad franca e insubordinada, los derechos reproductivos, los derechos de la gente LGBTI, la igualdad, la dignidad ante la muerte, la convicción de que “la familia está donde están los afectos”.
Su primer libro, No somos etcétera, el recuento de los primeros veinte años del movimiento LGBTI aquí en Colombia, es un testimonio descarnado que nos recuerda que nuestra democracia no ha cumplido el propósito de la igualdad, pero que ha habido miles de activistas de todos los colores –y muchos más– que han estado librando a diario la batalla para que lo lleve a cabo. Este segundo volumen, que recrea su voz llena de compasión, de humor, de fortaleza, de sabiduría, no sólo es una lección sobre el activismo pacífico que usted ha defendido desde siempre, sino la descripción minuciosa, paciente, de una ciudadanía que está en mora de cerrar las brechas, de dejarse liderar por el feminismo, de gritar a los cuatro vientos cada feminicidio, de erradicar de una vez por todas el machismo, de dejar en paz los cuerpos de las mujeres, de entender que “discriminar mata” y de notar que se llamó “alegres”, gais, a quienes se jugaron la vida por una sexualidad emancipada e insolente que no tuviera nada que ver con la reproducción.
Me ha dicho usted que este libro, Género... ¿y eso con qué se come?, tiene vocación de “piscolabis”. Yo sé que un “piscolabis” es algo así como “una pequeña cantidad de comida que se come porque se puede, porque se quiere celebrar la vida y porque sí”, quién lo creyera, pues una vez nos salió la palabra a mi papá y a mí en un crucigrama impecable de EL TIEMPO. Mi papá me cuidaba, me daba la comida, me llevaba al colegio, me seguía el hilo de los juegos, porque mi mamá, que lograba hacer malabares para siempre estar presente, andaba insistiendo en lo posible e imposible para que este país de machos no se fuera por el último despeñadero. Mi papá y yo jamás hicimos “cosas de hombres” juntos. Hicimos vueltas, fuimos a fútbol con mi hermano, cocinamos, cabeceamos después de almuerzo. Y tomamos algún piscolabis antes de que llegara mi mamá a contarnos cómo había salido la odisea de ese día. Qué suerte haber tenido ese par de ejemplos. Qué extraño ha sido reconocer afuera, en la adultez, que lo mío no ha sido la regla, sino la excepción: que este es un mundo violento y sin tregua para los seres libres.
Querida jefa política: yo ya había leído sus columnas en EL TIEMPO, por supuesto, porque siempre me ha servido oírla a usted para articular, para defender y para agradecer la suerte que he tenido –la fortuna de asumir el hecho de la igualdad gracias a un par de papás que, repito, escaparon de los estereotipos–, pero releerlas así, reunidas como piezas de un rompecabezas, me ha hecho entender cómo es un día de los suyos. Usted sale a la calle, como sale este libro, a recomendar el uso de las gafas violeta, a mostrarnos el privilegio de fundar nuestra sexualidad en el deseo, a preguntarnos si habremos venido al mundo gracias a uno o dos orgasmos, a sacudirnos los lapsus machistas y los sesgos apozados y la doble moral que jamás duermen, a honrarnos la memoria de las mujeres, de los homosexuales, de los trans que cercaron hasta la muerte. Usted sale a animar a las mujeres que están a punto de rendirse y a despertar a los hombres “para que los más malucos (los violentos) no sean los que los representen”.
Si yo fuera hombre, blanco y heterosexual, todo el mundo pensaría que este libro, es una antología de mis columnas. Y, probablemente, les parecería normal. Pero soy mujer, lesbiana, feminista y, por encima de todo, activista, y por eso, me permito contar ahora, porqué están juntas mis columnas publicadas en EL TIEMPO y debido a qué razones consideré que podría resultar oportuno tenerlas juntas, buscando generar unas conversaciones necesarias que nuestra sociedad insiste en evadir.
El género, es decir: la manera cómo nos enseñaron que se comportaba “un hombre de verdad” y la forma en la que nos explicaron que debía comportarse “una buena mujer”, resulta un elemento de reflexión permanente, porque nos determina la manera de responder a muchas cosas.
Es la razón por la cual, muchos hombres siguen creyendo que la primera respuesta ante cualquier situación, es la violencia. Los roles y estereotipos de género que les enseñaron a entender que fuerza es igual a agresión, que deben avergonzarse de llorar y que “caminar como hombres”, significa, ser arrojados e irracionales en el nombre de cualquier cosa, el honor, la patria, dios o el partido, cualquiera de esos pretextos que se ha inventado el patriarcado, para disponer de las vidas de millones de personas, no solo hombres, en sus guerras.
El género es la razón que restringió la existencia de las mujeres al hogar, más precisamente, a la cocina, durante siglos. Los mismos estereotipos que hicieron que muchas de nuestras abuelas, las suyas y las mías, ni siquiera soñaran con terminar la escuela primaria. Mucho menos decidir si querían embarazarse o si deseaban tener un hijo detrás del otro, sin darle tiempo al cuerpo–a la vidapara definir si era momento de gestar de nuevo. O si esa persona, el abuelo, sería la persona con la que querría seguir pariendo hijos. Eso solo lo definían nuestros abuelos, aunque ellas fueran las que debían asumir los riesgos de embarazarse y parir, los que decidían eso, eran ellos. Eso, en resumen, es el patriarcado.
Ojalá este libro sea el pretexto de conversaciones familiares, laborales y académicas. Que haya la oportunidad de pensar ¿por qué el abuelo se casó con la abuela? O si ¿de verdad, la abuela, nunca quiso estudiar y por eso fue que no terminó la escuela primaria? Pero también que ayude a definir si lo que queremos enseñarle a las nuevas generaciones, dependerá de su sexo o si mejor nos concentramos en hablar sobre los comportamientos y sobre el autocuidado, sobre el respeto y sobre la autonomía. Para no enseñarles los mismos límites que nos enseñaron, para que puedan pensar en todo, incluso en si querrán construir relaciones de pareja con los mismos patrones de desequilibrio que vivieron sus abuelos.
Así que ésta no es una antología, es una metodología. Una invitación a conversar, con pretextos breves, de tan solo 3800 caracteres; sobre temas que tienen todo que ver con feminismos, masculinidades, violencias, autonomía sobre el cuerpo, diversidad sexual, homofobia y activismos. Por eso mismo, el recurso de brindar alguna información general sobre cada tema en la primera hoja de cada capítulo, “un dato ahí, como entrada”. Y también por eso, la invitación a conversar, con preguntas orientadoras al final de cada sección, para seguir “picando lengua” con el tema.
Además, cerrar las brechas de género, esos abismos de desigualdad que hay en algunos derechos, es un compromiso del Estado, más allá de cualquier gobierno y eso no debería olvidarse nunca, particularmente en época electoral. Trabajar los temas de género, no es un asunto caprichoso que depende de que a alguien le suene el tema y quiera desarrollar alguna acción al respecto.
Trabajar en el cierre de brechas de género es un compromiso de Estado, porque impacta directamente en los indicadores de Desarrollo, del país. Eso significa que cada funcionario o funcionaria pública, está en la obligación de pensar la manera de hacer real y efectiva la igualdad de género, aunque no esté de acuerdo con algunas cosas que promulga esa igualdad, como el derecho de los homosexuales a adoptar o el derecho a morir, cuando una enfermedad hace que sintamos que no nos da el cuerpo para nada más.
No sobra recordar, que no es la opinión del funcionario la que prima, o sus convicciones. Y conste que no estoy diciendo que se deban rechazar los principios religiosos, para ejercer un cargo público. Lo que estoy diciendo es que la función pública, la administración de los servicios que deben beneficiarnos a todas y todos, se hace en el marco de referencia de la constitución política y la ley, no de la biblia. Así que nos abarca a todas, todos y todes, seamos creyentes o no. Pero aún hay gente que olvida esto, y se convierten en barrera para que otras personas, tengan los derechos que son suyos. Esto suele ocurrir, cuando esos derechos que se van a reclamar, están relacionados de alguna manera con el ejercicio de la sexualidad. Y ahí, en el centro de todo, están los estereotipos de género.
Pero el género hay que incorporarlo, dejar de alegar desconocimiento sobre el tema, como un recurso para evadir las conversaciones o garantizar los derechos.
Y aunque hay políticas y compromisos de Estado en el cierre de brechas de desigualdad, la verdad es que el género y lo que implica, en lo cotidiano, en las dimensiones que cada quien tiene en su vida, sigue siendo un tema que se resiste a ser incorporado.
Y por incorporado, me refiero exactamente a eso: a ponerlo en el cuerpo. En el de cada quien, es la única forma de que llegue a ser parte del Estado, que la gente que trabaja para el Estado, lo haga real. Y esto, necesariamente, también pasa por la familia. Más comprensión y menos rigor en exigir roles y estereotipos, va a tener una sola consecuencia: gente más feliz. Haciendo que el mundo sea menos hostil para quienes se resisten a encajar en los estereotipos de género. Por eso, si se pone ahí, en el propio cuerpo, resulta más fácil entender de qué se trata.
Imagine por un momento que a usted, una persona adulta, alguien le prohibiera cortarse el pelo como a usted le gusta y lo obligara a llevarlo de otra manera. O de un color que no es de su agrado. ¿Qué cree que sentiría? Asumo que querría hacer propia la consigna feminista “mi cuerpo es mío y yo decido”. Por eso es tan importante que hablemos del cuerpo.
No es solo un tema de la academia o de políticas públicas, porque involucra lo que todas, todos y todes, hacemos día a día. Y pasa por nuestro cuerpo y por nuestra sexualidad, por la manera en la que nos relacionamos con nuestra pareja (de la modalidad que sea), por la manera cómo asumimos nuestros logros y fracasos, por la forma en la que nos relacionamos con todo, empezando por la materia que nos conforma. Básicamente, por la manera en que somos y estamos en el planeta. Y me refiero a estamos, como especie.
Así que confío en que este piscolabis* será útil para propiciar conversaciones, en la casa, en el trabajo, en el colegio, en la universidad o en la empresa, donde sea pertinente reflexionar sobre las dimensiones que tiene este aspecto de nuestra identidad cultural, el género. Conversaciones en las que se cuestionen esas expectativas acerca de cómo nos deberíamos comportar, según qué sexo nos fue asignado al nacer.
Ya es hora de dejar de confundir el sexo con el género; ya es hora de entender que los roles y estereotipos de género, son limitantes de la existencia y de la felicidad, porque no hay mayor infelicidad que tener que hacer una cosa que uno no quiere hacer. O tener que ser algo que uno no es.
Ya es hora de dar debates más informados, para que no vengan los fariseos, vendedores de catástrofes, a anunciar ideologías, o “el final de la familia” (y del mundo). Y para que nunca más vuelvan a salir miles de personas a marchar con mentiras, por temor a ser homosexualizados con un rayo. Porque dicho así, suena hasta chistoso, pero no es. Resulta trágico y además, es violento.
Pero nada de eso va a pasar, mientras les sigamos diciendo a los niños que “caminen como hombres” y sigamos tratando a las niñas, como si fueran de porcelana. Por eso hay que conversar, tomarse un piscolabis con alguien y hablar sobre algunas de las cosas que propongo en esta publicación, no deje de contarme el resultado, me hará feliz saberlo. Solo me resta señalar que cuando escribo, aplico lo que he aprendido como abogada, consultora en género y derechos sexuales y reproductivos, docente, investigadora y hasta comediante. Pero también como mamá, hija y mujer creyente, mejor dicho, con lo que soy.
Podría pensar quien lee estas líneas, que es un exceso la auto ponderación sobre mi trayectoria de 25 años de activismo por la igualdad de derechos para personas LGBTI en Colombia y por los derechos de las mujeres a decidir sobre sus cuerpos y sus vidas. Para evitar ese malentendido escribí este prefacio, con el único fin de evitar confusiones. No quiero que me atribuyan un mérito que no es mío...¿qué tal?, ¡ni que fuera hombre!
El Colombia hay casi 39 millones de personas inscritas y aptas para votar.
En las pasadas elecciones votaron menos de 19 millones. Es decir, hay 20 millones de personas que no participan de las decisiones.
Solo 3 de cada 10 congresistas son mujeres. En la anterior legislatura, eran 2 de cada 10.
Las mujeres conforman el 52% de la población en Colombia (o sea, más de la mitad).
Feminismo
Apenas en el año 2032 se cumplirán cien años de que las mujeres podamos administrar libremente nuestros propios bienes, comparecer en un juicio o ser tutoras, sin que sea necesaria la autorización de nuestros maridos. (Ley 28/32).
Menstruación
Sentencia C-117 de 2018 eliminó el impuesto para toallas y tampones, porque lo reconoce como derecho.
Sentencia C-102/21 sobre gestión menstrual, determina que es un asunto de equidad de género y elimina el impuesto a la copa menstrual.
Salud reproductiva
Si un hombre tiene una relación sexual semanalmente, sin protección, potencialmente puede causar 52 embarazos.
Una mujer podría embarazarse, máximo, dos veces por año.
Solo la vasectomía y el preservativo están creados para que los hombres prevengan un embarazo. No implican riesgos, ni causan efectos adversos de corto, mediano o largo plazo.
Existen alrededor de 20 métodos para que las mujeres eviten embarazarse. Todos implican cambios hormonales y distintos efectos adversos, de corto, mediano y largo plazo.
23 de julio de 2021
Así como ser homosexual no logra, en automático, que una persona deje de ser misógina o deje de excluir a otros porque son distintos, tampoco ser mujer, per se, constituye una garantía de que esa mujer proteja, promueva o impulse los derechos de las mujeres.
Para la muestra, basta mirar a la Vicepresidencia de Colombia, o a la recientemente elegida presidenta de la Cámara de Representantes en el Congreso, mujeres ampliamente cuestionadas en sus orígenes y trayectorias políticas, con múltiples relaciones con gente investigada y hasta condenada.
No faltará quien señale que “los delitos de sangre” no existen, y no le falta razón, pero no deja de ser muy cuestionable que la mitad de la ínfima cantidad de mujeres presentes al día de hoy en el Congreso de Colombia (18 por ciento), a pesar de una ley de paridad de género que aspira a un simbólico 30 por ciento (¡en un país donde las mujeres representan el 51 por ciento de la población!), tengan cuestionamientos tan graves.
La mitad de las mujeres que hoy están reconocidas como congresistas está relacionada, vinculada, o bendecida y afortunada — según quien lo mire— por los votos de un hombre muy cercano, usualmente, un familiar (hermano, esposo, padre, amante), que está condenado o evadido o investigado por homicidio, paramilitarismo, narcotráfico o masacres. Eso es impresentable.
