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Trinity Marrow ha perdido la batalla y a su Protector, de quien estaba enamorada. Incluso contando con demonios y Guardianes de su lado, puede que Trin no gane la guerra contra el Heraldo. Es probable que traer a Lucifer de regreso al mundo para que se enfrente al Heraldo sea una idea tremendamente mala, pero no les queda más alternativa… y el ángel caído supremo es el único ser lo bastante poderoso como para influir en el resultado. Mientras Trin y Zayne forman un nuevo vínculo más peligroso y Lucifer desata el infierno en la tierra, el apocalipsis se avecina y el mundo se encuentra al borde del fin de los tiempos. Ganen o pierdan, una cosa es segura: nada volverá a ser igual.
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Seitenzahl: 691
Veröffentlichungsjahr: 2021
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JENNIFER L. ARMENTROUT
EL HERALDO III
Traducción de Aida Candelario
Título original: Grace and Glory, publicado en inglés, en 2021, por Inkyard Press, Canadá.
Copyright © 2021 by Jennifer L. Armentrout
Translation rights arranged by Taryn Fagerness Agency and Sandra Bruna Agencia Literaria, SL
All rights reserved
Esta es una obra de ficción. Los nombres, los personajes, los lugares y los eventos son producto de la imaginación de la autora o son utilizados de manera ficticia. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, establecimientos comerciales, eventos o lugares es una coincidencia.
Primera edición en esta colección: octubre de 2021
© de la traducción, Aida Candelario, 2021
© de la presente edición, Plataforma Editorial, 2021
Plataforma Editorial
c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona
Tel.: (+34) 93 494 79 99 – Fax: (+34) 93 419 23 14
www.plataformaeditorial.com
ISBN: 978-84-18582-93-6
Realización de cubierta y fotocomposición: Grafime
Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).
Para todos los sanitarios, personal de emergencia y trabajadores esenciales que han trabajado de forma incansable y sin cesar para salvar vidas y mantener abiertas las tiendas, a pesar de suponer un gran riesgo para sus propias vidas y las de sus seres queridos.
Gracias.
Zayne se encontraba apenas a unos metros de mí mientras la brisa sorprendentemente fresca de julio le alzaba las puntas del pelo rubio de los hombros desnudos.
O eso era lo que yo creía estar viendo.
Me estaba quedando ciega poco a poco. Mi campo de visión ya se encontraba gravemente restringido y prácticamente carecía de visión periférica. Con el tiempo, solo podría ver a través de un agujerito. Para complicar aún más las cosas, se me habían formado cataratas en ambos ojos, lo que hacía que mi visión central estuviera borrosa y mis ojos fueran aún más sensibles a la luz. Se trataba de una enfermedad genética conocida como retinosis pigmentaria y ni siquiera toda la sangre angelical que me corría por las venas podía evitar que la enfermedad progresara. Cualquier tipo de luz brillante me complicaba la tarea de ver y las cosas no mejoraban cuando había poca luz, pues eso hacía que todo se volviera impreciso y difícil de ver por la noche.
Así que, al contar únicamente con las farolas del interior de Rock Creek Park para iluminar el sendero situado detrás de mí, era bastante posible que no estuviera viendo lo que yo creía. También había tenido que pasar por un traumatismo de aúpa hacía apenas unos días (sufrí una paliza de proporciones épicas a manos del psicópata del arcángel Gabriel, también conocido como el Heraldo de los monólogos eternos), así que a saber qué le había causado eso a mis ojos.
O a mi cerebro.
Zayne podría ser una alucinación causada por el daño cerebral o la pena. De hecho, cualquiera de esas dos cosas tenía más sentido. Porque ¿cómo iba a estar Zayne frente a mí? Estaba… Ay, Dios, había muerto, su cuerpo ya se habría convertido en polvo a estas alturas, como les ocurría a todos los Guardianes al morir. El vínculo que nos unía, que lo convertía en mi Protector y nos proporcionaba fuerza y velocidad a ambos, se volvió en nuestra contra en cuanto reconocí con sinceridad que me había enamorado de Zayne. Él se había visto debilitado físicamente y Gabriel se había aprovechado de eso. Lo oí pronunciar sus últimas palabras. «No pasa nada». Presencié cómo exhalaba su último aliento. Sentí que aquel hilo que nos conectaba como Protector y Sangre Original se rompía dentro de mí.
Zayne había muerto.
Estaba muerto.
Pero podía verlo allí mismo, de pie frente a mí, y percibí un aroma a nieve recién caída y menta… menta fresca. Era más intenso que antes, como si el aire de verano estuviera empapado de invierno.
Debido a ese olor, durante un momento, me pregunté si se trataría de un espíritu: es decir, alguien que había muerto y cruzado. Cuando las almas que habían avanzado hacia el más allá regresaban para comprobar cómo les iba a sus seres queridos, la gente solía notar un olor que les recordaba a la persona que había fallecido. Un perfume. Pasta de dientes. Un puro. Una fogata. Podía ser cualquier cosa, porque el cielo… el cielo tenía un olor especial: olía a lo que más deseabas, y yo deseaba que Zayne estuviera vivo más que nada en este mundo.
Ahora mismo, podía notar el olor del cielo.
Sin embargo, incluso con mi birria de vista, podía darme cuenta de que Zayne no era un espíritu. Era de carne y hueso… de resplandeciente carne y hueso. Su piel poseía un tenue brillo luminoso del que carecía antes.
Empecé a marearme mientras miraba fijamente unos ojos que ya no eran de un azul superpálido. Ahora eran de un tono intenso y vibrante que me recordó a esos breves momentos durante el crepúsculo cuando el cielo se teñía de un profundo matiz azul zafiro. Los Guardianes no tenían los ojos así, ni brillaban como uno de esos viejos muñecos Gusiluz que Jada había encontrado una vez en el ático cuando éramos niñas.
Y los Guardianes no tenían, ni de coña, la clase de alas que brotaban de los anchos hombros de Zayne. No eran alas de Guardián, que a menudo me recordaban a cuero liso. Ah, no, estas tenían plumas… Plumas blancas y densas con vetas doradas que relucían con fuego celestial, con gracia.
Solo había dos cosas en este mundo y más allá, aparte de Dios, que poseyeran esa potente y todopoderosa gracia en su interior. Yo era una de esas cosas.
Pero Zayne no había sido un Sangre Original como yo ni tampoco había sido como los escasos humanos que contaban con un ángel encaramado en su árbol genealógico, lo que les proporcionaba una gracia diluida y mucho menos poderosa que les permitía ver fantasmas y espíritus o demostrar otras habilidades psíquicas. Durante toda mi vida, me habían dicho que yo era la única Sangre Original, una descendiente de primera generación de un ángel y una humana, pero eso no era del todo cierto. Estaba Sulien, el hijo de Gabriel, pero Zayne lo había matado, así que supuse que había recuperado mi estatus de persona excepcional. Todo eso era irrelevante porque Zayne había sido un Guardián.
El otro único ser con esa clase de gracia y alas era un ángel, pero Zayne tampoco había sido eso.
Pero ahora tenía sin ninguna duda alas de ángel… Alas de ángel emplumadas que relucían con gracia.
—¿Trin…? —dijo, e inhalé bruscamente.
Ay, Dios, era su voz, y tuve la sensación de que me temblaba todo el cuerpo. Yo habría renunciado a casi cualquier cosa por oír su voz de nuevo, y ahora estaba ocurriendo.
Di un tambaleante paso adelante.
—Puedo… sentirte —añadió con la voz cargada de confusión mientras me miraba fijamente.
¿Se refería al vínculo del Protector? Busqué el hormigueo de reconocimiento, el rastro de emociones que no procedían de mí. No encontré nada. No había hilo. Ni vínculo.
Ya no era mi Protector.
—Trinity —repitió en voz baja, y me di cuenta entonces. El tono de su voz. Sonaba raro. Reflejaba más que simple confusión—. Ese nombre… significa algo.
El corazón me dio un vuelco.
—Porque es mi nombre.
Zayne inclinó la cabeza hacia las sombras, pero yo todavía podía sentir su mirada. ¿No… no se acordaba de mí? Me invadió la preocupación. No tenía ni idea de cómo había regresado ni de por qué se parecía a un ángel; pero, si le había pasado algo que afectaba a su memoria, me encargaría de ayudarlo. Lo resolveríamos juntos. Lo único que importaba era que estaba vivo. Di otro paso mientras levantaba el brazo…
Primero Zayne se encontraba a unos metros de distancia y luego, de pronto, estaba justo frente a mí, bloqueando el mundo que se extendía detrás de él con esas alas increíbles. Se había movido más rápido de lo que podría hacerlo cualquier Guardián… más rápido incluso que yo.
Di un respingo de sorpresa y aparté la cabeza. En el fondo de mi mente, yo sabía que Zayne (que era consciente de cómo funcionaba mi vista y lo difícil que me resultaba seguir la trayectoria de un objeto en movimiento) no se habría movido así. Pero era evidente que le pasaba algo a sus recuerdos y…
Zayne me agarró la mano mientras bajaba la barbilla e inspiraba profundamente. Se estremeció y levantó la cabeza. Abrí los ojos como platos. Al tenerlo ahora tan cerca, pude distinguir las conocidas líneas y ángulos de su cara, pero los vi… los vi con más claridad, y eso tampoco tenía sentido. Sus alas bloqueaban la luz de la luna y el resplandor de las farolas de los alrededores no se encontraba lo bastante cerca como para explicar cómo podía verlo tan bien. Sus facciones estaban demasiado nítidas y tenían… tenían ese brillo debajo…
—¿Crees que puedes enfrentarte a mí, pequeña nefilim? —me soltó.
Eh… ¿Qué?
Todos mis sentidos se pusieron en alerta máxima mientras mis ojos continuaban clavados en él.
—¿Pequeña…? —repetí.
Mi piel y mis músculos, que se encontraban en proceso de curación, protestaron ardiendo con intensidad cuando Zayne me empujó contra su pecho. Me apretó la cintura con un brazo que parecía estar hecho de acero. Me sujetaba con una fuerza aplastante, pero, aun así, el contacto de su cuerpo contra el mío me dejó hecha un lío: dispersó mis pensamientos y silenció las campanas de advertencia que habían empezado a sonar con fuerza. Zayne inclinó la cabeza de nuevo y todo mi cuerpo se puso tenso por la expectativa. Estaban pasando un montón de cosas raras, pero él me iba a besar y a mí nunca dejaría de apetecerme…
Zayne hundió la cara en mi pelo e inspiró hondo una vez más.
—Tu olor… lo conozco. Me llama. ¿Por qué?
—¿Porque… eh… me conoces? —sugerí.
—Tal vez —murmuró. Durante un momento, se limitó a abrazarme y empecé a considerarlo una buena señal—. Pero… reconozco la gracia. Es poderosa. Como la de un arcángel —dijo, escupiendo la última palabra como si estuviera hablando de algún tipo de enfermedad incurable.
Pero ¿qué diablos…?
Giré la cabeza, incapaz de levantar los brazos, que permanecían atrapados en mis costados.
—Zayne, soy yo —insistí, intentando encontrarle sentido a lo que estaba ocurriendo—. Trinity.
Él se quedó increíblemente inmóvil.
—Hay algo importante… Tu nombre, tu olor —me interrumpió, y se estremeció una vez más mientras me sujetaba con menos fuerza—. Siento demasiadas cosas. Toda la codicia y la gula, el rencor y el odio. Están dentro de mí, me llenan.
Eso… eso no sonaba nada bien.
—Pero tu olor es maravilloso. Embriagador. Me resulta familiar —repitió.
Zayne movió la cabeza y sentí su boca contra mi mandíbula. Me quedé sin aliento y mis sentidos se vieron abrumados por el estallido de sensaciones en conflicto. A mi cuerpo le entusiasmaba tener a Zayne tan cerca, pero no a mi cerebro ni a mi corazón.
—Suéltame y averiguaremos qué está pasando.
No me soltó.
Se rio.
Y esa risa… no se parecía en nada al sonido que yo adoraba y atesoraba. Sentí escalofríos por toda la piel, y no en un sentido agradable y divertido. Su risa sonó fría, incluso cruel, y no había ni una sola parte de él que fuera cruel.
—Suéltame, Zayne.
—Deja de llamarme así.
Mi corazón trastabilló.
—Ese es tu nombre.
—No tengo nombre.
—Si, claro que sí. Es Zayne…
—Y te soltaré cuando me dé la gana —me interrumpió—. ¿Y sabes qué, pequeña nefilim? No me apetece.
Vale. Yo quería a Zayne con todo mi ser… lo quería más que a nada. También me preocupaba muchísimo su estado mental en ese momento. Quería ayudarlo, y lo haría, pero la verdad era que estaba empezando a hacerme cabrear.
—Deja de llamarme «pequeña nefilim» —le advertí.
—Es lo que eres.
—Lo que soy es una Sangre Original, pero no me llamo de ninguna de esas dos formas. Soy Trinity o Trin. —Me retorcí intentando liberarme. Un sonido grave que me recordó a un animal brotó del fondo de su garganta—. Suéltame o te juro por Dios…
—¿Dios? ¿Lo juras por Dios? —Soltó otra carcajada—. Dios nos ha abandonado a todos.
Me quedé atónita. Me invadió una desenfrenada mezcla de alivio, confusión, irritación y algo mucho más intenso y devastador. Por primera vez desde que conocía a Zayne, sentí miedo en sus brazos.
Se me heló el cuerpo y mi sistema de alarma personal reaccionó ante el ramalazo de miedo. En el fondo de mi ser, mi gracia cobró vida.
Zayne bufó (bufó de verdad) como un furioso gato salvaje. Se convirtió en un enorme y furioso gato salvaje en cuanto la gracia palpitó en mi interior. Qué cosa más rara.
El instinto tomó el control. Retorcí el cuerpo, haciendo caso omiso del dolor de todas las heridas a medio curar, y levanté la rodilla para asestarle un golpe en la ingle.
O, al menos, lo intenté.
Zayne anticipó el movimiento. Mi rodilla se estrelló contra su muslo. Una oleada de ira y un pánico que crecía rápidamente se apoderaron de mí al mismo tiempo que la gracia me presionaba, exigiendo que la liberase, pero la reprimí. Zayne estaba confundido y acababa de regresar de entre los muertos con alas de ángel, así que no me apetecía hacerle «demasiado» daño. Mi gracia haría más que eso. Lo mataría.
Conseguí soltar un brazo y le asesté un puñetazo en la mandíbula, lo bastante fuerte como para que una llamarada de dolor me recorriera los nudillos, y él sonrió. Sonrió como si ni siquiera le hubiera pegado, y la curva de sus labios tenía algo muy raro. Era gélida e inhumana.
—Ay —murmuró—. Vas a tener que esforzarte más.
Arremetí con la palma de la mano, golpeándolo debajo de la barbilla. Él soltó un gruñido de dolor mientras me empujaba (no, me arrojaba) a un lado. Choqué contra el suelo varios metros más atrás, con un grito agudo. Todavía no me había sobrepuesto del asombro, lo que amortiguó la punzada de una nueva oleada de dolor, cuando alcé la mirada hacia él y me di cuenta.
Este era Zayne, pero no lo era.
Él nunca me lanzaría como un frisbi. Aunque me lo mereciera, y bien sabía Dios que podía ser extremadamente irritante, Zayne nunca haría eso. Podía darle una patada justo en la cara y él nunca movería ni un dedo contra mí de ninguna manera que pudiera hacerme daño.
Dominé el dolor y la confusión y me puse de rodillas…
Entreví un borrón de piel y alas doradas, demasiado rápido para poder seguirlo con la vista, y luego Zayne me agarró desde atrás por el cuello de la camiseta. Me levantó en el aire. Me quedé colgando a más de un metro del suelo.
Joder.
Sus alas se alzaron y se extendieron. Eran enormes y preciosas. Y también muy aterradoras en ese momento. ¡Zayne me sostenía allí como si yo no fuera más que una niña a la que le hubiera dado una pataleta! Una niña pequeña, además.
Y eso activó mi «modo zorra».
Le lancé una patada y lo golpeé en el estómago. Él aflojó la mano con la que me agarraba la camiseta y luego, de repente, salí volando.
Aterricé sobre el vientre al estrellarme contra el suelo una vez más. El dolor me atenazó las costillas al mismo tiempo que el aire escapaba bruscamente de mis pulmones. Vale. Eso era lo que se sentía de verdad cuando te lanzaban como si fueras un frisbi. Ahora conocía la diferencia. Era bueno saberlo. Me di la vuelta con un gruñido y empecé a sentarme. No llegué muy lejos. Él apareció allí, encima de mí, con la cara pegada a la mía. Aquellos brillantes ojos azules eran como fragmentos de hielo. Su mirada me heló el cuerpo, el alma.
—Zayne, por favor…
Me agarró la barbilla y me clavó los dedos en la piel.
—Deja de llamarme así.
—Ese es tu nombre…
—No lo es.
—Entonces ¿cómo se supone que debo llamarte? —grité—. ¿Imbécil?
Una comisura de sus labios se alzó.
—Puedes llamarme muerte. ¿Qué tal suena eso?
Me invadió un montón de miedo, pero lo disimulé.
—¿Que qué tal suena? Suena bastante estúpido.
Se le heló la sonrisita de suficiencia.
Lancé un puñetazo.
Su mano salió disparada y me agarró la muñeca. Zayne ni siquiera había apartado los ojos de los míos… ni siquiera me había soltado la barbilla.
—Esto me resulta familiar.
—¿Que te diga que algo que has dicho suena estúpido? Porque debería…
—No. —Entornó los ojos—. Esto. Pelear.
—¡Eso es porque hemos entrenado juntos! Hemos peleado entre nosotros —contesté a toda prisa, intentando superar el pánico y la ira—. No para herirnos. Nunca para herirnos el uno al otro.
—Nunca para herirnos el uno al otro —repitió él despacio, como si no consiguiera entender cómo encajaban esas palabras. Giró la cabeza hacia un lado mientras cerraba los ojos—. Esto no es… —Me clavó los dedos, apretando hasta que pensé que se me astillaría la mandíbula—. Me conoces. Eres importante.
Me tragué el miedo.
—Porque… porque nos conocemos. Estamos juntos. Tú nunca harías esto. Nunca me harías daño.
—¿De verdad? —Sonaba aún más confundido—. ¿Y eso por qué? Eres una nefilim. Posees la gracia de un arcángel.
—Eso da igual. Nunca me harías daño porque me quieres —susurré con voz quebrada. Se me llenaron los ojos de lágrimas—. Por amor. Ese es el motivo.
—¿Amor? —Dio un respingo como si se hubiera quemado y me soltó la barbilla—. ¿Te quiero?
—Sí. ¡Sí! Nos queremos, Zayne, y podemos arreglar lo que te ha pasado, sea lo que sea. Podemos resolverlo juntos, nosotros…
—¿Nosotros? —Me rodeó el cuello con la mano, ejerciendo una fuerza que estaba a punto de resultar mortal—. No hay ningún nosotros. No hay Zayne —escupió—. Soy Caído.
No hubo tiempo para que esas palabras surtieran ningún daño ni para que cobraran sentido. Su mano se cerró hasta que solo pudo pasar una mínima cantidad de aire. No estaba segura de si seguiría apretando o no. De ser así, ¿Zayne había regresado a la vida solo para matarme? Parecía apropiado de una manera irónica. Si ese resultaba ser el caso, evidentemente iba a estar supermuerta y supercabreada, pero también se me rompería el corazón. Porque, cuando él se recuperara de lo que fuera esto, saber lo que había hecho volvería a matarlo.
No me merecía eso.
Ni él tampoco.
Lo que hice a continuación resultaba difícil de explicar. Mis manos se alzaron de forma inconsciente. Coloqué mis dedos temblorosos contra su mejilla y presioné la palma de la mano contra su pecho. Piel contra piel.
Zayne parpadeó y me soltó al mismo tiempo que retrocedía bruscamente. Un breve atisbo de confusión nubló sus ojos brillantes mientras yo me giraba hacia un lado, inspirando el maravilloso oxígeno. No estaba segura de qué hizo que me liberara, qué le impidió aplicar un poquito más de presión. Me alegraba demasiado de volver a respirar, así que la verdad era que eso no me importaba en este momento.
Me puse tensa cuando su mano se cerró sobre mi hombro, pero lo único que hizo fue colocarme de espaldas. Fue casi… tierno.
—¿Qué…? —Sacudió la cabeza de nuevo, haciendo que algunos mechones de pelo rubio se balancearan—. ¿Por qué no me atacaste? ¿Por qué me tocaste? Puedo sentir el poder en ti. Puedes pelear contra mí. No ganarás, pero es mejor que quedarte ahí tumbada.
Mejor que no matarlo, quise decir, pero incluso yo podía darme cuenta de que no tenía sentido hacerlo. Razonar con él no iba a funcionar. Podía pregonar a los cuatro vientos que estaba enamorada de él y no iba a suponer ninguna diferencia. Tenía que largarme de ahí, ir a algún lugar seguro para averiguar qué diablos estaba pasando. Detestaba lo que estaba a punto de hacer, pero no había otra alternativa.
Me llevé la mano al muslo y desenfundé la daga de hierro que había permanecido oculta bajo la camiseta larga.
—¿Por qué no peleas contra mí? —exigió saber—. Eres el enemigo. Deberías pelear contra mí.
Ni siquiera pude procesar el hecho de que me llamara «el enemigo».
—No pelearé contra ti porque te quiero, maldito idiota.
Mis dedos envolvieron el mango de la daga mientras en sus facciones se dibujaba la expresión que siempre me dedicaba cuando yo hacía algo que él no podía entender, lo cual solía ocurrir a menudo. Se me desgarró el corazón.
—Lo siento —susurré.
Zayne volvió a ladear la cabeza.
—¿El qué?
Me incorporé de la tierra y la hierba, trazando un arco alto con el brazo. El filo de la daga lo alcanzó debajo de la barbilla. Me aseguré de que el corte fuera rápido y superficial, solo pretendía aturdirlo.
Zayne retrocedió a trompicones, con su hermoso rostro crispado de furia. Se agarró la garganta y dejó escapar un rugido que me provocó escalofríos hasta en el alma. Me puse de pie de un salto y no vacilé. Salí pitando como si me persiguiera el mismísimo diablo.
Corrí y corrí, abriéndome paso a ciegas entre el tráfico y casi atropellé a innumerables personas mientras mis zapatillas aporreaban el pavimento. Fue asombroso que no me arrollara ningún coche. Me dolía todo el cuerpo, pero no aflojé el paso. Ni siquiera sabía adónde iba…
«Sígueme».
Di un traspié cuando aquella voz, que sin lugar a dudas no era la mía, resonó a mi alrededor. Reduje la velocidad; respiraba con dificultad. La molesta luz amarilla de las farolas proyectaba sombras siniestras a lo largo de las aceras. Las caras y los cuerpos no eran más que borrones sin forma, los cláxones sonaban en la calle y la gente gritaba.
«Sígueme, Sangre Original».
O bien me estaba volviendo loca (algo que en mi humilde e imparcial opinión sería completamente comprensible en ese momento) o de verdad estaba oyendo una voz en mi cabeza.
Pero ¿oír voces en la cabeza no significaba también que te estás volviendo loco?
«Sígueme, hija de Miguel. Es la única esperanza que tienes de restituir al que cayó por ti».
Una imagen repentina de lo que me había parecido una estrella cayendo en picado hacia la Tierra se formó en mi mente. Zayne. Había sido Zayne.
Caído.
Me dijo que lo llamara Caído.
Comprendí lo que significaba eso, pero era imposible.
«Sígueme».
La voz… parecía exudar poder. Yo no sería capaz de imaginar algo así. Tragué saliva con la garganta seca mientras miraba a mi alrededor a toda velocidad y de forma errática, sin ver nada. Zayne había regresado de entre los muertos… Había regresado y era diferente, muy al estilo de Cementerio de animales, y con alas, pero había regresado. Era él, y estaba vivo, así que bien podía estar oyendo una voz real en mi cabeza.
Todo era posible a esas alturas.
Pero, si la voz era real, ¿cómo demonios se suponía que debía seguir algo que no podía ver?
En cuanto ese pensamiento había terminado de formarse, oí: «Confía en tu gracia. Ella sabe adónde ir. Ya estás a medio camino de donde debes estar».
¿Confiar en mi gracia? Casi suelto una carcajada, pero jadeaba demasiado para hacerlo. ¿Sería posible que ya estuviera a medio camino de donde tenía que estar? Lo único que había hecho era correr…
Había estado corriendo a ciegas.
Había corrido sin pensarlo de forma consciente. Igual que cuando toqué a Zayne. El instinto había tomado el control las dos veces, y el instinto y la gracia eran exactamente lo mismo.
Estaba dispuesta a intentar cualquier cosa que me ayudara a descubrir qué le había ocurrido a Zayne.
Aceleré el ritmo, eché a correr y avancé en línea recta hasta que giré a la izquierda. No había ningún motivo. Simplemente tomé una calle y luego seguí adelante. Luego giré a la derecha. Empezó a llover, a un ritmo constante. No tenía ni idea de adónde me dirigía. El corazón me aporreaba las costillas al doblar una esquina concurrida. No había vuelto a oír la voz y, justo cuando empezaba a temer haberla imaginado, vi… la iglesia al otro lado de la calle, que iba volviéndose más nítida poco a poco. La iglesia, que estaba construida de piedra y contaba con numerosas torres y agujas, parecía salida de la época medieval. Cada parte de mi ser sabía que allí era adonde me habían conducido. Cómo o por qué, no tenía ni idea.
Me pareció reconocer la iglesia mientras subía los anchos escalones, pasando entre dos farolas encendidas. ¿San Patricio o algo así? La luz de la luna se reflejó en la cruz situada sobre la entrada y, durante un momento, pareció brillar con una luz celestial.
Realicé una inspiración entrecortada al pasar bajo la hornacina. La lluvia me bajaba por un lado de la cara y me chorreaba de la ropa. Tenía un pegote de sangre debajo de la boca. ¿Era mía? ¿De Zayne? No estaba segura. Tenía el presentimiento de que tal vez me había roto una costilla, que era probable que acabara de curarse, pero no me dolía. Quizá porque estaba sintiendo tantas cosas al mismo tiempo que no quedaba sitio para que mi cuerpo suplicara un descanso.
—Que sea lo que Dios quiera —murmuré, acercándome a la puerta, y luego me detuve.
Se me erizó todo el vello del cuerpo y la sensación de inquietud aumentó tanto que me resultó difícil tragar saliva. Abrí las pesadas puertas sin saber qué esperar y entré en el edificio construido hacía más de dos siglos. De inmediato, un hormigueo eléctrico danzó sobre mi piel, como si me advirtiera de que… de que ese no era mi sitio.
Un vástago de cualquier ángel, y más aún de un arcángel, se consideraba algo muy malo, a pesar de que básicamente fui creada para luchar por todos los piadosos. No debería sorprenderme demasiado que todos mis instintos me exigieran que diera media vuelta y me fuera.
Pero no lo hice.
Los músculos se me agarrotaron cuando una pequeña puerta situada a mi derecha se abrió con un chirrido. Salió un joven sacerdote envuelto en una túnica blanca con ribetes rojos.
Me saludó con un gesto de la cabeza.
—Por aquí, por favor.
No estaba segura de si debería sentirme agradecida de que por lo visto me esperasen o muy asustada, pero hice que mis pies se pusieran en movimiento. En silencio, seguí al sacerdote por un pasillo estrecho. Mientras avanzábamos, él se detenía cada pocos metros para encender velas. Si no lo hubiera hecho, era probable que me hubiera chocado contra una pared.
La estatua de san Brandán el Navegante custodiaba la entrada a la nave de la iglesia. Sostenía un barco en una mano y un báculo en la otra. Santa Brígida se encontraba frente a él, con una mano sobre el corazón.
Tuve la espeluznante sensación de que las estatuas me observaban mientras el sacerdote me conducía hacia el presbiterio. Mis pasos vacilaban a medida que mis ojos descifraban despacio lo que veían.
Había cuatro ángeles de piedra arrodillados en el suelo, con las alas plegadas. Sostenían en las manos unos cuencos de lo que supuse que sería agua bendita, ya que dudaba que estuvieran recolectando agua de lluvia o algo así.
El sacerdote se hizo a un lado y me indicó con un gesto que avanzara. Entré en el presbiterio con el corazón en la garganta. Justo delante, una cruz de casi cuatro metros colgaba sobre el altar mayor, portando tanto a Jesús crucificado como a Jesús resucitado.
Noté una brisa gélida y, la siguiente vez que exhalé, mi aliento formó nubes de vapor. Qué… raro. Igual de raro que el intenso aroma a sándalo que acompañaba al aire frío. Me di la vuelta y descubrí que el sacerdote ya no estaba. Había desaparecido.
Genial.
No quería parecer sacrílega ni nada por el estilo, pero no me apetecía quedarme sola en ese sitio. Empecé a pasar por delante de los ángeles de piedra…
Los ángeles alzaron las cabezas inclinadas al mismo tiempo y tendieron los cuencos.
Madre mía, casi me muero del susto. El estómago me dio un vuelco y contuve el impulso de regresar corriendo por el pasillo mientras la piedra rechinaba contra la piedra. Los ángeles separaron un brazo del cuenco y lo movieron despacio para señalar a la derecha del altar. Sentí escalofríos por toda la piel al girarme despacio.
Ahogué una exclamación.
Lo vi de pie delante del altar, vestido con una especie de túnica blanca y pantalones que nadie podría comprar en Amazon. El contorno de su cuerpo pareció titilar mientras él adquiría forma corpórea por completo. Desde las puntas de los rizos de color rubio blanquecino hasta sus pies descalzos, se trataba de lo más hermoso que había visto en mi vida.
Abrí la boca para hablar, pero entonces sus alas se desplegaron de su cuerpo, abarcando dos metros y medio como mínimo en cada dirección. Eran tan luminosas y blancas que relucían en la penumbra. Se movían sin hacer ruido, pero la potencia de esas alas agitó el aire y me echó el pelo hacia atrás a pesar de que nos separaban varios metros. Entorné los ojos y me incliné hacia delante. ¿Qué había en la punta de cada ala? Algo se…
Ay, Dios.
Había ojos en las puntas de las alas. ¡Cientos de ojos!
Se me erizó la piel y dirigí la mirada de nuevo a su cara, pero tuve que apartarla rápidamente. Me resultó doloroso: la pureza de su belleza me atravesó la piel y puso de relieve cada pensamiento oscuro que hubiera tenido alguna vez.
Supe lo que era… Qué tipo de ángel era.
Un Trono.
Mirarlos suponía dejar al descubierto todos los secretos que tuvieras guardados y ser juzgado por cada uno. Y a mí me estaban juzgando ahora. Toda la actitud del ángel, desde su forma de ladear la cabeza hasta el modo en que sus brillantes ojos azules me atravesaron la piel y los músculos, me indicó que lo estaba viendo todo.
Y no estaba impresionado.
Había muerte en aquellos ojos de cristal. No la clase de muerte de «pasar a la siguiente etapa de la vida» o «encontrarse ante las puertas del cielo», sino el vasto vacío de la muerte final: la muerte del alma.
Respiré hondo y me dispuse a hablar.
El ángel abrió la boca.
Un estruendo ensordecedor sacudió las vidrieras y los bancos, y alcanzó una octava que ningún humano podría emitir ni soportar. Me doblé en dos y me cubrí los oídos con fuerza. Fue como si un millar de trompetas resonaran a la vez y me sacudieran hasta la médula. El sonido retumbó a través del presbiterio y rebotó dentro de mi cráneo hasta que estuve segura de que me iba a estallar la cabeza. Una sustancia caliente y húmeda me goteó de los oídos y me bajó por las manos.
Cuando pensé que ya no podría soportarlo más, el sonido cesó.
Estaba temblando cuando bajé las manos manchadas de sangre y levanté la cabeza. El ángel me miró sin piedad mientras sus alas continuaban moviéndose en silencio.
—Eso ha sido una pasada —dije con voz ronca.
Él no habló, y el largo silencio me resultó insoportable.
—Me convocaste aquí —añadí, preparándome para otro gemido sobrenatural. No se produjo. Ni tampoco una respuesta—. Dijiste que era la única forma de ayudar a Zayne.
Nada de nada todavía.
Y simplemente estallé. Todo el dolor, el miedo, la pena e incluso la alegría de ver a Zayne de nuevo me invadieron.
—Hablaste dentro de mi cabeza, ¿no? Me dijiste que viniera a verte.
Silencio.
—¿No puedes oírme? ¿Tu propio grito hizo que te estallaran los tímpanos? ¿O es que esto te divierte? ¿Se trata de eso? ¿El hecho de que Gabriel esté intentando acabar con este mundo y el cielo no te parece lo bastante entretenido? ¡Maldito seas! —grité, dejándome la garganta en carne viva—. Vale. ¿Simplemente quieres quedarte aquí plantado mirándome? Puedo hacer lo mismo. Mejor aún, ¿qué tal si salgo ahí fuera y empiezo a contarle a todas las personas con las que me cruce que los ángeles son reales? Puedo demostrarlo. Solo tengo que dejarles entrever mi gracia. Luego puedo presentarles algunos demonios y cuando termine…
—Eso no será necesario. —Habló con una voz sumamente musical e infinitamente amable, sin rastro de humanidad. Resultaba tan contradictorio que hice una mueca—. Estás aquí por él, el que murió protegiéndote.
Entonces me estremecí.
—Sí. Pero está vivo.
—Ya lo sé.
—No es el mismo.
—Por supuesto que no.
Empecé a temblar. Me temblaba todo el cuerpo.
—¿Qué le ha pasado? ¿Cómo es que está aquí?
El Trono ladeó la cabeza.
—Llevó a cabo un acto de abnegación y sacrificio al acudir en tu ayuda. Lo hizo guiado por el amor más puro. Se le restituyó su antigua gloria.
—¿Antigua gloria?
No tenía ni idea de qué me estaba hablando.
El Trono asintió con la cabeza.
—Pero te eligió a ti. Eligió caer.
Tuve la sensación de que la habitación daba vueltas mientras empezaba a asimilar lo que me estaba diciendo el Trono. Aquello no tenía sentido, pero sabía a qué se refería el ángel al decir que Zayne había caído. Sabía a qué se refería Zayne cuando dijo que lo llamara Caído.
Lo que no entendía era cómo era posible.
Tuve que respirar hondo varias veces para calmarme antes de volver a hablar.
—Zayne era un Guardián y mi Protector. ¿Cómo pudo caer si nunca fue un ángel?
Las alas del Trono se alzaron y luego se asentaron.
—¿Qué crees que eran los Guardianes antes de que los recubrieran de piedra? ¿Pensabas que el Creador los hizo aparecer de la nada por aburrimiento?
Empecé a fruncir el ceño. Sí, eso era justo lo que pensaba.
—No. Dios no estaba simplemente aburrido. Lo que vosotros llamáis Guardianes fueron en otro tiempo los guardianes del hombre, y eran magníficos, pero fracasaron. Cedieron a la tentación del pecado y el vicio. Cayeron.
—No lo entiendo. Me contaron…
—¿Que los Guardianes exterminaron a los Caídos de la faz de la tierra? —Esbozó una leve sonrisa—. Reescribieron su historia. ¿Puedes culparlos por querer ocultar su vergüenza? —Bajó del altar, lo que hizo que me pusiera tensa—. Enterraron sus actos tan hondo que muchas generaciones han nacido y han ido al cielo sin llegar a conocer su verdadero pasado. Los arcángeles y los Alfas despojaron a algunos Caídos de sus alas y de su gracia. Otros escaparon al infierno. Pero los que no huyeron y reconocieron su pecado recibieron su castigo. Fueron sepultados en piedra.
—¿Vivos? —susurré.
—Se convirtieron en la advertencia de que el mal estaba por todas partes y nadie, ni siquiera los ángeles de Dios, era inmune a él.
—Se convirtieron en las primeras gárgolas de piedra. —Inspiré bruscamente, horrorizada al pensar que alguien hubiera quedado atrapado en piedra—. ¿Cuánto tiempo?
—Siglos —respondió el Trono, encogiéndose de hombros.
Me quedé boquiabierta. ¿Siglos atrapados en piedra? ¿Cómo consiguió alguno de ellos salir de eso con la mente intacta?
—Pero, debido al aumento de la población de demonios, Dios intervino y los Alfas les dieron a elegir a algunos de los sepultados: ser libres para luchar contra los demonios y proteger al hombre o permanecer sepultados.
Eso no se parecía mucho a la libertad ni a una elección, pero ¿qué sabía yo?
—Aquellos que aceptaron esa elección se convirtieron en los primeros Guardianes. Su verdadera forma de piedra estaba destinada a servir de recordatorio y se les devolvió la forma humana para que pudieran pasar desapercibidos entre los humanos. Les extirparon la gracia de todas formas para que no hubiera riesgo de que se rebelaran y crearon un linaje que continuaría protegiendo al hombre y sirviendo a la voluntad de Dios —me explicó—. Eso es lo que son de verdad los Guardianes.
De pronto, pensé en lo que el príncipe demonio me había dicho el día que fuimos al aquelarre para recuperar a Bambi, su familiar. «Menos mal que los Guardianes aniquilaron a los Caídos hace eones, ¿eh?» Luego Roth se había reído entre dientes como si supiera algo que yo desconocía. ¡Roth lo sabía! Por eso hacía constantemente comentarios maliciosos sobre los Guardianes.
—Un momento. ¿Y los que no aceptaron la elección? ¿O no se les ofreció? —pregunté—. ¿Qué les pasó?
—Ya sabes la respuesta a eso.
Inspiré bruscamente. Sí, lo sabía. Pero no quería que fuera verdad.
—Siguen sepultados.
—Así es.
Dios mío.
El Trono me miró fijamente.
—Luego, cuando un Guardián muere, es juzgado. Será conducido a la paz eterna o se le concederá la gloria. Podrá renacer como era antaño.
Averiguar cómo los Guardianes se habían convertido en lo que eran me dejó estupefacta y me surgieron preguntas. Por ejemplo: ¿cómo rayos habían mantenido eso en secreto los demonios? Si Roth sabía la verdad, algo que apostaría a que era así, entonces no podía ser el único. Pero, por el momento, solo me importaba Zayne.
—Así que, cuando dices que fue restituido, ¿te refieres a que se convirtió en… un ángel?
El Trono asintió con la cabeza.
—Zayne tenía alas, grandes y esponjosas alas de ángel, y tenía gracia. Un montón. Creía que los Caídos no tenían alas ni gracia.
Eso era lo que siempre me habían contado, e incluso Roth lo había dicho. Lucifer era el único que había conservado sus alas y su gracia, porque lo habían expulsado antes de que Dios comprendiera que habría que hacer eso.
—No todos reciben la redención. Solo a aquellos que de verdad lo merecen o se los considera útiles se les restituye su gloria, y se les conceden gracia y alas. Él fue elegido —repitió el Trono—. Fue restituido.
Abrí la boca, pero me quedé sin palabras cuando al fin lo comprendí de verdad. Zayne se había convertido en un ángel, un ángel real, y luego había caído…
¿Cómo pudo haber hecho eso?
Me dieron ganas de volver allí, encontrarlo y darle un bofetón. No es que no estuviera agradecida. Quería que Zayne regresara. Estaba preparada para acudir al Ángel de la Muerte para ver qué podía hacer, pero Zayne se había convertido en un puñetero ángel en el cielo. Los ángeles solían resultar bastante inútiles en el esquema general, pero eran ángeles. Yo no tenía ni idea de qué se sentiría al ser un ángel de sangre pura, pero tenía que ser asombroso. Tenía que ser como… volver a casa.
Nunca me hubiera atrevido a apartar a Zayne de eso. La emoción me embargó al mismo tiempo que las lágrimas me hacían arder los ojos. Aparté la mirada i apreté los labios. ¿Cómo podían quedarme todavía lágrimas después de haber llorado tanto? ¿Cómo pudo Zayne hacer eso? Verlo esa noche había sido como un sueño hecho realidad, pero ¿a qué precio? Él… él había caído por mí y no parecía reconocerme.
—Deberías querer llorar —comentó el ángel con suavidad.
Giré la cabeza bruscamente hacia él. Percibí una tristeza en su voz y en su sonrisa que me sorprendió. Siempre había creído que los ángeles carecían de emociones, pero lo que oí en sus palabras era real.
—Zayne había logrado lo que muy pocos han conseguido por su cuenta —dijo el Trono—. En su lugar, yo me habría quedado en el cielo. Habría ayudado a asegurar que ya no se pudiera acceder al cielo, sellando las puertas antes de que cualquier alma corrupta pudiera entrar.
—¿Sellar las puertas? —repetí mientras parpadeaba para contener las lágrimas.
Él asintió con la cabeza.
—Muchos de nosotros opinamos que este mundo —contestó mientras extendía los brazos— se ha convertido en una causa perdida. Que será imposible detener a Gabriel y lo único que podemos hacer es evitar que su mácula nos alcance.
Me lo quedé mirando, atónita.
—Básicamente, ¿queréis poner en cuarentena al cielo para mantenerlo apartado de la tierra?
—Pero, en cambio, aquí estoy —dijo, como si eso disculpara el hecho de que había ángeles que, en esencia, querían lavarse las manos de aquel maldito desastre llamado Gabriel que ellos mismos habían creado.
Lo único que podría haberme distraído de lo absolutamente exasperantes que eran los ángeles fue lo que el Trono añadió a continuación.
—A Zayne se le presentaron muchas opciones. Podía avanzar hacia la paz eterna. Una vez renacido, podría permanecer en el cielo para proteger las puertas. Podría haber elegido entrenar con nuestros ejércitos para la batalla final que llegará independientemente de lo que logre Gabriel. Podría haber elegido regresar a la tierra en el momento adecuado, cuando sería más necesario. Pero eligió regresar contigo, luchar a tu lado ahora y siempre, aunque le advertimos que, si regresaba ahora, caería. —Soltó una carcajada corta que sonó como el viento en las montañas—. Aunque él no hubiera admitido tan abiertamente lo que quería o no le hubiéramos presentado esas opciones, sabíamos que habría encontrado la manera de volver contigo.
¿Y no era eso lo que Zayne me había prometido? Que, pasara lo que pasase, encontraría la forma de regresar conmigo.
—Así que cayó, y a un Caído solo lo pueden despojar de sus alas y su gracia cuando ha quedado ligado a la tierra. Ningún ángel con el poder para hacerlo intentará tal cosa en estos tiempos. —Hizo una pausa—. Además, esperábamos que, incluso como Caído, seguiría siendo… útil para nuestra causa. Que conservaría quién era, en su corazón, y podría ayudar a derrotar a Gabriel. Le advertimos que se quemaría al reentrar.
—¿Qué significa eso exactamente? ¿Cómo que se quemaría al reentrar?
—Cuando cayó, perdió su gloria y se vio expuesto a lo peor del alma humana: avaricia, lujuria, gula, pereza, soberbia…
—Ira, envidia. Lo pillo —lo interrumpí y, si no me hubiera enfrentado ya a Gabriel y si mi padre no fuera el mismísimo arcángel Miguel, podría haberme acobardado ante la mirada que me dirigió el Trono—. Zayne dijo algo sobre que sentía demasiadas cosas. Fue como… No sé. Algunas cosas sobre mí parecían resultarle familiares, pero lo que estaba sintiendo lo bloqueaba o algo así. Parecía poder sentir la gracia dentro de mí. Me atacó.
—Eso es porque, cuando cayó, no solo fue testigo del pecado de la humanidad, sino que se vio expuesto a la ira y la amargura de aquellos que cayeron antes que él.
Abrí la boca y luego la cerré. No podía… ni siquiera era capaz de comprender eso, ni siquiera podía empezar a entender lo que Zayne debía de estar sintiendo.
—Le advertimos de que la caída podría sobrecargar sus sentidos e infectarlo, que era posible que borrara quién era, pero él estaba dispuesto a correr el riesgo de convertirse en algo tan vil y malvado como cualquier demonio por ti.
Sus palabras fueron como una puñalada en el corazón.
—Cuando te vio esta noche, sintió tu gracia. La pureza presente incluso en tu sangre sucia lo llamó —prosiguió, y ni siquiera pude reunir la energía suficiente para ofenderme por la parte de la sangre sucia—. En su estado en conflicto, y con la ira y la amargura de todos los que cayeron antes que él, lo más probable es que te considerase uno de los hermanos que lo habían expulsado del cielo. Pensará lo mismo de los Guardianes. Cuanto más tiempo permanezca en ese estado, más probable es que actúe guiado por la violencia que se filtra por cada uno de sus poros. Se convertirá en un peligro no solo para ti o para los Guardianes, sino para los humanos… para los inocentes. —El Trono suspiró—. Un Caído que todavía posee su gracia es un enemigo muy peligroso, por muy despejados que tenga el corazón y la mente. Teníamos la esperanza de que reentraría indemne. Nos equivocamos. Por eso estamos aquí.
Esas cuatro palabras sonaron muy definitivas.
Un peso insoportable me presionó el pecho. Qué tonta fui al creer que mi corazón ya no podía soportar más dolor. Me había equivocado. Mi corazón seguía allí, rompiéndose de nuevo. Zayne había renunciado a todo para estar conmigo y, por un espantoso giro del destino, al parecer se había convertido en algo que él habría detestado.
—Entonces ¿no hay esperanza? —pregunté, y mi voz sonó queda y cansada—. ¿No volverá a ser quien era antes? ¿No se recuperará de esto?
El ángel retrocedió y la luz que lo rodeaba se desvaneció despacio.
—Siempre hay esperanza si uno tiene fe.
Fe. Casi me eché a reír en ese momento; pero, si me reía, era probable que nunca me detuviera. El joven sacerdote tendría que llamar a alguien.
Si el sacerdote siguiera aquí. Parecía haberse esfumado.
La forma del Trono empezó a parpadear, pero luego se solidificó.
—Lo has hecho bien a pesar de tus defectos. Muchos creían que no sobrevivirías a tu primera batalla con Gabriel.
Caray. Eso me hizo sentir mucho mejor.
—Aunque tu padre creía en ti.
—Ah, ¿sí? —dije, y la incredulidad repicó como la campana de una iglesia en mi voz.
Me pareció que el ángel sonreía de nuevo, pero, como su brillo había perdido intensidad, sus facciones estaban borrosas.
—Por eso te ha concedido un regalo.
—¿Un regalo? —pregunté con cautela.
Yo no quería un regalo. Quería recuperar a Zayne… El Zayne al que conocía y amaba. No el psicópata trastornado que estaba ahí fuera haciendo Dios sabe qué.
Haciendo cosas que destruirían a Zayne por completo, porque él era bueno hasta la médula.
—Ya se te ha concedido el regalo. —El ángel extendió la mano y me rozó la mejilla con los dedos. Me recorrió un cosquilleo de electricidad, lo que provocó que mi gracia despertara y los bordes de mi vista se volvieran blancos—. Lo que hay dentro de ti es el regalo. Es a la vez gracia y gloria, un poder que está más allá de lo que tu mente puede comprender y, sin embargo, ese poder te pertenece. Úsalo para atravesar el corazón encerrado en el caos.
Lo miré fijamente mientras caía en la cuenta de a qué se refería.
—La espada de Miguel.
El ángel dio un paso atrás y aquellos ojos de sus alas parpadearon al unísono.
—¿Me estás diciendo que se supone que debo usar la espada de Miguel contra Zayne? —pregunté, alzando la voz—. ¿Apuñalarlo en el corazón con ella? ¡Eso lo mataría!
—Tu gracia nunca podría hacerle daño a lo que aprecias. Solo puede restituir.
Eso parecía una tontería de jedis.
—¿Y se supone que debo fiarme de tu palabra sin más? —exigí.
En cuanto invocaba la gracia, esta destruía. Demonios. Humanos. Guardianes. Incluso ángeles. ¿El Trono esperaba que me creyera que, porque estaba enamorada de Zayne, la espada de Miguel no le haría daño cuando podía atravesar la piel de un Guardián como si no fuera nada más que agua? Yo le tenía cariño a Misha y mi gracia había acabado con su vida.
—¿No tienes fe?
Abrí la boca para responder.
—Ya conozco la respuesta. —Sus alas resplandecieron y todos aquellos ojos me miraron directamente—. Era una pregunta retórica, Sangre Original. Tú, la hija de uno de los arcángeles más poderosos, siempre has carecido de fe. —Me sonrió—. Menos mal que ni Dios ni tu padre han carecido nunca de fe en ti.
Di un respingo, estupefacta.
—No fracases, Sangre Original. Necesitarás a Zayne para derrotar a Gabriel. Lo necesitarás todo para derrotar al Heraldo —dijo el Trono, y me pregunté si sabría dónde estaban Roth y Layla en ese momento. Decidí ser prudente y no mencionar eso siquiera mientras el intenso brillo dorado envolvía al ángel. Los ojos empezaron a llorarme y a dolerme—. Puede que ya sea demasiado tarde para él. Muchos de los que cayeron estaban demasiado perdidos incluso después de ser sepultados como para ofrecerles la opción de la redención. Espero por tu bien que ese no sea el caso. Gabriel sería la menor de tus preocupaciones. Tu Caído, en su estado actual, puede matarte. Así que ten cuidado. Resultaría muy desagradable que murieras a manos del que cayó para estar contigo.
¿Desagradable?
Se me ocurrían palabras mucho más descriptivas: espantoso, desgarrador, retorcido, angustioso, trágico…
Exhalé bruscamente.
—Y si funcionara… —comencé a decir y luego me corregí—. Si lo consigo, ¿Zayne volverá a ser un ángel? —pregunté, sintiendo una opresión en el corazón por un motivo completamente diferente.
Los ángeles no tenían emociones. O, al menos, eso era lo que yo había creído siempre, y Gabriel prácticamente lo confirmaba. Si restituía a Zayne, no lo recuperaría. No como antes. Pero él estaría bien. Estaría vivo y eso… eso tenía que bastar.
El Trono me observó en silencio durante un par de segundos.
—Muchos creen que los demonios son incapaces de amar, ¿no es así? Ya que no poseen un alma humana.
Un escalofrío de inquietud me recorrió el cuerpo. ¿El ángel me estaba leyendo la mente?
Dios, esperaba que no.
Pero los demonios podían amar. Roth estaba enamorado de Layla y él era el Príncipe Heredero del Infierno.
El ángel ladeó la cabeza.
—Al contrario de lo que se cree y de lo que algunos de nuestros hermanos incluso asegurarán, los ángeles no somos incapaces de experimentar emociones, Sangre Original. Simplemente sentimos las cosas… de manera diferente. Para los más antiguos entre nosotros resulta difícil, pero no somos incapaces de sentir amor, lujuria u odio. Los que cayeron son la prueba. Gabriel es la prueba de eso ahora.
Mientras lo miraba fijamente, me di cuenta de que tenía razón. Los ángeles que cayeron lo hicieron porque cedieron ante un montón de emociones humanas y Gabriel… se había vuelto loco de celos y de amargura. Me invadió el alivio…
—Pero Zayne no se convertiría en ángel. No se convertiría en Guardián. Seguiría siendo lo que es ahora —continuó el Trono—. Un Caído que está ligado a la tierra, con un pie en el cielo y el otro en el infierno. Solo hay otro ser que fue rechazado por el cielo y conservó su gracia.
Se me cayó el alma a los pies.
—Lucifer.
—Y ya ves cómo le fue.
Tras ese comentario extremadamente inquietante y la que posiblemente fuera la arenga más desmotivadora de la historia, el Trono se desvaneció, y se llevó consigo el aire gélido y el aroma a sándalo.
No sabría decir cuánto tiempo me quedé allí plantada, con la mirada clavada en el Santísimo Sacramento, mientras mi mente oscilaba entre ser incapaz de creer lo que el Trono me había dicho que debía hacer y saber de forma innata que no había más alternativa.
Y lo segundo era cierto, tanto si el Trono tenía razón como si no.
Me di la vuelta despacio. Los ángeles de piedra tenían las cabezas inclinadas de nuevo sobre los cuencos. Alcé la mirada y la dirigí hacia los bancos. No podía permitir que Zayne se convirtiera en algo que lo habría horrorizado, un monstruo que acabaría mancillando y destruyendo todo lo bueno que hubo en él. No estaba dispuesta a permitirlo, porque, para él, ese sería un destino peor que la muerte.
En realidad, no había alternativa.
Dejé escapar un profundo suspiro; pero, con la siguiente inspiración que realicé, se apoderó de mí una determinación férrea que mitigó el dolor y reemplazó el intenso agotamiento. Una diminuta chispa de esperanza avivó la energía febril que me invadía en ese momento, pero sabía a lo que me enfrentaba.
O bien salvaba a Zayne o lo mataba.
O… él me mataba a mí.
Había un montón de cosas en las que debía centrarme en este momento. Durante la inminente Transfiguración, para la que solo faltaban unas semanas, Gabriel planeaba crear una brecha entre la tierra y el cielo para que el demonio Bael y las almas que pertenecían al infierno pudieran entrar en el cielo. Debía encontrar un modo de detenerlo. Ese era mi deber como Sangre Original (lo que llevaba esperando toda la vida), pero era consciente de que no podría derrotar a Gabriel sola. Por eso Roth y Layla estaban intentando traer a Lucifer a la superficie. Por eso el Trono había dicho que necesitaba a Zayne para derrotar a Gabriel. Debería dedicarme a trazar un plan por si Roth y Layla fracasaban, pero Zayne… era la prioridad ahora.
Mi deber tendría que esperar, y me daba igual que eso cabreara a Dios.
Así que lo primero que hice al salir de la iglesia fue sacarme el móvil del bolsillo trasero. Por suerte, el trasto había sobrevivido a que me zarandearan como si fuera una muñeca de trapo.
La luz de la pantalla me hizo entrecerrar los ojos mientras abría la lista de contactos. En algún momento, Zayne había añadido el número de Nicolai a la agenda de mi teléfono. «En caso de emergencia», me había dicho una noche mientras estábamos cazando al Heraldo y al demonio Bael.
Si eso no era una emergencia, no sabía qué podría serlo.
Debía advertir a Nicolai y al clan sobre Zayne, por si se encontraban con él. Si no me recordaba a mí, dudaba de que los reconociera a ellos.
Tensé los dedos alrededor del teléfono con el corazón apesadumbrado. Nicolai, el líder del clan de Guardianes de Washington D. C., respondió al segundo tono.
—¿Diga?
—¿Nicolai? Soy Trinity —dije, manteniéndome alerta por si acaso Zayne decidía que no dejar que los humanos lo vieran no ocupaba un puesto destacado en su lista de prioridades—. Necesito que nos veamos. Es una emergencia.
—¿Va todo bien? —me preguntó. La preocupación era evidente en su voz.
Nicolai me había visitado más de una vez, junto con Danika, mientras me curaba. Danika y él estaban… ¿saliendo? En realidad, los Guardianes no tenían citas. Se conocían y se emparejaban, pero Nicolai y Danika estaban rompiendo con esa tradición.
—Mierda —añadió un momento después—. Qué pregunta tan estúpida. ¿Las cosas van todo lo bien que es posible?
—Bueno… —Alargué la palabra mientras observaba las caras borrosas de la gente que pasaba y que sostenía sus paraguas como si tuviera la esperanza de detener la lluvia que caía de lado. Lo que necesitaba decirle no era algo de lo que se pudiera hablar por teléfono—. Más o menos. Y más bien no. Necesito hablar contigo en persona.
—¿Estás en el apartamento? Puedo llegar en veinte minutos.
—No estoy allí. Estoy en la iglesia de San Patricio, creo.
Ese comentario fue recibido con un momento de silencio.
—¿Quiero saber qué estás haciendo ahí?
—Probablemente no, pero te lo contaré todo.
—Vale. Dame un segundo. —Oí crujir unos papeles y luego me dijo—: Dez debería estar cerca de ahí. Le diré que te recoja en coche. —Se produjo una pausa mientras me preguntaba si Nicolai tenía anotados los horarios de los Guardianes—. ¿Estás sola?
—Estoy libre de demonios —contesté, manteniendo la voz baja.
—¿Es sensato que andes por ahí sola?
Tenía la mente demasiado ocupada como para que esa pregunta me irritara, así que respondí:
—Probablemente no. Dile a Dez que lo estaré esperando.
Terminé la llamada y me mantuve bajo una hornacina mientras sopesaba cómo iba a contarle a Nicolai que Zayne estaba vivo y todo lo que implicaba eso. No creí que él supiera la verdad sobre lo que era Zayne, pero el Trono no había dicho que fuera algo que debía permanecer en secreto.
Me apoyé contra la pared y noté que me empezaban a doler las sienes mientras vigilaba. Recorrí rápidamente y con mirada recelosa el flujo constante de personas y vehículos, esperando que Dez recordara que mi vista no era demasiado buena. No me apetecía nada acabar subiéndome al coche equivocado.
Tras unos diez minutos, un todoterreno de color oscuro se detuvo junto al bordillo y, un momento después, la ventanilla del acompañante bajó. No pude ver dentro del vehículo, pero reconocí la voz.
—¿Trinity? —me llamó Dez.
Gracias a Dios que se había acordado. Eché a andar a toda prisa, pero reduje la velocidad ya que nunca podía calcular la distancia entre escalones con poca luz. Logré bajar la escalera sin caerme y partirme la cara, aunque me di de bruces con una persona mientras me abría paso por la acera abarrotada. Me había acostumbrado a caminar por las calles con Zayne, que despejaba la acera como si fuera una especie de Moisés sexi. De alguna manera, se las arreglaba para guiar la marcha a pesar de que permanecía a mi lado en lugar de caminar delante de mí.
Abrí la puerta del todoterreno con el corazón en un puño y subí. «Lo recuperaré. Lo lograré», me prometí mientras ocupaba el asiento de cuero con un sonido húmedo.
—Lo siento. —Hice una mueca al cerrar la puerta—. Estoy empapada.
—No te preocupes —contestó él.
Le eché un vistazo al Guardián. Era joven, apenas unos cuantos años mayor que Zayne. Tenía los gemelos más monos que había visto en mi vida. La niña, Izzy, estaba aprendiendo a transformarse. También tenía la manía de morderle los dedos de los pies a la gente, lo cual resultaba extrañamente adorable.
—Nicolai me dijo que necesitabas hablar con él. Que era una emergencia.
Asentí con la cabeza mientras me abrochaba el cinturón.
—Gracias por recogerme… —Me interrumpí al mirar por la ventanilla del acompañante.
Había un hombre mayor en el bordillo. A primera vista parecía normal. Vestido con pantalones oscuros y una camisa blanca de botones, podría haber sido cualquiera de los numerosos hombres de negocios que se encontraban a su alrededor, esperando para cruzar la calle. Salvo porque él no sujetaba un paraguas y la lluvia parecía no tocarlo mientras permanecía allí, mirándome a través de la ventanilla. La mitad de su cabeza tenía un aspecto… hundido, era una masa ensangrentada de huesos y carne. El hombre me miraba fijamente con una expresión de horror absoluto grabada en el lado de su cara que no estaba destrozado.
Lo reconocí.
Era Josh Fisher: el senador que había ayudado a Gabriel y a Bael al comprar Cumbres en la Colina con el pretexto de renovar el instituto para convertirlo en un centro para atender a niños con enfermedades crónicas. En realidad, el terreno en el que se encontraba ese instituto era básicamente una Boca del Infierno salida directamente de Buffy y situada justo en medio de un nudo de poder espiritual donde se cruzaban varias líneas ley poderosas. Gabriel necesitaba tener acceso al instituto para acceder a lo que aguardaba en el suelo debajo del edificio. Ya había creado allí el portal que, con el tiempo, se convertiría en la entrada al cielo.
Y Gabriel y Bael habían encontrado a la persona perfecta para ayudarlos. El senador Fisher se había apuntado de inmediato, todo ello en un intento desesperado por reunirse con su difunta esposa. Nunca quise sentir lástima por aquel hombre, pero, ahora más que nunca, me compadecí de él. Ahora entendía cómo esa clase de pérdida y pena empujarían a alguien a hacer lo impensable.
Pero ahora el senador estaba muerto. O bien había saltado por la ventana de su ático o lo habían arrojado.
—Mierda —susurré.
—¿Qué? —Dez se apartó del bordillo—. ¿Qué estás mirando?
Retorcí el cuello, a punto de pedirle que detuviera el vehículo; pero, en un abrir y cerrar de ojos, el senador Fisher había desaparecido. Maldita sea. Me recosté contra el asiento. Fisher había delatado al Heraldo y a Bael tras unos minutos de «charla» con Zayne, pero podría haberse guardado información… Información que podría estar más dispuesto a compartir ahora que estaba «supermegamuerto».
—Era el senador Fisher —contesté.
