Hallazgo de un cadáver - Eva-Marie Liffner - E-Book

Hallazgo de un cadáver E-Book

Eva-Marie Liffner

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Beschreibung

Año 2000: La protagonista de esta novela, la joven Esmé Olsen, trabaja como limpiadora en el Instituto de Estudios Históricos de Copenhague y tiene una gran vocación investigadora. Este espíritu la lleva a encontrar unos documentos de los años previos a la II Guerra Mundial que dan cuenta del hallazgo de un cadáver en una turbera en la frontera entre Dinamarca y Alemania. El cuerpo es el de un soldado de la guerra prusiano-danesa, en la que casi cinco mil daneses murieron y tres mil quinientos fueron apresados por el ejército prusiano. En 1938 tres hombres trataron de averiguar su identidad... Esmé (su padre era un fan absoluto de Salinger) se aventurará en el pasado tratando de resolver un asesinato. Con ella recorreremos dos momentos históricos buscando respuestas. Con esta novela, Eva-Marie Liffner obtuvo el premio Wettergrens Bokollon 2003. Además, fue nominada para el Augustpriset 2003, el Sveriges Radios Romanpris 2003 y el Svenska Deckarakademins pris 2003. ""Una apasionante novela. Todo el libro está impregnado por el gran símbolo de la turbera: el pantano de la historia, que conserva lo que destruye."" Colin Greenland, The Guardian

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Seitenzahl: 449

Veröffentlichungsjahr: 2013

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Ähnliche


HALLAZGO DE UN CADÁVER

(Imago)

Eva-Marie Liffner

Título original: Imago

La traducción de este libro ha sido financiada por Swedish Arts Council (Kulturrådet)

© de la traducción: Carmen Montes Cano

Edición en ebook: noviembre de 2013

© Nórdica Libros, S.L.

C/ Fuerte de Navidad, 11, 1.º B 28044 Madrid (España)

www.nordicalibros.com

ISBN DIGITAL: 978-84-15564-72-0

Diseño de colección: Filo Estudio

Corrección ortotipográfica: Ana Patrón y Susana Rodríguez

Maquetación ebook: Caurina Diseño Gráfico

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Contenido

Portadilla

Créditos

Autor

Prólogo

Pantano de Frøslev, Miércoles, 30 de agosto de 1938

Copenhague, febrero de 2000

Jueves, 31 de agosto de 1938

Copenhague, febrero de 2000

Método

Frente de Dybbøl, entre primavera e invierno de 1864-1865

Copenhague, febrero de 2000

Frente de Dybbøl, entre primavera e invierno de 1864-1865

Copenhague, marzo de 2000

Frente de Dybbøl, entre primavera e invierno de 1864-1865

EN MARCHA

Jueves, 31 de agosto de 1938

A Jutlandia del Sur

Dybbøl, 20 de abril de 1864

A Jutlandia del sur

Lunes, 12 de diciembre de 1938

El pabellón de caza

De excursión

Lunes, 12 de diciembre de 1938

Dybbøl, 20 de abril de 1864

Investigación de las fuentes I

Investigación de las fuentes II

La turbera

El relato de Jup

El reloj

Investigación de las fuentes III

Retorno

Dybbøl, 23 de abril DE 1864

Copenhague, abril de 2000

Erebos

Epílogo

Contraportada

Eva-Marie Liffner

(Gotemburgo, 1957)

Novelista y periodista sueca. Se ha hecho un hueco en la literatura escandinava contemporánea gracias a sus obras, de gran calidad literaria y con una atmósfera particular, en las que la ficción histórica y el misterio se combinan para producir una escritura a la vez seductora y apasionante. Estimulada por una fascinación profunda y genuina hacia los tiempos pasados, Eva-Marie Liffner tiene un raro talento para evocar el estado de ánimo de una época concreta. Su trabajo ha impresionado a los críticos de la literatura de ficción y la novela negra, y ha recibido premios en ambos géneros.

Entre sus obras destacan Camera, ganadora del premio Swedish Academy of Crime Writers y Lacrimosa, de próxima aparición en esta misma colección, que fue nominada al Premio de Literatura del Consejo Nórdico.

Prólogo

IMAGO, -inis f. imagen o reproducción de un objeto en dibujo o escultura; efigie; estatua, busto; pintura, retrato, reflejo o imagen del espejo. Particularmente, del torso de una persona; a menudo en sentido figurado (antiqua; expressa; cerea; ex aere; ficta, busto; picta, retrato); alicuius [rei] de alguien o de algo (avi; Epicuri; corporis alicuius; -o animi vultus est el espejo del alma; vitae alicuius; antiquitatis; animi tui);también copia, reproducción (tabularum). Y en especial a) imagen, máscara de cera de los ancestros; pl., a veces, abolengo (-ines o cerae), máscaras que, provistas de grabados, colgaban en los atrios de los nobles romanos unidas mediante guirnaldas, formando el árbol genealógico de la familia; solo podían exhibirlas aquellos cuyos antepasados hubiesen ocupado una silla curul (ius -inum); los llevaban en procesión por personas vestidas de la época, lo que simbolizaba que los antepasados iban a buscar a su descendiente (-ines maiorum; homo multarum -inum; sine imaginibus amburi; -ines fumosae). b) sombra [de un muerto], aparición, los espectros de los muertos en el infierno (mortuorum); en sentido figurado a) apariencia, sombra, ensoñación; en general, figura vana, fantasma (vana; noctis; quietis; equitis Romani; gloriae; liberae civitatis). b) resonar de una voz, eco con o sin vocis (iocosa). Ficción (-ine pacis decipere aliquem); excusa. c) Meton. visión, mirada, figura (matris; insepultorum; plurima mortis). d) Ret. Imagen, símil, comparación (hac ego compellor -ine). e) En relación con el espíritu a) Fil. Representación o idea de algo; concepto (recentes rerum). b) En general, idea de algo, representación mental (ponti; periculi; tantae pietatis; poenae). -uncula -ae f. (dim. de Imago) imagen pequeña.

IMAGO, Zool., denominación del insecto totalmente formado, por oposición a la larva y la crisálida.

DYBBØL (alemán, Düppel), aldea o pueblo de la península de Sundeved, en el noreste de Schleswig. Entre el estrecho de Als y el pueblo de Dybbøl, la superficie se eleva a setenta y dos metros de altura, formando el llamado «dique de Dybbøl», que desciende serenamente hacia el norte y el este, pero que, al oeste y al sur se muestra empinado en exceso. En el año de 1861, cuando la situación entre Dinamarca y Prusia se presentaba cada vez más tensa a raíz de los desacuerdos suscitados por la delimitación de las fronteras que cruzaban los ducados de Schleswig y Holstein, y por la anexión danesa de Schleswig, el gobierno danés mandó construir diez reductos militares menores que dispusieron formando un arco, desde el estrecho de Als, al norte de la cordillera, hasta Vemmingbund, en el sur. Entre el 5 y el 6 de febrero de 1864, cuando los daneses evacuaron Dannevirke, se retiraron a Dybbøl, que los prusianos sitiaron entre el 17 y el 22 de febrero. Se desató entonces una guerra de posiciones que reportó grandes pérdidas, sobre todo en el bando danés, hasta que los prusianos lograron cavar sus trincheras casi al borde mismo de los reductos. El 18 de abril, la infantería prusiana atacó la fortaleza de Dybbøl y cuatro mil ochocientos daneses perdieron la vida. Otros tres mil cuatrocientos cayeron prisioneros. En 1865, Prusia levantó en la cima un monumento conmemorativo de su victoria.

Pantano de Frøslev,

Miércoles, 30 de agosto de 1938

Cuando quiebras un hueso antiguo, se produce un sonido absolutamente peculiar. Ni sordo ni jugoso como el chasquido del tuétano al despiezar un jamón de cerdo o una pata de cordero, sino nítido y tajante, cortante como si, al caminar por un sendero del bosque, pisaras una rama reseca.

El hombre se hallaba en medio del turbal cuando sucedió. Un cielo de últimos de verano se extendía sobre su cabeza en el espacio celeste, rasgado aquí y allá por finos jirones de nubes, deshilachadas por los bordes como las velas quebradizas de un navío. De vez en cuando se deslizaban por delante del sol, cuya luz volvían de un leve color ambarino. Aves era cuanto se oía, aguiluchos laguneros y zarapitos volando a ras de la tierra empapada, casi del todo en silencio a aquellas alturas de finales de agosto. De vez en cuando, el hombre notaba la sombra de un par de alas interponerse entre él y el sol. Había ido cavando metódicamente y, de cuando en cuando, descansaba un poco apoyado en la pala, cuyo mango, tras años de uso, era liso y sedoso como la piel. No le quedaría más de una hora de trabajo hasta el almuerzo, se lo decía el cuerpo.

La hoja plana de la pala atravesó lo que en su día fue una tibia, pero el tejido había absorbido tantos jugos pantanosos, tal cantidad de oscuro légamo y humus de sus aguas, que el hueso parecía más bien una frágil rama. El hombre, que extraía turba para la finca de Viberød y que ya llevaba excavados más de dos metros cuadrados en gruesos cubos negros, cuidadosamente apilados en la carretilla, dejó la pala y se agachó para observar de cerca el hoyo. Vio sin dificultad que había más restos de huesos en la tierra. Y algo que parecían retazos de un tejido grosero adherido a la canilla. El hueso estaba hundido en la turba. El hombre se arrodilló. Los aromas del pantano invadieron su nariz. Tiempo, agua, corrupción, olvido. Olores que casi dejaban en la lengua un sabor, una corporeidad. La flora de la superficie terrestre olía a brezo, a tibieza de sol y a la pesantez de los últimos días de verano. El hombre cerró los ojos dentro del hoyo, presa de un mareo repentino por el calor y lo tangible de los olores. Manó agua del agujero, salpicando y fluyendo como de un nacimiento subterráneo. La superficie quedó enseguida recubierta de una película grasienta, oleosa, y el cielo estival se reflejó en ella como si nubes y cielo también existiesen allí, en la tierra, aunque en una escala de color distinta y mortecina. El hombre volvió a abrir los ojos. Miró a su alrededor con mucha atención, pese a que nada había cambiado en el entorno. Un ave rapaz se abalanzó sobre su presa a tal velocidad que más pareció estar cayendo en el aire; eso fue todo. Con sumo cuidado, empezó a desenterrar el cuerpo. Al principio utilizó la pala, pero pronto se vio obligado a dejarla para ponerse a cavar con las manos. Cavaba despacio, con una delicadeza que a él mismo llenaba de asombro. Sentía la tierra fría y pesada bajo los dedos. Ingobernable. El sudor le corría por los ojos. Era muy duro estar así, hundido en el hoyo, y ya sentía la camisa pegada al cuerpo. Y respiraba con un hálito fastidioso y entrecortado, como si hubiese estado corriendo. Una mosca se arrastraba por los hilillos de sudor que le surcaban la cara y la espantó irritado. El insecto echó a volar y volvió, buscando pertinaz otro lugar sobre el que posarse, y descubrió aquella cosa extraña que sobresalía entre la turba. Otro rostro, de color ocre oscuro, curtido por los fluidos del pantano, múltiples e industriosos, hasta quedar convertido en cuero.

Aquel ser estaba encogido, con las piernas flexionadas hacia la barbilla, como durmiente. La parte inferior de una de las piernas se había soltado de su enclave y sobresalía del cuerpo formando un ángulo pronunciado. El hombre se movía cuidadoso en el agujero, evitando en la medida de lo posible rozar piel, huesos y cuero. El cuerpo estaba ya casi totalmente descubierto y parecía completo, con su tronco, brazos, piernas y cabeza. Pegados al cuero cabelludo se veían unos rizos de cabello rojizo. Pensó que el pelo tenía un color extrañamente vivo. Brillante. Como un milagro parecía haber yacido allí aquel cadáver, resguardado del drenaje de la turba y de las crecidas primaverales, ajeno a las rutas subterráneas de los insectos. Junto al cuerpo, una especie de odre o de morral con refuerzos de piel en las esquinas. Era imposible dilucidar si el morral en sí era de piel o de tela, empapado de tierra y de agua como estaba. Cubría el cuerpo un trozo de tela medio podrido. ¿Un abrigo? El tejido descompuesto se había conformado según las extremidades y el tronco como si de otra piel se tratase, obligado seguramente por el peso de la tierra. No había allí rastro de zapatos ni de botas, faltaban los dos pies. Ambas canillas estaban sajadas de un tajo limpio, como si un carnicero hubiese dejado caer el hacha sobre ellas. Una soga estrangulaba fuertemente el cuello delgado, amarrada en un nudo corredizo como los que los hombres solían usar para atar a las paredes del invernadero las liebres, la caza capturada que dejaban allí colgada unos días, antes de ir a parar a la cacerola. Se asombró de lo familiar que se le antojaba y de la elasticidad que parecía seguir existiendo en el extremo de la soga, cortada limpiamente a unos diez centímetros de la garganta. El hombre tocó el cabo con cuidado. Se hallaba ante un crimen cometido hacía tiempo, era obvio. El cuerpo olía como el pantano mismo, a tierra y agua, y el hombre no percibió la menor diferencia, aunque se acercó lo bastante. Al inclinarse, su sombra cayó sobre el rostro parduzco y, por un instante, el muerto pareció cambiar de expresión en el turbal, más cansado, más atormentado. Como si la paz se hubiese visto perturbada y la penuria del muerto se renovase a la luz del sol. Cuando un zarapito gritó al cielo y a la ciénaga su graznido chillón y lastimero, cuando cantó su estridencia por aquella tierra leñosa y desierta, el excavador no pudo más. El horror intangible de la criatura ante la noche y la oscuridad lo sobrecogieron, pese a que estaba a plena luz del día, se dio impulso para salir del hoyo y trepó por el borde resbaladizo tan rápido como se lo permitieron sus fuerzas. De repente se materializó cierto miedo, como si el muerto hubiese compartido con él su última sensación consciente. Torpemente, echó mano de la pala y corrió, corrió como si lo persiguieran. A su alrededor reposaba el paisaje del turbal, tan plácido y estático como antes.

El pantano de Frøslev se halla situado junto a la pequeña ciudad de Grænsebyen, en el extremo sur de Jutlandia. Justo en la frontera alemana. En un mapa, de hecho, apenas si es posible trazar una finísima línea entre Grænsebyen, en Dinamarca, y Flensburgo, en Alemania. Hasta ese punto se hallan próximas las dos ciudades.

La tarde del 30 de agosto, recibieron una denuncia en la comisaría de policía de Grænsebyen, llamaban de la finca de Viberød para anunciar el hallazgo de un cadáver en el turbal. La persona que telefoneó hablaba con voz jadeante y alterada. Era una mujer, que llamaba a instancias de su marido. Al parecer, el hombre se fue a dormir inmediatamente después del almuerzo, no sin antes haberle referido un relato bastante inconexo. A la mujer le costaba ceñirse al motivo de la llamada, volvía una y otra vez sobre sus propias reflexiones acerca de lo raro que encontró a su marido cuando el hombre regresó a casa, por lo que Jens Madsen, agente de la policía de Grænsebyen, obtuvo una descripción inexacta de la localización geográfica del cadáver. Era en el turbal del pantano, «donde empezamos a drenar la pasada primavera», explicó la mujer, como si los asuntos de la finca de Viberød fuesen del dominio público. Madsen se exasperó con ella, pese a que era un hombre apacible. Intentó ingeniárselas para poder hablar directamente con el hombre, pero la mujer no cedió. Le advirtió, eso sí,que llamaba de la caseta del guarda, situada a cierta distancia de su casa. Y su marido se había tomado un trago, y otro más, y luego se echó la manta por encima y se durmió de cara a la pared. Así que no tenía la menor intención de ir a despertarlo.

Ya habían encontrado antes lo que en aquella zona llamaban «criaturas de la turba», por lo que el agente Madsen no dio en pensar en ninguna aventurada teoría sobre asesinato. Había tomado un almuerzo sustancioso, cerveza y salchicha y ensalada de col agria, con lo que la opción del cavador —echar un sueñecito— le pareció sensata. En cualquier caso, debía dar parte del asunto y Rav, el jefe de policía, era hombre muy estricto con las formalidades. Así pues, Madsen comenzó a redactar a mano el informe. Iba trazando las letras con mucho esmero. Lugar: Grænsebyen. Día de la fecha: 30 de agosto de 1938. Hora: tres de la tarde. Y ahí soltó la pluma una irritante gota. Una moscarda mantecosa zumbaba y golpeteaba frenética contra el cristal mate de la ventana y el soniquete le dio sueño. La calma de la media tarde se cernía sobre la pequeña villa danesa y a Jens Madsen le apeteció tomar algo dulce, una galleta con mermelada o un bombón almendrado de la caja que tenía abierta en la mesa de la sala de su casa, la que quedó después del cumpleaños de su mujer. Madsen tenía debilidad por el dulce, tanto a la hora de llenar el ojo como la tripa. La comisaría estaba a tan solo un par de cientos de metros de su casa. Sudaba con el grueso uniforme, pero Tomas Rav llegaría dentro de poco y tenía que presentarle el informe. Y, para ello, era preciso anotar todos los datos, por muchos que fuesen. Se desabotonó el cuello y se sentó bien derecho ante el acta. La pluma volvió a raspar el papel. Denuncia de hallazgo de un cadáver…

Copenhague,

febrero de 2000

Naturalmente, existen varias formas de proceder para hacer El gran descubrimiento. Bueno, no estoy hablando de dividir el núcleo de un quark ni de hallar los componentes del fármaco que nos dará la vida eterna o quizá el olvido. (¿Quién sabe si lo uno no es condición indispensable de lo otro?) No, nada de eso. Con lo que yo sueño es con el hallazgo de ese fragmento de papel o de ese libro en el que nadie ha reparado con anterioridad. Los mapas. El original desaparecido. Compréndeme, soy historiadora. Indago en el pasado. Ninguna otra cosa me importa en realidad, solo la búsqueda; no la que se desarrolla en un bosque o la que nos hace jadear corriendo por dehesas y campo a través, sino la que se lleva a cabo en bibliotecas de reseco aroma, en inaccesibles colecciones privadas, en secretos intercambios epistolares, aquellos que ningún hombre hoy vivo haya desplegado antes con delicadeza y veneración. Esa es la presa que persigo. Puedes llamarme Esmé.

Mi nombre es insólito en este país. Mi padre, Kai, que falleció hará unos tres años, admiraba al escritor norteamericano J. D. Salinger y, cada año, le enviaba una carta por su cumpleaños. (Kai nació el 10 de diciembre de 1919 y decidió que Salinger compartía con él esa fecha. En este caso concreto no puede decirse que Kai fuese un investigador e historiador riguroso.) Pero Jerome David Salinger era un hombre huraño y jamás abría la puerta de su casa de la lejana América.

Veo al cartero acercarse cansado a la puerta y golpear el cristal cubierto de escarcha. Tal vez intente echar una ojeada a través del sucio estor de tela que el escritor tiene echado, aunque bien sabe el cartero que será inútil. En el interior de la casa no se oye ningún ruido. Ya es invierno y hace frío en Cornish, New Hampshire. El humo asciende blanco y delicado de las chimeneas y en algún lugar se oye el bronco e ladrar interminable de un chucho. Nadie lo manda callar. Se diría que el paisaje contiene la respiración. Pero, según lo acordado, el cartero deja simplemente una nueva botella de bourbon en el escalón y se vuelve a marchar. También esa mañana.

De modo que las cartas vinieron devueltas sin abrir —las veinte—, y se convirtieron en mi primera colección. Kai había escrito «Para Esmé» en el montón, las sujetó con un cordel marrón y me las entregó como un recuerdo de su persona —junto con un reloj de pulsera de la marca Parsifal, un reloj dañado por el agua que, tras un baño irreflexivo, dejó de funcionar allá por los años sesenta—. Aún no he abierto ninguna de las cartas. Kai tenía grandes planes que nunca realizó pero que yo también heredé. Supongo que temo quedar decepcionada. Su principal interés era —ya olvidaba mencionarlo—, aparte del eremita Salinger, la historia de la guerra americana. La Guerra Civil.

Yo vivo en el corazón de la ciudad, justo detrás de la zona universitaria. Al retal de calle donde tengo mi casa, un recorte oscuro y tortuoso como un intestino, lo llamo Lille Novicegade, nombre que encontré en un plano antiguo. Tanto da cómo se llame en la realidad. En cualquier caso, hubo un tiempo en que aquí vivían monjes que impartían sus enseñanzas. Quizá cantasen con voz alta y ferviente y un tanto desafinada en medio de la noche danesa, rompiendo el hielo de la tina de agua y soñando vanamente con la erudición de las escuelas de París o con la temperatura del calor de Bolonia. Algunos de ellos yacerán seguramente en los cimientos del edificio, encajonados para siempre en la oscuridad y el frío. Al otro lado de mi portal había una porción de su jardín, con senderos pequeños y sinuosos y pradillos de aromáticas especias. Parcelas ordenadas como las cuentas de un rosario. (Y, probablemente, alguna que otra pocilga y plantación de nabos.)

Este es un apartamento pequeño y anticuado, una habitación y una alcoba, con fogón de gas, puertas de color verde y un retrete con la cisterna alta y el asiento de madera oscura. La cisterna emite un leve murmullo permanente, como una pequeña cascada o manantial. Sobre el lavabo está colgado el único espejo que poseo, un poco alto de más para los ciento cincuenta y dos centímetros que mido, pero aun así me veo el pelo liso y castaño y las pobladas cejas que me enmarcan los ojos gris azulado. (Si cierro la tapa del retrete y me subo encima, también puedo ver el resto del cuerpo, pero nunca lo hago.)

Por las tardes y por las noches, a última hora, me acerco a la universidad, abro la puerta del Departamento de Historia y, a partir de ahí, me lleva exactamente dos horas limpiarlo todo —pasar la aspiradora, vaciar las papeleras y luego revisar cuidadosamente el material, tan a conciencia como el arqueólogo sobre el tamiz—. La mayoría de las veces no encuentro nada interesante, pero en alguna ocasión he hecho algún descubrimiento. Y es que yo tengo acceso a toda la basura y, por tanto, una oportunidad única de comparar —Edad Media y Renacimiento, Ilustración y Romanticismo, peras y manzanas—. Esas cosas a las que los demás investigadores no pueden dedicarse por miedo a parecer tontos de remate. Investigación transversal en su forma más noble. Una vez lista la limpieza, me pongo a leer.

Suelo sentarme en el despacho del profesor Rosen, porque es el más espacioso y el más próximo a la gran biblioteca. Además, sus ventanas dan a la plaza de Frue, así que oigo el reloj de la iglesia de Vor Frue. El sonido se filtra amortiguado por el cristal, desde la distancia. Tal vez tenga algo que ver con la forma de la habitación o con el grosor de las viejas ventanas. Con el tiempo, los cristales se han deformado y alteran la imagen cuando se mira al exterior. Puede que suceda lo mismo con el sonido. El tictac del reloj resuena distinto sobre la superficie, se desliza como la curva de un huso sobre un fondo arenoso.

Cuando vuelvo a casa al alba tras una noche de estudio, siento a veces el vago aroma de las especias, el clavo, la canela, el anís o la nuez moscada, pues con tan intensos sabores aderezaban los correspondientes guisos en la Edad Media. Los aromas vienen y van y desaparecen en la nada. Es ese tipo de cosas que uno no llega a entender. Como quiera que sea, el alba es la mejor hora del día.

En el despacho de Rosen siempre hace frío en invierno. La universidad se adaptó a las circunstancias tras una crisis del petróleo en los setenta y jamás halló razón para cambiar su política desde entonces. Los radiadores rechinan y las ventanas crujen a causa de todo ese frío que quiere abrirse paso. Su rigor gélido penetra inadvertido y lento en el cuerpo cuando uno lleva un rato sentado. Por eso suelo llevarme un termo de café caliente y bien cargado y me siento con el abrigo echado por las rodillas. Es un sobretodo de buena calidad, confeccionado con gruesa lana y tejido doble, de los años cincuenta. Lo encontré en un mercadillo un domingo que no tenía nada que hacer. Debajo llevo el típico jersey noruego de lana sin tratar. Me protejo las manos con unos guantes de lana, aunque les he cortado los extremos de los dedos. Aun así, me quedo helada hasta la médula.

En mis estudios, he ido interesándome muy especialmente por la Dinamarca de las décadas de 1860 y 1870, el periodo cuyo estilo artístico se recoge bajo la denominación de Klunke. Por desgracia, Rosen tiene una biblioteca bastante exigua sobre el tema, tres manuales al uso, de los imprescindibles, y algunos estudios que he copiado en secreto. (Ninguno de los tres especialmente destacable.) Klunke significa en realidad «borla» o «fleco», por la moda de decorar el mobiliario en la época, pero la palabra suena como el agua en los interminables recorridos de las canalizaciones de la vieja Copenhague, como el burbujeo de las redondeadas tinas de color rojo brillante de la cervecería de Ny Carlsberg, o como el suave chapoteo contra los muelles de Sortedams Sø. Así.

Hace unas tres semanas estaba yo como de costumbre combatiendo el cansancio en el despacho de Rosen. Empecé tarde, pues el primer seminario había culminado en una fiesta la noche anterior y tuve que esperar mucho con la limpieza. En el despacho aún había botellas de vino medio vacías, tazas de plástico con pringosas marcas de carmín y galletas de queso mordisqueadas, con huellas de dientecillos de rata que identifiqué sin vacilar como los de la señorita Ulrike Langer, una doctoranda de Berlín, a la sazón, la pasión de Rosen. (Cierto que Rosen está casado y tiene cinco hijos adolescentes y llenos de acné, pero es terriblemente mujeriego.) Alguien había preparado un picnic particular e íntimo en el suelo, en un rincón, con vino y camembert sobre la pelusa de la alfombra. No estaba yo por la labor de tocar aquello aún. La habitación olía a rancio, a ajo, a tabaco y al aliento agrio de los festejantes, y tuve que dejar una ventana entreabierta, pese a lo inclemente del tiempo. No tenía frío, la verdad, sino que me sentía encendida y enojada por aquella invasión de mi territorio. Sí, ya sé que es inevitable que se organicen fiestas, se coma, se beba entre los libros, pero a mí no me gusta. Ahora, en cualquier caso, reinaban la calma y el silencio en los pasillos y empecé a sentir, pese a todo, un sosiego incipiente. Como de costumbre, había cubierto con un paño la luz del flexo, que irradiaba un tenue resplandor de color verde. Era como estar metida en un nido. Dentro de poco, el reloj de Vor Frue daría dos estruendosas campanadas y yo aprovecharía para cerrar con delicadeza la ventana. El resonar del reloj ocultaría cualquier sonido con toda eficacia.

Sin embargo, aquella noche, mi sosiego se veía perturbado por otra razón. Rosen es, pese a su faiblesse por el vino tinto barato y por las jóvenes estudiantes de doctorado con cola de caballo —solo mujeres, eso sí—, un investigador riguroso e innovador. Además, se preocupa por mantenerse en el candelero de la competición académica (conocida en el departamento como Klampenborg, por el hipódromo), y siempre va a la caza de nuevos campos de investigación a cuál más meritorio. Rosen había tenido un predecesor legendario, un docente cuyo nombre jamás se mencionaba ahora, un professor emeritus que, se diría, hacía honor a su título, pues, por lo visto, había desaparecido del mapa por completo. Yo jamás logré enterarme de su nombre pero, al parecer, era ese combate singular con el pasado lo que más estimulaba el apetito de honor académico que mostraba Rosen. Esta vez había mandado traer de Berlín un material extraño, unos documentos hasta ahora secretos y archivados en el Staatliche Archiv de la antigua República Oriental, y que acababan de hacerse accesibles al público. Todo estaba guardado en una simple caja marrón, que quedaba justo en el borde del resplandor de la luz. (Alguien había dejado un montón de carpetas encima, un modo ingenioso de impedir que la parte superior quedase a la vista de miradas curiosas, pero yo la vi enseguida.) Rosen —o, más bien, su huesuda secretaria Dorthe W. (para distinguirla de la joven Dorthe N., que trabaja en Medieval)— aún no había rasgado la abundante cinta adhesiva de color marrón y las sombras del despacho hacían que la caja pareciese más grande de lo que en realidad era. De hecho, abarcaba todo mi campo de visión.

Era un envío anónimo, un cubo de unos cincuenta centímetros de lado, con el nombre de Rosen en la parte superior, en letra de imprenta. Nada que revelase un contenido valioso, ni siquiera personal. Rosen recibía paquetes de todo tipo, yo lo sabía, por los abultados sacos que iban a parar al cuarto de la basura. Hoy en día, la publicidad llega convenientemente documentada con la dirección del destinatario, pero, las más de las veces, la huesuda Dorthe W. no se deja engañar, sino que distingue con clarividencia entre el trigo y la paja. Esta caja, en cambio, aterrizó a última hora de la tarde, me topé en la entrada con el mensajero, un jovencito sudoroso, cuando iba a la biblioteca, de modo que ni Dorthe ni Rosen habían visto aquel nuevo objet d’histoire tan interesante.

Me acerqué despacio a la caja, con el oído en alerta máxima. Me pareció percibir cierto olor a papel viejo, a cartulina de archivo, un olor agrio y húmedo pero en modo alguno desagradable. Curiosamente, sentí otro olor, como de fuego extinguido, pero se pasó mucho antes de que me detuviese a pensar en ello. La cinta adhesiva se había enrollado como el cabo de un cordel, que ni pintado para tirar de él. Así lo hice, y allí estaban los documentos como una tentación irresistible para todos los sentidos: y en ella caí.

Encima del montón había un albarán. Pedido del Archivo Nacional Central, Berlín, bla, bla… Ojeé apresuradamente la lista. El reloj de Vor Frue dio sus dos campanadas metálicas. Rosen había solicitado documentos de finales de los treinta, una época que empezaba a despertar un interés nervioso en el departamento. Se había levantado el secreto de los documentos de la guerra y, de este modo, los testimonios escritos de finales de la década de los treinta adquirían un nuevo contenido, por fin podría añadirse la última pieza del rompecabezas o el último eslabón, y dar lugar a esa imagen completa que tanto apreciamos los historiadores. Además, casi todas las personas que habrían podido ofenderse estaban muertas o eran demasiado viejas para molestarse en reaccionar. Al mismo tiempo, existía el riesgo de que una serie de datos incómodos aventurase tanto las subvenciones estatales como las becas de las grandes empresas. Pero el profesor Rosen iba siempre en cabeza. Supongo que estableció los contactos necesarios en la última conferencia que dio en Berlín. Conseguir documentos especiales del Archivo Nacional debe de ser como pescar cangrejo en la tumba submarina de las Islas Kuriles: Rosen debió de tener un buen cebo. Ocupaba el primer lugar de la lista una copia de un informe policial danés de agosto de 1938, después archivado por los alemanes. La fecha no se leía con claridad a la luz mortecina de la lámpara. ¿Durante la ocupación? Dejé el albarán y me concentré en el contenido. Una caligrafía de letra redondilla. Denuncia de hallazgo de un cadáver. En ese instante, entró un torrente de luz en el despacho, alguien había encendido los fluorescentes.

El despacho de Rosen tiene la forma de una gran ele. Si uno se encuentra en el umbral de la puerta, no ve el «pie» de la habitación —hecho que Rosen aprovechaba en su dirección de tesis individual de los jueves—. (No me preguntéis cómo lo sé…) De ahí que tampoco el vigilante nocturno pudiese verme a mí arrodillada ante la caja de Rosen. Por lo general, suelo apagar la luz y quedarme callada como un ratón de iglesia cuando el vigilante hace su ronda cada media hora, pero en aquella ocasión, simplemente, me olvidé de su persona. Un caso sencillo de causa y efecto. Causa sui o, lo que es lo mismo, el descubrimiento fue su propia causa, como habría dicho Baruch Spinoza. Mi descuido fue un delito.

Jamás había robado nada antes en mi vida, aparte de alguna que otra rosa que les arranqué a los jardines reales de Kongens Have una noche solitaria de verano, pero la situación era desesperada. Decidí seguir uno de los consejos más pragmáticos de Salinger, que rezaba «desperate means call for desperate measures». Sencillamente, me guardé el informe policial por dentro del jersey noruego, junto con todos los documentos que pude coger, cerré la caja y eché mano de una botella vacía de vino; todo ello en el transcurso de pocos segundos.

El estado de desorden del despacho fue mi salvación. Mogensen, el vigilante nocturno, tan lerdo por lo general, se tomó su tiempo también en esta ocasión para entrar en el despacho. Respiraba pesadamente por su nariz carnosa. Le temblaba la barba rojiza. Lo más probable era que estuviese tan aterrado como yo y, de hecho, el llavero tintineaba nerviosamente al golpearle el muslo. Mogensen trajo consigo un denso aroma a cerveza, un efluvio que pronto se sumó a las demás fragancias, en una mezcla poco apetecible. El despacho del profesor Rosen olía ya como la barra del Den Blå Vindruvan cuando se acercaba la madrugada. Mogensen dobló por fin la esquina, se detuvo con pie vacilante y clavó en mí una mirada bobalicona.

—Esmé —exclamó con voz bronca y difusa—. Joder, por poco me cago de miedo.

El hombre se mecía adelante y atrás, preocupado por mantener el equilibrio.

—Chiquilla, ¿qué haces aquí a estas horas? —preguntó dirigiendo la mirada a mi amplio jersey.

—¿Tienes frío? ¿Te hago entrar en calor? —mi nuevo amigo dio un paso incierto hacia el interior de la habitación y volcó en su avance una botella de vino tinto con un poso en el fondo. El contenido se derramó enseguida y fue absorbido por la moqueta beis, donde dejó una gran mancha en forma de riñón, aunque también salpicó la caja.

—No, gracias —respondí al tiempo que soltaba ruidosamente la botella vacía en una papelera. Rosen es bastante quisquilloso con quién entra en su despacho, le disgusta que husmeen en sus proyectos de investigación, a menos que se trate de jóvenes e inexpertos doctorandos (lo que habitualmente se llama los últimos de la cola), que le recaban información tan diligentes como las abejas zumbadoras acuden a la colmena—. La misión de Mogensen era ver, pero sin tocar. Me sonrió con desgana. Yo era un testigo presencial. El hombre se inclinó y comenzó a manosear torpemente la caja y la moqueta con un pañuelo grasiento. Y dijo entre dientes algo de «espléndida muchacha» y de «nuestro secreto».

Eran casi las cinco de la mañana cuando cerré con llave las puertas del departamento. El despacho de Rosen estaba limpio y ventilado, es decir, no más desastrado que de costumbre. Mogensen se había retirado a su agujero en el sótano, junto a la cochera, después de ayudarme a pasar la aspiradora. Él no diría nada, y yo tampoco. Me había guardado los documentos en la mochila. Tace lingua, dabo panem (calla, lengua, te daré pan), como seguramente habría dicho el romano Petronio, que tenía bastante experiencia en la soberbia de un césar. Dejé la caja debajo de una mesa, oculta detrás de unas pilas de viejo papel de copia. Me fui a mi casa de Lille Novicegade con una cálida expectación bulléndome por dentro.

No me desperté hasta después del mediodía. Serían más de las dos, porque los últimos rayos de sol lucían ya a través de las estrechas ventanas. Me quedé arropada observando su avance por el viejo plano de Copenhague que colgaba de la pared. La luz parecía deambular de un lado a otro por las viejas calles donde los edificios insignes —el palacio, el teatro Det kongelige y los restos de las murallas de la ciudad— se ven dibujados en ligero relieve. La verdad es que con una lupa se puede uno pasear por el plano. La luz daba de soslayo en los jardines del palacio de Rosenborg Have, fraccionados por el viejo prisma de cristal que cuelga de un hilo elástico junto a una de las ventanas. (Se supone que la araña había pertenecido en su día a una celebrada actriz, una tal señorita Jessen que trabajaba en el antiguo Det kongelige Teater, el edificio que derribaron en 1874. La señorita Jessen aparece mencionada en una ocasión en la correspondencia de Andersen. Ya solo queda esta pieza.) El calor del sol hacía que el prisma se moviese sobre la imagen del plano. El espectro aparecía aquí o allá en el Copenhague de la década de 1860. Lo tomé por una señal propicia. En breve, yo misma tendría la oportunidad de investigar una pequeña porción del pasado.

Había colgado el jersey en el respaldo de la silla, había dejado los documentos bien ordenados sobre el escritorio. Siempre procuro estar descansada cuando abordo un nuevo problema, y un café bien cargado favorece la concentración y agudiza la capacidad de observación. De ahí que venciese la tentación de sentarme a la mesa de inmediato; fui a la cocina y puse la cafetera. De tiempo voy siempre sobrada.

La parte trasera de la casa da al patio interior, un cuadrilátero de muros altos formados por grasientos ladrillos rojinegros que terminan en una línea irregular recortada contra el cielo. En el fondo del hueco rechina el ventilador del Den Blå Vindruvan, una taberna que apenas sirve otra cosa que cerveza y una especie de salchichas muy poco apetitosas. A veces se detienen las aspas del ventilador, cuando algún pobre animal cae en el interior de la maquinaria, ratones o crías de pájaro que se desploman desde el tejado y quedan hechos picadillo. Entonces tienen que desmontarla y limpiarla. Además, también hay una hilera de cubos de basura que ya podrían sustituir por unos nuevos y un jardincillo con plantas muertas desde hace mucho por la falta de luz, todas, salvo un pálido tallo de pinácea que, milagrosamente, ha logrado sobrevivir año tras año. Mi vecina, una mujer mayor y curiosa a la que procuro evitar, dice que es un alerce siberiano. Tal vez esté familiarizado con la oscuridad de la Carelia, como una especie de recuerdo recóndito alojado en algún lugar de las agujas resecas. En fin, la ventana de la cocina da a todo eso. Y me puse a mirar al patio mientras molía el café. Tenía la cabeza en otro lugar. Me había puesto el jersey antes de ir a la cocina y la lana olía a los aromas de la noche, sobre todo a humo revenido. Me pregunté sin interés a qué olería Mogensen, pero deseché enseguida la idea. (La colada no es algo a lo que yo dé prioridad; no utilizo el lavadero común, que es la central de relaciones para todos los cotillas del edificio, sino que suelo llevar mi bolsa de ropa sucia a una lavandería anónima de esas que funcionan con monedas.) El cobarde de Mogensen no revelaría nada, de eso estaba segura. Y Rosen no sabría que le faltaba algo sin poder comprobarlo en el albarán. La información completa era mía, y significaba poder, como habría dicho Sir Francis Bacon.

Con la taza bien caliente en la mano, me acomodé ante el escritorio. Ya habían dado las tres, pero la tarde del domingo no me tocaba limpiar, de modo que no tenía que apresurarme. Abrí con cuidado el primer documento, el informe policial, y comencé mi lectura.

Lugar: Grænsebyen. Día de la fecha: 30 de agosto de 1938. Hora: tres de la tarde.

Jueves, 31 de agosto de 1938

La mañana del jueves vemos a tres hombres dispuestos a adentrarse en el turbal. Es al alba, húmeda y neblinosa, un mundo de lechoso silencio donde los pasos se amortiguan y el campo de visión se reduce a escasos metros a la redonda. Son tres hombres muy distintos entre sí. El doctor Franz Aloysius Nadler cruzó la frontera desde Flensburgo, pero en realidad tiene su puesto en Berlín, como auxiliar del Museo Arqueológico de Spree. F. A. Nadler es un tipo obeso, algo achaparrado y de nuca mantecosa, como en esas caricaturas de nuevos ricos, advenedizos en el mercado de la bolsa. Sus amigos lo llaman F. A., discriminando los dos fonemas en sonidos breves y decididos.

El jefe de policía Tomas Rav es un hombre protocolario, pero con su propia persona es bastante descuidado, casi desharrapado. Un largo abrigo marrón y un sombrero de fieltro abollado durante el viaje en coche le otorgan el aspecto de un perro rastreador escuálido, siendo como es alto y desgarbado. Las poderosas mandíbulas de Rav se clavan siempre en una pipa muy usada y nadie se dirige a él más que llamándolo «jefe de policía». Al menos, cuando él puede oírlo.

A unos metros de estos dos hombres se encuentra el joven Gabriel Mayer, escribiente principal del anciano Aronius, pastor de Grænsebyen. Mayer lleva el censo de la ciudad y cada fallecido debe quedar anotado en el registro. La humedad ya ha penetrado la chaqueta de Mayer, de buen corte aunque demasiado fina, y el hombre tiembla de frío. Además, tiene una resaca fenomenal.

Los tres han acudido al lugar en el coche de Rav, un Ford A negro de 1927, un fiel servidor sin amortiguadores y con una fuga de aceite que gotea sin cesar. F. A. Nadler está irritado. Rav se ha empeñado en llevar la pipa encendida en el coche helado. La carretera que atraviesa las plantaciones y que llega hasta la turbera es apenas un sendero arenoso, irregular, lleno de baches y mal cuidado, y los hombres han ido dando tumbos en el interior del coche de un modo muy poco digno. Finalmente, Rav ha llegado al final del trayecto y el Ford ha ido rechinando hasta detenerse. Se encuentran al borde de la turbera, en una explanada de arena casi circular. El brezo ha arrojado rígidos vástagos sobre la grava, en un intento de recobrar su yermo territorio. Al nordeste hay plantado un bosque de abetos, los troncos crecen muy próximos unos a otros, en perfecto orden, como si quisieran abrazar la oscuridad en una delicada red de pequeñas ramas afiladas. Es un bosque que parece impenetrable y, aun así, lo ha creado el hombre. La idea es que la arboleda llegue a rodear por completo el terreno pantanoso, pero al sur las plantaciones se componen por ahora solo de plantas jóvenes y dispersas. La pantalla irregular formada por el bosque le otorga al lugar una suerte de gravedad, de actitud vigilante o de concentración.

Nadler se ha apartado unos pasos para desentumecer el cuerpo derrengado. Saca unos prismáticos y contempla la ciénaga. La niebla se ha dispersado de momento y desvela… una nada. Un paisaje desconsoladamente llano donde diversos pasadizos de madera conducen a tristezas ignotas. Desde ahí han de seguir a pie, mantener el equilibrio con precaución por la estrecha vía que seguramente aguantará su peso y también el de los maletines para la toma de pruebas. El jefe de policía Rav lleva, además, una camilla plegable hecha de lona y finas varillas. Hace caso omiso de las miradas del doctor y cierra con llave el Ford con mucho celo, como si a alguien se le pudiera ocurrir robarlo. Nadler se carcajea para sus adentros. El doctor lleva unas polainas altas de piel sobre los pantalones de montar de color arena. Es un deportista. La piel resuena a cada paso que da, pese a que la embadurnó a conciencia con grasa inglesa la noche anterior.

Así emprenden el camino, a buena marcha, en dirección al terreno rojizo de la ciénaga. Nadler se ha recuperado un poco y aprovecha para referirles hallazgos similares efectuados en el lado alemán de la frontera. Moorleiche. Tiene una voz aguda y chillona que los otros dos encuentran afectada y agotadora y su cortante acento danés está entreverado de frases en alemán, como si quisiera aportarle al idioma más peso y autoridad. También se come las dulces palabras de la lengua danesa, abreviándolas hasta convertirlas en recortadas expresiones alemanas, como si se las hubiese anexionado. Rav mordió la pipa con rabia. El joven Mayer guarda silencio y parece no prestar atención. Se ha quedado rezagado un trecho detrás de los otros dos en la caminata por la superficie irregular del sendero. Hay tramos provistos de pasarela y la madera ennegrecida y agrietada se comba y se lamenta bajo el peso de los tres hombres. Ásperas pinochas sobresalen entre los tablones, briznas tan afiladas como cuchillos, si no se anda uno con cuidado.

Llevan caminando cerca de una hora. Ya pueden ver a lo lejos la carreta abandonada del obrero. La niebla se ha retirado veloz, casi como si se la hubiese tragado la tierra. Del turbal asciende un denso aroma empapado a medida que el sol va alzándose lento en el cielo, que va calentando las capas de la tierra, suscitando olores de plantas palustres como el arrayán brabántico y el brezo de turbera, de color rojo pálido, con sus pequeñas cápsulas alargadas. Nadler calla por fin cuando se acercan al rodal de hierba cuya superficie aparece abierta, como herida. Una bandada de cornejas alza el vuelo; planean alejándose vacilantes, se posan en hileras irregulares sobre un abedul alto y delgado, justo al lado de la zona excavada, como para espiar a los tres hombres. Las cornejas no demuestran ningún temor ni retraimiento, solo una curiosidad descarada. Son como niños callejeros, igual de insolentes.

Desde la tierra cenagosa discurren varios senderos que llevan de vuelta a las plantaciones, como los radios de una rueda, y Gabriel Mayer se siente de súbito inseguro e ignora por qué camino han llegado. El paisaje presenta una uniformidad desconcertante y tal vez nunca encuentren el sendero correcto. Desecha enseguida la idea: el metódico Nadler, con sus prismáticos y su brújula, hallará sin duda el camino de regreso. O Rav, que conoce la turbera como la palma de la mano. Las cornejas hacen castañetear y tabletear sus picos, ronroneando en una lengua secreta sobre asuntos que solo ellas pueden conocer. Mayer quisiera que se callaran.

Por extraño que parezca, el muerto yace intacto, encogido en el hoyo como un durmiente. El rostro pardo se presenta liso y atemporal al sol de la mañana. Mayer tiene que reflexionar un instante antes de caer en la cuenta de qué le recuerda. Aquella cara se parece a la imagen de un anciano que había en uno de sus cuentos de infancia, un vejete que salía de un cuadro, yendo así a parar fuera del tiempo. El cuento trataba de los vanos esfuerzos del vejete por encontrar el camino de regreso. Fuera del marco, se iba haciendo invisible con el paso del tiempo. Mayer solo se acordaba vagamente de la historia, pero el dibujo lo tenía muy presente. Colores pálidos y débiles marcados con rotulador negro. También se acuerda del olor de las páginas del libro. Ácido, con un toque de humedad. Todo lo evoca con plena claridad, cuando de pronto se esfuma el recuerdo, tan misteriosamente como se había presentado.

Sobre el lugar descansa una calma tan honda y estática que el hombre vacila antes de quebrantarla. Rav apaga la pipa con ademán solemne, golpetea para vaciar las ascuas de la cazoleta, aguarda un instante hasta que el fuego se extingue y olisquea a su alrededor, de un modo no muy distinto al de un perro. Su nariz grande y poderosa, puntiaguda y algo respingona, refuerza esa impresión. No, no huele a cadáver. Las ideas se arremolinan en la cabeza del jefe de policía. Y es que, además, parece que se trata de un crimen cometido hace mucho tiempo. Madsen tendrá que dejar constancia de ello en su informe concluyente. El caso, por lo que a él atañe, puede archivarse. Pero claro, el alemán tiene que justificar lo suyo… El jefe de policía avanza hasta el borde y mira curioso al interior. Unos terrones se desgajan del suelo y ruedan al fondo del hoyo y Nadler chasquea la lengua, irritado.

El cuerpo yace, tal y como el obrero terminó por referir muy a su pesar, encogido como un durmiente. Los brazos cruzados sobre el pecho con las frágiles muñecas muy juntas. La canilla izquierda está prácticamente desligada del cuerpo y se ve torcida en un ángulo antinatural, que arranca justo de donde la pala partió el hueso. Quedan restos de piel, de color marrón oscuro, como tiras de cuero curtido. El muerto tiene el cabello rizado y de color cobrizo oscuro, adherido al cráneo y quizá conservado y coloreado por las sustancias oxidantes de la turba. Gabriel Mayer, que siente que se le llena la boca de hiel o quizá del café agriado, se da la vuelta en redondo. Nadler, en cambio, no lo duda, sino que da un salto y cae en el agujero con todo su peso. Luego, rezongando, se quita la mochila del instrumental; los dos daneses observan que el alemán tiene la camisa empapada en sudor. También tiene la cara enrojecida y cubierta de pequeñas gotas. Pese a todo, F. A. Nadler irradia una gélida energía, y resolución. Mientras se acuclilla junto al muerto, varias de las cornejas alzan el vuelo del árbol, van dando bandazos volando casi a ras de la turbera y se acercan tanto como osan hacerlo. Tomas Rav sigue en el borde del enterramiento, manteniendo el equilibrio con sorprendente agilidad sobre la superficie mullida, mientras saca una cámara de la mochila y, con no poca solemnidad, coloca el flash de magnesio en la zapata. Hora, luz, definición. Todo está listo. Un clic seco y terminante. Cuando se activa el mecanismo, es como si se detuviera el tiempo.

—Bueno —dice Nadler mientras se agacha torpón sobre el cadáver—. Verdaderamente, el muerto parece estar durmiendo —con un mohín en los labios carnosos, echa una ojeada a su alrededor, tantea las paredes del agujero, pasea la mirada por el muerto. Por todo el contexto. Se inclina, toquetea con mucho cuidado la canilla suelta—. Bueno —repite—. La tibia está casi totalmente sesgada. Un corte reciente. Seguramente obra de nuestro amigo el obrero —con suma cautela, pisa alrededor del cuerpo, lo observa desde distintos ángulos, anota algo de vez en cuando en un pequeño notebook inglés. La tierra empapada emite sonidos blandos, como suspiros procedentes de lo más hondo. Después de unos minutos, el alemán coge la mochila por las asas y comienza a rebuscar en el interior, sin apartar la vista ni por un instante de aquella «criatura de la turba». Rav también baja al agujero y se acuclilla junto al alemán. Nadler ha encontrado por fin lo que buscaba en la mochila, una navaja de hoja fina y afilada. El metal lanza fríos destellos. Comienza a trabajar despacio, retirando con la navaja la película caliginosa que cubre el cadáver. Con lentitud infinita, va levantando las capas negras como alquitrán y, mientras trabaja, se pasa una y otra vez la lengua por los labios carnosos. La cara brillante de sudor, rosada como las pinceladas barrocas de los querubines que hay bajo el órgano de la iglesia de Grænsebyen. Rav se contenta con mirar, tantea un instante en busca de la pipa, pero la mirada que le lanza el alemán lo hace desistir. De repente, Nadler se detiene y se hunde hacia atrás, sobre los talones. Pequeñas burbujas surgen de la tierra gimoteando en torno a sus pies. Ha perdido la expresión afanosa de antes, ahora sustituida por otra más meditativa. Como un niño contrariado, hace un puchero y se pone de pie.

—No es tan antiguo como yo creía. Vaya decepción —Nadler limpia la navaja a conciencia y la cierra. El muelle emite un sonoro clic en la claridad de la calma reinante.

—Lo que tenemos aquí es un soldado. Puede que el cadáver lleve ahí sesenta, setenta años, qué sé yo. Eso queda fuera de mi competencia. El hijo de algún campesino de la zona, tal vez. Pobre desgraciado. Miren, eso es una guerrera —dice esto al mismo tiempo que, con la punta de la bota, roza el exterior de lo oscuro—: Y eso es un mordisco. Seguramente, ha estado antes en otro lugar —Nadler señala la cabeza del soldado, un pequeño redondel en torno al conducto auditivo era cuanto quedaba de la oreja del muerto.

El alemán se aparta, se inclina hacia el borde del hoyo y enciende un cigarrillo que ha sacado despacio antes de apelmazarlo contra una pitillera reluciente. Rav consigue por fin encender la pipa y, tras un instante, el danés, alto y delgado, y el berlinés, obeso y atildado, empiezan a despedir bocanadas de humo. Gabriel Mayer es el último en dar el paso y bajar al hoyo, ya que los otros dos parecen haber perdido el interés. Él es quien ha de redactar el borrador para el registro en el archivo de la iglesia, ahora que saben que no se trata ni de asesinato ni de un hallazgo histórico, sino del descubrimiento del cadáver de un desconocido enterrado fuera de tierra bendita. Lo más probable es que el pastor Aronius quiera dedicarle unas oraciones y enterrarlo de nuevo, aunque el muerto no es ni reciente ni antiguo de verdad. Al viejo Aronius le ha dado por preferir ahora tener a sus muertos enterrados a su alrededor, en el cementerio de Grænsebyen, como si constituyesen una guardia y custodia de su propia vida. De ahí que tanto él como los demás ancianos de la ciudad sigan con interés las necrológicas que publica el diario Avisen. Como si los nombres figurasen en un pergamino antiguo.

Mayer está a punto de resbalar y caer sobre el hombre de la turba, pero consigue recuperar el equilibrio en el último momento. Aun así, desplaza un poco el cadáver de su lugar de origen, pero, al echar una ojeada hacia Nadler, ve que este se encoge de hombros sin más y aspira hondo el humo del cigarrillo, haciendo arder el tabaco. Mira con indiferencia a Mayer, que, al mismo tiempo, revela un vago interés. También Mayer se inclina sobre el cadáver, movido por una curiosidad que no sabe explicarse. Además, se siente intimidado por la mirada del alemán. Al principio, no se percata del leve movimiento de la tela descompuesta; luego, detiene la mirada en los pasos cautos y despaciosos que recorren lo que fue en su día un pliegue del abrigo. Una larva alargada y de vivos colores avanza vacilante por el tejido, se para a comprobar de vez en cuando el aire que la rodea, como si percibiese la presencia de Mayer en aquel paisaje negro, volcánico e impracticable de valles y colinas. Unas cerdas finísimas cubren los anillos del cuerpo. Las patas se mueven unísonas, ondeando suaves. Bajo la fina piel, la vida parece palpitar desprotegida, como un fluido pálido en un frágil recipiente. Rav se adelanta y se inclina también sobre el cadáver, a fin de observar el insecto diminuto.

—¡Será posible! —exclama—. Una oruga de librea. ¿Cómo habrá llegado hasta aquí?

Pero esa es una pregunta a la que ninguno de los otros dos sabe responder.