Lacrimosa - Eva-Marie Liffner - E-Book

Lacrimosa E-Book

Eva-Marie Liffner

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Beschreibung

Una preciosa novela sobre la búsqueda de la identidad sexual y el papel que juega la educación en la conformación de la persona. De detrás de las rosas silvestres de los establos se arrastra una persona muy peculiar y Carl Jonas Love Almqvist, pensador y autor sueco radical, se encarga de su educación. Llamará al niño Ros (Rosa) y le formará en el espíritu de Rousseau, fuera del marco de la sociedad. Volvemos al espíritu de principios del siglo XIX: un tiempo de sentido y sensibilidad, donde el mundo está lleno de fábricas, y donde los movimientos y sueños sobre la libertad se ganan y se pierden entre el humo de los barcos de vapor. La ambientación nos lleva a las húmedas calles de Estocolmo. Lacrimosa es una novela estéticamente sofisticada sobre las lágrimas y el amor, con arsénico y un misterio a la espera de ser resuelto.

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Seitenzahl: 453

Veröffentlichungsjahr: 2017

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Lacrimosa(La rosa silvestre)

Eva-Marie Liffner

© Eva-Marie Liffner 2011

© De la traducción: Carmen Montes Cano

© de la traducción: Enrique Bernárdez

Edición en ebook: julio de 2017

© Nórdica Libros, S.L.

C/ Fuerte de Navidad, 11, 1.º B 28044 Madrid (España)

www.nordicalibros.com

ISBN DIGITAL: 978-84-17281-42-7

Diseño de colección: Filo Estudio

Corrección ortotipográfica: Victoria Parra y Ana Patrón

Maquetación ebook: [email protected]

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Eva-Marie Liffner

(Gotemburgo, 1957)

Novelista y periodista sueca. Se ha hecho un hueco en la literatura escandinava contemporánea gracias a sus obras, de gran calidad literaria y con una atmósfera particular, en las que la ficción histórica y el misterio se combinan para producir una escritura a la vez seductora y apasionante. Estimulada por una fascinación profunda y genuina hacia los tiempos pasados, Eva-Marie Liffner tiene un raro talento para evocar el estado de ánimo de una época concreta. Su trabajo ha impresionado a los críticos de la literatura de ficción y la novela negra, y ha recibido premios en ambos géneros.

Entre sus obras destacan Camera, ganadora del premio Swedish Academy of Crime Writers y Lacrimosa, de próxima aparición en esta misma colección, que fue nominada al Premio de Literatura del Consejo Nórdico.

Contenido

Portadilla

Créditos

Autora

La pálida muerte

Lupus in fabula — En casa de Mister Ross

Odi et amo — En el golfo de Finlandia

Nocturno

Hacerlo igual

En el interior del Gran Monstruo

Ars amandi – Una lección de amor

Hinc illae lacrimae — De ahí esas lágrimas

Yo también he estado en la Arcadia

A un gato lo llamo un gato

De la mudable especie de los poetas y un signo ?

El vestido hace a la dama – Rose

No es de recibo que un solo pasajero retrase a toda la embarcación

Aquí está el delicioso jardín de la muerte - Ross

Cómo el espíritu pone la materia en movimiento. Al servicio de Ma Barter

Ópera bufa

«Love, un poquito mejor de lo que dice su fama» Estocolmo, 1851

Apartada y olvidada

Amor fati

Piscator y Venator

Baja el telón

Finis – La lira de Orfeo

Contraportada

Lupus in fabula — En casa de Mister Ross

Un ser humano se convierte en aquel que dice ser. Rey o desharrapado, simple o juicioso. No me dirán que no es algo extraordinario. El relato se convierte en una túnica de Neso para toda la vida, el doloroso atavío de la ficción primera oculta quién eres de verdad. Es como observarse a través de un espejo deforme, siempre con los rasgos cuidadosamente ordenados. La imagen se parece a ti, pero nada más.

Vagamente se oye el tono broncíneo de las campanas de la torre medieval de San Lorenzo. Es la hora de la cena. Una fiebre mortífera arrasa en los barrios pobres, y hombres y mujeres se agolpan asustados delante de la catedral para conmover al santo incluso a la hora más ardiente. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que me atreví a bajar allí a la luz del día. Sólo la noche es inocua para estos ojos carbonizados. Mis súplicas me las guardo para mí, y hoy espero a un huésped. Ya puedo entrever al joven a lo lejos o, más bien, el sombrero claro mientras se esfuerza al subir las cuestas pedregosas de La Superba. Más que verlo, sé que cada paso que da provoca un derrumbamiento en el sendero, esquirlas afiladas que se precipitan por las rajas del empedrado antes de desaparecer en las profundidades. El camino a mi casa sube por tan empinados barrancos que ni siquiera los burros, tan musculosos, son capaces de traer hasta aquí una carreta. Árboles de cítricos polvorientos se inclinan mustios sobre bancales semiderruidos, como si las raíces, desesperadas, trataran de mantener compacta la tierra con sus dedos grises. Laureles y mimosas tejen densos matorrales leñosos, aromáticos pero impenetrables. La villa tiene a su espalda la última estribación de los Apeninos, y la montaña dispone de sus propios bastiones. Éste es el reino del gato montés. De los forajidos. Del águila real. Aquí no entra nadie sin pasar una prueba minuciosa, y un buen arañazo en la piel es la contraseña.

Aguzo la mirada. El joven lleva una valija, eso es seguro, un maletín fino. ¿Es él el cronista de la vida de mi padre? De no serlo, ¿qué lo ha traído aquí? Yo sólo he recibido una carta con una firma desgarbada que a duras penas puedo descifrar.

Callan las campanas, dolce, como si dudaran de que alguien las hubiera oído. Parpadeo con los ojos resecos. El aire ardiente del verano evoca huestes fantasmales en el golfo de Génova. Naves empalidecidas por la niebla bogan libremente frente a las baterías costeras de San Giuliano, pero en lugar de disparar salvas, se desvanecen en la nada cascos y velámenes, en el agua y en la sal marina de esta armada del rey Neptuno, que navega sin mandato humano. Las alas de las aves marinas sesgan la niebla de parte a parte. Una leve brisa se mueve somnolienta por entre las parras inveteradas que enmarcan mi terraza. El viento me arranca de la mano la carta, que va a parar al suelo, y la vieja gata se sobresalta en pleno sueño. Pero no es ella, Bastet, de las que se despiertan fácilmente, no la despierta el crujir de una pajarita de papel ni la promesa de un mensajero de países olvidados. Ahí está, ya se ha detenido. Fuera el sombrero, a ver ese pañuelo, se enjuga la frente y la coronilla con el tejido de lino. Sí, desde luego que hace calor, lo sé por la luz. Blanca, blanca. El mensajero, Lysander, tiene un rodal calvo en la cabeza. Ahí está, ya me ha venido el nombre, en cuanto he dejado de pensar en él, siempre ocurre lo mismo… No es tan joven, pues, o ha envejecido prematuramente a causa de las preocupaciones, de las penurias y las luchas de la vida. Son cosas que pueden pasar. Lysander era sin duda el capitán de la flota de Esparta, así que quizá me haya equivocado. ¿De verdad era una armada de sombras la que ha arribado al puerto? Lysander alcanzará esta cima enseguida. ¿Que cómo voy a presentarme? Como mister Ross, naturalmente.

Tomamos té en el salón. Yo habría preferido algo más fuerte, pero hay que mantener la cabeza sobria. Sofia deambula contrariada de la cocina al salón, murmurando reproches inaudibles. Va balanceando ese cuerpo y esas caderas rotundas. No está acostumbrada a que tenga huéspedes. Ella y su hijo Nino me ayudan con la mayor parte de las necesidades básicas de la vida. La cocina y la colada. Son personas sencillas, que se contentan con preocuparse por el calor, el viento y la lluvia y que, dócilmente, me dejan en paz con mis libros raros y mis recuerdos. Ya se mete en la cocina con una última sacudida airada de la cabeza. Ha dejado una bandeja de galletas de santos, blancas y duras. Yo cojo un san Bartolomé y mojo la masa azucarada en la taza antes de dejar que se me deshaga en la lengua. El reloj que hay en la repisa de la chimenea resuena con un tictac seco, el salón está en semipenumbra tras las ventanas a medio cerrar. Lysander está sentado en la chaise longue con las rodillas muy juntas, como una doncella angustiada a la espera de un pretendiente. Los zapatos han quedado muy rozados y polvorientos después de la escalada, el traje de hilo se ve mojado y con manchas de sudor. No como un hombre de la flota Esparta, después de todo. Me permito relajarme, pero no demasiado. Lysander carraspea nervioso, deja la taza en el plato, en el silencio se oye el tintineo de la porcelana. La gata, que también ha buscado refugio en el lecho apolillado, se desliza y sale de nuevo al sol. Yo espero armado de paciencia.

—A Bartolomé lo desollaron vivo, ¿lo sabía, profesor Lysander? —Le enseño sujetándola en alto la galleta a medio comer. Un hombre blanco sin cabeza. Descabezado a mordiscos. Lysander sonríe nervioso. Deja la taza y el plato en la mesa inestable. Me resulta extraño hablar en sueco. Las palabras se me antojan duras y difíciles de manejar. Me meto en la boca el resto de la galleta y me la trago sin masticar. Ahí está. El cuerpo de Cristo. Sofia se persignaría si pudiera oírme el pensamiento.

—Es usted muy amable al recibirme, mister Ross —dice Lysander al fin.

Asiento, animándolo, y espero a que continúe.

—Entiendo que conoció usted a nuestro gran escritor, ¿estoy en lo cierto?

Yo aguardo, no digo nada.

—El autor de La rosa silvestre. Almqvist.

—Sí, así es. —Elijo otro santo, al azar esta vez. Lysander sigue con nerviosismo mis movimientos. Hay algo repugnante en sus ansias. Como la voracidad de aquel que nunca ha comido hasta saciarse. Que nunca ha entrado en calor de verdad. El hombre está lívido y tiene un aspecto grisáceo, aparte de una línea roja que le atraviesa la alta frente, allí donde le rozaba el sombrero. Puede que a mí no me guste mirar en el espejo… Dejo la galleta en el plato, asqueado de pronto de esa dulzura vomitiva—. Sí, es cierto, yo conocí personalmente a Carl Jonas Love Almqvist. —Y otra vez se hace el silencio unos instantes.

—¿Y puedo preguntarle por las circunstancias de su… relación? —Lysander ha echado mano del maletín, suelta correas para poder tomar notas. Escribir historia.

Reflexiono unos instantes antes de responder. He aquí que ahora soy yo quien posee el pasado.

—Almqvist me dio el ser, me lo enseñó todo y me arrebató el amor de mi vida —dijo al fin—. Por eso lo odio.

Odi et amo — En el golfo de Finlandia

Cuando Lysander se ha ido, abro las ventanas, doy paso a la luz de Liguria. Y se esfuma la sensación de temor viciado y de vana nostalgia que el hombre traía consigo. No, él no es yo. Ni ahora, ni entonces. El sol me caldea la cara, las ventanas crujen secamente al amor de una brisa imperceptible. Meto la mano en los fondos de la chaqueta. El manuscrito sigue siendo delgado, toda la historia me cabe en el bolsillo, la verdad. Saco el legajo manchado de tinta, antes cierro la puerta para que no me vea Sofia, saco lentes, tintero y pluma. ¡Es hora de trabajar!

*

Ignoro en qué dependencias nací. Mi primer llanto pudo oírse en un cobertizo o en una buhardilla, tanto da, lo que es cierto es que nunca conocí a mi madre. No recuerdo ni la voz ni la sensación de que me mecieran, ningún olor ni caricia femenina he conservado, a pesar de que seguramente tenía ya varios meses cuando me abandonó; al borde del camino, si he de creer lo que me han contado. Una sombra, eso es ella. No, mis primeros recuerdos son de Långa Längan, la finca de Fagervik, en Finlandia, y son los sonidos de pezuñas raspando y de perros ladrando, gruñidos y relinchos que constituyen mis evocaciones primeras. El rumor de la paja que pincha, arañas que tejen la red encima de mi cara, la brisa marina que silba lamiendo las piedras de las fachadas, todo eso recuerdo.

Långa Längan era el nombre de los establos del capitán de caballería Hisinger. Había allí alojados cinco media sangres, así como una jauría de espléndidos cazadores ingleses, amén de dos mozos, padre e hijo, que siempre vigilaban desde el altillo para alejar de tan preciados animales a piratas y otros maleantes. Mi pobre madre me dejaba en la puerta de las caballerizas, y sobreviví como por un golpe de suerte o quizá gracias a los mozos Simon y el joven Matti, que se ocupaban de mí a su pesar. Cariño no me daban, pero sí comida y cierto cuidado inconsciente, más o menos como nos ocupamos de un gato callejero sólo porque, de repente, aparece a nuestro lado.

Långa Längan se encontraba a orillas del golfo de Finlandia, como una fortaleza marina de antaño. A un trecho no muy largo de la casa señorial, pero todo un mundo y cinco edades difíciles separaban los dos edificios.

La finca estaba pintada en colores claros con tallas delicadas y contraventanas, mientras que el cuerpo principal de las caballerizas se veía armado de verdaderos mazacotes de color gris, el techo levantado de madera, hoy tan vieja y deteriorada que podían haberlo sustentado sobre sus espaldas el hechicero Lemminkäinen y la buena de Vasilisa, y las ventanas estaban torcidas como troneras.

Al hilo de las paredes de las caballerizas se erguían frondosos arbustos de rosa silvestre tan crecidos que ni siquiera los gatos de la finca se atrevían a adentrarse allí. En la penumbra del interior me tenían cuando empecé a ser algo mayor, bien consciente a aquellas alturas de los estrechos pasajes que los animales habían abierto entre las agujas, perfectamente conforme con la idea de observar la vida a través de aquel follaje tan espinoso. Estar allí también me permitía librarme de patadas e injurias, pues Simon y el joven Matti llegaron a verme con el tiempo más como una abominación que como un ser humano con sentimientos y corazón, y los hijos de Hisinger solían tirarme piedras en cuanto tenían la oportunidad.

Yo era una cría trocada de algún trol, ni humana ni animal, y mis únicos amigos eran los caballos y los perros de las caballerizas. Diana, la perra vieja, me dejó en más de una ocasión dormir al calor de su vientre, y los caballos, cuidadosos, evitaban pisarme cuando me ovillaba en un montón de paja. Así viví yo, como una alimaña, hasta el quinto año de vida, pues tal era mi naturaleza en aquel entonces. Era un ser salvaje, ni feliz ni desgraciado, ni bueno ni malo, ni juicioso ni necio. Me llamaban Ros.

El capitán Hisinger partía cada otoño con toda la familia y la mayoría de los sirvientes. Llenaban cofres, cubrían los muebles con un velo blanco, sellaban bien las ventanas con un paño por las tormentas del invierno, cerraban a cal y canto las puertas de Fagervik y se hacían a la mar con el barco correo surcando el golfo de Finlandia hasta un lugar que llamaban Estocolmo, para luego volver al año siguiente con las brisas de la primavera. Lo mismo año tras año.

Y precisamente una de esas pálidas primaveras, en un mes de abril que sucedió a un invierno extraordinariamente duro y cargado de nieves —corría el año de 1814, y en Europa temblaba aún el viejo poder monárquico después del apresamiento en la isla de Elba de un Napoleón desquiciado, mientras un mariscal francés se acercaba raudo al trono de Suecia, aunque de aquello no sabía yo nada de nada—, y en fin, en aquellos gélidos albores de la primavera regresó la familia con un miembro más en la servidumbre, un joven preceptor para los hijos de Hisinger.

Aquella mañana de abril llegó el maestro Almqvist a Fagervik. Louis. También fue la mañana en la que yo accedí por vez primera al mundo de los humanos. La mañana en que la rosa nació de verdad.

*

Dejo la plumilla. Me estaba temblando la mano y me irrita ver que la tinta ha salpicado todo el papel. Me levanto, cierro las contraventanas para aislarme del sol y la bruma marina del golfo. Me quedo ciego unos instantes en la penumbra. ¿Acaso puede cegarnos la oscuridad? No, es el sol el que nos ciega, unas manchas blancas danzan delante de los ojos, como las elfinas en los campos de Fagervik al amanecer. Voy nervioso de un lado a otro, me siento y enciendo el candil, subo la mecha, dejo que la cerilla se encoja y muera entre las yemas de los dedos. Y mira, ya está del todo firme la mano, pero la luz proyecta una sombra en la pared, hace que parezca un monstruo con este gorro viejo.

*

Había leído a Rousseau y traía consigo toda su obra. Carl Jonas Ludvig, llamado Love o Louis por quienes, al igual que el capitán, habían osado estudiar por su cuenta y riesgo a los enciclopedistas franceses.

Cuando Louis descendió del coche con un bolso de viaje y la pila de libros sujetos con una correa por bagaje, fue como si el tiempo contuviera la respiración. El sol tacaño de la primavera pareció al punto más claro, y su calidez derritió la escarcha que cubría la hierba. Un joven de melena no muy larga y unos ojos relucientes, ataviado con una preciosa camisa blanca de encaje, amén de pantalones y una levita azul que había visto, sin duda, tiempos mejores. Calzaba unos zapatos finos apropiados para la ciudad, y el barro de la finca los cubrió enseguida. Yo me acerqué a escondidas tanto como pude y sólo me escabullí a toda prisa cuando la mirada ávida del joven escrutó las caballerizas.

—Un edificio imponente —le dijo a Hisinger—. ¿Antiguo? ¿De los tiempos de érase una vez, quizá?

Tenía una voz tan cálida y agradable que me movió a acercarme más todavía, más o menos igual que un silbido suave puede atraer a un perro. En ese momento salió como pudo el capitán de la penumbra del coche, con la cara, por lo general severa, animada por un rubor insólito.

—Ah, vaya si es antiguo, sí, pero espere y verá la casa —dijo—. ¡Ése sí que es un edificio encantador! Aunque las caballerizas nos desvían el viento marino… es menester reconocerlo.

Dicho esto apareció veloz el otro coche, tan rápido que salpicaba al paso de las ruedas, y al momento todo eran voces y la prisa por descargar, y cofres que llevaban de aquí para allá.

Yo lo veía todo desde cierta distancia, siempre acechando al joven de la levita azul comida de pulgas. Al final, una extraña nostalgia se apoderó de mi joven juicio y puse rumbo a la explanada, gateando a cuatro patas, tal y como había aprendido. Louis se encontraba en medio de sirvientes, niños, perros, con Hisinger y su mujer, y todos parecían observarlo mientras él se mostraba por completo indiferente a tanta atención, o mejor, a tanta adoración. Se alisó el pelo hacia atrás y la señora Hisinger cerró los ojos, él observaba el edificio mientras el capitán se apresuraba a señalarle algún detalle decorativo, Louis acariciaba la cabeza de los niños con expresión distraída, y ellos suspiraban felices. Yo los había alcanzado ya del todo y cuando Hisinger miró alrededor para encontrar alguna otra perla que mostrarle, reparó en mí.

—Ah, la petite sauvage. ¡Excelente! Estoy seguro de que esto le va a interesar, señor Almqvist. Una criatura de la naturaleza, casi como en Rousseau… De verdad que hay una chiquilla debajo de toda esa suciedad, lo crea o no. ¡Aquí, Ros! —Y a Almqvist—: Los mozos de cuadra le han enseñado a hablar, unas frases sencillas solamente.

Ahí se equivocaba, pues siendo como era una criatura sedienta de conocimiento, había aprendido a hablar más que bien. Los niños se alejaron corriendo entre gritos afectados, como si les diera miedo encontrarse en mi presencia. Yo me quedé sentada en el fango, sin saber muy bien qué hacer. Aunque me trataran como a un perro, poseía voluntad propia. A los niños los aborrecía, pero sí quería estar cerca de aquel joven.

—Ros. Un nombre muy bonito. —El joven se había puesto en cuclillas y alargó una mano. Era, verdaderamente, un hombre muy apuesto, de cara fina y alargada y una nariz de forma delicada, pero tenía los ojos demasiado juntos, lo que le otorgaba un aire malicioso cuando no sonreía. La vieja Diana le gruñó un poco, pero yo no pude evitar acercarme a gatas algo más para inspirar su aroma. Un sudor dulzón y un olor aún desconocido para mí. Metálico, ácido y frío. En ningún rincón de los senderos de Ros lo había percibido…

—¡Ven! —dijo Louis con dulzura, y me senté en su regazo, como si nunca hubiera hecho otra cosa. Hisinger se rio de buena gana y los niños se pusieron a aplaudir.

—¡Vaya, también sabe usted domesticar animales! Muy bien, ya veremos lo que puede hacer de Ros como por encanto. ¿Es usted dado a las apuestas? ¿Qué me dice? Una levita nueva para el joven maestro si, en el plazo de un mes, le enseña a esa rosa silvestre a caminar como un ser humano. ¿Eh, qué me dice? ¿Acepta el reto?

Pero Louis Almqvist no dijo nada y, mientras estábamos así, yo con la cabeza apoyada en su pecho, como si me fuera la vida en ello, pude oír cómo le latía el corazón. Más lento que el de la perra de las caballerizas y con un tono más ansioso, así palpitaba. «Escucha el tambor mágico de Lemminkäinen —entonaba—, tú eres yo y yo soy tú». Notaba en la oreja que la camisa era suave, como una piel de marta. Cerré los ojos y, en mi duermevela, Almqvist empezó a cantar mientras me acariciaba la cabeza como nadie me la había acariciado hasta entonces, y la maraña de pelo erizado que tenía se volvió suave bajo las yemas de aquellos dedos.

—A mí nadie me encuentra —me canturreaba al oído—, a nadie encuentro yo.3 ¿Quién eres, criatura? ¿Qué eres tú?

*

Así empezó mi amistad, ¿qué digo?, mi amor por Carl Jonas Love Almqvist. Se convirtió en padre y madre, en el amigo más querido. Se convirtió en hermano y quizá en hermana. El odio vino después, mucho después. Amor, pues. ¿Y qué veía él en mí? ¿Un espejo? ¿Perro y hombre en un solo ser? ¿O algo más? El comienzo de una idea, una obra de arte. Me retrepo en la silla y cierro los ojos igual que en su día Ros, la criatura trocada. Frío y calor me traspasan el cuerpo. Es de noche, la luna brilla y cruje la hierba. ¿He llegado ya?

*

Era ya pasada la medianoche cuando me despertaron los caballos, que estaban inquietos, y los perros, que no paraban de gruñir. Me levanté de un salto, con el instinto de un animal. ¿Se habría desatado un incendio? ¿Serían ladrones finlandeses, que habían arribado al golfo en la creencia de que la finca estaba desierta? ¿O serían los hombres del zar, que aporreaban las puertas para exigir desvergonzadamente sus promesas de fidelidad? Sucesos más fieros habían acontecido en Fagervik. Me quedé a la espera. No, todo parecía en orden, salvo que Simon y Matti andaban despiertos en el altillo.

—Coge la escopeta —susurró Simon. —¿Dónde está la pólvora? —murmuró Matti. Percibí un movimiento a mi espalda y, al girarme, vi a Almqvist con una linterna sorda cerrada por encima de la cabeza, y el dedo en aquellos labios tan finos. Me sonrió y me guiñó una vez, dos veces, como si hubiéramos tenido pactada una señal, la luz de una llama desde el otro lado del mar.

—¿Quién anda ahí? —preguntó Simon. Almqvist me indicó que respondiera. Yo me planteé taparme con la manta del caballo y dejar que se las arreglara solo, pero al final cumplí su deseo.

—Nadie —dije, y me sonó la voz más arrogante de lo que me sentía.

—Es esa cría de vagabundos —dijo Matti—. Mañana la mato, vaya si la mato, la degüello, vaya si la degüello. —Yo sabía que, al decir aquello, estaba haciendo una señal en dirección al viejo cuadro cubierto de hollín que representaba a la Virgen. Un beso y una señal de la cruz y ya tenía uno el campo libre. La virgen rusa colgaba del caballete del techo con la cara negra y resquebrajada de tantas maldades como había presenciado.

—Chist —dijo Simon, que tenía un temperamento más apacible—. Déjala, anda. Ya verás como el frío se la lleva pronto… O le da ictericia o pilla la tisis o le rebajamos el pienso. Acuéstate y cierra el pico, venga.

Matti siguió maldiciendo un rato, pero luego se hizo el silencio. Almqvist entró a hurtadillas en el establo y se acomodó a mi lado. La linterna sorda estaba a nuestros pies, con la pantalla aún cerrada, aunque la luz se filtraba hacia fuera y dibujó una rueda en la piedra.

—Gracias —dijo sin ceremonia—. La luz de la luna me ha despertado y enseguida supe que tú también estabas despierta. Ha sido muy extraño. —Las últimas palabras las pronunció como hablando consigo mismo, se diría que no estaba acostumbrado a pensar en nadie más. Resultaba solitario.

Yo guardaba silencio, pero me acerqué un poquito más. De nuevo me llegó a la nariz ese aroma a metal. No a sangre, sino más ácido. El joven sacó del bolsillo un folio arrugado. En él se veía algo garabateado en azul, como el saco de pulgas que era la levita del maestro.

—Fíjate, aquí está dibujado tu nombre. «ROS». —Me alargó la nota como si se tratara de un objeto preciado, un trozo de carne o una manzana almibarada. Lo cogí llena de curiosidad y me pegué el papel a la nariz. ¡Ése era el olor!

—¿Tiene poder? —pregunté, y traté de chuparlo. El papel no sabía a nada en absoluto, pero aquellas figuras azules tenían un sabor amargo a hierro.

—Un poder infinito —dijo Almqvist—. Fíjate, la erre es un hacendado barrigón que da un paso al frente; la o es la luna, delgada y anhelante antes de estar llena; la ese es la víbora que se anilla junto al cercado…

—Ay, uf —dije, y solté el papel—. ¿Qué tiene que ver la Rosa con eso? Bien que ha aprendido a cuidarse de tal. —Oí gruñir a la vieja Diana y bajé la voz en el acto.

—El poder reside en los signos, cuando se juntan y componen palabras o nombres —continuó Almqvist—. Poca cosa pueden hacer en solitario, pero juntos se adueñan del mundo, siempre y cuando sepamos cómo manejarlos bien.

Cogí el papel y lo guardé bajo la manta. Almqvist parecía complacido.

—¿Quién es tu padre? —pregunté—. ¿Dónde está tu madre? ¿Van recorriendo los caminos? ¿Se dirigen allí donde los lleva la nariz?

—Mi madre murió —dijo Almqvist—. De mi padre no hablo nunca, simplemente.

—En eso somos bastante iguales —dije—. Solos en el mundo.

Al oír aquello quedó desconcertado, lo noté a pesar de que la luz de la luna entraba en las caballerizas a raudales y transformaba la cara en una máscara de un azul gélido.

—Quiero decir… —dije dudando— que uno puede ser quien quiera ser. Nadie es tu señor. Pensé en las horas solitarias que pasaba entre los arbustos de rosas silvestres. La reina de los senderos de tierra. El rey de las espinas del rosal. Ni feliz ni víctima del infortunio, pero siempre yo.

—¿Y quién eres tú, si puede saberse? —dijo Almqvist. Ahora parecía más serio, como si le estuviera hablando a una persona de verdad y no a una criatura trocada. De repente temí haberle dado de más.

—Ah, pues un príncipe, ¿quién sabe?, al que dejara olvidado Vasilisa o cualquier otra. —Hisinger tenía dos hijas y un hijo, pero sólo el varón tenía libertad para moverse más allá de la explanada. Era él quien salía a remar en el golfo.

—Un chiquillo, pues, pero además deberías parecerlo.

Yo asentí con seriedad.

*

Sofia entra, deja escapar un grito al ver las contraventanas abiertas. Se apresura y las cierra mientras refunfuña para sus adentros. «Che pazzo!». ¡Con este calor! La raída camisa de hilo de Almqvist se deshace en un polvo finísimo mientras doblo el manuscrito y me lo guardo en el bolsillo. Siento que Sofia me mira con el rabillo del ojo.

—Signor Ross, perdóneme —dice con una voz que está lejos de ser de disculpa—. Nino ha sacrificado a uno de los conejos para la cena. Yo he recogido cebollas, tomates, zanahorias, salvia y tomillo y he preparado un guiso. —Va contando los motivos de enojo con esos dedos cortos y gordezuelos, apretándolos con fuerza uno a uno entre el pulgar y el índice. Uno, dos, tres, unas manos hechas a labrar la tierra pobre de Liguria, a desnucar a un animal y despellejarlo. Como si nada. A mí me asquea, yo nunca entro en la cocina—. Yo creía que su huésped pensaba quedarse. —Sofia me lanza una mirada astuta con esos ojos amarillentos y finos. ¿Se me ve diferente? Me obligo a no mirarme en el gran espejo veneciano que hay colgado encima de la chimenea. Por lo demás, el cristal es tan antiguo y está tan oscurecido que apenas devuelve ninguna imagen. Cientos de bailes de máscaras han llenado ese viejo corazón resquebrajado, y ya no queda espacio para nada más.

—Signora Sofia. —Junto las manos como implorando perdón. Es como si estuviéramos interpretando una obra de teatro, Commedia dell’Arte. Arlequín trata de conmover a la descarada Colombina—. ¡Corazón, cerebro y estómago, todo eso es usted para mí! Debería haberle avisado. El caballero extranjero no podía quedarse. Fue algo totalmente imprevisto…, a mí también me ha sorprendido. Zarpa mañana al alba en una goleta inglesa y quería embarcar esta misma tarde a toda costa. —Le muestro las manos vacías en señal de que soy inocente. Sofia se encoge de hombros, aún ofendida, pero después de haber dado unas vueltas por la sala y de haber cambiado de sitio varias cosas que no había que cambiar, sale otra vez camino de la cocina y me deja solo. No repara en la bandeja con la porcelana quebrada. Los restos de las galletas de santos ya los he arrojado al fuego.

—¡El guiso de conejo me parece riquísimo, de verdad! —grito en dirección a esas espaldas tan anchas, pero ya no me oye.

El calor de la tarde ha dado paso a la frescura de la noche. Acabo de cenar guiso de conejo con un Port de Christo maduro y un racimo de uvas negras de postre. Nino va de puntillas por la casa, canturreando mientras enciende las luces. La canción trata de amore y odio, como todos los cantares. Nino tiene una voz preciosa, de veras que la tiene, profunda y dulce como la miel. A veces atrae con sus melismas a las mujeres hasta lo alto del monte, y ellas se buscan quehaceres por las terrazas, tan desvergonzadas como el gato montés, pero salen corriendo en cuanto asoma el muchacho. «Nino debe de tener la apariencia de un animal salvaje, pero canta como un dios», dice signora Sofia. Cuando estaba embarazada de él, hace ya veinte años, oyó una noche el rugido de los leones del monte. Por eso Nino tiene cara de león, con una melena dorada y áspera, una nariz ancha y carnosa, y los ojos finos y ambarinos de su madre; pero en tanto que la madre es opaca, el niño siempre me dirige una mirada clara y sin reservas. También sus pasos son los de un animal, y camina silencioso con los pies desnudos. En más de una ocasión me ha sorprendido, pero Nino casi nunca comprende lo que ve. Además, me quiere, fielmente y sin reparos, como quieren los leones.

Desde abajo, desde la ciudad, se oye un débil murmullo: son aquellos que han perdido a sus parientes por la fiebre, que ahora se reúnen para celebrar misas de difuntos en todos los templos de la ciudad. El rumor sube y baja como el zumbido de un enjambre enfurecido. Dicen que las guarniciones de Sperone y Crocetta, Begato y Belvedere, han empezado a dirigir los cañones hacia la ciudad: tanta es la angustia de los ricos gobernantes de Génova que la desesperación de los pobres provoca disturbios. La fiebre parece haber fermentado en los pozos de la ciudad, en esas cisternas romanas antiquísimas que deberían haber vaciado y limpiado tiempo ha. Una y otra vez han librado dinero para luego usarlo en otros menesteres, en los largos muelles de piedra de las casas de comercio o en la defensa de La Superba, que ahora, por cierto, se vuelve contra el corazón de la ciudad, los barrios portuarios. El agua de la casa procede de las montañas, de la fuente de la juventud, a juzgar por el sabor amargo y ferruginoso. Me sirvo un vaso lleno de la jarra de barro y lo apuro de un trago.

*

Tenía unos cinco años cuando me senté a una mesa por primera vez. En fin, no a la mesa de comedor de Hisinger, sino a la mesilla coja de la buhardilla del preceptor. Pero la cubría un mantel blanco y un plato de estaño abollado y un cuchillo, una cuchara y un tenedor, objetos todos ellos que mis ojos no habían visto jamás. Enseñoreándose del plato, en el centro, había dos hermosas patatas cocidas, amén de un nabo, las cuales yo debía proceder a cortar en cuadritos y comer como es debido. De premio me tenía Almqvist preparada una tira de carne de oso seca, pero tan apetitosa recompensa no se encontraba aún a mi alcance. Me encontraba, pues, haciendo equilibrios temerosamente en el taburete, con la seriedad y la formalidad que exigía la tarea, después de, por primera vez en mi corta vida, haber pasado por un baño de agua y por la lendrera. El propio Almqvist había calentado el agua para llenar el gran barreño, me frotó con unos trapos viejos y con piedra pómez y, por último, empapó mis greñas en vinagre. Luego se vio que era incapaz de desenredar la pelambrera, por lo que me cortó la larga melena rubia y la dejó reducida a unos pelillos cortos, una piel que no podía evitar tantear cuidadosamente. Aún me escocía el cuero cabelludo por el vinagre, y las picaduras de los piojos brillaban de un rojo reluciente, ya lo había visto yo en el espejo de barbero que había en el cuarto. Pero, además, vi otra cosa… Sencillamente, me había convertido en otra persona, ya no era una cría de trol ni una criatura salvaje, sino un chiquillo bien desarrollado, con un sayo muy pulcro y un par de bombachos desgastados y antiguos, que el preceptor había sacado de algún baúl cuando nadie lo veía. Seguía siendo Ros pero, al mismo tiempo, otra persona, Emilio y no Eloísa, me susurró Almqvist al oído.

A los buenos modales en la mesa siguieron pronto más ejercicios y más difíciles. Aprendí a leer y a escribir y luego pasamos al latín. «Trahit sua quemque voluptas», a cada cual lo mueve su deseo. ¡Yo sentía el deseo de saber igual que el hambre! Durante ese tiempo aprendí a comportarme, a caminar siempre de pie y a no meterme el cuchillo en la boca. En fin, no es que me guste pavonearme, pero aprendía con una facilidad y una inteligencia tan pasmosas para mi edad que Louis estaba asombrado. El capitán nos dejaba hacer mientras el invento no afectara a la formación de su hijo, o al repaso diario de sus atolondradas hijas en el francés de salón. A buen seguro que Hisinger tenía curiosidad por ver adónde conducirían las ideas pedagógicas del preceptor, aunque una vez lo oí reprocharle a Louis el que hiciera caso omiso de los órdenes superior e inferior de la naturaleza, el orden cristiano entre hombre y mujer.

—Es audaz, señor mío —decía Hisinger—, muy audaz, y por esa audacia puede venir a llevárselo el Maligno en persona. No pienso, sin embargo, poner trabas a su experimento. La naturaleza terminará imponiéndose —si no ahora, más adelante—, no es posible sacar fuego del barro.

A pesar de todo, el capitán había meditado lo suyo acerca del Emilio de Rousseau y tenía en su estudio una vitrina de puertas altas, un cuarto de maravillas en el que me permitía fisgonear en más de una ocasión. Contenía, entre otros objetos, un frasco de barro resquebrajado que, según me contó Almqvist, contenía el finísimo polvo de una momia, con el que Hisinger se había hecho en un mercado de El Cairo para usarlo como elixir de la vida y afrodisiaco. El frasco estaba sellado con una cerda negra y áspera y una gota de cera amarillenta.

—Así que ya ves, Ros —decía mi maestro—, que un simple frasco puede contener a todo un rey.

Yo observaba aquel recipiente tan pequeño, que la lija de la arena había suavizado, emblanquecido por un sol de un ardor incomprensible. Levanté la vista, observé el estudio, las paredes oscuras y el techo bajo, las ventanas con largueros de plomo, figurando una reja, y por primera vez se me antojó una prisión. Lo sentía por primera vez ahora que llevaba ropa de abrigo y que me alimentaba bien. Ahora que había aprendido a ver y a oír y a pensar. Y percibí que había otro mundo más allá de la hacienda y del espejo del golfo, un mundo más grande y mejor que el que había experimentado hasta el momento. Aún no había aprendido la palabra esperanza, pero puede que ya empezara a intuir su existencia.

Sea como fuere, al final conseguí la libertad, y la agarré bien con las dos manos. Después de once años en Fagervik, partí hacia Estocolmo con Louis Almqvist el otoño de 1820. No creo que la gente de la hacienda notara siquiera que me había ido. Sólo me llevé una pizarra y un caballo de madera ya muy viejo, un juguete que me dio en su día un buhonero amable, tallado toscamente y pintado de un color blancuzco y de azul, pero con pelo auténtico en la cola y en la crin. El caballo se llamaba Sueño.

Me di un último paseo por la mansión. Todo estaba desierto y silencioso, la familia Hisinger había viajado a Helsingfors unos días, y el servicio se mantenía en sus dependencias. Pero en Långa Längan estaban los caballos, tan hermosos, con la cabeza gacha, y me demoré unos instantes en aquella penumbra cálida y familiar mientras esperaba el coche, acariciando el hocico y las crines trenzadas, les susurré mis palabras de despedida en unas orejas muy tiesas, que lo entendían todo y no entendían nada. En el cercado de los perros gruñían los cazadores mientras me lamían los dedos con sus lenguas ásperas y se frotaban en mis piernas, como si comprendieran que debía partir y me dieran consejos de última hora. Yo había sido uno de ellos, no lo habían olvidado, y un perro nunca come carne de un igual…