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Herida Muy Profunda
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Veröffentlichungsjahr: 2016
Herida muy profunda
Marissa Farrar
––––––––
Traducido por Eva María Medina Cabanelas
“Herida muy profunda”
Escrito por Marissa Farrar
Copyright © 2015 Marissa Farrar
Todos los derechos reservados
Distribuido por Babelcube, Inc.
www.babelcube.com
Traducido por Eva María Medina Cabanelas
Diseño de portada © 2015 Marissa Farrar
“Babelcube Books” y “Babelcube” son marcas registradas de Babelcube Inc.
Página de Titulo
Página de Copyright
Un año antes
Capítulo uno
Capítulo dos
Capítulo tres
Capítulo cuatro
Capítulo cinco
Capítulo seis
Capítulo siete
Capítulo ocho
Capítulo nueve
Capítulo diez
Capítulo once
Capítulo doce
Capítulo trece
Capítulo catorce
Capítulo quince
Capítulo dieciséis
Capítulo diecisiete
Capítulo dieciocho
Capítulo diecinueve
Capítulo veinte
Capítulo veintiuno
Capítulo veintidós
Capítulo veintitrés
Capítulo veinticuatro
Capítulo veinticinco
Agradecimientos
Sobre la autora
Jenna Armstrong cogió del brazo al joven que iba hacia su coche.
—Por favor, Garrett, no cojas el coche a casa. Has estado bebiendo.
El hedor a alcohol la inundó con oleadas pútridas, combinadas con humo de cigarro, e incluso con el olor acre a la orina con la que debió de haberse rociado los zapatos en algún momento de la noche. Él siempre había tenido mala puntería.
Se libró de ella.
—No me digas qué hacer, foca. Sólo he bebido un par.
Sí, un par de botellas de whisky.
Sus palabras dolieron. Ella sabía que no era una chica delgada, para nada. Pero ¿qué eran unos insultos? Había sufrido cosas mucho peores a manos de Garrett. Sabía que debía abandonarlo, pero sus comentarios de que nadie más amaría a alguien de su tamaño hacían casa en su cabeza. Le aterraba pasar el resto de su vida sola si lo perdía a él. Pero quizá estar sola sería mejor que estar con Garrett. Él hacía todo lo posible para ningunearla, para desgastar la pequeña cantidad de confianza en sí misma que poseía. Incluso en la rara ocasión en la que ella se las arreglaba para perder algunos kilos, él la pillaba frente al espejo y comentaba que sólo se le notaba la pérdida de peso en sus tetas.
Cuando había llegado a casa del trabajo esa noche, Garrett le había dicho que la invitaba a salir. Había estado encantada, y se puso unos vaqueros que abrazaban sus amplias curvas y un top vaporoso para disimular la barriga de la que siempre era consciente. Había pensado que iban a salir a cenar, pero en vez de eso, la llevó a un bar de mala muerte del cual ahora acababan de salir, y le dijo que le trajera una ronda mientras él jugaba con las máquinas de apuestas. Debió haber dejado de comprarle tragos hace más de una hora, pero cuando sugirió que ya había bebido suficiente, fue desagradable con ella. Imaginó que sólo conduciría a casa ella y que con suerte él dormiría la mona. No había pensado que pelearía sobre quién conduciría.
—Por favor, Garrett. Sólo déjame conducir. No es gran cosa. —Podía oír el tono quejoso entrando en su voz e intentó detenerse. Él odiaba cuando se ponía quejosa.
—Joder, éste es mi coche. Lo conduciré si quiero hacerlo.
Tenía que enfrentarse a él. No lo hacía muy a menudo y, en la rara ocasión en la que lo había hecho, había sido recompensada con un empujón contra la pared, o con tener un puño a centímetros de su rostro. Nunca había ido tan lejos como para pegarla, pero con bastante frecuencia había amenazado con hacerlo.
Jenna estiró su brazo para quitarle las llaves de la mano, pero él fue sorprendentemente rápido para alguien que había bebido tanto. Las apartó de su camino y las sostuvo por encima de su cabeza, fuera de su alcance.
Se rió con maldad.
—Ahora no puedes alcanzarlas.
—Conseguirás matarte o matar a otra persona si intentas conducir hasta casa. Lo digo en serio, Garrett.
—Cierra la puta boca. Estoy bien. Sé cuándo bebo demasiado. Joder, no eres mi madre. ¿Cuándo te has convertido en una mojigata de mierda?
Finalmente se hartó de sus necedades.
Jenna puso los brazos en jarras.
—¿Sabes qué, Garrett? Adelante. Conduce a casa. No me importa si chocas contra un poste de luz. Yo caminaré.
Incluso cuando se puso en camino por la calle, la culpa se abrió paso en su corazón. ¿Y si realmente tenía un accidente? ¿Y si lastimaba a alguien más en el proceso? Nunca se perdonaría a sí misma. Tenía que llamar a la policía y denunciarlo. Él la mataría (literalmente la mataría) y su relación se terminaría, pero no podía dejar que se hiciera daño o que hiciera daño a otra persona.
Sacó su móvil de su bolsillo y levantó un dedo para darle vida al teléfono, pero una mano le envolvió la muñeca, los fuertes dedos apretaron mucho. El dolor le subió por el brazo y su mano se abrió instintivamente. El teléfono cayó al suelo, la carcasa se abrió, la batería rodó por la acera.
Jenna apenas logró hacer una exclamación antes de que su brazo fuera retorcido detrás de su espalda y de que fuera llevada a la fuerza hasta el coche de Garrett. Él le dio la vuelta para mirarla de frente y la empujó para que su espalda chocase contra la cubierta metálica del coche. Le subió un dolor por la espalda.
—¿A quién demonios estabas llamando? Espero que no pensaras que alguien vendría a recogerte.
—Garrett, déjame en paz. Me estás haciendo daño. —Intentó liberar su muñeca. Bajó la mirada hacia donde sus dedos se hundían en su piel. Sus uñas estaban demasiado largas y tenían tierra incrustada. Una repentina oleada de náuseas se apoderó de ella. ¿De verdad le había permitido tocarla con esas manos?
—Ni de coña. Vendrás conmigo, te guste o no.
Le dio otro empujón, como para que captara el mensaje, y luego estiró su brazo más allá de su cuerpo para abrir la puerta del copiloto.
Un par de tipos salieron del bar para fumar y, aunque miraron a Jenna, hablaron entre ellos en vez de hacer algo para intervenir.
—Entra al coche —le siseó Garrett al oído, el olor a alcohol y a cigarros la inundaron.
—¡No, estás borracho!
Su tono bajó hasta ser un rugido amenazador.
—He dicho que entres al puto coche.
Ella plantó sus pies y cuadró los hombros, rehusándose a moverse; pero, aunque Garrett tenía sólo unos diez kilos más que ella, era muchísimo más fuerte. Antes de que pudiera defenderse, se encontró siendo empujada hacia delante, rodeando a la fuerza la puerta del coche y siendo metida en el asiento del copiloto. Él dio un portazo detrás de ella.
Frenética, se arrojó sobre el asiento, planeando salir por el lado del conductor, pero un ruido metálico sonó en las cuatro puertas, y se dio cuenta de que la había encerrado dentro. Un miedo real le punzó el corazón, se le erizó la piel. ¿Qué tan lejos llegaría Garrett con esto?
Su rostro apareció de repente en la ventanilla del conductor. Tenía una enloquecida sonrisa de «¡Sorpresa!» en su cara, como si todo esto fuera un gran juego. El cierre centralizado del coche hizo clic al abrirse otra vez, y Jenna se alejó de él y volvió a girarse hacia la puerta del copiloto. Sus dedos forcejearon con la manija y abrieron una hendija la puerta antes de que Garrett estuviera dentro del coche con ella. Le sujetó el brazo, volvió a tirar de ella hacia dentro, estiró su brazo y cerró la puerta. Presionó el botón para cerrar todas las puertas.
—No queremos que tengas ninguna idea estúpida más, ¿no, zorra?
Aunque no quería llorar frente a él, calientes lágrimas bajaron por sus mejillas.
—Por favor, Garrett. Sólo déjame salir. Ambos iremos a casa en taxi y luego podemos hablar de esto.
—¿Hablar de esto? —se burló él—. ¿De qué diablos querría hablar?
Ella miró hacia el bar, con una última chispa de esperanza de que alguien haya visto lo que estaba pasando y viniera en su ayuda, pero los tipos que habían estado fumando lanzaron sus colillas al suelo y las pisaron con sus botas antes de volver a entrar al bar. Debió de haber estado demasiado oscuro para que se dieran cuenta de que estaba pasando algo más que una discusión de pareja.
Nadie vendría a ayudarla.
El motor rugió a la vida a su alrededor, los focos delanteros iluminaban la zona delante del coche. Garrett pisó a fondo el acelerador, saliendo al derrape del aparcamiento. El movimiento la arrojó a un lado y luego al otro, y rápidamente estiró su brazo para coger el cinturón de seguridad. Puso el cinturón a través de sus pechos y abrochó el metal en su lugar.
Jenna se sentó en su asiento, aferrándose a la puerta con una mano y al borde de su asiento con la otra, con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. El bar donde habían estado estaba localizado a las afueras de la ciudad, y Garrett iba rápido por la carretera vacía, su velocidad incrementaba de manera gradual. Cincuenta kilómetros por hora... Sesenta kilómetros por hora... Ochenta kilómetros por hora...
Llegó a los noventa y cinco y apenas disminuyó para hacer una curva, haciendo que ella se aferre con más fuerza al asiento.
—Por favor, Garrett. Ve más despacio.
Él se rió.
—Ni hablar. Lo estoy pasando en grande. —Sacó una mano del volante y estiró su brazo para darle un apretón apreciativo a la parte superior de su muslo—. ¿No te estás divirtiendo, Jenny, mi pequeño chochín?
—No, no me estoy divirtiendo. Me estás asustando. Por favor, ve más despacio. —Usó lo único que le quedaba. Forzó una sonrisa y puso su mano sobre la que tenía en su muslo—. Si nos llevas a casa a salvo, te demostraré lo agradecida que estoy.
La miró de reojo y el gran desprecio en sus ojos hizo que el corazón le diera un vuelco. Sacó su mano y al menos ella se calmó al ver que volvía a ponerla en el volante.
—Estarás agradecida cuando te diga que estés agradecida. ¿Entendido?
—Lo que tú digas, Garrett. Sólo mira a la carretera, ¡por favor!
Los focos delanteros daban pleno resplandor, iluminando la carretera con una tonalidad casi sobrenatural.
Un coche iba hacia ellos desde la dirección contraria. El conductor les hizo luces un par de veces para decirle a Garrett que bajara los focos delanteros, pero Garrett sólo se rió y le hizo la peineta. Estaban ahora acercándose a la ciudad. El apartamento que compartían estaba cerca del centro. Él tendría que bajar la velocidad antes de llegar a la zona edificada o la policía les pisaría los talones en un instante.
Lágrimas se derramaban por su rostro; sus hombros y cuello estaban tensos, sus ojos abiertos de par en par. El corazón latía demasiado rápido en su pecho, y su terror la hacía sentir náuseas. Su respiración llegaba en arrebatos de pánico, tragándose el aire entre sollozos asustados.
Un repentino movimiento fue hacia ellos de frente y, antes de que ella pudiera reaccionar, Garrett pisó el freno. El coche empezó a derrapar, arrojando a Jenna hacia un lado, haciendo que su cinturón de seguridad la sujetara.
Atisbó el rápido movimiento de la cola blanca de un ciervo cuando éste llegaba a salvo al otro lado de la carretera. El coche empezó a bajar la velocidad y ella respiró con alivio. No habían golpeado al ciervo. A pesar de que Garrett iba muy por encima del límite legal, se las había arreglado para controlar el coche.
Focos delanteros iluminaban la carretera, rodeando la curva, hacia ellos.
Oh, mierda. Estaban en el carril equivocado.
—¡Garrett, muévete! —gritó.
Pero el enorme camión de dieciocho ruedas se abalanzó sobre ellos sin siquiera frenar. El conductor no había visto el coche metido en el lado equivocado de la oscura carretera.
Los focos delanteros se hacían más grandes y más brillantes en la ventanilla del copiloto. Jenna se sentó, congelada por el miedo, cuando el camión golpeó el lateral del coche.
El chirrido del metal doblándose y retorciéndose llenó sus oídos. La luz blanca era tan brillante que la cegó.
Y ya no supo más.
—Joder, joder, joder.
Jenna golpeó con sus puños el volante, acentuando cada palabrota.
El extraño traqueteo que su viejo Honda había estado haciendo durante los últimos días había finalmente causado que el coche se detuviera. Se las había arreglado para poner el vehículo en el arcén antes de que parase del todo, pero ahora estaba atascada en Dios sabe dónde sin forma de seguir en movimiento.
Se maldijo por intentar ahorrar unos billetes y no pagar la cobertura de averías en su seguro. Debió haber sabido que terminaría necesitándola, especialmente considerando que su coche tenía más de diez años y ya había cubierto cientos de kilómetros en una semana.
Reclinándose en su asiento, dejó salir un suspiro. Lo primero que necesitaba hacer era averiguar dónde diablos estaba. No había planeado parar durante al menos otros ochenta kilómetros, así que no había prestado atención a las ciudades que estaban en esta ruta.
Había una señal un poco más adelante en la carretera. Estiró el cuello hacia delante, entornando los ojos, intentando leerla.
Arlington, cinco kilómetros.
Nunca antes había oído hablar de ese sitio. Debía de ser un pueblito de paletos, pero siempre y cuando tuviera un taller, no se quejaría.
Jenna miró sobre su hombro a sus pertenencias apiladas en el asiento trasero. Su ropa estaba esparcida por todas partes. Cajas de comida para llevar, envoltorios vacios de caramelos y botellas de refrescos de plástico cubrían la zona para los pies del pasajero. Aunque la mayor parte del tiempo los gérmenes la ponían nerviosa, por alguna razón sentía que el coche era su propio espacio personal, un lugar donde las infecciones del mundo exterior no podían entrar. Aunque siempre usaba toallitas desinfectantes si alguien más tocaba el coche por cualquier razón, su propio desastre no le molestaba.
Dos pensamientos entraron en su mente: ¿Tenía la intención de abandonar todas sus pertenencias mundanas en el arcén de la carretera mientras caminaba al siguiente pueblo, y realmente iba a dejar que un mecánico viera el horrible desastre que era su coche? No iba a empezar a limpiar el interior ahora, pero no podía dejar todas sus pertenencias allí. Aunque no tenía mucho, dejar su portátil en el coche ni siquiera era una opción. Podría sobrevivir sin todo lo demás, pero su portátil era su medio de supervivencia; y si no lo tenía, no trabajaba. Si no trabajaba, no comía; y en la mente de Jenna eso era tan malo como no vivir en lo más mínimo.
Suspiró otra vez y se reclinó en el asiento para coger el maletín del portátil y su bolso. El resto de sus cosas tendrían que quedarse. Al menos llevaba puestas unas deportivas, así que no tendría que preocuparse por ganarse unas ampollas por la caminata.
Jenna ató sus largos y oscuros rizos con una cinta para el pelo para mantenerlos alejados de su rostro. Abrió la puerta de su coche y salió, sacando con ella sus dos bolsos. Colgándolos en su hombro, empezó a caminar hacia el pueblo.
A los diez minutos, ya estaba jadeando y resoplando. Sus bolsos parecían tener el doble de peso con cada paso que daba. No era de ir al gimnasio; y los kilos de más en su cuerpo, combinados con su aversión al ejercicio, significaba que sus caderas y las articulaciones de sus rodillas estaban empezando a dolerle. Los cinco kilómetros de repente parecían una distancia ridículamente larga.
Unos coches pasaron junto a ella y pensó en levantar el pulgar. Pero las probabilidades de que alguno de ellos fuera al siguiente pueblo eran bastante remotas. La mayoría continuaban por la autovía. Ella bajó por una salida de la autovía, siguiendo la señal hacia Arlington. El día estaba nublado pero todavía cálido, y la transpiración empezó a formarse bajo sus brazos y a caer por su escote. Sus pasos se volvieron pesados, y las caras internas de sus muslos empezaron a rozarse.
El rugido de un motor se acercaba por detrás. Miró atrás para ver a una camioneta Ford de plataforma plana empezar a disminuir la velocidad mientras se acercaba a ella. La camioneta era vieja —al menos de los años 70—, pero estaba en una condición impecable, con la pintura roja brillante.
Jenna dudó, insegura de si debía fingir que no lo había visto y seguir caminando, o si debía girarse y hacerle señas para que parase. Estaban ahora en la carretera de doble sentido que iba a Arlington, y la camioneta iba en la dirección correcta.
Alzó sus bolsos para ponerlos en una posición más cómoda y su espalda gimió en respuesta. La transpiración le bajó desde el nacimiento de su cabello y cayó en sus ojos, haciéndolos escocer. Maldición. Sólo había caminado alrededor de kilómetro y medio, y pensar en hacer eso otras dos veces hizo que se decidiera.
Luciendo su sonrisa más ganadora, y con la esperanza de que quien sea que condujera no notase su rostro transpirado ni las manchas oscuras en su camiseta, se giró con un brazo extendido.
El conductor ya había comenzado a señalizar y a aparcar cerca de ella. Tenía la esperanza de que no acabase de hacerle señas a un asesino en serie ni a un violador. Era demasiado consciente de los peligros a los que se enfrentaba una mujer sola en la carretera, aunque las personas que había conocido le habían causado más daño de lo que un extraño le había hecho nunca.
La camioneta se detuvo un poco más adelante, y Jenna trotó para alcanzarlo con la esperanza de no trastabillarse con la gravilla, matas de malas hierbas y baches en el arcén de la carretera. Accidentalmente pateó una lata de refresco vacía y la hizo escabullirse hacia el asfalto.
Llegó a la camioneta para encontrar que la ventanilla del copiloto ya estaba bajada.
Su corazón latió a trompicones cuando le echó un vistazo. Un joven de unos veinticinco años (más o menos su edad), supuso, se sentaba en el asiento del conductor. Un antebrazo musculoso cubierto de tatuajes estaba apoyado en el volante cuando giró su cara para mirarla de frente. Los tatuajes continuaban subiendo por su brazo y desaparecían bajo la manga de su ajustada camiseta blanca. Su cabello estaba despeinado y un poco demasiado largo, y vislumbró algunos tatuajes más subiéndole por su ancho cuello y un pequeño anillo de plata incrustado en su lóbulo. Su firme mandíbula tenía una descuidada barba de pocos días, sus labios eran carnosos. Cuando abrió la boca para hablar, sus dientes estaban rectos y blancos, y pudo atisbar un diminuto destello de plateado en su lengua.
Por Dios, ¿dónde más está perforado este tipo?
Ese pensamiento hizo que el calor en sus mejillas elevara.
—Hola —dijo el tipo—. ¿Necesitas que te lleve?
No podía decidir si debería decirle que no y seguir caminando, o aceptar y subirse a su regazo. Este tipo era todo contra lo que su madre —cuando había estado viva— le había advertido. Pero sus ojos eran de un brillante y penetrante color azul, y aunque tenía cara de traer problemas, su sonrisa era tan adorable que te derretía el alma.
—Esto... sí. Mi coche se ha averiado en la carretera. Tengo que llegar al siguiente pueblo para encontrar a un mecánico.
Él sonrió.
—No es necesario llegar al siguiente pueblo.
—¿Eh? —La había puesto nerviosa—. ¿No?
—Nah, tienes uno sentado justo aquí.
Ella parpadeó en señal de sorpresa.
—¿Eres mecánico?
—Claro que sí. ¿Qué tan atrás está tu vehículo?
—Alrededor de kilómetro y medio al sur de esta carretera.
Él se estiró para abrirle la puerta del copiloto, y ella intentó no mirar fijamente a los numerosos tatuajes ni a la forma en la que los músculos de su antebrazo se tensaron cuando empujó la puerta.
—Sube.
Jenna puso sus bolsos con cuidado en el espacio de los pies y luego subió. Resistió el impulso de sacar las toallitas desinfectantes de su bolso y limpiar cualquier zona que tuviera que tocar. Necesitaba tener cuidado con los gérmenes. Además, cuando conducía otra gente siempre se ponía nerviosa (normalmente evitaba eso a toda costa) y la persona que conducía en esta ocasión no ayudaba.
—¿Y a dónde ibas? —preguntó.
Ella se encogió de hombros.
—A ningún lugar en particular. Sólo conducía hasta que algún sitio me llamase la atención.
La miró con las cejas alzadas.
—¿En serio? ¿Estás viajando o algo así?
—Supongo que podrías decir eso. No me gusta quedarme en un lugar, eso es todo. —Su tono fue más seco de lo que pretendía, y la miró raro, con sus ojos azules ligeramente entrecerrados.
—Vale —dijo mientras hacía girar a su camioneta en U y volvía a hacer el camino que ella acababa de caminar—. Soy Ryker.
—Jenna —dijo con una sonrisa, intentando compensar su frialdad. Este tipo se estaba ofreciendo a ayudarla y no quería cabrearlo.
—Encantado de conocerte, Jenna. Nada mejora más mi día que recoger a chicas bonitas del arcén de la carretera.
Ella se rió.
—Sí, claro. —Era obvio que él tenía la esperanza de hacer ese trabajo. Podía abstenerse de los falsos halagos. No era que ella tuviera un montón de opciones.
Volvió a la carretera, y Jenna se inclinó hacia delante señalando a su Honda.
—Ése es.
Ryker paró en el arcén.
—Vale, espera aquí. Tengo algunas herramientas en la parte trasera. Iré a echar un vistazo. ¿Tienes las llaves?
Se las pasó, y él le sonrió y le guiñó el ojo.
—Soy un mago con todo lo que tenga motor. Voy a hacer que vuelvas a la carretera en un abrir y cerrar de ojos.
—Genial, gracias —dijo, aunque su estómago dio un vuelco en señal de decepción. ¿Parte de ella tenía la esperanza de poder pasar un poco más de tiempo en compañía de Ryker? Observó los músculos de su espalda moverse bajo su camiseta. El calor hacia que la tela se le pegara a la piel mientras trotaba hasta el otro lado de la carretera.
Levantó el capó y se inclinó, la mirada de ella se concentró en la tela desgastada de sus vaqueros desteñidos en la parte que cubría su culo. Los tatuajes y las perforaciones corporales no eran por lo que normalmente se decantaba (si es que existía tal cosa), pero tenía que admitir que el tipo estaba muy bien.
Jenna suspiró y se abanicó la cara con la mano, deseando que la vieja camioneta tuviera aire. Lo último que quería era parecer un desastre sudoroso frente a Ryker, aunque supuso que ese barco ya había zarpado. De todos modos, él sólo estaba buscando trabajo y, en el mejor de los casos, se había apiadado de la gorda en aprietos del arcén.
Volvió a mirar y encontró a Ryker saliendo de la parte inferior de su coche. Se sacudió la tierra de su espalda y luego la miró. La pilló mirando y negó ligeramente con la cabeza.
Maldición. ¿Qué significaba eso?
Ryker miró a un lado y a otro de la carretera y luego cruzó la corriendo. Lanzó su caja de herramientas a la parte trasera de la camioneta y subió al asiento del conductor.
Se volvió para mirarla.
—¿Quieres la buena noticia o la mala?
—Mmm, ¿la mala noticia primero?
—La mala noticia es que casi todo el tubo de escape está oxidado. Voy a tener que pedir algunas piezas y es probable que te cuesten unos seiscientos dólares.
—Mierda. —Posiblemente ni el coche no valía tanto—. ¿Y cuál es la buena?
—La buena noticia es que puedo remolcarte a mi taller, así que tendrás la oportunidad de pasar unos días en Arlington mientras arreglo tu coche.
—Estupendo —dijo ella con voz monótona. Por dentro, su estómago se retorció con emociones encontradas. No quería tener que quedarse en un lugar, no ahora especialmente, pero la idea de volver a ver a Ryker hacía que algo revoloteara dentro de ella.
Además, no tenía mucha opción.
Le sonrió a Ryker.
—Entonces parece que tendrás que remolcarme.
Le correspondió la sonrisa.
—Y tendré que mostrarte todos los principales monumentos de Arlington.
—¿Tiene monumentos? —dijo, vacilante.
El tono de él bajó cuando dijo:
—Tal vez no, pero estoy seguro de que puedo mostrarte algo.
El entusiasmo le corrió por las venas. ¿Sólo se estaba ofreciendo a mostrarle el pueblo, o sus palabras contenían la promesa de algo más?
El taller donde Ryker trabajaba estaba situado a las afueras del pueblo.
Maniobró e hizo entrar marcha atrás a su coche a la zona de trabajo, y luego bajó de un salto para desenganchar el gancho de remolque. Jenna también bajó, aferrando sus bolsos con fuerza y echándole un vistazo al taller. El olor acre a aceite alcanzó a su nariz, los humos le hicieron picar los ojos.
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