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Lucrecia Mirad

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Beschreibung

Evidencio Triputti nace y trabaja en Rosario; y en el Pasaje Francés pone su nueva agencia de investigaciones, junto con Daniel y Rogelio Salmona. Es un hombre mayor, decidido a meterse donde no lo llaman y también a no dejar que su vida sea demasiado tranquila. Rencores viejos y el alerta de un amigo, el Comisario Vignoli lo hacen emigrar por un tiempo desde Rosario hacia Casilda. Oculto a la vista de todos. Las muertes de dos alemanes viejos y olvidados lo ponen de nuevo en marcha, de la mano del citado Vignoli y su ad later Urueña. Un reservado colaborador informático de la policía. Historias clausuradas. Muertes olvidadas. Reliquias de otras guerras y parte de muchas vidas oscuras que salen a la luz; dentro de la paz de esa ciudad tranquila del centro de la Provincia de Santa fe.

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Seitenzahl: 129

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Lucrecia E. Mirad

Hinter

Novela

Baltasara Editora

Mirad, Lucrecia E.

Hinter / Lucrecia E. Mirad. - 1a ed . – Rosario : Baltasara Editora, 2024.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-3905-78-0

1. Novelas. I. Título.

CDD A863

Diseño Tapa: GJC

Ilustración de tapa: Aldo Ciccione-Chacal

© Baltasara Editora – Año 2021

2000 Rosario - Prov. de Santa Fe – República Argentina

Teléfono/Fax: +54 341 4210465

E-mail: [email protected]

www.baltasaraeditora.com

Libro de edición argentina. Impreso en Argentina.

Queda hecho el depósito que establece la ley 11.723.

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma y por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.

1

–¡Tripa! ¡Qué te pasa! ¿Te volviste loco? La pinta remembrada de tu consecuencia ¿Qué te pasa?

Hacía mucho que Rogelio Salmona no me decía Tripa y hacía mucho más que no lo escuchaba maldecir así. De esa manera florida como sus camisas caribeñas. No le contesté y seguí con lo mío.

–¡Pará Tripa!, ese es el escritorio de Daniel ¿Qué carajo buscás?

–Todos los papeles, Salmona. Todos, y los voy a quemar. Después contrato al pibe que rotula en la esquina y le digo que saque esta letra gótica de mierda del vidrio. Esto parece una oficina de vampiros y no una agencia de detectives. ¡Y que saque mi nombre también! No, que saque mi nombre antes que todo. Y de la papelería… me hago cargo, me hago cargo; yo las quemo, yo las pago.

–¡Pará Tripa! ¿Qué te pasa? Estoy de acuerdo con vos, las letras góticas en el vidrio son horribles, pero Daniel las hizo sin maldad, de puro servicial y entusiasta.

–Justo con la empresa se la tenía que tomar. Se la pasó cinco años sin sacar una puta tela de araña del Pasaje cuando era el encargado de mantenerlo limpio y ahora que es un socio de la agencia se la agarró con esto. ¡Mirá! ¡Mirá! EVIDENCIO todo en mayúscula y encima TRIPUTI, sin la doble T.

–Pará, Tripa. Pará, si no te molestó en estos tres años, por qué te molesta ahora. A vos te pasa algo más. ¿Qué te pasa Evi?

–¿Me estás jodiendo, Salmona? ¿Cuándo en la puta vida me llamaste Evi? Sabés que odio que me llamen Evi.

–Sí, disculpame, se me escapó. Pero, ¿qué te pasa?

Salmona pidiendo disculpas era todo un espectáculo digno de mover cielo y tierra. Bajé un cambio y sin soltar los blocks de hojas membretadas, las tarjetas y los sobres; me senté y le conté lo que me había pasado a la mañana.

–Tres pibes, entendés Gordo, tres pibes… –Salmona sabía que cuando le decía Gordo, era porque este viejo cabrón estaba otra vez pisando tierra. Seguí: –se pararon frente a la puerta de la oficina. Eran chicos porque ni siquiera asomaban las cabezas por el vidrio. Se largaron a reír. ¡Evidencio Triputti! ¡Qué boludo! … llamarse Evidencio y ser investigador de evidencias. Se fueron riendo a carcajadas.

Salmona no me entendía. Lo sabía por su mirada. En vano intentó convencerme de que ahora los chicos dicen ¡Boludo! ¡Bolu! a cada rato. Yo sabía que era cierto. Lo sabía pero en ese maldito momento de la mañana, justo en ese momento me acordé de las cargadas de mis compañeros de la secundaria que me decían: ¡hay evidencia que Evidencio es un boludo! Y el hecho es que lo era. No se lo dije a Salmona. Pero ese dolor viejo, casi rancio, me puso furioso y sacó al cabrón que soy.

–No te preocupes Rogelio, sé lo que hago y me hago cargo. No avises a Daniel. Mañana traigo toda la papelería nueva, sin esas letras góticas de mierda y con mi nueva identidad. Yo le explico, yo le explico. Lo de I.P. me gustó pero me cambio el nombre, Investigador Privado ETriputti, así:

I.P. ETriputti

–Así, Salmona, así: ETriputti. Y te aclaro que dejo Agencia de Investigaciones General San Martín para no herir a Daniel. Pero Evidencio vuela, ¡vuela! De-sa-pa-re-ce.

Volví a gritarle a ese hombrón con mirada inocente que sabía que yo no estaba diciendo todo y que él no estaba entendiendo nada. Una charla con June me hubiera hecho bien, pero el negocio de Galicia estaba cerrado por duelo y June andaba de velorio. Ni quise preguntar. Tampoco fui a verla a la funeraria. Ella sabe que para mí los velorios son cosas de mujeres.

2

Llegué tarde a la oficina. No demasiado, pero más tarde que Daniel. Como nunca, él llegó temprano, no nos vimos; me hubiese gustado explicarle. Seguramente vio el rótulo nuevo del vidrio. No me llamó por teléfono para pedir explicaciones. De alguna manera había violado la regla número 1 de la sociedad: toda decisión se toma en conjunto. Regla que, por otra parte, la había puesto yo por desconfiar de la inoperancia de ellos. No me había llamado, seguro que se enojó, pensé culposo.

Al rato llegó Salmona, otra vez caminando como un yacaré herido. Otra vez el ciático.

–¿Viste a Daniel? –pregunté preocupado.

Salmona demoró en acomodar en la silla su humanidad y su dolor. Sacó su teléfono del bolsillo y pidió al bar de la planta baja un café con dos medialunas.

–¿Te pido algo?

Salmona, en determinadas ocasiones como ésta tenía la virtud de sacar lo peor de mí. Sin embargo no quise volver a enojarme con él por un problema que había iniciado yo. Puso música. Otra vez los 300 y esa cumbia maldita. Parecía que estaba haciendo todo lo que me irritaba que eran bastantes cosas, lo admito.

Volví a preguntar con más intensidad

–¿Viste a Daniel?

–¡Ahhh! Sí, sí, lo encontré bajando la escalera ¿No se encontraron? Me dijo que venía de la oficina, que se escapaba un ratito y que después volvía. Dijo que te había dejado un papel sobre el escritorio, me comentó algo también de un mal olor en la oficina y que había dejado la ventana abierta para que cambiara el aire… ¿Y vos sabés que tiene razón? Huele a muerto aquí dentro.

–¡Qué sé yo! Debe ser el vinilo nuevo de la puerta.

–¡No! Huele como a podrido, como a huevo podrido.

–El ácido sulfhídrico tiene olor a huevo podrido, pero no creo que…

–Dejate de joder, huevo podrido de verdad o queso fuerte, de ese francés.

Toda esta charla vana me alejaba de lo importante. La ventana abierta había volado el papel que Daniel había dejado sobre mi escritorio. Una de las particularidades que este hombre tenía y que también me irritaba, era la costumbre de escribir los mensajes en papeles diminutos que luego invariablemente perdíamos. El tamaño de la nota, el viento y Salmona me estaban convirtiendo en olla a presión. Salmona debe haber visto mi mirada de odio y rápidamente se puso a buscar el papel, de repente gritó:

–¡Aquí esta!

–¿Qué dice?

–No, no encontré el papel, encontré restos del sandwich del lunes en el cesto de papeles.

– ¡Dejáte de joder Rogelio!

El hombrón me alcanzó el papel diminuto con un número de teléfono y detrás un nombre Comisario Vignoli de Casilda. Hubiera preferido que encontrara el sándwich apestoso. Vignoli ¿qué querría Vignoli? Ese hombre había sido pareja de María Rosa. Entre nosotros dos reinaba una calma tensa; protocolar y tensa. Me resultaba extraño que me llamase y más extraño aun, desde Casilda. Quizá lo hubieran transferido allá. Guardé el papel dentro de la billetera para no perderlo. Ahora tenía tres preocupaciones. Daniel, Vignoli y el olor a podrido. Mal día.

3

Como era de esperar que sucediera, olvidé a Vignoli. Toda mi preocupación estaba puesta en Daniel y en mí mismo por haber quebrado la regla número 1 de la sociedad. Este detective racional y certero se hacía polvo cuando alguno de esos dolores ocultos y jamás demasiado ocultos se hacía presente. Y no hablo de María Rosa. Tampoco de June que, por otra parte, nunca fue un dolor; quizá porque nunca fue un amor. Tampoco de Dalila, aunque esa mujer sí que sabía castigar.

Segundo día sin encontrar a Daniel. Me dolía su ausencia. A estas alturas ya estaba seguro de que su ofensa era enorme. Tan grande como para dejar la Agencia. Quizá anduviese por allí buscando otro trabajo de jefe de logística de una agencia de detectives de morondanga. Aquí: pausa. ¿De morondanga? ETriputti, nos prometimos que basta de victimismo. Corrijo: Agencia de detectives de bajo presupuesto. Mejor. Mejor.

Interpelé a mi socio:

–Salmona, ¿sabés algo de Daniel?

–..................................

–¡Salmona! ¡Sacate los auriculares, carajo! –grité mientras pateaba su escritorio. No estábamos hechos para compartir esa oficina. No estábamos hechos para compartir nada. Ni él, ni yo.

–¡Carajo! ¿Qué pasa?

–¿Sabés algo de Daniel?

–Sí, me mandó un mensaje; se demora un poco. Está haciendo algún trámite que no entendí bien. No sé. Creo que era algo de recargar el extintor o algo así. O renovar la oblea del gas. Algo que tenía que ver con el auto. Más o menos.

Más o menos nada. El hecho es que Daniel no estaba y que tampoco me había mandado el mensaje a mí. Su jefe. Confirmado: Daniel estaba en estado de ofensa supina.

–¿Tripa? ¿Llamaste a Vignoli?

–¿Por qué me decís Tripa? ¿Vos también estás enojado?

–¿También?

– ¡Dejá! ¡Deja!

Estaba en un estado insoportable. Para mí y para los demás. Los tres pibes, las letras góticas, las cumbias de Salmona, el olor a podrido, el enojo de Daniel y ahora Vignoli. ¿Qué querría este hombre? No éramos amigos, aunque su separación de María Rosa atemperó un poco la tensión. Yo no era un ex marido cualquiera y María Rosa no era una ex mujer cualquiera. A pesar del macho, los celos y mi carácter ligeramente acabronado, como decía Galicia, Vignoli era un tipo limpio. O por lo menos siempre lo pareció. Él se había animado a rajar de la fuerza a Silvestre y a Vargas. Vargas terminó en cana. Silvestre se salvó por un pelito. Su foja de servicios estaba limpia. Más tarde lo llamaría. Sí.

Salmona se había ido a una entrevista con un señor que recién llamaba. Necesitaba un investigador privado y muy privado. No dio detalles por teléfono. Me juego lo que me queda de guita en la billetera que es un caso de celos.

Absorto en mi libreta de notas, no escuché el ruido leve de la puerta que se abrió. Era Daniel.

–Hola Jefe –dijo como si nada le estuviera sucediendo. La calma que antecede la tormenta, hubiera dicho el mismo Daniel en su poderosa manía de responder con refranes.

–Te quería hablar por el temita del vidrio

–Quedó muy lindo.

–¿Te gusta?

–¡Sí! La otra letra era asquerosa. Yo no decía nada por respeto a usted, pero qué feas que eran. No se entendía nada lo que decía.

–¡Pero… si se te ocurrió a vos! Vos las encargaste, las hiciste hacer junto con la papelería y las pagaste de tu bolsillo como augurio de tiempos mejores. ¡Se te ocurrió a vos!

–¿A mí? –dijo con incredulidad.

Listo, cartón lleno. Para remontar lo que quedaba del día fue suficiente saber que Daniel no estaba molesto conmigo. El resto era para dejar pasar. Pedí permiso y me fui a la vereda a hablar por teléfono con Vignoli. Esa maldita Jaula de Faraday de la estructura de hierros del Pasaje Francés y mi teléfono berreta no me dejaban hablar desde dentro. Salmona podía hablar sin problemas. Su teléfono era mejor que el mío. Busqué el número en la billetera y me concentré en aflojar el nudo en el estómago. No sólo era un comisario de la vieja escuela, de esos formales de papeleo y escalafón, era Vignoli.

4

–¿Llamaste a Vignoli?

–Sí, atendió el contestador. Dejé mensaje. Espero un poco y si no me llama lo vuelvo a llamar; no quie…

Daniel entró a la oficina interrumpiendo la charla.

–¿Llamaste a Vignoli? –ahora preguntó Daniel, directamente y sin saludar.

Tanto interés en Vignoli me hacía sospechar. Ellos sabían algo y no me lo estaban contando. Estaban rompiendo la regla número 2 de la sociedad: nada de secretos. No podía decir mucho; yo había roto la número 1.

–¿Hay algo más que necesito saber?

–Lo siento, Jefe. Hable con Vignoli –eso dijo Daniel antes de que los dos se fueran o escaparan hacia la nueva pesquisa.

Me alegré por no haber jugado la moneda que quedaba en mi billetera porque hubiera perdido. El caso de extremo sigilo del que me había hablado Salmona tenía que ver con el estudio de agrimensura de la oficina 15. Alguien “traducía” los datos que el agrimensor tomaba con recelo. Traducción al costo era la sospecha.

Vignoli venía a mi cabeza desde todos los ángulos posibles. Ya no más en la cama con María Rosa, esa etapa estaba superada. Vignoli trasladado a Casilda me sonaba a un correctivo por meterse con Vargas y Silvestre. Dos pesos pesados.

El segundo llamado tampoco tuvo éxito, otra vez el contestador. Para un viejo cabrón y experimentado como yo, dos veces el contestador en un Jefe de Policía, era todo un indicio. Dejé pasar unas horas y llamé por tercera vez. Vignoli atendió relajado y jocoso.

–¡Loco! Menos mal que llamaste. Ya me estaba preocupando, no podíamos perder otra vez a este viejo jugador de póker. Si, dale, dale, venite mañana a medio día.

Indicio confirmado: algo raro pasaba que se sumaba a la insistencia de Salmona y Daniel. Vignoli jamás me hubiera dicho ¡loco!, por otra parte yo no jugaba al póker y tampoco había desaparecido de ninguna mesa. Al día siguiente iría a Casilda a encontrarme con él. Salmona y Daniel no aparecieron. Me estaban evitando.

5

Vignoli no quiso que el encuentro fuese en la Jefatura de Policía. Me escribió un mensaje con instrucciones por whatsapp desde un número que no era el suyo; que fuera a un bar en pleno centro, en el medio de las cuatro plazas, el Sarmiento, que buscara una mesa adentro y que esperara allí. Que todos los días a las 14:00 horas él iba a tomar café con los amigos. Fingiríamos un encuentro casual. Me aseguró que esa era la mejor manera de pasar desapercibidos, que buscar algún bar de periferia sería más sospechoso para la gente de Casilda. Quedamos en que yo levantaría la mano y lo saludaría. Él se levantaría de su mesa y se acercaría a la mía. Yo lo invitaba a sentarse y él accedía. Que no lo interrumpiera porque esa charla casual debería ser breve. Que ya entendería. Que después me presentaría a los muchachos y les explicaría que era un amigo de Rosario. Y no mucho más. Que la vida misma haría lo suyo. A las dos horas borró todos los mensajes. Me gustaría saber cómo lo hizo.

Y así fue. Tal cual, así fue. Antes del encuentro me preguntaba por qué la vida misma haría lo suyo. Después del encuentro no tuve dudas.