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"En la patria de la solidaridad, no hay extranjeros. Somos millones los ciudadanos del mundo que ahí estamos sin estar estando." Eduardo Galeano miró a México con agudeza, profundidad, admiración, pero sobre todo con amor. Recorrió su historia desde las culturas precolombinas hasta el siglo XXI. Se asombró con su cultura, sus creaciones artísticas, sus pensadores, su vida cotidiana, y dejó vestigio en la escritura. En esta antología se recopilan todos los textos que Galeano dedicó a México. Este recorrido comienza en Mesoamérica; nos adentra en lo funesto de la Conquista; muestra de cerca la vida en la Nueva España, donde sor Juana soñaba con el saber; el cura Hidalgo imparte su grito de Independencia, nace México y, con esta nación, sus revoluciones: ideológicas, intelectuales, artísticas. Desde la fundación de Tenochtitlan hasta los desaparecidos de Ayotzinapa, Eduardo Galeano encontró en México un refugio intelectual. Recibió la Medalla 1808 y entabló amistades con mexicanos como Carlos Monsiváis o Elena Poniatowska, uno de sus autores predilectos fue Juan Rulfo y apoyó fervientemente al movimiento zapatista, "…digo gracias en nombre propio y también en nombre de los muchos sureños que jamás olvidarán su gratitud a México, el país de su exilio, refugio de perseguidos en los años de mugre y miedo de nuestras dictaduras militares." "Eduardo Galeano era nuestro, era mexicano, era uruguayo, era chileno, era argentino, era paraguayo, era la sangre en nuestras venas abiertas, abarcaba el continente entero". —Elena Poniatowska, "Abrazo de palabras", en Eduardo Galeano, un ilegal en el paraíso
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Seitenzahl: 278
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Galeano, Eduardo
Historia incompleta de México / Eduardo Galeano. — México : Siglo XXI Editores, 2025
296 p. ; 14 x 21 cm. — (Colec. Biblioteca Eduardo Galeano)
ISBN: 978-607-03-1517-6
1. México — Condiciones sociales — Historia 2. México — Condiciones económicas 3. México — Historia I. Ser. II. t.
LC F1225.5 G348h
Dewey 309.172 G152h
Reservados todos los derechos. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, distribuirla o transmitirla en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, fotocopiado, grabación u otros, sin la autorización previa y por escrito del autor o titular de los derechos. Cualquier uso no autorizado constituye una infracción a las leyes de derechos de autor.
© 2025, siglo xxi editores, s. a. de c. v.
primera edición, 2025
isbn: 978-607-03-1517-6isbn-e: 978-607-03-1518-3
diseño de cubierta: tholön kunstilustración de portada: rapé
Índice
Prólogo
Retornaban los dioses con las armas secretas:México(s) antes de la conquista
El tiempo, El sol y la luna, Al fin de cada noche, El lucero, Los caminos del fuego, La tortuga, El colibrí, El conejo, El murciélago, Fundación de los idiomas, Encuentros, Mexicanas, El poderoso cero, Los peregrinos, La tierra prometida, El profeta, El rey poeta, ¿Dónde está lo verdadero, lo que tiene raíz?, El Dios universal, Presagios del fuego, el agua, la tierra y el aire, Cortés, Moctezuma, El suicidio de Tenochtitlán, La capital de los aztecas, “La noche triste”, La distribución de la riqueza, Durero, Hacia la reconquista de Tenochtitlán, Los aliados, La espada de fuego, El mundo está callado y llueve, Retornaban los dioses con las armas secretas, La primera guerra del agua,
Los vencedores y los vencidos:de la conquista a la independencia
La Malinche, Cuauhtémoc, La Virgen de Guadalupe, Tonantzin se llama Guadalupe, Motolinía, Gonzalo Guerrero, Cabeza de Vaca, Las Casas, Desde Valladolid llega la mala noticia, Nacen las minas Guanajuato, Sepúlveda, Los tzitzime, Vasco de Quiroga, Endemoniados, Los hijos de Cortés, Historia viva, Delatarás al prójimo, Dicen los frailes:, El apóstol Santiago contra la peste, San Sebastián contra la peste, Sahagún, ¿Descubrimiento o encubrimiento?, Sagrada serpiente, Las carrozas, El Dios de los amos, ¿es el Dios de los siervos?, No traicionan a sus muertos, Los vencedores y los vencidos, Medicina y brujería, Los reinos sin rey, Resurrección de María, Para comer a Dios, Si se te pierde el alma en un descuido, Canek, Pedazos, Sagrado maíz, Fundación de la guerra bacteriológica, Clavijero defiende a las tierras malditas, El viento sopla donde quiere y donde puede, El fraile que se fugó siete veces, Vida, pasión y negocio de la clase dominante, Los tememes, La distribución de funciones entre el caballo y el jinete, Fray Servando, La Virgen de Guadalupe contra la Virgen de los Remedios, El Pípila, Hidalgo, Morelos, El barrigón, La independencia es revolución o mentira, El lago viene a buscarlo,
A México le comieron el mapa:el siglo xix
Texas, Crece el Mundo Libre, Pompas fúnebres, Ruinas de Potosí: el ciclo de la plata, Los gallitos guerreros, Santa Anna, La conquista, Los conquistadores, Cecilio Chi, Proteccionismo y librecambio de América Latina: el breve vuelo de Lucas Alamán, Cruz que dice, A México le comieron el mapa, El centro ceremonial de los rebeldes de Yucatán, “La Argelia americana”, Maximiliano, Juárez, No están mudos la tierra ni el tiempo, Juárez y los indios, Irse, Los socialistas y los indios, “Todo es de todos”,
Por seguir creyendo que todo es de todos:las revoluciones del siglo xx y el xxi
Porfirio Díaz, Los Flores Magón, El henequén, La serpiente de hierro, Telón y después, Se busca, Baile de disfraces, El Centenario y el dictador, Zapata, Madero, Pancho Villa, Libertadoras mexicanas, Las invisibles, Huerta, Una soga de dieciocho centavos, El sur de México se crece en el castigo, Zapata y ellas, Prohibido ser campesino, El norte de México celebra guerra y fiesta, Es tiempo de andar y pelear, Huerta huye, Fotos: El trono, El casi poder, La reforma agraria, Carranza, El día que México invadió a los Estados Unidos, La aguja en el pajar, Tierra arrasada, tierra viva, La nueva burguesía nace mintiendo, Este hombre les enseñó que la vida no es sólo miedo de sufrir y espera de morir, Resurrección de Zapata, Artemio Cruz y la segunda muerte de Emiliano Zapata, Por seguir creyendo que todo es de todos, La función de las fuerzas del orden en el proceso democrático, Escudero, Un millón de muertos puso el pueblo en la Revolución Mexicana, Nunca pudieron amansarle el orgullo, Algo más sobre la función de las fuerzas del orden en el proceso democrático, Obregón, Cárdenas, Nicolás, hijo de Zapata, La nacionalización del petróleo, El desmadre, El petróleo, las maldiciones y las hazañas, ¿Qué bandera flamea sobre las máquinas?, Los chicanos, Los estudiantes, “Había mucha, mucha sangre”, relata la madre de un estudiante, El arte y la realidad/2, Edificios sin pies, Para la Cátedra de Derecho Penal, Entierro de lujo, Malverde, Parientes, Preguntas y respuestas que son nuevas preguntas, Los zapatistas, Señor que habla, Crónicas de Chiapas, El Vaticano y sus liturgias, Travesía, Un planeta descartable, Otro profesional, Los emigrantes de ahora, La partida, Sirenas, Los tesoros escondidos, No supimos verte, Sin maíz no hay país, Cita en el Paraíso, Mano de obra, La memoria no es una especie en vías de extinción, Una marcha universal, La virgen privatizada, Aprendizaje, desafío y viaje de las palabras, La independencia es otro nombre de la dignidad, Leo y comparto,
Contra el olvido: arte y juego
Los orígenes, El juego de pelota, La tinta, Hierbas, La comida, El cacao, Peligro, El obispo y el chocolate, Juana a los cuatro, Juana a los siete, Juana a los dieciséis, Juana a los treinta, Sigüenza y Góngora, Juana a los cuarenta y dos, Juana, El pulque, El maguey, El jarro, Cantarranas 34. Fotografía instantánea, Vidas, Posada, El centenario y el arte, Azuela, La nacionalización de los muros, Diego Rivera, Orozco, Siqueiros, “El pueblo es el héroe de la pintura mural mexicana”, dice Diego Rivera, Un niño mira, Mella, Tina Modotti, Frida, El bolero, Cantinflas, Trotski, Buñuel, Fridamanía, Revueltas, Rulfo, El hombre que supo callar, Contra el olvido, La resurrección de los vivos, El Mundial del 86, La telecracia, Hugo Sánchez, Los cuentos cuentan, El tejedor, El sombrerero, Agradezco el milagro, Huellas perdidas, La ofrenda, Las otras estrellas, Ausente sin aviso,
Prólogo
No es buena idea pedirle un prólogo a quien está profundamente ligado al autor del texto, emocional, temática, políticamente; le saldrá inconexo, buscará cruces vitales y geográficos donde casi no los hubo y recordará los encuentros, menos de los que me hubiera gustado, y al final revisará los momentos que casualmente no existieron. Yo lo quiero mucho a Eduardo Galeano, y hablo en presente porque viejos rojos, viejos rockeros y viejos escritores, nunca mueren.
Lo conocí calvo, aunque a juzgar por las viejas fotos tenía un gran bigote. Fui uno más de los miles que en la década de los sesenta leían en latinoamericano y cayó en mis manos Las venas abiertas de América Latina, el libro me sorprendió, una mezcla de reflexión sociológica, económica, política y sobre todo, claridad sobre nuestra relación con el imperio. Era la época dorada en México donde llegaban los libros argentinos, uruguayos, y muchos y muy baratos, maravillosos libros cubanos. Y el renacer de la industria editorial española a la muerte de Franco que llegaba con barcos repletos de lo que se llamó el Boom. Y en México, Era y Joaquín Mortiz. Gracias a eso seguí las andanzas de Galeano como periodista leyendo sus reportajes sobre Guatemala y China.
Era nuestra América Latina. Y junto a los autores y los libros, las noticias de los que estaban detrás de la máquina de escribir. Seguí la carrera periodística de Eduardo Galeano desde muy joven, cuando a los 20 años fue jefe de redacción de la revista Marcha, cuyos números atrasados nos traía René Cabrera a las reuniones pre 68 de Ciencias Políticas.
Lo descubrí cuentista con Los fantasmas del día del león y otros relatos y repentinamente cayó en mis manos Días y noches de amor y de guerra y ese era el Galeano que estaba esperando. Un libro terrible entre dos golpes de Estado en Uruguay y Argentina. Una lección de cómo contar hilvanando anécdotas, reflexiones, encuentros casuales, anécdotas, experiencia, amores y miedos. Siguiendo la tensión de una trama que no sólo era personal sino retrato de destino para todo el Cono Sur. Eduardo había encontrado la manera de poner al servicio de la historia inmediata (el testimonio) los recursos de la ficción articulándolos con algo que habría de llamarse “el nuevo periodismo”. Rodolfo Walsh había encontrado a su pariente más cercano, a su hermano.
Luego seguirían varios libros de viñetas, quizá el más leído por mí y uno de los más conocidos fue la trilogía: Los nacimientos, Las caras y las máscaras y El siglo del viento, llamada en conjunto Memoria del fuego, publicada al inicio de los años ochenta.
Galeano se mueve por la historia como un recopilador insaciable, narrador de insólitos sucesos, intérprete de un continente entero, encontrando la anécdota que ilumina, la memoria desvanecida. ¿Cuántos miles de libros, artículos, de conversaciones están detrás de estos sucesos, revisados con lupa de periodista, historiador y poeta?
La política es historia. La política, la adhesión a cierto proyecto no puede ser religión, tiene que ser pensamiento crítico. Y así la pregunta de quiénes somos se responde con el serpenteante recuento de dónde venimos.
A Galeano, durante estos años no le quedó un cuento, una leyenda, un libro viejo, un eco, un manuscrito o un códice que explorar, incluso muchas bromas: “El humo es el alimento de los dioses; o sea, que los dioses fuman”.
Este nuevo libro es la recopilación y resultado de una singular e “incompleta” historia de México, hija de todas las curiosidades de Eduardo Galeano. Cuando a propósito de Durero dice que “no se cansa de mirar”, podría decirlo de sí mismo. Va deshilando contradicciones, versiones oficiosas, descubriendo la voz profunda, herejías. Por aquí pasa todo, el sacrificio de Cuauhtémoc, la vieja casa de Cortés, los tianguis, Gonzalo Guerrero, la ciudad de los carruajes, la muerte de Morelos, el desastre texano, los gringos apedreados en el Zócalo en 1847, para terminar en Ayotzinapa.
Nadie lo obligará a ceñirse a lo supuestamente trascendente, Galeano bailará en nuestro pasado desde la más pequeña historia hasta el gran personaje. Y al final del juego, no hay anécdota menor, no hay sabor de boca que no pueda ser contado.
Gracias de nuevo, Eduardo.
Paco Ignacio Taibo II
Retornaban los dioses con las armas secretas: México(s) antes de la conquista
Y los días se echaron a caminar.
Y ellos, los días, nos hicieron.
Y así fuimos nacidos nosotros,
los hijos de los días,
los averiguadores,
los buscadores de la vida.
Eduardo Galeano
El tiempo
El tiempo de los mayas nació y tuvo nombre cuando no existía el cielo ni había despertado todavía la tierra.
Los días partieron del oriente y se echaron a caminar.
El primer día sacó de sus entrañas al cielo y a la tierra.
El segundo día hizo la escalera por donde baja la lluvia.
Obras del tercero fueron los ciclos de la mar y de la tierra y la muchedumbre de las cosas.
Por voluntad del cuarto día, la tierra y el cielo se inclinaron y pudieron encontrarse.
El quinto día decidió que todos trabajaran.
Del sexto salió la primera luz.
En los lugares donde no había nada, el séptimo día puso tierra. El octavo clavó en la tierra sus manos y sus pies.
El noveno día creó los mundos inferiores. El décimo día destinó los mundos inferiores a quienes tienen veneno en el alma.
Dentro del sol, el undécimo día modeló la piedra y el árbol.
Fue el duodécimo quien hizo el viento. Sopló viento y lo llamó espíritu, porque no había muerte dentro de él.
El decimotercer día mojó la tierra y con barro amasó un cuerpo como el nuestro.
Así se recuerda en Yucatán.
El sol y la luna
Al primer sol, el sol de agua, se lo llevó la inundación. Todos los que en el mundo moraban se convirtieron en peces.
Al segundo sol lo devoraron los tigres.
Al tercero lo arrasó una lluvia de fuego, que incendió a las gentes.
Al cuarto sol, el sol de viento, lo borró la tempestad. Las personas se volvieron monos y por los montes se esparcieron.
Pensativos, los dioses se reunieron en Teotihuacán.
—¿Quién se ocupará de traer el alba?
El Señor de los Caracoles, famoso por su fuerza y su hermosura, dio un paso adelante.
—Yo seré el sol —dijo.
—¿Quién más?
Silencio.
Todos miraron al Pequeño Dios Purulento, el más feo y desgraciado de los dioses, y decidieron:
—Tú.
El Señor de los Caracoles y el Pequeño Dios Purulento se retiraron a los cerros que ahora son las pirámides del sol y de la luna. Allí, en ayunas, meditaron.
Después los dioses juntaron leña, armaron una hoguera enorme y los llamaron.
El Pequeño Dios Purulento tomó impulso y se arrojó a las llamas. En seguida emergió, incandescente, en el cielo.
El Señor de los Caracoles miró la fogata con el ceño fruncido. Avanzó, retrocedió, se detuvo. Dio un par de vueltas. Como no se decidía, tuvieron que empujarlo. Con mucha demora se alzó en el cielo. Los dioses, furiosos, lo abofetearon. Le golpearon la cara con un conejo, una y otra vez, hasta que le mataron el brillo. Así, el arrogante Señor de los Caracoles se convirtió en la luna. Las manchas de la luna son las cicatrices de aquel castigo. Pero el sol resplandeciente no se movía. El gavilán de obsidiana voló hacia el Pequeño Dios Purulento:
—¿Por qué no andas?
Y respondió el despreciado, el maloliente, el jorobado, el cojo:
—Porque quiero la sangre y el reino. Este quinto sol, el sol del movimiento, alumbró a los toltecas y alumbra a los aztecas. Tiene garras y se alimenta de corazones humanos.
Al fin de cada noche
Un dios maya recibe al sol naciente.
Cargándolo a la espalda, lo lleva hasta su casa, en la selva Lacandona, y le da de comer frijoles, tortillas, sardinas y semillas de calabaza, y le sirve café.
Y a la hora del adiós, el dios lo devuelve al horizonte, que es la hamaca donde el sol se echa a dormir.
El lucero
La luna, madre encorvada, pidió a su hijo:
—No sé dónde anda tu padre. Llévale noticias de mí.
Partió el hijo en busca del más intenso de los fuegos.
No lo encontró en el mediodía, donde el sol bebe su vino y baila con sus mujeres al son de los atabales. Lo buscó en los horizontes y en la región de los muertos. En ninguna de sus cuatro casas estaba el sol de los pueblos tarascos.
El lucero continúa persiguiendo a su padre por el cielo. Siempre llega demasiado temprano o demasiado tarde.
Los caminos del fuego
En la más antigua antigüedad, las flores no tenían pétalos y la pampa no tenía gauchos, sino dinosaurios.
Mucho tiempo después, llegó el fuego.
Desde entonces, el fuego nos salva de la oscuridad y del frío. Y mientras cumple sus terrestres tareas, envía el humo, cielo arriba, hacia la morada de las divinidades.
Según me contaron en Michoacán, el humo es el alimento de los dioses.
¿O será que los dioses fuman?
La tortuga
Cuando bajaron las aguas del Diluvio, era un lodazal el valle de Oaxaca.
Un puñado de barro cobró vida y caminó. Muy despacito caminó la tortuga. Iba con el cuello estirado y los ojos muy abiertos, descubriendo el mundo que el sol hacía renacer.
En un lugar que apestaba, la tortuga vio al zopilote devorando cadáveres.
—Llévame al cielo —le rogó—. Quiero conocer a Dios.
Mucho se hizo pedir el zopilote. Estaban sabrosos los muertos. La cabeza de la tortuga asomaba para suplicar y volvía a meterse bajo el caparazón, porque no soportaba el hedor.
—Tú, que tienes alas, llévame —mendigaba.
Harto de la pedigüeña, el zopilote abrió sus enormes alas negras y emprendió vuelo con la tortuga a la espalda.
Iban atravesando nubes y la tortuga, escondida la cabeza, se quejaba:
—¡Qué feo hueles!
El zopilote se hacía el sordo.
—¡Qué olor a podrido! —repetía la tortuga.
Y así hasta que el pajarraco perdió su última paciencia, se inclinó bruscamente y la arrojó a tierra.
Dios bajó del cielo y juntó sus pedacitos.
En el caparazón se le ven los remiendos.
El colibrí
Al alba, saluda al sol. Cae la noche y trabaja todavía. Anda zumbando de rama en rama, de flor en flor, veloz y necesario como la luz. A veces duda, y queda inmóvil en el aire, suspendido; a veces vuela hacia atrás, como nadie puede. A veces anda borrachito, de tanto beber las mieles de las corolas. Al volar, lanza relámpagos de colores.
Él trae los mensajes de los dioses, se hace rayo para ejecutar sus venganzas y sopla las profecías al oído de los augures. Cuando muere un niño guaraní, le rescata el alma, que yace en el cáliz de una flor, y la lleva en su largo pico de aguja, hacia la Tierra sin Mal. Conoce ese camino desde el principio de los tiempos. Antes de que naciera el mundo, él ya existía: refrescaba la boca del Padre Primero con gotas de rocío y le calmaba el hambre con el néctar de las flores.
Él condujo la larga peregrinación de los toltecas hacia la ciudad sagrada de Tula, antes de llevar el calor del sol a los aztecas.
Como capitán de los chontales, planea sobre los campamentos enemigos, les mide la fuerza, cae en picada y da muerte al jefe mientras duerme. Como sol de los kekchíes, vuela hacia la luna, la sorprende en su aposento y le hace el amor.
Su cuerpo tiene el tamaño de una almendra. Nace de un huevo no más grande que un frijol, dentro de un nido que cabe en una nuez.
Duerme al abrigo de una hojita.
El conejo
El conejo quería crecer.
Dios le prometió que lo aumentaría de tamaño si le traía una piel de tigre, una de mono, una de lagarto y una de serpiente.
El conejo fue a visitar al tigre.
—Dios me ha contado un secreto —comentó, confidencial.
El tigre quiso saber y el conejo anunció un huracán que se venía.
—Yo me salvaré, porque soy pequeño. Me esconderé en algún agujero. Pero tú, ¿qué harás? El huracán no te va a perdonar.
Una lágrima rodó por entre los bigotes del tigre.
—Sólo se me ocurre una manera de salvarte —ofreció el conejo—. Buscaremos un árbol de tronco muy fuerte. Yo te ataré al tronco por el cuello y por las manos y el huracán no te llevará.
Agradecido, el tigre se dejó atar. Entonces el conejo lo mató de un garrotazo y lo desnudó.
Y siguió camino, bosque adentro, por la comarca de los zapotecas.
Se detuvo bajo un árbol donde un mono estaba comiendo. Tomando un cuchillo del lado que no tiene filo, el conejo se puso a golpearse el cuello. A cada golpe, una carcajada. Después de mucho golpearse y reírse, dejó el cuchillo en el suelo y se retiró brincando.
Se escondió entre las ramas, al acecho. El mono no demoró en bajar. Miró esa cosa que hacía reír y se rascó la cabeza. Agarró el cuchillo y al primer golpe cayó degollado.
Faltaban dos pieles. El conejo invitó al lagarto a jugar a la pelota. La pelota era de piedra: lo golpeó en el nacimiento de la cola y lo dejó tumbado.
Cerca de la serpiente, el conejo se hizo el dormido. Antes de que ella saltara, cuando estaba tomando impulso, de un santiamén le clavó las uñas en los ojos.
Llegó al cielo con las cuatro pieles.
—Ahora, créceme —exigió.
Y Dios pensó: “Siendo tan pequeñito, el conejo hizo lo que hizo. Si lo aumento de tamaño, ¿qué no hará? Si el conejo fuera grande, quizás yo no sería Dios”.
El conejo esperaba. Dios se acercó dulcemente, le acarició el lomo y de golpe le atrapó las orejas, lo revoleó y lo arrojó a la tierra.
De aquella vez quedaron largas las orejas del conejo, cortas las patas delanteras, que extendió para parar la caída, y colorados los ojos, por el pánico.
El murciélago
Cuando era el tiempo muy niño todavía, no había en el mundo bicho más feo que el murciélago.
El murciélago subió al cielo en busca de Dios. No le dijo:
—Estoy harto de ser horroroso. Dame plumas de colores.
—No. Le dijo:
—Dame plumas, por favor, que me muero de frío.
A Dios no le había sobrado ninguna pluma.
—Cada ave te dará una pluma —decidió.
Así obtuvo el murciélago la pluma blanca de la paloma y la verde del papagayo, la tornasolada pluma del colibrí y la rosada del flamenco, la roja del penacho del cardenal y la pluma azul de la espalda del martín pescador, la pluma de arcilla del ala del águila y la pluma del sol que arde en el pecho del tucán.
El murciélago, frondoso de colores y suavidades, paseaba entre la tierra y las nubes. Por donde iba, quedaba alegre el aire y las aves mudas de admiración. Dicen los pueblos zapotecas que el arcoíris nació del eco de su vuelo.
La vanidad le hinchó el pecho. Miraba con desdén y comentaba ofendiendo.
Se reunieron las aves. Juntas volaron hacia Dios.
—El murciélago se burla de nosotras —se quejaron—. Y además, sentimos frío por las plumas que nos faltan.
Al día siguiente, cuando el murciélago agitó las alas en pleno vuelo, quedó súbitamente desnudo. Una lluvia de plumas cayó sobre la tierra.
Él anda buscándolas todavía. Ciego y feo, enemigo de la luz, vive escondido en las cuevas. Sale a perseguir las plumas perdidas cuando ha caído la noche; y vuela muy veloz, sin detenerse nunca, porque le da vergüenza que lo vean.
Fundación de los idiomas
Según los antiguos mexicanos, la historia es otra.
Ellos contaron que la montaña Chicomóztoc, alzada donde la mar se partía en dos mitades, tenía siete cuevas en sus entrañas.
En cada una de las cuevas reinaba un dios. Con tierra de las siete cuevas, y sangre de los siete dioses, fueron amasados los primeros pueblos nacidos en México.
Poquito a poco, los pueblos fueron brotando de las bocas de la montaña.
Cada pueblo habla, todavía, la lengua del dios que lo creó.
Por eso las lenguas son sagradas, y son diversas las músicas del decir.
Encuentros
Tezcatlipoca, dios negro, dios mexicano de la noche, envió a su hijo a cantar junto a los cocodrilos músicos del cielo.
El sol no quería que ese encuentro ocurriera, pero la belleza prohibida no le hizo caso y reunió las voces del cielo y de la tierra.
Y así se unieron, y aprendieron a vivir unidos, el silencio y el sonido, los cánticos y la música, el día y la noche, la oscuridad y los colores.
Mexicanas
Tlazoltéotl, luna mexicana, diosa de la noche huasteca, pudo hacerse un lugarcito en el panteón macho de los aztecas.
Ella era la madre madrísima que protegía a las paridas y a las parteras y guiaba el viaje de las semillas hacia las plantas. Diosa del amor y también de la basura, condenada a comer mierda, encarnaba la fecundidad y la lujuria.
Como Eva, como Pandora, Tlazoltéotl tenía la culpa de la perdición de los hombres; y las mujeres que nacían en su día vivían condenadas al placer.
Y cuando la tierra temblaba, por vibración suave o terremoto devastador, nadie dudaba:
—Es ella.
El poderoso cero
Hace cerca de dos mil años, el signo del cero fue grabado en las estelas de piedra de Uaxactún y en otros centros ceremoniales de los mayas.
Ellos habían llegado más lejos que los babilonios y los chinos en el desarrollo de esta llave que abrió paso a una nueva era en las ciencias humanas.
Gracias a la cifra cero, los mayas, hijos del tiempo, sabios astrónomos y matemáticos, crearon los calendarios solares más perfectos y fueron los más certeros profetas de los eclipses y otras maravillas de la naturaleza.
Los peregrinos
Los mayas-quichés vinieron desde el oriente.
Cuando recién llegaron a las nuevas tierras, con sus dioses cargados a la espalda, tuvieron miedo de que no hubiera amanecer. Ellos habían dejado la alegría allá en Tulán y habían quedado sin aliento al cabo de la larga y penosa travesía. Esperaron al borde del bosque de Izmachí, quietos, todos reunidos, sin que nadie se sentara ni se echara a descansar. Pero pasaba el tiempo y no acababa la negrura.
El lucero anunciador apareció, por fin, en el cielo.
Los quichés se abrazaron y bailaron; y después, dice el libro sagrado, el sol se alzó como un hombre.
Desde esa vez, los quichés acuden, al fin de cada noche, a recibir al lucero del alba y a ver el nacimiento del sol. Cuando el sol está a punto de asomar, dicen:
—De allá venimos.
La tierra prometida
Maldormidos, desnudos, lastimados, caminaron noche y día durante más de dos siglos. Iban buscando el lugar donde la tierra se tiende entre cañas y juncias.
Varias veces se perdieron, se dispersaron y volvieron a juntarse. Fueron volteados por los vientos y se arrastraron atándose los unos a los otros, golpeándose, empujándose; cayeron de hambre y se levantaron y nuevamente cayeron y se levantaron. En la región de los volcanes, donde no crece la hierba, comieron carne de reptiles.
Traían la bandera y la capa del dios que había hablado a los sacerdotes, durante el sueño, y había prometido un reino de oro y plumas de quetzal: Sujetaréis de mar a mar a todos los pueblos y ciudades, había anunciado el dios, y no será por hechizo, sino por ánimo del corazón y valentía de los brazos.
Cuando se asomaron a la laguna luminosa, bajo el sol del mediodía, los aztecas lloraron por primera vez. Allí estaba la pequeña isla de barro: sobre el nopal, más alto que los juncos y las pajas bravas, extendía el águila sus alas.
Al verlos llegar, el águila humilló la cabeza. Estos parias, apiñados en la orilla de la laguna, mugrientos, temblorosos, eran los elegidos, los que en tiempos remotos habían nacido de las bocas de los dioses.
Huitzilopochtli les dio la bienvenida:
—Éste es el lugar de nuestro descanso y nuestra grandeza —resonó la voz—. Mando que se llame Tenochtitlán la ciudad que será reina y señora de todas las demás. ¡México es aquí!
El profeta
Echado en la estera, boca arriba, el sacerdote-jaguar de Yucatán escuchó el mensaje de los dioses. Ellos le hablaron a través del tejado, montados a horcajadas sobre su casa, en un idioma que nadie más entendía.
Chilam Balam, el que era boca de los dioses, recordó lo que todavía no había ocurrido:
—Dispersados serán por el mundo las mujeres que cantan y los hombres que cantan y todos los que cantan... Nadie se librará, nadie se salvará... Mucha miseria habrá en los años del imperio de la codicia. Los hombres, esclavos han de hacerse. Triste estará el rostro del sol... Se despoblará el mundo, se hará pequeño y humillado...
El rey poeta
Nezahualcóyotl murió veinte años antes de que Colón pisara las playas de América.
Fue rey de Texcoco, en el vasto valle de México. Allí dejó su voz:
Se rompe, aunque sea oro,
se quiebra, aunque sea jade,
se desgarra, aunque sea plumaje de quetzal.
Aquí nadie vivirá por siempre.
También los príncipes a morir vinieron.
Todos tendremos que ir a la región del misterio.
¿Acaso en vano venimos a la tierra?
Dejemos, al menos, nuestros cantares.
¿Dónde está lo verdadero, lo que tiene raíz?
Ésta es la ciudad de la música, no de la guerra: Huexotzingo, en el valle de Tlaxcala. Dos por tres, los aztecas la asaltan, la lastiman, le arrancan prisioneros para sacrificar ante sus dioses.
Tecayehuatzin, rey de Huexotzingo, ha reunido esta tarde a los poetas de otras comarcas.
En los jardines del palacio, conversan los poetas sobre las flores y los cantos que desde el interior del cielo vienen a la tierra, región del momento fugaz, y que sólo perduran allá en la casa del Dador de la vida. Conversan y dudan los poetas:
¿Son acaso verdaderos los hombres?
¿Será mañana todavía verdadero nuestro canto?
Se suceden las voces. Cuando cae la noche, el rey de Huexotzingo agradece y dice adiós:
Sabemos que son verdaderos
los corazones de nuestros amigos.
El Dios universal
Moctezuma ha vencido en Teuctepec.
En los adoratorios, arden los fuegos. Resuenan los tambores. Uno tras otro, los prisioneros suben las gradas hacia la piedra redonda del sacrificio. El sacerdote les clava en el pecho el puñal de obsidiana, alza el corazón en el puño y lo muestra al sol que brota de los volcanes azules.
¿A qué dios se ofrece la sangre? El sol la exige, para nacer cada día y viajar de un horizonte al otro. Pero las ostentosas ceremonias de la muerte también sirven a otro dios, que no aparece en los códices ni en las canciones.
Si ese dios no reinara sobre el mundo, no habría esclavos ni amos, ni vasallos, ni colonias. Los mercaderes aztecas no podrían arrancar a los pueblos sometidos un diamante a cambio de un frijol, ni una esmeralda por un grano de maíz, ni oro por golosinas, ni cacao por piedras. Los cargadores no atravesarían la inmensidad del imperio en largas filas, llevando a las espaldas toneladas de tributos. Las gentes del pueblo osarían vestir túnicas de algodón y beberían chocolate y tendrían la audacia de lucir prohibidas plumas de quetzal y pulseras de oro y magnolias y orquídeas reservadas a los nobles. Caerían, entonces, las máscaras que ocultan los rostros de los jefes guerreros, el pico de águila, las fauces de tigre, los penachos de plumas que ondulan y brillan en el aire.
Están manchadas de sangre las escalinatas del templo mayor y los cráneos se acumulan en el centro de la plaza. No solamente para que se mueva el sol, no: también para que ese dios secreto decida en lugar de los hombres. En homenaje al mismo dios, al otro lado de la mar los inquisidores fríen a los herejes en las hogueras o los retuercen en las cámaras de tormento. Es el Dios del Miedo. El Dios del Miedo, que tiene dientes de rata y alas de buitre.
Presagios del fuego, el agua, la tierra y el aire
Un día ya lejano, los magos volaron hasta la cueva de la madre del dios de la guerra. La bruja, que llevaba ocho siglos sin lavarse, no sonrió ni saludó. Aceptó, sin agradecer, las ofrendas, mantas, pieles, plumas, y escuchó con una mueca las noticias. México, informaron los magos, es señora y reina, y todas las ciudades están a su mandar. La vieja gruñó su único comentario: Los aztecas han derribado a los otros, dijo, y otros vendrán que derribarán a los aztecas.
Pasó el tiempo.
Desde hace diez años, se suceden los signos.
Una hoguera estuvo goteando fuego, desde el centro del cielo, durante toda una noche.
Un súbito fuego de tres colas se alzó desde el horizonte y voló al encuentro del sol.
Se suicidó la casa del dios de la guerra, se incendió a sí misma: le arrojaban cántaros de agua y el agua avivaba las llamas.
Otro templo fue quemado por un rayo, una tarde que no había tormenta. La laguna donde tiene su asiento la ciudad se hizo caldera que hervía.
Las aguas se levantaron, candentes, altas de furia, y se llevaron las casas por delante y arrancaron hasta los cimientos.
Las redes de los pescadores alzaron un pájaro de color ceniza mezclado con los peces. En la cabeza del pájaro, había un espejo redondo. El emperador Moctezuma vio avanzar, en el espejo, un ejército de soldados que corrían sobre patas de venados y les escuchó los gritos de guerra. Luego, fueron castigados los magos que no supieron leer el espejo ni tuvieron ojos para ver los monstruos de dos cabezas que acosan, implacables, el sueño y la vigilia de Moctezuma. El emperador encerró a los magos en jaulas y los condenó a morir de hambre.
Cada noche, los alaridos de una mujer invisible sobresaltan a todos los que duermen en Tenochtitlán y en Tlatelolco. Hijitos míos, grita, ¡pues ya tenemos que irnos lejos! No hay pared que no atraviese el llanto de esa mujer: ¿Adónde nos iremos, hijitos míos?
Cortés
Crepúsculo de altas llamas en la costa de Veracruz. Once naves están ardiendo y arden los soldados rebeldes que cuelgan de los penoles de la nave capitana. Mientras abre sus fauces la mar devorando las fogatas, Hernán Cortés, de pie sobre la arena, aprieta el pomo de la espada y se descubre la cabeza.
