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La influencer más conocida de España tiene catorce millones de seguidores, dos imitadoras y un acosador. Las dos imitadoras son idénticas a ella y las dos han acabado muertas. El acosador no ha sido denunciado. El número de seguidores no para de subir. La inspectora Yaiza Marrero está a cargo de la investigación y tendrá que darse prisa: mientras buscan al culpable, una tercera chica, idéntica a las anteriores, también ha desaparecido.
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Seitenzahl: 292
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Sinopsis
La influencer más conocida de España tiene catorce millones de seguidores, dos imitadoras y un acosador.
Las dos imitadoras son idénticas a ella y las dos han acabado muertas.
El acosador no ha sido denunciado.
El número de seguidores no para de subir.
La inspectora Yaiza Marrero está a cargo de la investigación y tendrá que darse prisa: mientras buscan al culpable, una tercera chica, idéntica a las anteriores, también ha desaparecido.
Biografía
Andrés Gusó barcelonés afincado en Madrid, ha publicado hasta este momento cuatro novelas de género negro: Rótula (2017), El silencio hablará por ella (2018). Un viaje de venganza (2019) y Llámame mamá (2020) . También es autor del libro de relatos cortos Piel dura (2020). Profesor asociado en diversas escuelas de negocio, a raíz de la pandemia decidió dedicarse en exclusiva a escribir.
www.guso.es
Portada
Créditos
es una colección de libros digitales de Editorial Milenio
© del texto: Andrés Gusó Sierra, 2023
© de la edición impresa: Milenio Publicaciones, S L, 2023
© de la edición digital: Milenio Publicaciones, S L, 2024
C/ Sant Salvador, 8 - 25005 Lleida
www.edmilenio.com
Primera edición impresa: septiembre de 2023
Primera edición digital: junio de 2024
ISBN: 978-84-19884-65-7
Conversión digital: Arts Gràfiques Bobalà, S L
www.bobala.cat
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, <www.cedro.org>) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.
1
Quien conducía la limusina sabía que debía abandonarla antes de que la Policía descubriese lo que ocultaba en el maletero. Tenía varias contusiones, ninguna de importancia. La más molesta la sentía en el costado derecho, se había golpeado con el cambio de marchas. También le dolían una rodilla y un tobillo. No tenía tiempo para lamentos. Se liberó del cinturón de seguridad, bajó la ventanilla y se dispuso a salir por ella.
Un chapero, en retirada por la falta de clientes a esas horas en el parque del Oeste, vio el accidente desde lejos. Hacía bastante frío y una escarcha helada lo cubría todo. Era el momento del día en el que la claridad se abre paso y deja atrás la oscuridad encubridora.
El testigo no se acercó a la limusina. Se limitó a llamar al 112 e informar. No tenía ninguna intención de quedarse y que la Policía lo interrogase. Desde lejos, y sin acercarse un milímetro, pudo observar que el motor estaba en marcha, las luces encendidas y la ventanilla del conductor bajada. Le pareció ver que alguien salía por ella y se alejaba algo renqueante pero deprisa. Todo esto se lo calló. «Un accidente grave», fue lo único que les dijo antes de colgar el móvil que acababa de sustraer a uno de sus clientes. Le fastidió tener que deshacerse de él, uno de los modelos más caros, pero no podía exponerse a un interrogatorio.
Una dotación del Sámur y una de la Policía municipal llegaron ululando sus sirenas al mismo tiempo. Las silenciaron y bajaron de sus vehículos. Los municipales, a primera vista, dedujeron que la limusina había dado varias vueltas de campana hasta quedar apoyada sobre el costado del copiloto, mostrando su panza. Se encontraba al final de un parterre, a unos cuarenta metros de la calzada. Todos los efectivos presentes descendieron hasta el coche. Un agente municipal, al ver que no había nadie en el vehículo, se dirigió al grupo:
—¿Y el conductor?
El técnico en emergencias sanitarias fue el único que se atrevió a especular:
—Igual era un ladrón y el coche era robao. Iba a toda hostia, ha derrapao y se la ha pegao. El tío ha salío por piernas antes de que llegaseis.
Al municipal no le gustó que el sanitario ejerciera de policía y dijo:
—Parece que no hay nadie. Por mí, podéis iros.
—¿Seguro?
—Mira tú mismo. A ver si lo ves mejor que yo.
Se asomaron por el parabrisas los dos policías y el técnico. Iluminaron el interior con las linternas a conciencia. Allí dentro no se veía a nadie.
Otra dotación de la Policía municipal se orilló a la acera. Hizo aullar la sirena, advirtiendo de su presencia a los compañeros situados más abajo.
El médico, al ver que habían llegado más refuerzos y que ellos ya no eran necesarios en aquel lugar, les anunció a los municipales que se marchaban. En ese preciso instante llegó la grúa que habían pedido a la central. Descendió por el terraplén y se situó en perpendicular al vehículo siniestrado. Engancharon un grueso cable de acero a la manecilla de la puerta del conductor y accionaron el motor para recogerlo. La limusina, tras un breve traqueteo, quedó asentada sobre sus cuatro ruedas. A consecuencia del enérgico movimiento, el maletero se abrió.
Al acercarse el mecánico a cerrarlo, miró en su interior. Dio un respingo. Se giró hacia los municipales que se habían alejado y les gritó:
—¡Aquí! ¡Aquí!
Aquellos lo miraron extrañados. Los sanitarios, que ya se iban, se asomaron por la ventanilla a ver qué eran aquellos gritos. Detuvieron su marcha. El médico se apeó de la ambulancia y se dirigió hacia el vehículo accidentado. El municipal que parecía llevar la voz cantante preguntó en voz alta:
—¿Qué pasa?
El gruista, muy nervioso, no acertaba a decir otra cosa que:
—¡Aquí! ¡Aquí! ¡Aquí!
El policía se asomó al maletero y pudo ver la razón de la inquietud del mecánico: el cuerpo de una mujer joven yacía en su interior. En posición fetal. Inmóvil. El médico, nada más llegar a su altura, se hizo el interesante:
—Vaya. Así que había alguien.
—Ya ves. Un fiambre, parece.
—Pues si es un fiambre es cosa de Criminalística, no de nosotros.
—Bueno, ya que estás aquí, tú mira a ver.
—Eso iba a hacer, qué te creías.
El médico se asomó al maletero y observó su inesperado contenido. Lo primero que hizo fue tantear el pulso de la yugular. Débil, pero tenía pulso. Estaba viva. Comprobó también su iris. Definitivamente, viva. Parecía sedada más que dormida, pues no respondía a los estímulos que le daba a base de cachetes. Observó que tenía un gran moratón en la frente y un hematoma detrás de la oreja derecha; especuló que seguramente había perdido el conocimiento por el choque. No apreció más heridas a simple vista.
Llamó a sus compañeros y les pidió que bajasen la camilla. Le aplicaron oxígeno, le pusieron un collarín por precaución y la metieron en la ambulancia con destino al cercano Hospital Clínico.
Un coche patrulla de la Policía Nacional, más otro vehículo camuflado, con un subinspector y un oficial, estacionaron junto al vehículo de la Policía municipal. Se acercaron a la pareja de guardias que estaba custodiando el siniestro. Se habían refugiado en su vehículo con la calefacción encendida, esa mañana de febrero estaba siendo muy fría. Uno de ellos nada más ver a los investigadores se bajó y les dijo, quejumbroso:
—Ya era hora. Hace casi una hora que acabé mi turno y seguimos aquí todavía. De custodia.
Uno de los agentes del coche camuflado respondió, displicente:
—A mí qué me cuentas. Nos acaban de llamar.
—Ahí abajo lo tenéis. No hay nadie. El conductor se las piró. No es de extrañar, llevando el paquete que llevaba. Una chica, parecía muerta, pero no. Afortunadamente. En el maletero la tenía.
El subinspector Aranda, el de mayor rango de los investigadores, le preguntó si la chica estaba atada. El municipal le respondió que no, que estaba sin ataduras pero sin sentido, como muerta. El subinspector quiso saber más:
—Se la han llevado los del Sámur, supongo.
—Efectivamente. Hace un buen rato. Al Clínico, me dijeron.
El detective bajó por el prado hasta donde se encontraba la limusina negra. Observó la matrícula de color azul con los números y letras en blanco. La fotografió con su móvil y la envió a la comisaría con la indicación de que averiguaran, en la compañía de limusinas propietaria de esa matrícula, quién estuvo asignado a ese vehículo en el turno de la pasada noche.
El subinspector se dirigió al gruista en tono autoritario:
—Usted, lleve el coche siniestrado al depósito municipal de la avenida Valladolid. No toque nada. Simplemente lo lleva y lo baja. Ni se le ocurra abrirlo.
—Vale, jefe.
—Mandaremos a los ITO para allá, que hagan una inspección a fondo. Andando. Váyase ya.
Azuzó a su ayudante para que regresara al coche.
—Venga, Ibáñez. Nos vamos a comisaría. Aquí no hacemos nada.
—¿No deberíamos ir al hospital? Igual la chica ya se despertó y nos podrá decir quién la metió en el maletero.
El subinspector Aranda se quedó mirando a su ayudante con desdeño. Tenía razón. Lo lógico era pasarse primero por el hospital, pero antes muerto que obedecer a un subordinado. No respondió. Se puso al volante y se dirigió hacia la comisaría. En su estúpida mediocridad primaba la autoridad que le otorgaba un rango superior. Vencer antes que convencer. El joven oficial se encogió de hombros y calló.
El subinspector Aranda cambió su tono despótico habitual por otro mucho más dócil en cuanto tuvo que reportar a su jefe inmediato, el inspector Ignacio Cuevas, quien nada más verlos entrar les preguntó:
—¿Qué era lo del parque?
—Una chica en un maletero. Se la han llevado al Clínico. Está sin conocimiento, pero viva. El conductor, posiblemente un taxista de esos de Uber o Cabify, no aparece. Se ha esfumado. Lo estamos buscando.
—¿Venís del hospital entonces?
—No. Pensábamos ir ahora. Antes quería reportarte.
—Pues no me estás reportando mucho, Aranda. Mejor os vais a hablar con la chica a ver qué le han hecho. Parece un secuestro abortado por un inoportuno accidente.
Encontraron a la chica recostada. A pesar de su cara de aturdimiento les resultó muy atractiva: rostro bello y sereno, grandes ojos verdes muy claros, casi transparentes, enmarcados por unas cejas apenas depiladas, y unos asombrosos labios acolchados, en ese momento algo exangües. Una media melena de color caoba y lacia colgaba sobre los hombros. Estaba despierta pero desorientada, hablaba con una enfermera que le comprobaba las constantes. No tenía fiebre, el pulso y la oxigenación eran buenos, la presión arterial, normal. La chica le estaba diciendo que únicamente tenía un fuerte dolor de cabeza y que no recordaba nada de lo sucedido. La enfermera la tranquilizó:
—Ahora te harán un TAC, no te preocupes.
La joven miró con curiosidad a aquellos dos individuos que irrumpieron decididos en el box de urgencias que le habían asignado, como si estuviesen en un concurso de policías mostrando las placas en alto. Sus ojos abandonaron los distintivos policiales para buscar los de la enfermera, y conformaron una mirada de clemencia que la sanitaria captó al instante para reaccionar e increpar a los intrusos:
—¿Qué hacen aquí? Aquí no se puede estar.
El detective de mayor rango la interpeló:
—Como puede ver, somos policías, el subinspector Aranda y el oficial Ibáñez. Necesitamos hablar con la señorita. Lo antes posible.
—La paciente necesita descansar. Está agotada, desorientada y además tiene un fuerte dolor de cabeza.
—Solo será un instante. Necesitamos saber su nombre y qué le ha pasado.
—Tendrán que solicitar permiso al doctor Aguado para hablar con ella.
La enfermera se alejó de la cama y corrió la cortina que separaba los lechos, dando a entender que se había cerrado una imaginaria puerta. Ibáñez descorrió la cortina y le hizo una foto a la chica con el móvil. La volvió a correr antes de que la enfermera dijera algo. Su jefe ni se inmutó, simplemente le dijo:
—Ibáñez, hay que encontrar a ese doctor Aguado. Yo no me voy de aquí sin averiguar qué le pasó a la chica.
—En admisiones igual saben dónde encontrarlo.
Por toda respuesta, el subinspector Aranda lanzó un gruñido.
Tras las cortinas, la joven accidentada se abrazó a Morfeo y se durmió profundamente. Al dios de los sueños le gustó tanto el abrazo que ya no la soltó. A las dos horas, la chica del maletero moría como consecuencia de una hemorragia masiva repentina. La posterior autopsia determinaría que fue a causa de los fuertes golpes recibidos en su cabeza: le provocaron una hemorragia interna lenta y letal.
A los policías no les dio tiempo de averiguar quién era aquella chica y qué le había sucedido. Cuando, por fin, el doctor Aguado los recibió, la joven había entrado en coma profundo. Al llegar a la comisaría para informar a su jefe, recibieron la llamada del hospital con la trágica noticia. Les tocaría volver con una orden del juez, tomar huellas, ADN y más fotografías; todo con el objetivo de averiguar quién era.
Aranda se quejó en alto:
—Adiós al fin de semana.
Ibáñez, una vez más, calló.
2
Llevaba muerta al menos dos meses. Eso dedujeron a primera vista y olfato los técnicos de Criminalística. Nadie en el edificio parecía conocerla. Únicamente un vecino hizo una somera descripción: era muy guapa. Nada más. El resto ni la habían visto ni se habían fijado en ella, quizás porque vivía en el primero y no solía utilizar el ascensor, o lo más seguro: porque todo el mundo en Madrid va a lo suyo y la mayoría no alza la vista para mirar algo que no sea su móvil.
La voz de alarma la dio la encargada de la limpieza: se lo comunicó al presidente de la comunidad, quien, muy en su papel, bajó por la escalera olisqueando, desde el sexto en donde vivía hasta llegar al primero. Una vez allí, identificó unos insectos voladores nunca vistos. Determinó que podía tratarse de una plaga y llamó a una empresa de desinfección.
Los operarios de la empresa, nada más llegar, tuvieron claro que no se trataba de una plaga habitual. Aquellos insectos no encajaban en aquel lugar. Además, dijo uno de ellos:
—Aquí huele a muerto.
Llamaron al 112 y, al poco, dos patrullas, una de la Policía Nacional y otra de la municipal, aparcaron frente al portal. A su vez, los municipales llamaron al Sámur y a los bomberos, quienes tiraron la puerta abajo y se encontraron con el tétrico panorama.
La mujer estaba tumbada en la cama, vestida únicamente con una gabardina corta de color rojo y unos zapatos de salón. Tenía las manos entrelazadas sobre el pecho. La persona que dijo de ella que era muy guapa no lo podría corroborar ahora: el cuerpo estaba putrefacto y el rostro irreconocible. Los insectos y los gusanos habían casi concluido su labor depredadora.
El intenso olor ácido y punzante de la muerte se adueñó de las fosas nasales de los primeros bomberos que entraron. Se retiraron, entre arcadas y procurando evitar el vómito, a grandes zancadas hasta alcanzar el portal y de ahí al exterior a respirar aire puro. Uno de ellos les dijo a los policías apostados junto al portal que aquello se lo dejaban a los de Criminalística. Los funcionarios de la Científica de la Policía Nacional se personaron a las dos horas enfundados en sus monos blancos. Gregorio Vázquez estaba al frente del equipo. Veinte años en el cuerpo y quince desde que aprobó con matrícula de honor el grado en Criminalística de Ciencias y Tecnologías Forenses.
Ignacio Cuevas, el inspector asignado al caso, se puso unos tapones antiolor en la nariz impregnados de opopanax antes de entrar en la habitación. No era la primera vez que se enfrentaba a los efectos nauseabundos de las poliaminas y el ácido sulfhídrico que emanan los cadáveres. Miró al doctor Vázquez y le preguntó:
—¿Qué me puedes adelantar, Goyo?
—Lleva muerta mes y medio o quizás algo más. Según lo que veo y lo que huelo, ha pasado de la putrefacción oscura a la fermentación butírica. No hay signos de violencia, en principio. Imposible determinar la causa de la muerte ahora. Nos la llevamos al Anatómico, le hacemos la autopsia y ya luego te digo.
El inspector Cuevas le dio las gracias y comenzó un rápido escaneo de la habitación. No había ninguna carta o nota ni tampoco botes o blísteres de pastillas. No le pareció un suicidio. Le llamó la atención la postura de la occisa: demasiado compuesta. Se adivinaba con facilidad que debajo de la gabardina no llevaba ningún tipo de prenda, lo que lo llevó en un inicio a pensar en un crimen de tipo sexual. Sobre el cabecero de la cama estaban colgadas tres grandes fotografías (parecían hechas por un profesional) en blanco y negro, muy contrastadas. Una modelo, la misma en las tres, posaba desnuda de espaldas en la primera foto a la izquierda, el rostro estaba girado y se inclinaba sobre el hombro derecho. Sonreía. En la del centro la modelo miraba al frente, un rostro bello y sereno, sin sonreír apenas. La de la derecha mostraba el perfil de la misma mujer girado hacia la izquierda, como si contemplara las otras dos fotos. El inspector fotografió con su móvil los tres retratos. En una de las paredes laterales colgaban otras dos fotografías de gran tamaño. Se trataba de la misma modelo vestida con unas mallas negras muy ajustadas y parecía que estuviese bailando jazz u otro baile contemporáneo. Dedujo que podría tratarse de una bailarina. La otra pared lateral estaba completamente cubierta por un espejo, el cual escondía un armario tras él. Antes de precipitarse a la salida, el inspector fotografió también un portarretratos sobre la mesilla de noche, en el que la misma chica aparecía sonriente y abrazada a una mujer algo mayor, pero no lo suficiente como para ser su madre. Pensó que podrían ser pareja por la forma en que se abrazaban. La figura más joven coincidía con la de las imágenes sobre el cabecero de la cama. Intuyó que la chica que yacía muerta sobre el lecho bien podría ser la bailarina. El inspector siguió su acelerada inspección ocular por el resto del piso: unos setenta metros cuadrados, calculó. Dos habitaciones y un baño. Una de ellas del todo vacía, aunque con un teléfono colgado de la pared, una nevera repleta de botellas de agua y conservas, y la puerta defendida con tres cerrojos de grandes dimensiones. Pensó que pudiera tratarse de una habitación del pánico bastante sui géneris. Cuevas continuó hasta encontrar una cocina amplia y un salón comedor anexo. Sobre una de las estanterías del mueble librería, que albergaba la televisión de plasma y algunos libros, pocos, encontró otros retratos enmarcados en diferentes tamaños. Estimó que seguramente serían familiares de la dueña del piso, a juzgar por el parecido entre ellos y con la mujer de las fotos en la alcoba. El investigador sacó de nuevo su móvil y los fotografió. En una de ellas posaban dos chicas que parecían hermanas, de unos veintipocos años, una morena y de pelo lacio largo —el rostro parecía de nuevo el de la modelo—, la otra rubia teñida y pelo ondulado algo más corto. Ambas de ojos verdes, muy claros, casi transparentes, y unos labios gruesos bien dibujados. Muy estilosas. Muy guapas las dos. Sobre todo, la morena. Le recordaba a alguien. No sabía muy bien a quién, pero a alguien famoso.
El inspector se dijo que ya había tenido bastante para un viernes al mediodía: una chica en un maletero, al parecer viva, y ahora otra putrefacta y bien muerta. Tenía que regresar a la comisaría y ver qué había averiguado su equipo en el hospital. Decidió comer algo antes y así se lo hizo saber a su nueva ayudante, como si la impresión de ver un cadáver en plena descomposición fuese lo más habitual del mundo.
—¿Comemos algo?
La oficial Rosario Lobo no se pudo contener.
—No sé cómo tienes estómago para comer después de...
—Antes me afectaba, ahora ya no. Intento engañar a mi cerebro y no sentir nada, aunque algo siento, no creas. Te acostumbrarás con el tiempo. El tiempo lo cura todo, ya sabes.
—Con tu permiso, yo me abstengo. Te veo en la comisaría.
—Como quieras, Rosario. Espera un momento, mira, le mando a Ramírez las fotos que he tomado. Pídele que me las imprima, porfa, y que las deje sobre mi mesa antes de marcharse.
—Se lo digo. Hasta luego.
—Una cosa más. El buzón del piso tenía escritos dos nombres: Karla von Bergen y Carolina Covarrubias. Averigua en el Registro de la Propiedad Inmobiliaria a quién pertenece la vivienda, si la tiene alquilada, a quién, ya sabes.
—Lo miro.
Se despidieron. La oficial provenía de uno de los grupos de la Brigada de Homicidios, se la habían asignado al sospechar que este hallazgo podría tratarse de un asesinato y no de una simple muerte natural. Su propio jefe, el comisario Posadas, la había reclamado para que colaborase desde el inicio de las investigaciones con él.
El inspector Cuevas entró en un bar en el que había un cartelón exterior imitando una pizarra, como muchos que hay en Madrid, en el que alguien había anotado los platos del día. Era viernes y, al parecer, la mayoría de los trabajadores que comían allí disfrutaban de la semana inglesa. Cuevas no tenía tanta suerte, su trabajo era muy exigente e impredecible, de los que se sabe cuando se entra, pero no cuando se sale. Ahora que llevaba dos años separado (tras seis años de convivencia, sin llegar a casarse) le preocupaba menos, incluso no le importaba demasiado. Su vida se circunscribía a la comisaría, a tres o cuatro bares con menú al mediodía, a su pequeño piso y a la diminuta cocina en la que se preparaba habitualmente bocadillos insulsos o ensaladas espartanas para sentarse luego ante el televisor y ver una película. Tenía cientos de deuvedés y estaba suscrito a tres plataformas en línea. Antes leía, novelas principalmente, pero desde que se separó sucumbió a la pereza intelectual. Toda su inteligencia la reservaba para las investigaciones. El ocio: el que menos esfuerzo requiriera, sofá y películas. Mujeres: solo cuando la libido se desataba. Frecuentaba un par de sitios para cuarentones y, si no triunfaba, lo más habitual: se consolaba en internet. Tras separarse, se juró a sí mismo que no volvería a comprometerse.
Al entrar en su despacho, Cuevas se encontró al subinspector Aranda y a su sombra Ibáñez: observaban las fotos que él mismo había tomado en el piso de la mujer putrefacta, ya impresas por Ramírez. Las encontró esparcidas por su mesa y a sus dos ayudantes volcados sobre ellas.
—¡Qué coño hacéis!
Sorprendidos, los policías se retiraron de la mesa y adoptaron una postura cercana al firmes. Aranda se excusó con su habitual docilidad.
—Nada, inspector. Bueno, que nos ha extrañado ver las fotos de la chica del maletero en tu mesa.
—¿Cómo? ¿Qué dices, Aranda? Esta es la muerta del piso de Argüelles que han encontrado esta mañana.
Los dos policías de su equipo se miraron entre sí, extrañados. Ibáñez tomó la palabra al ver que su jefe no quería abrir la boca.
—Lo siento, inspector. Pero es que es idéntica, pero idéntica a la chica del maletero que está en el hospital.
El inspector no hizo mucho caso de la coincidencia física. Solo quería saber si su equipo había hecho el trabajo que les había encomendado.
—¿La habéis interrogado ya? ¿Sabemos quién es, qué le pasó?
Aranda titubeó algo antes de responder:
—Ha fallecido, inspector. No nos ha dado tiempo a saber quién era, ni lo que le pasó.
—Pues habrá que enviar un equipo de la Científica, tomarle las huellas, el ADN y hacerle la autopsia correspondiente. Ya hablo yo con Vázquez. Vosotros os ocupáis de encontrar al conductor de la limusina que huyó del lugar del accidente.
Ambos subordinados asintieron al unísono. El inspector los reprendió:
—Y otra vez que os pille hurgando en mis cosas, os buscáis una excusa mejor.
Ibáñez sacó su móvil, buscó en fotos y eligió la última imagen tomada: la que le hizo a la chica cuando descorrió la cortina. Se la mostró al inspector sin mediar palabra. El parecido era evidente. Cuevas puso cara de no entender bien qué era lo que ocurría.
—Hazla imprimir, por favor.
Envalentonado, Aranda se atrevió a intervenir:
—Ya te lo dijimos, inspector. Es que es idéntica. Vamos, que es la misma. Bueno, o su hermana gemela, por lo menos.
Cuevas asintió, incómodo.
Tenían razón: eran casi idénticas.
3
Ya ha pasado un año desde que Julián la viera por primera vez: Vicky Silvela no era aún la actriz famosa que es hoy, entonces era simplemente una chica con mucho ímpetu e ilusiones que trasteaba en las redes sociales en busca de fama y notoriedad. Él regresaba a casa en el AVE Valencia-Madrid. Ella se había sentado justo enfrente, en los asientos baratos, los que comparten mesa y patadas involuntarias. Ambos estaban flanqueados por una pareja de japoneses que, en silencio y tapados por unas mascarillas azules, no dejaron de interactuar con sus móviles durante todo el trayecto. El tren iba hasta los topes: era domingo por la noche y muchos madrileños regresaban a casa desde las playas levantinas. Ella no, ella era valenciana y se dirigía a Madrid para participar en un programa televisivo de los denominados «telebasura», de esos que consiguen grandes audiencias. El suyo, en concreto, era un concurso matinal entre gente muy joven en el que no primaba el conocimiento de materias, sino la capacidad de generar morbo a base de avivar relaciones amorosas y sexuales entre los concursantes.
Ella lo observó de soslayo. Lo encontró, a pesar de su acentuada delgadez, interesante. Concluyó que, si tuviera más chichas, sería un madurito pasable, aunque de cara no le gustó mucho. Había algo en su rostro que le daba reparo. Se percató de cómo él la examinaba con disimulo mientras ella fotografiaba su bolso y un sombrerito con los que se hizo un selfi. Utilizaba un diminuto trípode apuntalado sobre la mesa, mientras presionaba un mando a distancia para hacer las fotos. Se sintió obligada a dar alguna explicación acerca de aquel frenesí fotográfico.
—Son para Instagram.
Julián se limitó a sonreír y asentir.
Ella le devolvió la sonrisa y se hizo otra foto, ahora con el billete del AVE en la mano. La subió a Instagram y le puso un pie de página: «Camino de Madrid, camino de Tele100».
—Tengo muchos seguidores que quieren saber qué estoy haciendo en todo momento. Y este es un momento importante.
—Ah, ¿sí? Vaya.
—Sí, voy a Madrid. A la tele. A concursar en..., bueno, no puedo decirlo. Es secreto hasta que estemos en el aire. Solo lo sabe mi madre, ni tan siquiera se lo he dicho a mi padre. Es que están separados, sabes.
—Vaya.
Las lacónicas respuestas de Julián se debían a su extrema timidez con las mujeres. Nunca antes una chica tan guapa le había dirigido más de una frase. La que ahora le hablaba le pareció muy bella: larga melena color caoba y lacia que sobrepasaba los hombros hasta reposar sobre el pecho ceñido y elevado artificialmente; cejas sin depilar abalconadas sobre unos ojos verdes, muy claros, casi transparentes, su rasgo más destacado por inusual. Unos pómulos marcados y una sonrisa cautivadora que se abría paso entre unos labios mullidos y bien dibujados acabaron de embelesarlo.
Ella se guardó el billete y prosiguió:
—Sí, bueno. Hace años que se separaron. Ahora lo llevo mejor.
Julián asintió de nuevo, incómodo a causa de la confidencia, por lo que forzó un cambio de tema.
—¿Tienes muchos seguidores? Fans les llaman, ¿no?
—Followers. Casi ocho mil, pero es que acabo de empezar. Espero, con lo del programa, multiplicarlos por diez en pocas semanas.
—Vaya.
—En mi perfil aparezco como Vicky Silvela, aunque en realidad me llamo Victoria Ciscar. Silvela es mi segundo apellido; Vicky Silvela me parece más cool, ¿no?
—Suena bien. Como de actriz.
—A que sí.
Vicky Silvela sonrió y se concentró en su móvil por unos instantes; de repente, alzó la cabeza y le preguntó:
—¿Tú tienes Instagram?
—Sí, creo que me lo instalé hace tiempo. Pero no lo uso. No me sigue nadie. Bueno, mi hermana, pero como vivo con ella, para qué voy a poner fotos mías.
—Pero puedes seguir a gente que te mole. Deportistas, artistas, actrices. Me puedes seguir a mí. Voy a ser famosa.
Vicky Silvela se rio de su propia ocurrencia. Julián lo refrendó:
—No lo dudo. Tienes mucho estilo y eres muy simpática. Te irá bien, seguro.
—Te voy a dar mi username. Necesito incrementar el número de followers.
—Vale.
Julián sacó su móvil, buscó la aplicación y escribió el usuario que le dictó Vicky Silvela en la barra de búsquedas. Al instante aparecieron varias fotografías de la chica que tenía ante sus ojos. Ella le indicó que pulsase en seguir y así lo hizo. Él no pudo dejar de comentarle lo fotogénica que era y que las fotos que había subido eran muy chulas. Utilizó justo esa palabra que no comprometía a nada. En realidad, le parecieron muy sugestivas, eróticas, incluso, pero se lo guardó para él. Conversaron bastante y no pararon hasta llegar a Madrid. Julián, de por sí retraído y reservado, se fue abriendo poco a poco hasta darle una tarjeta de visita en la que se podía leer su nombre completo: Julián Brico Chevallier y el cargo de CEO de Consulting & Procedures S. L.
Vicky Silvela sostuvo la tarjeta en la mano y la leyó con detenimiento. Demostró interés y educación con aquel sencillo gesto.
—Suena a médico y a algo de la Administración, ¿no? ¿Qué te consultan?
—Bueno, más que consultas, lo que hacemos es asesoramiento en inversiones y explotaciones inmobiliarias, además de ocuparnos de todos los trámites involucrados.
—Ah, vale.
Julián creyó que debía ampliar algo más su explicación; le había dado la impresión de que ella no lo había entendido bien del todo. Le contó que tenía una gestoría orientada principalmente a gestionar varias comunidades de vecinos, así como patrimonios inmobiliarios, incluidos los suyos. No se lo dijo, pero en realidad sus ingresos principales provenían de la explotación de varios locales, dos oficinas, un parking en el centro y una docena de viviendas, todo de su propiedad. Había estudiado Ciencias Matemáticas y le había servido, entre otras cosas, para hacer dinero a partir del dinero, a ganarlo sin producir nada, a base de pura especulación.
Julián le contó la razón de su viaje:
—Acabo de comprar un parking en la avenida del Puerto de Valencia.
—Xe tú, qué pasada, ¿no? Tot un parking.
—Bueno, es parte del negocio. De lo que hacemos.
Lo dijo sin darle mayor importancia y esto tampoco se lo contó: la gestión de ese parking, y otras futuras inversiones que tenía previstas en esa ciudad, le permitirían escaparse, de vez en cuando, fuera del radar de su controladora hermana Jasmine. Ahora, por fin, Julián tenía la posibilidad de despegarse poco a poco de ella, de su estricto y agobiante control. En aquella ciudad mediterránea podría salir, ir a la playa, a bares de copas, incluso a los de neones estridentes en el exterior y alterne de pago en el interior. En definitiva, hacer lo que le apeteciese sin rendir cuentas a nadie. Valencia tenía futuro, incluido el suyo.
Nunca antes Julián había hablado tanto con una chica y menos con una tan guapa y estilosa. Se sentía bien por ello. Pensó que viajar lo ayudaba a abrirse a los demás y que debía hacerlo más a menudo. No deseaba separarse de ella, buscaba prolongar al máximo su cercanía. Le preguntó si necesitaba que la llevase a algún sitio, le dijo que él tenía el coche en el parking de la estación y que sería un placer acompañarla.
—Muchas gracias, pero me vienen a buscar. La productora me envía un coche que me espera afuera. Me han dicho: donde las estatuas de unas cabezas. ¿Tú sabes dónde es?
—Yo te acompaño, no te preocupes.
—Ah, vale. Gracias.
Cuando llegaron a la explanada en la que las cabezas de las nietas de Antonio López reposaban en forma de estatua, se despidieron con un hasta luego, que podría haber sido un hasta nunca si él no hubiese hecho algo por volverse a encontrar. Objetivo que alcanzó Julián al cabo de unos meses al forzar otro encuentro en un plató de televisión.
Mientras llegaba el día del nuevo encuentro, Julián no dejó de consultar Instagram, todas las noches antes de acostarse, para disfrutar con las fotos y stories que Vicky Silvela subía cada día.
Ella no falló ni uno solo a la cita, él tampoco.
4
Resacosa y con agujetas. Así se sentía Yaiza Marrero nada más levantarse. Hacía más de dos meses que no bailaba tanta salsa. La culpa de todo la tuvo un joven colombiano de Barranquilla, de piernas frenéticas y cintura de diábolo, al que intentó seguir. Al final, determinó dejarse llevar y disfrutar. Cuando consiguió echarlo de su cama solo le quedaban dos horas para dormir algo. Se desayunó medio litro de agua fría, dos antiácidos y un zumo de tomate con unas gotas de vodka que actuaron de revulsivo de choque para enfrentarse al nuevo día. A las ocho en punto entraba en su unidad, dispuesta a todo.
Un caso de desaparición, a punto de sobreseerse por falta de avance, había resucitado tras un cruce de datos entre las diferentes unidades que forman el Cuerpo Nacional de Policía. El ADN del cadáver encontrado en el piso del barrio de Argüelles hacía unos días coincidía con el de una desaparecida: Carolina Covarrubias Carrasco, cuya desaparición había sido denunciada por su familia hacía cinco meses. El sistema había detectado que el caso estaba asignado a la Sección de Homicidios y Desapariciones. El inspector jefe Fernando Segovia fue quien recibió, a primera hora de la mañana, el oportuno oficio informándole de la coincidencia.
La inspectora Yaiza Marrero rozó ligeramente el marco de la puerta con los nudillos y entró en el despacho de su jefe.
—Buenos días, Fernando. ¿Me has llamado?
—Han encontrado el cadáver de la triple ce.
Yaiza Marrero conformó un rictus de extrañeza. Fernando Segovia aclaró:
—Sí, la chica esa..., la bailarina.
El inspector jefe echó una rápida ojeada a la carpeta que descansaba sobre su mesa. Repiqueteó los dedos mientras le confirmaba el nombre:
—Carolina Covarrubias Carrasco, la de la escuela de baile. La profesora de jazz.
—Ah, sí. Chacho, qué pena.
Fernando Segovia le entregó el dosier.
—Acércate a la comisaría de Argüelles. ¿La conoces?
—No tengo el placer.
—Pregunta por el inspector Ignacio Cuevas. Es el que lleva este caso, ahora de homicidio. Asesinato sexual, me han soplado en radio macuto. Vas y le...
—Le cuento todo lo que sabíamos hasta ahora y tal y tal. Ya, ya me lo sé.
