Imitador - Ricardo Lizana - E-Book

Imitador E-Book

Ricardo Lizana

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Beschreibung

Rehin Vooler nunca quiso ser un superhéroe. Nunca quiso gloria, dinero, o una vida en los cuadrantes altos de Skysight. Pero el destino le otorgó una de las "mejoras" más revolucionarias en la historia de la nanobiotecnología. Ahora, sus nuevos poderes amenazan a V y al CIN, las instituciones que controlan la ciudad, quienes no van a permitir que Rehin haga lo que le plazca. Junto con otros jóvenes, que lo ayudarán a dominar sus poderes y comprender la ciencia que potencia su cuerpo; será encerrado en un enorme edificio dedicado a la investigación de la tecnología que otorga a los humanos poderes sobrenaturales y mantiene en pie una sociedad tan oscura como brillante. ¿Logrará Rehin descubrir los misterios que acechan en el CIN? ¿Aceptará su "mejora" y lo que conlleva? ¿Su decisión marcará la diferencia, dando inicio a una nueva era en Skysight, o significará el primer paso hacia la destrucción?

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Seitenzahl: 763

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Imitador.

Colección: Archivos de Skysight

Sello: Layca

Primera edición: Junio 2023

© Ricardo Lizana

Edición general: Martín Muñoz Kaiser

Ilustración de portada: José Canales

Corrección de textos: Felipe Uribe Armijo

Diagramación: Martín Muñoz Kaiser

© Manticora Ediciones

www.manticora.cl

@manticoraediciones

[email protected]

Esmeralda 957of 502. Valparaíso

ISBN: 978-956-6228-14-1

ISBN Digital: 978-956-6228-15-8

Registro de Propiedad Intelectual N°: 2023-A-937

Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del autor.

Todos los derechos reservados.

Diagramación digital: ebooks [email protected]

Un artista copia, un gran artista roba.

Pablo Picasso

Preludio

Skysight, año 3411.

La enorme ciudad parecía respirar, brillar con una fuerza vital propia y erguirse como un titán ante sus ojos.

A pesar de todo lo que había vivido y los cambios que había sufrido con el tiempo, ver esa ciudad durante la noche le devolvía algo de esa fe que demasiadas veces sentía que se hallaba perdida en su pasado. Ignoraba qué era lo que lo hacía sentirse así. Si se trataba de la inmensidad, que lo llevaba a percibirse tan pequeño, o si era por la forma en la que los edificios se erguían a alturas inimaginables, atravesando las nubes y rodeados por las líneas de aéreos que transportaban a los habitantes de Skysight a sus destinos, lo que le daba a esta la apariencia de ser un organismo vivo. O incluso podía ser la manera en que las luces de neón de los rascacielos eran tan variadas, intensas y llamativas que desafiaban la naturaleza del mismísimo cielo estrellado, lo que otorgaba a la ciudad su nombre. Quizás era todo eso junto, o algo más. Quizás, eso y algo más. Era difícil de definir; era la magia de Skysight, como la llamaban algunos. Pero ellos no lo entendían como él, o al menos no de la misma manera. Nadie era tan poderoso como él.

El poder cambia a la gente a niveles escalofriantes; era algo que había aprendido con los años y por las malas. Quedarse allí, en la cima de un edificio que le pertenecía y dejarse llevar por lo mundano y prescindible que sabía que él era ante la escala de la ciudad, lo ayudaba a mantener los pies en la tierra. Y, más importante aún, le recordaba qué era. No era un dios; no estaba por encima de nadie; y a pesar de que no era alguien fácil de matar, tampoco podía considerarse inmortal. Esa última lección era algo que les hacía falta aprender a muchos compañeros.

“¿Cómo pueden las cosas haberse torcido tanto en tan poco tiempo?”, pensó al recordar a sus colegas.

―Compañeros… ―dijo en un susurro. La palabra le sabía agria. “Solían ser mis amigos… Algunos, hasta familia…”.

Pero las cosas estaban así. No podía confiar como lo hacía antes en quienes eran como él, y para ser sincero, tampoco podía confiar en sí mismo. No podía confiar en nadie como antes. En algún punto de su vida, todos se habían vuelto una posible amenaza. Saber que nunca estaba a salvo del peligro le recordaba que su estilo solitario de vivir no había sido elegido en vano.

Pasos desde la puerta de la azotea lo distrajeron. Debía ser su segundo al mando: según lo que esperaba que ocurriera esa agitada noche, a esas horas ya debía haber usado sus poderes para enterarse del peligro crítico que se acercaba.

―Tenemos que hablar ―dijo Lee, justo la persona que esperaba, mientras abría la puerta y llegaba a hacerle una indeseada pero necesaria compañía―. Aunque te moleste, esto no puede esperar. Creo que…

―Lo sé.

Apenas habló, Lee dio un paso atrás, sorprendido. Nunca usaba sus poderes en él, pero eso no quitaba que fuera raro pillarlo desprevenido. Y, con todo, casi siempre lograba hacerlo.

―¿Cómo es que…?

―Puedes ahorrarte el pánico.

―¿Que me…? ―Lee avanzó hasta ubicarse junto a su superior. Lo sujetó con suavidad del hombro y lo miró a los ojos―. Esto es peligroso. Si ya sabías del niño, tenías que habérmelo dicho. A mí o a quien sea; podíamos haber tomado medidas, haber…

―¿Matado a una embarazada? ¿A un recién nacido? ―La reacción de Lee le confirmó que no lo descartaba―. Estás mal de la cabeza y con esto me confirmas que no decirte fue la mejor decisión. ―Con firmeza, pero despacio, se soltó del brazo de Lee, quien dio un paso atrás y agachó la cabeza. Ni siquiera tuvo la decencia de fingir vergüenza.

―Yo no dije… ―Lee frunció los labios, en una expresión de descarada deshonestidad. No estaba acostumbrado a que la gente lo cuestionara, mucho menos con razón y con tono acusador―. Da igual. Si ya sabías, asumo que tienes un plan.

―Naturalmente.

―Y no te pareció oportuno contarnos. ―Lee alzó un poco la voz, pero su compañero lo ignoró y siguió hablando con calma.

―¿Por qué debería?

―Porque si ese bebé crece y, Dios quiera que no, alcanza a desarrollar sus habilidades, podría tirar toda la puta ciudad abajo. Y a nosotros con ella.

Escupió el insulto con repudio. Era una manía extraña de las personas que estaban en sus posiciones, otra consecuencia rara de tener tanto poder. Estando tan por encima de los demás, para ellos perder la compostura se sentía como un delito. ¿Para qué insultar; para qué mostrarse enojado; para qué siquiera enfadarse? Eran casi dioses, estaban por encima de esas niñerías.

Pero claro que no lo estaban. Hasta Lee, una de las personas con más poder en toda la ciudad, se caía a pedazos las raras veces en las que perdía el control.

―Uno esperaría que tú, de entre todos en V, sabría mantener la calma ante un “quizás”.

Lee le sostuvo la mirada, agitado.

―Pero, claro, no puedes estar tranquilo ante esto, ¿no? Es demasiado… Incierto.

―¿Cómo sabes…?

―Deja de cuestionarme, Lee. Te he dejado creer el cuento de que somos iguales por mucho tiempo, y ahora es demasiado tarde para cambiarte ―dijo, endureciendo su voz de golpe. El pequeño aparato tecnológico que se encontraba alrededor de su antebrazo derecho empezó a brillar con suavidad, y Lee se alejó más. Su rostro enfadado de inmediato cambió, dejando paso a un miedo casi animal―. Si yo estoy tranquilo, deberías confiar en mí y punto.

―El resto hará preguntas. Muchas preguntas. ―Lee se esforzaba por no titubear.

―Que las hagan. Mientras yo no diga lo contrario, todo está bajo control. Además, por mucho que suene amenazante usar mis cartas así ―volvió a relajarse; el brillo proveniente de su brazo se apagó poco a poco―, no soy ni de cerca omnisciente. Sigo necesitando que me ayuden para conseguir información del niño.

―Ya me adelanté. ―Lee volvió a acercarse con cuidado―. ¿Qué es lo que ya sabes?

―Que sus padres no tienen relación alguna con el Centro ni con V.

―Sí, también me enteré de que por ese lado estamos seguros ―respondió Lee, por fin recuperando su compostura.

―Pero eso debe ser trivial para ti. ¿Qué más sabes? ―insistió ante su compañero.

―Hay un solo familiar lejano del bebé, de hace tres generaciones, que fue un Mejorado.

―¿Su habilidad?

―Desconocida. Murió en sus pruebas preliminares; los datos dicen que la causa fue un pequeño terremoto que se produjo en su sala de pruebas. Es incierto si esto tuvo o no relación con su Mejora.

―Entiendo. Investigué muy por encima a sus padres, pero no tengo detalles de su nivel socioeconómico; necesito que te hagas cargo. Dependemos de esto para saber qué tan probable es que el chico llegue a descubrir sus poderes.

―Algunos de mis hombres ya están en eso.

―Excelente. ¿Alguna predicción, por largo que sea el rango?

Lee alzó su antebrazo izquierdo y miró el implante metálico que reposaba por debajo de su muñeca. Este titiló menos de un segundo, demasiado rápido para distinguir su color.

―Ninguna, no quiero apostar sin seguridad en esto ―dijo por fin, dejando caer su brazo.

Se quedaron en silencio un rato más. Lee miró a su superior, llevando todas sus dudas y preguntas a flor de piel en el rostro, pero sin pronunciar ninguna. Este, por su parte, apreciaba la belleza de la ciudad mientras analizaba con mucho cuidado sus próximas palabras. No podía permitirse el más mínimo error de aquí en adelante. No con ese niño en medio.

―Lee, lamento lo de hace un momento ―dijo por fin―. Incluso siendo verdad que a veces necesitas recordar tu posición, eres el único en quien puedo confiar.

―No debes disculparte por elegir la mejor opción.

―Excepto que sí debo hacerlo; eres mi compañero… Mi amigo ―mintió.

―Huh… ―se rio por lo bajo Lee.

―¿Qué?

―No usabas esa palabra hace mucho ―terminó Lee, poco convencido, colocándose de nuevo junto a él. Entonces desvió la mirada hacia las luces nocturnas de la ciudad.

―Creo que es momento de empezar a recordarnos lo que somos más allá de nuestras capacidades. Sí, puede que tenga gran parte de la situación bajo control, pero nos advirtieron de este peligro. Nos dijeron que no era posible evitar las consecuencias, y creo que debemos aceptarlo. Ya es muy tarde.

―¿Aceptarlo? ―dijo Lee, incrédulo―. Llevamos décadas preparando medidas, tomando precauciones, calculando posibilidades… Y los que estaban antes de nosotros hicieron lo mismo, dejando todo listo para entregarnos el testigo. Sí, es motivo de preocupación por los problemas que nos va a causar, pero… me rehúso a aceptarlo. Ese futuro es demasiado absoluto, y yo no creo en absolutos.

―Aun así, es lo que nos dijeron que pasaría, y está pasando tal como nos advirtieron. Tuviste la misma reacción cuando nos lo contaron por primera vez, ¿recuerdas? Negación y desesperación. Tuve que calmarte igual que ahora… ―terminó, dejando la frase inconclusa. Había dado en el clavo, porque Lee se veía cada vez más relajado.

―Era más joven e idiota, y pensaba que mi Mejora implicaba que no había manera de que algo así se me pasara por alto. Ahora es diferente.

―¿Acaso ahora estás más seguro?

―Buen punto ―respondió Lee, derrotado.

―¿Entonces, puedo confiarte esto? ¿Mantendrás a los demás en calma y les dirás que todo está bajo control? ¿Los convencerás de que es lo correcto? ―se giró para mirar a Lee a los ojos otra vez, y se encontró con que su mirada se escabullía.

―Solo si me prometes que lo es de verdad ―dijo Lee tras pensar un segundo.

―Nunca les miento, lo sabes ―mintió otra vez.

Lee pensó unos instantes más. Las luces de un edificio a la distancia captaron su mirada, mientras cambiaban de color, en una rápida secuencia, del rosa al verde.

―Sí, los convenceré para que dejen de insistir.

―Me alegro ―dijo, y esta vez no mentía.

―Pero no podré convencerlos para siempre. Con el tiempo, se pondrán más y más nerviosos. Eso es algo que tú tendrás que solucionar.

―Lo sé, y me encargaré cuando llegue el momento.

Siguió la mirada de Lee hasta encontrar el mismo edificio de luces cambiantes, hasta que estas se volvieron a detener en el tono rosado pastel.

―¿Y qué pasará con la Asamblea? ―continuó Lee, con calma― Intenté soltar un par de comentarios sobre esto con ellos, pero no parecieron entender.

―Jamás han querido ayudarnos con esto. Si los hacemos partícipes, solo causaremos conflictos de intereses entre las entidades más influyentes de la ciudad. Es mejor que no se enteren hasta que lo tengamos solucionado.

―Menos mal ―Lee suspiró satisfecho al escuchar sus palabras―. Siempre has confiado demasiado en ellos.

―Son parte de la gente que lidera la ciudad, amigo. No podemos ignorarlos.

Lee se encogió de hombros y se mantuvo mirando la luz de neón, hipnotizado, y su compañero se encontró en el mismo trance justo después.

―¿Crees que nuestros predecesores se equivocaron con esto? ―preguntó a Lee en un momento de brutal honestidad, tan repentino que se sorprendió hasta a sí mismo de estar diciendo esas palabras.

―¿A qué te refieres?

―A nuestros poderes. A esta ciudad y a las condiciones que nos dejaron, a su deseo de detener lo inevitable sin importar el coste y su actitud paranoica.

―Creo que ya sabes mi respuesta: yo no miro al pasado, sino hacia adelante. Da igual si se equivocaron, nosotros somos los encargados de decidir ahora ―respondió Lee de inmediato―. Eso es lo que nos regalaron. La libertad de elegir.

―Supongo que es la respuesta más cercana a la correcta.

―Mi respuesta siempre es la más cercana a la correcta.

“Y volvemos a la superioridad de siempre”, pensó.

Pero bueno, había cosas que no cambiarían, incluso si llegaba ese temido fin del mundo que dentro de muy poco tiempo tendrían que intentar detener.

Prólogo

Sin daños colaterales

Dentro del viejo y anticuado ascensor, todo lo que la antigüedad de la maquinaria implicaba aturdía a Cuatro. Estaba acostumbrado al zumbido apenas audible de los ascensores actuales, no a los ruidosos sistemas de poleas ni a la suciedad de esa jaula sólida, con paredes manchadas, cristales a medio romper y una ampolleta apagada en el centro del techo, lo que los dejaba a él y a sus compañeros en la oscuridad, dándole a la escena un tono más lúgubre todavía. El edificio contaba con electricidad, pero parecía que el grupo se enteró de la redada y cortaron la energía de todo lo que no fuera necesario antes de que llegaran los Supresores y V. Cuatro lo sabía y, aunque entendía que era una clara señal para estar más atento, seguía confiado. No era la operación más peligrosa que hubiese hecho, y si no le llegó ninguna advertencia de Dos, estaba implícito que no existía ningún riesgo real. Ojalá sus hombres estuvieran igual de relajados.

Se hizo tronar el cuello y los nudillos con fuerza, flexionando sus marcados músculos por debajo de la camiseta, que le quedaba un par de tallas grande. Con su casi metro y noventa de altura, sus compañeros, armados y protegidos por ropajes blindados, lo miraron extrañados desde abajo.

―Bien, vuelven a recordar que estoy aquí. No olviden que eso significa que todo va a salir bien.

Algunos rieron muy por lo bajo detrás de sus cascos y ropajes reforzados, pero ninguno tuvo la valentía de responder. Qué duro podía ser estar en esas situaciones, cuando se sentía tan ajeno. Y pensar que había tres de sus compañeros que estaban por encima de él en temas de habilidad, y no por poco.

Aun así, el ambiente se relajó un poco tras su comentario, si bien menos de lo que esperaba. El efecto se redujo cuando el ascensor empezó a aminorar su velocidad. Una subida de veinte pisos se sentía eterna cuando el aparato encargado del transporte era tan poco eficiente.

Las puertas se abrieron con una lentitud tortuosa y, tan pronto se despejó el paso, Cuatro tomó la delantera. El oscuro pasillo se extendía en las sombras hasta un punto en que sus ojos no podían distinguir más, así que abrió una mano hacia sus hombres. Unos ligeros lentes llegaron a sus dedos y, tras colocárselos sobre su nariz y presionar un botón al costado del marco, el edificio tomó sentido en tonos de verde y gris. Había una bifurcación en tres al frente: un enorme pasillo central y dos paralelos, uno por lado, dándole a la planta una forma de tridente. Por el centro distinguió varias puertas cerradas a ambos costados y, al final, una enorme puerta metálica de aspecto grueso que incluso a él podría costarle abrir… Tal vez.

―Quiero que se separen en dos grupos iguales ―susurró Cuatro―. El primero esperará detrás de mí por el centro. El segundo se volverá a dividir, y cada uno irá por uno de los laterales. Cuando empiece a avanzar, cuenten hasta tres. Si en ninguno de los dos desvíos ocurre nada, vuelvan. Si ven el más mínimo movimiento, llámenme a gritos. Mientras yo avanzo, los que se queden en el medio disparen a cualquier cosa que yo embista o golpee, o que me dispare a mí primero. ¿Entendido?

Un murmullo de asentimientos recorrió la veintena de hombres que estaban a su espalda. Cuatro se tensó. Tal vez él no corría ningún peligro, pero todo esto apestaba demasiado a trampa como para mantener la calma. No quería tener que cargar con la sangre de ninguno de los suyos. Hoy no.

―Si es que nos topamos con algún Nulo, no quiero que los… ¿Cuántos de ustedes son Supresores con entrenamiento completo? Da igual, que ninguno intervenga; esperen hasta que termine con ellos y solo entonces continúen apoyándome. Si ven algún brazalete, incluso ante la duda, retrocedan y déjenmelo a mí. No merece la pena el riesgo.

Otro murmullo, esta vez mucho más despacio, brotó de la masa que ya empezaba a moverse siguiendo sus indicaciones. Bueno, adiós a esa subida de ánimo en el ascensor, pero al menos ahora estaban más preocupados que asustados. El miedo mata más que la precaución, y la confianza desmedida, más que las dos anteriores juntas, así que bien por ellos.

Cuatro se acercó al inicio del pasillo central y vio los grupos de hombres organizarse en las bifurcaciones. Sintió los pasos detrás de él. Entonces llevó la mano al comunicador en su oído izquierdo.

―Entrando.

Avanzó, dejando que el líquido potenciador de nanobiotecnología abandonara su brazalete y se extendiera por su torrente sanguíneo a gran velocidad. Poco a poco el implante metálico en su antebrazo izquierdo comenzó a iluminarse en un tenue color azul oscuro, y al instante pudo sentirlo. El poder.

Delicioso poder.

El éxtasis. La energía. La adrenalina. Ese combustible en sus venas, llegando a cada rincón de su cuerpo. Cuando llegó a sus músculos, estos comenzaron a crecer hasta alcanzar un volumen imposible para cualquier otro ser humano en cosa de segundos. Su piel se estiró para acomodarse a su nueva fuerza bestial, mientras el líquido potenciador la reforzaba para que no se rasgara por la presión. La camiseta que le quedaba demasiado grande de pronto parecía estar a punto de estallar por su repentino tamaño. Llegó a medir cerca de dos metros veinte cuando terminó el proceso de activar su Mejora.

Se acercó a la primera puerta cerrada en el lado derecho del pasillo central, y se detuvo en seco al creer escuchar algo al otro lado. Dio en ese momento una señal de alto a los hombres a su espalda. Esperó unos momentos en silencio. Nada.

Recibió dos confirmaciones por el auricular de cada grupo que se había separado por los costados. No había peligro e iban camino a reunirse con los demás. Si iban a tener pocos problemas en el resto de la planta, podía permitirse que las cosas acabaran más rápido y con más violencia. Casi lo prefería: era su área predilecta, al fin y al cabo. Sería menos seguro para los demás, pero acabar con el problema de forma rápida también reducía la posibilidad de bajas innecesarias si es que el trabajo se extendía más de lo planeado.

Estaba decidido, pues.

Golpeó con fuerza la pared a su izquierda, justo al frente de la puerta en la que se había detenido, y de inmediato detrás de la puerta de la derecha se produjo un leve gemido ahogado. “Los tengo”.

Se giró con rapidez y pateó la puerta cerrada, la cual se desplomó sobre una figura que parecía haber estado apoyado en esta. Cuatro siguió el movimiento de la patada con todo su cuerpo, aplastando la puerta bajo su peso y también al pobre cuerpo contra el suelo, lo que generó un desagradable sonido de huesos crujiendo bajo el armazón de madera.

Tres figuras con armas de fuego se encontraban dentro de la oscura habitación, y miraban con incredulidad al compañero que había quedado convertido en un sándwich entre la puerta y el suelo.

Intentaron reaccionar más rápido que Cuatro. Intentaron.

Antes de que la primera de las siluetas pudiese alzar su arma, Cuatro dio tres largos pasos hacia adentro, lo sujetó por los hombros y lo lanzó contra la pared al fondo de la habitación. El sonido seco del impacto de su cuerpo contra el muro fue suficiente indicación de que no ofrecería más pelea. El segundo alcanzó a gritar con fuerza un nombre que Cuatro no distinguió, mientras aún no dejaba de mirar la mancha de sangre bajo la puerta, y luego alzó su arma solo para que Cuatro la agarrara por el cañón y lo torciera en un ángulo de noventa grados hacia arriba, como si estuviera hecho de goma. Luego le quitó el arma arruinada de las manos y se la lanzó al rostro. Sintió la sangre salpicar contra su cuerpo cuando esta le destrozó la nariz al pobre tipo y, antes de poder mirar al último de sus enemigos armados en condiciones de hacerle frente, escuchó disparos.

Tres llegaron contra sus hombros, dos en la mitad de su espalda y uno en la cadera. El dolor se sentía lejano; sus músculos eran tan fuertes que absorbían la potencia de munición de bajo calibre como la que usaban esas armas antiguas, contrayéndose alrededor de los proyectiles en el momento del impacto y luego expandiéndose para dejar las balas caer. Menos mal que esos idiotas no estaban preparados para enfrentarse a él. Cuatro se alzó hacia el último tipo en pie. El hombre tembló al ver que las balas no parecían hacer lo que debían contra alguien descubierto.

Cuatro se tapó la cara con el brazo para evitar que se rompieran los lentes y caminó hacia su último objetivo con calma. Cada uno de sus pasos hacía retumbar el suelo por su peso incrementado. Sintió unos cuantos disparos más en el antebrazo y en las piernas al acercarse, pero no alcanzó ni a sangrar. Cuando llegó frente a la figura, le sujetó la cabeza completa con una sola mano, lo levantó del suelo hasta ubicarlo a la par con su rostro y, justo antes de que sus expresiones se consumieran por el pánico, hizo impactar su cráneo contra el suelo. El crujido fue horrible, pero Cuatro se había contenido y no alcanzó a matarlo… o al menos eso pensaba.

Solo cuando se detuvo a ver si el hombre al que le había lanzado su propia arma en la cara seguía allí, Cuatro se percató de que en el pasillo había empezado un tiroteo. Miró al tipo con la nariz rota, que temblaba en el suelo observando los cuerpos inertes de sus compañeros y que sangraba a chorros, aunque todavía se hallaba en perfectas condiciones para seguir plantando pelea, si es que elegía ser así de estúpido.

―Quédate ahí, sé un buen chico, y no terminarás como ellos ―ladró Cuatro.

El hombre se limitó a asentir, y Cuatro podría jurar que vio una mancha húmeda en sus pantalones. “Patético”.

Regresó al pasillo con los dos brazos cubriéndose la cabeza. Los disparos de sus hombres se detuvieron; por lo demás, recibió unos cuantos impactos más desde el frente y luego estos pararon también, al quedar claro que dos docenas de balas contra un hombre desarmado no parecían derribarlo. Bien, ya se estaban dando cuenta de la situación en la que se habían metido.

Antes de seguir avanzando miró hacia atrás de reojo y vio que uno de sus hombres estaba herido. No parecía grave: un impacto de poca profundidad en el hombro izquierdo, pero estaba sangrando. Dejó que el líquido potenciador de nanobiotecnología fluyera con más libertad en su organismo. No necesitaba eso para completar la misión, ni de broma, pero quería asegurarse de no perder a nadie. Quería una misión limpia, expedita y rápida, sin muertes innecesarias ni daños colaterales.

“Demonios”, se dijo, “esto habría sido mucho más fácil estando solo, y habría ahorrado un montón de líquido…”.

La potencia de su Mejora aumentó, sus músculos crecieron hasta un punto monstruoso incluso en comparación a como se veía hace unos segundos. Poco a poco su camiseta se rompió en varios puntos, convirtiéndose en trozos de tela blanca colgando en su torso. Le dio gusto mirar otra vez hacia adelante. Varios de aquellos hombres que estaban disparando comenzaron a lanzar sus armas al suelo y corrían para escapar del lugar cuanto antes o refugiarse tras la enorme puerta metálica. Sabían muy bien que se hallaban totalmente perdidos.

Primera parteCentro de Investigación de Nanobiotecnología

“En retrospectiva, se me hace extraño que no hayamos sido capaces de reconocer las habilidades del joven Vooler más rápido.Sí, es cierto que mi teoría inicial fue acertada,pero la carencia de seguridad en esta misma nos hizoperder valioso tiempo que, ahora sabemos,es crucial no desperdiciar”.

Capítulo 1Pérdida de memoria de corto plazo

Rehin Vooler se despertó confuso y adolorido, experimentando algo parecido a una resaca según lo que podía imaginar, porque nunca había bebido. Pero algo le decía que cuando lo hiciera la sensación sería muy similar, y ya lo detestaba.

Su cabeza daba vueltas y su visión estaba nublada. Cuando intentó erguirse, su cuerpo no le respondió bien: sentía sus extremidades lentas y pesadas, como si le faltara energía. En el momento en que sus ojos terminaron de despejarse, se encontró en un lugar que no había visto nunca. Era una habitación pequeña: no mediría más de tres metros por lado y todas las paredes eran blancas. Mientras más miraba a su alrededor, más seguro estaba de que la habitación tenía la forma de un cubo perfecto. La cama en la que estaba también era del todo blanca: lo eran el colchón, las sábanas y el cobertor, al igual que sus ropas, que se componían de una sencilla camisa y un pantalón, los dos con aspecto de haber sido sacados de un hospital, aunque más cómodas y gruesas. Además, el olor del lugar no le cuadraba con el de una sala de hospital… O al menos no del todo: olía a limpio, a metal y… a algo casi frutal.

La cama estaba orillada contra una esquina de la habitación, y justo frente a esta distinguió el marco de una puerta. Antes de volver a intentar levantarse, estiró su cuerpo, asegurándose de que su movilidad regresaba. Al mismo tiempo intentó recordar: ¿cómo era que…?

Entonces lo vio. Al estirar su brazo izquierdo, distinguió un aparato metálico justo bajo su muñeca. Un aparato que reflejaba la luz blanca de la habitación y que le producía algo de irritación en los bordes que separaban el implante de su piel.

“¿Olvidé la instalación de mi brazalete?”, pensó Rehin en tanto sus memorias volvían en trozos desorganizados. Ayer había dejado su hogar a primera hora de la mañana (un enorme esfuerzo, dado que se hallaba de vacaciones), se había reunido con Derek en el aéreo, discutieron sobre lo mismo de siempre y… ahí todo se difuminaba. Aún tenía más o menos claro el recuerdo de haber visto y entrado en el Centro de Investigación de Nanobiotecnología. Recordaba también la seguridad y los tres o cuatro controles de identificación por los que tuvieron que pasar antes de entrar al edificio en sí. Y después… ya no estaba con Derek. Rehin tuvo que ir hacia otro lugar, mientras Derek se quedaba a… ¿una charla de bienvenida? Algo así, quizás la explicación de todo el proceso de la operación. ¿Por qué se habían llevado a Rehin a otro sitio, entonces? Ese tipo de charlas debían de ser obligatorias para los nuevos Mejorados, ¿no?

Se sentó en la cama al tiempo que agitaba la cabeza; los detalles ya volverían. Una voz mecánica y femenina sonó desde los bordes del techo de la habitación.

«Buen día, joven Vooler. ¿Ha tenido una buena noche?».

―¿Qué? ―Rehin buscó con la mirada. La voz sonaba demasiado mecánica como para tratarse de una persona usando un filtro de voz―. ¿Esta habitación tiene inteligencia artificial integrada?

«Correcto, joven Vooler. Por favor, si pudiera levantarse y seguir mis indicaciones, se lo agradecería. Necesito asegurarme de que su integridad física no se ha visto afectada a largo plazo por la operación».

―Claro ―dijo Rehin, poniéndose de pie a duras penas e intentando ignorar la implicación en esa frase. También tuvo que empujar al fondo de su mente unas cuantas ideas que Derek le había inculcado sobre inteligencias artificiales tras el desempleo de su padre. Entendía la molestia de su amigo, y a veces hasta empatizaba con él, pero eso no quitaba que considerara sus opiniones demasiado drásticas.

La voz comenzó a indicarle que levantara un brazo y lo estirara en una serie de movimientos que repitió con el otro. Realizó ejercicios similares con ambas piernas y luego unos cuantos más con todo el cuerpo. Tras varias repeticiones, la inteligencia artificial guardó silencio unos minutos.

Rehin aprovechó para terminar de inspeccionar el cubículo. No veía ningún panel de control táctil para abrir la puerta, pero en la pared que estaba a la cabeza de la cama distinguió uno a la altura de su torso. Era demasiado alto para abrir una puerta y demasiado bajo para una ventana.

«Joven Vooler, su estado físico es óptimo a primera vista. ¿Siente alguna molestia física que considere necesaria mencionar?».

―Solo estoy… cansado.

«Esa es una secuela normal tras la operación de implante de brazalete, tanto por la reacción que puede haber tenido su cuerpo al proceso quirúrgico como por los posibles efectos de la Mejora sobre su organismo. Sobre todo cuando se trata de sujetos altamente compatibles con el líquido potenciador de nanobiotecnología, como usted. No se preocupe, con las horas se sentirá mejor».

“Altamente compatible”. Por eso Rehin había sido separado de Derek. Su examen de sangre había tenido un resultado dentro del rango más alto posible y lo habían llevado a una charla de bienvenida distinta que al resto. Solo entonces recordó, y de inmediato analizó con más ahínco, el brazalete metálico que reemplazaba poco menos que diez centímetros de piel en su antebrazo.

Todos los brazaletes tenían un color particular y, hasta donde él sabía, ese color era aleatorio, aunque solía relacionarse con la Mejora que le otorgaba a su usuario. Pero el suyo era raro… ¿casi transparente? Claro que no era transparente de verdad; de ser así podría ver el interior de su brazo, sus músculos y tendones. En su lugar poseía una textura casi cristalina que parecía encontrarse por encima de una segunda capa color piel, como si aún tuviera piel bajo el implante. Rehin nunca había escuchado de un brazalete sin color, o de un color así de parecido a su propia piel. Aprovechó el momento de claridad para observarlo bien y ver, asimismo, la forma en la que este se hallaba instalado en su cuerpo.

Se sentía antinatural al mover el brazo, que el implante de nanobiotecnología se moviera con una flexibilidad contradictoria a la sensación metálica al tacto, como si se acoplara a los movimientos de sus músculos. Sus dedos siguieron el borde entre implante y piel, notando un relieve muy sutil justo en la línea de piel irritada y rosada, y le pareció que podría intentar forzarlo y arrancarlo con una herramienta precisa... o con suficiente fuerza bruta. Sabía que no era posible, al menos no con una fuerza humana sin Mejorar o sin una segunda operación, pero la idea no dejó de inquietarlo. Pudo notar además que una parte del brazalete se sentía mucho menos fría y metálica: un rectángulo en la zona externa de su antebrazo, la que bajaba por el dorso de su mano. Podía ser la pantalla de información integrada que tenían algunos brazaletes de última generación, considerando que la información disponible en línea sobre esos aparatos fuera correcta. Además, en el lado opuesto del brazalete había un pequeño orificio para cargar el implante de líquido potenciador de nanobiotecnología.

Con todo esto, Rehin se tranquilizó al asegurarse de que al menos su memoria a largo plazo estaba intacta, e hizo un último repaso de lo que sabía. Había entrado al Centro con Derek, los separaron para sus distintas charlas de bienvenida, y desde ahí dejaba de ser capaz de recuperar nada más. No recordaba nada de su charla ni las horas previas a su operación. Le habló, inseguro, a la inteligencia artificial.

―Eh… ¿Es normal que tenga una leve pérdida de memoria?

La voz no respondió por unos segundos.

«No es nada de lo que preocuparse; aunque sí es poco usual que los efectos secundarios posteriores a la operación sean de carácter mental, cognitivos o psiquiátricos, esto puede ocurrir. En casos similares, Mejorados con síntomas como lo que describe han recuperado sus recuerdos con el paso del tiempo. Si de aquí a los siguientes tres días no se siente en mejores condiciones, hágamelo saber y llamaré a un especialista».

―Bien, gracias.

“Genial”, pensó Rehin, “ahora tengo una secretaria”.

«En cualquier caso, voy a ejecutar unas breves pruebas para estar segura de que tus funciones mentales básicas no fueron dañadas, y de que tus problemas de memoria no sean a largo plazo o permanentes».

Tras decir esto un cuadro de la pared se deslizó, dejando ver una pantalla. Esta se iluminó, formando una cuadrícula de cinco por cinco círculos blancos, con uno negro en el centro. Rehin conocía la prueba: el círculo negro desaparecería y luego él debía recordar su posición y presionarla. Después se iluminarían dos en secuencia, y tendría que recordar la secuencia, cada vez con más y más figuras apareciendo una tras otra. Era una rápida prueba de memoria a corto plazo, aunque no sabía la ciencia detrás de esta ni cómo ayudaría a detectar posibles daños permanentes. La completó en unos segundos y luego siguieron pruebas de naturaleza similar. Al completar tres distintas en unos diez minutos, la pantalla se apagó y la inteligencia artificial volvió a hablarle.

«Todo en orden, joven Vooler. De todas formas repasaré los datos, tu actividad cerebral pa…».

La voz se interrumpió de forma abrupta y el silencio invadió la habitación.

―¿Hola? ¿Todo bien?

La inteligencia no respondió de forma inmediata, como si dudara, cosa que para una máquina no debía ser posible. Habló de golpe tras un minuto más de silencio.

«Sí, todo en orden. Las pruebas han resultado correctas. Ahora puede asearse y vestirse para salir. Especialistas del Centro de Investigación de Nanobiotecnología lo están esperando para realizar las primeras pruebas a su brazalete y Mejora. Ha sido un placer conocerlo, joven Vooler».

Tras eso, el marco de la puerta que había visto Rehin antes se iluminó, y justo a su lado se abrió un panel de control táctil. Se acercó y apoyó la mano en este, que escaneó su palma y luego se iluminó en una luz de un frío color azul. La puerta se retrajo hacia arriba, dejando a la vista un pequeño cuarto de baño. Dentro había un cubículo de ducha con un panel de control a su lado, un lavamanos y un inodoro. Sobre el lavamanos había un gran espejo y pudo ver su reflejo. El color plateado de su cabello caía desordenado a los lados de su rostro, a unos cuantos centímetros sobre sus hombros, y sus ojos color violeta claro se encontraban más opacos de lo normal, haciendo notar aún más sus ojeras de cansancio. Se quitó la blanca camisa para ducharse y la tiró a un costado, llevándose una sorpresa al ver el reflejo de su torso.

Sabía que casi todos los brazaletes mejoraban la estructura muscular de su usuario incluso sin considerar los efectos de la Mejora que otorgase, pero aun así la imagen lo tomó desprevenido. No era que estuviese más marcado que antes, pero no esperaba el no reconocerse. Rehin nunca fue una persona atlética, pero tampoco estaba en mala forma; tenía la bendición de mantenerse delgado sin esforzarse con dietas o ejercicio, pero ahora su espalda y sus hombros eran un poco más anchos, y si bien su abdomen no estaba más desarrollado, pudo notar una clara diferencia entre cómo se veían sus abdominales el día de ayer y cómo estaban ahora. Sobre todo veía sus brazos extraños, pues ahora sentía los músculos en ellos, y al hacer fuerza distinguió una ligera marca en sus bíceps y tríceps. Era difícil creer que tantas diferencias fueran producidas por solo unos centímetros cuadrados de metal y nanobiotecnología.

Terminó de desvestirse y se duchó tan rápido como pudo, ignorando todo lo que le fue posible el cambio de su cuerpo. El cubículo de la ducha se encargó de apurar el proceso; si bien no era de última generación, era bastante avanzado, y poseía un sistema de secado de cabello incluido. Con todo, Rehin apagó el programa antes de que terminara, con el cabello solo a medio secar. Lo hizo por inercia, y al salir de la ducha se dio cuenta del poco sentido que eso tenía. Recordó a su madre, y que no estaría para que se molestara al verlo salir con el cabello húmedo. Intento alejarse de la idea que sabía vendría después, pero no tuvo éxito. No sabía cuándo volvería a ver a sus padres. Todo dependía de la naturaleza de su Mejora.

Hizo lo que pudo por evitar dejarse llevar por el miedo, estiró la mano hacia un panel de control junto a la ducha y se abrió una pequeña compuerta en la pared con varias toallas colgadas. Recogió una para el cabello y otra para el cuerpo, y se secó mientras se dirigía a la habitación.

―Eh… ¿Hola? ¿Tengo ropa?

«Por supuesto, joven Vooler. Habilitaré el panel de control del armario. Me temo que no hay mucha variedad para elegir».

Debajo del borde de la pared que Rehin había visto y reconocido que no podría ser ni una puerta ni una ventana, apareció un panel, que abrió la compuerta hacia un lado, revelándole cinco mudas iguales de ropa, cada una formada por una camisa blanca, pantalones gris claro, una sudadera con cremallera de un tono grisáceo casi negro, y zapatillas deportivas blancas. Al vestirse, sintió que toda la ropa le quedaba a la perfección. “Si tienen hasta mis medidas, bien podrían haber investigado un poco sobre mi estilo…”.

Una vez vestido, un nuevo panel apareció en la única puerta que hasta ahora no parecía poder abrirse. Se acercó a él con la intención de salir, pero lo interrumpió la inteligencia artificial.

«Joven Vooler».

―¿Sí?

«Sus toallas. Si pudiera devolverlas al compartimento en el baño, se lo agradecería».

―Oh, claro. De inmediato ―dijo Rehin antes de girarse para recoger las toallas. Volvía a olvidar que por dejar el cuarto sin ordenar no se ganaría ningún regaño de sus padres, así que las dejó ordenadas en su compartimento, recogió la ropa que había tirado, cerró la puerta y luego ordenó la cama.

―¿Qué hago con la ropa?

«Al armario también, joven Vooler. Se lavará y ordenará antes de su retorno».

―Perfecto ―dijo antes de guardarla. Volvió a acercarse al último panel de control para salir y lo activó, haciendo aparecer el marco de una puerta que se abrió al instante. Afuera había un hombre y una mujer, vestidos con batas de laboratorio y sujetando tabletas holográficas.

―Es un gusto conocerte, Rehin Vooler. Espero que tu despertar haya sido grato. Síguenos, por favor, te llevaremos a tu sala de pruebas preliminares ―lo saludó el hombre. Su voz lo hacía parecer más viejo de lo que aparentaba a primera vista.

Rehin salió de la habitación y se encontró con un pasillo de paredes claras, casi blancas, lleno de puertas similares a la suya. Cerca había dos jóvenes más saliendo con sus respectivos acompañantes. Uno era un chico alto, de cabello rubio, desordenado y corto, que le hizo un gesto con la mano a Rehin. “¿Lo conozco?”, pensó, esforzándose por conectar su aspecto con algún recuerdo borroso del día anterior. El otro era un muchacho bastante más pequeño y relleno, que se acomodaba sus lentes con ambas manos mientras miraba alrededor. A él sí tuvo la impresión de que lo conocía, pero tampoco podía decirlo con seguridad.

―Por aquí, Rehin ―dijo la mujer.

Rehin dio un paso fuera y logró distinguir una pequeña pantalla justo al lado de su puerta, ahora cerrada. Tenía una imagen de su rostro y su nombre. Justo debajo de este, la pantalla rezaba:

«Sujeto altamente compatible. Mejora: no determinada».

Capítulo 2Pruebas preliminares

Los dos científicos, o eso asumió Rehin que eran, lo guiaron por el pasillo hasta llegar a un ascensor. En el camino, aprovecharon de hacerle varias preguntas. Rehin intentó sacar partido de la oportunidad y ver las pequeñas pantallas de las otras puertas, pero casi todas se hallaban apagadas, así que se limitó a responder.

―Muy bien, ¿puedes confirmarnos tu nombre completo?

―Rehin Vooler.

―¿Cuadrante de residencia?

―Siete ―ante su respuesta, Rehin casi pudo sentir sin mirar a su interlocutor la mirada de ligera sorpresa.

―¿Edad?

―Dieciséis años.

―¿Estado actual de estudios medios?

―Completados.

―¿Promedio de egreso?

―Ochenta y nueve por ciento.

―Muy bien… ―dijo el hombre, a su izquierda, a la vez que anotaba―. Con eso las primeras preguntas están listas.

―¿Cómo te sientes, Rehin? ―siguió la mujer―. Físicamente, quiero decir. Ya tenemos los análisis de salud previos de tu habitación y sabemos que te encuentras bien, pero ¿tienes algo que comentar?

Antes de que pudiera responder, la puerta del ascensor se abrió y los tres entraron. Las puertas se cerraron de inmediato y comenzaron a subir sin que presionaran ningún botón para indicar el piso de destino.

―No mucho. Estoy algo confundido, si soy sincero, pero nada más.

―Es normal, tranquilo ―respondió la mujer, que sonaba mucho más empática que su compañero―. Una vez hayamos terminado las pruebas, podemos acompañarte hasta que estés seguro de que te sientes mejor, si así lo deseas. Somos ayudantes del departamento de investigación de Mejorados, así que no tengas miedo de hacernos cualquier consulta.

―Gracias. Hablando de eso… ¿La pérdida de memoria es algo por lo que preocuparme? Como un síntoma secundario de la operación o algo así… Cuando se lo mencioné a la inteligencia artificial de mi habitación, no entendí muy bien su respuesta.

―Tranquilo, es normal. Poco común, pero nada que no pase de vez en cuando ―lo cortó el hombre, más rápido de lo que esperaba―. Todos los detalles previos a la operación volverán a ti con el tiempo.

El ascensor se detuvo, y solo ahora Rehin se percató de que ni siquiera había una pantalla que mostrara el piso actual. La chica colocó la mano en el panel de control del ascensor y, cuando las puertas se abrieron, Rehin experimentó una mezcla de emociones tan fuerte ante lo que vio que su cuerpo empezó a moverse sin que se diera cuenta.

Para empezar, tuvo que aguantar una exhalación de sorpresa. Estaba frente a un enorme y ancho pasillo con el techo a más de cinco metros de altura y con muchísimas habitaciones de paredes de cristal en toda su extensión, en las cuales otros investigadores y científicos observaban, tomando notas, lo que ocurría al otro lado. En cada sala había jóvenes utilizando sus Mejoras, probablemente por primera vez.

Dentro de la primera habitación que vio a su derecha había un chico que daba saltos por toda la sala. Literalmente. Justo cuando lo vio, el chico se impulsaba desde el suelo hacia una pared, solo parando para apoyarse en esta por menos de un segundo. Luego se impulsó para ir a parar a la pared opuesta, y de esta se lanzó al techo en un ángulo abrupto. Repitió el proceso varias veces, rebotando hasta que perdió el equilibrio al intentar girar sus pies hacia una pared tras un salto demasiado acelerado, y acabó chocando su hombro contra el muro y luego cayó con fuerza al suelo. Tras revisarse las piernas con rapidez, el muchacho se levantó como si nada y volvió a empezar. Dentro, dos investigadores corrían a socorrerlo cada vez que se golpeaba por un mal “rebote”, mientras que otros cuatro desde fuera tomaban notas, frenéticos.

En la habitación de al frente se veía a una joven de cabello dorado oscuro, que estiraba ambas manos delante de sí, y de su brazalete de color anaranjado brotaban llamas en un ancho y largo abanico en el aire, a la vez que los dos investigadores dentro se protegían detrás de ella. Había algo retorcido en la forma en la que su rostro sonriente se iluminaba con el fuego, que además no parecía dañarla.

Unas habitaciones más adelante un chico bastante bajo y delgado peleaba contra dos guardias. Al pasar, Rehin lo vio lanzar un puñetazo hacia delante, que justo antes de impactar en su objetivo produjo vibraciones en el aire, centradas alrededor de su puño, como si de oscilaciones en un charco se tratasen. Cuando el puñetazo impactó contra el torso del guardia se produjo un sonoro estallido que vino seguido de un fuerte empuje, que lanzó por los aires al hombre armado.

En otra sala, una muchacha de cabello negro producía desde su brazalete una bruma densa y oscura, que se movía como si siguiera una corriente de aire invisible a su alrededor. Además, el brazo desde el que se producía esta sustancia estaba tan rodeado por ella que a Rehin le costaba distinguir si seguía allí.

“Increíble…”.

Lo hicieron seguir adelante con un amistoso tirón del hombro cuando se quedó unos segundos más frente a esa última habitación, así que se obligó a centrarse y seguir avanzando. Cuando llegaron frente a una habitación vacía, aprovechó unos minutos en los que los ayudantes se reunieron para hablar y tomar notas para distraerse con cuatro jóvenes que estaban cerca. Se trataba de tres hombres y una mujer; dos de los hombres no tenían una Mejora tan vistosa, o al menos no las estaban utilizando en ese momento, el tercero desaparecía y volvía a aparecer en otro lado de la sala en cosa de segundos. Pero la chica fue quien llamó más la atención de Rehin.

Estaba en la sala justo frente a la que le correspondía a él, y cuando este se acercó un par de pasos al enorme cristal, la chica estaba mirando hacia adelante con sus ojos color sangre. Parecía mirar directamente a los ojos de Rehin. Su cabello era gris, pero no brillante como el color plateado del de Rehin, sino más sólido y oscuro, y caía liso y ordenado hasta el final de su espalda. Llevaba un ajustado y largo vestido azul sin mangas que le cubría desde los hombros hasta por debajo de las rodillas, y su brazalete color platinado brilló con fuerza cuando uno de los investigadores la golpeó en la cabeza con un bate reforzado. El bate se destruyó en varios trozos tras el fuerte impacto, pero la joven no se inmutó. Había muchos más científicos tomando nota frente a ese cristal en comparación con los que había ante el resto de los jóvenes Mejorados.

―¿Rehin? Esta es tu sala de pruebas preliminares. Acércate, por favor ―dijo la ayudante antes de abrir la puerta. Rehin solo entonces entró en razón y se dio cuenta de que había caminado hasta quedar casi a dos metros del cristal, parado entre varios de los científicos que tomaban nota.

No era que nunca hubiese visto Mejorados en acción; era casi común hoy en día, sobre todo considerando el cuadrante en el que vivía, pero lo hacía por televisión o en su móvil, nunca a tan cortas distancias.

Saliendo de su estupor, Rehin siguió a los ayudantes a la sala vacía, que era de enormes dimensiones e igual a todas las otras que había visto por el pasillo. Apenas entró se percató de que el cristal era polarizado, ya que, al intentar ver a la chica de antes a través de este, solo se encontró con su reflejo devolviéndole la mirada.

―Muy bien, Rehin. Vamos a darte unas cuantas cargas de líquido potenciador de Nanobiotecnología para que lo utilices en tu brazalete y podamos comprobar la naturaleza de tu Mejora. Para el primer uso esperaremos fuera, y tras comprobar que sea seguro estar contigo, entraremos, o te daremos nueva información desde fuera en caso de ser necesario. ¿Todo claro? ―le dijo la mujer, mientras le dejaba en la mano tres pequeños contenedores de líquido NBT.

Eran inyecciones cilíndricas más grandes que una jeringa tradicional; ocupaba más de la mitad de su mano al sostenerlas, y al final de estas ni siquiera distinguía la punta. En el costado del tubo se veía su contenido a través de una lámina transparente, y al lado tenía una marca que decía: «10 ml». En el resto del borde plástico solo se distinguían tres grandes letras: NBT. La carga tenía además un pequeño botón en la parte superior.

Rehin sujetó dos cargas de líquido en su mano izquierda y acercó la que tenía en la derecha al orificio de su brazalete. Dudó unos segundos, pensando en cómo se sentiría tener aquella sustancia en su organismo. Los últimos meses se había cuestionado la mera posibilidad de llegar hasta allí, y en la última semana, desde que había recibido el resultado de su examen de compatibilidad, ya ni siquiera se podía dar el gusto de fantasear. Ya no podía seguir diciéndose que “tal vez” las cosas no lo llevaran a tener una Mejora, ni siquiera era algo que fuese a ocurrir eventualmente, era algo que estaba pasando justo en ese momento, y no podía reaccionar. Se sentía paralizado, fuera de control… Pero tampoco era como que le quedara otra opción, ¿no?

Recordó unas lejanas palabras de Derek, agitó la cabeza y suspiró para tranquilizarse. Solo entonces continuó.

Puso en contacto la carga contra el brazalete, y el implante reaccionó por su cuenta. La apertura se ensanchó unos centímetros, y el final de la jeringa se enganchó en esta con un fuerte clic. Presionó el botón de descarga y, tras un imperceptible pinchazo, vio el líquido de la carga bajar por la jeringa para cargar el brazalete. En la parte menos metálica de este se encendió una pantalla, y en ella se iluminó el ícono de un pequeño tanque, similar a la imagen de la batería de su celular, que se llenó hasta más o menos un quinto del total. Y entonces... nada.

Esperó por uno, dos, cinco minutos, mirando alrededor. ¿Debía sentir algo?

En teoría, el líquido NBT no entraba directo a su organismo, sino que el brazalete hacía el rol de regulador de este, controlando cuánto el usuario dejaba entrar al riego sanguíneo. Pero no sentía nada diferente, ni siquiera sabía qué esperar para conseguir que su brazalete hiciera su trabajo. Intentó flexionar el antebrazo, hacer fuerza y concentrarse en los músculos que rodeaban el implante, enviar una orden mental... Nada.

―Tranquilo, Rehin. El brazalete está conectado a tu sistema nervioso y responderá a tus intenciones cuando consigas encontrar la parte de tu cerebro que está a cargo de hacerlo funcionar. Concéntrate y no te preocupes, todo estará bien ―habló la mujer a través de unos parlantes.

Respiró y cerró los ojos para visualizar el brazalete como una parte más de su cuerpo. Entonces intentó decirle que hiciera salir el líquido de esta nueva parte de su cuerpo, y de inmediato sintió un cosquilleo desde el brazalete. Abrió los ojos despacio y vio cómo este brillaba con una luz blanca y pura. En la pantalla, la imagen del tanque de carga del líquido NBT bajó a toda velocidad hasta vaciarse. Sintió un escalofrío recorrer su cuerpo por unos segundos, y luego eso se convirtió en una simple sensación de energía dentro de sí, algo latente y a la espera. Pero no sabía qué estaba esperando. Miró hacia el vidrio polarizado, confundido y se encogió de hombros. “¿Ahora qué?”.

―¿Sientes algo, Rehin? ―dijo esta vez una voz masculina, aunque tampoco era la del hombre que lo había acompañado antes.

―Sí, pero… No lo sé, es…

―Intenta expulsarlo, proyectarlo desde tu cuerpo o darle forma. Sé que suena ambiguo, es difícil de explicar. Podrás hacerlo ―siguió la misma voz.

Intentó hacer lo que le habían dicho, pero no sabía ni qué significaba. Siguió de todas formas, ignorando su inseguridad; trató de lanzar aquello que se encontraba en sus venas, de acceder a esa energía que esperaba de forma paciente dentro de sí. Después de cuatro intentos, poco a poco el cosquilleo se desvaneció y la luz de su implante se apagó.

―Está bien, Rehin, muchos no lo consiguen a la primera. Prueba una vez más.

Volvió a cargar su brazalete, y si bien de nuevo le tomó unos segundos concentrarse y enviar el líquido del implante a su cuerpo, lo consiguió con menos dificultad. Intentó otra vez hacer algo con esa energía, pero el resultado no cambió. Ese poder latente dejó su cuerpo tal como había llegado, sin producir nada.

La puerta de la sala se abrió, y apareció el ayudante que lo había acompañado hasta allí. Llevaba un bate de béisbol en la mano.

A su lado, su compañera portaba un bolso negro de tela. “Ay, no…”.

―Está bien, no te preocupes ―lo intentó tranquilizar la mujer―. Lo haremos una vez más. Intenta dosificar el líquido una vez que esté en tu brazalete, no dejes que vaya todo de un tirón. Puede costarte, pero no es imposible.

Rehin acató. Cargó el brazalete con líquido y lo dejó fluir, enfocándose en solo dejar que parte del poder almacenado fuera liberado, pero sin mucho éxito. La barra de carga se empezó a vaciar igual de rápido que antes, y el ayudante respondió un tanto nervioso.

―Está bien, tenemos tiempo de sobra para esto, solo…

Antes de terminar la frase miró el bate en su mano y golpeó a Rehin en el costado. El dolor no fue tan intenso, pero lo tomó desprevenido y casi se cayó de bruces contra el suelo. Recuperó el equilibrio con dificultad, se sujetó las costillas y miró al ayudante, furioso.

―¡Oye! ―escupió Rehin.

―Lo siento, lo siento ―respondió el hombre, también molesto―, teníamos que comprobar que no fuera una Mejora de resistencia o… ¡Rápido, toma el bate y golpéame!

―¿Qué?

―Puede que tu Mejora solo afecte a objetos, o que te otorgue una fuerza difícil de notar… Solo… ¡Ten!

Rehin sujetó el bate y, en los últimos segundos en los que sintió la energía esperando en su interior, atacó al hombre en su pierna derecha. El bate impactó, pero no con más fuerza de lo normal. Se sentía un poco más fuerte que antes, sí, pero solo por el desarrollo muscular que había experimentado tras la operación. El ayudante trastabilló y se apoyó en su compañera para no caerse, recuperó el equilibrio y alzó una mirada ofendida hacia Rehin.

―¿Era necesario apuntar a mi rodilla?

―¡Lo siento, entré en pánico! ―respondió Rehin, tirando a un lado el bate y acercándose para asegurarse de que el hombre estuviera bien.

―Da igual… ―lo interrumpió él, alejándolo con la mano―, pero ten más cuidado si…

―Ten, otra carga de líquido. Y esto ―interrumpió la mujer, entregándole otra inyección y sacando una pequeña pistola del bolso. Rehin se quedó helado.

―¿Esto es…? ―intentó decir.

―Dispara hacia la pared. Algunas mejoras funcionan con armas de fuego, o con objetos arrojadizos y cosas por el estilo. Ah, no te preocupes, la munición de esto no sería capaz de matar a nadie ―aclaró ella, al ver que Rehin palidecía―. Tiene una sola bala. Dispara dos veces e intenta… forzar que la bala se curve en el aire, o que salga con más fuerza. Esto por lo general es así, una dinámica de prueba y error hasta que acertemos. Si no funciona nada con la munición, lanza el arma hacia adelante e intenta algo similar.

―Entiendo, pero… ―intentó decir Rehin, abrumado.

―Solo apunta lejos de nosotros y jala el gatillo ―le dijo el hombre.

“Genial”, pensó Rehin mientras tomaba el arma con la mano izquierda. No era zurdo, pero debía priorizar cargar su implante. Inyectó el líquido y se esforzó para liberarlo en su organismo. Cambió el arma de mano, pero se arrepintió de inmediato y la sujetó con ambas. Les dio la espalda a los ayudantes y esperó.

Nunca había sujetado un arma, mucho menos una de fuego. Lo más peligroso que había sujetado eran los cuchillos de cocina en casa. Se dijo que ya tendría motivos para cuestionar las implicaciones morales de esas cosas y jaló del gatillo dos veces, intentando mantener la calma y guiar las balas en el aire o darles más potencia y precisión. Tras el primer disparo, la munición en la recámara impactó con fuerza contra la pared, justo en el lugar en el que debía impactar sin la influencia de una Mejora, y produjo una marca más bien normal. El segundo gatillazo ni siquiera originó un disparo. “Bueno, no voy a generar munición infinita”. Luego, justo un momento antes de que el ayudante pudiese decirle qué hacer a continuación, Rehin lanzó el arma hacia adelante. Esta respetó todas las leyes de la física y cayó trazando un arco perfecto en el aire. Al parecer, tampoco podía manipular proyectiles.

―¿Entonces…? ―miró hacia el cristal polarizado y a los dos ayudantes, esperando una respuesta.

―No hay mucho que discutir, dale una carga más y que siga intentando ―respondió el hombre, pero mirando a su compañera en vez de a Rehin―. Si seguimos sin resultados, le hacemos pruebas psicológicas y cognitivas, y le tomamos una muestra de sangre. Puede que su Mejora sea de carácter mental.

La mujer le entregó otra carga y se acercó a recoger la pistola. Desganado, Rehin recargó el brazalete y volvió a intentarlo. Con cada carga le costaba un poco menos dejar que el líquido fluyera desde el brazalete a su cuerpo, pero aunque esta vez volvió a intentar dosificarlo para aumentar su duración, seguía sin conseguirlo. Repitió su intento de “liberar” el líquido, y aceptó en el proceso que su Mejora no sería tan vistosa. “Supongo que me estudiarán bastante antes de siquiera saber qué puedo hacer”.

―Sígueme, Rehin. Te llevaremos a otra sala de pruebas ―dijo la mujer.

Rehin la siguió hacia el pasillo. Cuando salieron, vio que una enorme masa de científicos se alejaba del cristal frente a su sala. Se veían decepcionados. En la habitación frente a la suya, donde antes estaba la chica, ahora se hallaba el mismo joven de cabello rubio que vio en el pasillo de su habitación. Estaba de pie en el centro de la habitación, levantando un poco los brazos a cada lado mientras pequeños relámpagos amarillos salían de su cuerpo en todas direcciones, como si fuese una bobina.

―Por aquí, Rehin.

Se despegó de la imagen y siguió avanzando. Lo llevaron a una zona de habitaciones también con cristales polarizados por paredes, pero mucho más pequeñas; dentro solo había chicos sentados frente a un escritorio vacío, cada uno con una tableta en sus manos y diodos en la cabeza, que se conectaban a la tableta de un ayudante que se encontraba de pie junto a ellos. “Cada vez parece más cierto lo de que somos experimentos…”, pensó Rehin, recordando una de sus tantas conversaciones sobre el tema con Derek.

Lo hicieron pasar a su nueva habitación de pruebas y se sentó en el escritorio, recogió la tableta y la encendió. La pantalla en blanco solo decía: «Por favor, espere».

La chica lo dejó, y en su lugar entraron tres ayudantes que no reconoció. Uno comenzó a instalarle los diodos, otro sacó una tableta y la encendió, y el último le dijo:

―Realizaremos mediciones de tu actividad cerebral mientras resuelves distintos tipos de ejercicios. Matemáticas, ciencias naturales, literatura, memoria, reflejos, análisis de datos y pensamiento lateral, entre otras cosas. Al hacerlo, debes usar constantemente tu brazalete. Nunca te faltará líquido, nosotros nos encargaremos de eso, así que no te preocupes por que se agote. Solo debes estar pendiente de no dejar que se acumule en tu brazalete, ¿sí?

―Claro como el agua.

―Estaremos alrededor de treinta minutos aquí, así que ponte cómodo.

“Qué buena tarde para ser un superhéroe”.

***

Tras unos preciosos treinta minutos de no manifestar ningún tipo de Mejora mental, la ayudante que ya conocía volvió a la habitación acompañada de un médico. Este le sacó una pequeña muestra de sangre sin hablar, y se fue con el mismo silencio con el que llegó. Rehin casi ni sintió el pinchazo.

―En vista de que no tenemos ninguna prueba concluyente, no nos queda mucho por hacer. Te guiaremos con el resto del grupo de este año mientras un equipo de investigación recopila y analiza los datos que tenemos y analizan tu sangre ―dijo la chica con tranquilidad―. Te volveremos a contactar en cuanto sepamos algo nuevo. Nunca alguien con compatibilidad positiva no ha desarrollado una Mejora, así que no te preocupes. Solo eres uno de los pocos Mejorados nuevos que cada año desarrollan habilidades extrañas.

―Oh, no estoy preocupado, gracias ―mintió Rehin.