Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Poco antes de la Primera Guerra Mundial, un joven teniente de caballería austrohúngaro se ve involucrado en una situación incómoda, y es que invita a bailar a una joven aristócrata sin saber que sufre una enfermedad que le impide moverse plenamente. A partir de este enredo, surge entre él, la joven y su familia una curiosa relación de amistad basada en la compasión. El conflicto, por supuesto, está servido. La obra de Stefan Zweig (Viena, 1881-Petrópolis, 1942) fue profusa tanto en el ensayo como en la biografía y la narrativa, así como extraordinariamente leída y popular. "Impaciencia del corazón" (1938) no solo fue su primera novela larga, sino también la primera publicada en el exilio, concretamente en Estocolmo y Ámsterdam. Se trató, en cualquier caso, de un éxito rotundo que pronto se divulgó a escala internacional, sin duda respaldado por el encanto y la sencillez de su trama. Además de este título de Zweig, Ediciones Cátedra ha publicado "Veinticuatro horas en la vida de una mujer y otros relatos" (2023).
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 716
Veröffentlichungsjahr: 2025
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
STEFAN ZWEIG
Impaciencia del corazón
Edición de Carlos ForteaTraducción de Carlos Fortea
CÁTEDRALETRAS UNIVERSALES
La obra de toda una vida no es más que un pretexto para que alguien venga después a escribirle una introducción.
Stefan Zweig, Los diez caminos hacia la fama alemana
El 28 de noviembre de 1881, nacía en una de las calles más céntricas de Viena (Schottenring) Stefan Zweig, uno de los escritores más prototípicos de lo austriaco que Austria ha dado al mundo. Era hijo de una familia de la gran burguesía judía, de lo que luego se ha conocido como judíos integrados, que mantenían una relación muy laxa con la comunidad y con los ritos religiosos de la misma. Como tantos autores de su tiempo —como tantos judíos de su tiempo—, de no haber mediado la locura nazi, hoy nadie se referiría a Stefan Zweig como un escritor judío.
Hasta su adolescencia, Zweig llevó una vida rigurosamente normal dentro de sus circunstancias sociales: fue al colegio y al instituto, estudió las asignaturas extracurriculares que correspondían a su estatus social, no destacó en ninguna. En sus memorias, él mismo relata su etapa escolar como una etapa gris, de la que solo logró escapar gracias a la lectura.
En esa misma época empieza a escribir, pero al llegar a la universidad es cuando arranca lo que puede llamarse formalmente una carrera literaria: 1901 ve la publicación del primer libro de un joven de veinte años que ya no dejará de escribir.
Se trata de un volumen de poesía, Silberne Saiten (Cuerdas de plata), que no es mal acogido por la crítica. Nadie podría reconocer en él al autor que ha llegado hasta nosotros: preciosismo, metáforas melancólicas, pero también una destreza verbal que sí anuncia el futuro. Es la primera etapa, lo que el propio Zweig calificará más tarde de la primera de sus vidas literarias. Es prueba evidente de su inteligencia como autor, de la aguda conciencia que siempre tuvo de su propia obra, que él fuera el más insatisfecho con aquel primer libro. Se negó a reeditarlo, no solo en ese momento, sino durante el resto de su vida.
Es más, introdujo una pausa en su obra propia. Y la utilizó, y es mucho más que digno de mención, para entrenar la pluma y la sensibilidad lingüística en otro género literario: la traducción. Parece ser que fue el poeta Richard Dehmel el que le recomendó tal dedicación, y Zweig, insatisfecho con su propia poesía, ansioso de escribir, se lanzó a ella. En los años siguientes tradujo a Baudelaire, Verlaine y el hoy casi olvidado poeta belga Émile Verhaeren, con el que estableció una larga e íntima amistad. Y de hecho llegó a alcanzar una notoriedad en tanto que traductor que superó más de una frontera, como veremos más adelante.
En paralelo a esto, ha estado preparando su primer volumen de relatos, que se publicará en 1904 con el título El amor de Erika Ewald, pero lo verdaderamente llamativo es la manera en que el joven autor detecta sus defectos, encuentra la manera de subsanarlos y se abre a sí mismo nuevas vías. Traduce porque es plenamente consciente de que la traducción es un género, ante todo, marcadamente técnico, y es consciente de la mucha necesidad que tiene de depurar su técnica. Viaja porque sabe que necesita conocer el mundo, y pronto va a empezar a escribir biografías literarias, el género en el que será maestro indiscutible pocos años después, porque narrar con la guía de unos acontecimientos predeterminados, de un dramatismo y una épica que ya nos vienen dados por la historia que se quiere contar es una inmensa escuela para el narrador.
En 1907, nuestro autor prueba suerte con un nuevo género: el teatro. No será el género al que más se dedique, y un observador externo podría pensar que este viaje constante entre las formas es la lógica muestra de un joven autor que aún está indeciso y tantea su suerte, de no ser por el hecho de que Zweig es igual de brillante en todos ellos. Su primera obra, Térsites, recibe ofertas para ser estrenada en el Teatro Real de Berlín, ante lo que realmente nos encontramos como una fuerza de la naturaleza. Pero, una vez más, la mayor prueba de su brillantez es su propio nivel de exigencia; el 25 de octubre de 1912, escribe en su diario: «A excepción de los libros sobre Verhaeren, jamás me ha producido auténtica satisfacción ninguna obra mía».
En torno a esta época, empieza a reunir documentación para escribir una biografía de Balzac, que de hecho acabará convirtiéndose en la obra de su vida, y será uno de los libros que dejará inconcluso en el momento de su suicidio.
La independencia económica —la renta familiar lo libraba de toda preocupación— va a permitir a Zweig viajar por todo el mundo, y emplear esos viajes en tejer una red de contactos que lo convertirá en uno de los autores más cosmopolitas de su época. Lógicamente el cosmopolitismo da forma al pensamiento: aunque en contacto con el sionismo, Zweig nunca lo practicará, considerándose un hombre universal. El hombre menos nacionalista del mundo estaba condenado a encontrarse a lo largo de su vida con la peste infinita del nacionalismo, en todas sus formas y variantes.
Otro elemento de enorme importancia en estos años de formación es su relación con el amor y el sexo. El 26 de julio de 1912 —nuestro autor tiene ya más de treinta años—, Zweig recibe una carta de una mujer desconocida, que afirma haber coincidido con él, a distancia, en un lugar público. Es una mujer casada, con dos hijas, seis años más joven que él, novelista, periodista y traductora, y que responde al nombre de Friederike Maria von Winternitz.
Lo que empieza siendo una relación epistolar se transforma pronto en una relación personal y sexual, pero no en una relación fácil: Zweig es en esos momentos un lobo solitario y un explorador, y el sexo representa un papel muy importante en su vida personal e intelectual. Durante aquellos años inicia una amistad con Sigmund Freud que se mantendrá e intensificará durante el resto de sus vidas, y en la que no faltan los intensos debates sobre una materia de profundo interés para ambos.
Los diarios de Zweig dan testimonio abundantísimo de esa actitud de nerviosa indagación: «Sé que a menudo libero algo en las mujeres, y también en los hombres. Me cuido mucho de no sacar provecho erótico de ello» (24 de septiembre de 1912); «por la tarde traigo a casa a dos amigas, pero, aunque la belleza de sus cuerpos me reconforta, ya no me siento capaz de soportar demasiado rato la falta de cortesía de este tipo de encuentros» (29 de septiembre); «con el doctor Krauss, excelente conversación llena de revelaciones eróticas, de las cuales solo cobro conciencia al hablar» (1 de octubre). «El erotismo me horroriza, porque no soy yo quien lo domina, sino él a mí. Mi propio virtuosismo me espanta. En el baile de máscaras del Volkstheater me insinúo a una dama, una escultora, y antes de que se dé cuenta, a las cuatro de la madrugada está en mi casa, en mi cama» (finales de febrero de 1913).
Friederike von Winternitz está completamente a la altura de estas preocupaciones. Zweig escribe en su diario: «Por la tarde, en casa de la señora Von Winternitz [...]. Me ha confesado que le parecía trágico tener hijos de un solo hombre» (24 de septiembre de 1912). Pero la relación con ella no es en absoluto convencional, porque en la misma época en que comienza su relación Zweig tiene una amante, una modista divorciada llamada Marcelle, de la que escribe en marzo de 1913: «Es una mujer insaciable y consigo triunfos de puro éxtasis». El 29 de ese mismo mes, escribe: «Qué parecidas son ella y Friderike».
En los textos se insinúa de manera bastante clara un aborto de Marcelle. Después, silencio. Los diarios de esa época se han perdido, y no se reanudan hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial. Lo que sabemos con certeza es que finalmente Friderike Maria y Stefan Zweig se convirtieron en pareja, y más tarde se casaron. La modista Marcelle ha quedado para siempre atrapada, sin apellido, en los diarios de un gran escritor.
Aun a riesgo de que parezca que estamos diciendo una perogrullada, es preciso apuntar que los incompletos diarios de Zweig constituyen una fuente valiosísima para el análisis de su personalidad. Y no, como sucede con todos los diarios, porque den acceso a detalles o hechos menos conocidos, ni siquiera, en sí mismos, a los pensamientos íntimos del autor, los cuales no se formulan, sino porque abren las puertas a otro Zweig que no conoce ninguno de los lectores de sus obras. Cuando se leen sus observaciones acerca, por ejemplo, de su viaje a Suiza en las postrimerías de la Primera Guerra Mundial, y se comparan con el mismo relato que el autor hace de estos acontecimientos en El mundo de ayer, encontramos a dos personas distintas. Para un lector de Zweig, la primera palabra que lo define es amabilidad. Leemos siempre a un autor amable, sin duda a veces ácido y crítico, a veces mordaz, pero siempre amable e indulgente.
Los diarios, en cambio, nos muestran a un hombre duro e impaciente que expresa con frecuencia un tremendo rechazo hacia unos u otros personajes. Un hombre áspero que juzga a sus congéneres, a su país, al mundo, con extrema dureza. La sonrisa de Zweig, esa sonrisa bondadosa característica de su imagen, desaparece en sus diarios para dar paso a una mirada fría e inclemente.
No queremos decir con esto que Zweig fuera un falsario, alguien que oculta sus pensamientos con perversidad. En absoluto. Zweig no habla mal en privado de aquellos de los que habla bien en público, ni viceversa. Pero sus pensamientos privados denotan que durante toda su vida ejerció una tremenda contención, que su amabilidad era fruto de un esfuerzo consciente por ser amable. Esto no le quita mérito, en todo caso se lo daría, pero revela a un hombre acompañado de un sufrimiento interior, probablemente causa y consecuencia de su enorme penetración psicológica.
Coincide esto con los testimonios que lo presentan como un hombre cordial pero reservado, al que no se le conocen relaciones estrechas en su entorno inmediato, pero que es perfectamente capaz de mantener íntimas amistades como las que tuvo con Émile Verhaeren y Romain Rolland, de los que en sus diarios habla en los exactos términos apreciativos y afectuosos que en sus demás textos. Hay un Zweig que guarda sus secretos detrás de ese señor tan simpático de las fotografías y de los textos.
Cuando empieza la Primera Guerra Mundial, Austria no se libra de las invectivas del que con el paso del tiempo llegará a convertirse en el más representativo de los autores del fallecido imperio: «Ningún instante, por grande que sea, puede borrar los atributos de un pueblo, y nosotros somos débiles, sin capacidad de resistencia» (diario, 9 de agosto de 1914). «¿Cuándo aprenderá este frívolo pueblo lo que es seriedad?» (15 de agosto).
Sin embargo, el primer año del conflicto es escenario de no pocas tensiones en la mente del que acabará siendo un pacifista convencido. Durante los primeros meses, es imposible no detectar una soterrada admiración hacia los alemanes, un secreto deseo de victoria. Pero las relaciones personales de Zweig, esa red que ha estado tejiendo durante tantos años, lo devuelven por dos vías a la cordura: en primer lugar, al ver la evolución de su amigo del alma, Émile Verhaeren, que escribe y publica textos llenos de odio hacia los alemanes que Zweig no puede comprender. Verhaeren le sirve de espejo en el que ver adónde puede conducir la irracionalidad bélica.
De la misma manera, pero mucho más influyente aún, la correspondencia con Romain Rolland le hace despertar por completo. Rolland fue siempre un pacifista neto, sin fisuras, ni en los peores momentos de la guerra se entregó ni a la euforia nacionalista ni a la propaganda bélica. Desde el principio escribe a su amigo Zweig, que aún tiene una postura cuando menos equívoca, diciéndole que es preciso intervenir, que los intelectuales tienen que pronunciarse.
Nuestro autor aún está lejos de eso, pero el mensaje de Rolland le afecta. Para diciembre de aquel primer año de destrucción, ya escribe en su diario: «Yo no puedo evitar tener la vista puesta en el objetivo final, que es la paz, ¡la paz!» (diario, 9 de diciembre de 1914).
Los años de guerra son años terribles para Zweig. Comparativamente, los más improductivos de su carrera. No deja de escribir ni publicar, a pesar de los propios problemas del sector, desde la falta de papel hasta la lógica disminución de lectores, pero desde el principio se le impone la misma evidencia que a cualquier creador en cualquier guerra: «Si al menos lograra trabajar... Pero ¿qué proyectos son suficientemente importantes en este momento?» (diario, 5 de agosto de 1914).
Lo primero que es preciso resolver es la cuestión militar. Porque, aunque en sus diarios sea muy áspero con algunos colegas que eluden acudir al frente, bajo ningún concepto quiere ser él quien vaya. Mueve hilos, y consigue ser reclutado para un trabajo de oficina en el Archivo del Ministerio de la Guerra. No tendrá que empuñar un fusil. No lo hará nunca.
Desde su atalaya, Zweig mantiene una intensa labor publicística, pero apenas de creación. Ni goza de suficiente tranquilidad de espíritu ni las cosas que ocurren a su alrededor están aún definidas.
En cambio, en cuanto estas empiezan a definirse Zweig retoma su actividad creadora. La guerra supera su ecuador, muestra ya claramente hacia dónde se inclina, y Zweig escribe una obra de teatro que se convertirá en la más importante de las suyas, Jeremías (1916). El protagonismo del profeta bíblico no es casual. Zweig escribe una obra de teatro antibelicista, y la relajación de la censura permite que pueda leer en público fragmentos de la misma y, cuestión esencial, que a finales de 1917 se le permita viajar a Suiza para estrenarla en un país neutral.
El viaje a Suiza es un definitivo punto de inflexión. En primer lugar, representa para él el final de la guerra. No volverá a Austria hasta después del armisticio. Representa el regreso a un país en paz, y por tanto muchísimo más libre que la Austria de la censura y las privaciones. En Suiza retoma la amistad personal con Romain Rolland, de la que se alimenta como de una fuente.
Pero es que, además, Jeremías será el paso literario definitivo. Si en su primera etapa Zweig es un autor respetado y bien vendido, desde Jeremías será un autor famoso. La obra es un éxito, y además un éxito en el momento oportuno, y pone los cimientos de lo que será una carrera internacional sin precedentes en la literatura de su tiempo.
En enero de 1919, Zweig regresa a una Austria desmembrada, destruida y desnortada. Es verdad que el Tratado de Versalles aún no ha consagrado lo que ya es realidad: los países que formaban el imperio se han independizado (Hungría, Chequia, Eslovaquia), forman parte de nuevas naciones (Polonia, Ucrania) o han sido anexionados a los países vencedores (Trieste, el Alto Adigio o, para los austriacos, Tirol del Sur). La Austria germanoparlante se queda sola porque no tiene adónde ir: los aliados le vetan la posibilidad de unirse a Alemania, que acariciaba parte de la elite política, y que Hitler hará realidad por la fuerza dos décadas después. Meses más tarde, al dibujar en el mapa de Europa las nuevas fronteras, Clemenceau tendrá ocasión de pronunciar la frase terrible «El resto es Austria».
Durante la guerra, Zweig ha comprado una casa en la parte alta de Salzburgo, en el Kapuzinerberg, un viejo palacete que pasará años acondicionando y que va a ser su feudo y su castillo.
Allí, en medio del frío del invierno y de la escasez de la posguerra, Zweig se pone a escribir.
Acaba de nacer una de las máquinas literarias más potentes de Europa. En 1920, este minero de las letras abre uno de sus tres filones: las biografías. Publica Tres maestros (Balzac, Dickens, Dostoievski), que es un rotundo éxito. En 1922, un libro de relatos que, aunque es el tercero que publica, es el primero que rompe fronteras: Amok. Novelas de pasión. En 1927 abre el tercer filón, Momentos estelares de la humanidad, que contiene cinco «miniaturas históricas» que, en versiones sucesivas, acabarán siendo hasta catorce. El libro vende, solo en Alemania, un cuarto de millón de ejemplares, cifras inconcebibles para la sociedad lectora de la década de 1920.
Una interpretación malévola podría hacer pensar en un autor de escritura «fácil», pero nada más lejos de la realidad. Desde el principio, Zweig es un autor metódico que se documenta con todo el material que tiene a su alcance antes de escribir, que escribe luego primeras versiones en las que deja correr la pluma sin control alguno y redacta después textos definitivos en los que practica, según confesión propia, la técnica de podar, podar y podar hasta dejar tan solo lo esencial del texto. Hablaremos de esto más tarde al referirnos a la obra que nos ocupa, pero lo que queremos dejar sentado ahora es que no era un autor que se conforma, con lo primero que escribía, no era una máquina de producir, sino una máquina de escribir, lo cual es muy distinto. En su biografía de Balzac, la biografía inconclusa, la obra magna, muestra su admiración por el incansable método del genio francés:
Ahora que los otros descansan, es hora de trabajar para Balzac [...]. A su izquierda se apilan las páginas en blanco [...] las plumas están preparadas con igual cuidado [...] hay hasta dos frascos de tinta en reserva [...]. Balzac escribe y escribe sin pausa, sin detenerse [...]. Por fin, a las ocho de la mañana [...] Balzac se levanta de su mesa. No ha soltado la pluma desde las doce [...]. Llegan los mensajeros de las distintas imprentas [...] traen correcciones frescas de los manuscritos que Balzac escribió ayer [...]. Balzac vuelve a sentarse a la mesa de trabajo. No está contento [...]1.
Uno se siente tentado de pedir disculpas por la extensión de la cita, pero antes de hacerlo es preciso indicar que el proceso descrito por Zweig, una sola jornada de trabajo del genio, que aquí hemos abreviado, ocupa en su biografía un total de doce páginas, lo que da idea de la importancia que Zweig le concede. Ese es su modelo. Como ocurre con todos los modelos, no lo sigue al pie de la letra, pero es su norte.
Lo que queremos decir es que la aparente «facilidad» de Zweig, la «ligereza» de su estilo, es producto de un intenso y esmerado trabajo, de una concienzuda elaboración. Una elaboración magistral. La lectura de algunos de sus textos póstumos, de algunos de aquellos que, por tanto, no pasaron por el filtro inmisericorde de su trabajo, nos permite advertir que, aun manteniendo un altísimo nivel, falta en ellos la extrema suavidad con la que suele discurrir su prosa, hay momentos en los que la lectura parece tropezar, y sorprenden en él precisamente por lo desacostumbrado de tal experiencia.
Como Balzac, nuestro autor es un trabajador de la escritura. Un hombre que se dedica jornada tras jornada a la tarea de escribir. La lista de los títulos es sencillamente impresionante: en junio de 1920 publica el mencionado Tres maestros, en diciembre de ese mismo año la biografía del premio nobel Romain Rolland, en enero de 1921 la de la poeta francesa Marceline Desbordes-Valmore. En octubre de 1922 publica Amok. Novelas de pasión, y estalla el éxito con mayúsculas. Ya lo había conocido con Jeremías, y la biografía de Romain Rolland también había tenido gran difusión, pero lo que sucede con Amok es distinto: la segunda edición pisa los talones a la primera y cuatro meses después el volumen ya va por la séptima.
Stefan Zweig ha encontrado su voz. Sería cómodo decir, y se siente uno tentado de hacerlo, que está tocando una tecla fácil. Al principio de la década de 1920, hace justo cien años, los temas planteados en el volumen podrían calificarse de escabrosos: en Amok, un médico exige a una mujer una noche de amor a cambio de practicarle un aborto, más tarde, en Veinticuatro horas en la vida de una mujer, la mujer madura que da nombre al título vive una experiencia sexual con un joven ludópata; un par de años después, en Confusión de sentimientos, Zweig aborda frontalmente el tema de la homosexualidad masculina.
¿Está Zweig alcanzando la fama como escritor erótico?
La respuesta no es un no rotundo, sino un no acompañado de mil palabras más: porque estos relatos de Zweig, que tienen una indubitable carga erótica, no se distinguen por ella, sino por el profundo análisis de la mente humana que se refleja en ellos. Profundos, complejos, contradictorios, los personajes que el autor nos presenta son seres humanos arrebatados por las pasiones, cuando estas entran en conflicto con su diferenciada personalidad.
Lo que se nos presenta, lo que nos interesa son las reacciones de los protagonistas, mucho más y con mucha mayor intensidad que la anécdota erótica, por intensa que sea.
Hay una vertiente muy contemporánea: ya hemos dicho que Zweig fue íntimo amigo de Sigmund Freud hasta la muerte de ambos (se llevaron no demasiados meses), y también del novelista Arthur Schnitzler, de quien se dice que, al conocerlo Freud, le había dicho: «Es usted mi doble». Es indudable que las largas conversaciones entre los amigos contribuyeron a dar forma a las preocupaciones narrativas de Zweig.
Sin embargo, esto no es solo psicoanálisis: es el profundísimo conocimiento, la profundísima empatía con el ser humano, analizada en todas sus posibles formas. Volveremos a hablar de esto más tarde, cuando analicemos Impaciencia del corazón.
Ese conocimiento del ser humano es el «toque Zweig», y es el que hace que siga siendo un best seller ochenta años después de su muerte. Es el mismo misterio que hace que sus biografías se lean con el placer de una novela y se mantengan vivas a través de las décadas, aunque sus fuentes fueran a menudo discutibles y sus puntos de vista hayan quedado desbordados por lo que acerca de sus personajes han ido descubriendo generaciones de historiadores profesionales. Zweig no solo cuenta vidas, a veces ni siquiera las cuenta de veras (la biografía de Erasmo de Róterdam es un buen ejemplo), sino que analiza personalidades. A menudo lo expresa ya en la línea que viene bajo el título: «Retrato de un hombre político», «Retrato de una reina mediocre», dice cuando presenta a Fouché, a María Antonieta. Como los hemonautas de Viaje alucinante, se adentra en las profundidades de su mente, trata de encontrar las razones profundas de sus acciones, lo que normalmente llamamos carácter.
Ese es el secreto de Zweig. Al convertir en tema las reacciones de la mente humana, Zweig está alcanzando eso que todos los escritores desean alcanzar: la universalidad. Las tensiones tremendas en las que se debaten sus personajes son iguales o son parecidas en todos los lugares de la tierra, y por eso la obra de Zweig se traduce muy tempranamente y a muchísimas lenguas, por eso pronto es un ídolo en Rusia a la vez que lo es en su país, por eso es un éxito en España tantos años después de su fallecimiento. Su tema no depende ni de la historia ni de las circunstancias sociales. Su tema no depende de los acontecimientos. Su tema es, única y prioritariamente, el ser humano en sus emociones.
El éxito se mide, como parece casi irremediable, en millares de libros. En decenas de miles de libros. En 1925 publica el segundo volumen de sus tripletas de biografías. Si el primero había reunido a tres escritores, el segundo, La lucha contra el demonio, tiene como hilo conductor lo demoníaco, la pasión incontrolable que domina, en este caso, las vidas del poeta Hölderlin, el narrador Kleist y el filósofo Nietsche. En 1926 se permite el lujo de escribir una comedia, Volpone, basada en un texto del autor isabelino Ben Jonson, que se convertirá en una de las obras teatrales más representadas de la lengua alemana. En 1927 da comienzo a las «Miniaturas históricas» de la serie Momentos estelares de la humanidad, en 1928 Tres poetas de sus vidas: Casanova, Stendhal, Tolstói.
Como un rey Midas de la literatura, Zweig convierte en oro todo lo que toca: cuando escribe Fouché, él mismo recomienda a su editor una tirada «baja» porque cree que el libro no tendrá, por su tema político, el mismo tirón de los temas, digamos, más sentimentales. Le recomienda imprimir no más de diez mil ejemplares, porque «no era un libro para mujeres»2. Estamos en agosto de 1929. Antes de fin de año el editor tira otros veinte mil, que poco después son ya cincuenta mil. Se suceden las traducciones: Francia, Estados Unidos, Inglaterra, Rusia, Polonia, Hungría, Holanda, España. Los críticos reciben el libro con grandes elogios3.
Zweig se mostraba realista al asumir que tenía sobre todo lectoras. Kurt Tucholsky describe así en un relato a la lectora «tipo» de nuestro autor: «La señora Steiner [...] ya no era demasiado joven, estaba totalmente sola [...] por la noche se ponía siempre un vestido diferente y se sentaba tranquila a su mesa y leía libros con hermosas ilustraciones. La describiré con pocas palabras: formaba parte de los lectores de Stefan Zweig»4. En una gira por Alemania en 1926, marcada por el éxito, el público que llena las salas para escucharle es mayoritariamente femenino. El futuro ya está en el pasado.
En ese mismo año de 1928 se publica la primera biografía de Zweig, que aún no ha cumplido cincuenta años.
Es verdad que podemos calificar la escritura de esa primera biografía como una hábil operación de marketing. Durante su estancia en Suiza en el último año de la guerra, el matrimonio Zweig había conocido a un joven desertor del Ejército, pacifista y muy interesado en la literatura, Erwin Rieger, con el que Zweig entablaría una gran amistad, y hacia 1926 es Friederike Zweig quien se dirige a él para proponerle que escriba una pequeña biografía. Como atestigua Oliver Matuschek5, ella misma dijo que de ese modo tendría cierto control sobre el proyecto, es decir, sería una biografía «autorizada», pero las razones no quitan importancia al hecho.
No todo son mieles. Zweig pagó el tributo que pagan los autores de lo que hoy llamaríamos best seller: el desdén de los grandes. Dotado en grado sumo de la capacidad de apreciar la grandeza, en el trato con él los que la ostentaban fueron desde el abierto desapego de Hugo von Hofmannsthal hasta la discreta reserva de Thomas Mann. Karl Kraus lo atacó acusándolo de complacer al público con temáticas fáciles.
Por su parte, Zweig no dejó por escrito ni una sola queja, y sí, en cambio, muchos testimonios de admiración por ellos. Solo esa humildad ya era propia de un gigante de las letras.
El caso de Hofmannsthal es singularmente relevante. En sus memorias, Zweig se manifiesta acerca de él en los términos más elogiosos: «No conozco en la historia de la literatura otro ejemplo de tal infalibilidad en el dominio del lenguaje [...] ni semejante alegría en las ideas, ni tal penetración de sustancia poética hasta en el más casual de los versos como en este grandioso genio»6.
Hofmannsthal no le paga con la misma moneda. En numerosas ocasiones, los testimonios hablan de manifestaciones despreciativas y, cuando después de la guerra Max Reinhardt pone en marcha los Festivales de Salzburgo, Hofmannsthal veta expresamente la participación de Zweig. Cuando Zweig va a leer un discurso en Viena en conmemoración del, para entonces, ya difunto Hofmannsthal, la viuda del poeta renuncia a asistir en señal de protesta. Lo que hubo entre ambos fue una manifiesta hostilidad, aunque la hubiera solo desde una de las partes. Y es indudable que Zweig lo supo. No habría podido ser de otra manera en una ciudad tan pequeña, en un ambiente tan reducido.
Por eso, resulta tanto más de justicia poética la nada anecdótica circunstancia de que, años después, Richard Strauss, el último gran compositor de la música clásica alemana, buscara el contacto con Stefan Zweig para pedirle que fuera su libretista. Hasta ese momento Strauss solo había trabajado con Hofmannsthal. Nadie más parecía tener la altura suficiente para su exigencia.
La colaboración con Strauss fue tan fructífera como, a la postre, conflictiva, pero de eso hablaremos más tarde. Aún estamos en 1929, y Zweig publica Mendel el de los libros. En 1930, Zweig estrena la tragicomedia El cordero del pobre. En 1931, Zweig cumple cincuenta años. No se trata de una fecha grata; como expresa en sus cartas, Zweig soporta mal el envejecimiento, y la fama y el éxito no le parecen una compensación.
Por si fuera poco, la ola de la historia empieza a lamer las costas de su casa. En 1932, la prensa nacional socialista, que es ya la de uno de los grandes partidos de Alemania, empieza a atacar a Zweig como parte de su ataque programático contra los judíos. Todavía no parece que puedan hacerle daño, María Antonieta es el libro más vendido en las Navidades de 1932, con unas ventas de cincuenta mil ejemplares, y los nazis aún no tienen a su disposición el poder de un Estado.
Tan solo un mes después, todo ha cambiado.
Está a punto de empezar una de las etapas más oscuras de la vida de Zweig, no solo desde el punto de vista objetivo —está a punto de abandonar su cómoda existencia de autor famoso para convertirse en uno más de los cientos de miles de exiliados de Europa—, sino, sobre todo, desde el subjetivo.
Los incidentes se suceden. El 10 de mayo, los nazis sacan cientos de libros de la biblioteca de la Universidad de Berlín y los queman delante de ella; los de Zweig se encuentran entre los que sufren esa honrosa agresión. Al mes siguiente, Zweig le comunica a Romain Rolland su intención de abandonar Salzburgo antes de que vengan a por él. Lo sucedido en Alemania con autores tan relevantes como Thomas Mann ha sido una enseñanza clara.
En febrero de 1934 se presenta la esperada chispa: la policía se presenta en su casa con una orden de registro, en busca de un alijo de armas que, obviamente, no se encuentra allí. Pero Zweig comprende que la próxima vez las pondrán ellos mismos para encontrarlas, y emprende el camino del exilio.
Al año siguiente, cuando va a producirse el estreno de la ópera La mujer silenciosa, de Richard Strauss, de la que Zweig ha escrito el libreto, el Gobierno nazi reclama a Strauss que retire el nombre de Zweig de los carteles. Strauss, que en ese momento preside la cámara de música del Reich, y es probablemente el compositor vivo más importante del mundo, se niega, y el día del estreno, en la ópera Semper de Dresde, el nombre de un judío figura en los carteles de una ópera en un Estado oficialmente antisemita.
Sin embargo, los nazis no cejan, y Strauss trata de mantener la colaboración con Zweig ocultando su nombre, a lo que Zweig se niega con una frase hermosa en su enorme dignidad:
A veces tengo la sensación de que no es usted del todo consciente de la importancia histórica de su posición [...]. Todo lo que usted hace está destinado a tener importancia histórica. Un día sus cartas, sus decisiones serán patrimonio de la humanidad [...]. Incluso si yo no dijera una palabra de que estoy trabajando para usted, más tarde se descubriría que lo he hecho en secreto. Y eso, desde mi punto de vista, lo rebajaría a usted7.
En el exilio, al menos en principio, sus problemas son menores que los de otros. Incluso desterrados de las librerías germanoparlantes, los libros de Zweig se publican y venden y generan derechos en todas las lenguas y en todos los países; tal vez no tenga tanto que temer como otros la angustia económica y el hambre.
Pero la fama tiene sus dificultades. Una posición expuesta somete a quien la ocupa a las miradas de todo el mundo, y Stefan Zweig no tarda en ser objeto de controversia porque, de una forma que muchos no comprenden, no quiere adoptar una postura de enfrentamiento abierto con el régimen nazi, que entretanto prohíbe sus libros. Klaus Mann, con quien tenía hasta ese momento una magnífica relación personal, le ofrece colaborar en una de las primeras revistas del exilio alemán. Zweig se niega, argumentando que quiere esperar a que todas esas revistas hablen con una sola voz, causando la indignación del joven Mann, que ya había abroncado a Zweig antes, en una carta abierta, cuando Zweig se había mostrado comprensivo con los resultados de las elecciones de 1930. En aquella ocasión, Klaus Mann le habría reprochado públicamente el peligro de comprenderlo todo. Sin duda Zweig se acordaría de esto al escribir su Erasmo de Róterdam.
En enero de 1935, Zweig viaja a Nueva York. Allí se le pregunta por la situación, y responde con evasivas: hace tiempo que no viaja a Alemania. Se niega a decir nada en contra de ningún país, a instigar ningún tipo de conflicto. En 1940, ya en plena guerra, de nuevo en Nueva York, participa en un llamamiento público para recaudar fondos para los refugiados, pero sigue negándose a cualquier discurso que no sea radicalmente pacifista.
Todo esto ha reportado a Stefan Zweig una equívoca fama de desentendido de los problemas de su tiempo, de insolidario con sus conciudadanos, que se puede apreciar por ejemplo en la película Adiós a Europa, de 2016, donde se le presenta bajo una fea luz.
Y sin embargo, a pesar de haber dado con su cautela pábulo a todas esas acusaciones, Zweig se mantuvo neutral, pero en absoluto desentendido. Cuando viaja a Brasil, destina los emolumentos de sus conferencias a ayudar a los refugiados europeos. Apoyó en la medida de sus fuerzas a Joseph Roth y otros colegas exiliados, y si no ayudó a más fue porque el número de los que le pedían ayuda sencillamente desbordaba sus capacidades. Una mediación suya ante el presidente Roosevelt consigue visados especiales para un millar de intelectuales perseguidos por el nazismo8. Por una actuación así, otras personas han sido comparadas con Oskar Schindler y han recibido el título de «justo entre las naciones». No debe confundirse que Zweig llevara esto como una carga con que no hiciera honor a ella. Si se le puede reprochar mantener una actitud intelectualmente tibia —hablaremos de esto después—, desde el punto de vista de los hechos estuvo a la altura de unas circunstancias que sin duda alguna lo desbordaban, que desbordaban a cualquier ser humano.
Por otra parte, la relación con su esposa va mal. En 1934, Zweig contrata una nueva secretaria, Lotte Altmann, que terminará convirtiéndose en su pareja y finalmente en su segunda esposa. El divorcio de Zweig y Friederike dice mucho del carácter de estos dos personajes inteligentes y racionales. No hubo entre ellos disputa alguna a la hora de sellar un acuerdo económico, Zweig dejó en manos de su compañera de tantos años rentas importantes, pero, sobre todo, los dos mantuvieron hasta el final una relación de camaradería que no empañaron las circunstancias. Sin necesidad de sentir hacia ella simpatía alguna, Friederike siempre mantuvo hacia Lotte una actitud cortés, coincidieron en muchas ocasiones, y Zweig invitó siempre a Friederike a los acontecimientos más importantes de su vida en los años siguientes. Se comportaron como dos intelectuales de su tiempo.
En 1934, Zweig ha publicado una de sus últimas biografías: la de Erasmo de Róterdam. Se ha dicho ya hasta la saciedad que la de Erasmo es lo más parecido a una autobiografía de nuestro autor, un testamento espiritual, incluso un testamento político. Y es verdad que es difícil negar la tentación de interpretarlo así: cuando Zweig escribe este libro, está siendo objeto de feroces críticas por su postura respecto a la Alemania nazi, y el libro se convierte en un trasunto de su situación.
Erasmo parece estar lleno de claves de aquel presente, y también de algunas o de muchas claves de la vida de Zweig. La presencia del fanatismo: «ese genio de la intolerancia y archienemigo de la universalidad, ese prisionero de una sola idea que siempre intenta arrastrar y encarcelar a todo el mundo en su propia prisión»9; la crítica al intelectual: «la pedantería propia del profesor de escuela les nubla las grandes ideas»10.
En efecto, Erasmo parece simbolizar esa actitud de estar por encima y al margen de la meleé que Zweig da la impresión de haber asumido en los grandes momentos de la historia. Sin embargo, llama poderosamente la atención la dura crítica que el autor hace de esa postura. Reconoce la insobornable independencia de Erasmo, pero critica su cobardía. Pone en tela de juicio si su independencia de criterio vale tanto como para que el mundo a su alrededor se hunda sin contar nunca con su ayuda, o si lo que sucede es que bajo la capa de la independencia solo se oculta el miedo. Si es así, Zweig no dudó en señalarlo. Si de verdad el libro es autobiográfico, incluye una autocrítica despiadada.
¿Era esta otra de las ideas que rondaba la cabeza de nuestro autor cuando no pudo más, cuando decidió no esperar a la muerte, sino salir a su encuentro?
Porque, desde poco después de empezar el exilio, el desánimo hace presa en él. No es solo que le agobie cuanto ocurre, cuanto se espera de él, cuanto se le demanda, sino que poco a poco empieza a darse cuenta de que la destrucción de su mundo ha llegado lo bastante lejos como para poder pensar que jamás volverá, ni siquiera en el caso, entonces muy hipotético, de una derrota nazi.
No es ajeno a esto el hecho de que, aunque sigue siendo un autor de fama mundial, sus medios de influencia se recortan. Por primera vez, siente la impotencia que soporta quien lo ha tenido todo: «Empiezo a tomar notas para el Cicerón [...] ni siquiera sé quién lo publicará, y eso que soy uno de los autores más conocidos del mundo» (diario, 23 de septiembre de 1939). «Falleció Freud [...]: no dispongo de ningún periódico donde publicar unas palabras» (diario, 24 de septiembre de 1939).
En vísperas de partir hacia el que será su último viaje fuera de Europa, Zweig está en estado de total postración: «¿para quién escribiré, para quién viviré?» (diario, 17 de junio de 1940). Días antes ha escrito: «ya me he procurado cierto frasquito, porque en estos momentos puede pasar cualquier cosa» (diario, 28 de mayo de 1940).
Su llegada a Nueva York, con el pasajero revivir del personaje público, ejemplificado en la recepción que ofrece en el Hotel Wyndham y a la que acuden docenas de amigos, puede hacer pensar que Zweig recobra el ánimo, pero nada más lejos de la realidad. En junio de 1941, Klaus Mann se lo encuentra en la Quinta Avenida y le causa una tremenda impresión: Zweig camina como desnortado, da la impresión de no haberse afeitado esa mañana, transmite un descuido en su indumentaria impensable en el dandi austrohúngaro que había sido.
En agosto de ese mismo año, Zweig y Lotte Altman parten hacia Brasil. La experiencia anterior en ese país había sido en extremo satisfactoria: el escritor fue recibido con honores de Estado, invitado por el presidente de la república, tratado como si fuera un embajador o un ministro.
Tal vez buscando ese eco de su propio pasado, Zweig decide refugiarse allí. Sin embargo, Brasil es un lugar extraño para un europeo. Todo el mundo es amable, pero allí no hay nada parecido a lo que ha dejado atrás. Aun así Zweig trata de recuperarse. En noviembre le llega por fin desde Inglaterra el manuscrito de su biografía de Balzac, la que él siempre ha querido que sea su obra magna y en el que quiere seguir trabajando. Lotte le ha conseguido una edición de las obras completas del autor francés para que pueda servirse de ella. «Estoy muy feliz al ver que Stefan se encuentra mejor», escribe11; ha terminado Novela de ajedrez, está trabajando en su ensayo sobre Montaigne, empieza una segunda novela, Clarissa.
Pero su equilibrio emocional es de una extrema fragilidad. En diciembre Japón bombardea Pearl Harbor, y la guerra, que había quedado en apariencia atrás, en el suelo de Europa, vuelve a acercarse a ellos. Cuenta George Prochnik:
Zweig le preguntó a una amiga si pensaba que los nazis invadirían Sudamérica. Ella pensó un momento y luego dijo: «Sí». No le miró al darle la respuesta, pero, cuando lo hizo, se quedó conmocionada al ver la expresión que se reflejaba en los ojos de él. Parecía destrozado12.
Parece exagerado deducir que una noticia como esta sea bastante para que alguien ponga fin a su vida, pero es una gota que se añade al mar de cosas que caen sobre el autor. Lo único cierto es que, en febrero de 1942, Zweig ya ha tomado su decisión. Y es una decisión fría. Escribe cartas a sus amigos que estos recibirán días después de su muerte. Lleva a cabo una quema de documentos en el jardín de su casa. Dos días después, Stefan Zweig y su esposa Lotte son encontrados muertos en su propia cama. Han ingerido sendas dosis mortales de Veronal.
El género novela siempre había inspirado respeto a Zweig, que en distintas declaraciones y cartas manifiesta no tener tiempo o no sentirse con fuerzas para emprender la que considera una empresa ambiciosa, tal vez porque en su mente asocia la novela a los grandes maestros de la misma que ha hecho objeto de sus propios estudios y biografías.
Sin embargo, en la década de 1930 el deseo de enfrentarse a una narrativa de creación propia, no apoyada en los hechos, no hace sino crecer. El 2 de agosto de 1936, escribe a Hans Carossa: «quizá incluso me atreva con una novela»13. Muy pocos días después, el 9 de agosto, escribe: «He empezado a escribir la novela corta». En su edición de los diarios, Knut Beck interpreta que esta entrada del 9 de agosto de 1936 se refiere a Impaciencia del corazón, al igual que esta otra, del 20 de agosto:
La novelita que estoy escribiendo me parece problemática y siento curiosidad por ver si lograré salir airoso: para el desenlace, gracias a Dios, se me ha ocurrido una idea estupenda, pero todavía me falta la parte central, y la dificultad no es solo describir la pureza, sino mostrarla.
Zweig escribe ambas anotaciones durante el viaje en barco que lo lleva a la que es su primera visita a Brasil, momento de especial euforia por el recibimiento del que es objeto y el éxito del viaje.
Como vemos, las dos entradas sugieren la idea de que Zweig no tiene completa conciencia de lo que hace, no pretende en realidad escribir una novela cuando comienza a tomar sus notas, sino una más de sus novelas cortas. Como siempre, se cruzan otros proyectos —surge la biografía María Estuardo, el libreto de una ópera para Richard Strauss—, pero, sobre todo, Zweig aplica a su trabajo el mismo método inflexible que ha aplicado al resto de sus libros. Según Stephan Resch, llega a escribir hasta seis borradores: unas primeras notas entre agosto y noviembre de 1936; un segundo manuscrito entre mayo y julio de 1937; un manuscrito ya reducido entre 1937-1938; una primera versión mecanografiada entre julio y octubre de 1937; una segunda entre octubre de 1937 y febrero de 1938; una versión final entre junio de 1938 y agosto de 1938, y una más con retoques en las mismas fechas; a esto seguirán la corrección de primeras pruebas (septiembre de 1938) y la de las segundas (septiembre-octubre de 1938)14.
El primer manuscrito tiene sesenta y dos páginas, lo que abona la tesis de Beck de que la intención inicial fuera escribir, una vez más, una novela corta. Sin embargo, a la altura del segundo borrador, en junio de 1937, Stefan Zweig concede la que será su única entrevista al nuevo medio de la televisión, que por desgracia no se ha conservado, pero de la que queda una transcripción en la que Zweig habla de su novela: «[...] estoy trabajando en una nueva novela [...] el título va a ser Asesinato por compasión».
Cuando el periodista Leslie Mitchell le pregunta si es que se ha pasado al género policiaco, Zweig responde: «No, de ninguna manera. No se deje engañar por el título. El libro es, de hecho, un estudio psicológico que se desarrolla en la Viena contemporánea; en él abordo por primera vez problemas médicos nuevos»15.
Es decir, para entonces ya hablamos de una novela larga. A despecho de las declaraciones de Zweig, Resch insiste en que en esos momentos ya están intercalándose en la novela las preocupaciones de orden sociopolítico del autor: al principio el barón Kekesfalva no es un judío venido a más, y sí que lo será desde este segundo borrador, que incluye un detallado relato de su ascensión a la riqueza y a la nobleza. Desde ese momento, las reacciones de los personajes ante Kekesfalva cobran una importancia singular, por más que secundaria. Cada nueva versión de la novela incluye elementos perfectamente relacionables con la situación personal del autor. En la cuarta versión, dice Resch, se añade el personaje del exoficial Balinkay, objetivamente un exiliado, pero, sobre todo, un exiliado de su mundo social, alguien, como Zweig, que vive todavía de su pasado, pero, ha tenido que abandonarlo.
La invasión de Austria por las tropas alemanas, en marzo de 1938, impresiona profundamente a Zweig, que interrumpe el trabajo en la novela: «Desde la caída de Austria, no he escrito ni una línea de la novela», escribe16.
Es especialmente interesante el hecho, destacado por Resch en su estudio, de que no es hasta la última versión cuando Zweig añade un marco temporal a su novela, unos pocos párrafos al principio que la conectan con el final y enmarcan la narración en primera persona del protagonista. En estos pocos párrafos en tercera persona, la que podríamos llamar una voz en off nos habla del encuentro con el protagonista de la novela, Anton Hofmiller, precisamente en 1938, es decir, en el tiempo real de la escritura. Tanto él como Hofmiller exponen, en una clásica conversación de café, sus negras perspectivas para el futuro. Solo entonces Hofmiller regresa a su pasado para contárnoslo.
Si vinculamos eso a la presencia explícita de muchos austricismos en la novela, que por desgracia se pierden en la traducción («pero tales austricismos los encontrarás diseminados intencionadamente por todo el libro, yo quería que en el narrador se percibiese ligeramente al austriaco»17, advertimos el carácter testamentario del relato, paralelo al de El mundo de ayer. No testamentario del autor, sino de su mundo. La Austria en la que Zweig desarrolló su vida. La que está convencido de que va a desaparecer sin dejar huella.
Como para darle la razón en sus temores, la anexión a Alemania tiene como inmediata consecuencia la aplicación de las leyes antijudías y, por tanto, la cancelación de todos los contratos de Zweig con las editoriales locales por eso Impaciencia del corazón no solo es la primera novela larga de Stefan Zweig, sino el primero de sus libros que se publica en el exilio, en noviembre de 1938, por Bermann Fischer en Estocolmo y Allert de Lange en Ámsterdam.
La novela es un éxito, como lo habían sido todos los anteriores libros de Zweig. Incluso le permite alcanzar una cota a la que nunca había llegado antes: el éxito en Inglaterra. La traducción de Phyliis Blewitt y Trevor Eaton Blewitt alcanza cuatro reediciones en dos semanas. «De repente me he convertido por fin en un autor también en Inglaterra»18. Cuatro años después de la muerte del autor, en 1946, el director británico Maurice Elvey la lleva a las pantallas, con Lilli Palmer y Albert Lieven en los papeles principales. Y es, una vez más, un gran éxito.
Al español se traduce el mismo año de la película, y con una singularidad sobre la que no hemos encontrado datos, pero que es realmente notable, y es que en el mismo año aparecen dos versiones: la de Alfredo Cahn, en aquellos momentos traductor «de cabecera» de Zweig al español y amigo personal del autor, que publica Caralt en Barcelona, y la de Arístides Gamboa, que publica también en Barcelona Hispano-Americana de Ediciones. Se trata de una situación realmente curiosa, que merecería una indagación particular. Más adelante hablaremos del resto de sus traducciones. Nos limitaremos a destacar aquí que estas dos inauguran una «tradición» a la hora de traducir esta novela, y es seguir por un lado el título original y, por otro, el de la versión inglesa, que dio título a la versión cinematográfica. El peso del mercado cinematográfico en el literario ya se hacía notar en 1946.
La trama argumental de Impaciencia del corazón es muy sencilla, trataremos de sintetizarla sin destriparla: poco antes de la Primera Guerra Mundial, un joven teniente de caballería austrohúngaro destinado en una pequeña guarnición de provincias se ve involucrado en una situación incómoda al invitar a bailar a una joven aristócrata local sin saber que sufre una enfermedad (que nunca se define) que la priva del uso completo de las piernas. El enredo causado por la dramática metedura de pata le fuerza a ofrecer sus excusas de manera excesiva, lo que da pie al inicio de una relación de amistad con la joven y su familia. Esa amistad basada en la compasión (la piedad peligrosa) da origen al conflicto que se desarrollará durante el resto de la novela.
La condición de los personajes contribuye a enriquecer no solo la trama, sino el conflicto mismo. El protagonista, el teniente Hofmiller, procede de unas circunstancias sociales más modestas que otra cosa, es el clásico ejemplo de joven austrohúngaro que utiliza el Ejército como ascensor social. Pero, en tanto que oficial, comparte todos los prejuicios estamentales de la sociedad en la que se mueve.
En cambio, Kekesfalva es un advenedizo. Para empezar, es judío. Para seguir, sus orígenes son muy humildes, y ha obtenido el título que ostenta por medio de una oscura maniobra de la que está profundamente arrepentido. Sus actitudes a lo largo del libro son serviles e inseguras, su complejo de culpa es abrumador.
A su lado, como contrapunto, el doctor Condor es la apoteosis de la seguridad. Hombre resolutivo, entregado a una vocación y, por otra parte, víctima también él de acontecimientos que aún no vamos a adelantar aquí.
En torno a estos tres personajes se mueve la novela, con el acompañamiento de una cohorte de secundarios que aportan toda una caracteriología austrohúngara: el coronel, de orígenes campesinos, para el que el reglamento lo es todo; Balinkay, el aristócrata expulsado del Ejército; el personaje colectivo de los ulanos, destinados a carne de cañón desde mucho antes de empezar la guerra.
Porque Impaciencia del corazón es también, ya lo veíamos con los austricismos, una novela sobre «la Austria de ayer», el monumento que Zweig levanta al país en el que vivió. En el folleto con el programa de la Reader’s Union de 1940, con motivo de la publicación de una edición especial de la versión inglesa, Zweig escribe sobre su novela que consideraba su obligación «traer a la memoria a un público internacional nuestra Austria de preguerra, con toda su magia, su sentimentalismo y su refinamiento, esa Austria que nunca volverá a existir en aquella específica forma de cultura»19.
Pero sería un error, y ha sido cometido por parte de la crítica, interpretar esta novela en clave política, como si nuestro autor la hubiera escrito para verter en ella, en clave, los posicionamientos que se negaba a hacer en público. Por supuesto que en el texto se cuelan todas sus preocupaciones, por supuesto que el mundo que le rodea se filtra en ella, como en cualquier texto que escribe un escritor, pero, a diferencia de, por ejemplo, Clarissa, el texto narrativo que dejó inconcluso, en el que hay, o hubiera habido, profesiones de fe mucho más explícitas, Impaciencia del corazón es ante todo un típico texto de Stefan Zweig.
Es decir, una gran novela psicológica. Una novela sobre la compasión, como han interpretado los que le dieron su «segundo» título, pero sobre todo una novela sobre la cobardía. Una novela sobre las apariencias y la presión que ejercen sobre los débiles (y es notable la presencia de otro personaje débil, como Erasmo de Róterdam). Una novela sobre el género humano.
El personaje de Anton Hofmiller merecería una larguísima disquisición. No vamos a hacerla porque reventaría al lector el placer de la lectura que tiene por delante, pero la dejamos anunciada aquí. Un personaje atormentado. Un personaje digno de Dostoievski. Y, cien por cien, un personaje de Stefan Zweig, y quizá otro de sus alter ego, que menudearon en sus últimos años.
Para tratarse de alguien que, en vida, llegó a ser el autor más traducido del mundo, la llegada de Zweig al español y a España no puede calificarse de temprana. No es hasta 1929 que la editorial Juventud publica la primera traducción de Fouché, obra del novelista Máximo José Kahn y el periodista Miguel Pérez Ferrero, en una colaboración que probablemente recurrió al conocimiento del alemán de Kahn, oriundo de Alemania, y el del español de Pérez Ferrero.
Es curioso y digno de mención, no obstante, que antes de esta primera traducción ya se hablaba de Zweig en los medios de nuestro país. Su primera llegada a nuestros oídos es como traductor: la revista Nuestro tiempo lo menciona como traductor de Émile Verhaeren nada menos que en 1915, y a lo largo de los dos o tres años siguientes aparece mencionado como traductor y crítico en medios como España, Prisma o El universo. Se citan incluso traducciones de obras suyas al francés, como la biografía de Tolstói.
Por tanto, cuando llega a España es, de alguna manera, un nombre esperado, al menos entre los lectores habituales.
Con todo, los primeros pasos no son muy rápidos. A Fouché le suceden Tres maestros en 1929 y Tolstói en 1930, que Alfred Gallard traduce al catalán, pero no es hasta 1933 cuando, con Momentos estelares de la humanidad, se produce la entrada definitiva: a partir de esa fecha cada año ve la publicación de dos o tres libros del autor, y el ritmo no se detiene con la guerra civil. Para cuando termina, son quince los títulos del autor que han pasado en diez años por las librerías españolas.
Cabría preguntarse qué efecto produce en la obra de Zweig el comienzo de la dictadura franquista, pero la realidad es que, incluso en el paupérrimo panorama de la España del hambre, a lo largo de la década de 1940 ven la luz doce títulos más de nuestro autor.
A partir de aquí, Zweig nunca dejará de venderse. Será una constante en el mercado editorial español, con números de ventas más o menos altos, hasta conocer, desde principios del siglo xxi, un inesperado florecimiento de la mano de la editorial Acantilado, que procede a la publicación sistemática de la gran mayoría de sus obras, con un éxito enorme a ambos lados del Atlántico. En 1999 Zweig llega al euskera con Xake novela (Novela de ajedrez), traducida por Xabier Mendiguren, y en 2004 al gallego, también con la traducción de Novela de xadrez (Novela de ajedrez) a cargo de Patricia Buján Otero y Saleta Fernández Fernández.
Cuando se acerca el momento en que los derechos del autor austriaco van a pasar a dominio público, son muchas, muchísimas, las iniciativas editoriales que están esperando. Desde enero de 2022, cuando se produce dicha caducidad, hasta el momento de escribir estas líneas, se publican treinta ediciones nuevas.
La persona de Zweig también suscita evidente interés, como atestigua el hecho de que ya el mismo año de su muerte Benjamín Jarnés escriba la biografía novelada Stefan Zweig, cumbre apagada, en la que reflexiona sobre el autor recién fallecido. Seguirán a esta, en 1947, la biografía escrita por su primera esposa, Friederike Maria von Winternitz, que en 1957 también publicará la correspondencia de su exmarido, traducida por Fernando Frías. En 2011 se publican sus diarios. Ya en nuestros días son muy numerosos los estudios biográficos y sobre su obra, tanto traducidos como autóctonos, de los que mencionamos algunos textos en la bibliografía consultada.
¿Qué papel ocupa en todo esto nuestra Impaciencia del corazón? Sin duda no es ajena a esta corriente. Entre 1946 y 1966, la traducción de Arístides Gamboa conoce cinco ediciones distintas (1946, 1955, 1958, 1961 y 1966), y la de Alfredo Cahn otras cuatro (1946, 1960, 1967 y 1979). A partir de 1999 se suman a estas dos versiones modernas, del autor de estas líneas (Debate, 1999) y de Joan Fontcuberta (Acantilado, 2006), que por caprichos editoriales conservan los títulos diferenciados: La piedad peligrosa la versión de Fortea y La impaciencia del corazón la de Fontcuberta. Hoy por hoy son las últimas, hasta esta versión que tienen en sus manos, primera, que sepamos, acompañada de un estudio crítico. Hemos intentado mantener en ella el protagonismo de la acción, añadiendo tan solo el más imprescindible aparato de notas, porque Zweig ha demostrado de sobra, con su pervivencia ochenta años después, que se trata de un autor intemporal. Tal vez el más genuino representante de ese mundo de ayer austrohúngaro que con tanto, tantísimo, éxito trató de legarnos. Le habría gustado mucho saber que lo consiguió.
1 Stefan Zweig, Balzac. Una biografía, traducción de Carlos Fortea, en Stefan Zweig, Biografías, traducciones de Carlos Fortea, Roberto Bravo de la Varga y Tiana Puig y Soler, Barcelona 2021, págs. 1795-1804.
2 Citado en Moreno Claros, Stefan Zweig. Vida y obra de un gigante de la literatura, pág. 324.
3 Moreno Claros, op. cit., pág. 329.
4 Matuschek, Las tres vidas de Stefan Zweig, pág. 233.
5 Matuschek, op. cit., págs. 223-224.
6 Zweig, El mundo de ayer, págs. 56-57.
7 Strauss/Zweig, Correspondencia (1931-1935), pág. 91.
8 Moreno Claros, pág. 438.
9 Zweig, Erasmo de Róterdam, traducción de Tiana Puig y Soler, en Stefan Zweig, Biografías, vol. 1, Barcelona, Acantilado, pág. 81.
10Ibíd., pág. 87.
11 Cit. en Prochnik, El exilio imposible, pág. 352.
12Op. cit., pág. 354.
13 Cit. en Beck, «Posfacio del editor», Clarissa, pág. 207.
14 Resch, pág. 491.
15 Cit. en Matuschek, op. cit., págs. 312-313.
16 Cit. en Resch, op. cit., pág. 499.
17 Carta a Siegfried Trebitsch, 2 de diciembre de 1938, cit. en Matuschek, op. cit., págs. 333-334.
18 Cit. en Matuschek, op. cit., pág. 334.
19 Beck, op. cit., pág. 210. La traducción es nuestra.
La presente traducción de Impaciencia del corazón, de Stefan Zweig, sigue la edición de obras completas de la editorial S. Fischer (2009). La redacción de las notas obedece a la doble intención de aclarar los posibles puntos oscuros de un texto próximo a cumplir los cien años y evitar, al mismo tiempo, la interrupción de la lectura dentro de lo posible. De ahí que nos hayamos autolimitado a lo que hemos considerado imprescindible.
