Ineffabile: El pacto con la mafia - Angy Skay - E-Book

Ineffabile: El pacto con la mafia E-Book

Angy Skay

0,0

Beschreibung

   Si existe algo por encima de todas las leyes de una mafia, es que un pacto no puede romperse. O se paga según lo acordado, o se paga con la muerte.   Los Sabello lo tienen claro. ¿Y tú?       La vida de Romeo ha dado un giro de trescientos sesenta grados al permitir que su mujer se aparte de su lado. Y no solo ella. Un Sabello siempre permanece con un Sabello, y, aunque eso él lo sabe, el dolor que siente al tener tantos kilómetros de distancia lo consumirá y hará de él un hombre vengativo y sin sentimientos.   En otro orden de términos, Mia continuaba buscando esos aliados para desmontar la vida de los Lombardi, y la del propio Lorenzo, para quien no le ha quedado más remedio que trabajar. No si pretende limpiar a su piccolo de toda la mierda de la que ella es responsable.   El destino puede ser caprichoso, letal y peligroso, aunque los Sabello se crean que casi siempre tienen el mejor plan, la estrategia más completa y la seguridad de ser quien manda, pero ¿y si sale al revés?   Mafias, acción, romance y peligro. Todo en uno y, recuerda: Nunca te enamores de un villano. 

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 734

Veröffentlichungsjahr: 2025

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Ineffabile

El pacto con la mafia

Ineffabile

EL PACTO CON LA MAFIA

vol.3

Angy Skay

Los personajes, eventos y sucesos que aparecen en esta obra son ficticios, cualquier semejanza con personas vivas o desaparecidas es pura coincidencia.

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación, u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art.270 y siguientes del código penal).

Diríjase a CEDRO (Centro Español De Derechos Reprográficos). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. Puede contactar con CEDRO a través de la web www.conlicencia.com o por teléfono en el 91 702 19 70 / 93 272 04 47.

© de la fotografía de la autora: Archivo de la autora

© Angy Skay 2025

© Entre Libros Editorial LxL 2025

www.entrelibroseditorial.es

04240, Almería (España)

Primera edición: septiembre 2025

Composición: Entre Libros Editorial

ISBN: 979-13-87621-06-3

A mi hermana Patri.

Sigue luchando.

Vas a conseguir ser la mejor versión de ti.

Las estrellas se merecen brillar.

Te quiero, hasta el infinito y más allá.

Amad la justicia los que gobernáis la tierra,

pensad del Señor con rectitud,

buscadle con sencillez de corazón.

Sabiduría 1, 1-1

Te quiero tanto...

Tanto, tanto, y lo sabes.

Es una cadena que ahora...

derrite la sangre de mis venas...

Caruso

Lara Fabián

Índice

Índice

Lista de canciones

1

Ganando puntos

Mia Sabello

2

No necesito ayuda

Romeo Sabello

3

Ella es mía

Mia Sabello

4

El gusto y el palo

Romeo Sabello

5

El plan C

Mia Sabello

6

Tu sangre es mía

Romeo Sabello

7

El pacto con la mafia

Mia Sabello

8

La Navidad Sabello

Romeo Sabello

9

Las batas de colorines

Mia Sabello

10

La misa del papà

Romeo Sabello

11

Hasta que me sangren los nudillos

12

El contratiempo

Mia Sabello

13

La recolecta

14

La matona del jefe

Romeo Sabello

15

Ya sabes quién soy

Mia Sabello

16

El chisme

Romeo Sabello

17

Quiero salvarte a ti

18

Mi adorada Roma

Mia Sabello

19

Llegas tarde

20

El yogui de mi vida

Romeo Sabello

21

Duele tanto…

Mia Sabello

22

Cosas de mayores

Romeo Sabello

23

Embustes turbios

Mia Sabello

24

Mi mundo

25

Sedetevi per terra

Romeo Sabello

26

Adiós..., caruso

27

Un sabor amargo

Mia Sabello

28

Soy suficiente

Romeo Sabello

29

Ineffabile

30

La división errónea

Mia Sabello

31

Un cerdo menos

Romeo Sabello

32

Dile que lo amo

Mia Sabello

33

Tu sentencia de muerte

Romeo Sabello

34

Patito al hormigón

Mia Sabello

Epílogo

Romeo Sabello

Sabello

Tiziano Sabello

Agradecimientos

Agradecimientos infinitos

Tu opinión es importante

Lista de canciones

Escucha las canciones que han formado parte de esta historia mientras se escribía. En el siguiente QR encontrarás todas las actualizaciones de la trilogía Romeo.

1

Ganando puntos

Mia Sabello

Me escondí detrás de una de las columnas del templo.

Quién iba a decirme a mí que, siendo como era de católica —aunque practicante en contadas ocasiones—, iba a estar en una colina de París, en el interior de la basílica del Sagrado Corazón de Jesús de Montmartre, disparándole sin miramientos a un equipo de mercenarios que había irrumpido en los negocios de Lorenzo.

«Lorenzo».

Se me erizaba la piel cada vez que recordaba lo que nos había llevado al acuerdo; hacía ya muchas semanas, pues estábamos cerca de la Navidad. Ni siquiera había calculado la cuenta exacta porque eso marcaría la distancia real con el verdadero amor de mi vida.

En medio del caos en el que pensé que Dom y yo moriríamos a manos de los hombres del padre del que fue mi mejor amigo, Angelo apareció. Para mi sorpresa y desconocimiento, este argumentó que mi padre y Nicola ya habían acorralado a Romeo. Aquello no me lo esperaba, pues había sido gracias a su chivatazo, y deseé matar al italiano con tanta fuerza que, de haber tenido rayos X en los ojos, lo habría calcinado.

El individuo afirmó sin miedo y sin mirarme que, tal y como habían acordado, los planes continuaban su curso. El resumen era que Angelo, jugándonosla a todos como de costumbre, les había tendido una trampa a Romeo y a los Sabello al decirles que se quedaría ayudándome en mi propósito, y al mismo tiempo había llamado a mi padre para que lo acorralaran en su casa, en Roma. En paralelo, había sido el informante para que Lorenzo supiera que nos encontrábamos en Mónaco, que íbamos a negociar con él y que Dom reaparecería para conectar con los negocios que anteriormente había tenido con su padre fallecido; todo un plan maestro que Dom y yo desconocíamos y que nos hizo desconfiar del italiano malparido, hasta que dijo: «Puedes confiar en ella. Va a ayudarte a destruir a los Sabello. A Romeo».

Y Lorenzo lo creyó.

Y los ojos marrones de Angelo se cruzaron con los míos de manera fugaz, mandándome un mensaje que decía claramente que seguía de mi lado.

Pero Romeo estaba en peligro, y eso lo había orquestado él. No tardamos más de diez minutos en salir de la reunión desastrosa cuando Lorenzo me soltó con malas formas, me contempló con dudas aunque con cierta apreciación y murmuró un «Tendréis que demostrármelo». Dom corrió la misma suerte, porque mientras salía del bar Salle Blanche, el padre de mi amigo le indicó que para ganarse su confianza debería unirse a mi equipo. Que él no era Luciano Rinaldi, sino el hijo con el que nunca tuvo trato.

No discutimos el acuerdo cuando mencionó al aire que ya nos informaría. Los primeros días fueron a través de su mano derecha: Edmond Lambert, un tipo de dos metros con aspecto de matón, rapado y al que se le marcaban todas las venas de los brazos. Este era el que nos seguía con ojo de halcón a cada sitio que íbamos, a cada trabajo que hacíamos e inspeccionaba cada movimiento que dábamos. Porque no hacía falta mencionar que Dom y yo nos habíamos convertido en un todo junto con Renato.

—¡¡A la derecha!!

El berrido por parte del todopoderoso de Dom me sacó de mis pensamientos y me devolvió a una realidad en la que una bala pasaba a la velocidad del rayo por mi costado derecho. «Elisabetta». No podía permitirme, no ahora que estaba casi de tres meses, que al bebé le ocurriera nada.

Necesitábamos tiempo. El que no teníamos.

Elevé la ametralladora en alto y me aproximé al centro de la construcción que tardó en erigirse casi cuarenta años y que nosotros íbamos a destruir en cinco minutos. Aquella basílica había sido financiada por los fieles, y se había hecho con el fin de expiar los crímenes cometidos durante la Comuna: un periodo intenso y sangriento donde hubo ejecuciones y destrucciones que marcaron el espíritu de la ciudad.

Me encaré hacia el pasillo principal, viendo el mosaico central, uno de los más grandes del mundo, representando la Gloria de Cristo. Y disparé. Lo hice sin miramientos hacia los tipos que salían a izquierda y derecha, sin ser precavida y oyendo las voces de Dom de fondo para que no me pusiera en peligro. Iba en mi naturaleza, implantado, aunque a cada segundo que transcurriera pensase en ella, en mi niña, en que iba a sobrevivir porque era como sus padres.

Deslicé uno de los pies hacia delante y terminé hincada de rodillas en el pavimento, con los codos firmemente encajados en mis costados y la ametralladora bien sujeta. Disparé con precisión, brava y sintónica con el entorno, contemplando cómo las balas salían del cañón a cámara lenta, aunque a la vez tan rápidas que eran imparables.

Alguien tiró de mi pelo hacia atrás justo cuando la columna de mi derecha reventaba y los peñascos de hormigón caían sobre mi cabeza y la de mi atacante. No me dio tiempo a cubrirme, pues todo sucedió a una velocidad impactante. Alcé el cañón del arma mientras el tipo se afanaba en acercarme el filo de un cuchillo a la garganta, con cara de psicópata y unos ojos desquiciados. Apreté los dientes con sobresfuerzo y presioné la culata plegable del arma en mi muslo. Eché la cabeza más atrás, a punto de fusionarme con el suelo debido a la postura de yoga en la que me había quedado, y disparé. Disparé sin contemplaciones, sintiendo el aire impulsivo de las balas al salir con fuerza cuando atravesaban el cañón.

En medio de la melodía me encontraba, oyendo voces difusas, hasta que me quedé sin balas y el tipo cayó desplomado al suelo, sin cabeza y con sus sesos esparcidos por el lugar sagrado. Cerré los ojos, me llevé el arma a los labios y la besé, para después persignarme ante el cuerpo de Cristo en el santísimo sacramento.

—¡¿Estás loca?! ¡¡Loca de remate!! —me gritó el que se había convertido en mi fiel compañero de lágrimas.

Me enderecé, escuchando sus grandes zancadas. Pam. Pam. Pam. Pam. Aceleradas, rápidas y firmes. Tan él. Tan Dom. Y sonreí de manera inconsciente al darme cuenta de que era el hombre perfecto, de que tenía que regresar a los brazos de su Claudio y de que él tampoco podía morir.

Lo observé con amor y sonreí.

—¿Te apetece que vayamos a cenar algo típico de Paris? —le pregunté, levantándome y sin dejar de escuchar sus pasos apresurados.

Enarqué una ceja al girarme y ver su mirada furibunda. Ni siquiera titubeó o miró hacia la derecha cuando uno de los mercenarios se puso de pie con una mano en el hombro. Dom elevó el arma y le disparó a bocajarro. El pum resonó en la iglesia con demasiado eco y contemplé las figuras mientras me levantaba, quizá evitando así sus ojos acusadores.

—Te he dicho que me esperases. ¡Que no entraras a saco! —rugió, moviendo la pistola en el aire con mal genio.

Le di una patada al muerto del suelo y lo bordeé para salir de la iglesia.

—Deberíamos irnos. La policía tiene que estar al llegar y...

No me dejó avanzar. Me sostuvo del antebrazo, me detuvo a su lado y entrecerró los ojos.

—Un susto más así —alzó un dedo en alto—, uno más, y te cortaré la cabeza.

Sonreí, me alcé un pelín y le planté un beso en la mejilla con cariño.

—Te espero fuera. Por ahí viene el plasta.

El sonoro bufido de Dom se hizo escuchar sobre las amortiguadas pisadas de Edmond con aquellas botas militares azul oscuro, como el resto de su vestimenta. Como sus ojos. Ese color parecía definirlo, porque no se desprendía de él, al igual que tampoco lo hacía de Dom, a quien le había cogido cariño, ya que era el único con el que hablaba. No sabía si a mí me apartaba por comportarse como un machista o si lo hacía porque le imponía.

Nuestras miradas se cruzaron cuando avancé por el pasillo. Podría ser odio, o una clara advertencia o una mezcla de ambas cosas, porque sus ojos me parecieron sacados del infierno; no lo identificaba. La conexión se rompió con una última mirada soberbia por mi parte y el pecho se me agitó a medida que llegaba a la calle y me daba el aire que entraba por el enorme portalón. Las manos me picaron y me colgué el rifle en el hombro derecho, desesperada por sentarme en uno de los laterales de la construcción, a la espera de que Renato llegara a por nosotros. El resto de los hombres de Lorenzo había desaparecido de allí, una vez que nos soltaron en la basílica y entramos.

Me saqué el teléfono del bolsillo con los dedos temblorosos y lo desbloqueé con una sonrisa. Allí había un mensaje, y era de una de las personas más importantes de mi vida. Sentí el propio latido de mi corazón en mi garganta mientras la mirada se me cubría de una capa cristalina cuando lo leí: «¿En serio no vas a decirme dónde estás?». Después de ese había otro que me prometía que no vendría, y después otro que decía que era mentira. Reí, y una lágrima saltó de mis ojos.

Hablaba con Romeo constantemente. A todas horas. O, mejor dicho, el tiempo que podía mientras Lorenzo no nos requería o no estaba encima. La única norma que nos habíamos puesto era no mandarnos audios, no hacer videollamadas ni llamarnos por teléfono, a no ser que fuera un asunto de extrema urgencia. Y lo habíamos hecho por la sencilla razón de que Lorenzo pudiera cazarme hablando con él. De hecho, el teléfono que tenía era desconocido para el resto y Renato se había encargado de que los mensajes se borraran cada veinticuatro horas sin dejar rastro ni copia de seguridad, por si acaso. Además, no era una plataforma conocida, sino una rebuscada que habían encontrado entre mi hermano y Enzo.

Romeo lo sabía todo, al igual que yo sabía que estaba sumamente ocupado con los negocios de Valentino y respetando que yo hubiera querido actuar de aquella manera; una en la que la distancia se hacía cada vez más insoportable. Esa sensación la llevaba anclada en el pecho porque veía que cada día la estancia tanto en Francia como en la Toscana se prolongaba más, llevando ya fuera de Roma casi un mes.

Un mes sin él.

Sin tocarlo.

Sin abrazarlo.

Me pedía muchas fotos y yo a él. Fotos instantáneas para mí que debía borrar inmediatamente para no dejar rastro. Y cuando me había guardado alguna un poquito más, Renato me había pillado embobada mirándola y me había echado la bronca por ser una inconsciente.

«Necesito escuchar tu voz». Ese había sido su último mensaje sin conexión con los anteriores. También se había quejado una barbaridad de los trabajos que ahora hacía, según él, como una verdadera sicaria y no como una pacotilla de tres al cuarto. Era increíble cómo lograba sacarme una carcajada todos los días, aunque fuera a distancia. Cómo conseguía que me enamorara más y más de él, hasta tal punto que el pecho acabaría reventándome.

—¿Dónde está Dom?

La voz de Renato me sacó de mi atontamiento mientras le mandaba un mensaje rápido para decirle que en un rato llegaría al hotel donde nos alojábamos y podría responderle. Me giré sobre el muro en el que me había sentado, lo busqué con la mirada y sonreí. Él ya me esperaba.

—Dentro, con la garrapata. —Señalé la puerta con el brazo en el que sujetaba el teléfono y mi hermano hizo un gesto con la cabeza hacia el aparato.

—¿Romeo?

Suspiré.

—Romeo.

Decir que me había preocupado hasta la saciedad por él era quedarse corta: cómo me angustié al saber que Nicola y mi padre lo habían acorralado en Roma o cómo me alegré de que sus hermanos no se hubieran marchado. Aquello había quedado en tablas, y lo había hecho gracias a la persona que caminaba en mi dirección en ese preciso momento, apareciendo de la nada por el otro lado de la iglesia.

—El helicóptero llegará en dos minutos. —Me traspasó con su mirada—. ¿Todo bien, bella?

Asentí, sin desconfianza. Había aprendido en ese tiempo también a perdonar un poco a Angelo, a hacerlo partícipe de nuestros planes y a creerlo cuando hablaba o actuaba de aquella forma tan particular que daba a entender que estaba jugándotela.

El revuelo ocasionado cuando nos separamos fue orquestado por él. Y por Claudio, mi suegro, y a espaldas de todos los que estábamos allí jugándonos el pellejo. Casi lo maté al salir del casino de Mónaco. Y digo casi porque nos montamos en un coche los tres juntos, me senté en la parte trasera con él y le metí el cañón de la pistola en la boca. No le costó ni un minuto explicarse entre murmullos inentendibles, levantar las manos para pedir una calma que yo no sentía por aquel entonces y suplicarme con los ojos que no apretase el gatillo mientras mi hermano voceaba que lo dejara explicarse.

Surtió efecto cuando pronunció un «Claudio». Después de eso, vino la frase estelar de que con los Sabello no se la jugaba, y que no lo había dicho de broma y blablablá. Me pidió durante días que confiara en él, cuando yo únicamente lo miraba con desconfianza y sin ánimos de darle un respiro.

Hasta que Claudio me llamó.

Y me pidió que no lo matara. No de momento. Aquello pareció ofender a Angelo un poquito, pero pronto se le pasó cuando se percató de que no tenía más opciones que quedarse con nosotros para salvarse el pellejo y juntarse más a los Sabello.

—Todo bien —mencionó Renato, y agachó el rostro un poco para decir—: Tenemos con nosotros a diez hombres más. Pero necesitamos que Edmond se ponga de nuestro lado.

Angelo miró hacia atrás por el rabillo del ojo y dijo:

—Difícil lo veo. A no ser que Dom consiga encontrar la estrategia para metérselo en el bolsillo. A mí no puede ni verme. Si aceleramos el proceso, es posible que en menos de una semana estemos de vuelta, mulata guapa.

El teléfono me vibró. El corazón también, porque esa vibración larga solo se la tenía puesta a una persona. Los ojos se me agrandaron e iluminaron al mismo tiempo. Me levanté de mi asiento como si quemara.

—¿Qué has conseguido? Tiene que haber algo más grande.

Renato sonrió con cara de triunfador y asintió dos veces. Angelo dio un paso atrás, quedándose más cerca de la entrada de la basílica, aunque sin dejar de prestarnos atención.

—Las cuentas están a un botón de ser bloqueadas. Todas. Incluidas las que tiene en paraísos fiscales del Caribe norte. Disponemos de tanto material que podría caer como una figura de dominó sin darse cuenta.

—¿Ha sido Enzo? —me interesé, con los nervios a flor de piel.

¿Había dicho menos de una semana? ¿Menos de una semana para regresar a Roma?, ¿para ver a mi piccolo? No quise hacerme ilusiones, porque, para regresar con él, primero Lorenzo tendría que estar muerto, no solo arruinado y sin nada.

—Piero me ha trasladado bastante información de sus aboga...

—El helicóptero nos dejará a las afueras de París. Lorenzo quiere hablar contigo y con Dom. —Angelo se hizo escuchar por encima del susurro de mi hermano porque los dos hombres que había en la iglesia se acercaban.

Asentí, en parte agradeciéndole que nos hubiera silenciado y en parte dándole a entender que estaba bien. Total, no podíamos anteponer las órdenes de nuestro supuesto jefe a las nuestras.

Me inquietaba. Hablar con Lorenzo era lo que menos me apetecía, y siempre que nos encontrábamos —demasiado a menudo para mi gusto— intentaba evitarlo a toda costa y que fuera Dom quien llevara las riendas. A veces no me quedaba más remedio que mostrarle una de mis mejores caras para que viera que no le tenía miedo, sin embargo, bien era cierto que me atenazaba las entrañas cada vez que me contemplaba.

Había deseo.

Había ganas contenidas.

Y mis hombres, los dos, no habían consentido dejarme a solas con él. No después de lo de Nicola. No después de saberlo. Madre mía... Jamás lo habría imaginado de alguien como él, de una persona que siempre se había visto tan... fraternal conmigo.

Edmond profundizó aquella mirada azul oscuro cuando nuestros ojos se encontraron. Parecía decirme algo, advertirme o amenazarme, no lo sabía, pero daba pavor.

Las hélices sonaron por encima de nuestras cabezas. A lo lejos, en el otro extremo de la calle, las sirenas de la policía ya chillaban con fuerza, avisándonos. Seguí la estela de los pasos de mi hermano cuando bordeó una de las columnas de la entrada, atravesó el pasillo del lateral derecho y subió unas escaleras escondidas a la vista de los turistas.

—¡¡Vamos!! —rugió Edmond, y se colocó a la cabeza de los que quedábamos allí, adelantando a mi hermano para subir el primero.

Uno de los hombres de Lorenzo asomó la cabeza, tiró las escaleras del helicóptero y comenzamos a subir, quedándose Dom el último. Una vez arriba, el único que se marchó al puesto de mando fue la garrapata de Lorenzo mientras nosotros nos acomodábamos en la parte trasera. Los cuatro nos miramos y aguantamos la risa cuando Dom rumió entre dientes:

—Menudo chupatintas.

Me asombró percatarme de que no íbamos al casino de Mónaco, donde Lorenzo continuaba escondido y a la espera de hacerse más fuerte, sino que nos dirigíamos hacia un espacio cedido por el mismo hotel donde nos habíamos alojado desde el día en el que llegamos a Francia, más apartados de la zona en la que vivía el cabecilla.

Dom y yo nos miramos. Después lo hice en dirección a mi hermano, y a continuación al italiano, que se mostraba confundido. No dudó en soltarle la pregunta a Edmond, gritando para que lo escuchara por encima del sonido de las hélices:

—¡¿Hemos cambiado de planes?!

—Hemos llegado. Bajad —dijo por toda respuesta, sin girarse siquiera.

Aquello me olió fatal. De hecho, el vello de la nuca se me erizó, y ya había aprendido a identificar señales de ese tipo, las cuales me indicaban que algo no andaba bien. Y poco tardaría en descubrirlo. Lo supe en cuanto puse un pie en la explanada.

Había más de cinco hombres de Lorenzo en el acceso al hotel, y no quise mirar a ninguno de mi equipo, porque lo único que haría eso sería delatarme. Quizá, delatar mi incertidumbre por algo que parecía haberse salido del plan.

Lorenzo no sabía que estábamos en ese hotel.

Sabía, en pasado.

En ese momento, ya sí lo hacía, y eso era una demostración de poder en toda regla, para que no se nos olvidara con quién estábamos tratando. Pero de lo que aquel hombre no tenía constancia era de que nosotros íbamos muchos pasos por delante de su vida.

Edmond hizo un movimiento de cabeza para que entrásemos en el hotel por una puerta previamente sujeta por otro de los tipos ataviados de negro impoluto y con las caras tapadas por unos pasamontañas. El corazón me bombeó en el pecho con más rabia, indicándome que me acercaba a mi habitación mientras atravesábamos el pasillo que daba a nuestra planta. A la de los cuatro. Fue en ese instante en el que vi que la única puerta que se encontraba abierta era la mía. Entornada. Como invitándome a pasar a mi propia habitación.

Los hombres de Lorenzo nos seguían, delante y detrás, guiándonos hacia el lugar al que debíamos llegar, y fue entonces cuando la respiración se me cortó al escuchar a la mano derecha de Lorenzo decir:

—Solo ella. Sin armas.

Solo ella podía pasar a su habitación. O sea, yo. A la que estaba abierta. No pude evitar mirar de reojo a mis hombres, y pese a hacerlo de manera muy disimulada, conseguí coger el teléfono y dárselo a escondidas junto con las armas a Renato. La sonrisa de otro de los hombres de Lorenzo me indicó que ya podía levantar las manos para que me cacheara.

Un rugido de la garganta de Dom bastó para indicarle que perdería las manos en cuanto tuviera la ocasión. El pervertido en cuestión excedía los límites, y qué casualidad que siempre era él el que me sobeteaba cuando tenía que reunirme con su jefe. No lo distinguía de los demás, ni siquiera sabía cómo se llamaba, pero aquella cicatriz en forma de estrella, debajo de su ojo izquierdo, ya me indicaba cómo identificarlo para cuando tuviera la ocasión de apuñalarlo. Que lo haría. Y también le cortaría las manos.

No le vi la sonrisa pervertida, aunque sí la intuí debajo del pasamontañas al pegarme a la pared con un leve empujón. Me miró a la cara, con sus manos metidas en mis tetas, y los ojos le brillaron y se les estiraron a la vez, corroborando lo placentero que le era mientras sus manos se deslizaban por mis costados y llegaban a mi coño.

—Es suficiente.

El rugido de Edmond bastó para que las manos de aquel asqueroso solo descendieran con ligereza por mis piernas hasta llegar a mis botas militares de media caña. Lo observé con fijeza, para que viera que no le tenía miedo y para mandarle un mensaje mudo que captara de inmediato. Y tuvo que hacerlo, porque añadió:

—No me da miedo tu marido, por muy Sabello que sea.

Sonreí, bajé las manos y le dije:

—No es a mi marido al que deberías temer.

Lo adelanté por su lado derecho con una pérfida sonrisa tras haber visto su mirada de espanto. Por el rabillo del ojo, también aprecié que Edmond disimulaba una sonrisa, y eso me pareció imposible. No obstante, se me olvidó cuando empujé la puerta.

Lorenzo se encontraba en uno de los sillones de la habitación, mirando hacia la ventana, con las cortinas de tela como único resguardo de la luz y con una mano en alto.

Y en esa mano, lo que giraba y giraba en torno a su dedo índice era uno de mis tangas sucios.

Contuve el aire, con los pies anclados en la moqueta y sin saber qué hacer; por lo menos esa vez, porque iba a ser la primera que me enfrentaría a él a solas: un cara a cara en el que mis chicos no estaban para protegerme ni defenderme. Y aunque pudiera parecer ilógico, estaba en un momento de mi vida en el que me encontraba más indefensa que nunca, pese a que quisiera aparentar todo lo contrario.

Me obligué a caminar, a no dejar que esa aura de incertidumbre flotara por la estancia. Lorenzo no dejaba de girar el tanga, inmerso bajo la claridad que se vertía a través de la ventana. Llevaba un traje de color beis impoluto. Desde que había llegado a Mónaco lo había visto alternar entre esa gama de colores: beis, blanco roto y gris perla, aunque ninguno en tonos oscuros. Su alma, precisamente, no estaba tan limpia para ser el portador de ese color. No le pegaba en absoluto, pues sus células estaban podridas de la primera a la última.

Mis pies se detuvieron de manera involuntaria cuando vi su gesto.

Se llevó la prenda a la nariz y aspiró.

Aspiró como un sádico. Y entonces sí que me temblaron las piernas.

—Ven aquí, Mia. Tenemos que hablar.

El palmoteo a su muslo izquierdo me indicó la posición en la que debía sentarme. Y creí que me moriría allí mismo.

2

No necesito ayuda

Romeo Sabello

—¡Macho! ¡Que vas a volarme la cabeza!

—¡Coño, quítate! —le vociferé a Piero desde la otra punta del local.

—¿Y cómo quieres que me quite, listo? —me preguntó con inquina y clavándome la mirada fiera desde el otro extremo.

Otro tipo apareció a la espalda de mi hermano y disparé, casi rozándole la oreja. Me puso muy mala cara y elevó los brazos, dándome a entender que de nuevo había hecho lo mismo. Bufé, me giré y me dispuse a seguir limpiando el local de los cuatro que quedaban.

Llegué al primero, tirado en el suelo y con el hueso de la rodilla por fuera, recogí el bate de pinchos de encima de uno de los sofás de terciopelo negro y lo fusioné con el brazo del tipo. Los alaridos y la sangre fueron descomunales. El líquido rojo tiñó la moqueta del pasillo mientras el desdeñoso trataba de pedir clemencia con la mano que había dejado de sujetar su rodilla en el aire. Los otros tres se encontraban de la misma guisa: desparramados por el local y con graves heridas de bala. Al fondo, el dueño del cotarro: Beniamino Leone, un extrovertido italiano que había convenido hacerse cargo de la zona de Nápoles, ahora bajo el mandato de Valentino. Sin embargo, el tipejo con aspecto de mafioso de tres al cuarto y traje caro y blanco se había equivocado al dar las cuentas de las ventas y los números no cuadraban en unos miles de euros. Cincuenta mil, para ser exactos.

—¡¡Por favor!! ¡Detente! ¡¡Por favor!! —suplicaba el condenado al que le desgarraba el brazo.

La piel se pegó a los clavos, a esos pinchos de los que tanto alardeaba. La ropa también. Y fue repugnante. Pero yo seguí dejando el bate caer con todas mis ganas, notando que la sangre me salpicaba la cara y que poco a poco el hombre se quedaba laxo en el suelo hasta morir de dolor. Me erguí cuando vi que, unos segundos después y tras el incesante martilleo contra su extremidad, los ojos se le quedaban fijos en el techo y sin ningún movimiento. Beniamino seguía blanco, como su traje, sentado en un enorme butacón desde donde contaba el dinero, sin ataduras que le impidieran salir despavorido.

Lo habíamos investigado unas semanas atrás, al igual que lo habíamos hecho con toda la parte meridional de Italia; órdenes del capu, que se había marchado a Grecia sin hablarme, y de Valentino, el hermano al que le debía lealtad infinita, respeto y protección. Y se me estaba dando de maravilla, porque andaba sacando lo peor de mí.

Tiziano llevaba un mes sin hablarme, desde nuestra pelea monumental.

A Mia llevaba sin verla casi el mismo tiempo, y hablar por mensajes con ella no me calmaba.

No me drogaba.

No bebía.

—Si llego a saberlo, me habría quedado viendo una película navideña en el sofá —añadió Dante, encendiéndose un canuto y apoyado en una de las columnas.

—Yo creo que necesita terapia. Terapia de verdad, no meditar como le dice este todos los días —apuntó Alessandro, refiriéndose a Piero.

Continué mi paso en dirección al segundo, dos losas detrás del que había machacado a golpes con el bate. Alcé ambas cejas, solté el arma y saqué la navaja. El grito de horror se acrecentó cuando di una zancada y le corté ambas palmas en un gran tajo. Los gritos subieron de intensidad cuando se llevó las manos, todavía en el aire, a la cara y se las vio. Dio media vuelta, histérico, y gateó sin sentido ni orientación. Avancé temible, sin sonreír, únicamente determinado a clavarle la navaja hasta sacarle los higadillos.

—No conocéis los efectos de la meditación porque sois unos alcahuetes de tres al cuarto. Os asombraría saber los beneficios que aporta. Eso —imaginé que me señalaba, porque estaba hablando de mí— no estaría en plan Terminator si me dejara ayudarlo.

—Esa es tu opinión de mierda. —Alessandro también estaba apoyado, solo que sobre la barra—. Yo creo que necesita follar.

—Y beber. Ha hecho muy mal en pedirle a Valentino que le quite todas las botellas de alcohol de la casa. —Dante argumentó una de sus últimas coletillas—: Un porrito le vendría de perlas...

—¡¡Dante!! —lo reprendió Piero. Yo ya iba por la sexta puñalada al tipo—. Está intentando contener lo que lleva dentro, ¡y tú lo impulsas a las drogas!

El comentario de Piero no suscitó nada en mí, aunque sí noté la presencia de Alessandro a mi derecha mientras seguía con mi cometido en la barriga del hombre al que casi le veía los intestinos.

—¿Te refieres a que haga un colador con este señor?, ¿o a que le saque las tripas y se las cuelgue como collar de perlas en el cuello? No me queda clara la parte de contenerse. —Me miró—. Creo que lo has matado ya.

Me fijé en los ojos vacíos del desalmado y también en el cuadro que era su vientre, con las tripas comenzando a salírsele. Alessandro puso cara de asco, con las manos a la espalda como si fuera un octogenario. Solté un suspiro de resignación sin importarme lo que los dos dijeran mientras uno de los que había en el suelo conseguía levantarse con la mano sosteniendo su costado y comenzaba a correr en dirección a la salida. Extraje la pistola de la parte trasera de mi pantalón y disparé cuatro veces, fulminándolo.

—En una cosa vamos a estar de acuerdo: ganas de correr no tiene —soltó Piero, acercándose con cautela.

No lo miré. Me fui a por el último que quedaba, seguido por Alessandro, quien solo me acompañaba para ver mi desastre y llenarse de sangre innecesariamente. Quizá sí dejé mi frustración plasmada en la columna siguiente, pues sujeté al tipo que había apoyado en ella con un boquete en el pecho, lo levanté del suelo haciendo un puño en su camisa y le di la vuelta, de manera que quedó de cara al hormigón.

—Tal vez —primer cabezazo que le di—, si dejarais de intentar arreglar mi vida —segundo y más fuerte; ni siquiera escuchaba los crujidos de su cráneo— y os centrarais en el trabajo que tenemos, antes de la recolecta —los acusé con la mirada y le aplasté la cara con más ímpetu—, todo iría mucho más rápido y no tendría que ser yo el que limpiase de esta manera.

Dante soltó el humo del canuto en forma de O y una nube muy grande llegó hasta nosotros. Qué bien olía ese porro. Lo hizo mientras yo continuaba espachurrando al tipejo contra la columna y me manchaba de su sangre.

Mi hermano sujetó el porro entre sus dedos, elevó las manos en el aire y anunció:

—Tranquilo, yo veo que vas bien. Tú puedes solo.

Otro suspiro de resignación salió de mi boca. Me daban la razón como a los tontos, y era consciente de que lo hacían para no discutir.

Como el día que regresamos de España.

El día que la dejé a su suerte para no verla hasta no sabía cuándo.

A ella y a mi hija.

Apreté los dientes, sin dejar de estampar la cabeza del colega, rememorando la encerrona de Fabio y Nicola, cómo mis hermanos se habían quedado, debido a mi estado de ánimo, y, lo más importante, que Claudio sabía lo que ocurriría en mi edificio. Se lo había contado mi padre, pues todo el plan había partido del don de aquella familia, con Angelo como coletilla. Y menos mal que me lo habían contado pronto, porque, de no ser así, Angelo habría corrido la misma suerte que el hombre que se había quedado sin nariz en ese momento.

Los Lombardi habían desaparecido del mapa tras el altercado, y yo no estaba dispuesto a que eso se quedara en el aire. Iba a pagar hasta la última consecuencia, y solo me quedaba esa semana de limpieza para Valentino. Después de Navidad... Después de Navidad, los Lombardi iban a ver cómo se les caía el mundo a pedazos. Debía admitir que también había estado buscándolos en su casa, en Catania, aunque sin éxito. No sabía dónde se encontraban porque Valentino no me había dado margen para investigarlo, pero lo que sí sabía era que no habían salido de Italia. Enzo me lo había chivado. Aquel condenado estaba poniéndose al día con toda la tecnología que un buen amigo había soltado en sus manos. «Bendito Riley».

La mano izquierda de Piero fue la que detuvo mis golpes. A ese paso, no iba a quedarle nada de la cabeza al tipo. Nada que espachurrar. Fui a mirarlo, pero me detuve primero en su dedo corazón y en el «Gracias» tatuado en él.

¿Gracias por qué? Yo no tenía que darle las gracias a nada, porque todo lo que amaba estaba lejos de mí. Mi mujer y mi hermano. Dos puntos opuestos que no tenía a mi alcance.

—Es suficiente, ¿no crees?

Me quedé con la mirada fija en él solo unos segundos y escuché decir a Alessandro de fondo:

—Aquí está la diferencia entre ser un yogui abogado y un tío que se saltaba las clases y dejó el instituto. —Se señaló. Lo vi por el rabillo del ojo.

—Yo también dejé el instituto —dijo Dante, sin entenderlo.

—Y te dedicaste a vender maría hasta que il papà te pilló y casi te mata. Por eso —añadió con euforia—, a este le hace caso y a nosotros no.

—¿Qué tiene que ver eso? —cuestionó el gemelo de Tiziano, acercándose.

—¡Que es más listo y sabe por dónde llevarlo, Dante! Con la droga se te han fundido los fusibles.

—No sois tontos ni nada —rumió Piero.

Yo ya había apartado su mano de mí, me había dado la vuelta y me dirigía a Beniamino, quien no se movía, solo temblaba. Apoyé las manos en los reposabrazos del sillón y le pregunté con tono duro:

—¿Dónde tienes el dinero? Los cincuenta mil, Beniamino.

Le castañearon los dientes antes de elevar una mano y señalar la columna donde le había abierto la cabeza a uno de sus hombres. Entrecerré los ojos, dándole a entender que más le valía no mentirme. Fue Alessandro el que ojeó la pared, colocó la mano encima llenándosela de sangre y sonrió perverso.

—¿La clave? —preguntó al aire, aunque esa cuestión iba únicamente para el dueño del local.

—Tr... tres..., ci... cinco, cinco, cua... cuatro, ce... cero —balbuceó. El olor a orín me llenó la nariz y la arrugué.

—¿Tres, cinco, cuatro, cero? —le preguntó el pequeño de los Sabello, con el dedo en alto y a punto de pulsar los botones.

Dante sacó su teléfono móvil y se dispuso a mandar mensajes en el momento menos oportuno.

—Ha dicho dos cincos.

Piero se mantuvo con los brazos cruzados después de ese comentario, como un portero de discoteca.

—Pero ha titubeado en el cinco. ¿Uno o dos? —le preguntó Alessandro de nuevo a Beniamino.

El dueño del local tembló más y balbuceó sin dar una ni conseguir conexión entre las palabras. Solté el aire ruidosamente, y sin que me viera nadie, saqué la pistola y le disparé en la polla. Me acerqué para sostenerlo de la pechera y me lo pegué a la cara.

—Ahora sí que vas a titubear. ¡¿Un cinco o dos?! —le grité, con los nervios de punta.

Estaba cansado, y hasta el cipote de saltar de un sitio a otro en busca de mequetrefes. Los hombres de Tiziano también estaban en ello, liderados por Valentino, y aunque no debíamos meternos en esos asuntos que nos mancharan las manos, los Sabello habíamos sido siempre de esa pasta. Nadie iba a hacer el trabajo como nosotros.

Así te respetaban.

Así te temían.

Y todo era un combo que sumaba.

—¡Dos! ¡Dos! —aulló de dolor, llevándose las manos al centro del pantalón.

—Es lo que menos debería preocuparte, Beni —se burló Dante cuando el clic sonó como que habían abierto la caja.

Había guardado la pistola antes de que se percatara de ello, sacado la navaja, y ya me acercaba a él de manera peligrosa. Beniamino me contemplaba espantado, sin saber qué hacer ni cómo convencerme para que no lo matara.

—Por favor... Por... favor. ¡Vamos a hablar! —me suplicó cuando ya estaba a un palmo de su cara.

—¿Has hablado tú sobre los cincuenta mil que no has pagado? —le pregunté con tono neutro, sin moverme del sitio.

Negó con la cabeza, muy enérgico, con ganas de llegar a un acuerdo.

—Pero podemos buscar... buscar otra solución. ¡Haré lo que me pidáis!

—¿Huele a meado? —preguntó Dante, olfateando el ambiente.

Puse los ojos en blanco mientras Piero añadía:

—Yo creo que a mierda también.

El titubeo no se produjo en el momento en el que mi navaja se clavó en su ojo izquierdo, y el olor a mierda me llegó de manera inmediata. Sí, se había cagado. Dante continuaba con el teléfono, Piero me miraba con una mueca extraña entre el asco y lo desagradable de la situación y Alessandro metía la pasta en una enorme bolsa.

—¿Tú para qué has venido? —le preguntó al que se fumaba los canutos de dos en dos.

—Espera, que se me caducan las vidas del Tetris.

Piero abrió los ojos como platos cuando se refirió al videojuego que llevaba en el móvil. Fue a quitárselo de un manotazo, pero hubo un segundo en el que el abogado se quedó con la mano en el aire y al final no lo hizo; fue la mirada asesina de Dante, la cual indicaba que no estaba jugando al Tetris, sino haciendo otra cosa que no querían decir. No por lo menos delante de mí.

Saqué la navaja del ojo de Beniamino, dispuesto a hacer un bonito cuadro en su rostro. Él gritaba mucho, suplicaba más de lo permitido en ese mundillo también, y fue entonces, una vez que el filo estuvo fuera, cuando la deslicé por su nariz, impregnándola de sangre, hasta llegar a su boca.

Y corté.

Primero la parte izquierda; después, la derecha, en dos incisiones perfectas que le agrandaron la sonrisa. Las lágrimas del tipo se mezclaron con la sangre, embadurnando su cuerpo, mi mano, el sillón... A mi espalda, nadie respiraba, solo se oía el movimiento del dinero. Y sin tiempo para haberlo contado todo, Alessandro dijo:

—Está todo. Podemos irnos.

Me separé de aquel muñeco diabólico en el que se había convertido Beniamino. No dejaba de llorar, de intentar no abrir la boca para que no le doliera más, y en medio de aquella agonía de muerte me encontré con tres pares de ojos que me observaban desconcertados, asustados. Elevé la mano cuando cogí la pistola y disparé sin mirarlo. No escuché sus quejas ni una vez más, por lo que me giré y vi que le había dado en la frente y que su cabeza se había quedado colgada hacia atrás.

Caminé sin detenerme. Saqué mi teléfono y le mandé unos cuantos mensajes rápidos a Mia. Hablábamos. Muchísimo. No obstante, eso no lograba quitarme el peso que sentía en el pecho cada vez que me enviaba una foto. Le había pedido bastantes, sobre todo de la barriga, y de aquello tenía un motivo de peso, el cual se encontraba en mi almacén de pinturas, en el ático.

Me urgía verla, tocarla, abrazarla, sentirla, estar con ella. Y para mi continuo disgusto, no me lo pedía. Únicamente necesitaba ese permiso por su parte, ese «Romeo, ven a por mí», y habría ido sin importarme no haber terminado con mi plan inicial. Lo haríamos juntos, lo moldearíamos juntos, aunque tardáramos más.

Conocía de primera mano lo que estaba ocurriendo en Mónaco, y la idea no me parecía buena. Y no porque estuviera embarazada, sino porque nuestra bebé iba dentro de ella y estaba poniéndose en peligro constantemente por un hijo de puta al que pensaba despellejar. No había ido a por él porque eso habría provocado su desconfianza máxima si el plan no salía en condiciones. También había influido mucho que mi padre me lo había prohibido terminantemente y que fue la primera condición de la mamma antes de irnos a España. «Que ella decida». Y mi piccola había decidido separarnos.

Rogaba interiormente que me llamara para revocar esa decisión. No aguantaba más, no podía más. Las noches eran insoportables, aunque las mataba intentando hacer una vida sana para no echarme a perder. En eso había influido mucho Claudio, quien se quedaba la gran mayoría de las veces conmigo; si no, lo hacían Valentino o Piero. A los demás intentaban echarlos de Roma, pues sabían que no eran buenos consejeros, y si Dante se quedaba..., la borrachera estaba asegurada.

Y necesitaba una de esas. Muy grande, muy gorda.

Corría, le daba puñetazos a un saco que había puesto de manera improvisada en el salón, tocaba el piano con música fúnebre hasta altas horas de la madrugada, me inflaba a tilas para dormir, mascaba caramelos para la ansiedad y también hacía respiraciones profundas con los ojos cerrados, tal y como había intentado enseñarme Piero. Y el tabaco... Eso era lo único que no me habían vetado, y me fumaba casi dos paquetes al día. Si no me mataba nuestra separación, iba a hacerlo el cáncer.

Unos zapatos elegantes, negros y muy brillantes me hicieron levantar la cabeza y encontrarme con un tipo de aspecto temible, con un traje azul oscuro de tres piezas, el reloj de bolsillo colgando del chaleco y aquel pelo oscuro peinado hacia atrás de manera impoluta, cubriendo la gomina gran parte de los largos mechones. Los ojos, esos tan verdes, tan profundos como los míos, me contemplaron mientras se llevaba uno de sus puros a la boca y daba una enorme calada, creando una nube de humo entre los dos cuando lo expulsó.

—Sube al coche, bambino.

Me giré hacia mis hermanos y les pregunté de manera muda qué estaba pasando. Parecían igual de sorprendidos que yo. Sin embargo, me fijé en uno de ellos. En Dante.

—¿Has sido tú?

—¡¡¿Yo?!!

Se señaló con el dedo, pero no me dio tiempo a decirle que lo había visto con el teléfono cuando el torrente de voz del papà tronó:

—¡No tengo todo el día, Romeo!

Cuando mi padre usaba ese tono de ultratumba con nosotros... era mejor que no hicieras suposiciones sobre qué iba a ocurrir o no.

Amenacé a Dante con una mirada afilada y cargada de reproche, sin saber siquiera qué habría podido decirle. Me monté en el coche negro, tratando de acallar las preguntas que se formaban en mi cabeza. Arrancó, sin esperar a mis hermanos y sin reparar en las pintas que llevaba: sucio, manchado de sangre hasta arriba, con cara de no haber dormido durante dos días seguidos...

—Mmm... —murmuré, con la pregunta en la punta de la lengua, sin contenerla, y con los ojos fijos en la luna delantera—. ¿Qué he hecho?

Rio con una especie de bufido y me desinflé en el asiento. Él conducía tan galán por el centro de Nápoles, como si se conociera la ciudad como la palma de su mano. Que lo hacía, porque si algo había caracterizado a Claudio Sabello era que había sido el mayor callejero de la historia. De ahí su imperio. De ahí su liderazgo.

—Nunca te conté cómo llegaba la piccolina a casa. ¿Sabías cómo? —La pregunta me dejó estático en el asiento. Lo miré de sopetón.

—Sí, la traía Cinzia y se quedaba con la mamma tomándose un té, o la traía la niñera.

—Me refiero a cuando Cinzia murió y despidieron a la niñera.

Cerré la boca unos segundos, sin haberme preguntado eso jamás.

—¿En el autobús? —añadí confuso.

Rio de nuevo.

—A partir de los diez años empezó a colarse en el autobús, sí. Una superviviente, desde luego.

Recordaba perfectamente que me había hecho algún comentario de esos porque Fabio no le daba dinero para marcharse. No a nuestra casa. No desde que murió su madre, que era la única que no nos veía como a unos gitanos navajeros.

—Pues... no. Nunca me lo había planteado —le dije extrañado, sin salir de mi asombro ni encontrar el motivo de aquella conversación.

Mi padre se estiró en el asiento, conduciendo con aquella elegancia que lo caracterizaba.

—Tenía controladas las horas en las que salía de su casa. Andaba y andaba muchos minutos hasta llegar al principio de la avenida que da a la montaña. A diez minutos a pie de nuestra casa está la parada, la que desemboca en el camino de la casona. —Hizo una pausa y le presté atención. No sabía adónde quería llegar—. Y la esperaba. Todos los días. Desde que murió Cinzia y despidieron a la niñera, la esperaba en la avenida. E incluso algunas veces me quedaba en su calle, sabiendo a qué hora salía, y la recogía.

Detuvo el coche en un polígono a las afueras de la ciudad. Miré a mi alrededor y vi que había algunos trabajadores que corrían de arriba abajo. Yo seguía sin entender nada.

—Papà, ¿qué es lo que quieres decirm...?

—Le juré a Cinzia, antes de morir —me interrumpió sin mirarme; sus ojos estaban brillantes, fijos en un edificio pequeño que teníamos enfrente—, que me haría cargo de ella. Que no la dejaría en manos de ese desalmado que tenía por padre. —Giró el rostro hacia mí—. Hasta que tú me pediste que no la dejara entrar en casa más. —Me tenía traspuesto, ni siquiera parpadeé—. Y tuve que romper mi promesa, por ti.

Desconocía aquella información; imaginé que compartida únicamente con mi madre.

—¿Por qué me cuentas todo esto? —le pregunté de carrerilla antes de que volviera a interrumpirme.

Sonrió con tristeza, bajó la cabeza y sacó un pequeño dispositivo de su bolsillo: un comunicador diminuto.

—Porque ahora tengo la oportunidad de retomar mi promesa, de arreglarlo, de cuidar de ella, pese a que estáis empeñándoos en ponérmelo difícil: tú, con tu venganza particular, y ella, con sus ganas de arreglar lo que ha roto, lo que le ha provocado a nuestra familia.

—¿Qué es eso? —me interesé, señalando el aparato y sin querer aparentar que sus palabras me habían apretado la garganta.

Se hizo el silencio durante unos segundos, los justos para que meditara su respuesta:

—Quieres destrozarlos. Es lógico, yo también quiero hacerlo. —Se refería a los Lombardi—. Y vamos a conseguirlo, pero como siempre os digo, hay que ser más listos. No podemos romper a nadie dejándole todo lo que tiene, porque entonces saldrá un primo lejano e intentará cobrarse una venganza que ni le pertenece, o bien querrá medirse contigo para hacerte ver que tiene más poder que tú.

Me dejé caer a plomo en el asiento. No entendía una mierda, aparte de que había que destrozar a la familia de Mia, paso a paso, con buena letra y sin correr. Eso era algo que llevábamos haciendo durante un mes gracias a la información que Renato nos había trasladado.

—Se supone que es como estábamos trabajando, ¿no? —Dudé hasta de mis capacidades.

Él asintió, señaló el edificio que teníamos delante y me preguntó:

—¿Qué es eso, Romeo?

Observé la construcción destartalada.

—Algo de alguien.

Sonrió con cariño.

—Algo de alguien que ni siquiera sus hijos saben que existe. Ni siquiera Nicola. —Los ojos se me agrandaron—. Y el poco o nada de dinero que le queda a Fabio se encuentra escondido ahí. Las posesiones de más valor: el oro, dinero en efectivo, joyas... ¿Y qué pasa cuando se destruye lo único que te queda para sobrevivir mientras estás escondido como las ratas?

Ahora, el que sonrió con énfasis fui yo. El corazón me galopó con fuerza en el pecho, provocando que los latidos retumbaran en mis oídos.

—Que no te queda más remedio que salir de la cloaca —sentencié.

—¿Y qué pasa cuando sales de esa cloaca?

Le enseñé todos los dientes.

—Que te arrancan la cabeza con una mano y te desangran como a un cochino, papà.

Asintió levemente, satisfecho y con una clara mueca de orgullo. Pulsó el botón del aparato pequeño y añadió con voz tajante:

—Vuélalo.

Uno...

Dos...

Tres...

¡Boom! La explosión cubrió el polígono, las alarmas sonaron, el humo negro llenó el cielo... Y yo vi mi venganza más cerca.

3

Ella es mía

Mia Sabello

Miré el muslo; la mano palmeándolo. Tragué saliva y continué con mi avance hasta colocarme delante de Lorenzo con cara de pocos amigos. Tenía que, debía, ser la fuerte. Que no me doblegara. Mi tanga quedó laxo, sujeto por su dedo índice, mientras los malévolos ojos claros de Lorenzo me contemplaban como si hubieran logrado una victoria más en aquella interminable lista de fracasos.

Porque todo lo que él tenía no eran victorias. Eran fracasos puros y duros.

—Estoy esperando —pronunció silbante—. Ven, siéntate, Mia.

El marcado acento con el que dijo mi nombre me asqueó. ¿Cómo una persona que me había besado en la cabeza tantas veces podía desearme ahora con esa lujuria insana? ¿Cómo era posible, si jamás había tenido un gesto baboso conmigo? Incluso después de la muerte de Adriano, continuábamos viéndonos, esas veces junto a mi padre, pues ellos siempre tenían negocios entre manos. Hasta donde había entendido, Lorenzo se encargaba de la administración de bastantes propiedades de mi progenitor, por lo menos hasta que tuvo que ir vendiéndolas de manera paulatina. Cuando fui creciendo —y ya apartándome de Lorenzo y de su vida—, descubrí que también se movía en el mundo ilegal, como los Lombardi. No sabía exactamente en qué, aunque tenía constancia de que se trataba de temas de dinero.

Ahí tenía los temas de dinero. En Francia. Robaba a espuertas de grandes casinos, sin que nadie se percatase y bajo la supervisión de altos cargos de la empresa, para luego cobrárselo a las aseguradoras. No siempre era el mismo rollo, no obstante, el desenlace continuaba siendo extraer enormes cantidades de dinero de los casinos repartidos por el mundo. Y se había hecho fuerte comprándoles propiedades a mandamases de la bolsa e incluso a personas con poder en Italia y Francia. Que el mundo estaba podrido no era una novedad.

—Estoy bien aquí —argumenté sin moverme del sitio y con las manos a ambos lados de mi cuerpo. Sonrió.

—Pero yo te he dicho que te sientes aquí, Mia.

No me gustaba su tono, no me gustaban las maneras que estaba teniendo desde que nos encontramos en Francia, y eso que había conseguido mantenerlo a raya. Dejó de palmear su mano contra el muslo y entreabrió los labios a punto de dar otra orden, pero me adelanté:

—Nuestro acuerdo no era sentarme en tus rodillas como si fuera una niña. Nunca he necesitado que me des consuelos de ese tipo, así que te pediría que fuéramos al grano, Lorenzo.

Contuvo una mal disimulada sonrisa y, sin importarle cómo sonara aquello, me dijo:

—Menos reparos tuviste cuando te follaste a mi hijo. Ahora tienes un contrincante con más experiencia. Te ordeno —recalcó— que te sientes.

Me dieron ganas de vomitar; por muy guapo que fuera, por muy cortés que hubiera sido en todos los años que lo había conocido. Ahora era el momento de quitarle la verdadera máscara a aquel abusón que me contemplaba con los ojos brillantes y lascivia.

—Qué sabrás tú... —escupí airosa.

Hubo un silencio diminuto.

—Lo sé muy bien, Mia. Lo vi todo por las cámaras de mi casa.

Pensé que había perdido otra de las infinitas batallas y me lamenté, al mismo tiempo que me asqueaba el hecho de conocer que nos había estado viendo a Adriano y a mí. Sin embargo, había alguien que sí estaba dispuesto a jugarse el pellejo. Ese alguien entró en la habitación como un huracán, sin esperármelo, arroyándolo todo y haciéndome agrandar los ojos cuando habló:

—Te escucha perfectamente desde donde está y no va a sentarse encima de tus rodillas. ¿Quién te piensas que es?, ¿otra de las crías a las que engañas para abusar de ellas?

Esa información era nueva. Busqué a Lorenzo con la mirada y vi que me había apartado la suya para reír sin quitarle los ojos a la ventana. Dom dio unas largas zancadas, con paso firme, temerario y con la voz más peligrosa que la que había tenido nuestro supuesto jefe. Se reajustó la chaqueta del traje gris oscuro, llegó a mi altura sin apartar esos océanos de mí y envolvió mi cintura de una manera distinta, como si... como si fuéramos algo.

Fui a apartarme automáticamente de él, pero me lo impidió con una mirada severa y un fuerte apretón de sus dedos.

—Dom —le dije alarmada. Los ojos de Lorenzo ya estaban clavados en nosotros.

Y comprendí el juego a la primera.

—No. Se acabaron las tonterías —sentencio rotundo, con la mano plenamente afianzada en mi cintura, arrugando un poco mi vestido beis de manera visible—. Quita esa cara de baboso de mierda, Lorenzo.

—¿O qué? —lo retó.

Mi amigo se llevó la mano a la parte trasera del pantalón y sacó una pistola a la que le quitó el seguro en medio segundo.

—O te vuelo la cabeza.

El rugido de Dom me desestabilizó cuando nuestro contrincante se levantó, como si fuera el macho alfa de la manada. Era más bajo que él, una cabeza y poco más, lo suficiente como para que tuviera que mirar hacia arriba.

—No puede ser... —musitó atónito Lorenzo, contemplándolo con fijeza.

Dom ni se inmutó; al contrario, se adelantó para desafiarlo.

—Desde que llegamos, he visto esos ojos. Esa mirada de querer follártela, de no ser la amiga de tu hijo, sino tu víctima. Y quédate con esto grabado a fuego. —Lorenzo fue a interrumpirlo, aunque este no se lo permitió—: Tú habrás hecho negocios con mi padre y a mí no me conocerás, pero puedo hundirte el casino de Montecarlo con solo levantar un dedo y lo sabes muy bien.

—¡Dom! —me exalté, y sujeté su antebrazo para que se detuviera de manera fingida. Por supuesto, él apartó ese brazo para demostrar quién mandaba de los dos. Me dieron ganas de reírme por el gran papel.

Lorenzo se pasó la lengua por los labios, sorprendido y sin poder empequeñecer el gesto.

—¿Y entonces a qué estás jugando, Rinaldi?

Me atraganté con su pregunta. Pero Dom era un tipo muy listo. Muy muy listo. Me soltó, se movió un milímetro más, casi a punto de rozar su frente con la de Lorenzo, y bisbiseó:

—Estoy jugando al juego que tú quieres jugar. A dejarte que pienses que la tienes más larga, aunque los dos sepamos que es mentira.

Y era mentira porque se había quedado sin apoyos, sin nadie que lo respaldara. De eso nos habíamos encargado durante el tiempo que habíamos permanecido bajo su yugo, hasta casi despojarlo de la vida, que era la intención.

Lorenzo pareció meditar su respuesta. A continuación, se separó unos metros de él, como si le costara mantenerle la mirada. Y esos ojos pasaron en un segundo a mí, maquiavélicos, echándome en cara algo que no comprendí. Se giró y se llevó las manos al pelo para moverlo con ligeros toques desesperados, y fue entonces cuando miré a mi amigo. Este siguió con su teatro: estiró una mano hacia atrás y volvió a cogerme de la cintura de manera posesiva.

—Edmond me ha conseguido un contacto fuerte —añadió Lorenzo, sin mirarnos y evadiendo el tema. Contemplé a Dom—. Voy a marcharme fuera de Francia unas semanas hasta conseguir cerrar ese acuerdo. Y para eso necesito que... —Se giró y me observó—. ¿De verdad se la estás pegando a Romeo con él?

Señaló a Dom y yo puse cara de zorra malvada.

—¿Te he dicho alguna vez que lo que quiero lo consigo? —le pregunté a Lorenzo, pero el tono sugerente iba dirigido a mi amigo, a quien le había puesto una mano de perfectas uñas violetas sobre la solapa de la chaqueta.

Lorenzo negó con la cabeza.

—No me lo puedo creer... —Sonrió y repitió, con un pequeño bufido—: No me lo puedo creer.

—Con quién se meta en la cama no es tu problema —rugió Dom, y me apresó con más ímpetu. Ni siquiera estaba tenso—. Lo importante es que tanto tú como nosotros tengamos claros nuestros objetivos. —Lo contempló con inquina, dio un paso sin soltarme y afirmó con tono ronco—: Y ella es mía, Lorenzo. Mía.

Me pareció ver que el pecho de Lorenzo bailoteaba desacompasado, como si hubiera perdido algo que siempre soñó con tener. Me aferré a mi supuesto amante y, sin que me temblara la voz, espeté:

—Esto no cambia nada, Lorenzo. Pero debe seguir siendo secreto incluso para Renato —me inventé, a lo que el interpelado abrió los ojos con más asombro. Tenía una nueva baza para jugar con ella; eso sí que lo había captado.

—Y tampoco debe saber nadie que el hijo que lleva en su interior es mío y no de Romeo —señaló Dom, y se me contrajo el estómago.

Lorenzo no pareció sorprendido por el detalle del embarazo; el supuesto embarazo falso, que ahora era verdadero y más que nunca. Me llevé una mano a la barriga para darle más énfasis a sus palabras y fue Lorenzo el que dictaminó:

—Habéis jugado con todos... —Hubo un deje de rencor en sus palabras.

—Hemos jugado a ser los mejores. Ahora eres el único que conoce la verdad.

Con aquella sentencia, Lorenzo se metió las manos en los bolsillos, asintió con lentitud y tardó unos segundos en retomar la palabra:

—Pues siento deciros que vuestra luna de miel se ha terminado. Tendrás que buscar otra excusa para que Romeo no te mate, Mia. Debes regresar a la casa de los Sabello y culminar tu trabajo allí. Vamos a necesitarlo para cuando vuelva.

—Lo hará —sentenció Dom contundente.