Ineffable - Stefania Butkus - E-Book

Ineffable E-Book

Stefania Butkus

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Beschreibung

«Donde nadie ve, ellos gritan; y donde nadie escucha, ellos ven». Así comienza el misterioso folleto que aparece diseminado, una mañana, en el apacible pueblo de Banff. La población se divide entre quienes lo consideran interesante y quienes afirman que se trata de algo peligroso, quizá macabro.   Pronto comienzan a llegar las invitaciones; los pocos elegidos mantienen en secreto sus intenciones de asistir. Solo deben esperar unos días hasta que el misterio se resuelva por sí solo. La respuesta se encuentra en el medio del bosque, a varios kilómetros del pueblo, donde los diez jóvenes se sumergirán en la representación de diez obras teatrales sobre un escenario giratorio. Serán espectadores y protagonistas de lo inefable.   ¿Qué podría salir mal?

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Seitenzahl: 224

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Dirección editorial: Natalia Hatt

Corrección: Denise Lopretto

Diseño de cubierta: H. Kramer

Diagramación: Natalia Hatt

Butkus, Stefania

Ineffable / Stefania Butkus. - 1a ed. - Paraná : Vanadis, 2023.

Libro digital, EPUB - (Ingvi / Natalia Hatt)

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-82948-9-6

1. Novelas de Suspenso. I. Título.

CDD A863.9283

© 2023 Stefania Butkus

© 2023 Editorial Vanadis

www.editorialvanadis.com.ar

Todos los derechos reservados. Prohibidos, dentro de los límites establecidos por la ley, la reproducción total o parcial de esta obra, el almacenamiento o tramisión por cualquier medio, las fotocopias o cualquier otra forma de cesión de la obra sin previa autorización escrita de la editorial.

ISBN: 978-987-82948-9-6

Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723.

Alameda de la Federación 684. Paraná, Entre Ríos. Agosto de 2023.

Para F. J. B. y quienes me acompañaron en el proceso.

Ten cuidado con las decisiones que tomas, no importan lo pequeñas que sean, porque estas serán tu salvación… o tu muerte.

SHERRILYN KENYON

AVISO

Querido lector:

Cuando leas Ineffable, encontrarás una novela con una estructura fuera de lo común. En ella hay varias capas de ficción dentro de la ficción, con relatos ideados por personajes dentro de la misma historia, donde se juega con el límite de la verosimilitud y se toman diversas licencias de manera intencional.

El contenido de dichos relatos es oscuro y macabro, como consideramos que debe ser en el género thriller. Debo advertirte que este no es apto para todo público y se recomienda para mayores de 16. Se incluyen escenas de violencia explícita, asesinatos, suicidio y automutilaciones. Las mismas podrían resultar sensibles para algunos lectores.

Esperamos que disfrutes del show.

1

—¿Y bien?

—Aquí está —dijo al colocar el manuscrito sobre la mesa—. Lo he terminado.

Arthur lo tomó con curiosidad.

—Estupendo. Echémosle un vistazo.

NOTA

Y así como hay historias para guardar, otras son para contar.

Este libro es para mí, y para todo aquel que esté dispuesto a leer lo que en su momento fue INEFABLE: algo tan increíble que no puede ser expresado en palabras, pero para lo que creo haber encontrado las más apropiadas para ello.

I

El célebre folleto. Las diversas hipótesis. El museo. Las dudas

Banff, Alberta, Canadá.

Años 90.

«Donde nadie ve, ellos gritan, y donde nadie escucha, ellos ven». —Eso encabezaba el folleto—. «Diez historias que giran; cada una, protagonizada por alguien del público. Única vez. Diez cupos.»

Debajo, se encontraba la fecha —jueves 17 de octubre, 8:00 p. m.— y en mayúscula, decía:«la invitación llegará a ustedes. -Atte: Ineffable».

Aquel pequeño folleto impreso se encontraba por todo el pueblo. Nadie sabía de dónde provenía ni de qué se trataba. Nadie sabía nada, pero todos hablaban de ello.

Los rumores no tardaron en llegar, pues era un pueblo pequeño y, como en todas las situaciones, siempre estaban las dos caras de la moneda: por un lado, quienes lo encontraban interesante y se convencían de que aquello era un pequeño juego de marketing; mientras que, por el otro, estaban quienes afirmaban que era una trampa, algo peligroso y macabro.

Desde luego, había gente que se abstenía de ser de un bando en particular. No sabían qué creer, y no los culpo; yo era parte de los que se encontraban en el medio. Por desgracia, no se confirmó ningún rumor hasta aquel jueves. Aún sigo preguntándome, día tras día, qué hubiese pasado si Meredith Parker no lo hubiese encontrado interesante… Pero, como me han dicho siempre, el «hubiese pasado»no existe. Pasó lo que tenía que pasar y eso es lo que quiero dejar en claro. Ese es mi único consuelo por las noches; porque, a veces, hay que creer ciertas cosas para tener la conciencia limpia.

Aquella mañana, la de la aparición del folleto, me encontré con dos de mis amigos en la cafetería del pueblo, Jess’s, situada en una esquina de la calle principal. Por fuera, ya se encontraban calabazas colgando por todos lados, luces y otras decoraciones de Halloween. Aquel lugar era muy acogedor. Su fachada era de color beige; contaba con grandes ventanales y una pequeña escalinata en la entrada. En la puerta colocó un esqueleto a modo de decoración, y sus ventanas estaban llenas de telarañas.

Por dentro, era rústico y hogareño. Las vibras que regalaban el otoño y Halloween hacían de este lugar algo único. Los muebles estaban hechos de madera y algunos tenían sobre ellos manteles de color naranja. Las sillas se diferenciaban entre sí. Para todos, era como ir al living de una casa a tomar café y comer algo. El ambiente estaba cálido. Había una hermosa fogata en el rincón que te hacía olvidar del clima otoñal por un momento.

El dueño se llamaba Jess Harris, quien había heredado aquella cafetería de su difunto padre. Era un muchacho encantador, de cabello castaño, y contaba con unos treinta y cinco años de edad. Solía vestir unos vaqueros holgados con una camisa escocesa y, por lo general, una gorra. —todo eso era lo que Dean llamaba «su marca personal».

Dean Jacobs estaba allí dentro, sentado en el mostrador, con su bella cabellera castaña asomada debajo de su gorro de lana negro. Llevaba unos pantalones caqui y un sweater abrigado. Sus ojos zafiro se ocultaban detrás de unos redondos anteojos de lectura. Estaba tomando café mientras leía un libro que yo le había prestado: Helter Skelter, de Vincent Bugliosi y Curt Gentry, una novela de true crime escrita con detalle sobre los asesinatos de Charles Manson. Para ser honesta, me parecía fascinante la mente de Charles y sabía que Dean también lo creería.

Meredith Parker, quien acababa de llegar con sus típicas botas color carmín, se estaba acomodando a su lado. Dejó su tapado lila de piel sobre el mostrador y se sentó. Su ropa, como siempre, se destacaba entre el resto. Vestía muchos colores, por lo que nunca pasaba desapercibida. A pesar de tener la cara pálida por su sensibilidad al frío, se encontraba reluciente, como de costumbre, aunque ella fuera incapaz de reconocerlo.

—¡Rory! —me gritó Dean y me hizo una seña. Rory era la forma en la que él solía apodarme.

—Lory, dime, por favor, que has visto los folletos acerca de ese teatro Ine… Inef… —me preguntó Meredith mientras me sujetaba del brazo.

—Ineffable —le corrigió Dean—. Es una palabra increíble, ¿no creen? Suena lindo, su escritura es…

—Sí, sí, es hermosa como todas las palabras —lo interrumpió Meredith a la par que volvió a dirigirse hacia mí entusiasmada—. ¡¿Los has visto?!

—No todas las palabras lo son —comentó Dean—, hay unas que…

Meredith revoleó los ojos y lo interrumpió sonriendo.

—Aunque es hermoso escucharte hablar a diario acerca de tu raro fanatismo por las palabras —dijo con cierto sarcasmo—, no es el tema de conversación ahora. Deja tu locura para después de mi dosis de cafeína, ¿quieres?

Me reí y ella volvió a mirarme, ansiosa, con sus labios apretados.

—Los he visto —dije antes de que me volviese a preguntar—. Todos aquí creo que lo han hecho.

—Suena intrigante. Ni siquiera presenta una dirección, ¿por qué? Es puro misterio en todo su esplendor. —Se le iluminaron los ojos de lo fascinada que estaba—. Me consume la intriga. Ha de ser lo más interesante que ocurrió en mucho tiempo.

—Yo no confiaría en eso si fuera ustedes —respondió Jess, quien había escuchado nuestra conversación detrás del mostrador mientras nos servía nuestro café diario—. Debe tratarse de un tonto del pueblo haciendo una broma.

—¡Y vaya broma! —acotó Meredith. Jess la miró de forma seria para hacerle entender que no bromeaba y que le hiciéramos caso. Él era como un padre más para nosotros. Confiábamos por completo en él; y esa era la mirada que ponía cuando desaprobaba algo—. Vamos, Jess, ¿en verdad me dirás que no te despierta ni un poquito de curiosidad? —insistió ella e hizo un gesto con las manos mientras una pequeña sonrisa se dibujaba en su rostro.

—Para nada. Sostengo que se trata de algún tipo de broma. Este es un pueblo tranquilo dentro de todo, chicos, no «misterioso» —dijo en tono de burla, a la vez que hacía un gesto con las manos para molestar a Meredith—. Puede haber movimiento por los turistas, pero, en definitiva, no suceden cosas de este estilo. Es bastante llano en ese aspecto.

—Yo creo que será divertido; solo espero que me llegue la invitación —se entrometió Stella Morgan con una sonrisa desafiante mientras se colocaba su abrigo. Acto seguido, se inclinó hacia Dean y fijó una mirada apasionada en él—. Al igual que espero que te llegue a ti. Luego se retiró del lugar como si fuera la mismísima Blair Waldorf, segura y orgullosa de sí misma. Stella Morgan era de aquellas que creían que podían tener todo lo que quisieran a sus pies, solo porque podían.

Miss Mary, la mujer esbelta de la tienda de libros, se acercó al mostrador por más café. Ella afirmaba que no se trataba de una broma ni nada por el estilo. Sostenía que seguro alguien del pueblo había sido el portador del mensaje, pero que nadie de Banff era el creador, dado que debía tratarse de algo «peligroso y macabro». Lo justificaba con el argumento de que estas cosas no eran propias de Banff. Era una situación atípica, que había generado demasiado revuelo en cuestión de minutos. Miss Mary decía que ella no caería en la trampa y nos suplicó a nosotros que tampoco lo hiciéramos. Dijo que, mientras más desapercibido pasase el asunto, más fácil quedaría en el olvido, y que eso sería lo mejor.

Dean y yo la miramos un tanto inquietos. Temíamos que tuviera razón. Su hipótesis no sonaba descabellada. Sin embargo, cambiamos de tema y no volvimos a hablar de aquello en toda la mañana.

Cuando salimos de Jess’s, Meredith nos pidió que la viéramos en la entrada del museo Banff Park a las seis en punto y se fue a toda prisa.

—¿No está cerrado a esa hora? —me preguntó Dean entre risas.

—Sí. Es tarde.

Nos miramos extrañados.

—¿Crees que…..

—¿Crees que Miss Mary tenga razón? ¿Se tratará de algo macabro? —me preguntó Dean un tanto preocupado.

Me encogí de hombros.

—Para ser sincera…, no estoy segura.

—Miss Mary parece estarlo. Todos están haciendo sus conjeturas desde esta mañana.

—Hasta saber realmente de qué se trata, no hagamos especulaciones. —Me coloqué la bufanda—. Acompáñame a la tienda de música, quiero un nuevo CD de Backstreet Boys.

Se hicieron las seis. Era de noche, se había puesto más frío, una suave brisa empujaba nuestros cabellos y caía un poco de nieve sobre nuestros abrigos, pero allí estábamos, en el museo, sin saber por qué.

La entrada estaba iluminada por unas luces amarillas que rodeaban la estructura.

El lugar se encontraba vacío, con excepción del guardia de seguridad. Meredith había costeado las entradas en el día. El hombre allí presente era amigo de su familia, por lo que le hizo el favor de abrir el lugar por un rato. Ella nos dijo que observáramos con atención a los animales que se encontraban allí. Luego, subimos por las escaleras de la derecha e hicimos exactamente lo mismo sin comprender para qué. Pasaron unos minutos hasta que por fin acabó con aquel incómodo silencio que inundaba la sala.

—¿Y bien? ¿Qué les parece el museo?

—Meredith…, eres consciente de que ya habíamos venido aquí antes, ¿cierto? —respondió Dean.

—Pero les aseguro que jamás lo han visto de esta manera.

—¿De cuál manera? —pregunté un tanto inquieta.

Sonrió.

—¿Qué ven?

—Eh, déjame pensar un momento… ¿Animales disecados? —dijo Dean como si fuera algo obvio.

—¿Les asusta verlos de esta forma?

—No.

—Tal vez un poco —respondió Dean. Ambas lo miramos a la par como si nos tomase el pelo—. ¿Qué? No es algo grato de ver.

Ella giró la cabeza en un gesto de impaciencia.

—¿Les parece algo macabro?

—No. A menos que tú los hayas matado para disecarlos.

—¡Dean! —resopló Meredith.

—¿A qué tratas de llegar, Mer?

Meredith entrelazó las manos sobre el abdomen e irguió la espalda.

—Museo Banff Park, creado en 1895 —comenzó a relatar mientras se paseaba por todo el lugar como si fuese una guía turística— con el fin de al… —Se quedó quieta por un momento, pensando—, albegar…

—Albergar —corrigió Dean.

—¡Eso! Albergar muestras de animales, plantas y minerales asociados con el Parque Nacional Banff. ¿Sabían que este museo fue declarado Sitio Histórico Nacional de Canadá en 1985? Y también fue clasificado como estructura histórica. ¿No es eso sorprendente?

—Entonces… ¿Nos trajiste hasta aquí para darnos repentinamente una clase acerca de la historia del museo que claramente memor… memorzaste… ¡memorizaste!? —preguntó Dean a modo de burla, aunque, a pesar de ello, se lo notaba un tanto confundido. Meredith revoleó los ojos. Hizo de cuenta como si no lo hubiese escuchado y continuó:

—Sin embargo, de seguro, a más de una persona le habrá parecido que se trataba de una broma. Un museo con animales disecados —dijo en un tono desconcertado—. ¿No creen que habrá sonado terrorífico cuando anunciaron su inauguración? ¿No creen que la gente especuló acerca de esto cuando lo anunciaron? ¿No creen que…?

—Y al final, terminó siendo un sitio histórico nacional, en el cual las personas abonan por ver esto. Entiendo tu punto —dije—, aunque, para ser sinceros, es una comparación un tanto deplorable, diría yo.

—No lo es. Miren a su alrededor… Miren aquellos animales —Los señaló—. ¿Cómo describirlos? ¿Cómo describir lo que te genera verlos? Es algo ineffable—dijo riéndose, sin darse cuenta de que lo pronunció en forma afrancesada—. Pero en un inicio, ¿quién lo hubiese creído así?

—I-né-fa-bl —dijo Dean corrigiéndole la fonética—. No está en francés esa palabra, y tus comparaciones son bastantes malas; lo sabes, ¿verdad? —agregó al verme, porque sabía que ambos pensábamos lo mismo.

El guardia nos avisó que no podía extender más el tiempo y debía cerrar. Nos retiramos y, de camino a nuestras respectivas casas, pasamos por Jess’s. Meredith pidió tres cafés y tres muffins con avellanas.

—Vamos, chicos, considérenlo —dijo mientras se dirigía a la mesa de la esquina junto a la ventana—. Todo merece una oportunidad.

—No lo sé, Meri… —comentó Dean dudando, mientras arrancaba pequeños trozos de su muffin—. Algo no parece estar bien. Con el museo fue diferente: había dirección, anfitrión y no era tan misterioso. Tan solo era algo que podía agradarle o no a la gente. Pero esto… Esto no es así. No sé con qué fin provocan tanta incertidumbre.

—¡Lo hacen porque es un espectáculo! El fin de un folleto siempre es atraer al público. ¿Para qué existen los tráileres de las películas? Atraen al público generando curiosidad, de esas que te atrapan. Hacen que la gente sienta ganas de verla.

—Tus comparaciones son cada vez más absurdas —agregué riéndome—. No puedes comparar un tráiler de una película, que es completamente inocente, con un evento en la vida real en el que podrías poner en riesgo cosas como tu vida. Un folleto para una venta atrae al público. Un tráiler, también. Pero la diferencia está en que son funcionales y la gente accede porque no tienen nada que perder. No tienen nada a lo que temer.

Dean asintió. Quedamos en silencio unos segundos hasta que Meredith volvió a tomar la palabra:

—Oigan, será divertido. Además, solo se cumple veintiuno una vez en la vida, Lory. Festeja tu legalidadde esa forma, tomando las decisiones según tu propio criterio. ¿Qué les parece? Algo diferente de una forma diferente.

Nos miramos con Dean.

—A decir verdad —dije—, no sé si quiero pasar esa noche metida en algo que quizás resulte peligroso. Después de todo, es mi cumpleaños; no quiero que resulte en La masacre de Texas. ¿En verdad no te das cuenta de lo extraño que es esto? ¿De lo inusualque es?

—Siempre hay una primera vez para todo. ¿Solo porque jamás pasó que alguien tenga un brote de ingenio significa que es algo malo? ¿Solo porque…?

—Sabes que no es eso, Meri —interrumpió Dean en un tono pasivo al ver su insistencia, como si de una niña pequeña se tratase. Meredith era quien tenía «brotes de ingenio»para buscarle la otra cara a la moneda, y a veces, insistía más de la cuenta. Ambos conocíamos esa parte suya; pero, por lo general, la dejábamos seguir hasta que ella misma llegara al límite por su cuenta—. No te cierres a una sola manera de verlo. No todo es color de rosas.

—Ustedes son los que se limitan a pensar que esto es de una única forma.

—No. Nosotros no negamos tu visión. Tan solo no nos arriesgamos a dar por sentado que es la acertada, lo cual es diferente.

—Puedes tener razón —le dije y vi cómo una sonrisa se formó en su rostro—. Pero también puede que no, solo que no lo quieres aceptar.

—¿Pero qué si resulta el mejor cumpleaños de tu vida? ¿Prefieres perder la chance? Tenemos una sola vida, una sola oportunidad de experimentarla.

Algo en mí quería ceder.

—La verdad —dijo Dean—, estás en lo cierto. Tengo esa sensación de mandar al diablo todo y vivir. Vivir nuevas experiencias. Aquí dentro no hay muchas cosas que te hagan tener esa vida de la cual jamás te arrepentirías. Pero —dijo y se volteó hacia mi para calmar aquella euforia que lo había invadido por un rato— existe la posibilidad de que sea el peor error de nuestras vidas, y eso no lo puedo negar.

—¿Vivimos con miedo, entonces? —preguntó Meredith.

—Se trata de vivir seguros, Mer, no con miedo —dije.

—Y no olvidemos que es tu cumpleaños, Rory. Puede ser un lindo recuerdo o uno pésimo.

—O quizá no llegue a ser un recuerdo, después de todo… —agregué por lo bajo.

Se hizo un silencio sepulcral. Supe que entendían a lo que me refería, y ninguno podía evitar no temerle a ello.

—Haremos otra cosa antes —Meredith interrumpió aquel silencio—. Eso tan solo será el cierre y, luego, pueden venir a dormir a mi casa. A la mañana siguiente, verán que todo habrá valido la pena —siguió, entusiasmada de nuevo.

—Tal vez… No sé, puede que tengas razón —dije en un tono dudoso—. Al fin y al cabo, es una oportunidad única en este pueblo, que ha de ser bastante aburrido en comparación con esto…

—De igual manera —me interrumpió Dean y me agarró del brazo para tranquilizarme—, se requiere de una invitación que no tenemos ni sabemos si nos llegará.

—Esperaremos.

—¿Entonces es un hecho?

—Creo que el destino lo decidirá. Después de todo, depende de que nos inviten, ¿verdad?

II

La asamblea. La reunión clandestina. La invitación. La inauguración

Los días fueron pasando y todavía esperábamos aquella invitación de la que tanto se hablaba. No sabíamos cuándo, cómo o dónde nos llegaría. Tampoco sabíamos con certeza si lo haría. Lasteorías iban creciendo con el paso de los días, de modo que se volvían cada vez más potentes.

El alcalde del pueblo, Taylor MacKenzie, un hombre de sesenta años bastante amable, pero irritable a su vez, organizó una asamblea en el bar del pueblo a los pocos días de la aparición del folleto para acabar con el pánico que había ocasionado. Era bastante usual, por su parte, realizar una reunión cuando algo inquietaba más de lo normal a los habitantes y había que tomar una decisión al respecto, o cuando había que hacer un anuncio de alguna cosa en particular. Todos teníamos afinidad con Taylor y nos gustaba asistir a esas cosas, ya que en Banff funcionábamos como una especie de «familia de sitcom» y aquellas reuniones eran bastante divertidas. Esto ocurría con frecuencia, y siempre en The Big Bang Bar. Se había escogido ese bar porque había sido el primero en inaugurarse en el pueblo —de ahí provenía su nombre, que se refería a la teoría del Big Bang— que servía café, aperitivos y cerveza.

The Big Bang Bar se encontraba cerca de la calle principal. Había pasado de generación en generación y ya contaba con más de ochenta años ubicado allí. El dueño actual, Richard Hutz, conocido como un exmúsico fracasado, de cuarenta y cinco años de edad, había dedicado toda su juventud a tocar la guitarra para diversas bandas. Su padre, Oven Hutz, no creía en él y lo obligaba a ayudar en el bar —decía que eso «era un sueño de gente acomodada»— y, aunque no le erró del todo, Richard había tenido algo de buena suerte en la música. De hecho, estuvo a punto de firmar con una disquera hasta que Oven falleció.

La depresión lo llevó al alcohol, y tocar la guitarra ya era un trabajo demasiado difícil. Pasó por diversas bandas y de todas lo expulsaron. La más duradera fue Sudeen, una banda de pop-rock que duró dos años antes de disolverse por completo por un mal contrato. Al final, Richard se dio por vencido. Dejó el alcohol y se enfocó de manera única y exclusiva a renovar el bar de su familia. Colocó un escenario contra la pared del fondo, agregó más luces amarillas y, debajo del cartel «The Big Bang Bar», escribió el nombre de su difunto padre. También contrató a dos excompañeros de una de las primeras bandas que había tenido en Ottawa, Los Puñetas. Uno, como ayudante de barman; el otro, como mesero. A su vez, ambos compartían los trabajos de light jockey1 y técnico de sonido. El bar quedó hecho todo un lujo, por lo que ahora las reuniones eran incluso más agradables que antes.

En la noche del sábado, se realizó la asamblea por el folleto. De todas las hipótesis que se habían creado, destacaban particularmente el de Miss Mary y el de John Britt, un joven de mi edad que trabajaba en la tienda de dulces de su tío. El de John no era tan diferente al de Miss Mary, pues él afirmaba que estaban juntando reclutas para algún acto satánico que representarían en ese misterioso lugar, dado a que le faltaban justo diez personas.

—Piénsenlo, más personas quizá generaría un caos —dijo John—. Si quisiesen realizar algo de hechicería o brujería, tendría que haber una cantidad exacta de personas alrededor de un círculo, por ejemplo. No puede haber más ni menos. Tienen que ser justo esas.

—Tonterías —respondió Taylor.

—¿Acaso nunca vieron una película así?

—Puede que tenga razón, Taylor —saltó Lily Smith, la vendedora católica de la tienda de pasteles Hutson’s cake—. De más está decir que nadie de nosotros se atrevería jamás a realizar un acto de brujería como ese. Eso no es obra digna del Señor.

—A no ser que se trate de una broma de los niños de hoy en día —interrumpió Jess.

—¿Cuántas probabilidades de que sea una broma hay, Jess?

—Suponiendo que no fuese una broma, lo que plantea Jonathan es bastante coherente: un externo al pueblo quiere realizar una especie de juego macabro y necesita toda la ayuda posible para completarlo

—De ser ese el caso, suena superinteresante —opinó Stella Morgan mientras se ponía de pie para provocar a todos—. ¿No esperan con ansias su invitación?

De manera automática, la mayoría de la gente que se encontraba en el local miraron impactados a aquella joven rubia como si recién se hubiese escapado de algún manicomio y hubiera que llevársela de vuelta.

—Yo sí, la espero —respondió al pararse Adam Thompson, el líder del equipo de baloncesto. Adam y Stella se asemejaban mucho. Se creían invencibles, por lo que era de esperarse que opinasen igual.

En ese momento, todos empezaron a gritar y a dar su parecer por encima de las demás. Eran demasiado pocos los que estaban de acuerdo y/o con ganas de asistir a ese evento. Meredith nos dijo, en un susurro, que ni se nos ocurriera decir algo respecto de que también queríamos ir; no quería preocupar a nadie ni, mucho menos, pelear con casi todo el pueblo.

—¡Orden! ¡Orden! —gritó Taylor mientras golpeaba el estrado con un pequeño martillo de madera.

—No pueden estar hablando en serio —dijo Miss Mary—. Es demasiado arriesgado.

—No lo es. Ustedes pueden decidirr no irr, como nosotros podemos desearr irr —dijo Samuel Wentz, un muchacho colorado de unos veinte años que sufría de rotacismo2. Trabajaba para el periódico del pueblo, por lo que consideraba que esta era una excelente historia para documentar; creía que eso haría despegar su carrera y al periódico, en consecuencia.

—Además, yo escuché que hay más interesados —agregó Stella luego de dirigir la vista hacia nosotros.

—Claro que no. Solo ustedes estarían interesados en ir a buscarse su propio peligro. Ni siquiera llegan a ser las diez personas que solicitan.

—Yo no estaría tan segura, Miss Mary… —respondió, y nos miró de manera desafiante y ganadora. Todos nos observaron. Dean tomó mi mano porque había comenzado a jugar con los dijes de mi brazalete. Lo hacía siempre que me ponía nerviosa o tenía miedo. Me calmaba y me transmitía tranquilidad. Me lo habían regalado él y Meredith hacía dos años, cuando estaba atravesando un momento de crisis en mi vida. Era de plata; le colgaban tres dijes representativos del pasado, presente y futuro de nosotros tres: un delfín, que significaba el futuro viaje que planeábamos hacer; un vinilo, por nuestra canción; y un dado, por lo incierto del presente —lo que haríamos, cómo éramos, nuestro típico juego…, etc.—. Me lo habían dado para recordarme que no estaba sola y que, en todas las etapas de la vida, compartiríamos algo. Si algún día nuestro hogar se desvanecía, nosotros seríamos el refugio del otro. Y por eso me daba tanta paz.Dean era bastante detallista y atento con las cosas, por lo que notaba cuando jugaba con el brazalete y trataba de calmarme. Era algo típico en él.

Meredith se puso de pie y negó lo que había dicho Stella.

—¿No comentaron que irían por el cumpleaños de Lorelai, hace un par de noches, en Jess’s?

—¿Acaso nos estabas espiando?

Stella sonrió victoriosa.

—No puedo creerlo —dijo Miss Mary con una mirada dura puesta sobre nosotros—. Ustedes eran de las últimas personas de quienes lo esperaba. Supuse que serían más inteligentes, pero veo que me equivoqué.

—Dean, Lorelai…, me esperaba esto de Meredith, pero ¿de ustedes, chicos? Estaban aterrados aquella mañana. ¿Qué fue lo que cambió? —nos preguntó Jess. Se notaba que no podía creer lo que estaba pasando. Le costaba mantener contacto visual con nosotros. Suspiró por lo alto

Dean y yo nos miramos. Sentí una presión en el pecho. No sabia como reaccionar. Dean, por su parte, no conseguía mantener la vista al frente. Se encogió en su silla.

—Y si John tiene razón, ¿en verdad quieren meterse en un ritual? ¿¡De brujas!? —continuó Miss Mary, un tanto exaltada.

—¡Infamias! —replicó Meredith, a quien se la notaba perturbada. Se encontraba tiesa, con la respiración acelerada.

—¿Y si los poseen? ¿Acaso no pensaron en eso? ¿Para qué será ese encantamiento? ¿Y si los hacen actuar en contra de su voluntad? —