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EL JUGADOR MÁS IRRESISTIBLE DEL HIELO ESTÁ DISPUESTO A TODO PARA CONQUISTAR A LA ÚNICA MUJER QUE NO CAE RENDIDA ANTE SU ENCANTO. Carter Beckett está acostumbrado a ganar, es el mejor jugador de la NHL, tanto dentro como fuera de la pista. Tiene fama, éxito, un grupo de amigos leal y una legión de fans que no le dan respiro. Lo tiene todo. ¿O no? Olivia Parker conoce de sobra el mundillo del hockey profesional, su mejor amiga sale con un jugador, pero no está interesada en formar parte de ese circo. Le apasiona su trabajo como profesora, le encanta la tranquilidad y no tiene ninguna intención de alimentar el ego de un atleta arrogante, por muy atractivo que sea. Todo cambia para Carter en el momento en que conoce a Olivia y no puede dejar de pensar en ella. El problema es que Olivia no está interesada en él, no quiere ceder ni un centímetro y está decidida a mantenerlo a raya. Lástima que a Carter no le gusten las derrotas... y que nadie le haya dicho que tiene que jugar limpio.
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Seitenzahl: 777
Veröffentlichungsjahr: 2025
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LA NOVELA ROMÁNTICA SOBRE HOCKEY QUE HA ARRASADO EN TIKTOK.
EL JUGADOR MÁS IRRESISTIBLE DEL HIELO ESTÁ DISPUESTO A TODO PARA CONQUISTAR A LA ÚNICA MUJER QUE NO CAE RENDIDA ANTE SU ENCANTO.
Carter Beckett está acostumbrado a ganar, es el mejor jugador de la NHL, tanto dentro como fuera de la pista. Tiene fama, éxito, un grupo de amigos leal y una legión de fans que no le dan respiro. Lo tiene todo. ¿O no?
Olivia Parker conoce de sobra el mundillo del hockey profesional, su mejor amiga sale con un jugador, pero no está interesada en formar parte de ese circo. Le apasiona su trabajo como profesora, le encanta la tranquilidad y no tiene ninguna intención de alimentar el ego de un atleta arrogante, por muy atractivo que sea.
Todo cambia para Carter en el momento en que conoce a Olivia, no puede dejar de pensar ella. El problema es que Olivia no está interesada en él, no quiere ceder ni un centímetro, y está decidida a mantenerlo a raya.
Lástima que a Carter no le gusten las derrotas... y que nadie le haya dicho que tenga que jugar limpio.
Una historia explosiva, divertida y adictiva, donde el amor es el juego más arriesgado de todos.
Becka Mack es una ávida lectora de literatura romántica y escritora, además de maestra de jardín de infantes. De niña, la ambición de Becka era crear un mundo de ensueño para sus lectores, un lugar para escapar y enamorarse, muy parecido a aquellos en los que ella misma disfrutaba perdiéndose. La inesperada pérdida de su hermano impulsó a Becka a decidirse finalmente a coger la pluma y poner sobre papel sus historias y perseguir su sueño, porque entendió que la vida es demasiado corta para vivirla de cualquier otra manera. A Becka le gusta escribir historias románticas con personajes adorables y cercanos, con mucho humor y una buena dosis de drama en el camino, que conduce hacia el felices para siempre. Vive con su marido, sus hijos y sus bebés de cuatro patas en Ontario, Canadá. Para más información, visita: beckamack.com.
Para mi bebé:
Eres el signo de exclamación al final de la frase más feliz de todas.
Gracias por ser mi milagro y mi sueño hecho realidad.
Aviso de contenido
Este libro contiene menciones a un abuso sexual sistemático y al suicidio de una hermana.
—JODER.
Me pongo de espaldas y, mientras me tomo un momento para recuperar el aliento, me quito el condón de la polla, que se está desinflando con rapidez. Con la lengua lamo las gotas de sudor que cuelgan de mi labio superior y me paso los dedos por el pelo. Estoy agotado, maldita sea.
—No —gimoteó Laura, que se estiró en perpendicular sobre la cama cuando me puse de pie—. No te levantes, Carter.
Alzo el condón. Eso debería ser explicación suficiente, ¿verdad?
—Voy a tirar el condón, Laura.
Frunció el ceño.
—Lacey.
Sofoco una carcajada. Ups.
—Cierto. Lo siento. Lacey.
Lacey es la rubia despampanante que salió en la portada de Maxim en agosto pasado. Lo recuerdo porque me lo dijo trece veces en el bar. Empecé a contar después de la tercera.
—Podríamos darle de nuevo —grita mientras tiro el condón en la papelera del baño.
Dejo caer el peso sobre el antebrazo que he apoyado en la pared y meo mientras ella parlotea acerca de que deberíamos pasar toda la noche juntos. Podríamos, seguro, pero preferiría que se fuera. A pesar de la creencia popular, me gusta pasar tiempo solo, incluso cuando podría pasarlo con partes del cuerpo metidas en chicas bonitas.
No me malinterpretéis: Lacey es el tipo de chica con la que te metes en la cama sin dudarlo. Por eso hemos follado como conejos durante los pasados treinta minutos sin parar, después de meterle mano en el ascensor mientras subíamos al apartamento, porque, joder, quería que dejara de hablar. Lo había entendido las primeras doce veces: había salido en la portada de una revista.
El número trece se supone que es el número de la suerte, no un mal presagio.
—No puedo —respondo, mientras me lavo las manos mirándome en el espejo. El corte que tengo en la mitad del labio inferior está muy hinchado. He salido bien parado esta noche; el otro tipo no puede decir lo mismo—. Tengo un vuelo a primera hora.
El vuelo es a mediodía, pero simplemente no quiero que se quede.
Me cruzo de brazos y me apoyo contra el marco de la puerta mientras ella se acurruca debajo de las mantas. No, no va a suceder.
—Es mejor que te vayas.
Me pongo los bóxer y coloco las manos en las caderas, a la espera. No se mueve y se me queda mirando con sus enormes ojos azules. Parece creer que cuanto más los abra, más rápido cambiaré de opinión. No sé cómo decirle lo equivocada que está.
Me rasco la cabeza. Me balanceo sobre los talones, cierro el puño un par de veces, chasqueo la lengua y espero a que haga algo.
—¿Puedo quedarme aquí esta noche? —pregunta, por fin.
Otra vez, joder. Siempre la misma pregunta. Todo el tiempo igual. ¿Es porque de verdad quiere quedarse o porque espera, secretamente, ser la mujer que logrará cambiar a Carter Beckett y lo hará sentar la cabeza? A veces tengo la impresión de que lo hacen porque existe un premio gordo que obtendrá la ganadora.
Pero, ahora que lo pienso, sí que existe. El premio es el sueldo de ocho cifras del capitán de los Vancouver Vipers.
Mi respuesta es siempre la misma.
—No hago pijamadas.
—Pero yo… —Le tiembla la barbilla y parpadea con los ojos humedecidos. Maldita sea. Nos conocemos hace dos horas nada más. ¿Por qué está llorando?—. Yo creo que lo hemos pasado bien. Pensé que tal vez… Pensé que te gustaba.
—Y me gustó estar contigo esta noche —digo. El sexo fue claramente un siete sobre diez—. Nos divertimos mucho.
Uso el tiempo pasado para enfatizar que este es el momento en que cada cual sigue su camino para no volvernos a ver, me imagino, pero tiene el efecto contrario.
Sonríe de oreja a oreja.
—Tal vez podríamos tener una cita.
Intento resistir las ansias de darme una bofetada. En serio. En vez de hacer eso, me paso la mano por la cara en cámara lenta y reprimo un quejido. Puntos por eso.
—Vivimos en países diferentes.
—Puedo venir a Van…
—Nunca tengo citas. —Encuentro los pantalones que dejé junto a la puerta de la habitación, busco el móvil y abro la aplicación de Uber—. No es personal. No busco nada serio por ahora.
Sinceramente, no entiendo por qué tengo que seguir hablando de esto. Soy abierto respecto a mi vida privada.
No, eso es mentira. Nadie sabe una mierda acerca de mi vida privada, salvo mis compañeros de equipo y mi familia. ¿Las horas que paso entre los partidos y el momento en que me desmayo solo en la cama? Eso sí que se sabe. Me fotografían cada fin de semana con una mujer diferente. Las chicas ya saben en qué se meten. Hay hasta foros en los que se quejan de que las trato como aventuras de una noche y al mismo tiempo quieren cabalgarme de nuevo.
Pero eso es lo que son, todas. Aventuras de una noche. Lo saben desde el principio, pero una y otra vez se marchan decepcionadas cuando ocurre exactamente de esa manera.
Guardo el móvil y vuelvo a prestarle atención a la mujer sobre mi cama. Estruja la sedosa tela roja entre los dedos y me observa.
—Te he pedido un Uber. Estará abajo en cinco minutos.
—Pero…
—Mira, Lauren…
—Lacey.
—Lacey, cierto, disculpa. Mira, Lacey, lo he pasado genial esta noche contigo, pero viajo demasiado para tener un vínculo serio.
—¿Ese es el único motivo? —Me tiende la mano para que la ayude a incorporarse—. ¿Porque el hockey no te deja tiempo?
—Sí. —Miento—. No tengo tiempo.
Podría buscar el tiempo, supongo. Si me interesara. Pero nunca me interesa.
—Bueno. —Por lo menos eso parece tranquilizarla. Quizás hasta pueda que se sienta satisfecha con la situación. No lo sé y no me importa mucho—. Bueno, ¿me das tu número?
Ni en sueños.
—Nunca doy mi número.
Jamás.
Antes de que pueda replicar, la puerta de la suite emite dos pitidos y se abre.
—¿Sigues despierto, Beckett? ¿Quieres jugar un rato corto antes de…? Joder, por el amor de Dios. —Mi compañero de equipo y mejor amigo Emmett Brodie se queda parado sin entrar, su mirada pasa de mí a La… Lacey. Alza una mano para no mirar. Supongo que debe pensar que Cara lo castrará si se atreve a mirar a otra mujer. La verdad es que quizá lo haría. Es una chica intensa—. Por eso comparto habitación con Lockwood.
Sí, ha estado haciendo eso mismo desde hace un año, desde que conoció a Cara. Supongo que no quiere correr el riesgo de tener a desconocidas desnudas en su habitación cuando estamos de gira. Lo entiendo. Creo. Es decir, no sé nada de relaciones, ni serias ni de otro tipo.
—Ya se está yendo —digo y echo un vistazo a Lacey a sus espaldas. Sigue desnuda. No parece importarle una mierda que Emmett esté ahí parado. De hecho, lo mira de arriba abajo.
Suele ser así con la mayoría de chicas que conozco. No les importa en absoluto con quién se acuestan, siempre y cuando juegue en el equipo y gane millones. Por eso se las conoce como conejitas del hockey: saltan de un jugador al otro.
—Ha llegado tu vehículo —anuncio—. Mejor que te vistas, cariño.
—Bueno, yo…
—Tiene novia y no está interesado.
Aprieto los dientes, molesto. Solo quiero jugar al Call of Duty con mi amigo, tragarme un paquete entero de Oreos y desmayarme con la cara contra las almohadas. ¿Es mucho pedir?
Finalmente, Lacey se pasa el vestido por encima de la cabeza. La seda roja cae a la perfección sobre sus caderas. Coño, es que está muy buena. En cuanto cruce la puerta me olvidaré de su nombre, pero me acordaré de esta visión.
—¿Puedo dejarte mi número? Así me llamas la próxima vez que estés en la ciudad, o si cambias de idea y quieres que vuele…
—Claro. —Hago una seña en dirección al bloc con el membrete del hotel y al bolígrafo sobre la mesita de noche—. Anótalo.
Emmett abre mucho los ojos y esboza una sonrisa mientras pasa a mi lado y entra al cuarto de baño.
Lacey me sigue hasta la puerta y me mira como si fuera una cachorrita extraviada. Que haga todos los pucheros que quiera, no pienso llevármela a casa.
—Bueno, gracias… Por esta noche. Espero volver a verte.
Su sonrisa es tan luminosa que casi me siento mal. Pero luego se acerca para besarme y giro la cabeza en el último instante. Me besa la mandíbula.
—Adiós, Lauren. —Cierro la puerta con fuerza y pongo el seguro.
—¡Lacey! —grita desde el pasillo.
Emmett emerge del baño, muerto de risa.
—Eres un imbécil, Carter.
Me lanzo sobre el sofá mientras él enciende la Xbox.
—No lo entienden. No estoy buscando pareja. —Cojo el paquete de Oreos medio vacío de la mesa de café y giro las tapas de una galletita para abrirla y chupar el relleno—. Es una aventura de una noche, no una propuesta de matrimonio.
—¿O sea que te cargas sus esperanzas y sueños de tener una vida feliz con un hombre que las ama?
¿Esperanzas y sueños? ¿Qué demonios?
—Cara te está convirtiendo en un malvavisco. Que esperen y sueñen todo lo que quieran, solo que no conmigo.
—¿Porque nunca sentarás la cabeza?
Me encojo de hombros.
—No lo sé. Quizá sí, quizá no. No será pronto.
Se ríe y me arroja los mandos en el regazo.
—Algún día, una chica aparecerá en tu vida y te la pondrá patas arriba y no sabrás qué mierda hacer salvo ponerte de rodillas y rogarle que nunca se marche.
Asiento mientras me meto otra galletita en la boca.
—Y ese será el día que siente la cabeza.
LA DESVENTAJA DE LOS VIAJES INTERNACIONALES es la conmoción brutal que sientes cuando vuelves a casa, a la Columbia Británica a mediados de diciembre, después de pasear por Florida y Carolina del Norte por unos días.
Estamos a punto de que se desencadene una helada profunda y, aunque sea muy inusual para la costa oeste, ni siquiera es invierno todavía. Vivo en North Vancouver, donde el clima suele ser un poco más benigno que el típico invierno canadiense, así que esto no suele ser habitual. Más bien parece un mal presagio, pero, como siempre, prefiero ignorar la evidencia.
Hace un frío de cojones, me estoy recuperando de la resaca, me pasé cinco horas y media en un avión jugando a las cartas con mis compañeros de equipo y perdí todos los malditos juegos, salvo uno. Hoy es uno de esos sábados poco comunes en los que no hay hockey y en vez de pasarlo en casa en paños menores mientras me zambullo en una maratón de series y una pizza extragrande, me encuentro caminando en una noche tormentosa de camino a una fiesta de cumpleaños sorpresa.
—Estoy hecho trizas, amigo. —Meto las manos en los bolsillos del abrigo de lana y con los dientes tiro de la bufanda para cubrirme hasta la barbilla.
—Yo igual, mierda —dice Garrett Andersen, mi alero derecho, arrastrando las palabras con su acento de la costa este, como hace siempre que está cansado o borracho. En este caso, se trata de lo primero—. Casi no vengo, pero me lo pensé mejor. Me gusta conservar las pelotas en su sitio, muchas gracias.
Su preocupación no me resulta ajena. La cumpleañera ha amenazado con castrarnos en múltiples ocasiones por delitos mucho menores. Más me vale no entrar en la lista negra de Cara en su veinticinco cumpleaños. Ya le tengo bastante miedo, y además nos hemos perdido la parte en la que hay que aparecer de un salto y gritar «¡Sorpresa!». Cuento con que ya se haya bebido unas cuantas copas y que al ver la bolsa de regalo rosa cubierta de purpurina que cuelga de mi brazo se olvide de que está enfadada con nosotros.
—Me iré temprano —explico.
Garrett pone los ojos en blanco.
—Sí, claro.
—¿Qué? Es la verdad. Extraño mi casa.
—Ajá.
—Soy capaz de mantener al amiguito dentro de los calzoncillos por una noche.
—¡Lo dudo! —exclama mientras cruza trotando la calle para adelantarse y entrar en el bar antes que yo.
El local es tal como me lo había imaginado: un estallido rosado y lleno hasta los topes. Suelo dar lo mejor de mí en el caos, pero esta noche solo quiero quedarme en un rincón con mis compañeros de equipo y beber una cerveza fría, o dos.
Además del rosado, hay mucho dorado y detalles florales. Debemos dar gracias al cielo por la existencia de la mejor amiga de Cara, porque casi nos toca ocuparnos a nosotros de la decoración hasta que Emmett nos avisó de que ella se encargaba. No la conozco, pero tiene que ser valiente para ocuparse de la decoración de la fiesta cuando la cumpleañera tiene su propia empresa de organización de eventos. Jamás querría ser la persona que decepciona a Cara; basta con recordar la mención anterior a la castración.
—¡Osito cariñosito! ¡Carter! —Un cuerpo se arroja en mis brazos y me deja sin aire, al tiempo que unos miembros largos me envuelven.
—Feliz cumpleaños, Osita —canturreo. La cumpleañera se desliza hacia abajo por mi cuerpo y se dirige a darle un abrazo demoledor a Garrett.
Cara descubre la bolsita rosa que llevo y se pone de puntillas en sus tacones altísimos.
—¡Uuuu! ¡Dame, dame!
—No, no. —Mantengo la bolsa lejos de ella—. ¿Te has olvidado de tus modales?
Suelto una carcajada cuando ella me la arranca de las manos y destroza el envoltorio en un santiamén. Cuando abre la cajita de terciopelo, chilla. Extrae la cadena de platino con la letra C con diamantes incrustados y la sacude en mi cara—. ¡Pónmela, pónmela!
Gira y se aparta sobre el hombro los rizos dorados que le llegan hasta la cintura; sigo con la mirada la curva de su columna hacia su trasero redondeado. Un vestido sin espalda. Muy bien.
A ver, es la chica de una de mis mejores amigas. Nunca, jamás la tocaría, pero tengo dos ojos en la cara. Sé apreciar a una mujer hermosa sin tener la necesidad de hacer nada.
Garrett me clava el codo en las costillas y me hace doblarme con un gemido de dolor. Le quita a Cara el collar de la mano extendida y se lo abrocha alrededor del cuello. Ella nos da un beso en la mejilla a los dos y nos conduce al bar.
—Vais a pasarlo de miedo. Mis amigos son increíbles, sobre todo mi mejor amiga. ¡Me muero de ganas de presentárosla! —Me mira de una manera que da a entender que ni se me ocurra hacer lo que siempre hago antes de que siquiera se me haya ocurrido—. Necesito que te portes bien hoy.
—¿Qué coño quieres decir con eso? —exclamo, alzando las manos.
—Lo sabes perfectamente. Ni se te ocurra meterte con Liv.
—¿Quién es Liv?
Resopla.
—¡Olivia! ¡Mi mejor amiga!
—Ah, sí, sí. Ella.
En el último año, no nos hemos encontrado, probablemente para bien y gracias a Emmett. Me sermoneó acerca de acostarme con ella y romperle el corazón, lo que desembocaría en que Cara lo dejaría a él, y todo por mi culpa. Así que no tengo permitido ni acercarme siquiera.
Por mí no hay problema. Tengo un montón de solicitudes de mensaje en Instagram de Lacey que me recuerdan por qué debería tomarme un descanso de las mujeres durante una o dos semanas. Es difícil olvidarse de un nombre cuando te mandan trece mensajes en una hora, la misma cantidad de veces que mencionó su portada de Maxim. ¿Coincidencia? No lo creo.
Cara nos deja después de prometernos que nos buscará más tarde y Garrett y yo encontramos al resto de nuestros revoltosos compañeros amontonados en un rincón. Por lo que parece, ya están a medio camino de una buena borrachera. Mis muchachos saben cómo pasar un sábado sin entrenamiento.
—¿Cómo os lo habéis montado para perderos la sorpresa? —pregunta Adam Lockwood, nuestro portero, mientras me saluda con una palmada en la mano y me da una cerveza—. Bastardos suertudos.
—Estaba atrapado en casa de mi madre.
Eso casi siempre es un error. Mi madre es de esas personas que se acuerda de todo lo que te tenía que decir justo en el momento en que te tienes que ir, y nunca puede hacerlo en otro momento. No para de hablar, un rasgo que no reconoce tener ni que yo haya heredado de ella. Cuando me fui ya eran las siete, y aún tenía que pasar por casa y ducharme.
—Hey, Woody. —Le doy un ligero codazo a Adam cuando noto que le falta la pelirroja que suele llevar del brazo—. ¿Dónde está tu chica?
Se pasa la mano por los rizos oscuros y se remueve, incómodo.
—Court tenía otros planes.
—Vaya.
Su ausencia se ha vuelto habitual. Ahora que lo pienso, no recuerdo la última vez que la vi. Antes de que pueda comentar nada más, siento una mano pesada en el hombro que me hace derramar la cerveza.
Sé que se trata de Emmett en el instante en que me envuelve en uno de sus sofocantes abrazos de oso. Y sé que está borracho cuando me sopla unas palabras arrastradas en la mejilla.
—Has llegado tarde.
—Perdón, amigo. —Le revuelvo el pelo, más que nada porque es divertido provocar a un tipo tan fornido—. ¿Estás un poco borracho, gran jefe?
Me aparta la mano de una manotada.
—No tienes permitido acostarte con ninguna de las amigas de Cara, para que lo sepas.
Gruño y echo la cabeza hacia atrás.
—Sí, papá. —Recorro el bar con la mirada, el mar de personas que se mueven al unísono en la pista de baile—. No importa. No me siento muy… esto..., no me…
Las palabras se detienen en la punta de la lengua cuando la veo a ella.
—Este, no, em… esta noche.
Señalo vagamente con mi cerveza, porque no me sale otra cosa.
—¿Perdón?
Miro a Emmett y la vuelvo a mirar a ella. Me olvido de lo que estamos hablando, pero nada es más importante que la pequeña y guapísima morena que está bailando con Cara.
Si soy sincero, bailar es una palabra poco apropiada para los movimientos que están haciendo esas dos. No sé cómo denominarlos, pero joder...
Algo se enciende en mi interior mientras absorbo cada detalle de la desconocida, esa cosita hermosa que se aparta el pelo oscuro del hombro, que se pasa la lengua por el labio superior. Alza los brazos e inclina la cabeza para oír lo que Cara le susurra al oído. La contemplo fascinado cuando echa la cabeza hacia atrás y se ríe a carcajadas.
Estoy extasiado, cautivado, obsesionado. No puedo apartar la mirada y, cuando las manos de Cara se apoyan en la cintura de su amiga y se deslizan en cámara lenta por sus caderas, contengo un gemido, porque yo también quiero hacer eso.
—Ni se te ocurra, Carter.
Me esfuerzo para girar mi mirada hacia Emmett.
—¿Qué?
—No, ella no. —Sacude la cabeza.
¿Ella no? ¿Quién es? La vuelvo a mirar y descubro que un hombre la lleva hacia su pecho.
¿Novio? Mierda.
Un sonido triunfante vibra en el fondo de mi garganta cuando le sonríe con timidez, sacude la cabeza y mueve la boca para decirle «No, gracias» antes de darle la espalda a él, y a mí.
Y, por Dios bendito, qué espalda. Unos hombros suntuosos que conducen a una espalda blanca bajo la iluminación de las luces estroboscópicas. La curva de su cintura se suaviza en el arco dulce de sus caderas amplias: la falda de cuero negro se abraza a ella como una segunda piel. ¿Cómo demonios se la ha puesto? ¿Cómo coño voy a quitársela más tarde? Preguntas serias para las que requiero una respuesta inmediata.
Tijeras, decido. La cortaré y le enviaré una nueva.
Garrett me pone los dedos bajo la barbilla y me cierra la boca.
—Cielos, Beckett. ¿Estás bien?
La señalo.
—Amigo.
No me sale otra cosa. ¿Están viendo lo mismo que yo?
Garrett sigue mi mirada y tararea a modo de aprobación, pero Emmett lo arruina todo al poner los ojos en blanco de una manera que, no sé cómo, resulta audible.
—Hablo en serio, Carter. Cara te hará tragar tus propias pelotas si la tocas.
—Ya me las arreglaré con Cara.
Emmett resopla, Garrett se ríe y Adam se golpea el pecho con el puño al tiempo que ahoga una tos. Nadie puede arreglárselas con Cara. Ni siquiera Emmett. Ni Cara misma se las arregla con Cara.
—¿Cómo se llama?
Emmett sigue sacudiendo la cabeza como un imbécil.
—No. No te lo voy a decir.
La observo apartarse los rizos oscuros por encima del hombro, ponerse de puntillas para susurrarle algo a Cara y marcharse con las caderas balanceándose de un lado a otro. Se sube a un taburete frente a la barra y le sonríe al barman. Cuando él desliza la cerveza en su dirección y le guiña el ojo, ella se sonroja y aparta la mirada. Preciosa.
Me siento extrañamente fascinado por la manera en la que se cruza de piernas y se lleva la copa a la boca. Se bebe la mitad de un sorbo como si trabajara de eso y, cuando examina la sala con la mirada, ya estoy planeando lo que voy a decirle. Nuestras miradas se cruzan y aparta rápidamente la mirada.
Pero luego vuelve a mí.
Se le encienden el cuello y las mejillas, así que le dedico mi famosa sonrisa, con los hoyuelos bien marcados, y me río cuando gira la cabeza de golpe. Clava la mirada en el televisor que está encima suyo y finge que no me ha visto.
—Descubriré su nombre yo solito. —Le doy una palmada en la espalda a mi amigo y le guiño el ojo a mis compañeros—. Disculpadme, chicos.
—Buena suerte, Beckett. —Emmett sofoca una carcajada exasperada en su bebida—. Te aseguro que no comprará lo que vendes. Imposible que te la ganes.
¿Imposible que me la gane? Poco probable. Soy el capitán del equipo de hockey y uno de los jugadores mejor pagados de la historia de la Liga Nacional de Hockey. No puedo ni ir a la tienda sin que alguien me dé su número de teléfono o me haga una propuesta, así que ahora hago mis compras a domicilio.
Además, jamás he rechazado un desafío.
AH, EL CALOR QUE DESPRENDE mi nueva morena preferida cuando me arrimo a ella es abrasador.
Es imposible que no note mi presencia, pero seguro que sabe actuar bien, como si no tuviera ni idea de que estoy de pie allí y fingir que está interesada en el anuncio de la televisión. Es uno de esos avisos de la Sociedad para la Prevención de la Crueldad hacia los Animales, con Sarah McLachlan y una montaña de tiernos cachorritos, y me doy cuenta de que lo que está viendo en la tele le afecta. Con un solo vistazo sé que es de las que lloran con ese tipo de cosas.
Me dejo caer en el taburete de al lado y mi muslo se roza con el suyo cuando me abro de piernas de la manera que mi hermana no soporta. Baja la vista ante el contacto y me parece increíble que se pueda ruborizar aún más, hasta el escarlata, mientras continúa mirando la televisión.
No sé a qué está jugando, pero me ha enganchado. Me la quedaría mirando todo el día.
Apoyo el codo en la barra y la barbilla en el puño con la intención de estudiar su bellísima cara más de lo que he estudiado cualquier otra cosa en la vida.
Pestañas largas y gruesas le enmarcan los bonitos ojos marrones, cálidos y grandes, como una taza de café. Unas tenues pecas le salpican los pómulos y la nariz, que es tan delicada como toda ella. Los labios arqueados, pintados de rojo cereza y ligeramente inclinados hacia abajo en las comisuras, forman una mueca perfecta. Es una pena: se verían increíbles alrededor de mi…
—¿Qué?
Alzo las cejas ante el tono mordaz, los ojos que me fulminan de reojo. Los cierra y suspira como si necesitara un instante para controlarse.
—Lo siento. No fue mi intención ser maleducada. ¿Puedo ayudarte con algo?
Me llevo la bebida a los labios.
—No.
Se gira hacia mí y me empuja las rodillas con las suyas.
—¿No? ¿Has venido hasta aquí solo para mirarme?
—Básicamente. —No tiene nada de malo, ¿verdad? Además, ella tampoco me quita los ojos de encima y me recorre el cuerpo con la mirada, algo que mi ego disfruta sobremanera—. ¿Puedo invitarte a una copa?
Me mira a los ojos de pronto, como si se hubiera olvidado de que soy una persona viva que respira.
—No, gracias. —Toma un sorbo de cerveza y se lame una gota de líquido ámbar que le ha quedado en el labio—. Ya tengo una.
—Cuando termines esa, entonces. —Lo que ocurrirá en unos diez segundos al ritmo con el que se la está bebiendo.
—Soy capaz de comprarme mis propias bebidas. —Me espeta antes de añadir un tranquilo «pero gracias». Se pone a mirar la sala como si yo fuera a desaparecer si no me presta atención.
—No quise decir que no eres capaz de hacerlo. Solo quise decir que me gustaría invitarte a una bebida y sentarme a tu lado mientras te la bebes.
—Sí, pero ya estás haciendo eso. —Ladea la cabeza y me inspecciona con tal recelo que estoy a punto de confesar un crimen que no he cometido.
—¿De dónde conoces a Cara?
—Es mi mejor amiga —responde con frialdad, como si quisiera estar en cualquier otro lado menos sentada hablando conmigo.
Ah, la elusiva mejor amiga. Ahora entiendo por qué Emmett me dijo que me mantuviera alejado.
—Es una pena que no nos hayamos conocido antes, ¿no? Cara no te quiere compartir. —Alzo dos dedos para llamar la atención del barman y señalo el vaso de mi nueva amiga—. ¿Cómo te llamas?
Sé que Cara me lo dijo, pero en ese momento no me importaba. Ahora sí.
Resopla cuando la cerveza nueva aparece frente a ella. Sé que le gusta la cerveza, así que está evitando hacerme el más mínimo caso. No hay cosa que me haga atraer su atención más que eso.
Aún espero que me diga cómo se llama, así que me quedo sentado sin hablar, dando sorbos a mi cerveza de vez en cuando, porque voy a meter la pata si digo algo ahora. Me han dicho que no carezco de filtros, algo que la mayoría de la gente común tiene. Pero yo no soy común: soy Carter Beckett.
Otro suspiro, esta vez de resignación.
—Olivia.
El nombre se desliza con suavidad entre nosotros, y tarareo despacio mientras lo escucho en mi cabeza antes de decirlo en voz alta.
—Encantado de conocerte, Olivia. Después me das las gracias por lo de la cerveza si te apetece. —Le guiño un ojo y ella, mierda, resopla. Y lo peor es que me gusta.
—Preferiría enterrar la cabeza en una de las montañas de nieve que hay fuera. —Alza el vaso—. Voy a dedicarme a beber, porque sé que no se debe desperdiciar una buena cerveza, y tú vas a aceptar el gracias que te dije hace un minuto.
Oh, oh, me parece que me gusta. Ni me acuerdo de la última vez que tuve que trabajar para llevarme a alguien a la cama. Odiaría desperdiciar mis talentos y no me imagino a otra persona que valga más la pena el esfuerzo que la descarada morena que me está mirando enfadada.
—No sabes quién soy, ¿verdad?
Los ojos oscuros de Olivia me examinan la cara por encima del borde del vaso.
—Créeme, sé exactamente quién eres.
—¿Y quién soy, cariño?
—Carter Beckett. —Creo que nunca oí mi nombre y apellido pronunciado con tan poco énfasis, y no sé si reír o llorar cuando se gira hacia la televisión, como si no le importara una mierda quién soy—. Capitán de los Vancouver Vipers. Y métete ese «cariño» por donde te quepa.
La cerveza se me va por el camino equivocado y toso; me doy un puñetazo en el pecho.
—No te gusta el hockey sobre hielo, ¿eh?
Veo que en la comisura de su boca aparece el indicio de una sonrisa.
—Me encanta. He jugado quince años.
Alzo las cejas.
—No me digas. —Me paso el pulgar por la mandíbula ante la idea de acostarme con una chica que entiende algo de hockey y que encima ha jugado—. ¿Amateur?
Vuelve a resoplar. Es adorable.
—Bueno. Me tomo eso como un por supuesto que no. —Recorro sus curvas con la mirada, las pantorrillas torneadas, las sandalias de tacón negro—. Eres pequeñita. Te deben haber maltratado bastante.
—No te preocupes, Beckett. Me sé defender.
—Debes haber pasado mucho tiempo en el área de penalización, ¿no?
—Casi tanto como tú —replica, con los ojos chocolate brillando al mirar el corte en el labio que me quedó como resultado de la pelea en la que me metí en el partido de anoche.
Sonrío de oreja a oreja. Es claro que está al menos un poco interesada en mí.
Me acerco a ella: su magnetismo es irresistible.
—Mi apartamento está calle abajo.
—Qué cómodo para ti.
—Está a solo diez minutos a pie.
Olivia se lleva la cerveza a esos labios que dan ganas de besar.
—Qué cerca.
—Puedo pedirnos un Uber si lo prefieres.
Reprime una carcajada y se lleva la mano a la boca para detener el chorro de cerveza que se le escapa. La observo fascinado mientras se seca las comisuras y mira alrededor. La diversión que baila en su mirada me da seguridad acerca de la dirección que tomará la velada: derecho calle abajo hacia mi apartamento.
—Ay, Beckett. Eres tan ingenuo como guapo. —Me da unas palmadas en el pecho—. Es el último lugar al que pienso ir.
—¿Por qué? —Me acerco y noto el momento preciso en el que el aire se detiene en su garganta. Asoma la lengua, se moja el labio inferior y se me escapa un susurro—. Quiero follarte hasta que te vuelvas loca. Tal vez te meta en la zona de castigo.
A Olivia se le escapa una risita, tan encantadora como sus resoplidos.
—¿Esas frases te sirven para conseguir chicas?
—No, por supuesto que no.
—Eso pensé.
Sonrío.
—Normalmente me basta con mi nombre y bello rostro.
Pone los ojos en blanco y aprovecho para tomar uno de sus rizos castaños oscuros, con un toque de caramelo, y enrollarlo alrededor de mi dedo. Tiene un pelo bonito. Y ojos bonitos. Los labios también lo son. Y los muslos. Joder, es bonita, y punto.
La acerco suavemente hacia mí y sonrío al verla avanzar, como si no se diera cuenta de que está cediendo.
—Podemos llegar en ocho minutos si me dejas llevarte a cuestas —susurro—. Envuélveme la cintura con esas bonitas piernas antes de que me envuelvan la cara.
Se ruboriza y una inhalación entrecortada se le escapa de los labios entreabiertos. Carraspea, extrae el móvil y se pone a mirar Instagram como si estuviera totalmente aburrida.
—Me parece una idea espantosa.
—No estoy de acuerdo.
Me mira a los ojos con picardía.
—Tienes razón. Me duelen los pies de tanto bailar. Suena genial que me lleves a cuestas. —Sonríe cuando se me escapa una carcajada y luego adopta un tono más sincero—. No tengo aventuras de una noche, Carter.
Bueno, mierda.
Paso los dientes por mi labio inferior y observo cómo sus dedos tamborilean sobre la copa, cómo me mira de reojo cada pocos segundos para ver si la sigo mirando, cómo se ruboriza cuando descubre que sí. Su lenguaje corporal y los nervios que hacen que se remueva en su asiento bajo el calor de mi mirada contradicen sus respuestas sarcásticas; eso, de alguna manera, la vuelve más misteriosa.
—De acuerdo —digo, antes de siquiera haberlo decidido mentalmente. Joder, ¿por qué no? Si existe una mujer a la que alguna vez querría volver a ver quizá sea Olivia—. ¿Por qué tiene que ser una sola noche? Tengo la sensación de que eres el tipo de canción que me gustaría escuchar muchas veces.
Hasta consideraría dejar de lado mi regla de no quedarse a dormir. Podríamos seguir mañana todo el día antes de que la mande a su casa.
—Vámonos, hermosa —digo, golpeando la barra con la mano e indicando la puerta con la cabeza.
Me contempla boquiabierta.
—Estás bromeando.
—Hasta te llevaré a desayunar por la mañana. —Le sonrío con la que, según me han dicho, es una sonrisa particularmente encantadora.
Murmura algo que suena como maldito imbécil arrogante cuando se pasa las manos por la cara.
—Creo que no me estás entendiendo. —Termina lo que le queda de cerveza y baja del taburete. Se acerca mucho a mi cara. Huele bien, como un bizcocho de plátano recién horneado. ¿Es raro eso? Lo único que quiero es saborearla.
—No tengo el más mínimo deseo —vocaliza cada palabra despacio, para que yo lo entienda, supongo— de convertirme en una muesca más en su cabecera. Estoy segura de que toda esa mierda tuya del pelo despeinado, bonitos ojos verdes y sonrisa pícara hace que muchas bragas se bajen, pero no las mías.
Bajo la cabeza y sonrío.
—Así que lo admites. Piensas que soy apuesto.
Olivia pone los ojos en blanco.
—No me sorprende para nada que de todo lo que te he dicho te hayas quedado solo con eso. —Hace una seña por encima del hombro—. Puedes tener a la chica que quieras. Ve a buscar a otra para ir a desayunar.
Bueno, eso no es así. La oferta del desayuno era exclusiva para ella.
—Pero te quiero a ti. —Me quejo con picardía y le tomo la mano. Es suave y tibia, minúscula; la mía la cubre por completo—. No puedo apartar la mirada de ti, sabes de hockey, me has mandado a la mierda al menos de tres maneras distintas y no puedo recordar la última vez que me sentí tan atraído por alguien.
Se acerca aún más y se me acelera el ritmo cardíaco. Las yemas de sus dedos ascienden por mi brazo y me rozan la mandíbula. Alza la cabeza al mismo tiempo que yo dejo caer la mía: su mirada ardiente promete una noche inolvidable.
—¿Te han dicho que no alguna vez? —me pregunta en un susurro.
—No —respondo, hinchando el pecho con orgullo.
Sonríe y, cielos, es una imagen gloriosa.
—Bueno, supongo que hay una primera vez para todo.
Frunzo el entrecejo y ella se aleja.
—¿Qué?
—Que disfrutes del resto de la velada —exclama por encima del hombro antes de perderse entre la multitud, y por todos los cielos, voy a tener que irme a casa y hacer lo que ella dijo que hiciera: joderme.
Bueno, mierda. Esto no me gusta.
LOS DOMINGOS Y LAS RESACAS SON IDEALES para dos cosas: comida basura y buenas siestas.
Lo único que quiero es una hamburguesa grasienta con queso del tamaño de mi cabeza y unas patatas fritas gigantes. En vez de eso, estoy en un Starbucks tomándome un latte helado en pleno diciembre, como si fuera a morirme si no me lo bebo y comiéndome una de esas cajas ridículas de macronutrientes saludables. Todo porque McDonald’s no sirve almuerzos hasta dentro de quince minutos.
Cara alza una de sus cejas perfectas al ver mi bebida.
—Hace un frío de mil demonios, Liv.
Tarareo con la pajita en la boca y meto las manos en las mangas del suéter.
—Se acerca el invierno.
—El invierno ya está aquí —replica; ha entendido la referencia a Juego de Tronos, tal como esperaba—. Y estás tomando un maldito café helado.
—Un latte helado. —La corrijo, mientras picoteo el queso y la fruta que contiene mi caja proteica. Pincho el huevo duro. En serio, ¿qué es esto? No me gusta. Esto es lo que como de lunes a viernes, no el domingo por la mañana después de haberme bebido la mitad de mi peso en cerveza anoche. Suspiro y tapo la caja. Le pediré a Cara que pasemos por el autoservicio de McDonald’s de camino a su casa.
—No me importa la bebida que sea, Ollie, sino que esté helada.
Suelo tomar té sin teína. Cara dice que soy una psicópata, pero la teína me da dolor de estómago y ansiedad. Pero esta mañana necesito la cafeína. No estoy funcionando muy bien. Como odio el café caliente, mis opciones eran limitadas cuando hice mi pedido hace diez minutos. El de la barra me miró como si tuviera cinco cabezas y me pidió que le repitiera el pedido.
—Me duele la cabeza. —Me quejo y la miro con ojos de cachorro.
—Ay, cariño. Demasiada fiesta.
—Me están matando los pies. —Necesito un baño de pies, o un masaje. De hecho, poso un pie sobre el tobillo de Cara y lo froto contra su larga pantorrilla.
—No voy a masajearte los pies —dice, quitando mi pie de su pantorrilla—. Quizá lo haga cuando lleguemos.
Hago una mueca.
—No le voy a pedir a tu novio que me masajee los pies.
—¿Por qué no? —Se mete una uva en la boca—. Tiene unas manos bonitas. Grandes. Fuertes.
Alza las cejas.
—Son mágicas.
—Hay cosas que prefiero no saber. —Le arrojo el envoltorio de la pajita.
Cara se cruza de piernas despreocupadamente y me observa con los ojos entrecerrados.
—¿Podemos hablar del elefante en la habitación?
Bebo un trago. Cielos, es espectacular. Me va a mantener despierta durante días.
—¿Qué elefante?
—Elefante tal vez no sea la palabra correcta. ¿La pared de un metro noventa y cinco de puro músculo y sexualidad, que parece un superhéroe de Marvel o un dios griego?
La miro por encima de mi café.
—No veo a nadie así.
Cara infla la mejilla con la lengua y sonríe levemente.
—Carter Beckett es el maldito elefante, Liv.
—Ah. Ese elefante. —Me miro las uñas esmaltadas—. Ya hablamos de él.
Justo cuando acababa de borrar de mi mente su rostro irritante y narcisista.
—Me había bebido tres mojitos y cinco chupitos de tequila. No recuerdo una sola palabra de esa conversación.
La conversación consistió más que nada en Cara poniéndome la cabeza como un bombo, advirtiéndome para que me alejara lo más posible de Carter Beckett: capitán de los Vancouver Vipers, multimillonario y famoso playboy. En favor de Cara debo reconocer que intentó darme una lista de razones por las que debía mantenerme alejada de él, pero era difícil entenderla porque arrastraba las palabras y cogía un tentempié tras otro cada vez que un camarero pasaba con una bandeja.
—Me explicaste que mantuviera la distancia y te dije que ya me había ocupado de hacerlo.
Hubo un instante, brevísimo, con mi mano atrapada en la suya y sus penetrantes ojos verdes clavados en los míos en el que, quizá, lo habría… considerado. Tal vez. Ya lo pensaré. Culpemos al alcohol por los errores casi cometidos.
Carter Beckett es la definición de sexi. Es pura arrogancia, vestido con ropa cara, elegante, músculos marcados y una sonrisa encantadora y, posiblemente, el mejor representante de la clamidia; pero tampoco puedo afirmarlo. Estoy segura de que se cuida, pero el hombre va por todos lados como un trotamundos.
Cara apoya el mentón en el puño.
—Debería haberme imaginado que le gustarías.
—¿Gustarle? No le gusto. Quiere acostarse conmigo. ¿Y por qué te imaginarías eso? No soy su tipo.
—Sí que lo eres.
—No lo soy.
Cara busca en su móvil y me muestra una foto de Carter y una morena de piernas largas; él le rodea la cintura con el brazo mientras ella le chupa el cuello. Puntos extra por caminar por la calle y que no los haya atropellado ningún coche.
—¿Ves? ¡Las dos sois morenas!
Pongo los ojos en blanco: ella mide al menos treinta centímetros más que yo. Entro en el perfil de Instagram mencionado en la foto.
—Es animadora de los Dallas Cowboys —le digo.
Odio jugar la carta de «soy diferente», pero es la pura verdad: no me parezco en nada a las mujeres con las que suele salir en las fotos.
Si me guío por lo que veo en los medios, Carter prefiere mujeres que se asemejan a Cara: piernas interminables, torsos delgados y largos, pelo brillante y lacio. De hecho, estoy convencida de que la única razón por la que ellos dos no están saliendo es porque son demasiado parecidos: fanfarrones, ostentosos y orgullosos. La combinación perfecta para detonar cualquier habitación.
—Bueno, eres pequeña. —Hace una seña en el aire para restarle importancia a mi expresión incrédula—. Pero eso está bien, no eres modelo. Tampoco eres docente de educación física, así que da lo mismo…
—No es lo mismo ni de cerca.
—Pero eres bellísima, como ellas.
Lo dice con convencimiento, pero siempre ha sido mi mayor admiradora. Me estiro sobre la mesa y le doy un golpecito en la nariz.
—Gracias, pero estás obligada por el reglamento de mejores amigas. Tu deber es decir eso.
Suspiro, cansada, y examino a las personas que se pasean por el centro comercial con bolsas colgadas de los brazos. Tengo que dejar de dormir en casa de Cara cuando bebo. Se aprovechó cuando yo no sabía ni cómo me llamaba ni tenía voluntad, por eso terminé aquí: de compras en un centro comercial un domingo por la mañana y, lo peor de todo, sin mi McDonald’s para la resaca.
Ahí lo tenéis: las malas decisiones son impulsadas por el alcohol.
—Tengo hambre —me quejo mientras Cara teclea a toda velocidad en el móvil—. De comida de verdad.
—Sincronización perfecta, cariño. —Guarda el teléfono y se pone de pie—. Emmett está despierto y pedirá pizza para comer.
Algo se enciende en mí, como una tragaperras. Debe ser mi estómago.
—¿Con beicon?
—Con extra de beicon.
CARA ANUNCIA NUESTRA LLEGADA como lo hace siempre que llega a cualquier lado: con estilo.
Abre los brazos en cuanto entramos y las seis bolsas de compras que lleva caen al suelo mientras ella da unas vueltas.
—¡Hemos llegado, cariño! ¡Liv necesita un masaje de pies!
—No lo necesito —respondo, quitándome las botas. Quiero a Emmett, pero me parece demasiado que el novio de mi mejor amiga me dé un masaje de pies. Como suele pasarme, no consigo ni ponerme la media correctamente. Me queda colgando de los dedos mientras avanzo a saltitos sobre una pierna por el pasillo en dirección al aroma a pepperoni y beicon tratando de ponérmela bien.
Odio usar medias. Odio usar botas. Odio el invierno.
Levanto la cara para olfatear el aire y me froto el estómago con la mano libre.
—Qué bien huele, Em. Ven con mamá.
Me las arreglo para enganchar un dedo en la media y me la subo por encima del tobillo exclamando ajá, pero cuando apoyo el pie, la suave lana aterriza sobre el mármol brillante y resbaladizo, tropiezo ligeramente hacia atrás, insultando y agitando los brazos en busca de algo a lo que sujetarme.
Ese algo resulta ser un par de brazos. Muy musculosos. Fibrosos. Joder, estos antebrazos son increíbles. Me rodean la cintura y me sostienen antes de que mi trasero toque el suelo. Siento que una calidez recorre mi estómago cuando me depositan de pie sobre el suelo. Me quedo mirando la mano enorme que me cubre el torso, que me mantiene firme y un escalofrío me recorre la columna vertebral cuando oigo unas palabras susurradas al oído.
—Hola, mamá.
Deslizo despacio la mano por su antebrazo y noto el contraste donde apoyo los dedos. Yo soy blanca y suave, él es excepcionalmente dorado y firme.
Siento un aliento cálido en la nuca y cierro los ojos ante el aroma que me envuelve, toques cítricos combinados con el bosque: lima y madera de cedro almizclada.
Sé muy bien a quién pertenecen los brazos que me rodean, las manos que me sostienen, los labios que se detienen en mi mejilla, pero eso no evita que haga lo que hago a continuación.
Con el cuerpo aún entre sus brazos, giro la cabeza en cámara lenta. Muy lento. Al estilo de El exorcista. Creo que nunca abrí tanto la boca. Podría meterme el puño entero dentro si quisiera. Mi hermano me desafió a hacerlo cuando tenía nueve años, y lo hice solamente para ganarle.
Cuando veo esos ojos color verde oscuro, esa melena ondulada castaña, esa sonrisa pícara y sensual que me enfurece tanto, tomo la única decisión lógica: chillo.
Aparto a Carter Beckett de un empujón y salgo disparada tan rápido que me abro de piernas. Emmett se lanza hacia delante y me levanta rodeándome la cintura con un brazo mientras se parte de risa. Me duele tanto la entrepierna que quiero que me trague la tierra y llorar ante una porción de pizza.
—Ojalá hubiera filmado eso. —Cara resuella y se seca las lágrimas que le ruedan por las mejillas—. Carter, apuesto lo que sea que es la primera vez que haces que una chica salga corriendo así. Joder.
Con una porción de pizza, nos señala a Carter y a mí.
—Ha sido increíble —añade.
Se me eriza la piel cuando busco un plato mientras intento, y fracaso por completo, fingir que Carter Beckett no me está mirando mientras elijo una porción de pizza.
Apoya las manos sobre la mesa, una a cada lado de mí, encerrándome.
—¿Te puedes dar prisa, renacuaja? El hombretón tiene hambre.
—Estoy decidiendo qué porción es la que tiene más beicon. No me apresures, hombretón.
Baja la boca y siento escalofríos en la zona donde el cuello se une al hombro.
—No se me ocurriría apresurarte jamás. Lo único que quiero es no apresurarme contigo, Olivia.
—Por el amor de Dios. —Me vuelvo hacia Cara y Emmett y apoyo el puño sobre la cadera—. ¿A quién se le olvidó mencionar que él venía a almorzar?
Cara alza las manos.
—No tenía ni idea.
Emmett lanza una carcajada.
—Sí lo sabías. Te envié un mensaje y…
Las palabras dejan de salir cuando Cara le cierra la boca con su mano.
Cómo le gusta el drama. Supongo que esa es la única razón por la que nos ha puesto a Carter y a mí en el mismo lugar de nuevo. Eso, o quiere ver cómo le bajo los humos un poco. Hay que darle a la gente lo que desea, entonces.
Carter me está mirando, esperando mi reacción, así que como el bocado más grande que puedo con los ojos clavados en los suyos, y luego me alejo de su lado y me dejo caer en el sofá. Tengo la fortuna de que quince segundos después se lanza a mi lado, sonriendo.
Sus hoyuelos son adorables. Los odio.
Me da un empujoncito en el hombro con el suyo.
—Tengo más beicon.
—No. —Me inclino para examinar su porción, por si la resaca ha afectado mi habilidad para elegir pizza—. Mierda.
Se ríe para sí mismo y deposita su porción de pizza en mi plato, y toma una de las mías que tienen menos beicon. Es un gesto dulce, lo que me pone en estado de alerta. Anoche me invitó a una cerveza y me dio la impresión de que con eso esperaba que mi boca se posara en alguna parte de su cuerpo.
—Es solo una porción de pizza, Olivia. Si prefieres, me la como yo.
Me acerco la pizza al pecho.
—Mantente alejado, Beckett.
Cara deja caer un envase con salsa al pasar. Vuelco todo el contenido sobre mis dos porciones. Carter no deja de mirarme y siento que me ruborizo.
—¿Necesitas algo?
Sonríe.
—No. Todo bien.
Se termina cuatro porciones de pizza, vuelve a la cocina, busca dos más y se las acaba antes de que yo consuma las dos mías.
—Comes lento —señala, depositando el plato sobre la mesa de café. Trato de no prestarle atención al movimiento de sus músculos debajo de la camiseta, pero, maldita sea, no puedo dejar de mirarlos.
Estoy a punto de decirle que no como lento, que él es un triturador de basura, pero me ahogo con mis palabras cuando me toma los pies, los coloca sobre su regazo y me quita las medias. Me clava el pulgar en el arco del pie, y yo agradezco eternamente haber pasado la mañana de ayer en el spa con Cara.
—Muy bonito —dice Carter, golpeteando el esmalte carmesí de mis dedos.
—¿Qué estás haciendo? —logro preguntarle por fin, mientras gimo cuando trabaja un punto particularmente doloroso.
—Cara dijo que necesitabas un masaje de pies. Por eso lo estoy haciendo.
¿Debería decirle «No, gracias»? Quizá. Pero tiene manos grandes, dedos anchos, un agarre poderoso y yo bebí de más anoche, lo que significa que bailé demasiado. Y me encanta cómo me toca.
—Cielos —gimo, sin querer, acercándome a él—. Gracias.
—De nada. Si te gustan los masajes, podemos ir a mi c…
—Ya lo has arruinado. —Extraigo mis pies de sus manos mágicas y me siento encima de ellos—. ¿Por qué estropear algo tan bueno?
Me clava la mirada.
—Me muero de ganas de arruinarte y, confía en mí, soy muy bueno. —Al ver mi expresión de sorpresa, se ríe y atrapa el mando de la Xbox que Emmett le lanza—. Te sonrojas fácilmente, Olivia.
Cara resopla.
—Me imagino que debe ser difícil de entender, pero no está interesada, Carter.
—Lo dudo, pero bueno.
Carter y Emmett se ponen a jugar un partido de la Liga Nacional de Hockey, porque parece que cuando no están jugando a hockey sobre hielo en la vida real, tienen que hacerlo virtualmente. La concentración absoluta de Carter en el juego no le impide continuar con la cháchara.
—¿Te gusta la nieve, renacuaja?
—No mucho.
—¿Por qué?
—Porque tengo que usar medias.
—¿Primavera o verano?
—Verano.
—¿Dulce o salado?
—Dulce.
—¿Cómo llegaste a casa?
—He dormido aquí.
Le vibra la garganta y siento el impulso de tocarla.
—Si hubiera sabido que te ibas a quedar a dormir, hubiera venido en vez de volverme a casa. Podríamos haber charlado un poco más.
¿Está hablando en serio? ¿No se acuerda de la chica que tuvo pegada media hora después de que yo me alejara de él? Dudo mucho que se haya olvidado de la sonrisa engreída que me ofreció con un guiño y ladeando la cabeza. Podrías ser tú, eso quería decir, estoy segura.
—Sí, bueno, estabas bastante ocupado con una rubia bastante guapa.
Por primera vez deja de prestarle atención al juego y me mira.
—No tan guapa como tú.
¿Pretende piropearme con eso? ¿La chica con la que me acosté anoche después de que me rechazaste no está a tu altura, pero me la follé de todos modos? Es un mujeriego y no me interesa ser una de esas conejitas del hockey que se folla y deja de lado, así que pongo los ojos en blanco, asqueada.
—No vino a casa conmigo, Olivia.
Resoplo, incrédula. Además, me importa un pepino.
—Lo dudo, pero bueno.
—Me parece que estás celosa.
—Créeme, no lo estoy.
—No pude hacerlo, no después de mirarte toda la noche.
Mete un gol y murmura un «joder, sí» mientras Emmett emite una serie de insultos antes de declarar que necesita más pizza.
—No me importa.
Carter deja el mando a un lado y se vuelve hacia mí con una expresión difícil de interpretar, casi vacía. No me gusta. Si no puedo descifrarlo, no quiero que él me descifre a mí.
—Creo que sí te importa —replica por fin, en un susurro.
Me roza el muslo con los dedos, por encima del corte que tengo en la rodilla; me toca con tanta suavidad que dudo de si me está tocando realmente. Por un instante, disfruto de la calidez de sus manos rudas. Por un instante, quiero más. Y entonces uso el cerebro.
¿Qué demonios estoy haciendo? ¿Por qué pierdo el tiempo con este imbécil egocéntrico? Podría estar en casa, sin sujetador y durmiendo la siesta.
—Tengo que irme —exclamo por encima del hombro después de ponerme de pie de un salto—. Gracias por el almuerzo.
—¿Qué? ¿Tan pronto?
Veo el reflejo de Cara en la puerta que da al patio, señalando a Carter con un dedo, furiosa.
—Tengo que ir a casa de Jeremy.
No es mentira, pero faltan horas para eso.
Beso a Cara en la mejilla, abrazo a Emmett y evito a Carter. Por supuesto, me sigue por el pasillo y me observa mientras me calzo las botas hasta la rodilla.
—¿Quién es Jeremy? ¿Tu novio?
Vacilo. Decido mentir.
—Sí.
—¿Vas a casa de tu hermano? —grita Emmett—. ¡Dile a Jer que voy a estar conectado a las diez de la noche si quiere jugar!
Mierda.
Carter se cruza de brazos sobre su ancho pecho y alza una ceja.
—Vaya mentirosa.
Sí, bueno, cosas que pasan. Me encojo de hombros con inocencia y me pongo el abrigo. Carter me agarra de la solapa y me arrastra hacia él. Por un segundo me aterroriza que vaya a besarme, sobre todo porque no me opondría, pero me abotona el abrigo de lana.
Carter Beckett me está abrochando el abrigo.
—¿Me das tu teléfono?
Parpadeo.
—Esto…
Quiero decir que no. No sé por qué no me sale.
Carter aprovecha mi vacilación y avanza hacia mí hasta que estoy con la espalda en la puerta y su pecho toca el mío. Cielo santo, es increíble. Cálido y firme, ancho y fuerte. Y alto. Joder, es tan alto. Mi vagina empieza a hacer su jueguecito, como si creyera que va a recibir algo. Pero eso no va a ocurrir.
Desliza la palma de la mano por mi costado y el corazón se me acelera cuando me quita el pelo del abrigo y me lo coloca sobre el hombro.
—Hagamos lo siguiente, renacuaja. Te daré mi número. Nunca se lo doy a ninguna chica. Eres la primera. —Asume una expresión arrogante, su mirada no puede esconderla cuando me lo dice. Está convencido que esto es lo que por fin me atrapará—. Porque eres especial, Olivia.
Y ahí está. ¿Es lo mejor que se le ocurre? ¿Cómo es posible que este patán consiga que tantas mujeres se acuesten con él?
Le apoyo una mano sobre el pecho y lo hago retroceder un paso. Le sonrío, destilando dulzura, y él sonríe aún más, todo hoyuelos.
Se siente muy confiado.
Me muero de ganas de hacerlo pedazos.
Le rozo el cuello de la camiseta con un dedo y con la mano en su nuca acerco su cara a la mía. Me sujeta las caderas y le acaricio la oreja con los labios. Odio que huela tan bien. Una irracional parte de mí quiere lamerlo como si fuera un maldito cono de helado.
—Conmigo no cuentes.
Veo cómo la sonrisa engreída se evapora de su apuesto rostro antes de desaparecer detrás del portazo que doy.
Joder, cómo lo he disfrutado.
SUELO MANEJAR BIEN EL TEMA DE MI ESCASA ESTATURA. Tengo un taburete en la oficina para cuando lo necesito y escalo los muebles de la cocina para alcanzar las cosas altas que uso poco. El problema es que, a pesar de mi edad, a veces me olvido. Me he lastimado innumerables músculos intentando trepar por las paredes para llegar a un estante, poniéndome de puntillas para llegar un poquito más lejos, convirtiéndome en el hombre araña al trepar hasta la red de voleibol para recogerla.
Hoy es uno de esos días en los que soy yo contra la red de voleibol. Los sonidos que emito se parecen demasiado a los que hago en la privacidad de mi habitación con mi novio portátil que vibra. Miro a cada rato por encima del hombro en dirección a mi despacho, que está al otro lado del gimnasio. Veo el maldito taburete allí, contra la puerta abierta, donde lo puse para no olvidármelo.
Qué culpa tengo por haberme dejado llevar un poco en el último día de clases antes de las vacaciones de Navidad. Estoy a punto de empezar dos plácidas semanas de descanso y con pocas ganas de usar sujetador.
—Señorita Parkerrrr —dice divertido uno de los chicos del último curso que no logro quitarme de encima—. ¿Quiere venir a una fiesta el fin de semana?
Apenas si me digno a echarle un vistazo breve al muchacho rubio que se apoya contra el marco de la puerta del vestuario de los chicos.
—Deja de invitarme a tus fiestas, Brad. Soy tu profesora.
—Sí, la mejor profesora. —Brad se acerca pavoneándose como un hombre que se siente dueño del mundo. Sorprendentemente, me recuerda a Carter Beckett, y me estremezco ante la posibilidad de que exista otra persona tan arrogante como él—. Nos encantaría irnos de fiesta con usted.
