Invisibles - Anabel Botella Soler - E-Book

Invisibles E-Book

Anabel Botella Soler

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Beschreibung

Vicente y su hermana Clara son invisibles para la sociedad. Tras la pérdida de su madre, deben aprender a sobrevivir para permanecer juntos, mientras emprenden una búsqueda desesperada de la verdad sobre su pasado. El amor es una fuerza poderosa, pero será suficiente para salvarlos? Invisibles es una novela desgarradora que nos muestra una visión en carne viva de la realidad que nos rodea e ignoramos. En un momento de creciente desigualdad, nos habla del racismo, la pobreza infantil y el clasismo. Un relato valiente y con­movedor que hará tambalear los cimientos de nuestro corazón. Anabel Botella reflexiona sobre el lugar al que te pueden llevar las etiquetas, las malas decisiones y la casualidad cuando es nefasta con una obra maestra al más puro estilo de El niño con el pijama de rayas.

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EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2020

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INVISIBLES

Anabel Botella

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro, incluyendo las fotocopias y la difusión a través de internet, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.

Título original: INVISIBLES

© Del texto: Anabel Botella

© De la cubierta: Munyx Design

© Diseño cartas de Clara: Orión Muñoz

Copyright © 2019 Anabel Botella

Copyright Booktrailer: Editorial Tinturas

© De esta edición: Editorial Tinturas

Email: [email protected]

www.editorialtinturas.com

Primera edición: Octubre 2019

Impreso en España

ISBN: 978-84-949504-5-2

Depósito legal: V2801-2019

A Juanjo, porque siempre que busco el sol

estás a mi lado para ofrecerme una mano.

A Ian, porque deseo verte brillar con fuerza todos los días.

ÍNDICE

Capítulo 1: .....13

Capítulo 2: .....31

Capítulo 3: .....47

Capítulo 4: .....63

Capítulo 5: .....81

Capítulo 6: .....95

Capítulo 7: .....113

Capítulo 8: .....131

Capítulo 9: .....151

Capítulo 10: .....169

Capítulo 11: .....183

Capítulo 12: .....199

Capítulo 13: .....213

Capítulo 14: .....227

Capítulo 15: .....243

Capítulo 16: .....261

Capítulo 17: .....275

Capítulo 18: .....291

Capítulo 19: .....305

Capítulo 20: .....317

Agradecimientos: .....331

1

De un tiempo a esta parte, Rosa se preguntaba cómo sería morir, cómo sería no sentir nada. Era una idea que se había instalado en su mente y que persistía en no abandonarla. De repente, como suele suceder en más ocasiones de las que somos conscientes, puede ocurrir algo realmente importante que ponga tu vida patas arriba. Y eso fue lo que le pasó justamente a ella. El día en que el médico le comentó que tenía cáncer de mama con metástasis en los pulmones, los cimientos de su existencia se derrumbaron. Y después vino el accidente de él. Desde que Pedro se había marchado de su vida, la cosa había ido a peor. Su marido tuvo un accidente laboral que lo llevó a la tumba antes de entrar al hospital. Como no tenía contrato laboral, nadie se hizo cargo de la indemnización, y muy pronto vio la cara más amarga de la vida.

Un segundo, un solo segundo y todo cambiaría. Este breve espacio de tiempo sería lo que determinaría estar viva o estar muerta. Ser o no ser. Estar junto a sus hijos o no poder disfrutar de ellos. Un segundo antes de que ocurriera seguiría sintiendo ese vacío que había anidado en su pecho desde aquel maldito día. Un segundo después, cuando la muerte fuera un hecho, llegaría la nada más absoluta. Nada de dolor, nada de sufrimiento, nada de amor… No podría seguir amando a las dos únicas personas que le quedaban en el mundo: sus dos hijos.

Ahora, tumbada en la cama, tenía la esperanza de despedirse de ellos antes de marcharse definitivamente. Dudó sobre si debía contarles el secreto que mantenía desde hacía muchísimos años. Ellos se merecían saber la verdad, aunque fuera dolorosa. En cuanto llegara Vicente, le contaría ese secreto que cada día le pesaba más y que fuese él quien decidiera finalmente lo que hacer. Aunque muy pronto cumpliría los dieciocho años y podría hacerse cargo de Clara, tal vez, quisiera conocer a su familia.

Las horas del reloj iban pasando con lentitud y apenas le quedaban fuerzas para mantener los párpados abiertos. Se iba consumiendo como una vela a la que apenas le queda cera que quemar. Sin embargo, se aferró como un perro viejo a sus últimos minutos de vida. Al menos les debía una despedida.

Aquel día amaneció frío; Rosa insistía en que era el otoño más raro y oscuro de cuantos había vivido. De pronto, llegaron las nubes grises que descargaron sobre su chabola miles de gotas furiosas. Sin previo aviso, sucedió. El cielo desató una tormenta difícil de olvidar, como si con la lluvia alguien de allá arriba estuviera llorando por lo que habría de venir después. Y ella sabía perfectamente qué iba a pasar. Ya no vería un nuevo amanecer junto a Vicente y Clara. Y estas serían las primeras navidades que vivirían solos.

En un momento de lucidez, cuando el dolor la dejaba pensar, se imaginó el futuro de sus hijos. Era una paradoja reflexionar sobre algo que no había ocurrido, sobre algo que ya no podría vivir con ellos, aunque tenía claro que resultaría incierto y doloroso, sobre todo doloroso.

Clara, la hija pequeña de Rosa, pensaba justamente en su futuro más inmediato. Miraba a través de la ventana de su clase, las gotas de lluvia que se escurrían por el cristal. La profesora trazaba en la pizarra una suma, aunque Clara no podía concentrarse en aquellos números que no tenían ningún misterio para ella. El estómago le rugía tanto desde que se había levantado que solo podía pensar en que pronto llegaría la hora del recreo. Tenía un hambre atroz. Un trueno la sacó de sus pensamientos e hizo estremecer a todos los niños de su clase. Sus labios dibujaron una mueca que pretendía ser una sonrisa cuando el timbre anunció uno de los mejores momentos del día. Solo tenía que esperar a que Lucía abriera su mochila, cogiera su bocadillo y le pegara el primer bocado. Después, como siempre solía ocurrir, tiraría el resto a la papelera.

Como seguía lloviendo y el patio no tenía tejado, Montse, la profesora, llevó a la clase de segundo de primaria al gimnasio. Clara esperó a que todos sus compañeros salieran del aula. En ese mismo instante, Montse advirtió que le faltaba un alumno. Al llegar a la clase vio que Clara se agachaba y metía una mano en la papelera.

―¡Por el amor de Dios, Clara!, ¿qué haces aquí tú sola? ―quiso saber ―. Tendrías que estar jugando con los demás niños.

La niña se encogió de hombros y escondió el bocadillo detrás de su espalda.

―Enséñame qué llevas en la mano, por favor.

Clara negó con la cabeza.

Montse la miró de arriba abajo. Clara era morena de piel, tenía rasgos sudamericanos, estaba muy delgada, parecía más pequeña de lo que era y siempre llevaba cuatro trenzas. No obstante, desde que empezara el curso a esta parte, Montse fue advirtiendo cómo el brillo de los ojos se le había ido apagando. Dos manchas violáceas cercaban su mirada, que en otro tiempo fue vivaracha.

―No te estoy riñendo, solo quiero saber qué escondes.

Clara bajó el mentón. Unas lágrimas rodaron por sus mejillas y se estrellaron contra el suelo. Entonces, Montse advirtió qué era lo que tenía en su mano derecha. Tragó saliva. Se maldijo mentalmente por ser una necia, por no haberse dado cuenta mucho antes de por qué aquella niña había bajado su rendimiento escolar con respecto al expediente que traía de su antiguo colegio. Corría el rumor de que habían visto a su hermano buscar comida en contenedores de basura. ¿Cuántas horas llevaría sin comer? Al menos, le consoló recordar que tenía una de las pocas becas de comedor que concedía la Consellería.

Se arrodilló frente a ella y le fue secando las lágrimas con un pañuelo de papel.

―Venga, Clara, no llores. ―Hizo que se sonara―. ¡Vaya, sí que tenías mocos! ―Las lágrimas no dejaban de salir―. A ver si te va a pasar como a la niña del cuento de Alicia, que se puso a llorar y lo inundó todo. Ella y todos sus nuevos amigos terminaron mojados de la cabeza a los pies. ¿Quieres saber cómo se secaron?

Clara murmuró un tímido sí.

―Llegó el Dodo, que era un pájaro que se extinguió hace ya muchos años, y les hizo correr hasta que se secaron. ¿Verdad que no vas a inundar la clase?

―Creo que no ―respondió.

Clara se restregó los ojos con la palma de la mano que tenía libre.

―¿Puedo irme a jugar ya?

―Claro que sí. Ya puedes ir a comer el bocadillo que te ha preparado tu madre.

Montse la vio alejarse corriendo. En cuanto la niña giró siguiendo el pasillo, y antes de cruzar la puerta del gimnasio, el bocadillo desapareció de sus manos. No fue por arte de magia, sino por pura necesidad.

En el gimnasio ya se escuchaban los primeros villancicos. En el ambiente se palpaban los nervios previos a las vacaciones de navidad. Había niñas que hablaban de la carta a los Reyes Magos. Cuando Clara se sentó junto a ellas, les comentó qué iba a pedir. Hacía mucho tiempo que lo había decidido.

―Yo quiero una bici para ayudar a mi hermano a buscar tesoros.

―Mi madre me ha dicho que en la basura no hay tesoros ―le contestó una compañera.

El comentario hizo gracia a las demás compañeras. Clara quiso responderle, pero lo único que hizo fue encogerse de hombros y escuchar los deseos de sus compañeras. Estas siguieron hablando como si Clara no estuviera allí, así que se levantó y se acercó a otro grupo de niñas que estaba jugando a pillar.

―¿Puedo jugar?

Lucía se giró hacia otro lado como si no la hubiese escuchado y siguió corriendo junto a las demás niñas. Todos los días ocurría lo mismo. Clara se volvió a encoger de hombros y se sentó en el suelo apoyando la espalda en la pared. La única relación que tenía con su compañera de pupitre era un bocadillo al que le faltaba el primer bocado. «No quiero jugar con vosotras», pensó, «sois unas tontas». Cuando Vicente la recogiera jugarían a los oficios.

Horas después, por la tarde, la lluvia había dado una tregua. Su hermano mayor, Vicente, la esperaba en la puerta del colegio montado en una bicicleta. Sujeto a la bandeja trasera, Vicente había anudado con una cuerda y unas escuadras grandes, una caja roja con ruedas para que su hermana se pudiera montar. Clara aún no ocupaba mucho espacio y Vicente podía trasportar al mismo tiempo algunas cosas que se encontraba para luego venderlas en una trapería.

La pequeña echó un vistazo a la bolsa que había dentro de la caja. Su hermano le comentaba, cada vez que salían de casa por la mañana, que iba a la caza del tesoro. Cuando llegaba el momento, a Clara le gustaba saber qué había encontrado Vicente. Estaba deseando terminar de estudiar para ir con él.

―¡Has conseguido dos magdalenas, un paquete de galletas y trozos de pizza! ―Clara se relamió los labios―. ¡Hala, también hay un yogur de fresa! Mamá se va a poner muy contenta, y dos tomates, y jamón de York del que está bueno, y medio bote de aceitunas, y un plátano… puaj… ―Se tapó la nariz porque estaba muy maduro.

―Deja el plátano en la bolsa. Es para mamá.

―Huele mal.

Vicente suspiró.

―No huele mal, solo está muy maduro.

―Si tú lo dices…

Vicente cerró la bolsa de nuevo y la miró.

―¿Tienes deberes?

―Sí, unos pocos. ―Se subió a la caja―. Pero no quiero volver a este colegio. No me gusta.

―Mamá dice que tienes que seguir estudiando.

Unas mujeres que estaban al lado de los dos hermanos arrugaron la nariz y se pusieron a hablar de ellos como si no existieran o como si fueran sordos. Clara pudo escuchar perfectamente cómo una madre le decía a una compañera de su clase que no se acercara mucho a ella porque podía pegarle unos piojos. Ella buscó la mirada de su hermano. Él bajó los párpados al suelo. ¿Acaso consideraban también como cualidades implícitas a la condición de ser pobre la invisibilidad o la imbecilidad? Ni él ni su hermana lo eran, y lo peor de todo es que no era la primera vez que los trataban como si no existieran.

―Yo quiero ir contigo ―dijo Clara sacándole de sus pensamientos―. ¿Cuándo vamos a volver a la otra casa?

―No vamos a volver. Te lo he dicho muchas veces.

Él también echaba de menos su anterior vida, cuando no se tenía que preocupar más que de estudiar o de si le gustaba a la chica por la que suspiraba todas las noches.

―Pero es que a mí me gusta más la otra casa.

―Olvídate de la otra casa, Clara. Esa casa ya no es nuestra.

―No lo entiendo. Si a ti te gustaba más esa casa y a mí también, ¿por qué no podemos vivir allí?

Vicente se acercó a su hermana, se agachó para mirarla a los ojos y le enseñó unas cuantas monedas.

―Mira, hoy he conseguido doce euros y treinta céntimos.

―¿Sabes que si le pido una bici a los Reyes Magos te podría ayudar a buscar tesoros? No me gusta estudiar aquí.

―Anda, déjate de tonterías. Tú no tienes que ayudarme en nada.

Vicente comenzó a pedalear. Esperó a estar dentro del carril bici para jugar con su hermana a los oficios. Quizás ese era el único momento del día en el que aún se sentía como un niño y podía dejar volar su imaginación. Fantaseaban sobre en qué trabajarían cuando fuesen mayores, y por muchas trabas que les pusiera la vida, ambos tenían que encontrar un motivo para seguir con su trabajo. Clara era la que siempre empezaba.

―Cuando sea mayor voy a trabajar en una fábrica de chocolate.

Vicente pensaba unos segundos antes de responder.

―No, no podrás trabajar allí. Como el chocolate está tan bueno, al final terminarás por comértelo todo y no dejarás ni las migas.

―Pero será una fábrica como la casita de chocolate de Hansel y Gretel, que por mucho que coma nunca se acabará.

―Bueno, si es así, igual sí que puedes trabajar en una fábrica de chocolate.

Clara aplaudió, como si con el hecho de imaginárselo se pudiera cumplir.

―Ahora te toca a ti ―dijo Clara.

―Cuando sea mayor voy a ser médico…

Vicente siempre había soñado con ser médico, y más desde que supo de la enfermedad de su madre. Sin embargo, aún no había podido acabar primero de bachillerato.

Clara reflexionó unos segundos antes de contestar.

―¿Cómo que médico? No, no lo creo, porque cuando seas mayor serás un vampiro y les chuparás la sangre a tus pacientes.

Vicente soltó una carcajada.

―Sí, pero también podría salvar a un montón de pacientes convirtiéndolos en vampiros.

―¿Y cuando todo el mundo sea vampiro de qué vais a vivir?

―Cuando llegue el momento, ya lo pensaremos.

La lluvia les hizo callar, sorprendiéndolos a unos diez minutos de su casa. Según se iban acercando, el cielo se fue oscureciendo. La fuerza con la que caía el agua se precipitaba sobre ellos sin piedad.

Mientras pedaleaba, Vicente recordó que su madre amaba la lluvia. Cuando vivían en la otra casa, a su madre le importaba poco mojarse. Salía al jardín y se dejaba empapar. Ella decía que el agua traía la felicidad y que arrastraba todo lo malo. ¡Cuánto había cambiado su vida desde que se marcharon del único hogar que había conocido, desde que su padre sufrió el accidente y su madre enfermó! También había cambiado de opinión con respecto a la lluvia cuando, un año antes, la escuchaba por placer tumbado sobre su cama, en la habitación de la otra casa. Si antes le relajaba escuchar cómo las gotas salpicaban encima del tejado, ahora detestaba no encontrarse debajo de un buen techo.

Vicente apretó el paso para llegar cuanto antes. En el momento en el que giró la última curva del camino de tierra que llevaba a su casa, tuvo el presentimiento de que algo no iba bien. La puerta daba bandazos contra el marco. Avanzó temeroso, con el corazón a punto de salírsele por la garganta, sintiendo que le faltaba el aire a cada pedaleada que daba. Primero un paso y después otro, cada vez más cerca de lo que tanto temía.

Se sujetó a la puerta. Le temblaba la mano. Sintió la humedad de aquellas cuatro paredes que su madre se empeñaba en llamar hogar. Dejó la bicicleta apoyada al lado de una silla. Una única estancia sin ventanas donde había un hornillo, dos camas, varias sillas y una mesa; era casi lo único que les quedaba de su antiguo hogar. Encima de una mesa de camping había dos palanganas de plástico para lavar los platos. Las paredes estaban llenas de los dibujos que Clara hacía cuando terminaba sus deberes. Al menos, le daban algo de alegría a la casa.

Vicente encendió una lámpara de gas para iluminar la estancia.

Clara se bajó de la caja, cogió la bolsa, la dejó encima de la mesa y corrió a sentarse en el borde de la cama de su madre. Rosa estaba sepultada por varias capas de mantas. Su mirada se había vuelto transparente, como si de ella solo quedara su espíritu.

―¡Hola, chicos! ―musitó con dificultad―. Ya estáis aquí… —Sacó una mano para tocar la mejilla de Clara y encontró que su hija estaba fría―. Vicente, seca a tu hermana. No quiero que se resfríe.

Vicente sacó una toalla de una maleta y se la pasó a Clara. Después, cogió una muda seca y la puso en la cama de su madre para que su hermana se cambiara de ropa. Al tiempo, él hacía lo mismo para entrar en calor.

―¿Cómo has pasado el día? ―quiso saber él―. ¿Hay algún cambio?

―Mi hermano ha encontrado un yogur de fresa, tu preferido.

Rosa inspiró antes de contestar.

―Vicente, siéntate. Tengo que hablar contigo…

Él cerró los ojos.

―Espera que te prepare un plátano con galletas.

Quiso alargar el momento. No deseaba que su madre le dijera las únicas palabras que temía. Se negaba a aceptar que ella se iba a ir. Cuando su madre le contó meses atrás lo que le ocurría, sabía que aquel día llegaría más temprano que tarde. ¿Cómo actuaría entonces? ¿Cómo afrontaría el día a día sin ella? ¿Cómo cuidaría de Clara? Aún no había decidido qué palabras iba a utilizar para despedirla. Aunque sabía que su madre estaba muy enferma, no había tenido tiempo de prepararse nada.

Rosa elevó un poco el tono de su voz para hacerse oír.

―No, deja lo que estés haciendo.

―Te he traído un yogur de fresa para que te pongas buena. ―Vicente cerró los ojos por la estupidez dicha, pero no quería mirar hacia la cama de su madre.

Desde pequeño le habían enseñado a leer, a sumar, a restar y un sinfín de materias, pero en el colegio nadie le enseñó cómo afrontar el último adiós a una madre. Este último trámite tenía que haber llegado cuando ella tuviese noventa años, no cuando estaba a punto de cumplir los cuarenta.

―Eso ya da igual. A partir de ahora tienes que cuidar de tu hermana. Lo haces muy bien, eso ya lo sabes… Siento que llega la hora… Ya no me quedan fuerzas. Vosotros marchaos muy lejos de aquí. A partir de los dieciocho años ya podrás hacerte cargo de tu hermana.

―¿Y tú dónde te vas a ir? ―Clara se metió en la cama y se abrazó a su madre. La sintió extrañamente fría, algo inusual en ella. Aquella tarde Rosa no tenía fiebre―. Nosotros queremos estar contigo.

Rosa no hizo caso al comentario de su hija. Inspiró de nuevo para coger un último aliento. Su voz apenas era un murmullo.

―Vicente, cuida de tu hermana… ―insistió―. No os peleéis…

―Mamá, pero ¿adónde vamos a ir? ―preguntó Vicente.

―Sabrás cuidar de ella como lo has hecho conmigo… Deja que me vaya ya. Estoy muy cansada.

―No te puedes ir, aún no estoy preparado… No sé qué tengo que hacer… Yo quería escribirte una carta… Aguanta un poco más, hasta mañana, por favor, mamá…

―Deja que siga hablando. Hay una cosa que debéis saber. Vuestros abuelos… ―Tomó aire.

―¿Qué pasa con los abuelos? ―Tragó saliva―. Ellos están muertos. ―La mirada de Rosa se quedó perdida en un punto del techo―. Mamá, dime algo, por favor.

―…

Aunque Rosa hubiese querido responderle, de sus labios no salió más que un suspiro suave. ¿Qué era realmente lo que quería decirle su madre? Sin embargo, en aquellos momentos no podía pensar en sus últimas palabras.

Fuera, seguía lloviendo. Llegó la noche. La oscuridad. El viento trajo olor a tierra mojada.

―¿Mamá…? ―insistió Vicente.

―¿Qué le pasa? ¿Por qué no habla?

―Se ha ido. Se ha ido ya ―comentó como si no terminara de creérselo.

―¿Cómo que se ha ido si está tumbada en la cama?

―Ya no puede escucharnos ―contestó Vicente―. Ahora está con papá.

―No es verdad, sí que puede escucharnos. Si le hablo un poco más fuerte me escuchará.

―No, ya no puede, Clara. Déjala que descanse.

―Mamá, mamá, mamá, mamá, mamá, mamá, mamá, mamá, mamá, mamá, mamá, mamá, mamá, mamá, mamá, mamá, mamá, mamá, mamá,mamá, mamá, mamá, mamá…

Clara llamó a su madre tantas veces aquella noche que perdió la cuenta. Y después de la lluvia llegó la nada. No había más palabras que decir. El último trueno se las había arrancado todas.

2

Vicente tuvo la certeza, como nunca antes, de cuánto pesaba el dolor. Era una carga tan insoportable que se sentía cada vez más empequeñecido. Esa noche, una flecha fría había atravesado su corazón y lo había aprisionado en una cárcel muy minúscula. No había pañuelos, ni palabras, ni caricias que pudieran consolar la inmensa amargura que sentía en su pecho. Se mantuvo sentado en el suelo, a los pies de la cama, mientras Clara acariciaba las mejillas lívidas de su madre.

No supo por qué, pero de repente tuvo la necesidad de cantar una nana, como hacía su madre cuando él era pequeño:

A la nanita nana, nanita ella, nanita ella

Mi niña tiene sueño, bendita sea, bendita sea

Fuentecita que corre clara y sonora,

Ruiseñor que en la selva cantando llora,

Calla mientras la cuna se balancea

A la nanita nana, nanita ella…

Todo empezó cuando estaban en la otra casa, justo en el momento en el que sus padres se quedaron sin trabajo porque la fábrica de fregonas y bayetas cerró, y estuvieron varios años cobrando del paro. Luego vinieron las prestaciones, hasta que ya no hubo más dinero para su familia. Su madre decía que las desgracias nunca vienen solas. Por aquel entonces, él aún no se enteraba de todas las estrecheces que pasaban sus padres. Desde bien pequeño, había gozado de las comodidades de cualquier familia. Se iban de vacaciones una quincena en verano, en navidades solían esquiar algunos días, y se podían permitir caprichos sencillos sin tener que estar contando hasta el último céntimo.

Sin embargo, llegó un día en el que no pudieron pagar los recibos de la casa, ni de la luz, ni del agua si no querían quedarse sin comer. Sus padres no estaban dispuestos a que sus hijos pasaran hambre. Entonces, de un día para otro, la vida les pegó una bofetada tan grande que se vieron en la calle con lo puesto. No tenían abuelos, ni tíos, porque su padre es llegó muy joven de Bolivia y su madre había perdido a toda su familia. No tenían a nadie que les pudiera echar una mano. Muchos días durmieron en cajeros, sobre cartones, otros, cuando el tiempo lo permitía, en la playa. Al final, el peso de ver a amigos que ya no les saludaban impulsó a sus padres a cambiar de ciudad.

Para su padre, casi lo peor de todo no era no tener dinero, sino la sensación de creer que no servía para nada. Poco a poco, la historia de su familia estaba siendo silenciada. Muchos de sus amigos miraban a otro lado cuando se encontraban casualmente por la calle. Se habían convertido en fantasmas con cadenas, unas ataduras muy unidas a la desgracia, que la sociedad no quería romper.

Fue su padre, después de cambiar de ciudad, quien construyó una casa con maderas y chapas que la gente dejaba en algunos basureros. Poco después encontró un trabajo sin contrato. Durante los tres primeros meses soñaron con la posibilidad de volver a recuperar sus antiguas vidas, pero la fatalidad quiso que a su madre le detectaran un cáncer con metástasis. No se podía hacer nada para salvarla, a pesar de recibir un tratamiento de quimioterapia. Después de que muriera su padre, a su madre, a su hermana y a él los admitieron en una casa para mujeres sin recursos. Entró en la fase de los cuidados paliativos, donde no se adelantaba ni se retrasaba su muerte, pero al menos vivía sin dolor. Sin embargo, Vicente tuvo problemas con un chico dos años menor que él que lideraba una banda y que le obligaba a darle todos los días cinco euros. Los desencuentros llegaron hasta el punto de que en la casa de mujeres alguien robó dinero, que horas más tarde, descubrieron bajo el colchón de Vicente. Aunque cambiaron de casa y la cosa mejoró un poco, al final su madre decidió morir sola, rodeada por sus hijos. El último mes lo habían pasado en la chabola. Así que, en menos de un año, él y su hermana habían perdido a las dos personas más importantes de sus vidas.

Vicente tenía un nudo en la garganta que no le permitía llorar. Hacía bastante rato que la lluvia se había alejado de ellos. Entonces, en la soledad que da el silencio, descubrió otros sonidos que le acompañaban en esas horas de duelo. Inmóvil, escuchó los ladridos de un perro, el crujido de las maderas de la chabola y el rasgueo de las pezuñas de un animal. Posiblemente fuera una rata de campo que estuviera escarbando en la tierra para entrar dentro. También escuchaba el ulular del viento, que hacía pegar bandazos a la chapa del techo y se colaba por la estancia. Iba y venía, a rachas, y en algún momento habría jurado que sintió que su madre volaba, ya libre, sin ninguna atadura, y le acariciaba las mejillas para despedirse de él. Cuánto hubiera deseado que fuera así.

De vez en cuando, Clara soltaba un suspiro, pero aunque hubiese querido, no sabía cómo consolar a su hermana.

Llegó a la conclusión de que ninguno de esos sonidos los podría escuchar su madre nunca más, así como tampoco podría sentir nada. Para ella había llegado la paz, o tal vez un sueño eterno del que nadie podía despertar; soñar sin más realidad que la soledad. Y cuando él y su hermana se marchasen, ella estaría desamparada, sin compañía, sin nadie que pudiera llorar de vez en cuando sobre su tumba, a merced de que algo o alguien pudiera escarbar y perturbar al final su sueño. Tampoco podía poner un cartel con su nombre que recordara que ese montón de tierra cubría el cuerpo de su madre. No tenía dinero para pagar un entierro, ni tampoco quería llamar a servicios sociales porque temía que lo separaran de su hermana. Además, su madre había dejado escrito que cuando Vicente cumpliera la mayoría de edad podría hacerse cargo de su hermana, y solo le quedaba poco menos de un mes para cumplir años. Entonces podría hacerse cargo de Clara sin temor a que se la quitaran. Solo tenía que encontrar un trabajo para demostrar que podía tener su custodia. Se estremeció al pensar que, si la vida de su madre había sido difícil, su muerte también lo era.

Se levantó del suelo y se tumbó al lado de su hermana para abrazarla. Se hallaba caliente, aunque como él, no había podido dormirse. Entonces se dio cuenta de que ya no habría ninguna pelea con ella por quién de los dos permanecía más tiempo abrazado a su madre. Ni tampoco discutirían por quién de los dos le leería un cuento o un libro antes de dormir. Cerró los ojos y se dejó vencer por el cansancio. Al menos, si dormía, no pensaría una y mil veces qué haría una vez que se levantara. Ya lo decidiría cuando amaneciera.

Clara sentía la respiración agitada de Vicente en su cuello. Aunque ella cerraba los ojos, enseguida los volvía a abrir para acariciar las mejillas de su madre, que cada vez estaban más frías. Por mucho empeño que le pusiera, había algo extraño en esa frialdad. Ni siquiera parecía su madre.

De repente, Clara escuchó un murmullo, un gemido que se iba haciendo cada vez más grave. Se estremeció, conmovida, al darse cuenta de que esas palabras se estaban convirtiendo en un quejido doloroso. Vicente llamaba a su madre en sueños. El silencio de la noche aumentaba el dolor que percibía en los chillidos de Vicente. Clara no encontraba, en esos momentos, nada más angustioso que escuchar cómo su hermano había acabado aullando en mitad de la noche. Él, el que siempre sabía lo que hacer, el que siempre tenía las respuestas a sus preguntas, se estaba desmoronando. Sin entender cómo comportarse se quedó quieta. Temía que si se movía también se marchara su hermano.

Y como le pasó a Vicente, ella se quedó durmiendo, con el rostro bañado en lágrimas.

Tras unas horas de sueños agobiantes, Vicente abrió los ojos. Estaba desorientado. La luz de la mañana se colaba por las rendijas de la puerta. Giró la cabeza hacia el lado derecho y vio que su hermana sollozaba en sueños, abrazada a su madre. Nada de lo que había pasado era una pesadilla.

Se levantó. Necesitaba hacer algo. Tenía muy poco tiempo para enterrar a su madre. Cogió una pala casera que había fabricado su padre con un trozo de metal y salió fuera. Se alejó bastantes metros antes de empezar a cavar. Su madre le había pedido estar debajo del único algarrobo que había por los alrededores.

Metió la pala en la tierra húmeda y notó que se le resistía. No iba a resultar tan fácil hacer un hoyo grande. Sin embargo, con cada palazo que daba, advirtió que parte de la rabia salía fuera; soltaba un grito que le aliviaba.

Después de una hora cavando, Vicente consideró que el hoyo era lo suficientemente profundo como para que su madre descansara. Al entrar en casa, Clara estaba despierta. Se había sentado en el borde de la cama, junto a su madre, y tenía la mirada perdida. Vicente advirtió que algo no marchaba bien. Se arrodilló frente a ella, le levantó la cabeza hasta encontrarse con sus ojos vacíos y entristecidos. Ambos permanecieron un buen rato sin decirse nada.

―¿Cómo estás? ―preguntó finalmente Vicente.

Clara parpadeó, como si no hubiese entendido la pregunta.

―¿Quieres desayunar? ―Tras esperar unos segundos una respuesta que no llegaba, él continuó hablando. Se levantó y se acercó a la mesa―. Será mejor que comamos algo. ¿No tienes hambre? Yo sí, no como nada desde ayer a mediodía. Y tú tienes que comer. Estás creciendo. ―Suspiró al reconocer que estaba diciendo las mismas palabras que le decía su madre a su hermana―. Hoy no vas a ir al colegio. ¿Te parece bien que nos quedemos aquí?

Vicente se calló y sacó las dos magdalenas de la bolsa. El silencio resultaba demasiado abrumador. Suspiró. Si al menos tuviera algo de música, un MP3, un radiocasete, no tendría que escuchar sus pensamientos. Salió un momento fuera para tirar el agua sucia y llenar la palangana con la lluvia que había en un bidón de plástico. Cuando volvió a entrar, Clara se encontraba igual que la había dejado, con la mirada perdida y con las mejillas cubiertas de lágrimas.

―¿Qué te apetece hacer hoy? No hace falta que me lo digas ahora. Puedes pensarlo mientras desayunamos y después vamos donde tú quieras.

Tenía que hacer un gran esfuerzo por no dejarse vencer por el desánimo. Se dio media vuelta para no enfrentarse al gesto de amargura que tenía Clara. No podía sobrellevar también su dolor. Era demasiado. ¿Resultaba quizás egoísta por no pensar en ella, por no poder decirle que todo saldría bien? No quería mentir a su hermana y hacerle creer algo que no podría cumplir.

Cogió dos platos y repartió las magdalenas y las galletas. Los colocó encima de la mesa y se sentó en una silla. Aún permanecía abierto el yogur de fresa que le había traído a su madre. Se lo ofreció a Clara. Sin embargo, ella siguió inmóvil. ¿Cómo podía comunicarse con ella si Clara parecía haber desconectado de este mundo?

―A mamá le gustaría que te lo comieras.

Vicente le frotó los brazos para que entrara en calor. Tenía la esperanza de que aquello la hiciera volver a la realidad. Como no reaccionaba, le pasó las manos por las mejillas, aunque el resultado fue el mismo. Clara se encontraba en un estado de catatonia. Vicente permaneció quieto, pendiente de la respiración entrecortada de su hermana. Él le pasó los dedos por su cabello revuelto y terminó acariciando sus orejas y sus ojos. Notó que la respiración de su hermana se iba calmando, aunque no era suficiente. Clara se había empeñado en permanecer muda.

―Clara, por favor, no me dejes solo.

Entonces, Clara salió de ese estado en el que había permanecido desde que se marchó su madre y ladeó la cabeza para mirarlo. Se levantó, arrastró sus pies hasta la mesa y agarró el yogur para colocarlo al lado de su madre.

―Ella ya no se lo podrá comer.

Clara parecía no escuchar lo que le decía su hermano.