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Una pareja celebra su aniversario en Costa Rica, un lugar aparentemente tranquilo, pero con un secreto que se ha apoderado de este país tropical. En paralelo, Brittany y James, dos jóvenes investigadores reconocidos por su talento, son contratados para resolver un nuevo caso, la desaparición de un chico en extrañas circunstancias. Ninguno de ellos sabe que se enfrentan a algo que va más allá de la razón, un poder antiquísimo que se saldrá de control, involucrándolos a todos en una frenética y macabra aventura. Las reglas eran muy simples: no meterse con los frutos prohibidos, no enojar al dios del lugar. Acompaña a los detectives J&B en su búsqueda, el primer volumen de una saga que promete emociones y misterios a raudales.
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Seitenzahl: 107
Veröffentlichungsjahr: 2023
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J & B Detectives © 2022, Julián Gómez-Munita ISBN: 978-956-406-129-0 eISBN: 978-956-406-234-1 Primera edición: Octubre 2022 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en parte, tampoco registrada o trasmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mediante mecanismo fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo escrito por el autor.
Trayecto Editorial Editor: Aldo Berríos Diseño portada y diagramación: David Cabrera Dr. Sótero del Río 326 of 1003, Santiago de Chilewww.trayecto.cl +56 2 2929 4925
Imprenta: Donnebaum Impreso en Chile/Printed in Chile
1986, el año en que todo cambiaría
El vuelo
La llegada
Los frutos de la perdición
El funeral
La noticia
La inesperada visita
La carta
Los padres de Amy
Un descubrimiento que lo cambiaría todo
El juicio
El novio de Marta
Un nuevo descubrimiento
Alena
El plan
Un final feliz, pero ni tanto
—¡Mujer! —exclamó el mecánico, exasperado—. ¿Ya está lista mi comida?
—Ya casi —respondió Amy, estresada.
Siempre era la misma situación, se la pasaba cocinando y cuando a Marcelo se le ocurría tener hambre tenía que apresurarse para que no se enojara con ella.
Mientras ella preparaba la cena, Marcelo armaba las maletas para su viaje. Era una fría y extraña noche de verano, es verdad que se encontraban en la helada ciudad de Vancouver, pero esa noche estaba a una temperatura inusual para la época, menos cinco grados centígrados. Irían a celebrar su quinto aniversario a Costa Rica, en busca de un poco de calor.
—¡Marcelo! —lo llamó Amy unos minutos después, con notable tono de molestia—. Ya está servido.
Marcelo bajó rápidamente las escaleras, generando un ruido de galopeo, como el que hacen los caballos al correr. Al llegar al comedor, no se encontró con nada más que los profundos y expresivos ojos de su esposa. Con el azul cristalino que los hacía ver como si fueran de vidrio, miró a Marcelo con enojo.
Marcelo se sentó en la cabecera de la mesa y probó los recién servidos tallarines que le había hecho su pareja.
—Gracias, amor —dijo después de un rato, cuando la comida ya lo había saciado y se había dado cuenta de lo pesado que se ponía antes de comer—. En verdad a veces soy un imbécil, perdón. Déjame decirte que está riquísimo, ¿lo pondrás en las opciones de la carta?
—Las cosas que se te ocurren —dijo Amy irónicamente—, obvio que no. Aparte, no te vengas a hacer el simpático ahora, vas a tener que aprender a controlar tu genio. Te conformas con preparaciones simples.
Bellamonte era el nombre del restaurante de Amy, un reconocido lugar de comida exclusiva, ya saben, para ricos y turistas que estuvieran dispuestos a pagar los desorbitantes precios.
—Es que en Argentina no es fácil la situación —replicó Marcelo—. La comida se agradece, aunque sea mala.
La migración de Marcelo desde Argentina a Canadá había sido difícil. Después de esforzados años, pudo sacar la ciudadanía canadiense y trabajar legalmente. Desde que llegó a Canadá, se había dedicado a arreglar autos a un precio muy bajo y de manera ilícita, viviendo miserablemente. Para su suerte, al tener la ciudadanía logró postular a distintos trabajos de mano de obra, y con unos cuantos cursos, logró convertirse en mecánico y trabajar con contrato para un pequeño, pero concurrido taller en donde reparaba distintos tipos de maquinaria.
—Bue —dijo Marcelo efusivamente, sirviendo un costoso vino en las finas copas de cristal de él y su esposa—, hagamos un brindis por nuestro aniversario y la celebración que se viene.
Amy dejó la amargura que le producían los episodios de hambre de su esposo y levantó su copa. Chocaron suavemente los cristales, lo que generó un satisfactorio ruido y bebieron del dulce vino.
Así siguió la cena y llegó el momento del postre, que era una torta de merengue con frambuesa, la favorita de Amy, que Marcelo había pasado a comprar y la sirvió a modo de sorpresa.
—Sabés que te amo, ¿no? —preguntó Marcelo, ya medio borracho—. Yo sé que a veces soy un bruto, pero te quiero demasiado. No te imaginás todas las emociones que despertás en mí cuando veo tus ojos claros. Esa paz y tranquilidad son lo que me motiva todos los días a trabajar y esforzarme, todo sea por nosotros. Y no sabés la alegría que me da llegar a la casa y encontrarte ahí, leyendo una de esas estúpidas revistas de belleza o probando recetas nuevas.
—Awww —replicó Amy, conmovida—. Si cada vez que te pones idiota me das un discurso así, te tolero las pesadeces.
—Y eso no es todo. —Marcelo sacó de su bolsillo un collar conformado por una cadena de plata con una gran amatista—. Busqué y busqué, necesitaba encontrar algo que estuviera a tu altura. Esta bella piedra preciosa con su color morado contrasta perfectamente con vos, con tus azulinos ojos.
Marcelo se puso detrás de ella y le colocó el collar. Amy estaba muy emocionada, no podía creer que Marcelo hubiera sido tan considerado. Podía sentir sus ojos humedecidos. Se dio media vuelta y comenzó a besarlo. Una cosa llevó a la otra, y pasaron esa noche juntos. Lo único que no sabían es que esa sería su última velada feliz.
En paralelo, James, un chico de unos quince años, estaba camino al aeropuerto. Mientras se dirigía hacia allá, pensaba en su reencuentro con una vieja amiga.
“Brittany”, se dijo a sí mismo mientras recordaba cómo la había conocido.
Su primer encuentro se remontaba a un año atrás, cuando una familia necesitaba resolver un enigmático caso de manera urgente. Este se dio en Miami, ciudad donde vivía James, por lo cual, aunque fuera un niño, había conseguido fama de ser un buen detective, ya que había resuelto otro caso antes e incluso había salido en el periódico como niño prodigio. Esta familia había sido, por decirlo, “el primer caso serio de James”, que en ese tiempo tenía catorce años. Esta familia estaba desesperada, por lo que también contrataron a una famosa detective y forense inglesa llamada Brittany. La familia Smith estuvo muy agradecida después de que los detectives resolvieran el caso. Al igual, Brittany y James se dieron cuenta de que juntos hacían un buen equipo, pues resolvieron ese caso rápidamente. Por esta razón, comenzaron a trabajar juntos en crímenes que ocurrían en todo el mundo.
Y así fue que, en este caso, tuvieron que viajar a Costa Rica para poder resolverlo. James había llegado al aeropuerto con dos horas de anticipación, pero esto no sirvió de nada, ya que el vuelo se retrasó cinco horas. Estaba muy enojado y preocupado, ya que tenía que llegar pronto a Costa Rica para comenzar a resolver el caso. Las desapariciones y muertes no podían esperar.
—¿Qué pasó con el vuelo? —preguntó James, furioso—. ¡Voy atrasado!
—Lo lamento, señor —respondió la recepcionista, disculpándose—. Su vuelo tuvo un problema: una señora se cayó de la manga que conectaba el avión con la plataforma en el aeropuerto de salida. Tuvieron que ayudarla, por eso el retraso. El avión viene recién a mitad de camino, viene desde Chile y ese país queda bastante lejos, a unas diez horas de viaje.
—Entiendo —dijo James, calmándose—, pero deberían tener algún protocolo en estos casos. Tengo cosas importantes que hacer allá y esto me va a traer problemas.
—No puedo hacer mucho más, señor.
—Descuide, no es culpa suya. —James no tuvo más remedio que ir al café del aeropuerto a aguardar por el vuelo. Estaba molesto, pero sabía que no había nada que pudiese hacer al respecto.
Para ese entonces, Brittany ya había llegado a Costa Rica y lo único que pudo hacer fue esperar a James con una sonrisa, conociéndolo.
La noche de la celebración de Amy y Marcelo no solo fue fría, sino que se tornó oscura. Una gran tormenta azotó Vancouver esa noche, inundando la ciudad y dejando varios focos de luz sin funcionar. En la mañana todo estaba hecho un desastre. La ciudad estaba anegada y había accidentes automovilísticos por todas partes. Marcelo, preocupado, llamó desde su moderno teléfono fijo a la aerolínea en la cual viajaban.
—Yo lo que quiero saber es si mi vuelo va a salir —exclamó Marcelo con miedo de haber perdido su tiempo y dinero.
—No se altere, señor —respondió la secretaria, agitada—. Todos los vuelos de nuestra aerolínea saldrán.
—¿Hay posibilidad de cambio o devolución? —preguntó el mecánico—. Mi esposa está preocupada y le da temor viajar así.
—Lamentablemente, no —replicó la secretaria.
Marcelo colgó el teléfono, furioso. Fue a la pieza y miró con sus ojos verdes a Amy. Se sentía culpable, sabía que a ella no le gustarían las novedades.
—¿Qué te dijeron? —preguntó la cocinera.
—Lo siento —respondió su marido, acongojado y a la vez decidido—. No devuelven la guita.
—Lástima… —Amy no se veía para nada feliz, pero quiso ser comprensiva.
—Invertí mucha plata en este viaje, Amy. Tendremos que ir.
Tomaron un taxi hasta el aeropuerto. En el camino pudieron visualizar un montón de accidentes e incendios provocados por la tormenta, que ya se había tornado eléctrica. Era una clara advertencia de que no debían tomar ese avión, pero pasaron al área internacional del aeropuerto y siguieron todos los protocolos.
No le prestaron atención al mal presagio, ya estaban en pleno vuelo cuando sintieron que iban rumbo a su fatal destino.
Amy y Marcelo aterrizaron el día 14 de julio en San José. Ellos irían a Tortuguero, “el Amazonas de Costa Rica”, por lo que, cuando llegaron, un pequeño bus los esperaba para llevarlos. Llegaron a un puerto en el que tenían que subirse a un barquito para cruzar el canal que había en la entrada de la ciudad. Su hotel estaba al otro lado de los canales. Se subieron a un pequeño barco azul llamado “Sibú”. A Amy le causó curiosidad el nombre y le preguntó a Marcelo si sabía lo que significaba. Él le dijo que no tenía idea. Amy y Marcelo se acercaron al guía y le preguntaron lo mismo. El hombre se presentó: su nombre era Leónidas, pero les pidió que lo llamaran Leo. Era un señor de unos 55 años, calvo y de estatura muy baja.
—Sibú es el dios de la naturaleza —respondió Leónidas—, el hijo de un águila y de una serpiente. Cuenta la leyenda que su esposa, Cacao, fue cruelmente asesinada por otro dios y que desde entonces Sibú se convirtió en un dios bastante sombrío. Yo ni siquiera lo mencionaría.
—¿Y vos creés en eso? —preguntó Marcelo, riéndose.
—Claro que sí —respondió Leónidas—. Igual no le recomiendo reírse tanto, Sibú podría estar viéndolo.
Los turistas, al escuchar esto, solo se rieron del anciano y se fueron a sentar. Luego comenzaron a hablar mal de Leo, diciendo que estaba loco y que debería ser llevado a una clínica psiquiátrica, todo con la intención de que él los escuchara y se sintiera mal. La verdad era que todos se burlaban de otras culturas, especialmente Marcelo.
—Perdónalos, Sibú, esos lamentables estúpidos no saben de qué se ríen… —murmuró Leónidas en un tono bastante severo.
En el recorrido por los canales, supuestamente iban a ver mucha flora y fauna. La vegetación apareció por todos lados, pero no había animales. A Marcelo y Amy no les dio rabia, ellos solo se reían e imaginaban que era una selva de plástico. Todo se veía demasiado quieto.
Mientras tanto, James aterrizaba en San José. Él se juntaría con Brittany en un hotel en Manuel Antonio, un parque nacional y una playa repleta de palmeras y árboles. En cuanto salió del aeropuerto, tomó un bus que lo llevó hasta allá. Fue un viaje tranquilo y más bien silencioso. Lo único que le causó curiosidad y risa fue que los monos se robaban la comida de los turistas.
Cuando llegó al hotel, Brittany lo abrazó y lo regañó por haber llegado tarde. James solo pudo decir que no fue su culpa, sino que el avión se había atrasado. Después que James se instalara en la habitación y ordenara sus cosas, ambos fueron a la casa de la persona que los había contratado para resolver este misterioso caso. Llegaron a un bello condominio con enormes y lujosas casas. Buscaron la número 14. Cuando la encontraron, se quedaron asombrados. Era una casa de cuatro pisos, tenía paredes de cuarzo y puertas de cenízaro. Tocaron el timbre y la señora Rosita Jiménez les abrió la puerta. Ella había contratado a Brittany y a James para resolver este caso. Los invitó a pasar y les ofreció algunos dulces. Lo que tenían que resolver era la desaparición del primo de la señora Jiménez.
—Señora Jiménez —se dirigió Brittany a la dueña de casa—. ¿Podría explicarnos exactamente qué está pasando? Necesitamos más información.
