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Seis macabros asesinatos rituales, el último: Ménage à Trois. Carlos, agente especial del CNI, decide involucrarse en contra de la opinión de sus jefes. El camino allanado por la medicina forense le llevará inicialmente hasta una peligrosa secta de carácter global. Pero esto será sólo el principio… Junto con la cubana Velli González, agente especial del FBI, se verá involucrado en una inquietante trama internacional que terminará uniendo sus destinos. Un comando de élite de las fuerzas especiales de los Navy Seals ha localizado y asesinado a Osama Bin Laden. Desde el corazón del mundo islámico, se prepara el mayor golpe jamás realizado con el fin de establecer un nuevo orden mundial. De los mil quinientos millones de musulmanes que habitan el mundo sólo un 15% es de origen chií. Si Irán no actúa rápido perderá la hegemonía de la yihad mundial a manos de sus enemigos ancestrales, los sunníes del Estado Islámico. El califato y sus banderas negras se extienden día a día a golpe de conquistas. Los ayatolás tendrán que utilizar toda su inteligencia para vencer a la vez a sus dos enemigos. Sunníes y Occidente. Sus pretensiones, borrar de la faz de la tierra al Estado de Israel por medio de un virus letal, y someter a Occidente bajo el chantaje de provocar una pandemia imparable a partir de la recuperación del mayor asesino en serie de la historia de la humanidad, la Gripe Española de 1918, «Spanish Influenza». En la era de la globalización del bien y del mal su maquiavélico plan necesitará de la implicación de estados, multinacionales, grupos islamistas y sobre todo: Al Qaeda y sus durmientes. Una trepidante partida de ajedrez, entre chiíes y sunníes, entre yihadistas y cruzados, con la geopolítica como tablero y la navidad cristiana como marco. El Rey cruzado se encuentra amenazado de sufrir jaque mate, si perece, los hijos de Alá gobernarán el mundo.
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Veröffentlichungsjahr: 2018
Índice
Índice
Prefacio
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo IX
Capítulo XII
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Capítulo XV
Agradecimientos
Primera edición, abril de 2015
© Luis Salvador García, 2015
© Última línea, S.L., 2015
Oficina central:
Luis de Salazar, 5
28002 Madrid
Oficina de maquetación y diseño:
Strachan, 11
29015 Málaga
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Ilustración de cubierta: Maria Fe Peinador García
Maquetación: Avant Editores
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com)
ISBN: 978-84-16159-21-5
IBIC: FJM , JPWL2
Todo lo descrito y las hipótesis planteadas en esta novela son absolutamente verosímiles por difícil que cueste creerlo. De ello dan fe los profesionales de primera línea nacional y mundial en los que me he apoyado y de los que he aprendido mucho durante este tiempo.
Describir la realidad hoy es el mejor thriller posible.
Prefacio
LLANTO POR EL MEJOR MUYAIDÍN
Al principio del día todo el mundo sabía hacia dónde dirigirse para emplear su dedicación, con la caída del sol tocaba retirarse a descansar o, al menos, invertir el tiempo en la familia o en uno mismo. El bullicio diurno dejaba paso a la anarquía relajada propia de la finalización de los quehaceres diarios. En Abbottabad, ciudad norteña de Pakistán, sus más de cien mil almas se encontraban ya en esa encrucijada.
Era curioso contemplar la escena de un grupo de soldados jubilados, debatiendo sobre tácticas militares y batallas pasadas, con un ramillete de jóvenes estudiantes de la academia militar que se encontraban ya fuera de hora, aunque fuese su día de permiso. Y justo en la mesa de al lado se hallaba Hamid, dueño del local donde se encontraban, compartiendo té con su amigo Faruk. Ambos se conocieron y cultivaron su amistad siendo discípulos en la misma madrasa. A Faruk no le importaba que Hamid se hubiese apartado de la primera línea del fervor religioso y regentase ahora este populoso negocio. Faruk era más parco en el verbo cotidiano, salvo cuando hablaban de religión, momento en el que abandonaba su lado más reservado para irrumpir en su personalidad una fulgurante pujanza interior que solo se dejaba entrever a través del brillo de sus ojos.
Habitualmente a esa hora Hamid se daba un pequeño respiro mientras alguno de sus dos empleados, a los que pagaba con comida y alojamiento, atendía a la clientela que hubiera en ese momento, para que los dos amigos pudieran charlar distendidamente. Por lo demás, la conversación caminaba por los mismos derroteros intrascendentes de otros días, hasta que el sonido de una explosión a distancia alteró ligeramente a los presentes. La reacción de Hamid fue sonreír al tiempo que movía expresivamente sus brazos como lo haría un director de orquesta para musicalizar ese ruido bronco, Faruk no pareció seguirle en la broma y su mente intentó digerir el incidente hasta trivializarlo. Era la una y ocho minutos hora local.
La televisión de Abbottabad en un principio dijo que todo se debió a prácticas militares, algo que no extrañó a nadie por la nutrida presencia del ejército destinado en ese punto geográfico de la región de Hazara que de antiguo fue parte de la ruta de la seda.
Con la llegada de una segunda explosión la electricidad se cortó. Ahora era común manifestar la extrañeza mostrada anteriormente y casi en exclusiva por Faruk, quien entonces fruncía el entrecejo al tiempo que su mano derecha, presa de un ataque de nervios, derramaba el té del vaso que sujetaba. A Hamid le sorprendió por igual la reacción preocupada de su amigo, como los propios hechos que estaban acaeciendo. Y a punto estaba de preguntar a qué se debía esa inquietud que mostraba su amigo, cuando el estruendo de una tercera explosión rompió cristales y vasos haciendo temblar las paredes. Ahí Faruk, incapaz de contenerse, irrumpió a llorar siendo el único que parecía ser consciente de lo que estaba sucediendo.
Los demás, salvo Faruk que no levantaba la mirada del mismo suelo que iba regando de lágrimas, observaban cómo dos helicópteros se perdían por el cielo alejándose a la máxima velocidad posible con el inconfundible sonido de sus rotores de cola. Daba igual que hubieran pasado solo siete minutos desde la primera explosión y que la electricidad hubiera vuelto. La situación era tan extraña que los pocos que aún quedaban allí optaron por marcharse rápidamente a sus casas. En minutos solo quedaron Hamid, su empleado y Faruk que mascullaba entre dientes palabras ininteligibles. Hamid decidió no preguntar y esperó como el resto de la población a que la verdadera noticia lo asaltara, entrada ya la madrugada.
A miles de kilómetros de distancia, diez años llevaba el pueblo americano deseando escuchar esta alocución de su presidentesintetizando en sus primeras palabras lo ocurrido: «Esta noche puedo informar al pueblo estadounidense y al mundo que Estados Unidos ha llevado a cabo una operación en la que ha muerto Osama Bin Laden, el líder de Al Qaeda y terrorista responsable del asesinato de miles de hombres, mujeres y niños inocentes».
En la alocución del discurso empleó varios minutos más, en los que realizó la valoración de la actuación del comando de las fuerzas especiales de los SEALS que detectó y abatió a tiros al líder de Al Qaeda. El búnker al que accedió esta unidad de élite, estaba protegido por espesos muros de seis metros de altura rematados con alambre de espino, disponía de dos puertas de seguridad. De nada sirvió a quienes moraban allí no disponer de conexión telefónica y de internet con la intención de hacerlo indetectable. Los mismos que trasladaron después su cadáver al portaavionesUSS Carl Vinson lo lanzaron a alta mar. Había que evitar, a toda costa, que su sepelio en tierra firme sirviera en el futuro como reclamo y peregrinación del yihadismo radical.
Mientras en las plazas de medio mundo, se sucedían las reacciones de vencedores, los más, y vencidos, los menos. Pero todos escucharon con el mismo interés las últimas palabras del presidenteque había dado luz verde a la operación militar que provocó el desenlace: «Es un gran día para América, el mundo es más seguro y mejor a causa de la muerte de Osama Bin Laden». Concluyó henchido de satisfación, tanta como ira denotaban los ojos de Faruk atrapados, en sus pensamientos. Había dejado de llorar y hasta parecía mostrar una leve sonrisa.
Capítulo I
MENÁGE À TROIS
La noche estaba llegando a su punto álgido empujada por la música del disc-jockey que incitaba claramente al desenfreno. Sobre lo alto de una plataforma con forma de cubo una pareja de travestíes se retorcía con sensualidad. Sus pechos cubiertos de cadenas brillantes se rozaban sin cesar y los bultos en sus pantalones cortos y ajustados eran prominentes. El sudor barnizaba sus cuerpos, dotándoles de un aspecto lascivo. Debajo del improvisado escenario se mezclaban bailes, roces e insinuaciones entre parejas de todo tipo. El local de ambiente estaba llegando a la sublimidad que sólo la magia de la complicidad de almas es capaz de alcanzar. Todos los presentes ejercían de actores de la noche granadina.
Allí nadie se preocupaba del qué dirán, sino de exprimir el presente para no agobiarse con el futuro. El humo, las copas y la lujuria se sumaban a la sensación de libertad que motivó a una pareja de adolescentes, entonados por el alcohol y el clima de sensualidad, a salir al exterior para buscar un lugar más retirado donde poder desahogarse.
Al abandonar el local, les sacudió un hálito de aire fresco. Se miraron sin decirse nada, hasta que la mano del chico se posó en la cintura de ella. La ansiedad le impidió articular palabra y temía que su conquista se echase atrás en cualquier instante. Sin dudarlo un segundo empezó a guiar a la muchacha por las calles de la ciudad buscando la soledad de la Plaza de la Trinidad. Pero la suerte no se vendía barata. Litronas, jóvenes y unos cuantos desheredados de la noche ocupaban los bancos públicos impidiéndoles encontrar la intimidad necesaria.
Decidieron entonces encaminarse por Cárcel Baja. Lo que movió al chico a fantasear sobre la posibilidad de compartir celda con ella. Y, al sentirse observado por la sobriedad majestuosa de la catedral, pensó que el espacio de un confesionario sería suficiente. Pronto volvió a la realidad. Como seguían sin encontrar el cobijo de un lugar semioscuro e íntimo, continuaron andando sin notar siquiera el viento gélido de Sierra Nevada. Deambulaban ausentes entre una marea de gente que avanzaba en dirección contraria a la suya.
Sin rebajar un ápice la excitación, llegaron hasta el Paseo de los Tristes, a los pies de la Alhambra. La calle seguía repleta de gente y la urgencia era ya demasiado grande. Como no tenían casa donde ir o, por lo menos, a lo que iban, siguieron buscando con ansiedad el sitio preciso. Cruzaron el puente del Rey Chico y bajaron por la pequeña vereda terrosa que conducía a la orilla del río. Avanzaron hasta situarse debajo del pequeño puente. Arriba, ajenos a ellos, grupos de jóvenes se agolpaban en el muro protector de chapuzones indeseados.
A pesar del calor del mes de junio, la humedad les había calado hasta los huesos. Pero era ahora o nunca y, ante esta decisión, los dos lo tenían claro. El chico empezó a acariciarla por encima del vestido, sintiendo su piel como si no existiese la gasa fina. Descendió por la espalda, recorrió su cintura y se detuvo en el glúteo. El hilo del tanga marcaba dos redondeces perfectas y armoniosas, que recibían con entusiasmo sus caricias. Las manos de ella no podían estar quietas, se enredaban en su cabellera para atraerlo con fuerza hacia el laberinto de su boca. Era una guerra cuerpo a cuerpo, en la que no habría vencedores ni vencidos.
Lentamente le subió el vestido hasta la cintura. Mientras la chica se peleaba con el cinturón, él indagaba con su lengua húmeda los recovecos del cuello de su amante. Ella logró desabrochar los botones que celosamente guardaban al prisionero que, deseoso de iniciar su fuga, no tardó en posicionarse ante el túnel húmedo que se le ofrecía. Pero como si hubiese olvidado algo, iba y venía sin decidirse a entrar. La pelvis de ella lo atraía para que no se echase atrás y él sucumbió ante sus encantos adentrándose en una gloriosa perdición.
Cada envite era superior al anterior y tal era la fogosidad empleada que buscaron una postura algo más cómoda, sin perder intensidad en la acción. Solapados se recostaron sobre la hierba. Con tanto frenesí, no percibieron lo abultado del terreno bajo el cuerpo de la muchacha y menos ahora que el clímax llegaba a su fin. El muchacho se desbocó, la chica le pedía más, y pocos segundos después, un torrente de efluvios, emanados de la culminación del deseo, cimentó la pasión entre ambos cuerpos.
Ahora ya sólo escuchaban sus jadeos decrecientes y el ruido del agua al sortear las piedras y guijarros que se encontraba a su paso. Como suele suceder cuando se trata de sexo y no de amor la chica empezó a sentirse incómoda por el peso del muchacho y por el terreno irregular en el que se habían tumbado. Con un brazo enroscado al cuello de su pareja, apoyó su otra mano en el suelo para levantarse al mismo tiempo que lo hacía el muchacho. Pero cuál fue su sorpresa cuando notó que había apoyado la mano sobre otro miembro masculino muy distinto al de su amante, que era fuerte y erecto aún después de terminada la acción. Con cierta perplejidad palpó de nuevo para estar segura de lo que realmente estaba tocando. Y cuando se dio cuenta de tener un cuerpo inmóvil yaciendo inerte a su espalda, gritó y gritó hasta caer desmayada.
El juez y el médico forense tardaron un par de horas en llegar y hacer el levantamiento del cadáver. Durante esa espera y tras activarse el dispositivo del 091, la policía acordonó el escenario de ese descubrimiento macabro y morboso. A escasos metros, el conductor de la ambulancia esperaba despreocupado las indicaciones para llevar a cabo su trabajo. Mientras, los destellos intermitentes y multicolores de los vehículos policiales ambientaban el descampado de las inmediaciones.
En la otra orilla del río Darro el panorama era bien distinto. En esos momentos concentraba a los universitarios que buscan a diario el desahogo y las oportunidades que la noche suele ofrecer. Los garitos emanaban aroma de desinhibición estudiantil. La noche granadina también atraía a otros no tan jóvenes, pero con el mismo espíritu de diversión nocturna. A fin de cuentas todos eran tan noctámbulos como los mismísimos discípulos de Nosferatu, pero con más ganas de juerga. El morbo que dispara la muerte, capaz de alentar mil y una historias urbanas, provocó que muchos saliesen de los bares con la presteza de un simulacro de emergencia. Parecía que se dirigían a un concierto gratuito, acelerados, expectantes y con la copa en la mano.
Poco rato después, cerca de las tres de la madrugada, sonó la melodía de My Way en el Iphone de Carlos. Estaba tan enfrascado en la lectura de El Afgano, de Frederick Forsyth, que apuró unos segundos más antes de abandonar la lectura en su Kindle y contestar la llamada.
—¡Dime Alex! ¿Qué pasa? Debe ser algo grave para que me llames a estas horas.
—Disculpa la hora. ¿Espero no estar interrumpiendo algo interesante? —ironizó e hizo una pausa.
—No te preocupes. Ya sabes que por suerte, no todos somos iguales —contestó con sorna—. No podía dormir y había decidido leer un rato. ¿Qué sucede?
—Tu predicción se ha confirmado. Si la información recibida es correcta, acaba de aparecer un sexto cadáver.
Tras esta revelación se produjo un breve silencio.
—¿Estás seguro?
—Me acaba de llegar la información y tiene toda la pinta de estar relacionado. En unas horas le harán la autopsia y tendremos los resultados. El forense ha certificado la muerte como «violenta y con claras evidencias de criminalidad». No hay novedad en el patrón: pupilas abrasadas, yemas de los dedos, de manos y pies, sin dermis por abrasión con ácido y una estrella de David marcada en la frente con algo candente. En fin, como los otros. En lo demás, todo similar: pelo moreno, complexión normal, entre cuarenta y cincuenta años mal llevados, sobre uno setenta y cinco de estatura.
—¿Estaba desnudo?
—¡En pelotas! Y no llevaba nada encima. Ni objetos personales ni documentación. Tampoco se sabe cómo lo han dejado ahí. Pero por el aspecto del cuerpo, parece claro que no llegó andando.
—¿Y el tatuaje? —inquirió Carlos con interés.
—Parece ser que sí lo tiene.
—¿Cómo que parece ser?
—Me intentaré explicar. No lo mencioné antes porque está pendiente de confirmación.
Todos los cadáveres tenían en común un tatuaje de una reina de ajedrez clásico de un centímetro de alto ubicado en el mismo lugar.
—Puede ser que éste también lo tenga, y justo en el mismo sitio, detrás de la oreja izquierda.
—¿Por qué no terminas de aseverarlo?
—Porque en la zona habitual del tatuaje también falta un trozo de dermis, como sucede en las falanges de manos y pies. Pero esta vez el desgarro parece haberse producido por una roca filosa que sobresalía del suelo.
—Entonces imagino que habrán encontrado restos de sangre en esa piedra.
—¡No! Al estar junto al río el terreno está húmedo y con pequeñas filtraciones de agua, que han debido hacer un drenaje natural que haya limpiado los posibles restos de piel y sangre que pudieran haberse adherido a la roca. En cualquier caso, lo están comprobando. Lo mismo que están mirando si la pequeña mancha situada en la piel junto a la zona desgarrada formaba parte del supuesto tatuaje. Lo están verificando en el laboratorio de la policía científica.
Que fuese en este cuerpo donde el azar había querido detener su capricho, podía ser la señal que marcase el camino para desvelar el misterio de tantas muertes sin explicación.
—Lo que no me has contado es el lugar donde ha aparecido.
—En Granada. Debajo de un puente junto al lecho del río Darro.
—¿Por dónde cae? ¿A las afueras? —preguntó Carlos pensando que nadie va por ahí transportando un muerto a la vista de la gente.
—No precisamente. Ese lugar es un sitio que podemos considerar céntrico y concurrido. Situado en la Granada mora, entre la Alhambra y el Albayzín.
Alex conocía bien Granada de su época de estudiante en la Facultad de Derecho. Recién licenciado fue reclutado por el Centro Nacional de Inteligencia y se instaló en Madrid. Ahora este asesinato volvía a unir su destino a la ciudad de sus correrías estudiantiles. Al tiempo que escuchaba, Carlos intentaba dibujar en su mente un mapa de la escena.
—Sería bueno que comprobaseis si hay cámaras de seguridad por la zona. Si es un sitio turístico también es posible que algún friki internauta tenga instalada una webcam por la zona.
—No sería la primera vez.
—Llámame cuando tengas los resultados del análisis genético, e intenta que comprueben si su ADN aparece en la base de datos de desaparecidos —continuó Carlos recordando a Alex sus deberes, sabiendo ya de la inexistencia de documentación junto al cadáver y de la imposibilidad de realizar análisis dactilares.
—En cuanto reciba la información te estaré llamando. Ojalá con éste tengamos más suerte que con los anteriores.
—Que así sea querido Alex. ¿Causa de la muerte? —preguntó a continuación.
—El ensañamiento con el cuerpo forma parte del mismo ritual. Parece claro que no ha fallecido a causa de las heridas. No es muy descabellado pensar que haya muerto por asfixia o estrangulamiento.
—¿Horas que lleva muerto?
—Estaba frío, con livideces por todo el cuerpo. No sabemos todavía el tiempo que llevaba allí. Claro que, tal como fue encontrado, debería haber estado más calentito —mencionó Alex en voz alta.
—¿Qué quieres decir?
—Mañana cuando te entregue el informe lo entenderás todo. Sólo te daré una pista: la policía lo acaba de bautizar como Ménage à trois. Y te garantizo que el nombre hace honor a su descubrimiento.
—¿Y es trascendente para la investigación?
—No. Para nada.
—Vale. Ya me cuentas. Descansa que mañana nos espera un día intenso.
Decidió no pensar más en ello y esperar al informe. Se acercó a la cocina a dejar la infusión que ya se había enfriado y aprovechó para salir a la terraza a observar la ciudad, ahora que estaba desnuda y sin gente. La altura del ático céntrico donde vivía le provocaba un poco de vértigo y de atracción a la vez. Faltaban pocas horas para que amaneciese por lo que decidió volver a la cama a dormir un poco. El sexto cadáver y todos en Andalucía —se dijo para sí antes de dejar caer definitivamente los párpados.
Tras dormir unas horas, el forense acompañado de su equipo entraba en la sala de autopsias, dispuesto a emplearse a fondo con su nuevo paciente. Los signos atroces de ensañamiento que mostraba Ménage à trois y el hecho de haber aparecido desnudo en un lugar tan recóndito, despertaba muchos interrogantes. ¿Cómo le habían llevado hasta allí, tortularle y desnudarle, sin que nadie viese nada?
No existía a quien notificar su estancia en ese motel transitorio, cruce de caminos entre el cielo, el purgatorio y el infierno. Nadie pagaría tampoco por su alojamiento, ni pediría el libro de reclamaciones por alguna queja airada del huésped. El cuerpo no había sido reclamado ni se había denunciado su desaparición. Como no existían familiares contaminados por la histeria y el dolor no había tanta urgencia en conseguir resultados. Sin familia influyente presionando ni herencia de por medio, la policía podría trabajar sin agobios. Ménage à trois, por no tener, no tenía ni siquiera pertenencias. Del desconocimiento de su identidad, propio de un pobre infeliz, nacía el resorte que conducía al interés de desentrañar este enigma.
El forense se sorprendió al ver entrar al juez instructor por la puerta de la sala, dado que siempre enviaba al primer funcionario de la policía judicial que tuviese a mano para sustituirle. El médico no sabía que los ciento cincuenta kilos de juez habían recibido la llamada intempestiva de un alto cargo del CNI, acompañada de la orden de que pusiera todo su interés en este caso. El equipo forense había planificado y cuidado todos los detalles de la autopsia para evitar que Ménage à trois pudiera darles alguna sorpresa. Seguir la secuencia tipo de las acciones de la autopsia era muy importante para no omitir después ningún detalle en el informe. Para explicar ahora todo lo que Ménage à trois no pudo contar en vida, necesitaba un profesional que fuese más allá del frío, metódico y rutinario trabajo. Antes de comenzar, este diagnosticador de muertes, se puso mascarilla y guantes y se dirigió a la camilla donde estaba el cuerpo.
La inspección externa no resultó especialmente compleja dada la nitidez de las lesiones existentes. Después realizó una biopsia para comprobar si existía o no el famoso tatuaje, que tanto interesaba al CNI. El cuerpo no presentaba mugre adherida a la piel, propia de quien elude permanentemente el agua y el jabón. Siendo su nivel de higiene mucho más que aceptable. Parecía mentira que hubiese aparecido desnudo junto al cauce del río, sin que los microorganismos e insectos propios de ese ecosistema hubiesen tomado acomodo en las distintas oquedades de su organismo. Lo que indicaba que el cuerpo no llevaba ahí muchas horas.
El mozo de autopsia facilitó al forense la sierra eléctrica con la que se puso manos a la obra iniciando el examen interno. Pocas sorpresas, salvo la escasa resistencia que ofrecieron las costillas de Ménage à trois que en una persona de unos cuarenta años, como aparentaba él, debería haber sido mayor. La primera hipótesis a despejar será conocer si esta carencia era fruto de una osteoporosis de origen no determinado, que habría alterado la edad cronológica de su costillar. La toma de muestras fue tan completa y minuciosa como era habitual. Fueron unas horas de trabajo intenso, donde la biblioteca corporal de Ménage à trois había sido completamente inspeccionada. Ahora sólo faltaría digitalizarla y pasar toda la información a un informe detallado que incluiría las consideraciones técnico-legales y el resultado de la necropsia. De este modo, los investigadores podían empezar a buscar el camino directo hasta los culpables.
Capítulo II
LA PERLA PERSA
La meseta central iraní alberga la belleza natural de Ispahán. Ciudad fiel heredera del legado artístico y cultural del país, que se veía ensalzada por el contraste de la llanura desértica sobre la que se eleva el espectacular enclave montañoso que atentamente la observa. Nadie, como los safávidas, enalteció el arte iraní a unas cotas tan altas. Y la familia de los Shah protegió y dio a conocer el amplio espectro de ese arte. Fue Shah Abbas quien otorgó mayor luminosidad al esplendoroso arte safávida, con la creación de su joya particular: la ciudad de Ispahán. En esta gema de Oriente, Shah Abbas estableció su capital convirtiéndola en una de las ciudades con más realce de finales del siglo XVI.
Tras la reunión celebrada meses atrás en la antigua residencia de los Shah, en el palacio Ali Qapu, Ispahán podía volver a ser un símbolo glorioso para Irán y el mundo musulmán. En ese encuentro, los guardianes de la fe del mundo islámico adoptaron una decisión que iba a condicionar no sólo la estabilidad de la región sino la de todo Occidente, promoviendo un nuevo orden económico donde la tierra ya no girase al son de los caprichos y veleidades de los Estados Unidos de América.
La coyuntura internacional proporcionaba motivos para pensar que ahora sí se daban las condiciones para redefinir la ubicación de las piezas del tablero del poder mundial: La economía de Occiente, incluyendo a gran parte Europa y a los Estados Unidos, estaba herida de muerte desde que la crisis de las hipotecas subprime en Estados Unidos provocase un efecto dominó de consecuencias desastrosas. Altos niveles de deuda esclavizaban a estados poniéndolos a los pies de los mercados. Grandes tasas de desempleo amenazaban con estallidos sociales de consecuencias impredecibles. Gobernantes engullidos por un tsunami electoral que iba derrocando a los gobiernos gestores de esta crisis. Pérdida de legitimidad social creciente.
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