Juan y sus sombras - Alfonso Orejel - E-Book

Juan y sus sombras E-Book

Alfonso Orejel

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Beschreibung

Las vidas de Juan y su familia transcurren apacibles en una casona de Sinaloa. Sin embargo, sus rutinas se ven alteradas por sucesos extraños e inexplicables. Al principio, son insignificantes e incluso pasan desapercibidos, pero se van intensificando hasta crear una atmósfera agobiante. La historia de esta familia similar a muchas que habitaban el norte de México en los años sesenta y setenta - narrada con un estilo realista que describe sus ambientes y costumbres- da un giro que revela las tétricas causas de esos enigmáticos eventos, que sólo soportarán los temperamentos más audaces.

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Seitenzahl: 180

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Orejel, Alfonso

    Juan y sus sombras / Alfonso Orejel. – México : SM, 2021 Primera edición digital – Gran Angular

ISBN : 978-607-24-4313-6

1. Novela mexicana 2. Misterio – Literatura infantil

Dewey M863 O74

A Marta y sus compañeros de conservatorio

A todos los estudiantes de danza

A los adolescentes que escriben su biografía con el cuerpo

1VENDRÁN LAS LECHUZAS A COMERNOS LOS OJOS

Estoy sentado en la banca de cemento, bostezando aburrido y con los ojos clavados en el muro. Ya son las tres en punto y sé que uno de estos días, tarde o temprano, caerá otra pelota en el patio, arrojada desde el otro lado o escupida por el cielo gris. De seguro es de algún niño que juega allá y la patea con tanta fuerza que acaba mandándola hasta mi casa. Siempre me he preguntado cómo es ese niño. Le he gritado muchas veces para que me diga su nombre, pero sólo me responde su silencio. Al principio, vi las pelotas como trofeos que me regalaba el azar, aunque al tener diez de ellas creí que ya eran suficientes regalos y que lo mejor sería devolverle algunas. Traté de patearlas hacia su patio y no lo conseguí: rebotaban en una especie de pared invisible.

Otras veces pienso que no es ningún niño, sino un adulto, quien me las manda porque sabe que estoy solo, que soy el único niño en esta casa, y cree que las pelotas me darán un poco de consuelo, aligerando mi soledad. Sin embargo, sólo es una sospecha. La otra opción es que las arroja Dios desde arriba, desde el Cielo, que es el lugar donde dicen que vive. Y que me las avienta porque le doy lástima. ¡Sepa la bola! Una pelota es un juguete que divierte durante un buen rato, pero no todo el día. Hasta una pelota acaba por aburrirte. Y diez, más. Espero que ya no esté mandando pelotas, porque no quiero acabar sepultado por ellas.

Lo que deseo es encontrar a otro niño. Ése sí sería un gran hallazgo, pues no tengo hermanos de mi edad ni primos ni amigos que vengan a casa de visita. Parece que el único niño vivo en diez kilómetros a la redonda soy yo, como si fuera el único sobreviviente en un planeta donde a todos los demás niños se los hubiera tragado la tierra. Como en una película de ciencia ficción, de ésas donde aparecen naves planas que lanzan rayos pulverizadores, marcianos verdes con la piel babosa y antenas, o donde hay guerras que acaban con la humanidad, dejando ruinas y un reguero de muertos a su paso.

Esta casa ofrece un gran territorio por explorar, porque es enorme. Algunos rincones ni los conozco. Me gusta ponerme un pantalón corto, mi chaleco con bolsas por todas partes, mis botas con suela de llanta y mi casco de cazador para lanzarme a la aventura de escrutar los lugares más peligrosos de esta casa, porque los tiene, aunque mamá trate de ocultarlos.

Hace un mes entré al cuarto de papá y, muy quitado de la pena, me puse a abrir sus cajones en busca de una revista de Kalimán o, de perdis, de Memín Pinguín. Lo que encontré fue un cortaúñas y me senté en la cama para cortarme esas garras de dinosaurio que se me entierran entre los dedos y no me dejan caminar a gusto, cuando, de repente, escuché un sonido extraño que salía del clóset. Me levanté como disparado por un resorte y deslicé la puerta con cuidado. Los ojos casi se me cayeron al ver una lechuza blanca que ni se movió al descubrirme. Sin vergüenza alguna, graznó. Salí corriendo, espantado, para refugiarme con mi mamá o con quien se me atravesara primero. Mamá nos había advertido que nos comportáramos bien porque, si no, vendrían las lechuzas a comernos los ojos que andan viendo lo que no deben, lo prohibido. De seguro se los arrancará a Tavo, quien tiene escondida una revista para adultos debajo del colchón. Vi a mi abuela Güeya parada frente a la jardinera y su voz ronca me detuvo de un golpe:

—¿A dónde vas, chamaco? ¡Parece que te persigue el diablo!

—Casi, abuela, casi.

Fui recobrando poco a poco la respiración hasta que me tranquilicé. Cuando mi pecho dejó de inflarse como un globo y mi corazón ya no quería salirse, pude decirle lo que ocurría.

—¡Hay un animal en el clóset! ¡Un pájaro blanco con el pico afilado, amenazante!

Sin parpadear, serena, fue hasta la habitación para comprobar si lo que le conté era cierto. La vi alargando sus pasos con aquellas piernas que parecían interminables y la elevaban hasta el techo. Vi su cabello blanco, anudado en un chongo de aspecto anticuado; los brazos cayendo como dos ramas inertes y deshojadas, y la espalda encorvada por el peso de los años que llevaba encima. Era un fantasma que no se daba cuenta de su condición y se resistía a abandonar la materia. Solía deambular por la casa, subir y bajar las escaleras —que aquí sobran—, y evitar los espejos porque le aterraba darse cuenta de que envejecía y de que el tiempo le cincelaba cada vez más arrugas.

Entró en la habitación y, con paso sereno, fue hasta el clóset, donde halló el pájaro.

—Es una lechuza, un alma desbalagada que todavía no se quiere marchar a la oscuridad.

Ella sabe mucho de asuntos que pasan desapercibidos para la mayoría de la gente y ha recorrido senderos por los que nadie en sus cabales se animaría a caminar.

—¿De qué oscuridad estás hablando, abuela? —pregunté con voz temblorosa.

Con esa voz que parece salir de otro mundo, respondió:

—De la verdadera oscuridad.

2EL SOL FUGITIVO

Papá habla cada vez menos. Parece que su voz se está debilitando y ya no puede sostener el peso de sus palabras, aunque las palabras estén hechas de aire. Ahora se refugia en su silencio y nadie consigue arrancarlo de ahí. No siempre se comportó de esta manera, porque él solía conversar mucho y durante largo tiempo, aunque nunca le ganó a mamá. Ella sí que era de plática larga y tendida. Su garganta era un caudaloso venero de palabras, frases y anécdotas que nunca terminaban, hasta que la persona frente a ella le ponía un alto diciendo que se le estaba acabando el caldo a los frijoles o que necesitaba recoger la ropa del tendedero. Sólo entonces hacía una pausa o le ponía punto final a la charla.

Cuando nos sentábamos a la mesa para desayunar, papá la oía sin interrumpirla. La dejaba desahogarse con sus observaciones, sus planes y sus pensamientos, mientras él masticaba la tortilla de huevo en salsa calduda de tomate, acompañada de frijoles refritos, tortillas de maíz y café con leche. Luego, le echaba un ojo al periódico para enterarse de cómo había amanecido el mundo. Sin que ella se diera cuenta, le aventaba por debajo de la mesa algún bocadillo a Boris, que aguardaba su momento paciente y sin aspavientos. Y es que papá no era un conversador de largo alcance como ella, se le agotaban rápido los temas y no tenía el resuello necesario. Prefería callarse y hundirse en sus periódicos y revistas, o en los partidos de beisbol, o escapar del presente viajando en el tiempo con las películas que exhibían en el Cine Venecia o con el recuento de anécdotas que le permitían regresar a su niñez llena de privaciones y soledad.

Sin embargo, de un tiempo para acá, se comporta de un modo extraño. Habla muy poco, usando cada vez menos palabras, como si un virus de silencio le carcomiera la voz. Es más expresiva su mirada que su boca. Suele mantenerse la mayor parte del día encerrado en su oficina y pide que no lo molesten. Y mamá exige que su encargo se cumpla al pie de la letra.

—Ve a jugar a la azotea y deja a tu papá en paz, que está trabajando.

Yo me retiro en cuanto escucho que su máquina empieza a tartamudear las frases que él escribe. Clarito se oye cómo el teclado dispara la barrita con la letra correspondiente y ésta golpea la hoja blanca, como si le propinara una bofetada. A veces, es un poco más rápido y brota una cascada de letras que se van acomodando en el papel, según lo dispongan sus dedos, que, aunque viejos, siguen siendo muy hábiles para eso. Escribe y escribe durante horas y todo indica que no se cansa. En ocasiones, ni siquiera sale del cuarto para ir a la cocina a comer. Prefiere quedarse ahí dentro y sólo abre la puerta un poco para permitir que mamá meta la charola en que le lleva su comida. Nadie entra, ni siquiera Lola para limpiar la habitación. No le gusta que le muevan las cosas; para él, cada una tiene su justo lugar, y no permite que las desplacen ni un centímetro. No solía ser tan quisquilloso, pero la vejez de seguro cambia a cualquiera: por eso nadie está desesperado por convertirse en un anciano.

Antes, papá se levantaba muy temprano, le daba de comer a los perros y bajaba a abrir la tienda para atender a los clientes madrugadores. A eso de las ocho, subía a desayunar. Volvía a la tienda a las ocho y media, y la dejaba al filo del mediodía. Entonces, subía a leer, a espulgar a los perros y a dormir una siesta. Era un devoto del sol, o tenía sangre de lagartija, porque le gustaba ir al cuarto que se encuentra al final del tercer piso, quitarse el pantalón y la camisa, y tomar El Diario y El Debate del día para leerlos bajo el ojo luminoso del sol. Ésa fue su rutina por más de cuarenta años. Una especie de rito que cumplía fielmente y que nada ni nadie fue capaz de obligarlo a cambiar. Aquel escalón donde solía sentarse, metido en una camiseta de algodón sin mangas, con las piernas blancuzcas y flacas descubiertas debajo del bóxer, era su sitio favorito. Se la pasaba rodeado de gallinas siempre hambrientas que lo miraban a la espera de otra lluvia de los granos contenidos en su puño; patos que sonaban sus trompetas para indicarle que estaban ahí; pichones y palomas que salían de sus escondites para buscar aquellos granos de maíz milo que reunían en una misma iglesia a gallinas, patos y palomas. Creo que esos animales lo devolvían al corral de su infancia y que por eso reconstruyó ese espacio, sin que le importaran las quejas ni las protestas de los huéspedes del Hotel Beltrán.

Sin embargo, el sol es un fugitivo desde hace semanas, quizá meses. Se marchó y olvidó la ruta de regreso. Una sombra ha cubierto la enorme casa como las mantellinas que usa mamá para ir a misa los domingos. Ocurrió sin que lo notara, aunque me he ido acostumbrado a las sombras, a la desaparición lenta e imperceptible de la luz solar. Esto me recuerda las largas noches en casa de la abuela, en Acaponeta, donde la luz temblorosa de las cachimbas apenas nos iluminaba y eran nuestra guía para pasear a través de la oscuridad.

Al regresar de la azotea, me acerco a la puerta y pego la oreja para escuchar qué ocurre adentro. Sólo se oye el golpeteo de las letras sobre la hoja aprisionada por el rodillo. A veces pienso que la máquina de escribir continúa trabajando sola, mientras papá duerme su siesta.

3ACAPONETA, 1918

Mi abuela no siempre tuvo ese rostro cincelado por el rencor ni esos ojos que, en lugar de miradas, lanzan piedras. Yo no la conocí así, pero mis hermanos mayores me cuentan que, hace muchos años, sus ojos no estaban cargados de esa furia silenciosa que destruye a cuantos se atreven a ponerse frente a ella. Sin embargo, eso fue hace mucho tiempo, cuando yo ni siquiera había nacido.

La abuela no siempre fue vieja. Alguna vez fue una niña que saltaba descalza entre la hierba; que aprendió a recoger hongos comestibles en el monte y a ordeñar las vacas con sus dedos, aún más pequeños que las ubres que apretaba; que cazaba ranas en las noches y no conoció los tenedores hasta que cumplió doce años. Vivía en una casa cuyo techo amenazaba con derrumbarse y aplastarlos en cada lluvia, como yo aplasto una cucaracha de un pisotón. Una casa de adobe y madera que soportaba el embate del viento y del río, el cual se desbordaba sin piedad y se comía las casas ubicadas cerca de sus orillas. Un río que no respetaba la pobreza ni las pocas cosas que se iban acumulando sobre la mesa, los burós, el lavadero y el suelo terregoso; en los estantes de madera, la huerta y el patio. De un manotazo, le arrebataba los simples enseres con los que realizaba las tareas del hogar y, a la mañana siguiente, otra vez se quedaba sin nada. Debía empezar de cero, con tres hijas y un hijo, pero sola porque el abuelo ni siquiera tenía un nombre. Sólo era una sombra que, en ocasiones, visitaba el pueblo; un fantasma que brotaba de la oscuridad y cobraba vida cada vez que tocaba la puerta y ésta se abría para recibirlo. Él le endureció el alma. Tenía en su interior la semilla de la destrucción y ni siquiera lo sabía.

La conoció como en 1918, por allá, en aquellos lodazales que dejaban las lluvias frenéticas de la época, en un baile organizado en la plazuela para festejar a la reina de la primavera. Entonces la abuela era una jovencita de mejillas rosadas por la vergüenza, alta y delgada como una espiga de trigo, y callada, tan callada que quien no la conociera pensaría que nunca había pronunciado una palabra. Una amiga la convenció de ir al baile y hasta le prestó un vestido porque ella no tenía uno decente para salir. Resultó más difícil convencer a su mamá, aunque lo logró, y ahí se fueron las dos señoritas, emocionadas, a la plazuela.

Aurelia ni siquiera sabía bailar —porque así se llama, aunque nadie le llame así; todos le dicen Güeya o, nosotros, “mi Güeya”—. Ensayó algunos pasos en casa de Angelina, su amiga, y estuvo a punto de caerse tres veces, pero aprendió lo básico para no irse de boca. Una orquesta llenaba el aire con sus valses y las primeras parejas se adueñaban del centro de la improvisada pista, levantando el polvo hasta crear una nube marrón que envolvía su alegría y desparpajo. Las dos muchachas se acomodaron en una esquina y aguardaron mientras Angelina se pasaba un lápiz de cera por sus delgados labios, para subrayar su sonrisa. Los hombres jóvenes buscaban con la mirada una posible compañera y, pronto, Angelina se vio colmada de miradas y sonrisas que se convirtieron en invitaciones a bailar. Se dio el lujo de rechazar a dos o tres, para no dejar sola a su amiga, hasta que al fin cedió con un muchacho guapo y bien vestido que le llenó el ojo. Aurelia miró los puestos de frutas, tamales, agua de avena y ponteduros de maíz enmielados con piloncillo. En el otro extremo de la plaza, vio a Julia, otra vecina cuya robusta figura no atraía la atención de los pocos hombres que quedaban libres. Unas veinte parejas bailaban al ritmo de la banda, mientras ella se sentía cada vez más incómoda, parada en la orilla de la plazuela. De pronto, apareció él. No quería ser la última en salir a bailar. Prefería, con pena, que fuera Julia. No reparó en su rostro ni en su saco un poco grande; mucho menos le importó, en un primer momento, que tuviera una estatura menor que ella. Sólo quería que alguien la salvara del oprobio de acudir a la fiesta y quedarse como esas estatuas blancas que miraban, imperturbables, a la multitud. Bailaron tres piezas. Luego, ella bajó la cabeza y le sonrió. Él la miraba arrobado. Nunca le había tocado bailar con una mujer tan alta. A Aurelia no le gustaba que él midiera diez centímetros menos que ella. Sin embargo, era más vergonzoso quedarse parada, sin bailar.

—¿Cómo te llamas? —preguntó él cuando la música se detuvo.

Ella lo pensó un poco antes de responderle. No tenía un nombre que hiciera sentir orgullosa a cualquier joven, aunque era el que su madre, Virginia, le había endilgado para honrarla, no importaba que la hubiera querido poco.

—Aurelia.

Él tardó algunos segundos en asimilarlo. Luego, movió la cabeza y, como si saboreara cada letra y enseguida se las tragara, exclamó:

—¡Bonito nombre!

—No me gusta.

—Bueno, pero tú eres más bonita.

Ella no quiso aceptar el elogio y guardó silencio.

—Yo soy Eugenio.

Sintió cierto alivio al escuchar su nombre. También a él lo habían herrado como a una res.

Cada vez que la cara de mi abuelo le venía a la memoria, su humor cambiaba de inmediato y su sangre se volvía un río de lava que corría presuroso por sus venas, enardeciendo su rostro.

4LA PUERTA PROHIBIDA

Alguna vez escuché a los grandes hablar en el comedor sobre la niñez. Se quejaban de que pasa muy rápido, de que un día eres niño y al otro ya no. No entiendo. Para mí, la infancia es muy larga. Nunca termina. Veo muy lejos el día en que dejaré de ser un niño y me convertiré en otro ser. ¿Será que todos los chicos vemos las cosas así? En casa, los grandes siempre insisten en que un niño es una larva de adulto, una especie de gusano al que un día le saldrán alas y dejará de arrastrarse; una criatura que, por fortuna, en algún momento dejará su condición de insecto para convertirse, al fin, en “un hombre de provecho”. No se les cae de la boca esa méndiga frase. Según ellos, a un niño nunca se le debe tomar en serio. Su opinión no cuenta y sólo es un robot que debe obedecer las órdenes que se le dan, le gusten o no. En el reino de los adultos, los niños son los esclavos de sus antojos y sus creencias, o sus conejillos de indias favoritos. No tendría por qué ser diferente aquí.

Y un niño, en una casa como ésta, es una aguja en un pajar. Son tres pisos y todavía, encima del tercero, hay una azotea para divisar el fin del horizonte, allá, justo donde se encuentra el tinaco. La construcción es enorme y sería un estupendo lugar para jugar si aquí vivieran otros como yo. Podríamos jugar a las escondidas, correr por los pasillos y pegarnos la roña, patear balones en el corredor, buscar murciélagos en los techos oscuros, quedarnos como estatuas para ver quién dura más sin pestañear y, si al menos fuéramos cuatro, jugar a los quemados. Sin embargo, aquí no hay más niños que yo. Mamá dice que pronto mis hermanos pequeños estarán en casa y eso me reconforta un poco porque al fin terminará la espera.

Recuerdo cuando jugábamos a las escondidas en el almacén más grande y oscuro de la tienda. Teníamos una versión medio torcida de este juego, a la que le añadí un ingrediente: hacía que los demás se ocultaran donde se les antojara y sólo dejaba encendida una luz muy tenue, que apenas iluminaba unos cuantos metros de los largos pasillos. Después, me lanzaba a buscarlos o, más bien, a cazarlos, que es la palabra correcta porque, mientras profería gruñidos de bestia, imitando a un zombi o al monstruo de Frankenstein, me movía arrastrando los pies y agitando los brazos como los tentáculos de un pulpo. Tan sólo con oír los sonidos que salían de mi boca, todos se ponían a temblar de miedo. Además, me daba el lujo de pasarles por un lado, emitiendo más gruñidos y sonidos aterradores, y seguir de largo. Mis hermanos y yo disfrutábamos mucho jugar así, sobre todo con primos o compañeros de la escuela con los que nunca lo habíamos hecho. El gran triunfo era cuando lográbamos que uno de los invitados saliera de su escondite con los pantalones empapados de orín y lleno de vergüenza. Si mamá se hubiera dado cuenta de lo que ocurría, de seguro nos habría castigado con unos cintarazos en las nalgas, “para que aprendiéramos a comportarnos”, pero, por suerte, nunca se enteró.

Sin embargo, desde hace mucho tiempo, mis hermanos no están aquí, ni los compañeros de la escuela vienen más. Es curioso, ya ni las moscas se paran en esta casa; hace mucho que no veo ni una. Menos mal, porque son muy pero muy enfadosas. Me gustaba atraparlas con un frasco y observarlas encerradas en su prisión de vidrio, moviendo las patitas de acá para allá sin saber cómo salir. Mmm, ¡justo como me encuentro ahora!, en este encierro sin barrotes, con la prohibición de poner un pie fuera de la casa, sin permiso de salir ni a la esquina. Cuando uno está solo, todo dura más: el silencio, las nubes en el cielo, los segundos, los minutos, las horas, los días... Un minuto puede no tener orillas. Es como asomarse a un precipicio y luego caer, caer y caer sin llegar al fondo; como cuando te caes de un edificio en una pesadilla, pero nunca te estrellas contra el piso. Quizá suene raro esto que digo, pero así lo siento.

Cuando mamá se enfada y quiere que me aleje de ella, siempre me manda a mi cuarto a entretenerme con mis juguetes, pero creo que incluso ellos ya están hartos de mí. En mi colección hay vaqueros, luchadores, unos vikingos que me trajo Martín de Europa, autos, algunos monstruos y soldados. Las cobijas son montañas; las sábanas, llanuras; la pila de agua, un océano; el chorro de la